Su pelicula de superheroes favorita.

Tema en 'Comics' iniciado por Papyrus, 25 May 2012.

  1. El Cuestionador

    El Cuestionador MISTER NOBODY

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    Batman: Mask of the Phantasm, lo más cercano a una película de Batman filmada por Orson Welles.
     
  2. Soichiro

    Soichiro Yukino's boyfriend

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    SUPERMAN CONTRA LOS HOMBRES TOPO (Superman and the mole men, Lee Sholem, 1951)

    Clark Kent y Lois Lane viajan al pueblo de Silsby para elaborar un reportaje sobre el pozo de petróleo más profundo del mundo. En las prospecciones se ha descubierto todo un universo subterráneo habitado por criaturas alienígenas, los llamados Hombres Topo, a quienes la gente de Silsby tienen intención de linchar y matar por ser "diferentes". Los parlamentos de Superman, mucho más que sus superpoderes, detendrán la xenófoba ofensiva del vulgo americano en este mediometraje, creado, tras el éxito de los dos seriales del superhéroe, para prologar la serie de televisión que también protagonizaría George Reeves, y que podemos definir como una mezcla de Incidente en Ox-Bow y Ultimátum a la Tierra.


    BATMAN (Batman, Leslie H. Martinson, 1966)

    Los cuatro supervillanos contra los que Batman siempre lanza sus cargas de profundidad -Joker, Enigma, Pingüino y Catwoman- tienen en su poder una máquina deshidratadora que convierte a la gente en polvo. Batman y Robin, en su inanidad plenamente "camp", son los superhéroes de este telefilm camuflado, destilación concentrada de la exitosa serie (temporadas 66-68) que recogió literalmente el espíritu del lenguaje del cómic en un experimento similar a la pintura de Roy Lichtenstein.


    DIABOLIK (Diabolik, Mario Bava, 1968)

    Desarmantemente sana y de lo más estimulante adaptación cinematográfica del cómic homónimo de las hermanas Giussani, por parte de un Mario Bava en plena forma, que supo fundir mágicamente el encanto de los antiguos "serials" con el "kitsch" de boga en la época, mediante un inteligentísimo empleo del distanciamiento y la autoironía. Inolvidable composición de Marisa Mell como compañera del escurridizo enmascarado.


    SPIDERMAN. EL HOMBRE ARAÑA (Spiderman, E. W. Swackhammer, 1977)

    SPIDERMAN 2 (Spiderman strikes back, Ron Satlof, 1978)

    SPIDERMAN: EL DESAFÍO DEL DRAGON (Spiderman: The dragon's challenge, Don McDougall, 1980)

    De los “superhéroes con problemas” que Stan Lee difundió desde la Marvel durante los años sesenta, Spiderman es, tal vez, el que mejor supo representar su papel: el hombre corriente que, por un hecho extraordinario y sobrenatural –la picadura de una araña radioactiva-, se convierte en superhombre. Peter Parker, fotógrafo de profesión, podrá al fin superar su prosaica realidad para subirse por las paredes, echar telarañas y demostrar su energía arácnida con un villano que quiere dominar el mundo. Exhibido en Europa en formato largometraje, este episodio piloto de una serie de televisión que logró popularizar el pijama azulgrana de P.P. no transmitía ni un átomo de la emoción de las historietas. En la segunda aventura es graciosa la premisa de partida –unos estudiantes roban plutonio para fabricar su propia bomba atómica-, pero en la tercera –Spiderman entre las mafias chinas- ni eso.


    LA MASA, UN HOMBRE INCREÍBLE (The incredible Hulk, Kenneth Johnson, 1977)

    A Stan Lee le apeteció hacer su propia versión justiciera, dibujada por Jack Kirby para la Marvel, de El Dr. Jekyll y Mr. Hyde, en la que un pobre científico se ve afectado, accidentalmente, por una hiperradiación de rayos gamma y se convierte, en estados de excitación emocional, en un monstruo verde de instintos animales y justos. De 1962, año en que se publicó la primera historieta, hasta su primera aparición en la pequeña pantalla, La Masa vivió en los comic-books sin saber que luego se convertiría en un telefilm –el que nos ocupa, que en Europa se estrenó en salas comerciales-, una serie de 87 episodios y tres telefilmes posteriores. En su primera aventura catódica se acentuó el tono trágico de las peripecias del doctor Banner convirtiéndole en una especie de sosia de El fugitivo con un pequeño problema de doble identidad, centro neurálgico de cada uno de los capítulos que protagonizaría de 1978 a 1982.


    SUPERMAN (Superman, Richard Donner, 1978)

    “Creerás que un hombre puede volar” fue el slogan con el que la llegada de Superman al “mainstream” de 40 millones de dólares rompió los presupuestos de las adaptaciones del mundo del cómic al cine que se habían realizado hasta ese momento. Tanto dinero debía verse en pantalla y los megalómanos productores Alexander e Ilkya Salkind hicieron posible, en efecto, una hagiografía de las tres edades del Superhéroe Americano: infancia –Jor-El o Marlon Brando en el planeta Krypton-, juventud –hermosas secuencias en los campos de Smallville; espléndido Glenn Ford; bonita carrera de Superman compitiendo con un tren- y edad adulta –en Metrópolis contra Lex Luthor, el villano que, como si de un serial se tratara, tiene su centro de operaciones en las profundidades de la ciudad junto a su ayudante Otis-. Christopher Reeve y su caracolillo a lo Estrellita Castro parecían haber escapado de las viñetas de uno de los tebeos de Siegel y Shuster, cuyo espectacular “highlight” consistiera en las vueltas que debe dar un superhéroe alrededor de la Tierra para poder vivir dos veces un mismo momento, detener así un terremoto y salvar a Lois Lane de una muerte segura.


    POPEYE (Popeye, Robert Altman, 1980)

    Mucho tardó Popeye en comer espinacas en imagen real. Solo un kamikaze como Robert Altman podía arriesgarse en traducir a la pantalla grande el personaje creado por Elzie Crisler Segar en 1929 y competir con la mítica serie animada de Max Fleischer. Los aciertos de casting -¿es posible imaginar mejores cartoons de carne y hueso que Robin Williams y Shelley Duvall?- y una escenografía chillonamente naïf contrastaban con la planificación de un Altman siempre fiel a sí mismo: la frenética vida del cómic vista a través de su ironía distante y cruel.


    SUPERMAN II (Superman II, Richard Lester, 1980)

    La película en la que Superman decidía perder sus poderes, pasar por la vicaría (antártica) y revelarle su secreto a Lois Lane. Es cierto que luego se arrepentía y borraba la memoria de su prometida, pero ya habían tenido su noche romántica en la helada Fortaleza de la Soledad. A este aliciente se le añadía un par de brillantes secuencias de “salvación en el último minuto” en la Torre Eiffel y las cataratas del Niágara y, sobre todo, el asedio de tres míticos supervillanos –el general Zod, Ursa y Non: magníficos Terence Stamp, Sarah Douglas y Jack O’Halloran- que, tras escapar de la prisión paralepípeda de la Zona Fantasma, atacan a un Superman en principio indefenso y más tarde en plenitud de facultades. Una estupenda secuencia de lucha a tres bandas en Times Square, que hizo aullar de gusto a los chicos de Cinefantastique, demuestra que esta secuela, a pesar de los continuos relevos en la silla del director (de Richard Donner a Guy Hamilton y de este a Richard Lester), no tenía nada que envidiarle a la primera.


    LA COSA DEL PANTANO / EL MONSTRUO DEL PANTANO (Swamp Thing, Wes Craven, 1982)

    EL REGRESO DE LA COSA DEL PANTANO (Return of the Swamp Thing, Jim Wynorski, 1989)

    En la línea de esos superhéroes que lo son a su pesar –un poco como la Masa, otro poco como el Batman burtoniano- y asumen su deformidad como un (insólito) camino hacia la autorredención, Swamp Thing (o la Cosa del Pantano) saltó a las arenas movedizas del celuloide después de pasar muchos años viviendo en el papel tintado de la DC Comics. Allí, en una antología de tebeos de horror llamada House of Secrets publicada en 1971, nació este monstruo del bien de la mano del dibujante Bernie Wrightson. Craven siguió la estética del tebeo original evocando el cine de bajo presupuesto de los cincuenta, con Terror en el año 5000 como referencia rectora: el doctor Alec Holland que, experimentando en un laboratorio, se convierte en un ser mitad vegetal mitad humano con dedos provistos de poder curativo, podría ser también el médico de La mosca. El humor casposo de Wes Craven no le saca partido ni a la figura del villano –Arcane, que resucitaría en la secuela- ni a los pantanos de Nueva Orleans, que podrían haber sido el marco idóneo para las heroicidades de un “freak” atormentado.


    SUPERMAN III (Superman III, Richard Lester, 1983)

    Lester rememoraba los viejos tiempos en los que buscaba cómo conseguir el knack y no morir en el intento en esta desmelenada visita de Superman al turbulento mundo del “free cinema”. La omnipresencia de Richard Pryor como torpe experto en computadores que pone su sabiduría al servicio del villano Webster, interpretado por Robert Vaughn, ofrece, al menos, un buen gag: ese de la pareja que ha ganado un viaje a Colombia en un concurso organizado por el Daily Planet, cuando, precisamente, Pryor ha programado un satélite para destruir Colombia. La lucha entre Superman bueno y su clónico malo, que reproduce la idea de un episodio de Star trek, tiene su gracia. ¿Se puede pedir más de un “slapstick” encubierto en el que Superman hiela todo un lago con su superaliento para apagar un fuego químico?
     

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