+18 Original Fic Tan solo otra historia romántica -Remaster- [Capítulo 3]

Tema en 'Fanfics y Roles Yaoi' iniciado por Leo, 10 Mar 2018.

  1. Autor
    Leo

    Leo ¿No ves que te voy a matar (con feels)?

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    Hace mucho tiempo, cuando mi vida no estaba dominada por la universidad y la adultez (?), comencé un fic en esta zona. Uno al que le tenía mucho cariño, pero que por motivos personales me vi en la obligación de dejar a un lado en pos de otras cosas. Sin embargo, hasta el día de hoy las historias incompletas de mi vida han sido algo de lo cual me arrepiento, particularmente por aquellas que quise. Así que este tema es uno de mis primeros intentos de reinvindicación.

    Discurso aparte, la presentación de rigor. Soy Leo, asiduo usuario de DZ por tantos años que perdí la cuenta. Este foro me enseñó el amor por la escritura, que hasta el día de hoy no he perdido, gracias al cielo. Y el objetivo de este tema es comenzar a hacer las cosas bien con una "remasterización" del Original Fic que comencé varios años atrás. De antemano muchas gracias a todo aquel que se de tiempo de leer mi historia, comentar, o ambas (?). Espero que disfruten de esta maraña de cosas raras que es Tan Solo una Historia Romántica. Ésta vez en HD (???).

    Título: Tan solo otra historia romántica.
    Autor: LeoLeo
    Pareja: Original
    Capítulos: 1/???
    Tags y Advertencias: Referencias no aptas para todo público, Homofobia, Slow Build, Masturbación. (Más a medida que avance la historia).
    Sinopsis: Han pasado dos años desde que Héctor perdió a su madre, y hasta el día de hoy ha llevado una vida simple, pero solitaria como trabajador de una pequeña parcela en el campo que ella le dejó. Pero sus días tranquilos comenzarán a complicarse desde el momento en que decide salvar a un actor de una caída "mortal", y éste comience a evidenciar sus extraños gustos en el chico de campo católico a mas no poder. Eso, sumado a los problemas propios del pueblo y un grupo de teatro que comenzará a causar revuelo entre los habitantes de la villa.





    ------------------------------------------------------------​





    Tengo miedo.

    Frente a mí, un enorme vacío. El riachuelo que cruza el fondo del acantilado apenas si tiene profundidad suficiente para cubrir mis rodillas. Una caída desde el punto en que estoy y el fondo me mataría, el puente que cruza ese vacío está a al menos cincuenta metros del suelo. Y yo, sentado en la barandilla de esta construcción a días de ser demolida.

    Mis brazos comienzan a temblar. Mis manos se sienten débiles. No sé cuánto tiempo podré sostenerme, cuánto tiempo podré pasar sin caer en la mortal tentación. Dicen que la muerte es tan fácil, pero me asusta inmensamente. ¿Cómo pudo él, entonces, tomar tal decisión? ¿Cómo fue capaz de ignorar el instinto de supervivencia y dejarse llevar por aquella destrucción autoinflingida? ¿Cómo tuvo el valor para tomar ese cuchillo, y clavarlo en su propio corazón?

    ¿Cómo tuvo el descaro de abandonarme?

    Siento algo cálido humedeciendo mis ojos y resbalando por mis mejillas. Estoy llorando, finalmente. Ni siquiera en su funeral fui capaz de dejar salir mi tristeza, y solo ahora, a un paso del final, soy capaz de expresar abiertamente lo que siento.

    Te amo, y siempre lo hice, desde el día en que tus ojos azulados se cruzaron con estos comunes ojos azabaches que tanto detesto.

    Debí decírtelo antes de que te fueras, tal vez así habrías tenido una razón para no marcharte de este mundo.

    Tal vez eso te habría salvado.

    Pero quizá lo estoy pensando demasiado. Alguien que pierde la voluntad de vivir ya está muerto por dentro. Finalmente lo comprendo, nunca tuve la oportunidad de salvarlo. Es lo que más hiere mi corazón. Quisiera que este peso en mi pecho desapareciera, y poder al fin reunir la fuerza para un último acto de voluntad.

    Porque tratar de vivir en un mundo sin ti… es un error.

    Mis piernas tiemblan. Estoy de pie sobre la barandilla, solo mis manos sujetando con fuerza aquel frío acero evita que deje este mundo. Respiro la última bocanada de aire que este cuerpo recibirá, trago el último resto de saliva que saldrá de mi boca. Y observo ese vacío que espera mi llegada. Y por primera vez en mucho tiempo me siento calmado y en paz, pues las preocupaciones mundanas ya no me importan. Todo lo que queda ahora es dejarse ir. Y podré verlo otra vez, en el otro mundo.

    Y podré al fin… decirle… cuánto lo a-


    -¡¡ESPERA!!

    De la nada, algo detuvo la siguiente acción del hombre con los ojos cerrados, logrando que los abriera con sorpresa. Alguien había aparecido en aquel puente abandonado, y lo abrazaba con fuerza desde atrás, seguramente para evitar que saltara. Aquel que estaba sobre la barandilla del puente dio la vuelta, encontrándose a un joven de tez oscura y cabello castaño, con los ojos cerrados y las mejillas sonrojadas, apretándole contra su cuerpo. La expresión del otro cambió de una profunda tristeza a una enorme rabia, mientras apretaba con fuerza los puños.

    -¡IDIOTA! ¡ARRUINASTE TODA LA ESCENA!

    -… ¿Eh?





    El asustado hombre se quedó viendo a aquel a quien creía haber salvado con cierta incredulidad: sus ojos negros lo observaban con clara molestia, su cabello azabache y ondulado comenzaba a erizarse, y sus puños parecían prepararse para dar un golpe en cualquier momento.

    -… ¿No ibas a lanzarte?-preguntó el de tez oscura, sin entender de lo que el otro estaba diciéndole.

    -¡Claro que no! ¡No soy un idiota! ¡Es solo el ensayo de una escena!

    -¿Escena?-
    cuestionó el moreno, poniéndose rojo poco después-U-Uh… ¿lo siento?

    -Si, como sea, me da igual si querías hacer una buena acción-
    replicó molesto el “suicida”- …Pero sería bueno que me soltaras ya-agregó observando los brazos del tipo de cabello marrón. Éste rápidamente se alejó al darse cuenta, completamente avergonzado.

    -¡Lo siento, lo siento, lo siento!-se disculpó-¡No fue mi intención! Solo pensé que… bueno, querías hacer algo malo y…

    -Pues… ah, supongo que es culpa mía en parte por una actuación tan realista-
    dijo el chico, sonriendo con cierto orgullo.

    -¿Supongo?...-contestó el otro, desviando la mirada mientras posaba una de sus manos en su sien-De todos modos es peligroso jugar en un sitio así, podrías resbalar y…-antes de terminar la frase, el de cabello ondulado se había marchado ya del sitio, dejando al otro hablando solo- Eh… ¿Dónde fue?






    Capítulo 1
    Ojitos de Perro


    -Vaya… en serio la gente hace cosas extrañas…-luego del “rescate accidental” del chico del puente, el moreno decidió volver a casa, algo contrariado por la extraña situación. El sol brillaba intensamente en aquella tarde de verano, obligando al de piel acanelada a caminar oculto bajo la sombra de los árboles de aquel ambiente casi completamente rural, con excepción de la vacía carretera junto a la que caminaba-Me pregunto si de verdad estaba actuando o iba a cometer ese pecado-se preguntaba, llevando una mano a su pecho. Sobre una camiseta negra, alrededor de su cuello, colgaba un hermoso rosario platinado, el cual tomó entre sus manos, sosteniéndole con la no poca fuerza de aquel par de brazos trabajados por la vida rural y algunas sesiones de ejercitación extra-… Señor… guía a aquella oveja a algún lugar donde tu luz pueda mostrarle el camino…-susurró con los ojos cerrados, mientras la brisa de la tarde mecía su lacio y corto cabello castaño. Mostrando al cielo aquellos orbes claros, del mismo color que su cabello, el muchacho dio gracias a Dios por haber tenido la oportunidad de evitar una desgracia, incluso si se tratase de un simple malentendido.

    Pasados algunos minutos el moreno llegó a Valle Corona, una joven localidad a algunos kilómetros de Concepción, ciudad del sur de Chile. La población mayoritariamente consiste en trabajadores del campo, temporeros y granjeros que visitan el lugar de cuando en cuando por su conexión con la ciudad y gran oferta agrícola y ganadera, producción que hizo nacer aquella villa en primer lugar. La construcción que más destaca entre las casas, negocios y pequeñas fábricas textiles recién inauguradas es la iglesia de San Hurtado, una bella capilla de tres pisos, que termina con una torre que se eleva por sobre el resto de las edificaciones, siendo lo primero del pueblo que puede ser visto desde la carretera. Mientras saludaba a la gente que pasaba por ahí con toda naturalidad, el muchacho caminaba directo a aquel edificio, entrando poco después a una amplia sala con una gran cantidad de bancos, los cuales estaban posicionados de frente a un altar a unos cuantos centímetros del suelo, y tras él, la imagen del Cristo crucificado y varias velas encendidas. El ambiente estaba iluminado gracias a dos series de vitrales instalados a los costados, cada uno con imágenes hechas en cristal de diversos pasajes bíblicos. Observar aquel ambiente siempre provocaba en el chico una sonrisa, y le devolvía la calma en los momentos de pesar.

    -¡Héctor! ¡Mi ovejita preferida!-alguien sorprendió al muchacho, abrazándole por detrás. Al dar la vuelta, el chico se encontró con un par de ojos ambarinos observándole. El párroco de aquella iglesia era aún bastante joven, pues se había ordenado hace poco. Destacaba por su altura, 1.82, tan alto como el moreno, además de aquel cabello azabache que siempre descuidaba. Pero lo más destacable del hombre de Dios era aquella sonrisa que siempre dedicaba a quien entrase por aquellas puertas-¿Qué tal la vida? ¿Viene a confesarse de nuevo? ¿Tuvo otro sueño húmedo?

    -D-Deje de mencionar eso Padre Cristóbal, sólo fue una vez…-
    musitó el moreno, sonrojándose mientras desviaba la mirada-Además, no quisiera que alguien supiera del… uh… incidente…

    -¡Vaaaamos, ya te dije que es natural en un chico sano de veinte años!-
    exclamó el sacerdote, soltando al otro para darle un par de fuertes palmadas en la espalda-A mí también me pasa.

    -… ¿En serio?

    -¡Claro! Especialmente cuando veo lo que hay en este pueblito…. Taaaaaaaanta calidad…-
    dijo el sacerdote en un suspiro, mientras observaba disimuladamente el fornido cuerpo del moreno-Ah… pero soy hombre de Dios ahora, soy hombre de Dios, soy hombre de Dios…

    -… ¿Y cómo lo controla?-
    preguntó el chico, sin atreverse a ver al padre a la cara, aun sintiéndose mal por preguntar, pero sin poder aguantar su curiosidad.

    -Oh, eso es fácil-sonrió el sacerdote, levantando el índice-¡Masturbación!

    -Mastur… e-espere… quiere decir…-
    el chico trataba de articular la frase correctamente, pero la vergüenza le impedía continuar.

    -No es pecado si no te corres dentro, sobre o entre alguien-indicó el hombre de Dios, cruzándose de brazos-… ¿O qué, tu nunca… nada de nada?

    -¡Mi madre decía que esas cosas son una ofensa al Señor!-
    replicó el moreno, aferrándose con fuerza al rosario que colgaba de su cuello.

    -Oh bueno, es que el tiempo de tu madre, que en paz descanse, era distinto, y no se hablaba de esas cosas-mencionó el sacerdote, tratando de llevar el tema con más sutileza. Después de todo, hace solo un par de años que la progenitora de Héctor había muerto, dejando al chico solo junto a la pequeña granja que tenían-. Ellos no tenían tanta información como ahora. Así que tóquese con confianza y si se siente mal luego viene y me cuenta con todos los detalles, ¿Captó?

    -Uh… ¿No gracias?-
    musitó el chico, aún algo avergonzado. Si bien conocía al padre Cristóbal desde hace solo algunos años, ya lo consideraba como el padre que nunca había conocido, y alguien con quien siempre podía hablar libremente. Quizá uno de los pocos amigos que tenía en su vida.



    Era usual para Héctor visitar la iglesia antes de volver a casa. Quizá porque no le gustaba volver a aquella pequeña cabaña en la zona sur de la ciudad donde tenía que pasar los días solo. Si bien los vecinos y el pueblo en general siempre lo trataban con cariño desde que una enfermedad pulmonar llevó a su madre a la gloria divina, no era lo mismo tener aquel espacio sólo para él, sin el apoyo de la mujer a la que había acompañado y protegido desde que le trajo al mundo. Aquella casa vacía era un diario recordatorio de que no tenía a nadie con quien compartirla. Nadie a quien proteger o de quien preocuparse. Y ese pensamiento le causaba un enorme pavor. Especialmente en las noches, no podía evitar sentirse ahogado, y acurrucarse en la cama con una luz encendida hasta quedarse dormido. Como hizo exactamente al llegar a su hogar cuando ya había oscurecido, pasadas las diez de la noche.

    Sin embargo, un ruido sordo hizo despertar al joven de su sueño. Alguien golpeaba su puerta con insistencia. Pero no se trataba sólo de eso; el sonido de la lluvia cayendo estrepitosamente sobre el techo de su hogar podía escucharse claramente desde su cuarto. Luego de tomarse algunos segundos para vestirse, e instado por las llamadas a su puerta, el moreno corrió para abrir, pensando que tal vez algún vecino había tenido un incidente con la lluvia.

    Pero quien estaba tras la puerta no era un conocido. Por algunos segundos, el chico no creyó lo que veía. Se trataba del muchacho al que había “rescatado” en el puente aquella tarde, ahora cubierto de la lluvia con las páginas abiertas de un periódico. Gracias a la luz que encendió de la entrada, podía notar aquella piel blanquecina, pálida por el frío de aquella noche de aguacero, su cabello negro y ondulado a pesar de la humedad, y un par de ojos tan oscuros como aquella noche, observándole fijamente desde abajo gracias a su probable metro setenta y algo, mientras sus brazos temblaban gracias a la humedad y el frío.

    -Uh… ¿Este no es el hostal?-preguntó. Héctor se quedó estático algunos segundos, sin saber cómo reaccionar-… Hey, te hice una pregunta.-le replicó el otro, algo contrariado por no recibir una respuesta.

    -Eh… n-no, el hostal queda al otro lado del pueblo…-alcanzó a decir sin que la lengua se le trabara.

    -¿¡Qué!? Pero entonces… Rayos, malditos intentos de actores, ¡ES PORQUE SOY TALENTOSO! ¿¡VERDAD!?-gritó el otro al aire, alzando el puño con furia y dejando caer el periódico. El moreno se quedó estático otro par de segundos al no entender lo que sucedía, pero una súbita corriente de aire frío le devolvió el sentido.

    -B-Bueno… ¿Por qué no pasas? Llueve demasiado como para que vayas al hostal a esta hora, al menos espera que pase.

    Luego de pensarlo por un segundo, el azabache decidió acceder. Rápidamente entró antes de que la lluvia hiciera aun más estragos con su cabello. Héctor le indicó un asiento a poca distancia de la puerta, en un espacio junto a la entrada que funcionaba como comedor, a juzgar por la pequeña mesa redonda en el centro. El recién llegado observaba ese ambiente vacío con excepción de una segunda silla y una ventana frente a ella con gran curiosidad.

    “Vaaaaya… aquí falta decoración” pensó para sí, mientras el moreno se retiraba a otro cuarto más pequeño que hacía de cocina, calentando agua. Poco después el dueño de casa regresó con una manta que ofreció a su visitante.

    -Uh… ten, debes estar empapado-dijo, notando que el otro sólo vestía jeans y una camiseta blanca, húmeda por el súbito aguacero.

    -Pues sí, según el meteorólogo no habría lluvia hasta mañana, pero cuándo se puede estar completamente seguro de lo que un tipo en televisión dice-suspiró el azabache, cubriéndose con la manta mientras observaba con atención al de cabello castaño-. Uhm… me pareces familiar… ¿Te he visto en algún lado?

    -P-Pues… creo que en el puente…

    -¿Puente?...-
    preguntó el menor haciendo memoria-Oh cierto, el samaritano que arruinó mi escena-comentó con claro sarcasmo, provocando que el dueño de casa agachara la cabeza.

    -Lo siento, en realidad no creí que…-musitó Héctor, en realidad avergonzado. El visitante se quedó viendo aquella expresión unos segundos, para luego reír en voz baja-¡Hey!

    -¡-L-Lo siento! Es solo que… eres como un perrito, con los ojitos y todo y… ¡Ahahahahaha!

    -…

    -¡Muy bien, muy bien, ya paro, lo siento!-
    se disculpó el azabache, conservando una fresca sonrisa-… De todos modos no había forma de que supieras, cualquiera en tu posición habría asumido lo peor. Supooooongo que hubo… algo… de culpa de mi lado también-comentó, llevándose una mano a la nuca.

    -Entonces está… eh… bien…-se dijo el mayor, algo sonrojado al notar la sonrisa del otro. Era inusualmente linda si se le sumaba aquella palidez casi mágica que contrastaba con la oscuridad de su cabello y ojos-A todo esto…-musitó el moreno, alejando esos pensamientos de su cabeza-¿Llegaste al pueblo hace poco? No te había visto antes.

    -Pues sí, vine con unos ami… digo, un grupo de compañeros de trabajo-
    comentó el otro, corrigiéndose. Podía verse por su expresión, que no se llevaba bien con la gente de la que hablaba-. Llegamos esta mañana.

    -¿Trabajo?

    -Soy actor-
    dijo el chico, con orgullo-. Estoy en una compañía andante. Vamos por ahí montando obras para la gente. Cool, ¿no es así?

    -Creo que sí…-
    se dijo el de cabello castaño-Pues tal vez sea algo tarde, pero bienvenido a Valle Corona-agregó estirando su brazo, ofreciendo la mano a su visita-. Soy Héctor, por cierto.

    Los ojos oscuros del “actor” se posaron en los castaños de aquel que le ofrecía su mano. Tenía esa costumbre, observar los ojos de alguien antes de saludar, pues si algo había aprendido en su tiempo en aquella profesión era que los ojos siempre decían la verdad. Y los de ese chico reflejaban verdadera preocupación por su persona. Sonriendo levemente, el azabache tomó la mano del otro, respondiendo al saludo.

    -Esteban. Mucho gusto, Héctor.

    Manos suaves. El joven pálido tenía manos muy suaves. El moreno no pudo evitar pensar en ello, mientras notaba algunos detalles sobre su invitado. Cómo sus ojos parecían los de un lobo, y su sonrisa la de un cordero. Cómo la camiseta se le pegaba al cuerpo gracias a la lluvia. La sangre comenzó a galopar, acumulándose en sus mejillas. Aquel etéreo aspecto le hacía sentir que estaba en la presencia de un santo, una figura tan divina como las que había en la parroquia, incluso sus uñas pintadas de azul se veían sobrenaturales. Pero a diferencia de aquellas estatuas, la mano del otro se sentía cálida. Como un día soleado.

    -Uhm… creo que algo está hirviendo ahí dentro-hizo notar el azabache, aún con su mano atrapada en la del otro.

    -¿Eh? ¡Oh diablos!... ¡DIABLOS! ¡Lo siento señor, lo siento, lo siento lo siento lo siento!...-murmuraba el moreno con cierta desesperación, corriendo a su cocina. El otro se le quedó viendo, cubriendo su boca con una mano para contener la risa, la cual se detuvo poco después, cuando ya se encontraba solo.

    -… Es bastante lindo-se dijo, mientras sus ojos oscuros buscaban la figura del otro en medio de ese hogar desconocido para él.



    Y la mención de rigor a AmakiAmaki , disfrute weraza.

     
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    Última edición: 24 Mar 2018
  2. Amaki

    Amaki ¡¡No!! ¡¡Krillin!!

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    Ufff, yo sí que estaba esperando esto. Apenas me desperté y vi la notificación supe que sin duda debía leer, sabes que adoro lo que escribes y como logras expresar las emociones de los personajes al punto que las sientes tuyas ♡ Cosa que se ha ido puliendo al punto de rozar la perfección en la actualidad.

    No recordaba el primer capítulo tan genial, has mejorado mogollón, eso es innegable. Recuerdo que hasta hice un dibujo de ese par, Héctor me parece tan adorable y Cris... pues ya lo conocemos (?) Es un desmadre, no habría dios que cambie a ese loco y me encanta que sea así xD Sobra decir que tienes una lectora fija y más te vale terminar esta historia owó.
     
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  3. MonsteR!!

    MonsteR!!

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    oh, linda historia, si mal no estoy recuerdo haber leido un poco en esa época, recuerdo el panorama general del chico de campo y el actor, creo que fue hace mucho mucho tiempo en las épocas en las que al igual que tu estaba activo solo para después desertar y volver y volver a irme y varios va y ven de ese tipo hasta el día de hoy, en resumen, es como si la leyera de nuevo por primera vez, ya que no recuerdo mucho realmente, teniendo el precedente de ser una buena historia, espero no abandones xD no seas como yo y cumple nuestra meta (ya que al igual que tu abandoné un par de historias aquí y de igual manera tengo pensado re-subir y darles el final que merecen).
     
  4. MikeFD

    MikeFD Ojalá me aceptasen tal como soy

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    Muy interesante... Me encantan los personajes... Es la primera vez que leo esta historia... Así que esperaré ansioso por más :p
     
  5. Autor
    Leo

    Leo ¿No ves que te voy a matar (con feels)?

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    AmakiAmaki MonsteR!!MonsteR!! MikeFDMikeFD ¡Gracias por sus comentarios! En especial a ti wera, te quiero <3. Aparte de agradecer, aprovecho de avisar que ya hay capítulo 2. ¡Disfrútenlo!



    ADVERTENCIA: El siguiente episodio tiene NSFW. Por favor léase con discreción y no se acostumbre, que aunque ya puse el +18 en la etiqueta esto no se concentrará en el lemon (?)



    Capítulo 2
    El invitado de medianoche



    El azabache esperó un par de minutos mientras extraños sonidos provenían de la cocina. Pronto, un agradable olor llegó hasta él. El moreno había preparado algo de té, para luego buscar leña y encender la estufa. Iba de un lado a otro, silbando bajito mientras sonreía. Después de todo, las únicas visitas que tenía eran las del padre Cristóbal, y uno que otro vecino para pedirle ayuda con alguna cosa, y si había algo que le gustaba al chico era atender invitados, costumbre heredada de su madre. Luego de algún tiempo, la madera quemándose comenzó a inundar el ambiente de una agradable calidez. Algo más aliviado el recién llegado se quitó la manta un momento para sacarse la ropa húmeda y evitarse algún resfriado. Seguramente sus “compañeros” aprovecharían esa oportunidad para quitarle el papel principal en las obras que vendrían.


    -… Hey, preparé un té, ¿Lo quieres con azúcar o lo prefieres so?...-Héctor, con una taza humeante en una mano, y otra con azúcar en la otra, frenó de golpe al encontrarse a su invitado despojándose de su ropa. Aunque desde ese ángulo solo podía ver su torso, de por sí resultaba algo digno de recordarse. Esa piel pálida, casi como nieve, pectorales y estómago bien desarrollados, camuflados en la camiseta blanca que usaba, pero que lucían impecables ahora expuestos.

    -Uno poco de azúcar está bien, gracias-respondió Esteban, cubriéndose otra vez con la manta, algo extrañado por la expresión del moreno-… ¿Estás bien?

    -¡CLARO, PONLE TU!-gritó el chico de campo, prácticamente golpeando la mesa con los vasos antes de correr y ocultarse en su cuarto.

    -¿De acuerdo?...-comentó el azabache, agregando algo de azúcar a su té y probándolo-Uhm… menta, le da un buen sabor.


    Mientras tanto, el dueño de casa se cubría la cabeza con las almohadas de su cama. Tenía a un tipo desnudo en su cocina. Bueno, tenía una manta pero por dentro nada, como notó al ver que había dejado hasta la ropa interior en una silla cercana. Aunque el sonido de la lluvia golpeando su techo le recordó el no menospreciable detalle que el joven en cuestión estaba completamente empapado. Sintiéndose un idiota, regresó a donde estaba. El azabache bebía su te tranquilamente, mientras sus mejillas tomaban un tono rojizo, contrastando increíblemente con su pálida piel.


    -Ah, hola. El té está grandioso.


    Sin decir nada, Héctor volvió a escapar, ocultándose en su cama.





    Luego de por fin reunir algo de valor, el moreno volvió hacia su invitado para dejar sus ropas secando junto a la estufa. Después regresó junto a él, sentándose al frente mientras el azabache terminaba su té. Por algún tiempo, ambos permanecieron en silencio, observándose mutuamente de cuando en cuando.


    -… Pues… ¿Has vivido aquí mucho tiempo?-preguntó Esteban, como forma de romper con el extraño ambiente.

    -Casi toda mi vida-contestó Héctor-. Pasé los primeros tres años en la ciudad, luego mi madre y yo nos mudamos al campo.


    -Ah, ¿Vives con tu madre? ¿Tiene el sueño pesado? Porque hiciste mucho ruido, sabes-comentó Esteban, sonriendo un poco. Sin embargo, se detuvo al ver como el otro desviaba la mirada.

    -No, soy solo yo… ella murió hace un par de años.

    -Ya veo… uh, lo siento…



    El azabache, a pesar del silencio, observaba fijamente al moreno, quien trataba de buscar una forma de romper el incómodo ambiente, pero no lograba abrir la boca. Y volvió a sonreír, pensando en lo adorable que lucía aquel chico. Pero ni siquiera lo conocía, y a pesar de su usual actitud relajada, no podía evitar sentirse algo culpable por aquellos pensamientos sobre lo que podría hacer a alguien tan inocente.

    -Entonces, Héctor-volvió a hablar el de ojos azabache-. ¿Este sitio es agradable?


    -¿Uh?-murmuró el moreno, tratando de despejar su cabeza, antes de sonreír ampliamente-¡Este sitio es estupendo! Hay aire libre, la gente es amable, y hay muchos árboles diferentes, así que puedes encontrar de todo en cualquier estación, y siempre habrá algo de verde incluso en el invierno, aunque personalmente prefiero el ambiente en primavera. De hecho, cerca de aquí hay una planicie que se llena de flores en esa época, y es como una piscina llena de aromas distintos y...

    Esteban apoyó su cabeza sobre su mano, observando los labios del otro moverse, pero sin escuchar una palabra. La voz del chico era extrañamente armoniosa, y tan solo el sonido de sus palabras resultaba encantador. Aún más cuando Héctor hablaba de manera tan animada de las muchas razones por las que le encantaba aquel lugar donde había pasado la mayor parte de su vida. El azabache entrecerró los ojos, relajado tanto por aquel habla de hipnotista como por el té con menta que había bebido poco antes. El moreno, al notar este gesto, detuvo su discurso de inmediato.


    -Uh... Lo siento, ¿Te estoy aburriendo? Hahaha, lamento ponerme a hablar de golpe, pero no he tenido con quien conversar hace mucho aparte del padre Cristóbal, así que supongo me animé demasiado... y... oh, rayos, no puedo parar, debería dejarte responder o algo porque en serio no quiero parecer idiota pero aun así sigo y...

    -No me molesta, en realidad-interrumpió el otro, cerrando los ojos mientras sonreía-.Tienes una linda voz. Me gusta.

    -¿Ah?...-musitó el moreno, algo sonrojado, mientras se llevaba una mano a la nuca. Más que nada porque no estaba acostumbrado a los cumplidos- Bueno uh... gracias, supongo.

    -...

    -... Eh... ¿Estás bien?

    -...


    -Uhm...-la falta de una respuesta hizo que el chico se acercara a su invitado. Se había quedado dormido ahí, con la cabeza sobre su mano. Entendía que era tarde, debían ser las una o dos de la mañana, ¿Pero quedarse dormido en una posición como esa?

    Suspirando, Héctor decidió levantarse, tomando al chico entre sus brazos para llevarlo a algún sitio donde pudiese dormir sin arriesgarse a contraer un resfriado o caer de golpe. Más por instinto que otra cosa se movió hacia el cuarto de su madre, pero al abrir la puerta y observar la vacía habitación, se detuvo de golpe.


    Cuando tenían una visita, su madre acostumbraba darle su cuarto al invitado, y ella dormía junto a su hijo. Solían pasarse horas en la cama molestándose o contando historias que se inventaban en el momento sobre cuestiones interesantes que habían hecho durante el día. Fantástica forma de perder el tiempo, según la mujer lo definía. Pero desde su deceso, el chico había mantenido ese lugar intacto, sin permitir que nadie tocase un objeto siquiera. Hasta había tenido que pedir a algunos familiares que llegaron de visita una vez se alojaran en el hostal para que nadie desordenase las pertenencias de su madre. Recordando eso, el moreno dio la vuelta, llevando al azabache a su cuarto, y dejándolo sobre la cama antes de taparlo con las sábanas.

    Y fue entonces que se dio un tiempo para observar lo que había traído hacia el colchón. La piel del muchacho seguía pálida, al parecer no se trataba de la lluvia, sino de una condición propia del de ojos oscuros. Dormía plácidamente, y casi sin hacer ruido, apenas para respirar. Era una figura casi divina, y Héctor no pudo evitar tragar saliva con nerviosismo.

    ¿Debía quedarse ahí? Es decir, dormir junto al etéreo y desnudo sujeto... cierto, estaba desnudo, la idea elevó su nivel de nerviosismo estratosféricamente. No tocaría el cuarto de su madre, y eso solo le dejaba el sillón de la otra habitación, pero con el frío y la estufa apagándose de seguro acabaría enfermo, cosa que no podría permitirse. Rindiéndose, y temblando, el chico se metió a la cama con ropa y todo, dando la espalda al azabache, después de apagar las luces.


    El moreno no estaba seguro de cómo reaccionar. Nunca había compartido la cama con alguien que no fuese su madre, y las dudas no lo dejaban dormir. ¿Que se supone debería hacer en una situación así? "Bueno, no tengo nada de qué preocuparme" se dijo, como una forma de volver a calmarse. "Está desnudo y dormido en mi cama, pero somos hombres, así que no hay problema" se repetía. "Aunque fuese tan blanco... como un santo... y cuando sonreía parecía como si un ángel apareciera y... oh, genial, ahora comienzo a delirar, el padre Cristóbal tenía razón, debo dejar de pensar tanto las cosas y..."


    Los pensamientos del muchacho fueron interrumpidos de golpe cuando su visitante dio la vuelta, envolviendo entre sus brazos al moreno, seguramente perdido en alguna onírica fantasía. A pesar de que se había mojado gracias a la lluvia, su piel se sentía cálida al tacto. Y aunque no podía verlo, de seguro su rostro estaba cerca, podía sentir la respiración del azabache en su cuello. Era una sensación extrañamente agradable, pero que le provocaba escalofríos. Y una reacción inesperada, que hizo a Héctor tragar saliva.

    Tenía una erección. Diablos, tenía una erección. El cuerpo cálido de alguien más, su respiración en su cuello. Era la primera vez que sentía a alguien tan cerca, y aquella experiencia, sumado al miedo de que el otro despertase y se diera cuenta de la situación, le impedía realizar cualquier movimiento. Tuvo que recordarse que respirar era una necesidad vital para que sus pulmones volvieran a funcionar.


    "Masturbación" le había dicho el padre. "Era normal, todos lo hacen". ¿Por qué diablos estaba pensando en eso en un momento así? Pero, por otra parte, no podría quedarse como si nada, con un desconocido abrazándolo y una erección. Moviéndose cuanto le era posible, acercó la mano hacia sus bóxers, bajándolos mientras trataba de hacer el menor ruido posible.

    Como nunca había hecho algo así, no sabía cómo empezar. Se sentía avergonzado por lo que estaba haciendo, pero finalmente reunió algo de valor y envolvió el erecto miembro con su mano. Se sentía caliente, palpitante, y parecía crecer más cada vez que el chico se movía, o sus labios se acercaban a su cuello, y el cálido aliento que aún olía al té de menta se hacía más intenso. Su propia respiración comenzó a volverse más agitada en el momento en que comenzó a acariciar su sexo. "Esto es malo, esto es malo, esto es malo" se repetía mientras los dedos recorrían despacio la piel alrededor del tronco. Era una sensación áspera en aquella zona, mientras su mano bajaba hasta los testículos. Incluso cuando se bañaba, trataba de evitar manipular demasiado aquel "lugar", como su madre solía decir. Así que, de cierta forma, explorar aquel rincón de su cuerpo resultaba gratificante. La piel que envolvía sus bolas estaba arrugada, pero suave al tacto, y cosquilleaba ligeramente cuando la yema de los dedos rozaba el vello que los cubría, dejando una mínima distancia entre la piel de esa zona y la de sus dedos. Héctor cerró los ojos al sentir como su invitado pegaba su rostro a su nuca, y el cálido aliento caía directo tras de su oído. La inesperada sensación le hizo dejar salir un leve gemido, en un tono extrañamente dulce que no esperaba escuchar. Tardó algunos segundos para calmar el galope de su pecho un poco, para luego seguir con la exploración.

    Su índice y pulgar comenzaron a recorrer el tronco de su pene, poco a poco, y moviéndose hacia arriba y abajo. El chico se mordió el labio, la sensación se hacía cada vez más intensa, y era difícil seguir repitiéndose que lo que hacía estaba mal. En el momento en que el índice rozó la punta descubierta, otro gemido resonó en el cuarto, ésta vez con mayor intensidad. Abrumado por las sensaciones, y con la mente hundiéndose en el placer, el muchacho continuó usando sus dedos, recorriendo la punta de su miembro, haciendo círculos, mientras el resto de su mano acariciaba la base. Instintivamente movió el otro brazo, tomando el miembro con la mano libre y comenzando a recorrerlo, mientras el índice de la otra mano seguía jugueteando con la punta.

    "Se siente bien. Muy bien" eran las frases que ahora dominaban sus pensamientos. Se había olvidado completamente de lo que su madre le decía sobre moralidad, hundido en la placentera exploración. La caricia se volvió agitación, y la agitación se volvió desesperación, movía sus manos de arriba a abajo, apretando de cuando en cuando el sexo entre ellas, respirando con fuerza, pero controlando sus gemidos para evitar despertar al otro. Entre más rápido se movía, más calor se acumulaba en su entrepierna, como si algo en su interior estuviese a punto de explotar. Llegó un momento en que su cuerpo se volvió tan sensible que hasta el sudor que recorría su piel se sentía placentero, y cuando ya no pudo más, ahogó el grito de su primer orgasmo hundiendo el rostro en su almohada.


    Cuando Héctor abrió los ojos, logró distinguir entre la oscuridad la figura del azabache, quien había dado la vuelta, alejándose del moreno. Cuando el aturdimiento del momento pasó, se percató de la sensación pegajosa entre sus manos. Después se sentó para observar, notó el semen entre sus manos, y enrojeció de inmediato.

    -Q-Q-Q-Q-Q-Q-QU...-repetía el moreno, tratando de articular alguna palabra con sentido-... ¿¡QUE ACABO DE HACER!?

    -...Ugh... ¿Pasa algo?-
    la voz del muchacho de cabello oscuro hizo al otro sudar frío, y esconder sus manos entre las sábanas.


    -¡NADA! ¡DEBO IR AL BAÑO!-volvió a gritar, levantándose rápidamente para correr hacia el lavamanos.












    -¡¡PADRE!! ¡PERDÓNEME PORQUE HE PECADO!-a las 5:30 a.m. las puertas de la iglesia se abrieron de golpe, dejando entrar al moreno quien no pudo esperar más con la fuente de su desgracia durmiendo plácidamente entre aquellas impuras almohadas. El padre, que ahora vestía solo una camiseta sin mangas y bóxers, lo observaba aún medio dormido y con un periódico bajo el brazo. Se había acostumbrado a las visitas "matutinas" del muchacho, pero esta vez había llegado más temprano de lo esperado.






    -Bueeeeno-suspiró el párroco, luego de vestirse y preparar algo de café, el cual le ofreció a Héctor-¿Y ahora qué paso? ¿Otro sueño húmedo?

    -N-No... es decir... algo así, pero...-musitó el muchacho, sin poder articular bien sus pensamientos debido a la verguenza.

    -Vaaaaamos, te conozco desde el pelo~ hasta la punta de los pies~-le comentó el padre dándole ritmo a sus palabras como el cantante que las había creado.

    -Pues...-musitó el moreno, desviando la mirada-...Yo... eh... me masturbé...

    -¿Uh?


    -Que... m-me masturbé...

    -... No te entiendo ni un carajo.

    -¡QUE ME MASTURBÉ! ¡DIABLOS!... ¡DIABLOS, LO SIE-AGH, LO DIJE DE NUEVO!

    -... ¿Eh?...-el párroco se quedó viendo al moreno replicarse a sí mismo por maldecir una y otra vez, algo sorprendido por la súbita declaración. Sin embargo, a los segundos reaccionó, tomando al otro de las manos, con los ojos brillantes-¡MUY BIEN MIJITO, NO SE PREOCUPE Y DÍGALE TODO AL PADRE CRISTÓBAL! ¡NO OLVIDE LOS DETALLES SUCIOS!

    -P-Pero padre...

    -¡NADA DE PEROS! ¡SOY EL PUTO SACERDOTE Y USTED HACE LO QUE YO DIGA, PORQUE DIOS ASÍ LO DICE!

    -... A veces me pregunto qué clase de sacerdote es usted...-
    suspiró Héctor, agachando la mirada- Como sea... ese no es el problema... Es decir, pasó algo peor...

    -¿Ah sí? ¿Qué fue?-
    preguntó el hombre de Dios, sin dejar de sonreír.


    -Es que...-las manos del chico comenzaron a temblar. El rostro del párroco cambió a una expresión más seria al darse cuenta de ello-... eh... mientras lo... hacía... pensaba en... un hombre...


    Eh


    ¿Eh? ....


    ¿¡EHHHHHHHHHHHH!?

    -¡SOYHOMBREDEDIOSSOYHOMBREDEDIOSSOYHOMBREDEDIOSSOYHOMBREDEDIOS!-gritaba el padre con las manos en la cabeza, mientras Héctor trataba de calmarlo, sin entender el motivo de su ataque de locura.


    -¡Padre!

    -¡AHHHH...! E-Es decir...-
    dijo el mayor, recuperando súbitamente el sentido mientras sonreía nerviosamente-¿E-En quién pensaste, específicamente?


    -Esto... e-en... eh...-las mejillas del moreno comenzaron a arder-Es un tipo... que se perdió y durmió en mi casa y...

    -¿Hicieron algo más?-preguntó el padre con una aterradora seriedad.

    -¡C-CLARO QUE NO! ¡F-FUI SOLO YO!

    -.... EEEEntonces está bien, supongo-suspiró con algo de alivio el mayor.

    -Pues... ¿Qué se supone debo hacer ahora?-preguntó Héctor-Soy... ¿Soy alguna clase de pervertido... o ...?

    -... Héctor, no pienses así de ti-
    interrumpió rápidamente el hombre de Dios, dejando caer una de sus manos en la cabeza del chico, mientras revolvía su cabello con suavidad-. En realidad... no estoy seguro de qué te pasó, pero lo más probable es que por sentirte excitado en aquel momento simplemente te dejaste ir por una presencia interesante. Pero eso no significa que seas anormal ni nada por el estilo. Así que respira un poco, termia tu café y luego ve a trabajar. El ejercicio te hará bien, estoy seguro-le aconsejó, sonriendo paternalmente. Héctor, al ver aquella expresión, se sintió más aliviado por quitarse aquel peso de encima, y luego de conversar un poco más, decidió volver a su hogar antes de comenzar el trabajo en el campo. El padre Cristóbal lo despidió sin dejar de sonreír, para luego cerrar la puerta de la iglesia con llave. Una vez solo, comenzó a morder su sotana con rabia.


    -¡MALDICIOOOOOON! ¿¡POR QUÉ NO FUI YO!? ¡MALDITA SOTANA QUE LE QUITA LA CALENTURA AL UNIVERSO, MALDITAMALDITAMALDITAMALDITAMALDITAMALDITA!




    El moreno tomó la ruta más larga para llegar a su hogar. Sin embargo, no tardó ni diez minutos en encontrarse en el umbral. Suspirando, abrió la puerta, esperando ver a su visita de anoche. Sin embargo, no tardó en darse cuenta que el lugar estaba vacío como siempre.


    Algo aliviado, pero a la vez molesto por alguna extraña razón, Héctor se encerró en su cuarto y se lanzó a la cama, la cual lucía tan desordenada como la había dejado al irse. Fue entonces cuando notó un cartel en medio de las sábanas. En él, había una fotografía de varias personas, entre ellas el muchacho de cabello oscuro que había recibido. En el papel podía leerse "Compañía de teatro Antena: Una historia romántica, de Leo Sandoval. Funciones durante toda la semana en Valle Corona". Al darlo vuelta, Héctor notó una nota escrita con una letra bastante elegante.


    "Gracias por dejarme quedar. Tuve que correr por asuntos de trabajo. Y tomé algo de pan, espero no moleste. Por cierto, el estreno de la obra es hoy a las siete, si quieres venir me gustaría saber qué piensas de mi trabajo.

    PD: Lava tus sábanas."



    -¡MALDICIOOOOOOON! ¡OH RAYOS! ¡Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento!...
     
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  6. Amaki

    Amaki ¡¡No!! ¡¡Krillin!!

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    [​IMG]

    Nah, ya siendo serios, me alegro que no te hayas olvidado de actualizar, sabes que adoro la relación entre ese par, y la escena 1313 estuvo bien rikolina (?) Cris como siempre es un desmadre y tu forma de escribir atrapa, sabes que te seguiré, había olvidado comentarte, creí que lo había hecho, pero al parecer sólo puse like, como sea Leito, aquí te sigo y más te vale seguirla o_ó
     
  7. Autor
    Leo

    Leo ¿No ves que te voy a matar (con feels)?

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    Well, ya era hora de actualizar esto (cofcofteníaelcaplistodehacetiempoperonolopusecofcof). Espero disfruten el siguiente episodio.

    PD: Mención obligatoria a AmakiAmaki ;)


    Capítulo 3
    Una historia romántica



    Si había algo que pudiese despejar la mente del moreno de toda duda imaginable era una buena jornada de trabajo en el campo. Si bien la mayoría de la gente trabajaba por necesidad, Héctor encontraba cierto nivel de paz interior arando y vigilando a los animales. No era un terreno muy grande comparado a las otras haciendas del lugar, pero bastaba para plantar una buena cantidad de trigo y criar un par de vacas y aves de corral. La producción le bastaba al muchacho para toda la temporada, y por lo general siempre ganaba excedentes que eran guardados celosamente en el banco. Una de las cosas que su madre le había logrado inculcar al chico era que el ahorro era importante, pues siempre había que pensar a futuro.

    Junto a él, la parcela era trabajada por un pequeño grupo de temporeros que el muchacho contrataba durante cada época de siembra y cosecha. Aunque lo tratasen de “Don Héctor” todo el tiempo, él prefería una aproximación más casual, encargándose de las labores del campo junto a ellos.


    -A este paso vamo’ a terminar con todo antes de fin de mes-le comentaba al moreno un hombre en sus cuarentas, Felipe. Era uno de los pocos temporeros que no dejaba de aparecerse cada año en su campo para ofrecer sus servicios, y se conocía el terreno como la palma de su mano. Su cabello oscuro, poco a poco invadido por las canas, y su rostro quemado por el sol y los años daban cuenta de su experiencia y buen trabajo. La mayoría de los trabajadores le decían “el capataz”, ya que Héctor le tenía bastante confianza.


    -Eso es bueno-comentó el menor, con la vista fija en un grupo de temporeros. Hablaban sobre una obra de teatro que habría esa tarde, y cómo esperaban poder ir con alguna de las chicas del pueblo.

    -Don Héctor, ¿está bien?

    -¿Ah?

    -Anda medio perdíó’ hoy, ¿sabe?

    -E-Estoy bien, gracias.


    La tierra estaba lista y los animales habían comido. Las horas habían pasado volando, y mientras descansaba, el sudado moreno se tomó un segundo para observar el papel que su invitado de medianoche le había dejado antes de desaparecer, para luego buscar con la mirada al sol de verano, que comenzaba a bajar en el cielo. Calculando, seguramente debían ser las cinco y algo de la tarde. Si se apresuraba para volver a casa alcanzaría a prepararse y llegar al estreno listo. Con algo de suerte podría encontrárselo otra vez.


    -¿¡Pero qué se supone le voy a decir!? ¿"¡Hola! ¡Lamento haberme masturbado mientras dormías!"? Dios, ¿Por qué tuve que ser tan débil?-y así como si nada todas las dudas regresaron a la mente del moreno. Por algún motivo que aún no lograba precisar quería ver al azabache de nuevo, pero por otro lado se sentía incapaz de acercarse a más de diez metros sin ser aplastado por la culpa de lo que había hecho el día anterior. Es decir, según el padre no había problema alguno, pero aun así...


    Le tomó media hora extra decidirse, la cual pasó caminando en el puente que daba de su parcela al camino a Valle Corona, de un lado a otro. Finalmente, cuando notó la posición del sol y se percató del tiempo perdido, corrió en dirección a su hogar para darse una ducha.





    Quince minutos para las siete, ya prácticamente todo el pueblo hacía fila para tomar asiento dentro de la gran tienda que el grupo de teatro había traído, la cual le daba un aspecto de circo más que de otra cosa. Dentro de la carpa, una galería de sillas plásticas estaban preparadas frente a un escenario de madera. Incluso el padre Cristóbal se encontraba allí, había escuchado del estreno y decidió que no se lo iba a perder por nada del mundo.

    Héctor llegó justo antes de que cerrasen la entrada para comenzar. Alcanzó un asiento justo en la última fila, lugar que el párroco le había reservado para que pudiera sentarse junto a él. Sonriéndole, tomó asiento mientras cinco personas subían al escenario. Entre ellas, el invitado de medianoche.


    -Buenas tardes a todos los presentes, damas y caballeros-dando un paso adelante, un hombre de cabello rubio (obviamente tinturado, considerando las raíces) y sonrisa encantadora, que no aparentaba superar los treinta años, comenzó a presentarse-. Nosotros somos la compañía de teatro ambulante Antena. Soy el director, Sergio Villanueva, y tengo el gusto de presentar a nuestros actores: Jessica Sandoval-dijo señalando a una chica de cabello corto, como el de un hombre, y varios elementos decorativos en su pelo lacio-, Humberto Ramos-le siguió un muchacho de corta estatura y de pelo marrón claro, con una pequeña cola de caballo al final-, Silvia Seguel-agregó mientras una chica de un raro cabello púrpura y una cinta amarrada con un nudo de rosa saludaba al público-y Esteban Araneda-finalizó presentando al azabache. Héctor tragó saliva al verlo saludar con la mano a la gente, quien aplaudió de inmediato a los actores. No estaba seguro de si quería que él lo viese o no, y tal parece el sacerdote notó el cambio en el gesto del moreno, pero tuvo la sensatez de no decir algo al respecto-. Agradecemos a todos y cada uno de ustedes por darnos la oportunidad de presentar nuestra producción original: "Una historia romántica". Espero de todo corazón que puedan ver más allá y comprender lo que queremos transmitirles-una segunda ronda de aplausos se escuchó mientras los actores se inclinaban para agradecer, y las luces disminuían en intensidad. Luego de algún tiempo de preparación, éstas regresaron, y solo Esteban estaba en el escenario, cuya ambientación simulaba un puente. Y entonces la obra dio inicio.





    -Tengo miedo. Frente a mí, un enorme vacío. El riachuelo que cruza el fondo del acantilado apenas si tiene profundidad suficiente para cubrir mis rodillas. Una caída desde el punto en que estoy y el fondo me mataría, el puente que cruza ese vacío está a al menos cincuenta metros del suelo. Y yo, sentado en la barandilla de esta construcción a días de ser demolida.


    La voz y expresión del muchacho mostraban un nivel de tristeza y melancolía tal que más de alguno de los presentes se sintió conmovido. El moreno realmente no creía el nivel de realismo con el que el chico relataba, era como si realmente sintiese ese dolor. Luego de tomarse una pausa, el actor continuó con su monólogo.

    -Mis brazos comienzan a temblar. Mis manos se sienten débiles. No sé cuánto tiempo podré sostenerme, cuánto tiempo podré pasar sin caer en la mortal tentación. Dicen que la muerte es tan fácil, pero me asusta inmensamente. ¿Cómo pudo él, entonces, tomar tal decisión? ¿Cómo fue capaz de ignorar el instinto de supervivencia y dejarse llevar por aquella destrucción autoinflingida? ¿Cómo tuvo el valor para tomar ese cuchillo, y clavarlo en su propio corazón? ¿Cómo tuvo el descaro de abandonarme?

    Cuando de los ojos del azabache comenzaron a brotar algunas lágrimas, Héctor se llevó una mano a sus mejillas. De algún modo, el joven sobre el escenario había logrado transmitirle esos sentimientos de angustia por su pérdida.

    -Siento algo cálido humedeciendo mis ojos y resbalando por mis mejillas. Estoy llorando, finalmente. Ni siquiera en su funeral fui capaz de dejar salir mi tristeza, y solo ahora, a un paso del final, soy capaz de expresar abiertamente lo que siento. Te amo, y siempre lo hice, desde el día en que tus ojos azulados se cruzaron con estos comunes ojos azabaches que tanto detesto. Debí decírtelo antes de que te fueras, tal vez así habrías tenido una razón para no marcharte de este mundo. Tal vez eso te habría salvado.

    Fue entonces que el actor trepó sobre la barandilla del escenario y se colocó en posición, como si estuviera a punto de lanzarse. Más de algún miembro del público emitió un pequeño grito por la sorpresa.

    -Mis piernas tiemblan. Estoy de pie sobre la barandilla, solo mis manos sujetando con fuerza aquel frío acero evita que deje este mundo. Respiro la última bocanada de aire que este cuerpo recibirá, trago el último resto de saliva que saldrá de mi boca. Y observo ese vacío que espera mi llegada. Y por primera vez en mucho tiempo me siento calmado y en paz, pues las preocupaciones mundanas ya no me importan. Todo lo que queda ahora es dejarse ir. Y podré verlo otra vez, en el otro mundo. Y podré al fin… decirle… cuánto lo a-

    -¡¡ESPERA!!


    Al escenario entró otro hombre, el rubio director, abrazando por detrás al azabache. Héctor no pudo evitar notar como aquella escena se parecía enormemente a la que él vivió con el actor la primera vez que lo vio, solo que esta vez Esteban luchó algunos segundos para dejarse caer, antes de rendirse en los brazos del sujeto que había evitado su teatral muerte.


    Y entonces las cosas comenzaron a tornarse extrañas.



    En la historia, ambos hombres se volvieron amigos, pero los familiares de cada quien (interpretados por los otros actores) luchaban para que dejasen de verse, pues en algún momento de la obra se dieron cuenta que se amaban el uno al otro. Cuando de los labios del azabache salieron esas palabras dirigidas a otro hombre, más de una persona dejó la carpa, en especial las madres con sus hijos. Cuando hubo un abrazo, se fueron los ancianos. Cuando hubo un beso, la mayoría de los hombres.


    Y llegado el final de la obra, donde el personaje que hacía Esteban terminó muriendo para salvar a su amado, solo algunas mujeres jóvenes, dos adultos, el padre y el moreno aplaudían el término. Los actores, con una expresión melancólica, se inclinaron como forma de agradecimiento, e invitaron a ver una segunda interpretación mañana a la misma hora. Los que quedaron allí se marcharon rápidamente, con excepción del padre y del moreno, quien no cabía en su sorpresa. ¿En serio acababa de presenciar una obra que trataba de homosexuales?


    -Padre... Esto fue...-musitó Héctor, dando la vuelta y encontrándose con el párroco llorando a cántaros, mientras sostenía un pañuelo entre sus manos-... ¿Padre?

    -N-No es justo... él por fin superó su otra pérdida, iba a ser feliz... y... y... ¡SE MURIÓOOOOO!-gritó el mayor, largándose a llorar a moco tendido.

    -¿¡En serio está conmovido por eso!?-preguntó, incrédulo, el menor.


    -¡F-Fue hermoso! ¡De veritas!

    -Sí, pero...

    -Disculpen-
    una voz familiar hizo al par darse vuelta, encontrándose a Sergio y Esteban.


    -¡WAHHH!-el sacerdote se lanzó al par, abrazándolos-¿¡POR QUÉEEE!? ¡YO QUERÍA QUE FUERAN FELICEEEEESSSSS!

    -¡Padre!...-Héctor se levantó de inmediato, tratando de quitar laa manos del párroco de encima del pecho de los actores, pero el rubio indicó con un gesto que no había problema alguno.

    -Me alegra que le haya gustado nuestro trabajo-dijo, dándole un par de palmadas al hombre de Dios, quien lo observó con los ojos aún húmedos, pero al menos ya sin llanto.

    -¡Fue hermoso! ¡Ustedes actúan divinamente, lo juro!

    -Bueno... es fácil cuando tienes a un buen equipo-
    comentó Sergio, observando a su compañero con afecto. Éste simplemente se cruzó de brazos, fijando su mirada en el moreno, a quien saludó con la mano-. Como sea, quería agradecerles por haberse quedado hasta el final. Iba a hacerlo con los otros pero se marcharon de inmediato apenas acabó el espectáculo.


    -Oh, no se preocupe, sabe cómo es la gente de campo, le aterran las cosas nuevas-comentó el padre Cristóbal, sonriente. Raro, considerando su estado hace cuatro segundos.

    -Está bien... oh, y gracias a ti también-siguió el director, fijando su mirada en Héctor, quien rápidamente escondió sus ojos en cuanto se notó observado.

    -N-No pasa nada...-musitó-... Son buenos actuando... En especial él, casi me hace llorar-dijo en un tono aún más bajo, señalando a Esteban, quien sonrió ante el comentario. Las mejillas del moreno comenzaron a arder ante la vista de aquel gesto.

    -Bueno, Esteban es de nuestros mejores actores. ¿Creen que quieran ver otra función mañana? Seguramente no habrá tanta gente, pero siempre que quieran tendremos más repertorio. Por si quieren algo más... bueno, normal.

    -No se preocupe, cualquier cosa está bien para mí-sonrió el padre, tomando a su joven acompañante del brazo-. Como sea, ya debemos irnos. ¿Héctor?


    -De hecho...-hablaron el moreno y el azabache al mismo tiempo, deteniéndose algunos segundos por la sorpresa, antes de que el segundo continuase-... ¿No le molesta si hablo con él? No me tomará mucho tiempo-pidió con una sonrisa.

    -No hay problema, esperaré afuera-comentó el padre, sonriendo al granjero y al actor, aunque a este último le dedicó una mirada especialmente helada que solo él pudo notar-¡Nos vemos!

    -Bueno... uhm... solos...-agregó Esteban después de que el sacerdote dejara la carpa, observando a su compañero. Éste, asintiendo, se despidió haciendo una reverencia a ambos, para luego correr junto con sus compañeros, quienes desmontaban la utilería del escenario-¿Quieres sentarte?

    Héctor regresó a su asiento, mientras el otro se colocaba a su lado. Ambos observaron a los otros trabajar en silencio por algún tiempo.


    -... ¿Te gustó la obra?-preguntó el actor, rompiendo el silencio mientras posaba su mirada en el otro, sin dejar de sonreír. Éste permaneció con la vista fija al frente, inseguro de cómo reaccionar.

    -... Estuvo bien, supongo-respondió cuando por fin pudo articular algo más que balbuceos.

    -¿Solo bien? pensé que casi te hacía llorar-comentó de vuelta Esteban, mostrando los dientes un poco con una sonrisa más amplia.

    -Eh, bueno, tú lo hiciste genial. Todos lo hicieron genial, es solo que... eh... no sé...-comentó Héctor, si saber cómo decir lo que pensaba de una manera amable.


    -... No te gustó la temática, ¿No?-preguntó el actor, mientras su sonrisa se desvanecía-. La intención de esa obra es mostrar que el romance y el amor es posible para cualquier clase de relación.

    -Sí, pero...-
    dijo en voz baja el moreno, viendo como los otros actores se retiraban-. No me parece que esté bien una relación así entre...


    -...Dos hombres-completó el azabache. Ahora en su rostro se veía enojo.

    -Lo siento, pero no creo que pueda ser algo como eso...-dijo el granjero, con sinceridad.

    -¿Y entonces no es posible que alguien se masturbe pensando en un hombre, tampoco?-preguntó Esteban, serio. Las mejillas del moreno ardieron de golpe-¿Qué clase de doble moral es esa?

    -N-No es eso... lo que pasa es que... soy joven... y... eh...


    -Claro, culpa a las hormonas, es la excusa más barata del universo-gruñó el muchacho, levantándose de la silla tan rápido que la hizo caer-¡Pues entonces si vas a salir con esas mierdas no seas un puto actuando así conmigo!

    -... ¿Ah?...-
    la mirada del chico de campo se levantó de golpe, viendo con extrañeza al ahora furioso -y algo sonrojado- actor, quien apretaba los puños tratando de contenerse-No entiendo...

    -Ni intentes entenderlo-
    sentenció el otro, lanzando una silla al suelo para desahogarse mientras se disponía a retirarse-. No sé ni por qué me molesté en ponerte atención, hijo de puta de campo tenías que ser.



    Cinco segundos. Héctor se levantó, tomó al actor del hombro, le dio la vuelta y le dio un puñetazo en toda la cara. El azabache, sorprendido, cayó de golpe al suelo.

    -¡CON MI MADRE NO TE METES, MARICÓN!


    El padre y el director de la obra entraron de inmediato al escuchar el grito, sosteniendo al moreno lo antes posible antes de que se lanzara al otro. Esteban se levantó de inmediato, aprovechando el momento para devolverle el golpe a la cara. El rubio soltó a Héctor para contener a su compañero de trabajo.

    -¡AHORA COMPRENDO! ¡EN REALIDAD NO ENTENDISTE NADA DE LO QUE TE DIJE! ¿¡PERO QUE IMPORTA!? ¡ES FÁCIL TILDAR DE "MARICÓN" A ALGUIEN! ¿¡TIENES UNA PUTA IDEA DE LO QUE UN TIPO GAY TIENE QUE PASAR POR PENDEJOS COMO TÚ!?

    -¡Esteban, por la cresta, cálmate!-gritó Sergio, tratando de contener al actor que ahora pataleaba para soltarse de su agarre.

    -¡Okay Héctor, a la iglesia, ahora!-el hombre de Dios arrastró a un confundido chico fuera de la carpa, y se lo llevó de inmediato a la pequeña catedral del centro. Una vez allí, cerró la puerta, encendió las luces, sentó al muchacho en una banca y, luego de observarlo algunos segundos, le dio una cachetada. Eso le bastó para hacerle reaccionar.

    -¿¡Tienes idea de lo que acabas de hacer!?



    Los ojos del muchacho se humedecieron, y rápidamente se llevó las manos al rostro, mientras intentaba inútilmente contener su llanto. El padre Cristóbal suspiró, para luego posar su mano en la cabeza del moreno, revolviendo su cabello con suavidad.


    -... ¿Qué pasó?-preguntó el sacerdote, luego de esperar a que el llanto del muchacho se detuviese.

    -... Creo que hice algo muy malo...-respondió Héctor, limpiándose el rostro con un brazo.


    -Eso es obvio-comentó el párroco, tomando asiento al lado del chico-. La pregunta es por qué lo hiciste. Normalmente nunca te descontrolas de esa forma.

    -... Insultó a mi madre.

    -Oh, Dios, ahora comprendo todo-dijo el padre cruzándose de brazos-. Pero, ¿De dónde salió el "maricón"?

    -Sinceramente... no tengo idea...

    -Ya veo. Tal vez fue un problema del momento, pero debes entender que no es algo que debas usar como un insulto. Personas como ese chico deben sentirse mal por ello.


    El moreno bajó la mirada al suelo, sin decir nada. El hombre de Dios suspiró, dejándose caer sobre el respaldo de la banca.


    -Mira, no voy a juzgar tus creencias ni pedirte que aceptes algo. Pero debes comprender una cosa. Las personas homosexuales viven marcadas por el camino que escogieron. Muchas personas lo consideran algo anormal, por lo que ellos se ven obligados a soportar muchas cosas feas-los ojos del granjero se volvieron al mayor, quien observaba la cruz frente a él-. Pero Dios dijo una vez que él es amor, y el amor todo lo soporta, y todo lo perdona-había cierta melancolía en las palabras del párroco-. Y eso es para todas las personas. Porque él murió por todos nosotros, no solo por los "normales".


    -...

    -... Bueno, esto está comenzando a sonar como sermón-rió el sacerdote, llevándose una mano a la nuca para luego volver sus ojos al otro-. Ve a tu casa, piensa en lo que pasó y luego duerme bien. Mañana te disculpas con ese chico. ¿Entendido?

    -Sí, padre…
     

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