Ascenso Misión S Time is ticking out (S) | Setsuna Himekami

Tema en 'Naruto World' iniciado por Ultraviolence, 1 Feb 2018.

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    Ultraviolence

    Ultraviolence Sono itami ga itsumo kimi o mamotterunda. Diseñador Oficial

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    Time is ticking out (S)

    'La misión mejor pagada', llevaba por título el anuncio publicitario que atrajera la atención del Tenno. Después de investigar la procedencia de tan atractivo mensaje, se decidió enviar a un shinobi (en representación de la villa) a participar de lo que sea que estuviesen promocionando una de las familias más ricas de Modan. La razón la tendrías que desarrollar en la misión (¿qué les podría convenir de todo eso además de ganar el premio gordo de un montón de Ryos?).

    La familia Tomoeda ha mantenido sus negocios de generación en generación, lo que le ha venido en gracia a través de riqueza y fama. Se dice que algunos de sus miembros han viajado a otros continentes pero bien pueden ser rumores faranduleros. Motivados por una situación de emergencia, crearon una especie de competencia donde pondrían a prueba la destreza y aptitudes de distintos participantes en pos de elegir a uno/a para un reto final y el más importante de todos: el rescate del único hijo (varón) de la familia principal.

    Jinta Tomoeda era un muchacho con un futuro prometedor, hasta que por culpa de unos asaltantes (ninjas) quedó postrado a una silla de ruedas. Nunca se supo con certeza quién fue el autor intelectual del hecho, solo que pertenecía a una de las aldeas hoy en día reconocidas en Modan. Según él, toda su vida se había ido al trasto pero era difícil dar pie a sus palabras cuando lo tenía/tiene todo. En numerosas ocasiones pidió a sus padres que le sacrificaran y estos se negaron rotundamente. Él no quería marcharse de este mundo recurriendo al suicidio porque le daba sumo terror. Su petición siempre fue rechazada por su familia y como no vio más remedio, decidió escapar un día. No se sabe cómo lo logró y menos se sabe dónde podría estar exactamente. Sus padres están tan desesperados que no vieron otra forma de comprometer a alguien con habilidades extraordinarias en la búsqueda de su hijo, fingiendo una competencia rápida.

    Lee las notas de esta misión con atención, son muy importantes.

    Objetivos:
    -Participar en la contienda (que vas a proponer) y a toda costa ganar. Si no lo consigues, deberás hacer lo que sea para quedar con la tarea final.
    -Buscar a Jinta y convencerle de regresar con su familia; si no quiere, deberás llevarlo a la fuerza pero sin ningún rasguño.
    -Cumplir con la demanda que te habría impuesto el Tenno (sorpréndenos con eso).

    Notas:
    -Hay objetivos entre líneas que deberás interpretar. Aparte, podrás respetar o no lo que se te ha encomendado (solo aplicaría con el segundo y tercer objetivo).
    -Las preliminares consisten en combates variados. Hasta habrá samuráis participando, de alguna forma se las ingeniaron para estar ahí.
    -La Familia Tomoeda no es ninja y viven en la zona inferior del país del Té.
    -Los padres de Jinta te dirán lo que necesites saber para 'la búsqueda'. Él podría estar en alguna aldea reconocida, oculto, o no. Tú decides.
    -A los padres de Jinta les cuesta pronunciar las palabras ninja, shinobi, kunoichi... cualquier término relacionado directamente al estilo como tal.
    -Por alguna razón que no se sabe todavía, detrás de tus pasos habrá un grupo shinobi (mín. Doce miembros entre chuunin, jounin y ANBU) que quieren matarte. Tienen dominio de varias especialidades, elementos y escuelas legendarias.
    -Podrás ir acompañada de al menos tres ninjas más y no pueden ser ANBU los tres.
    -Las malas lenguas dicen que 'hace rato' que no ven al muchacho. ¿Qué podría significar? Si es que esto tuviera valor.
    -Otros dicen que Jinta no deseaba morir en verdad y que pudo huir por eso. Un rumor no comprobado.
    -Su prometida, que no es shinobi, irá contigo y no hay pero que valga.



    ------------


    Exhaló largamente para aminorar el dolor contenido en su abdomen luego del último golpe. El soplido movió las hebras rojas que caían desordenadas por su cara. Acababa de levantarse pero no por ello se irguió por completo, por el contrario, mantenía la espalda encorvada hacia adelante y también las rodillas ligeramente flexionadas, de tal forma que sus brazos colgaban y casi rozaban el suelo fangoso. La mayoría de las batallas se habían desarrollado allí, en esa especie de coliseo circular. Consistía en una arena de unos veinticinco metros de diámetro bordeado por una serie de improvisadas gradas de madera que, en realidad, se asemejaban más a un conjunto de escaleras anchas apostadas alrededor para “comodidad” de los asistentes. Una incoherencia total si se tomaba en cuenta la enorme cantidad de dinero ofrecida al vencedor. Aparentemente el recinto era lo de menos, tan rústico que ponía en duda la intervención de la acaudalada familia Tomoeda. Por supuesto que allí no había mayor público que los propios participantes y sus posibles acompañantes, además del organizador de la competencia, una especie de árbitro que decidía al ganador del combate. No era necesario pelear hasta morir por más que algunos se aferraran a continuar en la contienda. Ese era el tercer día, el combate final.

    Esto es una pérdida de tiempo ―bufó el rubio echando la cabeza hacia atrás en un gesto de genuino aburrimiento. Bastó ese movimiento para que las maderas rechinaran, muchas de las gradas habían sido resanadas por daños a causa de los combates.

    Yeh. Comienzo a pensar que esta competencia es un fiasco, no he visto a nadie importante en estos tres malditos días y ya me duele el trasero de estar sentado aquí.

    Idiota. Me refiero a la pelea ¡Debió volarle la cabeza ya! ¡No entiendo a esa mujer!

    No hace falta que la entiendas, solo ámala ―completó Hitsugaya de forma poética y casi enfermiza, ganándose la mirada furibunda de Rangu, el único que se había mantenido en silencio durante el combate.

    Yo no entiendo por qué están aquí. Son unos inútiles ―enseguida devolvió la mirada al frente ―. Es la final, si Setsuna no lo ha derrotado es porque sigue buscando el mejor método y poco a poco lo ha deshilvanado. Ha cambiado de postura tres veces.

    No es eso ―se sonrió Black con un gesto triunfante que echaba a tierra la teoría del médico ―¿Acaso no ves lo obvio? Tiene problemas cada vez que tiene en frente a un… ―no se atrevió a terminar la frase, le daba asco, todo gracias a Bjorn.

    Samurái.

    Ajá. Y lo que está haciendo es copiar nuestros movimientos al pelear, ya que nosotros sí nos preparamos para enfrentar al grupo de marginales ―carraspeó―, para ese momento ―añadió, refiriéndose al golpe de estado.

    Nos ha visto entrenar. No se pierde nada y sin embargo se niega a aprenderlo debidamente.

    Me preocupa y me impresiona a partes iguales.

    El cielo despejado por techo y una fangosa superficie masacrada con cientos de huellas de las batallas pasadas como plataforma. No importaba cuanta arena usaran para rellenar las pisadas accidentadas, al final de la jornada terminaba hecha una mezcolanza resbalosa. Los dedos de Esdesu se mantenían contraídos, como negándose a tocar el barro a pesar de que era inevitable ensuciarse. De un momento a otro, echó el cuerpo hacia adelante, inclinándose unos grados más para ganar aerodinámica a la par de que sus pies se cubrían de chakra para propiciar el agarre en sus movimientos. Recogió los brazos. El acto fue rápido pero predecible, el samurái que tenía por contrincante torció las muñecas para acomodar sus espadas de tal forma que los filos temibles se centraran en un ataque bajo, a la altura de la kunoichi. Aparte de eso, tensó el cuerpo para resistir lo que como segunda opción podría convertirse en una embestida a juzgar por esa postura útil para el empuje; la mujer ya había dado prueba de su fuerza anteriormente, no solo en ese combate sino contra sus homólogos. No hacía falta ser un genio para saber que intentaría destrozar su armadura negra, confeccionada en los rincones del país del Hierro por manos maestras. Le impedía soltura, pero a cambio de sacrificar agilidad obtenía la fortaleza de una montaña impenetrable llevando a sus contrincantes a un juego de resistencia donde él, siempre, resultaba vencedor. Mihang llevó su pierna derecha hacia atrás para abrir el compás y crear apoyo, luego blandió sus armas con una ligereza poética. La primera abanicó, pues de un momento a otro Setsuna había cambiado su velocidad de tal forma que el tiempo de su llegada se viese afectado, frenó adelantando el pie y echó el tronco hacia atrás, para la segunda espada, alzó la diestra para hacer que el filo chocara con algo. Mihang no lo notó hasta que el impacto hizo vibrar su muñeca y sin embargo fue incapaz de mirar el objeto. El chakram invisible. La katana no se rompió por estar bien confeccionada pero una fisura la recorrió silenciosamente. El movimiento natural del varón hubiese sido dar otra estocada con la libre mas una cortina de fuego le obligó a replegarse apenas un par de pasos, por supuesto que su coraza estaba supuesta a soportar eso y más.

    Tsk ―colocando el brazo al frente cubrió su rostro del calor emergente que brotó como un geiser de la mujer. En seguida, clavó una de sus katanas en el suelo inyectando chakra en el acto y así provocar que se partiera en dos, muy por debajo de la capa de barro que jugueteaba en la superficie. También, como una forma de replicar lo que ella había hecho con su espada pero a una escala visible, quizás un aire de pedantería o venganza hubo en ello. Lo cierto fue que la tierra crujió y se abrió como una boca hambrienta dispuesta a tragarse a su víctima. Setsuna cayó por unos metros, habiéndose aferrado a la pared con ayuda de su chakra. Mihang se sonrió, pues con un giro de su arma como si de una llave se tratase hizo que esas mismas fauces se cerraran a manera de prensa. O eso esperaba. Escuchó el crujido pero la grieta no se cerró, permaneció abierta una distancia de un par de metros como si un obstáculo le impidiese sellarse. No pudo imaginar la causa, no le dio tiempo. De pronto, los pies del samurái fueron arrastrados por una fuerza extraña que le despegó del suelo, fue imposible poner resistencia pues aquello simplemente lo levantó y lo llevó dentro de su propia trampa. Allí, unos pilares de roca horizontales eran los que impedían el cierre total y sin embargo, se notaban desquebrajados por la presión soportada. Sin saber el motivo, terminó en medio de aquellas columnas para ser partícipe de un raiton; un segundo después éstas terminaron cediendo tras la ejecución permitiendo así que las paredes se juntaran de golpe en un suntuoso crash. Himekami emergió a tiempo, aterrizando justo cuando la tierra tembló para unirse. Un Kaminari no Shibari aplicado horizontalmente, más la imantación del chakram para arrastrarlo a la muerte.

    ¡Mierdaaaa! ¡Lo hizo puré! ―Hiei no pudo evitar levantarse intempestivamente, ¡Esa era la acción que deseaba! El árbitro se quedó en silencio, se suponía que nadie debía morir, una gota escurrió por su rostro. Hubo silencio. Setsuna se puso de pie y miró sobre su hombro, aquello no podía haber sido tan fácil. Se limpió la sangre de la boca.


    F. UnderwoodF. Underwood DrSheeranDrSheeran C. UnderwoodC. Underwood alguien deme pase~
    Estos son los npc que voy a usar de momento.
    Rangu Hamamira
    Hitsugaya Murasaki
    Hiei Tamahone
     
  2. C. Underwood

    C. Underwood Just wild beat communication Moderador

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    Todavía recordaba la primera ocasión en que probó la armadura. En ese entonces era aún un muchacho inexperto al servicio de su señor, siempre ocupado en tareas menores como cuidar cultivos o recorrer las tierras para deshacerse de los bandidos. Resultaba ser el sendero de cualquier samurái que busca ascender hasta convertirse en el guardián de su amo, digno de total confianza no solo por su lealtad, sino por la destreza. Su espada debía ser la encargada de cortar cualquier cosa que amenazara a su señor, velaría por él de día y de noche, a cambio sería recompensado con enormes manjares, buena fama y quizás… si se esforzaba lo suficiente, la mano de su hija. Desde temprana edad quedó prendido de la hermosa fémina, sus cabellos eran como miel y sus ojos semejantes un par de castañas en medio de un tazón de leche. Lo que salía de su boca siempre eran palabras dulces.

    Llegó el momento en que creció y conoció al herrero autor de la armadura. Aquella maravilla no sería suya si no fuese por su padre y es que, para ser francos, no logró conseguir mucho por sí mismo. Era como si la mala suerte se aferrara a perseguirlo. Ese día no era la excepción. Caminaba derrotado luego de la reprimenda de su amo tras fallar en la encomienda. Con la cabeza gacha no se dio cuenta del hombre que tenía en frente hasta que chocó con él. Sus palabras quedaron tatuadas a fuego en su mente. La mirada áspera, la barba blanca y desaliñada. Luego de ese día no volvió a verlo, al mismo tiempo su vida no volvió a ser la misma.

    Tú debes ser Mihang Yasu ―los ojos del aludido se abrieron con espanto. Aquel hombre era enorme y de tez morena, a pesar de la edad se notaba que en su juventud debía haber sido alguna especie de guerrero. Sobre su espalda portaba una enorme bolsa. El samurái se dedicó a asentir, se quedó mudo y con la boca abierta. Pensó que moriría allí mismo.

    Hoy saldo la deuda con tu padre. Vida por vida ―dicho esto, hizo resbalar el cargamento por su hombro para dejar la armadura en el piso. El sonido del metal fue evidente aunque Mihang fue incapaz de deducir el contenido. A juzgar por la mirada dura del viejo aquella acción no le agradaba del todo y con cierto pesar abandonó su tesoro en manos del muchacho quien, estupefacto, no se atrevió a mirar dentro hasta que el herrero desapareció. Si se enteró del nombre de ese hombre y su profesión fue por el labrado que halló en el interior del casco de la armadura. Pero ¿Qué tenía que ver el herrero con su padre? Había muerto hacía quince años. Supuso que aquella debía ser una clase de herencia. Le llevó unos días entender la forma en que se usaba pero una vez logró acomodársela no tardó en ser ascendido y conforme perfeccionaba su manejo más su fama aumentaba. Fue cuestión de meses para que se convirtiera en el guardador de su amo, fiel servidor y velador de la familia. Hubiera podido permanecer así hasta el último de sus días y morir con gloria de no haber cometido un gravísimo error.

    Abrió los ojos de golpe, el entumecimiento había llegado hasta su cuerpo a pesar de la protección que le otorgaba la coraza, misma que también se adornaba de nuevas fisuras. Haber quedado prensado entre las rocas terminó por debilitar su armadura. Lógico con el paso de los años de batalla. Por supuesto que más de alguna vez buscó al herrero para que la reparara pero jamás lo encontró sin importar los recorridos. Posiblemente estaba muerto y aquel entrego fue de sus últimos encargos. También visitó a otros maestros del oficio sin mayor éxito. Esa armadura era única en su tipo. Gruñó. No iba a morir allí. Así aplastado como estaba, concentró chakra en sus brazos, pues a diferencia de cualquier otra arma samurái que debe blandirse para emitir un lanzamiento, la coraza entera fungía como una piel capaz de canalizar la energía a cualquier parte del cuerpo y también a lo que tuviese en sus manos, sus espadas por ejemplo. Mas el concepto supremo radicaba en ser capaz de usar el chakra al igual que un ninja y sin necesidad sellos de manos. Al estar totalmente cubierto cualquiera parte podría ser un canalizador, brindándole la misma libertad y un abanico de posibilidades tan amplio como cualquiera de ellos.

    En ese momento el suelo se partió provocando un ligero temblor, de una nueva grieta emergía el samurái en un salto. Ya no contaba con sus espadas pero realmente no le hacían falta, extendió la diestra hacia adelante haciendo danzar al fango alrededor en forma de una serpiente, con la zurda repitió el movimiento creando así dos corrientes que se abalanzaron tras la pelirroja. Para Setsuna, habiendo tomado su postura inicial, no le fue difícil rodar por el suelo para evadirlas y en la misma inercia, levantarse de un salto ágil para lanzar un shuriken que pronto se multiplicó decenas de veces, provocando así una lluvia completa de armas arrojadizas. Mihang retrocedió sin poder evitar que algunas rebotaran sobre su coraza, es más, las utilizó para su propia ofensiva extendiendo las manos a los lados y dando un giro, de tal forma que al hacerlo se creó una corriente de viento que re-direccionó los filos hacia ella. Entonces una cadena adyacente se encargó de jalar a Esdesu fuera del abanico de alcance, sacándola del peligro pero no por ello evitando totalmente el daño. Aterrizó por un costado apenas conservando el equilibrio por la urgencia de su último movimiento para crear un clon como señuelo. La copia trastabilló pero siguió corriendo en dirección al samurái para enarbolar sellos y disparar un chorro de agua caliente, espuma y burbujas que se vio confrontado por otra ventisca, provocando una explosión prematura por el colapso de ambas técnicas. El vapor despedido pareció densificarse, pronto Mihang descubriría que se trataba de un jutsu de niebla. De un momento a otro era incapaz de mirar más allá de sus narices, así que como única opción bombeó chakra por toda su armadura esperando el ataque sorpresa de su contrincante.

    Es cierto lo que dicen, los ninjas no tienen honor. No me atacas de frente. ―Un destello dorado atrajo la atención del acorazado, la propia Setsuna necesitaba ubicarlo en tan espesa bruma. Entonces una corriente de viento fue dirigida hacia allí en un intento de ataque y también por despejar la visión, pero tan rápido como pasaba la corriente así mismo volvía llenarse el espacio de blanco. Una patada a la altura de su nuca le hizo saber que la mujer estaba allí. Apenas e inclinó la cabeza hacia al frente.

    No eres nadie para juzgarme ―el cuerpo de Mihang tembló un poco, nada comparado con el daño supuesto a recibir, así que simplemente alargó la mano por encima de su hombro para tomar el pie de su contrincante. La mejor forma de atraparla era dejándola acercarse. Con un giro de su muñeca se aseguró de estamparla contra el suelo, llevando el cuerpo de Esdesu hacia al frente haciendo uso de la fuerza. Cualquiera pensaría que aquella silueta sería la copia, supuesta a sacrificarse. Setsuna apretó los dientes al momento del impacto y sintió el abandono del aire en sus pulmones, casi al mismo tiempo, una bala de agua dio en el blanco, obra del clon. El casco del samurái se partió por el poder perforador, rompiéndose por el sitio de la fisura más grande en un crujido. El samurái apenas y pudo creerlo, fue como haber perdido su cascarón. El metal cayó de su cabeza en dos piezas, revelando su cara. En ese instante, la pelirroja que estaba en el suelo colocó las palmas en el suelo como si deseare aferrarse a él, liberando una corriente eléctrica que dañaría la testa desprotegida de su contrincante. El sujeto gruñó, luchando por mantenerse de pie, pero al final no tuvo más que ceder, cayendo de espaldas. Supo que no solo había perdido la batalla, sino la vida que conocía ahora que su armadura estaba incompleta. Siempre fue un fracaso, era cuestión de tiempo para volver a serlo. Si tan solo nunca hubiese deseado a la hija de su amo…

    La niebla comenzó a disiparse. La general de Raku se ponía de pie, no estaba segura si su oponente seguiría dando batalla, así que dirigió la mano a su porta armas para tomar otro kunai. Por extraño que sonare, no deseaba tener que matarlo, no desde que en el inicio de la batalla pudo explorarlo con sus cadenas y saber que era parecido a él, en cierta forma. El árbitro se acercó para constatar el estado de Mihang, vivía pero no seguiría en la competencia. Era incapaz de levantarse.

    Setsuna es la ganadora ―dijo en un tono algo inseguro, sorprendido del resultado. Dos de los Samsara estaban incrédulos, no por la victoria de su líder, sino por el rostro del samurái. Hitsugaya lo sospechaba desde un inicio, jamás nada escapaba de su vista. Por supuesto, ella evitó mirar a sus compañeros ahora que se daban cuenta de lo obvio. ―Mañana mismo conocerás a la familia Tomoeda. La contienda ha terminado. ―Hasta entonces la mujer se relajó, devolviendo el kunai a su lugar, sentía el cuerpo adolorido, aun le costaba respirar y apostaba que tenía un par de costillas rotas. Con todo, el combate le dejaba un sabor agridulce por varias razones.

    Hablar del honor no te hace honorable ―le dedicó una mirada más al sujeto, su cara estaba marcada y hallaba cierta familiaridad. Fue el mismo Rangu quien, desde su lugar y en un susurro, confirmó lo que Setsuna hubo descubierto al explorar el alma de su oponente.

    Es un ronin…


    F. UnderwoodF. Underwood C. UnderwoodC. Underwood DrSheeranDrSheeran denme pase
     
  4. F. Underwood

    F. Underwood One nation... Moderador

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    Vas rápido. Bieng.
     
  5. Autor
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    El sonido de los grillos formando una cantaleta. El murmullo del agua en el patio. El mudo y rápido pasar de las nubes por delante de la luna, eclipsándola por momentos para oscurecer más la noche. El sonido de la pieza de marfil contra la madera después de que los dedos del hombre la soltaron en el tablero. Su rostro era sereno y no por ello perdía la dureza y madurez que solo los años podían darle en conjunto con experiencias que posiblemente no corresponderían a un hombre rico que se dedica únicamente a despilfarrar su dinero en los lujos más absurdos. Esa sala, por ejemplo, enteramente dedicada al juego de mesa que disfrutaban. La mirada irradiaba prepotencia, pero además de ello un sentimiento de rencor, como una película adherida a sus pupilas. No cuadraba con la dulzura de sus palabras y la amabilidad otorgada. Ese hombre ocultaba algo, eso lo volvía igual a los demás. Más cercano a los simples mortales que comían migajas en las esquinas que a los dioses que disponen y no temen a nada, porque nada los puede tocar. Él mismo se volvía vulnerable para quien pudiese analizar, por supuesto la mayor incógnita era ¿Qué escondía? Las variables podían ser infinitas, de la misma forma quizás él notaba que la mujer le escondía algo debajo de su estoicismo. No se podía escarbar más allá de esa fórmula mentalizada y entonces no tenían nada, realmente. Era como encontrarse delante de un muro que solo podría romperse si las palabras empezaban a fluir de la manera correcta.

    La pelirroja alargó la mano para beber del té que reposaba a su lado. Era una mezcla de hierbas con jazmín, podía saberlo por el aroma. Desde hacía unos minutos sopesaba si debía probarlo o no, pero no arriesgarse pondría en evidencia su desconfianza; era común que los hombres poderosos utilizaran esos detalles para profundizar en las intenciones de sus negociantes y cercanos. Por supuesto que existía la posibilidad de que el té contuviese algún tipo de veneno, pero haber entrado allí, a la mansión de los Tomoeda, ya era un riesgo mortal por sí mismo y ese era el último peldaño de la operación antes del cierre triunfante. Pasó el líquido por su garganta, recordando que contaba con algunos jutsus para retirarse la intoxicación de ser el caso, sus ojos no pudieron evitar mirar hacia arriba y caer en la perfecta decoración. La luz atenuada de las lámparas de papel eran ideales para proyectar la sensación de calma y concentración que era necesaria tener para jugar, pues evidentemente aquel hombre se lo tomaba en serio, de lo contrario no tendría un espacio reservado sólo para ello. Estaban pintadas a mano. Las paredes eran una combinación tradicional de madera y papel, de tal forma que era posible mirar el exterior e incluso adivinar el vaivén de los árboles cuando el viento los acompasaba. También existían unos cuadros enmarcando escenas tradicionales como recoger el arroz de los campos o usar los pinceles para escritura, incluso después de terminar de beber su atención quedó prendida de una escena en específico. Un anciano jugando shogi con un acompañante singular.

    ¿Te gusta? ― inquirió Sanjiro apenas esbozando una media sonrisa. Sus labios quedaban casi ocultos por un tupido bigote blanco que terminaba fundiéndose con la barba. Con todo, permanecía serio, como si él y Setsuna estuviesen enclaustrados en un juego de caras inexpresivas. No sintió ninguna molestia tras la bebida.

    Es exquisito. Tanto su gusto por el arte como por los sabores exóticos ―hasta entonces hizo un movimiento con el peón, uno bastante predecible que no pasó desapercibido por el varón. Por supuesto, él hubiera querido algo más elaborado de quien fuese la ganadora de su improvisada competición.

    La visita de la mujer comenzó desde la mañana, consintiéndola con un buen almuerzo digno de la realeza, después un pequeño paseo por las tierras de cultivo y las caballerizas. Para la tarde las aguas termales y hasta hacía poco otra comida exquisita entre música en vivo y presentación de danzas con el resto de la familia Tomoeda. Claramente todo aquello tenía un propósito, había intentado con ello conocerla un poco más. Intentó despertar su ambición, su lujuria, la codicia, mas nada de ello tuvo mayor efecto. Deseó encontrar un punto débil para atrapar tu atención y así embarcarla en lo que fue el propósito inicial de la competencia. Sintió desesperación por no dar en el clavo. En algún momento se lamentó por no tener éxito pero ya no existía la vuelta atrás, lo supo desde que entraron en la habitación de juego. Se suponía que esa mujer había sido la triunfadora del combate y por ello no había cerca nadie mejor para la labor que tenía en mente. Intentó convencerse repetidas veces a lo largo del día. Ahora, todo se resumía a ese instante. Se tocó la barba.

    Es momento de que hablemos de tu premio. Pero antes quisiera saber por qué entraste a la competición. Tengo entendido que vienes desde muy lejos. ―Al decir eso movió su caballo para hacerlo devorar al peón recientemente desplazado, Himekami inmediatamente lo quitó del camino con el danzar del alfil, poniendo en peligro su rey. Sanjiro arrugó el entrecejo, interponiendo su general de plata para obligar a mover al alfil, satisfecho. Dejaba la jugada abierta a un sacrificio, un paso más adelante en el conocimiento de su contrincante ―. Haz tu movimiento ―insistió. Esdesu miró el tablero.

    Haz tu movimiento...

    Era irónico porque estaba a punto de hacerlo en más de una forma. Estaba allí para matar a toda la familia Tomoeda tal como el Tenno le había pedido. Su tarea era clara. Consistía en aniquilarlos y ahora que estaba segura de que se hallaban congregados en la mansión era cuestión de atraparlos en su propia ratonera. Si ganó la competencia fue solo para posicionarse allí y estar entre ellos para asegurarse de que era posible cumplir con el encargo puesto por el mismísimo emperador de Raku. Arderían todos esa noche, a la bella luz de la luna en un delicioso crepitar de fuego y chorrear de sangre. Bastaría una señal suya para que el verdadero juego comenzara. Por supuesto, no sería tan fácil, por ello había traído a parte de su escuadrón, era de esperarse que esas personas tuviesen consciencia del peligro gracias a su posición económica. Seguramente sufrieron atentados más de una vez y eso les llevaba a tomar mayores precaciones.

    Al entrar a la mansión tuvo que despojarse de toda arma y explosivo, también pasar a través de un umbral especial que, según la descripción de los encargados, detectaba que no se tratara de una impostora. Sanjiro contaba con un hombre que lo acompañaba a cualquier parte, extraño no verlo cerca en ese momento ¿Tal era su discreción? No despreciaba la idea de que esa sala estuviese rodeada de guardias, no importaba que no se hubiese encontrado casi con ninguno a lo largo del día. Debían estar allí.

    Me gusta competir para probarme, aunque sea peligroso―confesó con naturalidad devolviendo los ojos al tablero. Su posición no era tan conveniente, tenía dos opciones, perder una pieza o retroceder. Alargando los dedos tomó la torre―, pero sin sacrificio no hay honor― y la emparejó en la misma línea horizontal con el alfil, de tal forma que si era comido se llevaría al general de plata con él. Hisha, recordó ―¿No cree?

    Estoy totalmente de acuerdo ―finalmente sonrió, como si sus dudas se hubiesen aclarado con ese último suceso, creyendo que tenía a la persona correcta para el trabajo. Parecía que había estado juzgándola mal. Su preocupación era en vano. De verdad que sería una verdadera lástima si se rehusaba. Volvió a tocarse la barba ―. Ahora quiero que escuches atentamente lo que te voy a decir, se trata de mi hijo mayor.

    Tiene toda mi atención ―mentira. Esdesu colocó la mano delante de sí al devolver su brazo después de la jugada para enarbolar el primer sello que diese rienda suelta al pandemónium.

    … el extraviado ―completó al instante. Entonces la mujer disimuló el movimiento, llevándose la mano al corazón para dar sus condolencias.

    Lo lamento tanto ―aunque eso significaba que no toda la familia Tomoeda estaba allí ¿No? Porque aparentemente había un mocoso extraviado que les arruinaba los planes. El Tenno había sido muy explícito con sus órdenes: ni uno vivo. Eso incluía al perdido.

    Si te doy el triple del dinero que ganaste en el torneo ¿Lo harías? Es decir, buscarlo ―hasta entonces perdió su gesto de prepotencia, como consumido por una desesperación nefasta que lo atormentaba silenciosamente. Lo hizo ver como un hombre común y corriente que sufre pesadillas nocturnas que no lo dejan dormir y diurnas que le impiden la paz―. No. Espera ― recordó un dato interesante que hasta ese instante pasó por alto ―, sé que vienes del País del Rayo ¿Qué tal si te doy tierras? Tenemos posesiones allá. Cincuenta hectáreas. ―. Para Setsuna fue ponderar el matarlo allí mismo y después buscar el crío para terminar el trabajo, aunque ciertamente no tenían ninguna pista de él. Comprendió también que el torneo no fue más que un modo de atraer a alguien capaz de solventar sus necesidades. Con todo, el tener al resto en esa casa era una oportunidad que no se podía desperdiciar, el mocoso podría ser el menor de sus problemas si los Tomoeda se desperdigaban nuevamente tras la celebración por el término del evento. Peleó lo suficiente para penetrar esa madriguera y estar delante de su objetivo. Sin embargo, fue a través del metal de su anillo que notó el reflejo de alguien a sus espaldas. Apenas un rápido destello. No tenía forma de saber quién era o siquiera de calcular si podía escapar o hacer un movimiento. De haberse apresurado con el inicio de la operación quizás ya no estaría viva.

    El varón que siempre cuidaba a Sanjiro se encontraba detrás apuntándole con su espada en la nuca, quizás por si se negaba o intentaba algo raro. Ella permaneció en silencio por unos segundos.

    Acepto, quiero las tierras en el Rayo ―dijo, sin tener más opción. Hasta entonces, el varón miró a su guardián para hacerle saber que no sería necesario matarla, puesto que nadie debía enterarse del asunto de su hijo. El arma se retiró, haciendo el sonido característico de cuando un filo se devuelve a su funda. Otro samurái ―¿Tenemos un trato? ―fingió no darse cuenta de nada, seducida por la recompensa y amenizando con una complaciente sonrisa como si por fin le hubiese llegado al precio.

    Un pacto.


    F. UnderwoodF. Underwood dame pase ouo
     
  6. C. Underwood

    C. Underwood Just wild beat communication Moderador

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    Ultraviolence Sono itami ga itsumo kimi o mamotterunda. Diseñador Oficial

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    Las astillas volaron por el aire después de que la espada se alargó intempestivamente. Nadie se lo esperaba. Afortunadamente no había más espectadores que los propios participantes y alguna compañía, gracias a eso no hubo mayores víctimas. Las gradas improvisadas se partieron en un solo tajo definitivo y las que solo sufrieron el impacto residual perdieron algunas tablas; la serpiente de Setsuna desapareció en el acto tras una nube de humo, rauda cortinilla que aprovechó para disparar sus propias cadenas que se abalanzaron como víboras hambrientas contra el ninja albino. Los eslabones dorados danzaron por el aire, Ginny usó su arma para desviarlas provocando un roce de metales pero evitando el contacto físico al fin. Una de ellas dio un giro inesperado intentando atraparle del brazo, la rechazada se alargó para anclarse a los restos de madera para halarlos con fuerza sobre el ninja. Bastó darse la vuelta para blandir con una mano y partir el objeto, luego recular a la derecha con una maroma sin descuidar el ataque, elaborando sellos para soltar un katon en forma de yet que se abalanzó rápido hacia la mujer. Esdesu movió las manos a la par, avanzando hacia la forma llameante, de tal manera que al hacer contacto con él una explosión de fuego se desplegó.

    Ginny entrecerró los ojos sabiendo que no podía perder a su oponente de vista a pesar de la ardiente ola de calor, de hecho terminó formando una brisa alrededor suyo al tiempo en que su propia espada ganaba una cobertura de esquirlas de hielo. Lo siguiente que pudo mirar, tal como lo esperaba, fue una silueta emergiendo del fuego. Una forma algo desconcertante. La pelirroja se desplazaba sobre sus cuatro extremidades como si de pronto se hubiese convertido en un animal enrabietado, no pudo definirlo de otra forma por los cuernos que sobresalían de su cabeza. Con un movimiento de su mano hizo emanar agujas de hielo para bloquear su trayectoria pero las que no fueron esquivadas se destruyeron con un golpe demoledor. De pronto, la espalda del albino chocó pesadamente contra el suelo cuando le derrumbó, alcanzando a interponer su espada entre ambos como una forma de retener al demonio que tenía encima. Ya no parecía la misma mujer estoica con la que había estado batallando en el combate más largo de la competencia, cabía decir. El albino apretó los dientes en aquel juego de fuerzas.

    Vas a morir aquí y ahora, maldito humano ―bramó Yoru con las palmas sobre la katana, en seguida liberando fuego por sus poros como si se tratara de una olla de presión. Su contrincante hizo lo mismo pero con el elemento contrario. El vapor despedido emblanqueció el campo de batalla, resultando imposible mirar los movimientos realizados.

    Lo dudo ―Ginny mantenía la misma sonrisa con la que hubo iniciado el combate, parecía no tener otro gesto sin importar las ejecuciones de su contrincante. Sus ojos azules apenas se abrían y, cuando lo hacían, eran para lograr una estocada letal que por poco dejaba a la general fuera de combate. Sinceramente, le había llevado tiempo a Himekami hallar una forma de derrotar al ninja y postergar el final para resumirlo en un choque elemental. Era lo más eficiente que podía realizar ahora que ambos estaban desgastados y que dada la transformación, ganaba la fuerza suficiente para deshacerse del móvil que tantos problemas le causó.

    Se convirtieron en una fábrica de nubes. La columna, pasados unos treinta segundos, se condensó en un hilo que ascendía apuradamente al cielo despejando finalmente el área de combate a excepción del punto exacto que los contenía. Para cualquiera aquel tiempo sería una nimiedad, pero mantener el flujo constante de chakra por ese tiempo era un despilfarro, casi una locura, como haber realizado ese jutsu veinte veces de manera constante. La ventaja de Setsuna consistía en que la transformación aumentaba la intensidad de sus llamas, haciéndole ganar un rango más en potencia por un costo menor y a su vez, forzando a su contrincante a seguirle el ritmo, provocando que su chakra se consumiera más rápido que el suyo. Era eso o morir quemado bajo la fuerza de media tonelada (el jf le da +2frz). Ginny comenzó a resentir el cansancio, reflejado en el descenso de la intensidad de su helada, sudaba ya. Los brazos le temblaron, pero no fue eso lo que le hizo sentir en desventaja. Apretó los dientes, no podía perder su pase a la final. Sacó fuerzas y por un instante quiso sofocar la llamarada invocando el invierno más helado que pudo imaginar. El espeso vapor bulló por un par de segundos, entre copos y ceniza. Pero no fue sino hasta que su espada se partió, posiblemente también debilitada por la temperatura, que la competencia cesó. El fuego envolvió intempestivamente la zona de encuentro, liberando humo negro en un estallido que se sofocó pronto. Disipado completamente, se supo el resultado.

    El albino quedó en el suelo con quemaduras múltiples, despierto pero claramente incapaz de moverse; Setsuna intentó levantarse pero cayó hacia atrás, sentada. Jadeaba y temblaba. En su cuerpo se adivinaban múltiples cortes provocados por diminutas esquirlas de hielo dada la cercanía del choque, daños que en Yoru no fueron visibles pero en ella sí. Las palmas de sus manos estaban severamente quemadas por el contacto con el metal calentado. Había ganado por poco. Rangu tuvo que tratarla después de eso.

    Entonces, no comprendía porqué la batalla con el ronin había sido relativamente fácil.

    Abrió los ojos luego de recordar los últimos sucesos. Unas abejas danzaban alrededor de las flores que adornaban el precioso comedor de madera tallada. Sanjiro estaba por dar los detalles acerca de su hijo, el resto de la familia se había retirado después del almuerzo y ahora estaban solos. Todos parecían ser muy felices viviendo bajo el manto de un padre protector ¿Es que nadie extrañaba al perdido? ¿O su extravío era un secreto aún para ellos? La pelirroja levantó la mirada intentando hallar algo en el rostro del hombre, éste fumaba desde su silla. Pasar la noche en esa mansión fue lo mejor que pudo pasarle, pudiendo así explorarla con sus zorros invisibles. Y no había sido la única al parecer, lo supo cuando una de las abejas se posó sobre su mano dando pequeños círculos para llamar su atención. Hiei también lo hacía con sus invocaciones. Seguramente los chicos debían estar impacientes a falta de la señal durante la noche anterior. Hasta entonces Sanjiro rompió el silencio.

    Su nombre es Jinta ―suspiró―, el primer hijo que tuve con mi amada Sanora. El primogénito. Él estaba supuesto a tener una vida exitosa, iba a heredar mi posición, todo lo mío y a guiar a sus hermanas ― se detuvo para calar en su pipa y luego liberar una espesa bocanada de humo―. Pero un día, hace veinte años, yendo a un viaje de negocios al País de la Tierra, unos shin-shino… unos nin… ningas.

    Ninjas, shinobis ―completó Setsuna.

    Ellos ―pausó para volver a fumar, o calmar sus nervios, según la apreciación de la general de Raku ―, ellos nos asaltaron en el camino. Destrozaron nuestras carretas, sabrás que hace veinte años los senderos eran peores que ahora. Bien, esos malditos maleantes se llevaron todo, pero no solo eso, lastimaron a mi pequeño Jinta. Creí que lo matarían. De no haber sido por un guardaespaldas y su ju-tusu, hubiéramos muerto―tosió ―. No sé qué le hicieron pero los médicos no pudieron ayudarlo, tenía apenas cinco años cuando le sucedió eso. No volvió a caminar.

    Lo lamento ―dijo por cortesía. Le quedaba claro que la familia Tomoeda no se relacionaba mucho con los ninjas, no solo por su pronunciación errónea, sino por su ignorancia. Un buen ninja médico podría haber ayudado a Jinta y evitarle la discapacidad.

    Imaginarás que su vida no volvió a ser igual. Se convirtió en una persona infeliz a pesar de poseerlo todo, intentamos complacerlo en todo ―suspiró―; fue hace una semana que desapareció. Creo que escapó, aunque no descarto que alguien lo haya secuestrado. Sabes… él no puede correr.

    Entiendo. Si huyó ¿Hay algún lugar al que podría haber ido? ―hubo un momento de silencio tras la pregunta de Esdesu, luego respondió a regañadientes. Como si deseare ocultarlo, recayendo en que era necesario revelarlo para encontrar a su hijo, pues aunque supiera su ubicación exacta sabía que no podía traerlo de vuelta por sus propias fuerzas. El que un ninja hubiese ganado el torneo fue mera coincidencia, se dijo. Luego exhaló largamente.

    Jinta odia a los nin… nin… eso. Por obvias razones. Entonces siempre sintió interés en los samurái. Al norte del País hay un campamento, un asentamiento de unas cuantas docenas. Debe estar con ellos, supe que enviaba cartas frecuentemente, pero tengo miedo de que se vaya.

    ¿A dónde?

    Al interior de Modan. Una vez que cruce el mar podría perderle toda pista ―se dejó hundir en el asiento, era evidente que el asunto le carcomía profundamente por más que luchara por mantener un duro semblante y carácter de negociante ―. Si esto se tratara de un secuestro ya habrían pedido una recompensa. La gente ama el dinero ―. Abrió los labios con afán de continuar hablando, pero comprendió que seguir dando detalles sería exponerse, suficiente con haberle abierto su casa a un shinobi. Si algo aprendió de sus años de trabajo fue que no había nada más efectivo que crear un lazo con su contratista, dando una sensación de apego. Tratar de hacerlo ver menos impersonal y provocar la ilusión de responsabilidad y por ende, una atmósfera recíproca ¿Quién podría juzgarlo? Al final, era un padre queriendo recuperar a su hijo ―¿Puedo confiar en ti?

    No lo dude.

    Cuando vuelvas con mi hijo te daré el premio del torneo, el título de las tierras y algo más. No será en vano tu tiempo invertido, lo juro. Somos una familia adinerada, podemos cumplir casi cualquier capricho, así que hazlo. Serás bien recompensada ―ella asintió y bebió del té. Hacía un día hermoso, lo sabía por el halo de luz que entrada por la ventana a sus espaldas ―. Una cosa más. Hiromi irá contigo, es la única que podría convencer a Jinta de volver. Es su prometida.

    Significa que tendré que cuidar de ella también.

    Temo que sí.

    Entonces llevaré a mis hermanos. Me acompañaron en este viaje.

    No sabía que la general de Raku tenía de hermanos ―al final, de alguna forma, había terminado enterándose de su identidad. No es como si la hubiese ocultado, no hacía falta, pero no dejaba ser resultarle curioso que de un momento a otro la reconociera.

    No es un vínculo de sangre pero el sentimiento es semejante. Por eso comprendo su situación. No podría soportar perder a alguno de ellos.

    Haz lo que tengas que hacer, solo quiero a Jinta de vuelta. Llamaré a Hiromi para que se prepare.

    Señor Sanjiro ―le insistió con voz neutra, asegurándose de tener su total atención e incluso inclinando un poco la cabeza para hacer lo que parecía una petición―, no deje que nadie de su familia se retire. Quisiera que todos estuviesen aquí para la llegada de Jinta. Espérenlo cada noche, sentados todos a la mesa, porque ciertamente llegará cuando menos lo imagine ―. El varón se quedó paralizado por un momento, sopesando la sugerencia, no porque fuese osada sino por la certeza inyectada en la oración. Su alma se convenció de que Jinta entraría por esa puerta y estarían todos para recibirlo, nadie debería faltar. Asintió con plena simpatía.

    Así lo deseo ―el samurái guardador carraspeó desde el umbral del comedor, tuvo un encuentro visual espontáneo con Setsuna.

    Le juro por Tomo-sama, deidad de Rakugakure, que se encontrará con su hijo nuevamente.


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    Última edición: 18 Feb 2018
  8. DrPeridot

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    Un movimiento con el pie hizo que un montón de tierra cayera sobre la fogata, o lo que quedaba de ella. Como último suspiro, salió un poco de humo con ceniza. El sol ya había salido completamente y sabían que era cuestión de tiempo para que la pelirroja llegara con su nuevo acompañante. La operación principal se fue al trasto desde el momento en el que se enteraron que el hijo del sujeto no estaba en la casa, es decir, que de cometer el atentado quedaría un sobreviviente al cual rastrear. Con todo, y como siempre, ponían en tela de juicio el criterio de la mujer, antojándoseles mucho más sencillo terminar con los Tomoeda allí mismo y luego buscar al restante. Hiei tenía cara de fastidio luego de pasar la noche aburrido, a la espera de una señal que nunca llegó y fue gracias a la insistencia de Hitsugaya que envió a sus invocaciones a constatar la integridad de Setsuna. Así se enteró del asunto del hijo de Sanjiro y la pronta llegada de su prometida. Todo ello volvía la misión más engorrosa. Gruñó, luego de tener que destruirse el culo esperando durante los combates, ahora debía astillárselo en el bosque por un lisiado ¿Por qué? ¿Por qué siempre ella elegía la opción complicada? Frunció el ceño y volvió a patear el suelo para hacer caer una nueva capa de tierra. Para el médico y Black la situación no era más entretenida pero existía una variante extra: no tenían conocimiento de las órdenes exactas del Tenno más allá de exterminar a los Tomoeda y la situación apuntaba a un trasfondo interesante que bien podrían aprovechar.

    Rangu tendió el mapa sobre el suelo, según la información recabada por los insectos de Hiei el campamento samurái estaba al norte, en la costa más pronta a conectar con la gran masa continental rumbo al oeste (Kaze no kuni). Como ninjas, resultaba preocupante saber que el País del Té estaba siendo una incubadora de larvas. Los grupos pequeños siempre eran más fáciles de disimular, si no se mostraban hostiles podrían pasar como cualquier aldeano y así convertirse en un cáncer para Modan, matando desde adentro. No obstante, con la pequeña descripción dada por Sanjiro, entraban más en la etiqueta de exploradores, de esos puñados que se mantienen apartados de las grandes aldeas para pasar desapercibidos. Esas operaciones solían durar años por su lentitud y manera rústica. Conoce bien a tu amigo, pero más a tu enemigo, marcaba un viejo refrán. Al final, aquella misión cobraba un peso mayor, pues sin querer estarían haciéndole un bien no solo a Rakugakure, sino a toda Modan al exterminar también a esas basuras. De paso, exigir una mayor atención para aquellas tierras, quizás si convencían a Setsuna la petición podría llegar a lo que quedaba de la Alianza. No sonaba descabellado decir que las naciones todavía estaban algo resentidas por lo sucedido con los samuráis. Hubo muchas muertes y una victoria insípida. Hamamira trazó una ruta con el dedo, señalando el camino a seguir hasta el campamento samurái.

    ¿Podrías quitar esa cara de psicópata? ―canturreó Black, inclinándose para quedar por encima del hombro del médico. Casi podía adivinar sus pensamientos. Los Samsara habían desarrollado un odio tremendo por los samurái y no sería raro pensar que Rangu estaba planeando incendiarlos a todos apenas los divisara. Por arte del karma, seguramente Setsuna se negaría a eso, de cualquier modo podrían sacar más cuestionando al grupo que matándolos al llegar. También debían rescatar a Jinta, supuestamente. Hitsugaya se rascó la mejilla preguntándose qué caso tenía eso. Luego se sonrió, complacido de fastidiarlo ―. Ella no te dejará hacerlo. Últimamente me preocupa demasiado lo misericordiosa que puede ser.

    No es eso. El Tenno debió decirle algo, de lo contrario hubiésemos terminado ya.

    Por eso mismo no debes arruinarlo ―ensanchó la sonrisa. Se ganó la mirada despectiva de Rangu, quien pronto devolvió su atención al mapa, si comenzaban pronto con la travesía podrían llegar al anochecer y darle un espectáculo a la luna. No lo dijo, pero notó cómo las piezas comenzaban a encajar.

    Cierra la boca, maldito payaso. Y más les vale que se contengan cuando venga la extraña, no sabemos qué intensiones puede tener. Hablaremos por genjutsu.

    Amaré darte órdenes ―volvió a canturrear Joker, sabiendo que el médico solo podría escuchar y atender por carecer de cualidades para la ilusión.

    Se están acercando ―olfateó el domador ―. Vienen sobre Taiyo, no deben tardar en llegar.

    Efectivamente, pasaron apenas unos minutos para que el zorro dorado apareciera y encima de él, Esdesu junto con una fémina poco menor. Su apariencia era la de una princesa, vestida con un kimono celeste y de manos enguantadas, cabello castaño por encima del hombro y un gesto serio pero asustadizo. Se mantenía aferrada a la kunoichi por temor a caer, apretó los labios en cuanto miró al trío de varones que esperaban. Por supuesto, era justo lo que suponían, una carga más a la cual cuidar. Rangu bufó de fastidio.

    ¡Tardaste mucho! ―se quejó Hiei inmediatamente mientras se despeinaba con desesperación, su voz ronca y escandalosa asustó a Hiromi. La general lo miró fijamente por unos segundos, obligándole a mantener la compostura y más que eso, para darle una orden importante.

    Te encargarás de cuidar la retaguardia. Haz algunos clones, Hiromi debe mantenerse a salvo a toda costa.

    ¡AAAAAHHHGG! ¡La retaguardia no! ―retomó la queja. Black se rio de él. Entre más insubordinado se mostrara peores trabajos le tocarían. Para el rubio no hubo más opción que multiplicarse y mantenerse al final de la pequeña caravana. La general invocó otro zorro para Rangu y Hitsugaya, ellos irían al frente. Era la mejor formación por más que ambos varones se odiaran.

    ¿Eins? ¿A dónde vamos? ¿Qué sucedió? ¿Quién es Horima?―inquirió el anbu azabache fingiendo ignorancia y un poco de estupidez.

    Al norte. Se me ha encomendado una nueva tarea, ya les contaré en el camino. Andando.



    Pasaron tres horas. Sanjiro seguía en el comedor, le había dado varias vueltas preguntándose si había hecho lo correcto. Al final, lo correcto no importaba si iba a tener a su hijo de vuelta, esa era la única certeza. Mantenía los dedos entrelazados, acodado sobre la mesa con el semblante ensombrecido, sopesando una y otra vez, en su mente, las cartas que habían llegado hasta su domicilio. La familia Tomoeda no era originaria de Modan a pesar de vivir allí durante generaciones, sus orígenes tuvieron lugar en la tierra del Hierro, con todo, tampoco eran una gama samurái. Más bien, se mantenían al margen de ambas facciones fungiendo como negociantes, así es como lograron amasar una enorme fortuna, formando lazos de ambos lados sin entrometerse en asuntos políticos que los comprometieran. Vender y comprar era su única función. A cambio, pertenecer a la familia Tomoeda era estar quedarse en un sistema cíclico para mantener la pureza, esto no porque existiera orgullo propio en su raza mestiza, sino para evitar pertenecer de un lado o del otro y ganar cabida para mantener el negocio. Funcionó durante generaciones, casándose entre primos y tíos para multiplicarse… hasta que conoció a Sanora, hija de un reconocido daimyo. Hubo un acuerdo y al final se hizo de ella, le llevó tiempo enamorarla y lograr que lo amara. Jinta fue el fruto de su lucha por ganársela luego de dos años de vivir juntos. Desde entonces comenzaron las fricciones con los ninjas, tachando a los Tomoeda de traidores. Muchos les cerraron las puertas, de tal forma que terminaron casi relegados en el País del Té, desde donde manejaban las conexiones restantes en Modan. Los samuráis los cobijaron con mayor simpatía, incluso insistiéndole constantemente que abandonara los tratos shinobis por completo, presionándolo con cartas e incluso involucrando a Jinta en el asunto. Después de todo, era él quien iba a heredar cuando Sanjiro falleciera ¿Quién no pensaría que era mejor tenerlos de su lado? Sin embargo, el viejo sabía que inclinarse hacia alguna facción podría traerles la destrucción, de hecho, muchos de la familia comenzaban a pagar el precio de su decisión, muriendo bajo circunstancias sospechosas. Ahora podían contarse unos veinticinco miembros en total, los mismos que se hospedaban debajo de su techo, no solamente como “una celebración”, sino para protegerse de las hostilidades. Él era la cabeza. Debía hallar una solución. Pero antes que todo estaba su hijo, una vez lo tuviera consigo buscaría la mejor opción, así tuviera que largarse al otro lado del mundo.

    Cariño… ―una mujer de largos cabellos miel habló desde el umbral, el samurái guardador mantenía la cabeza inclinada. Sanjiro salió de su trance tras escuchar la voz de su esposa. No se dio cuenta que llevaba varios minutos observándolo, viéndolo sumirse en la preocupación. Por respuesta recibió una mirada de sus ojos cansados que intentó suavizar con una sonrisa. No pudo evitar detallar a su mujer, a pesar de los años seguía conservando la esencia de su hermosura, el andar grácil, el tacto aterciopelado, el perfume de una flor primaveral. No. No se arrepentía de haberla traído consigo. La amó desde el primer momento en que la vio. Sus pasos resonaron en el comedor y concluyeron cuando al fin hubo alcanzado al varón para envolverlo en un abrazo. Le partía el corazón verlo así, quizás en el fondo comprendía que era en parte su culpa.

    Todo estará bien ―dijo sin que se lo preguntasen, alargando la mano para posarla sobre los brazos de su esposa ―, confío en que Jinta volverá pronto ―. Aún con la afirmación Sanora permaneció callada, con el gesto compungido a pesar de las caricias. La idea del torneo nunca le agradó a sabiendas que la premisa acabaría atrayendo a los ninjas y después del asalto de ese día no deseaba volver a verlos. Estar delante de Setsuna había sido una prueba a su valentía y tolerancia. El trauma revivía ante el brillo de una placa metálica con la insignia de alguna aldea. Recordaba vagamente el símbolo que portaban aquellos maleantes, lo dibujó cientos de veces, lo veía en los pliegues de las cortinas, en las sombras traviesas de los adornos, entre las flores de la mesa, en cualquier lado, persiguiéndola. Por supuesto, al final se deslindaron responsabilidades, quedando impunes.

    Tengo miedo ¿Y si le hacen algo? ¿Si no vuelven?

    Los nin-ni-ninjus son ambiciosos. Volverá por el dinero. Le mostré el título de las tierras. Y nuestro hijo regresará y hallaremos la salida de esta pesadilla ―al decir eso no pudo evitar mirar hacia uno de los muebles de madera que complementaban la estancia, uno compuesto de cajones, en uno de los cuales almacenaba las cartas enviadas desde el campamento.

    No quiero que le hagan daño de nuevo. No confío en ellos. No. Jamás. No ―temblaron sus labios y una lágrima tibia brotó de sus ojos, Sanjiro lo supo sin mirar por el vibrar de su voz.

    No soy tan ingenuo, cariño. Por eso envié a Hiromi con ellos.

    Jinta…


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    Última edición: 20 Feb 2018
  10. Shulman

    Shulman Joker

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    Abrió los ojos con desmesura, sus pupilas avellanas fulguraron al calor de la fogata danzarina, impregnadas de fascinación. Justo cuando creyó que nada podría cautivarlo, ni siquiera el más pomposo de los placeres, halló un rincón sucio y rústico que por primera vez, en muchos años, le hacía sentir vivo. Al inicio creyó que el odio a los ninjas había terminado por inclinarlo a los samuráis, pero después de varias cartas con el campamento se convenció de que era más que un gusto por descarte. Y allí estaba, bajo el cielo estrellado escuchando a Taoming contar sus maravillosas hazañas, rodeado de varios jóvenes que, como él, en algún momento perdieron el sentido de su vida y terminaron envueltos en esa operación aparentemente suicida. Es decir, habitar en terrenos ninja ¿Qué podía ser peor que eso? Como era de esperarse, el campamento tenía dirigentes serios, personas de experiencia, militares retirados que desearon dedicar sus últimos días a enseñar a los más jóvenes. Jinta se mantenía callado pero en estado de excitación, escuchando, no se arrepentía de haber pedido que fuesen por él para sacarlo de aquella ratonera que parecía succionarle la vida a cada segundo. Tenía las manos recogidas sobre su regazo pero puesto en el suelo como los demás, cualquiera pensaría que se trataba de uno de ellos, incluso el más entusiasta. Hasta ese momento salió de su fascinación por un momento para imaginar la angustia que debía sentir su madre, debió haber avisado. Por inercia movió la cabeza en negación. No es que no amara a su familia pero estar encerrado en aquella casa le hacía sentir miserable, llegando a considerar la muerte. A decir verdad, se sentía avergonzado de sí mismo ¿Cómo podía ser el heredero de Sanjiro en ese estado? Mirar la opulencia y sentir el peso al que estaba destinado le asfixiaba. Su padre le repetía no era necesario que pudiese caminar, terminaría siendo el siguiente en tomar el liderazgo de la familia como único varón. Lejos de sentirse agradecido se le antojaba como una burla, no deseaba ser levantado a una posición donde todo mundo vería su inutilidad; así es como él se dirigía a su propia discapacidad.

    No importaba cuánto lo amaran, eso jamás le devolvería el movimiento a sus piernas. Ni siquiera todo el maldito dinero de su padre pudo hacer algo respecto. Es más, cada vez que recordaba que los culpables habían permanecido inmunes por un deslinde de responsabilidades, le daba nauseas pensar en los ninjas. Ojalá hubiese muerto ese día. Todavía recordaba la cara de ese sujeto rubio golpeándolo con brutalidad para destrozarlo a pesar de que solo era un niño que, para bien o para mal, nació en una familia adinerada. Quizás de haber sido un desdichado pueblerino sería más feliz. Sin embargo, aquellos samurái le hicieron sentir como uno de ellos, además de despertar su más profunda admiración.

    Jinta, ahora tu cuéntanos algo ―la voz del general lo hizo despertar de un respingo, por inercia todos los sentados alrededor del fuego le miraron. Cabía mencionar que en ese pequeño círculo se hallaban dos personalidades representativas del campamento, el resto estaba disperso alrededor de otros fuegos.

    Yo-yo no… no tengo nada que contar ―le habían tomado por sorpresa, de cualquier forma no era como si su vida fuese interesante. Gozar de la buena comida, una danza, instrumentos o unas vacaciones no era algo que pudiese considerarse una hazaña. Se le antojaba que no vivía a pesar de poseer cosas que muchos envidiarían. Cambiaría todo ello por unas piernas capaces de sostenerle, libertad.

    Vamos, hombre, todos tenemos algo ―el muchacho que tenía a un lado lo rodeó por el hombro en un gesto de camaradería, insistiendo―. Tenemos curiosidad de cómo te hiciste eso ¿Caíste de un caballo? ―Jinta bajó el rostro, eran escasas las personas que conocían esa historia. Torció los dedos algo nervioso.

    Déjenlo en paz.

    No. Está bien. Les contaré ―su rostro cobró dureza, nunca habló de ello en voz alta y menos delante de personas que no fuesen de su familia. Supo que desde que llegó allí su visión empezó a cambiar y aquel era un paso importante, de cualquier forma lo habían acogido con tal amabilidad que sería justo mostrarse honesto. Sintió deseos de vivir. Salir de la burbuja fue lo mejor que le pasó ―. Cuando tenía cinco años nuestra caravana fue atacada por unos ninjas asaltantes. Por supuesto que llevábamos protección... no fue suficiente. Recuerdo que murieron cinco de la escolta y uno de los bandidos. En la confusión, uno me tomó y me golpeó por la espalda, no contento, apretó mis piernas con tanta fuerza que mis huesos crujieron, iba a enterrarme un arma. No sé qué pasó exactamente después, el dolor era insoportable, pero no me mató. Huyeron. Al final solo nos quitaron un poco de oro ―sonrió amargamente―, y mi vida.

    No digas eso, hijo. La vida de un hombre no puede ser tomada, ni siquiera cuando le clavan una espada en el pecho ―sentenció el general con la mirada fija en el fuego crepitante ―. Es uno mismo quien decide darla. Eso lo aprendí en el campo de batalla. Desde el momento en que te enlistas la estás ofreciendo voluntariamente.

    Era un niñ…

    Sí. Sin embargo fue tu decisión dejarla ir. Y cuando sientes que se te escapa de las manos, debes luchar por ella. Así es como sobrevivimos a un enfrentamiento y a otro, y otro. A veces no es la fuerza ni la habilidad, son las ganas de vivir. Eso es lo que hace extraordinarios a los humanos.

    ¡Venga que tienes mucho por disfrutar! ― habló otro de los militares mientras se empinaba un trago de sake. Con eso hacía referencia a la riqueza de la familia Tomoeda, si tan solo Jinta tuviera una personalidad menos lúgubre se hubiese dado cuenta de que, aun sin piernas, tenía al mundo en sus manos. Para eso estaban ellos, para abrirle los ojos ―eres el heredero.

    El chico bajó el rostro queriendo asimilar lo que escuchaba. Los días allí le ayudaban a ganar nueva cosmovisión y ese día podía ser el decisivo. Durante años se negó a ser el sucesor de la familia, deseando simplemente esconderse, aislarse y olvidar lo que significaba ser un Tomoeda. Incluso la presencia de Hiromi se le antojaba insípida, le asqueaba pensar que era su prometida, no era culpa de ella. Deseó morir con tanta fuerza que su cuerpo y su mente se marchitaban voluntariamente, porque siempre se consideró cobarde, cobarde al punto de no poder cortarse la garganta, relegado a una muerte lenta y demencial dentro de una casa para muñecas.

    Tienes que salvar a tu padre. A la familia―la cara del muchacho fue una gran interrogación ―. De los ninjas. Lo sabes mejor que nadie. Debes ser el móvil de la reconciliación con el País del Hierro por el asunto de Sanora.

    ¡¿Qué tiene que ver mi madre?! ―se exaltó inmediatamente, no existía persona a quien amara más. Entonces los militares se miraron entre ellos, por supuesto que él no sabía nada del pasado de sus progenitores. Asintieron.

    Ven con nosotros, tenemos algo que explicarte ―con una seña le indicó a otro de los jóvenes que trajeran la silla de Jinta para montarlo y llevarlo a un sitio aparte donde le contarían lo sucedido ―. Sirve que le escribes una carta a tu padre, con suerte entrará en razón.


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  12. C. Underwood

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    El animal se abría paso entre la arboleda, allí no había senderos pero su jinete le hacía apurar el paso golpeando constantemente para obligarlo a avanzar aun en medio de la oscuridad tenebrosa. La luz de la luna se veía bloqueada por los follajes pero ya faltaba poco para salir del tupido paraje, que más que eso parecía el valle de sombra de muerte dispuesto para los desdichados. El sujeto mantenía las manos en las riendas, temeroso de voltear atrás, con la respiración pesada y nervios a flor de piel. Se sentía observado, perseguido, las siluetas arbóreas amenazaban con cobrar vida en cualquier momento. Tristemente, sabía que no se trataba de su imaginación, desde hacía cinco minutos alguien le acompañaba y le torturaba escondiéndose a sus espaldas, en un juego en el que hacía notar su presencia sin terminar el trabajo ni mostrarse ¿Atrancarlo? No llevaba nada de valor. Hacer de mensajero a altas horas de la noche no había sido buena idea. Sudaba frío, por supuesto que portaba su arma, podía defenderse pero ya sospechaba que aquello no era normal. Las leyendas de los monstruos salvajes habitando en los extensos terrenos deshabitados volvieron a su cabeza ¡Ojalá fuera así! Por inercia volvió a golpear el caballo para que se apresurara y así emerger al claro de más adelante, donde la luna pudiese cobijarlo y asustar a los demonios.

    La sombra que lo perseguía se atravesó por delante de él como un fantasma efímero, asustando al equino de tal forma que terminó irguiéndose sobre sus patas traseras. El mensajero jaló para tranquilizarlo, mirando la posibilidad de desviarse a la derecha y salir de trayectoria; el relinchar se escuchó largamente gracias al eco.

    Mierda, muévete― finalmente aterrizó sobre sus patas y retomó camino, el fuete resonó sobre el cuero del pobre para hacerlo correr franqueando los árboles. Hasta entonces comenzó a sentir miedo de verdad, de ese que hela la sangre y acelera el corazón. Tensó el cuerpo y lo inclinó para volverse uno con su caballo, con la vista al frente y manos delante sobre la cuerda. El pequeño saco que colgaba en su costado saltaba a cada sacudida. Una gota de sudor escurrió le escurrió desde la sien a pesar de ser una noche fresca. Le raspaba. Escuchó pasos rápidos, correspondían a tres personas, no podía pensar con claridad, su propio corazón golpeaba tan fuerte que le ensordecía. Sintió el grito acumulándose en su garganta como agua que está por derramarse pero ni tiempo le dio, apenas volteó sobre su hombro miró un par de ojos dorados refulgiendo en la oscuridad. Terror. Muerte. Sin llanto. Luego ya no sintió nada, un corte limpio y profundo en la carótida terminó pronto con su vida. Se sacudió un poco antes de terminar cayendo de caballo, mismo que siguió su camino después de perder su carga. La sangre salpicó las hierbas por el impacto y después creó un charco viscoso que las abrillantó. El sujeto permanecía con los ojos abiertos sirviendo de fuente grotesca. La mirada opaca parecía apuntar a una humilde flor que no terminaba de mecerse por la reciente acometida. Entonces, su cazador se encargó de alargar la mano y tomar el saco de un jalón. No había nada mejor que interceptar a un mensajero para enterarse de los asuntos de los demás.



    Encontrar el campamento de los samurái no fue fácil. Si bien las instrucciones de Sanjiro habían sido muy útiles para la búsqueda, no había forma de saber el lugar exacto más allá de ir recorriendo la costa oeste para realizar el barrido. Por supuesto que arribar violentamente no era el plan, no cuando llevaban a Hiromi. El sol moría en el horizonte que se dibujaba con la línea del mar, daba la impresión de que las aguas se lo tragaban lentamente para sofocarlo. Con ello, se creaba una hermosa paleta de colores que empezaba con los colorados cálidos y terminaba en índigo hasta degenerar a un negro azulado y pastoso que ganaba terreno en el extremo contrario. La cadencia del mar era hipnótica, trasmitía una abrumadora sensación de calma en cada susurro de sus olas. Taiyo dejó una huella profunda sobre la arena húmeda, había terminado acercándose mucho a la orilla. En seguida fue borrada en un desliz de agua en la transitoriedad de un suspiro. La prometida mantenía la vista en el crepúsculo con cierta ensoñación, no pudo evitar llevarse una mano al cuello, lugar donde colgaba una figurilla de metal retorcido. Era de pensarse que quizás era un regalo de Jinta. No había hablado mucho durante el trayecto y contrario a lo que podrían imaginarse, no se le veía cansada. Para ser una fémina digna de un palacio no resultó para nada quejosa luego de pasar más de medio día encima de un animal en movimiento. Entonces, como recordando algo, miró hacia atrás.

    ¿Dónde está el otro chico? Tiene rato que no lo veo.

    En la retaguardia como se le ordenó ―contestó la pelirroja―, pero obviamente no es visible. Su trabajo es cubrirnos las espaldas desde cierta distancia.

    Los ninjas son muy particulares ―Esdesu se limitó a asentir con la cabeza ― ¿Estamos cerca?

    Deberíamos.

    En ese momento, Hitsugaya se elevó por varios metros gracias a un pilar de roca a fin de tener mejor vista de los alrededores. Aguzó la mirada y solo así pudo divisar un hilo de humo que se alzaba a poco más de un par de kilómetros. Con la llegada de la noche se volvía necesario comenzar a encender fuego, era obvio que empezaran a hacerlo casi al oscurecer para no hacerse notar. Extendió la mano hacia aquella dirección para dirigir a los zorros. La sonrisa anidada en sus labios se extendió ¿Qué encontrarían allí? Ojalá a alguien que valiera la pena. Así pues, con la misma facilidad con que emergió el pilar, éste se hundió para devolverlo a tierra firme. El simple movimiento puso nerviosa a Hiromi, supo que los ninjas habían encontrado algo y eso lo acercaba un poco más a su prometido. La rechazaba. Odiaba eso. Con todo, aceptaba su destino junto a él, de hecho, era lo mejor que le había pasado.

    Llegar allí les llevó unos diez minutos más, haciéndolo casi con lentitud para ser detectados. No era su intención pasar desapercibidos ahora que venían en paz. Metros antes de si quiera mirar el campamento se encontraron con una muralla de samuráis con espada en mano, al menos unos treinta puestos en fila listos para ser asesinados, desde la percepción de los varones Samsara. Se apostaban unidos, la mayoría jóvenes. Para entonces los zorros enormes ya no eran necesarios aunque era de esperarse que los hubiesen notado a la distancia. Dos ancianos se mantenían al frente, sus cascos con cuernos traían a memoria la guerra en el País del Rayo y evidenciaban sus rango, enervados con el simple brillo de la placa de aldea en la ropa de Setsuna, la única de los Samsara que siempre portaba la insignia de Raku. Las antorchas les brindaban la luz necesaria, ardían hambrientas por desatarse.

    ¿Qué quieren? ―inquirió Taoming en tono amenazante y sin perder la cabeza como para lanzarse al frente.

    Mi nombre es Setsuna Himekami― Hiromi respingó en silencio, su mano derecha se enredó en el collar. Conocía ese nombre, ella misma le había informado a “su suegro” acerca de la identidad de la mujer, pues a diferencia de él, conocía el mundo ninja más de lo que deseaba ―. Acudo en representación de Sanjiro Tomoeda para llevarme a Jintan de vuelta a casa.

    No sé quién es Jintan ―respondió secamente, dirigiendo la mirada a la del kimono ―. Y ustedes, los ninjas, no son bienvenidos aquí ―. Rangu hizo amago por hablar ¿Qué no eran bienvenidos? Si eran esas malditas escorias quienes estaban invadiendo su continente. Afortunadamente fue contenido con un movimiento y en seguida relajó su gesto de enojo.

    Sanjiro está muy preocupado por su hijo ¿Nos permite buscarlo en su campamento?

    No pondrán un pie dentro.

    Es cierto lo que dicen estos shinobis―finalmente Hiromi emergió de detrás de los ninjas para encarar a los generales samurái ―, su único propósito es buscar a Jintan y no hay otro lugar al que haya podido ir. Sanora no puede con la angustia. Así que agradeceríamos que nos permitan devolverlo. Creo que es hora de que hable con su padre ―afianzó la mirada al mayor. Parecía que se conocían y no solo eso, era como si hubiesen intercambiado un mensaje con solo sostener el contacto visual. Al cabo de unos segundos y a regañadientes, el viejo se mostró accesible no sin antes marcar sus pautas.

    Busquen a Jintan―ordenó a los jóvenes, quienes rompieron su formación. Luego se dirigió a los ninja con desdén―. Ustedes permanecerán en las orillas del campamento y serán vigilados. Veremos qué tiene que decir al respecto, él decidirá si regresa.

    Era mejor que nada.

    La situación no hizo más que desatar otra duda ¿Por qué el general le tenía confianza? Resultaba obvia su presencia en ese viaje, era la llave para lograr una tregua con los samurái; ahora comprendía la insistencia de Sanjiro por incluirla. Habiendo cumplido su papel a la perfección no hacía más que provocar nuevas cuestiones acerca de su identidad, por supuesto, claro, que Setsuna había notado el hecho de que ella sí podía pronunciar perfectamente las palabras ninja y shinobi, lo cual la volvía ajena a los Tomoeda.



    La noche estaba entrada pero la actividad continuaba dentro del campamento, había varios fuegos encendidos y los jóvenes charlaban enérgicos seguramente bajo la orden de que nadie debía dormir con ninja cerca. Estaban relegados en una esquina, a unos metros de la algarabía y con los ojos puestos en ellos. Rangu permanecía serio, sopesando si de verdad la pelirroja hacía todo eso por la recompensa, claro que la idea era absurda pero no se le ocurría alguna otra razón para continuar con esa tontería. No necesitaban al mocoso de vuelta, podían incendiar el campamento con sus propias fogatas. El sorbido de Black le hizo alzar la mirada con fastidio, sus témpanos le asesinaron.

    ¿Qué? Tengo hambre ―se excusó tras beber de los víveres que les habían ofrecido.

    No tienes honor, sabandija ―pero eso era algo que ya sabían, así que buscó iniciar una conversación con Esdesu, que permanecía mirando el cielo estrellado. Sin embargo, antes de siquiera poder decirle algo, fue ella quien habló.

    ¿Correcto o conveniente?

    Conveniente ―zanjó sin pensar. Entonces supo que se encontraba en uno de sus silentes y efímeros dilemas morales. Himekami podía actuar con firmeza solo después de pensar en la respuesta, una vez encaminada ejecutaba con frialdad y soltura, así que se encargó de disipar sus dudas como quien sopla el vapor de su café. Aunque la existencia de dos opciones le hacía saber que entre esas palabras habitaban sucesos y detalles que ignoraba. No estaba equivocado ―¿Serías tan amable de comunicarnos tus planes?

    No sé si los Tomoeda deben morir ―dijo en un genjutsu, sabiendo que los miraban.

    Fue una orden.

    Sigo sin mirar una razón.

    Era obvio que sus compañeros no comprendieran sus palabras. No se trataba de cuestionar la orden del Tenno, sino de algo superior, como una especie de destino impuesto que tuviese que cumplirse. Tan simple como la acción y reacción. Sanjiro parecía ser un buen hombre ¿Qué lo había orillado a esa situación? ¿Cómo una familia tan rica podía arruinarse? ¿Por qué su hijo estaba allí? Porque claro que se había arruinado, ella era la mano derecha del emperador y ese apellido se hallaba en el listado de comerciantes que mantenían negocios con la aldea y muchas más. Incluso investigó un poco de ellos antes de salir de Raku. En los últimos años hubo un descenso en intercambio y la familia perdió contratistas por todo Modan, de hecho su aldea era de las pocas que aún conservaban un lazo comercial, aguzó la mirada. Con todo, la tendencia iba a la baja ¿Mala fama? Era posible que algún suceso desencadenara la decadencia que, según parecía, iba a concluir con el cierre de puertas para los Tomoeda ¿Por qué a nadie le importaba? El punto de pique más próximo había sido justo después de la guerra, pero bien podía deberse al tambaleo económico general por lo cual el detalle se mantenía aparte.

    Con la mano derecha se acomodó su mechón que bailaba al compás del viento, las copas de los árboles ululaban en plena madrugada brindándole al paraje más vida de la que podía esperarse de un sitio en medio de la nada. Producían ruido al mecerse y de vez en cuando crujían y liberaban hojas. Miró el campamento, al menos unas diez fogatas encendidas que bailoteaban, contaba al menos unas cinco personas en cada una. Se extendían a lo largo de una especie de patio, una planicie que evidentemente ellos habían hecho para asentarse. A juzgar por las estacas de las tiendas que rondaban también la decena y luego una amplia más allá que bien podía ser una especie de cuartel, debían llevar allí un par de meses o más. Existía también una bodega, supo su naturaleza por la base de piedras acomodadas que fungía como piso a fin de evitar que los alimentos en cajas se humedecieran por el suelo fértil. Un sujeto custodiaba a la puerta. En general, era un buen sitio para vivir, situados a unos quinientos metros de la costa, rodeados de vegetación y seguro que debía existir un riachuelo o un lago cerca que los abasteciera de agua. Solo eso explicaría la falta de piletas u otro tipo de recipientes para acumular líquidos. No había muchas armas, era un hecho, los varones eran unos principiantes que recién comenzaban sus enseñanzas en campo abierto para hacerle frente a las hostilidades más básicas de supervivencia. Dejarles entrar era un error garrafal por donde quiera que se mirase y aún así Hiromi logró que los aceptaran. Ella se había ido con los ancianos al interior de la tienda que parecía cuartel, supuestamente para encontrarse con Jinta.

    El suspiro sonoro de Hitsugaya desquebrajó la quietud de sus pensamientos, había terminado de comer y se mostraba satisfecho. No es que el alimento fuese delicioso pero era mejor que nada.

    Me comí todo para no desperdiciarlo. Supuse que no lo tocarían.

    Ojalá esté envenenado.

    Neee~ ¿En qué piensas, Setsuna? ―nunca se le escapaba nada por más estúpido que llegase a parecer, de paso ignoró a Rangu olímpicamente ―. No noto a Hiei desde hace horas, supongo que le diste alguna tarea.

    Está cumpliendo la orden ―soltó con naturalidad, volviendo a acomodar su cabello.

    Claro ―chocó el puño con su palma, captando la idea ―, solo eso podría explicar tanta calma. Me cae bien aunque grita demasiado ―sonrió y colocó la cabeza sobre el hombro de la mujer con toda confianza para hacer estallar al médico.


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  14. C. Underwood

    C. Underwood Just wild beat communication Moderador

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    Escuchaban atentamente lo que Jintan tenía que decir y sonreían satisfechos al saber que no habían perdido su tiempo. Los ancianos, sentados en un extremo y sin haberse quitado las armaduras, se convertían en simples espectadores mientras los más jóvenes hablaban. No existían razones para intervenir porque ambos circundaban lo mismo. Más bien, era como si buscasen un punto cruce en sus motivos, los cuales, amén de su naturaleza perpendicular, iban a unirse el algún punto para compaginarse en una sola opinión que concluía con una plática con Sanjiro para que se uniera a los samurái de manera definitiva. Por supuesto, los generales de aquel campamento habían comenzado su labor desde su llegada al País del Té enviando cartas constantemente al negociante para incitarlo a abandonar la facción ninja, en ello, enmarcaban una situación vieja y ambigua que tenía que ver con Sanora. Ante los ojos de la sociedad era como si la hubiese robado, quedando en deuda con el régimen; imaginemos que un invitado es pasado a la mesa y entonces se roba un vaso de la cristalería por parecerle hermoso. Sí, es una acción mala, pero solo es un vaso ¿Por qué pues tanto alboroto? No es como si en la alacena no hubiese más. Esa era la mejor forma de ejemplificar lo que estaban haciendo, “perseguían” a Sanjiro a causa de una mujer, por un mal entendido que el padre fallecido ya no podía aclarar. Por supuesto, al régimen no le interesaba Sanora, era una forma de inyectar un poco más de presión a la situación de la familia Tomoeda, tergiversando las acciones para hacerlos parecer en deuda y usando aquello de pretexto para no perderles la vista. De la misma forma, no es como era si la grosería fuese tan imperdonable para llevarlos a la muerte.

    Ciertamente, Sanora no sería la primera mujer “robada” dentro del régimen que terminaba con alguien que no pertenecía al País del Hierro. Este tema cobraba importancia por tratarse de una familia rica. Era bien sabido que los Tomoeda durante años se mantuvieron en una facción neutral y gracias a eso lograron abarcar mucho mercado en ambos continentes, bueno pues, dejar que Sanjiro “tomara” a Sanora fue el inicio de los planes para devorarlo. Luego del “acuerdo” con el Daimyo para llevársela, el cual consistían en términos meramente económicos, éste fue asesinado dejando sin respaldo la historia del comerciante y la hija del feudal, la cual, de paso, no fue parte de un enamoramiento recíproco, dando más peso a la versión que aseguraba haberse tomado por la fuerza. El País del Hierro quería a la familia Tomoeda para sí y Sanora fue el vínculo. Los samuráis fueron poniéndose a la orden de Sanjiro para cobijarlos e involucrarse, a la vez que se encargaban de matar a los parientes lejanos para que poco a poco, con una tormentosa parsimonia, Sanjiro fuese sintiendo el peso de sus actos y la presión de que algún día la muerte tocaría a su puerta si no tomaba una decisión pronta. Y es que ¿Quién no querría a una familia rica de su lado? los bienes de los Tomoeda no eran medibles luego de acumular durante generaciones. Gracias a los fallecidos parientes dispersos por el continente se hicieron de documentos de tierras, lo cual les daban cabida en Modan si tomaban otra identidad. E incluso el asunto iba más allá ¿Para qué se desearía a una familia poderosa? Financiamiento. Ganarse la entera simpatía de los Tomoeda les abría las puertas a un raudal de riqueza e incluso conocimiento, pues ellos albergaban información general de Modan por poseer conexiones con muchas aldeas, sería obvio quererlos de su lado. Por supuesto que era necesario que dejaran la facción ninja y la lucha por convencerlo u obligarlo había comenzado desde hacía años. Como último recurso, antes que tomar medidas menos discretas, decidieron intentarlo con su hijo, el heredero que quedaría a la cabeza de todos los bienes: Jinta. El pobre desgraciado.

    Ganar su confianza poco a poco no fue tan complicado. Era de esperarse que el sujeto no tuviese mucho contacto con el exterior o personas ajenas a su familia, así que extenderle la mano y ofrecerle la oportunidad de ser tratado como una persona común, lo enganchó. Durante los días en el campamento lo sedujeron con historias de samuráis, incluso hasta hacía unos días terminó enterándose del asunto de Sanora y las ventajas de unirse al País del Hierro, de cómo era necesario sanear la deuda que su padre había creado. Hiromi era un caso aparte, fungía de prometida y por supuesto no amaba a Jinta ni él a ella. La tarea de esta fémina era asegurarse de que las cartas llegasen hasta él, de mantenerlo con vida, de crear otra conexión con los Tomoeda porque, obviamente, ella pertenecía a los samuráis, siendo el enlace doble, una réplica del efecto Sanora. La ofrecieron como compañera para que Jinta tuviese contacto femenino, esperando quizás así un cambio en su mal humor y pesimismo. Tuvo el efecto contrario, sintió que tenían tanta lástima por él que terminaron enviándole una muñeca para satisfacer sus necesidades, después de todo era un hombre ya en edad. La rechazaba constantemente. Por lo cual, decirle “prometida” era más una forma de disimular el envío por paquetería. Hiromi, la sobrina del general Taoming.

    Cuando volvieran a la mansión Tomoeda ella secundaría las ideas de Jinta y no solamente harían peso para hacer que Sanjiro tomara la decisión, sino que hasta aparentarían más conexión como “pareja” por, finalmente, estar de acuerdo en algo. Con suerte sí lograban casarse y amarrar el trato ¿Y por qué el torneo si Sanjiro sabía dónde estaba su hijo? Las constantes amenazas a su familia (asesinatos varios) y la tensión del asunto de Sanora le hacían sentir encerrado, además claro, de que no sabía cómo lo recibirían en el campamento ¿Lo matarían? ¿Le darían cárcel? El pobre ignoraba la relación entre Hiromi y Taoming. De hecho, el padre de familia envió a Hiromi no como Setsuna pensaba, no siendo llave, sino guardiana en caso de que los ninjas quisieran intentar algo torcido en el traslado. No solo era la prometida, sino su protectora.

    Se lo diré ―el chico apretó el puño con decisión ―, ya no tenemos nada que hacer en Modan. Al final, el asunto económico se está yendo a la quiebra, en poco ya no será rentable.

    Me alegra escuchar eso ―al final, la dulzura de Hiromi era indudable, quizás al menos ella sí había logrado enamorarse ¿O sería agradecimiento? Fue por él, por esa misión, que la sacaron del campo de batalla, del peligro de la muerte. A nada le temía más que imaginar su propio cadáver tendido después de una batalla, a expensas de ser devorado por un animal. Sentía que su vida debía tener algún sentido o valor como para no terminar muriendo por ideales de otro, es decir, en un combate que no le competía. Los gusanos, la tierra ¿Es que el humano estaba destinado a eso? Le gustaba pensar que no ―. Partiremos en la mañana. Los ninjas nos van a transportar en sus animales.

    No quiero ir con ellos ―el rostro Jinta se puso sombrío, su voz fue firme, como jamás la hubo escuchado ―. No confío ¿Cómo puedes? ―la miró con dureza, una ajena― en cuanto tenga la capacidad de negociar invertiré en su cacería. Voy a arruinar sus vidas como lo hicieron conmigo.

    Pero… Jint…―una mano fue puesta en el hombro de la chica.

    Déjalo ―era su tío ―, hay algunos hombres cuya fuerza y motivación son el amor, la justicia, el honor, otros eligen la venganza. Ninguna es cuestionable si te ayuda a vivir.



    Una cuenta cayó al suelo, roja y redonda, pasó por encima de la muralla que circundaba la mansión tras ser arrojada como se haría con una inofensiva canica. Pasaron un par de segundos y estalló para liberar una nube de humo de la cual emergió una especie de rinoceronte gigante cuya altitud superaba los treinta metros. Su simple aparición destrozó el patio donde yacían las fuentes y los lagos. Nadie del exterior, de los varios guardias que se apostaban en el periférico, acudió en el primer derrumbe. Estaban tendidos, uno sobre otro aunque sin muestras de sangre o mayores heridas superficiales que les arrancaran la vida, a cambio, un enjambre de abejas anormalmente grandes, custodiaba los cadáveres como si fuese su panal.

    El rinoceronte de piel rojiza dio la primera embestida con su cuerno, derribando completamente la fachada de la casa. Era de noche, quienes estuviesen en el interior debían estar desconcertados si es que no yacían bajo escombros ya. Un segundo golpe del acorazado causó un agujero que dejaba expuesto el comedor donde, justo esa mañana, Setsuna había desayunado en compañía de la familia Tomoeda. El impacto sacudió toda la estructura. En ese momento Tamahone tomó más de sus cuentas para destruir el espacio completo, había una zona de cultivo y caballerizas en la parte trasera de la mansión. Media docena de tigres fueron invocados para devorar a los animales de ganado, por supuesto que los felinos en cuestión equivalían a nivel tres, luego una plaga de langostas que ennegreció aún más la noche. No debía quedar nada, las órdenes de la general eran claras.

    Desde el momento en que lo mandó a cuidar la retaguardia no fue más que un engaño para sacarlo de la vista de Hiromi, de tal forma que su ausencia no fuese importante. A cambio, le había encomendado la tarea de deshacerse de la mansión y sus habitantes a la media noche, después de la cena. El haber recorrido el sitio con los zorros invisibles y también en compañía de Sanjiro durante el día le daba una idea de las proporciones del terreno y no existía mejor elemento que Hiei para raer a raudales. Él era un ejército de un hombre con sus invocaciones. De cualquiera manera, seguro que recorrería la zona con sus insectos. Gracias a eso también conocía en aproximación el número de guardias samurái que merodeaban la casa como fantasmas y el montón que se apostaba fuera de la muralla. No le preocupaban, solo uno. El guardia que siempre seguía a Sanjiro. El ruido de los trabajadores siendo asesinados por los cuadrúpedos era como música para sus oídos, aunque no todo iba como deseaba ¿Por qué no escuchaba el pánico de la familia? Inclinó el rostro hacia adelante, intentando agudizar para oír. El rinoceronte se quedó estático por un momento.

    Tsk, mierda ―golpeó el suelo con la punta del pie y apretó los dientes. Supo que los Tomoeda estaban resguardados bajo tierra, así que el derrumbe de la mansión no les afectaría porque no había ninguno de ellos dentro ―. ¡AAGH! ¡Malditos idiotas! ―bramó, molesto de que el asunto se le complicara, no podía dejar que se le escapara ninguno. Reculó por varios metros, a sabiendas de lo que venía. Alargó la mano para llamar a sus abejas a posición (alrededor del edificio para detonar) y también el rinoceronte asintió a la orden mental de su invocador, se hizo hacia atrás solo para tomar impulso y después arremeter ferozmente contra la estructura que aún estaba en pie. Era un animal resistente por naturaleza, su piel gruesa y su cuerno le convertían en un ser idóneo para la destrucción. Penetró varios metros en el edificio para destrozarlo, la madera cedió como papel, los muebles se deshicieron bajo las patas del gigante. El estruendo resultó ensordecedor, pero era solo el preludio de una detonación escalonada que le superó. La biblioteca salió volando, las obras de arte, la cocina tradicional hecha añicos en un segundo, el jardín fue barrido por la onda expansiva, la unión entre las maderas se desgajó sin piedad haciendo que la forma se perdiera, años de lujos acumulados desechos en un chasquido, el legado de una familia. La casa misma pareció arrancarse del suelo con la explosión que se conjuntaba con el caos adyacente. El humo y el polvo se elevaron, por varios metros la visibilidad fue nula hasta que un ave enorme se encargó de despejar la zona con el movimiento de sus alas. Todavía nadie de los importantes había muerto.

    Donde una vez estuvo la mansión había un montículo de escombros incendiados, Hiei se acercó a saltos muy cerca del siniestro, pegando la cabeza al suelo. Podía escucharlos pero necesitaba encontrar el punto más cercano. Gruñó.

    Nos encontrará ―dijo el sujeto que los había conducido al sótano, el sitio más seguro de la casa.

    La estancia es de acero ¿Cómo podría? Ni siquiera sabe de la existencia de este lugar. Debe pensar que nos fuimos antes del ataque.

    He aprendido a no subestimar a los ninjas―dijo el ronin, quien había visto a ese Hiei en compañía de la pelirroja que le venció en el torneo. No, en realidad no había manera de saber si realmente era capaz de derrotarlo porque él se rindió al no continuar el combate, no por incapacidad sino por conveniencia. Sabía que la presencia de esos shinobis no traería paz y la mejor manera de aprovechar el resto de su armadura no debía ser en esa ridícula competencia, sino ayudando a Sanora. Al final, fue por ella que ganó la condición de ronin. Haberse enamorado le provocó el destierro y casi la muerte; saber que su amada terminó en manos de un negociante le rompió el corazón pero no la esperanza. El destino se encargó de unirlos nuevamente con el paso de los años, regalándoles una oportunidad para estar juntos, una noche, una que fue suficiente para hacerlos felices por el resto de sus días. Ese día Sanora quedó embarazada del ronin para dar a luz a Jintan. Sanjiro consideraba a su primogénito como la consumación del amor entre él y su esposa, pero en realidad él no tenía nada que ver en su felicidad. El tener un hijo de Yasu fue lo que le devolvió a Sanora las ganas de seguir viviendo, aún si tenía que hacerlo con alguien a quien no amaba ―. Saldré para enfrentarlo. Con lo que me queda de armadura puedo darle batalla.

    ¡Mihang! ―llamó Sanora con lágrimas en los ojos, para sorpresa de todos. Especialmente Sanjiro ¿Acaso no era ese un extraño que tocó a su puerta esa misma noche?

    ¿Lo conoces? ―ella asintió cubriéndose el rostro. La suerte les había reunido de nuevo y se volvía en su contra enviándolo a la batalla. Una de las hijas abrazó a la mujer que no paraba de llorar desconsolada. Cualquiera pensaría que se trataba de miedo por el ninja que deseaba matarlos, pero no era así. Se sentía mal por Sanjiro, siempre la trató bien, la amó, la cuidó y respetó, desgraciadamente al final su correspondencia se trataba de una mentira. Ella no lo amaba. El gesto compungido en las facciones masculinas irradiaba una real preocupación de la que no se sentía merecedora.

    Alguna vez serví a su familia ―cortó Yasu, fijando la mirada en el de barba. Tenía un sentimiento extraño. No negaba que al inicio lo odió por quitarle a su mujer, pero a la vez entendía que jamás hubiese podido unirse a ella siendo un mero servidor. Sin embargo, en ese momento, sentía una especie de agradecimiento por cuidarla, quizás mejor de lo que él hubiese podido. A ella y a su hijo, sin saberlo. Lo menos que podía hacer era ayudarlos ―. Y ahora me honra servirles a ustedes ―miró a Sanora, sus ojos eran los de una despedida. Ella se cerró la boca con ambas manos para no gritar lo que pugnaba por salir de su alma.

    ¡Mamá! Contrólate. Todo estará bien.

    Abriré la puerta para que salgas ―Sanjiro se giró con la llave para mostrar un túnel que conducía a la superficie, hasta una compuerta a varios metros de la caballeriza. La entrada de emergencia por supuesto estaba justo sobre sus cabezas y esa se mantenía sellada por el montón de escombros. Yasu inspeccionó por unos segundos.

    Si no regreso en cinco minutos escapen por aquí. No deben quedarse. ―hubo murmullos. El ronin salió y avanzó un par de metros, suficiente, porque una garra enorme penetró la tierra con la facilidad con que un cuchillo caliente corta mantequilla, casi cortándole la cabeza de no ser porque se echó para atrás. No reconoció fácilmente el miembro hasta que un hocico delgado y alargado entró por el agujero recién hecho. Era una carne rosada y húmeda que olfateaba incansable. Un topo gigante. Los familiares alcanzaron a mirar la escena antes de que la puerta fuese cerrada. Hubo gritos de horror y lloridos. Con la mano temblorosa y el rostro pálido Sanjiro puso llave.

    Definitivamente no podemos permanecer aquí.

    Lo haremos ―zanjó el varón, sudaba frío ―, Jinta regresará. Debe encontrarnos.

    Sanjiro ―habló otro hombre, debía ser su pariente por semejanzas físicas ―, ¿Entiendes lo que acaba de suceder? Esos ninjas nos traicionaron. No traerán a tu hijo. Te mintieron. No volverá.

    ¡Lo hará! ―gritó golpeando la puerta con el puño, haciendo que los murmullos cesaran. Estaba colérico, fuera de sí. Todos le miraron con desconcierto ―. Nadie va a irse de aquí.


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  16. C. Underwood

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    El topo volvió a introducir las garras para seguir escavando pero ese fue el espacio aprovechado por Mihang para emerger, sabía que no podía dejarlo continuar o dejaría al descubierto la entrada a la fortaleza subterránea. Lamentablemente, y como había sucedido en el combate con la pelirroja, quedó en evidencia su déficit en la velocidad. Las garras friccionaron su armadura sacando chispas al no alcanzar a salir holgadamente. Su primer movimiento fue aterrizar sobre tres de sus extremidades luego de la maroma, usando la diestra para sostener su espada apuntando hacia atrás y prepararla para el corte decisivo. Impulsó el cuerpo al frente para blandir el arma con toda la inercia provocándose un giro para cortar con el peso completo. El topo recibió un gran tajo en la cara, partiéndole la nariz y dejando expuestos los canales interiores, sangre salpicando y luego su desaparición en un estallido que el ronin no pudo predecir. Puso los brazos delante de sí mas no pudo evitar salir despedido por los aires para caer de espaldas metros más allá. El golpe le arrebató el aire, rodó e hizo por ponerse de pie inmediatamente para buscar a su contrincante. Su armadura humeaba.

    ―los ojos rojos de Hiei lo apuntaron desde la humareda. Lo recordaba con claridad, era el ronin de la final a quien Setsuna derrotó. Bueno, al menos tendría la oportunidad de hacer todo lo que imaginó mientras apreciaba la batalla, era tiempo de hacer a un lado todo lo poético y traer a escena la fuerza bruta. No existía cosa más objetiva. Ni fea ni bonita, ni idiota ni brillante, era solo de resultados apreciables. El rubio escupió ―el samurái.

    Sabía que eran de mal augurio desde que los vi ―se irguió finalmente con ayuda de su katana. Quizás no ganaría, pero lucharía por dar tiempo suficiente para que el grupo escapara, con suerte las llamas en la caballeriza y los escombros hacían mucho menos visible el avance. Trataría de atrapar la atención del sujeto y, de ser posible, alejarlo de allí. Para ese momento los tigres también habían desaparecido en forma de detonaciones que barrieron con todo hasta dejarlo irreconocible, incluso a los muertos. Era lo único que podía hacer por Sanora en ese momento y posiblemente lo último.

    El domador se encogió de hombros y arrojó un par de cuentas más, una hacia adelante y otra hacia atrás. El humo provocado por la frontal fue denso, trayendo consigo una horda de mosquitos, por lo cual fue imposible para Yasu mirar la aparición en la segunda. Aquel manto oscuro de insectos se abalanzó contra él no quedándole más que utilizar una técnica de fuego para incinerarlos y de paso ganar visibilidad. Se dispersaron semejantes a un cardumen, innegable que algunos cayeran. La llamarada resplandeció iluminando el rostro del rubio que comenzaba a hacer sellos de manos, bueno, Mihang no se quedaría de pie esperando el resultado. Clavó su espada en el suelo para abrir una grieta delgada incapaz de tragarse a alguien, una técnica distinta a la usada con la mujer. De la abertura en la tierra brotó lava con la fuerza de un geiser que resplandeció en la oscuridad en forma de un muro delgado, cayendo segundos después como una pasta pesada que prendió los escombros esparcidos cerca, Tamahone se había hecho a un lado. Sus mejillas infladas aseguraban la llegada de un nuevo jutsu y así fue, de sus labios brotó una esfera de viento, giraba a gran velocidad y no hacía falta ser un genio para saber que contenía un huracán. Se liberó intempestivamente desatando un ciclón. Yasu afirmó los pies indispuesto a moverse y bombeando chakra a su armadura, alargó ambas manos como si deseara moldear algo en el aire y la lava en el suelo se levantó ingrávida tomando la forma un dragón ardiente que, a pesar del viento violento, se mantenía. Los restos en el suelo alzaron vuelo volviéndose proyectiles, los árboles que circundaban el área de las explosiones se mecieron de un lado a otro, golpeándose. Los más débiles eran amenazados con ser arrancados y el dragón de lava seguía en pie, ajeno. En seguida fue lanzado, Cerberus lo esquivó con la agilidad de cualquier taijutsuka de su rango, no tomando en cuenta que éste se dispersaría en cientos de delgados hilos que irían tras él con voluntad propia. Y, como él sabía, entre más pequeño, menor oposición, las fibras de lava se movieron de tal manera que el dragón perdió la figura, asemejándose más a una madeja de gusanos que iniciaba casi desde las manos del samurái. El viento huracanado no las desviaba a pesar de su finura. Giró y cayó con una mano para luego impulsarse hacia arriba, trató incluso de dispersarlas con una nueva técnica de fuuton disparada desde su cuerpo pero parecía que aquellas cosas eran inmunes al resto de los elementos. Finalmente, en un descuido y amén de la cantidad, un hilo se aferró a su diestra. El dolor fue insoportable al grado de dejarlo paralizado, luego fueron dos, tres, cuatro y terminó con la mano entera atrapada en un cúmulo de lava. Hasta entonces notó que la técnica no desaparecía con el paso del tiempo con efecto llamarada, más bien se iba diluyendo conforme desgastaba al usuario. Entonces, solo su mano fue sujeta y aquello amenazaba con subir hasta su brazo. La distancia que les separaba le jugó a favor, como tener una masa definida que al ser estirada se disminuye su grosor. Gruñó. El dolor era indecible. Sentía que sus nervios estaban a flor de piel, olfateó su propia carne quemándose.

    ¡Maldito! ― hubiese querido correr hasta él y matarlo, pero las piernas le temblaban y todo él, como una hoja seca de otoño. Iba a perder la mano y el brazo si aquello no se detenía. Al mismo tiempo, Mihang permanecía inmóvil en la misma posición para mantener la técnica. Tiempo. Necesitaba tiempo para que Sanora escapara. El aire cesó pasado el futon. Fue en ese instante que Yasu notó algo peculiar, su armadura no reflejaba la luz, que si bien era escasa por ser de noche, lo normal sería producir un destello por ser de naturaleza metálica. Opaca. Respiró profundamente y observó con detenimiento, notando que algo se movía… era un mosquito. Los vientos habían provocado que el mar de mosquitos terminara estampado contra él; negros como eran, fueron camuflados por la noche y su propia coraza. Tembló y supo que tiempo era algo que no tenía. El grito de Tamahone lo devolvió a la realidad, de verdad que el sujeto estaba sufriendo intentando liberarse. Fue hasta que se armó de valor y locura para cortarse el brazo con el zanbato que traía en la espalda. El tajo fue hecho a la altura del codo para cortar limpio en la articulación. Sin duda eso le dolió menos. En cuanto se despegó de su brazo atrapado dio un suspiro de alivio, sudaba y el rostro se le notaba desencajado. Jadeó y antes de que el ronin quedase libre de su propia técnica, cobró la suficiente conciencia para hacer estallar sus mosquitos. Dispuestos como estaban en la armadura, detonaron al unísono. Cientos. Lluvia. La coraza fue hecha añicos y el cuerpo del samurái también, el humo que emergió de aquella ejecución poseía una pestilencia terrible, los trozos retorcidos de metal llovieron con algunos pedazos de carne. En el suelo quedó un charco de sangre y la cabeza del sujeto quemada, porque claro, ya no poseía casco, de lo contrario sus sesos también estarían desperdigados. Tamahone se apretó el brazo, le sangraba copiosamente. Jamás en su vida hubo experimentado un dolor así, pues incluso la amputación era mucho más soportable.

    Se dejó caer sentado, necesitaba hacerse un torniquete para no perder mucha sangre. Ojalá Rangu pudiera hacer algo con él. El resto no le preocupaba, la orden estaba cumplida.


    Si no te quitas de la puerta, yo mismo te mataré ―dijo el samurái, el guardián, sacando la espada para amenazar a su amo. No comprendía el motivo de su falta de razón, se antojaba que Sanjiro finalmente había enloquecido por la presión. Los familiares restantes estaban por caer en la histeria también, era un sitio reducido para muchas personas, fácilmente unas treinta contenidas en una caja vacía de metal, limitándose a escuchar el fin del mundo sobre sus cabezas. Deseaban salir, pero el varón no entregaba la llave ni se hacía a un lado.

    He dicho que nadie saldrá ¡Nadie debe irse! ―bramó al instante en que su propia familia se lanzó sobre él para sujetarlo a la fuerza y quitarle la llave. Lo que ellos no sabían era que Sanjiro estaba siendo preso de un jutsu, el jutsu de alma que Setsuna le implantó antes de irse. Eso lo había vuelto tan irracional respecto a esperar a su hijo, atendía a la orden de no dejar ir a ninguno hasta encontrarse nuevamente con Jinta. Al cabo de una revuelta y dejarlo golpeado en el suelo, alguien tomó la maldita llave y abrió la compuerta, al hacerlo, una desagradable sorpresa esperaba al pie del umbral. Una serpiente enorme. Horror. Más gritos. Quiso cerrar pero fue imposible. La víbora entró en la cavidad de metal y después se destruyó a sí misma junto con todos los que estaban dentro, pues bloqueaba la entrada con su propio cuerpo. La caja metálica perdió su forma por la expansión de calor sofocada, el sonido fue sordo e hizo vibrar el suelo; las personas murieron al instante, incluso al samurái. En la escena, los cadáveres quedaron amontonados, como puestos contra el metal doblado hacia afuera. Carne quemada, masas sanguinolentas, caras irreconocibles, miembros sueltos.

    Al final seguirían esperando a Jinta todos juntos, en el otro mundo.


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  18. DrPeridot

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    La luna brillaba y unas nubes rápidas bloqueaban su faz, como intentando huir. Setsuna calculaba que su compañero debía haber terminado el trabajo, aunque por supuesto no tomaba en cuenta el asunto del ronin. De cualquier forma, el combate final del torneo resultaba la llave para que Hiei pudiese derrotarlo bajo la premisa de que él era completamente desconocido para su contrincante a diferencia del samurái cuyo arsenal ya había sido desplegado en la competición.

    Debían ser cerca de las tres de la mañana, el ruido del campamento había disminuido aunque todavía estaban despiertos. Era evidente que nadie iba a pegar los ojos esa noche. Hasta las fogatas parecían haber perdido parte de su brillo, no quedando indemnes al paso de las horas. Hitsugaya usaba el índice para jugar con el polvo, incluso hizo un montículo para después perforarlo en la parte superior, daba la impresión de ser un volcán en miniatura. Esperarían hasta el amanecer antes de preguntar por alguna resolución; Rangu miraba a Setsuna a intervalos, se le antojaba que no se decidía. Aunque los Tomoeda fueran asesinados esa noche, mientras quedara uno de ellos la dinastía tenía futuro, así que debía estar sopesando el futuro del lisiado, esperando hasta la mañana. El médico movió los labios para emitir una pregunta, pero el aliento salió sin emitir sonido al desviar su atención a algo más grande que se fraguaba. Los tres Samsara voltearon hacia la misma dirección, hacia la oscuridad de la arboleda que se cernía a sus espaldas. Después se miraron entre ellos. Fue cuestión de un salto para ponerse de pie y correr.

    ¡Cúbranse! ―fue la única advertencia de la mujer, quien por inercia se dirigió a la tienda donde debía estar Jinta, la acción de Black fue elevar un muro delante de ellos como protección justo al instante en que un viento ciclónico sopló. Se apagaron las fogatas y algunos de los samuráis aprendices terminaron arrastrados, pero fueron solo dos segundos de susto antes de que aquella corriente de viento trajera fuego y entonces el festín de muerte comenzara. La escena fue parecida a haber encendido un lanzallamas gigante para raer a las plagas. Más rocas se elevaron para proteger la estancia a pesar de los alaridos de alrededor. Vaya forma tan contundente de iniciar, se les antojaba que les habían robado la idea, ellos también deseaban incendiar con el campamento pero sin estar dentro ―Jinta ―en el interior todos palidecían por el rugir de las llamas combinadas con el grueso viento. La sinfonía de dolor de las víctimas no se quedaba atrás.

    ¿Cómo pasó esto? ―inquirió el anciano abriendo la tienda de golpe para mirar el muro, luego alzó la vista notando que un mar de fuego pasaba sobre sus cabezas, bordeando la protección de roca, la noche parecía haberse ido en ese trozo de infierno. No tenían forma de defenderse ¿A quiénes iba a llamar a la batalla? Si los subordinados estaban muriendo tras haber sido tomados por sorpresa. Tembló, Taoming siempre dijo que estaba preparado para partir pero esa noche no tenía ganas de hacerlo.

    No podemos quedarnos quietos a esperar que hagan su movimiento.

    ―T
    ampoco podemos salir de aquí ―añadió el viejo. Se hallaban cubiertos. Los ojos de Jinta estaban bien abiertos intentando procesar dos situaciones. La primera era estar bajo el ataque de unos ninjas, cosa que enervaba sus traumas; la segunda era que otros ninjas lo estaban defendiendo, aparentemente comprometidos con llevarlo a lado de su padre. Si hubiesen querido matarlo ya lo habrían hecho, o solo dejarlo morir allí junto con los demás aprendices ¿De verdad podía confiar en ellos? La mano de Hiromi se anidó en su hombro, estaba seria y dispuesta a cumplir su misión. Con la otra tomó el collar espiral que llevaba en su cuello e inyectó chakra tal como lo haría un samurái para transformar el dije en un arma. Era la sobrina del general después de todo, la centinela de Jinta. Una especie de espada apareció en su mano, daba la impresión de ser un destapa corchos gigante por la hoja giratoria. Entonces el fuego cesó tan intempestivamente como inició dejando tras de sí un paraje chamuscado, en cenizas, cuerpos completamente ennegrecidos con marcadas expresiones de horror y sufrimiento. Estatuas que a la mínima iban a ser desvanecidas, carbón. Todas ellas adornaban el espacio que una vez fue el campamento, ahora parecía un patíbulo de retorcida decoración. El suelo donde estaban parados se partió ante la salida bruta de una víbora que los obligó a dispersarse y aterrizar sobre las brasas. Los muros fueron destrozados por un golpe demoledor ante la llegada de un grupo que rondaba las doce personas, usaban máscaras.

    Setsuna Himekami ―llamó uno de los incógnitos. Los Samsara voltearon sorprendidos ¿Acaso el asunto no giraba en torno a Jinta? Entonces, Máscara de zorro adelantó unos pasos al mismo tiempo en que su mano buscaba algo en las ropas. Extrajo una hoja, un papel que terminó desdoblándose para mostrar su contenido ― supusimos que estarías aquí ―para ella no tenía sentido, para los samurái y Jinta sí. Esa era la carta que Jinta envió hacía veinticuatro horas con un mensajero que partió de madrugada, en ella le hacía saber a Sanjiro que estaba a salvo así como su posición exacta en coordenadas, añadiendo también tintes de su posición en el tema de las facciones y la vida misma. Claramente, hablarían tendido en cuanto regresara tras unos días, pues él no sabía que su padre planeaba enviar a unos shinobis en su búsqueda, ni tenía idea de la presión real que el tema de Sanora ejercía sobre el mayor. Aquel grupo de ninjas habían interceptado al mensajero, solo así podrían haberse hecho de la carta ― ¿Es cierto que vienes por el muchacho? ―la voz sonaba algo ahogada por la careta, se trataba de un varón. Esdesu no podía reconocerlos, no portaban ninguna placa que los adjudicara alguna aldea.

    ―soltó con claridad sin deseos de revelar nada más, no hasta saber quiénes eran. Luego de escucharla, el tipo se guardó la hoja sin mayor cuidado, crujió y terminó hecha un ovillo en su bolsillo.

    Mátenlos.

    ¿Por qué? ―Black dio un paso al frente intentando alargar la plática, pero apenas aquel dio la orden, la operación comenzó. La enorme víbora se giró, abriendo sus fauces para tragárselos, los jóvenes enmascarados se dispersaron al tiempo en que hacían movimientos de manos. Los superaban en número. Para sorpresa de todos, la primera contestar al ataque fue la propia Hiromi, adelantándose con espada en mano. Ésta se cubrió de energía elemental, y como lo haría un taladro giratorio que se une a una mano rápida, terminó perforando a la gigantesca serpiente, atravesándole la cabeza. Hiromi era menuda. Vaya sorpresa que se llevaron al verla ser engullida por la invocación y luego salir del otro lado. El reptil desapareció en una nube de humo, Hiromi aterrizó limpiamente, su kimono estaba roto hasta los muslos para permitirle movilidad.

    ¡Nadie va a tocar a Jinta! ―Bramó. El aludido se quedó boquiabierto, detrás de la pelirroja.

    Sujétate de mi espalda y no te sueltes por nada.

    No le quedó más opción, no podía correr. Mantenerse con ella era más seguro que quedarse con los viejos y ahora, más que nunca, ansiaba continuar. Qué ironía. Recordar la posibilidad morir hace que queramos vivir; rozar la muerte y sentir su tacto frío puede ser más terrible que los golpes de la vida, por eso en el momento de la verdad preferimos lo segundo con tal de prolongar el final. Aunque claramente solo hay algo seguro en esta vida y es la muerte. Nacimos para morir, el resto es opcional. Jinta rodeó a la jounin con ambos brazos, tomándola por el cuello mientras una lluvia elemental se aproximaba contra ellos. Cerró los ojos fuertemente, con temor. Un destello dorado emergió, como una burbuja que se expande inesperadamente, bloqueando las ofensivas y así dar tiempo a moverse.


    Taoming maldijo por lo bajo, supo que habría problemas desde que Sanjiro propuso el torneo abierto. Había sido una forma de abrir las puertas. El País del Té era más bien tranquilo, posicionado en la neutralidad y gracias a eso el campamento logró pasar desapercibido por meses a pesar de hallarse en tierra enemiga. Su pase amable y de bajo perfil debía asegurarles tiempo suficiente para convencer a Tomoeda y luego moverse al interior de Kaze no kuni, tierra de nadie y seguir pasando desapercibidos hasta nuevas órdenes. Sanjiro puso un letrero sobre sí al anunciar la competencia por todo el continente, cuando lo supieron ya era demasiado tarde. Nadie pensó que estaría tan confundido y desesperado para tomar esas acciones. Era de esperarse que ese grito de auxilio atrajera la atención de los ninjas y les removiera ciertas andanzas. Una mano lo tomó por el cuello y lo incrustó en el suelo, rompiendo el casco de cuernos en el acto. La sangre brotó de su cabeza en forma de una herida, pero lo peor era la asfixia que le provocaba el agarre que, de no ceder, le rompería las vértebras antes. Apretó los dientes. Tanteó por el suelo para recobrar su arma, alcanzándola para impregnarla de chakra eléctrico y adelantarla contra su agresor. Bastó que este interpusiera la mano para tomarla en el acto sin mayor daño. Los ojos del anciano parecieron querer salir de sus cuencas, sus falanges estaban abiertas y mudas. Piel amoratada. Soltó la espada por sí mismo cuando no le quedó más vida. Su asesino, Máscara de gato, hizo un movimiento más para provocar el atronar de huesos, luego se irguió para avanzar tras el otro viejo.

    Máscara de cabra perdió su máscara cuando el taladro le embistió con fuerza, evadió pero la inercia giratoria del espiral destruyó su disfraz revelando el rostro de un chico no mayor a quince años. Hiromi no reparó en ello y clavó su arma en el suelo, misma que pareció tomar forma de “U” pues emergió justo por debajo de los pies del chico, desmenuzándole una pierna. Salpicaduras carmesí, hueso expuesto. Cayó al suelo inmediatamente solo para recibir el golpe de gracia. Las manos de la fémina temblaban pero evidentemente eso no le restaba habilidad, no cuando fue entrenada durante toda su infancia para pertenecer a las filas en la guerra y dar la vida por el Shogun. Hubiese deseado nacer en un palacio rodeada de lujos, o incluso ser una niña normal que ansiara tener un esposo e hijos. Decidieron por ella y la convirtieron en un monstruo. Jinta era su salvación y desde hace poco, su esperanza. Imaginó una vida tranquila a su lado, si salían de esa, lo conseguirían. Lo enamoraría.

    ¿En qué piensas? ―una mano, venida desde atrás, rodeó sus ojos y le hizo pegar el cuerpo contra alguien mayor. Tembló. Sus labios eran como hojas endebles ¿Responder a la pregunta le salvaría la vida? Se sintió nerviosa y no se trataba solo de eso, cuando quiso moverse y dar una estocada se le antojó que sus brazos eran un par de gelatinas que ante la menor perturbación, caerían al suelo.

    En que no quiero morir.

    Es una lástima. Los sueños samurái no se cumplen en tierra de ninjas ―tras decir eso, una hoja impregnada en chakra cortó la garganta de Hiromi con suma facilidad, provocando una fuente sanguinolenta, líquido que terminó mezclándose con el del ninja recién asesinado. Al final no eran tan diferentes, pensó Máscara de cuervo. Cuando la sangre se unía con otra era imposible diferenciarlas, de hecho, la única divergencia que podía existir entre esos dos seres humanos era la mental. La ideología. Y aparentemente eso era suficiente para destruirse. Sin contemplación dejó caer el cuerpo hacia adelante. Sonido húmedo del charco. Lo siguiente fue desviar su atención hacia Esdesu que peleaba con uno de los jounin. Era habilidosa y un completo desperdicio por haberlos traicionado ¿Qué caso tenía haberse pasado del lado de los samurái? Su curiosidad no tenía relación con asuntos políticos ni internacionales, pero sin duda alguna razón de peso debía tener para exponerse de esa manera ¿Por qué estaba él ahí? Fue reclutado para una misión en nombre de Modan, como muchas otras veces, y no pudo evitar sentir interés cuando supo de qué se trataba. Por inercia comenzó a andar hacia ella.

    No. No lo harás, desgraciado ―Hitsugaya se dio cuenta y se atravesó en medio antes de que Máscara de cuervo continuara avanzando.


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    Última edición: 26 Feb 2018
  20. DrPeridot

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