1. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Aunque sé que nadie va a leer esta wea por ser un fic original...


    Chronicles of the Endless Digital Wars

    “En el Génesis del Mundo Digital hubo una gran guerra. El más puro de todos los Ángeles se volvió contra el creador del Mundo Digital. Y sus hermanos le siguieron. Durante eones, la guerra amenazó con destruirlo todo… Luego de muchos sacrificios, los antiguos guerreros encontraron la forma de mantener alejados a aquel Ángel y a los suyos. Creando los Siete Pilares, que poseían la 'magia' más pura, pusieron una barrera entre el Orden y el Caos, que mantendría a los Demonios aislados para siempre en el Área de la Oscuridad, a costa de sus propias vidas.

    Para preservar el poder de los Pilares se creó el Círculo de los Siete, como un grupo de magos y guerreros sagrados encargados de su protección. Los guardianes de estos pilares eran miembros de la raza antigua, pero eventualmente esta raza se extinguió, y cuando murió el último de los guardianes, los Pilares fueron abandonados a su suerte (…). Una profecía oscura y antigua vaticina el regreso de los Guardianes cuando el mundo se encuentre en su tercera edad (…).

    (…) Del Círculo de los Siete, sin duda el rol más importante es el del Guardián del Equilibrio. Es él quien debe mantener el balance entre los poderes de los demás guardianes. (…) Sin embargo, ¿cómo mantener el equilibrio si se está en un solo lado de la balanza? El Heredero del Equilibrio deberá conocer el lado Oscuro… la profundidad del lago de las Tinieblas, antes de poder alzarse como Guardián del Pilar del Centro”.


    Tomado del libro de las Profecías Oscuras, según la traducción de Balzac el Wisemon, en el año 1000 de la Cuarta Edad del Mundo Digital.


    Index
    • Introducción
    Book I: The Dark Prophecy

    Part 1: The Tale of the Chosen
    Main Story (Akira)

    Side B (Fu Su)
    Part 2: The Battle of the Glorious Gates

    Book II: Circle of Ouroboros
    Part 1: Rebellion

    Soon---

    Parte 2: Dies Irae

    Soon---

    Book III: Ragnarôk
    Introducción

    Soy malo para las intros, pero no puedo negar que estoy bastante entusiasmado de postear en DZ mi fanfiction personal, el cual inicié hace poco más de 14 años, a la vez que tenemos expectativas y esperanzas con los cercanos finales de Digimon Universe y Digimon Adventure tri. (bueno, este no es tan cercano).

    A manera de resumirles una larga historia, este fanfiction nació de un fanfiction colectivo en un antiquísimo foro de cuyo nombre no quiero acordarme. Por aquella época era un escritor aficionado de ideas locas, seco de experiencia, enjuto de estilo, gran soñador y ya bastante metido en la onda de Digimon. Fue en ese fanfiction colectivo en el que conocí a un amigo, y animados con la idea de escribir una historia de Digimon en un universo completamente independiente de los anime, nos pusimos a diseñar las ideas bases para crear el universo que comprende la historia que relataré en este fanfiction.

    Nos dimos pues a la tarea de crear un universo completamente original, al cual llamamos "El Universo Púrpura", pero lo diseñamos de forma tal que fuera bastante fiel a las bases más "canon" del concepto de Digimon. En este mundo original reinventamos las aventuras de Kaiba Akira y Huang Fu Su, nuestros personajes en dicho fic colectivo; dos jóvenes tamers convocados al Mundo Digital por los poderes supremos que lo protegen para cumplir su destino y así salvar ambos mundos. Sin embargo, basta decir que el destino trabaja de maneras misteriosas y los propios protagonistas descubrirán con ustedes, amables lectores, que entre los límites de la realidad y la razón… todo puede suceder.

    (Aunque siendo honestos, creo que a Akira lo diseñé poco después, para otro fic diferente que nunca avanzó más de unos capítulos; descarte a mi personaje del fic colectivo por razones que no recuerdo ahora).

    Por reveses de la vida, el destino, los astros y que se yo, el fanfiction poco progresó a lo largo de los años y en algún momento viose detenido por completo hasta que lo abandoné, más o menos cuando dejé de frecuentar DZ en la época anterior a la muerte del primer servidor, y mi amigo desapareció de las redes sociales por cuestiones de la vida real. Sin embargo, la idea siguió dando vueltas, y yo seguí trabajando en ella en mis ratos libres. Cuando me re-encontré con mi amigo en el 2014, la nostalgia del 15vo. aniversario de Digimon y todo lo que eso conllevaba (la reinvención del concepto original en Re: Digitize, el éxito internacional que fue Cyber Sleuth, el anuncio de que estaban trabajando en tri., etc.), nos hizo retomar este proyecto con la experiencia de los años, ideas nuevas y todo el material que nos otorgaba el ya más maduro y complejo concepto de Digimon post-Xros Wars.

    Hablo de proyecto pues es una historia muy larga en la que trabajamos, planeada para varios "libros" de varios capítulos cada uno, plus un "libro gordo" con la backstory, la geografía y otros detalles de nuestro mundo original. El proyecto se vio estancado sin embargo cuando mi amigo nuevamente se vio envuelto en cosas de la vida personal, que es algo que puede y suele pasar, y empezó a frecuentar cada vez menos las redes sociales. Quería esperarlo pero, al ver que simplemente ya no tiene tiempo que dedicarle al hobby, me decidí a terminar esta historia. Porque toda historia merece un final, y un fanfiction no es la excepción, por más trabajo de aficionado que sea.

    De antemano agradezco a todos los que lean esta historia y les invito a comentar su opinión de ésta, publicar sus dudas o lo que sea que tengan que decir respecto al fanfiction. Asimismo se les deja constancia de la existencia de varios "easter eggs", especialmente "shout outs" de mis series, libros y películas favoritas. Quien los descubra y aquí los revele ganará mil internetz por ocasión, y si estoy de buenas también un video de un tierno minino :62:

    Así mismo, se advierte que el escrito hace uso de lenguaje fuerte y soez en ocasiones, hay un considerable nivel de violencia en algunas escenas, y generalmente hablando un tratamiento más adulto en comparación con el canon de la saga.

    ESRB Rating: M (Mature)
     
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    Última edición: 12 Oct 2017 a las 17:52
  2. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    BOOK I:
    THE DARK PROPHECY

    Part 1:
    THE TALE OF THE CHOSEN



    Prologue:
    EXTREMELY CLOSE, TO AN EXCEEDINGLY DISTANT WORLD...


    El vacío; ambos digimon luchaban en medio de la nada. El joven observó a su adversario, quien se encontraba flotando a unos metros sobre él. Aquel tamer enmascarado le miraba fríamente mientras los dos dragones se batían a muerte. Los rugidos de ambas bestias colosales resonaron en aquel vacío multicolor, el campo de batalla de los mismos Dioses, mientras sus garras chocaban entre sí y ambos digimon se herían mutuamente.

    —Acepta tu destino…—la tenebrosa voz del enmascarado resonó en aquel espacio con un eco ensordecedor.

    —¡Me niego!—contestó el joven, mientras utilizaba su extraño guantelete para enviar ordenes a su digimon.

    El DORUgoramon, el digimon de aquel joven, se movió rápidamente y con un brutal zarpazo empujó a su contrincante, el cual era su replica exacta, si bien distorsionada y siniestra. La herida parecía grave pero empezó a sanar tan pronto se abrió.

    —No puedes negar mi existencia—fue la respuesta del enmascarado.

    Con un repentino movimiento, Death-X-DORUgoramon lanzó un rápido coletazo para golpear al DORUgoramon, quien solo pudo rugir de dolor ante semejante castigo.

    —Nuevamente, volveremos a ser un único ser… volveremos de nuevo al origen—dijo solemne el enmascarado.

    —¿Y vagar para siempre en tu mundo? ¿¡Acaso no te has fijado cuantas veces hemos repetido éste ciclo de muerte y renacimiento!?—refutó el joven, con impotencia.

    Ante la reacción de su tamer, DORUgoramon imbuyó sus garras con flamas incandescentes y se abalanzó contra su némesis, solo para ser golpeado con fuerza titánica por su doble oscuro, quien era mucho más rápido y fuerte que él.

    —Ya te lo dije… es nuestro destino—dijo secamente el enmascarado—. No puede ser diferente esta vez.

    Un pilar de energía oscura emanó con gran potencia del cuerpo del enmascarado, distorsionando la realidad de aquel espacio en el que luchaban. La energía empezó a recorrer el cuerpo de Death-X-DORUgoramon, quien comenzó a acumular una bola de fuego violáceo entre sus garras. Aquel fuego no emitía luz, y de hecho parecía absorber la luz que había a su alrededor.

    —DORUgoramon… ¡libera tu poder!—gritó el otro joven, mientras liberaba su aura, un gran pilar de color azul oscuro y brillante, el cual era absorbido por el guantelete que llevaba y trasmitido al digimon. Al recibir tal poder, las flamas en las garras de DORUgoramon se hicieron más y más grandes, mientras éste lanzaba un rugido de furia.

    —Ahora, regresa al vacío… ¡DORU DIN!—gritó el enmascarado.

    —¡Contraataca!—emuló el joven, dando la orden que su digimon necesitaba para disparar su propio DORU Din.

    Ambas ráfagas de energía flamígera chocaron, causando una explosión que deformó el espacio y el tiempo de aquel vacío. El joven tamer sintió el jalón cuántico, mientras era arrastrado por una fuerza imparable hacía el agujero de gusano que se había formado en el epicentro de la distorsión…

    ***​

    Akira se levantó bruscamente. Había sido un sueño muy vívido. Varias gotas de sudor recorrían su rostro y su playera blanca estaba empapada. Se tranquilizó un poco y trato de recuperar el aliento lentamente. Miro el atardecer desde la ventana de su habitación. El sol rojo, el atardecer naranja, aquellas nubes que parecían sacadas de un cuadro de Van Gogh. Aquel era un hermoso atardecer… Cerró las cortinas, y se adentró en la oscuridad de su cuarto. Aún se encontraba agitado por aquel sueño.

    Luego de bañarse y comer algo, y sin nada mejor en que perder el tiempo, se sentó frente a su computador. Lo encendió de una forma muy estoica, algo lenta y casi religiosa. Durante horas de aburrimiento navegó libremente por la red sin hacer nada en especial. Fue en uno de esos momentos tediosos en que estás tan aburrido que comienzas a perder la paciencia, que algo extraño sucedió.

    Había anochecido ya. Estaba de licencia en su casa, pues su hermana mayor le había pedido que estuviese para el aniversario de la muerte de sus padres. De lo contrario, estaría en su cuarto del Instituto Neo Arkadia, un prestigioso campus internado donde le habían conseguido cupo para estudiar. Desde hacía tres años los hermanos habían perdido a sus padres y habían sido adoptados por un conocido de estos, un científico informático bastante prominente. En ese momento se encontraba solo, pues su hermana había salido. Para él, eso significaba un pequeño momento de soledad. Una soledad que apreciaba. Afuera comenzó a llover. Lo que inició como una simple llovizna en pocos minutos se convirtió en un gran aguacero. Cuando parecía que el aburrimiento era lo peor que podía haberle pasado, un rayo retumbó en el cielo haciendo un corto en el suministro de energía.

    —¡Genial!—resongó—, ahora lo único que me queda es irme a…

    Se sorprendió al ver que su computador aún seguía encendido. Sin embargo, nada pasaba… su pantalla se había quedado congelada, aunque la maquina seguía funcionando. Intentó usar los medios que conocía para reiniciar el equipo, pero de nada sirvió. Frustrado, se dejó caer en su silla… Observó al techo con suma decepción. Sentía que algo le hacía falta, pero desconocía que era. Entonces, se le ocurrió una idea. Durante varios minutos meditó en eso detenidamente, y aunque tuvo la intención de no pensar más en ello, a medida que el tiempo iba pasando aquella idea se iba arraigando más en su mente. Pronto se volvió una obsesión y a los pocos minutos se transformó en una necesidad.

    —¿Por qué no?—murmuró en voz baja—. No pierdo nada con intentarlo…

    Y con aire de superstición acercó su mano al monitor. Varias preguntas se pasaron por su cabeza. "¿Por qué se le había ocurrió esa idea tan estúpida? ¿Por qué dudaba tanto en hacer algo tan simple como poner la mano en un monitor? Antes lo había hecho, y no había pasado nada". Al tocar el monitor, tal y como lo había sospechado, no pasó nada. Absolutamente nada. Una gota de sudor frío recorrió su rostro, mientras el joven soltaba un suspiro de alivio. Se sentía estúpido.

    Fue solo que bajara la guardia y algo que no esperaba sucedió. Ocurrió en cuestión de segundos. El monitor emitió un pequeño flash, y cuando él se dio cuenta, se encontraba en el suelo… de algún extraño lugar.

    Al intentar levantarse sintió que un dolor insoportable le traspasaba la cabeza de lado a lado, como si fuera una onda sónica que atravesara el espacio a grandes velocidades; estaba en un lugar muy oscuro y al parecer vacío. Intentó levantarse nuevamente, pero fue en vano. El dolor, más insoportable que nunca, lo volvió a dejar en el suelo. Respiró, contó hasta diez, y decidió esperar a que el dolor cesara. Al observar directamente al "cielo" de aquel lugar, se dio cuenta que había un gran disco rojo girando, mientras flotaba en el aire. Ese disco a su vez estaba divido en cuatro discos superpuestos, cada uno en diferentes matices del rojo, oscuro el del centro y más claro a medida que llegaban al disco exterior, el cual era del mismo color oscuro del disco central; los discos oscilaban uno en dirección opuesta del otro, salvo el disco del centro, que permanecía estático.

    Observó entonces el resto del "paisaje" con inusitada curiosidad. Pero no vio nada. Todo era oscuro, con una coloración roja producida sin duda por aquel disco que giraba en el "cielo".

    —¿Dónde estoy?—se preguntó en voz baja.

    0101011 Estás en Yggdrasill 000011—dijo una voz electrónica, que provenía de quien sabe dónde.

    —¿Quién eres?—Akira miró a todos lados, para ver si reconocía al que estaba hablando. Tal vez se tratara de una broma, pero no vio a nadie.

    —Te he invocado, tamer...—respondió aquella voz, sin importarle la pregunta de Akira—. 0101 Eres aquél quien debe caminar por ambos senderos, luz (1) y oscuridad (0), antes de decidir cuál es tu propio camino… 001011 así, Ragnarök no será (¿01?), y ambos mundos, tanto el tuyo como el nuestro, estarán a salvo 01010100.

    Akira, sin saberlo aún muy bien, dedujo lo que pasaba. Se trataba de algún mensaje telepático, como si alguien estuviese hablándole directamente a su mente. Al concentrarse bien, pudo oír el eco de aquella voz electrónica retumbando aún entre sus pensamientos.

    —¿Y yo qué tengo que ver con eso?—preguntó algo mezquino—¿Por qué no llamas alguien más importante que yo…?—o a alguien más altruista, pensó.

    00111 Tú eres el único ser (¿aliado? ¿enemigo?) que puede ayudarme... tú eres un (¿el?) tamer... aún cuando lo desconozcas, tienes el "don"... Ve al Mundo Digital, y salva a los seres que viven allí... tú eres el único que puede enfrentar (¿desatar?) a la sombra que se aproxima... 101011

    Algo sorprendido, Akira percibió que había más de un significado en el mensaje que aquél ser le estaba imprimiendo en sus memorias. Aunque para él era imposible determinar cual era el verdadero significado, o si todos eran lo que aquel ente trataba de decirle.

    Se levantó del suelo—esta vez no sintió dolor. Y entonces una pequeña esfera lumínica descendió de aquel gran disco rojo que estaba en el "cielo", y se le acercó. Curioso, intentó tocarla con su mano derecha. La esfera reaccionó y unos pequeños cables salieron de ésta y su aferraron a su brazo. Pronto, se fueron adentrando en su... ¿piel?—¡dolor!—, hasta llegar a tocar los... ¿nervios?, y los... ¿huesos? —¡¡dolor!!—. Pese al excruciante dolor, Akira sintió que había algo raro con su cuerpo. Era como si fuese insubstancial. Pero el dolor no le dejaba concentrarse. Gritó desesperadamente, tratando de librarse de aquel suplicio, pero fue inútil—¡¡¡dolor!!!—. Al terminar de fusionarse con su brazo, la esfera se desintegró en paquetes de datos, secuencias de ceros y unos, que envolvieron su mano y su brazo. Sintió la estática erizar sus vellos cuando varios frames verdes cubrieron su brazo, mientras paquetes de datos que venían de todas partes comenzaban a darle forma, hasta que al final se “materializó”.

    Akira observó su brazo derecho. Ahora llevaba puesto un extraño guantelete fusionado con un gran reloj. Una correa hecha de bandas metálicas de color blanco con franjas azules, rodeaba su muñeca. El reloj, de forma ovoide con caratula ancha, solo tenía un pequeño monitor y cuatro botones. En cuanto al guante que cubría la mano del chico, era bastante flexible y con los dedos abiertos, con pequeñas protecciones metálicas para los nudillos; era del mismo color de las bandas metálicas del reloj. Aquel reloj estaba totalmente hecho de un material liviano y al parecer bastante resistente. La parte del antebrazo estaba cubierta por dos delgadas hojas de metal plateado, que no pesaban nada y estaban inscritas con extraños caracteres… un tipo de jeroglífico, tal vez, aunque Akira no lo reconocía. No era un idioma humano.

    Este es el nuevo modelo de "digivice". Por años (¿minutos? ¿siglos? ¿segundos?) he trabajado en él, pero aún es un prototipo. Es el D-Gauntlet. Te lo confío ahora, joven tamer 1101.

    —Es el mismo que vi en mi sueño… —murmuró Akira entre dientes, bastante confundido.

    Del "cielo" bajó otra luz, esta vez con forma de pilar. Akira entrecerró los ojos y se cubrió el rostro con su nuevo guantelete. En el haz de luz bajaba un ser muy extraño. Venia enrollado sobre sí mismo, atrapando su enorme y esponjada cola con sus pequeñas garras delanteras. Al acercarse al suelo, abrió sus enormes ojos color café y se desenroscó, descendiendo lentamente. Se trataba de una enorme ardilla de pelaje morado y pecho blanco. Akira no supo muy bien de que tamaño exactamente sería, pero calculó que podría medir un metro, poco más o menos, solo midiéndola de la cabeza a los pies, sin contar la cola, que terminaba en un mechón de pelaje blanco. En su frente llevaba un hermoso y enorme cristal, de un brillante color rubí.

    —Hola… —dijo aquél ser, en un tono muy amable, casi infantil.

    Éste es un "monstruo digital," habitante del mundo que estás por visitar. Pero no es un monstruo ordinario; se trata de uno especial, una de mis creaciones preferidas… 010101 tú eres su tamer (compañero); deberás criarle de la forma adecuada y podrás aprovechar su verdadero potencial… 01111

    Akira aún tenía muchas preguntas que quería hacerle a aquella voz, pero sintió como la voz se iba extinguiendo de su mente, hasta desaparecer por completo… Sin saber qué hacer, observó a aquel ser digital con cierto desenfado y una curiosidad totalmente nula. Se preguntó como aquel ser podía hablar en japonés, pero casi al mismo instante se decidió a que eso realmente no importaba.

    —¿Quién eres?—preguntó con total naturalidad.

    —Yo soy DORUmon, ¡un gusto conocerte!—respondió el jovial monstruo.

    —Igualmente… supongo—el muchacho devolvió el saludo en una especie de suspiro—. Mi nombre es Kaiba Akira… pero, si gustas puedes llamarme Akira.

    –Akira… —dijo DORUmon al acercarse a su tamer, como si aquel nombre tuviese una sublime importancia.

    Akira también se acercó un poco al monstruo y luego, acariciando con la mano derecha a la barbilla, se puso a pensar en lo que estaba viviendo. La incertidumbre, en forma de un nudo en el plexo solar, no tardó en apoderarse de él.

    —Y ahora… ¿qué haré?—se preguntó.

    El mundo rojizo y oscuro se vio invadido por una luz amarilla brillante en ese momento. Ambos giraron sus cabezas hacia la dirección de donde provenía la luz, algo que parecía ser una puerta ovalada. Vieron entonces a un monstruo de gran tamaño, mucho más grande que un humano adulto—incluso un adulto más grande que la media—de piel azul, envuelto en una estrafalaria armadura dorada plagada de cristales celestes brillantes.

    —Yo puedo contestar a esa pregunta—respondió una enérgica y sonriente voz de… una criatura que parecía ser joven—. Me presento, soy Magnamon, el Dorado, y seré quien les diga que es lo que deben hacer.

    Mientras el joven y su digimon se dirigían a donde estaba Magnamon, un coloso los observaba desde una de las plataformas más cercanas al disco que flotaba en el "cielo". Llevaba dos cabezas de digimon por brazos y una ondulante capa en su espalda. Un brillante cristal resplandecía en su pecho con la misma luz celeste de los cristales que adornaban la armadura de Magnamon. Estudió aquella escena silenciosamente, no muy seguro de que pensar al respecto.

    —¿Mi lady, está segura de que es él? ¿Y qué éste es el momento indicado para volver a intervenir en el mundo…?—preguntó al fin.

    Sí, mi leal Omegamon. Esta vez es diferente. Esta vez él recuerda… —respondió Yggdrasill, con un tono que parecía ser admonitorio y frío, y al mismo tiempo cálido y sonriente.
     
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    Última edición: 12 Oct 2017 a las 07:39
  3. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Chronicle 1:
    TAMER PROSPECT

    “Al inicio de la Cuarta Edad del Mundo Digital, el cisma dividió a las naciones de la Alianza. Después de la terrible batalla de los Yermos de la Perdición, donde la civilización de los digimon estuvo a punto de desaparecer, los digimon empezaron a ver con malos ojos a sus gobernantes, culpándolos de las terribles tragedias de aquella guerra. La Cuarta Edad nace en un tiempo de turbulentas guerras, conocido también como la Era del Alba Carmesí, como una metáfora a los crueles campos de batalla (…).

    Luego de cien largos años de guerra, los digimon comenzaron a hacer alianzas entre sí, formando así siete poderosas naciones emancipadas del gobierno central, las cuales entraron en un gran conflicto por el dominio territorial y comercial (…). Los Señores de la Guerra, digimon independientes de la Alianza, y quienes eran los que lideraban los ejércitos más grandes que quedaron en el Mundo Digital tras las guerras que finalizaron la idílica Tercera Edad, continuaron la guerra por los territorios (…). Solo la Sagrada Alianza evitó que el equilibrio del Mundo Digital se desmoronase (…).

    Sin embargo, la Batalla de los Señores de la Guerra despertó la curiosidad de ciertos seres de la Oscuridad, que solo esperaban el momento más adecuado para intervenir de nuevo en el mundo...”


    Tomado del libro de las Profecías Oscuras, según la traducción de Balzac el Wisemon, en el año 1000 de la Cuarta Era del Mundo Digital.

    Perdido en el ritmo de una de sus canciones preferidas de Daft Punk, el pelinegro cerró los ojos y se abocó a sus inquietos pensamientos. Había pasado ya un mes desde que súbitamente fue transportado a otro mundo y se le dio la épica quest de salvarlo, cual personaje principal de un JRPG. Sin embargo, Akira no podía dejar de pensar en Naomi, su hermana mayor, su única familiar con vida. Le hubiera gustado mandarle al menos un e-mail, o hacerle una llamada, decirle que estaba bien. Pero sus nuevos mentores no le habían permitido hacerlo. No porque no quisieran, sino porque no se podía. Algo acerca de la fluctuación del tiempo entre los dos mundos, o algo así. No había entendido muy bien la teoría.

    ¿Y qué podía hacer él, igualmente? Le habían atrapado allí sin darle opción de salir o regresar. Lo único que podía hacer era seguir adelante. Al menos aquél mundo resultaba fascinante, y descubrir que tan diferente era de su mundo natal parecía algo digno de hacerse. Podría escribir un libro y hacerse rico. Solo corría el riesgo de que nadie le creyese, y siempre podía recurrir a relatar tal historia como algo de ciencia ficción. Porque a eso parecía ese lugar a donde le habían traído. A una mezcla de Tron y Star Wars.

    Por lo que sabía, se encontraba en el Yggdrasill, el kernel o núcleo del Mundo Digital, aunque para él más que un kernel ese lugar le parecía sacado de una película de ciencia ficción. Su cuarto era bastante similar a una de esas habitaciones de la Enterprise, con toda clase de artilugios futuristas, objetos metálicos y pantallas holográficas. Al mirar por la ventana, incluso podía ver el "espacio exterior," todo ello iluminado por una extraña fuente de luz que no se podía apreciar a simple vista.

    El "espacio exterior" era oscuro, aunque de vez en cuando podían verse algunas "estrellas fugaces" dibujar patrones electrónicos que se desvanecían casi al formarse. Y a lo lejos se encontraba un solitario planeta con tres lunas orbitando a su alrededor: el Mundo Digital. Desde ese punto, era bastante parecido al planeta Tierra, con varias masas continentales rodeadas por un océano azul y cubierto por nubes blancas arremolinadas. La única diferencia con la Tierra consistía en que aquel planeta estaba rodeado por una especie de anillo, muy similar a los de Saturno, pero más digital en apariencia, con patrones de vectores en lugar de bandas divisoras. Además, lo que parecían ser cuatro masivos ríos formados de electricidad en lugar de agua, provenientes de aquel misterioso "espacio exterior," se conectaban al anillo en los que él determinaba eran los puntos cardinales del Mundo Digital. De vez en cuando el anillo parecía brillar, como si fuese un río cuya corriente iba en dirección del Mundo Digital en algunas ocasiones, o hacía el vacío del espacio en otras.

    Tan absorto estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta cuando Shin entró en su habitación, comiendo un helado de frutos rojos.

    —Akira, es hora del entrenamiento—dijo el digimon bestia mientras lamía la golosina.

    Shin, ese fue el nombre que le había puesto. Akira había llegado a la conclusión de que llamar al DORUmon "DORUmon" era como si a él le dijeran "humano." Por eso le había puesto un nombre, aunque fuese el primero que se le había ocurrido. Cosa que al digimon le gustó bastante.

    Enérgicamente se levantó de su cama y fue en busca de la ropa que usaría ese día, un polo negro y unos jeans. Al poco tiempo se encontraba caminando junto a Shin por los fríos y metálicos pasillos de aquel lugar, en dirección al Cuarto de Entrenamiento. Los pasillos eran de forma triangular, iluminados con luces violáceas y decorados con ventanas que permitían ver el exterior del Yggdrasill. Tamer y digimon llegaron al ascensor, apenas una plataforma circular que se encontraba en un pasillo tubular.

    El ascensor era rápido y cambiaba de ruta en las intersecciones de forma brusca, aunque Akira y Shin no sentían el movimiento dentro de la plataforma. El pasillo tubular era transparente, y le permitía a Akira observar el exterior del Yggdrasill. Torreones y ventanales medievales emergían de la madera del árbol—árbol, sí, pues el Yggdrasill tenía forma de árbol; elevadas columnas encumbradas, grandes arenas y estructuras palaciegas, podían verse enterradas en la madera de aquel gigantesco roble. Cada estructura era de las dimensiones de una catedral. Dichas construcciones eran más verticales que horizontales, con muchas repisas, balcones y terrazas, donde varios digimon voladores se posaban a recibir la luz de aquel "sol" que Akira no podía divisar.

    El árbol se encontraba rodeado por nubes de color ámbar que parecían un espumoso mar. Entre aquellas nubes flotaban verdes islas y otras estructuras artificiales, todas orbitando alrededor del Yggdrasill. Aquél era el "Paraíso." la recompensa final de los "justos y buenos". Desde ese punto de vista, el Mundo Digital parecía pequeño y distante. Aún más lejano que desde el cuarto de Akira.

    Al cabo de unos minutos de viaje, llegaron a la Sala de Entrenamiento. Akira detestaba ese lugar, siendo una persona poco deportiva en su vida escolar. Pero entendía que su condición física no era muy buena en el mundo de los humanos y ahora que debía aventurarse a un mundo donde tenía que luchar para sobrevivir, debía mantenerse en buena forma.

    El cuarto de entrenamientos era, al igual que la habitación de Akira, un sitio sacado de algún cuento de ciencia ficción. Había todo tipo de maquinas de ejercicios, desde las simples bandas correderas y maquinas de pesas que se pueden encontrar en cualquier gimnasio moderno, hasta un cuarto con un modulador de gravedad, que permitía incrementar la gravedad del lugar para añadir un extra de dificultad a los entrenamientos. Pero sin duda Akira disfrutaba más del tiempo en el simulador de combates. Allí, Shin debía luchar contra versiones virtuales de varios digimon de su nivel evolutivo, mientras Akira se acostumbraba a los rudimentos de ser un tamer. Debía estudiar al enemigo y el entorno donde estaba ocurriendo la batalla. Debía acostumbrase al estilo de combate de su compañero y buscar puntos débiles que debiera mejorar en los entrenamientos. Y también debía idear tácticas de combate predeterminadas pero al mismo tiempo tenía que preparar su mente para los escenarios donde fuese necesario improvisar. Akira también aprovechaba ese tiempo para estudiar las diversas funciones de su D-Gauntlet, muchas de las cuales fueron diseñadas justamente para ayudarle en sus batallas.

    Normalmente tenían un tutor, alguien que les entrenaba y les indicaba que estrategias usar o les daba un programa de ejercicios especifico para que siguieran. Generalmente era Magnamon y cuando este no podía, entonces otro de los Royal Knights—al parecer, una orden de digimon caballeros que fungían el rol de administradores de la red—se encargaba de su entrenamiento. Akira disfrutaba las sesiones de entrenamiento con Duftmon, quien le enseñó algunos trucos para improvisar estrategias en momentos de presión. Sin embargo, ese día era su día de descanso y no debían ir a entrenar. Fueron a la Sala de Entrenamiento solo para no perder la costumbre.

    Una vez hubo terminado la sesión del día, en la que DORUmon luchó contra unas versiones virtuales de Agumon y Betamon, mientras Akira se dedicó a su programa usual de entrenamientos para mejorar su condición física, el duo se dirigió a la sección holística del Yggdrasill. Mientras Shin prefería ir a comer helados en la zona verde más cercana, Akira pasaba el tiempo en la Base de Datos, la gran biblioteca donde, según le habían dicho, estaba almacenada toda la información del Mundo Digital. Akira era un tamer novato, sin embargo, y solo tenía acceso a las partes de la biblioteca donde estaba la información pertinente a la biología digimon y a la historia reciente del Mundo Digital. Todos los días de aquel mes Akira iba a "leer" en su rincón favorito de la biblioteca, uno que tenía vista al Mundo Digital en el exterior.

    —Buenas tardes, joven Kaiba—le saludó una Angewomon con una armoniosa sonrisa. Era la digimon encargada de la biblioteca ese día.

    Akira le devolvió la sonrisa y prosiguió caminando hasta uno de los estantes. Había visto a otros digimon viviendo en el Yggdrasill, además de DORUmon y sus mentores. Eran digimon de las especies sagradas, generalmente del tipo ángel, aunque no era nada raro ver a algunos de otras especies, como los Airdramon o los Unimon que vivían en las zonas verdes. Aunque Akira no toleraba mucho la presencia de otros humanos, había aprendido a llevarse medianamente bien con aquellos digimon. Posiblemente por el hecho de que sabía que no eran humanos.

    Además de los digimon, en el Yggdrasill vivían los digignomos, misteriosas hadas electrónicas que no podían hablar pero que podían comunicarse con los demás manipulando directamente los paquetes de datos; y los digielfos, pequeños seres humanoides con orejas en punta y colas de simio, que se encargaban de las tareas más básicas en el lugar. Ambas especies eran formas de vida completamente diferentes de los digimon, algo muy similar a la diferencia entre las miríadas de especies que vivían en el mundo de los humanos.

    Tomó uno de los libros del estante de historia, su sección favorita, y se dirigió luego a su rincón. Los libros de aquel lugar no poseían texto alguno. Al abrir el libro, este emitía una imagen holográfica del texto, las imágenes y el sonido de la información requerida. Akira se puso los auriculares que venían con el libro y reprodujo la información que concernía a la Cuarta Edad.

    Comparada con las anteriores edades, que habían durando decenas de miles de años, aquella edad había durado apenas unos 1100 años, quizá un poco más, pero estaba plagada de relatos de sangrientas guerras. En la Tercera Edad todo el mundo había vivido unificado en una sola súper nación, la Sagrada Alianza, una coalición entre los Arcángeles, los digimon ángel de más alto rango, y los antiguos Dioses de los digimon, las Bestias Sagradas. Sin embargo, tras una cruenta batalla contra un "mal primigenio" llamado Ogudomon, que dio fin a la Tercera Edad, el Mundo Digital se fragmentó en diversas naciones que ahora buscaban aumentar su influencia individual, luchando unas contra otras por la supremacía. Aunque la Alianza seguía existiendo, su poder no era tan grande como lo fue en la anterior edad.

    Llevaba ya bastante rato leyendo cuando un pitido lo hizo sobresaltarse. Era el comunicador de su digivice. Al presionar el botón inferior izquierdo, una pantalla holográfica se manifestó de la pequeña pantalla LCD. El rostro de Magnamon se hizo visible al poco tiempo.

    —Felicidades, Akira—dijo jovialmente el dragón humanoide—. ¡Hemos determinado que estás listo para la prueba!

    —¿Qué prueba?—preguntó el chico, desconcertado.

    —Es tiempo de saber si tienes lo que se necesita para ser un tamer—sonrió Magnamon.

    ***​

    —Conque así es que se ve el Mundo Digital en vivo…—musitó Akira, sobrecogido.

    Estaban en medio de la nada, en las áridas tierras del sur del Continente Mainframe. Aquel era el Cañón Coaxial, una antigua y enorme garganta excavaba en las devastadas planicies que fueron testigo de la batalla final contra Ogudomon. La misión del joven tamer era sencilla; debía encontrar una extraña roca que estaba en el fondo del cañón. En teoría, aquel lugar no representaría un peligro para Akira aunque éste fuese un tamer novato, pues la roca se encontraba en las lindes del cañón, donde solo los digimon salvajes más "débiles" se atrevían a entrar, por miedo a los digimon más poderosos que vivían en las regiones interiores del cañón. Mientras Akira no se adentrara en estas estaría relativamente seguro.

    Tras el duo estaba el puerto de teletransportación. Se trataba de un punto especial del terreno, demarcado con unas inscripciones en digicode y un patrón circular con la forma de un transistor, que abría un enlace directo al Yggdrasill, pero solo para aquel que tuviera los permisos especiales para usar el código de activación de dichos portales.

    DORUmon olfateó el suelo una vez más, y luego dio vuelta para esperar a su tamer, quien se había quedado unos pasos atrás. Estaba analizando el sector con su Gyro-Radar, uno de los tantos y curiosos gadgets que venían incluidos en el D-Gauntlet.

    —¡¡Akira!! Deberías apresurarte…—le llamó Shin algo inquieto—. Se está haciendo tarde… —su voz no ocultaba el temor que sentía el digimon bestia de estar en aquel paraje.

    Akira caminaba lentamente, sin embargo, concentrado en las lecturas que daba su radar.

    —Según esto, pronto llegaremos a nuestro objetivo—dijo cuando al fin estuvo cerca del DORUmon—. Está ubicado a unos 45 grados al norte de nuestra posición, y según estos cálculos, tardaremos unos 20 minutos en llegar a pie, si seguimos por ese camino—finalizó, señalando unas rocas con forma de escalera que descendían a lo más profundo del cañón. La esfera holográfica que se proyectaba del D-Gauntlet desapareció cuando Akira movió la mano.

    Sin perder el tiempo, ambos compañeros descendieron por las escaleras de roca natural, que los llevaban a los más calientes parajes del cañón. El sur del Continente Mainframe era conocido como una región de grandes desiertos volcánicos, bastante famosa por sus numerosos ríos de lava, presentes en casi todas partes más allá del Cañón Coaxial. Y el fondo del abismo no era diferente. Un gran río de lava los esperaba si daban un paso en falso. Descendieron cuidadosamente, mientras apreciaban la maravillosa obra que la naturaleza había esculpido. La erosión había moldeado con gran perfección la roca, cual cincel que el tiempo hubiese usado durante eones, creando una magnifica estructura, que era "imposible de encontrar en mi mundo", al parecer de Akira. Así continuaron descendiendo hasta llegar a la entrada de una gran caverna.

    De aquella gran fisura en la roca emanaba un asqueroso hedor. Akira se llevó la mano a la nariz, mientras le indicaba a DORUmon que por allí debían continuar su camino.

    —¿¡Qué!? –replicó Shin sorprendido—¡Pero si no soy capaz de aguantar ese nauseabundo olor! Más vale que la recompensa sea buena.

    —Si no lo fuera—contestó Akira—, te prometo una provisión de helados de frutos rojos... que quizá te dure un mes—los Royal Knights le habían dado acceso a una cuenta con suficientes fondos para vivir como reyes, de acuerdo a Magnamon; pero Akira aún no estaba muy familiarizado con las finanzas del Mundo Digital.

    Con un animado Shin a la cabeza, el duo se adentró a la oscura cueva, la cual tenía unos cuantos tramos iluminados por los pocos rayos de luz que alcanzaban a atravesar varias fisuras en la roca. Akira dedujo, como un tiempo después confirmaría, que aquel fastidioso hedor era producto de los varios pozos de lava que había en esa región. Se trataba de reacciones químicas que producían un concentrado olor a azufre, que daba la impresión de que se habían metido en la puerta del infierno. Al joven le parecía curioso que incluso ese tipo de cosas fueran factibles en el Mundo Digital.

    Por suerte para el duo, el recorrido que debían hacer por la hedionda caverna era corto y pudieron salir a respirar aire puro antes de lo que esperaban. Acordaron que, de ser posible, evitarían la cueva en el trayecto de regreso al puerto de teletransportación. El presentimiento de que eran observados por alguien comenzó en aquel momento.

    —Debes estar alerta…—dijo discretamente Akira a su compañero—, siento que no estamos solos.

    DORUmon se preparó para luchar, pero seguía caminando como si nada le preocupara.

    El nuevo paisaje en el que se encontraban no difería mucho del anterior. Era un paraje terriblemente árido y erosionado, decorado con rocas de diversas formas y tamaños, de coloración ya roja, ya ocre, sin salirse de esta gama de colores.

    Lo siguiente que ocurrió sucedió en tan solo un instante. Aún cuando Akira estaba preparado para un posible enfrentamiento, por su inexperiencia fue tomado por sorpresa. Una bola de fuego apareció en el cielo, y lo siguiente que el joven pudo procesar era que había salido volando por el impacto de una explosión. El digimon se reincorporó mucho más rápido que su tamer, quien estaba muy adolorido, pero más que todo, sorprendido.

    En la cima de una de las rocas puntiagudas que sobresalían de un pozo de lava, un gigantesco monstruo de fuego los observaba. Akira activó su D-Gauntlet y una pantalla holográfica en forma circular emanó de su digivice.

    —"Meramon, monstruo del tipo flama, que está hecho totalmente de fuego y su cuerpo puede llegar a emitir altas temperaturas. Su técnica especial es el Burning Fist"—leyó el chico, con curiosidad y miedo en su voz.

    Luego miro a su DORUmon. Este monstruo tenía un gran espíritu de combate, y ya estaba preparado para pelear.

    —Esta será nuestra primera batalla real, Shin—le advirtió Akira—. No creas que será tan fácil como las del simulador de entrenamiento.

    —No lo haré—respondió Shin con determinación—¡No lo haré!

    Meramon se burló de ambos con una estrepitosa carcajada.

    —¡Tontos! Yo soy uno de los monstruos más fuertes de éste sector. ¡No saldrán vivos de aquí!—y al observar con detenimiento a Akira, hizo un gesto de sorpresa—. Vaya, un humano. ¡Te mataré y exhibiré tus datos como cosa rara en mi guarida!

    El monstruo comenzó a arder aún más, hasta brillar con una luminiscencia rojiza. Incandescente, saltó a toda velocidad embistiendo a ambos. Akira saltó hacía la derecha y Shin lo hizo hacía la izquierda. "Metal Cannon". Shin aprovechó para disparar su ataque especial, una bola de acero que escupió de su boca, pero el Meramon contraatacó con su "Magma Bomb", creando una bola de fuego de la palma de su mano, que arrojó contra la bola de acero, haciéndola explotar al contacto. Luego se abalanzó contra el DORUmon a gran velocidad, pateándolo fuertemente. El digimon bestia fue lanzado contra una de las paredes de roca cercanas, pero se levantó casi al instante y embistió de nuevo al Meramon.

    —¡Shin, no lo hagas!—advirtió Akira.

    Pero era tarde. Shin embistió al Meramon, y al golpearlo sufrió unas cuantas quemaduras. Meramon se rió, triunfante.

    —Ahora serás mi bocadillo—dijo con sorna.

    —¡En tus sueños!—gritó Akira, mientras le lanzaba una piedra a Meramon. Este la atrapó con su mano y la derritió sin ningún esfuerzo.

    —¡Tonto! ¿Crees que eso me puede dañar?—rió con insolencia el monstruo de fuego.

    —No lo hará… pero, ¡si me dará tiempo!—contestó el muchacho con una sonrisa.

    Meramon soltó un improperio al ver que su presa ya no estaba frente a él.

    En efecto, Shin se encontraba fuera del alcance de Meramon. Se había puesto unos cuantos metros adelante y estaba concentrando su energía.

    —¡Ahora, Shin, ataca!—ordenó Akira.

    "Metal Cannon". Una bola de acero salió disparada contra Meramon a toda velocidad. Este se preparó para contraatacar. "Burning Fist". La bola se derritió de un solo puñetazo.

    —¡Tontos, no podrán vencerme con un ataque tan simple!

    Pero Shin no se detuvo. Comenzó a disparar varias bolas de acero de su boca, con una rapidez extraordinaria. Meramon volvió a contraatacar, y una por una las bolas iban explotando.

    —¡Maldición…!—gruñó Akira. Se frustró al ver que su enemigo le estaba provocando esa clase de problemas. Tendría que llamar a Magnamon para que le ayudara. El digimon dorado le había dicho que podía pedir ayuda, pero si decidía hacerlo eso significaría que había fracasado en su prueba.

    Su frustración se tornó en ira… y en ese momento algo pasó. Sin saber como, expulsó un aura azul de su cuerpo, desde el fondo de su alma, la cual fue absorbida por el D-Gauntlet y proyectada por este al cuerpo de DORUmon, todo en cuestión de nanosegundos. En ese mismo instante, Shin disparó un último "Metal Cannon." Esta bola de acero era diferente de las anteriores, mucho más rápida. Traspasó el cuerpo de Meramon sin que éste pudiera evitarlo.

    —¡Imposible…!—dijo Meramon en un agonizante y ahogado grito.

    Y luego se desintegró y sus datos se esparcieron en el aire. La bola de acero continuó su trayecto hasta chocar contra una pared de roca, la cual se vino abajo tras el impacto.

    Shin, en un arrebato de su instinto salvaje, lanzó un aullido y absorbió la data del digimon de fuego. El digicore del Meramon fue liberado de la información que ahora era consumida por el DORUmon y se alejó volando rápidamente hasta perderse en el horizonte.

    Akira se acercó a su compañero lentamente. Estaba cojeando, debido al golpe que recibió del impacto del ataque inicial de Meramon, que le había lastimado su pierna izquierda.

    —¿Estás bien?—preguntó.

    —Si, lo estoy…—contestó este, apenado—. Perdóname por haber absorbido su información…

    Al parecer, absorber la información de otros digimon, aunque era algo básico en los digimon, era considerado algo impropio en la sociedad de la Alianza.

    —Fue un impulso, lo sé. Por mí no hay problema—interrumpió Akira, indiferente.

    Su mente estaba enfocada en otra cosa. Tenía la impresión de que eso ya había ocurrido antes. Aquella batalla, la herida en su pierna, el resplandor azul que había emanado de su cuerpo; todo eso ya lo había vivido. O al menos, tenía la impresión de recordarlo.

    ***​

    Al regresar al Yggdrasill con el botín, fueron recibidos por el mismo Omegamon. Akira estaba sorprendido. Omegamon era un monstruo realmente majestuoso, y enorme. Más grande que Magnamon, incluso. Humildemente, Akira sacó la piedra de su bolsillo y alargó el brazo para entregarla. Era un pedrusco negro que emitía una firma de energía que el D-Gauntlet no podía identificar.

    —Consérvala—dijo el solemne caballero—. Has pasado la prueba. Te la has ganado. Ve y descansa, mañana te asignaremos tú primera misión oficial.

    Luego se retiró. Akira se quedo pasmado mientras observaba la piedra con cierta curiosidad. Shin lo miró y luego dijo.

    —Creo que tendré helados por un mes...

    —Sabia que dirías eso… —suspiró Akira—. Pero primero, vamos a la enfermería…

    —Te apoyo… —rió el DORUmon.

    Akira y Shin no sabían qué clase de destino les deparaba su futuro, pero no les importaba en ese momento. Habían tenido su primera victoria, y aunque fuera una victoria no tan espectacular como la habían imaginado, pues habían salido muy lastimados, era una victoria al fin y al cabo. Nuevas aventuras les esperaban y ellos estaban preparados para cualquier cosa que les deparara el futuro. O al menos, eso era lo que creían en ese momento.
     
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    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    FILE ISLAND

    Akira estaba tomando el sol, acostado en un gran pastizal a la sombra de un manzano de frutos azules, mientras Shin jugaba alegremente con unos digignomos que se encontraban revoloteando por allí. Esas pequeñas hadas electrónicas de color blanco también existían en el Mundo Digital, además de en el Yggdrasill.

    El "sol" brillaba fuertemente, pero el clima era agradable y al observar al cielo fijamente se podía ver aquel gran disco girando en la inmensidad, más allá de la bóveda celeste, la cual estaba "decorada" por nubes, circuitos y transistores, y patrones de circuitos de diversos aparatos electrónicos. Desde esa perspectiva, el disco que Akira había visto cuando llegó por primera vez al Yggdrasill se veía muy distinto. No era de color rojo, salvo en el centro, y los siguientes tres discos eran de color naranja, amarillo, y azul el disco exterior.

    Akira observaba distraídamente su brazo derecho, que mantenía alzado, en el cual llevaba su D-Gauntlet. Shin, ya cansado de jugar, se sentó a comer uno de los helados que llevaban. Fue entonces cuando se fijo en su tamer.

    —¿Quieres?—le preguntó.

    —No, yo ya comí. Además, no está en tu naturaleza compartir tus golosinas, ni siquiera conmigo—contestó el tamer, meneando la cabeza.

    —Es que te veo tan distraído…—Shin también miró hacia el cielo, tratando de hallar aquello que su tamer observaba con tanta concentración.

    —Solo espero que llegue nuestro "tren"…—suspiró Akira—. Además, hoy estoy especialmente aburrido. No puedo creer que mi primera misión oficial sea de recadero.

    En realidad, lo que mantenía ocupada su cabeza eran los eventos del día anterior. El aura azul que había emitido desde lo más profundo de su alma le recordaba mucho a lo que había ocurrido en su angustioso sueño, ese que había tenido antes de ir al Yggdrasill.

    —Bueno, ¿qué se le puede hacer?…—respondió el monstruo digital, comiéndose lo último que le quedaba del helado—. Mira eso. Es el humo de una locomotora.

    Al observar la gran columna de humo que se acercaba en la distancia, ambos se levantaron del suelo, y Akira tomó un gran trapo de color marrón y se lo puso en las espaldas a modo de capa, mientras Shin recogía algunas manzanas azules para el viaje. Luego, ambos corrieron a hacia las vías del ferrocarril, que no estaban tan lejos de aquel manzano.

    Llegaron a las vías cuando las señales del ferrocarril comenzaron a sonar mientras las barras de detención descendían. Esperaron unos minutos antes de poder ver a su "tren". Se trataba de un Trailmon tipo Worm. Al ver al duo, el Trailmon frenó violentamente, dejando ver algunas cuantas chispas en las vías. Sin embargo, se detuvo justo para quedar tan cerca de ellos como le fuera posible sin ponerlos en peligro. Akira y Shin corrieron a él tan pronto se detuvo. Éste les habló de forma serena cuando estuvieron frente a él.

    —¿Buscáis transporte?—les preguntó—. ¿Acaso no sabéis que este lugar no es una terminal?

    Si el hecho de que Akira fuese un humano le extrañaba, el Trailmon se limitó a guardar silencio al respecto.

    —Claro que lo sabemos—respondió Akira—. Pero tú, más que nadie, debe saber que la próxima terminal está demasiado lejos, y necesitamos que nos lleves a la Isla File lo antes posible. Si es por dinero, podemos pagarte.

    Y diciendo esto, Akira manipuló su D-Gauntlet. Un resplandor verdoso salió de la tela de su guante mientras en la palma de su mano se materializaban dos enormes monedas amarillas con forma octogonal. Eran Bits, la divisa del Mundo Digital, y en total había materializado unos 2000 Bits, una suma nada desdeñable.

    De acuerdo a lo que había leído en la Base de Datos, los Bits se usaban para crear todo tipo de cosas, como comida u objetos de varias funciones. Entre más valor tuviese una moneda—el valor siendo equivalente a la data comprimida—más cosas se podían producir a partir de esta.

    —¡Por favor!—suplicó Shin con ojos de cordero.

    —¡Esta bien! Os llevare a vuestro destino—respondió reacio el Trailmon—. No es necesario que me paguéis. Es mi función.

    Akira guardó sus Bits nuevamente en el D-Gauntlet—repitiendo el mismo proceso con el que los había "digitalizado"—, y luego corrió, seguido por Shin, a uno de los vagones de la parte trasera del Trailmon; un vagón de pasajeros, ya que había unos cuantos de carga. Una vez hubieron abordado le hicieron señas al Trailmon de que ya podía avanzar. El Trailmon emprendió su viaje lentamente y a los pocos minutos ganó su habitual velocidad.

    El vagón que habían escogido estaba algo vacío. Algunos Vegiemon y Numemon estaban en los asientos cercanos al duo, por lo que se podían escuchar las conversaciones y charadas de estos. Akira decidió observar el paisaje mientras pasaban el tiempo. Shin se quedó dormido al poco rato. El viaje de las Praderas del Viento a la Isla File tardaba muchos días si lo hicieran a pie, y además estaba el problema de cruzar medio océano para llegar a la Isla, así que era lógico que se demoraran un día entero viajando en un Trailmon.

    El paisaje que se observaba por la ventana era hermoso. Las verdes praderas, cuyos pastizales eran ondulados por el viento—de allí su nombre—; aquí y allá unos cuantos árboles alejados unos de otros, y pocas veces dos o tres en un mismo sitio, bañados por los rayos del "sol" del Mundo Digital. A lo lejos, las Montañas Pixeladas… por una extraña razón, a Akira le parecían enigmáticas y deseaba con todas sus fuerzas ir a la cima de la más alta de todas. En un futuro no muy lejano, se arrepentiría de haberla escalado.

    Y así el tiempo pasó, y la luz del "sol" desapareció de forma repentina para dar lugar a un cielo nocturno plagado de "estrellas", con las tres lunas, roja, azul y amarilla, visibles en la distancia. Y el Trailmon, a toda velocidad, atravesaba el Océano Net…

    ***​

    Magnamon tecleaba comandos, aburrida y sistemáticamente, en las consolas holográficas de la gran terminal central, que tenia control total sobre la parte exterior del Yggdrasill. Junto a él, varios digielfos, los encargados de mantener el Yggdrasill funcionando las 24 horas del día, trabajaban en sus terminales personales.

    Akira y Shin se acercaron sin ninguna prisa. El joven aún tenía los vendajes que cubrían las heridas de su misión del día anterior.

    —Oh, ya están aquí—saludó Magnamon al verlos.

    Luego, activó una pantalla donde se veía un mapa muy grande del Mundo Digital. Era la primera vez que Akira y Shin veían un mapa completo de aquel mundo.

    —La misión será sencilla—explicó Magnamon—. Deberán ir a las Praderas del Viento, y tomar un tren a la Isla File—el digimon caballero señaló el lugar al que debían ir en el mapa—; y una vez allá, entregar este chip. Tiene unos suministros médicos que han sido solicitados por el... digamos, alcalde, de File. Eso es todo. Hasta un par de novatos como ustedes pueden cumplir esta misión sin mayor inconveniente.

    —¿Y por qué simplemente no usamos un teletransporte a la isla?—preguntó intrigado el joven.

    —Supongo que habrás leído acerca de la situación política actual en el Mundo Digital, ¿no?—respondió Magnamon indiferente, concentrado en las lecturas del monitor de su consola—. La gente de la Alianza quiere evitarse conflictos innecesarios con los Señores de la Guerra, y los Señores de la Guerra están buscando excusas para matarse a gusto entre sí, por más triviales que sean. Así que, a menos que sea una emergencia, todo acceso a la Isla File debe hacerse por los medios convencionales. Son las normas del Tratado de Thronehold.

    —Y ustedes quieren mantenerse neutrales con la Alianza y los Señores Guerreros también... —reflexionó Akira pensativo.

    —¡Estas mas frió que un Yukidarumon…!—rió Magnamon a gusto, pero los digielfos lo miraron con caras de pocos amigos. Magnamon los ignoró, pero retomó su compostura—. Ejem... No le des tantas vueltas… la respuesta te la daré un día de estos.


    ***​

    La Isla File era un territorio neutral que quedaba más allá de los mares, a mil millas náuticas del Continente Mainframe. Ni la Alianza ni los Señores de la Guerra se atrevían a tocar aquel lugar, al que consideraban un patrimonio de la historia digimon. Por eso, en la Isla File aún se vivía como en antaño, un lugar pacífico, como lo fue todo el Mundo Digital cuando no existían facciones políticas que intentasen dominar el mundo, para bien o para mal.

    El Trailmon se detuvo en la terminal de la Ciudad de los Inicios, cosa que el muchacho agradeció, pues le ahorró tiempo en su misión. Tiempo que pensaba gastarse explorando la pequeña metropolis digimon. Mientras iban caminando, Akira observaba con gran curiosidad aquella extraña ciudad, alienígena a la lógica humana. La Ciudad de los Inicios no era una ciudad tan grande como las que había visto el chico en el mundo humano, pero era lo suficientemente grande comparada con las otras poblaciones de File como para que los digimon la considerasen la capital de la Isla, aún cuando File no fuese una nación como tal. Fue la primera ciudad en ser construida en el Mundo Antiguo y la única que sobrevivió a la destrucción de éste.

    La ciudad tenía de todo un poco. Diferentes tipos de edificios, de arquitectura completamente incompatible—edificios occidentales al lado de casas orientales; algunas construcciones eran de concreto, pero otras eran de madera o de metal—que servían tanto de hogares como de centros de comercio, diversión y demás. Pantallas LCD incrustadas en el pavimento que indicaban direcciones, y multiples "racimos" de televisores en postes y paredes. Carteles y anuncios escritos en tres idiomas diferentes—digicode, inglés y japones—, y calles abarrotadas de digimon de todas las especies, y cuyos niveles evolutivos iban de las etapas bebe hasta la adulta, con alguno que otro digimon de nivel perfecto aquí y allá. En la plaza principal estaba el gran coliseo de combates, el más preciado de toda la isla, una enorme estructura que se adentraba en el corazón de la Montaña Infinita—la gran montaña que coronaba el centro de la Isla File—, donde los más fuertes en todo el Mundo Digital iban a probar su valía. También había una hermosa fuente ornamental, consagrada al espíritu de los Diez Guerreros legendarios, quienes antaño habían protegido al mundo de las fuerzas oscuras, sacrificando su propia vida para proteger las de todos los digimon.

    Y por supuesto, el Hospital General, un edificio blanco bastante tradicional, desde el punto de vista de Akira, de unas seis plantas. Aquel era su destino.

    Al entrar al hospital los digimon que estaban allí lo miraron detenidamente. Era la primera vez que muchos de ellos veían a un humano. Tailmon, la que atendía en la recepción, lo miró coquetamente. Mientras Akira se dirigió a donde estaba la gata, Shin se quedó a ojear unas revistas que había en la sala de espera. El joven se acercó al mostrador y empezó a materializar de su D-Gauntlet una caja con los medicamentos que esperaban en el hospital. La Tailmon llamó a un Centalmon para que que se hiciera cargo de la caja.

    —¿Primera vez en Isla File?—le preguntó la gata, guiñándole un ojo.

    —¿Eh? Sí, claro…—respondió Akira, despreocupado. Era su primera vez en casi todo el Mundo Digital, pensó.

    —Tienes mucha suerte, entonces. El viejo Jiro se encuentra por estos días en su hogar. Él sale mucho de viaje, y esos viajes tienden a tardar años. Es más, hace poco estuvo explorando el Continente Directory…—dijo la Tailmon con añoranza—. Como me gustaría viajar a esos Continentes.

    Jiro, el Jijimon, era el alcalde de la Ciudad de los Inicios, y el regente de facto de la Isla File.

    —¿Dices que sale de viaje muy a menudo?—preguntó Akira algo curioso.

    —Sí, claro, pero, ¿por qué no hablamos un poco de ti? Como por ejemplo, ¿cómo te llamas?

    —¿Eh…? Mi nombre es Akira… —respondió el chico, confundido por la actitud de la digimon.

    —¡Y yo soy Shin!—interrumpió éste, que ya estaba aburrido de ver las revistas de la sala de espera.

    —Akira, bonito nombre… toma esto. Certifica que hemos recibido la encomienda—dijo la Tailmon sonriendo.

    Se trataba de una especie de memoria SD. El joven la tomó algo perplejo, mientras la gata lo miraba con una sonrisa inquietante. Al salir de la clínica, Akira se mostró confundido.

    —¡Si qué sabes cómo impactarlas!—se rió DORUmon burlonamente, y después añadió—. Ya tengo hambre, ¿pasamos al restaurante a ver qué hay?

    El joven asintió, confuso. Eso de las relaciones interpersonales no era lo suyo.

    El restaurante que eligieron estaba a rebosar, así que Akira y Shin tuvieron que sentarse afuera. Mientras degustaban los deliciosos platillos típicos de la isla, desde rodajas de la elástica fruta gum x2, hasta una ensalada de banaranjas y digisetas, un Agumon apareció de improvisto y se dirigió directamente a ellos. Se sentó en su mesa, una practica al parecer normal en ese restaurante—el usar la mesa ocupada por otros clientes—, y los esperó el tiempo suficiente para que ambos pudiesen terminar sus platos, cosa que hicieron incómodos por la presencia del reptil amarillo.

    —El señor Jiro desea verlos—les dijo el Agumon luego de que hubieran terminado de comer.

    El duo siguió al Agumon por la plaza hasta llegar al sector norte de la ciudad. Ese sector podría considerarse la zona residencial. Allí no había tiendas ni restaurantes, y las calles estaban menos ajetreadas. Lo más raro que notó Akira—además de la que la estatua de un Scumon gigante con corona al lado de un baño publico—fue la gran huerta donde los digimon cultivaban carne como si se tratase de verduras.

    La casa de Jijimon era la más emblemática de todas, pues fungía también como guardería para digimon bebes, y varios digitamas adornaban su entrada y el jardín. Lo primero en lo que se fijó Akira fue en cómo estaba construida la casa, que parecía una típica casa japonesa antigua. Estaba cerca de una cuenca, por donde entraba el Océano Net directamente a la isla creando una especie de Mar Interior, el cual terminaba en una catarata que caía desde lo alto de la Montaña Infinita. En la cuenca había un pequeño muelle, que era usado por los Whamon que venían de los continentes durante la época migratoria. Los Whamon a veces traían mercancía de aquellos lares, y algunos se ofrecían para llevar mercancía o pasajeros en su viaje de regreso.

    El duo entró en la casa de Jijimon, pero el Agumon se quedo afuera, jugando con los digimon bebes que estaban en el jardín. En el lobby había un armario adornado de figuritas a escala de varios digimon importantes en el Mundo Digital, incluidos los líderes de la Alianza y los Royal Knights.

    El digimon anciano lo estaba esperando en la sala, junto a su esposa, Babamon.

    —Veo que tienes un D-Gauntlet. Es la primera vez que veo uno con mis propios ojos—fue como lo saludo Jiro, el Jijimon.

    —¿Ah? ¿Es tan raro que tenga uno?—preguntó Akira. Casi de inmediato recordó que Yggdrasill le había dicho que se trataba de un prototipo.

    —Así es. El D-Gauntlet es el digivice de última generación, la versión mejorada del D-Bracelet usado por los tamers de la Alianza.

    "Tamers de la Alianza". Aquello dejó pensativo a Akira. Eso significaba que había otros humanos además de él en el Mundo Digital. Se desilusionó un poco. Tendría rivales a la hora de vender su planeado libro que relataría sus aventuras en aquel extraño mundo.

    Jiro los invitó a sentarse mientras Beka, la Babamon, comenzaba a servirles el té.

    —Vayamos al grano—dijo—. Cuando me enteré de que habías llegado a este mundo, les pedí a los Royal Knights que te enviaran a ti con las medicinas. Siento mucho haberte hecho pasar por esa molestia.

    —Ya veo—musitó Akira. Y luego pensó que su primera misión oficial quizá no sería una pérdida total de tiempo—. ¿Y sí me hizo venir hasta acá, es por qué necesita que yo…?

    —He hecho una investigación, y he decidido compartirla contigo, si no te molesta—. Akira asintió con la cabeza, a lo que el Jijimon tomó un gran libro de pasta dura roja de su armario, abrió una página que tenía separada con una cinta carmesí y la leyó:

    “La batalla entre los Señores de la Guerra se recrudeció, y amenazaba con traer la ruina al Mundo Digital. La eterna batalla entre el Orden y el Caos había comenzado otra vez. He aquí la Guerra de los Cinco Caudillos. Solo el Vástago del Equilibrio podrá detener el Caos y devolver el Balance de nuevo al mundo.”

    —Éste es el libro de la Profecía Oscura. Es solo una copia en realidad, la traducción del Sabio Balzac, escrita hace unos cien años—añadió Jiro luego de haber cerrado el gran libro, mientras Beka les brindaba unos pasabocas salados, una especie de galletas que Shin aceptó de buen gusto—. Lo encontré en mi último viaje por el continente Directory… Este libro fue considerado apócrifo por la Alianza y la gran mayoría de copias fueron destruidas. Haberme encontrado este tesoro fue realmente una gran suerte. Según mi investigación, el libro original aún existe.

    "Fue escrito en la época súper antigua del Mundo Digital, por un grupo de profetas de las primeras tribus de Baromon. Ellos depositaron en ese libro las profecías que descubrieron acerca del futuro de nuestro mundo. Balzac el Sabio, un gran erudito de nuestra era, lo encontró hace unos quinientos años y lo tradujo a nuestro idioma actual. Sin embargo, a los altos mandos de la Alianza no les gustó que dicho conocimiento cayera en manos de todo el mundo, y destruyeron todas las copias que habían sido publicadas, menos ésta. Y creo que se salvó solo por la voluntad de Yggdrasill, pues los inquisidores de la Alianza fueron muy persistentes…

    —¿Qué pasó con ese tal Balzac?—preguntó Shin, mientras saboreaba su té.

    —Por lo que sé, fue exiliado… no he sabido más de él desde entonces—suspiró Jiro, incomodo.

    —Más importante aún—comentó Akira—¿De qué rayos está hablando esa "profecía"?

    Akira no creía mucho en tales cosas. Para él, los augurios y las profecías eran simples argucias de gente que aún no había pasado del oscurantismo de la ignorancia humana.

    —De algo que sucederá, por supuesto—respondió el Jijimon—. Ninguna profecía en ese libro ha fallado hasta el momento. Y todas han sucedido tal cual están escritas.

    —¿Y por qué ha decidido compartir esta profecía conmigo?—preguntó de nuevo Akira, entre mezquino y curioso.

    —Es simple: quiero que me ayudes a conseguir ese libro. Mis investigaciones me dicen que el libro se encuentra en el Continente Mainframe, pero aún no sé exactamente donde. Toma esto.

    El viejo le entregó una memoria SD. Akira la tomó, pensando en cómo podría ayudar al Jijimon si ni siquiera él, un viajero experimentado, había podido encontrar el libro.

    —Contiene todos los datos de mi investigación y me permitirá contactarte. Esa fue la razón principal por la que te hice venir. Mis colegas investigadores están muy cerca de encontrar el libro. Cuando sepamos donde está te lo haré saber por ese medio. Por ahora continúa con los trabajos que te pidan los Royal Knights, o cualquier cosa que quieras hacer en este mundo, pero te pido el favor de que me ayudes una vez descubra donde está—concluyó el anciano.

    —Muy bien… —respondió Akira aún indeciso—. Si es solo eso, no veo problema en ayudarle. Si para ese momento no estoy ocupado, claro está.

    El chico insertó la memoria SD en su D-Gauntlet, el cual la transformó en datos y la consumió. Una pantalla holográfica emanó repentinamente del aparato, mostrando series de códigos que se sucedieron rápidamente y luego desapareció de la misma forma en que se había manifestado.

    En ese momento, la Babamon llegó cargando una bandeja en la cual había más galletas, una tetera con forma de Shakkoumon y varios pocillos para té. Jiro dijo que era mejor dejar la conversación hasta ahí, para que Akira pudiese pensar mejor las cosas. El resto de la velada la pasaron discutiendo cosas acerca de la naturaleza del Mundo Digital y de la historia de la Isla File. Nada que cualquier digimon en la Ciudad no conociese, pero que para Akira era más interesante que libros sobre profecías oscuras y el fin del mundo.

    Cuando los chicos terminaron de comer, se despidieron de la pareja y se dispusieron a proseguir su camino. A los pocos minutos de que se hubieran ido, Jijimon se dirigió a su esposa.

    —Mis sospechas resultaron ser ciertas. Necesitaba verlo con mis propios ojos para comprobarlo. Ese chico tiene un gran poder, más del que me había imaginado que tendría. Temo por el destino que ha empezado a hilarse en este mundo...—dijo con preocupación.

    ***​

    Renamon estaba sentada en una de las orillas del DigiPuente, una construcción que conectaba la sección del Bosque Inquebrantable al oriente de la Ciudad de los Inicios con la región oriental de la isla, más precisamente con la región conocida como la Selva Tropical. La Renamon perdía su tiempo observando a los digipeces saltar y nadar en el pequeño Mar Interior de la Isla. Dos FlareLizamon que pasaban por allí conversaban acerca de la terrible situación política que se vivía en las tierras más allá de los mares. Renamon no pudo evitar oír su conversación cuando ellos pasaron cerca de donde estaba.

    —Dicen que la guerra entre los ejércitos de Lord HiAndromon y Lord TyrantKabuterimon se hace cada vez más cruda…

    —¡Y que lo digas!—respondió el otro—. De acuerdo al canal de noticias de la Alianza, todo comenzó cuando el general GrandisKuwagamon quiso extender su territorio más hacia el norte, hacia los territorios del Emperador de las Maquinas. Muchos dicen que ese canal es fake news, pero... ya sabes.

    —Vaya—comentó el primero—. Lo peor es que la Alianza está realizando una cacería de digimon oscuros en el Continente Mainframe. Toda una masacre, teniendo en cuenta que los de la Alianza se proclaman "pacíficos." Y lo peor: hay rumores que dicen que la guerra también está por llegar a nuestra pacifica isla.

    —¡¿De qué rayos hablas!?—interrumpió un Hyogamon que estaba cerca de la entrada de la Ciudad, comiendo unas digisetas, y quien también estaba escuchando la conversación.

    —Es cierto—afirmó uno de los FlareLizamon, Renamon no se fijo en cual—. Se han oído rumores de que Lord MetalSeadramon le ha declarado la guerra a Lord Gaioumon, porque, según dicen, los impuestos que le cobra a los digimon marinos que entran en sus territorios son muy altos…

    —¡Pero la Isla File se encuentra muy cerca de los territorios de ambos!—exclamó el Hyogamon preocupado—. ¡Eso nos pondría en medio del campo de batalla!

    Renamon atrapó de un zarpazo a uno de los digipeces que saltó cerca de donde estaba. "Las cosas eran más sencillas hace unos años", pensó, y luego liberó al digipez, el cual se alejó velozmente tras caer al agua. "Antes de que los Señores de la Guerra se emanciparan de la Alianza. ¿Qué error habremos cometido para caer tan bajo…?".

    Sus pensamientos fueron interrumpidos por el rugido de dos Devidramon, que guiados por un Bakemon, traían la carroza de un misterioso digimon. Los emblemas de tan singular carruaje indicaban que se trataba de Lord Vamdemon, un noble local menor que residía en la Isla desde hacía mucho tiempo. Quizá desde la época del viejo Mundo, como sugerían los cuentos de los supersticiosos digimon que vivían en la tenebrosa región conocida como el Overdell.

    El vampiro dejó ver su rostro por una de las ventanas de la carroza, haciéndole señas a la Renamon para que se acercase. La digimon bestia tuvo que acercarse lo más que pudo a la ventana pues el vampiro no se sentía a gusto en la luz del "sol".

    —Me han dicho que eres una espía, desertora del país de Lord UltimateBrachimon—le sonrió tan pronto la digimon se acercó—. Requiero los servicios de alguien con tus habilidades particulares.

    —Ya no trabajo en eso—contestó la Renamon secamente. Se había retirado hace años, luego de la masacre del Golfo Processor—. Y aún en caso de aceptar, he de decir que mis servicios no son nada económicos—enfatizó, tratando de desanimar aún más al Vamdemon. No lo logró.

    —El Perro de los Royal Knights ha llegado a la ciudad—insistió el Vamdemon con una macabra sonrisa—. Quiero que le investigues por un tiempo y me des un reporte de todos sus movimientos en la isla. Debo asegurarme de que los Royal Knights no se van a entrometer en los asuntos de la política interna de mis predios... la paga será generosa.

    Vamdemon le entregó un collar con una brillante perla negra, de la cual emanaba un aura oscura que absorbía la luz a su alrededor. La esencia negra, tan difícil de conseguir, tan provocativa. Hacía años que no la probaba, y su cuerpo la anhelaba. Aun cuando sabía que era ilegal, si podía probar aunque fuera solo un poco... Un brillo en los ojos de Renamon dejo ver que la digimon zorro se había emocionado con su nueva misión.
     
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    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    THE GIRL THAT FELL FROM THE SKY

    Se habían quedado esa noche en la posada de Guardromon, de lejos la mejor posada del distrito comercial de la Ciudad de los Inicios. Una habitación espaciosa con camas dobles para cada uno; un minibar a rebozar con golosinas y bebidas gaseosas, una gigantesca tv con más de 50 canales, incluyendo el canal noticioso oficial de la Alianza. Ya no tenían motivos para quedarse en la Isla File, pero tampoco tenían ninguna misión, así que Akira pensaba explorar la isla al día siguiente. Era un patrimonio histórico de los digimon, al fin y al cabo. Algo digno de ser registrado en su futuro libro.

    No fue fácil conciliar el sueño, por más comodidades que aquella posada ofreciera. Al menos, no lo fue para él. Shin dormía apaciblemente luego de haberse atiborrado con las golosinas del mini bar, mientras Akira hacía zapping en un intento de pensar en otra cosa. Había pasado un mes desde que había llegado al Mundo Digital. Y cuando dejó el Mundo Humano, faltaban poco para el aniversario de la muerte de sus padres.

    —Supongo que este año no voy a celebrarlo—musitó entre dientes.

    No logró conciliar el sueño sino hasta muy entrada la noche.

    ***​

    La lluvia caía suavemente sobre la hierba mientras Akira observaba la tumba que estaba frente a sí. Tan solo tenía 9 años, y había sido el único superviviente del accidente que les había quitado la vida a los señores Kaiba, Yoshimura y Kyoko. Sus padres. Naomi, su hermana mayor, no estaba con ellos en ese momento y por eso fue la única familiar de Akira que quedó con vida. Cuando se enteró del accidente, unas pocas horas antes, estuvo a punto de enloquecer. Fuerte y decidida, Naomi era una hermosa joven de 16 años cuyo prometedor futuro de pronto se veía truncado por la muerte de sus padres.

    Cuando llegó al cementerio y vio a su hermano menor estuvo a punto de desmayarse al encontrarlo en semejante estado. O eso fue lo que le dijeron las otras personas que fueron al entierro, los amigos íntimos de la pareja. Vestido de negro, con el cabello húmedo sobre la cara, blanco como si también él hubiera muerto, y con su imponente estatura—pues era mucho más alto que cualquier otro chico de su edad—que lo hacía verse flaco y escuálido. Akira parecía una aparición, un fantasma que visitaba su propia tumba. Concentrado en sus negros pensamientos, Akira no se dio cuenta cuando Naomi lo cubrió con el paraguas.

    —Vamos, campeón… —le dijo—. Cuando lleguemos a casa te prepararé algo caliente, para que te sientas mejor.

    Akira sabía que la fortaleza de su hermana era solo una mascarada. Los ojos de Naomi reflejaban la preocupación que sentía por su futuro, lo que era normal. No conocían a ninguno de los familiares de su madre, y la familia del padre, que nunca había aprobado el matrimonio, había negado su ayuda a los hermanos. Los amigos de sus padres se habían ofrecido a ayudarles, por supuesto, pero la ayuda de extraños siempre es limitada por condicionales. No es la ayuda incondicional que los dos jóvenes necesitaban.

    Al pagar el taxi que los dejo en casa, Naomi se preocupaba ahora por su estado financiero. Akira no sabía qué clase de acciones legales debían tomar para acceder a los ahorros de sus padres, pero sí sabía que el dinero del que su hermana disponía en el momento era más bien escaso. Ambos subieron las escaleras de aquel edificio, sintiéndose más desamparados que nunca… Naomi se aferró fuertemente a la extraña "joya" que llevaba en el cuello, y que, hace tan solo un día, le había pertenecido a su madre. Se trataba de una extraña roca de color dorado, con una rara inscripción grabada en ella. Estaba dentro de un anormalmente grande colgante que tenía forma de una gota, pero de formas rectilíneas y no circular, como lo eran los dijes con forma de gota comúnmente.

    Al entrar en su casa Naomi se dejó llevar por el llanto que había estado reteniendo todo el día, recostándose contra la pared y dejándose resbalar hasta el suelo. Se cubrió el rostro con sus delicadas y suaves manos para que su hermano no la viera en tan deplorable estado. Entonces Akira sintió por primera vez el dolor en aquel oscuro día. Observó su casa, que ahora se veía oscura y lúgubre. Parecía como si aquel lugar hubiera estado vacío desde hacía mucho tiempo. El chico ayudó a su hermana a levantarse mientras ella se secaba las lágrimas, y luego ambos se dirigieron a la sala de estar. Allí se encontraron con algo que no esperaban. Sentado en la silla que el señor Kaiba solía usar, un hombre de mediana estatura y aspecto amable e intelectual fumaba un puro. Al verlos entrar, acarició su larga y blanca cabellera. Aunque tenía rasgos orientales, tenía grandes ojos azules y su tez era blanca, como la de un europeo.

    —Ustedes deben ser Naomi y Akira, ¿no es así?—les preguntó, con sus finos modales mientras discretamente colocaba el cigarro en un plato pequeño que estaba en la mesita frente a él.

    —¿Quién es usted? ¿Cómo entro a mi casa?—respondió la joven, que estaba temblando de miedo –. Váyase o llamare a la policía…

    —No te preocupes—le dijo tranquilamente el sujeto, mientras señalaba una foto que estaba en la mesita—. Veo que mi querido amigo Yoshi no les habló de mi… yo soy Kimaira Seto, socio y amigo de tu padre. Vengo a cumplir una promesa que le hice a mi amigo, pues soy un hombre de palabra.

    Naomi se adelantó un poco y tomó la foto con cierta desconfianza, pero se sorprendió muchísimo al ver a sus padres y al tal Kimaira en ésta. Recordó que su madre tenía una foto similar y fue a buscarla a su habitación.

    —¿Promesa?—preguntó Akira, quién tenía una desconfianza natural ante todo el mundo—. Veo que tenía las llaves de la casa… ¿acaso se las dio mi padre?

    —Así es, joven Akira— respondió Kimaira, esbozando una sonrisa tranquilizadora, tratando de ganarse su confianza—. Y su padre me hizo prometerle que si a él le pasaba algo, yo cuidaría de ustedes.

    Naomi volvió más tranquila y le enseñó las fotos a Akira. Inmediatamente después, atendió al señor Kimaira como era debido.

    Akira no confiaba en él, aún después de que su hermana hubiera confirmado que Kimaira era amigo de sus padres, no solo por las fotos, sino por ciertas conversaciones que la chica recordaba haber tenido con su madre y varios documentos y vídeos caseros—que los chicos no vieron en ese momento, si no unas cuantas horas después. Su instinto le instaba a desconfiar de ese sujeto, pero Akira sabía que no podía confiar en nadie dada su naturaleza. Se decidió a no ponerle cuidado a su instinto y darle una oportunidad al tal Kimaira. "Al fin y al cabo" pensó el chico, "él fue amigo de papá…"


    ***​

    El alba estaba rompiendo cuando recuperó la conciencia. No sabía dónde estaba, ni cómo es que había llegado ahí en primer lugar. La chica se encontraba en medio de un oscuro bosque, con sus ropas humedecidas por el rocío de la mañana pero extrañamente limpias pese a haber estado en el suelo toda la noche… al menos, eso creía ella. El suelo donde se encontraba parecía haber sido víctima de la caída de un meteorito, pero ella estaba en el centro de aquel cráter. Era como si hubiera sido ella quien hubiera causado el cráter. Como si hubiera caído del cielo.

    Estuvo tirada en aquel sitio por mucho tiempo luego de que recuperase la conciencia. Se sentía enferma, mareada. Como si hubiera pasado por algo que la hubiera dejado exhausta. Débil. Observó aquel firmamento alienígena sin darse cuenta de qué era lo que estaba viendo sino hasta que notó una roca gigante moverse en dirección del viento. Entonces se dio cuenta de que algo estaba mal. Había enormes rocas flotando en las nubes, y más allá de estas el cielo parecía seguir los patrones de los circuitos electrónicos. La luz parecía venir de un solo punto, un extraño disco que se veía más allá de las nubes.

    Se incorporó lentamente y entró en shock al ver la vegetación tan extraña que había en ese mundo. Monitores que crecían como si fueran flores y mostraban secuencias numéricas extrañas; árboles que parecían estar conectados a toma corrientes en el suelo. Sin contar otras cosas ilógicas que no podía procesar en el momento. Trató de buscar en el cielo la estrella matutina que le hubiera permitido orientarse, pero simplemente no estaba allí. Se maldijo a si misma por no haber puesto más atención al maestro de educación física cuando estaba dando las clases de supervivencia. Nunca pensó que las llegase a necesitar algún día.

    Caminó y caminó hasta que se mareó, y se agarró desesperada de su cabello castaño, mientras se acurrucaba y rompía en llanto. Temblaba de frío y sentía mucha hambre.

    —Papá… papá… ¿Dónde estás?—gimió la chica.

    Sabía que nadie le iba a responder, pero la esperanza es lo último que se pierde. Tras unos minutos de silencio por fin se derrumbó, y lloró amargamente, pensando en que quizá jamás volvería a ver a su padre.

    ***​

    El Gimnasio Verde, que estaba ubicado en la zona norte de la Ciudad de los Inicios, era el atractivo turístico que hacía famosa a la ciudad alrededor del mundo. Las instalaciones eran simplemente soberbias, dignas de la reputación que tenían de ser uno de los mejores gimnasios del Mundo Digital, si bien no estaban tan equipadas como las del gimnasio que le habían preparado los digielfos en el Yggdrasill. El ambiente dentro de aquel gimnasio era lo suficientemente animado como para motivar incluso al normalmente taciturno Akira. Tal vez no se trataba del ambiente, sino del hecho de estar rodeados de tantos digimon desconocidos para él. Tenía ganas de hablar con cada uno de ellos, saber cómo eran sus personalidades y sus historias. Pero se contuvo. No era el momento ni el lugar para ello.

    El encargado del gimnasio era un Kabuterimon bastante curtido en el arte del combate. Horrendas cicatrices cubrían su cuerpo, recuerdos de batallas contra salvajes y soldados de los Señores de la Guerra. El duo se acercó al digimon, quien se quedó mirándolos como si fueran bichos raros. Sobre todo a Akira.

    —Buenos días...—el chico se detuvo un momento a ver el analizador de su digivice— Señor... Kabuterimon.

    —Así que los rumores de que había un humano por acá son ciertos—dijo el insectoide con un tono divertido—. Bienvenidos al Gimnasio Verde. No quiero que me tomes por un grosero, pero es raro ver a los de tu clase… o los de la suya—dijo señalando al DORUmon—. Los aparatos de nuestro gimnasio están especializados para entrenar a tu digimon en diversas áreas específicas. Si gustas, puedo ser tu guía en esta sesión.

    Akira asintió y pagó la suma por una hora de sesión. El Kabuterimon los guió a la pista de carreras, donde empezó a darle algunas indicaciones a Shin acerca de como correr de forma adecuada, para que de esta forma pudiese aprovechar el entrenamiento al máximo. Una vez Shin hubo memorizado las pautas, empezó a trotar la primera vuelta, incrementando la velocidad a medida que iba avanzando. El entrenamiento constaría de dos rondas, cada una de cinco vueltas consecutivas. Cuando hubo terminado la primera ronda, el DORUmon estaba empapado de sudor. Sin embargo, el Kabuterimon seguía presionando para que Shin continuase corriendo.

    Mientras, Akira se había alejado de la pista y se había dedicado a observar a los demás digimon que estaban entrenando allí. Resaltaba entre todos DeathMeramon, que según los rumores era el favorito para ganar el torneo que se celebraría en el coliseo esa noche.

    —¡Hola!—la vocecilla de un digimon insectoide interrumpió sus pensamientos.

    —Hola…—respondió Akira mientras miraba en su D-Gauntlet la especie del digimon con el que estaba tratando—¿Eres un KoKabuterimon, verdad?

    —En efecto—respondió este—. Eres el primer humano que conozco… ¿Participaras en el torneo de esta tarde?

    —Eh, no. Simplemente he venido para que mi compañero entrene un rato—dijo señalando al DORUmon, quien ahora estaba entrenando su puntería, disparando sus Metal Cannons contra unas dianas móviles.

    —Una verdadera lástima. Dicen que los humanos son buenos a la hora de pelear—dijo el KoKabuterimon bastante desanimado.

    Akira le devolvió una mirada curiosa. Desde su llegada a la ciudad, los digimon le habían mirado como si se trátese de un fenómeno. Algo digno de admiración o por el contrario una aberración a la que debían temer. Pero ese KoKabuterimon era el primero que se había acercado a hablar con él sin esa clase de estigmas… El pitido que emitió el D-Gauntlet le sacó abruptamente de sus pensamientos. Por instinto presionó el botón que manifestó la pantalla holográfica. El rostro de Magnamon se hizo visible poco después, y por su mirada algo inusual había ocurrido.

    —¡Akira, necesitamos que te movilices ahora!—dijo sin siquiera saludar al muchacho—. Hay otro humano muy cerca al lugar donde te encuentras, ¡Y su entrada en el mundo Digital fue completamente ilegal! No hay nadie de la Alianza cerca, así que tendrás que encargarte de esto.

    Akira no pudo asimilar completamente lo que le habían dicho. ¿Otro humano? ¿Entrada ilegal? ¿Qué estaba pasando?

    —Rápido, ¡lo más probable es que su vida corra peligro, aún cuando los digimon salvajes de File sean más pacíficos que los que viven en los continentes!—añadió Magnamon—. ¡Te enviaré las coordenadas!

    Todo ocurrió demasiado rápido. De repente Akira se vio corriendo hacía la zona de entrenamientos, seguido por KoKabuterimon.

    —¡Sí necesitas buscar a alguien en la isla, déjame ayudarte!—se ofreció el pequeño insecto—. ¡Conozco casi toda la isla como la palma de mi mano!

    —¿¡Eh!? Lo siento, pero esta es una misión importante—le respondió Akira, jadeando.

    —¡Conozco la isla bastante bien! ¡Puedo ayudarles a ubicar a ese humano más rápido!—insistió KoKabuterimon.

    Akira lo meditó rápidamente y terminó aceptando la ayuda del insecto. Si era verdad lo que decía, podían ahorrar tiempo si trabajaban con alguien que estuviese familiarizado con el terreno de la isla. Y una de las tareas de un tamer era improvisar y adaptarse a la situación.

    Ignorante de que estaba siendo observado desde la seguridad de la copa de un árbol por una ágil Renamon, Akira habló con el Kabuterimon entrenador para terminar aquella sesión antes de lo acordado. Renamon había escuchado parte de la conversación, incluyendo la palabra "humano" que tan imprudentemente había gritado el KoKabuterimon.

    —¿Más humanos? El jefe sin duda querrá saber eso… —sonrió mientras hacía señas a un PicoDevimon que estaba junto a ella.

    Este tenía un monitor circular equipado en su cabeza a modo de casco, que le permitía a Renamon comunicarse con su empleador en cualquier momento. El Vamdemon tardó bastante en contestar y Renamon se puso impaciente al ver que Akira y los dos digimon ya se retiraban del gimnasio.

    —¿Algo importante que deba saber?—preguntó el Vamdemon, aparentemente irritado.

    El pequeño PicoDevimon hizo un gesto de resignación mientras Renamon presionaba el botón que le permitiría ser escuchada por el Vamdemon. Al parecer, servir de teléfono no era algo que le gustase mucho.

    —Ya sé a qué vino el humano, jefe—sonrió Renamon—. Estaba buscando a otro de su clase en la isla, y acaba de localizarlo. El chico se dirige en este momento a su encuentro.

    Vamdemon se quedó en shock y luego susurró algo que Renamon no pudo entender muy bien. Algo acerca de una profecía que estaba cumpliéndose. Sin embargo, el vampiro no tardó en recuperar la compostura y emitir órdenes.

    ***​

    La chica no recordaba cuanto tiempo había pasado en su escondite, una especie de estancia tubular metálica que extrañamente era el interior de un árbol. Había caído ahí dentro cuando trataba de huir de un extraño gusano amarillo gigante que había visto en el bosque. Había llorado hasta quedarse dormida, pero la incómoda posición que se había obligado a tomar para que ninguna de sus extremidades se saliera de su refugio le había dejado los miembros entumecidos, y el dolor eventualmente la despertó. Ahora necesitaba estirarse.

    Armándose de valor, la chica se atrevió a asomar la cabeza fuera del refugio. Se aterró al ver que la "corteza" del árbol era falsa y nada solida. Cualquiera que supiera que ella estaba ahí iba a poder entrar sin mayor esfuerzo. Se acomodó lo mejor que pudo para mejorar su postura, pero no se atrevió a salir del árbol. Ignoraba que eso era lo único que necesitaba para que un PicoDevimon, uno de los tantos que Vamdemon había apostado en diversas regiones de la Isla para que le sirvieran de espías, la hubiera visto.

    Al cabo de un rato, dos ominosos digimon de etapa adulta se acercaban lentamente al árbol, mostrando sus encorvadas sonrisas.

    ***​

    DORUmon saltó hacia su izquierda, esquivando el ataque de envestida de un encabritado ShimaUnimon, mientras Akira lanzaba piedras a su yelmo para tratar de llamar su atención. Se trataba de un digimon salvaje que los había atacado tan solo al verlos. Akira supuso que se trataba de alguna especie bastante territorial. Aunque las piedritas que le lanzó no le hacían daño, el digimon caballo se ofuscó lo suficiente para tratar de envestir al joven, dándole a Shin un flanco abierto para un golpe directo en el costado con su “Dash Metal”. ShimaUnimon, sintiéndose en desventaja al tomar al KoKabuterimon como otro combatiente—aunque el escarabajo no había tomado parte de la contienda, limitándose tan solo a actuar como observador—, decidió emprender la retirada.

    —¡Oh, las batallas de tamers son tan geniales como dicen las leyendas!—exclamó emocionado el insectoide mientras seguía al ShimaUnimon con la mirada—. ¡Le han dominado fácilmente!

    —Para ser nuestra segunda batalla contra un digimon adulto, hemos mejorado bastante—sonrió Akira mientras jadeaba de cansancio. Aún no se acostumbraba a tanta actividad física.

    —Bueno, ayuda bastante que los molestes mientras yo les ataco—rió alegremente Shin.

    Akira activó el Gyro-Radar, el gadget de rastreo de su D-Gauntlet, donde un punto rojo apuntaba en la dirección general del lugar donde se suponía estaba aquel humano "ilegal." Akira revisó el terreno cuidadosamente, en busca de algún detalle que le ayudase a encontrar a esa persona. Pero en lugar de eso terminó preguntándose como ese bosque podía ser tan ilógico y al mismo tiempo sentirse tan real. Las raíces-enchufe de los árboles, la extraña caseta de baño que se encontraba entre unos matorrales, cerca de las vías ferroviarias, que carecían de lógica en un bosque donde los árboles estaban tan cerca unos de otros; y las señales de tránsito que nacían en la maleza y que indicaban direcciones al azar. Pero lo que más le impresionaba era esa gigantesca pantalla LCD empotrada en el suelo, la cual informaba a los observadores las rutas que debían seguir para ir a las diferentes regiones con las que el Bosque Inquebrantable limitaba. Todo eso era bastante surreal.

    —¡Akira!—gritó de repente Shin, señalando a un punto especifico entre los árboles.

    Akira y el KoKabuterimon siguieron el olfato del DORUmon hasta llegar a un cráter bastante inusual. El impacto de algo que había caído del cielo.

    —Esto es reciente—afirmó el KoKabuterimon—. He pasado muchas veces por esta parte del bosque, y no lo había visto antes…

    —Entonces esa persona debe estar muy cerca de aquí—comentó Akira rascándose la barbilla. No quería pensar en como un humano podía haber sobrevivido a una caída de ese tipo.

    —Se la llevaron no hace mucho—habló una vocecilla bastante extraña.

    Se trataba de un Kunemon, el mismo digimon gusano que había asustado a la chica horas antes.—Estuvo oculta en ese árbol durante horas, pero hace poco llegaron unos Fuugamon y se la llevaron—continuó el Kunemon.

    —¿Podrías ayudarnos a localizar a esos Fuugamon? —preguntó el pelinegro mientras buscaba en la base de datos de su digivice información acerca de los Fuugamon.

    El Kunemon retrocedió tímidamente, escondiéndose entre los matorrales nuevamente. Akira se dio cuenta que ese digimon no era el único que había estado observándolos. Varias Palmon y dos Tentomon también les miraban desde la seguridad de los arbustos, tratando de ocultarse del joven y su grupo de digimon. Un par de Funbeemon y un Hawkmon se alejaron rápidamente al ver que el chico posaba su mirada en ellos.

    —Son unos cobardes. Ninguno de esos debiluchos te va a ayudar—la dueña de tan arrogantes palabras estaba sentada en la rama de un árbol cercano.

    Shin levantó la mirada hacía aquella digimon femenina que transmitía tanta seguridad en su voz. Su pelaje se erizó al ver su hermosa figura y sus penetrantes ojos azules. Tragó saliva mientras sentía que su pequeño corazón palpitaba más rápido de lo normal.

    —¿Y tú eres… una Renamon, no?—preguntó el tamer al leer la información que mostraba su digivice.

    —Puedes llamarme Ren. Si quieres, puedo guiarte hasta donde están esos Fuugamon—sonrió la digimon zorro.

    —¿Y por qué te ofreces a ayudar cuando los demás se esconden llenos de miedo?—la desconfianza natural de Akira lo forzó a hacer esa pregunta casi de inmediato.

    —¿Son todos los humanos tan desconfiados?—contestó la Renamon mientras saltaba de la rama de donde estaba y caía frente al chico—. Soy la digimon más fuerte de esta región, y me gusta pelear, a diferencia de esos cobardes. Te enfrentaras contra un grupo bastante grande de esos granujas, ¿quieres mi ayuda o no?—su sonriente tono era desafiante y seguro.

    El instinto de Akira le instaba a negarse. Podía sentir que la aparición de esa Renamon era demasiado conveniente, viendo la actitud de los demás habitantes del bosque, pero descartó sus sospechas al pensar que se trataba tan solo de su desconfianza natural.

    —Como quieras… —dijo el tamer, aún dubitativo. Luego se dirigió al insecto azul—. ¿Cuento con tu ayuda, Koh?

    Koh era el apodo que Akira le había dado al KoKabuterimon. El digimon insecto aún no se acostumbraba a ese nombre, así que tardó en percatarse de que se estaban dirigiendo a él.

    —Ah... ¡Claro que sí! He pasado toda mi vida entrenando para probar mi valía alguna vez—respondió luego de un rato el entusiasta insectoide—. Y ahora que puedo luchar junto a un humano de la leyenda, ¡no desaprovecharé esa oportunidad!

    —En ese caso—sonrió el pelinegro—, es hora de armar un plan.

    ***​

    Se encontraban acampando en un claro del bosque, esperando el momento justo para atacar. Habían planeado hacerlo en cuanto la luz del "sol" hubiese desaparecido, para tomar por sorpresa a los Fuugamon y a sus aliados, una pequeña tribu de Goburimon que era oriunda de esa región del bosque. Ren, la Renamon, les había dicho que ese era el camino más seguro a la zona donde la tenían, un sector donde la Laguna Ojo de Dragón se internaba en el Bosque Inquebrantable, ya que los Goburimon generalmente dejaban ese punto desprotegido. Akira se había alejado prudentemente del lugar donde los otros acampaban, disfrutando cuando podía de su apreciada soledad.

    Tu potencial es demasiado grande. Es más... aplastante que el del otro que invocaron los Ángeles—escuchó de repente una voz en su cabeza. Una voz masculina muy refinada y fuerte pero serena a la vez.

    —¿Qué está pasando?—fue la primera reacción de Akira.

    Se volteó a ver al campamento para asegurarse de que no fueran Shin o Koh quienes le hablaban, pero como sospechaba ellos no se habían movido de aquel lugar. Se encontraban comiendo las manzanas azules que Shin había traído del Continente Mainframe. Renamon estaba en un árbol cercano al campamento, vigilando la zona, además de que no podía ser ella porque la voz era claramente masculina. Su instinto le decía que la voz le hablaba directamente a su cabeza, como aquella vez cuando habló con Yggdrasill.

    Akira dirigió su mirada a los árboles que estaban al oriente del campamento. Por unos segundos, tan solo el aullido del viento y el sonido producido por el mecer de las hojas era lo único que podía oír. Parecía como si no hubiera pasado nada, o el ser al que el pelinegro había sentido ya se hubiera esfumado. Sin embargo, Akira se volteó secamente, por instinto, a la copa de uno de los árboles.

    ¡Tu poder es sorprendente! ¡¡Es genial!!—dijo la voz, resonando nuevamente en su cabeza—. Haz sido capaz de detectarme, pese a que mi 'brujería' me mantenía oculto.

    "Dime… ¿qué quieres de mí?", pensó el muchacho. No alcanzó a decirlo cuando percibió que aquel ser había logrado leer sus pensamientos.

    Solo quería conocerte. Sentí curiosidad al percibir tal poder en este bosque, y quería saber quién era su dueño... —sonrió la voz.

    Akira permaneció en silencio, al no saber qué era lo que estaba pasando.

    Ha llegado el momento de que la profecía oscura se cumpla… y entonces, el equilibrio que ha sido roto por los poderes de la luz volverá a restablecerse.

    “Nuevamente, una profecía” pensó el joven. —¿Qué es exactamente esa profecía? —preguntó en voz baja.

    ¿Oh, estas interesado en ello? No es momento aún… la hora de que rescates a esa niña ha llegado. Y yo estaré esperando el momento en el que nos volveremos a ver—contestó la voz, mientras se desvanecía de la mente del joven.

    El chico pudo ver la forma de un digimon humanoide trajeado con una estrafalaria capa desintegrarse en una miríada de murciélagos, los cuales se perdieron en el firmamento.

    —¿Pasa algo, Akira?—Shin, habiendo percibido que algo extraño pasaba con su tamer, había decidido acercarse.

    —Oh, no pasa nada, Shin—sonrió el tamer, tratando de ocultar su confusión. Luego dirigió su mirada al reloj empotrado en el D-Gauntlet—. Creo que ya es hora…

    ***​

    Akira y los suyos atacaron a los bandidos, un grupo compuesto por dos Fuugamon y diez Goburimon, mientras estos estaban disfrutando de una cena de dudosa procedencia. Mientras Koh hacía frente a los Goburimon, a los cuales superaba en poder con creces, Shin y Ren fueron a por los Fuugamon. Renamon fue quién tomó la iniciativa, golpeando a su oponente con su "Kosengeki," una poderosa patada que envió al Fuugamon contra un árbol, y luego lo remató usando el "Koyousetsu," su técnica principal que consistía en invocar hojas extremadamente filosas y luego enviarlas a su objetivo, las cuales destajaron y mutilaron al pobre digimon ogro en cuestión de segundos, reduciéndolo a simples paquetes de datos. Luego de haber absorbido la información del digimon muerto, Renamon se dirigió a ayudar al KoKabuterimon.

    Por su parte, Akira enviaba órdenes a DORUmon a través del D-Gauntlet. Era la primera vez que usaba esa modalidad del digivice, y agradeció mucho que aceptara comandos de voz, pues en una situación así su velocidad de tipeo hubiera causado la muerte de su digimon. Gracias a esto, Shin podía esquivar los rápidos mazazos del Fuugamon, los cuales destrozaban el suelo cada vez que el ogro erraba su objetivo. El chico también insultaba al digimon adulto y le lanzaba piedras, pero no había ningún efecto esta vez. A diferencia de los anteriores digimon con los que habían luchado, Fuugamon no se inmutaba con las provocaciones de Akira, enfocado únicamente en acabar con el DORUmon.

    —¡Al parecer, esa táctica ya no es tan útil!—gruñó Akira.

    Pero Shin recordaba las lecciones que había aprendido del Kabuterimon del gimnasio en la Ciudad de los Inicios, y pronto comenzó a ganar suficiente distancia como para arriesgarse a usar su técnica más poderosa. El "Metal Cannon" era una técnica bastante eficaz, incluso contra digimon adultos, pero para usarla a su máximo potencial necesitaba acumular energía durante un rato, lo que le dejaba indefenso. Una vez se hubo distanciado lo suficiente, se detuvo y cargó su ataque.

    Mientras el Fuugamon avanzaba rápidamente hacía él, Akira solo podía mirar impotente la situación. No se le ocurría ninguna forma de ayudar a su camarada.

    Pero esta vez Shin no necesitaba ayuda. La distancia que había logrado ganar había sido la suficiente para cargar un "Metal Cannon" medianamente poderoso, y dado que Fuugamon había dejado completamente abierta su defensa mientras le embestía, el golpe directo de la bola de metal lo derrumbó de un solo golpe. DORUmon saltó y lo remató con su "Dash Metal", disparando sus bolas de metal directamente a la cabeza del ogro, aniquilándolo al instante. Shin se dejó llevar por su frenesí y aulló salvajemente mientras absorbía los datos del Fuugamon caído.

    En el otro lado del campamento, Renamon y KoKabuterimon habían terminado de derrotar a los Goburimon. Aquellos que no habían sido derribados, huían velozmente al ver a sus cabecillas derrotados.

    Ahora que no debían preocuparse por la batalla, el grupo inspeccionó el campamento. Akira se dirigió directamente a donde estaba la chica, una tienda de campaña improvisada donde la tenían maniatada. Aunque estaba inconsciente, no tenía ninguna herida visible y parecía haberse desmayado más por el susto que por otra cosa. Akira reconoció los rasgos orientales de la niña mientras la liberaba de sus ataduras.

    —Así que eres china… —susurró intrigado el joven.

    —Un… ¿Un humano?—preguntó la niña, recuperando lentamente la conciencia.

    Pero se volvió a desmayar de nuevo. Parecía bastante débil y estaba demacrada, como si no hubiese comido en días. Akira tuvo que cargarla para sacarla de allí, y se sonrojó bastante, ya que esta era la primera vez que estaba tan cerca de una mujer que no fuera su hermana, su madre o... Maaya.
     
  6. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    PRELUDE FOR WAR


    "Neon Oracle Labs es uno de los complejos tecnológicos más importantes del mundo, con el propósito de investigar el Mundo Digital y los misteriosos seres que lo habitan. Cuando los primeros expedicionarios llegaron a éste mundo, les pareció un lugar con mucho potencial para la investigación y desarrollo de nuevas tecnologías. Sin embargo, cuando fueron descubiertos los 'monstruos digitales', mejor conocidos como digimon, fue que se pensó en desarrollar tecnologías en este mundo con fines militares.

    "Es por eso que, desde hace tres años, creamos una pequeña 'sucursal' en el Mundo Digital para facilitar su investigación a fondo. Luego de variados y minuciosos experimentos, llegamos a la conclusión de que los digimon son seres bastante influenciables por los humanos, pero más especialmente, tienen una increíble relación con los jóvenes. Por esa razón nos hemos aliado con el Instituto Neo Arkadia, para atraer a todos los jóvenes superdotados del mundo y crear nuestro ejército de tamers.

    —¿Jóvenes?—preguntó el delegado trajeado de negro—. Debo admitir que su equipo ha hecho un buen trabajo. Desde el portal G-1 hasta estas maravillosas instalaciones… Sin duda su nivel es mucho mayor que el de cualquier otro país que está trabajando en el proyecto. El dinero de nuestra nación no ha sido mal invertido. Pero dejar esta guerra en manos de los niños, profesor… —el delegado se detuvo, pues aún no había memorizado bien el nombre de su anfitrión.

    —Kimaira—sonrió el científico.

    Mr. Anderson se acomodó los lentes oscuros, tratando de entender lo que Kimaira le había explicado. Pero el delegado de la división de ciencia y aplicaciones militares no era entendido en tales cosas. Vestido de negro como los agentes del servicio secreto de su país, para él las cosas de ciencias no eran nada sencillas. De repente se fijó que una sustancia gaseosa envolvía el aire del "ascensor" donde se encontraban.

    —¿Me puede explicar qué es ésto?—preguntó bastante nervioso. Su país era famoso por ser muy paranoico.

    —Es un parche especial—respondió Kimaira, en tono divertido—. Como le he explicado en mis informes pasados, al pasar por el portal nuestros cuerpos sufren una transformación a nivel cuántico que transforma nuestra estructura atómica en datos… Prácticamente, ahora somos bases de datos. Este parche ayuda a que nuestros cuerpos se hagan digitales sin sufrir ninguno de los efectos secundarios del Mundo Digital. Los pioneros relataron en sus crónicas que eran susceptibles a los virus informáticos y a los bugs, y que los digimon algunas veces reaccionaban muy violentamente ante un humano, debido a lo influyentes que son nuestras emociones en ellos. Pero esos incidentes han desaparecido desde que nuestro equipo ideó este parche. Además, también nos permite entender el idioma de los digimon—sonrió.

    —Eso es tranquilizador...—suspiró aliviado Anderson.

    Cuando salieron del portal, Kimaira guió al delegado a un pasillo metálico cuyo suelo estaba equipado con una banda corrediza, así que no necesitarían caminar para llegar a su destino. El científico de cabello plateado le fue explicando las funciones de los diversos cuartos de investigación que iban encontrando en el trayecto, aún cuando Mr. Anderson se mostraba poco interesado en escucharle.

    Neon Oracle Labs era un conglomerado científico privado, fundado por los Wahrheit, una familia de la nobleza austriaca reconocida mundialmente debido a los notables científicos que habían nacido en el seno de ésta desde que había sido fundada en el siglo XVIII. Los Wahrheit habían sido los primeros en adentrarse en el riesgoso campo de las investigaciones del Mundo Digital, un mundo que los humanos habían descubierto recientemente. Varios países aportaban cuantiosas sumas de dinero para patrocinar los diferentes proyectos científicos que se llevaban a cabo en este lugar, y los directivos de Neon Oracle respondían directamente al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

    Neon Oracle era responsable de la creación de nuevas tecnologías en el campo de las telecomunicaciones y la computación. Y ramas de la tecnología que no se hubieran podido implementar con la limitada tecnología humana, como las derivadas de la mecánica cuántica, al fin eran posibles gracias a la interacción con el Mundo Digital, aunque el campo era todavía demasiado joven y no había avanzado demasiado. También se investigaba como se podía usar la misteriosa maleabilidad del Mundo Digital en el campo de la medicina, con resultados similares.

    Sin embargo, cierta superpotencia mundial tenía algunas inversiones de naturaleza secreta con los laboratorios, pues su meta era crear armamento mucho más sofisticado del que le que permitía la tecnología actual del mundo humano. Su raison d'être era bastante obvia: la eventual dominación global.

    —Como verá, Mr. Anderson, los digimon están muy relacionados con los jóvenes—comentó Kimaira en algún punto de su trayecto—. Sean niños, sean adolescentes, incluso jóvenes que estén en la veintena. Las criaturas se vuelven más fuertes gracias a los 'corazones' de estos, por llamarlo de algún modo. Los sentimientos de un joven son capaces de desatar los procesos de evolución que le detallé en mi informe del mes pasado. Entonces, si creamos un ejército de tamers, ¡pronto seremos la potencia más poderosa de este mundo!

    —Cuando se refiere a 'seremos', estará hablando de mi país, ¿no es así? — recalcó Anderson.

    —Es así, Mister—respondió el sagaz científico con una hipócrita sonrisa.

    Finalmente la banda corrediza los llevó a un cuarto de aquel establecimiento. Aquél cuarto era enorme, Anderson se sentía como un enano al mirar al techo. Allí los esperaba un joven notablemente robusto, de más o menos dos metros, usando una extraña vestimenta de batalla; se trataba de un atuendo enterizo negro, hecho de un material muy resistente y flexible, y su armadura era blanca. Esta armadura, de un estilo muy futurista, le cubría el pecho, los hombros, los brazos y las piernas. También llevaba un cinturón blanco que le recordó a Anderson al de cierto personaje de los comics.

    El joven en cuestión era Zeus Wahrheit, el menor de los hijos del patriarca Wahrheit. En la veintena, de complexión muy madura para su edad, en sus grandes y claros ojos se podía notar el total de sus ambiciones. Alto, su cabello rubio le daba un aire juvenil, que contrastaba con la madurez que aparentaba su rostro. El joven los saludó con un gesto jovial y arrogante, mientras los guiaba a un elevador, el cual los llevó a una planta subterránea.

    De allí prosiguieron hasta llegar a una sala grande, posiblemente algún cuarto de reuniones secreto, pues el delegado no recordaba haberlo visto en el mapa del sitio que le habían provisto cuando aún estaba en el mundo "real". Al entrar, Anderson se percató de que había otros tamers reunidos allí. Eran todos casi niños, si se les comparaba con Wahrheit. Todos llevaban la misma armadura de Wahrheit, solo que las partes blancas del uniforme de Wahrheit eran de un color grisáceo en el de ellos.

    —Me gustaría que me dijeras quiénes son estos chicos—sugirió Anderson a su anfitrión.

    —Desde luego—sonrió Kimaira—. Como sabrá, trajimos a este mundo a 120 candidatos, niños y adolescentes, todos seleccionados de las diferentes sucursales del Instituto Neo Arkadia alrededor del mundo, para formar a nuestra armada, los "Digimon Busters"—parecía bastante orgulloso del nombre de la unidad, pero a Anderson le pareció bastante... friki—. Ellos han sido seleccionados de entre los demás candidatos para formar parte del grupo élite de nuestro ejército de tamers. La Unidad Spartan. Han sido equipados con lo último en nuestra tecnología. Estas armaduras que ve usted, son hechas con un nuevo material llamado 'Digitium', que ha sido creado por los investigadores de Neon Oracle Labs en París.

    Luego, Kimaira dirigió la mirada a Zeus. Este sacó una especie de cronometro que estaba empotrado al lado izquierdo del pectoral de su armadura y se lo entregó.

    —Los digimon tienen mitos acerca de humanos que ya habían venido antes a este mundo. Es algo teóricamente posible, pero supongo que usted no está interesado en la mitología digimon en este momento—sonrió Kimaira al ver la cara de confusión de Anderson, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar—. Estos humanos de la leyenda usaban un extraño aparato, que los digimon consideran una tecnología perdida, que se usaba principalmente para que las razas primitivas de los digimon pudiesen comunicarse con los humanos. Lo llamaban 'digivice'. Hemos tomado la información que encontramos en unas ruinas antiguas muy cerca de donde hemos instalado nuestra base, y lo hemos reconstruido como mejor nos fue posible. Nuestra versión, el versátil D-S3 Hind, que posee las funciones de un micro computador—dijo Kimaira mientras le daba el aparato, pero el delegado tan solo se limitó a mirarlo—. Además de eso, les hemos dado a nuestros Spartan la oportunidad de escoger y entrenar a sus propios monstruos.

    Anderson sonrió, haciéndose el entendido cuando apenas si había podido asimilar que habían modificado un aparato antiguo. Kimaira se percató de ello pero no dijo nada.

    Kimaira le invitó a sentarse mientras un Kamemon entraba por una pequeña puerta de servicio con una cafetera humeante. Anderson abrió los ojos como platos al ver a la inverosímil criatura de primera mano. Aunque había leído de los digimon en los reportes de Kimaira, otra cosa era verlos cara a cara. De la mesa salieron unos pocillos que estaban ocultos en su interior, y mientras el Kamemon vertía el aromático liquido, el delegado y los jóvenes se sentaron en sus respectivos puestos. Otra puerta se abrió de repente, dejando entrar a otro grupo de digimon, los cuales se quedaron parados atrás de las sillas de sus respectivos tamers—excepto uno, que era del tamaño de una pelota de béisbol, con manos de reptil y un yelmo de hueso cubriendo la mayoría de su cuerpo, que se subió campante a la mesa—cual soldados de cualquier ejercito humano.

    —Increíble, simplemente increíble—se rió el delegado—. Han logrado entrenarlos incluso. ¡Y qué disciplinados son!—Anderson no cabía en sí de la sorpresa.

    —A él ya lo conoces, es Zeus Wahrheit, el mayor de todos y líder de los Spartan y el resto de los Digimon Busters—el científico empezó con las presentaciones—. Aquél es "Kryos". Su verdadero nombre es Tanaka Hiei, hijo del desaparecido Tanaka Daigo, uno de los pioneros en el campo de investigaciones del Mundo Digital. Es una verdadera lástima lo que le pasó, pero es bueno saber que su hijo se esfuerza por honrar la memoria de su padre—sonrió Kimaira al señalar al joven de cabello negro e hirsuto, mirada severa y gesto aburrido.

    Un WereGarurumon se encontraba detrás suyo, y Anderson no pudo evitar notar que el digimon se había sobresaltado cuando Kimaira habló del presuntamente muerto señor Tanaka.

    —La bestia que está detrás suyo es un WereGarurumon—habló por fin Zeus, sorprendiendo a Anderson, quien ya lo había creído mudo.

    —Aunque sea un poco desobediente, es uno de nuestros mejores candidatos—agregó Kimaira al darse cuenta de que Hiei no iba a hablar.

    Continuó su presentación señalando a la rubia ojiverde que estaba al lado del chico. Justo, la tamer del digimon del tamaño de la pelota de béisbol.

    —Ella es Ulli Janssens, nombre en código, "Rex". Su compañero es MameTyramon.

    La chica era bastante despampanante para su edad, y Anderson tuvo que forzarse a recordar que podía tener la misma edad de su nieta para quitarse esos pensamientos de la cabeza.

    —Y allí está código "Golem", cuyo nombre real es desconocido incluso para mí. Es información clasificada, de acuerdo a los reportes de sus superiores, Mr. Anderson. Su Digimon es ese Boltmon—continuó Kimaira, señalando a un digimon humanoide de piel verde, que le recordaba al monstruo de Frankestein.

    Al lado del Frankestien, había un centauro, cosa que desconcertó a Anderson.

    —Y ese de allí es código "Hoplite", cuyo verdadero nombre es Tristan Wheeler. Su compañero es Centalmon.

    Tristan era blanco, de cabello castaño y mirada pacifica y tranquila, tenía unos 16 años. Respecto a "Golem", éste llevaba el yelmo de la armadura puesto, un casco muy tecnológico de de color gris, con seis cámaras de lente rojo que simulaban ojos y le daban un aspecto aterrador. No había forma de distinguir su nacionalidad debido a ello.

    Esto dejaba solo a una última candidata sin presentación. Una chica hermosa de unos 12 o 13 años a lo sumo, de grandes ojos miel y cabello negro rizado que le llegaba hasta los hombros. De todos allí, esta chica era la única que transmitía la misma aura de grandeza que tenía Zeus.

    —Y estoy seguro que ya sabe quién es ella—dijo Kimaira con reverencia—. Hida Maaya, la hija del Primer Ministro Hida. Su nombre en código es "Pandora" y su compañero es ese Matadrmon.

    El digimon al que señalaron era un humanoide de forma imposible, hecho de... ¿cuchillas? y vestido con ropas holgadas.

    La chica le devolvió una mirada indiferente, pero para Anderson eso era algo normal en alguien de su posición. No se lo tomó como algo personal. Además ya estaba bastante confundido tratando de asimilar la presencia de los digimon. Terminó por decidirse a no hacer preguntas innecesarias y enfocarse en los niños. Al fin y al cabo, les estaba dejando en las manos el dinero de su país.

    —Nuestro gobierno quedara satisfecho—rió tímidamente Anderson—. Pero, dime Zeus, ¿quién es tu compañero? No lo veo en la sala.

    —Deberá observar por esta ventana, ya que es demasiado grande para hacerlo entrar acá—respondió el aludido mientras presionaba un botón que estaba en la pared, y esta se volvía transparente, dejando entrar luz en la oscura sala.

    El cristal dejo ver una gran bodega, con varias escaleras y plataformas rodeando a un dragón mecánico rojo, que se encontraba conectado a varios servidores monitorizados por un puñado de técnicos humanos y unos digimon con forma de engrane, que estaba seguro que se llamaban 'Hagurumon'.

    Al sentir el cambio en el ambiente, el digimon rojo encendió sus ojos y dirigió su mirada directamente al delegado.

    ***​

    Dukemon observaba un mapa del Mundo Digital en una gigantesca holo-pantalla, la cual mostraba la situación de las guerras en los diferentes continentes. Las áreas invadidas por los ejércitos de los Señores de la Guerra estaban en rojo, mientras que las que estaban bajo el poder de la Alianza estaban en azul. Los sectores que quedaban en verde eran aquellos donde aún no había ocurrido una batalla, y en el Continente Mainframe esos puntos eran sorprendentemente escasos.

    —Me pregunto en qué están pensado los Siete de la Alianza… —se dijo a sí mismo el caballero santo mientras miraba unas lecturas especiales en la pantalla—. Están atacando deliberadamente a los digimon oscuros del continente. Eso puede ser tomado por los Señores de la Guerra como una excusa para continuar su propaganda anarquista…

    —¡Ja! Es lo normal que esos amantes de la luz maten digimon oscuros sin pensar siquiera en las consecuencias de sus actos—dijo una voz conocida.

    Omegamon y Duftmon—quién había hablado había sido este último—entraron en el área donde estaba la gran pantalla, un vacío azulado iluminado por patrones verdosos en forma de circuitos en el suelo, y secuencias de ceros y unos de un fluorescente color blanco, que flotaban circularmente en el "techo".

    —¿Tan pronto de regreso, mis amigos?—preguntó Dukemon.

    —En efecto. Gankoomon y su aprendiz decidieron quedarse para ayudar a los damnificados, pero yo no tengo nada que hacer en una zona de conflicto donde éste ya se terminó—respondió Omegamon.

    —Y yo prefiero encargarme de la logística. No tengo el don de gentes de Gankoomon—dijo tranquilamente Duftmon.

    —¿Es tan grave como lo muestran estos datos? —preguntó de nuevo Dukemon.

    —Sí. Hasta donde Intel pudo averiguar, el asalto lo iniciaron los digimon oscuros. Es un patrón que se ha repetido por semanas. Sin embargo, los celotes de la Alianza no están ayudando mucho a mejorar la opinión publica. Atacan con fuerza brutal, sin consideración para las zonas aledañas y sus habitantes. Como dices, esto será usado por el elocuente HiAndromon para promover los ideales de su "emperador" de las maquinas—dijo Duftmon, pronunciando emperador con un dejo de ironía.

    —Aún así, hay algo aquí que no estamos viendo—Dukemon extendió su lanza de luz hasta el mapa, y dibujó con esta unos patrones—. Los ataques de los demonios solo ocurren en zonas costeras e islas… es cuanto menos interesante. Yo, Dukemon, debo ir a hablar con los Siete ahora mismo.

    —Sabes que no podremos intervenir hasta que haya una guerra abierta. Ese fue el tratado que hicimos—le interrumpió secamente Omegamon—. Pero tienes razón respecto a los patrones de los ataques. Yo mismo tiendo a pensar que aquí huele a Tailmon encerra…

    Un pitido bastante familiar interrumpió al caballero santo, mientras pantallas holográficas se manifestaban enfrente de los tres. En ellas, había un mensaje de texto que los urgía a reunirse en la Cámara Redonda. Una vídeo conferencia de la más extrema urgencia estaba a punto de iniciar.

    ***​

    La Cámara Redonda se encontraba en una estancia fría y oscura del Yggdrasill, no tan diferente del área donde los tres caballeros sagrados habían tenido su conversación. Era llamada así por el semi-circulo de pantallas que se encontraban flotando en el centro de la zona, cada una específicamente programada para sintonizar la frecuencia de uno de los Royal Knights. Se suponía que debía haber trece, pero donde debían ubicarse las dos últimas solo había un vacío que rompía el círculo de pantallas.

    —Dijiste que era urgente, Magnamon, así que espero que sea algo importante—saludó Lord Knightmon con indiferencia—. Sabes que estoy bastante ocupado vigilando el Bosque Palette, que justo ahora es el escenario de una carnicería entre los Señores de la Guerra locales.

    —Así mismo, yo tengo las manos llenas ayudando a las víctimas de la ultima escaramuza de la Alianza—comentó Gankoomon de mal humor.

    —En ese caso seré breve—dijo Magnamon—. Hubo una brecha en la barrera. Hemos identificado al menos a dos humanos ilegales. Akira se hizo cargo de uno, que llegó a la Isla File, pero el otro está en la zona central del Continente Mainframe.

    —¿Más humanos?—exclamó Duftmon con desdén—. Primero están esos que construyeron su base en las montañas Hardrive, y luego los de la Alianza. Hay demasiada interferencia humana en nuestro mundo. ¿Estamos en algún tiempo "predicho" por la voluntad de Yggdrasill?

    —Cómo si no tuviéramos otras cosas de las que preocuparnos...—comentó con sorna Sleipmon, y otros caballeros asintieron con risas burlonas.

    —El tratado de no interferencia sigue en pie. Si la Alianza no puede controlar a los humanos, entonces actuaremos. Pero no antes—declaró Omegamon—. Hagan que Akira traiga al humano que tiene en su poder. Ya nos haremos cargo del otro en su momento, si la Alianza no hace algo antes. Se supone que los humanos son su jurisdicción.

    El silencio que siguió a las palabras de Omegamon significaba que no había más de que hablar. Las pantallas se fueron apagando una a una, mientras el semi-circulo continuaba girando lentamente en la oscuridad del frío kernel.

    ***​

    Ren, la Renamon, terminó de atar a los Goburimon que habían sobrevivido al encuentro, pensando en dejarlos allí como regalo a los depredadores o a los policías de la Ciudad de los Inicios, que de vez en vez salían a espantar a los bandidos que se atrevían a acercarse demasiado a ésta. Koh, el KoKabuterimon, inspeccionaba el campamento en busca de algo que pudiera exhibir como trofeo de guerra, pero solo había encontrado basura y baratijas. DORUmon tan solo observaba el agua de la Laguna Ojo de Dragón, extasiado por algo que tan solo él podía saber que era.

    Akira por su parte se encontraba en la tienda de campaña, cuidando a la chica sin nombre, cuya debilidad se notaba por la forma en cómo respiraba. Algo raro le estaba pasando y el joven no sabía muy bien que debía hacer. Para su suerte, Magnamon le había llamado no hacía poco, y ahora estaba reportando lo que había pasado. Se cuidó de omitir la aparición del misterioso digimon en el bosque, pensado que era mejor reportarlo cuando regresase al Yggdrasill.

    —Y eso es todo—finalizó, mientras trataba de determinar la temperatura de la joven—. Creo que tiene fiebre, pero no sabría decir que tanta…

    —Está bien, nosotros nos encargaremos de eso aquí —replicó Magnamon tranquilamente —. Lo más probable es que el código que compone su base de datos se haya corrompido. Suele pasar cuando fuerzas tu entrada en este mundo.

    —¿Ya ha pasado antes?—preguntó el joven bastante curioso.

    —Desde estar familiarizado con los "humanos de la leyenda", ¿no? —respondió Magnamon con aires de sabelotodo —. Bueno, además de ellos, otros humanos han venido a este mundo en tiempos pasados. Pero quienes fuerzan su entrada por la barrera dimensional en lugar de usar los caminos correctos… bueno, no terminan tan bien. Tienes que llevarla al centro del campamento. En cinco minutos activaremos el teletransportador. Trae a esos digimon que están contigo. Ahora que han estado en contacto con esa humana, deben ser tratados de inmediato. Eso incluye a los Goburimon que quedaron con vida.

    —¿Tratados? ¿De qué hablas?—preguntó Akira intrigado.

    —Tienes un parche de seguridad en tu base de datos, que ayuda a que entiendas el idioma digimon y al mismo tiempo mantiene bajo control la influencia que puedes ejercer en ellos. Esa chica no. Ya hemos avisado a la ciudad, estarán ejecutando un programa en el bosque para vacunar a los digimon que estuvieron cerca de ella. Pero esos Goburimon tuvieron contacto directo, esa vacuna no funcionará con ellos.

    —Entiendo—respondió el tamer. Recordaba esa lección donde Magnamon le había hablado de la influencia que tenían los sentimientos humanos en los digimon y su patrón de comportamiento—. ¿Y los Señores de la Guerra? Digo, vamos a usar el teletransporte...

    —Han sido notificados de la presencia de la humana. No tuvieron más opción que acceder. Tienes cinco minutos. Cambio y fuera—la pantalla holográfica se desvaneció rápidamente.

    Akira salió de la tienda de campaña cargando a la muchacha que aún estaba inconsciente, y la dejó al cuidado de Renamon, mientras le avisaba a ella y al KoKabuterimon de los planes a seguir. Luego fue a donde estaba Shin, el cual todavía estaba buscando algo en el lago. Al mirar en las aguas, Akira de nuevo se extrañó de la misteriosa naturaleza del Mundo Digital. El agua parecía estar estática, pero al mismo tiempo se movía, su superficie demasiado distorsionada como para que los reflejos se mantuviesen nítidos por mucho tiempo. La misma imagen de Akira se pixelaba por instantes. Era como ver una imagen en un televisor que no captaba bien la señal.

    —Me pregunto por qué el lago se ve azul, si al tomar el agua esta se hace transparente… —dijo Shin de repente.

    Akira le sonrió, con ganas de contestarle aunque no lo hizo. Sabía que la lógica del mundo humano no aplicaba al Mundo Digital, así que era mejor no confundir al pequeño Shin. Aunque encontrar una similitud de cómo funcionaban las cosas en ese mundo le pareció por lo menos curioso.

    Ambos regresaron al campamento a tiempo para ver caer la columna de luz desde el cielo. Se trataba de una ráfaga de energía tubular que irradiaba una luz blanca, y en cuya estructura se podía ver una serie infinita de códigos escritos en diferentes runas del digicode. Era el rayo de teletransportación de emergencia, el que se usaba en puntos que no tenían puertos conectados al Yggdrasill. Akira tomó nuevamente a la muchacha y los tres digimon se encargaron de hacer mover a los prisioneros. Al instante en que el tamer tocó la luz, sus datos se desintegraron y fueron enviados a la velocidad de la luz al Yggdrasill. Cuando todos los digimon hubieron entrado en la columna, esta se desvaneció al instante.

    A lo lejos, Vamdemon observaba como el programa de vacunación de la Ciudad de los Inicios comenzaba a hacer efecto en el bosque. Solo una serie de códigos amarillos que se movían en el aire neutralizando los efectos negativos que trajera la humana, si los hubiera. El código pasó por su cuerpo, causándole una sensación de estar sumergido en una corriente de electricidad estática por unos segundos. Luego, levantó su mirada al cielo. El disco que flotaba más allá de las nubes era casi invisible.

    —Hacer que esos mercenarios capturaran a la chica valió los bits invertidos—sonrió el vampiro—. Ahora que Renamon ya está infiltrada, es hora de prepararnos para el advenimiento de la profecía oscura.

    Vamdemon transformó su cuerpo en una bandada de murciélagos y se dirigió a su hogar, en la región Overdell, mientras los códigos amarillos seguían esparciéndose por el Bosque Inquebrantable.

    ***​

    Más allá de las Montañas Pixeladas, donde el día es oscuro y las nubes rojas cubren la luz del disco que flota en el cielo, estaba una extraña construcción, un salón gigante como la nave de un inmenso castillo, perdido entre los recuerdos de civilizaciones muertas y los susurros de aquellos que hablan en la oscuridad. En las columnatas y arcos que decoran su interior había varios monitores unidos unos a otros como si fuesen los ramilletes de las viñas, solo que pegados a las paredes con cables de silicio en lugar de verdes tallos. Transmitían códigos binarios constantemente, sin parar o interrumpir en algún punto la secuencia. Una especie de mensaje que nadie podía ver, pues nadie sabía dónde estaba aquel templo. A lo lejos, en la roca viva de lo que parecía ser un túnel, habían varias construcciones metálicas, las bases y cimientos de edificios que estaban empezando a ser construidos pero nunca fueron terminados. Y también varias escaleras que iban a la cima, un punto brillante en la bóveda del techo, si bien muchas de estas escaleras terminaban abruptamente en un punto, mientras otras continuaban su camino a la brillante luz.

    La luz daba pie a otra caverna, en la cual había un gran agujero que daba al horizonte. El paisaje que se podía ver a través del agujero era simplemente de otro mundo. Una pradera muy hermosa, con las montañas en el horizonte y un árbol gigantesco y frondoso acaparando todo el panorama. Un árbol colosal, que aunque se encontraba a kilómetros de allí, era tan grande que parecía cercano. Y en el cielo, lo que parecían ser transistores, chips de silicio, circuitos y otros elementos digitales flotaban en la bóveda celeste. Más allá de las nubes, lo que parecía ser el "sol" era un gran disco de cuatro partes, que oscilaba incesantemente.

    En la pared contraria al agujero estaban los fragmentos de una gran tableta de piedra, cuya superficie tenía escritos en runas de digicode antiguas. Un lenguaje muerto que ya pocos hablaban. En las runas habían un mensaje del pasado que concernía al futuro, uno que los sabios de la Alianza desconocían, pues estas piedras eran parte de la profecía, pero no la suya, que cantaba las canciones de los hijos de la luz. Ésta narraba la historia del campeón de la oscuridad, el heraldo de la nueva edad oscura que estaba por venir.

    —El momento ha llegado… el advenimiento del "Oscuro" es inevitable —dijo el dueño de un huesudo brazo gigante, cuya mano palpaba la superficie de aquella piedra grabada en relieve, buscando la sabiduría que los antiguos habían puesto en ella—. La edad de luz de la Alianza está llegando a su fin, así como ellos pusieron fin a nuestra edad oscura...

    La voz pertenecía a un imponente digimon humanoide, de tez morena y barba negra, larga cabellera blanca y tres cuernos rojos. La mitad de su rostro estaba cubierta por una máscara hecha del mismo material de su brazo, en la que estaba incrustado un ojo de incandescente color carmesí, contrastando con su tranquilo ojo izquierdo de color ambar. A su lado, una Angewomon y una LadyDevimon lo escoltaban, y tras de sí, la misteriosa estatua de una Diosa de eras pretéritas.

    —¿Es el momento de actuar, mi señor?—preguntó la Angewomon emocionada, con un tono inocente.

    —Estamos dispuestas para llevar a cabo sus órdenes, oh, Sabio de la Oscuridad—agregó LadyDevimon con una sonrisa lujuriosa.

    El Sabio sonrió.—Nada puede detenernos ahora. La Profecía Oscura se ha puesto en movimiento. Y nosotros debemos dar nuestro primer paso.

    En medio de aquella misteriosa caverna, la maquiavélica risa del ángel caído resonó como el eco de la mismísima oscuridad.
     
  7. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Chronicle ~ Side B: 1
    DREAMS OF INFINITE LIGHT


    Luz dorada… era todo lo que podía ver. Infinito y áureo resplandor que le bañaba con su calidez, un mar de compasión y sabiduría. El origen, una entidad suprema, incomprensible, impasible, inmóvil, cual estatua de un Buda en el trono de su templo, ataviado de oro y collares de cuentas. Pero su trono era de luz y su templo aquél reino de paz infinita en el que se encontraba. ¿Sería un sueño? De un momento a otro había cruzado el umbral de un antiguo santuario y la realidad parecía haber desaparecido al otro lado, en su lugar ese resplandor, ese paraíso armonioso. El joven de ojos grises miraba al ser sin poder entender su naturaleza; primero le creyó estatua, en instantes se dio cuenta de su error al sentir aquél poder, vasto como el océano, aquella imperiosa voluntad que sin embargo no le causaba terror sino el más profundo asombro y admiración.

    El ser le había dado la bienvenida con un solo movimiento, sus manos antes colocadas suavemente sobre su regazo simbolizando su meditación adoptaron la marca de la protección, su diestra levantada a la altura de su hombro derecho, la otra extendida hacia abajo, ambas pegadas al cuerpo, mostrando las palmas y con éstas sus buenas intenciones coronadas por la más suave de las sonrisas.

    Era la primera vez que ponía un pie en aquél reino y sin embargo, aún sin comprenderlo, podría jurar haber visitado al ser supremo antes, muchas veces. ¿Lo estaría soñando? ¿O es que ya había estado allí y lo había olvidado, pero su corazón le permitía percibir la realidad? No sabía que pensar al respecto pero no era importante, en aquél reino de luz todas esas preocupaciones resultaban ínfimas ante la majestad del ser supremo en su trono.

    No había llegado solo. A su lado se encontraba su compañero, el que siempre había estado con él... su amigo, su guardián, su protector. Le era tan familiar como su propio ser, tan cercanos los dos como si compartiesen el alma, una sola esencia en dos cuerpos. Un viejo amigo, que le conocía de toda la vida, tal vez de toda la eternidad, y sin embargo ignoraba su nombre, aunque lo escuchaba entre los susurros de memorias perdidas. Su compañero era parte de él pero no era humano, una entidad celeste como aquél ser supremo, y sin embargo muy diferente.

    En aquel mundo de luz, su guardián resaltaba por la blancura que irradiaba de él, tan pura que desdibujaba las facciones de su rostro y las formas de su cuerpo, tan solo notorias unas alas que se extendían cual níveos filamentos asidos de su espalda, undulando por un viento inexistente.

    Buscaban respuestas a preguntas insondables, en aquél ser supremo se depositaban todas sus esperanzas de encontrar la verdad, él era el único capaz de revelarla. El tiempo se había detenido para ellos una vez que se adentraron al santuario, aun así sentían que había transcurrido una eternidad desde su llegada, y el señor de aquél paraíso seguía impasible, sin decir una sola palabra, inmutable en la gloria de su trono. Se encontraban de rodillas ante aquél ser, suplicantes, esperando que compartiese con ellos su sabiduría.

    Fue solo hasta que su guardián produjo una Llave que aquél ser bajó su rostro para mirarles, no con los ojos del cuerpo, que mantenía cerrados, si no con los del espíritu. Miraba la Llave que su compañero tenía en las manos cual ofrenda, tan grande como una espada, áurea como el resplandor de ese reino. Al parecer se había acabado la espera, el ser supremo finalmente separó sus labios para hablarles, pero antes de que formulase siquiera la primera palabra, el primer sonido, el santuario entero se vio engullido por el resplandor dorado y todo en él se desvaneció…

    ***​

    Despertó en medio de una noche llena de estrellas cuya luz se colaba por los ventanales de su habitación, resplandor tan suave y sutil que se sentía sumido en las penumbras luego de haber experimentado tan potente fulgor. Confundido, sus ojos buscaron un punto de referencia, y lo primero en que se posaron fue en un pequeño altar en un extremo de su habitación, de áureas estatuas como los ropajes de aquél ser supremo. La más notoria de ellas pertenecía al Buda Amitabha de la Luz Infinita. La estatua del Buda parecía sonreírle en la misma forma que aquél ser supremo, y en la misma posición, solo que de pie sobre su trono de loto. El joven no podía hacer más que observar aquella estatua rodeada de tantos otros seres iluminados, tratando de fijar en esta todo lo acontecido, todo lo que había visto y sentido en ese... ¿sueño?

    Tathagata—la palabra llegó sola a sus labios, el título con el que el que el Buda Gautama, y por tanto todos los Budas, se identificaban a sí mismos. "Aquél que ha alcanzado la verdad". ¿No era eso lo que buscaba en aquél… sueño? Ahora que su mente comenzaba a aclararse, recordó que todo lo que vio era solo un producto de su imaginación.

    —El mismo sueño otra vez—musitó.

    Era algo recurrente desde hacía unos meses, pero durante las cuatro semanas anteriores le ocurría más a menudo. Dentro de todo le parecía lógico… su madre le había educado un Budista y asistía con ella a un Templo de la escuela de la Tierra Pura. Ese sueño parecía reflejar las prédicas de los sutras, la promesa del Buda Amitabha de recibir a sus seguidores en su reino, un paraíso celeste donde podrían alcanzar la iluminación bajo su guía. El señor de ese santuario bien podría ser una imagen mental de Amitabha pero… ¿que había de ese guardián que le acompañaba? Eso le resultaba un misterio.

    Más raro aún era el otro sueño para el que no tenía explicación. El sueño que usualmente ocurría antes o después de soñar con Buda. Aquél segundo sueño lo encontraba de lo más extraño, con siete criaturas diferentes hablándole de formas tan extrañas y borrosas que no podía discernirlas, y lo que tenían que decirle sonaba aún más extraño. Era mejor no pensar en eso así que decidió volver a dormir. Mañana sería un gran día y no quería perdérselo por el cansancio, o pensando en sueños raros.

    ***
    "¿Dónde estoy?" se preguntó. Podía escuchar su voz, pero solo dentro de su cabeza.

    De hecho, no distinguía su cuerpo. Solo sabía que estaba "allí", sea lo que fuese que "allí" significase en ese momento. Era un lugar muy luminoso, como si decenas de soles blancos le rodeasen, tan potente el fulgor que apenas podía distinguir las formas de los seres que le rodeaban. Siete en total, cuatro de ellos posicionados en los extremos, tan grandes que apenas veía sus gigantescas cabezas. Uno que le llamó más la atención parecía un dragón. Otro alguna clase de ave. Había un tigre y algo que parecía una tortuga, pero con dos cabezas.

    Los otros tres se encontraban más cerca, "frente" a él. Dos tenían siluetas humanas, pero por lo demás no podía identificarlos. No les veía el rostro ni podía discernir el color de su piel, aunque por la voz eran un hombre y una mujer. El último parecía alguna clase de animal con grandes orejas, pero con cuerpo de forma tan extraña que no podía pertenecer a ningún animal de la Tierra.

    —Elegido…

    Siete entidades. Siete voces, cada una distinta. Todas etéreas, en extremo lejanas, como venidas de otra realidad.

    —Escucha el llamado.

    Siempre decían lo mismo. El llamado, algo sobre el destino…

    Al menos ésta vez se encontraba consciente de estar soñando. Después de tantas veces de experimentar el mismo sueño, casi se había acostumbrado. Casi, pero no del todo. No podía dejar de sentirse perturbado por aquellos seres cuyas presencias le hacían sentirse pequeño, como una mácula de polvo en el rostro de una gran estatua.

    —Dos mundos te necesitan… El destino te espera… Debes aceptarlo—la mujer, luego el hombre, y finalmente aquella criatura de inusuales proporciones. De todas las voces, la de aquella mujer era la más cálida, casi cariñosa, en contraste con la del hombre, cuyo tono era más autoritario, lejano. La otra criatura, más sutil, dejaba entrever las intenciones de convencerle. Eran los que parecían más interesados en él, más cercanos, girando sus rostros levemente, como examinándole.

    —En ti se cumplirá la profecía. "Cuando el mal se manifieste en el Mundo, el Otro Mundo, el que existe más allá del Velo, también estará en peligro". Pero tú posees la Llave a la salvación—el ave, la tortuga, el tigre y el dragón. Percibía que el primero le hablaba con cierto desdén, el segundo con un dejo de curiosidad, el tercero con severidad, y en cambio el cuarto con la amabilidad de un familiar.

    —¡Recibe nuestra marca!—dijeron los siete al unísono; el chico no podía verse pero sintió como se dilataban sus pupilas.

    Ésta parte del sueño era nueva. En cuatro meses de insistencia solo había llegado hasta las últimas palabras del dragón, y francamente estaba aterrado.

    Los Siete se cernían sobre él a la par que sus formas se fundían con la luz de aquél lugar, pero podía sentir sus miradas encima, y lo que era peor, la descomunal energía que emanaba de cada uno de ellos. Cuando el resplandor logró su punto más intenso, comenzó a sentir como si ardiesen su frente, sus manos y sus ojos. En su desesperación quiso llevarlas a su rostro pero estaba por completo paralizado por el poder de aquellos seres. Entonces el dolor se desvaneció, y con éste el temor. Por un instante, breve y a la vez eterno, se encontró en completa paz, fundiéndose en aquella luz como si se sumergiera en aguas frescas y éstas se introdujesen a su cuerpo por cada poro, haciéndole parte de ese vasto y refulgente mar.

    —Eres el Elegido, tuya es la Llave, recibe esta marca y así tu destino…—se sentía completo, como si algo le hubiese faltado hasta ese punto en su vida y no se hubiese dado cuenta si no hasta ahora, que lo había recuperado. Algo verdaderamente inconmensurable.

    —Bienvenido seas, Huang Fu Su…—escuchó sus voces por última vez antes de fundirse por completo en la paz infinita de ese lugar de luz.

    El tiempo se volvió relativo una vez más, permitiéndole al fin abrir los ojos.

    —¡Fu Su!—un par de ojos intensamente azules se encontraron con la mirada gris del muchacho, tan cerca que podía ver los matices de aquella iris azur.

    Fu Su dio un salto del susto y por un momento creyó caer en el pasto, tan solo para darse cuenta que seguía en su habitación y que había saltado de su cama a la alfombra. De un instante a otro esa paz en apariencia inalterable se había esfumado, sustituida por el dolor de un leve golpe en la cabeza con el borde de madera de la cama.

    —¿Qué rayos…?—con una mano en la cabeza tratando de aminorar el dolor del golpe, el chico una vez más se hallaba confundido y perdido. De todos los lugares en su propia casa, esta vez con la vista atenta a un cercano reloj pues ya era de madrugada y él aún sin poder conciliar el sueño. Aunque empezaba a dudar que quisiese hacer tal cosa de nuevo, a riesgo de tener otra de aquellas extrañas experiencias.

    El ruido en la habitación despertó a los sirvientes de la casa, uno en particular no demoró en tocar a la puerta, y ante un muy inseguro "pasa", el hombre corpulento y de durísimas facciones entró a la recámara.

    —¿Todo bien, señorito?

    Fu Su entrecerró los ojos tratando de distinguir la expresión de uno de sus cuidadores. Se pondría de pie para recibirlo, pero estando ya tan acostumbrado a él le daba igual, aún si estuviese en pijamas.

    —Song… ¿cuántas veces te he pedido que no me llames señorito? Con mi nombre de pila basta—le espetó.

    —¡Pero señorito! ¿¡Cómo podría atreverme a tal cosa!?—protestó el guardaespaldas visiblemente alarmado, pese a que le habían pedido lo mismo una y otra vez, año tras año.

    —Despertarás a todos…- lo chitó Fu Su.

    Percatándose de su error, el hombre mayor entró a la habitación y cerró la puerta tras de sí.

    La diferencia era notable. Uno más alto que la puerta, y casi tan ancho como ésta. El otro pequeño, delgado, y con unos treinta años menos encima. Song, de la entera confianza de los señores de la casa, se había convertido en guardaespaldas de Fu Su desde su tierna edad. Éste por su parte había crecido para verlo como un amigo, un tío, y a veces su niñera.

    —Tuve una pesadilla en la que saltaba, es todo—Fu Su pensó rápidamente en una manera de evitar preguntas innecesarias—. Estoy bien—añadió ante la mirada consternada del mayor.

    —¿Está seguro se… perdón, joven Huang?

    Fu Su solo puso los ojos en blanco—Bao Song… ve a descansar.

    Ante la mirada de leve exasperación del muchacho, el guardaespaldas no tuvo más remedio que despedirse con una exagerada reverencia y dejarle solo, aunque precavido como siempre prefirió esperar al otro lado de la puerta.

    Sentado en su cama, Fu Su estuvo pensando en el segundo de sus sueños, tan persistente como el primero y más extraño aún… "Recibe nuestra marca". ¿Qué marca? ¿Qué destino? ¿Cómo es que esos seres conocían su nombre? Y luego esa luz, esa paz de la que despertó por una voz infantil y un par de ojos azules. No dejó de darle vueltas al asunto hasta que el cansancio le venció, y se quedó dormido. Para su suerte, esta vez no tuvo sueños.
     
    Última edición: 17 Sep 2017
  8. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Chronicle ~ Side B: 2
    CHOSEN OF LIGHT


    —Éste será un gran día—así pensó en voz alta el joven de ojos grises, mientras miraba desde un balcón hacia el limpio azul del cielo, temporalmente distraído por el vuelo de una parvada de garzas camino a las aguas del río Luo.

    Aunque no había olvidado del todo aquellos sueños extraños, les había relegado a un rincón lejano de su memoria donde no le molestaran, algo que él mismo consideraba una habilidad muy útil para vivir el presente sin preocuparse de cosas sobre las que nada podía hacer. Sobretodo, había tomado la decisión de no arruinar su gran día con aquellas extrañas visiones. Era su primer día de vacaciones de verano, bien merecido tras haber sobrevivido el rigoroso régimen del Instituto Neo Arkadia, y tenía intenciones de disfrutarlo en plenitud.

    Repasó mentalmente sus planes para ese día. Esperaba la llegada de sus amigos, y pensaba recorrer con ellos su ciudad natal, Luoyang—otrora la capital del imperio chino, y hogar ancestral del ilustre clan Huang desde esas eras pretéritas—, y llevarles a una exhibición especial que celebraban las escuelas de artes marciales de la región, entre ellas aquella a la que él pertenecía. En pocas palabras, tendría que hacer de guía de turistas, más que nada porque muchos de sus amigos no eran locales—Neo Arkadia era una institución internacional, al fin y al cabo.

    —¿Participará en la exhibición de este año, señorito?—una voz conocida atrajo su atención, hasta entonces perdida en el firmamento.

    —Si, pero no hoy, Bao Song. Me habría tomado toda la mañana en los ensayos y entonces no podría recibir a mis amigos. Mañana si lo haré. El festival durará varios días, de todos modos—decidió, por esta vez, pasar por alto el "señorito".

    —¿No cree que debería vestir más tradicional?—sugirió el hombre mayor.

    Fu Su agachó la mirada hacia sus ropas. Una camisa roja color escarlata, abierta para mostrar la playera amarilla, casi dorada, debajo, con su estilizado dibujo de la cabeza de un dragón. ¿Qué motivo más tradicional se podía pedir que un dragón y los colores nacionales?

    —Pero la combinación de colores es de lo más auspiciosa—su "niñero" no parecía convencido—. Madre me ha dado permiso—respondió el muchacho antes de que el mayor si quiera pudiese decir una palabra—. Padre aun no llega de la capital, así que…—una pequeña y pícara sonrisa se dibujó en su rostro—. Además, como no estaré en la exhibición, al abuelo no le importará.

    El patriarca del clan, su maestro de artes marciales, y la figura a la que más respetaba, por encima incluso de su padre.

    —Todo está pensado—guiñó un ojo para tranquilizar a su guardián.

    —Es usted muy astuto, señorito—respondió Bao Song con una sonrisa, concediendo su derrota—. Le avisaré cuando hayan llegado sus amigos—. Finalmente conforme, le dejó de nuevo con sus pensamientos.

    Fu Su se apoyó en la balaustrada de madera, buscando como ocupar su mente para olvidar los sueños de la noche anterior. Desvió la mirada a otra parte que no fuera el patio, las estatuas le recordaban a las extrañas criaturas de sus sueños.

    "Un gran día", se repitió una y otra vez en su mente. Y mañana aún más, pues sería su primera oportunidad con el grupo de la danza del león. El Gong Fu era su gran pasión, y lo practicaba desde que tenía memoria. Primero bajo la tutela de su abuelo, y luego con el auspicio de sus maestros de la escuela.

    Miró de nuevo el reloj. Faltaba como media hora, pero a él la espera se le hacía eterna. Considerándose a salvo de su "niñero", Fu Su regresó a su habitación, se metió a su rincón más seguro—detrás de uno de los armarios de caoba— y buscó su más grande tesoro: la antigua espada familiar que "tomó prestada" de sus abuelos. Solo necesitaba unas fotos para un proyecto escolar, pero tanta era su curiosidad que no se conformó con verla tras el cristal donde la tenían guardada. Debía tenerla en sus manos, sentir su peso, escucharle cortar el aire con su hoja cantarina.

    Con gran respeto, Fu Su retiró la espada de su vaina, blandiéndola con gran sutileza, como dibujando nubes con su hoja. Comprobó que el paso de los siglos no le había restado sus fuerzas. Incluso imaginó que podía encontrar con que limpiarla y restaurar su lustro. Tan embelesado estaba con la belleza de la espada, soñándose despierto como un guerrero de antaño portando el arma, que no se percató cuando el ordenador en su habitación se encendió sino hasta que escuchó sonidos provenir de éste.

    —¿Qué carajos...?—extrañado por los ruidos, corrió hacia la computadora.

    Cuidadosamente guardó la espada en su vaina y la dejó a un lado en el escritorio, para ocuparse del ordenador. Trató de apagarlo pero el aparato no respondía. Los ruidos, además, se asemejaban a las voces de sus sueños, lo que era inquietante.

    —¿Quién eres?

    Saltó hacia atrás cuando en el monitor aparecieron de nuevo esos ojos azules. Solo fue por breves instantes, pero estaba seguro de haberlos visto. Regresó hacia el ordenador lentamente. Por instinto tomó la espada en su escritorio, pero no la desenvainó. Mantuvo la mano firme en la empuñadura, esperando que algo saltara de la pantalla. No supo en que momento fue él quien terminó saltando al otro lado. Un fulgor dorado, que tan rápido como irrumpió en la habitación había desaparecido, llevándose consigo a Fu Su.

    Solo una persona había sido testigo. Una mujer de delicadas facciones, que desde el pasillo había visto el resplandor. Cuando entró a la habitación y la encontró vacía se alarmó, pero al ver los últimos destellos en el monitor sus miedos se apaciguaron. Aunque preocupada, sabía que el muchacho estaría bien.

    Jun Lai aguardó ante la pantalla convertida en portal. Sus pensamientos estaban con su hijo, consciente de lo que había al otro al otro lado. Nunca creyó ser testigo de un suceso así de nuevo y jamás habló de ello, salvo con sus amigos, aquellos que habían vivido la misma experiencia. Kaho, Lucius, Robert, Claire, Gamal, Yoshimura... Ahora los recuerdos regresaban frescos a su memoria, las experiencias del pasado le bastaban para saber lo que esperaba a su hijo allá a donde aquella luz le había llevado.

    Aventuras, peligros, amigos, destino…

    ***​

    —¡Fu Su! ¡Fu Su!

    El joven lentamente abrió sus ojos. Tal como en sus sueños, la voz provenía de un ser de enormes ojos azules mirándolo de cerca. El susto le hizo reincorporarse de golpe, buscando a tientas la espada que hasta hace unos instantes tenía en las manos.

    —¿Ésto es lo que buscas?—la criatura señaló a su lado.

    Allí estaba la espada, intacta en su vaina. La tomó y rápidamente se alejó de la criatura, examinándole desde una distancia prudente. A primera vista le pareció alguna clase de mamífero, el más raro que había visto en su vida. Amarillo por arriba y blanco por debajo, con pequeñas patas negras, enormes ojos azules y a cada lado de su cabeza un par de alas que por lo visto hacían de orejas. Con esas alas, la criatura se impulsó hasta posarse sobre una de sus rodillas, mirándole con la misma curiosidad, aunque a diferencia de Fu Su se le notaba muy feliz por ese encuentro.

    —¿Quién eres tú?—tartamudeó cuando la curiosidad empezó a vencer el miedo.

    —Soy Patamon. He estado esperando por ti durante mucho tiempo—la criatura se veía totalmente convencida de lo que decía, pero al joven le sonó todo de lo más extraño.

    —¿Un qué?—Fu Su arqueó las cejas sin disimular su confusión.

    —Patamon—repitió este, mirándole perplejo. Por su mirada parecía que estaba convencido de que Fu Su debería saber aquello desde siempre.

    Fu Su sacudió la cabeza un par de veces. Quería creer que estaba en otro de esos sueños extraños, pero algo le decía que ésto era real.

    —Y… ¿dónde estoy? Esto no es Luoyang.

    —Estamos en el Mundo Digital, por su puesto—le sonrío Patamon—. Para ser más precisos, en la Isla ROM.

    ¿Digital? ¿Isla ROM? ¿Patamon? Estaba empezando a dudar de la realidad. Y de su propia cordura.

    —Espera…—por alguna razón se sentía tranquilo en presencia del "Patamon". Pasado el impacto de haber despertado en un lugar tan extraño como ese bosque, se dio cuenta de que el ser no pretendía hacerle daño—. ¿Cómo es que llegué a esta Isla o lo que sea?

    —Fuiste transportado desde tu mundo mediante éste portal—Patamon bajó de su rodilla.

    Posándose sobre la superficie de roca en la que estaba sentado Fu Su, Patamon se acercó al borde, y con una de sus pequeñas patas señaló unos símbolos raros en el mismo.

    —Aquí lo dice: "A este lugar llegaran los Elegidos".

    Hasta ese momento, Fu Su no había reparado en donde se encontraba sentado. Una plataforma circular de piedra, todo su borde marcado con esos símbolos extraños. Fu Su se incorporó lentamente para poder ver la plataforma completa. Se encontraba en medio de una serie de líneas talladas en la superficie de la roca, formando en el centro un octágono entre sus intersecciones.

    —Ésto representa la puerta que te trajo al Mundo Digital—concluyó la criatura.

    —¿Elegidos...?—preguntó el pelinegro.

    —Fuiste elegido para cumplir una profecía, es todo lo que sé—respondió Patamon.

    Sonaba todo como esos sueños raros, y él no entendía nada. Convencido de que seguía dormido, Fu Su cubrió sus ojos con las manos con la lejana esperanza de abrirlos y encontrarse en casa de nuevo. Patamon, por su parte, resolvió volar hasta la altura de su rostro para golpearle en la cara con sus alas.

    —¡Hey!, ¿por qué has hecho eso?—reclamó el muchacho. El digimon se limitó a reírse.

    —No estás en un sueño, ésta es la Isla ROM. Nací y me críe aquí, esperando la llegada de mi tamer, tú—Patamon bajó de nuevo, posándose al pie de la plataforma—. Vamos, te llevaré al Templo. Allí aclararán todas tus dudas.

    El digimon volteó sobre su hombro con una pequeña sonrisa en sus labios, entonces se puso en marcha. Fu Su dudó por un instante. Fue su curiosidad la que triunfó sobre su reticencia, y decidió seguirlo.

    Durante el camino Patamon le habló sobre su mundo y sus criaturas, seres formados a base de datos cuyo hogar existía como una realidad paralela al mundo humano. Patamon parecía muy bien informado, hablando con la autoridad de un profesor. De hecho, le recordaba a su profesor de historia en el instituto. Pero llegados al punto de los sueños del muchacho, el digimon no supo cómo responderle.

    —Y lo último que vi fueron unos enormes ojos azules, como los tuyos…—en un segundo pensamiento, Fu Su reconsideró lo que acababa de decir—. Tus ojos. Eran tus ojos...

    Patamon le miraba de reojo mientras caminaba a su lado, levantando la vista cada tanto mientras consideraba sus palabras. Pero encontraba tan rara la anécdota de los sueños como el propio Fu Su.

    —Llevo esperando tu llegada toda la vida, ¿quizá por eso pudiste verme? O tal vez eran imágenes del futuro. El señor Eöl dice que los sueños son la ventana a otros mundos… es uno de los habitantes del Templo, él me ha cuidado desde que nací.

    Tal vez aquella persona pudiese explicarle a que venía todo esto, pues con todo y la detallada explicación de Patamon respecto a los digimon y su naturaleza, y su mundo, Fu Su seguía sin entender que hacía en ese lugar.

    —A todo ésto…—un repentino pensamiento detuvo al chico, quien se paró en seco—. ¿Cómo es que sabes mi nombre?

    El Patamon le miró extrañado, como si le hubiese hecho la pregunta más tonta del mundo. —¡Eres mi tamer! ¿Cuántas veces tengo que decirte que he aguardado por tu llegada desde siempre?—la criatura puso los ojos en blanco, visiblemente perdiendo la paciencia, así que Fu Su prefirió dejar la cuestión allí.

    —¿Tienes otra pregunta?—el digimon entrecerró los ojos, sospechando que tenía razón.

    —Si… puedes volar, ¿por qué no vuelas en vez de caminar? Sería más rápido.

    Patamon se infló como un globo, y a juzgar por su expresión, la pregunta le había ofendido terriblemente

    —Porque no—replicó el digimon dejando escapar la gran cantidad de aire que había acumulado lentamente. —Simplemente no…

    Fu Su se sintió levemente apenado. Parecía ser algo muy importante para la pequeña criatura, aunque él seguía sin entender a qué iba todo.

    —Vale, disculpa si te ha molestado—ansioso por llegar a ese Templo del que tanto hablaba el Patamon, Fu Su le tomó entre brazos, resolviendo que irían más rápido así—. ¿Por dónde íbamos entonces?—el gesto alegró al digimon, quien sonrío al chico.

    Pero al no ver por donde iba, Fu Su se chocó contra algo que le hizo caer sentado. El joven alzó la vista, encontrándose a los pies de una criatura similar a un centauro, recubierto no de pelo sino de extrañas protuberancias purpúreas sobre su piel anaranjada. El centauro ayudó al chico a incorporarse levantándolo con una de sus manos. Su otro brazo era más bien un cañón, pero para sorpresa del chico los tubos del arma se transformaron en un brazo, el metal del cañón formando un guantelete.

    —¡Prime!—Patamon saludó al Centalmon con total familiaridad—¡Al fin llegó!—anunció Patamon con una gran sonrisa, dirigiéndose al centauro pero levantando la mirada hacia Fu Su—. Nos dirigíamos al Templo, justamente.

    —Una casualidad muy afortunada, entonces, encontrar a uno de los Elegidos en mi primera patrulla del día—habló el Centalmon con voz grave y recia—. Bienvenido seas a nuestro mundo, joven Elegido.

    Fu Su imitó al centauro cuando éste le saludó con una reverencia más profunda.

    —Soy el Capitán Prime, lugarteniente del Comandante Sagittarimon, Guardián del Templo de los Elegidos. Será mi honor llevarte ante él—el Centalmon golpeó su pecho, como si se tratase de un saludo militar.

    —Mi nombre es Huang Fu Su… um… gracias—. No encontró nada más oportuno que decir. Supuso que el momento para las preguntas sería cuando se entrevistase con el superior del capitán.

    —Está un poco desorientado—comentó Patamon—. Pero creo que haremos buen equipo—agregó entre risas.

    El centauro se limitó a sacudir suavemente la cabeza del pequeño digimon—. Después de ustedes—. Prime se hizo a un lado, invitándoles a seguirle.

    No demoraron mucho en llegar al final del sendero, que extrañamente desaparecía en una clase de callejón sin salida frente a una tupida fila de árboles que les cortaba el paso. Pero, para sorpresa del joven, aquella era una vegetación falsa.

    —Es una ilusión para proteger el acceso al Templo—le explicó Patamon.

    —Éste es el Templo de los Elegidos—anunció Prime con gran solemnidad, frente a una aparente formación rocosa.

    —Pero si es solo una…—el chico iba a decir que solo veía una simple montaña de rocas apiladas, pero el Centalmon le interrumpió, negando con la cabeza.

    —Mira con atención.

    Cuando Fu Su se concentró en aquella montaña, de inmediato entendió a qué se refería el digimon. Ante sus ojos apareció una gran estructura, como una pirámide escalonada, cada nivel un escalón en forma de un prisma de muchas facetas, lisas y llanas salvo por las múltiples ventanas en su superficie y los recios pilares que sustentaban al Templo. Relucientes banderas colgaban de las cornisas de cada nivel de la pirámide.

    —Es otra de las protecciones del Templo—dijo Prime refiriéndose a la ilusión que había desaparecido ante sus ojos. Luego les pidió que le siguieran.

    La entrada del templo era una gran puerta de piedra marcada con un extraño símbolo. Haciendo guardia frente a esta les aguardaba una docena de Centalmon. Estoicos cual estatuas, Fu Su solo les vio hacer un movimiento, una reverencia con la cabeza en su dirección, que él respondió del mismo modo. Cuando Prime se acercó, ellos le saludaron a la manera de los militares.

    Cruzaron lentamente el umbral, y se adentraron en el templo, y al final de la nave se encontraron ante una gran torre en el medio de un atrio cuya altura abarcaba tres de los cuatro niveles del santuario, el último oculto por el techo que cerraba el atrio. Los muros de la torre poseían varias ventanas de cristal de colores que parecían tener luz propia, con un bello entramado cristalino que reptaba por sus muros cual blancas y luminosas enredaderas. Los dos pisos superiores se comunicaban al atrio por puentes, cuatro por nivel, conectando con los pasillos abiertos desde donde se veía a los guardianes del Templo ir y venir.

    Allí vio a otros Centalmon, además de otros digimon similares, que Patamon identificó como KnightChessmon. Los había tanto de color blanco como de color negro. Prime los guió a una cámara en la torre, y para sorpresa de Fu Su cambiaron de ambiente en un parpadeo.

    Ahora se encontraban en el último nivel de la torre, idéntico a los demás en apariencia, salvo que fuera de la torre no había puentes ni atrio. Era más bien una cámara en el centro de un amplio pasillo rodeado de puertas metálicas. Prime les condujo a una de aquellas puertas, forjada de un metal parecido al oro. El símbolo en la puerta llamó la atención de Fu Su, una cruz de brazos muy anchos con un círculo en el medio rodeado de digicode.

    La cámara detrás se encontraba completamente vacía salvo por una plataforma circular en el medio de cuatro columnas compuestas, sosteniendo la alta bóveda repleta de blancos cristales cuya luz bastaba para iluminar cada rincón de la cámara pese a la total ausencia de ventanas. En contraste con la austeridad del resto del Templo, los muros de esta cámara estaban ricamente decorados con frescos de vivos colores. Los frescos relataban alguna clase de historia, cubriendo gran parte de los muros de la cámara. Muchos de sus protagonistas tenían formas extrañas. Fu Su supuso que serían otras especies de digimon. Pero entre tantas de aquellas criaturas unas pocas saltaban a la vista, humanos.

    —Son tus predecesores—una voz al fondo de la extensa cámara fue la que habló—. Elegidos de eras pretéritas.

    Fu Su volvió su mirada a la persona que había hablado. Era un hombre de mediana edad y de piel pálida que vestía túnicas blancas. Se encontraba al pie de la plataforma en el centro. Junto a él había otro de esos centauros, solo que éste era mucho más alto que el resto, protegido por una armadura negra y roja que en partes revelaba el extraño color azul de su cuerpo.

    —Comandante Sagittarimon, señor Eöl—Prime, que hasta entonces se había conducido con total autoridad, ahora invertía los roles, saludando al primero con una mano en la cien y una firme coz contra el piso; después al hombre, con la más profunda reverencia.

    A diferencia del Centalmon, Patamon se limitó a inclinar su cabeza a manera de saludo, delatando cierta familiaridad por la manera en que sonreía.

    —¡Es un honor conocerte!—el Sagittarimon causó que Fu Su se sobresaltase con el ruido que hizo al golpear su armadura—. Soy el comandante de la guarnición de este Templo, y desde hoy, el encargado de convertirte en un guerrero.

    Con aquella voz tan atronadora le recordaba un poco a su padre, aunque mucho más amigable.

    —Erm… Huang Fu Su. El honor es mío—casi sintió que le arrancaban el brazo cuando le tendió la mano al Sagittarimon. Era muy efusivo y aparentemente poco consciente de sus propias fuerzas—. Y… ¿convertirme en guerrero?

    —El señor Eöl es mejor para las explicaciones que yo.

    Era la tercera vez que escuchaba ese nombre. Había inferido que se referían a aquél humano de tez pálida.

    —No soy humano—respondió Eöl, para gran sorpresa de Fu Su—. Al menos, no en el sentido estricto de la palabra. Digihumano es el término que se emplea para los individuos de mi especie, criaturas digitales como los digimon, pero con un código y función diferentes.

    Fu Su guardó silencio. Aún le costaba creerlo, todo sonaba muy de ciencia ficción.

    —Pero que modales los míos—el digihumano se acercó un poco más a ellos, y luego de una pequeña reverencia, extendió su mano al muchacho—. Eöl, aunque por lo visto ya me han mencionado antes. Soy el Sabio del Templo, y tal como mi amigo aquí presente…—volteó a ver al Comandante—me encargaré de tu instrucción.

    El hombre le inspiraba confianza, no sabía si era por su voz tan plácida y paternal, o la calidez de su sonrisa, pero le hacía sentirse tranquilo en su presencia, pese a que podría jurar que sus ojos ambarinos le leían la mente mientras le observaban. ¡Y decían sus vecinos que su familia tenía que descender de dragones o algo para tener ojos tan raros! Si eso pensaban de los ojos grises, ¿qué dirían de ésta digipersona, o lo que fuese, con ojos ambarinos, casi dorados? Y del cabello… apenas un par de mechones se escapaban bajo la pesada capucha de la túnica, suficientes para notar su sobrenatural brillo plateado, demasiado real para tratarse de tintura.

    —Encantado de conocerlo—Fu Su respondió al saludo—. Sí, me han hablado de usted. Esperaba que pudiese explicarme que hago aquí y… ¿cuándo podré regresar a mi casa?—apenado, agachó la cabeza. Tanta era su curiosidad por ese mundo que había olvidado su hogar, a su familia y amigos. Seguro estarían preocupados por él.

    —¿Acabas de llegar y ya te quieres ir?—Patamon levantó la mirada. Se veía molesto, inflando su cuerpo casi hasta liberarse de los brazos del chico.

    —Debes entender lo difícil que es para tu tamer dejar su mundo atrás—intervinó Eöl—. Comprendo el predicamento en que te encuentras, joven Elegido. Pero no te preocupes, probablemente nadie en tu casa se haya dado cuenta de tu ausencia aún.

    Fu Su enarcó las cejas, sumamente extrañado.

    —Verás, el tiempo entre nuestro mundo y el tuyo no fluye a la misma velocidad, nuestros mundos pasan por una fase de asincronía. Para efectos prácticos, puedes pasar aquí días, meses, años incluso, y si al final regresases a tu hogar encontrarías que apenas han transcurrido unos pocos minutos.

    La mirada del muchacho se iluminó. Si lo que decía aquél hombre era cierto, y no tenía razón para dudarlo, entonces no tenía que preocuparse por sus seres queridos. Nadie se daría cuenta de que había desaparecido, y a su regreso todo estaría igual como lo había dejado. ¡Serían las mejores vacaciones de su vida!

    —Entonces continúe... quiero saber más de este mundo, y de los lugares que hay por conocer, ¿podré salir pronto de aquí?—Eöl le sonrío, pero el que le contestó fue el Comandante.

    —¡Pero que ansioso! Antes debes entrenar con nosotros, o no durarás ni un día allá afuera.

    Eöl les hizo señas para que le siguieran, y los guió hacia un extremo de la cámara. Allí, un fresco mostraba a humanos y digimon de diversas formas, luchando contra bestias macabras y espeluznantes.

    —Los humanos que ves fueron Elegidos en tiempos pasados para proteger a nuestro mundo de terribles amenazas—mientras hablaba, Eöl pasaba sus dedos delicadamente por los frescos, apenas tocando los relieves con las yemas de sus dedos—. Unidos a leales guerreros digimon, éstos héroes venidos de tu mundo nos salvaron una y otra vez.

    Como respondiendo a la voz de Eöl, las imágenes en los muros se llenaron de luz, pero solo en ciertas partes, iluminando y resaltando a los humanos y sus digimon mientras el resto de los frescos se oscurecía.

    —Un gran mal nos acecha de nuevo. Los poderes de las tinieblas se ciernen sobre nuestro mundo, aguardando el momento para atacar y someter a sus habitantes a un reino de terror y destrucción. Es por ello que has sido convocado. Fuiste Elegido para cumplir el mismo destino que tus antecesores... Tú, y otros Elegidos que vendrán después, han de salvarnos del Caos que se avecina. Si fallan, no solo nuestro mundo sufrirá, también lo hará el tuyo.

    De pronto todo aquello se sentía real. Se estremeció al pensar en sus seres queridos, y todo su país, ignorantes de la amenaza que yacía latente en otro mundo del que jamás habían escuchado.

    —Ambos mundos están conectados. Su futuro se encuentra en una balanza. Y tú, y los demás Elegidos, son el fulcro. Por eso has llegado a este lugar, a nuestro Templo. Para que podamos entrenarte, y así, cuando tengas que enfrentarte al enemigo, estarás preparado.

    En el reducido espacio de unos pocos segundos, Fu Su había pasado de estar preocupado porque no le encontraran en casa, a sentirse deseoso de explorar el mundo al que había llegado, y ahora a hundirse bajo el enorme peso que caía en sus hombros. Las miradas de los presentes le agobiaban. Incluso podría jurar que las figuras en los frescos también le miraban.

    —Pero tan solo soy… ¿cómo podría…? —no encontraba palabras para expresarse, ni forma de hacerlo. La sola idea de llevar a cuestas tal responsabilidad le dejaba abrumado, por más irreal que le pareciese todo.

    —Fuiste elegido para cumplir una Profecía—respondió el sabio—. Tu sola presencia aquí, tu llegada justo cuando te necesitamos, es prueba de ello.

    ¡La profecía! ¡Sus sueños! Todo le vino a la mente en ese momento.

    —Puedo ayudarte a encontrar algunas respuestas, pero al final del día solo tú, y tu compañero digimon, podrán hallar solución a las preguntas más importantes—Eöl posó una mano sobre la cabeza de Patamon por unos instantes.

    —Él es joven como tú. Jamás ha dejado el Templo y le costará tanto como a ti al principio. Pero juntos lograrán muchas cosas si se lo proponen. La Profecía concierne a los dos, ambos fueron Elegidos, no estarás solo en tu viaje.

    Eöl los hizo caminar nuevamente a otro lugar de la cámara, una sección desprovista de murales, precedida por cuatro peldaños adosados al muro, llano y simple, donde resaltaba un alto relieve de piedra de considerables dimensiones. La figura esculpida en la roca era idéntica a aquella grabada en el metal dorado de las puertas de la cámara, sin embargo, al observarla en tres dimensiones, Fu Su se dio cuenta de que se trataba de alguna clase de artefacto.

    Operando un pequeño panel de control dispuesto en un pedestal junto al relieve, Eöl hizo que la pantalla de piedra del objeto se disolviese en cientos de pequeñas partículas, revelando varios nichos detrás, cada uno protegido por una pantalla de cristal; después, tecleando otro comando en la consola, hizo que se abriese la puertilla cristalina del nicho central, el más grande, donde se materializó de la nada un objeto del tamaño de la palma de su mano, idéntico en forma al relieve y al grabado en la puerta.

    —Este es un digivice, el vínculo entre un tamer y su digimon compañero.

    —¿Significa que me dará uno de esos para utilizarlo?—preguntó Fu Su, intrigado por el curioso objeto.

    —Así es. Estos que ves acá son antiguos, poco apropiados para la tarea que has de cumplir. Por eso mismo, hemos estado trabajando en unas mejoras. Verás, cada Elegido representa una virtud, su principal fortaleza y origen de los poderes de su compañero digimon. Es por eso que hemos diseñado digivices que ayuden a los Elegidos a manifestar sus poderes de forma... personalizada.

    La puerta de un nicho se abrió, permitiendo a un objeto salir de éste, flotando suavemente hasta quedar suspendido frente a Fu Su.

    —Fu Su, tu atributo es el de la Luz. La fuerza sagrada que protege a este mundo. Vida, creación, y el poder que destruye las tinieblas. Este D-Bracelet que hemos diseñado, ha sido creado específicamente para canalizar los poderes de la luz sagrada. Más tarde te explicaré como funciona.

    Fu Su tenía muchas preguntas que hacerle, y aunque estaba seguro que esa tarde tendría todo el tiempo para formularlas todas, había una en especial que no podía esperar.

    —Ustedes han dicho que soy el primero, ¿dónde están los demás?—más que nada tenía curiosidad de saber quienes serían los demás. Seguro pasaban por lo mismo que él y no les haría mal hablar con alguien del mismo mundo, aun si fuese un total desconocido.

    —Llegarán en su momento—respondió el Sabio del Templo—. Ahora que posees tu digivice podemos comenzar tu instrucción.

    Y así pasaron las horas y los días. Y de Eöl, Patamon, Sagittarimon y Prime, aprendió mucho acerca de los digimon, de su civilización y su mundo. Aún le quedaba más por descubrir, no solo de aquel mundo, sino del vínculo que compartía con Patamon. Su entrenamiento sería tan solo el inicio de su gran aventura...

    ***​

    Los eventos de este capitulo ocurren el mismo día de la llegada de Akira al Yggdrasill.
     
    Última edición: 17 Sep 2017
  9. Autor
    Zeromaru X

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    BATTLE IN FRAG DELTA

    —¡Vamos, vamos, que el trabajo purifica el espíritu!—la voz atronadora de Torm, el Sagittarimon, llamó la atención de todos los presentes en la extensa sala de acondicionamiento físico, o simplemente "la Sala", como era llamada por los hermanos guerreros del Templo; uno de tantos y tan constantes recordatorios para presionarles a trabajar más duro.

    En las tres semanas que llevaban en el Templo, la Sala se había convertido en el locus de las actividades diarias de Fu Su y Patamon. A la hora de entrenar, entre ellos y los soldados del santuario no había diferencia alguna. Torm y Prime les trataban con la misma severidad, siendo la única consideración para con la menor fuerza de ambos en comparación con el resto, lo que de todos modos implicaba que sus entrenamientos eran tan duros como les resultaba físicamente posible y seguro.

    Patamon, hasta entonces acostumbrado a un régimen de ejercicios ligeros y las libertades de la infancia, encontraba tanta disciplina y entrenamiento sumamente agotador y agobiante. En cambio para Fu Su no había resultado en un cambio tan radical, habituado como estaba al rigor militar de su padre y las exigencias de su abuelo y su colegio. De hecho, el chico se había propuesto ponerse al nivel del resto de los habitantes del Templo trabajando aún más duro, muy a pesar de su digimon, quien por mucho que se quejase no conseguía convencer a su tamer de aprovechar los ratos libres para descansar.

    —¡Nada de flojear jóvenes Elegidos, ustedes más que nadie deben darlo todo!—el Comandante tenía la costumbre de aparecer detrás de las personas cuando menos le esperaban; por ejemplo cuando alguien estaba dando menos que todo su empeño en algún ejercicio, como solía hacer Patamon a ratos, creyendo erróneamente que nadie le veía.

    La manera de Torm para reprender la falta de ahínco entre sus aprendices era subir la cuenta de repeticiones en sus series de ejercicios para cubrir lo que él consideraba habían omitido, y quizá un poco más en el caso del chico y su digimon que, como caso particular, debían compartir estos castigos. Fu Su codeó a Patamon a modo de represalia. Éste solo se infló en protesta y, ante la mirada de Sagittarimon, siguió con sus ejercicios, halando con sus patas delanteras una cuerda con peso atada a un pequeño pilar, mientras que su tamer hacía lo propio con los brazos en un aparato similar.

    —Necesitan estar al tope de su condición física, muchachos—insistió Torm mientras daba vueltas en torno a ellos—. Pronto serán enviados a su primera misión.

    El anuncio tomó al duo por sorpresa. Uno soltó las manijas de su aparato de ejercicio, el otro al distraerse se dejó halar por la cuerda hasta chocar con el pilar que le sostenía, haciendo que su tamer se echase a reír, cosa que a su vez contagió la risa a todos los soldados que entrenaban junto a ellos.

    —Mañana acompañarán a Prime a una misión de reconocimiento—continuó el Comandante, tratando de aguantar las ganas de reírse, manteniendo su expresión severa—. Pero, si no pueden concentrarse aquí, en el campo no llegarán muy lejos.¡Doscientas más para las series de todos!

    El chico tragó saliva, Patamon se mantuvo tras el pedestal, tratando de ocultarse. Aunque ninguno de los presentes dio seña de queja alguna, los chicos podían sentir sus miradas encima.

    Más tarde, la historia del gracioso incidente en la Sala saltaba de una mesa a otra, abochornando a Patamon mientras tomaban el té. Al mismo tiempo, otra historia viajaba desde el extremo opuesto del enorme comedor hasta que llegó a oídos de Fu Su.

    —Escuché de los hermanos de la tercera patrulla del día que hay reportes de intrusos—dijo uno de los Centalmon.

    —Pues lo que sé es que fueron los marinos los que avistaron un grupo de Stingmon fuera del muro de niebla—un KnightChessmon negro se refería a la flotilla de navíos y digimon marinos que protegía las aguas del santuario, cuyas patrullas cubrían la eterna niebla que servía de protección a la isla.

    —¿Eso dicen? Lo que me enteré es que vieron a un digimon demonio—la última palabra llamó la atención de varios de los que estaban alrededor, muchos de los cuales se dieron vuelta hacia la mesa donde aquél otro KnightChessmon, quien al percatarse de la atención ocupó aclarar—. Ejem... quizá sean rumores, pero nadie los ha desmentido...

    Después silencio, denso y tan sólido en el aire que podría cortarse con un cuchillo.

    —¡Ha!—uno de los Centalmon de la mesa de Fu Su fue el que se animó a hablar—. ¿Demonios en ROM? Imposible… seguro ya ven cosas en la niebla. Solo falta que digan que han visto vampiros y dragones.

    Poco a poco la tensión empezó a disolverse, cada que uno de los soldados seguía la corriente a los otros y echaba a reír, hasta conseguir que uno de los tenientes cercanos los hiciera callar a todos.

    Los rumores del día persistieron hasta avanzada la noche, entre los soldados en sus patrullas y puestos de guarda. Aquellos entrenando con los chicos incluso habían olvidado el evento cómico del día por discutir sobre los extraños avistamientos, pese a la insistencia de los altos mandos de mantenerse callados.

    Fu Su permaneció despierto toda la noche. La curiosidad no le dejaba dormir, a diferencia de Patamon, quien plácidamente dormitaba en su cama, girando y girando entre sábanas azules mientras su tamer se encontraba frente a una terminal, algo parecido a un ordenador pero mucho más avanzado que cualquier tecnología vista en el mundo humano. La terminal tenía acceso parcial a los archivos del Templo, completa con una enciclopedia sobre el Mundo Digital y sus habitantes, clasificados por campo, familia, tipo y nivel evolutivo. Lo primero que buscó fue información sobre los digimon demonio. Ya sabía algo de su existencia y naturaleza gracias a las clases con Eöl, pero prefería estar preparado en caso de que los rumores fuesen ciertos...

    ***​

    La Sala de Guerra era tan austera como el resto del Templo y sin embargo imponente en su espartana elegancia, sin más decoración que ocho grandes estandartes de plata y oro dispuestos entre los pesados pilares incrustados de cristales.

    Pese a su estatus como guardianes del Templo de los Elegidos, ocasionalmente los hermanos guerreros eran enviados a zonas aledañas cuando su ayuda era requerida, haciendo necesaria la existencia de este recinto para coordinar sus misiones. En su espacio octagonal la sala podía dar cabida a numerosos soldados, pero aquél día solo quince se encontraban allí, además de Prime, Fu Su y Patamon, quienes habrían de conformar el escuadrón dispuesto para la misión del día. Todos estaban reunidos en torno a un holo-proyector, una de tantas tecnologías que había impresionado al tamer: en apariencia una simple mesa de piedra de forma octagonal, siendo la roca tan solo la carcasa para la avanzada maquinaria en su interior, visible por la cristalina superficie de su pantalla que servía de proyector.

    —No soy amigo de los rumores, pero es vano el intento de tapar la verdad o callarla...—comenzó a explicar Torm, el Sagittarimon, mientras rondaba el espacio entre sus soldados y el holo-proyector—. Hace dos semanas los marinos avistaron a un grupo de Flymon rondando cerca de las aguas territoriales del Templo. Un día después encontraron otro grupo cerca del muro de niebla. Una semana después una de nuestras atalayas detectó un par de Stingmon que incluso penetró el muro antes de retirarse.

    Los presentes intercambiaron miradas. Después de todo, algunos de los rumores eran verdad. Tal era la ansiedad entre los soldados que incluso uno de ellos rompió con el protocolo, interrumpiendo a su superior para hablar.

    —Perdone señor, pero escuchamos que habían visto dem...—el Centalmon se quedó a medio enunciado cuando Prime le hizo callar dando una furiosa coz en el piso.

    —Por desgracia, ésto es todo lo que sabemos respecto a los intrusos—continuó el Comandante, respondiendo indirectamente al soldado, y a la vez ignorando el pequeño incidente con el protocolo.

    Torm activó el holo-proyector con solo tocar su pantalla, operando en ésta los comandos necesarios para que mostrase un mapa de la zona, con la Isla ROM posicionada en el extremo oeste, opuesto a un grupo de islas resaltadas por el parpadeante color anaranjado que les daba la proyección.

    —A raíz de los primeros avistamientos enviamos una escuadra de marinos a las Islas Frag, siguiendo el rastro de los Flymon, pero no encontraron nada relevante. Sin embargo...

    La imagen se enfocó en el archipiélago, unas cinco islas de moderada extensión dispersas entre un campo de islotes. De éste grupo algunas zonas ahora se mostraban iluminadas en amarillo para diferenciarlas del resto.

    —Los equipos de los navíos detectaron niveles inusuales de energía en esta zona.

    Durante sus clases con Eöl, Fu Su había aprendido que una de las tantas propiedades inusuales del Mundo Digital era la forma en que se comportaba la energía, manifestada como datos casi tal cual la materia, y de una variedad mucho mayor a la del su mundo. Todo, desde las fuentes de poder empleadas por el Templo, el magma hirviente de los volcanes, el poder de la mente y de los sentimientos, podía medirse, calcularse y cuantificarse. El problema era que el archipiélago Frag se encontraba desprovisto de toda seña de civilización, por lo que a falta de fuentes artificiales de energía, esas lecturas indicaban que había algo más de lo que reportaron los marinos.

    —De acuerdo a nuestros protocolos de seguridad, la situación amerita que se investigue a fondo pese a la poca información que hemos recabado hasta ahora. Bajo circunstancias normales hubiese enviado a un grupo de patrulla junto con los marinos, pero la presente situación es todo menos normal—el centauro se detuvo a un lado de Fu Su, recargando una mano en su hombro—. La llegada del primero de los Elegidos lo cambia todo y no podemos correr riesgos… aquí hay Tailmon encerrado, y quiero saber que está pasando. Hemos dedicado ya tres semanas entrenando a los Elegidos, no hay mejor momento para probarlos que éste.

    Torm parecía no darse cuenta de que el peso de su brazo guarecido por tan pesado guantelete empezaba a cansar al chico, pero luego de la reacción de Prime con aquél soldado Fu Su decidió que era mejor aguantar un poco más.

    —A falta de pruebas más sólidas no podemos determinar lo que se oculta en las Islas Frag, y es por ello que quiero que desechen cualquier rumor que hayan escuchado y vayan con los ojos bien abiertos y alerta de cualquier detalle, por más mínimo que sea—por fin el centauro había dejado de recargarse en su hombro, y Fu Su sentía un gran alivio, aun cuando tanta tensión en la sala ya le resultaba incómoda.

    Prime se adelantó mientras su superior operaba el mapa, haciendo un zoom en una de las islas más grandes del archipiélago, dominada por una par de colinas rodeadas de maleza.

    —Ésta es Frag Delta—informó el Centalmon, señalando la isla—. De acuerdo a los marinos, fue aquí donde perdieron el rastro de los Flymon. Es la misma zona donde detectaron las extrañas lecturas de energía. Ese mismo día se les ordenó patrullar el grupo entero por barco, resultando en el mapa de intensidad de energía que observan aquí. Las investigaciones posteriores concluyen que su origen es artificial—es decir, no de un digimon o cualquier criatura viviente, y tampoco provenía de las islas mismas, concluyó Fu Su.

    "Sin embargo, no hemos podido determinar su fuente. De alguna manera estos campos de energía interfieren con los equipos, por lo que las lecturas que tenemos están incompletas. Nuestra misión primordial será tomar lecturas in situ de toda la isla y de aquella aledaña—señaló una pequeña isla a un costado de Frag Delta, etiquetada como Frag Kappa—. Como objetivos secundarios, debemos aprovechar la patrulla de escaneo para encontrar el punto idóneo donde instalar una antena de transmisión. Asimismo, se nos ha encargado capturar algunos digimon salvajes y traerlos al Templo para el equipo del señor Eöl; los necesitan para analizar su data. Posiblemente el campo de energía en la zona haya afectado a los salvajes de alguna manera.

    Y esa era otra curiosidad de este mundo de datos, donde cualquier fuente de energía transformada en código podía producir un sinfín de efectos en la materia; Fu Su se distrajo momentáneamente pensando en lo que dirían sus profesores de ciencias. Quizá se volverían locos en un mundo así.

    —Eso es todo. Partirán a las 1500 horas—concluyó el Comandante.

    ***​

    Aquella tarde Fu Su y Patamon ya se encontraban a bordo de uno de los navíos del Templo, el ROM Beta, mirando desde la proa hacia el mar, esperando ansiosos captar la primera vista de las Islas Frag. Su transporte era un pequeño buque de guerra, construido casi en su totalidad de un metal más recio que el acero pero tan blanco como la plata, que los digimon llamaban "chrondigizoit".

    La apariencia del buque era similar a los navíos militares de la Tierra, y sin embargo producto de tecnologías mucho más avanzadas, por lo que había dicho Fu Su. Su puente se componía de una sola estructura acorazada dividida en dos niveles, el primero ocupado por los tripulantes—quienes se asomaban desde alargadas ventanas fabricadas de una clase de cristal completamente transparente y muy resistente—, mientras que en el nivel inferior estaban las baterías de cañones y lanza-misiles. Tres agujas se erguían en fila vertical sobre el techo del puente, dos empleadas como astas de banderas, mientras que la de en medio y más alta correspondía a la antena de comunicaciones, disponiendo ésta de un orbe de placas de metal girando constantemente en su punta para emitir y recibir cualquier tipo de señal.

    Todos los soldados se encontraban en el interior, excepto Prime que, en opinión de Patamon, hacía de niñera para ellos. Les acompañaban también cinco Depthmon, quienes nadaban en torno al navío, y tres Aquilamon volando a buena distancia del grupo principal cumpliendo labores de reconocimiento; además de la tripulación del barco, un grupo de Orcamon encargados de la conducción y el mantenimiento del ROM Beta.

    —Hay algo que el Comandante no nos dijo—comentó Patamon, con la vista puesta en las aguas del mar—. Somos demasiados para una simple "misión de reconocimiento". Debe creer que corremos un gran peligro para enviarnos con quince de sus mejores soldados, su lugarteniente, ocho marinos y un… ¿cómo se llama este artefacto?—Patamon volteó a mirar a ambos lados, como si el piso de la cubierta le fuese a dar alguna información.

    —Es una Corbeta—aclaró Fu Su; los digimon, o al menos los hermanos del Templo, empleaban terminología militar prácticamente idéntica a la que él chico conocía en casa, aunque para navíos de una escala mayor.

    —Eso… es demasiado, seguro que algo en grande se va a armar cuando lleguemos—Patamon levantó su mirada para encontrar la de su tamer. Satisfecho de que éste parecía concordar con él, bajo la cabeza para encarar de nuevo el mar, aunque sus pensamientos seguían enfocados en la misión.

    Al cabo de un rato, el ROM Beta arribó a su destino. A diferencia de la mayoría de las embarcaciones humanas, este buque de guerra era perfectamente capaz de subir por la costa arenosa hasta dos tercios de su extensión sin problema alguno. En esta clase de navíos, el desembarco se realizaba por la proa, que contaba con una puerta en su parte superior desde la que se materializaba una rampa para el descenso.

    Ya en tierra firme, Prime entregó a todos sus soldados de a pie mochilas con el equipo que iban a necesitar, y luego dividió a su escuadrón en tres grupos, cada uno compuesto por tres Centalmon y dos KnightChessmon; Fu Su, Patamon y el propio Prime se integrarían a uno de estos equipos con la tarea de explorar la zona en la que se encontraban, dejando el oeste de la isla al segundo. El tercero se ocuparía de explorar Frag Kappa.

    Una vez que los tripulantes y sus equipos necesarios desembarcaron, la Corbeta empleó sus potentes motores para retroceder y regresar a las aguas. El barco habría de llevar al tercer equipo a la cercana Frag Kappa, y luego tomaría posición en el estrecho entre ésta y Frag Delta fungiendo como puesto de comunicaciones y observación temporal bajo el cuidado de los Depthmon. Por su parte, los Aquilamon fueron enviados a patrullar la zona desde las alturas.

    Tras tantos preparativos y precauciones, a la primera hora de explorar su lado de la isla la misión parecía destinada a convertirse en una patrulla glorificada. Tanto el digivice de Fu Su como los comunicadores de los soldados estaban equipados con distintos tipos de sensores, pero fuera de la existencia de aquél extraño campo de energía, no habían captado nada, ni un indicio de la fuente. Tampoco habían encontrado digimon salvajes que capturar. Los radares no registraban nada.

    Entonces una señal se dejó ver en el radar del D-Bracelet de Fu Su.

    —Después de todo si funciona el radar, debe ser algún digimon salvaje—comentó el chico haciendo que su digivice proyectase la imagen para el beneficio de su grupo.

    —Es como si de pronto esta roca olvidada hubiese vuelto a la vida—comentó Patamon al notar más y más marcas en el radar.

    —Nos están siguiendo—los chicos volvieron a ver a Prime, extrañados. Éste detuvo la marcha de inmediato—. Los radares del barco perdieron señal de todo digimon en la isla a unos doscientos metros de la costa. Está claro que nos han tendido una trampa. Todos, alerta.

    Diciendo ésto, el capitán armó su brazo tornándolo en cañón, acto que imitaron los otros Centalmon del grupo a la par que los KnightChessmon montaron sus lanzas en ristre, preparados para el combate.

    —Muchachos, quédense en el centro—Fu Su acató la orden llevando en un brazo a su digimon, mientras mantenía su otra mano en la empuñadura de su espada. La había traído como precaución.

    Patamon, atento al D-Bracelet, empezaba a ponerse nervioso al ver como las marcas rojas en el radar proliferaban, indicando numerosos digimon avanzando a cada costado, algunos desde la costa, otros desde el bosque.

    —Eurytion, contacta al ROM Beta. Ordénales que envíen a las otras patrullas a nuestra posición de inmediato—Prime se dirigió a uno de los Centalmon.

    Éste insistió una y otra vez sin obtener respuesta del navío. Cuando ésto falló, probó buscando señal de sus compañeros en las otras patrullas, pero el comunicador solo retornaba estática.

    —No hay respuesta señor, algo interfiere con nuestras comunicaciones—dijo finalmente Eurytion.

    Estaban solos y en desventaja numérica, pero tenían a Prime y a sus experimentados soldados. Si Torm confiaba en ellos, Fu Su también lo haría. Eso era lo que creía Patamon, en todo caso, al ver la determinación de su tamer reflejada en sus ojos.

    —Sigan avanzando, debemos encontrarnos con la segunda patrulla—ordenó Prime siguiendo el plan acordado.

    Las tres patrullas habrían de reunirse si perdían contacto. Por fortuna, el radar del D-Bracelet, más avanzado que el de los hermanos del Templo, les daba la posición de sus aliados en la zona—puntos azules para diferenciarlos de los enemigos, que eran rojos. Si conseguían reagruparse estarían a salvo.

    —¡Contacto con el enemigo, ciento veinte grados!—alertó un KnightChessmon de improvisto.

    Y así fue como comenzó su batalla para escapar de la emboscada. Fue el KnightChessmon blanco del grupo quien avistó al primer enemigo, un Raremon. "Big Darts". El caballero arrojó su lanza hacia la bestia no-muerta. El arma penetró el torso de la criatura, abriéndose paso con facilidad por sus rancios tejidos, estallando y destruyéndolo desde su interior.

    En teoría, el enemigo era débil, pero a la vez era numeroso. Raremon tras Raremon aparecía de entre la maleza, arrastrándose sin sentido ni razón hacia los soldados, ignorando los ataques que destruían a los suyos a diestra y siniestra. Un solo impacto de las lanzas de los caballeros, o de los disparos de energía de los centauros, bastaba para derribar a los no-muertos antes de que éstos pudiesen abrumarles, pero era inútil; tan pronto un Raremon caía, otro surgía de algún lado para tomar su lugar.

    Cinco puntos azules en movimiento en el radar del D-Bracelet indicaban que la segunda patrulla estaba luchando para acercase a ellos. Sin embargo, avanzaban demasiado lento. La situación era desesperada, cada que miraban el radar encontraban más y más enemigos. Su posición empeoraba minuto a minuto. Buscando con el mapa un hueco entre la hueste de no-muertos por donde escapar, Patamon se percató de un enemigo que permanecía estático en su posición.

    —Ciento treinta grados, se oculta tras los Raremon—señaló Patamon mientras Fu Su lo buscaba con la mirada.

    Se trataba de un digimon pequeño y de color oscuro, no parecía demasiado fuerte y sin embargo era quien daba las órdenes a los Raremon.

    —¡Lo tengo! ¡Debemos detenerlo, vamos Patamon!—sin pensar en las consecuencias, ni en su propia seguridad, Fu Su se lanzó a la carrera tras aquél digimon.

    Temiendo por su tamer, Patamon tuvo que seguirle, corriendo tan rápido como le era posible.

    —¡Regresen ahora, es una orden!—los gritos de Prime cayeron en oídos sordos. Patamon hubiese querido regresar, pero su tamer seguía adelante con la sola convicción de atrapar a aquél enemigo oculto entre los árboles.

    Patamon llamó varias veces a Fu Su, pero este le ignoraba por completo. Para sorpresa del aterrado Patamon, los Raremon parecían ignorarle, enfocados en si lucha suicida contra los soldados del Templo. Y finalmente, Patamon pudo alcanzar al ojigrís cuando éste se detuvo tras la masa principal de muertos vivientes.

    —¿¡Estás loco?! Pudiste haber…—antes de que siguiese con su reclamo, el chico hizo una seña a Patamon para que guardara silencio, señalando al siguiente grupo de Raremon en camino, subiendo lentamente por la ladera de la colina desde la playa Y no muy lejos, se encontraba el digimon que los estaba dirigiendo.

    —Es… —Fu Su se quedó sin palabras. El digimon enemigo era idéntico a Patamon, excepto que su piel era morada y sus ojos color verde amarillento.

    —No es de mi especie, es un Tsukaimon—adivinando lo que pensaba su tamer, Patamon le corrigió—. Es un digimon malicioso y tramposo, no te fíes de él.

    El aludido dibujó una burlona sonrisa en sus labios, como si se sintiese alagado por la descripción.

    —Así que ustedes son los Elegidos… hacerles caer en mi trampa fue más fácil de lo que creía.

    Fu Su pateó el suelo arenoso, furioso. Al parecer, al fin se había dado cuenta de porque los Raremon los habían ignorado.

    —Ríndanse, están atrapados. Sus niñeras no podrán alcanzarlos aquí—en efecto, la marea de Raremon ni siquiera dejaba ver al equipo de Prime al otro lado.

    Tras el Tsukaimon empezaban a surgir varios digimon desde las aguas, de aspecto reptil pero cubiertos de pelo como los mamíferos. Por sus dentadas aletas dorsales, Patamon los identificó como Gizamon. Contaba al menos nueve de ellos.

    —¿Qué es lo que quieres de nosotros?—preguntó Patamon, acercándose a su contraparte, desafiante.

    —Mi superior ha sido enviado para capturarlos, pero si me adelanto y yo mismo les llevo ante nuestro amo, recibiré grandes poderes a cambio...—por la forma en que reía, el Tsukaimon parecía tener una imagen muy grandiosa de sí mismo—. Dile al humano que me entregue su digivice o las pagarán.

    Patamon volteó a ver a Fu Su de reojo, esperando que le dijese que hacer. Tenían que encontrar la forma de escapar de allí.

    —Tengo ordenes de llevarlos vivos pero no me subestimen…—Tsukaimon acercó su hocico a la piedra sobre la que se encontraba, susurrando palabras que no se entendían, como si le hablase en secreto a la roca.

    Entonces grabados hasta ese momento borrosos se vieron iluminados por un resplandor purpúreo, mismo que surgió entre los Gizamon, cubriéndolos por completo mientras sus cuerpos se transformaban. Era como si la piedra les estabiera forzando a evolucionar.

    —Ríndanse ahora o mis lacayos se encargarán de ustedes—los nueve Gizamon se habían convertido en Raremon.

    —¡Las águilas!- de repente gritó Fu Su, señalando hacia el cielo para que Patamon también los pudiese ver.

    ***​

    Tres aves de grandes alas usaron sus cuernos para embestir a los Raremon más cercanos a los Elegidos, destruyéndolos de un golpe antes de que estos pudieran reaccionar. Aún cuando los Raremon eran superiores en número, no lo eran en habilidad.

    —¡Escapen ahora Elegidos, Prime viene camino!—ordenó uno de los Aquilamon.

    Pero Fu Su no podía simplemente huir y dejar a sus camaradas a su suerte. Frente a él, el exasperado Tsukaimon instaba a los Gizamon que seguían saliendo del agua para que se uniesen a la batalla. Y la misteriosa piedra permanecía activa, haciendo evolucionar a los refuerzos del enemigo conforme se abrían paso hacia el combate. Algunos se transformaron en más Raremon, otros en cambio evolucionaron en Flymon. Reforzados en número y con apoyo aéreo, los enemigos hicieron retroceder a los Aquilamon, quienes luchaban fervientemente en su intento de proteger a los chicos.

    Fu Su tenía que pensar en algo, debía encontrar una forma de desactivar aquél artefacto y detener el avance enemigo, pero primero tendría que quitar a aquél Tsukaimon de en medio.

    —Patamon, vamos a encargarnos de ese embustero, tengo un plan—el digimon anaranjado le miró de reojo, preocupado.

    —Espero funcione—contestó Patamon al fin, inseguro. Aún así, infló su cuerpo y se dispuso a luchar.

    Aprovechando un momento de distracción de Tsukaimon cuando éste daba órdenes a los Flymon, Fu Su dio la señal a Patamon para que atacara. "Air Shot. Una bala de viento comprimido derribó al Tsukaimon de la roca. Al parecer, fue efectiva, y creyéndolo aniquilado ambos se acercaron a buscarle.

    El Tsukaimon emergió de detrás de la piedra y se arrojó sobre Patamon antes de que este pudiera siquiera reaccionar. Ambos cayeron al suelo, rodando sobre la arena mientras luchaban con sus pequeñas patas.

    Con ambos digimon enfrascados en combate, y los Aquilamon manteniendo a la creciente cantidad de enemigos a raya, era la oportunidad que Fu Su necesitaba para examinar la roca. En el medio de los extraños símbolos grabados en ésta encontró el relieve de un grueso anillo, marcado con más símbolos, y en su interior una ranura donde estaba encajado un cristal más negro que el ónice. Fu Su dedujo que la energía que la roca empleaba para hacer evolucionar a los enemigos provenía del cristal, pues éste brillaba con más intensidad que los símbolos a su alrededor. Incluso parecía palpitar como si enviase alguna clase de frecuencia con su purpúreo resplandor.

    —Que mis ancestros me perdonen...—Fu Su desenvainó la espada de su familia.

    No se había atrevido a emplearla en el combate por miedo a dañarla, pero la situación apremiaba y era lo único que se le ocurría en ese momento. Con todas sus fuerzas, encajó el arma en el cristal. Este empezó a... ¿sangrar? Manaba un liquido negro y viscoso de las grietas que le producía el contacto con la espada. Luego explotó.

    El impacto arrojó a Fu Su varios metros atrás. Para su suerte, no resultó muy malherido y pudo ponerse en pie al cabo de pocos segundos. Tenía quemaduras en sus manos y sus brazos, parches purpúreos y humeantes en su piel. El dolor era intenso, pero era lo que menos importaba en ese momento. Su plan había funcionado.

    Con la explosión, el cristal y la roca se habían hecho pedazos. Sin su poder, los últimos Gizamon en llegar a la costa no pudieron evolucionar. Faltos de la dirección de Tsukaimon tampoco se movían, solo se quedaban apiñados unos contra otros.

    Tsukaimon logró quitarse de encima al Patamon, hecho una furia al ver la roca partida en pedazos, profiriendo insultos a sus esbirros pues todos, incluidos los Raremon y Flymon, se habían quedado inmóviles, presa fácil para los Aquilamon. La multitud de hostiles reaccionó en ese momento, reanudando su ofensiva contra las tres águilas, quienes seguían luchando pese al cansancio y las heridas.

    —¡Atrápenlo!— ordenó de repente el Tsukaimon, al volver su vista al Patamon.

    Un Raremon y un Flymon cercanos tornaron su atención al digimon anarganjado, el segundo cortándole el paso desde el aire para que el no-muerto pudiese envolverlo con sus enormes garras. Fu Su corrió tan rápido como pudo, tratando en vano de esquivar a los digimon combatientes, cuando un Flymon le embistió arrojándole a la arena.

    "Hunting Cannon", "Big Darts". Uno de los Flymon estalló en el aire. El Raremon cayó empalado por un dardo negro antes de desintegrarse, dando oportunidad a Patamon de reunirse con su tamer.

    —¡Mira, es el Capitán!—Patamon dirigió la mirada hacía los árboles detrás. Eran Prime y su grupo, al fin les habían encontrado.

    Prime irrumpió en la batalla impulsándose con chorros de vapor a presión provenientes de los tubos en su espalda, embistiendo a un Raremon para alejarlo de Fu Su.

    —¡Círculo defensivo, debemos sacarlos de aquí!—el resto de sus soldados, los Aquilamon incluidos, no demoraron en seguir las órdenes de Prime, rodeando por completo a los chicos para hacer frente a los enemigos.

    Desprovistos del poder de la evolución, el número de hostiles se iba reduciendo poco a poco. Pero los guerreros estaban cansados y varias grietas verdes y heridas sanguinolentas en su piel dejaban ver que a ellos también la batalla les estaba pasando su factura.

    —Anda Fu Su… levántate, tenemos que huir de aquí—Patamon se colocó bajo el pecho del muchacho, empujándole con premura en un desesperado esfuerzo para ayudarle a reincorporarse.

    Con ayuda, Fu Su se las apañó para ponerse en pie. Aún podía sentir el dolor de sus heridas, pero no tenía tiempo de ocuparse de eso.

    —Pensé que ésto nos ayudaría… —el tamer bajó la mirada hacia su D-Bracelet.

    El radar mostraba la batalla a su alrededor, con todos aquellos puntos rojos rodeando al grupo azul, pero había algo más. Los enemigos en otras partes de la isla permanecían estáticos. Cómo si la distancia les impidiese escuchar las órdenes del Tsukaimon, seguramente gracias a la pérdida de la piedra—. Ahora tenemos que derrotar a ese Tsukaimon...

    —¡Detente! Si salimos ahora pondrás en peligro a nuestros compañeros—prevenido ante esta situación, Patamon haló a su amigo por la camiseta antes de que cometiera una locura.

    Fu Su se soltó de su digimon con facilidad, pero sabía que tenía razón. Era él la causa de esa situación. Pero no podía quedarse con los brazos cruzados.

    —Patamon… solo por esta vez, hazme caso. Busca un hueco por donde puedas atacar. —suplicó.

    Esta vez el digimon no dudó en el juicio de su tamer.

    Y así esperaron aquella ventana de oportunidad, cuando el Tsukaimon se acercaba hacia el grupo, de nuevo grintando órdenes. Y Patamon se infló tanto como pudo, y apenas los dos soldados frente a él se separaron un poco, disparó. "Air Shot". La bala de aire golpeó a Tsukaimon en el rostro, irónicamente haciéndole caer sobre los fragmentos de la roca y el cristal destruidos por Fu Su. Cuando Tsukaimon no se levantó sus esbirros restantes detuvieron sus ataques, dando oportunidad a los hermanos del Templo de destruirles con gran facilidad. Al cabo de un rato, Prime estaba derribando al último Flymon.

    ***​

    Los hermanos guerreros no habían recibido bajas, pero se encontraban cansados y malheridos. Algunos de ellos podían moverse sin esfuerzo, pero a otros les estaban dando los primeros auxilios.

    —El ROM Beta viene hacia nosotros Capitán, la tercera patrulla se encuentra a bordo—reportó uno de los soldados leyendo las marcas en la pantalla de su radar.

    —Aun no hay comunicaciones—añadió otro, inútilmente intentando comunicarse con el navío.

    —¿Señor, no deberíamos tomar muestras?—inquirió uno de los KnightChessmon, de color blanco.

    -Tienes razón Galdor… muchachos, acompáñenme, el resto de ustedes vigilen el perímetro—Prime se acercó a los chicos. Tenía el torso vendando, pero más allá de eso, parecía estar bien.

    El centauro tomó un frasco de su mochila, aplicando los contenidos de éste sobre las heridas de Fu Su. Funcionaba como un aerosol, pero el gas que despedía se componía de diminutos fragmentos de datos.

    —Es algo—comentó el Capitán notando que el medicamento solo había restaurado parcialmente la piel del joven—. El señor Eöl te examinará apenas lleguemos. Aguanta un poco, pronto saldremos de aquí.

    Los otros soldados se encontraban en la playa, arreando a un grupo de Gizamon, y tomando muestras de la data de los Raremon y Flymon muertos. Fu Su había oído a uno mencionar lo espantoso que era el hecho de que esos digimon no hubiesen liberado su digicore al morir. A efectos prácticos, era como si hubieran sido borrados.

    Entre la piedra desquebrajada, las esquirlas de cristal y los charcos de líquido negro y viscoso, Fu Su avistó los fragmentos de su espada, quemados como lo estaba su piel al punto en que ya no se distinguían los caracteres sobre su superficie. El chico se dirigió a ellos con premura y se dejó caer de rodillas frente a la espada rota. Tomó la empuñadura con manos temblorosas. No pudo ni quiso evitar que las lágrimas empaparan sus ojos.

    Era más que un arma o una reliquia del clan, era el símbolo de su familia. Su única conexión con casa, y la había destruido por su imprudencia. Su padre y su abuelo nunca se lo perdonarían, y él tampoco iba a perdonarse jamás. Lo hecho estaba, había reaccionado como demandaban las circunstancias, y en ese momento no podía permitirse deshacerse en lágrimas. Con sumo pesar guardó los fragmentos de la espada en su digivice y retornó a donde estaba Patamon.

    —Eh… Fu Su… ¿aquél Tsukaimon no estaba por aquí?—preguntó Patamon de repente.

    —¿Me buscaban?—los muchachos levantaron la mirada.

    Tsukaimon les hablaba desde el lomo de un Flymon que tenía por montura. Uno de un grupo de al menos veinte de éstos. Bajo ellos, en las aguas, habían surgido una docena de Gesomon, calamares de gran tamaño conocidos por su ferocidad en el combate, acompañados de alrededor del doble de Raremon, lentamente subiendo hacia la playa.

    —Vamos, no creerían que sería tan fácil acabarme. Pero que idiotas son ustedes los chicos buenos… ¡traje refuerzos, malditos!—los soldados del Templo se formaron en torno a su Capitán, una vez más asumiendo una posición defensiva para proteger a los Elegidos.

    —No presumas tanto mocoso, recuerda quien es el jefe aquí—una sombra apareció detrás Tsukaimon.

    Se trataba de un digimon de grandes alas agujereadas, con enormes brazos que le llegaban a las rodillas, finalizados en brutales garras. Sin lugar a dudas un ángel caído, de túnicas negras como su corazón.

    —Señor Devimon... —Tsukaimon retrocedió sobre su montura, abriendo paso al demonio y a otros dos acompañantes que acababan de unírsele, muy parecidos a Devimon por sus cuerpos negros, sus enormes brazos y sus garras rojas, solo que éstos Digimon poseían formas dracónicas.

    -Los rumores eran ciertos. Un ángel caído y… aquellas bestias demoníacas… son Devidramon—Patamon se puso frente a su Tamer. Temblaba de miedo y el chico sabía por qué. Había leído todo sobre aquellos digimon oscuros. Eran oponentes peligrosos y despiadados, bastante más poderosos que aquellos salvajes sin mente con los que habían luchado.

    —Te daré algo de crédito Tsukaimon, por atraer a los Elegidos y a sus guardianes hasta aquí, aun si has perdido una de nuestras Estelas Sombrías... —el ángel caído volteó a ver de reojo al pequeño digimon morado, que se acobardaba ante su mirada en contraste con su envalentonada actitud de antes—. Perros de la Alianza, si me entregan al crío y a su Digimon les dejaré ir en paz… mejor aún, puedo ofrecerles un lugar al servicio del Señor del Odio. Él les dará el poder que sus amos no pueden...

    —¡Jamás! ¡Un soldado nunca rompe sus juramentos! No dejaremos que le pongas ni una de tus sucias garras encima—le replicó Prime, apuntando al demonio con el cañón en su brazo derecho.

    —Ya me temía que eso fuesen a responder. Después de todo, les entrenan para obedecer y no para pensar...—el ángel caído extendió sus terribles alas, también abrió sus brazos y sus garras para mostrar el filo de sus uñas, en sus ojos se reflejaba inmenso deseo y sed sangre—¡Ataquen!

    Ante el grito del demonio, los digimon salvajes se arrojaron al combate con total desenfreno, dispuestos a morir siguiendo las órdenes del ángel caído, como los soldados estaban decididos a dar sus vidas si era necesario. Nunca en su vida Fu Su había experimentado tal peligro, ni tanto temor, pero iba afrontarlo, algo tenía que hacer, cualquier cosa...
     
    Última edición: 20 Sep 2017
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    Zeromaru X

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    MIRACLE OF EVOLUTION

    "Siete serán los Elegidos, como siete son los Pilares que sostienen el Mundo Digital; siete sus virtudes y siete los preceptos que representan, como siete son los poderes de los elementos y las dimensiones que conforman el Cosmos Digital; siete los humanos destinados a salvar a nuestro mundo y siete serán sus compañeros digimon...

    El primero en llegar será el guardián de la luz, el más justo y el más sabio entre sus hermanos. Encarnación de la gloria de ancestral linaje, su esencia será de áureo fuego, en sus manos estarán los poderes sagrados de la creación y el mundo le conocerá como el Caballero del Cielo, pues de entre los ángeles nacerá su compañero. De corazón inocente surgirá para manchar sus alas blancas con la sangre de los demonios. Será justo verdugo de los caídos y noble campeón de los desprotegidos... el primero entre los digimon elegidos, bautizado en la batalla y bendito por la fuerza sagrada, su nombre será enaltecido como el Ángel de la Luz…"


    Tomado del Mural de la Profecía en Rotarl, según la traducción de Balzac el Wisemon, en el año 5,000,000,029 de la Tercerad Edad del Mundo Digital.

    Se hallaban rodeados, sin salida. Sus enemigos eran tenaces y su suministro de tropas, si no infinito, era al menos increíblemente vasto. Bajo las órdenes de aquél Devimon, la oleada de refuerzos del enemigo se abalanzó contra ellos, cual turbulenta avalancha. Indoblegables, los soldados luchaban valientemente para mantener a las "aberraciones"—como ahora les llamaban—a raya. Enemigo tras enemigo caía a sus pies, disparo tras disparo, empalados por las lanzas de los caballeros o incinerados por los ataques de las águilas, pero Fu Su sabía que no era suficiente. Necesitaban una vía de escape, y rápido.

    —¡El ROM Beta se ha detenido!—gritó.

    Guarecido tras los bravos soldados, Fu Su se encargaba de monitorear el radar en su digivice junto con Patamon.

    Prime apenas y volteó a verle de re-ojo.

    —¡Deben huir, muchachos!—les ordenó, a la par que pateaba los tentáculos de uno de los Gesomon para alejarlo.

    —¡No podemos dejarlos aquí a su suerte!—respondió estremecido Fu Su al ver la cantidad de enemigos a la que se enfrentaban.

    —¡Es una orden!—replicó el centauro a toda voz. Luego disparó a un Flymon que cargaba contra ellos—. Vayan directo al barco, nos reuniremos con ustedes abordo. ¡Ahora!

    Fu Su simplemente no podía obedecer esa orden. Pero tampoco sabía qué hacer, abrumado por la batalla a su alrededor.

    —¡Tenemos que irnos Fu Su, o todo lo que han hecho nuestros compañeros será en vano!—Patamon haló a su Tamer de la camiseta.

    Aún con dudas, pero sabiendo que si se quedaban allí condenarían a sus camaradas a una muerte segura, el joven tomo a su digimon en brazos y se hizo a la carrera sin mirar atrás. Un KnightChessmon y un Centalmon—Galdor y Eurytion, si no recordaba mal sus nombres—se movieron junto a ellos, aniquilando a cuanto enemigo se les ponía enfrente. Prime y los demás se encargaban de destruir a las aberraciones que iban a su saga.

    Pronto llegaron a un bosquecillo al norte de la costa—lo usarían como cobertura, para volver sin ser vistos al lugar donde el ROM Beta debía de hacer tierra, en la costa norte—, y los dos digimon centinelas dejaron de seguirlos, pues debían regresar para apoyar a sus camaradas. Fu Su continuó corriendo, confundido y aterrado, internándose en el bosque sin rumbo alguno, ignorando su radar hasta que Patamon le hizo volver en si mordiéndole un dedo.

    —¡Reacciona! ¡Tenemos que ir al barco!

    El joven se detuvo. No dijo nada, solo miró a su compañero, luego bajó la vista hacia el radar. Se habían alejado demasiado del rumbo que debían seguir.

    También se encontraban más cerca de una segunda hueste de Raremon—la hueste original, aquella que se había quedado paralizada cuando la roca de extraños símbolos había sido destruida—, que se acercaba a la costa donde Prime y los suyos aún continuaban luchando. Estaban tan cerca que Fu Su podía distinguir el moroso andar de los Raremon arrastrándose sobre la hojarasca, y la voz aguda y nasal que les daba órdenes.

    El tamer se asomó un poco para que su D-Bracelet pudiese identificar a quién hablaba. Era un PicoDevimon, un diminuto digimon diabólico relacionado con Devimon. El PicoDevimon fungía la misma función que el Tsukaimon que enfrentaron antes, y como éste su especie era conocida por sus artimañas, su malicia y sus ataques basados en virus y veneno.

    —Olvídalo...—le susurró Patamon, adivinando lo que planeaba hacer su compañero.

    —Si los dejamos avanzar, atacaran a Prime y a los demás por la espalda. De cualquier manera, no podremos salir de aquí con esos en el camino.

    Patamon le devolvió una mirada molesta, pero al cabo de un rato asintió con la cabeza. Al parecer, el pequeño digimon estaba molesto con todos los problemas que le había causado la tozudez de su tamer, pero pensaba apoyarlo de todas maneras. Fu Su dejó a su digimon en el suelo, y ambos se ocultaron tras un arbusto. Entonces, el tamer tomó una pequeña piedra del suelo, y, con tantas fuerzas como le permitía el dolor de sus heridas, la arrojó contra el PicoDevimon, golpeándole detrás de la cabeza.

    —¿¡Pero que co...!?—la piedra no le lastimó mucho pero si llamó su atención.

    "Aero Slash". Patamon agitó fuertemente sus alas, generando dos cuchillas de aire que rebanaron al PicoDevimon como si se tratara de una hoja de papel. El digimon apenas tuvo tiempo de emitir un quejido antes de que su cuerpo se desintegrara en una lluvia de datos, y su digicore saliera volando hacía el cielo. Los Raremon se detuvieron de inmediato, como si los hubieran apagado.

    Al parecer, ese PicoDevimon era un digimon particularmente débil para su especie, pero era también la primera vez que Patamon atacaba con todas sus fuerzas. Los resultados del entrenamiento de Torm, pensó Fu Su.

    En aquel momento escucharon voces que les resultaron familiares. Se trataba de la segunda patrulla, la que había ido a explorar el otro extremo de la isla. Fu Su los llamó efusivamente al verlos, haciendo señas con las manos. Los soldados llegaron a su posición al cabo de un rato.

    —¿Qué hacen aquí?—preguntó uno de los Centalmon.

    —Prime nos envió a buscarlos, su grupo se encuentra rodeado—respondió Fu Su. La inquietante mirada de Patamon le indicó que al digimon no le gustaba que mintiera—. De camino encontramos un PicoDevimon que dirigía a estas aberraciones, y al destruirlo todos se detuvieron.

    Los soldados del grupo se volvieron a ver a su oficial al mando, un KnightChessmon blanco, quien rápidamente consideró sus opciones.

    —En ese caso debemos acudir cuando antes a donde el Capitán—dijo al fin.

    —Esperen... el barco...—Patamon intervino, pero fue interrumpido por el KnightChessmon.

    —En el navío poseen artillería y la tercera patrulla está con ellos. Nuestro Capitán necesita refuerzos ¡Andando!—Fu Su tomó a su Patamon entre brazos y se unió al grupo sonriendo. Ignorando la mirada de desaprobación de su digimon.

    ***​

    Poco después de llegar a la costa, Fu Su y Patamon se separaron del grupo de guerreros. A opinión del KnightChessmon teniente, lo mejor era que los Elegidos estuvieran fuera de peligro. Pero Fu Su no pensaba quedarse por fuera de esta batalla. Así que se puso a explorar el terreno, en busca de cualquier otro digimon que sirviera de comandante a las aberraciones.

    —¡Te das cuenta de lo que estás haciendo!—le reclamó Patamon a su tamer una vez estuvieron ocultos tras unos arbustos.

    —Baja la voz o nos escucharán—contestó Fu Su.

    Pero Patamon no estaba dispuesto a aguantarse más los caprichos de su tamer.

    —No. Ahora me escucharás tú a mi. Nos has metido de una trampa a otra, haz hecho que Prime y sus soldados quedaran atrapados, y si no nos vamos de aquí en éste momento nos pasará lo mismo. ¡Haz caso de una buena vez y sígueme antes de que el enemigo nos encuentre!

    —Que bajes la voz… solo conseguí…—en ese momento, Fu Su se percató de que las marcas rojas en la pantalla de su radar se acercaban a ellos.

    —No otra vez...—el pequeño digimon miró el radar, luego se dio la vuelta, viendo con sorpresa a las criaturas que emergían de entre la vegetación.

    —¡Derríbenlos!

    Bajo las órdenes de otro PicoDevimon, un Flymon los envistió, arrojando a Fu Su al suelo. Patamon rodó a un lado, se incorporó tan rápido como pudo para ayudar a su tamer, pero este apenas podía moverse. El golpe había abierto sus heridas de nuevo.

    —Tienen suerte de que mi amo les quiera vivos—rió burlonamente PicoDevimon.

    Haciendo una seña con la cabeza, el pequeño demonio indicó a uno de los Flymon que se hiciera cargo de ellos. El insecto estiró sus largas patas para tomar primero a Patamon, constriñendo su cuerpo con sus tres dedos. Con la otra alzó a Fu Su de la camiseta y una vez listo siguió al líder del grupo camino a la batalla.

    —Y pensar que ese tonto Tsukaimon falló en atraparles. Ya quiero ver la cara que pondrá cuando le diga qué tan fácil ha sido para mí...—el PicoDevimon se vanagloriaba de su hazaña con una risa aguda y enervante.

    El grupo llevó a los chicos hasta el centro del campo de batalla, con tal parsimonia como si se tratase de un desfile donde PicoDevimon mostraba sus trofeos. Prime fue el primero en avistarlos. Había perdido a al menos a dos Centalmon, pero su grupo podía aguantar gracias a la ayuda de la segunda escuadra que había llegado a reforzarlos. Al ver a los elegidos, Prime intentó coordinar los esfuerzos de sus soldados para avanzar entre la marejada de enemigos.

    —Le encontramos espiando en las cercanías mi señor. Le he capturado para usted—PicoDevimon ordenó a los Flymon alzar el vuelo hasta su señor, quien comandaba la batalla desde las alturas, seguro tras los dos Devidramon, sus fieros guardianes.

    Al verlos, sonrío complacido, sintiéndose seguro en su victoria. Así que encontró oportuno congratular a su siervo.

    —Muy bien hecho. Aprende de él, Tsukaimon—Devimon apenas volvió a ver al pequeño digimon purpúreo, quien permanecía cerca de su posición.

    Éste miraba con recelo al PicoDevimon, quien no reparó en disimular lo feliz que lo hacía humillar a su rival.

    —En cuanto a ustedes, aquí acaban sus aventuras. Que lástima...—el demonio extendió sus garras, tomando a uno del cuello, al otro de las alas, y los acercó hacía si hasta tenerlos a la altura de su rostro, pálido como el de un cadáver bajo las túnicas negras.

    Al verse tan cerca de la muerte, el tamer sintió pavor. Pero, en medio de su temor, y del esfuerzo que hacía por patalear para liberarse de su opresor, Fu Su se percató de algo extraño en el Devimon. Una esquirla cristalina incrustada en su frente, idéntica al cristal que había destruido antes, el que controlaba la evolución de las aberraciones.

    —Descuiden, yo mismo les acompañaré hasta donde el Señor del Odio. No me perdería por nada el espectáculo de su tortura—la risa de Devimon hacía eco por cuenta propia en sus pensamientos, llenando su corazón de un terror que le paralizó el cuerpo—. ¡Miren ésto, perros de la Alianza!

    El demonio separó sus largos brazos para que Prime y sus tropas pudiesen ver a los chicos. Los soldados seguían luchando desesperadamente, empujando paso a paso a sus enemigos.

    —Así que ya no les necesito...—el ángel caído tornó su cruel mirada hacia Patamon, luego a Fu Su—. Sean testigos de cómo mueren sus amigos...

    Pero en el momento en que Devimon había bajado su guardia, el ataque coordinado de dos Aquilamon derribó a los Devidramon a su lado. Tomado por sorpresa, Devimon no pudo hacer nada cuando el tercer Aquilamon se abalanzó sobre de él, golpeándolo ferozmente con sus alas hasta hacerle soltar a los Elegidos, a quienes ágilmente atrapó con sus garras. Mientras sus hermanos mantenían ocupados a los Devidramon, el tercer Aquilamon emprendió vuelo hacia el ROM Beta, que al fin avanzaba hacia la costa norte de la isla.

    —¡Acaben con ese Aquilamon!—apenas Devimon dio la orden, él mismo se vio forzado a retroceder cuando Prime le disparó con su cañón.

    Parecía que iban a lograrlo. Fu Su vio esperanza en la mirada de Patamon. Pero los Devidramon eran tan ágiles como las propias águilas, y uno de éstos se liberó del combate con las aves, hiriendo mortalmente al Aquilamon que lo enfrentaba, y se arrojó contra el Aquilamon fugitivo, embistiéndolo con todas sus fuerzas. El digimon ave resistió el golpe pero se vio forzado a descender, dando oportunidad al dragón demoníaco de embestirle de nuevo, ésta vez haciéndole soltar a los Elegidos.

    La arena amortiguó su caída. Aún así, Fu Su apenas se podía mover mientras Patamon desesperadamente intentaba halarlo para salir de allí. Entumecido por la caída, Fu Su notaba el dolor de sus heridas, pero le parecía ajeno. Veía todo en cámara lenta, figuras borrosas danzando a su alrededor. Escuchaba muchas cosas, pero apenas podía entender. Prime y Devimon dando órdenes al tope de sus voces, los gritos de la batalla, múltiples voces llamando su nombre, explosiones a diestra y siniestra. Tal vez fue el dolor de las quemaduras, o la voz de su digimon, pero el joven volvió en sí lentamente. Vio a uno de sus rescatadores desplomarse bajo las garras de un Devidramon apenas a unos metros a su derecha.

    —¡Aquilamon!—Patamon gritó de angustia ante la escena que se desarrollaba frente a sus ojos.

    Impotentes ante la barbarie, Fu Su y Patamon fueron testigos de la cruel muerte de su camarada: con Aquilamon a su merced, el Devidramon se abalanzó sobre éste, destajándolo con el filo de sus garras, arrancando con éstas carne, plumas y sangre hasta reducir por completo a su enemigo a paquetes de datos. Entonces le propinó el golpe de gracia con el pico de su cola, usándolo cual estaca para atravesar su pecho y llegar hasta su digicore. Aquel Aquilamon no volvería a renacer jamás.

    —¡Allí están!

    Pese al caos de la batalla, Devimon les había encontrado de nuevo y se lanzó en picada hacia ellos. El último de los Aquilamon le interceptó en vuelo, pero ésta vez el demonio fue más veloz, invocando como contraataque una nube de símbolos malditos con los que quemó su pecho. El Aquilamon cayó en picada, desvaneciéndose en paquetes de datos antes de tocar el suelo. Su digicore salió volando poco después.

    —¡Las pagarás bellaco! ¡Big Darts!—uno de los KnightChessmon blancos acudió al rescate de los chicos.

    Arrojó su dardo al ángel caído pero éste le destrozó con su propio ataque, "Razor Wing", haces gemelos en forma de alas negras que explotaron al impactar con el dardo. "Demon's Ray". Usando la misma técnica con la que mató al Aquilamon, Devimon atacó al caballero blanco desde las alturas. El rayo demoníaco derribó al guerrero.

    —¡Galdor!—sacando fuerzas de flaqueza, Fu Su corrió con su digimon en brazos para llegar al lado del caballero. Su armadura humeaba y bajo ésta escurría la sangre de múltiples heridas.

    —Deben escapar... o todas nuestras esperanzas... morirán con ustedes...—el caballero se desmayó.

    Al ver a su oponente fuera de combate y a los Elegidos desprotegidos, Devimon descendió hasta ellos sin demora, abriendo sus alas y sus garras, preparado para dar al soldado el golpe final.

    —¡Aléjate de él!—entre el miedo, la desesperanza y el dolor, un estallido de ira incontenible llevó a Fu Su a lanzarse contra el demonio. Éste le atrapó sin inmutarse, tomándole por el cuello para alzarle a la altura de su rostro.

    —Pero qué fácil ha sido capturarte, humano. De todos modos, me aseguraré de que no puedas escapar de nuevo—el demonio alzó su garra, amenazante.

    Con las pocas fuerzas que le quedaban, Patamon intentó liberar a su amigo usando un Air Shot, en vano, pues con la misma facilidad el demonio le capturó con su otra garra. Una vez más tenía a ambos Elegidos a su merced.

    Fu Su se desesperó. Los gritos de Patamon mientras forcejeaba para escapar le desgarraban el corazón. Tenía que pensar en alguna forma de escapar. Para ello necesitaba sobreponerse al dolor y al miedo, para poder concentrarse, pensar. Recurrió a lo único que se le ocurrió en ese momento. Se las apañó para subir su mano al pecho y alcanzar las cuentas del rosario colgando de su cuello. Entonces cerró los ojos y se concentró en vaciar su mente para calmar la tempestad de emociones en su interior.

    Empujado por la adversidad lo logró. Encontró refugio ante el terror en las enseñanzas de los Budas, fuerzas con las que luchar contra el poder de la oscuridad. Por breves instantes se sintió de nuevo en aquél ensueño de luz infinita, flotando en un mar de armonía y serenidad. Cuando abrió los ojos pudo percibir como esa cálida y poderosa sensación se extendía desde su interior por todo su cuerpo, transformada en un aura de luz dorada que desvanecía las tinieblas, llevándose consigo todo el dolor, todo el miedo. Por la fuerza del lazo entre tamer y digimon, el aura dorada llegó hasta Patamon, liberándole también del tormento, regresándole las fuerzas perdidas.

    —¿¡Qué es esto!?- con un grito de dolor Devimon los soltó. La luz quemaba sus manos. Atónito, miró sus heridas, luego levantó la vista hacia los Elegidos—. No puede ser...

    —Éste es el poder de la Luz...—Fu Su pensó en voz alta, recordando las palabras de Eöl el día que recibió su digivice.

    Ese fulgor era su esencia, su fortaleza. La Luz de la Creación. Miraba sus manos admirando ese poder, gracias al cual él y su compañero habían recobrado la voluntad y las fuerzas para luchar. Ya no les pesaba el agotamiento por la batalla, tampoco el tormento del que habían sido objeto. Incluso las heridas empezaban a sanar, evaporándose la sangre en sus brazos, cerrándose parcialmente las yagas. Se sentía lleno de vida y de esperanza, con el valor para cambiar el rumbo de esa batalla.

    Fue en ese momento cuando el milagro ocurrió. Compartiendo su poder, la pantalla del D-Bracelet se iluminó. Era una señal, había despertado la luz de la evolución.

    ***​

    Envuelto en áurea esfera de luz y paquetes de datos, Patamon se elevó en el fulgor mientras su cuerpo se transformaba, adoptando una forma antropomórfica. En un parpadeo, del aura luminosa emergió un ángel de seis alas resplandecientes, armado con un báculo dorado. Su apariencia era la de un joven humano de complexión ágil y atlética, mucho más alto que un humano adulto, ataviado de túnicas blancas y azules, decoradas con símbolos dorados. No llevaba protección alguna más que unas bandas de cuero en los nudillos de la mano izquierda, hombrera y brazalete dorado en el mismo lado, y un casco metálico marcado con una cruz tras el que pendía su larga y rubia cabellera.

    —¡Angemon!—exclamó, cuando la luz se disipó.

    Sin decir más, el ángel embistió al Devimon, empujándolo con su arma, decidido a no darle ni un segundo de descanso. Devimon era ágil bloqueando los golpes con sus largos brazos, pero no lo suficiente. La furia del ángel le había forzado a la defensiva, retrocediendo hacia el centro del campo de batalla sin oportunidad para contraatacar.

    —¡Es inútil, tus amigos morirán pronto!—en su intento de distraer al oponente, fue el propio Devimon el que perdió la concentración al tornarse hacia el caos a su alrededor, permitiendo al ángel superar sus defensas.

    ¡Jamás te distraigas en combate!—haciendo eco de los consejos de Sagittarimon, Angemon golpeó al demonio en el cuello y con un rápido giro del báculo después en la barbilla, dejándolo temporalmente indefenso por la fuerte contusión.

    —¡Ésto es por haberle hecho daño a mi Tamer!—Angemon pateó al aturdido Devimon en el pecho con todas sus fuerzas, haciéndolo caer a la arena, donde el demonio rodó un buen trecho hasta que una roca suelta le detuvo.

    Angemon no tardó en seguir a su oponente.

    —¡Voy por ti Devimon!—gritó a todo pulmón—¡Ésto es por haber asesinado a mi amigos!

    El ángel reunió todo su poder sagrado en su puño derecho, envolviéndolo en una refulgente esfera dorada que desató con un puñetazo.¡Heaven's Knuckle!

    —¡No lo harás! ¡Demon's Ray!—de alguna forma, el Devimon logró reincorporarse a tiempo para usar su técnica especial.

    El rayo sagrado y el poder de las tinieblas chocaron a medio camino entre los combatientes, aparentemente igualados. Pero ni toda la maldad del demonio le bastaría para superar la voluntad unida del ángel y su tamer.

    —¡Tú puedes Angemon!—Fu Su corrió para apoyar a su digimon, haciendo surgir de nuevo aquella aura dorada que había despertado la evolución.

    Empoderado por el poder de los Elegidos, el haz de luz empujó el rayo de oscuridad hacia su origen, hasta que finalmente le hizo estallar, abriéndose camino directo a Devimon.

    —¡NO!

    El rostro del demonio se congelo en un rictus de terror cuando el rayo dorado atravesó su pecho, llevando consigo tanto poder sagrado que éste se desbordó desde su interior, escapando por sus ojos y boca como haces dorados hasta hacerle estallar en una explosión de luz y datos... la esquilar de la extraña roca se desintegró esta vez, incapaz de explotar al estar envuelta en la luz sagrada.

    ***​

    Con la muerte de Devimon, las aberraciones perdieron el control. Los Devidramon y PicoDevimon trataron de tomar el liderazgo, pero en aquel momento apareció el ROM Beta, abriendo fuego con sus poderosas baterías, sin darles si quiera tiempo de reaccionar. Los Devidramon, el PicoDevimon, y una miríada de aberraciones se convirtieron en polvo de datos, acribillados por los disparos del buque de guerra.

    ***​

    Sin que los Elegidos se percatasen, Tsukaimon había seguido su batalla a una prudente distancia, listo para absorber los datos del primer digimon en fallecer en combate. Y cuando su maestro cayó, él se alimentó de su data, y luego escapó, ocultándose en el bosque.

    ***​

    Con sus ondeantes estandartes de oro y plata, el ROM Beta anunciaba su llegada y así la victoria de los hermanos del Templo y de los Elegidos. Los enemigos restantes, todos aberraciones sin mente, fueron capturados por el equipo de la tercera patrulla, cuyos miembros bajaron sin demora para asistir a sus camaradas. Los más graves fueron los primeros en subir a bordo, Galdor entre ellos.

    Prime había dado la orden de evacuar de inmediato. Abortarían el último objetivo de la misión—el de poner una antena de transmisión—previniendo la posibilidad de otro ataque. No tenían otra opción con tantos de ellos heridos, y la peligrosa posición en que se encontraban, incomunicados aún bajo el efecto de aquél extraño campo de energía que se había debilitado considerablemente, pero que no había desaparecido del todo.

    Fu Su y Angemon esperaron en tierra con Prime y dos de sus soldados, haciendo guardia mientras el resto subía al barco.

    —Éste no es el momento para evaluar sus acciones en combate, muchachos—Prime se dirigió a los Elegidos en aquel momento—, basta con decirles que merecen mi reconocimiento por ésta batalla.

    Angemon iba a responderle, pero su atención rápidamente pasó a su tamer cuando éste se tambaleó. El digimon se apresuró a sostener al chico entre sus brazos antes de que éste cayese inconsciente. Ante la alarma del ángel, Prime se acercó al muchacho y colocó dos de sus dedos metálicos en un costado de su cuello.

    —Descuida, ya despertará... no entiendo bien lo que han hecho hoy, pero sea lo que sea, consumió todas las fuerzas de tu tamer. Llévale a la enfermería—le ordenó el Capitán.

    Finalmente todos abordaron el barco y este se puso en marcha hacía la Isla ROM.

    —Vaya primera misión—pensó Prime en voz alta, mientras observaba las islas Frag perderse en el horizonte—. No cabe duda que el destino tiene algo grande en mente para esos dos...

    Él y los Elegidos tendrían mucho que explicar de regreso al Templo. La difícil victoria que habían arrancado de la trampa en la que habían caído dejaba más preguntas que respuestas, pero algo había quedado muy claro: la amenaza al Templo era real, y si de algo le servía la intuición de veterano, estaba seguro que se trataba de un peligro para el mundo entero y no solo para los habitantes de la Isla ROM. Si esos chicos y sus misteriosos poderes constituían su única esperanza, se iba a encargar de entrenarlos hasta convertirlos en guerreros dignos de la leyenda de sus predecesores.

    ------​

    Los eventos de este par de capítulos ocurren una semana antes de la primera misión de Akira en el Mundo Digital.
     
  11. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Chronicle 5:
    EXPLOSIVE DIGISOUL
    X-VOLUTION!


    El Bosque BIOS estaba envuelto en una fina capa de niebla espectral que le daba un aura de misterio, e incluso de peligrosidad. Era el bosque más extenso del Continente Mainframe y uno de los más grandes en todo el Mundo Digital, así como posiblemente el más antiguo. En los registros del Mundo Digital, del Bosque BIOS se decía:

    “Y así nació el segundo continente, Mainframe de los campos verdes y de las altas montañas.
    Luego de que la tierra surgiese de entre las aguas del Océano Net,
    todo comenzó a tomar forma por la voluntad de Yggdrasill.
    Primero alzáronse las montañas desde el norte y sur,
    hasta que su corazón perforó las nubes y tocó los cielos coronando al continente.
    Después vino el Bosque, y el este se llenó de vida;
    uno a uno los árboles levantáronse hacia el firmamento,
    entre todos un paraíso crearon de cielos esmeralda y del canto del viento...”

    El Bosque era, por tanto, el ecosistema más antiguo de todo Mainframe y un lugar casi sagrado para los habitantes de los alrededores. Se decía que los habitantes de las Montañas Pixeladas, miembros todos de las tribus errantes de digimon dragones, habían unido fuerzas con la Armada del Panteón para defender la santidad de este bosque de la ambición y voracidad de Lord UltimateBrachimon y otros invasores, quienes intentaban explotar sus recursos para alimentar sus maquinas de guerra. También se creía que en el interior del Bosque BIOS estaban los árboles que habían sido salvados tras la destrucción del Viejo Mundo, y que estos árboles habían adquirido cierto poder con el tiempo. Los lugareños creían que el interior del bosque estaba maldito, y quien entrase allí jamás volvería a salir. Por tanto, todas las poblaciones de los digimon nativos de la zona se construían en los lindes del bosque y las Praderas del Viento.

    Ese era el lugar al cual habían llegado Akira y DORUmon no hacía mucho, y el joven miraba los árboles del lindero con gran curiosidad. Casi rayaba el alba y los insectos—digimon insectos, se recordó el joven—eran bastante ruidosos, aunque para él, que no había estado a esas horas tan cerca de un bosque, le parecían una especie de melodía espiritual.

    —¡Esto es como la música de la esferas!—rompió de repente el silencio, deleitándose con el campestre sonido.

    —¿Y qué es la música de las esferas?—preguntó Shin, con su curiosidad natural.

    —Pues... —Akira titubeó—, es un dicho que se usa cuando te parece que la música que estás oyendo es algo majestuoso.

    No estaba muy seguro de si esa respuesta iba a satisfacer al digimon, pues ni a él le pareció adecuada.

    —Pues a mí esto me parece como el sonido de los insectos, no como a algo de una esfera...—respondió Shin al cabo de un rato, confundido.

    Akira soltó una carcajada a expensas de su ignorante compañero, mientras DORUmon se reía sin saber por qué. Y así, el dúo inició su camino hacia la terminal de las praderas, en medio de la misteriosa niebla que envolvía al Bosque BIOS.

    ***​

    El escaneo había sido breve, y ahora tocaba el turno de Renamon. Koh, el KoKabuterimon, salió de la cámara de lectura de datos mientras sacudía los brazos, como si quisiera despojarse de algo. Magnamon le había dicho que la maquina servía para reconfigurar los datos de los digimon, limpiándolos de cualquier "impureza" que pudieran tener al haber entrado en contacto con la niña humana. El efecto secundario era una sensación de estar metido en un mar de electricidad estática. Eso era lo que parecía estar sintiendo Koh.

    Akira dirigió su mirada a la cámara de cuarentena, donde estaban los Goburimon, alejados de los otros digimon que trabajaban en el ala médica del Yggdrasill. Y luego miró la unidad médica de emergencia, la única programada para atender humanos. Debido a que el código de estos era muy diferente al de los digimon, se necesitaba de un equipamiento especial por si se cometía algún error a la hora de modificarlos. Por suerte para la niña, a la que habían identificado con el nombre de Sun Xiaojiao, la modificación había sido un éxito.

    —Ella estará bien—dijo Magnamon mientras escribía algunos comandos en una consola—. Los errores en su código ya han sido reparados, despertará pronto.

    El chico respondió con una sonrisa en el mismo instante en el que DORUmon entraba en la sala. Traía unas viandas que había tomado de la máquina expendedora. Estaba comiendo su golosina favorita, helado de frutos rojos.

    —¡Te vez súper cool con esa cosa!—comentó el digimon al verlo, y luego le ofreció un
    hotdog —¿Quieres?

    La "cosa" de la que Shin hablaba era una gabardina blanca de manga corta, con taches de metal en las hombreras y terminaciones en punta, incluyendo un cuello bastante estrafalario. La había creado con el "realizador", es decir, el sistema que hacía que las cosas guardadas en su D-Guantlet se tornasen reales, inspirado en la que usaba un personaje de uno de sus animes favoritos.

    Con una sonrisa, el joven aceptó la comida. No tenía mucha hambre, pero no había comido nada desde que partieron de la Ciudad de los Inicios para buscar a la tal Xiaojiao.

    KoKabuterimon se acercó alegremente y rapó el otro
    hotdog que DORUmon tenía en las garras.

    —¿Cómo supiste que tenía hambre? ¡Gracias! —comentó alegre, ignorando la mirada enojada de Shin.

    —¡Ahora tendrás que pagarme eso!—gruñó este —. ¡Ese era el de Ren-san!

    —¿A ella si le compras y a mí no? —reclamó el insectoide indignado.

    —¡Pues claro, ella es una mujer! ¡Tú eres hombre, puedes comprar tus cosas solo! —respondió Shin mostrando los dientes de forma amenazante.

    Pero KoKabuterimon se tragó el
    hotdog de un solo bocado. Mientras DORUmon hacía un escándalo, el tamer se dirigió a Magnamon.

    —¿Qué piensan hacer con ella?—preguntó.

    —La enviaremos de regreso al Mundo Humano, salvo que la gente de la Alianza la reclame. También tenemos planes para la Renamon. Necesitamos que le lleve un mensaje a cierto "lord" de la Isla File—respondió con tono divertido—. Respecto a tu amigo Koh, si lo desea puede quedarse acá. Podría ayudarnos con algunas cosas.

    —Estoy seguro de que le encantará la idea—comentó Akira.

    Y Akira estaba seguro de que así sería. El bicho miraba a todos lados como si todo lo que viera fuese algo nuevo y maravilloso. Y podría serlo, de hecho. Para los digimon del Mundo Digital, el Yggdrasill solo era una leyenda.

    —En cuanto a ti... tenemos otra misión.

    Diciendo esto, el digimon de armadura dorada hizo aparecer una pantalla holográfica de la nada. Akira reconoció el mapa de las Planicies del Viento.

    —Se han reportado disturbios en esta zona. Queremos que vayas a investigar. Partirán en una hora.


    ***​

    El trayecto hacia la terminal de las praderas fue muy tranquilo, al menos hasta el paso del las Praderas del Viento. De ahí en adelante, debían cruzar por campo traviesa, sin la protección que les brindaban los árboles. Esta región de las praderas no era muy distinta de la primera que ellos hubieran visto, días atrás. Un inmenso valle que dejaba ver en la distancia los verdes pastizales, y árboles desperdigados aquí y allá, ya fuera solitarios o en grupos de dos o tres.

    Y a lo lejos, la terminal de las praderas, una pequeña villa de casas con formas de conos y cilindros de diversos colores, que se había formado alrededor de la estación de trenes y se suponía era habitada por digimon pacíficos. Aunque en ese momento, una columna de humo negro se levantaba hacía el cielo azul.

    —¡Maldición! Parece que llegamos demasiado tarde—musitó el pelinegro mientras empezaba a correr, seguido de Shin.

    El dúo llegó a la villa justo cuando un Tuskmon comenzaba a destruir una de las casas.

    —¡Akira, mira eso!—exclamó repentinamente DORUmon—. ¿Quiénes son esos humanos vestidos de payasos?

    Akira volvió su vista a donde señalaba Shin, y vio a un grupo de personas trajeadas con estrafalarias vestimentas. Una especie de uniforme negro con protecciones blancas y usaban extraños yelmos con lentes rojos cual ojos. Junto a ellos había varios digimon que parecían estar ayudándoles, incluyendo una banda de unos cinco o seis Ogremon montados en feroces Gururumon.

    Los reportes de disturbios no solo eran reales, pensó en ese momento, sino que además estaban relacionados con aquella banda de humanos y digimon sospechosos. Percatándose de que estaban en una clara desventaja, superados en número y aún no lo suficiente experimentados en combate, pese a las experiencias vividas en la Isla File, Akira estaba pensando en buscar un escondite y llamar a Magnamon, cuando se encontró frente a frente con las huesudas garras de un digimon dinosaurio hecho totalmente de huesos.

    —Vaya, vaya, mira lo que tenemos aquí.

    Quien habló era una de esas personas que vestían con trajes extraños, que se encontraba encaramada en el hombro del huesudo digimon. Por el diseño de su traje y el hecho de que su voz estaba distorsionada digitalmente, Akira no pudo distinguir si se trataba de un hombre o una mujer.

    —¡Esto es genial!—rió de repente el sujeto—. Pero si se trata nada más y nada menos que del infame Kimaira Akira. ¿Así que también viniste a este mundo? Bueno, era de suponerse, viendo quién es tu "padre"—hizo énfasis en esta palabra—, pero no importa. Si te mato ahora, ¡ya no serás un estorbo entre Maaya y yo!

    ¿Maaya? ¿Acaso se trataba de la misma Maaya que él conocía? Porque aquel sujeto, quién quiera que fuese, parecía conocerlo a él perfectamente. Akira trató de ignorar el nudo de furia que se había formado en su estómago al escuchar el apellido Kimaira y miró de reojo al DORUmon. El monstruo, como siempre, ya estaba preparado para luchar. El sujeto, por su parte, le mostró el dedo medio a Akira y luego se lo paso por el cuello mientra reía burlonamente.

    —¡Tú!—exclamó con prepotencia—. ¡Es tiempo de que mueras!

    Los Ogremon no tardaron en rodear al dúo, riendo salvajemente mientras espoleaban a sus furiosos Gururumon, que mostraban sus feroces colmillos llenos de espumosa saliva. Akira trató de mantener su compostura, aparentando haberse entrenado mucho tiempo en el sumamente difícil arte de dominar sus emociones, aunque él mismo sabía que nunca lo había hecho, y que posiblemente todos allí podían darse cuenta de eso.

    Fue Shin quién tomó la iniciativa, disparando su "Dash Metal" contra el Ogremon que estaba de avanzada, arrojándolo del Gururumon. Los ogros, al verse amenazados, respondieron el ataque, casi aplastando al DORUmon entre las patas de sus monturas. Viéndose en total desventaja, Akira no tuvo más opción que huir a toda prisa, mientras Shin luchaba afanosamente para no quedar aplastado entre los digimon lobos.

    —¡No escaparas!—gritó uno de los Ogremon entre blasfemos juramentos.

    —¡Activar "Whip"!—fue la respuesta de Akira.

    Se trababa de una de las funciones defensivas de su D-Gauntlet. Del aparato comenzaron a emanar chispas eléctricas que se fueron concentrando en sus dedos índice y corazón, hasta transformarse en una esfera de luz azul del tamaño de una canica. Akira agitó su brazo, alargando la esfera, la cual se transformó en un látigo brillante, y con éste atacó a los pies de los Gururumon, haciéndolos retroceder. Era la oportunidad que Shin necesitaba para escapar de su predicamento y reunirse con su tamer.

    —¡Se creen mucho estos digihumanos! Que nadie más interfiera, ¡es hora darles una lección respecto a quien manda aquí!—ordenó un Ogremon notoriamente más a sus congéneres.

    Estos acataron la orden y retrocedieron.

    Galopando a gran velocidad en su feroz Garurumon—lo que le daba su distinción como líder, pues los otros Ogremon montaban en Gururumon—, el salvaje líder embistió a Akira, el cual logró esquivar su “Bone Club” por pura suerte, aunque el impacto del ataque contra el suelo lo dejo algo maltratado. Shin, visiblemente enojado, se abalanzó contra el Garurumon, pero este lo rechazó golpeándolo con las garras delanteras. El pequeño digimon fue lanzado contra un árbol grueso, y cayó maltratado al suelo.

    El Orgemon líder se puso enfrente de Akira, mientras azuzaba a su Garurumon. Éste, preso de la ira, escupía babaza por su boca y nariz, mientras esperaba la orden de su amo para atacar. El joven aún se encontraba en el suelo, sin posibilidad de escapar esta vez.

    —Esto enseñará a esos estúpidos de Rotarl a no venir al territorio de Knoper el Terrible—se ufanó el Ogremon.

    —¡No...!—aulló Shin, mientras se ponía de pie—. ¡Él es mi tamer! ¡No dejaré que le hagas daño!

    Akira también se levantó, aún cuando le costaba trabajo. Durante los cortos segundos que había estado en el suelo había maquinado un plan que le sería útil para vencer al líder de los Ogremon. Usando el sistema "Uplink" de su D-Gauntlet, podría comunicárselo a Shin sin que sus oponentes se enteraran.

    Sin embargo, antes de que Akira pudiera siquiera activar su D-Gauntlet, Shin embistió al Ogremon, con un resultado similar al anterior: Garurumon volvió a golpearlo, aunque esta vez DORUmon no fue a parar al árbol. Haciendo acopio de sus fuerzas, a la criatura le costó trabajo volver a levantarse.

    —Veo que quieres morir rápido—se mofó Ogremon.

    Para cuando el DORUmon se puso de pie, Akira estaba preparado.

    —Shin—susurró el muchacho, cerca del "reloj" de su D-Gauntlet—. Tengo un plan. No será sencillo, pero si resulta, habremos vencido a Ogremon y a Garurumon al mismo tiempo...

    Akira no lo sabría sino hasta unas horas después—cuando Shin se lo contaría como se si tratase de un gran misterio—, pero sus palabras sonaron directamente en los pensamientos del DORUmon, como si fuese un truco de telepatía.

    Sin previo aviso, Shin lanzó un feroz rugido y embistió al Garurumon, quien por instinto se preparó para contraatacar con un zarpazo, pero antes de que pudiese reaccionar, Shin dio un gran salto y cayó justo sobre su cabeza.

    —¡Gotcha!—exclamó el pequeño digimon.

    Sorprendido, el Ogremon empuñó su Bone Club e intentó golpear a Shin con gran fuerza. Pero éste saltó hacía atrás acumulando su energía, siguiendo el plan de su tamer. El mazazo, que iba con fuerza suficiente para romper rocas, destrozó la nuca del Garurumon, quien aulló de dolor antes de caer al suelo, muerto. Mientras Orgemon intentaba liberar su pierna del cuerpo sin vida de su cabalgadura, DORUmon apuntó directamente a su rostro.

    —¡Ahora, Shin!—ordenó Akira. Inconscientemente, liberó una pequeña ráfaga de energía azul de su cuerpo, producto de las emociones generadas por la batalla.

    Shin concentró toda su energía en menos de un segundo. Su interface, aquel cristal rojo en su frente, comenzó a brillar con fuerza mientras su cuerpo emitía un aura azul resplandeciente. "¡Metal Cannon!". La bola de acero, cinco veces más fuerte y rápida de lo normal, golpeó justo en la frente al Ogremon, matándolo en el acto, transformándolo en paquetes de datos que Shin consumió al instante.

    Los demás Ogremon se quedaron paralizados al ver el digicore de su líder salir volando hacia el cielo, perdiéndose de vistas en instantes.

    —Si quieres que las cosas salgan bien, debes hacerlas tu mismo...—dijo el sujeto en el hombro del digimon huesudo—. ¡SkullGreymon, aplástalo!

    Akira y DORUmon apenas si pudieron esquivar el garrotazo del monstruo esquelético, saltando hacía los lados. "¡Metal Cannon!" Shin disparó una ráfaga de bolas de acero que rebotaron en los huesos del SkullGreymon sin siquiera hacerle mella.

    —¿Por qué no aceptas tu derrota y te mueres de una vez... Kimaira Akira?—se mofó el sujeto de negro.

    —Es Kaiba...—gruñó con furia.

    Intentó en vano levantarse, pero su pierna estaba encalambrada. La herida que le había hecho el Meramon días atrás volvía a abrirse. Lo único que pudo hacer fue apretar los dientes, mientras intentaba inventar algún plan milagroso para poder salir con vida de tal predicamento.

    ***​

    Los miembros de los Digimon Busters asignados a esta misión realmente la estaban disfrutando. Los propósitos de esta misión eran simples. Probar el alcance de las defensas de Rotarl, la capital de la Alianza, que se encontraba no muy lejos de allí. Luego de destruir aquel pueblo planeaban hacerse con la estación, y así capturar un centro importante en aquellas planicies. Aunque los mismos Busters ignoraban cual era la importancia de aquella terminal: era la única en varios kilómetros a la redonda.

    Pero en aquél mismo instante, sin que pudieran percatarse de ello, una rápida sombra cayó del cielo e hizo pedazos al Tuskmon que destruía las casas del pueblo sin darle siquiera tiempo de reaccionar.

    Se trataba de un monstruo con forma humanoide, vestido en una negra armadura de samurái y que portaba dos espadas de hoja serpenteante, empuñadas con fiereza.

    —¿Humanos, eh?—preguntó con cierto desdén—. Las leyendas dicen que ustedes vienen a salvar a nuestro mundo... supongo que no todas las leyendas son reales.

    —¡Cállate, monstruo!—le gritó un Buster, uno que se destacaba por su tamaño, era muy alto—. ¡Ustedes fueron creados para ser nuestros esclavos, no tienes derecho a...!

    —Eso lo veremos—interrumpió el digimon en tono divertido.

    Tan veloz como el viento, el Gaioumon se abalanzó contra los humanos y sus respectivos digimon. La batalla no demoró mucho.

    ***​

    El SkullGreymon se acercaba lentamente hacía a Akira, quien se esforzaba por levantarse, pues el dolor en su pierna era mortificante. DORUmon disparaba desesperadamente su Metal Cannon, pero sus ataques no tenían el mínimo efecto en el digimon esquelético. Shin jadeaba, sacando fuerzas de donde ya no le quedaban para defender a su tamer, y todos sus esfuerzos parecían ser en vano.

    —Vamos, acábalo de una vez... —ordenó el sujeto vestido de negro con su horrible voz distorsionada digitalmente—. Esta es una oportunidad única. El hijo de papi por fin está solo. Es hora de hacerte pagar por todas las humillaciones que me has hecho...

    Akira se preguntó qué clase de humillaciones eran y como era que lo conocía aquel enmascarado. Sentía como el pánico creaba un vacío en su estomago, una horrible sensación que no recordaba haber experimentado jamas. Y desde el fondo de su alma, se negaba a simplemente dejarse matar.

    Todo sucedió de una forma muy rápida, pero para Akira ese fue el instante más largo de su vida. Sin saber cómo, el joven reaccionó, dejando escapar toda su ira, toda su frustración y todo su miedo. Un marea de sentimientos que había estado acumulando desde la muerte de sus padres, enfocados ahora en rabia pura, escapando por primera vez en años. Un aura azul fue expulsada con gran fuerza de su cuerpo, haciendo que DORUmon recuperara todas sus fuerzas en un instante.

    El cuerpo del monstruo fue envuelto instantáneamente en un mar de paquetes de datos que provenían de todos lados, iluminado aquel lugar con incandescente resplandor, haciendo retroceder al SkullGreymon ante la atónita mirada de su tamer. Akira si apenas podía creer lo que había sucedido.

    —¡DORUMON SHINKA!

    El cuerpo de DORUmon cambió, mientras absorbía los datos que lo rodeaban, haciéndose más grande y fuerte. Sus pequeñas alas crecieron, y su pelaje se hizo azul oscuro.

    —¡DORUGAMON!

    La luz se disipó. El dragón bestia rugió, mientras alzaba vuelo. Akira estaba sorprendido. Había leído de la evolución digimon en la biblioteca del Yggdrasill, pero verla de primera mano era algo muy diferente.

    —¡Ahora es mi turno!—gritó DORUgamon, decidido—. ¡Power Metal!

    DORUgamon disparó una gran bola de acero de su boca, la cual trituró los huesos de SkullGreymon, los cuales cayeron en una lluvia de astillas.

    ***​

    Tristan Wheeler no estaba preparado para un ataque tan fuerte, y fue lanzado por los aires en el momento en que el Power Metal impactó a su compañero digimon. Mientras caía vertiginosamente, se preguntó cómo él, un Spartan—un Buster de élite—que había logrado incluso hacer que su digimon evolucionara no hacía poco—antes tenía un Centalmon, pero ahora era, o más bien había sido, su magnífico SkullGreymon—, había sido derrotado tan fácilmente. Si hubiera vivido unos segundos más a la caída, tal vez hubiese encontrado la respuesta a esa pregunta, aunque su testarudez lo hubiese cegado nuevamente.

    ***​

    Mientras DORUgamon absorbía los datos residuales del SkullGreymon, Akira observó al sujeto que yacía en el suelo. Estaba muerto. Ninguna persona normal podía estar viva luego de una caída como esa, con el cuerpo en la extraña posición en la que había quedado su cuerpo tras caer...

    Quizá él no lo había matado—ni tampoco Shin, pues la caída había sido un efecto colateral de la batalla—, pero en ese momento Akira comprendió la gravedad del mundo en el que se había metido. Aquella persona lo conocía, y por alguna razón lo odiaba. Pero eso ya no importaba ahora. Estaba muerto. Pensó en quitarle la mascara y ver quién era, pero desistió casi de inmediato. No se sentía con las fuerzas para ver el rostro muerto de un conocido en ese momento.

    De los demás digimon que estaban atacando la villa no quedaba ni rastro. Los Ogremon se podían divisar en aún en la distancia, azuzando a sus Gururumon para que corrieran aún más rápido de lo que ya lo hacían. La parte este de la villa estaba destrozada, pero el resto se encontraba en buenas condiciones y los digimon habitantes, en su mayoría Palmon, ToyAgumon y unos cuantos Pagumon, salían de sus casas, aún asustados, y le miraban con extrañeza.

    DORUgamon aterrizó junto a su tamer, que se había puesto de pie con mucho esfuerzo.

    —¿Quién era ese sujeto, Akira...?—preguntó DORUgamon, preocupado.

    Su voz ya no era la de un niño, y su actitud tampoco. Era como si hubiese madurado tras la evolución.

    —No tengo ni la más mínima idea. Tampoco sé quienes eran esos sujetos que estaban con él...—respondió el joven con expresión afectada. Luego, consultó en su analizador y añadió con una sonrisa—. ¿DORUgamon, eh?

    —Eres el primer humano que veo que puede manipular un digisoul tan grande—dijo de repente una voz grave.

    Ambos voltearon hacia la dirección de donde provenía aquella voz, preparándose para una posible nueva batalla.

    —Yo puedo decirles quiénes eran esos sujetos—el dueño de la voz era un digimon humanoide con armadura negra—. Me presento, soy Mikoto, el Gaioumon.

    Akira y Shin intercambiaron miradas, confundidos.
     
    Última edición: 12 Oct 2017 a las 09:26
  12. Autor
    Zeromaru X

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    Chronicle 6:
    UNDERGROUND BATTLE

    Omegamon observaba el Mundo Digital en los enormes paneles transparentes que parecían enormes ventanas flotando en el oscuro y verdoso vacío de aquella sección del Yggdrasill. Desde allí, el Mundo Digital se veía pacifico, un hermoso planeta azul con islas y continentes, y las vías de los Trailmon cual venas que comunicaban todas las masas de tierra, recorriendo las masas de tierra. Un mundo hermoso, pacífico. Se preguntó hasta cuando esa "paz" duraría.

    Era una paz impuesta a la fuerza por los siete de la Alianza, con treguas inestables y tratados que daban demasiada libertad a los Señores de la Guerra. Estos caudillos campaban a sus anchas, matándose entre sí en las fronteras que la Alianza no podía controlar. En Mainframe occidental, la guerra abierta entre Lord HiAndromon y LordTyrantKabuterimon se recrudecía cada vez más, y las tensiones entre Lord Gaioumon y Lord MetalSeadramon crecían día a día. Se temía que una batalla estallase en las próximas semanas. Lord UltimateBrachiomon no había hecho su movimiento aún, pero era solo cuestión de tiempo.

    Y ahora, rumores de demonios... Al sur de Mainframe, la cacería de brujas se estaba convirtiendo casi en una masacre. Los demonios arrasaban villas a su paso, pero los inquisidores de la Alianza también aportaban a esta destrucción. Se rumoreaba que mataban cientos de "aberrantes", término que le habían dado a los digimon que trabajaban para los demonios, sin casi remordimiento. Les mataban como si se tratara de seres cuya vida valiera menos que nada.

    «Bueno, no puedo juzgar ahí... nosotros hicimos eso una vez», pensó amargamente.

    Aquella había sido una época oscura, antes de la destrucción del viejo Mundo. Los Royal Knights se habían alejado del Mundo Digital después de eso para evitar que la tragedia se repitiera, pero al parecer, la Alianza había encontrado el mismo camino que ellos. Tras siglos de paz, sus cimientos por fin se habían podrido, consecuencia de una decadencia que solo una utopía podía brindar.

    El digielfo hizo el menor ruido posible al entrar en la sala, pero Omegamon lo pudo oír perfectamente. Desde que había evolucionado con aquella partícula que todos llamaban "anticuerpo X", sus sentidos se habían hecho demasiado agudos para su gusto; un pequeño precio a pagar por el poder que ahora poseía. El digielfo se acercó temeroso y se detuvo a unos pasos. Permaneció en silencio, esperando que Omegamon lo notase.

    —¿Qué quieres, Sergei?—dijo el impasible caballero al percatarse de la presencia del ser Digital.

    —Este... señor—tartamudeó el aludido—, perdóneme por tomar un poco de su tiempo, pero es que...

    —Habla de una vez por todas, que no te voy a matar—le ordenó Omegamon en un tono divertido, pero, por la cara que puso, al pobre Sergei le pareció una amenaza.

    —Señor—tartamudeó de nuevo—, se nos ha informado que Huang Fu Su ha recuperado la "Joya de Madera", y además ha destruido una de las bases de los digimon adoradores de los demonios en Seiryu.

    Seiryu, uno de los cinco reinos de la Alianza, y uno de los cuatro que se ubicaba en el Continente Directory. A diferencia de Mainframe, Directory era gobernado por las Cuatro Bestias Sagradas. Seiryu era el reino que pertenecía a Qinglongmon, y la joya de la Madera era la gema elemental que representaba su poder. ¿Entonces había sido robada? Los estándares de seguridad de la Alianza habían decaído considerablemente.

    —Así que enviaron al "Elegido de la Luz" a Directory... —musitó Omegamon. Los planes que tenían para el muchacho se iban haciendo obvios «piensan hacer que busque el libro de las Crónicas Oscuras, es lo más probable». Pero había asuntos más urgentes que ese por el momento—.¿Cómo van las investigaciones acerca de esos laboratorios humanos en el norte del Continente Mainframe?

    —Aún no han llegado los resultados, señor—respondió Sergei tragando saliva—. Estamos en proceso. El señor Lord Knightmon se está haciendo cargo de la investigación él mismo...

    —En ese caso, que se me informe cuando hayan terminado. Mientras, déjenme solo.

    —¡Si señor!—respondió Sergei, y salió corriendo de la habitación a toda velocidad.

    —Digielfos... que seres más curiosos—rió Omegamon para sus adentros, antes de volver a sus cavilaciones.

    ***​

    En la Terminal de las praderas, los digimon que habitaban la pequeña villa que se había formado a su alrededor, de rusticas y coloridas casas cónicas y rectangulares, se estaban recuperando del susto vivido aquella tarde, cuando habían sido brutalmente atacados por humanos trajeados de negro al mando de digimon agresivos. Algunos Tuchidarumon y Zassoumon habían iniciado el lento proceso de reconstrucción mientras Akira y DORUgamon hablaban con el misterioso Gaioumon, sentados en una de las plazas y comiendo unas viandas—sirloins asados y ensalada de súper zanahorias, bayas rojas, peras espinosas y digisetas, acompañados con té de menta azulada—que les había dado el alcalde del pueblo, un Mamemon algo anciano, en agradecimiento por la ayuda brindada aquella tarde.

    —Me dijiste que sabías quienes eran esos sujetos. Prometiste decirme una vez hubieramos ayudado a los monstruos que viven aquí—comentó Akira en algún momento. Las peras espinosas tenían un sabor picante, apenas suavizado por los jugos del sirloin y las digisetas.

    Habían pasado al menos un par de horas ayudando con la reconstrucción. Mikoto, como se hacía llamar el digimon samurái, se había negado a contestarles sus preguntas si no ayudaban con la reconstrucción de la villa. No era tan malo, de todas maneras. Había servido para que Akira pusiera a prueba las nuevas capacidades de Shin, ahora que había evolucionado.

    —Aquellos tipejos se hacen llamar los Digimon Busters, joven Maestro —dijo el samurái tras haber tomado algo de té—. Humanos que se han autoproclamado "tamers", aunque su verdadera meta es simple pero ruin: dominar a los digimon, y crear un ejército, para así obtener el poder militar que necesitan para controlar su mundo. Tú mundo... En cierto modo, no son más que unos pobres debiluchos con delirios de grandeza.

    Akira y DORUgamon se quedaron callados por un largo e incomodo rato. Gaioumon los trataba con gran familiaridad, como si se conocieran de antes, pero había algo que lo ponía a dudar. ¿Cómo saber si no se trataba de un enemigo?

    —¿Y cómo es que tú conoces todo eso?—fue lo primero que se le ocurrió preguntar a Akira.

    —Joven Maestro, mis métodos de recolectar información son totalmente confidenciales, pero no por eso dejan de ser verídicos... Pero puede confiar en ellos.

    —Confiaremos en ello, Gaioumon respondió el joven, tratando de ser lo más diplomático posible. Pero luego añadió—. Dicha información, si es tan confidencial, ha de tener un precio. ¿Qué es lo que deseas de nosotros?

    Gaioumon rió un poco, suavemente. Sus ojos brillaron vivamente por un instante, y Akira creyó reconocer tal brillo. Era tan familiar, pero luego el brillo cesó y Gaioumon regresó a la normalidad.

    —Solo me sorprende que ese pequeño haya logrado evolucionar tan rápido... —dijo el samurái mirando a DORUgamon, quién estaba comiendo su sirloin de buena gana; al ver que estaban hablando de él, dejó de masticar y dirigió su mirada primero a Gaioumon y luego a su tamer-. La evolución normalmente tarda años... los humanos son algo sorprendente. Sin embargo, eso que vi en ti. "Digisoul", no todos los humanos tienen la capacidad de usar ese don...

    —¿Digisoul?—Akira le miró, confundido.

    —Digisoul es energía pura creada por el espíritu humano, cuando una emoción es demasiado grande, poderosa—respondió Mikoto, el Gaioumon—. De acuerdo a las leyendas antiguas, es un poder que sirve para hacer más fuertes a los digimon, pero es raro. Incluso entre los humanos que vinieron antes al Mundo Digital, solo unos pocos poseían tal poder.

    Akira se quedo pensativo un rato, y luego agradeció a Gaioumon la ayuda. Era bastante obvio que él y DORUgamon no hubiesen podido haber derrotado solos a aquellos tipos. Él aún no se recuperaba de sus heridas tras la batalla contra SkullGreymon, pese a haber usado el kit de curación de emergencia que traía en su D-Gauntlet.

    —No debes agradecerme—contestó este—, solo hago lo que se me antoja, y lo que me parece justo. Ahora, joven Maestro, le sugeriría que me siga. Si apenas ha despertado su Digisoul, creo que es conveniente ahora un entrenamiento. Puedo entrenarte para que manifiestes tu poder a voluntad.

    —¿Entrenamiento? —preguntaron el joven y DORUgamon al mismo tiempo.

    —Es lo mejor. No quiero obligarlos, pero si piensan enfrentar a esos Digimon Busters, lo mejor es que vayan con todo lo que tienen.

    Luego de haberlo pensado un rato, Akira pidió permiso para retirarse y se alejó un poco del grupo. Activó el sistema de comunicación de su D-Gauntlet, y al cabo de un rato una pantalla holográfica se proyectó de éste, y la cara de Magnamon se materializo de repente en el monitor transparente ultra-delgado.

    —¡Yo! ¿Cómo vas, Akira?—preguntó el Digimon de dorada armadura.

    —No muy bien. Nos hemos encontrado con unos humanos... los Digimon Busters, se hacen llamar – le comentó Akira.

    —Así que esos eran los disturbios en la zona... ¿humanos, eh? Interesante. ¿Necesitas ayuda o algo así?—comentó Magnamon despreocupado, como si estuvieran hablando del clima.

    —En realidad no, ya nos encargamos de ellos—respondió el tamer, aún inseguro de como exponer su pregunta—. Me gustaría saber si puedo... explorar la región por mi cuenta. Hay cosas del Mundo Digital que me interesa descubrir, in-situ, como dicen... si no tengo nada más que hacer.

    —Esta bien, puedes quedarte allí si quieres. Mantenme informado de cualquier novedad, eso sí—replicó Magnamon tras dudarlo un poco—. Eso sí, trata de mantener un perfil bajo. Los esbirros del Señor del Odio últimamente están bastante activos en esa región, y no es muy seguro viajar a campo traviesa en las Praderas en estos días.

    —¿El Señor del Odio?—preguntó Akira algo conmocionado.

    —Uno de los Señores de la Guerra. Un general que lidera a un grupo de digimon bárbaros y salvajes de las regiones cercanas a las montañas Pixeladas—dijo Magnamon, aún con su tono tranquilo—. Un problema de la Alianza... Solo evita que esos tipos te vean. Luego haré que me envíes un informe completo... ¡see ya!—se despidió el digimon con un gesto jovial.

    —Cambio y fuera...—respondió Akira apagando el monitor.

    Al cabo de un rato, Akira volvió con el grupo. Salvo por lo que se había servido en su propio plato, y lo que se estaba comiendo Mikoto, Shin se habían devorado toda la comida.

    —Lo siento... he estado bastante hambriento desde que evolucioné...

    —No hay problema—le miró Akira con una expresión afectada—. Al menos respetaste lo mio... en fin. No creo que tengamos problemas con aceptar tu invitación... pero tengo informanción de que los esbirros de uno de lo Señores de la Guerra son bastante activos en esta zona. Mientras nos mantengamos alejados de ellos, no habrá problemas en seguir tu entrenamiento.

    El joven aún mostraba desconfianza, pero lo que había revisado en su analizador, Gaioumon era un digimon de la etapa definitiva. Si hubiera querido aniquilarlos, lo hubiera hecho en un instante. Así que eso le daba la certeza de que no era un monstruo maligno. Además, Gaioumon emitía una extraña aura. Era como si ya se conocieran desde antes. Luego de pensarlo por un rato, Akira había llegado a una decisión.

    ***​

    Abandonaron la villa en la madrugada, cuando el cielo aún estaba oscuro, y caminaron hacia las montañas por dos horas, siguiendo al misterioso digimon samurái. Cuando el sol se iluminó en el cielo—la transición entre día y noche en el Mundo Digital era inexistente en la gran mayoría de las regiones, y los cambios de iluminación algo bruscos—, llegaron a un pequeño peñasco, que ocultaba un hueco cubierto por grandes pastizales. Aquel hueco era un poco más grande que Gaioumon, y aún así, los matorrales lo escondían de tal forma que tenías que saber que ibas a buscar o tener la mala suerte de tropezarte cerca para poder hallarlo.

    Entraron por aquel hueco, que daba a un túnel subterráneo que se extendía varios kilómetros bajo tierra, hasta que comenzaba a bifurcarse en una gigantesca red de túneles que se extendía bajo la superficie como las raíces de un árbol.

    —Esta cadena de cavernas es muy traicionera—dijo Mikoto, el Gaioumon, al grupo—. Deben seguir en línea recta y no desviarse, para así encontrar la caverna que estamos buscando.

    Así siguieron caminando por horas, recorriendo aquella larga y sinuosa caverna iluminados tan solo por la luz que emanaba de las espadas mágicas de Gaioumon. DORUgamon cargaba a Akira en su espalda, pues el tamer se cansó de caminar tras haber entrado en la caverna. Su condición física aún era pésima, pese a todo el entrenamiento al que se había sometido en el último mes. El sentimiento de claustrofobia era abrumador, y al cabo de unos minutos bajo tierra, el joven ya sentía como el aire se hacía cada vez más y más denso.

    El túnel por el que los hizo caminar Mikoto parecía el esófago de una gigantesca bestia subterránea. Y parecía como si ellos estuviesen enterrados en esa profundidad, como una especie de entierro en vida. Solos en la oscuridad. Pero no lo estaban.

    ***​

    El sonido de pasos en las cámaras contiguas de la caverna era ensordecedor para sus oídos. El grupo de Pipismon que dormían aferrados a las estalactitas abrieron los ojos casi al mismo tiempo, iracundos. Los digimon salieron volando, cual parvada asesina, en busca de aquellos que hacían tan molesto ruido.

    ***​

    Tras caminar por al menos unas tres horas desde que habían entrado en la caverna, el grupo llegó a una bifurcación en el camino. Tres cavernas que indicaban direcciones diferentes, dos a la derecha y la restante a la izquierda. Cuando Gaioumon tenía intención de indicarles cual era la ruta a seguir, fueron interrumpidos por los aleteos de los Pipismon.

    Los seis digimon murciélago salieron de la caverna de la izquierda y se abalanzaron sobre DORUgamon. Consciente de que era una carga para su compañero, Akira saltó tan rápido como pudo y pateó a uno de los Pipismon mientras se alejaba los más rápido que pudo. La patada no fue para nada efectiva—en serio, debía incrementar sus propios entrenamientos, su condición física daba asco— y los Pipismon los rodearon y comenzaron a atacarlos desde todos los flancos. Shin se puso en frente de su compañero y usó su cuerpo como un escudo para defender a su tamer, resistiendo el dolor estoicamente, pues era su deber proteger a Rei, así que usaba su cuerpo como su escudo. Con sus crueles hoces, los Pipismon pronto comenzaron a propinarle múltiples heridas.

    El tamer rápidamente activó uno de los botones de su D-Guantlet.

    —¡D-Shield!—gritó, para activar el comando de voz.

    Una esfera de energía emanó del digivice y envolvió su cuerpo en menos de una fracción de segundo. Un poderoso escudo que podía incluso repeler las técnicas especiales de un digimon adulto estándar.

    Usando su escudo, Akira se puso al lado de DORUgamon y repelió a alguno de lo Pipismon. Se preguntó en ese momento por qué Gaioumon no hacía nada para ayudarlos. El digimon definitivo se había desaparecido de su vista, y había apagado el fulgor de sus espadas mágicas. Ahora la única luz con la que contaban era el brillo azulado de su D-Shield.

    Los Pipismon entraron en frenesí, atacando con fuerza brutal. Las ondas del "Crazy Sonic" hicieron volar al DORUgamon contra la pared, la cual cedió, revelando un cuarto túnel en ese camino. Los Pipismon rodearon entonces al tamer, quién cada vez se iba agotando más y más. El D-Shield era bastante efectivo, pero tenía un gran punto débil: al parecer, consumía su propia energía para mantenerse. Con su condición actual, el escudo no duraría ni siquiera el minuto.

    "Power Metal". La bala de acero de DORUgamon atravesó de lado a lado a uno de los Pipismon, el cual se desintegró en fragmentos de data mientras la bala se estrellaba contra el techo y derribaba unas estalactitas.

    —¡Antes de tocarlo, tendrán que pasar sobre mi cadáver!—exclamó Shin, bastante molesto, mientras embestía a los Pipismon.

    Sin embargo, los Pipismon no se dejaron amedrentar tan fácil. Disparando sus ondas sónicas de lleno contra el dragón bestia, lo enviaron nuevamente contra la pared, y luego continuaron disparándole las ondas, aprovechando que estaba indefenso en el suelo.

    –¡Shin! ¡Rayos! – exclamó Akira, con furia contenida. Estaba muy agotado como para concentrarse en su Digisoul en ese momento, pero si no hacía nada quizá DORUgamon moriría.

    Tomando un guijarro que vio en el suelo, producto de la violenta batalla, lo lanzó con toda la fuerza que pudo contra uno de los Pipismon. El D-Shield repelía objetos externos, pero cualquier cosa dentro del escudo podía salir libremente. Los digimon, dando por muerto al dragón azul, se abalanzaron contra Akira, nuevamente rebotando contra el escudo. Sin embargo la resistencia del D-Shield comenzaba ceder.

    —¡Mierda, el D-Shield no durara mucho! – gruñó el joven al mirar el indicador en la pantalla, que mostraba el que escudo ya había bajado a un 50% de resistencia.

    Lejos de estar muerto, DORUgamon estaba bastante furioso. Se levantó enérgicamente, y miro desafiante a los Digimon murciélago. El cristal de su frente emitía un rojo fulgor que iluminó el área.

    —¡Ahora si me han hecho enfadar!—gritó el iracundo Shin, saltando contra sus oponentes.

    Estos repitieron la anterior táctica, disparando sus "Crazy Sonics" contra el dragón, pero para su sorpresa, DORUgamon los esquivó esta vez, con una inusual velocidad. En cuestión de segundos estuvo encima de los murciélagos, que aullaban aterrorizados. Con solo sus garras y dientes los mató, desgarrando su carne y convirtiendo sus cuerpos en simples datos, que absorbió con un salvaje rugido. Solo un par lograron escapar, chillando mientras huían en direcciones opuestas. Los digicores de los Pipismon muertos se fueron flotando por la ruta por la que ellos habían venido.

    —Vaya... te has pasado un poco...—comentó Akira, algo atemorizado de la actitud bestial de su compañero.

    —Lo lamento si te ha molestado, Akira. Es que me enfadé y no pude controlarme—respondió DORUgamon apenado.

    —Lo han hecho bien. —dijo Gaioumon, saliendo de entre las sombras—. Es bueno ver que se está acostumbrando rápidamente al poder de su cuerpo evolucionado. Lo has entrenado bien.

    —¿Y tu donde estabas?—preguntó Akira, mezquino.

    —Quería ver como se valían en una situación como esta—sonrió—. Digamos que fue una prueba.

    —¿Una prueba?—replicó Akira, iracundo. Se mordió el labio quizá demasiado fuerte.

    —No hubiera permitido que nada les ocurriese, por supuesto. Pero debía probar tu valía—dijo el samurái, restándole importancia al asunto—. Ahora, ¿quieres acompañarme? Compensaré tus esfuerzos una vez lleguemos a nuestro objetivo.

    Y Gaioumon se fue por el túnel que había creado DORUgamon. Akira se tardó un poco, sopesando sus opciones, pero al cabo de un rato lo siguió de mala gana. Había sido él quién había decidido irse con él. Y siempre podían llamar a Magnamon para que los sacara de allí con un teletransporte de emergencia. Shin siguió a su tamer, animado por la reciente victoria. No parecía compartir su desconfianza por el tal Mikoto.

    El túnel reveló un camino que bajaba varios kilómetros bajo la tierra. Fueron deslizándose bruscamente sobre las rocas hasta llegar a una pequeña cámara sellada, salvo por el agujero del que entraron. Era una bóveda redonda, muy parecida a una geoda. En sus paredes había jeroglíficos digicode, repetidos los mismos motivos en cada pared; en el suelo estaba el dibujo de un círculo extraño, como una especie de sello mágico. Presentaba los patrones de circuitos básicos, típicos de un transistor o una tarjeta madre, y rodeándole estaban unos jeroglíficos muy distintos a los de la pared. Allí los esperaba Gaioumon.

    —Creí que nunca llegarían – les dijo algo risueño.

    —¿Qué es esto?—preguntó Shin.

    —Es un túnel de hipervínculo—respondió Gaioumon—. Un túnel dimensional que conecta dos lugares específicos en este mundo, sin importar que tan separados estén. Hay varios de estos por todo el Mundo Digital, ocultos solo para aquellos que saben donde buscar. Por favor, párense en el círculo mientras yo lo activo.

    Una vez los tres hubieron entrado al círculo, Gaioumon tocó ciertos símbolos en en el suelo, haciendo que los demás patrones del círculo, y los que estaban en la pared, comenzaran a brillar intensamente, y en ese instante, la pantalla del D-Gauntlet comenzó a brillar, en respuesta a este fenómeno. Akira fue aturdido por un flash de luz cegadora. Cuando por fin pudo recuperar la vista, al cabo de unos instantes, se quedo perplejo.

    Se encontraban en una especie de cámara hecha de piedra lisa, y las esquinas estaban sostenidas por columnas pérsicas. Las paredes y el suelo mostraban aún ese círculo y los extraños jeroglíficos, pero el sitio y su atmósfera eran totalmente distintos. El aire era más puro, y la luz del sol se podía ver por la puerta de aquel lugar, detrás de la cual unas escaleras revelaban el camino a la superficie.

    Al salir de aquel mausoleo de arquitectura pérsica, la fuerte brisa del mar, con su salado y cálido aroma, los golpeó directamente, refrescando sus almas y sus mentes. Se encontraban en una meseta frente a la playa, con el inmenso mar azul perdiéndose más allá de la vista. Detrás de ellos, una verde planicie se alzaba hasta el horizonte, donde terminaba en una frontera natural compuesta de una gran cadena montañosa. Akira aspiró la brisa marina con alegría. Este lugar le traía paz interior. La paz que siempre había anhelado. Y deseó que su hermana hubiera estado ahí para ver este hermoso paisaje junto a él.

    —Bienvenidos a la Isla Protocol—les dijo entonces el samurái—. Aquí es donde su entrenamiento comienza.
     
  13. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Chronicle 7:
    THE LORD OF HATRED

    La Isla Protocol estaba cerca de las costas meridionales del Continente Mainframe, en medio del conflictivo mar de Silicio, en la frontera entre dos reinos en guerra. Era mucho más grande que las otras islas de la región, pero aún así esta isla con forma de medialuna era pequeña si se le comparaba con otras islas del Mundo Digital. A diferencia de las demás islas aledañas, sin embargo, Protocol era una ciudad, o mejor dicho, una prefectura de Edo, el reino de uno de los Señores de la Guerra que se encontraban luchando por el dominio de las regiones del continente.

    La ciudad Protocol no era una de las más grandes ciudades del Mundo Digital, ni siquiera era una de las más conocidas. Solo los que vivían en la costa este del Continente Mainframe, y en las regiones marinas aledañas, sabían su nombre. Era más bien un pequeño puerto donde aquellos que sabían de Protocol iban a descasar, o de turismo. Entre los que la conocían, Protocol era famosa por su comida y su mercado negro, donde casi cualquier cosa prohibida en territorios de la Alianza podía comprarse. El único comercio que no estaba permitido allí era el de esclavos.

    Posadas, tiendas, playas y ambiente festivo, eso era lo que podía encontrar cualquiera que fuese a la Isla Protocol. Eso fue lo que encontraron el tamer y su digimon compañero en aquella ciudad. Por sugerencia de Gaioumon, se quedarían en el hostal Baka Neko, un colorido lugar que era propiedad de un Betsumon, amigo de Gaioumon. Según los planes de Gaioumon, aquel lugar seria su refugio mientras se dedicaban a sus entrenamientos.

    Dentro del hostal, había varias mesitas colocadas de una manera muy organizada, donde varios varios digimon, en su mayoría del tipo marino o ave, aunque había unos cuantos del tipo bestia y mineral, charlaban o degustaban sus platillos. El encargado del hostal, Betsumon, apareció de repente. Caminaba de forma desgarbada, lo que le daba un aspecto cómico, y tenía una manera muy peculiar para hablar, ya que cuando comenzaba con una frase la interrumpía en un punto y luego de una pequeña pausa subía el tono de su voz, a casi un grito. Eso, combinado con una voz chillona, lo hacían sonar bastante ridículo.

    —Y tú, jovencita... —dijo Betsumon—. ¡¿Qué vas a ordenar!?

    La joven a la que Betsumon se refería era a todas luces una humana, y por la apariencia que tenía no debía ser mayor que él. Su cabello, negro y lacio, le llegaba hasta los hombros, y su tez era blanca y suave, y sus ojos enigmáticos y sorprendentemente expresivos eran de un vivo color miel. Junto a ella estaba sentada un digimon que parecía ser una imitación de Omegamon. Omekamon, según los datos del analizador.

    —¿Qué hace una humana aquí?—balbuceó Akira, disponiendose a llamar a Magnamon en ese mismo instante.

    —No es una humana, es una digihumana—rió Mikoto, el Gaioumon—. Son humanos creados a partir de bases de datos. Podrías decir que son similares a los digimon, aunque también bastante diferentes.

    De improvisto, el Omekamon se levantó de su puesto y se dirigió hacía ellos, con una mirada confiada y afable.

    —Usted deben ser el famoso tamer la Alianza, ¿no es así?—saludó el Omekamon, llevándose una mano al pecho.

    —¿De la Alianza...?—preguntó Shin, también con susurro.

    Akira planeaba decir algo, pero Gaioumon le hizo una seña para que se quedara callado.

    —¿Y por qué crees eso?—preguntó Shin.

    —Bueno, tiene un digivice, debe de ser el tamer de la Alianza. Solo ellos portan uno—replicó Omekamon como si hablara de algo que todo el mundo debía saber.

    Akira y Shin intercambiaron miradas de confusión.

    En ese momento Gaioumon se despidió de ellos. Antes de iniciar el entrenamiento, debía arreglar algunos asuntos en la ciudad, había dicho. Akira y Shin no tuvieron más opción que seguirle la cuerda al Omekamon. Este los guió a su mesa, donde la digihumana aún esperaba su platillo, una digilubina asada aderezada con rábanos halcón.

    —Hola, mi nombre es Rei. Es un placer conocerte, Elegido de la Alianza—los saludó ella con una sonrisa.

    Al estar tan cerca de ella, Akira se quedo sorprendido del increíble parecido que había entre los humanos y los digihumanos.

    ***​

    Los oscuros Digi-Beetles, como barcos rompiendo el agua, se acercaban rápidamente al islote, que parecía estar deshabitado. Se trataba de una flota de veinticuatro de estos vehículos anfibios, en formación delta, que se escondían en las brumas nocturnas.

    Aquellos vehículos no habían sido creados por los investigadores de Neon Oracle Labs sino por un anterior grupo de expedicionarios, quienes necesitaban de un medio para viajar largas distancias, que fuera confiable para explorar el mundo nuevo y que al igual sirviera para llevar varios grupos de digimon fácilmente, con todas las comodidades que un transporte ofrece. Sin embargo, los archivos de estos vehículos multi-propósito llegaron a manos de Kimaira y los suyos, quienes los modificaron para convertirlos en tanques acorazados de batalla, equipados con poderosos lanzamisiles, cañones de energía y campos de fuerza para protección del tamer piloto.

    Las leyendas que hablaban de aquella isla indicaban que era una isla perdida, inexistente en el mapa salvo en las noches más oscuras, cuando los límites entre el Mundo Digital y su inframundo, el Área Oscura, eran más débiles. También hablaban de un mal antiguo que la habitaba, y prácticamente solo los habitantes de las islas cercanas sabían de su existencia. Hasta hace unas horas atrás, al menos, cuando los aparatos de Kimaira la detectaron en el radar.

    ***​

    Zeus irrumpió en la oficina de Kimaira. Sin su extravagante yelmo, sus facciones inglesas eran demasiado notorias. Con su suave y fina forma de hablar, se dirigió a su superior sin miramientos.

    —Tenemos problemas. "Hoplite" y sus hombres aún no regresan. Según nuestros cálculos, debieron llegar hace dos horas.

    —El Mundo Digital ha de haber activado sus defensas—respondió Kimaira, rascándose la barbilla, al cabo de un rato—. No hay problema con eso. La perdida de uno o dos Spartan es algo que estaba dentro de mis expectativas.

    —Expectativas... —Zeus frunció el ceño—. Estamos hablando de vidas humanas aquí. De mis amigos. ¡Maldición, a Tristan lo conozco desde que entramos al Neo Arkadia!—exclamó.

    Pero si Kimaira se percató de su actitud, no lo demostró. Zeus golpeó la pared del despacho violentamente.

    Kimaira juntó las manos en forma de triangulo y las llevo a su cabeza. Pese a que no lo aparentaba, Zeus se preocupaba demasiado por los suyos. Era una buena cualidad de líder. Pero a él eso poco le importaba. Los Busters, los Spartan, todos eran fichas en su pequeño plan. Estaba el asunto, sin embargo, de que Hoplite, o Wheeler, era un Spartan. Su talento era superior al de un tamer normal. Si realmente las defensas del Mundo Digital se habían activado, estaban en problemas.

    —Enviaremos a alguien a buscarlo... —al fin respondió Kimaira, con un tono que indicaba que ese asunto estaba zanjado—. En fin, ¿cómo van nuestros planes para atacar Rotarl?

    —Tenemos listos a nuestros mejores soldados—la mirada de Zeus dejaba en claro lo que pensaba de su actitud, pero si el chico tenía algo encomiable era su férrea disciplina militar—. Pero las defensas de Rotarl son bastante fuertes, sin contar con el problema de los digimon oscuros que andan creando caos en la región...

    —De ellos podremos encargarnos—interrumpió Kimaira, confiado—. Necesitamos acabar con su líder. O al menos, ponerlo de nuestra parte.

    Zeus, quien seguía de pie mientras había hablado con Kimaira, se dirigió a una de las sillas. Observó con monotonía aquel despacho, no muy diferente a uno de un oficinista del Mundo Real. Un escritorio de madera, una gran biblioteca llena de tomos acerca de teoría científica, informática, geografía, e incluso unas novelas de ciencia ficción; y sillas de cuero sintético. Se sentó en una poltrona circular que estaba cerca de la puerta, echando su cuerpo con fuerza.

    —Una asimilación corporativa... ¿eh? – se rió, mientras tomaba un cigarro de una mesa cercana, y una mechera.

    —¿No estás algo joven para fumar? – preguntó Kimaira, inquisitivo.

    —Es mi problema—respondió el chico, mezquino.

    —Me pregunto qué pensará León de todo esto... - le replicó Kimaira, en tono paternal.

    —Tu hijo está en el mundo humano. Si quieres hacer de padre, deberías haberlo traído a él también—espetó Zeus, burlón y desafiante, mientras echaba una fumada a su cigarro, un habano cubano.

    Aquello había sido un golpe bajo. Sí, los hijos de Kimaira estaban en el mundo humano. Akira y Naomi tenían el mismo potencial de Zeus, incluso era posible que más, pues a diferencia de Zeus, la madre biológica de los hermanos Kaiba... Lo pensó mucho antes de involucrarlos en el proyecto Digimon Busters, y por eso no lo hizo al final. Aunque fueran sus hijos adoptivos, les había tomado cariño. Aún después de lo que les había hecho.

    —Bien, está bien. Es tu problema, no me meteré... —contestó Kimaira, resignado—. Y si, una absorción. Que es algo que prefiero. Los socios otorgan más beneficios que los rivales eliminados.

    –Me hare cargo de eso—dijo Zeus al exhalar una bocanada de humo, con actitud arrogante—. Pero primero, ¿sabemos siquiera donde está ubicado su líder?

    —Fue una información difícil de conseguir, pero logramos encontrarla—se ufanó Kimaira—. Tuvimos que torturar a uno de los suyos para conseguir la ubicación de la base. No fue tarea fácil, los digimon era demasiado leales, y tuvimos que atraparlos sin que los de la "Alianza" se dieran cuenta—dijo esto ultimo en tono burlón—; es más, dos murieron antes de que nos diéramos cuenta que estaban controlados por algo. Experimentamos hasta saber cómo neutralizar ese código...

    —Para ti solo es un código—comentó Zeus, desafiante. Aún estaba dolido por la posible perdida de su amigo.

    Pero era verdad. Todo lo que ocurría en el Mundo Digital se podía resumir a un código. Una vez lograbas identificarlo y controlarlo, el Mundo Digital se tornaba bastante maleable.

    —Como sea, sabemos que viene de una fuente más grande, y estamos estudiando como neutralizarla en este momento—prosiguió el profesor, sin prestar atención a la actitud de Zeus—. Pero no creo que sea necesario si el líder de los oscuros se nos une.

    —Enviaremos entonces unas unidades de reconocimiento—Zeus se levantó de la silla—. Será una tarea difícil. Con tres Spartan será suficiente. Y que lleven algunos cuántos Busters experimentados. Que tengan digimon más allá de la etapa adulta.

    —Por lo que sabemos, el tipo es peligroso—recalcó Kimaira, dando énfasis en “peligroso”.

    —Entonces haré algo al respecto—concluyó Zeus, mientras salía de la oficina, cerrando la puerta de portazo.


    ***​

    La batalla para tomar el castillo del líder de los digimon oscuros había comenzado hacía unos pocos minutos. Sus elevadas torres picudas, todas hechas de negra piedra, emanaban el olor de la maldad y el odio. Horrendas formas decoraban las murallas de la malsana fortaleza, de la cual parecía provenir un aire de maldad pura y tangible. Entre aquella maldad que emanaba de la fortaleza y el instinto asesino de los guardias que salían de esta como agua, la batalla comenzaba a tornarse en una masacre.

    Los cañones del castillo disparaban contra los Digi-Beetles negros, con un gran poder de fuego. Las balas explotaban en el agua, creando grandes olas. Su poder destructivo era aterrador. Habían acabado al menos con la mitad de los digimon que habían llevado los Busters. De hecho, habían aniquilado más digimon que los mismos guardias. Pero sus objetivos primarios, los Digi-Beetles, estaban a salvo, gracias a los campos de energía que generaban.

    Galgomon y Turuiemon estaban rodeados por varios Raremon, quienes en medio de un frenesí de ira y emoción, se mandaban raudos al combate, sin importarles poco o nada sus vidas. El conejo ninja saltó ágilmente sobre su hermano y tomo sus kunais para cortar la garganta de uno de los Raremon, mientras pateaba fuertemente a otro. Luego, con un ágil movimiento, embistió contra un grupo de Boogeymon, mientras disponía sus guanteletes-navaja, los Tokaku Tesshou, para usarlos tanto de escudo como para cortarlos en pedazos, lo cual hizo en menos de dos o tres segundos. Seguido esto, movió su mano ágilmente, lanzándole los kunais que aun tenía en ésta a un grupo de Evilmon que se acercaban volando hacia él.

    —Ha sido una batalla realmente agotadora—pensó Turuiemon, mientras trataba de recuperar el aliento.

    Sin embargo, una sombra negra se posó sobre él, mientras trataba de devorarlo con su asquerosa boca llena de malolientes colmillos. Por desgracia para aquel Raremon, Turuiemon no estaba solo en esa batalla. Sonidos de disparos y una ráfaga verde redujeron al Raremon a fragmentos de datos en cuestión de segundos.

    —No seas tan descuidado, Abbadon—le regañó el Galgomon bastante malgeniado—. Uriel se entristecería si mueres...

    —Entiendo lo que dices, Azrael, pero no es momento para que me regañes—respondió algo fastidiado el Turuiemon.

    De repente, los Gemelos sintieron un llamado. Se trataba de la señal electrónica que les enviaba el DS3-Hind de su tamer. Y no solo ellos lo sintieron, sino también lo sintieron los camaradas de otros Digimon Busters, quienes también estaban luchando en aquella playa rocosa. “Abbadon, Azrael, deben retroceder”. Era lo que decía la transmisión. Y era una orden imperante. Sabían lo que eso significaba. Guiados por los gemelos, los demás digimon de los Busters comenzaron a abrirse paso a la playa, donde estaban los Digi-Beetles, que ahora se veían bastante ominosos.

    ***​

    Uriel programaba las coordenadas en la computadora de su Digi-Beetle, en cuyo monitor se mostraba el estado de la batalla. Alrededor de unos sesenta puntos azules, que constituían la fuerza de los digimon camaradas de los Busters, y más de quinientos puntos rojos, que indicaban a los enemigos, los guardias del palacio.

    —¿Estas nervioso, novato?—preguntó entonces una joven voz en uno de los monitores de su panel de control.

    Efectivamente, Uriel se encontraba bastante nervioso. Era su primera misión real, pues era uno de los jóvenes que habían sido reclutados no hace mucho para ser parte del proyecto “Digimon Busters”. Su entrenamiento había sido poco, pero había sido elegido a esta misión por su talento especial: era uno de los pocos tamers que se podía jactar de haber creado un lazo con dos digimon.

    —Un poco—respondió tímidamente el mexicano.

    —¡Bien, this time we will rock!—le respondió el otro Buster, en español mal hablado y en japangrish—. So, don’t worry, Uriel, ¡saldremos bien de esta como los victoriosos!

    —Oishi, por favor, ¿podrías hablar en un solo idioma?—le rogó Uriel bastante confundido, pues el japonés aun no era su fuerte.

    Oishi carcajeó. Era uno de los Busters prospecto, y ahora que había desaparecido Hoplite, era muy probable que fuera ascendido a Spartan. Nadie sabía de dónde había salido exactamente, pues él no había entrado nunca al Neo Arkadia. Cuando fue reclutado, Kimaira creyó que se trataba de uno de los jóvenes abducidos por la inestable capa que separa al Mundo Digital del Mundo Humano. Sin embargo, Masamune ya tenía su propio compañero digimon para ese entonces, un Aegiomon, que en si se trataba de un Digimon bastante raro.

    Esa misma había sido la razón que Masamune no fue elegido para ser un Spartan desde el principio, pese a su talento como tamer. Kimaira desconfiaba del digimon, a despecho de lo poderoso que era, y no quería que Masamune fuese un Spartan hasta tener los datos pertinentes. Era un tipo muy desconfiado, el Profesor Kimaira. Masamune solo estaba en esa misión porque había sido llevado por el Spartan que se hacía llamar Kryos, el cual lo consideraba su amigo, pero con la condición de que su digimon se quedara en la retaguardia, al lado de un digimon comandante.

    A Oishi esto no le gustaba, pero accedió de mala gana. Necesitaba salir a luchar para que su compañero ganara más poder. No comprendía por qué, teniendo un digimon tan poderoso como Aegiomon, le dejaban atrás.

    —¿Ya están preparados todos?—sonó nuevamente el intercomunicador, sacando a Masamune de los pensamientos de Uriel. Quién hablaba era Pandora, una de los tres Spartan que habían sido asignados como líderes de esa misión—. Iniciaremos en 3 minutos, terminen los preparativos lo antes posible.

    —¿Necesitas ayuda, Oishi?—preguntó entonces Uriel a su compañero. La cantidad de enemigos que había ahí fuera era impresionante.

    —No es necesario, my friend —se jactó el aludido—. Agetor es bastante fuerte, y además está con el digimon de uno de los comandantes. Los que necesitan ayuda son esos tipos.

    ***​

    En la playa, cerca a un farallón, dos digimon se encargaban de mantener asegurado el lugar donde los digimon de los Busters se iba a refugiar. Uno parecía un poco más grande que un niño de 10 años, con patas de cabra y cabello blanco. El otro como una bola de tenis de color rojo.

    El farallón era la trinchera natural perfecta, lo suficientemente resistente incluso contra la artillería de la fortaleza del Señor del Odio. Los dos digimon, Agetor, el Aegiomon de Masamune, y Bit, el Mametyramon de Rex, luchaban contra una manada de Evilmon y unos cuantos Devidramon, y aún cuando el perfecto le estaba apoyando, Agetor realmente sobresalía en esa batalla. Sus puños desnudos podían derribar fácilmente a un Devidramon de un solo golpe.

    —Para ser nuevo en esto, luchas bastante bien—le dijo el Mametyramon, mientras con una de sus garras destruía a otro Devidramon.

    —Muchas gracias, jefe – le contestó el Aegiomon, quien se ponía en pose defensiva—. ¿Y eso qué es, jefe?

    Agetor se había quedado paralizado al ver dos rápidas siluetas en el aire, destruyendo a los enemigos que intentaban acorralar a los otros digimon de los Busters, todos en estado adulto: unos cuantos Tyranomon y Monochromon, un Snimon, un Meramon, y un Tuskmon, y los digimon gemelos de Uriel.

    —Han de ser WereGarurumon y Matadrmon – contestó el risueño dinosaurio fréjol, aniquilando a un par de Evilmon que se le habían mandado encima.

    Efectivamente, los compañeros de Kryos y Pandora se movían ágilmente, erradicando a los guardias del castillo, quienes probaron ser menos que nada contra los dos digimon perfectos. Gracias a esto, el grupo de digimon adultos llego al farallón sano y salvo, justo en el momento en que Mametyramon y Aegiomon despachaban al ultimo par de Evilmon.

    ***​

    —Los digimon ya han llegado al punto seguro, Pandora—le indicó Kryos a la joven a través del monitor de comunicaciones.

    —Los Busters ya están preparados, jefa – agregó Rex, quien se comunicaba en otro monitor.

    —Muy bien—respondió Maaya, y tecleó algunos comandos en la consola del comunicador, para enlazarse a todos los Digi-Beetles simultáneamente—. Busters... ¡fuego a discreción!

    A la orden de Maaya, los Digi-Beetles dispararon una ráfaga de misiles contra la horda de guardias del castillo, eliminándolos en el acto. Se trataba de misiles cargados con un programa prototipo especial. Era conocido como el FBV, Final Banishing Virus. Aún no estaba terminado, pues su función principal era destruir grandes cantidades de datos, porciones que en el Mundo Digital serian comparables a continentes enteros. Pero estos prototipos eran lo suficientemente fuertes para destruir a varios digimon con un solo ataque. El poder incluso destruyó gran parte del castillo, en su mayoría los muros defensivos. El objetivo principal de los misiles FBV eran los cañones y las baterías defensivas de aquella fortaleza oscura, y en aquel ataque habían destruido mas de los que esperaban.

    Pero en ese momento ocurrió algo que nadie esperaba. De los muros caídos salió aquel ser. Se manifestó al principio como una nube de caos y oscuridad. Su risa macabra se escuchaba en el aire, y sus ecos lograron traspasar la dura coraza de los Digi-Beetles, entrar en las cabinas de los pilotos, y hacer enloquecer a la mayoría de estos, creando pánico en sus corazones. La nube malsana de locura se torno física, tomando la forma de un Mephismon. El Señor del Odio. Su presencia bastaba para infundir temor en los corazones, e incluso sus hombres retrocedieron al ver a su amo salir del castillo. Con torva una sonrisa, el demonio observó a los Digi-Beetles.

    —Admiro su valentía, su sagacidad... pero hasta aquí es a donde llegan—exclamó con su voz de ultratumba, que resonaba directamente en su mente—. Ahora que saben mi ubicación, no deben salir vivos de aquí.

    Acumuló una gran esfera de oscuridad en su mano derecha, que emanaba un poder aterrador. Maaya, desde su Digi-Beetle, observaba con impotencia como las lecturas de su poder se iban haciendo cada vez mayores. En en monitor que transmitía lo que ocurría en la trinchera, podía ver que los digimon se preparaban para recibir el impacto. Matadrmon y WereGarurumon se pusieron en estancia defensiva, mientras que Aegiomon y Mametyramon guiaban a los demás a esconderse tras las rocas.

    Sin embargo, el Señor del Odio se detuvo. Aquella presencia que salía del mar captó toda su atención. Los Busters también estaban sorprendidos de verlo allí. Y los Digimon en la playa no sabían si celebrar o esconderse.

    —He llegado a tiempo—dijo Zeus, aliviado. Su voz se oía claramente en el comunicador.

    ***​

    La mole de armadura roja era inconfundible para él. Era el ser que había dominado a los digimon de la oscuridad antes de la destrucción del viejo Mundo. En su hombro derecho estaba erguido un humano vestido con armadura negra y un yelmo blanco, con seis lentes rojos haciendo de ojos.

    —¿Acaso eres... el Chaos Lord?—preguntó entre dientes el Señor del Odio.

    El Chaosdramon no respondió, pero en su mirada se veía fiereza. Aún si solo era un digimon que había tomado la forma del Chaos Lord, era patente que no podía tomarlo a la ligera. Si se enfrentaban, sería una batalla colosal, y bastante desventajosa para el Señor del Odio. Las energías liberadas de tal batalla alertarían a la Alianza sobre su posición. Debía pensar, y debía hacerlo rápido.

    —No venimos a pelear—le habló entonces Zeus. Su voz se oía aterradora con la distorsión que le brindaba el yelmo—. Vengo a hacerle una oferta que no podrá rechazar...
     
    Última edición: 10 Oct 2017
  14. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    IN THE DEEPS OF DARKNESS

    La carroza se movía lentamente a través de un paisaje sin luz. Sin embargo, esa ausencia de luz no significaba que aquel lugar estuviera inmerso en una oscuridad total. Una pálida iluminación impregnaba el ambiente con un asqueroso tono verdoso, dejando ver el paisaje que tenían a su alrededor.

    Viajaban por un bosque de árboles perennes y horrendos, deformados y con vegetación podrida, envueltos en la suave niebla de color verde que dominaba el ambiente. Más allá se veían picudas montañas grises que se alzaban desafiantes contra el cielo muerto, y tras éstas una espantosa esfera negra—tan negra que resaltaba incluso en un cielo totalmente oscuro y sin ninguna otra fuente de luz—rodeada de una corona de llamas verdosas, cuyo colosal tamaño engullía la mitad de la bóveda celeste. Era casi tan grande como las mismas montañas, y parecía que estaba tan cerca de aquellas que daba la impresión de que sus cimas la estaban rozando.

    Se encontraban en el inframundo, llamado por muchos el Área Oscura, o más específicamente en una de sus capas superficiales, conocida como el Bosque Maligno. Esa capa era la que estaba más cercana al Mundo Digital y cuando las barreras impuestas por los Guardianes de los Pilares se debilitaban, el tránsito entre ambos mundos era bastante fácil en esta capa, al menos para aquellos que conocían los caminos correctos. Las barreras se fortalecerían dentro de pocos ciclos—y posiblemente de forma permanente, si los Siete de la Profecía se reunían, que era lo que los líderes de la Alianza se proponían—, por lo que aquello que debía hacer allí era de suma importancia.

    Guiados por un taciturno Bakemon, dos Devidramon halaban la lúgubre carroza que llevaba grabados en las puertas los inconfundibles emblemas de Lord Vamdemon, un noble menor que gobernaba el Overdell, una región maldita en la Isla File del Mundo Digital. El digimon vampiro miraba el paisaje deprimente con aburrimiento. No era que le disgustara, pero comparada con las otras capas del Área Oscura, el Bosque Maligno era un lugar más bien aburrido. Y demasiado verde para su gusto. Junto a él, Ren, la Renamon, se encontraba en un mutismo total. Había estado así desde que la castigó tras haber fallado su última misión.

    Bueno, no es que hubiera fallado precisamente. La Renamon cumplió a cabalidad con su objetivo, y se infiltró sin problema alguno en el pequeño grupo que el Perro de los Royal Knights, Kaiba Akira, había formado en la Isla File para ir a rescatar a otra de su especie. También había conseguido invaluable información de la que él no tenía ni idea, como el hecho de que el joven utilizase un D-Gauntlet—una variante del D-Bracelet creado por la Alianza para los Elegidos de la Profecía—y fuese compañero de un DORUmon, una especie muy rara en el Mundo Digital. Y relacionada con la Profecía. Con las Profecías, se corrigió. El que un DORUmon tendría un papel importante en el futuro del Mundo Digital estaba vaticinado tanto en la Profecía de la Alianza, como en la Crónica Oscura del Sabio de la Oscuridad. Pero, ¿cómo ella iba a imaginar que los Royal Knights estaban enterados de sus movimientos cuando el muchacho ni siquiera sospechó de ella? La vigilancia era mayor de la que incluso él sospechaba. Tendrían que ser cuidadosos en el futuro.

    En todo caso, la Renamon ahora hacía de su doncella, y eso le molestaba. Había sido una espía del ejército del Señor del Odio durante la batalla del Golfo Processor, hasta que sus escrúpulos la hicieron retirarse de aquella vida de intrigas, pero aún se preciaba como una espía de élite y su orgullo estaba herido al verse rebajada al rango de una simple mucama. Ya la dejaría libre de su juramento cuando necesitara de sus servicios. La esencia negra era un buen incentivo.

    Luego de un largo viaje llegaron a su destino, una mansión de playa en un risco cercano al Mar Oscuro, un océano completamente negro que comunicaba todas las capas del Área Oscura, y por ende servía para viajar entre éstas; al menos, si no se conocían los otros caminos, más fáciles de recorrer y mucho más seguros. Sus aguas tenían la propiedad de no reflejar la asquerosa luz verde del sol negro que brillaba mortecino en el cielo—o ningún tipo de luz, para el caso—, y eran habitadas por horrendas criaturas, tanto poderosos digimon de la oscuridad como otros tipos de formas de vida digital aún más raros pero no menos peligrosos.

    En la entrada de la mansión le esperaba un extraño humanoide vestido con gabardina y gorro azules, de piel gris y enigmática sonrisa. Se trataba de Mummymon, el mayordomo de la señora de aquella mansión. Ren se teleportó afuera de la carroza en un visto y no visto, y abrió la puerta para su amo, respetuosa pero aún así en completo silencio.

    —Lord Vamdemon, elegantemente tarde—saludó el Mummymon con un ligero ademán que no habría desentonado en una corte, cuando el Vamdemon se puso frente a él. Su tono era halagador, pero no zalamero—. Los demás ya han llegado, pero mi señora no quería empezar sin vos. Por favor, seguidme.

    Vamdemon siguió en silencio al mayordomo mientras Ren se quedaba a cuidar la carroza en compañía del fiel Bakemon.

    La mansión, que se encontraba detrás de una verja hecha de un extraño metal negro que solo existía en el Área Oscura, era grande y bonita, hecha en su totalidad de piedra negra del Área Oscura, que tenía la propiedad de anular cualquier tipo de luz que se posara sobre ésta. Tenía un enorme patio con vista al mar, y amplios balcones y terrazas decoradas con coloridas plantas traídas del Mundo Digital. Aunque bonita a simple vista, emitía un aura siniestra que habría hecho huir de terror a cualquiera que no estuviera acostumbrado a las energías del "Lado Oscuro"{1}, cosa que era poco frecuente en los digimon de la oscuridad, pero que podía pasar. Más teniendo en cuenta el poder que poseía la dueña de aquella mansión.

    En el umbral los estaba esperando Astamon, uno de los nobles del Valle de los Demonios, otra de las capas del Área Oscura. Aunque novato en esto, Astamon se había convertido en uno de los afamados Señores de la Guerra recientemente. Aquellos eran generales de poderosos ejércitos que luchaban por el dominio de los territorios fronterizos de la Alianza, así como de los recursos en éstos. Pero para los nobles del Área Oscura no era más que otro de sus estúpidos juegos de intrigas en los que participaban cada vez que estaban aburridos.

    Junto a él, una LadyDevimon de peligrosa figura lo miraba con expectativa. A diferencia de las de su especie, vestía con un traje rojo en vez de uno negro. Eso indicaba que era una de las emisarias del culto de Lucemon, una de las siete religiones dominantes del Área Oscura, todas dedicadas a los Siete Grandes Señores Demoníacos. Aunque había cultos a los seres primigenios de la oscuridad, que dominaron el Área Oscura durante el Albor del Mundo en la Primera Edad, eran cultos menores en la actualidad. Y nadie en el Área Oscura se atrevía a adorar al "Dios" de los digimon.

    —Oh, pero si es el "señor" de File. ¡Que milagro que hayas venido a la gran fiesta de nuestra señora!—saludó Astamon con fingido entusiasmo y una hipócrita sonrisa que incluso un Neamon dormido no hubiera podido pasar por alto—. Y dime, ¿qué te trae a nuestro humilde mundo de las tinieblas? Creí que las bondades del mundo de la luz te habían seducido.

    —Aunque no lo creas, prefiero este mundo de oscuridad—pero en una de sus capas menos verdosas, pensó para sí—. El mundo de la Alianza es bonito, pero demasiado trivial.

    Pero eso iba a cambiar pronto, si la Crónica Oscura era de fiar. La era de la luz estaba llegando a su fin, y la Alianza sería destruida. El equilibrio sería restaurado.

    —Es una lastima que pienses así—dijo la LadyDevimon con tono coqueto—. Los digimon de la luz son tan fáciles de corromper que casi me compadezco de ellos. Casi—enfatizó.

    Trivialidades. Así que en eso se había convertido la nobleza del Área Oscura desde que él se había ido a dirigir sus tierras en la Isla File. Daban vergüenza.

    Haciendo caso omiso de las palabras de los jóvenes nobles, Vamdemon siguió al Mummymon al interior de la mansión. Tal y como esperaba, éste era tan evocativo como el exterior de la misma. Hermosos muebles que no tenían que envidiarle nada a los de los castillos y mansiones de la realeza del mundo de los humanos, con cuadros de extraños y aterradores paisajes decorando las paredes, y alfombras rojas extendidas por todo el suelo. Candelabros de oro y plata en las paredes y en los techos, con velas que ardían con un fuego negro que no emitía ni calor ni luz, pero que iluminaba igual que el fuego normal del Mundo Digital.

    Todos los cuartos y pasillos eran enormes. Aunque había muebles a la proporción de Vamdemon, también los había para seres de tamaños gigantescos. Era normal, la dama esperaba la visita de todo tipo de digimon.

    La sala del comedor de la mansión era igual de enorme que las demás estancias, y la mesa a la que el Mummymon condujo a Vamdemon estaba a rebosar de alimentos cárnicos—posiblemente, hechos con la data de desafortunados digimon—, platos rellenos de ensaladas de verduras y de frutas, y caldos y entradas de pan con mantequilla, y postres y vinos. Allí les estaban esperando los otros invitados.

    Murmukusmon, un noble menor del Valle de los Demonios que se había convertido en Señor de la Guerra desde hacía unos cuantos años. Era más bien mediocre y nunca había resaltado en nada durante los años que había durado esa guerra. Phelesmon, emisario del culto de Barbamon, como lo hacían notar las estrafalarias joyas que usaba. Dagomon, el enigmático gobernante de las regiones habitables del Mar Oscuro. Ba'almon, un misterioso individuo del que solo sabía que era un mercenario afamado en los últimos años. Y el Mephismon que se hacía llamar a sí mismo el Señor del Odio. Tras Vamdemon llegaron Astamon y LadyDevimon, tomados del brazo, hablando de frivolidades. Mummymon los condujo a sus puestos en la mesa.

    Un pequeño grupo de Shortmon—pobres digimon hechos prisioneros por la dama de la mansión—se apresuraron a servirles las comida, aunque reservaron la mayoría de los postres para su señora. Aquellos bocadillos eran hechos por Weddinmon, una rara digimon que se había ganado la confianza de la dama. Vamdemon probó el vino. Era sangre—data condensada—demasiado dulce. Quizá la habían tomado de alguno de los Shortmon.

    —Con ustedes la señorita Layla, la dama de la mansión—anunció el Mummymon.

    La digimon femenina entró con donosura en la sala del comedor y todos los nobles se quedaron callados no más al verla.

    Sin temor alguno a exagerar, Layla era con diferencia la digimon más bella del Mundo Digital. Lo había sido durante la Segunda Edad del Mundo Digital, y lo seguía siendo aún ahora. A opinión de Vamdemon, era probable que fuese la más hermosa de todos los tiempos, que ninguna otra digimon femenina pudiese rivalizar jamas con su belleza. Todo en ella alcanzaba una maravillosa plenitud capaz de dejar sin aliento hasta al más insensible—incluso para él, un no-muerto, era difícil mantener sus sentimientos aplacados; los demás en la mesa se habían quedado con la boca seca de deseo al verla, incluso la LadyDevimon—; desde sus facciones sin mácula hasta sus movimientos sensuales y majestuosos, que eran cosa natural en ella, todo exudaba lujuria. Su cuerpo era esbelto y su piel blanca, tersa y totalmente carente de imperfecciones, su flotante kimono negro y morado, de generoso escote, dejaba poco a la imaginación. Su cabello era del color negro de la noche, el mismo que inundaba sus brillantes ojos.

    Layla, la Lilithmon, era una de las nobles más influyentes del Área Oscura y una de los Siete Grandes Señores Demoníacos, los líderes supremos de los digimon de la oscuridad y los más poderosos entre estos, solo superados en poder por los males antiguos de la Primera Edad. En la Segunda Edad habían sido ángeles de los más altos coros—aunque algunos sospechaban que Barbamon ya era un demonio antes de eso—que se habían rebelado contra el "Dios" de los digimon, y por aquella transgresión habían caído de la gracia y habían sido aprisionados en el Área Oscura. Pero ella estaba libre ahora. Entonces era verdad, las barreras estaban tan débiles que los Siete empezaban a despertar. Era eso lo que tenía tan asustada a la Alianza. Él ya lo sabía, Layla había sido quién lo invitó a esa reunión, pero una cosa era leerlo en una carta de invitación y otra verlo con sus propios ojos.

    Layla se sentó graciosamente en su silla, la que coronaba aquella mesa rectangular—no había una silla en la posición opuesta a ella—, y los Shortmon se desvivieron por servir sus golosinas. Sí, no había cambiado nada desde que la conoció en la Segunda Edad. Aún tenía debilidad por todo lo dulce.

    —Lord Strahd, estoy muy contenta de que hayáis aceptado mi invitación. Es bueno ver a los viejos amigos una vez más—le sonrió con coquetería. Los demás invitados rechinaban los dientes de la envidia—. Entonces, ¿soy la primera en despertar?

    —Así es. Tu barrera es la única que se ha roto, al menos de momento—contestó Strahd, el Vamdemon, con una sonrisa. Por las barbas de Qinglongmon, mantener sus sentimientos controlados frente a esa mujer era toda una batalla.

    —Es bueno saberlo. Me dará tiempo para aventajarlos—Layla soltó una risa fingida.

    Dicho esto, saludó a los demás, uno por uno, aunque no con la misma familiaridad que lo hizo con Strahd—al único otro que trató así fue al Señor del Odio—. Luego, brindaron y comieron hasta que Layla terminó su primera tanda de postres. La Señora Demoníaca hizo llamar a la Weddinmon—una digimon que aunque bonita, se veía como una mujer común y corriente al lado de la Lilithmon—y la colmó de halagos por sus deliciosos postres antes de pedirle una segunda tanda. Los demás invitados secundaron tales halagos, incluso Vamdemon, aunque él no había probado el suyo. No le gustaba comer otra cosa que no fuera sangre, pero por educación se comió su postre y pidió otro más.

    Mientras comían, los jóvenes nobles Astamon, Phelesmon y LadyDevimon trataron de hablarle de sus frívolas y estúpidas actividades a Lilithmon. Cosas como luchar en contra de los Señores de la Guerra o la Alianza en el Mundo Digital, o conquistar los dominios de los otros cultos a los Señores Demoníacos, o los de los cultos menores de Plutomon o del Puño Malévolo—parece que evitaban hacer eso con los del culto a Grand Dracumon, cosa que era normal, pues ese era el único de los males antiguos que aún estaba activo en la Cuarta Edad, y nadie quería atraer su ira—, pero la Señora Demoníaca no se mostró para nada interesada en tales trivialidades, aunque lo disimuló con su encantadora sonrisa.

    Una vez Layla hubo terminado su último postre, golpeó delicadamente una copa de cristal con su "Nazar Nail", con cuidado de no desintegrarla accidentalmente con el poder maligno de su garra, para llamar la atención de todos en la mesa.

    —Os he llamado hoy a mi mesa por petición de mi amigo Ramiel—ese era el nombre del Mephismon que se hacía llamar el Señor del Odio—, pues él tiene algo importante que anunciaros.

    Azorado, el Mephismon se levantó y carraspeó un poco, para calmarse. Luego, se dirigió a los demás.

    —Los he convocado aquí porque creo que todos ustedes tienen potencial, y quiero compartir con ustedes mi nuevo proyecto. Tengo en mis manos un fragmento del poderoso cristal Amarth'Dûr, y he asegurado una coalición con los humanos que han llegado al Mundo Digital en contra de los edictos de la Alianza. Ellos quieren oponerse a los seres de la luz tanto como nosotros. Y es la oportunidad perfecta que tenemos para vengarnos de ellos. La Alianza se encuentra débil ahora, si la atacamos con todas nuestras fuerzas, la Profecía Oscura se hará realidad. ¡La haremos realidad!

    Los demás se mostraron sorprendidos por la mención de humanos que no estaban anunciados en las profecías, y por la mención de Amarth'Dûr. Ese cristal que solo se creía una leyenda pérdida de la Segunda Edad, y del que se decía que podía incrementar exponencialmente el poder de los digimon de la oscuridad. Por supuesto, para Strahd lo de los humanos no era una sorpresa. Él sabía de ellos gracias a la Renamon, cuya misión con Akira había sido justamente buscar a una humana que había llegado ilegalmente a la Isla File—debía compensarla con una dosis extra de esencia negra cuando tuviera la oportunidad—y había hecho planes al respecto. Lo de Amarth'Dûr era otra cuestión, pero podía idearse alguna contingencia antes de que Ramiel pudiera siquiera usarlo.

    —Es por eso que he invitado al líder de esos humanos para que nos acompañe en nuestra reunión. Con la venia de nuestra señora, por supuesto—añadió el Mephismon que se hacía llamar el Señor del Odio, con su hocico tornado en una mueca macabra que Vamdemon no sabía si interpretar como una sonrisa, o como una muestra del esfuerzo del pobre por contener los deseos que le causaba la lujuriosa Lilithmon.

    Todos los presentes guardaron silencio. Entonces el Mummymon—Vamdemon se preguntó como le haría ese Mummymon para no sucumbir ante el glamour de Layla—abrió la puerta del comedor y el susodicho humano entró por ella. Strahd pudo sentir como Layla disminuyó su aura lo más que pudo, para evitar que el humano se volviera loco de deseo. Los demás digimon invitados pudieron respirar aliviados también.

    El tipo era alguien vestido a la vieja usanza humana, Vamdemon la recordaba por los primeros expedicionarios que habían explorado el Mundo Digital. Vestido de traje negro, de cabello blanco más no cano, y con ojos azules y profundos. Tras mirarlos por un instante, notoriamente intimidado por ver tantos digimon poderosos reunidos en un solo lugar, el humano les sonrió.

    —Soy el Profesor Kimaira Seto, actual vicepresidente de Neon Oracle Labs, una organización de la Tierra—sonrió tímidamente—, y el actual líder de la fuerza expedicionaria que se encuentra en el Mundo Digital. Es un placer conocerla, ¿mi señora...?

    —Layla, podéis llamarme Layla, mi buen Profesor—sonrió ella, picara. Incluso sin su aura de glamour, era una mujer demasiado hermosa para ser real. El pobre humano se había sonrojado a despecho de estar esforzándose para no hacerlo—. Y contadme, Profesor Kimaira, ¿qué queréis vosotros los humanos en mi mundo?

    —No queremos perjudicarlo, por supuesto—el carraspeó incomodo, aunque Strahd no supo si fue por la pregunta tan directa o por los encantos de Lilithmon—. Verá, mi Señora, la naturaleza del Mundo Digital es simplemente fascinante. Y puede afectar a la realidad de nuestro mundo en formas que no creíamos posibles. Pensamos usar estas propiedades para hacer evolucionar a nuestro mundo, para convertirlo en una utopía que antes no creíamos posible usando solo la tecnología que nuestro mundo nos permite crear. Y creo que será algo que los beneficiará también a ustedes, a los digimon. Así que hemos venido a estudiar este mundo, y todas las infinitas posibilidades que ofrece.

    Vamdemon miró de reojo a Layla, y supo por su expresión que se había interesado en lo que había dicho aquel Kimaira. Y no por la cooperación con los humanos y esas estupideces de utopias. Conociendo a Layla, volvería a los humanos sus esclavos a la primera oportunidad. Cuando los otros Siete Grandes Señores Demoníacos se liberasen de sus prisiones, la humanidad bien podría dejar de existir. Lo que le interesaba a Layla era el que la realidad digital podía afectar a la realidad del mundo de los humanos. Ese tipo de información era un arma en manos de alguien como ella. Tendría que andarse con cuidado de ahora en adelante.

    —¿Y qué puede ofrecernos este humano... Profesor Kimaira? Además de hablarnos de cosas sin sentido para nosotros, digo—preguntó Astamon en tono despectivo.

    —Una armada por supuesto. No es que esté demeritando la valía de sus guerreros digimon, por supuesto. Son más poderosos que nuestras armas más avanzadas, y eso no se puede negar—se apresuró a añadir—. Pero estoy seguro de que conocen las leyendas. Los humanos hacen a los digimon más poderosos de lo que ustedes podrían ser por su propia cuenta, y yo les ofrezco suficientes humanos para incrementar el poder de sus armadas a niveles que no habían imaginado. Les ofrezco a mis Digimon Busters.

    Los digimon oscuros se quedaron en silencio, pero todos salvo Astamon sonrieron aprobando aquél plan. Layla entonces palmeó y le hizo una señal al Mummymon.

    —Igor, por favor, trae "eso"—ordenó graciosamente.

    El Mummymon asintió y salió de la habitación con rapidez. Los invitados, incluyendo el humano, el tal Kimaira, esperaron expectantes. Cuando Igor apareció con la cajita en las manos, unos minutos después, y la entregó presto a Layla, Strahd supo lo que había en su interior. Anticuerpo X. La sensación que recorría su cuerpo era inconfundible.

    Aquella era una sustancia escasa e ilegal ahora en el Mundo Digital, lo último por orden de la Alianza. Los x-digimon era más bien escasos—una reliquia de la devastación que destruyó el viejo Mundo—y conseguir Anticuerpo X usualmente implicaba tener que matarlos para absorberlo. Aunque algunos lo podían compartir de forma voluntaria—algunos lo regalaban antes de morir, y otros habían aprendido a duplicarlo de su propia data—, la Alianza había prohibido su distribución, o el hecho de matar a un x-digimon por cualquier otro motivo que no fuera defensa propia, bajo sanciones bastante fuertes, incluida la pena de muerte. Eso no había disuadido a los contrabandistas en el mercado negro.

    Layla le pidió a Igor que le diera la cajita al humano.

    —Me he enterado que habéis revivida al viejo Chaos Lord. Quizá esto sirva para revitalizar a aquella chatarra—rió nuevamente con su risa fingida, guiñando el ojo a Ramiel, el Señor del Odio.

    Chaos Lord, el Chaosdramon que dirigió a los digimon de la oscuridad en los años finales de la Tercera Edad. Su poder era tal que había dado problemas a los mismos Royal Knights, y al final, fue el anterior grupo de humanos Elegidos por la Alianza quienes lo habían derrotado, poniendo fin a su reinado de terror. Así que los tales Busters habían logrado desenterrar sus datos y de alguna forma revivirlo. No debía subestimar a esos humanos. Que esos errores los cometieran novatos como Astamon.

    Pero lo que lo preocupó en ese momento era que Layla supiese de la existencia del Chaos Lord. Al parecer, incluso sellados en su prisiones los Siete Grandes Señores Demoníacos podían enterarse de los acontecimientos que habían ocurrido en el Mundo Digital desde su derrota. Porque realmente dudaba que el Señor del Odio fuese tan estúpido para contarle más de lo debido a la Diosa de la Oscuridad. ¿Qué más sabía Layla? ¿Qué estaba planeando? Debía moverse rápido, antes de que descubriera sus planes.

    Por otro lado, que el Chaos Lord usara el Anticuerpo X sería interesante...

    ***
    Nota: Pese a que me gusta hacer shout outs a mis franquicias favoritos en mis escritos, la mención al Lado Oscuro del Área Oscura no es un shout out de mi parte a Star Wars. Es un termino oficial en el lore de Digimon. Posiblemente un easter egg de parte de Bandai, pero en todo caso no es algo mio. Para referencias, ver perfiles DRB de Lady Devimon, Chaos Dukemon o el perfil del Collectors de Soulmon.
     
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    Wiki ¡Yow!

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    Yow

    A mí me resulta más sencillo leer un oriyinal fic que un fanfic como tal, al menos. Creeeeo conocer lo suficiente de Digimon para no perderme demasiado pero a lo mejor acabo preguntando algo de vez en cuando.

    Me gusta tu forma de narrar: un poco sencilla, un poco inmersiva, ágil y fácil de seguir pero con la suficiente fuerza en las escenas altas. Escribes mejor que el promedio de DZ (y usas guión largo como la gente prah, el guión corto es para plebs). Salvo uno que otro traspiés en la ortografía o alguna palabra inadecuada, lo veo bastante limpio. Eso sí, por momentos se siente que abusas de las comas.

    Me he leído el prólogo y la intro (uno de mis defectos es que leo lento) y me ha gustado bastante. Akira es agradable y la trama con los Royal Knight se ve interesante, así que me tendrás dando lata por aquí.

    Buenas noches, buenos días.
     
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    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Grax.

    Si, me han dicho lo de las comas en otra ocasión (antes usaba más, créeme). Pero es una mala maña de esas de perro viejo, aunque trato de mejorar en ese aspecto.

    EDIT:
    Gracias a la sugerencia de un amigo, he cambiado al digimon de Masamune (de V-mon a Aegiomon). Por ende, he hecho unos cambios respectivos al episodio 7 (The Lord of Hatred). Por si alguien lo ha leído ya, para que vuelva a releer esa parte si quiere ver detalles nuevos (sino, para que al menos sepa del cambio y no lo encuentre ilógico en próximos episodios).
     
    Última edición: 10 Oct 2017
  17. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Chronicle 9:
    UNLEASHED

    DORUgamon y Omekamon comenzaron a entrenar como lo habían estado haciendo todas las mañanas durante esas tres semanas, empezando con una carrera de obstáculos en una pista especial que cubría una gran parte de la playa occidental de la isla. Esta pista había sido construida por los hombres de Karantenmon, el prefecto que gobernaba aquel paradisíaco lugar en nombre de su Amo, el Lord de las tierras de Edo, específicamente para ayudarle en su entrenamiento. Los digimon que estaban en la playa aquella mañana, ya fuera disfrutando de la brisa y el sol o comprando en las diferentes tiendas que atiborraban las playas de Protocol, observaron con curiosidad aquella carrera, donde incluso los Yashamon y Musyamon al servicio de Lord Karatenmon les ayudaban a entrenar.

    La pista era compleja, con varias rocas y barras para entorpecer el recorrido de los digimon, además de pozos-trampa llenos de desechos donados gentilmente por los Numemon y Scumon residentes de la isla. Además de eso, unos Shurimon se encargarían de entrenar a DORUgamon en estrategia de combate anti-aéreo en medio del recorrido. Por supuesto, los Shurimon solo lo atacaban a él, Omekamon tenía el recorrido libre. Quien llegara primero podía escoger la comida del otro y Shin ya estaba harto de comer solo alimentos sanos y nutritivos desde que había comenzado a entrenar con el Omekamon. Extrañaba sus helados de frutos rojos.

    —¡Pero estos platillos son ricos en nutrientes y vitaminas que fortalecerán aún más tu cuerpo!—había dicho una vez el Omekamon con tono burlón—¡Así entrenas mientras comes!

    Haber si él se atrevía a tomarse el menjurje de hierbas verdes agrias que le hacía tomar de desayuno desde las ultimas dos semanas.

    Un Kamemon había sido asignado para que asistiera y cuidara de Rei, la enigmática digihumana, ahora que el Omekamon se había ofrecido a ayudarle en su entrenamiento. La tal Rei era una tipa extraña, bastante diferente de Akira. Prefería pasarse el día en las tiendas comprando cosas, o echarse a tomar el sol en la playa, y el pequeño Kamemon era más un "tráeme"—tráeme esto, traeme aquello—que un un asistente. Pero bueno, Akira le había dicho una vez que él era diferente de los otros humanos, y parece que lo mismo aplica con los digihumanos.

    Por lo que le había comentado Omekamon, Rei venía del remoto continente Directory, la tierra natal de los digihumanos, un lugar asolado por una terrible guerra civil. Los Señores de la Guerra de allá eran mucho más agresivos que los de Mainframe, y se rumoreaba que se había aliado al tal Señor del Odio o que pensaban hacerlo. Al parecer, Rei era alguien importante entre los digihumanos y la habían enviado hacía Rotarl, la Capital Sagrada de la Alianza. Pero la chica había decidido tomarse unas vacaciones en la Isla Protocol. Según ella, los Señores de la Guerra no la irían a buscar si estaba metida en la guarida de uno de los más temibles de ellos. Una persona bastante extraña, comparada con su tamer.

    —¿¡Piensas continuar con el entrenamiento o qué!?—le gritó Omekamon desde el otro lado de uno de los obstáculos, una gran piedra grisácea.

    En ese momento Shin se percató de que se había detenido en medio de la pista—y por suerte para él, unos centímetros antes de uno de los pozos-trampa. Determinado a decidir la cena de esa tarde, Shin lanzó un rugido amenazante y corrió con todas sus fuerzas, tratando de alcanzar, y luego rebasar, al Omekamon que le llevaba una gran ventaja.

    ***​

    Al igual que Shin, Akira se sometía a un riguroso entrenamiento por su propia cuenta, el cual le era impuesto por el mismo Mikoto, el Gaioumon. En los bosques cercanos a la Ciudad Protocol había un hermoso lago de aguas cristalinas que se alimentaba de una cascada que caía de un risco empinado. Los locales decían que poseía propiedades mágicas que hacían que cualquier que se bañase en estas aguas tuviese buena suerte. Fuera eso cierto o solo una superstición, a Akira le parecía que el agua de dicha cascada estaba helada. El frío le calaba hasta los huesos.

    Pero eso era lo que Gaioumon le había dicho que le ayudaría en su entrenamiento, algo que lo hiciera perder la concentración fácilmente. Pues solo aprendiendo a concentrarse de la manera correcta podría Akira dominar y liberar su digisoul a voluntad. Sentado en la clásica posición del asana del loto bajo el incesante agua de la cascada, Akira trataba de mantenerse concentrado, a pesar del frío y del torrente de pensamientos que interrumpían su concentración a cada nada.

    Fuera del agua, parado sobre una roca, Gaioumon observaba el progreso del joven mientras le aconsejaba de vez en cuando, siempre en el momento en que parecía que el tamer comenzaba a bloquearse.

    "Eres muy fuerte y un buen tamer, pero tu poder viene de la fuente equivocada. Para poder liberar tu verdadero digisoul debes obtenerlo del verdadero poder, que viene de tu corazón, apoyado por un valor imperecedero."

    Ese tipo de máximas eran las que usaba para ayudarle a encontrar el enfoque correcto, según él. Le recordaban las cosas que había oído en una película de samuráis que vio de niño. Pero tenían razón en algo: siempre que manifestaba su poder, lo hacía iracundo. Debía aprender a controlarlo estando calmado.

    “Cuando se manifiesta el oscuro deseo del orgullo, es el espíritu oscuro. Cuando se lucha sin espíritu, esa batalla termina en tu propia muerte...”

    Sí, estaba divagando de nuevo. Se concentró otra vez. Desde ceros.

    Durante esas tres semanas había estado entrenando su mente y espíritu, y escuchando las máximas del samurái desde el alba hasta el ocaso. Pero a veces era imposible frenar los recuerdos. Desde el día que se había enfrentado con ese sujeto, el Digimon Buster... la muerte de aquel tipo le había afectado más de lo que debería. Es cierto, debía luchar con todo su ser para sobrevivir en un mundo donde solo importaba la ley del más fuerte, de la garra y el colmillo. Pero de ser posible, quería evitar matar. Pero ya había matado a muchos, ¿no era así?

    El Meramon, el Ogremon, el mismo SkullGreymon de aquél Buster. ¿Por qué lo afectaba tanto la muerte del humano y le daba igual la de los digimon? ¿Era simpatía de especie?

    “Debes controlar tus emociones y concentrarte en tu espíritu. Enfocar tu mente en tu espíritu, y el secreto del digisoul será revelado…”

    Sí, de nuevo divagando. Aunque la muerte del tipo ese no había sido culpa suya, realmente. Ni siquiera de Shin. Había sido daño colateral de la batalla, algo que podía pasar cuando luchabas junto a un digimon. Cuando eras un tamer. Eran riesgos del oficio, por decirlo de alguna manera.

    Además, el tipo había mencionado a Maaya.

    ***​

    Habían pasado dos años desde que los hermanos Kaiba se habían ido a vivir a la mansión del señor Kimaira. Aunque Kimaira—no confiaba aún en él como para decirle su nombre de pila—era su padre adoptivo legal, Akira nunca se había considerado su hijo y Kimaira nunca los había obligado a los hermanos a cambiarse el apellido. Ni siquiera había sugerido la idea. Kimaira no era un hombre casado y al parecer no tenía algún compromiso amoroso. Cuando se hizo cargo de los hermanos anunció públicamente que ellos serian sus herederos. Y es que en realidad, Kimaira era uno de los cinco hombres más ricos de todo Japón y entraba incluso en la categoría de los cincuenta hombres más ricos del mundo, y a su edad—que aunque no lo aparentaba ya tenía sus años—le preocupaba sobremanera no tener a quien legarle su fortuna.

    Naomi había comenzado asistir a la Universidad de Tokio tras haber aprobado el primer examen de admisión, a los pocos meses de que los adoptaran. “Influencias”, decían algunos. “Kimaira tiene tanto dinero que si quisiera podría comprar medio país”. Nadie quería creer que quizá, solo quizá, la chica era más talentosa de lo que ellos podían, o querían, imaginar.

    Por su parte, Akira asistía al Instituto Neo Arkadia, una brillante institución educativa reservada solo para los hijos de la élite mundial. Magnates, politicos importantes, miembros de los altos mandos militares, prominentes científicos, Illuminati... ese tipo de gente. Los hijos de aquellas personas eran enviados a estudiar allí para pulir sus grandes talentos e increíble intelecto, para ser moldeados en la perfecta clase dirigente del mañana. Se sentía como una mosca en la sopa, porque él no tenía ningún talento que resaltase, y su intelecto era más bien el de una persona común y silvestre. En su caso particular sí era verdad que solo estaba allí porque el dinero de Kimaira, y el afán del hombre de salvaguardar su reputación, le habían comprado el cupo.

    Aunque era un estudiante aplicado y juicioso, nunca había llegado a los primeros lugares por sus calificaciones. Pero tampoco había estado entre aquellos que tenían las peores calificaciones. Se consideraba más bien normal. Quizá mediocre. Se sentía así desde la muerte de sus padres y debido a ello no era muy bueno para hacer amigos, por lo que se comenzó a convertir en un ermitaño.

    Comenzó a caer en un mutismo de tal magnitud, que solo hablaba con su hermana. Kimaira, preocupado, pagó a los mejores psicólogos del país para que lo examinaran. “Solo necesita que lo escuchen”, le dijeron. Y en parte era verdad. Kimaira nunca tenía tiempo para hablar con él, ya que su trabajo lo ocupaba la mayor parte del año, y antes de la llegada de los Kaiba la mansión era ocupada solo por la servidumbre. Y Naomi estaba muy ocupada con la universidad y apenas tenía tiempo para hablar con él los fines de semana. Kimaira entonces se encargó de la situación, internando a Akira en el instituto y asegurándose de que durmiera en un cuarto compartido. Para el tipo, aquello había sido la solución salomónica.

    Rand Bates. Así se llamaba el compañero de cuarto de Akira. Al principio parecía una persona algo amargada. Y con justa razón. Era un chico de una familia de clase media baja. Sin embargo, por sus excelentes calificaciones y su intelecto superior se había ganado una beca del gobierno, que además le daba una pequeña pensión para ayudar a su familia. Cuando Akira lo conoció, Rand no era el chico sociable que los psicólogos le habían recomendado.

    —La computadora es mía por la noche. En el día puedes usarla todo lo que quieras—así lo saludó Rand el día que se conocieron—. Cuando no la necesite por la noche, también puedes usarla.

    Se refería a la computadora de última generación Ul-Tech que los estudiantes tenían en sus cuartos. Una por cuarto, por la Ul-Tech, esa súper tecnología que superaba por mucho lo que los humanos pudieran imaginar y había sido descubierta una década antes, no era algo tan común todavía. Una computadora con Ul-Tech superaba por mucho lo que podía hacer su portátil, por más Pineapple que fuera.

    Esa fue la única conversación larga o substancial que tuvieron ese mes.

    El tiempo pasó. Vivir con Rand no sirvió como terapia. Simplemente empeoró las cosas. Akira se retiraba más y más de la sociedad. Cuando hablaba, no lo hacía más que para decir lo estrictamente necesario. Sus capacidades sociales se hicieron casi nulas, aunque jamas se volvió un estudiante mediocre. Hacer eso sería decepcionar a su hermana.

    Sin embargo, poco a poco, aprendía las mañas de Rand. Y es que Rand se la pasaba toda la noche y todo el día hackeando—sí, había mentido con eso de que no usaría la computadora Ul-Tech de día—, y no era necesario ser un súper genio para aprender cosas veía que realizaban repetidamente. Más cuando las veía todos los días y casi a todas horas. Aquello lo hizo empezar a resaltar en las clases de tecnologías informáticas. Solo un poco, al menos. Lo suficiente para hacer sonreír a Naomi cuando lo visitaba.

    El día en que terminaron el periodo de estudios, el primero que llevaba Akira como alumno internado, las cosas cambiarían para el joven solitario. Ese fue el día que conoció a su amada. Una chica llamada Maaya.


    ***​

    “El digisoul no es solo usar el poder de tu fuerza física, ni la destreza mental. Debes sentir el poder que viene de tu corazón, mientras fortaleces tu voluntad.”

    Tres semanas. Tres semanas haciendo el mismo entrenamiento día tras día, y nada. Tres semanas de entrenamiento para mejorar su concentración y lo único que hacía era divagar más en sus recuerdos. Eso era frustrante. Pero no podía rendirse, y dado que no tenía nada más que hacer y los Royal Knights no lo habían llamado aún...

    —Joven maestro—le interrumpió de repente Gaioumon, con voz suave pero firme. Estaba muy serio y miraba con preocupación hacía la playa—. Debemos volver a la playa. Algo está por suceder...

    ***​

    El sonido de los gritos seguido por una estampida de digimon huyendo de la playa atrajo la atención de DORUgamon, Omekamon y Rei. Una gran ola embistió al restaurante Baka Neko, destruyéndolo en el acto. Por suerte, Betsumon y algunos de sus ayudantes lograron escapar a tiempo. Al otro lado de la playa un enfrentamiento se llevaba a cabo y a los guerreros les había importado un bledo la ola.

    Por un lado estaban los guardias de Protocol, un batallón compuesto por los soldados que estaban ayudando con el entrenamiento de DORUgamon, además de un regimiento de Ikkakumon y Tylomon. Los enemigos se componían en su mayoría de Seadramon y Shellmon, dirigidos por un MarineDevimon.

    —¡Ustedes, los que osan infringir las leyes de nuestro señor, deben morir!—espetó uno de los Shellmon, mientras se abalanza sobre uno de los Musyamon guardianes.

    —¡Nunca toleraremos la existencia miserable de MetalSeadramon!—argumentó Karatenmon con decisión. El ave humanoide de plumaje negro se encontraba en el campo de batalla dirigiendo a sus hombres en combate—. ¡Él se ha vendido al espíritu malvado del Mundo Digital! ¡No podemos tolerar a un ser que se han rendido a las tinieblas!

    Desde hacía semanas se decía que MetalSeadramon se había aliado a ese que llamaban el Señor del Odio, y que sus fuerzas se enfocaban más en la destrucción de la Alianza que en la conquista de los territorios. Si esos guerreros luchaban hoy en su nombre era porque MetalSeadramon odiaba encarnizadamente al señor del país de Edo. Lo suficiente como para quererlo tan destruido como a la Alianza.

    Rei y los digimon observaban desde uno de los negocios que se habían convertido en refugios para los clientes y turistas de la isla.

    —¿Quiénes son ellos...? ¿Y por qué están peleando?—le preguntó Shin a Kamemon.

    —Ellos son siervos de MetalSeadramon...—respondió el Kamemon con la voz temblorosa—. Él posee el poder de destruir islas enteras... Y si él está aquí, una isla tan pequeña como Protocol...—gimoteó.

    —Si tiene tanto poder como dices—indicó Omekamon, estoico—, entonces no hay lugar en esta isla donde estemos seguros. Ni siquiera en las islas aledañas.

    El Kamemon rompió a llorar y Rei destajó al Omekamon con la mirada.

    —Creo que debemos luchar si queremos estar seguros, entonces—planteó Akira, de improvisto.

    Rei y su grupo se voltearon a ver al joven y a Gaioumon, quienes acaban de llegar a la tienda donde se habían refugiado.

    —Señor Mikoto, su instinto no estaba errado—dijo Akira observando a su maestro con incredulidad.

    Un gran temblor sacudió la isla entera antes de que Gaioumon hubiera tenido siquiera la oportunidad de formular una palabra, y una gran aleta se vio nadando en medio del océano. Era él, el Amo del Mar, MetalSeadramon, un gigantesco digimon acuático con poderosas mandíbulas de acero. Gaioumon desenvainó sus Kikurin, las katanas mágicas gemelas que portaba como armas.

    —Yo me haré cargo de ese. Ustedes encárgense de los peces pequeños—ordenó antes de salir a darle la bienvenida al Señor del Mar.

    —Vamos, Shin—dijo a su vez Akira, animado por la idea de luchar nuevamente. Quizá eso sirviera para aclarar sus ideas—. ¡Debemos ayudar a Karatenmon y a los otros!

    —¡Esta bien!—respondió el digimon dragón bestia, bastante animado. Por el brillo en sus era obvio que tenía ganas de poner a prueba los resultados de su arduo entrenamiento.

    —Omekamon, te encargo que cuides de Rei—le dijo Akira a su amigo. O al menos lo consideraba su amigo, pese a que había convivido con él solo tres semanas.

    —Haré lo que pueda—respondió aludido, mientras guiaba a la digihumana a un refugio cercano.

    Akira y DORUgamon embistieron a los digimon enemigos que estaban cerca de las tiendas mientras Omekamon, Rei y un sinnúmero de otros digimon aprovechaban para huir. A lo lejos, Gaioumon se abría paso entre las huestes enemigas, aniquilando a cualquier estúpido que se cruzara en su camino.

    Akira se posicionó tras unos stands abandonados, con la cobertura suficiente para ayudar a Shin de forma más efectiva sin que éste tuviese que estar preocupado por usar su cuerpo de escudo para defenderlo. Por su parte, DORUgamon atacaba a sus oponentes con su "Cannonball". Los Shellmon que no fueron derribados por la técnica contraatacaron con su "Drill Shell", pero DORUgamon, guiado por las órdenes de Akira—que el joven le transmitía usando el D-Gauntlet—y sus propios instintos, aguzados por el entrenamiento, logró esquivarlos fácilmente.

    Pese a los esfuerzos de Karatenmon y sus hombres, un grupo de Gesomon logró infiltrarse en la ciudad. Los digimon turistas comenzaron a huir despavoridos. Pero Omekamon y algunos de los Yashamon guardias que seguían en la playa estaban dispuestos a luchar. Mientras Omekamon tomaba el mando de la ofensiva de los Yashamon, quienes se interpusieron entre los Gesomon y los turistas como muralla infranqueable, Rei y Kamemon escaparon corriendo rápidamente. La chica no pudo evitar mirar atrás, preocupada por el destino que podrían sufrir sus compañeros.

    En el mar, una flota de MegaSeadramon atacó con fuerza brutal a la legión de Tylomon e Ikkakumon, obligándolos a retroceder. Con esta ventaja, pronto las fuerzas de MetalSeadramon comenzaron a subyugar a Karatenmon y sus soldados.

    —¡¿Acaso mi suerte puede ser peor!? ¡Ese maldito MetalSeadramon puede que se haya traído todo su ejército a esta isla! - gruñó Akira. Palabrotas, las malas mañas que aprendió de Rand. Su hermana Naomi habría palidecido al escucharlo hablar así.

    La batalla en tierra se había recrudecido también. Pero pese a la fiera resistencia del grupo de Omekamon, un Gesomon logró atravesar la barrera de Yashamon y dirigirse justo a la ruta que Rei había elegido para escapar. El pequeño Kamemon se devolvió entonces, ante la mirada de una estupefacta Rei, para hacerle frente al adulto. Fue derribado de un golpe pero seguía con vida. Akira decidió ir a ayudarlo. Al fin y al cabo, Gaioumon parecía estar controlando muy bien la situación en ese sector por si solo, haciendo retroceder a los MegaSeadramon y Shellmon con suma facilidad.

    Usando su D-Gauntlet se dirigió a su compañero mientas corría: "Cúbreme. Kamemon está en problemas".

    Correr ya no le causaba tanto problema como antes. Además del entrenamiento del digisoul, Gaioumon se había encargado de diseñar un programa de ejercicios matinales para mejorar su condición física. Le estaba bastante agradecido por eso.

    DORUgamon comenzó a disparar sus bolas de acero contra los Gesomon, para abrirse camino hacia donde estaba Rei. Por suerte, Karatenmon y los suyos habían logrado acabar con los enemigos que los tenían rodeados y aparecieron para ayudarlo, permitiendo que Shin pudiese correr en apoyo de Akira. Cuando el digimon bestia dragón apareció frente al tamer, fue capaz de destruir de un solo ataque al Gesomon que había estado a punto de matar al Kamemon.

    Sin más enemigos que les estorbasen, tamer y digimon lograron llevar a Rei y al Kamemon a las calles que daban a la ciudad propiamente dicha. Los guardias, tropas de Yashamon y Musyamon, corrían para unirse al campo de batalla y dejaron entrar al digimon tortuga y a la digihumana para que se resguardaran tras las murallas que protegían Ciudad Protocol.

    —¡Por favor, quedate conmigo!—suplicó de repente Rei. Los Siete de la Alianza te recompensan muy bien por ello.

    —¡No podemos dejar a Mikoto solo en esto! ¡Ni tampoco a Omekamon!—exclamó Akira irritado. No quería ser un cobarde tras murallas—. Es mi deber, soy un tamer.

    ¿Qué tenían que ver los Siete de la Alianza con la tal Rei?

    —Estaremos bien—añadió con tono conciliador el DORUgamon, tratando de calmar a la chica.

    Aún así, la digihumana no dejó de mirarlos con angustia mientras ellos volvían al campo de batalla una vez ella estuvo tras las murallas. Para acelerar las cosas, Akira se montó a los lomos de Shin como si fuera una montura, y el digimon dragón bestia alzó pesadamente el vuelo para ir aún más rápido.

    La playa era un caos. Pese a los refuerzos que habían llegado de la ciudad, los hombres de MetalSeadramon aún los superaban por mucho. Un grupo bastante nutrido de Hangyomon trataba de abrirse paso hacía las murallas, haciendo picadillo a los guardias que se interponían en su camino. Si lograban llegar a las murallas, Ciudad Protocol caería. Tran pronto vieron al DORUgamon, empezaron a arrojarlo sus arpones, que el dragón podía sortear torpemente solo porque tenía la ventaja de la altura.

    El tamer pensó que era momento de poner en práctica su entrenamiento. Con gran determinación empezó a respirar rítmicamente, concentrándose en encontrar el estado mental adecuado. Enfocando todos sus pensamientos en una sola cosa: el poder de su espíritu. Las máximas de Gaioumon. Cuando su puño se encendió en aquel resplandor lumínico, Akira supo por fin como podía controlar su poder interior. No era ira lo que necesita. Era determinación, aquello que le había faltado desde la muerte de aquél Buster. Pero ya no más. Era matar o morir, o ver morir a aquellos que no podían defenderse por si solos, como Rei o Kamemon. No podía permitir eso.

    Su entrenamiento había terminado.

    —¡Shin, ten!—gritó Akira a todo pulmón.

    El aura azul desbordó de su cuerpo como una explosión que podía contenerse más. Como lo que había pasado en el sueño que tuvo cuando vino al Mundo Digital. El poder de su determinación, sí. Pero también el de emociones contenidas por tres años, desde la muerte de sus padres. Era un pilar azul que se alzó más alto que las murallas de la ciudad e iluminó completamente aquella playa. Y luego fue absorbido por el D-Gauntlet y enviado al DORUgamon.

    ***​

    Con su cuerpo a rebosar de poder, rodeado por el aura lumínica que provenía de Akira, DORUgamon embistió a sus enemigos con ira salvaje. No importaba el número, no importaba el nivel evolutivo. Se sentía tan poderoso que podía matar al propio MetalSeadramon por si mismo. El cristal rojo de su frente brillaba incandescente y liberaba aún más poder. No, no se trataba solamente del poder que había ganado con su arduo entrenamiento de tres semanas. Era el poder latente en su interior, que ahora desbordaba por todo su ser.

    ¿Eran como treinta Hangyomon? No eran nada. Ni siquiera necesitó su ataque especial. Con sus propias garras, en menos de un parpadeo, los redujo a todos a simples fragmentos de ceros y unos. Lo había hecho tan rápido que los pobres ni siquiera supieron que los había matado. Dejándose llevar por sus instintos salvajes, lanzó un furioso rugido mientras consumió los datos de sus enemigos caídos.

    ***​

    Shin se había movido tan rápido que lo había tirado de los lomos. Era de agradecer que el D-Shield amortiguara caídas, o al menos caídas desde una altura a solo unos cuantos metros. Tendría que aprender a modular la cantidad de energía que le enviaría a Shin.

    —¡Ahí viene! ¡Es el Lord del Mar, MetalSeadramon!—gritó uno de los vigías.

    El poderoso digimon marino nadaba a gran velocidad contra la pequeña isla, dejando una estela de agua tras de sí. Y cargando el cañón que tenía por hocico con una ominosa energía brillante. Ultimate Stream. La ráfaga de energía que disparó de este cañón dividió la isla en dos. El sismo y las explosiones que acompañaron tal destrucción fueron aún peores. Todos los combatientes, incluyendo al poderoso Gaioumon, fueron derribados. Todas las casas y los negocios de los comerciantes se vinieron abajo, mientras la tierra se movía sobre sus cimientos, guiadas por el tremendo poder del digimon definitivo...

    Por suerte para Akira, su D-Shield lo había salvado de los escombros, pero ahora se encontraba totalmente descargado. Shin de alguna forma había sobrevivido a que una de las tiendas le cayese encima, pero no podía moverse muy bien. Quizá se había lastimado una pata. Ciudad Protocol estaba devastada, y muchísimos digicores salían despedidos hacía el cielo a velocidad vertiginosa, la cantidad de digimon muertos era terrible. Debió de haberse quedado con Rei.

    Lo peor era que Metal Seadramon estaba dando la vuelta, dirigiéndose nuevamente a la Isla. En la playa lo estaba esperando Gaioumon, desafiante.

    —¡MetalSeadramon!—gritó Gaioumon—¡Has cometido un grave error al atacarme en mis tierras! ¡Y es un error que te costará muy caro!

    ¿Sus tierras? ¿Mikoto era Señor de la Guerra de Edo? Bueno, debió darse cuenta por la deferencia que le tenían los soldados y algunos mercaderes, pero... Dios, que distraído era.

    Con un gran rugido, el samurái embistió a la gran criatura marina de un gran salto. MetalSeadramon rápidamente abrió sus grandes fauces y trató de tragarlo, pero al parecer eso era lo que Gaioumon quería. Mientras iba en el aire, en sus manos concentraba una pequeña esfera flamígera de energía súper concentrada. Metal Seadramon supo lo que era, e intento huir. Era muy tarde.

    El Gaia Reactor explotó en la boca de MetalSeadramon y consumió todo alrededor en una poderosa explosión blanca que evaporó el agua del mar a su alrededor, y redujo a Metal Seadramon, e incluso a algunos otros componentes de su armada que se encontraban cerca de su señor en ese momento, a simples ceros y unos.

    Akira y DORUgamon observaban la explosión desde la seguridad de la playa, pero podían sentir el calor abrazar aún en la distancia, un calor que podía fundir el metal con solo tocar esa bola de fuego. Y sin ser conscientes de ello, habían sido testigos de cómo el balance del poder político del Mundo Digital se había vuelto añicos.

    ***​

    Para suerte de Rei, uno de los guardianes de Protocol, un Yasyamon, había salvado su vida durante el ataque de MetalSeadramon. Y con su señor muerto, sus hombres o se rindieron o huyeron, por lo que Omekamon, Karatenmon, y varios de los soldados de Gaioumon sobrevivieron. Cuando MarinDevimon vio caer a su señor, huyó. Pero al cabo de unos días reunió una armada de los "leales", con la intención de reemplazar a MetalSeadramon como señor de los mares. El sueño no vivió tanto.

    Cuando el ejército principal de las fuerzas de Gaioumon vino del continente, el samuraí se encargo de aniquilar a los leales a MetalSeadramon con una rapidez brutal, aunque ofreció misericordia para aquellos que le juraran lealtad. No para MarinDevimon. El pobre iluso fue ejecutado públicamente en las ruinas de Protocol.

    Las heridas del Akira y DORUgamon tardaron una semana en sanar. Y en ese tiempo Magnamon se comunicó de nuevo con él. Tenía una misión, por fin.

    ***​

    Siete días después de la destrucción de Protocol, Akira y Shin, junto a Rei y Omekamon, se dirigían al templo que los había llevado a la Isla Protocol hacía poco más del mes. Ahora que los hombres de Gaioumon se habían encargado de ajusticiar a los pocos soldados de MetalSeadramon que no se habían logrado escapar, las cosas parecían volver a la normalidad en las ahora llamadas Islas de Protocol.

    —No confió mucho en los métodos de la Alianza. Son métodos burocráticos que nada tienen que ver con este mundo de guerras—dijo Gaioumon con desdén. Sabía que iban a Rotarl, la capital de la Alianza—. No te confíes mucho de ellos.

    La misión era simple: escoltar a Rei a Rotarl, nada más. Y podían ir en tren. Justo la estación de las Praderas estaba en la salida de hueco que se encontraba al otro lado de este portal... respecto a la misma Rei, él no lo entendía muy bien.

    Resulta que los digihumanos todos eran hombres, creados a partir de la data de un tamer legendario que había aparecido en el Mundo Digital en una era tan remota que ni había leyendas acerca de él en la actualidad. Para reproducirse, los digihumanos se clonaban, pero un tal Eöl había modificado el código de la clonación por accidente, creando a Rei. La primer digihumana. Si podían estudiar la data de Rei podrían replicar el experimento y crear más mujeres digitales. Por eso Rei era tan importante. Al menos hasta que la replicaran. Sintió lastima por la muchacha.

    —¿Por qué? ¿Acaso no son los héroes que antaño salvaron este mundo de la destrucción o algo así, y por eso son los gobernantes supremos?—preguntó Shin, comiéndose por fin un merecido helado de frutos rojos.

    —Quizá fueron héroes antaño, pero ahora, muchacho. Simplemente, no confíes en ellos—respondió el samurái lentamente.

    Habiéndose despedido de su maestro, Akira fue a reunirse con los demás para proseguir su viaje. Sin embargo, las palabras de Gaioumon se quedaron grabadas en su cabeza.
     
  18. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    THE SECOND CHOSEN

    Viajar en tren era una de sus actividades favoritas, allá en su natal Luoyang. Lo que más le gustaba hacer era observar el paisaje perderse en el horizonte, cambiar a medida que la locomotora avanzaba hacia su destino pues hacía que su imaginación volase y le ayudaba a tranquilizarse cuando estaba agitado o nervioso. No era muy diferente viajar en un Trailmon. Ante su vista el bosque por el que Trailmon atravesaba era solo un borrón verde que de vez en vez desaparecía para dejar ver la Gran Montaña a lo lejos, cuando algunas vueltas del camino ampliaban el panorama visible desde las ventanas.

    Tras haber finalizado su entrenamiento en la Isla ROM el Comandante Torm, el Sagittarimon, los había asignado a las fuerzas pacificadoras de avanzada que operaban en el Continente Directory, el enorme continente dominado por las Cuatro Bestias Sagradas, y que ahora se encontraba sumido en la más terrible de las guerras civiles. De acuerdo al señor Eöl, no eran rebeldes descontentos los que habían iniciado las hostilidades sino los agentes del Señor del Odio. De hecho, los altos mandos de la Armada del Panteón llamaban a a esa la "Guerra del Odio" por aquella razón.

    Fu Su había estado luchando contra los rebeldes desde entonces, viendo atrocidades que incluso superaban a las de las guerras causadas por la humanidad. Y en una de sus operaciones había encontrado una misteriosa joya, llamada la Joya de la Madera, un tesoro que valía más por significado que por su poder y que pertenecía a uno de los líderes de la Alianza. A los pocos días de haber encontrado la joya, al tamer le fue encomendada su misión actual: reunirse con uno de los sabios de la Alianza en un templo ubicado en esa gran montaña que veía por la ventana.

    —¿Estás bien, Fu?—preguntó Qian al verlo fruncir el ceño.

    —No tienes de que preocuparte, Qian. Solo pensaba en nuestra misión—replicó Fu Su con una sonrisa.

    Qian. Era el nombre que le había otorgado a su Patamon compañero al ver que tantos digimon tenían uno. Significaba "devoto" en su lengua natal, y lo había escogido justamente por su forma evolucionada, Angemon—ahora Qian estaba en su forma de Patamon gracias un programa de control evolutivo que tenía instalado en su D-Bracelet. De hecho, durante las duras batallas que habían vívido en el último mes, el digimon había obtenido una evolución aún más poderosa: HolyAngemon.

    Habían pasado muchas cosas los dos juntos después de haber abandonado el templo de la isla ROM. Sus misiones habían consistido en ayudar a las tropas de la Alianza en sus intentos por pacificar a los rebeldes y destruir a los agentes del Señor del Odio en las tierras centrales de Directory, aunque tales intentos habían terminado últimamente en fracaso. Comparado con eso, una misión para ir de visita a un templo era como unas vacaciones.

    Eventualmente llegaron a la estación de Trailmon al pie de la Gran Montaña, que hacía honor a su nombre. Orgullosa, la montaña se elevaba entre un tupido bosque en la región occidental de Directory, con altura tal que haría parecer a la más grande de la metropolis humanas un agujero de hormigas, su cima coronada por las nubes. Para su suerte, un teleférico les ahorró el esfuerzo que hubiera supuesto el tener que subir caminando hasta el tal Templo de los Sabios.

    El dichoso templo era una estructura tornada en ruinas. Sus delgadas columnas derribadas, sus recios muros grisáceos hechos pedazos, sus torres y agujas dispersos en fragmentos. Al mirar a cada lado, el tamer y su Patamon solo encontraron más y más restos de la alguna vez magnifica construcción en cuyo piso fracturado crecía ya la hierba. A Fu Su le daba curiosidad el saber que había ocurrido en aquel lugar y por qué habían elegido sus superiores enviarlo allí. ¿Acaso querían que determinara que había destruido el templo? Parecía que el evento había ocurrido demasiado tiempo atrás como para poder dilucidar una respuesta. El joven observó con curiosidad las ruinas. ¿Podría haber sido una batalla la que destruyó el edificio? ¿Un terremoto? ¿O quizás un derrumbe de las rocas?

    —Bienvenidos sean, Elegidos, al Templo de los Sabios...—dijo entonces una voz que salía del viento.

    Frente a ellos y de espalda a la montaña un gran libro de hojas de oro apareció flotando en medio de la nada. Cientos de símbolos digicode, similares a doradas runas, se alzaron de entre sus páginas acumulándose para formar una clase de torbellino, concentrando en este un poder tal que se manifestaba en relámpagos rodeando aquél torbellino que giraba cada vez a mayor velocidad.

    —...Soy Balzac el Wisemon, también conocido como el Profeta.

    El torbellino se estrechó fusionando aquellos símbolos que tras un destello tomaron la silueta de un ente esbelto y encapuchado, cuya verdadera imagen se reveló cuando la luz y el libro se desvanecieron. Un humanoide que se cubría con una larga túnica carmín ajustada por un negro cinturón, mientras ocultaba su rostro por una segunda pieza dorada colocada sobre la vestimenta principal; sin embargo, lo más curioso del aquel ente eran un par de esferas, una carmín la otra áurea, rodeadas por un par de azulinos aros que giraban en torno a ellas, que flotaban sobre las manos del místico digimon.

    —Si usted es Balzac el Profeta—preguntó intempestivamente Qian—. ¿No se suponía que estaba exiliado de los territorios de la Alianza bajo pena de muerte?

    Fu Su lo miró sorprendido y apenado. Pese a todo el tiempo que pasaban juntos Qian aún era indecente y grosero cuando se lo proponía. Pero el Wisemon soltó una carcajada.

    —¿Esa es la historia que han inventado para explicar mi desaparición?—dijo tras haber terminado de reír—. No estoy exiliado, pequeño. Pero mis conocimientos me hacen un blanco para los enemigos de la Alianza. Así que me he ocultado para poder desvelar los secretos de la Profecía... He sido yo quién ha solicitado a los altos mandos que los hicieran venir. Así que por favor, acompáñenme.

    Los dos compañeros siguieron en silencio al hechicero hasta una gran cámara, donde aparentemente no había más que las rocas labradas para formar sus muros y las marcas de la batalla que alguna vez allí se dio. Sin embargo, tras pronunciar un conjuro en un hilo de voz y hacer un movimiento semi-circular con su mano, Wisemon hizo que una puerta ojival de unos tres metros de altura, marcada con un dibujo de una esfera rodeada por rayos de luz, apareciese en una de las paredes. Un conjuro más y otro par de pases hicieron a la puerta abrirse por la mitad, dando acceso a un largo pasillo al final del cuál una segunda e idéntica puerta les esperaba.

    Tras ésta puerta los Elegidos encontraron un cambio radical en el diseño interior del templo. Aunque abovedada como la cámara anterior, ésta tenía muros de piedra blanca que brillaba por sí misma. El piso, también blanco, estaba prácticamente cubierto en su totalidad de extraños símbolos dibujados por sobre círculos concéntricos. Era de suponer, pensó Fu Su, que las ruinas eran una fachada para mantener a los enemigos de la Alianza alejados de este lugar.

    —Ésta es la Cámara de la Ascensión—explicó el hechicero—. Un acceso a los sagrados asientos de poder de los señores de la Alianza.

    —¿Y a dónde vamos ahora?—preguntó Fu Su, entre curioso y consternado.

    —A mi lugar de refugio, naturalmente. He de entregarles algo para que lleven a Lord Cherubimon. Pero es tan valioso que no podía traerlo conmigo. No con las cosas como están en Directory.

    —¿Y aquellos dibujos?—una pregunta más, esta vez del Patamon.

    A lo que el pequeño digimon se refería era a un grupo de símbolos alineados al fondo de la circular cámara, cinco cuadrados, todos de igual tamaño salvo aquél más grande en el centro, cuyo grabado representaba tres ángeles formados en triangulo en torno a un gran árbol de nueve ramas. En cambio las dos figuras a la derecha era un dragón y un ave y a la izquierda un tigre y una tortuga con la copa de un árbol encima.

    —Estamos muy curiosos el día de hoy por lo que veo...—suspiró el sabio viendo al par por sobre su hombro—. Estos símbolos representan los cinco lugares a los que está conectada esta cámara. De izquierda a derecha son la Fortaleza Vajra, hogar de Lord Baihumon; el Palacio Boreal de Lord Xuanwumon; Rotarl, la Capital Sagrada donde habitan los Tres Arcángeles; la Torre Assembler, donde se encuentra Lord Qinglongmon; y el Castillo Vulcan, asiento de Lord Zhuqiaomon. Nosotros vamos al primero.

    Con muy suave voz el mago pronunció otro conjuro, al tiempo que posó su mano sobre el símbolo del tigre, el primero de izquierda a derecha. Éste dejó escapar un brillo amarillo que pronto lo cubrió todo, dejándolos en una cámara idéntica al desvanecerse, salvo por el símbolo del tigre substituido por el de un libro.

    —Preveo que tienen más preguntas así que las responderé de una vez—dijo con tono divertido el Wisemon al ver los rostros de sorpresa de los Elegidos—. Estamos en otra cámara diferente, la que corresponde al hogar de Lord Baihumon. El símbolo que ven aquí—señaló al libro—representa el Templo de los Sabios. Cabe mencionar que hay más cámaras similares a ésta distribuidas por el Mundo Digital. Se les llama hipervínculos. La diferencia es que ninguna tiene acceso directo a lugares sagrados como éste; solo están programadas para llevar data de un punto a otro del mundo. Tampoco se les puede controlar de la misma forma, tan solo tienen un destino fijo. Otras preguntas que tengan las aclararé en su momento.

    Un pase de la mano del mago hizo abrirse la puerta detrás de ellos, permitiéndoles así salir de la cámara. Pero ya no hacia alguna otra habitación cavada en la roca sino al exterior de la montaña. Todo se encontraba cubierto de nubes salvo por una sección del piso en torno a la puerta de la Cámara de la Ascensión incrustada en la cima de la Gran Montaña. La misma Gran Montaña donde estaba el Templo de los Sabios.

    —Hemos llegado... técnicamente—dijo el Wisemon con gran orgullo, como si aquello fuese algo digno de mención.

    —¿Aquí?—el Patamon se mostraba dubitativo.

    —O sea que solo hemos usado un ascensor con un nombre presuntuoso... —comentó Fu Su un tanto decepcionado.

    —Quizá sea momento de contarles un poco más de historia—suspiró nuevamente Balzac.

    «El castillo que ahora habita Lord Baihumon solía ser el hogar de nuestro Dios cuando recién creó este mundo; milenios después dejó esta fortaleza y fue al Paraíso, en el mundo al que solo puede acceder los dioses. Estando en los territorios del Oeste, eventualmente su Majestad Baihumon tomó posesión del lugar. Sin embargo, aún cuando nuestro Creador abandonó el castillo su poder sigue presente en la forma de la protección que colocó sobre la fortaleza. Las nubes que aquí ven ocultan el castillo de la vista de los comunes que, aunado a la gran altitud, hace casi imposible llegar por medios normales. Tan solo un invisible campo de energía mantiene en el área condiciones atmosféricas aptas para la vida. Pero por sobre todo esto, nuestro Señor, al no gustar de los humanos, colocó un sello que impide la entrada de cualquiera a al castillo mismo...—volteó a ver al Elegido—. Ésta área en torno a la cámara es lo más lejos que podrás llegar con el sello activo.

    —Me gustaría preguntarle...—pero Fu Su ni pudo completar la frase cuando el mago lo interrumpió.

    —Nuestro Dios, siendo protector de su creación, siempre ha visto con cierto recelo a la humanidad, pues el poder dentro de ustedes por un lado, y por el otro su acceso a las redes que conectan su mundo con el nuestro, les hacen un potencial peligro para nosotros, además de dotarles de la capacidad de intervenir a gran escala en la evolución de nuestra realidad. Ello no significa que odie a todo humano en particular. Más bien desconfía de ustedes como raza, con excepción de aquellos individuos que demuestran ser dignos de nuestro Señor y nuestro mundo. Ustedes, Elegidos, no deben preocuparse mientras se mantengan fieles a su destino; en cuanto a su paso a este santuario todo está arreglado ya. Tan solo necesito que esperen aquí por un tiempo tras el cual regresaré por ustedes.

    Y en un visto y no visto el mago desapareció entre las nubes, dejando al par en aquél "claro" entre la espesura junto a la montaña.

    ***​

    Balzac demoró un tiempo en llegar a su destino, dadas ciertas formalidades involucradas que habría de repetir cuando regresase con los dos que había dejado atrás. Había llegado al corazón de aquél lugar santo, y se encontró en medio de una radiante blancura de nubes movidas en torno a su ser por el poder inherente a tal ubicación.

    —Me preguntaba cuándo es que llegarías con los Elegidos—preguntó una poderosa y firme voz.

    —Hubieron algunos retrasos, su Majestad—respondió el Wisemon con tranquilidad.

    —¿Acaso el Profeta no pudo preverlos?—preguntó el imponente Baihumon, inescrutable.

    El enorme tigre blanco se encontraba acostado en su cubil, una loza plana en medio de la abandonada sala del trono de Dios.

    —Mi ojo ve todas las posibilidades más no la elección última de agentes dotados de libre albedrío. Ellos tomaron algunas rutas más largas en ciertos puntos—se apresuró a contestar Balzac.

    —Espero que aquellos a quienes llaman "Elegidos" estén a la altura.

    —Lo están mi señor.

    —Eso será algo que yo decida. Pero supongo que si nuestro Dios les ha seleccionado de entre los "especímenes" disponibles, debe haber un gran potencial en aquél humano y su digimon.

    —Lo hay Majestad, lo he visto.

    —¿Y qué has visto, Profeta?

    —Estando el Elegido humano comprometido a la causa de la Luz, no solo será una gran arma contra el Caos, sino también una inspiración para muchos. La Profecía se convertirá en realidad. Tan solo necesita dar unos cuantos pasos más.

    —La "Profecía"...—musitó el Baihumon con sorna—. Está bien. Será bienvenido por el tiempo que necesites que lo sea—finalizó, solemne.

    ***​

    —Entiendo...—Qian asintió al final de su no tan breve lección sobre honoríficos en el idioma mandarín—. En ese caso, ¿cómo debería referirme a Balzac?

    —Balzac-fuzi; el prefijo implica sabiduría—respondió el joven tras una pausa—. Y hablando de él...

    De entre las nubes emergió la figura del mago de la misma forma en que se había desvanecido antes.

    —Todo está arreglado Elegidos, un código especial será empleado para permitirles paso tras el sello.

    Al instante las blancas nubes se dispersaron aclarando la vista de los alrededores. Aquél lugar donde los Elegidos habían esperado por una media hora quizás, resultaba ser tan solo una ínfima fracción de una extensa vía cavada en la roca de la montaña. Llevados por la curiosidad, ambos Elegidos avanzaron al aparente inicio de la vía, una balaustrada que en su forma semicircular formaba una clase de balcón que los separaba de un extenso mar de nubes.

    Desde allí, la avenida se extendía en perfecta rectitud hacia un punto indefinido montaña adentro, aún cubierto por grandes nubes como lo estaba el largo sendero. Aunque no lo percibieron así, caminar desde la entrada a la Cámara de la Ascensión hasta el final de la vía les tomó algo más de dos horas. Había grandes estatuas colocadas a ambos lados de la última sección de la vía. Las dos primeras, idénticas y enfrentadas, representan lo que parecía ser un mono perfectamente recto en su pose y con curiosos ropajes. Las siguientes, a un gallo con una esfera de metal por armadura. Y las últimas a un can con capa. Atrás de estas seis figuras un par de hercúleas estatuas les hacían palidecer en tamaño, siendo el motivo el de un tigre con máscara en el rostro sobre rectangulares plataformas.

    —Esos deben ser los Deva...—suspiró sobrecogido Qian.

    —Así es joven Patamon. Los tres al servicio de Lord Baihumon. Makuramon, Shinduramon y Chatsuramon. Y las estatuas más grandes representan a su Majestad—comentó el mago sin voltear a verlos.

    Y por fin llegaron al final del camino, un callejón sin salida rodeado por muros a los lados y nubes al frente.

    —Yo, Balzac el Profeta, me presento con humildad ante el Señor del Oeste en su augusto asiento, trayendo conmigo a los Elegidos del poder de la Luz—dijo de repente el Wisemon cuando se detuvieron.

    —Yo, Shinduramon, ave del metal, el décimo de los doce, en nombre de su Majestad Baihumon, Guardián del Oeste, os doy la bienvenida a la Fortaleza Vajra—contestó alguien tras las nubes.

    Y las nubes se dispersaron dejando ante los dos Elegidos la estructura más grande que jamás habían visto en su vida. Edificada sobre la montaña la fortaleza ascendía con ésta de nivel, permitiendo así observar a la perfección las puntas de todas las torres hasta llegar al centro del bastión. Idénticas en altura y forma, construidas con doradas piedras que resplandecían con un brillo propio del preciado metal, las torres se alzaban sobre un muro semicircular tan grande que el joven estimó que era al menos más de diez veces la de la Gran Muralla erigida en su nación. Tan notable como su altura era la falta de almenas. En cambio, filas de cuadradas compuertas se ubicaban por sobre la mitad superior de la muralla, la mayoría cerradas salvo aquellas en las dos filas superiores, de las cuales sobresalían armas de formas que no podía distinguir a esa distancia.

    Frente a ellos se abrieron las colosales puertas, cuyas hojas rectangulares cubiertas de escudos hicieron retumbar el suelo conforme revelaban la continuación del largo camino hacia el interior de la vasta fortificación. Tras el portón un par de curiosos Kongoumon le esperaban. Ambos digimon, quienes les saludaron con una reverencia, pidieron al trío seguirles tras lo cual dieron media vuelta y comenzaron a caminar. El estruendo de las puertas al cerrarse tras de ellos hizo pensar al joven que no saldrían por ahí cuando abandonaran el lugar.

    Un ordenado bosque de altísimas torres doradas formadas todas para seguir un perfecto patrón de semicírculos concéntricos, creaba una especie de "avenida" de pulidos bloques entre las estructuras, como las habría entre los rascacielos de las ciudades humanas. Sin embargo, a diferencia de éstas, la fortaleza no desborda de vertiginosa actividad. Un aura de solemne paz cubría cada espacio del bastión-santuario. De hecho, más que una ciudad o un bosque de oro, el lugar daba el aspecto de un ancestral santuario budista como aquellos en las junglas del sudeste de Asia, o al menos eso vino a la mente del joven.

    —Recuerda, joven Elegido, que nuestro mundo toma su data de las redes de información del tuyo. Las similitudes no deberían parecerte extrañas—respondió Balzac cuando Fu Su le expuso lo que pensaba.

    Siguieron aquél camino, interrumpido de vez en vez por escalinatas empleadas como conexión entre nivel y nivel de aquella fortaleza, dividiendo así cada fila semi-circular de sus torres. Habiendo llegado casi al final fue cuando el encontraron una torre más alta que las demás por demasiada diferencia. Aunque idéntica a las demás en estilo arquitectónico, su cúspide estaba adornada por un vajra, artefacto sagrado del Budismo que simboliza el poder de la sabiduría de los Buddhas triunfante sobre las sombras.

    —Aquí podrán esperarme mientras busco el recado que han de entregar a Lord Cherubimon.

    Y nuevamente, el Wisemon desapareció. Con uno de los Kongoumon como guía, los Elegidos son llevados a una sala de espera en el interior de la torre. Era austera pero espaciosa, más que suficiente para ellos dos.

    —¡Bao Bao! ¿Eres tú?—dijo de repente una suave voz femenina. Mi "tesoro", en mandarín.

    Tras escuchar aquella melodiosa voz a Fu Su parecían salírsele los ojos de las órbitas. ¡Eso no podía estar pasando! Habían pasado casi dos meses desde aquél fatídico día que había sido llamado al Mundo Digital, en lugar de haberse ido a reunir con sus amigos. Y con ella. Ella lo miraba con la misma sorpresa en sus ojos. Era una joven hermosa, con su larga y negra cabellera tan suave como la seda y que olía como el jazmín, su rostro de finas facciones, y un cuerpo tan grácil y hermoso como esculpido por los ángeles.

    Era Liang Lin, su novia, y también una compañera de estudio en el Instituto Neo Arkadia. ¿Qué estaba haciendo ella ahí?

    —Escuché los rumores, pero no creí que fuera cierto...—balbuceaba ella—. Entonces, ¿el otro Elegido que luchaba en la guerra eras tú...?

    Sin darle tiempo a terminar lo que tenía que decir, Fu Su se acercó a Lin y la besó como si no la hubiese visto en años. Entonces calló en cuenta de lo que ella había dicho.

    —Espera, ¿qué?—interrumpió el beso repentinamente, dejándola sin aliento.

    ¿Cómo que otro Elegido? ¡A él nadie le había dicho que había otra Elegida! Y tampoco había escuchado ningún rumor de otro humano en el Mundo Digital.

    —Aja... con que "Bao Bao", ¿eh?—escuchó de repente a Qian, con un tono de voz que dejaba entrever que el Patamon se traía algo entre manos—. Así que lo que el Señor Eöl me dijo sobre las hormonas de los humanos era verdad.

    —Eso parece, en efecto—le replicó otra voz femenina.

    Tanto Patamon como Fu Su voltearon a ver a la persona que hablaba. Bueno, digimon. Se trataba de una hermosa digimon humanoide cuya especie el joven ya había visto en los rangos de la Armada del Panteón.

    —¿Angewomon...?—musitó Fu Su confundido.

    —Así es. He sido asignada por Su Santidad, Lady Ofanimon, para ser la protectora y compañera de la Elegida de la Bondad, la Señorita Lin. Lin, ¿me podrías decir quién es este... sujeto, y por qué dejas que te trate así?—preguntó la digimon femenina con frialdad.

    —Porque es mi novio, Isilwen. No deberías ser tan... así, ¿sabes?—la amonestó Lin, pero se le notaba contenta.

    —¿Y qué es eso de "Elegida de la Bondad?—balbuceó Fu Su, estupefacto. ¿Por qué nadie la había dicho nada?

    —¿Te acuerdas de ese día que teníamos que vernos en Luoyan? Pues bueno, no pude ir. Cuando me prepara para salir de casa, fui transportada a este mundo... y pues...

    —Ah, veo que ya conoces a la Elegida de la Bondad, Elegido de la Luz—los interrumpió Balzac. El mago había hecho una de sus misteriosas entradas. Llevaba un rollo de papel en las manos.

    —¿Elegido de la Luz? ¿De qué está hablando éste digimon, Fu Su?—quién parecía confundida ahora era Lin.

    —¡¿Y por qué no me dijiste que ella estaba aquí!?—preguntó el joven, sin saber cómo decirle a Lin que él había sufrido un destino similar al de ella ese día.

    —Podrán hablar de eso cuando lleguen a Rotarl—dijo el Wisemon entregándoles el pergamino—. Es imperativo que le entreguen esto a Lord Cherubimon lo antes posible.

    —Balzac-fuzi...—antes de que Qian pudiese hablar, el mago le interrumpió.

    —Esta es la razón por la cual tuve que esconderme y dejar que todo el mundo creyera que la Alianza me había exiliado. Nadie podía descubrir este secreto, porque es vital para el mundo. En el interior de este castillo hay secretos antiguos que ni siquiera hoy en día sabemos lo que son. Pero al menos, he logrado descifrar uno de ellos. Lo que nadie creía que existía, ni siquiera yo mismo hasta que lo tuve frente a mi ojos. Y lo he traducido al fin. ¡Esta es una traducción fidedigna de la Profecía de la Oscuridad!

    FIN DE LA PRIMERA PARTE

    Ending (?)

    ***
    Los eventos de este capitulo ocurren una semana antes de la pelea contra Lord MetalSeadramon.
     
    Última edición: 12 Oct 2017 a las 06:48
  19. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    BOOK I:
    THE DARK PROPHECY

    Part 2:

    THE BATTLE OF THE GLORIOUS GATES


    Prologue:
    LOST FUTURE

    El mundo ya no es lo que era antes. Destrucción, caos y muerte. Solo bastaron tres años para que la civilización humana se fuera al infierno.

    Todo comenzó justo al final de aquella funesta batalla. "La Batalla de las Puertas Gloriosas", la llamaron. Pero la batalla no fue para nada gloriosa. Rotarl, la Capital Sagrada del Mundo Digital, fue tomada por los seguidores de ese al que llamaban el Señor del Odio. La Alianza, y con ella el Orden del mundo, se vino abajo. La barrera que mantenía a raya a las tinieblas se desplomó dejando libres a los Siete Grandes Reyes Demoníacos. El Señor del Odio, quien representaba al poder de las tinieblas, cayó ante ellos. Su poder oscuro cedió ante uno más grande. El culpable de la muerte de los Tres Arcángeles y las Cuatro Bestias Sagradas había sucumbido ante el karma. Ni siquiera él se salvo del Destino.

    Lo que siguió después simplemente fue una masacre. Contrario a lo que todos creían, a los Reyes Demoníacos les valía un bledo conquistar el Mundo Digital. Lo que ellos querían era el mundo humano. Ellos siempre quisieron la ruina de la humanidad. Las tinieblas se apoderaron de la Tierra. Pero los humanos son tercos y osaron resistirse a los Demonios. Al verse rodeados por todos los frentes, escuchando los helados suspiros de la Parca sobre las camas de sus hijos, los descendientes de Eva recurrieron a su última esperanza. El Final Banishing Virus, su arma más letal, acabó con muchos digimon inocentes, con muchos que no tenían nada que ver con aquella estúpida guerra. Y una inesperada alianza se alzó contra los desdichados homo sapiens.

    Al atacar al Mundo Digital los humanos habían retado a sus guardianes. Los Royal Knights no podían permitir que una raza inferior los subestimara. La fusión de los poderes de la Luz y la Oscuridad fue funesta para los humanos. La tercera guerra mundial había comenzado, pero no contra un enemigo común, sino contra un enemigo que no podían derrotar.

    Tres años habían pasado desde entonces...

    ***​

    Asediado por los recuerdos, el enmascarado continuó su camino en busca de su odiado enemigo. Caminaba por los restos de la ciudad de Luoyan seguido de cerca por aquella titánica y putrefacta bestia dragón. Sus ojos fijos en un solo punto, pues aunque pocos lo sabían la Oscuridad le había arrebatado su visión. La Oscuridad le había otorgado un don como "compensación" por aquello. Si a él le gustaba ese don era otra cuestión.

    La ciudad permanecía en la más impresionante soledad, desmoronándose desde sus podridos cimientos. Los otrora hermosos edificios, ahora hundidos en el polvo de su antigua grandeza, se alzaban hacia los cielos como monumentos silenciosos a la caída de la sociedad de los hombres. Las sombras de los muertos se retorcían de dolor mientras la atmósfera se teñía con sus melancólicas y silenciosas quejas, que rebotaban en los éteres cual eco tenebroso que viajaba por los vientos fríos y espectrales. Para aquel joven, que podía ver más allá de las limitaciones del plano material, quedaban al descubierto estos sombríos secretos. Y en cierto modo, disfrutaba con la pena de las desdichadas almas de los caídos.

    Un sismo, que duró poco más de un suspiro, sacudió la tierra derribando los edificios más endebles. El tamer se detuvo un momento para observar cómo se hacían añicos las obras de las que tanto se jactaban los humanos. La Tierra, en un intento desesperado por purificarse de la pestilencia de la maldición de los Demonios, sacudía sus propias raíces. El Destino del mundo había sido decidido en un solo instante por un solo hombre... al no querer sacrificar su orgullo, aquel cobarde había sacrificado al mundo a la miseria en la que ahora se encontraba.

    Envuelto en su trapo raído el tamer prosiguió su camino. Había estado vagando por días, recorriendo todo el territorio de lo que antes fuese el Imperio Celestial. Sabía cómo pensaba su presa. Sabía que él, en un estúpido acto de nostalgia y patriotismo, estaría en aquel lugar que solo tiene significado para alguien que aún conservaba su corazón.

    Era de noche cuando llegó al mausoleo del clan Huang. Y tal y como lo había sospechado, allí estaba él. Huang Fu Su, el último ser humano vivo en toda la tierra. El último de su especie...

    ***​

    La joven lo observaba todo desde aquel lugar, en alguna parte de los planos etéricos de la Tierra. Junto a ella se encontraba su fiel compañera digimon, siempre vigilante. La "habitación" o lo que fuera era un lugar bastante raro y el lugar que la contenía lo era aún más. Se trataba de una extraña construcción con una geometría muy distinta a la conocida por el humano común que gobernaba todos los aspectos de aquella realidad, cuya descripción simplemente carecería de sentido para un hombre que se jacte de su inteligencia.

    Zeus Warheit entró tranquilamente a la habitación. El hada digimon inmediatamente se puso en guardia. Su hermoso perfil femenino, sus exuberantes curvas y su voluptuoso cuerpo resaltaban en aquel siniestro mundo. Con una severa expresión en su rostro amenazó a Zeus, quien solo le respondió con un gesto desenfadado.

    Ambos vestían el uniforme de los Übermensch, la raza que ahora dominaba el mundo. Consistía en un vestido negro apretado al cuerpo, bajo una ligera armadura de patrones electrónicos luminosos. En las mujeres este traje se veía muy sugestivo, pero para una raza que había perdido sus sentimientos tras las mejoras genéticas a las que fueron sometidos eso no importaba. Ambos llevaban un D-Gauntlet equipado, modelos en masa creados a partir de la versión final que fuese entregada a Zenaku tiempo atrás.

    —En realidad no te importa que Zenaku active esa "cosa", ¿verdad?—comenzó a hablar el joven aristócrata, al ver que intentar amenizar la conversación con parafernalias diplomáticas era un absurdo desperdicio de su tiempo—. Le has estado cubriendo las espaldas desde que comenzó con ese extraño proyecto suyo, ¿no es así, Xiaojiao?

    —Te voy a sugerir solo una vez que no te metas en mis asuntos—le contestó ella, dándole la espalda, fría como el hielo, mientras observaba el extraño “cielo” de aquel lugar.

    —Para ser un alguien que supuestamente no tiene corazón, te dejas manipular muy fácilmente por ese sujeto... —sonrío sardónicamente Zeus.

    —Si no fuera por ese “sujeto” estarías bien muerto, y lo sabes—respondió Xiaojiao con brusquedad, observándole con sus hermosos ojos color rojo rubí, producto de su contacto con el poder de las tinieblas. Su piel se iluminada con un resplandor verdoso, gracias a la extraña iluminación de aquel lugar—. Deberías mostrar más respeto ante tu superior.

    —Muy interesante eso que dices. Es irónico, sabes que soy tu superior y aún así osas retarme de esta manera—Zeus se acercó lentamente, con el ceño fruncido—. Sin embargo, te la perdonaré por esta vez. Además, veo que no estás muy consciente de lo que tú “noviecito” planea hacer, ¿no es así?

    Zeus se sentó en una de las extrañas paredes de aquel pseudo-espacio. Luego, tomó un cigarro y lo encendió lentamente. El fuego se manifestaba de forma muy distinta en aquel lugar, siendo de color verdoso y con una apariencia un tanto gelatinosa. Luego de echarle una probada a su cigarro el joven expulsó el humo y continúo hablando.

    —Para Zenaku, este mundo es un lugar imperfecto. Según él, de alguna forma el “Destino” fue manipulado y siguió una senda equivocada luego de que cierto evento ocurriese en el pasado. Y por lo tanto, el cauce del “Destino” ha sido interrumpido de su curso original. El muy tonto cree que puede darse el lujo de manipular el flujo temporal... ¡la tela de la realidad misma!—alzó su tono de voz con rabia contenida, pero luego se calmó y prosiguió—para “remediar este destino defectuoso”, como lo llama él.

    Xiaojiao lo observaba sin decir una sola palabra. Pero su mirada era suficiente respuesta. Zeus pudo deducir en un instante las intenciones de la chica.

    —No te importa lo que él haga—dijo con sorna—. ¡Este es el mundo perfecto! ¡Los humanos han sido castigados por sus pecados, y han caído en la ignominia! ¡Nosotros, los Übermensch, somos quienes dominamos el mundo ahora, tal y como debió ser desde el principio!—exclamaba con vehemencia—. Nuestros amos han sido benevolentes con nosotros. Pero al Gran General eso no le parece bien. ¡Planea destruir esta perfección, acabar con nuestra maravillosa utopía...! Incluso esa relación de la que tanto te jactas, podría venirse abajo cuando él manipule el flujo del “Destino”...

    —El Destino es irrefutable—contestó ella secamente—. Nosotros estamos destinados a estar juntos siempre. Eso no ha cambiado en ninguno de los ciclos anteriores, y tampoco cambiará en el nuevo. No importa lo que él haga, así sea en esta o en otra realidad, nos volveremos a encontrar. Pero no puedo asegurar tu existencia en el siguiente ciclo si sigues...

    —Dime donde está. ¡Te lo ordeno! Como tu superior. Y si no lo quieres decir por las buenas, entonces puedo ser muy persuasivo.

    —Hazte un favor y déjame en paz—sonrió ella con un extraño brillo malévolo en sus ojos, y una mueca que hubiera hecho retroceder al más valiente de los mortales—. Sabes que Zenaku es mucho más poderoso de lo que puedes llegar a ser ahora que tiene “eso”. Si no quieres morir, regresa por dónde has venido.

    —¡Niña tonta, no me subestimes! ¡Sal, Chaosdramon!

    El gran dragón rojo apareció de la nada. Con un rugido destruyó parte de aquel pseudo-espacio, mientras su sola presencia bastaba para distorsionar la realidad misma. Su mirada furiosa se enfoco en su presa, pero la chica ni se inmutó.

    —¿Crees que eres rival para mi Lotusmon?—se mofó Xiaojiao, con una mueca siniestra y retorcida—. ¡Vamos, que no se te suban los humos a la cabeza!

    —Los viejos experimentos de Kimaira—comentó Zeus—. ¡Pero ni eso será suficiente para derrotarme!

    Chaosdramon lanzó un rugido estridente y se abalanzó contra la Lotusmon. Ágilmente, el hada saltó sobre su oponente justo en el último momento, y lo pateó con todas sus fuerzas. Aquella patada hubiera podido derrumbar una fuerte muralla, pero el duro Red Digizoid que conformaba la armadura del dragón mecánico era imposible de romper por los métodos convencionales. El Chaosdramon recibió el golpe sin siquiera inmutarse. Lotusmon se vio forzada a retroceder a donde estaba su tamer.

    —Señorita Jiao, su armadura es muy resistente para un ataque convencional. ¿Tienes algún plan?—preguntó el hada, preocupada.

    –¡Solo atácalo con todo!—exclamó Xiaojiao eufórica, mientras una especie de demencia inusual se apoderaba de ella.

    Del cuerpo de la joven comenzó a brotar un aura oscura, una insana locura. La fuerza que se sentía en el lugar era temible. Aunque ya había oído de aquellos poderes, producto de los horribles experimentos a los que había sido sometida por Kimaira, era la primera vez que Zeus los veía con sus propios ojos.

    —¡No lo permitiré!—gritó Zeus, llenándose de pavor—. ¡Ataca, Chaosdramon!

    Rápidamente, el Chaosdramon apuntó sus cañones contra la joven tamer. “Hyper Mugen Cannon”. El disparo fue tan poderoso que el digimon retrocedió un poco por la fuerza de éste.

    La ráfaga de energía pura destruyó la barrera que separaba al pseudo-espacio del mundo real. Las calles de Luoyan podían apreciarse perfectamente, sumidas en la miseria y la destrucción. Traspasar la barrera de la realidad no había debilitado mucho el poder del Hyper Mugen Cannon, y al menos la mitad de la ciudad había quedado en ruinas como consecuencia. Sin embargo, el ataque no había logrado su objetivo. Lotusmon había llevado a su tamer a un lugar seguro justo a tiempo. Otro islote de geometría irreal, ubicado en el vacío de aquella sub-dimensión.

    —Es bueno, debo admitirlo... —comentó la Lotusmon jadeando, agotada tras haber usado casi todo su poder para esquivar el ataque.

    —¡Destrúyelo! ¡Destrúyelo! ¡Destrúyelo!—gritaba la chica. Había perdido el control de sí misma.

    Nuevamente el digisoul oscuro de Xiaojiao inundó aquella falsa dimensión, pero esta vez su poder era aún mayor. Su D-Guantlet transmitió la energía a Lotusmon, quien ganó una velocidad espeluznante y se abalanzó contra Zeus usando toda la potencia de sus ágiles movimientos. “Seven's Fantasia”. Un rayo de energía multicolor surcó el extrañó espacio de aquel pseudo-mundo en dirección a un indefenso Zeus. Chaosdramon si apenas pudo acercarse a defender a su tamer. Tanto el dragón mecánico como el tamer se perdieron en las ilusiones creadas por el hada, destinadas a aplacar su espíritu de batalla.

    El cráter en la tela de la realidad que Chaosdramon había creado con su Hyper Mugen Cannon comenzaba a colapsar aquella falsa dimensión. Lotusmon se impulsó a máxima velocidad en reversa, en dirección al lugar donde se encontraba su tamer y la tomó antes de que el islote se hiciese trizas por aquel caos en el espacio-tiempo. Mientras, un vórtice comenzó a formarse en el centro de aquella sub-dimensión, tragándose todo a su paso. Zeus y Chaosdramon, atrapados en ilusiones que les habían quitado por completo el razonamiento, eran arrastrados inexorablemente hacia aquella vorágine de la muerte.

    Lotusmon corrió lo mas rápido que pudo, logrando llegar al mundo real justo antes de que la fisura se cerrarse totalmente. Lo último que pudieron ver fue como Zeus y Chaosdramon eran absorbidos por aquel agujero, y seguramente, aniquilados por el efecto de espaguetización del agujero negro en el momento en que la dimensión colapsó.

    —Llévame donde esta él... –musitó Xiaojiao, quien recuperaba poco a poco la cordura.

    Siguiendo las órdenes de su tamer, Lotusmon se dirigió a máxima velocidad al mausoleo de los Huang.

    ***​

    —Bien, ¿pero que tenemos aquí...? ¿Estás tan desesperado por morir que te la pasas viviendo en una tumba?—saludó Zenaku en su característico tono despectivo.

    Fu Su no le respondió. Tan solo se limitó a observarlo mientras continuaba sentado en una de las tumbas del mausoleo, usando la lápida de concreto como espaldar.

    —Me fue difícil encontrarte, ¿sabes? Pero al final solo tuve que rebajarme a pensar como las ratas, y en solo unos cuantos segundos me llegó la respuesta.

    Fu Su si apenas se molestó en levantarse. Estaba cansado. Cansado de huir. Las arduas e innumerables batallas que había luchado estaban retratadas en su cuerpo, a modo de cicatrices. Había perdido su ojo derecho y su brazo izquierdo. Miró de reojo a Zenaku con su único ojo.

    —¿Por qué no te largas…?—espetó, con su voz exhausta y monótona.

    —¿Por qué he de largarme? Vine aquí a traerte una noticia que quizá te interesaría—contestó Zenaku, burlándose de la decadencia de su desgraciado rival—. ¿Acaso no te interesa saber que eres el último de tu raza?

    —¿El último? ¿Eso quiere decir que Lin…?—el único ojo de Fu Su se abrió de par en par, mientras un flujo de emociones encontradas oprimían su pecho.

    —Murió esta mañana. Créeme que quise salvarla, pero bueno, cuando la encontré estaba bastante mal. Los Übermensch son bastante sádicos, ¿pero tú lo sabes, no es así? Sobre todo con una mujer humana. Siendo la última, no pudieron evitar tratar de hacer un cruce de especies. Igual, pensando en perpetuar nuestra amistad, me encargue de acabar con esos sujetos.

    Por primera vez en mucho tiempo la ira invadía el calmo espíritu de Fu Su. Pero ésta era una ira bestial, producida tal vez por años de estar reteniéndola y evitándola. Esa había sido la gota que había rebosado la copa. Lo peor sucedió a continuación. Zenaku, con una mirada increíblemente cruel pese a estar oculta tras su distintiva mascara de porcelana—una superficie lisa sin rostro, tan solo los huecos de los ojos, dividida en dos por los colores del yin yang—levantó la cabeza de la joven y la aventó a los pies de su enemigo.

    —No logré recuperar más que ésto de su cuerpo. Fue una pena que muriera de esa manera. Incluso hasta para mi. Así que traje la cabeza para que la entierres aquí. Igual, era casi tu esposa.

    —Maldito... ¿¡Por qué!?—gritó desconsolado Fu Su—. ¿¡Por qué me mortificas de ésta forma!?

    —Tú eres el causante de todo esto—le respondió Zenaku con una mezcla de odia y decepción—. Tú y tu ineptitud. ¡No tuviste el coraje para luchar conmigo aquella vez, cuando me deje cegar por el orgullo! ¡Cuando aún había tiempo de salvarlo todo! ¡Cuando aún podías haberme matado!

    —¡Lo sé! ¿¡Crees qué no me arrepiento de ello!? Pienso en ello cada maldito día de mi vida. ¿Pero cómo podía matar a un amigo? Me estás pidiendo demasiado...—de repente una idea se le cruzó por la cabeza y sonrió aliviado—. ¿Acaso vienes a matarme...? ¿Por qué no lo haces de una maldita vez? Ya estoy cansado... Estoy derrotado… ya no sé ni lo que es justo. Vamos, termina con esto de una vez...

    Zenaku dio media vuelta, y con una mirada vacía se retiró de aquel lugar. Fu Su alcanzó oír sus palabras antes de que este se alejase de él.

    —El hombre al que consideré mi amigo al parecer ya está muerto...

    Fu Su cojeó hasta su adversario. Su pierna estaba lisiada desde hacía mucho, y le costaba trabajo moverse. Zenaku se detuvo al percibirlo acercarse.

    —¡Oh, vamos! Has venido a eso. ¡Mátame de una maldita vez! Acaba con la raza de patéticos humanos que tanto odias. Estoy aquí, desarmado. Una maldita presa fácil.

    —¿Para qué luchar contra alguien que ha perdido su espíritu de lucha? La raza se extinguirá de todas maneras, mueras tú por mi mano o no. Y eres consciente de ello, ¿no es verdad?

    Fu Su se sobresaltó. No lo sabía pero lo presentía. Su cuerpo no respondía como antes. Tal vez se tratase solo por agotamiento o enfermedad—sus últimos años los había vivido en condiciones infrahumanas. O tal vez era algún virus creado para acabar con la raza inferior. Ya no le importaba.

    —¡Quiero morir con honor, maldita sea!—suplicó—. Si alguna vez me consideraste un amigo, mátame, ¡maldito infeliz! ¿¡Acaso debo rogarte para que lo hagas!? ¿Tan en las nubes tienes ese ego?

    —¡Esta bien, lo haré!—no había odio ni ira en la mirada de Zenaku. Era... ¿tristeza?—Odio que me supliquen. Espero que después no te arrepientas, porque no me pienso detener así me ruegues—entonces, levantó su mano derecha, donde estaba equipado el horroroso Dark D-Gauntlet, y cerrando su puño invocó a su compañero—. ¡Ven, Shinigami!

    Desde las alturas se escucho un terrible rugido, mientras una sombra descendía vertiginosamente, saliendo de entre las nubes de smog y desechos tóxicos que cubrían la Tierra desde hacía meses, cubriendo los rayos del sol incluso de día. Al caer al suelo creó un inmenso cráter cuyo temblor residual destruyó la mayoría de las tumbas del mausoleo, levantando una enorme nube de humo. A la distancia, una tremenda explosión destruyó lo que podía haber quedado de su natal Luoyan.

    Cuando la nube de polvo se disipó, pudo ver a su oponente. El pútrido dragón zombi. Asqueroso, algo repúgnate a la vista, y temiblemente cruel. Death-X-DORUgoramon.

    Fu Su entonces hizo tronar sus dedos débilmente. Sin embargo, fue suficiente para invocar a su sirviente. Un resplandor dorado lleno aquel lugar, y entonces un dragón de oro apareció de la nada. El Señor de los Dragones, Goddramon. Anteriormente había sido el Patamon conocido como Qian.

    —Aún me pregunto como un patético como tú fue capaz de hacerse con el Dios de los Dragones—rió Zenaku sarcásticamente.

    —Nada es imposible—respondió Fu, recuperando poco a poco su espíritu de combate.

    Sin decir una palabra, ambos tamers enviaron a sus digimon a luchar. Ambos dragones lucharon en el cielo, sin contenerse. Como mil truenos, los rugidos ambos dragones rompieron el silencio abismal que rodeaba la tierra. Goddramon atacó con sus familiars, Amon y Umon, a la pútrida piel de Death-X-DORUgoramon, pero este regeneraba sus heridas casi al instante y lo contraatacaba con sus garras envueltas en flamas moradas. Ambos dragones eran igual de poderosos y las ondas de choque de sus golpes dividieron las nubes en el cielo y levantaron nubes de polvo en la tierra. Fu Su podía sentir la fuerza de los impactos en su cuerpo.

    Cuando Goddramon se descuidó, sin embargo, el dragón maligno encontró el momento para golpear a su oponente con su pesada cola, enviándolo contra el suelo. El temblor causado por la caída comenzó a destruir las restantes lápidas de aquel mausoleo, mientras Fu Su se apresuraba por encontrar un lugar seguro donde refugiarse. Iba a morir peleando con honor, no como la victima del daño colateral.

    ***​

    Aquella batalla no le causaba gracia al tamer oscuro. Por fin había encontrado a su odiado enemigo—a su querido amigo—, pero éste estaba convertido en un guiñapo humano. No valía la pena matarlo. Y si lo mataba, no era por venganza sino mas bien por lastima. La ira lo invadió al ver como Fu Su se escondía tras las lápidas que no habían sido dañadas por la violenta batalla entre Death-X-DORUgoramon y Goddramon.

    Zenaku apretó fuertemente los puños mientras hacía crujir sus dientes. Su mirada se transformó.

    —¡Al diablo la piedad!—exclamó—. ¡Esta batalla debe repetirse de forma digna! ¡Acabaré con esto de una vez por todas!

    Se dirigió velozmente hacia su presa, y tomándolo por el cuello con su fuerza sobrehumana—producto de su oscuro digisoul—levantó a Fu Su hasta que sus pies quedaran bastante separados del suelo.

    —¡Inútil!—le insultó. Sus ojos habían cambiado, lanzando horrorosos destellos negros y su mirada era aterradora, pues sus globos oculares no tenían pupilas y eran de un extraño color negro—. ¡Vamos! ¿No dijiste que morirías con honor? ¡Cumple tu palabra!

    —¡Tus ojos! ¿¡Qué le pasó a tus ojos...!? —gritó Fu Su con el rostro deformado por el terror.

    Lo próximo que Fu sintió fue el frió producido por el metal que atravesaba su piel, desgarrando sus músculos lentamente. En efecto, Zenaku le había destruido por completo el cuello con las garras del Dark D-Gauntlet.

    —No te preocupes. No te dejare morir hasta que no veas caer a lo poco que queda de tu “poder sagrado”... —rió cruelmente Zenaku—. ¡Shinigami! ¡Vae victis!

    El Death-X-DORUgoramon escuchó la orden y lanzó un rugido de entusiasmo. Se abalanzó contra su rival, quien lo repelió utilizando a sus familiars como escudo, pero eso no fue suficiente; haciendo gala de una velocidad inusitada para un digimon de su tamaño, el dragón bestia rodeo velozmente al Goddramon y lo golpeó brutalmente con sus garras, hasta destruir su carne y desgarrar sus músculos.

    ***​

    —¡Mi armadura! – pensó Fu Su.

    Su vieja armadura de batalla, hecha con un extraño metal mágico que provenía de un antiguo y más bondadoso Mundo Digital. Aunque tenía algunas propiedades del Gold Digizoid, era bastante débil y sus habilidades eran limitadas. Aun así, poseía una gran y tal vez única habilidad. El poder sagrado que era depositado en este nunca decrecía con el tiempo. Todo lo contrario, aumentaba más y más a medida que el tiempo transcurriera, por lo que la armadura llegaba a volverse casi indestructible. Era ese el valor del Gold Chromoid.

    Fu Su activó su viejo D-Bracelet y se concentró en su armadura. Esta se manifestó casi de inmediato. El calor de esta luz era alentador y Fu Su sintió como su cuerpo recuperaba la vitalidad. Un brazo hecho de luz reemplazo el que había perdido, y así pudo manifestar completamente la armadura de dorado metal. Sin embargo, toda esa luz y todo ese poder sagrado concentrado por años, el único efecto que tuvo en Zenaku fue hacerle entrecerrar los ojos.

    —¿Qué es esto? ¿Aún tienes ese vejestorio?—gruñó irritado el tamer oscuro.

    –¡No seas irrespetuoso! ¡Este es el poder sagrado! ¡El legado de la Alianza!—dijo Fu, mientras que se liberaba de su agresor con un ágil movimiento. La armadura de algún modo lo mantenía con vida pese a que Zenaku había destruido su cuello y garganta. La vitalidad regresaba poco a poco.

    Al mismo tiempo, el poder sagrado era transmitido a Goddramon y este se recuperaba de sus heridas.

    —No recuerdo por qué deje de usar esta armadura, ¡pero ahora que he recuperado mis poderes, no permitiré que te salgas con la tuya, engendro!—y luego, mirando a su digimon, gritó con todas su fuerzas –. ¡Vamos, Qian, toma mi sagrado poder y aniquila a esa bestia demoníaca!

    Fu Su expulsó todo su poder al máximo, haciendo brillar sus ojos con el sagrado poder, mientras era envuelto por una gran aura dorada que llegaba hasta los cielos. Al mismo tiempo, Goddramon, totalmente invadido por el brillante resplandor, lanzó un rugido y luego expulsó una gran llamarada de fuego dorado. “God Flame”. Death-X-DORUgoramon creó rápidamente una bola de fuego oscuro con sus manos y contraatacó, creando un potente lanzallamas con su brazo derecho, mientras lanzaba un aterrador rugido. El God Flame y el Metal Impulse chocaron entre sí, creando una tormenta de fuego que destruía todo a su alrededor.

    En medio de aquel océano de flamas color oro y zafiro, Fu Su encaró a Zenaku con su espada resplandeciente, arma que fue creada con el mismo material que su dorada armadura.

    —Deberías rezar ahora, ente de las tinieblas. No sé si aún eres el hombre que consideré un amigo, y realmente no me importa. Nada se ha salvado ante el poder de mi espada.

    —Que modesto...—respondió cínicamente Zenaku.

    Sin decir una palabra más, Fu Su levantó su espada hacia el cielo y la hizo brillar con una luz fulgurante, para luego abalanzarse contra el tamer oscuro. Para su sorpresa, el tamer oscuro detuvo su estoque con su Dark D-Gauntlet y rompió la espada con solo apretarla levemente.

    —Existe una gran diferencia entre fuerza y poder, siempre lo he dicho...—musitó.

    Justo en el instante en que la espada se hacía pedazos, Goddramon cedía ante los poderes de Death-X-DORUgoramon y era consumido por las negras flamas, que quemaron todos sus dígitos, salvo su preciado Digicore.

    —¡Para que el mundo pueda ser sanado, tú debes morir!—exclamó Zenaku en ese mismo momento.

    Fu sintió la garra negra atravesar su cuerpo, a una velocidad muy superior a la de un ser humano normal. También podía sentir como aquel tamer se robaba su poder sagrado como si lo estuviera succionando con un pitillo. A los pocos segundos, el poder sagrado había abandonado el cuerpo del joven. La vida pasaba ante sus ojos, dejándole ver el recuerdo de días más felices.

    Su cadáver cayó al suelo mientras su armadura se hacía polvo, y era llevada hasta los confines del mundo por el céfiro.

    ***​

    Mientras Zenaku creaba una bola de luz del tamaño de un balón de fútbol con el poder que le había robado a Fu Su, Shinigami se tragaba el digicore de Goddramon, de Qian, de un solo bocado.

    —Es nuestro deber terminar con los ciclos de una vez y para siempre. No dejaré que esto vuelva ocurrir. Y sé que estas destinado a morir en mis manos, así que te matare de nuevo si intentas impedírmelo.

    Con aquellas palabras, se despidió del que alguna vez consideró su amigo y camarada.

    Entonces usó el poder sagrado para activar el artefacto conocido como el Ícono de la Creación, el cual rompió su forma física para tomar su verdadera apariencia: Un haz de luz infinito y multiforme, de un poder inmenso. Quién lo manipulara tenía total control de causa y efecto, y trascendía todas las leyes que conformaban la realidad.

    En el momento en que ambos, tamer y digimon, eran envueltos por el Ícono, Shinigami percibió el olor de un digicore que se aproximaba a gran velocidad. Se trataba de Lotusmon. El Hada Celestial aterrizó cerca del campo de batalla, dejando a Xiaojiao en el suelo. La joven corrió presurosa a donde estaba el oscuro tamer, pero fue repelida por la energía que emanaba del artefacto.

    —Es mejor así—se despidió Zenaku con mirada triste—. Hay cosas de este mundo que es mejor olvidar...

    –¡Yo... yo no soportaría perderte para siempre!—exclamó Xiaojiao con los ojos llenos de lagrimas, mientras su voz se perdía en la energía del Ícono.

    Zenaku solo sonrió. No podía decirle que volverían a verse pues él mismo lo ignoraba. Destruir la cadena de los ciclos bien significaba destruir el lazo que los unía. Extendió su brazo hacia ella, el último reducto que conservaba de su perdida humanidad. Su Dark D-Gauntlet se hizo polvo al mero contacto con la luz del Ícono. Xiaojiao intentó hacer lo mismo, pese a que la fuerza del Ícono destruía la armadura que protegía su D-Gauntlet. Ambos jóvenes alcanzaron a tomarse de las manos antes de que la realidad misma se desmadejara, cesara de existir. Lo último que Zenaku escuchó fue a ella, llamándolo por su otro nombre, uno que no había usado desde su renacimiento oscuro...

    ***​

    La luz se esparció por todo el universo y lo consumió todo en un instante, reduciéndolo a la nada absoluta. Fue en ese instante cuando lo vio, y comprendió entonces la amarga ironía de la verdad, justo cuando su existencia cesaba. El ente por el cual los ciclos habían sido creados como defensa de la realidad para evitar su disolución final. Ahora que los ciclos habían dejado de ser, estaba libre. Ragnarök.

    Una oportunidad, solo necesitaba eso. Si enviaba al menos un recuerdo...

    ***​

    La fuerza del Destino, que había sido cambiada, trataba de volver a su cauce y a su paso reestructuraba la esencia del tiempo y el espacio. Las cosas cambiaban, desaparecían o nacían miles de veces, en un intento del Destino por adaptarse ante aquel repentino cambio. Finalmente, después de un eon, un nuevo Destino había sido forjado...

    ***​

    —¿Quién eres? – preguntó Akira, entre curioso y desconfiado.

    —“Solo él conoce a los que vagan por el mundo, y ha experimentado la condición por la que se rigen los hombres con sentido común”—fue la respuesta de la sombra, mientras señalaba con el dedo al centro del templo.

    Al mirar en la dirección que le señalaba la sombra, Akira se percató de lo que había allí. Un extraño altar en cual estaba el libro de la Crónicas Oscuras. Pero más abajo, había algo más. Se trataba de un pequeño pedazo de metal, que estaba justo al lado del libro...
     
    Última edición: 12 Oct 2017 a las 12:12
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    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    THE HOLY CITADEL

    El atardecer llegó y a lo lejos se vio el humo de una locomotora. Se trataba de Locomon, un gran digimon del tipo tren, una de las locomotoras antiguas. Era uno de los pocos digimon que se atrevían a pasar por las Montañas Pixeladas, el Paso Goburi, el Abismo Antiguo y otros parajes considerados peligrosos por los Trailmon. El grupo había llegado a la villa de la terminal de la Praderas del Viento dos días antes, y fueron recibidos como héroes por los habitantes, en su mayoría digimon del tipo planta, quienes recordaban como Akira y DORUgamon los habían salvado de la destrucción. Durante el tiempo que estuvieron allí no les faltó posada, comida y, sobre todo, información.

    Gracias a eso se enteró que el escuadrón de la Armada del Panteón que la Alianza había enviado para proteger el lugar tras el ataque tan solo se habían quedado dos o tres días, luego de lo cual lo abandonaron a su suerte.

    —Son nuestros líderes, y los veneramos como los seres supremos que son. Pero parece que han olvidado lo peligroso que es este mundo—se quejó Jyureimon, su anfitrión y anciano de la villa—. Viviendo en sus amuralladas ciudades, cualquiera se olvidaría de la guerra y el sufrimiento.

    Aquellas palabras le recordaron lo que había dicho su maestro, Mikoto el Gaioumon; y también los comentarios de Magnamon. Todo parecía indicar que la Alianza, otrora poderosa y justa, se estuviese sumiendo en el lánguido sueño de una larga paz.

    Cuando llegó el Locomon el grupo compró sus boletos y abordaron el tren luego de despedirse de los amigos que habían hecho en el pueblo. Tuvieron que hacerse en un vagón especial para digimon algo grandes, pues no querían que DORUgamon fuese solo en los vagones de carga. Al llegar el ocaso el tren partió. Se alejó de las frescas praderas, adentrándose a las montañas. Ya de noche, y al ver la cara de preocupación de Akira, Rei se atrevió a preguntarle que le ocurría. La respuesta del joven fue lacónica.

    —La Alianza—dijo Akira—. Sé algo de ellos. He leído la historia de este mundo. Se supone que la Alianza es la unión de los digimon más buenos y justos, quienes protegen este mundo de la corrupción y el mal. No puedo creer que los digimon que ellos protegían ahora se sientan abandonados. Más ahora en tiempos de guerra.

    —Es probable que sea por eso mismo—respondió Rei, con una sonrisa—. La guerra ha sido dura, y también muy larga. Es normal que los digimon comunes se sientan inseguros.

    Luego de haber viajado con ella durante esos días, Akira empezaba a considerar una amiga a la digihumana.

    Locomon atravesó la sábana en seis horas, y luego comenzó a subir por las peligrosas Montañas Pixeladas. Al amanecer del día siguiente, Akira se encontró con la sorpresa de que se estaban dirigiendo a aquella montaña que tanto deseaba visitar cuando inició su travesía por el Mundo Digital, la misteriosa Montaña Board.

    Unas cuantas horas más pasaron antes de que pudieran ver las altas torres de Rotarl. Y a lo lejos, las ciclópeas murallas de la Ciudad Santa, como la llamaban, se alzaban desafiando al sol. Las leyendas decían que esas murallas eran las más altas de todo el Mundo Digital. Las vías del tren se adentraban en una caverna que estaba vigilada por una aduana, y el túnel terminaba ya dentro de la ciudad. Para que a un tren se le permitiera entrar a Rotarl, la guardia lo detenía en la aduana y lo sometían a meticulosas requisas, que también se repetían en la boca del túnel que daba al interior.

    La gran ciudad de Rotarl estaba ubicada en lo más alto de la Montaña Kernel, la montaña gemela de Board, y era la más importante de las ciudades del continente Mainframe y posiblemente de todo el Mundo Digital. Como Capital Sagrada de la Alianza, era una ciudad de leyendas e historia, gloria encarnada de la civilización de sus habitantes, y joya de todos los servidores. Se decía que la ladera de Kernel había sido excavada para hacer espacio a las calles y plazas de la ciudad, y las rocas resultantes se usaron para construir las famosas murallas, que dividían la ciudad en tres secciones: el Anillo Exterior, la Ciudad Interior y la Ciudadela.

    El Anillo Exterior comenzaba por la primera de las ciclópeas murallas de la ciudad, un gran arco de bloques de piedra que iba de un extremo al otro de la ladera este de la montaña. Esta amplísima cortina, que jamás había caído ante enemigo alguno, se encontraba defendida por un sinfín de torres octagonales insertadas a lo largo de su extensión, coronadas todas por techos cónicos y de tal tamaño que servían de bases y oficinas para los Sentinels, guardias urbanos de Rotarl y eternos vigías de sus murallas. Detrás de las murallas estaban las guarniciones y academias militares, donde la Guardia de Rotarl entrenaba, siempre preparada para defender la majestuosa ciudad de los posibles invasores.

    Tras un segundo juego de murallas se encontraba la denominada Ciudad Interior, la ciudad propiamente dicha. Al estar construida cerca de la cima de Kernel, la Ciudad Interior se podía admirar casi toda desde afuera, con sus largas escalinatas talladas en la misma roca viva de la montaña. Sus casas estaban construidas con un extraño mineral, un tipo de roca luminosa y muy rara en otros lugares del mundo. Por las laderas de la montaña ascendían filas y filas de rojos tejados y viejas buhardillas picudas, entre las que quedaban protegidos los pequeños callejones empedrados. Las calles principales estaban adornadas con estatuas, torres, estandartes, fuentes, columnas y parques. De noche y de día la ciudad estaba siempre activa y llena de vida, tanto para locales como para turistas. Siempre había algo que hacer y muchísimos lugares que ver en Rotarl, o así decían.

    A medida que se subía por las empedradas avenidas el lujo de las casas se iba haciendo más notable, hasta llegar a la tercera y ultima sección de Rotarl: la Ciudadela. Recibía su nombre de la Corona de los Ángeles, pues era aquí donde se encontraban sus tres palacios, centros de la administración y el gobierno de la Alianza. Era también la sede oficial del Santo Concilio y sitio de ceremonias de consagración de los altos jerarcas de la Iglesia de la Luz, la religión oficial. Era allí donde las personalidades más poderosas y reconocidas en el continente Mainframe tenían sus hogares.

    ***​

    Luego de las requisas reglamentarias, al Locomon se le permitió descargar pasajeros y las mercancías que traía de las villas y pueblos de las otras regiones del continente. Cuando los chicos se bajaron se sorprendieron al ver que los estaban esperando. Se trataba de un pelotón de la Quinta Brigada Especial de la Guardia de Rotarl. A la cabeza estaba Leo, el Panjyamon, general y héroe de grandes batallas. Éste se dirigió al grupo luego de haber dado algunas órdenes a sus subordinados.

    —Señorita Rei la estábamos esperando. Por favor, despídase de sus amigos ahora, pues deberá continuar el camino en nuestra compañía—y luego, se dirigió al Omekamon—. Lo ha hecho bien cadete. Repórtese en la Sala de Armas, allí le reasignaremos su cargo de Sentinel, y espere sus nuevas órdenes y la recompensa por haber cumplido a cabalidad una misión de este calibre.

    —¡Si señor!—respondió Omekamon, serio. Aunque en sus ojos se vio un brillo de entusiasmo cuando mencionaron la recompensa.

    Leo miró con cierto desdén a Akira, y esperó a que Rei se despidiera de los amigos que hubiera hecho en el viaje.

    —Akira, Shin... —comenzó Rei, con los ojos llorosos—. Debo agradecerles lo que han hecho por mi. Sin ustedes, tal vez no hubiese llegado sana y salva a Rotarl. Lo menos que puedo hacer para agradecerles es pedir que los dejen pasar la noche aquí, y conseguirles pasajes para el Locomon que saldrá de la ciudad mañana.

    La chica se despidió también del fiel Omekamon, y se apresuró en reunirse con Leo y sus hombres. Un Starmon se acercó al tamer y le dijo que sería su guía en la ciudad y que lo llevaría a una posada que quedaba no muy lejos de la estación. Luego de que aquel pelotón desapareciera en las ajetreadas calles de Rotarl, Akira y DORUgamon se despidieron de Omekamon, y partieron junto con Starmon a la posada.

    ***​

    El restaurante de aquella posada estaba a rebosar, así que Akira y Shin tuvieron que sentarse en la barra. Un Meramon estaba atendiendo mientras que Digitamamon y unos Bakumon cocinaban los platos exóticos que se vendían a precios exagerados esa tarde. Unos Burgemon se encargaban de llevar los platos hasta las mesas, llenas de hambrientos comensales, mientras en la “Rockola” sonaban los últimos éxitos de EteMonkey, el “Rey” del Rock. Un Burgemon le comentaba a otro acerca de lo fastidioso que era servirles a los monstruos que venían de la región más apartada de las Montañas Pixeladas, que estaban en una de las mesas más cerca de la barra.

    —Ese Dinohyumon es muy fastidioso, se cree la ultima limonada del desierto. Preferiría atender a los tipos que viven en la Isla ROM, campesinos iletrados, que a ese mequetrefe...

    Mientras comían, los comensales y huéspedes veían en la pantalla holo-proyector la batalla final del torneo de monstruos que se celebraba aquel día en la arena de torneos de la ciudad, y los contendientes eran muy fuertes. Por un lado estaba DeathMeramon, un invencible digimon que había venido del lejano continente Directory para participar en el torneo “Special V” que se celebraría el día siguiente. El otro era Leo, el comandante de la Quinta Brigada Especial, y uno de los grandes favoritos. La pelea se puso muy violenta al cabo de un rato, y todos los digimon que estaban en el restaurante y observaban la batalla gritaban emocionados, coreando el nombre de su favorito. Digitamamon aprovechó la situación y comenzó a dirigir las apuestas.

    La batalla se ponía cada vez más tensa. DeathMeramon atacaba al Panjyamon con sus cadenas, que estaban impregnadas del fuego metálico, pero Leo las esquivaba con su espada, con una tremenda facilidad. En ese momento, un Angemon irrumpió en la bulla y algarabía de los monstruos en aquel restaurante. Todo el mundo guardó silencio. Los salvajes miraron de soslayo al brillante Angemon, quien los ignoró por completo, y se dirigió a donde estaban el joven tamer y su raro digimon.

    —Por favor, sígame—dijo cortésmente el ángel, dejando en claro que no aceptaría un no como respuesta.

    Akira y DORUgamon siguieron a aquel Angemon hasta la salida de la posada sin hacer ninguna pregunta, aunque se mostraban especialmente curiosos. Afuera, un carruaje tirado por un Monochromon les estaba esperando. Este vehículo los llevó a la parte más alta de la Ciudad Interior, la que podía verse desde afuera de las murallas, y que quedaba cerca de los palacios de los Arcángeles. El Monochromon los condujo hasta la entrada de un antiguo templo, el lugar de donde provenía aquel Angemon.

    —Joven Tamer, por favor siéntase como en su casa—dijo el Angemon mientras se abrían las puertas del templo—. Adentro le están esperando.

    El punto más sagrado de la capital era esa iglesia, la Gran Catedral de la Luz Sagrada, ubicada al centro de una gran plaza mirando hacia las murallas externas y dando la espalda a la Ciudadela. Su arquitectura era inequívocamente gótica, pero en escala y ornamentación superaba por mucho a las creaciones humanas que Akira conocía. Ni Notre-Dame, ni Westminster, o San Pedro, o la Hagia Sophia, cuatro masivas e icónicas iglesias de la humanidad, podrían cubrir juntas siquiera la mitad de la nave principal del santuario supremo del Mundo Digital.

    Construida con la forma de un “sol”, constaba de ocho secciones como rayos del astro rey, con una nave principal y tres transeptos más angostos. En el centro se alzaba una altísima torre cuya construcción sería imposible para la humanidad, pero que era el orgullo de la ciudad. Tan alta como un gran rascacielos, la hercúlea torre repleta de vitrales terminaba en una aguja de luz sólida, material que también cubría los techos abovedados de la nave principal y los transeptos.

    La torre, coronada por un estandarte de la Luz, servía además de campanario junto con otras ocho torres, más pequeñas, erigidas entre las secciones de la Catedral. Sus muros eran todos blancos con pintura dorada recubriendo las esquinas de los arbotantes, las ojivas, agujas, columnas y nervadura de las bóvedas.

    Tras sus puertas doradas se llegaba a una impresionante nave repleta de luz proveniente de la bóveda y vitrales. Al centro, donde varios pilares sostenían la torre principal, un cristal sagrado colectaba la energía proveniente de la luz del exterior. Desde aquí se podía acceder a los muchos altares en los transeptos de la Catedral y a los asientos en la segunda mitad de la nave principal, donde también se alojaban los asientos del coro angelical, los cuatro masivos órganos y el Altar Mayor.

    Estatuas de los miembros de la Alianza decoraban todas las secciones de la Catedral. La de Seraphimon estaba al centro sosteniendo su báculo, que representaba su autoridad eclesiástica, en la diestra; y las escalas de la justicia en su siniestra. A su derecha se encontraba la de Cherubimon, con un pergamino extendido hacia el piso en la mano derecha, que representaba las sagradas escrituras y profecías, y un orbe en su izquierda, que simbolizaba el conocimiento. Al otro lado estaba la estatua de Ofanimon, con una flor en la diestra, imagen de la compasión, y un candil que pendía de una cadena en su siniestra, simbolizando la luz de la redención. A la derecha de la estatua de Cherubimon se encontraban las de Qinglongmon, entre las nubes, y Zhuqiamon, volando sobre doradas llamas; y al otro lado las de Baihumon, rodeado de nubes y relámpagos, y Xuanwumon, sobre una colina repleta de vegetación.

    Maravillados ante la magnificencia de tal construcción, ni se dieron cuenta de que Jiro, el Jijimon, los estaba esperando expectante.

    —Es bueno saber que cumples tus promesas, muchacho—fue el saludo que le dio el digimon, mientras lo invitaba sentarse en uno de los bancos—. ¡Y Shin, muchacho! Veo que has evolucionado en una forma poderosa. ¡Sigue así!

    Akira accedió, mientras que DORUgamon se sentó en el suelo cerca de su tamer.

    —Akira, recuerdas que prometiste ayudarme a buscar el Libro de las Crónicas Oscuras una vez lo hallase, ¿no es así?

    —En efecto—respondió el joven no muy seguro. Se arrepentía de haber hecho esa promesa.

    —Pues lo he hallado, y está más cerca lo pensaba. En la Gran Caverna de la Montaña Board, allí esta la ciudad apócrifa de Yzarc, donde está escondido el valioso libro de las Crónicas Oscuras. Sin embargo, la aparición de los Digimon Busters es algo con lo que no contábamos... Ahora que ellos representan una amenaza para el Mundo Digital, debemos traer el libro hasta Rotarl de inmediato.

    —Un momento, ¿ustedes qué saben de los Digimon Busters? – preguntó Akira, sorprendido y algo enojado. Parecía que todo el mundo sabía más que él.

    —Lo que ya saben todos—respondió Jijimon desanimado—. Son un peligro para nuestro mundo. Y por eso te imploro que me ayudes a traer libro. Sin embargo, debo advertirte: algo antiguo vive en esa caverna, y no puedo asegurar que saldrás ileso. ¿Aún deseas ayudarme en esto?

    —Aún teniendo tipos como Leo en esta ciudad, que me escojan a mí para una misión así es un gran honor—respondió el joven. Y aunque se sentía obligado por la promesa hecha en la Isla File, también estaba diciendo la verdad.

    —Entonces está decidido—suspiró Jiro—. Tú y Shin deben partir inmediatamente. Ni aún la poderosa Rotarl estaría a salvo si los dementes Digimon Busters se apoderan de ese libro.

    Sin perder más tiempo y luego de recibir las instrucciones adecuadas, Akira y su digimon se dispusieron a salir de la catedral. Pero justo cuando estaban saliendo vieron a otro humano entrar a la Catedral, acompañado de un Patamon. Sorprendido por la presencia de otro humano—un digihumano no tendría un digimon compañero—Akira pensó en detenerse y hablar con él, pero lo apremiante de la misión lo disuadió. Ya tendrían tiempo para averiguar de ese misterioso tamer tras volver de la montaña.

    ***​

    DORUgamon voló rápidamente por encima de la murallas de Rotarl y siguiendo las instrucciones que les habían dado pronto divisaron su objetivo: la Montaña Board era la más alta de todas las Montañas Pixeladas.

    Allí habitaban los susodichos salvajes, monstruos que amaban las batallas y vivían como se vivió en la Edad Oscura, la más remota de las Edades del Mundo Digital. Pero nadie se atrevía a entrar a la Gran Caverna. Aún para los Salvajes, el Ser Antiguo que habitaba aquella caverna era sinónimo de muerte. Los más valientes, o tal vez lo mas estúpidos, que se atrevían a entrar allí nunca volvían a ser vistos con vida. Sin embargo, Akira tenía una ventaja: el podía manejar su digisoul, un arma que los anteriores “valientes” no poseían.

    Board se hizo visible en la distancia. Su pico, elevado y estéril, causó una especie de respeto e inconcebible terror—un terror primigenio e irracional—en su interior. Y Akira pudo percibir que Shin sentía una sensación similar. Se decía que en aquellos parajes, helados y terribles, vivían horrendas criaturas y digimon oscuros que servían al espíritu del mal, ese al que llaman el Sabio de la Oscuridad, y aún invocaban a los Siete Grandes Reyes Demoníacos, exiliados hace mucho a la eterna oscuridad.

    Tamer y digimon evitaron los horrorosos parajes y continuaron con su viaje, adentrándose cada vez más en la montañas hasta llegar a la entrada de la Gran Caverna. La Puerta de Yzarc, la Ciudad Apócrifa.
     

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