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    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Me tardé un poco en publicar este porque mi amigo apareció de entre los muertos y quiere continuar el fic (anda, de saber que iba a volver si me ponía a escribir, lo hubiera hecho antes). En fin, que hemos estado planeando cosas y por eso me tardé con éste.

    Pero ya esta, disfrútenlo (para los pocos que anden leyendo esta wea).


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    Chronicle 11:
    BLACK ARMY, ASSEMBLE​

    El Monte Aventurine, en las tierras del sur, no siempre había tenido ese nombre. Antes había sido conocido como el imponente Monte Ultima, capital de la antigua nación rebelde Britconia, una nación que había existido desde antes del inicio de la Edad del Alba Carmesí, la actual edad del Mundo. Tras la destrucción del Viejo Mundo y la secuelas de la Purga X—ese horrible episodio de la historia del Mundo Digital, donde los digimon con el anticuerpo X fueron perseguidos y aniquilados brutalmente por el simple hecho de ser lo que eran, y los digimon que les apoyaron sufriendo un destino similar—, los gobernantes de los diversos reinos y territorios en los que se había dividido la Alianza tras haberse reconstruido en el Nuevo Mundo se alzaron en contra de sus gobernantes, los Siete de la Alianza, que poco hicieron para evitar tal carnicería.

    Con el pasar de los años, y tras el inicio de lo que fue conocido más adelante como la “Caza de Brujas de la Alianza”, una brutal y agresiva campaña para aniquilar los cultos a los Siete Grandes Señores Demoníacos que se habían arraigado en los reinos fronterizos—aunque algunos rumores indicaban que en realidad la Alianza estaba combatiendo contra las fuerzas del Señor del Odio, no había forma de comprobar si tal cosa era verdad—las crecientes tensiones dieron espacio a que diversos líderes en los reinos de la periferia abogasen por la secesión, formando entidades semi-independientes al borde de rebelarse por completo.

    Aquellos líderes no estaban de acuerdo los unos con los otros, y pronto empezaron a combatir por los territorios y los recursos. Cuando la rebelión contra la Alianza estalló finalmente, y los nobles más influyentes y poderosos formaron sus propios reinos y se auto-proclamaron los “Señores de la Guerra”, entre los más poderosos de ellos estaba Lord Ultima, el UltimateBrachimon, gobernante de Britconia. Y fue contra él que la Alianza opuso la mayor resistencia, si se le compara con los otros Señores de la Guerra, con la excepción del Señor del Odio.

    Se desconocen los motivos, pero se cree que fue porque los territorios de Lord Ultima cubrían los valles al sur del Bosque BIOS, parte de las Montañas Chrome y la costa sur del Golfo Processor además de islas más allá, y la región que ahora se conocía como el Valle Vert. No solo era el Señor de la Guerra que más territorios había arrebatado a la Alianza en aquella época—se cree que fue un noble de muy alto rango, inclusive un miembro de las altas esferas en la Armada del Panteón, que gobernaba aquellos territorios en nombre de la Alianza antes de haberse sublevado—, sino que además dominaba el Valle Vert, uno de los territorios más fértiles de todo el sur del continente Mainframe, famoso por sus abundantes granjas cárnicas. Por ende, aquél era un territorio de gran valor para la Alianza, que necesitaba tales provisiones no solo para mantener su Inquisición en contra de los adoradores de los demonios sino también para poder aguantar el embate de los demás Señores de la Guerra.

    La batalla por el sur de Mainframe fue larga, durando sus buenos veinte años. El final de aquella sangrienta y cruel campaña dio inicio en la épica batalla del Monte Vert—recordada eternamente en la balada “La tragedia de los gemelos Mystimon”—, donde el General Alain, el Justimon, había ganado una esforzada victoria contra la fuerzas Britconas tras el sacrificio de los dos Mystimon de los que hablaba la canción. Aquella victoria resultó en la liberación de las Montañas Chrome del yugo de Lord Ultima, pero éste no iba a permitir que sus territorios le fueran arrebatados sin pelear.

    Mientras sus adversarios se preparaban para la siguiente fase de su campaña, el señor de Britconia lanzó un ataque a la ciudad de Chromikkon, ciudad-fortaleza y capital provincial del sur que protegía el acceso a un rico yacimiento de Chrondigizoit, e incluso unas vetas bastante abundantes de Chrome Digizoid, el metal por el que había sido nombrada; aquél era el yacimiento más rico en todo el Mundo Digital, si se daba crédito a las palabras de la Alianza. Pronto, los defensores de Chromikkon enviaron un regimiento a recibirlos en el Paso al sur de la ciudad, mientras llamaban refuerzos de las otras ciudades de la Alianza.

    Las armadas se encontraron en el paso entre las Montañas Chrome y el Valle Vert, y se enfrentaron en una serie de largas escaramuzas que culminaron en la Batalla del Rio Chromita, cuyas aguas fueron entonces testigo de una terrible derrota de la Armada del Panteón. Torm el Audaz, el “Hidalgo del Norte”, el Sagittarimon, consiguió escapar tan solo con su caballería, uniéndose a los defensores y refuerzos de Chromikkon dirigidos por el ahora Coronel Beorian, el SuperStarmon, el General Alain, y los Arzobispos Alerian el Dominimon y Septevar el Valkyrimon.

    En la que se cree fue una de las mejores estrategias militares de la Alianza, sus comandantes permitieron a sus enemigos ganar terreno mientras recuperaban su formación, eventualmente logrando parar la estampida de bestias dragón y dinosaurios que se lanzaron contra ellos. Desde ese punto la batalla continuó por muchas horas más sin que ningún ejército cediese terreno.

    El “Hidalgo del Norte” llevó a sus tropas a las montañas aprovechando que la infantería a cargo de Alain y Beorian mantenían ocupadas a las tropas enemigas. Tras dar instrucciones y un breve pero heroico discurso, el General Sagittarimon se lanzó a la carga colina abajo a la cabeza de la formación en “flecha” de Pegasmon, Unimon, Centalmon e HippoGryffomon que lideraba. Cuando el enemigo reaccionó, la carga de caballería ya había llegado a su flanco izquierdo, traspasando las líneas enemigas, derribando cientos de miles de bestias y dinosaurios en su impetuoso avance hacia el centro de la armada de Lord Ultima. El temido dinosaurio convocó a unos cuantos miembros de su guardia, sacándoles del frente para lidiar él mismo con la caballería de sus enemigos, cayendo así en la trampa de éstos.

    El Arzobispo Alerian y sus ángeles comenzaron la segunda carga siguiendo a Lord Ultima, y junto con ellos el General Alain y un grupo de Mammon y LoaderLeomon. Cuando el UltimateBrachimon estaba a punto de abrir fuego, él y su guardia fueron objeto del ataque combinado de varias tropas de Angemon, con cientos de rayos de luz del Heaven's Knuckle golpeándoles sin cesar, y las refulgentes flechas de sus compañeras Angewomon. Poco fue el tiempo que tuvieron los dinosaurios para reaccionar, siendo objeto de un tercer ataque por parte de los LoaderLeomon y los Mammon.

    Muchos enemigos escaparon, los que no perecieron tras la tercera carga, permitiendo a todos los defensores concentrarse en Lord Ultima. Éste, al ver a tantos de sus guerreros muertos, agonizantes o en pleno escape, decidió que debía retirarse. Fue así que la Armada del Panteón y sus aliados vencieron en la Batalla de la Brecha de los Héroes, la cual dio nombre nuevo al Paso de Chromikkon.

    Una semana después, el ejército de la Alianza, bajo el comando del General Alain, se abrió paso por el Valle Vert con el objetivo de sitiar la fortaleza de UltimateBrachimon en el Monte Ultima. Lord Ultima estaba preparado para la llegada de sus enemigos, habiendo amasado un gran ejército. La Armada de la Luz, como se conocía a los ejércitos conjuntos de los Tres Arcángeles y las Cuatro Bestias Sagradas, rodeó el Monte Ultima y puso la fortaleza bajo un asedio que duró poco más de cinco meses de esporádicas escaramuzas. El señor de Britconia poseía poderosa artillería para mantener a raya a las fuerzas de la Alianza, pero estos a su vez contaban con su propio equipo de asedio, cuyo rango era suficiente para mantenerse alejada de las torres. Con el fuego de la maquinaria de asedio aliada para cubrirles, los Pteranomon enviados por Baihumon fueron desplegados tantas veces como fue posible para debilitar las posiciones de Britconia, tomando ventaja del casi exclusivo enfoque del otro en sus fuerzas terrestres.

    Exasperado tras meses de tensión y escaramuzas, el señor de Britconia decidió romper el asedio haciendo subir a sus mejores soldados de ataque de rango a las murallas y los ‘pesos pesados’ bajar por la rampa que llevaba a la puerta seguidos de tropas ligeras. Rápidamente el General Justimon envió a sus tropas de Knightmon y LoaderLeomon para detener la carga de bestias. Tras de los acorazados perfectos se colocaron los FlareLizarmon y Meramon enviados por Zhuqiaomon, proveyendo a sus aliados al frente cobertura de fuego. Mientras tanto, una carga de caballería dirigida por Torm el Audaz y los Deva Indaramon y Caturamon, con su guardia personal de Lynxmon, se dirigió a la entrada trasera de la fortaleza, una estrecha rampa que se dirigía a un túnel conectado al interior de la fortaleza.

    La carga de caballería interceptó a un regimiento de Monochromon que vigilaba aquella entrada ferozmente. Usando el sonido de su concha mágica, el impulsivo Indaramon hizo colapsar el paso sobre la mayor parte de ellos. En vez de regresar, se aventuraron a subir sobre las rocas que quedaron del túnel con la artillería encargándose de las torres y las murallas.

    Al otro lado, una vez que gran parte de las torres cayeron, los caballeros y leones perfeccionados dieron paso a Vikaralamon, quien dirigió una estampida de Mammon, cuesta arriba pasando por sobre los dinosaurios hasta llegar a la puerta de Chrome Digizoid de la fortaleza, siendo el Deva quien tomó el rol de ariete de asedio. Entonces alzaron vuelo los Pteranomon para aliviar a las fuerzas de tierra de los ataques de los digimon en los muros, en especial a la caballería que finalmente logró entrar por un hueco hecho en el muro por la artillería, seguidos de cerca por los ángeles. La puerta tardó algo más en caer, pero cuando los LoaderLeomon se unieron al esfuerzo de Vikaralamon, finalmente crearon un hueco por el que entrar.

    La resistencia final de Britconia fue feroz, pero el esfuerzo combinado de ataques aéreos y la presión por ambos lados hizo a los defensores replegarse a donde Lord Ultima, al pié del torreón central. Aunque rodeados, los dragones y dinosaurios no se dieron por vencidos tan fácilmente, tomando incontables vidas en su feroz resistencia. En respuesta, Indaramon ordenó a todas las tropas de Zhuqiaomon lanzar fuego al torreón, ataque al que él y los dramon aliados se unieron. Viendo su fortaleza colapsar sobre de sí, Lord Ultima y su élite entraron al torreón antes de que fuese tarde, escapando por un túnel secreto que les llevó al valle.

    Tras la batalla el Monte Ultima fue renombrado como el Monte Aventurine, en referencia a la gema de gentil color verde. Lord Ultima y sus fuerzas se vieron forzadas a huir más al sur, al Yermo Helado donde habían seguido oponiéndose a la Alianza desde entonces, lanzando vanas campañas en un vano esfuerzo para recuperar las tierras que una vez habían sido su hogar.

    ***​

    En las faldas del Monte Aventurine se encontraban los restos de una pequeña ciudad que había pertenecido a Britconia y, en medio de estos, dos fuerzas luchando. La una, el ultimo regimiento del otrora magnifico ejercito Britconio, guiados por su general y antiguo monarca, UltimateBrachimon. Digimon dinosaurios y dragones, en su mayoría Growmon, Monochromon, Tyranomon y Vermillimon guiados por poderosos Triceramon, aunque algunos regimientos estaban conformados por Greymon—incluyendo algunos individuos de las nuevas variantes azules, más violentas y poderosas que las normales, que habían aparecido en el Mundo Digital en el último siglo—, Dinohyumon y unos cuantos Allomon, luchaban ferozmente contra el contingente tamers trajeados de negro al mando de una gran armada de digimon de la oscuridad, que se rumoreaba eran aliados de ese al que llamaban el Señor del Odio.

    —¡No sean cobardes!—espetó el monarca rebelde a sus guerreros cuando estos empezaban a retroceder—. ¡Es vencer o morir!

    Y al decir esto concentró una gran cantidad de luz en su pecho. Su técnica mortal, “Ultimate Blast”. Un disparo de aire concentrado abrió la tierra frente a él en canal y devastó al ejército de humanos y digimon oscuros como si fueran moscas en medio de un tornado. No quedó rastro ni de unos ni de otros. Reducidos a ceros y unos. Ni siquiera los extraños vehículos que usaban pudieron resistirse ante su gran poder, y explotaron uno tras otro.

    En ese momento, un Boltmon apareció de la nada y se abalanzó sobre él con su gran hacha en ambas manos y le golpeó con gran fuerza, haciéndole retroceder. UltimateBrachimon no podía creerlo. Aquello debería ser imposible para un digimon tan pequeño como ese, por más que fuera del nivel definitivo.

    Uno de los vehículos extraños se detuvo de repente frente a él y uno de los humanos trajeados de negro apareció la parte superior de éste. Desafiante, levantó su mano derecha apuntando hacia el cielo. Era la orden para sus fuerzas dejasen de pelear la batalla. Las fuerzas de Lord Ultima aprovecharon aquél respiro para reagruparse. Pronto llegarían refuerzos del sur, si lograban resistir un poco más, incluso esas armadas de Devimon, Devidramon, Gigadramon y Megadramon, y Ogremon, no serían la gran cosa. Sin embargo, parecía que los humanos no querían pelear contra ellos.

    —¡Lord Ultima!—gritó el tipo de la armadura; gracias al amplificador en su yelmo su distorsionada voz se oía en el campo de batalla claramente—. Hay una forma de detener esta batalla con beneficios para ambos bandos. Nosotros veníamos a quitarle suministros a la Alianza, y ustedes luchan por las tierras que les pertenecen. Puedo ofrecerles más tierras, muchas más de las que les fueron arrebatadas. ¡Puedo ofrecerles las tierras de la Alianza!

    Lord Ultima observó al humano por un momento, dubitativo. Conocía las viejas leyendas y aquel encuentro se las confirmaba. Los humanos hacían a los digimon más fuertes, a juzgar por el poder del Boltmon que le miraba, desafiante, desde el suelo. Si aquel ejército de humanos le apoyaba, sus posibilidades de vencer a la Alianza serían una realidad.

    —¿Cuáles son los términos de nuestra… sociedad?—dijo al fin. No iba a pronunciar la palabra “alianza”.
    El humano dejo oír su carcajada triunfal. Por su parte, Lord Ultima se deleitó pensando en cómo se vengaría del tal Alerian, el engreído Dominimon que aquella vez que le había humillado en la Batalla del Monte Aventurine...

    ***​

    Hiei se dirigió perezosamente a la sala de conferencias, una enorme estancia hubicada en uno de los tantos sótanos que parecía tener la base de los Busters—llevaba ya varios meses allí y aún no sabía cuántos sótanos había—, seguido por un pequeño séquito de Busters. Solo aquellos que habían sido ascendidos a “oficiales veteranos” en la anterior batalla, aunque se extrañó de no ver a Oishi allí. Potencialmente Kimaira no lo consideraba de fiar aún.

    En la entrada del sótano se encontró con Maaya, y una chica un poco más pequeña que ella pero que compartía la mayoría de sus rasgos físicos. Ambas tenía el cabello castaño, aunque el de la pequeña era más claro—¿quizá se lo había decolorado?—, y los ojos de ambas eran de un hermoso color miel. Mishima Miyuki, recordó que se llamaba, era la hermana menor de Maaya. Tenían diferentes apellidos porque sus padres se habían separado cuando eran pequeñas, o algo así había oído.

    —Por favor, Maaya, dejame ir contigo. Te los suplico. No nos hemos hablado mucho desde que llegamos a esta base... y antes tampoco, porque Padre no quiere que me hables... por favor—escuchó suplicar a Miyuki cuando se acercó a las dos.

    —Bueno, has mejorado bastante con el simulador... Pero debes entender que es una decisión que no está en mis manos. Hablaré con el Profesor, pero no te prometo nada—dijo Maaya cariñosamente mientras abrazaba a su hermana.

    La chica le devolvió una mirada alegre, aunque denotaba también tristeza. Al parecer sospechaba, no sin razón, que no la dejarían ir a la misión.

    —No te preocupes, Miyu. Volveré y te llevaré a comer helado cuando estemos en el Mundo Real otra vez. Hablaré con Padre y le dejaré en claro que tiene que dejarnos ver o se puede ir olvidando de ganar la influencia que necesita con el Profesor. Quizá te presente a mi novio, y quizá también te presente a un chico apuesto, que ya estás en edad—sonrió pícaramente al decir esto—. Uno bastante guapo, no como ese tonto de Hiei—la dulce mirada que Maaya le dedicó a su hermana se tornó agria cuando lo miró a él. Pero solo por unos segundos, antes de que las dos chicas estallaran en risas al ver la mirada perpleja del joven.

    Kaiba Akira, recordó Hiei en ese momento. El chico anti-social de su clase en el Neo Arkadia. Ese era el novio de Maaya, y el hijo de Kimaira. Según rumores no confirmados, se encontraba en el Mundo Digital. Y al parecer estaba relacionado con la desaparición de Hoplite. Tristan, se recordó, ese era su verdadero nombre. Aún nadie se lo había dicho a Maaya, y Hiei comenzaba a pensar que le había chutado esa responsabilidad a él—para variar—. Quizá se lo diría al terminar la siguiente misión, cuando la joven tendría tiempo de ir a buscarlo. Porque estaba seguro de que eso era lo que iba a hacer una vez se enterase de que él estaba allí.

    Las chicas entraron a la sala de reuniones y Hiei las siguió. Al lado de su puesto se encontraba Ulli, y no sabía si eso debía ponerlo feliz o incomodo. Era injusto que esa chica tuviese ese cuerpazo de mujer adulta, y aún más injusto que le la armadura de Buster la hiciera verse aún más sexi. Azorado, trato de enfocarse en Zeus y su explicación. Deseó no haber visto la mirada de malicia de la muchacha al percatarse de que éste le rehuía la mirada.

    Zeus estaba en el podio junto a un tablero enorme empotrado en una de las paredes, usando un láser para señalar los planes de batalla que seguirían ese día.

    Apenas llevaban un par de semanas conociendo a los digimon del ejército del Señor del Odio y creando lazos con ellos, cosa harto difícil cuando los digimon miraban a los humanos como menos que basura. Pero el Señor del Odio los había “convencido” de que aquello era el mejor paso a seguir y en el último par de días las cosas habían avanzado más rápido de lo esperado. Los tamers conservaba a los digimon que habían elegido inicialmente—no solo el lazo con estos era más fuerte, sino que necesitaban de todo efectivo posible para llevar a cabo su plan—, pero ahora la mayoría de los tamers experimentados e incluso varios de los novatos tenían unos cuantos digimon de la oscuridad bajo su mando.

    ¿El plan? Destruir la capital sagrada, Rotarl.

    —Las huestes del Señor del Odio se nos unirán tras salir del hipervínculo; enviará a dos de sus más poderosos generales a asistirnos. Y Golem nos tiene buenas noticias. Hace poco hablé con él y me ha dicho que logró convencer a Lord Ultima, el líder de los rebeldes del sur, de que se una a nuestro bando. Su gran ejército incrementará nuestro poder de batalla considerablemente—concluyó.

    —Me parece perfecto—asintió Kimaira con una sonrisa. El Profesor se encontraba sentado en una de las sillas de la primera fila—. Pero, la Alianza, es seguro que buscara el poder de... ese libro místico... el libro de los Relatos del Mal, creo que se llama.

    —Es el libro de las Crónicas Oscuras, Profesor—corrigió Hiei, en tono aburrido y humilde. El científico le devolvió una mirada extraña... ¿era aprobación o enfado?

    —Ese libro tiene prioridad, pero no podemos enviar un gran contingente por él, perderíamos ventaja en la batalla—comentó Maaya, mirándolo de reojo. De seguro le echaría un rapapolvo luego.

    —Me parece que tienes razón, Pandora. Enviaremos a Rex y Kryos a por ese libro. Aún si lo que dicen de él no es verdad, nos servirá para desmoralizar a los líderes Alianza—dijo Zeus.

    Ulli—que respondía al nombre en código de Rex—le miró de reojo antes de dirigir la mirada a Zeus. Los ojos azules de la chica le hicieron rebullirse en su asiento, pero trató de disimularlo. La mirada de la chica, sin embargo, aludía a otro problema. Habían escuchado los rumores acerca del lugar donde se encontraba el libro: Board, la montaña maldita.

    —Si no me queda de otra...—respondió Hiei con un suspiro, aún dubitativo. La mirada de Maaya le dio la certeza de que luego de la reunión tendrían una pequeña charla.

    —Por mi está bien. Enviar a dos élites es mejor que enviar a todo un destacamento, al menos en éste caso. Además, no creo en esos cuentos de los digimon con respecto a la montaña...—aunque quiso demostrar valentía, la voz de Ulli, con su fuerte acento nórdico, también sonaba dubitativa.

    —Es lo mejor—comentó Kimaira al cabo de un pequeño silencio—. Yo también iré al campo de batalla, Zeus. En calidad de observador, claro está. Llevaré a ese digimon que descartaste como compañero cuando encontramos la data de Chaosdramon, si te parece bien—un LoaderLeomon, por lo que Hiei tenía entendido—; y dejare a Leon a cargo del laboratorio. Y también un pequeño regimiento aquí, por precaución.

    Leon era el hermano mayor de Zeus, y un prominente científico en Neon Oracle.

    —¿Quieres que se quede algún Spartan?—preguntó Zeus mientras apagaba el monitor empotrado en la pared.

    —Que Oishi se encargue de los que se quedan aquí. Que esos sean una docena de cadetes expertos, y todos los novatos que fueron reclutados hace poco. Necesitamos de todos los soldados experimentados que podamos en la avanzada—fue la respuesta del científico.

    A Oishi no le gustaría escuchar que lo había excluido por completo de esa operación. Y entre los novatos que se quedarían estaba Miyuki, ya que apenas llevaba un mes con ellos.

    Y con eso se deba por terminada la reunión. Zeus y Kimaira se quedaron hablando para refinar algunos aspectos del plan. Maaya se unió a ellos pero por la mirada que le dedicó sabía que tendrían su charla tarde o temprano. Más temprano que tarde, sospechó amargamente.

    Al salir al pasillo se encontró con su fiel WereGarurumon—un digimon que poseía el anticuerpo X—, esperándolo. Por algún extraño motivo su mirada le recordó a la de su padre.

    ***​

    La operación se llevó a cabo tal y como Zeus, Kimaira y el tal Señor del Odio lo habían planeado. Al finalizar el día las fuerzas de los Busters y los digimon oscuros al servicio del Mephismon se encontraban a la salida de un hipervínculo oculto en una de las Montañas Pixeladas, cuya existencia les había sido revelada por el mismo Señor del Odio hacia un par de horas. Eso significaba que la Alianza no estaba enterada de su existencia y ni sabían que un ejército bastante considerable se estaba amasando bajo sus narices.

    El ejército de los Busters se movilizó antes de que el sol empezara oscurecer repentinamente, como lo hacía en ese mundo donde al parecer no había una diferencia entre el día y la noche. Los Digi-Beetles avanzaban a paso lento pero firme, seguidos muy de cerca por los pelotones de los digimon de la oscuridad. A la cabeza iba el Digi-Beetle rojo y dorado de Zeus, el más grande y ostentoso de los Digi-Beetles, adornado con cañones que simulan los de Chaosdramon. Éste se detuvo antes de llegar a la primera torre, quedando muy alejado de esta. Los Digi-Beetles de los demás Busters hicieron lo mismo, al igual que el ejército de los digimon oscuros una vez hubieron alcanzado a los vehículos.

    En la cabina de mando de su Digi-Beetle, Maaya activó unos cuantos botones y varias pantallas holográficas aparecieron en el aire. En ellas, los rostros de varios de los generales de la fuerza humana, incluyendo a Golem y a varios de los otros Busters que habían sido ascendidos a rango de oficial para aquella operación, se fueron materializando. También el de Zeus, que se encontraba en la pantalla que tenía frente a ella.

    —Mis fieles compañeros, mis camaradas Busters, ¡ha llegado la hora!—dijo Zeus a través de los intercomunicadores; su voz era aterradora, cambiada radicalmente por el codificador que había en un su yelmo—. Rotarl, la Ciudad Sagrada, el Bastión de esos necios que se hacen llamar los gobernantes de este mundo, será tomada esta noche. Esta noche, nosotros tomaremos el control de este mundo, y después tomaremos el control del mundo humano. ¡Nos pertenece! Ya somos más que simples seres humanos, condenados a morir en la ignorancia y la apatía. Somos superiores a ellos, y esta noche lo probaremos. A partir de ahora, ¡somos los Übermensch, la raza superior! ¡Y lo demostraremos destruyendo a esos que se dicen los mensajeros de “Dios” y aún así ignoran a sus creadores!

    Los Busters gritaron entusiasmados a coro, interrumpiendo al joven en medio de su discurso. No era la primera vez que Zeus les decía que eran superiores a los demás humanos solo por el hecho de haber ido al Mundo Digital, pero ahora parecía que él mismo se lo había creído. Maaya soltó un bufido. Aquello eran tonterías. Se alegró en ese momento de que el Profesor se hubiera negado a dejar venir a Miyuki a la operación. No quería que Zeus le llenase la cabeza de patrañas.

    Zeus hizo un ademán con la mano para que se callaran, y aún así hubo que esperar un rato para que los otros Busters se tranquilizaran. El joven Buster continúo entonces con la estrategia que tenía planeada.
    –Es una estrategia muy sencilla, pero perfecta. Tanto que esos tarados de la Alta Guardia de Rotarl no sabrán que los arrolló… al menos, no hasta que sea muy tarde.

    Si esa estrategia era tan perfecta, entonces no la había creado Zeus. O al menos, no él solo. Maaya sospechó que la mayoría de ese plan había sido urdido por el Señor del Odio y Kimaiara, la contribución de Zeus siendo algo menor. Quizá su única contribución había sido la de comunicarla a los demás Busters. Estaba tan segura de ello que se apostaría la cena de esa noche.

    Una gran pantalla holográfica emergió frente a ella, encima de la de Zeus, y en ésta había un mapa del área donde estaban.

    »El ejército del Señor del Odio deberá atacar la Puerta de la Aduana. Es un punto bastante vigilado, pero, como ya lo sabrán, nosotros tenderemos una distracción. Nuestros escuadrones de Busters se dirigirán a las “Puertas Gloriosas”, y harán lo posible para enfocar allí a las fuerzas de Rotarl. Mientras los defensores se encargan de proteger los muros, las fuerzas del Señor del Odio tomaran la aduana y la usaremos como puerta para invadir la ciudad. El Ejercito de los Busters será dirigido por Golem, y Pandora se encargará de dirigir a los seguidores del Señor del Odio. Yo me quedare aquí, pues debo esperar a nuestro aliado, el Señor del Odio, y así dar el golpe de gracia cuando él se una a nuestra batalla.

    Golem apareció en una de las pantallas emergentes. Maaya presionó uno de los botones de su consola de control para activar su comunicador casi al mismo tiempo.

    —No lo defraudaré, General Zeus—dijo, y lo decía en serio. Una vez terminada esta batalla podría volver al Mundo Real, y ver a Akira. Lo extrañaba muchísimo.

    —¡No lo defraudare, mi gran señor!—agregó Golem, cuya voz era más gruesa y espantosa que la de Zeus—. Puede confiar en eso.

    Otra pantalla emergió en la cabina, a su izquierda. Se trataba de Phelesmon, uno de los generales del ejército de digimon que servían al Señor del Odio.

    —Nosotros estamos listos para la batalla. Estamos a su total disposición. Es hora de ver a la Alianza arder—rió con malicia, y Maaya pudo escuchar las risas de placer y maldad de los otros digimon que estaban junto a Phelesmon.

    Una vez dadas las órdenes, los ejércitos se dispusieron a avanzar. Se trataba de una fuerza portentosa. Cientos de digimon oscuros, todos veteranos de la Guerra de los Señores, eran precedidos por al menos setenta Digi-Beetles negros con pintas rojas. La tierra temblaba mientras el “ejército negro” se acercaba a las murallas de Rotarl.

    ***​

    Las torres de Rotarl se iluminaban una tras otra, pues el sol comenzaba a ponerse tras las montañas Pixeladas. Adentro, el ajetreo de los Sentinels señalaba que el cambio de turno había comenzado. Los guardias reemplazados bajaban por las escaleras de aquellas torres sin puertas, que al igual que las brillantes murallas estaban hechas todas de un extraño material que solo puede conseguirse en el Mundo Digital, llamado Chrondigizoit. Una vez abajo, se dirigían a la ciudad a través de una extensa y bien construida red de túneles subterráneos.

    La entrada a la ciudad fue sellada por la aduana del túnel del tren, con una puerta hecha del mismo Chrondigizoit de las murallas. Las cabinas donde los guardias de la aduana podían descansar y comer estaban dentro del túnel, así que no quedaban desprotegidos en la noche. Una vez sellado el túnel no se permitía la salida de trenes digimon de la ciudad; por eso, los últimos turnos de entrada y salida de Locomon y los pocos Trailmon que se atrevían a ir hasta Rotarl estaban autorizados para una hora antes del cambio de turno de los Sentinels. Los trenes digimon que entraban en el último turno se quedaban en la noche en la ciudad y salían muy temprano en la mañana, una vez abiertas las puertas del túnel.

    Aquella, como muchas otras noches, había comenzado de manera habitual. Sin embargo, se le había encomendado a los Sentinels en turno que estuviesen pendientes, puesto que un DORUgamon y su joven tamer humano vendrían volando a la ciudad en cualquier momento. Tal vez esto hizo que los Sentinels pudieran detectar al ejército enemigo, que sutilmente se acercaba, oculto entre las sombras. Eran eso de las ocho de la noche, cuando, en una de las grandes torres, Mikemon, una de las Sentinels en turno, se fijo en algo muy extraño. Una sombra algo compacta y pesada, que se movía a lo lejos en dirección a la torre. Mikemon se quedó pasmada al ver más de esas sombras seguir a la primera, multiplicándose cada vez más rápido. Pronto, pudo distinguir las sombras de varios digimon voladores, entre las cuales resaltaban las de varios Devidramon y Flymon. Sin perder más el tiempo, Mikemon se decidió a dar la alarma; se dirigió rápidamente a la consola de comunicación, en la parte más alta de la capilla de la torre, y envió la señal de emergencia a los cuarteles generales.

    En las murallas, un veloz Bitmon corría desesperadamente a buscar al capitán Hanumon, quien era el superior de todos los Sentinels. El Bitmon corrió escaleras abajo y llegó a al cuartel, una pequeña oficina empotrada en el sector inferior de una de las murallas.

    —¡Señor!, ¡señor!—dijo jadeando—. ¡La señal! ¡La señal de emergencia se ha activado!

    —¿Cómo puede ser esto posible?—exclamó el Hanumon bastante sorprendido—. ¿Acaso esos salvajes de las montañas se han decidido a invadir Rotarl por fin? No... Ellos no tienen líderes capaces de organizar un ataque a la escala que se necesita para siquiera asediar esta ciudad.

    Sin pensarlo dos veces, el capitán dio la orden de alerta de nivel 5 y todos los Sentinels que estaban en las barracas se prepararon para enfrentar a los invasores. Se envió la señal de alerta para que todos los Sentinels en servicio se dispusieran a pelear sin restricción—una alerta de nivel 5 significaba que podían usar su máximo poder sin permiso expreso de un superior si así lo veían necesario—y también envió un mensaje de urgencia a la Guardia de Rotarl. Ellos estaban mejor preparados que los Sentinels para lidiar con ese tipo de invasiones.

    Hanumon rezó para estar equivocado respecto a esto último, y que solo fuese una incursión de salvajes envalentonados, pero algo le decía que, por desgracia, tenía razón. Aquella iba a ser una noche muy larga.
     
    Última edición: 1 Nov 2017
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    Chronicle 12:
    DARKNESS

    Seraphimon observó al DORUgamon alejarse de la Gran Catedral velozmente en dirección a la muralla exterior, y si el plan había salido bien, de allí a la Montaña Board. Su tamer—un tamer del que no tenían idea que existía hasta hacía pocos días—iba sobre el extraño X-digimon, tan raro que no debería existir en esta Era. Demasiadas coincidencias. Aún cuando se encontraba detrás de la pared de luz solidificada, de color violáceo y semitransparente, que conformaba la mayor parte de su palacio, una pared hecha para resistir el embate incluso de un digimon en etapa definitiva, podía sentirlo. Una presencia poderosa que amenazaba con aplastarlo aún a pesar de la distancia. Aún a pesar de que él era un digimon de la etapa definitiva. Era fuerte. Mucho más de lo que había sospechado. ¿Por qué no se habían percatado de él antes? Una presencia tan poderosa no podía pasar desapercibida aún cuando no estuviese cerca de Rotarl.

    La estancia donde se encontraba no tenía nada que envidiarle a una sala de estar de un palacio de esos que había visto en la red que habitaban los humanos que gobernaban el mundo “real”, con el abovedado techo de escayola ornamentado—tan grande que incluso un digimon colosal tendría espacio para moverse libremente allí dentro—, las alfombras de exquisita manufactura sobre el suelo de baldosas blancas, y los paneles de las paredes profusamente trabajados. Una hermosa chimenea de marfil azulado, cuyo hogar se encontraba encendido, y plantas ornamentales que decoraban la estancia en hermosos materos de arcilla, ya fuera colocadas en el suelo o colgados de cadenas y perchas en las paredes, le daban a aquel lugar un aspecto acogedor. Hogareño. Un enorme candelabro colgaba del techo, decorado con piedras cristalinas en lugar de velas, que emitían una nívea iluminación a toda la estancia, tan brillante como la luz del sol.

    Una de las paredes desapareció en ese instante. Ofanimon y Cherubimon entraron en la estancia, seguidos de varios YukiAgumon que presurosos llevaban bandejas con té, viandas y la vajilla que usarían para que los Tres Arcángeles pudieran merendar mientras hablaban de sus asuntos. Al cabo de un instante todo estaba preparado. Los YukiAgumon abandonaron la estancia por la misma pared por la que entraron, que se volvió a materializar al mismo instante en que los Tres Arcángeles se sentaban a tomar el té.

    —¿También lo sentiste, no es así?—la grácil voz de Ofanimon era cantarina, y tenía un timbre extraño, como delicadas campanillas—. Es increíblemente poderoso...

    —Creo que es mas fuerte que el Elegido de la Luz y la Elegida de la Bondad, aún combinando los poderes de ambos. Y tengo entendido que apenas ha hecho el entrenamiento básico. Si lo entrenásemos de la manera adecuada, su poder será indudablemente enorme... No puedo creer que no lo sintiéramos antes…—comentó Cherubimon, visiblemente preocupado. Su voz era suave y amable, aún así.

    —Creo que es tan fuerte como el Tamer Legendario—añadió Ofanimon, bastante insegura. Parecía asustada.

    El Tamer Legendario. Lo recordaba muy bien. Aquel había sido el primer humano en entrar al Mundo Digital, en los albores de la Tercera Edad, cuando la hueste de los digimon de la oscuridad estuvo a punto de destruir el mundo. Aquel tamer era tan poderoso que incluso podía comandar a tres digimon al mismo tiempo—algo que iba en contra de las reglas del Mundo Digital, donde un humano solo podía tener un digimon compañero—, y su ayuda fue vital para acabar con la invasión. Y este tal Akira tenía una presencia tan poderosa como la suya. No podía ser coincidencia.

    —No puede ser un humano ordinario—Seraphimon fue tajante—. Y eso solo puede significar una cosa.

    Sabían de la existencia de otros humanos en el Mundo Digital. No solo aquél ilegal que les habían reportado los Royal Knights y del que ellos se habían tenido que hacer cargo regresándolo al mundo de los humanos. Sino también de esos otros que estaban en las Montañas Hardrive. Y corrían rumores de una humana en la Isla de los Dioses, aunque no habían sido confirmados. Aún así, a Seraphimon le parecía imposible que un humano con tal poder no fuera parte de la Profecía.

    —¿Quieres decir que los Royal Knights le han estado ocultando de nosotros?—preguntó Cherubimon, entre dubitativo y enojado—. ¿Por qué habrían de hacerlo? ¡Ellos saben la Profecía! Y además, dijeron que no intervendrían sin antes avisarnos. ¿Qué ganan con obstruir nuestro trabajo?

    —Es una excelente pregunta, pero recuerda lo que nos contó Jiro. El muchacho trabaja para los Royal Knights.

    Y eso implicaba muchas cosas. El que los caballeros no quisieran ocultar el hecho de que el joven estaba a su mando pero aún así no les habían dicho nada de su existencia, ¿quería decir eso qué estaban actuando bajo órdenes…? No, no estaba en su naturaleza dudar de ella. Ya había visto lo que las dudas le habían hecho a los otros, a sus hermanos caídos eras atrás.

    —En todo caso, voy a estudiar las Profecías. De nuevo, sí—Cherubimon puso los ojos en blanco cuando sintió las miradas inquisitivas de sus hermanos. Había estudiado esas profecías todos los días desde que supieron de la existencia de ese tamer—. Haré una investigación a fondo, y compararé notas con Balzac. Su traducción de la tal “Profecía de la Oscuridad” quizá me pueda ser útil... aún no la he leído, de todas maneras.

    La “Profecía de la Oscuridad” era otro problema. No tenían idea de que existía pero ahora veían su influencia en los acontecimientos de los últimos meses. Posiblemente eso era lo que hacía que el Señor del Odio fuese tan imprudente. Tan peligroso.

    En ese momento Cherubimon empezó a cavilar, susurrando para sí, diciendo cosas que solo él podía entender aún si alguien podía escuchar que era lo que estaba diciendo. Una vez empezaba con eso no había forma de detenerlo. Ofanimon solo sonrió, le divertía eso. Pero Cherubimon tenía razón, debían mirar si Akira estaba relacionado con la Profecía—y Seraphimon estaba muy seguro de que así era—. Por su parte, él tendría una charla con Omegamon al respecto.

    ***​

    Akira y DORUgamon sobrevolaban el desolado paraje que eran las Montañas Pixeladas, en dirección a la montaña Board. Era la primera vez que el joven cabalgaba en DORUgamon por un lapso de tiempo tan largo, y también la primera vez que el digimon volaba a esa altura. Mirar hacia abajo le daba nervios, pero igualmente era una experiencia increíble.

    —¿Estás bien?—preguntó Shin mientras Akira observaba con cierto temor el paisaje bajo ellos.

    —Sí... es solo la altura—respondió él, tímidamente.

    —No lo pregunto por eso, Akira—replicó el DORUgamon, buscando con la mirada eso que tanto miraba su tamer—. Me dijiste que normalmente no eres bueno tratando con los humanos. Lo hiciste bien con ese tal Fu Su, por cierto. Pero pensé que quizá quisieras hablar.

    —Ah, eso. No sé qué pasó... creo que estar contigo y los otros digimon me ha ayudado a superar esa etapa... creo—dijo, absorto.

    Realmente, parecía que Shin había madurado. Ahora estaba en la etapa adulta, y al parecer en los digimon eso significaba una evolución tanto física como mental. Akira no sabía porque no había actuado con su usual timidez con Fu Su. Pero era bueno este cambio, Naomi se iba a alegrar mucho por eso. Akira se preguntó cuál sería la reacción de su hermana al ver a Shin...

    En ese instante la vio. La Gran Caverna era tal como Jiro, el Jijimon, se la había descrito. El elaborado bajorrelieve que rodeaba la boca de la caverna estaba empotrado en la roca viva de la montaña, como si fuese parte de ésta y no hubiese sido cincelada con artefactos de metal sino con la más poderosa y sublime de las magias—o programación, que era la magia de éste mundo: códigos de programación avanzados que de alguna forma podían
    redefinir incluso la misma realidad.

    El bajorrelieve era una obra de arte que mostraba a un grupo de ángeles debajo de un árbol de nueve ramas. Akira reconoció lo que ese árbol representaba: el Yggdrasill. Pero no sabía muy bien que representaban los ángeles. Reconoció a Seraphimon y a Ofanimon, pues había leído sobre los líderes de la Alianza, pero el resto le eran desconocidos. Tres ángeles masculinos y una fémina, además de uno que parecía un niño. Decidió no prestarle más atención al asunto, ya le preguntaría a Jiro que significaba eso cuando volviera a Rotarl. Le pidió a Shin que aterrizara en una plataforma de piedra que se extendía de la boca de la caverna, y una vez allí se adentraron en ésta sin más pausas.

    La entrada de la Gran Caverna era oscura, y ambos entraron en ella con aprehensión. Akira continuó cabalgando en DORUgamon, pues era mejor así. El digimon estaría más tranquilo con su tamer donde él supiera donde estaba. El joven levantó su brazo derecho y las láminas metálicas del D-Gauntlet se tornaron de color azul blanquecino, emitiendo a su vez un potente brillo del mismo color que de alguna forma no irritaba sus ojos. Aún así, la luz le daba un aspecto siniestro a la cueva, con todas esas estalactitas y estalagmitas surgiendo de entre las sombras como si fueran unas fauces dispuestas a cerrarse y devorarlos en cualquier momento. Al cabo de un rato de caminar en la caverna, se dijo que la luz de su D-Gauntlet había sido innecesaria y la apagó. Pues a medida que avanzaban las paredes de la caverna emitían sus propias luces.

    Antiguos glifos grabados en las paredes de la cueva brillaban al ritmo de una silenciosa melodía, haciéndolo de manera tal que parecía como si alguien los hubiese programado para hacer eso. El D-Gauntlet reaccionaba a aquella maravilla, brillando de vez en cuando por su cuenta, en un brillo no tan potente como el que había generado a voluntad de su portador. Eso ponía algo nervioso a Akira. Sin embargo no ocurrió nada más.

    Luego de una larga caminata por fin llegaron al final de la caverna. Se trataba una bóveda circular artificial, pues no había manera de que fuese una consecuencia natural de las fuerzas de la naturaleza y el paso del tiempo. Era enorme, lo suficiente para que un digimon tan grande como un Brachimon pudiese caminar en ella tranquilamente sin tocar el techo o las paredes. En algunos tramos del suelo se podía ver que debajo de éste había un gran vacío, debido a huecos formados en la plataforma de roca, una gran roca lisa y marfilina, que formaba el suelo.

    La bóveda era iluminada por una extraña fuente de luz que no provenía del ya lejano exterior, pero Akira no pudo descubrir de qué parte provenía. Permeaba todo el ambiente, y parecía provenir de todos lados al mismo tiempo. Al observar el techo, grandes estalactitas puntiagudas se acumulaban sobre ellos, rodeadas de cosas que parecían plantas enredaderas a primera vista, pero que al observarlas mejor se notaba que eran cables de fibra óptica.

    Tamer y X-digimon se adentraron en la bóveda y continuaron caminando, explorándola con la mirada, maravillados. Akira se sorprendió mucho al ver varias rocas que se parecían a aquella que había conseguido en el Gran Cañón del Continente Mainframe, en su primera misión. Materializó la piedra de su D-Gauntlet y la comparó con las que estaban allí. Las diferencias eran notables. En primera estancia, su piedra, aún en su estado natural, era mucho más fina y no era tan rudimentaria ni rugosa como las otras. Otro detalle que notó es que su piedra era de color negro, y al observar bien aquel lugar se dio cuenta que entre las otras piedras, aunque tenían una gama de colores muy variada, no había ninguna de color blanco o negro. En cualquier caso el D-Gauntlet no fue capaz de identificar qué clase de piedras eran o porque la energía que emitían era tan particular.

    —Si tanto te interesan, te recomiendo que te llevemos algunas cuantas, para estudiarlas en un lugar más seguro—dijo entonces Shin, al ver el interés de su tamer en aquellas raras rocas.

    A Akira le gustó la idea, y con la ayuda de DORUgamon juntó tantas rocas como pudo, de cada color diferente. Reunió todas las rocas—incluyendo la suya negra—en un solo sitio, y luego concentro su energía. Una gran energía verde fue emitida de su mano y envolvió las piedras. Estas se transformaron en datos y fueron absorbidas por el D-Gauntlet. Luego del proceso, Akira accionó una pequeña pantalla holográfica.

    –¡Rayos! ¡En esto se tomó un 20% de la capacidad de memoria! – exclamó el chico; luego activó unos botones, y estos mostraron información acerca de aquellos datos que había absorbido.

    “Cristales de data súper comprimida. Varios Tipos. Estado natural, sin ser procesados, separados por tipos clasificados según sus usos”.

    —Cristales de data... interesante—susurró Akira.

    Akira indagó en la enciclopedia incorporada en el D-Gauntlet acerca de aquellos cristales de data. Descubrió que una sola piedra pesaba más de una tera. Haciendo una comparativa con el espacio de la memoria del D-Gauntlet que ocupaba, su piedra negra pesaba al menos tres. De acuerdo a la información que había en la enciclopedia, si se utilizaban los utensilios y métodos adecuados, esos cristales de data podían ser convertidos en toda clase de objetos, desde objetos inertes, como muebles o una casa o ropa, hasta comida. Prácticamente, se trataba de la forma solidificada de la materia prima de la que estaba compuesta el Mundo Digital. Al parecer, su piedra negra contenía una información bastante rara comparada con los otros cristales, que el D-Gauntlet no podía procesar del todo.

    Luego de “apagar” las pantallas holográficas, el dúo continuó su viaje por aquella bóveda. En el lado opuesto de por donde habían entrado hallaron otra caverna, con un camino en forma de rampa en espiral que iba hacia abajo. La fuente de luz se terminaba allí pero el interior de la caverna era iluminado por más cristales de data, que nacían en ramilletes que brotaban de las paredes del interior de la montaña.

    Al salir de ésta caverna, cosa que les tomó unos cuantos minutos más de viaje, tamer y X-digimon se encontraron en las ruinas de una ciudad abandonada. Era la gran ciudad de Yzarc. Antes había sido una ciudad enorme, casi tan esplendorosa y grande como Rotarl, la metrópoli de una antigua y avanzada civilización digimon. Se decía que allí había gobernado Lucemon, antes de su caída de la gracia, en la primera Edad Dorada del Mundo. Pero, de acuerdo al relato de Jijimon, Lucemon y sus hermanos sucumbieron a la oscuridad, y rebelaron contra el Dios de los Digimon—Yggdrasill, supuso Akira—. En aquel lugar habían nacido los Siete Grandes Señores Demoniacos.

    La ira del Dios fue rápida y terrible. La ciudad fue destruida en una gran catástrofe que literalmente cambió la faz del Mundo—Jijimon mencionó que el Mundo cambió de forma constantemente por años hasta que tuvo una forma más o menos similar a la actual—, y ahora estaba enterrada bajo tierra, sepultada en medio de la montaña, durante eones. Por alguna razón, sus ruinas habían sobrevivido a la destrucción del viejo Mundo Digital.

    Las ruinas, de un estilo medieval europeo antiguo, le recordaban a Akira la majestuosa Rotarl. Las edificaciones ahora estaban sumergidas bajo aguas de un extraño color negro—un negro tan oscuro que las sombras podían distinguirse de éste—que no reflejaba ningún tipo de luz, y solo las más altas y portentosas podían verse; el acceso a muchas de éstas estaba restringido por el agua, y solo se podía llegar a las edificaciones más cercanas a las paredes de la caverna. Akira y DORUgamon sobrevolaron la ciudad y encontraron una catedral abandonada, en medio del agua. A Akira le pareció que debían empezar su búsqueda allí, pues era un lugar santo, el sitio ideal para esconder un valioso tesoro como aquel libro que estaban buscando.

    Entraron a la catedral, que tenía una apariencia similar a la Gran Catedral de Rotarl, aunque su nave no era tan grande, la pintura de las paredes estaba desgastada por el paso del tiempo, las mismas paredes estaban agrietadas aquí y allí, los murales y los vitrales no todos estaban en buenas condiciones, y las bancas estaban hechas nada, podridas hace tanto tiempo que ya ni olor emitían. Y frente a ellos, en el otro extremo de la catedral, encontraron una extraña sombra que tenía forma humanoide y se estaba solidificando lentamente.

    Los tomó por sorpresa, pero no pensaban bajar la guardia. Jijimon les había advertido de los posibles problemas que tendrían que enfrentar, como digimon de la oscuridad, por ejemplo.

    —¿Quién eres? – preguntó Akira, entre curioso y desconfiado. Y también reuniendo todo el valor que podía. Era la primera vez que enfrentaba a un digimon de la oscuridad.

    Shin también estaba impaciente y asustado. Podía decirlo con toda seguridad con solo verlo a los ojos. Y no solo por el hecho de conocerlo desde que era pequeño—básicamente—, sino por una extraña certeza de que podía entender los sentimientos del digimon gracias al lazo que compartían.

    —“Solo él conoce a los que vagan por el mundo, y ha experimentado la condición por la que se rigen los hombres con sentido común”—dijo una voz elegante y etérea que hacía eco en las paredes de la catedral, mientras la sombra señalaba con el dedo al centro del templo. Akira creyó que la voz venía de la sombra, pero no había forma de saberlo.

    Al mirar en la dirección que le señalaba la sombra, Akira se percató de lo que había allí. Un extraño altar, hecho totalmente de oro, en cual estaba el libro de la Crónicas Oscuras. O al menos eso creía, pues era igual al descrito por Jijimon. Pero más abajo había algo más. Se trataba de un pequeño pedazo de metal, que estaba justo al lado del libro. Mientras el joven se fijaba en esto, Shin avanzó hacia la sombra con algo de desconfianza—Akira podía sentirla debido al lazo que compartían, y que inexplicablemente se había hecho más fuerte tras haber entrado en la caverna—. Al hacerlo, una segunda sombra apareció frente al X-digimon, a poca distancia. Esta sombra era una réplica casi exacta de DORUgamon.

    —¿Son replicas nuestras, no es así?—le preguntó Shin a su tamer.

    La sombra de DORUgamon emitió un chillido, que extrañamente Akira logró entender. Aquel era un grito de dolor, pero un dolor que no sentía. Le pareció que compartía un vinculo también con ese ser.

    —De hecho, son tan reales como lo sois vosotros—respondió un extraño individuo que estaba detrás de ellos. Tenía la misma voz elegante que les había hablando hace un rato.

    Había aparecido de la nada, y a diferencia de las sombras no era un ente semi-existente, sino algo real. Se trataba de un digimon humanoide con dos pares de brazos, el segundo par, huesudo y alargado, naciendo de su espalda, y que usaba una extraña máscara dorada para ocultar su pálido rostro y sus rojos ojos. Estaba vestido con un sombrero de corsario, chaleco dorado que tenía motivos de calaveras anormales, de cuatro ojos con un cuerno en la frente, por hombreras; y pantalones bombachos azules con franjas de cuero negro, que terminaban en las rodillas. De éstas para abajo usaba estrafalarias botas hechas de cinturones negros. Tenía raquíticas alas de murciélago y una cola huesuda que terminaba en una cuchilla con forma de ancla.

    Akira revisó el D-Gauntlet pero no había información del digimon en cuestión.

    —¡Oh, pero que descortés soy!—exclamó de repente el digimon con gesto agravado, y luego les hizo una graciosa reverencia—. Podéis llamarme Boltboutamon, pues ese es el nombre que llevo ahora.

    De repente, la data del digimon apareció en el D-Gauntlet. La data era escasa, pues se trataba de información clasificada. Apenas el nivel y el atributo. Era muy antiguo, de la etapa definitiva, y peor aún, un digimon de la oscuridad. Este les sonrió y sus ojos brillaban de emoción.

    —¡Oh, cuanto he esperado este momento para conoceros, Campeón Oscuro!—dijo con gran emoción—. Sois el Heraldo y Precursor de la nueva Era de las Tinieblas que pondrá fin a la Edad de la Luz de la Alianza. La Profecía de la Oscuridad había vaticinado vuestra llegada y se ha cumplido. Pues estaba escrito que hoy nos encontraríamos aquí, y aquí estamos. ¡Jo!—exclamó jubiloso.

    Una gruesa gota de sudor rodó por el rostro de Akira. Si el terror que le producían las Montañas Pixeladas era un temor ancestral que provenía de lo más profundo de su alma—el antiguo instinto de supervivencia que había acompañado a la humanidad desde antes de que descubrieran el fuego—, el temor que sentía ahora dejaba a aquél apocado. Todos sus instintos le pedían huir, ponerse a salvo. Olvidar el libro, Rotarl... huir lo más lejos que pudiera. Y aún así, estaba paralizado. No podía mover siquiera un dedo. Su cuerpo estaba rígido, tan tenso que ni siquiera podía temblar. Y el lazo que compartía con Shin le indicó que el digimon estaba sintiendo algo similar.

    —Os aseguro que no es mi intención haceros daño, sino ayudaros a volveros más fuertes—sonrió Boltboutamon.

    Y de repente, como por arte de magia—“magia” obrada por tal digimon, seguramente—, Akira y Shin se sintieron extrañamente tranquilos, como si el pánico que habían sentido segundos atrás nunca hubiese existido.

    —¿Qué es lo que está pasando aquí...?—musitó el tamer.

    —Lo sabréis todo a su debido tiempo, Elegido de las Tinieblas. Por ahora, bástese con saber que aquellas sombras son vuestros reflejos de ciclos anteriores, perdidos en extraños tiempos y espacios, pero que ahora han regresado al ciclo correcto. El ciclo siempre os trae aquí, a Yzarc, la Ciudad Santa, usurpada por la “Alianza” y su luz, una y otra vez, repitiéndose inexorable. Pero esta vez es diferente. Esta vez, vos recordáis.

    Un flashback se pasó por los pensamientos de Akira. Su sueño en el que luchaba contra un misterioso enmascarado que tenía una versión oscura de su digimon. Una versión oscura de Shin. De una evolución de Shin, se corrigió mentalmente. Entonces, ¿aquella sombra era el enmascarado? ¿Aquel sueño no era un sueño, sino un recuerdo?

    —No entiendo... – replicó Shin con cara de confusión.

    —¿Estás diciendo que ese ser soy yo?—preguntó Akira, igualmente confundido.

    La sombra humana no tenía una forma muy definida aún, a diferencia de la sombra de DORUgamon, pero Akira sabía que algo no estaba bien en ella. Tenía una profunda oscuridad, un vacío abismal que se tragaba toda luz y esperanza. Y tanta tristeza.

    —Es lo que serás, pero ha sido antes que tú...—se limitó a decir Boltboutamon, con una amplia sonrisa. De repente tenía en una de sus manos—una de las que tenía en los huesudos brazos que nacían de su espalda—una copa de vino, que cataba lentamente.

    Entonces la sombra avanzó dos pasos y su rostro se fue descubriendo mientras caminaba. Akira abrió los ojos como platos, invadido por la sorpresa, y percibió el mismo sentimiento en Shin. Aquella sombra era una copia perfecta de Akira, pero extrañamente distorsionada. Su cabello era de color blanco, casi plata, y sus ojos totalmente negros, un vacío sin fondo que daba a un abismo de oscuridad absoluta. Estaba envuelto en un trapo viejo, que parecía ser el mismo que Akira usaba de vez en vez a modo de capa de viaje. Y daba una sensación de que algo estaba mal al verla. Akira no podía discernir que, pero algo estaba mal en ese reflejo.

    La sombra de DORUgamon también se hizo visible. La cabeza estaba cubierta por un yelmo metálico que dejaba ver ominosos ojos rojos, con la mirada asesina de un depredador salvaje, y terminaba en un bozal, y su cuerpo era el de un cadáver. Varias partes mecánicas se veían por todo el cuerpo, sobre todo en los brazos y patas traseras, y tenía cables y costuras en todos lados de su cuerpo. La punta de su cola era un manojo de cables mal cortados, que emitían chispas eléctricas cada vez que se movían. Y grandes tornillos salían de las puntas superiores de las álulas de sus alas. Daba la impresión de que se trataba de una versión frankenstein de DORUgamon. El D-Gauntlet lo identificó como Death-X-DORUgamon, pero al igual que con BoltBoutamon su información, más allá de los datos básicos, estaba clasificada.

    Ambas sombras emitían un terrible y oscuro poder, tan grande que sometió rápidamente a Akira y a Shin.

    —¿Acaso se trata de una ilusión?—se preguntó el X-digimon, mientras hacia un gran esfuerzo por mantenerse en pie.

    —Un juego mental, tal vez, producido por las luces que vimos en la caverna—balbució Akira, quien también se estaba obligando a no caer de rodillas.

    —¡Oh, por el amor de Yggdrasill!—exclamó Boltboutamon—. No tratéis de negar la realidad, Campeón Oscuro, porque a este punto ya es inevitable.

    La sombra de Akira apenas sonrió. De repente, Death-X-DORUgamon se volvió a convertir en una sombra otra vez, y luego se transformó en la sombra de un dragón aún más grande. Era el dragón que había visto en su sueño.

    La sombra de Akira también se oscureció. Los poderes negativos de estas nuevas sombras eran tan grandes que llegaron a deformar la realidad misma en la caverna. DORUgamon se sintió tan pesado que cayó al suelo, mientras que Akira cayó arrodillado. La presión era inaguantable, como si el paisaje a su alrededor, ahora completamente distorsionado, los quisiera aplastar. Se encontraban atrapados en un campo de gravedad irregular e imposible. Un rugido infernal se oyó por todo el recinto, reverberando entre los vacíos extraños que existían en el campo de gravedad que los rodeaba.

    —¡Pronto tú serás yo, y el ciclo volverá a repetirse una vez más!—se despidió la sombra. Su voz era la de Akira, pero distorsionada, maligna—. Es tiempo de irnos, pero ten por seguro que nos volveremos a ver, en la batalla que nos ha sido predestinada desde hace tantos ciclos. ¡Hasta el momento, no nos volveremos a ver ya más!

    —¿Dime, quién eres? –suplicó Akira, la curiosidad carcomiendo sus entrañas con tanta fuerza como el pavor que sentía—. ¿Somos en realidad el mismo ser?

    La sombra no respondió.

    —Yo también he de irme, ¡oh, Campeón de las Tinieblas, amado por la Oscuridad!—se despidió Boltboutamon en ese instante, haciendo un brindis con la copa de vino. Pese a la compresión gravitatoria y la distorsión de la realidad, el digimon parecía estar indemne, moviéndose con libertad—. ¡Pero tened por seguro que volveremos a vernos! Y vos también, Avatar de la Destrucción, Enemigo Definitivo—se refería a Shin—. Os recomiendo que estéis preparados para luchar con todo vuestro poder, jóvenes amados por la Oscuridad. Me han dicho que el Guardián de Yzarc es un hueso duro de roer—concluyó con risa burlona.

    Entonces la sombra de Akira se fusionó con la sombra del gran dragón, y un nuevo ser apareció. Era la Muerte misma. Eso fue lo único que se le ocurrió a Akira en ese momento para describirlo. La voz de este nuevo ser, una mezcla de la de Akira, la del dragón y una tercera voz, ignota y maligna, resonaba con la potencia de mil relámpagos. Aún con tanto estruendo, tamer y X-digimon pudieron entender claramente lo que esta criatura les dijo:

    —Soy lo que tú serás, pero he sido antes que tú. No lo olvides, ¡yo soy aquel que domina a la Muerte! ¡Eso eres tú! Pero recuerda: Yo he sido antes y seré después de ti...

    Luego la sombra colapsó. Corrientes de energía negativa y sombras se combinaron en una poderosa vorágine, mientras el caos reinó en el lugar. En la realidad misma. La línea de tiempo se hizo pedazos, y Akira y Shin pudieron sentirlo en sus propias almas. Miles de imágenes pasaron ante sus ojos, a velocidad trepidante. Imágenes confusas de su pasado, de su presente y de sus posibles futuros. La realidad se colapsó sobre sí misma, generando una tormenta de rayos oscuros que emanaban de un agujero negro, que luego implosionó para desaparecer completamente en un instante. Y en medio de ese instante, en la eternidad que existe entre un segundo y otro, escucharon la voz de Boltboutamon.

    —Solo las sombras más oscuras conocen el camino a seguir en la vida. Pero acaso, ¿no es éste el camino de la soledad…? Akira, solo vos podéis descubrirlo. Madurad y conoced vuestra fuerza, oh, amado por las Tinieblas. Hasta ese entonces yo estaré observándoos.

    Los poderes malignos desaparecieron casi tan rápido como la última palabra de Boltboutamon y la realidad se normalizó, como si nunca hubiese ocurrido nada. Ambos pudieron levantarse al fin. Shin, entre curioso y aterrado, miró a su tamer.

    —Me pareció muy real para ser una ilusión... —dijo, con la respiración entrecortada.

    —También a mi me ha parecido muy real—respondió Akira con visible preocupación.

    Se sentía extraño. Cómo si su digisoul se hubiera incrementado sobremanera tras haber sobrevivido a aquella distorsión en la realidad. Shin también se sentía más fuerte—lo pudo comprobar gracias a su conexión—. E incluso, con ganas de volver a evolucionar.

    —Es imposible—comentó en tono burlón Akira cuando el digimon le dijo eso—. No llevas ni el mes en tu etapa adulta, y tengo entendido que para llegar a la siguiente etapa, la perfeccionada, es necesario esperar años y entrenar mucho y ganar batallas de vida o muerte contra enemigos poderosos.

    —Pero es así como me siento—respondió sonriente el digimon.

    —Vamos a lo que veníamos, mejor. Antes de que nos pase otra cosa como esa...—manifestó al fin Akira, con gesto desenfadado, al ver que no conseguirían nada de seguir pensando en eso.

    Se acercaron al pedestal y Akira tomó el libro y también aquel raro fragmento metálico que se encontraba junto a éste. Justo en ese momento el suelo comenzó a temblar y varias rocas del techo se vinieron abajo. Una gran roca selló la salida de la catedral. Akira se montó lo más rápido que pudo a los lomos de Shin, y el DORUgamon a su vez voló tan rápido como se lo permitió su pesado cuerpo, usando un “Power Metal” para abrir un hueco en la pared antes de que la catedral se les viniera encima. Ambos vieron como la catedral de Yzarc se hundió para siempre en las aguas del lago negro como el vacío.

    Y junto a ella, las demás ruinas de la ciudad. Todas fueron consumidas por las aguas negras, en cuestión de un visto y no visto. Una vez el último edificio hubo desaparecido, el agua negra se evaporó de forma casi instantánea. Akira y Shin se encontraron en una caverna normal de roca, aunque increíblemente grande.

    Aquel había sido el fin de Yzarc, la antigua joya del reinado de Lucemon...

    ***​

    El negro Digi-Beetle—solo habían llevado uno, para dejar todos los vehículos posibles para el asedio—ascendía rápidamente la escarpada montaña Board. Más allá de lo incomodo que era estar en una pequeña cabina hecha para albergar solo un piloto con una chica que tenía los dones de una mujer adulta—o al menos, era incomodo para Hiei, quién no podía concentrarse en pilotear con los senos de la chica rosando su brazo—, el viaje había transcurrido sin acontecimiento alguno.

    Ninguno de los salvajes que se rumoreaba vivían en esa sección de las montañas se les habían aparecido, y al parecer aquellos malignos digimon de los que hablaban las leyendas eran solo eso, leyendas. Al cabo de un par de horas, luego de salir del túnel de hipervínculo y separarse del resto de los Busters, habían llegado a su destino. Una caverna enorme, más grande incluso que el Chaosdramon de Zeus, se avistaba a lo alto, en la mitad de la ladera de la montaña.

    Tras haber dejado su Digi-Beetle en modo seguro, bajaron de éste junto a sus digimon y subieron las enormes escaleras talladas en la misma roca viva, testamento de antiguas civilizaciones que existieron antes de la fundación de la Alianza. Esas escaleras venían desde las faldas de la montaña, divididas en dos senderos que daban al oeste y al este, y continuaban su camino hacia la cima ignota de Board, interrumpidas solo por la plataforma que se encontraba frente a la Gran Caverna.

    Tardaron bastante tiempo antes de llegar a la bóveda donde estaban los extraños cristales de data—habían estudiado algunos en la base, pero Hiei nunca había visto tantos reunidos en un solo lugar—, y luego descendieron por la segunda caverna, aquella que los llevaría de camino a la inundada ciudad de Yzarc, de acuerdo a la información que les había otorgado el Señor del Odio.

    —¿Es aquí donde está el valioso libro de las Crónicas Oscuras?—preguntó en tono desdeñoso Ulli, al ver las ruinas que sobresalían en el negro lago.

    —Es el lugar adecuado para un libro de tan suma importancia, supongo. De acuerdo a ese tal “Señor del Odio”—«que titulo tan estúpido», pensó Hiei—. Todo el conocimiento antiguo del Mundo Digital está en ese libro. ¿Te imaginas lo que pasaría si cae en malas manos?

    —Sí. Me imagino lo que pasaría si cayera en nuestras manos—contestó ella, con una mirada irónica.

    —Me refiero a Zeus y a Kimaira. Sabes porque me uní a los Busters—replicó él, con desdén.

    —Y sabes que yo te apoyo—contestó ella con su fuerte acento nórdico—. De hecho, si no fuera por mí, en este momento estarías seis pies bajo tierra.

    Ulli y Hiei eran amigos de la infancia, y a Ulli le había afectado tanto como a él la desaparición de su padre. Cuando el muchacho reunió algunas pistas que indicaban que Kimaira de alguna manera estaba involucrado en ello, Ulli no dudo ni un momento en apoyarlo. Desde la sombras, por supuesto, pero así era mejor. No solo ella no se involucraba directamente, sino que el apoyo que le proveía era mucho más útil que metiéndose en el fango.

    WereGarurumon y Mametyramon se acercaron a sus tamers. Habían ido a explorar el terreno tan pronto llegaron a la ciudad inundada.

    —Maestro—dijo respetuosamente el WereGarurumon al muchacho—, creo que deberíamos continuar. Hay algo en este lugar que no me gusta...

    —Está bien, ya nos vamos... —asintió tranquilamente Hiei, pero un repentino temblor le interrumpió.

    Los dos Busters y sus digimon no podían creer lo que estaban viendo. Yzarc se sumergía en el lago, desapareciendo casi tan rápido como un suspiro.
     
  3. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    AVATAR OF DESTRUCTION

    Yzarc había desaparecido, consumida por un lago negro que luego se convirtió en simples fragmentos de data, ceros y unos, en cuestión de un parpadeo. Antes, Akira y Shin, su DORUgamon, se encontraban ante las ruinas de la capital sagrada de Lucemon, una ciudad casi tan antigua como el Mundo Digital, empotrada en una caverna colosal en el interior de la Montaña Board, la más alta de las Montañas Pixeladas. Ahora, se encontraban ante kilómetros de roca estéril. Ambos estaban anonadados.

    —¿Pero qué demonios ha pasado...?—se preguntó Akira entre susurros. Todo lo que había ocurrido en la última hora era tan extraño que aún no podía procesarlo.

    En aquella ciudad habían vivido una de sus más extrañas experiencias en el Mundo Digital hasta la fecha. Se habían encontrado con un digimon de las tinieblas, el primero de su record. Oficialmente hablando, al menos. Había estado ese en la Isla File, pero él los había evitado, solo hablándoles desde la distancia. En cambio, Boltboutamon les había hablando abiertamente. Y pese a lo abrumador de su poder, no había hecho nada para hacerles daño. No paraba de hablar de la “Profecía de la Oscuridad”, y cómo Akira era su “Campeón”, cosa que el tamer no entendía en lo más mínimo.

    También habían enfrentado a las sombras de sus “futuros”—y quizá, también sus pasados—. El joven las recordaba de su “sueño”, que ahora parecía más bien un recuerdo. La sombra había hablado de unos ciclos y una batalla predestinada. Quizá la batalla que había vivido en su sueño. Ahora que lo pensaba a fondo, Boltboutamon también había mencionado los ciclos.

    —¿Ahora qué hacemos, Akira?—la voz de Shin lo hizo espabilar—. Creo que ya terminamos lo que veníamos a hacer aquí. Si quieres, podemos descansar un rato—el digimon estaba tan confundido como él—, pero por mí, tengo ganas de alejarme de ésta montaña cuanto antes mejor.

    Ese era otro asunto que lo tenía pensando. Desde que habían entrado en la caverna, Akira había sentido que la intensidad de su lazo era más fuerte de lo usual. El tamer podía entender lo que su digimon estaba sintiendo, y lo más probable es que ocurriera de forma inversa, que Shin también pudiese comprender sus sentimientos. Sin dejar de lado el hecho de que, desde que habían enfrentado a Boltboutamon y a las sombras, se sentían rebosantes de poder, como nunca lo habían estado antes.

    —Creo que lo mejor que podemos hacer es largarnos de aquí—contestó el tamer—. ¿Te sientes con fuerzas para volver ya a Rotarl?

    —Creo que tengo tanta energía que podría ir volando incluso hasta la Isla File—contestó Shin con una sonrisa.

    Fue justo en ese instante que un rayo de luz rojiza, que salió de debajo de ellos, en algún punto en la oscuridad de la caverna, rozó a DORUgamon y siguió derecho, explotando contra el techo, derrumbando algunas estalactitas y varias rocas, y haciendo retumbar la montaña. Akira cayó del tambaleante dragón, quien desesperadamente luchaba por volver a controlar su vuelo. En un intento desesperado, el tamer, como guiado por su instinto, activó su Digi-Whip y lo lanzó contra una de las pocas estalactitas que permanecieron en el techo, y se sujetó fuertemente. Pero la roca comenzó a ceder. Shin pasó bajo su tamer justo en el momento en que la estalactita se separó del techo de la bóveda. Akira separó sus dedos, haciendo que el Digi-Whip desapareciese, y se dejó caer en los lomos de su digimon. Shin logró esquivar torpemente el pedazo de roca que terminó por estrellarse contra las rocas en el suelo.

    —¡El Digi-Whip!—pensó el tamer en voz alta. Luego miró el lugar donde la estalactita se había hecho añicos—. Vaya, esa caída pudo ser mortal. De no ser por mi suerte y el D-Gauntlet, no me habría salvado... ¿Estás bien, Shin?

    El lomo derecho de DORUgamon estaba echando humo y se había tornado rojizo, pero al digimon la herida no parecía dolerle.

    —Perfectamente. ¿Qué fue lo que nos ataco?—contestó Shin, observando a todos lados.

    Akira sin embargo escaneó la data de su digimon con el D-Gauntlet. El daño no había sido tan grave como pensó, pero si tenía que tratarlo pronto o podría infectarse.

    Entonces un ser gigantesco surgió de la nada oscura que tenían frente a ellos. Su forma era la de un gran robot humanoide, pero su torso terminaba sobre un pedestal. Sus hombreras eran enormes y picudas, y su cabeza prominente era la de un chacal con un tocado egipcio. Sus manos sujetaban dos hoces colosales, y de varias partes de su cuerpo se podían ver protuberancias que el D-Gauntlet identificó como baterías antiaéreas. Era tan grande que su cabeza tocaba en techo, y la parte inferior de su cuerpo no podía observarse a simple vista, hundida en las tinieblas de la enorme bóveda que una vez fue Yzarc. Akira lo analizó con su D-Gauntlet.

    “Ser Digital. Origen desconocido. Tipo Guardián. Su paquete de datos equivale al de un digimon de la etapa definitiva”.

    —¿Es uno de los guardianes?—musitó Akira mientras maldecía su suerte.

    En su estadía en el Kernel había leído sobre los guardianes, entes que no eran digimon aun cuando eran formas de vida digital. Fueron creadas como armas en las eras antiguas, por los líderes de la Alianza y otros digimon poderosos de esas épocas pretéritas, construidos para proteger lugares demasiado importantes. Con el paso del tiempo los guardianes habían ido desapareciendo, pero se rumoreaba de algunos que todavía merodeaban en las ruinas más antiguas desperdigadas por todo el Mundo Digital. Su reputación era legendaria, y ahora él estaba frente a uno de esos. Ahora que lo pensaba, Boltboutamon también les había advertido sobre esto. ¿Acaso era una prueba?

    —¡Soy Anubis, el Guardián que protege las ruinas de Yzarc, la Ciudad Apócrifa! ¡Quién quiera que ose profanar éste suelo sagrado ha de enfrentar el juicio de Dios!—bramó el Guardián con una voz metálica y fría que resonó con un eco ensordecedor por toda la caverna.

    Anubis giró lentamente su cabeza y observó a los intrusos con desdén. Por su parte, Shin voló a una de las paredes más cercanas de la bóveda, donde había un camino que llevaba a la caverna por donde habían llegado. Akira desmontó rápidamente mientras presionaba los botones de su D-Gauntlet y se preparaba mentalmente para una batalla.

    —Parece un oponente bastante rudo. Lo mejor es que seas cuidadoso, Shin—le dijo al digimon tras bajarse.

    —Ya sabes cómo soy, Akira. La precaución en vida—le respondió el digimon con una sonrisa. La evolución no solo le había hecho madurar, también le había dado sentido del humor.

    Sin más preámbulos, DORUgamon embistió a su oponente, pero éste ni sintió a aquel golpe. Solo se limitó a atacarlo con sus poderosas hoces, creando enormes zanjas en la pared de roca solida de la bóveda, y derribando piedras y estalactitas con sus pesados movimientos. La montaña se agitaba como si estuviese ocurriendo un sismo de escala moderada. Shin, por su lado, se sobaba la cabeza mientras se enfocaba en esquivar.

    Akira se fijó en los movimientos del Guardián. Eran toscos y lentos, pero precisos y poderosos. Un solo golpe de esos podía estar matando a Shin, pero por suerte el tal Anubis era demasiado lento. Era hora de idear un plan en lugar de depender tanto de la suerte.

    En ese momento Anubis comenzó a disparar con toda la artillería que tenía equipada en su cuerpo, haciendo que la caverna se desestabilizara violentamente. Sus baterías antiaéreas, que estaban localizadas más que todo en su pecho, pero que también tenía desperdigadas en otros lugares de su cuerpo en mayor o menor medida, constaban de tres cañones móviles—podían moverse en casi todas direcciones—de los que disparaba las ráfagas de energía rojiza que había usado para atacarlos antes, además de ametralladoras vulcan y lanza-misiles. Estos últimos no los usaba muy a menudo, por lo que Akira sospechó que quizá no podía recargarlos tan rápido como los cañones o los vulcan—de hecho, Akira se preguntó en ese momento como hacían los digimon que usaban armas de fuego para tener un suministro ilimitado de municiones, pero desechó el pensamiento casi al instante—. Aún así, Shin podía esquivar fácilmente estos ataques, aunque provinieran de distintas direcciones al mismo tiempo y a gran velocidad.

    Los ataques pronto derribaron grandes secciones de las paredes y el techo de la bóveda, y Akira se vio forzado a activar su D-Shield para protegerse, aunque en ese momento estaba más preocupado por la integridad estructural de la montaña. Si Anubis continuaba atacando de forma indiscriminada, Board se les iba a venir encima en cualquier momento y el D-Shield no daría la talla para ese escenario.

    —¡Akira! ¿No tienes algún plan bajo la manga?—gritó Shin, anonadado. El tamer solo pudo oír su voz a través del transmisor del D-Guantlet—. ¡No podré esquivar tantos ataques seguidos por mucho tiempo!

    Pese a todo, Akira se sentía bastante seguro en ese momento. Era como si aquél encuentro con las sombras y Boltboutamon le hubiesen regalado también una gran confianza en sí mismo.

    —Dame un par de segundos, ya se me ocurrirá algo—susurró. Pero no necesitaba pensar en un plan. Ya sabía que hacer. Solo que aún no estaba seguro de si realmente funcionaría, o si solo era una bravata, producto de su nueva auto-estima tan elevada.

    El Guardián blandió sus dos gigantescas hoces contra el X-digimon nuevamente. Sus hojas se habían envuelto en una llamarada roja, cuyo poder destruiría instantáneamente aquello que tocara, de acuerdo a las lecturas del D-Gauntlet. DORUgamon hizo una difícil maniobra evasiva y logró esquivar aquel ataque por los pelos. La técnica especial del Guardián golpeó las paredes de la caverna provocando un masivo sismo que sacudió toda la Montaña Board desde sus cimientos.

    ***​

    Hiei y Ulli observaban la batalla desde la caverna que servía como entrada de la bóveda. La habían usado a modo de refugio, poniéndose a cubierto para evitar las ráfagas que el Guardián disparaba constantemente. WereGarurumon se había puesto frente a ellos, para protegerlos en caso de que alguna roca cayera encima de aquel lugar, mientras Mametyramon estaba en el hombro de su tamer. Sin embargo, tales precauciones ahora parecían inútiles. La violencia de que aquella batalla iba a hacer que la montaña que se les viniera encima.

    —Creo que deberíamos ayudarlo—dijo Hiei, con su usual seriedad.

    —Pero él tiene el libro. Deberíamos aprovechar la situación y arrebatárselo…—le replicó Ulli, dubitativa.

    —No—respondió el chico, secamente—. El libro está mejor en sus manos. Posiblemente se lo dé a la Alianza, por lo que el libro podrá ser usado en contra del “Señor del Odio”... en serio, ¿qué villano que tenga aunque sea el mínimo de amor propio usaría un titulo tan ridículo?—espetó fastidiado—. Ulli, ésta es la oportunidad que hemos estado esperando desde que todo empezó. Creo que no vamos a averiguar más de Kimaira por más que sigamos con los Busters. Si nos aliamos con ese tamer, quizá tengamos oportunidad de derrotar a Zeus entre los tres, y acabaríamos con toda esta idiotez de atacar Rotarl y eso.

    Ulli le dedicó una mirada penetrante con sus hermosos ojos verdes, que, aunque solo duró un par de segundos, pareció extenderse por una eternidad.

    Kemst Tho hægt fari, Hiei—dijo la chica muy seriamente, citando un refrán popular en su tierra. «Llegaras a tu meta aunque camines despacio»—. Aún así, una promesa es una promesa. ¿Qué estás esperando, Tyra? Ve a ayudar a ese... lo que sea que sea ese digimon volador.

    El Mametyramon asintió con una expresión ruda y saltó del hombro de la chica hasta el hombro de WereGarurumon.

    —Creí que nunca me dejarías ser parte de ésta batalla—rió el pequeño digimon. Sus ojos desbordaban fiereza y un gran espíritu combativo que hubiera acobardado incluso a digimon veteranos en las guerras digitales.

    —Ten cuidado—Hiei le dio una palmada en el antebrazo a su WereGarurumon.

    —Tu padre siempre me decía lo mismo...—respondió el digimon con una mirada muy similar a la del Profesor Tanaka.

    Sin perder un instante más, WereGarurumon salió corriendo verticalmente por las paredes de roca, ganando velocidad e impulsándose, saltando en contra de aquel siniestro guardián. La fuerza de su salto fue tal que destruyó la roca que usó para impulsarse. Al llegar a la superficie del Guardián corrió en dirección a la cabeza, mientras destruía algunas de las baterías antiaéreas que se encontraban a su paso, usándolas para ganar impulso.

    —Aquí es donde yo me bajo—gruñó divertido el Mametyramon, saltando del hombro del licántropo.

    Ágilmente, el digimon miniatura comenzó a destruir tantos cañones y otras armas como pudo, moviéndose tan rápido que se perdió de la vista del WereGarurumon. Ambos digimon hacían un excelente trabajo en equipo, llegando rápidamente al pecho del Anubis. DORUgamon, animado por aquel inusitado refuerzo, comenzó a disparar su “Cannonball”, ayudando a destruir la artillería del Guardián.

    ***​

    Akira se percató de la presencia de los tamers de los digimon que estaban apoyando a Shin, que venían corriendo hacía él. Usaban el mismo uniforme del tipo que había matado hace casi un mes atrás. Trató de evitar que ese pensamiento nublara su buen juicio—necesitaba concentrarse en la pelea que tenía en frente—y se decidió por reunirse con ellos. Aunque muchas veces tuvo que aferrarse a la pared para no caerse cuando alguno de los ataques del Guardián hacía temblar toda la montaña, e improvisar muchos de sus movimientos a lo largo del trayecto, eventualmente logró llegar a donde estaban los dos tamers, una plataforma circular no muy alejada de la cueva que servía de entrada.

    Al verlo cara a cara, los tamers le miraron con estupefacción.

    —Kimaira Akira—dijo Ulli en tono divertido, cuando recuperó el habla—. Así que te las arreglaste para llegar a este mundo también. Esto es... interesante.

    La chica miró a Hiei de reojo, insegura. Algo estaban tramando, pero eso no era lo que importaba ahora. Akira los reconoció casi tan pronto como ellos lo reconocieron a él. Eran Tanaka Hiei y Ulli Janssens. Como él, estudiantes del Neo Arkadia. No estaban en su mismo curso, pero estudiaban en la misma sucursal que él, la de Tokyo. De hecho, ahora que los veía a ellos, recordó que Fu Su también era un estudiante del Neo Arkadia, aunque de una sucursal diferente. Por eso no le reconoció al principio.

    —Es Kaiba—espetó Akira con fastidio, al cabo de un rato.

    —Somos aliados, no te preocupes—le contestó Hiei con desenfado—. Mi nombre es Tanaka Hiei... ¿creo que me recuerdas, no es así?

    —El capitán del equipo de baseball del Instituto Neo Arkadia, del grado superior. Eso significa que...

    —Y yo soy Ulli Janssens. No creo que sepas quién soy, pero también voy al Neo Arkadia de Japón—se presentó la rubia, con una sonrisa de expectativa.

    Akira permaneció callado. Ahora todo tenía sentido. Por eso ese tipo de la otra vez, el que él había matado accidentalmente en su primera batalla contra un perfecto, le había reconocido. Era otro estudiante del Neo Arkadia. Y dado que conocía también a Maaya, y el hecho de que Akira no tenía amigos en el Neo Arkadia, eso implicaba que al que había matado era uno de sus compañeros de clase. Se sentía como un zapato.

    —¿Está Maaya con ustedes, de casualidad?—preguntó al cabo de un rato.

    —¿Hida Maaya? Ah, cierto... ya también va en tu curso, ¿no es así? Sí, ella está nosotros. De hecho, actualmente está con el resto de los Digimon Busters que están atacado Rotarl en éste mismo instante—contestó Hiei.

    —¿Digimon Busters? ¿Y están atacando Rotarl...?

    Akira fue interrumpido por una gran explosión. La onda de choque los golpeó a los tres con fuerza, haciéndolos tambalearse y perder el equilibrio. La explosión provenía del cuerpo del Anubis. Mametyramon había destruido uno de los cañones principales, y Anubis por fin se había percatado de la presencia de los digimon de Hiei y Ulli. Entre tanto, WereGarurumon, tras haber destruido casi todas las baterías frontales, ahora trataba de abrir la armadura que protegía las uniones del torso y el cuello, usando sus garras, pero lo único que lograba era dejar uno que otro raspón en la impenetrable coraza del Guardián. Éste activó un campo eléctrico, repeliendo a ambos digimon de su cuerpo, quienes cayeron a lo que antes fueron las ruinas de Yzarc.

    —¡Rayos! ¿Qué clase de monstruo es ese?—exclamó exasperada Ulli.

    —Es un Guardián, una especie de robot que protege ruinas antiguas—respondió Akira—. Es casi tan poderoso como un digimon de la etapa definitiva. He de asumir que esos son sus digimon compañeros, y que los tales Digimon Busters son tamers, ¿no es así?

    —Te explicaré todo con más detalle luego, pero sí, así es—afirmó Hiei.

    En ese momento, WereGarurumon recogió a Mametyramon y corrió a gran velocidad en dirección de sus tamers. Ambos estaban lastimados por las quemaduras que les había producido aquel choque eléctrico, pero parecían tener fuerzas para continuar la pelea.

    —He de agradecerles entonces—sonrió a su vez Akira, viendo las lecturas en la pantalla holográfica que se manifestaba del D-Gauntlet. El daño que le habían hecho a Anubis había sido bastante considerable. No pudo evitar fijarse que tanto WereGarurumon como Mametyramon eran portadores del Anticuerpo X.

    Por su parte, Shin continuaba sus maniobras evasivas, atacando al Guardián solo de vez en cuando, destruyendo sus armas tras dos o tres ataques consecutivos cuando le era propicio atacar en lugar de esquivar.

    —Ese ser es más poderoso de lo que pensé... —dijo WereGarurumon, jadeando, cuando llegó junto a su tamer—. Nuestros ataques apenas si le hace mella en su armadura... al menos logramos destruir suficientes cañones para hacer de su ráfaga de ataques una estrategia poco efectiva.

    —Váyanse—declaró repentinamente Akira—. No tengo nada en contra de ustedes, y mi plan para destruir a ese Guardián puede ser un tanto arriesgado.

    Y en ese momento se decidió a que debía usar ese "plan"—no, más bien idea alocada—que tenía desde el principio.

    —¿Y qué te hace pensar que te haremos caso?—respondió Ulli en tono arrogante.

    Pero Hiei la miró y negó con la cabeza.

    —Está bien, nos iremos—le dijo Hiei a Akira—. Pero con una condición. Si es que sobrevives a esto, no vas a interferir en mis planes contra el Profesor Kimaira, ¿entendido?

    —¿Kimaira? ¿Está aquí también?—preguntó Akira sorprendido. ¿Quién más estaba en el Mundo Digital? ¿Naomi?

    —Te daré los detalles más adelante— rió Hiei. Entonces tomó el extraño aparato que llevaba empotrado en su peto, una especie de minicomputador, y tecleó en éste. Al cabo de un instante, un pop up holográfico se manifestó del D-Gauntlet—. Sospeché que ese aparato tuyo es similar en funciones al DS3-Hind. Es mi frecuencia. Con eso nos mantendremos en contacto. Por cierto, tu digimon, no creo que vaya a aguantar mucho más...

    Tras el shock de tantas revelaciones, Akira se había olvidado completamente de la batalla. Shin estaba muy cansado—era lo que percibía con su lazo—para seguir esquivando los ataques de su enemigo por más tiempo. Hiei hizo tronar sus dedos y WereGarurumon cargó a ambos tamers, mientras que Ulli llevaba en sus manos al pequeño Mametyramon. WereGarurumon entonces corrió hacia la caverna que servía de entrada a la bóveda que una vez fue Yzarc.

    —¡Nos veremos en otra oportunidad, señor Kaiba! ¡Esté seguro de que me comunicaré con usted si sobrevive a esto!—se despidió Hiei, mientras WereGarurumon se perdía en la oscuridad del túnel.

    —Sé que nos volveremos a encontrar, Tanaka Hiei…—musitó Akira. Pero, ¿sería como un aliado o como un enemigo?

    Aquel no era el momento para pensar en tales cosas, sin embargo. Tenía que concentrarse en la batalla contra el Guardián.

    —¡Akira!—dijo rendido Shin, por el altavoz del D-Gauntlet—. Ya no puedo más… es muy fuerte para mi… y ya no tengo energías para seguir volando.

    Antes de que Akira pudiese responder, el Guardián se abalanzó sobre Shin a velocidad vertiginosa, y su macabra risa resonó como un eco diabólico en las débiles paredes de aquella caverna. Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, DORUgamon voló rápidamente tratando de esquivar el ataque, pero no iba a llegar a tiempo. Las hoces de Anubis se alzaron sobre el digimon, envueltas en fuego carmesí.

    —Es lo que dijo Boltboutamon... ahora soy más fuerte—musitó Akira.

    Y en ese momento, el tiempo pareció detenerse.

    Se había sentido demasiado confiado en si mismo desde que comenzó esa pelea, y ahora entendía porque. Su digisoul. Era mucho más poderoso que ese que logró manifestar cuando peleó contra las fuerzas de Lord MetalSeadramon en las Islas de Protocol, un mes antes, y no tenía porque ser así. Apenas había entrenado en su concentración desde entonces, y no había tenido ninguna batalla importante. Pero ahora creía saber el porqué.

    «Os aseguro que no es mi intención haceros daño, sino ayudaros a volveros más fuertes,» había dicho Boltboutamon cuando se encontraron, antes de hacerles algo que les hizo olvidar todo el pavor que les había producido el solo hecho de verle la cara. Y al parecer, les había hecho mucho más que solo quitarles el miedo. ¿Quizá había desbloqueado el potencial dormido en su interior, usando su “magia”? Eso también explicaría porque Shin se había vuelto tan poderoso de repente, casi al mismo nivel del WereGarurumon de Hiei, pese a ser un digimon de la etapa adulta, pese a que casi no habían tenido batallas o un entrenamiento riguroso tras haber dejado las Islas Protocol.

    Igual, en ese momento ya no importaba la razón. Solo le quedaba confiar en eso. Si estaba equivocado, lo pagaría con la vida de Shin, y la suya propia después de eso. El Anubis no le había dejado más opción. Al igual que había visto hacer a su sombra, Akira se concentró en liberar todo su digisoul de manera explosiva, en una única ráfaga. Le iba a apostar todo a esa corazonada. Era su última opción.

    “Debes controlar tus emociones y concentrarte en tu espíritu. Enfocar tu mente en tu espíritu, y el secreto del digisoul será revelado…”

    Eso le había dicho Mikoto, el Gaioumon, durante su entrenamiento en las Islas Protocol. Se enfocó entonces en su espíritu. Respiró tranquilamente. Se concentró solo en eso, evitando divagar. Lo que sea que le había hecho Boltboutamon, funcionaba. Su mente ya no se perdía en pensamientos inoficiosos o en sus recuerdos. Por fin había podido alcanzar ese estado que la gente llamaba “poner la mente en blanco”.

    Y entonces su digisoul explotó. Era un raudal de energía, un río de poder que provenía desde lo más profundo de su ser y no parecía tener fin. No sabía muy bien qué clase de sentimiento era el que le evocaba. ¿Ira? ¿Sed de sangre? ¿Deseo de pelear hasta el final, sin importar qué? ¿O simplemente una férrea determinación? No le importó. Tomó aquel poder, lo imaginó como si fuese un pilar de energía azul que brotaba de su cuerpo a borbotones—como lo había visto en su sueño—, y lo dirigió todo a su D-Gauntlet.

    Un enorme pilar de energía de color azul oscuro y brillante emanó con gran potencia del cuerpo del Akira. Todo su poder podía sentirse en aquella sala, haciendo vibrar el aire a su alrededor como una onda sónica imparable que manaba inexorable de su cuerpo. El luminoso digisoul se hizo tan grande como aquella bóveda en cuestión de un nanosegundo. Y fue trasmitido por el D-Gauntlet a Shin en el siguiente.

    Al recibir tal poder, la interface roja de DORUgamon brilló, iridiscente, y su potencial dormido se manifestó por fin. Aquella data que fue sellada en la serie DORU durante los experimentos en las eras remotas—la potente fuerza vital de la Bestia, el "Dragón". Shin fue rodeado por el aura de un gran dragón que salía de su interface, mientras varios paquetes de datos—provenientes de los cristales de data de la montaña, en su mayoría—, se iban reuniendo a su alrededor. Era su poder oculto, el dragón que había visto en su sueño. O quizá, el que había visto en las sombras.

    Lo demás pasó tan rápido que la mente de Akira no pudo procesarlo. Cuando la hoz del Guardián estaba a punto de despedazar a Shin, este desapareció. En su lugar, el arma hizo añicos la pared de piedra que estaba detrás DORUgamon. En ese mismo momento, y sin saber porqué, Akira se encontraba en los brazos de Shin, en el otro extremo de aquella gigantesca bóveda.

    —Esto es... ¡esto es increible, Akira! ¡Me siento a rebosar de poder!—exclamó Shin mientras planeaba a una plataforma de piedra cercana.

    Shin rebosaba de energía, por lo que Akira podía dilucidar con la conexión mejorada de su lazo, como si todo el cansancio que sentía un instante atrás nunca hubiese existido al siguiente segundo. Tras dejar a su tamer en la seguridad de otra plataforma de piedra, bastante alejada de donde estaba el Anubis, DORUgamon volvió a cargar contra el Guardián.

    Envuelto en una incandescente flama de fuego azul con forma de dragón, Shin se aproximó a su enemigo a velocidad vertiginosa. El Guardián intentó aplastarlo con sus manos, soltando las pesadas hoces que hicieron un estruendo al caer y levantaron una enorme nube de polvo y piedras, pero la fuerza de la energía que envolvía el cuerpo de DORUgamon repelió el ataque, haciendo que las manos del Guardián se separan unas de otras como si fueran imanes de una misma carga.

    Akira podía ver una enorme cantidad de paquetes de datos envolviendo el cuerpo de DORUgamon ahora, aun cuando se encontraba forcejeando con el Anubis. El dolor que sentía a través de su lazo con Shin, el que le producía aquella evolución a su digimon—y por ende, a él, aunque Akira creía que el lazo solo transmitía una ínfima parte de lo que estaba sintiendo el otro—era insoportable.

    El paquete de datos continuó creciendo. Los números que mostraba la pantalla holográfica del D-Gauntlet aumentaban más y más, superando por mucho los parámetros normales que necesitaba un digimon para evolucionar en la etapa perfeccionada. La data alrededor de Shin terminó por repeler por completo al Guardián, haciéndolo retroceder y estrellarse contra una de las paredes de roca que tenía tras de sí.

    La data alrededor de Shin se convirtió en una capa ovalada de color azul celeste que lo envolvió, tomando la forma de un huevo. Una nueva capa de información, de color más oscuro, cubrió a la anterior, y aquel proceso repitió varias veces, con capas cada vez más grandes y de tonalidades más oscuras del azul, incrementando el tamaño del huevo que ahora envolvía a Shin. La última capa de la “cáscara” era de un incandescente color azul naval, similar en color y brillo al digisoul de Akira, y en el exterior del huevo tres círculos de digicode, que Akira logró traducir como “Evolución”, orbitaban alrededor de éste cual anillos planetarios. Al cabo de un instante, aquél huevo era tan grande como el Anubis, aún consumiendo más y más paquetes de datos, y en ese momento dejó de crecer. Y eclosionó.

    ***​

    La montaña Board se estaba desmoronando como consecuencia de la brutal batalla contra el Guardián. A medio camino subiendo por la rampa, WereGarurumon encontró un agujero en la pared que daba justo a las escaleras inferiores del exterior de la montaña. Aprovecharon aquel atajo cuando vieron el negro Digi-Beetle aparcado en la distancia, unos cuantos kilómetros más allá.

    Mientras el licántropo corría lo más rápido que le permitían sus piernas y sus heridas, cargando tanto a Hiei, su tamer, como a Ulli y a su Mametyramon—aunque este último en realidad pesaba más bien poco—, la montaña empezó a vibrar ominosamente. Si hubiese sido un volcán se diría que iba a entrar en erupción, pero no lo era, y eso preocupó al WereGarurumon.

    —¿Pero qué clase de plan se le ocurrió a Akira?—preguntó, preocupada, Ulli.

    —Supongo que fue la mejor idea dejarlo solo—dijo Hiei con reluctancia. WrereGarurumon sabía que su tamer no se sentía del todo cómodo con dejar al tal Akira por su cuenta.

    —¡Maestro, Señorita Ulli, por favor sujétense fuerte!—exclamó el WereGarurumon antes de tomar impulso para saltar.

    El saltó fue bastante alto—y destruyó los escalones que había usado WereGarurumon para impulsarse—, pero les ayudó a cubrir un terreno considerable para acercarse lo más que pudiesen al Digi-Beetle. Tras de sí, ominosas nubes de tormenta se arremolinaban sobre la cima nevada de la Montaña Board. Ahora, incluso las montañas aledañas estaban temblando y desmoronándose. La batalla que el tal Akira y su digimon sostenían contra el Guardián era una superaba sus ligas considerablemente.

    Tan pronto el WereGarurumon se acercó al Digi-Beetle, Hiei presionó un botón del DS3-Hind y la cabina del vehículo se abrió. El tamer rápidamente entró en ésta y abrió las compuertas traseras del Digi-Beetle, para permitir la entrada de sus digimon a la zona de carga.

    —Cualquiera que sea la clase pelea que estén llevando a cabo, ya no podemos hacer nada—escuchó el WereGarurumon decir a su tamer—. A partir de aquí es cuando comienza nuestra propia misión.

    Sin embargo, WereGarurumon no podía evitar sentir un mal sabor de boca. Le sentaba mal haber abandonado al tal Akira a su suerte, sobre todo cuando aún le quedaban fuerzas para pelear. Antes de que la compuerta del Digi-Beetle se cerrase, WereGarurumon juró silenciosamente que algún día le devolvería ese favor, para restaurar su honor de guerrero. Y también, que lucharía contra el digimon que Akira había criado, el cual sin lugar a dudas era un rival a tener en cuenta.

    Mientras el Digi-Beetle se alejaba a toda velocidad de la Montaña Board, la realidad comenzaban a resquebrajarse a su alrededor.

    ***​

    Cuando la “cáscara” del huevo se “rompió”, el digimon que emergió de ésta era un titán imponente. Con la apariencia de un dragón humanoide que emitía un aura poderosa, capaz de aplastar con su sola presencia a aquellos que carecían de la fuerza necesaria para hacerle frente. Era el mismo digimon que luchaba a su lado en su sueño. Recordaba bien su nombre: DORUgoramon.

    Mientras el digimon evolucionaba, Anubis no había perdido el tiempo y había recuperado sus hoces, estando listo para el siguiente round de la batalla. Ejecutando su técnica especial, las navajas de sus hoces se recubrieron con fuego carmesí mientras el Guardián embestía a velocidad vertiginosa a la evolución de Shin, dispuesto a trocearlo con un par de movimientos. Pero DORUgoramon era un digimon muy poderoso—lo recordaba bien, había visto su poder en la batalla de sus sueños.

    Shin detuvo el ataque del Guardián con sus garras desnudas y, para sorpresa tanto de Akira como del Guardián, trituró las hojas de las hoces, aún envueltas en llamas, con solo apretarlas. Sin ningún esfuerzo aparente y sin sufrir el más mínimo daño. En sus ojos había un instinto asesino, pero el DORUgoramon miró al Guardián con furia indiferente. Las garras de DORUgoramon se inmolaron en potentes llamas que emanaron de su cuerpo como una erupción volcánica. Aquellas llamas eran tan calientes que Akira podía sentir el calor aún estando en el otro extremo de la bóveda.

    Y, emitiendo un grave y poderoso rugido, empezó la carnicería. Abalanzandose salvajemente sobre su presa, DORUgoramon destajó al Guardián con sus garras incandescentes, destruyendo fácilmente la armadura de metal que a WereGarurumon tanto trabajo le había costado simplemente mellar. Anubis dejo escapar alaridos de dolor mientras las garras de Shin fundían su piel metálica y le arrancaban parte por parte, extirpando sus cables y otras piezas internas, generando múltiples explosiones a través de su cuerpo, hasta que el Guardián finalmente colapsó. En ese momento, Akira recordó el movimiento final de aquel ataque—cuyo nombre también recordó, Brave Metal—. Justo un instante antes de que DORUgoramon liberase todo el fuego acumulado en sus garras a modo de lanzallamas, Akirá logró activar su D-Shield a máxima capacidad.

    Luego, solo sintió la onda de choque mientras un fulgor lo encandilo. Lo siguiente que vio fue el exterior de la Montaña Board, salvo que se suponía que aún debería seguir dentro de la montaña. Las paredes, la boveda, todo... la montaña simplemente se había reducido a una nube de polvo, aunque la parte donde DORUgoramon y el Guardián habían tenido su último enfrentamiento se había derretido, convirtiéndose en una sustancia similar a la lava.

    Al igual que Yzarc, la legendaria Montaña Board ya no existía más. Del Anubis, no quedó ni rastro. Akira había destruido tres testamentos históricos del Mundo Digital en menos de un día. «Todo un verdadero record», suspiró con desaliento el joven.

    El dragón se volvió hacía su tamer, al parecer ya tranquilo. Sus garras ya habían dejado de arder, y aunque sus ojos aún tenían ese brillo feroz, la sed de sangre había desaparecido.

    —Lo logramos, Shin—dijo Akira con una cansada sonrisa. El gigantesco digimon lanzó un rugido de triunfo como respuesta.

    Akira lo escaneó con el D-Gauntlet para ver que podía averiguar de esa nueva forma de Shin, y se desanimó al ver los resultados que lanzaba el aparato. Además de los datos básicos solo había una línea de texto que ponía “espécimen inexistente”. El analizador del D-Gauntlet había sido de poca utilidad ese día.

    — Realmente quería saber más de la especie en qué te has convertido…—suspiró el joven.

    Entonces, un pop up holográfico emanó del D-Gauntlet. “DORUgoramon, un digimon nacido de la imaginación del digicore.” Akira sonrió. Ya era la segunda vez que su D-Gauntlet actuaba de esa manera tan extraña. La primera había sido con Boltboutamon... ¿Acaso eso significaba algo más?

    —Vamos, Shin. A Rotarl. Por fin hemos terminado con nuestra misión acá...—dijo, tratando de no hacer caso a pensamientos ominosos.

    DORUgoramon tomó a su tamer en una de sus garras, lo más suave y delicadamente que pudo, y luego emprendió vuelo a la amurallada Rotarl. Pero Akira no había olvidado lo que le había dicho Hiei. Aunque en ese momento le costaba bastante imaginar que la Armada del Panteón tuviese problemas con un ejército de tamers, por más avanzada tecnología que tuvieran, se preparó mentalmente para encontrar las murallas de la ciudad sitiadas.

    Y para verla a ella. A Maaya.
     
  4. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Chronicle 14:
    CONFRONTATION

    La puerta de la aduana era ahora un cuartel improvisado. Los guerreros Sentinels estaban apostados en este flanco ya que gran parte de la armada invasora se dirigía hacia ésta puerta, la más débil de todas. Si la puerta caía, Rotarl estaría perdida. Un grupo de seiscientos monstruos vigilaban las puertas de roca, siendo estas la retaguardia y última esperanza de los Sentinels en caso de las cosas salieran mal. Un segundo grupo, compuesto por al menos mil monstruos, protegía el paso a las Puertas Gloriosas, que estaba en el flanco izquierdo del Túnel del Tren y sería uno los puntos de batalla más cruciales. Si los invasores lo tomaban, Rotarl estaría pérdida. Era imperante que los Sentinels los detuvieran allí sin importar el precio.

    Y un tercer grupo, compuesto por al menos dos mil digimon y dirigido por el mismísimo capitán Hanumon, estarían a la vanguardia. El capitán Hanumon era reconocido por su bravura y por ser uno de los mejores Sentinels. Quizá el mejor de todos ellos. Su rostro estaba cubierto por una máscara de estoicismo. Estaba preocupado como el que más—sus efectivos eran una cifra ridícula al lado de la que parecía ser la de las fuerzas invasoras, al menos unas seis mil—, pero él tenía que demostrar que todo estaba bajo control, de lo contrarío afectaría la moral de sus hombres.

    Todos los Sentinels, salvo aquel Bitmon mensajero, y los que estaban en las Torres, estaban ahora en aquella improvisada armada. Y su grupo constaba de varios Bitmon, Starmon, Angemon, Centalmon y Gladimon, que cabalgaban sobre salvajes Akatorimon y Cockatorimon.

    Omekamon, el mismo que había acompañado a Akira y DORUgamon durante su viaje por las islas Protocol, y un Lighdramon, eran los comandantes de los Sentinels. Omekamon se acercó al capitán. Estaba muy nervioso al ver a la fuerza enemiga avanzando.

    —Estamos perdidos... —suspiró el capitán, hablando lo más bajo posible para que solo el Omekamon lo oyese—. Nosotros los Sentinels, no tenemos la fuerza militar suficiente para detener a una armada como esta...

    —No se preocupe, Capitán—dijo Omekamon, tratando de dar el aire más optimista que pudo—, estoy seguro de que Rotarl no caerá esta noche...

    ***​

    Fu Su se encontraba meditando en su cámara privada, un cuarto algo austero pero decorado con hermosos tapices, biombos y tapetes traídos del Continente Directory, y cortinas de suave seda traídas de la lejana tierra oriental llamada Hasee—que no estaba muy seguro de si se trataba de una isla o un continente—. Afuera, el cambio brusco del día a la noche, como si se tratase de una cortina cerrándose a gran velocidad, dejó a su paso un hermoso paisaje de casas de tejados ya fuesen blancos o dorados o plateados, que refulgían como si se tratara de un mar de refulgentes estrellas, tan brillantes como las estrellas que ahora titilaban más allá de las nubes y los circuitos y patrones electrónicos que decoraban los oscuros cielos del Mundo Digital.

    Fu Su se consideraba privilegiado ese día, pues aquél cuarto se encontraba en el Palacio de Seraphimon, y con su calidad de “Elegido”, a él y a Qian, el Patamon que era su digimon compañero, les trataban como reyes. Y aún así, no podía evitar sentirse intranquilo.

    —Te siento algo preocupado, Fu Su—dijo Qian, quien no podía concentrarse en su meditación, dando vueltas de aquí para allá, y yendo a cada nada al minibar que tenían en la habitación y que estaba repleto de golosinas. Aunque ahora quedaban muchas menos de las que estaban allí cuando se instalaron en esa habitación.

    —Y lo estoy—contestó Fu Su, en estado de meditación contemplativa, o eso creía él—. Informé al señor Seraphimon que hoy llegará un ejército de invasores, pero el general de la Alta Guardia de Rotarl, Alain, dice que en base a sus estimaciones, eso no pasará...

    Había tenido ese sueño todos los días durante la última semana. Un ejército compuesto en su mayoría por digimon de la oscuridad, que salía de las Montañas Pixeladas cual plaga de langostas y se abalanzaba sobre Rotarl. La parte que más le preocupaba de su sueño era que, pese a los valientes esfuerzos de la Armada del Panteón por evitarlo, la Ciudad Sagrada al final ardía en llamas y se consumía. Y que los digimon de la oscuridad eran dirigidos por humanos trajeados de negro. Humanos que se habían vendido al poder de las sombras, sin duda alguna. Aquello era muy inquietante, pues las leyendas y profecías que aprendió durante su larga estancia en el templo de la ya lejana Isla ROM nunca hablaron de humanos sirviendo al mal.

    —El que manda es su Ilustrísima Seraphimon—respondió Patamon, con tono prepotente e inflándose como solía hacer cuando se enfadaba—, no ese Justimon engreído.

    —Desafortunadamente, Alain está a cargo del ejército y no el señor Seraphimon...—suspiró desanimado Fu Su. Por más que trataba de concentrarse no podía hacerlo. Tenía un mal presentimiento—. Mejor terminemos con esto y vamos a dar una vuelta en la ciudad. Quizá así pueda despejar mis pensamientos.

    Se hincaron ante un altar de cristal empotrado en una de las paredes de la habitación, que tenía figurillas que representaban a los Siete de la Alianza y un enorme árbol de nueve ramas colocado en el centro, en su liza superficie blanquecina. Comparándolo con las figuras, el árbol parecía ser colosal. Las figuras que representaban a las Cuatro Bestias Sagradas se encontraban dispuestas de forma tal que cada posición correspondía al punto cardinal que dicha Bestia representaba, mientras las de los Tres Arcángeles se encontraban cada una sobre un pequeño pedestal circular conectado con las raíces del árbol. En cada círculo había escrito un texto en digicode pequeño que se refería a un periodo de tiempo, aunque Fu Su no podía adivinar a que haría eso referencia. Bajo el circulo de Cherubimon, que era de color azul celeste, ponía “Pasado”; el de Seraphimon, de color amarillo dorado, ponía “Presente”; y el de Ofanimon, de un rojo casi rosa, ponía “Futuro”.

    Aquella imagen le daba una increíble paz mental, y no estaba seguro del porqué. De hecho, creyó haber visto un árbol colosal, de frondosas ramas verdes que tocaban las nubes y nudosas raíces que se enterraban en los suelos de una misteriosa isla más allá de los mares, en uno de sus sueños.

    Su paz espiritual fue interrumpida cuando una voz les llamó.

    —¡Elegidos, rápido, suban a mi lomo!—dijo apresuradamente un Pegasmon, de voz juvenil. Se encontraba en la terraza de la habitación y por su agitación, al parecer había estado volando a toda velocidad para ir a verlos.

    —¿Qué sucede…?—preguntó Fu Su, mientras se incorporaba lentamente y giraba en dirección de su interlocutor. Patamon aterrizó suavemente sobre su cabeza en ese instante.

    —Un Sentinel alertó a la Guardia de Rotarl de una invasión inminente—contestó el Pegasmon, visiblemente preocupado—, y el Gran General Alain me envió a por ustedes.

    —En ese caso, creo que deberíamos irnos ya—masculló Qian.

    Fu Su presionó un botón de su D-Vertex, el cual liberó una fina capa de paquetes de datos que lo envolvieron y al cabo de unos segundos se habían transformado en una armadura de laminillas de color dorado, sin yelmo, perfectamente equipada a su cuerpo. El estilo de esa armadura era el tradicional de la histórica dinastía Han China, un pectoral de escamas de Gold Chromoid suspendido sobre los hombros con cordones de seda, y un faldón del mismo material que no llegaba más debajo de los muslos. Tenía además brazales y hombreras hechas de laminas más ligeras, hechas con el mismo Chromoid. Dragones grabados en rojo parecían moverse entre las laminillas doradas de su peto cuando él caminaba. Portaba en la cintura la espada que era su reliquia familiar (reparada con el mismo metal) con orgullo.

    El Chromoid era un metal derivado del Chrodigizoit al igual que el Chrome Digizoid, pero a diferencia de éste no era un súper metal. Es más, en cierto modo no era siquiera del nivel del Chrodigizoit. Esta falta en calidad la compensaba con una increíble maleabilidad: el Chromoid tenía un código que podía ser fácilmente modificado para darle propiedades especificas que no se podría conseguir de otra forma. La capacidad del Gold Chromoid era que podía acumular increíbles cantidades de poder sagrado de forma acomulativa. Era una especie de batería de energía sagrada.

    Sin perder más tiempo, Fu Su subió al lomo del estresado Pegasmon casi trotando, llevando a Qian todavía montado en su cabeza. El pegaso voló a toda velocidad fuera del Palacio de Seraphimon y en un visto y no visto cruzó media ciudad en dirección a los Cuarteles Generales de la Armada del Panteón, que estaban ubicados en la primera plaza de Rotarl. A esa hora la ciudad no era tan activa como en el día, pero había algunos digimon de costumbres nocturnas en las calles y por ende algunos establecimientos aún se encontraban abiertos—de hecho, algunos parecían solo abrir en la noche y otros tantos parecían funcionar día y noche de corrido—. Fu Su se encontró preguntándose si habría una zona roja en Rotarl, pero al siguiente segundo descartó la idea, avergonzado. ¡Por sus ancestros, estaba en una ciudad sagrada!

    También vio a algunos cuantos digimon despiertos, en las ventanas de sus casas o en las terrazas o azoteas, todas de blanco color y con elaborados tejados de arcilla roja. Se sorprendió al ver varios digimon de la etapa niño despiertos a esa hora, y a tan pocos digimon adultos. Según había leído, el nivel adulto era el estándar de la evolución digimon. Usualmente, casi todos los digimon evolucionaban a ese nivel, salvo que fueran muy débiles o descuidaran su entrenamiento; aunque usualmente estos últimos terminaban evolucionando en unos digimon deplorables en lugar de simplemente quedarse en el nivel niño. Aún así, la cantidad de los digimon de la etapa niño que deambulaba en la ciudad superaba casi por cinco a uno a los digimon adultos. Los digimon perfectos eran aún más raros. Solo uno de vez en vez, y al parecer todos formaban parte del regimiento de la Armada.

    El Cuartel General era un hermoso edificio de forma cuadrada, hecho de ladrillos blancos que parecían marfil, y estaba construido en lo que él reconoció como el estilo arquitectónico gótico báltico, con dos torres terminadas en agujas que estaban divididas en tres plantas, la inferior mucho más grande y gruesa que la superior. La entrada, una puerta de dos hojas tan grande que un Greymon cabría en ella con total libertad de movimiento, estaba hecha de Chrodigizoit y protegida por dos KnightChessmon, uno blanco y el otro negro, que lo saludaron llevándose el brazo al pecho, muy al estilo similar de los hermanos guerreros de la Isla ROM, una vez el Pegasmon lo hubo dejado en la puerta del edificio.

    Esperaron no más unos cuantos minutos en la entrada, un enorme jardín con hermosos árboles decorativos que habían sido podados para darles formas de digimon—reconoció a los Siete de la Alianza, a Justimon, al General Leo, y a otros digimon de los altos rangos en tales figuras, algunos en poses heroicas, y otros en poses más solemnes—, que se encontraba tras grandes murallas y rejas que terminaban en puntas con forma de cabezas de lanza, que separaban el jardín del resto de la ciudad.

    Al cabo de ese tiempo, un Bitmon apareció para guiarlos. Tras cruzar el umbral, el interior de aquel edificio le recordó a Fu Su el austero templo en el que estuvo en ROM. Los muros de la torre poseían varias ventanas de cristal de colores que parecían tener luz propia, con un bello entramado cristalino que reptaba por sus muros cual blancas y luminosas enredaderas. Una gran torre en el centro de un atrio cuya altura abarcaba tres de los cuatro niveles del santuario, con el último totalmente oculto a la vista de todos tras un techo de asfalto. Los dos pisos superiores se comunicaban al atrio por puentes, escaleras y rampas, ocho por nivel, conectando con los pasillos abiertos desde donde se veía a los soldados—KnightChessmon en su mayoría, pero también había Centalmon y Guardromon, y algunos PawnChessmon que corrían rápidamente de un lado a otro—, ir y venir.

    Al igual que en el templo de ROM, la torre era un elevador que los dejó en medio de un piso que era idéntico a los demás en apariencia, salvo que fuera de la torre no había puentes ni atrio. Era más bien una cámara en el centro de un amplio pasillo rodeado de puertas metálicas. El Bitmon les condujo a una de aquellas puertas, forjada con Gold Chromoid.

    Adentro estaba la sala de conferencias, tan austera como el resto del edificio y sin embargo imponente en su espartana elegancia, sin más decoración que ocho grandes estandartes de plata y oro dispuestos entre los pesados pilares incrustados de cristales, y que llevaban el símbolo de la Alianza: un círculo doble con cuatro puntas de flecha representando los puntos cardinales en el círculo exterior, con un triangulo que representaba los tres preceptos de Dios—Amor, Justicia y Sabiduría—en el circulo interior, y un árbol de nueve ramas en el centro.

    En ese lugar estaban reunidos todos los cabecillas de la Armada del Panteón, entre otros el Gran General Alain (un Justimon), el General Leo (un Panjyamon), el Coronel Bor (un GrappuLeomon, y un viejo amigo suyo), el Sargento Wynther (un Garudamon), y... Lin, que portaba su plateada armadura, similar a la suya pero más femenina en apariencia. ¡Ancestros, se veía radiante! Patamon le golpeó con una de las patas traseras para que dejara de ponerlos en evidencia. Todos lo miraban como a un niñato, mientras Lin sonreía pícaramente. ¡Lo estaba provocando! ¿Es que le gustaba que se burlaran de él? La Angewomon de la joven lo miraba con desaprobación.

    El Bitmon los dejó junto a ellos, en la mesa holo-proyector, y luego se retiró.

    —Qué bueno que han llegado amigos—dijo aliviado Bor—. Necesitamos movilizar a los Guardias rápidamente.

    —A estas alturas, los Sentinels serán destruidos en un abrir y cerrar de ojos—agregó Alain, algo pesimista. Y se suponía que él era el general, el que tenía que arengar a las tropas...

    —¿Dónde están los invasores?—preguntó Fu Su, con tono desenfadando. Se sentía en su salsa en este tipo de reuniones.

    —Los reportes indican que en el paso del sureste... —respondió Leo, algo mezquino, pues en cierto modo, le parecía reprochable la actitud condescendiente de los Grandes Ángeles con los humanos. Ya habían tenido problemas con él antes por ese tema.

    —Además se han detectado “sombras” cerca del túnel de la aduana—agregó Wynther, en tono de preocupación.

    —Ese lugar se dirige a las Puertas Gloriosas—concluyó Fu Su—, ¡Alain da la orden de que se preparen para cerrar las puertas!

    Las Puertas Gloriosas, ciclópeas puertas de Chrome Digizoid y otros materiales que decoraban con delicados patrones y runas para imbuirle con poderosos encantamientos protectores. Eran la entrada principal a Rotarl, en la región en la que las Montañas Pixeladas se hacían una con las Praderas del Viento, de un modo que Fu Su no podía comprender porque no era así como naturalmente las montañas se unían con los valles en la Tierra.

    —¿¡Y quién rayos te crees para venir a darnos ordenes, humano!? ¡Aprende tu lugar!—rugió en ese momento Leo. Sus ojos lo fulminaron con una mirada tan fría como el hielo.

    Fu Su se quedó pasmado. Jamás había visto a un digimon actuar con él de esa manera en todo el tiempo que había estado en el Mundo Digital. Usualmente siempre le trataban con deferencia por ser un Elegido de la Profecía. Lin estaban tan sorprendida como él. Los demás digimon se quedaron callados, mirando a otro lado. El tal Leo debería de ser alguien muy poderoso en la Armada para provocar tal reacción.

    —Normalmente diría lo mismo que tu, Leo, pero esta vez creo que este humano tiene razón—respondió Alain con tono desdeñoso.

    Alain tampoco confiaba en los humanos, eso lo sabía muy bien desde su anterior entrevista con Seraphimon. ¡Por todos los cielos! Se suponía que él era el Elegido de la Profecía, ¡su salvador! Le debían como mínimo respeto, si es que no le iban a dar guirnaldas y a hacerle reverencias, como hacían los digimon ángeles siempre que le veían. Y ellos lo trataban como si fuera el excremento de una bota. Bueno, él y Lin, pero era con él quienes ellos se sobrepasaban. Bonita forma de agradecer sus esfuerzos.

    —Ahora, deberíamos discutir la táctica—dijo Fu, tratando de mantener la compostura. Había una guerra que ganar.
    —¿Con qué datos?—resopló Leo—. ¿Con los datos inexactos, producto de los delirios mesiánicos de sus “visiones”...?

    Los demás le miraban con los ojos abiertos como platos. Al parecer ellos reprochaban su actitud. Bien, al menos los otros le trataban con el respecto que se merecía por ser un Elegido.

    —Así es. El Señor Seraphimon confía plenamente en mis visiones—respondió Fu Su, visiblemente ofendido. Sintió un dolor en su mano y en ese momento se percató de que estaba apretando la empuñadura de su espada con gran fuerza.

    Alain se mostró escéptico y Leo hizo una mueca desdeñosa. Sin embargo Bor, Wynther y Lin, aplaudieron la idea. Si Seraphimon y los demás generales se ponían de su lado, a Alain y Leo no les quedaba de otra, tuvieron que ceder y apoyar. Tras rápidas decisiones y un plan a medio elaborar—no tenían mucha información de qué era lo que estaba pasando realmente—, los comandantes salieron y convocaron a la Guardia de Rotarl, que les esperaba en la explanada de la fortaleza. El ejército de los Tres Arcángeles era muy numeroso y se decía que solo era superado por el ejército de los Royal Knights en cuanto a poderío militar se trataba; Alain se subió a un gran podio, y habló a sus hombres de esta manera.

    —¡Poderosos guerreros! Una gran batalla se avecina. Rotarl, la Capital Sagrada, está a punto de ser invadida por una horda de villanos, que quieren volver a la era del caos y el desorden que hubo antes del gobierno de la Alianza. El Señor del Odio intenta extender su maldad por todo el mundo y extinguir el faro de luz y esperanza que nosotros representamos. En esta crisis, espero que pueda perdonárseme si no me extiendo mucho al dirigirme a ustedes hoy. Nosotros representamos el Orden y la Paz. La Civilización y la Justicia. Estamos de parte del Dios de la Luz, y ellos tratan de acabar este bastión de la Luz, y sumir a nuestro mundo de nuevo en la oscuridad de la ignorancia.

    »Hace mil seiscientos años, nuestros grandes héroes, los Siete de la Alianza, hicieron nacer en este mundo una nueva nación concebida en la libertad y consagrada al principio de que todos los monstruos son iguales. Ahora, estamos ante una horda que pone a prueba si esta ciudad, la base y estandarte de nuestra civilización, puede perdurar en el tiempo. Estamos reunidos en un gran campo de batalla. Hemos venido a consagrar está ciudad, y nuestra forma de vida, y hacer que perdure eternamente. Es absolutamente correcto y apropiado que hagamos tal cosa.

    »Y ustedes se preguntaran, ¿Cuál es nuestra aspiración? Puedo responder con una palabra: Victoria. Victoria a toda costa, victoria a pesar de todo el terror; victoria por largo y duro que pueda ser su camino; porque, sin victoria, no hay supervivencia. Tengan esto por cierto; no habrá supervivencia para todo aquello que la Sagrada Alianza ha defendido, no habrá supervivencia para el estímulo y el impulso de todas las generaciones, para que los digimon avancen hacia su objetivo, si Rotarl cae hoy. Ustedes son la última esperanza de este mundo... de ésta Era. Vamos a salir a luchar, y volveremos con la victoria. ¡POR ROTARL!

    Al gritar de esta forma, todos los Guardias lanzaron un rugido a coro, que se escuchó como el clamor del trueno en las nubes de tormenta. Y los monstruos salieron en filas de la ciudad, y se pusieron frente a las ciclópeas murallas, y tras ellos las “Puertas Gloriosas” se cerraron con un gran estruendo.

    Pero aún después de ese discurso, Alain sabía que estaba siendo manipulado por un humano que poco o nada sabía de la guerra. Él mismo sabía que estaba condenando a sus hombres a la muerte segura, pero Lord Seraphimon confiaba ciegamente en ese humano, y Alain tenía sus órdenes.

    Para Alain, aquellas palabras que habían dicho eran tan vacías como las esperanzas que le quedaban a Rotarl de pasar la noche. Decidió entonces enviar a unos cuantos Burgemon, que eran los que repartían las provisiones, a que les dieran unas cuantas viandas a sus soldados. Al ver la confusión en muchos de ellos, Leo, que se encontraba junto a él—y compartía su misma opinión—, dijo con su habitual arrogancia.

    —¡Comed bien ahora, porque esta noche, cenaremos juntos en el Área Oscura!

    La organización de los ejércitos de la Alianza era la siguiente.

    Fu Su, en su resplandeciente armadura y Qian, en su forma de HolyAngemon, frente a las enormes puertas de metal, dirigían a dos mil monstruos de la Vanguardia Celestial, compuesta por la élite de los ángeles, y frente a ellos la Primera Brigada de Campeones de Rotarl, dirigidos por Alain, con dos mil monstruos mas, siendo en total cuatro mil los monstruos que cuidaban las Puertas Gloriosas.

    En los costados se ubicaban las tropas más ligeras de la Guardia de Rotarl, ocultas tras las rocas; en la ladera del éste, dos mil monstruos de la Segunda Brigada de Caballería Sagrada, comandada por Lin, la de la hermosa armadura plateada, e Isilwen la Angewomon. La chica cabalgaba en un Hippogriffomon. Mientras, en la ladera del oeste se encontraba la Tercera Brigada de Guardianes del Aire a cargo del Sargento Wynther.

    Finalmente, en la ladera del éste, pero más alejados de las Puertas Gloriosas, se hallaban perfectamente escondidas la Cuarta y Quinta Brigadas de Guardianes de la Tierra, dirigidos por el Coronel Bor y el General Leo.

    En total diez mil digimon, algunos situados frente a las Puertas Gloriosas, otros en las laderas y dos mil de ellos preparados para la emboscada. La táctica era bastante básica. Los invasores al ver solo una fracción del ejército cargarían sin más contra la Brigada de Campeones de Rotarl; después, la Caballería Sagrada y los Guardianes del Aire atacarían por los flancos y a continuación la Vanguardia Celestial cargaría contra los generales enemigos. Así los invasores tratarían de replegarse e incluso huir, y en ese momento las dos Brigadas de Guardianes de la Tierra les cerrarían el paso; de ésta forma el enemigo quedaría completamente rodeado y la victoria asegurada.

    El plan parecía bueno. Salvo por la pequeña variable de que no sabían el número ni el poder del enemigo que los estaba atacando, ni siquiera cual era su formación de ataque. El plan se había basado enteramente en las “visiones” de Fu Su, que según Lord Seraphimon eran siempre acertadas, y según Lord Cherubimon todas esas visiones tenían siempre probabilidades muy altas de ocurrir. A Alain, que se consideraba un hombre práctico, le gustaba más basarse en hechos que en simples probabilidades para dirigir a su ejército. Pero, tenía sus órdenes. Un soldado no es nada si no cumple sus órdenes.

    Pasaron algunos minutos de angustia, quizá diez, quizá quince, donde no ocurrió nada. La tensión era tal que podría cortarse con un cuchillo. Los digimon cuadrúpedos reculaban y daban coces al suelo, y los humanioides se retorcían las manos y hacían muecas de confusión y miedo—sobre todo aquellos que se habían enterado de cómo se habían planeado las cosas—, y se reconfortaban los unos a los otros. Y entonces avistaron a los enemigos. A las hordas de enemigos, mejor dicho.

    Cientos, no, quizá miles de Raremon, Meramon, Garurumon y Fangmon, y en el cielo varios Kuwagamon y Flymon cubriendo el firmamento como una nube negra de destrucción y muerte. Todos infectados por la onda de oscuridad del Señor del Odio, según las lecturas de los aparatos. Tras ellos varios digimon de la oscuridad, en su mayoría Devimon, Evilmon y Devidramon, aunque también había Megadramon y Gigadramon, e incluso algunos Okuwamon y Pteranomon. Y en el suelo varios Ogremon, Fuugamon, y Boogiemon, y más digimon de la oscuridad, y también Growmon, Monochromon, Tyranomon, Greymon—incluyendo algunos individuos de las nuevas variantes azules—y Dinohyumon y unos cuantos Allomon y Vermillimon guiados por poderosos Triceramon. Y estos últimos no se encontraban controlados por el Señor del Odio.

    Y entonces vio la razón de porque digimon que parecían tener voluntad propia estaban apoyando a un digimon de la oscuridad. Pues el enorme cuello de Lord Ultima, aquel UltimateBrachimon que se había revelado en contra de la Alianza, se acercaba hacía ellos. Ese era su temible ejército de dinosaurios, que tantos problemas les dio en la batalla del Valle Vert. Y delante suyo lo que parecían ser tanques de batalla venían rodeados de otro ejército de digimon, compuesto igualmente por digimon que no estaban controlados por el poder oscuro del Señor del Odio: Tyranomon, Monochromon, Garurumon, Kabuterimon, Snimon...

    La armada oscura era impresionante, pues parecía una marea de energía negativa.

    Alain vio a Fu Su activar su D-Vertex y apuntar hacia la horda enemiga, y el resultado se vio pronto. Nueve mil efectivos del ejército negro. Sin embargo, el dispositivo también detectó la presencia de humanos. Qian se preguntó por qué los humanos ayudaban a aquellos seres oscuros.

    —No lo sé, pero si están aliados con los servidores del Señor del Odio...—respondió Fu Su, dudando solo un instante—. No habrá misericordia para ellos. Cualquiera que esté del lado del poder de las tinieblas debe ser destruido.

    Al menos tenía valor. Eso tenía que reconocérselo. Alain esperaba que solo el valor sirviese para ganar esta batalla.

    ***​

    En las filas de los Digimon Busters, Golem se bajaba de su oscuro Digi-Beetle. Había convocado a una reunión con sus oficiales. Los comandantes de la “Hueste del Terror” del Señor del Odio, los líderes de campo del Ejército de Liberación de Britconnia y los capitanes de los Digimon Busters se reunieron frente a él. Dark Scream el Vamdemon y Shadow Claw la LadyDevimon eran los comandantes superiores de la Hueste, un par de Triceramon y un MasterTyranomon fungían el mismo rol con los dinosaurios de Lord Ultima, mientras Olympia, Peloponesus, Odysseus y Circe eran quienes se encargaban de dirigir a los demás Busters.

    Golem ordenó a los comandantes de la fuerza invasora, Dark Scream y Shadow Claw, atacar de frente con sus monstruos, mientras él y los Busters se preparaban para una segunda carga contra la Guardia de Rotarl. Los digimon dinosaurios se unirían a los Busters en ese asalto.

    –Pero, señor Golem—objetó Circe, una de las Busters más novatas, solamente promovida al rango de Spartan por la necesidad de comandantes para esta batalla—. Si arremetiéramos contra ellos con toda nuestra fuerza de una sola vez, los aplastaríamos en poco tiempo.

    —Aproximadamente cuatro mil efectivos esperándonos, si los datos de este cacharro son de fiar—respondió Golem, bastante confiado, dando un par de palmaditas a su Digi-Beetle—. No sé por qué clase de tarado me están tomando, o si es que su general entrenó jugando al Warcraft.... Esto me huele a una emboscada. Tal y como lo previó Lord Zeus, es bueno tener una fuerza de reserva. La Hueste del Terror es autosuficiente, ya que tienen a su horda de digimon “salvajes”. Ellos atacaran primero, y nosotros después. Esto los distraerá, al menos, hasta que Lord Zeus decida venir a dar el golpe de gracia.

    —Enviaremos a los salvajes sin ninguna restricción, para que se confíen creyendo que esa es toda nuestra fuerza, y que somos “salvajes” que carecemos de inteligencia o estrategia—dijo con regocijo el Vamdemon; al parecer, la Alianza pensaba así de todo el que no era parte de su “alianza”—. Ni siquiera tendremos que enviar a nuestros pesos pesados de la Hueste sino hasta el segundo asalto. Los tendremos en la palma de las manos antes de amanezca...

    Tras asentir a sus órdenes y hacer un escueto saludo militar, los cuatro capitanes Busters regresaron a su Digi-Beetles, y comenzaron a darles instrucciones a sus respectivas escuadras. La Hueste del Terror avanzó a paso ligero, con los salvajes en punta de flecha como carne de cañón, y en pocos minutos aparecieron frente a las filas de la Guardia de Rotarl.

    ***​

    Un Angemon le comunicó a Fu Su la cercanía de los enemigos. Él activó su intercomunicador y se dirigió a los demás oficiales de la Guardia. Estaba emocionado, esta sería la primera vez que participaba en una guerra como comandante. El honor que le hacía el señor Seraphimon era enorme.

    —Seguro ya observaron que el enemigo ha cargado contra nosotros, tal como lo esperábamos... —dijo, expectante y muy seguro de su plan— Ya saben qué hacer, cambio y fuera—le guiñó un ojo a Holy Angemon, quién le devolvió una sonrisa desenfadada.

    —Es usted el Rey de lo obvio, su “Excelentísima Majestad”—respondió Leo con un ácido sarcasmo—. Cualquiera con dos ojos en su cara no podría verlos...

    Alain paró en seco tal insubordinación—así lo vio Fu Su, al menos—. Inmediatamente ordenó a la Brigada de Campeones que formaran una barrera. Los ochocientos Knightmon alinearon sus escudos y espadas, a sus flancos se hallaban seiscientos RookChessmon blancos que agacharon sus cabezas metálicas, amenazando con sus poderosas torretas y cañones. Tras ellos otros seiscientos KnightChessmon blancos estaban listos para saltar sobre el enemigo.

    Una vez la Hueste del Terror estuvo a corta distancia, los comandantes ordenaron cargar contra la Guardia de Rotarl. Una avasallante “marea” de digimons salvajes corría hacia el centro del Ejército de los Ángeles. Al grito de “POR ROTARL”, los Knightmon avanzaron. La “Marcha Hoplita” era una de las tácticas especiales de la Guardia de Rotarl.

    Los Knightmon marcharon en formación cerrada con los escudos pegados y las espadas sobre de éstos. La Hueste del Terror embistió, pero ellos resistieron el ataque sin detenerse. Los RookChessmon que estaban a los costados cargaron en formación cerrada con los cañones al frente, disparando toda su artillería pesada, para después abrir su formación y así poder maniobrar con facilidad. Los KnightChessmon corrieron a toda velocidad y una vez cerca de los Knightmon, que avanzaban a paso lento, dieron un salto para caer sobre el enemigo. La Hueste del Terror estaba contenida, y Dark Scream dio la orden de reagruparse. Por el éste, la Segunda Brigada de Caballería Sagrada y por el oeste la Tercera Brigada de Guardianes del Aire, salieron detrás de los picos de las montañas y se abalanzaron contra los invasores, que al verse superados en número comenzaban a replegarse. O al menos, así lo hacían los digimon oscuros, pues los salvajes se quedarían para luchar hasta que los aniquilaran.
     
    Última edición: 14 Nov 2017
  5. Zaratustra

    Zaratustra

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    La verdad que tu serie es impecable. Todavía no he llegado hasta los últimos capítulos pero estoy fascinado.
     
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    Zeromaru X

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    En cual vas?
     
  7. Zaratustra

    Zaratustra

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    Cap 3 XD los comienzos jaja aún me falta bastante, tengo poco tiempo para leer, pero siempre que puedo avanzo un poco.
     
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    Zeromaru X

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    Bueno, el fic es un tanto largo, además... xD (aunque mi beta reader dice que debo explayarme más, que me hace falta ser más "descriptivo" en ciertas cosas, xD).

    So, realmente ve a tu ritmo.
     
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  9. Autor
    Zeromaru X

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    Chronicle 15:
    THE BATTLE OF THE GLORIOUS GATES

    “El Mal que una vez fue desterrado, se alzará de nuevo; envuelto en las sombras cruzará la Barrera de los Mundos, y el odio corromperá a los que habitan en el Mundo Digital. Él, quien será llamado el Enemigo del Mundo, hará la guerra a los altos cielos y los Tres Arcángeles se armarán para la batalla. Los corruptos serán forzados a unirse a las huestes de las tinieblas, y junto a los demonios pondrán sitio a las mismas Puertas de la Gloria. ¡Temed!, pues la guerra entre los digimon no será contenida; los Hijos de Eva se verán arrastrados al torrente del conflicto, y todas las esperanzas se perderán en ellos. El mundo descenderá a las tinieblas y el Señor del Odio subirá a su trono; cobrará venganza sobre los mortales, y reclamará en las sombras su eterna esclavitud... ¿Quién entonces habrá de salvarse?”

    Tomado del Mural de la Profecía en Rotarl, fragmento del Capítulo IV: "La Tormenta del Odio", según la traducción de Balzac el Wisemon, en el año 5,000,000,029 de la Tercera Edad del Mundo Digital.

    ***​

    Maaya acababa de cumplir los once cuando, por azares del destino, se le otorgó el cupo para estudiar en el Instituto Neo Arkadia, aquella escuela para gente súper dotada. Es decir, para gente mucho más inteligente que ella. Su familia era una de las más influyentes del Japón. Su padre era ministro de la Dieta, y la señora Hida, su madre adoptiva, era la heredera de una empresa de textiles muy famosa en el mundo. Aunque Maaya no quisiera estudiar en el Neo Arkadia, porque no solo no se sentía cualificada para una escuela de tal nivel, sino además porque tendría que abandonar a todos sus amigos, sus padres insistieron, ya que conseguir ese cupo era muy exclusivo y muy pocos podían conseguirlo así fuese pagando, menos recibirlo como regalo.

    A regañadientes aceptó. Lo único bueno de todo eso fue que pudo ver a su hermana menor, Miyuki, a la que no veía desde que sus padres se había separado y Miyuki se había ido a vivir con su madre varios años atrás. Por alguna razón que ella no conocía del todo, a Miyuki también le habían regalado el cupo para ir a estudiar al Neo Arkadia—lo que a su hermana le convenía bastante, pues el colegio le pagaba una pensión bastante substanciosa para ayudar a su familia.

    Por más que el sacrificio hubiera valido la pena—y Dios sabía que lo valía, por el solo hecho de estar junto a Miyuki—, la vida en el Neo Arkadia había sido un infierno para Maaya. Aparentar algo que no era, haber perdido a todas las personas en quién confiaba—bueno, a casi todas; siempre estaba Miyuki—estudiar el triple para mantenerse en la media y no defraudar a sus padres... A Miyuki se le daba todo eso tan natural, la joven era una verdadera genio. Pero Maaya no. Y aquello la mortificaba. La única forma de sobrevivir en el hostil ambiente del Neo Arkadia fue volverse la clase de persona que más odiaba: hueca, banal, hipócrita.

    El día en que terminó el año lectivo, los directivos celebraron una fiesta para los estudiantes. Esa noche, durante el agasajo, Maaya quiso apartarse de sus “amistades” y dejar de lado la hipocresía y la falsedad que usaba como mascara casi todo el tiempo. Miyuki no estaba en el Neo Arkadia, había ido a celebrar las fiestas de fin de año con su madre—ya no se consideraba hija de esa mujer, aún cuando con Maaya fuese distinto, siempre serían hermanas—, así que no había nada que la atara a esa celebración, pero tampoco podía alejarse del Neo Arkadia. Sus propios padres aprovechaban su ausencia para celebrar su segunda luna de miel. Estaba condenada a pasar ese fin de año sola.

    La noche estaba fría, había nevado no hacía poco. Aún así, el patio de las canchas—había canchas para futbol, beisbol, baloncesto, y otros tantos deportes más; esas canchas eran casi tan grandes como las profesionales, con gradas para los espectadores y todo—estaba libre de nieve gracias al domo transparente que servía de techo, y la calefacción lograba mantener tibio el ambiente a pesar de las bajas temperaturas en el exterior. Afuera, el cielo estaba totalmente oscuro. No podía verse una sola estrella. Los campos que rodeaban el Neo Arkadia estaban cubiertos en un velo de nieve que resaltaba en la oscuridad por su blancura.

    Al retirarse al rincón más apartado del patio, un pequeño jardín que estaba escondido tras las canchas de futbol, que era su lugar favorito para escapar y pensar sin que nadie la molestase—había ido allí demasiadas veces en los últimos meses, así que lo consideraba suyo—, Maaya encontró a un enigmático chico que estaba recostado contra uno de los postes, totalmente apartado de la humanidad más cercana. Al parecer, alguien que, como ella, quería escapar de la banalidad de los jóvenes de la elite mundial. Nunca lo había visto en ese año, y se suponía que ella conocía a todos los alumnos que estaban internados—no había razón para que alguien estuviese allí esa noche si no estaba internado—dada su calidad de miembro del consejo estudiantil.

    Se sentó cerca de él en el suave césped de las canchas. Al fin y al cabo, ese era su lugar favorito. Dejo en el suelo las viandas que había llevado para pasar el rato. Té de Oolong en un termo y unos cuantos bocadillos en una bandeja. Él ni se digno en mirarla, aun cuando ella le preguntó si quería comer algo. Durante unos minutos el silencio era tal que el sitio se le hizo aterrador. Maaya, para evitar el pánico que le producía aquel silencio, decidió entablarle una conversación.

    — ¿Tú también estas huyendo de la hipocresía de allí dentro?—preguntó la chica con una sonrisa lo más amable que pudo hacer.

    El joven no contestó.

    —Este lugar es tranquilo. Es muy bonito, me gusta mucho.

    El joven siguió callado. El silencio reino en el lugar por unos instantes más.

    —Veo que te estoy molestando...—sonrió un poco desairada Maaya—. Mejor me voy...

    Entonces el muchacho reaccionó.

    —No te vayas. Tu compañía no me molesta en absoluto. Simplemente, no estoy acostumbrado a hablar con los demás...

    —Entiendo... —suspiró la chica, un poco aliviada.

    El chico le había parecido muy atractivo. Lo que más le atrajo de él, fue sin duda, su silencio. El chico se sentó en la hierba, junto a ella, y tomó uno de esos pastelillos que había llevado. Se trataba de pequeños pasteles de pollo con especias.

    —Mi nombre es Hida Maaya. Es un placer conocerte—sonrió, sinceramente por primera vez en ese año; o en lo que quedaba de éste—. Puedes decirme Maaya-chan, si gustas.

    —Akira—respondió secamente el muchacho.

    Y se pasaron las horas. Y ella habló toda la noche. Akira solamente escuchaba, y a veces sonreía. Esa misma noche comenzó su romance.


    ***​

    —¿Por qué justo ahora me tengo que acordar de Akira ahora?—se preguntó Maaya, rezongando, mientras escribía los últimos comandos en su consola. ¿Extrañaba tanto a Akira? Bueno, llevaba al menos tres meses sin verlo, aunque Kimaira le había dicho que pasarían tan solo horas en el mundo “real”.

    Lo que estaba escribiendo en su consola eran las órdenes que les había enviando a sus tenientes y al general de la “Hueste del Terror” que les acompañaba.

    De acuerdo a la intel que les había dado el Señor del Odio, los Sentinels era una orden de guardias glorificados que no tenían los números para enfrentarse a sus fuerzas. Estaban entrenados para vigilar los trenes digimon, quizá aprehender a un par de ladrones, pero eso era todo. No tenían ni el poder, ni el entrenamiento para enfrentarse a una guerra de tal magnitud. Era momento de poner a prueba tal información—al igual que Hiei, ella no confiaba en ese tal “Señor del Odio”.

    A su orden, las fuerzas combinadas de Busters y digimon oscuros arremetieron con un poder arrollador contra los Sentinels que vigilaban la aduana. Pronto, los digimon guardianes fueron superados y acorralados. Los vigías de las torres eran atacados por algunos demonios aéreos y rápidamente, una a una, las torres comenzaron a ser tomadas.

    —Eso está bien. Entre más rápido acabemos esto, mejor—sonrió con satisfacción y esperanza, mientras seguía presionando a sus efectivos para que destruyeran a esos Sentinels de una vez por todas.

    Entre más rápido acabaran eso, más pronto podría regresar al mundo real. Tenía tantas ganas de ver a Akira.

    ***​

    Solo la torre donde estaba Mikemon, aquella que había divisado al ejército invasor, estaba oponiendo resistencia. Las demás habían caído casi al instante en que los demonios se habían infiltrado, destrozando con sus garras a los pobres Sentinels que se encontraran. Junto a la Mikemon, un aguerrido Pidmon y un Dinohyumon se habían encargado de mantener la torre a salvo. Junto a ellos, el cobarde Numemon se la pasaba escondiéndose, disparando sus suciedades a cuanto enemigo pudiera, sin aportar mucho a la batalla. Al notar que las torres estaban siendo invadidas, Dinohyumon se preocupó sobremanera al pensar que los túneles del cambio de turno pudieran ser usados para invadir la ciudad.

    —¡Debemos avisar a la ciudad!—exclamó Pidmon, mientras golpeaba a un IceDevimon con su Holy Rod, el cual iba cargado con poder sagrado.

    —¡Los sistemas de comunicación no sirven! ¡Los intervinieron remotamente!—gruñó Dinohyumon, manipulando una de las consolas de la torre.

    —¡Si alguien de nosotros va al puesto de control, y avisa que las torres fueron tomadas, lo más seguro es que podamos evitar una calamidad a tiempo!—gruñó el Pidmon mientras forcejeaba con el IceDevimon.

    ¡“Nikukyū Punch”! Mikemon saltó rápidamente y golpeó al IceDevimon en la cara, haciendolo tambalear. Esto fue todo lo que necesitó el Pidmon para ganar tiempo. Inflamando sus alas en fuego sagrado, las agitó y disparó pequeños meteoros ígneos en contra del IceDevimon. ¡“Fire Feather”! El IceDevimon soltó un alarido cuando el fuego sagrado tocó su piel, y sin fuerza para seguir volando, se desplomó a velocidad vertiginosa hacía el abismo.

    Una vez derrotado un enemigo, aparecieron dos más. Un Devidramon y un Evilmon se dirigían hacia ellos. Era necesario que los fuertes se quedaran para defender la última torre libre, pero alguien debía llevar el mensaje al puesto de control.

    —¡Yo iré!—exclamó el Numemon de repente, en medio de una bravata—. Aquí no estoy haciendo mucho, en cambio, puedo ser más útil si doy aviso al puesto de control...

    —¡Si salgo viva de esta te daré un gran beso!—le animó Mikemon con una gran sonrisa. Y por lo que parecía, estaba dispuesta a hacerlo en verdad.

    Sin decir más, el Numemon bajo rápidamente las escaleras en rumbo al alejado puesto de control. Aunque se preocupó por sus amigos, que corrían grave peligro ya que los que invadieron las otras torres podrían usar esas escaleras para subir y acabarlos, él tenía la responsabilidad de salvar Rotarl. Nadie se imaginó que Numemon, el digimon más débil de todos, aquella noche fue el verdadero salvador de la Alianza. Y lo peor es que nadie lo aclamaría por eso.

    ***​

    En la entrada al túnel del tren las cosas se ponían feas. De más de tres mil quinientos Sentinels, solo quedaban mil; el paso a las Puertas Gloriosas había sido tomado, por lo que los Sentinels ahora estaban confinados en las puertas de piedra. Rodeados y superados en número, los Sentinels estaban perdidos. Las fuerzas de Pandora y Maldomini, el Phelesmon que lideraba al destacamento de la “Hueste del Terror” que le apoyaba, eran implacables. De seguir así, pronto las puertas de piedra también serian tomadas.

    El Digi-Beetle de Pandora se detuvo no muy lejos. La joven convocó a su capitán, Asmodeus, un lugarteniente de los Busters, y al mismo Phelesmon. Mientras los digimon de la oscuridad formaban un semicírculo protector alrededor de la montaña para protegerlos, los tres líderes se reunieron.

    —Pronto tomaremos la ciudad—dijo Maaya, cansada. Le dolía la cabeza. Puede que estuvieran matando a digimon, pero ella se había hecho amiga de muchos durante su estancia en la Base. Aquello que estaban perpetrando era tan maligno como matar seres humanos, a sus ojos. Aún así, trató de ser dura; al fin y al cabo, nadie la había forzado a ser parte de los Busters—. Zeus tenía razón. Los tontos de la Alta Guardia se dedicaron a proteger las Puertas Gloriosas, distraídos por los números de las fuerzas principales, y no se preocuparon en siquiera defender esta puerta.

    —¡Pronto, comenzara la conquista de este mundo!—rió el Buster Asmodeus, emocionado como un niño. El tonto discurso de Zeus le había lavado el cerebro.

    —Esperamos sus órdenes, mi lady—dijo por su parte Maldomini, el Phelesmon, en tono sumiso. Sin embargo, el brillo en sus ojos le recordó a Maaya que no debía confiarse. Éste digimon solo estaba siguiendo sus órdenes porque el Señor del Odio se lo había pedido.

    —Acábenlos—ordenó la chica; entre más rápido terminasen con esto, mejor. Estaba hastiada—. Ya hemos tomado el paso de la Puertas Gloriosas, o sea que han quedado totalmente abiertos a un ataque total de nuestras fuerzas. Una vez terminemos aquí, esperaremos las órdenes de Zeus.

    ***​

    Rodeados, los Sentinels estaban desesperados y cansados, confinados a las grandes puertas de roca. Omekamon y Hanumon hacían lo que podían para levantarles la moral a sus hombres, pero ellos mismos estaban descorazonados.

    —¿¡Por qué Rotarl no ha enviado refuerzos!?—gritó desesperado Hanumon. Sus ojos estaban rojos de furia—¿¡Acaso creen que nosotros solos podremos contra esto!? ¡Nos han abandonado a nuestra suerte!

    Omekamon miró con compasión a su capitán. Pensó que sería difícil saber que era responsable de la vida de tantos digimon.

    —De haber sabido que este sería muy último día—pensó amargamente Omekamon en voz alta—, me hubiera terminado de leer esa novela de ciencia ficción que me recomendó Akira. Ahora nunca sabré que pasó con ese tal Luke Skywalker

    ***​

    Cerca de las puertas de la Ciudad Sagrada, las famosas Puertas Gloriosas, la Alta Guardia de Rotarl mantenía a raya a la temible Hueste del Terror y su horda de digimon salvajes, digimon sin voluntad propia que solo pensaban en matar y destruir, sin siquiera tener el más mínimo instinto de auto-preservación. Controlados totalmente por las “Estelas Oscuras” creadas por el Señor del Odio, enormes monolitos de piedras que provenían del Área Oscura, supuestamente, habían perdido la cordura tras ser expuestos al poder de la Oscuridad.

    Aquellos salvajes, que semejaban una marejada de zombies, solo pensaban en hacer el mayor daño posible antes de morir. Y lo habían hecho, a decir verdad. Pese a que solo eran digimon adultos—al parecer, el Señor del Odio tenía problemas para controlar a digimon de un nivel evolutivo superior—, sus números eran tal que no importaba que los soldados de la Alianza contaran con varios perfectos a su disposición. Los salvajes los rodeaban separándolos en cantidades ingentes, tantos que no importaba cuantos lograsen matar los defensores, un perfecto o dos siempre quedaban aislados de los grupos a los que pertenecían y finalmente eran aniquilados por la turba. Esto pasaba cada vez más a menudo, a medida que el cansancio iba apoderándose de las fuerzas del Panteón, que llevaban luchando por horas.

    Los salvajes, sin embargo, tenían una gran debilidad. Una además de la obvia—el hecho de que sus números no eran infinitos, y la batalla se había cobrado a más de la mitad de ellos—. Carecían totalmente de voluntad e iniciativa propias y no eran autosuficientes. Dependían de estar conectados a la fuente de su locura, la “Estela Oscura”, y además de eso necesitaban que se les ordenase que hacer en todo momento, caso contrario no harían nada.

    Los salvajes a merced de la Hueste del Terror eran controlados por miembros líderes de ésta—oficiales y suboficiales, más que todo Devimon y IceDevimon, además de los líderes supremos: Vamdemon, LadyDevimon, y el Phelesmon que estaba con Pandora—, que tenían en su poder pequeñas rocas que podían transmitir la señal de las “Estelas Oscuras” sin importar en donde estuvieran. Al parecer, dichas piedras eran tozos de las “Estelas”, pero Golem no podía estar seguro. Fueron lo que fuesen, esa la gran debilidad de los salvajes, una debilidad que él pensaba explotar cuando Zeus decidiera que debían atacar a el Señor del Odio—cuando, no sí; Golem daba por hecho que eso iba a pasar tarde o temprano tras haber descubierto la verdadera identidad del Chaosdramon de Zeus—: dado que el portador debía de concentrar todo su poder en controlar a los salvajes, no podía hacer absolutamente nada por sí mismo.

    Por ende, los portadores de las rocas eran protegidos por los digimon oscuros de la Hueste, pues los salvajes no hubieran sido útiles para ese trabajo. La Alianza sabía de tales artefactos al haberse enfrentado antes a éstos, y estaban conscientes de su punto débil, así que enviaban a sus mejores digimon a acabar a los portadores. Una vez las rocas eran destruidas, los salvajes perdían todo sentido de voluntad y se quedaban inmóviles, totalmente inútiles. Sus guardianes debían de tener capacidad de improvisar y valerse por su cuenta, por lo que la Hueste del Terror había perdido a bastante efectivos solo para mantener con vida a unos pocos digimon. Un desperdicio de soldados, a opinión suya.

    Golem observaba todo aquello desde lejos, apartado lo más posible del campo de batalla para no vender su posición. Aunque su plan iba de maravilla, se sentía algo molesto por la forma de actuar de sus aliados. Junto a él, Boltmon afilaba su hacha. Más atrás, Lord Ultima, el UltimateBrachimon, esperaba impaciente. Golem le había prometido venganza en contra de la Alianza, y el lord de los dinosaurios ya no podía contenerse más. El brillo en sus ojos lo delataba.

    ***​

    La estrategia parecía estar funcionado, pese a las miradas largas de Leo y a los suspiros mohinos de Alain. Fu Si miraba entusiasmado como la Vanguardia de los Ángeles—un pelotón de al menos dos mil efectivos compuesto enteramente de Angemon, Pidmon y Darcmon, con algunas Angewomon como jefes de unidad—, masacraban a los digimon salvajes y a sus domadores, los digimon de la oscuridad, con lo que parecía ser suma facilidad. La ayuda de la Caballería Sagrada y los Guardianes de Aire, pronto las fuerzas enemigas se vieron rodeadas, con solo una posible salida: retroceder.

    Aún no podía cantar victoria, sin embargo. Estaban los humanos, los había visto en sus sueños. Fu Su miró hacía los bultos negros que se veían más allá de las murallas, donde el Paso de las Puertas Gloriosas se bifurcaba para adentrarse a las Montañas Pixeladas. Si esos humanos estaban en esos extraños vehículos, quizá estaban sirviendo de tamers a los digimon oscuros. ¿Acaso tendrían D-Vertex como él? No, imposible. Pero quizá una tecnología similar, que les permitiera dar órdenes a distancia.

    Leo lo miró con un gesto extraño. Era como si estuviera sorprendido y aprobando su decisión.

    —Entonces, ¿debo ordenar a los exploradores que marchen de inmediato?—preguntó el Panyjamon, confiado.

    —No. Mis visiones fueron claras. Ellos vendrán hacía las Puertas, necesitamos a todos los efectivos defendiéndolas—Fu Su fue tajante.

    —¡Pero por la bragas de Ygg...!—Leo se mordió la lengua antes de continuar el juramente. Por sus ojos, quería estrangularlo.

    —Te entiendo—intervinó Alain, el Justimon, con resignación—. Pero Lord Seraphimon le ha dado completa autoridad, incluso la necesaria para desautorizarnos. Debemos confiar en él.

    —¡Y más les vale!—les increpó Qian, quien se encontraba en su étapa perfeccionada, HolyAngemon—. Las visiones de Fu Su nunca nos han fallado. ¡Deben tener fe!

    Fu Su solo oyó a Leo resoplar de furia.

    ***​

    Era el momento. Las fuerzas de la Alianza estaban exhaustas tras haber sufrido en embate de los salvajes, creyendo quizá que si los derrotaban, solo tendrían que vérselas con la Hueste del Terror, que también había sido reducida al menos a la mitad en lo que llevaban del combate. Golem se levantó e hizo una señal a los demás Busters con el brazo. Su digimon compañero se llenó de júbilo.

    —Ya era hora, ¡por las nueve ramas de Yggdrasill!—comentó el Boltmon en un tono muy brusco, pero alegre. Expectante, más bien.

    El poderoso UltimateBrachimon lanzó un rugido, aunque no muy alto, para que no fuese oído en las Puertas Gloriosas. Aún así, hizo retumbar el aire a su alrededor. Los servomotores y turbinas que tenía por todo su cuerpo empezaron a activarse y los exostos y cilindros que usaba para ventilar todo el humo producido por la maquinaria que usaba al moverse empezaron a liberar smog a borbotones, como si el digimon fuese una fábrica que funcionase con galones de diesel. A los pocos segundos, una enorme nube de humo se alzaba sobre él, y seguía creciendo con cada segundo que pasaba.

    —¡Armada de Britconnia, ha llegado el momento! ¡A luchar!—ordenó con un bramido.

    Y miles de digimon dinosarurio rugieron a coro, y se prepararon para pelear. Lord Ultima bajo su cabeza, dejando que Golem se subiera sobre ésta y luego la volvió a erguir.

    —Has cumplido tu palabra, humano—le dijo Lord Ultima—. Me has traído ante las puertas de mi enemigo, y me los entregas en bandeja de plata. Si hoy mato al condenado Alain y a los otros idiotas de la Alianza, dejaré que seas mi tamer.

    —Ten paciencia, y los veras morir a tus pies—contestó Golem, con lo que parecía ser una sonrisa. La distorsión del yelmo no permitía reconocer el sonido que hacía ni a él mismo.

    Golem entonces se dirigió a sus hombres. Estos, al verlo, supieron que había llegado la hora que habían estado esperando. Para la que tanto habían entrenado. Era la hora de la verdadera batalla, y de la conquista del Mundo Digital.

    —Solo voy a decir una cosa—rugió Golem con su terrorífica voz—. Esta noche, vamos conquistar la Capital del Mundo Digital. ¡Vamos a darles una lección a estos miserables! ¡Los humanos los creamos, es hora de que se arrodillen ante nosotros!

    Al terminar, el rugido de los Busters y sus digimon, y los digimon dinosaurios que seguían a Lord Ultima, fue avasallante. A la orden de Golem, el ejército de tamers y digimon se movilizó hacia el campo de batalla, haciendo retumbar la tierra a su paso—en su mayor parte, esto lo hacía UltimateBrachimon, que era tan grande que cada pisotón suyo generaba pequeños sismos; ahora eso se había quintuplicado gracias a la manada de digimon dinosaurios, y los Digi-Beetles que le seguían.

    Al ver esta poderosa avalancha oscura, la Hueste del Terror renovó su valor, y arremetieron en contra de la Guardia de Rotarl, usando todos sus efectivos no solo los salvajes. El choque fue colosal, como el de una gran ola al chocar contra un barranco más pequeño en la bahía. Las fuerzas de los Busters y los dinosaurios duplicaban a los de la Hueste del Terror, los cuales de por sí superaban bastante a las fuerzas defensoras, gracias más que nada a la ingente cantidad de salvajes que lograron reunir antes de esta batalla. Ahora, los defensores de la Ciudad Santa se encontraban contra una total desventaja numérica.

    Pronto, la Alta Guardia se vio rodeada. Las Cuarta y Quinta Brigadas de Guardianes de la Tierra se vieron obligadas a abandonar sus posiciones y fueron a ayudar a los Guardias de avanzada. La batalla se hizo más cruel y sangrienta. Cientos de cadáveres se veían por doquier. Sin embargo, los Busters no atacaron con todo su poder. Se habían limitado a enviar solo a los digimon criados por los Busters a reforzar las filas de la Hueste del Terror, al mando del Boltmon criado por Golem, y a los digimon dinosaurios de Lord Ultima, más éste se quedó atrás, saboreando la tan anhelada venganza.

    ***​

    Al ver la horda oscura venirse sobre ellos cual avalancha, Fu Su se quedó helado. Sus “visiones” no habían mostrado tantos enemigos. Su plan no había tenido en cuenta tales números. Eso era imposible, hasta el momento sus predicciones nunca le habían fallado. Un nudo se le hizo en la boca del estomago. De haber seguido el consejo de Leo, de haber enviado exploradores y estudiado al enemigo... No, ya no se podía hacer nada. Descubrió demasiado tarde que sus predicciones no eran infalibles, y que quizá ser un “Elegido no lo hacía invulnerable”. Demasiado tarde.

    Pero no podía quedarse ahí, lamentándose por lo que ya había pasado. ¿Qué haría su padre en esta situación? A la final, decidió que él y los demás líderes de Brigada debían hacer un nuevo plan de acción, así que una vez se ubicó en un lugar seguro activó su intercomunicador y convocó a una conferencia. Para Alain y Leo, quienes ya habían comenzado a odiar al “presumido” de Fu Su, la llamada fue realmente mortificante. Una vez los seis líderes lograron ponerse a cubierto, se inició la videoconferencia.

    —Han llegado esos humanos de negro—comenzó Fu Su, preocupado; en este momento, su autoridad estaba en juego—. Si deseamos vencer, debemos ejecutar a los líderes...

    —Bueno, si tú eres el primero en ir y enfrentarse a ellos, adelante, te cubriré las espaldas—dijo Leo con sorna.

    Fu Su entendió la indirecta; o eso creyó. Enfrentarse a aquel ejército de tamers, respaldados por las fuerzas de aquel UltimateBrachimon que Alain miraba con tanta preocupación, era buscarse una muerte estúpida.

    —Entonces, ¿qué sugieres tú, Leo?—desafió Fu Su, en un tono muy similar al del insufrible Panjyamon.

    —Una estrategia simple, pero que ha funcionado cuando otros estúpidos enteraron invadir Rotarl. Llevémoslos al paso de las Puertas Gloriosas, allí...

    —Yo creo que esa es una mala idea...—interrumpió Ling, tartamudeando. Siempre era así cuando alguien trataba de agredirlo y solo porque podía hacerlo. Le gustaba que hiciera eso, se sentía respaldado, pero no la entendía. A veces parecía demasiado sobreprotectora. Su rostro había enrojecido, quizá por la timidez o tal vez por la ira, aunque Fu Su apostaría más por lo primero. No le resultaba agradable tener que alzar la voz entre tantos aun si se trataba de una videoconferencia—. Si atacamos a los líderes y los vencemos, desmoralizaremos a sus hombres y seguramente abandonaran la batalla, así evitaremos más muertes innecesarias. Confío en Fu Su, y lo que es más, el Señor Seraphimon también. Sus visiones nunca han fallado, debemos creer en el destino.

    Fu Su tragó saliva. Se le secó la garganta y no pudo hablar. De haberlo hecho, habría dicho que lo que estaba pasando en ese momento frente a las Puertas Gloriosas era un indicativo de que sus “visiones” y “sueños” no eran tan infalibles como todos pensaban. Que ser un “Elegido” no lo escudaba de cometer errores.

    Al ver que Wynther y los otros líderes estaban de acuerdo con la Elegida de la Bondad, Alain no tuvo más remedio que aceptar la sugerencia de Fu Su, aún cuando Fu Su no estaba muy seguro de que hacer en ese momento. El plan que lograron urdir al final—y que fue más obra de Ling y Bor, el GrappuLeomon—era enviar a las escuadras más fuertes de la Guardia a embestir la avanzada de la Hueste, mientras los comandantes iban y retaban los líderes de los Busters a combate singular. Los digimon de la oscuridad eran muy escrupulosos en ese sentido, jamás podían rechazar a un reto que se les hubiera hecho.

    —¿Y qué nos asegura que esos humanos van a ceder a los duelos del mismo modo que lo harían los digimon de la oscuridad? ¡Ese muchacho está loco! Estamos en una guerra, ¡por las barbas de Qinglongmon enredadas en las nueve ramas de Yggdrasill!—gruñó el Panjyamon casi suplicando, pero aparte de Alain, quién se mantenía ominosamente callado, nadie le puso atención.

    Una vez decidido el plan, se puso en acción. La Vanguardia de los Ángeles y los Escuadrones de Tierra embistieron con todo a la Hueste del Terror y a la armada de Lord Ultima, llevándose por delante a los salvajes que poco aprecio tenían por la vida propia. Las fuerzas invasoras no retrocedieron—los números de la Alianza no eran suficientes para lograr eso—, pero al cabo de minutos de intensa refriega y un gran sacrificio de soldados, la Vanguardia logró abrir un sendero para Fu Su y los suyos.

    Rápidamente, Fu Su, cabalgando en un magnifico Pegasmon—el mismo que ese día le había llevado al cuartel general—, Qian, Ling, cabalgando en su Hippogriffomon, Isilwen, Wynther y varios otros de los lideres de escuadrón avanzaron en contra de los que parecían ser los lideres de aquella hueste, haciéndoles claras señas de que los desafiarían a combate singular. Dark Scream y Shadow Claw, el Vamdemon y la LadyDevimon que lideraban a la Hueste del Terror, se abalanzaron contra Isilwen y Wynther casi de inmediato.

    —Así que estos tipos conocen como van a reaccionar los digimon oscuros...—musitó Golem, observando la situación detenidamente—. Pero, bueno... yo no soy un digimon oscuro. ¡Esta oportunidad no la puedo perder!

    Tomando su DS3-Hind, le envió una orden a su digimon compañero.

    A la orden de Boltmon, la Hueste del Terror, los digimon dinosaurios, y los digimon de los Busters se dispersaron a los costados a gran velocidad, dejando desconcertados a los soldados de la Guardia.

    UltimateBrachimon entonces emitió un gran rugido y abrió la compuerta en medio de la armuda de su peto, la cual dejó ver un enorme pistón empotrado en su cuerpo, acumulando energía en forma de chispas eléctricas. Todos los motores y servomotores de su cuerpo trabajaban a máxima capacidad, enviando casi toda la energía que producían al pistón. Aunque para Golem pareció una eternidad, todo ocurrió en menos de un minuto.

    —¡Alain! ¡Septevar! ¡Es hora de que recuerden mi furia!—rugió el UltimateBrachimon cuando la energía estuvo a tope.

    El pistón martilleó contra su pecho, liberando una gran cantidad de aire comprimido que arrasó todo lo que tenía por delante. Todo. La ráfaga de aire fue tan potente que destruyó la roca viva del suelo, abriendo una gran zanja de al menos unos diez metros de profundidad. Desintegró a todos los digimon que estaban a su paso—algunos de su mismo ejército incluso, pero más que todo salvajes, Guardianes de Tierra y de Aire, y al menos a la mitad de la Vanguardia de los Ángeles. Aquella era el “Ultimate Blast”, su técnica más letal. Por su parte, UltimateBrachimon ni siquiera reculó un centímetro luego de haber disparado tan feroz técnica.

    Pero Golem no pensaba darle a la Alianza siquiera un segundo para respirar, pese a estar tan sorprendido como todos del tremendo poder de UltimateBrachimon. A la orden del Buster Peloponessus, los demás Digimon Busters movilizaron sus Digi-Beetles y comenzaron a disparar con su artillería pesada, utilizando los misiles FBV para destruir a la Guardia de Rotarl. Las bajas entre las fuerzas de la Alianza empezaban a hacerse más grandes con cada segundo que pasaba.

    Al ver esto, Leo rugió con furia, pateó el suelo con impotencia, y luego una carcajada que sonaba como la de un demente, mientras se dirigió a uno de sus oficiales:

    —¡Esto es lo que sucede por dejar el ejército en manos de un mocoso! ¡Lord Seraphimon me puede exiliar o incluso ejecutar por lo que voy a hacer, pero llama a Alain y reúne a los hombres, es hora de que los expertos tomemos el mando!
     
  10. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Chronicle 16:
    EVOLUTION OF LIGHT

    —Las cosas se han puesto feas en Rotarl—comentó Magnamon preocupado.

    Desde su puesto de control, el Caballero Real podía monitorear todo en el Mundo Digital, y Rotarl era un punto rojo en su pantalla. La batalla apenas llevaba dos horas pero ya era catalogada como una amenaza de nivel 5. Magnamon envió un reporte a Yggdrasill tan pronto como había ocurrido, pero aún así Yggdrasill no había dicho nada. Sobraba decir que se encontraba preocupado.

    —Es por el chico, ¿verdad? Por Akira—aquel era UlforceV-dramon. Había llegado hacía poco de su viaje de patrulla. Solo eso, patrullaba la región Skuld. Ahora le acompañaba a ver las pantallas de monitorización.

    No podían intervenir por más que quisiesen. Aunque Skuld estaba casi que totalmente libre del dominio de la Alianza tras la rebelión del “Emperador de las Maquinas” y su mayordomo, Lord HiAndromon, uno de los Señores de la Guerra más poderosos e influyentes en el Mundo Digital, los caballeros habían jurado a Alianza no intervenir más en los eventos del Mundo Digital salvo que les fuera solicitado. Ya habían intervenido antes, durante la infame Purga X, el precio a pagar había sido demasiado caro. Desde ese momento, la Alianza había tenido total dominio de su mundo, a despecho de algunos de ellos. Estaba el caso de Akira, claro, pero eso era harina de otro costal. No podían desobedecer a Yggdrasill.

    Ulforce V-dramon iba y venía de la región Skuld casi todos los días, y usualmente solo traía malas noticias. Por cada Señor de la Guerra como Gaioumon—Lord de Onkyo, un sector del Continente Protocol, en la región Ulud, un tipo que buscaba la paz cuando podía, mientras se ocupaba de los bandidos y daba hogar a los refugiados—había tres como HiAndromon. El tipo era un bellaco, un tirano que esclavizaba casi la mitad del continente Directory. Y aún así, no podían intervenir.

    Sin embargo, ahora las cosas se habían ido en picado. Si Rotarl caía, la Alianza se iría en picado. Nadie podría detener la rebelión. Y aún así la Alianza no pedía ayuda. E Yggdrasill no decía nada.

    —Oh, Magna, viejo—dijo UlforceV-dramon de repente—. Akira va estar bien. Ya sabes, es súper fuerte. Solo necesita sacar el poder su juventud y, ¡bang! Malos fuera.

    Magnamon había olvidado que, de todos ellos, UlforceV-dramon era el que más resaltaba por dos cosas: ser el más rápido, y ser el más inmaduro.

    Los Digielfos continuaban monitoreando sus consolas tranquilamente, como si decir que Rotarl estaba siendo atacada fuese algo tan normal como hablar de la comida de esa noche. Su trabajo era administrar el mundo y ver los resultados de los eventos que ocurrían en éste. No defenderlo. Le gustaría tener la tranquilidad de los digielfos. O la de UlforceV-dramon.

    —Yo me haré cargo de eso—dijo de repente Omegamon, cuyo rostro había aparecido en una de las pantallas holográficas pop-up que se manifestaban de su consola—. Que nadie más intervenga.

    —¿Estás seguro de que quieres ir solo, Omegamon?—preguntó Magnamon, algo sobresaltado al ser tomado por sorpresa por el pop-up—. Puedo avisar a los chicos, ellos estarían más que animados a ir contigo. Bueno, algunos... los que se quejan de que no hay que hacer nada últimamente.

    —Yo estoy disponible. Puede llegar allí en menos de lo que canta un Cockatorimon—asintió UlforceV-dramon con su eterno tono alegre.

    —No hay necesidad de enviar a nadie más. Yggdrasill ha determinado que solo es necesaria mi aparición en esta ocasión—respondió Omegamon, tajante.

    —Si tú lo dices... —respondió Magnamon, desanimado. Deseaba ir a esa batalla.

    Por la mirada dolida de UlforceV-dramon, él también hubiese querido ir.

    ***​

    La batalla se había vuelto en contra de Rotarl. Habían comenzado con cierta ventaja, pero ahora ésta había desaparecido. Con la presencia de Golem y su armada, una armada que parecía ser la unión de dos fuerzas, el Ejército de Liberación Britconnia y las fuerzas que esos tamers aliados a la sombra hubieran logrado reunir por su cuenta, las fuerzas invasoras habían ganado más terreno, y ahora habían acorralado a la Guardia de la ciudad en las murallas. Guardia que había su vez había sido diezmada por el ataque del poderoso Lord Ultima, el UltimateBrachimon, líder de los Britconnianos y uno de los Señores de la Guerra más poderosos.

    Para Leo el Panjyamon, uno de los generales de las fuerzas del Panteón, ésta fue la oportunidad perfecta para desprestigiar a Fu Su ante los demás líderes.

    —Perdimos a casi toda la Vanguardia de los Ángeles, a varios efectivos de las Guardias de Tierra y Aire, por estar siguiendo las órdenes de un niño con delirios de profeta—increpó duramente a los demás.

    —No solo los perdimos a ellos. También perdimos a Bor... si éste aparato no capta su señal, entonces...—Alain, el Justimon y el Gran General de la Armada del Panteón, supeditado a seguir las órdenes de Fu Su por una orden directa de Lord Seraphimon, trataba a duras penas de contener su ira.

    El aparato que tenía, el comunicador, era muy preciso. Si realmente no captaba la señal de Bor... el GrappuLeomon había sido su amigo desde que aquella guerra, la llamada Guerra del Odio, había empezado. Y ahora estaba muerto, por seguirlo a él y a sus estúpidas visiones. ¿Desde cuándo se le había metido en la cabeza que era un líder militar? Él no era su padre, por más que llevase la espada ancestral de su familia. Espada que había tomado sin permiso y que ahora le pesaba en la cintura. No la merecía.

    Ling le miró tristemente. Lo más seguro es que quisiera abrazarlo, pero ese no era el momento ni el lugar.

    –Pero... —Whynter el Garudamon, otro de los oficiales de alto rango, no sabía que decir. Era uno de los partidarios de Fu Su, pero ahora se encontraba entre ganar una guerra en la que todo estaba en juego o apoyar a su amigo—. ¿Y qué propones hacer tú?

    —¡Lo que debimos haber hecho desde el principio! ¡Debemos crear una estrategia de verdad! ¡Una basada en datos, en táctica de batalla, no en... “visiones”!—resopló el arrogante Panjyamon, casi escupiendo cuando le dio énfasis a esa palabra—. Ese niño será Elegido y lo que quiera ¡El Rey del Mundo Humano, si se le antoja! Pero de guerra no sabe nada ¡Es un novato! Deberíamos mandarlo de aguatero, y eso es demasiado honor para él.

    Lo peor del caso es que Fu Su creía lo mismo que Leo estaba diciendo, palabra por palabra. Había basado su plan en simples visiones... ¿Acaso estaba loco? ¿Acaso su padre, Huang Li Bei, comandante de las Fuerzas de Apoyo Estratégico, habría desdeñado la recopilación de información, el planear la estrategia de batalla acorde a los pasos del enemigo para poder adelantarse a éste, por seguir corazonadas, por muy acertadas que fueran? Había ganado unas cuantas batallas contra el Señor del Odio, pero ahora se daba cuenta de que eran simples escaramuzas, no batallas donde una decisión podía costarles la vida a sus amigos. A Ling. Se le habían subido esas victorias a la cabeza y Bor había pagado el precio.

    —Aún así, no todo está perdido—continuó Leo, pavoneándose—- Aún podemos recuperar la ventaja en esta batalla; si atacamos desde el Paso de la Puertas Gloriosas, tal vez tengamos...

    —Siento desilusionarte, Leo, pero el Paso fue tomado ya... —interrumpió Qian, su compañero digimon, que tenía la forma de un HolyAngemon.

    Y que él dijera eso que dijo fue peor que una puñalada en la espalda. Porque eso también había sido culpa suya. Estaba tan convencido en sus visiones de que los humanos vendrían a atacar las puertas, que pensó que lo harían directamente. En ningún momento se le ocurrió imaginar que podían atacar las puertas con misiles, o digimon que podían lanzar misiles. O lo que sea que fuese que hubieran usado. No importaba, ese había sido un error muy costoso. Leo tenía razón, aún le faltaba aprender mucho. Y el error cometido aquí, quizá no tendría modo de resarcirlo...

    —Debemos seguir los consejos de Fu Su si queremos ganar esta batalla. Él es un Elegido y...—continuó Qian, pero fue interrumpido groseramente por Panjyamon.

    —¡Y si fuera tan bueno, hubiera previsto la toma del Paso, ¿no es así!?—le refutó Leo, colérico—. ¿O acaso has olvidado la importancia del Paso? ¡La Puerta de la Aduana! Si llegase a ser tomada, lo más seguro es que Rotarl caerá... ¡El niñato ese enfocó todas nuestras fuerzas en las Puertas Gloriosas, dejando relegada la puerta trasera, débil y casi sin defensa! ¡A estas alturas, los Sentinels ya debieron haber sido totalmente destruidos…! ¡Por las malditas pezuñas de Baihumon y los Siete bellacos...!

    Los demás líderes bajaron la cabeza y se quedaron callados mientras Leo seguía rezongando en voz baja. Si bien era cierto que Fu Su era un Elegido, también era cierto que era un niño, y que debieron haber seguido los consejos de Alain o Leo, veteranos combatientes y héroes de guerras pasadas, pues ahora se veían en una gran encrucijada. Al menos, eso era lo que pensaba Fu Su cuando veía sus rostros mirándolo. Como deseaban que Bor apareciese de improvisto, así fuese para increparlo.

    No. No podía auto-compadecerse. Su honor estaba en juego ahora. Tenía que resarcirse con Bor y con Rotarl. Mientras la ciudad estuviese en pie, aún había esperanza.

    Así que junto con Qian se dispuso a una última y desesperada estrategia para recuperar la confianza de los otros líderes. Montado en su fiel Pegasmon, Fu Su se dirigió al campo de batalla y arengó a los pocos sobrevivientes de la Vanguardia de los Ángeles en un asalto suicida contra la armada enemiga. En un principio, esto pareció gracioso al general Dark Scream. Este, sin conocer los verdaderos planes de Fu Su, ordenó a sus monstruos, y a los cuantos Busters que estaban a su cargo, atacar con todo a los defensores de Rotarl. La batalla parecía ir en contra de Fu Su. Este ordenó a todos los HolyAngemon a su cargo, treinta en total contando a Qian, que se quedaran junto a él, mientras que los demás guerreros de la Vanguardia de los Ángeles y otras fuerzas que se habían unido a él en ese momento, cargaron con todo contra la Hueste del Terror.

    La batalla se tornó feroz. Los pocos monstruos que quedaban en la Vanguardia se tuvieron que retirar, pues eran superados en número por la Hueste. Alain decidió entonces que era el momento de hacer un contraataque, aprovechando que la moral de sus monstruos había subido con la iniciativa del Elegido. Las Brigadas de Tierra y la de los Campeones acudieron a reforzar a las pocas tropas de la Vanguardia, pero aun así, eran superados en número por la temible Hueste, que estaba compuesta por digimon salvajes, las fuerzas de los Busters y las de Lord Ultima, el UltimateBrachimon, que los miraba desde lejos, impasible, confiando en su victoria.
    «Sigue así», pensó Fu Su. «Así fue como me metí en esto, creyéndome invencible, seguro de que nada me podía derrotar porque tenía todas las ventajas. Así es como se pierden las guerras».

    Alain, al ver la superioridad enemiga, y sobre todo el devastador poder de fuego de los Digi-Beetles de los Busters, ordenó la retirada. Fu Su se quedó congelado. Las fuerzas que iban con él estaban indecisas. Fu Su tenía el apoyo de Lord Seraphimon, pero después de todo Alain era el Gran General. Pero Fu Su se mantuvo firme, y mientras las otras unidades se retiraban, los sobrevivientes de la Vanguardia se quedaron con él.

    Para Shadow Claw, quien iba al frente de la Hueste, esta fue una pequeña victoria, y lo hizo patente con la enorme sonrisa que mostró. Y fue en ese momento que Fu Su vio la apertura que tanto había buscado. Los guerreros oscuros, al igual que él antes, se habían confiando. Dark Scream y Shadow Claw, el Vamdemon y la LadyDevimon que comandaban a la Hueste, ordenaron una embestida a la Muralla Ciclópea, para poder derribar las Puertas Gloriosas y empezar el saqueo de Rotarl.

    —¡Es hora, ataquen!—ordenó Fu Su—, ¡POR ROTARL!

    A la orden de Fu, los treinta HolyAngemon, liderados por Qian, se dispusieron en círculo sobre la Hueste del Terror y su horda de salvajes, y las pocas escuadras de Busters y dinosaurios que les seguían. Estos se detuvieron, pues no sabían realmente que estaba sucediendo. Cuando Fu alzó su brillante espada hacia el cielo, los arcángeles desenvainaron sus espadas “Excalibur” y comenzaran a moverse en círculo sobre sus enemigos, mientras Fu Su y el resto de la Vanguardia retrocedía. La estela de luz que los HolyAngemon creaban con sus espadas generó un aro de luz violácea. Cuando cada HolyAngemon hizo el recorrido en 360 grados, la estela de luz se transformó en una gigantesca puerta sobre toda la Hueste.

    Se trataba de una versión tamaño titánico de la Heaven’s Gate. La puerta se abrió lentamente, creando una poderosa tormenta de de energía; la Hueste estaba perdida. Shadow Claw se dio cuenta de que habían caído directamente en la trampa, pero era tarde. En cuestión de segundos la puerta devoró completamente a los seguidores del Señor del Odio, y a gran parte del ejército de los Busters y de Lord Ultima. Ahora las fuerzas de los enemigos estaban diezmadas. Tan solo Boltmon y otros tantos digimon lograron salir ilesos, pues los Digi-Beetles y los humanos que iban dentro habían sido eliminados.

    Los HolyAngemon descendieron, agotados. Lin y Wynther fueron a asistir a Fu Su y a Qian, mientras el resto de la Vanguardia hacía lo propio con los demás HolyAngemon.

    —Buena estrategia—observó Wynther, mientras tomaba en brazos a Qian.

    —Fue algo que se me ocurrió. Suelo ser creativo durante momentos tensos—respondió Fu, modestamente. La sonrisa no era por la victoria, sino porque Ling lo estaba abrazando.

    ***​

    Golem miraba estupefacto lo que había ocurrido, apenas sin creerlo. Este fue un golpe bajo para su orgullo. Había perdido a casi todos sus hombres en un solo ataque. No solo a la Hueste del Terror y a sus salvajes casi por completo. No solo a los digimon dinosaurios de Lord Ultima. Si no a su gente, a los Busters. El maldito se había atrevido a matarlos.

    —¡Ultima, ahora! ¡Dispara tu ataque otra vez, no podrán salvarse de ésta!—ordenó.

    —Aún no eres mi tamer, Buster. Tienes razón, hay que matarlos... pero no permitiré que me hables de ese modo— UltimateBrachimon lo miró de soslayo.

    En ese momento su intercomunicador se encendió, y un pop-up holográfico apareció frente a él. Lord Ultima también podía verlo. Se trataba del mismísimo Zeus.

    —¿Problemas con esos perdedores?—preguntó el líder de los Busters.

    —Así es... Aquel del que nos advirtió nuestro aliado es algo recursivo. No estaba preparado para eso.

    Lord Ultima se burló entre dientes. Golem apretó los puños con fuerza de la rabia. Si pensaba que era un inútil, ¿por qué no hacía nada él? Los números de su armada aún eran grandes, aún podían luchar contra la Armada del Panteón.

    —Entiendo—respondió Zeus—. Ese truco no funcionara de nuevo.

    Lejos de allí, el poderoso Digi-Beetle de adamantino negro y rojo de Zeus se movilizaba seguido de la segunda escuadra de los Busters, más pequeña que la anterior, compuesta de solo diez Digi-Beetles. Pero lo que realmente amenazaba era el enorme digimon carmesí que venía tras ellos, un poderoso dragón metalico recubierto con una armadura de Red Digizoid y dos enormes cañones a su espalda. Lo peor de todo, los ominosos cristales verdosos que se podían ver en la distancia, indicaban que había X-evolucionado...

    Y para meter el dedo en la llaga, se acercaban usando el paso de las Puerta Gloriosas.

    ***​

    —¡Es imposible!—exclamó Alain—. ¿¡Cómo que sigue vivo!? Si el Chaos Lord está aquí... ¿eso significa que se ha aliado al Señor del Odio?

    —Alain, no podemos rendirnos... —trató de animarle Leo, pero él mismo tenía el corazón en la boca—. Aún si es el Chaos Lord, no podemos... Rotarl… si la llegan a tomar, ¡perderemos más que la ciudad!

    Lo que quedaba de la Hueste del Terror—solo digimon oscuros ahora, habían perdido el control de los salvajes que aún sobrevivían con el movimiento de los HolyAngemon; todos los portadores de la piedras habían sido absorbidos por esa puerta y enviados quién sabe a dónde—y los digimon Busters se unieron al grueso de la armada de Lord Ultima. Ahora marchaban junto al Chaosdramon hacía la ciudad.

    —¡Está decidido, enviaremos los escuadrones de Tierra a detenerlos!—ordenó Alain—. ¡Los demás iremos a las puertas, debemos defender ese lugar a como dé lugar!

    Debían moverse rápido; la armada de Lord Ultima, reforzada con el poderoso ejército de los Digimon Busters sobrevivientes y lo que quedaba de la Hueste del Terror, avanzaba rápidamente hacia la ciudad. Animados por la presencia de su líder, los humanos sobrevivientes arremetieron con todo contra la Guardia. El choque de ambas fuerzas fue terrible; gracias a sus increíbles habilidades como estratega—a Leo no le cabía duda de eso—, el líder de los Busters logró que sus monstruos comenzaran a ganar terreno. Las Brigadas de Tierra, compuesta más que nada por digimon bestia como Garurumon, Gryzmon, Centalmon, entre otros, lideradas ahora por Leo y por Wynther, eran aplastadas por las tropas del misterioso comandante oscuro.

    —Leo, ya no podemos resistir más... —musitó Wynther preocupado—. ¡Más de la mitad de nuestros monstruos ya fueron eliminados!

    —Somos guerreros, debemos luchar hasta el final...—contestó el orgulloso General. No había una pisca de miedo en su mirada, solo expectativa.

    —Lo sé, pero no por ello debemos sacrificarnos en vano... nuestras tropas serían más útiles si nos replegamos—insistió Garudamon.

    —Puede que nuestro sacrificio valga la pena—sonrió el Panjyamon.

    —¿De qué hablas?

    —Observa hacia allá—Leo señaló con la espada al oscuro comandante que por fin se hacía visible.

    Se trataba de un ser enorme con alas de murciélago rojas y una larga y gruesa cola. Su cuerpo era de un color gris casi blanco, con una especie de coraza negra sobre su único, enorme ojo ciclópeo, que terminaba en una especie de orejas puntiagudas.

    —¡Es... un Rey Demoniaco! ¡Deathmon!—Wynther estaba temblando de pavor.

    Además de los Siete Grandes, había otros Reyes Demoniacos. Aunque eran menores en poder a estos, seguían siendo ángeles caídos y por ende más fuertes que cualquier digimon ordinario. Mientras los líderes de la Hueste con los que se habían topado antes, aquellos insensatos que murieron con la maniobra de Fu Su, eran simples capitanes y tenientes, este Deathmon era el verdadero cabecilla de la Hueste del Terror.

    —Es nuestra oportunidad Wynther, ¡es nuestra oportunidad de acabar con esta batalla de una vez por todas!— Leo avanzó al frente de sus tropas y señaló al Rey Demoniaco con su espada—. Él es nuestro blanco… si desaparece, habremos ganado. ¡No importa si morimos en el intento, habremos perdurado para la eternidad como héroes! ¡A LA CARGA!

    Leo llevó a lo que restaba de las dos Brigadas de Guardianes de Tierra en contra del Deathmon; a pesar de la bravura de los guerreros digitales, Deathmon era demasiado para ellos. Usando su “Death Wave” devastó a las dos Brigadas usando una extraña onda sónica que emitió de su cuerpo. Los pocos sobrevivientes que no lograron escapar fueron destruidos por las garras del poderoso Rey Demoniaco, y los ataques de los sirvientes de éste, un grupo bastante nutrido de NeoDevimon.

    Sin perder la esperanza, el valiente Leo cargó con su Shishiomaru en contra del Rey Demoniaco, pero antes de que pudiese tocar a Deathmon éste lo atrapó entre sus poderosas garras.

    Al darse cuenta, Wynther voló para ayudar a su amigo, pero las tropas enemigas no le permitían avanzar muy rápido. Deathmon seguía estrujando a Leo entre sus garras mientras volaba cada vez más alto. Al parecer, si no lograba aplastarlo, lo mataría al dejarlo caer de una altura lo suficientemente grande para que estallase en fragmentos de data una vez tocase el suelo.

    —¡No seré tu cena, monstruo infernal!—exclamó el feroz Panjyamon.

    Enterró su espada en uno de los dedos del Rey Demoniaco, haciendo que lo soltara, dejándolo caer contra la dura roca de una de las montañas; la espada salió volando y quedo clavada cerca de su dueño. Garudamon al fin pudo llegar a socorrerlo.

    —¡¿Estás loco, pudo haberte matado!?—exclamó el comandante, al ver a su amigo en el suelo.

    —¿Cómo es que eres capaz de hablarle a tu General de esa forma…?—gruñó Leo.

    —Acabo de recibir un llamado del Gran General—dijo el Garudamon sin darle tiempo al Panjyamon para que rezongara—. Debemos reagrupar nuestras tropas, lo quieras o no.
    Wynther tomó la espada de Leo y luego lo ayudó a levantarse. Después, lo llevo al campo de batalla donde estaban sus diezmadas tropas y les ordenó reagruparse y escapar por una de las laderas del Paso, en dirección a las Puertas Gloriosas.

    ***​

    Fu Su y compañía se habían replegado ante el poder de la nueva oleada de enemigos. Habían perdido a demasiados monstruos, y la Guardia de Rotarl estaba totalmente diezmada. La superioridad militar del comandante de los Busters—porque sin duda aquel individuo que había llegado en el acorazado enorme junto con el Chaosdramon debía de ser su líder—era simplemente aplastante. Se ordenó la retirada y toda la Guardia de Rotarl se replegó hacia las Puertas Gloriosas. Solo quedaban cuatro mil efectivos en la Guardia, mientras que la horda de dinosaurios, sumada a los Digimon Busters y a lo que quedaba de la Hueste del Terror los superaba en al menos tres a uno. Más de la mitad de los defensores de Rotarl. A pesar de que el ejército de los Ángeles había tenido solo seis mil bajas a cambio de más de siete mil enemigos muertos, el equilibrio de poder estaba en su contra.

    Mientras la Guardia se reagrupaba, Wynther llegó con Leo en su espalda. Al verlos, todos se alegraron de que estuviesen con vida, pero quedaron muy consternados al saber quién era su oponente.

    —Un Rey Demonio... No puedo creer que tengamos que enfrentamos a uno además de a todo esto—musitó Ling cabizbaja, y visiblemente abatida. Fu Su la tomó entre sus brazos tratando de reconfortarla.

    —Además, con tanto poder oscuro los ángeles ya no somos efectivos—agregó Isiwen, la Angewomon de Lin—. Muchos de los ángeles de la etapa adulta se han debilitado bastante. Además de los pocos perfectos que sobrevivimos, solo contamos con los digimon no ángeles para poder hacerle frente a esto.

    El poder oscuro sin duda venía tanto del Deathmon como del Chaosdramon. Quizá estando los dos en el mismo lugar habían logrado una resonancia, incrementando en magnitud el alcance de sus auras malignas, debilitando a todos los digimon sagrados que no fuesen tan fuertes para resistirlo. Según las Crónicas de la Alianza, que Fu Su había podido estudiar durante su larga estadía en la Isla ROM, aquel digimon cibernético estaba conectado de alguna forma al Área Oscura.

    —Si tenemos que caer, lo haremos peleando. Rotarl no desparecerá mientras uno de nosotros siga en pie—ordenó, decidido, el Gran General Alain. El Justimon logró contagiar de alguna forma a los que estaban a su lado de valor.

    —Tengo una idea—exclamó Qian—. No creo que tenga mucha ventaja en contra de Chaosdramon, pero contra un Rey Demoniaco, es otro cantar. Si logramos derrotar a Deathmon, puede que los ángeles recobremos algo de poder.

    —Imaginando que podamos derrotar a esa bestia—interrumpió Wynther, el Garudamon—. ¿Cómo llegaremos hasta él?

    —Si cargamos con los mejores de nuestras tropas—sugirió Fu Su, aún inseguro de sí mismo—, podremos abrir una brecha hasta ese Rey Demoniaco. Después, usando todo nuestro poder le derrotaremos...

    —No creo que funcione—interrumpió Leo—. Ya hemos seguido tu consejo antes, y mira a lo que nos ha llevado.

    —No hay que perder la fe en el poder de la Luz… debemos intentarlo—insistió Fu Su, casi suplicando desesperadamente. Los comandantes ya habían perdido toda fe en él—. Es nuestra única opción y si no perdemos las esperanzas, puede que funcione ¡vamos amigos!

    —Yo estoy de acuerdo—le apoyó Lin.

    Qian, Isilwen y Wynther también estaban de acuerdo con la idea de Fu Su, pero Leo, el Panjyamon, se oponía vehemente. Todos se volvieron a ver a Justimon, ahora la decisión quedaba en sus manos.

    —Está bien, que así sea—asintió Alain con un cabeceo tras cavilar por un instante que pareció eterno—. Leo, Wynther, ustedes se quedan aquí dirigiendo el resto de las tropas. Necesito que mantengan intactas las Puertas Gloriosas. Ni un solo rasguño.

    Ambos asintieron, si bien los ojos de Leo estaban gélidos por la ira, y se retiraron a reunir lo que quedaba de la Guardia de Rotarl, y tras esto se dirigieron ante las Puertas Gloriosas.

    El Gran General Alain, por su parte, preparó rápidamente a la élite de las tropas y se colocó al frente, con los oficiales de alto rango supervivientes y los dos Elegidos. Los pocos digimon de las fuerzas de élite que aún seguían con vida estaban cansados y desmoralizados. Y muchos se preguntaban por qué los Tres Arcángeles aún no habían aparecido para ayudarles.

    —¿Ven ese monstruo que viene en nuestra contra, que trata de destruir la luz del mundo?—les arengó Alain, tratando de hacer que dejasen de pensar en ello y recobrasen el valor—. El Chaos Lord ha sido la escoria del Mundo Digital desde la Tercera Edad. Sus actos viles y crueles causaron que nuestro dios destruyese el mundo una vez, para purgarlo de su corrupción. Y ahora ha venido de nuevo a corromper nuestro mundo con su macula de caos. Pues, ¡no lo permitiremos! Destruiremos al Chaos Lord, y a ese Rey Demoniaco que le acompaña, ¡y salvaremos a Rotarl y a la luz del mundo! Así que les pido una última carga, un último acto de valor... ¡POR ROTARL!

    Animados por el grito del Gran General, los cien guardias élites que habían sobrevivido, cargaron contra el Chaos Lord y el Rey Demoniaco, y contra Lord Ultima y su horda. Y contra esos humanos que servían a la oscuridad.

    —Es ahora o nunca...—arengó Alain—. Elegidos, ¡AL ATAQUE!

    Fu y Ling—en sus respectivas monturas—, Qian, Isilwen, y Alain atacaron a Deathmon, mientras las demás tropas de la élite cargaban en contra de Chaosdramon. Sin embargo, ni siquiera los tres digimon—HolyAngemon, Angewomon y Justimon—eran rivales para Rey Demoniaco. Deathmon los hizo a un lado con solo un manotazo. Alain y los digimon ángeles le rodearon atacando ciertas zonas, para evitar ser atrapados por el poder avasallador del Rey Demonio, pero los ataques parecían rebotarle en la piel. Éste, iracundo, arremetió contra Fu, derribándolo de su Pegasmon—el cual fue aniquilado de un solo golpe—, atrapando al joven entre sus garras.

    —¡Qian!—gritó Fu, desesperado, tratando de safarze de algún modo. Ni siquiera podía llegar a tocar su espada.

    Al oír a su tamer, HolyAngemon se lanzó a rescatarlo más no pudo liberarlo y terminó él mismo atrapado con la otra garra del Rey Demoniaco, que se tornaba para mirarlos con su gran ojo ciclópeo. Alain e Isilwen intentaron un desesperado esfuerzo de rescate, pero Deathmon era mucho más fuerte que ellos y los repelió con facilidad.

    —No podemos ir por ellos...—ordenó Alain, frustrado—. Debemos permanecer con nuestras tropas y aprovechar la brecha que abrimos en la formación enemiga. Ya que está distraído con Fu Su, podemos al menos destruir a los sirvientes de Deathmon. Hagan que la muerte de Fu Su y Qian no sea en vano.

    Ling estuvo punto de desmayarse, forzando a su Hippogriffomon a aterrizar. Angewomon no tardó en llegar al lado de su tamer. Justimon, por su parte, guió a los demás supervivientes de la élite—varios Angemon, WereGarumon y Flaremon, entre otros del mismo tipo—para que luchasen en contra de los NeoDevimon o de los dinosaurios que seguían a Lord Ultima. Si ellas querían rescatar a Fu Su por su cuenta, el Justimon no iba evitarlo.

    Alain se quedó con los suyos, luchando contra la horda de NeoDevimon y Devidramon, Megadramon y Gigadramon; y Greymon, Tyranomon y Allomon, y Triceramon y Vermillimon, mientras Lin e Isilwen iban en busca de Fu Su y Qian.

    ***​

    Frente a la montaña conocida por el nombre de la Montaña de las Estrellas, Deathmon se detuvo para admirar a sus presas, con su horrible y ciclópeo ojo. Prestaba especial atención al HolyAngemon.

    —¡No me vencerás bestia demoníaca...!—espetó valientemente Fu Su.

    —Eres estúpido, Elegido de la Luz—rió de repente el Deathmon. Su voz parecía provenir de todas partes y de ningún lado a la vez; era etérea y cavernosa, carecía de toda emoción y hacía eco en sus pensamientos—. Te crees un paladín de antaño. Tus maneras y forma de hablar son bastante anticuadas. Me entretienes. Quizá a ti te deje vivir, pero a él no—esto último lo dijo mirando a HolyAngemon.

    —¡El poder de la Luz es invencible!—gritó Qian, desafiante.

    De repende, un brillo ominoso comenzó a emanar de la donde tenía atrapado a Qian. Fu Su sintió algo moverse tras de sí y cayó en cuenta de lo que era. Un ojo gigante, en la palma de su mano, que lo miraba fijamente a su espalda. Y entonces cayó en la cuenta. Cuando el Deathmon había atacado a las fuerzas de la Guardia, había disparado rayos de las planas de las manos. De los ojos en las palmas de las manos. Y dijo que mataría a Qian.

    No podían darse por vencidos. Desesperados, trataron de zafarse, pero el esfuerzo era inútil. Entonces Fu Su cayó en la cuenta de que estaba siendo un insensato de nuevo. Se concentró en su interior, el poder de la Luz que sobrepasa a la ignorancia y a las tinieblas, que trae vida, luz y esperanza. Y su D-Gauntlet brilló, y el poder de la luz emanó de sí como un caudal raudo, poderoso, inexorable. Ese poderoso resplandor sagrado hizo que Deathmon los soltara, pero no cayeron sobre la montaña, si no que descendieron poco a poco, rodeados por el poder de la Luz. Una vez en el suelo de la montaña, se reincorporaron.
    —Nunca había sentido con tanta fuerza el poder sagrado...—comentó Fu Su, visiblemente conmocionado.

    —Ni yo—replicó Qian—. Creo que ésta será una nueva evolución.

    En ese momento la espada de Fu comenzó a brillar, fulgurante como el sol, y él la retiró de su vaina. El resplandor de la espada era tal que Deathmon no se atrevía a acercarse. En lugar de eso, la piel alredor de su ojo empezó a llenarse de venas gruesas y carnosas, mientras el ojo brillaba con gran intensidad que rivalizó al poder de la espada. No era menester usar el analizador del Vertex para deducir que estaba por usar su técnica más poderosa.

    —Rápido, Fu Su—dijo Qian a su compañero—, ¡usa el poder sagrado!

    Entonces Fu Su apuntó a Qian con su espada, y de ésta se desprendió un rayo de energía que golpeó a HolyAngemon en el pecho, haciendo brillar con más fuerza. Y su cuerpo cambiaba al igual que su armadura y armas. Mientras una enorme cantidad de paquetes de datos salidos de quién sabe dónde lo envolvían a velocidad vertiginosa.

    Explosion Eye”. El Deathmon disparó un enorme rayo con punta de flecha de su enorme ojo ciclópeo, pero Fu Su y Qian salieron rápidamente del rango de alcance del ataque, el cual fue dar en contra de la Montaña de las Estrellas, envolviéndola en una nube de escombros y polvo.

    Cuando el joven volvió sus ojos a donde había impactado el ataque, se dio cuenta de que la montaña ahora tenía un agujero enorme—casi tan grande como la misma montaña—que la atravesaba de lado a lado. Y luego se fijo en Qian, y quedó boquiabierto por los cambios.

    Se había transformado en un poderoso ángel de alas metálicas como navajas, y los brazos tocados en unas también, aunque estas eran enormes espadas curvadas, con el centro de color azul—aunque tenía suficiente de estos para poder cargarlo sin problema—, con patrones lineales dorados que también llevaba en el peto. Portaba una armadura metálica y un tabardo azul que llevaba de la cintura para abajo. Su yelmo era similar al de Angemon, pero con un orificio vertical que dejaba ver sus ojos, y un navaja a modo de cuerno, y su cabello era de color azul. Llevaba al joven Elegido en sus brazos, pero descendió en una zona segura frente a la destrozada montaña.

    —Yo soy SlashAngemon—dijo entonces. Su voz sonaba poderosa como el trueno, y aún así tranquila y reconfortante. Él era un campeón de la Luz—El poder de la Luz se ha manifestado en mí. ¡Ahora te destruiré!

    Deathmon trató de golpear a Qian con sus garras, pero era demasiado lento para el ángel digimon. Tras evitar el ataque, Qian se acercó al ojo del Rey Demoniaco. “Holy Reaper”; las plumas metálicas se clavaron sobre la cabeza y alas del Deathmon, quién retrocedió adolorido; Qian cargó contra él usando sus espadas, y tras algunas estocadas lo pateó con fuerza titánica, lanzándolo por los aires hacía hacia otra montaña, la cual hizo retumbar cuando chocó contra ésta.

    Al otro lado, en lo que quedaba de la Montaña de las Estrellas, Fu Su concentraba el poder sagrado en su D-Vertex y su espada. Qian empezó a brillar en ese momento, rodeado por un aura dorada, resplandeciente como el sol.

    —¡La Luz es invencible!—gritó—¡HOLY ESPADA!

    Abriendo sus alas y brazos, cargó contra el dragón maligno, el cual se extendió sus brazos y disparó rayos de los ojos en las palmas de sus manos. “Death Arrow”. Las flechas de energía impactaron contra el SlashAngemon de lleno, lanzadolo en la dirección contraria, haciéndolo estrellarse contra unas rocas cercanas. En ese mismo instante, Deathmon volvió a cargar su “Explosion Eye”, pero SlashAngemon voló con su nueva gran velocidad, y contraatacó con su “Holy Reaper”. Las plumas-navaja de Qian se enterraron en la piel del Deathmon, quién solo le devolvió una mirada de odio. Y disparó la flecha de energía acumulada en su ojo, directamente hacía él. SlashAngemon apenas logro esquivarla. A lo lejos, la cima de una montaña fue reducida a polvo y escombros tras una sonora explosión.

    Entonces Qian embistió al Rey Demoniaco, abalanzándose contra él hasta llegar frente a su ojo, y haciendo uso del poder sagrado que le enviaba Fu Su, y luego danzó frenética y velozmente frente al demonio, logrando de alguna forma herirlo con cada una de las espadas que llevaba en su cuerpo. “Holy Reaper”.

    El Deathmon se deshizo en pedazos, los cuales a su vez se fueron desintegrando lentamente. Sin embargo, con su ojo ciclópeo fue capaz de morar a Fu Su una última vez.

    —Eres estúpido, Elegido de la Luz... me entretienes...—dijo, con su cavernosa y etérea voz que carecía de emociones y parecía venir de todos los lugares y de ninguno a la vez—. Volveremos a vernos... en el día... de la... Batalla Final...

    Finalmente, el Deathmon se desintegró totalmente en fragmentos de data, ceros y unos que fueron llevados por el viento. Fu Su no pudo evitar notar que no había dejado un digitama al morir—digitama que usualmente salía volando a gran velocidad a los cielos y de ahí a donde quiera que fuesen los digitamas para renacer—, como pasaba con los digimon comunes. ¿Sería por era un digimon malvado que no renacería...? ¿O quizá los Reyes Demoniacos obedecían reglas diferentes? Y estaba su criptica despedida...

    Cuando la energía demoníaca se desvaneció, el lugar se cubrió por el resplandor sagrado que emanaba de SlashAngemon, de Qian, que se dirigió a su tamer, el cual a su vez lo abrazó.

    —¡Lo lograste Qian, derrotaste a Deathmon!—exclamó Fu con una gran sonrisa.

    —Querrás decir, lo logramos—contestó Qian, que se notaba bastante agotado—. Gracias a ti pude llegar al nivel definitivo... En verdad, gracias por todo.

    —No hay de qué amigo, ahora vamos a destruir al resto de los invasores—dijo Fu Su.

    En la distancia pudo ver a Ling, montando en su Hippogriffomon y seguida por Isilwen, la Angewomon, viniendo hacía ellos. Y entonces, un resplandor cegador que venía de Rotarl en el mismo instante en que la montaña donde se encontraba la ciudad desaparecía en una bola de fuego incandescente, tras lo cual un sismo sacudió las montañas hasta sus cimientos.

    ***​

    En las Puertas Gloriosas, Alain y los suyos habían logrado recuperar bastante terreno ahora que Deathmon no estaba luchando contra ellos en el campo de batalla, y su presencia se alejaba más y más, por lo que los digimon ángeles recuperaban su poder. Sin embargo, distaban mucho de tener una ventaja. El Chaosdramon aún era una amenaza, disparando misiles orgánicos del cañón en su brazo izquierdo, lo suficientemente poderosos para aniquilar a cualquier digimon al que golpearan. Y UltimateBrachimon, que usando su “Ultimate Quake”, aplastaba o destajaba a cualquier infeliz al que golpeara con su pesada cola, y aplastaba con su gran cuerpo a cualquiera que se interpusiera en su camino para llegar ante el Justimon.

    Parado en el techo de su Digi-Beetle, Zeus observaba el campo de batalla con su gran arrogancia. Y luego se dirigió a los monstruos que conformaban su ejército.

    —¡¿Acaso es éste el poder de los guerreros del Señor del Odio?! ¿Tanto aprecian a su líder?

    —¡No es eso, señor Zeus!—habló uno de los capitanes digimon, un Mummymon—, Pero están recuperando su poder de la Luz. ¡Ante eso, no podremos contra ellos!

    Los demás monstruos apoyaron al cobarde Mummymon. Zeus, furioso, levantó su brazo, en señal de silencio. El Chaosdramon se detuvo en ese instante, quedando justo al lado de su Digi-Beetle.

    —¿¡Quieren conocer el poder!?—les gritó—. ¡Pues entonces les demostrare mi verdadero poder!

    Zeus se bajó de su Digi-Beetle de un salto, cayendo a la palma de la mano derecha de Chaos Lord, quien lo subió hasta la altura del hombro, donde Zeus se ubicó.

    —¡Guardianes de Rotarl!—exclamó, orgulloso— ¡Yo, Zeus, les demostraré que su poder de la Luz es nada!

    Los cañones de Chaosdramon se alinearon mientras el dragón cibernético dejaba escapar un sonido metálico perturbador, una especie de risa macabra que se trocaba con el chirrido del metal siendo cortado por una sierra. De repente, solo un instante, los cañones acumularon energía. Una gran cantidad de energía en solo un atosegundo.

    Hyper Mugen Cannon

    Los poderosos cañones del Chaos Lord se dispararon, liberando el poder aterrador del Área Oscura en la forma de una ráfaga de luz capaz de destruir hasta reducir a ceros y unos todo lo que estuviese a su paso, sin detenerse jamás si el Chaosdramon—o Zeus, quién parecía tener control total sobre aquél que una vez fue el líder de los digimon oscuros—no lo deseaba. Y así lo hizo. Los datos de aquellos que estaban en el camino de la ráfaga de poder se dispersaron en fragmentos de ceros y unos mientras el piso bajo ellos se fundía, como si se tratase de mantequilla cerca del calor. Digimon oscuros—incluido el cobarde Mummymon y quienes le apoyaron—, digimon de la armada de Lord Ultima, incluso digimon de los Busters, los mismos Busters y sus Digi-Beetles, simplemente dejaron de ser.

    Los digimon de la Guardia de Rotarl que se encontraban frente a las Puertas Gloriosas sufrieron el mismo destino, mientras Alain y los demás miraban asombrados como las legendarias murallas se derrumbaban. No, se desintegraban frente a ellos. Los rayos de poder continuaron, golpeando el centro de la ciudad misma, la cual explotó con tal energía que el aire retumbó y se produjo un gran sismo que hizo tambalear las montañas a su alrededor. En un solo instante, Rotarl y todos los que habían vivido allí, habían sido reducidos a ceros y unos.

    —¿Ven?—Zeus gritó triunfal, riendo como un demente—. Ya nadie podrá detenernos. ¡La Ciudad Sagrada, Rotarl, ha llegado a su fin!

    En ese momento Chaosdramon detuvo el flujo de energía y sus cañones, humeantes, se apagaron. El ejército maligno vitoreó, antes de abalanzarse sobre los supervivientes de la Armada del Panteón. Las murallas habían caído de la ciudad quedaba poca cosa. Nada más que las ruinas de la periferia y algunas secciones de la Ciudadela, incluidos los castillos de los Arcángeles, si bien no estaban intactos. Rotarl había caído, y eso significaba que las fuerzas de la Alta Guardia habían sido derrotadas. Potencialmente, que la Alianza había sido destruida.

    Y a lo lejos, en un oscuro Digi-Beetle acorazado ubicado lo suficientemente lejos de la batalla para poder verla sin tomar riesgos innecesarios, el Profesor Kimaira observaba todo con gran expectativa. Sonreía complacido, pues todo estaba saliendo según lo previsto. Solo faltaba que él llegase.

    —¡Pronto, mi sueño se hará realidad!—rió el científico, como solo lo haría un demente.
     
  11. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    THE MOST DESIRED MEETING, AND THEN…

    Minutos antes de la destrucción de Rotarl.

    Lejos de las Montañas Pixeladas, en un lugar donde el tiempo era irrelevante, donde el cielo no era azul sino Vacío, y donde nada existía y al mismo tiempo todo estaba conectado, allí estaba él. Ithuriel, el Mephismon que se hacía llamar a sí mismo el Señor del Odio. Aquella oscuridad era su fortaleza, un lugar que existía más allá de todo, del tiempo y del espacio, lejos del alcance de los Ángeles y sus Elegidos, lejos de la Armada del Panteón. Un lugar donde él podía observar sin ser visto, y moverse a voluntad a donde quisiera y cuando quisiera sin ser notado. Un lugar donde podía estar más cerca de Ragnarök. Aquél Vacío era pues la Encrucijada de los Mundos.

    Observando los acontecimientos de aquél día a través de la enorme superficie rectangular luminosa, lisa como el cristal y tan delgada como una hoja de papel, sonrió satisfecho. Tal y como lo había planeado, las fuerzas de la Hueste del Terror, y las de esos estúpidos humanos que se hacían llamar a sí mismos “Digimon Busters”, habían derrotado de una forma aplastante a las fuerzas de la Alianza. El Elegido de la Luz había sido fácil de manipular, y esa pequeña victoria le generaba un inmenso placer. El pobre estúpido debería estar dudando de sus capacidades como general en ese mismo instante. Una vez había descubierto que el muchacho tenía la capacidad de recordar—soñar—eventos de los Ciclos pasados, había sido fácil manipular sus sueños para que viera los recuerdos que él quisiera que viera. Un Ciclo donde su armada había sido derrotada penosamente. Le daba vergüenza aceptar que tal cosa había pasado, pero ahora le era útil. ¿Cuántos Ciclos habían transcurrido desde entonces?

    —Tal como lo había previsto, Rotarl va a caer—no pudo evitar carcajear extasiado—. Ya es inevitable, por mucho que esos tres intenten detenerlo. El poder de las tinieblas ha sumido la ciudad en el caos. Es hora de ir a reclamar aquello que me pertenece por derecho.

    Y tomando control de la realidad que lo envolvía—en ese lugar era algo muy fácil de hacer, si se sabía cómo hacerlo—deseó un acceso para llegar hasta Rotarl. Y el conducto se abrió, como si de abrir una cortina se tratase. Frente a él, las Montañas Pixeladas. Un poco más allá, las Murallas de Rotarl. Abrió el acceso justo en el momento en que Chaosdramon había aparecido en el campo de batalla. Con el tremendo poder maligno que emitía ese digimon, y el del mismo Deathmon, que dirigía la Hueste del Terror, nadie podría detectarlo. Ni siquiera los Tres Árcangeles. Las cosas habían salido a la perfección.

    Entonces lo sintió. Un poder tan grande, tan arrollador, que pretendía aplastarlo por el solo hecho de estar junto a él. Una presencia tan poderosa, que superaba incluso a la de Deathmon, y desafiaba a la de Chaosdramon. Tuvo que hacer un esfuerzo para no caer de rodillas, y necesitó de al menos un par de minutos para acomodarse a la presencia. No había sentido una presencia tan poderosa en siglos, no, milenios. No lo había hecho desde que había estado tan cerca del Tamer Legendario...

    —¿Acaso él...?—musitó, dubitativo. Y temeroso.

    Tenía que saberlo, era imposible que él hubiese regresado. De ser así, todos sus planes acababan de irse por la borda. Un poco más al sur... de todas formas, con el estado de la ciudad en ese momento, aquello que venía a buscar no iría a ninguna parte. Y ésto, en cambio, debía averiguarlo de manera urgente.

    ***​

    Las Torres habían sido tomadas. Los humanos que se hacían llamar a sí mismos los Digimon Busters, y las fuerzas de la Hueste del Terror, el ejército al servicio del Señor del Odio, por fin tenían el dominio del Paso. Podría decirse que habían ganado ya. Tras una ardua batalla y tantos sacrificios, los Sentinels se habían visto forzados a retirarse y los Busters no habían tardado nada en hacerse con el acceso directo a las Puertas Gloriosas. Si usaban el paso, la Guardia de Rotarl no tendría tiempo siquiera de montar una defensa decente antes de que los enemigos estuviesen encima de ellos. No importaba, realmente. Si la Aduana caía, las Puertas Gloriosas no significarían una traba alguna por más protegidas que estuviesen.

    La puerta de roca de la Aduana, que daba directo a la Ciudad Exterior, comenzaba a ceder ante los ataques de los digimon oscuros. Los pocos Sentinels que aún estaban vivos—menos de una docena—, rodeados y superados en número, se habían retirado justo frente a ésta, la entrada directa a la ciudad. Allí estaban dispuestos a dar su última resistencia.

    —Si cae el túnel del tren—musitó el capitán Hanumon—, tendrán acceso directo a los Palacios de la Luz… ¡No podemos rendirnos, el futuro de Rotarl depende de nosotros!

    Pero estas palabras no le devolvían las esperanzas ni a él mismo. Desanimados, los Sentinels se preparaban para morir de una manera honorable.

    Guiados por un Matadrmon, el digimon de la humana que parecía ser la líder de los Busters, la tal Pandora, los digimon oscuros subieron la colina en dirección a la última resistencia de los guardianes. Al ponerse frente a ellos, Matadrmon dio la señal para que sus monstruos se detuvieran.

    —Ríndanse ahora y les prometemos una muerte rápida—se mofó el vampiro, jugueteando con los dedos navaja que tenía. Su voz tenía acento, sobre todo al pronunciar las «s».

    —¡Nunca traicionaríamos a la Alianza! ¡A los Ángeles de la Luz! ¡Será mejor que te prepares para luchar, engendro, porque ninguno de nosotros se rendirá!—espetó Hanumon, desafiante.

    Los Sentinels tomaron armas. Omekamon no sabía muy bien de que serviría esto, pero si lo iban a matar, planeaba hacer que por lo menos tuvieran que trabajar por ello. Junto a él, un Kabukimon y un Lighdramon pensaban lo mismo, se veía en sus miradas.

    —Que lealtad... Os reconozco por eso, soldado de la Alianza—el Matadrmon le hizo una graciosa reverencia. Pero luego miró al Hanumon directamente a los ojos—. ¿Acaso no saben qué a esos tres Ángeles no les interesa en lo más mínimo lo que les pase a ustedes? ¿Acaso enviaron refuerzos en su ayuda? No. Se centraron en salvar sus propios pellejos, sin importarles si ustedes vivían o morían. ¿O es qué eres tan iluso cómo para pensar que el hecho de que se hayan olvidado de ustedes fue un error de táctica? Claro que no. Ni el más novato de los estrategas cometería el error de dejar la puerta trasera al descubierto. Esto fue algo deliberado. Los han descartado, una pequeña traba para huir con el rabo entre las piernas...

    Hanumon apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. El mismo Omekamon no sabía que pensar. No quería reconocer que el digimon oscuro podría tener razón, pero lo que el Matadrmon decía tenía mucho de verdad. No podía creer que se hubieran olvidado de ellos. No podía ser un error de táctica.

    —Hemos luchado tan duro… —susurró tristemente Hanumon, mientras con una sonrisa miraba a su adversario—. Lo menos que podemos hacer es morir con honor.

    Omekamon y los demás Sentinels miraron a su líder de reojo, solo una vez. Vieron en sus ojos su determinación, y sabían que aquella noche él iba a morir ahí, como un héroe. Todos ellos también morirían... pero llegados a ese punto, no importaba. Habían perdido tantos compañeros que escapar con vida de ésta batalla era deshonrarlos. Fueran mentiras o no, no importaba si los Ángeles se habían olvidado de ellos. Ahora lo único que les quedaba para salvaguardar su honor era morir peleando por Rotarl. Serían olvidados, o quizá maldecidos, enterrados para siempre en la oscuridad. La historia no hablaría de ellos, ni los bardos cantarían canciones en su nombre, salvo para decir que fueron cobardes o para maldecir sus fallas. Pero ellos lucharían hasta el final, cumpliendo su deber. Manteniendo su honor.

    Matadrmon hizo un chasquido. Al parecer, en verdad apreciaba su honor como guerreros y le dolía tener que matarlos. Pero si quería honrarlos, era eso lo que debía hacer. El digimon oscuro ordenó a sus fuerzas, un grupo de Boogiemon, Ogremon, Bakemon y Devimon, que se encargaran de aquel trabajo, con un ademán desdeñoso. Hanumon levantó su mazo de hueso. Los Sentinels se prepararon. Esa noche, su orden se había desbandado. Esa noche, sus vidas se habían terminado. Miraron al campo de batalla, donde los cadáveres de sus compañeros aún se desfragmentaban en partículas de datos, un vaho verdoso de ceros y unos que se elevaban a los cielos. Ninguno de ellos había huido. Ellos tampoco lo harían. No les darían la espalda a sus camaradas caídos, aún si la Alianza los había abandonado a ellos.

    —Es hora—ordenó Matadrmon—¡Acabad…!

    El potente rugido no dejo que el vampiro terminase la frase. En el aire, la imponente figura de un dragón alado era opacada por los rayos del disco que giraba en el cielo y hacía las veces de una luna perlada y fría, y las negras columnas de humo que provenían de los incendios causados por la invasión, desperdigados por todo el campo de batalla. Solo había necesitado un rugido para paralizar a todo el ejército invasor, que incluía digimon de la oscuridad. Incluso los Sentinels se paralizaron, llenos de miedo al ver lo que venía hacía ellos, pues en el fondo de sus digicores sabían que se enfrentaban a un ser que solo anhelaba la destrucción...

    Pero los Sentinels solo estuvieron paralizados un instante. A la orden de Hanumon, y con él encabezando el contraataque, Omekamon y los otros arremetieron contra los invasores ahora que habían bajado la guardia. La sorpresa fue tal que estos no pudieron defenderse a tiempo. Matadrmon fue el único que pudo librarse de aquella “pequeña revancha”, y se abrió camino aniquilando a cuanto digimon se pusiera frente a él, sin importar que fuese aliado o enemigo. Se dirigía a toda velocidad a donde estaba la tal Pandora, su tamer.

    ***​

    Desde el aire Akira podía ver el campo de batalla casi en su totalidad, pero no podía dar crédito a lo que tenía frente a sus ojos. Lo que antes fue la puerta de la Aduana y los rieles ferroviarios ahora era un desolado paraje envuelto un mar de fragmentos de data que le ponían la piel de gallina—debido a la electricidad estática que invadía el ambiente—y cubierto de cadáveres de digimon a medio desfragmentar. Una armada de digimon oscuros reforzados por esos humanos que llevaban el uniforme de los Busters—es decir, estudiantes del Neo Arkadia, incluso podía que hubiese compañeros de clase allí—luchando contra un grupo más pequeño de defensores de la ciudad, que daban sus vidas para proteger la puerta de la Aduana. Y ni señal de refuerzos por parte de Rotarl.

    Y los enemigos también se habían fijado en él—o mejor dicho, en DORUgoramon—y lo consideraban el blanco principal. Dejando que los digimon se hiciesen cargo de los Sentinels, los vehículos de combate de los Busters que rodeaban la puerta de la Aduana y el paso de las montañas—el que llevaba a las Puertas Gloriosas, creía recordar que le había dicho Jijimon—comenzaron a disparar todo lo que tenían contra DORUgoramon. Misiles, rayos de plasma, vulcans, el digimon dragón los esquivaba instintivamente a una velocidad que ni siquiera Akira podía entender. Un momento estaba viendo a los acorazados, en otro las montañas y en otro el cielo. DORUgoramon enfureció—eso era algo que el joven podía saber gracias al vínculo que compartían y que de alguna forma se había hecho más notorio desde que estuvieron en Yzarc, la Ciudad Apócrifa— y rugió de nuevo, desafiante.

    El digimon dragón no perdió el tiempo y no esperó órdenes de su tamer. Rugió otra vez, tan fuerte que las ondas de sonido de su rugido se tornaron en una onda de choque seguida por un chirrido ultrasónico, como esos emitidos por los radares. Ese era su “DORU Diin”, su técnica especial de acuerdo a la información que había leído del D-Gauntlet. La onda de choque explotó contra los acorazados, haciéndolos estallar en el acto y matando a cualquiera que estuviera en el rango de su destrucción, fuese los pilotos—humanos todos, suponía—o los digimon que estuviesen cerca de la explosión.

    A Akira eso le hizo un nudo en el estómago. Por más estúpidos que fuesen, por más cueles que le pareciesen, esos “Digimon Buster” eran seres humanos. Peor aún, todos ellos eran estudiantes del Neo Arkadia, así que incluso había podido haber aniquilado a sus compañeros de clase. Y también había digimon con ellos, que podrían ser buenos, como los que acompañaban a Hiei y a Ulli, pero que estaban siguiendo a las personas equivocadas. Empero, a Shin—a su DORUgoramon, ese era el nombre que le había dado y ahora era más importante que nunca el que lo recordase—eso no le importaba. Ahora solo quería destruir a esos que habían osado atacarlo a él y a su tamer. Aniquilarlos sin piedad.

    Desde el momento en que Shin había evolucionado en DORUgoramon, la única sensación que venía del vinculo que ambos compartían era una intenso deseo de combatir, de buscar oponentes poderosos que le dieran un reto, que lo llevaran incluso al borde de la muerte. La pelea contra el Guardián, ese ser robótico que vigilaba las ruinas de Yzarc, le había dejado un mal sabor de boca. Una vez había evolucionado en DORUgoramon, el Guardían no le había dado reto. Es más, DORUgoramon lo había aniquilado con solo usar su técnica especial una vez. Shin estaba frustrado, y los digimon que acompañaban a los Busters pagarían el precio.

    Un Phelesmon que iba con los Busters arengó a un grupo de monstruos, todos digimon oscuros según el analizador—Devidramon, Evilmon, Boogiemon, Kuwagamon, Flymon, y Megadramon—a que atacaran a DORUgoramon. Estos se abalanzaron contra ellos, haciendo que DORUgoramon enfureciese aún más, si tal cosa era posible. Un “DORU Diin” aniquiló a al menos un cuarto de la horda que se les había mandando encima. Hubiera matado a más si estos no hubieran estado tan dispersos. La onda de choque los golpeó y los desintegró al instante, y siguió hasta el suelo, donde hizo estallar las rocas, y quizá mató a algunos de los digimon oscuros que había en tierra, dejando un enorme cráter luego de la explosión. A los demás, Shin los volvió trizas con la garra que tenía libre, la que no estaba usando para cargarlo a él.

    A Akira no le gustaba lo que estaba pasando con su digimon, pero en ese momento no podía hacer nada. Es más, en ese momento convenía que Shin aniquilase a todos los enemigos que pudiera, para darles tiempo a los soldados de la Guardia de Rotarl de enviar refuerzos a los guardias de la Aduana. No entendía por qué no lo habían hecho ya.

    —¡Vamos, Shin!—le animó Akira. Eso era mejor que tratar de evitar que no lo hiciera; al menos así Shin estaría consciente de que él estaba de su lado—. ¡Acaba con ellos! Yo tengo asuntos que atender allí abajo.

    Y diciendo eso, saltó de la mano de su digimon mientras activaba su D-Shield a máxima capacidad, para protegerse del impacto de una caída a esa altura. Veía el suelo venir vertiginosamente contra él mientras el D-Shield rompía el viento, por lo que apenas su cabello si se movía con la caída. Sin ningún impedimento, Shin liberó todo su poder con un salvaje rugido, inflamando sus garras en fuego candente que incrementó su poder destructivo, y arremetió contra la horda de atacantes que ya estaba encima suyo. Los pobres intentos de aquellos digimon para detenerlo solo incrementaban la frustración del DORUgoramon.

    Al caer al suelo, alrededor de Akira pudo verse una esfera hecha de una fina capa de luz, que se rompía como el cristal, mientras abría un perfecto cráter semicircular, de más o menos su tamaño, y levantaba rocas y polvo. Ninguna de las dos cosas rozó siquiera su piel. Se trataba del D-Shield, que se había vuelto añicos con el impacto contra el suelo. Las rocas salieron volando mientras Akira quedaba de pie dentro del cráter que había formado. Le dolía todo el cuerpo por el impacto de la caída—un impacto seco, como si se hubiera tirado de tortazo a una piscina—, pero de alguna forma el D-Shield lo había librado de lo peor del impacto, como si hubiese creado una bolsa de aire en el último momento, para evitar que se destripara contra el suelo.

    “Daño total: 100%. Iniciando sistema de reparación. Tiempo restante para el reinicio: 0:59” Aparecía en la pantalla del D-Gauntlet. Eso significaba que no podría volver a usar el D-Shield en ésta batalla. Bueno, ni modo. Akira no perdió más tiempo y fue corriendo en dirección del Buster que estaba impartiendo órdenes, pues era lógico pensar que se trataba del líder de éstos, o al menos de alguien con alto rango entre sus filas. Sí es que tenían cosas como rango, pensó para sí mismo.

    ***​

    A lo lejos, en el acorazado Digi-Beetle negro y plateado que había preparado para ésta ocasión, Kimaira observaba todo con una cínica sonrisa. Había ido solo como observador, para sí Zeus era capaz de controlar al Chaosdramon, y para ver con sus propios ojos la caída de las Murallas de Rotarl. Pero ahora las cosas se habían salido de sus predicciones.

    ¿Quién iba a sospechar que el mocoso, su “hijo” Akira, hubiese llegado al Mundo Digital por su propia cuenta? Era algo con lo que no había contado todavía, y más aún que estuviera en su contra, pero aún podía usarlo para sus planes. Y el Señor del Odio estaba allí también. Todo estaba saliendo a pedir de boca. Aún había tiempo. Solo tenía que esperar un poco más, observar con detenimiento como aquello iba a terminar.

    Activó su Digi-Beetle en dirección al lugar de la batalla, mientras buscaba en uno de sus bolsillos el aparato que había preparado por si tenía que huir de emergencia. El digimon que Akira se había conseguido podía considerarse una.

    ***

    La fuerza combinada de aquél misterioso digimon dragón y los pocos Sentinels supervivientes se iba volviendo cada vez más y más efectiva. En cuestión de segundos, los aterrorizados digimon de la Hueste del Terror se habían visto en la necesidad de retirarse ante el poder del digimon dragón, y de la última y feroz arremetida de los Sentinels, aunque de éstos ya quedaban menos de la mitad. El contraataque de aquellos patéticos Sentinels se había hecho tan efectivo porque el dragón se había encargado de aniquilar a sus mejores monstruos de un solo ataque, y a casi todo su ejército de tamers.

    Maaya observaba el campo de batalla con desilusión, y frustración. Le costaba creer que todo se había venido abajo tan fácilmente. Sus planes de entrar a Rotarl por la puerta trasera se habían visto estropeados por un digimon totalmente desconocido. Era algo decepcionante. Podía pasar. El campo de batalla era algo impredecible, había dicho Zeus—quién tenía un mejor sentido de la estrategia que ella, dicho sea de paso—, e incluso los mejores planes se hacían pedazos una vez la refriega había comenzado. Solo que el suyo estuvo a punto de completarse de manera perfecta...

    Por otro lado, al fin se había acabado esta tontería. Lo mejor sería volver a la Base y espera a ver qué harían Zeus y Kimaira a continuación.

    —Fácil viene, fácil se va—pensó en voz alta. El transmisor modificó su voz, haciéndola sonar temible. Y horrorosa.

    —¿Quienes son ustedes? —le preguntó una voz a su espalda. Una voz dolorosamente familiar.

    Dejando escapar un suspiro, y puede que también un respingo, Maaya se dio vuelta rápidamente. Y frente a ella estaba él. El chico al que ella tanto extrañaba. El amor de su vida, mirándola con tanto odio como si pretendiese matarla en ese mismo instante.

    —No creí que nos tuviéramos que encontrar tan pronto, Akira... —dijo ella, casi en un susurro que era solo entendible porque el intercomunicador intensificaba su voz, entrecortada por la resignación.

    «¿Por qué?» pensó Maaya en ese momento, desolada. «¿Por qué tuviste que aparecer en este mundo? ¿Por qué justo en este instante? ¿Por qué cómo un enemigo?». Un dolor indescriptible oprimía su pecho.

    No podía pensar bien. Ni siquiera podía pensar bien. El maldito yelmo parecía un horno, y gotas de sudor se mezclaban con sus lágrimas. Casi de forma automática se quitó el yelmo y lo dejó caer al suelo, resbalándosele de las manos.

    —¿Maaya...? —ahora quién estaba lleno de dudas y dolor era él. Su mirada era perpleja, cómo si no pudiera creer que eso estuviera pasando. Ella tampoco podía creerlo.

    —Akira... ¿Eres tú verdad?—dijo ella, aún esforzándose para entender la realidad—. ¿Estás de parte de la Alianza, no es así...? ¿Por qué...?

    —Sabía que había una posibilidad de que estuvieras aquí, pero pensaba que tal vez...—la interrumpió él. Hizo una pausa corta mientras la miraba fijamente. Su mirada se tornó decisiva—. Mira, ¿sabes qué? No importa. Vámonos. Hablaré con Magnamon, él me ayudará a arreglar las cosas. O al menos, nos la ingeniaremos para que regreses al Mundo Humano antes de que la Alianza pueda decir nada. U Omegamon y los otros... yo te protegeré, no dejaré que pase nada malo...

    Su voz temblaba, y el sudor empapaba su rostro. Al igual que ella, lagrimas inundaban sus ojos, que tenían una mirada de la más profunda tristeza. A Maaya se le hizo un nudo en la boca del estomago, y un pánico horrible, inundaban su corazón. No podía entender como eso había ocurrido.

    Y luego todo se volvió confuso. Matadrmon apareció de la nada, y saltó en contra de Akira, dispuesto a destajarlo con esas navajas que tenía por manos. Una exhalación después, el imponente digimon dragón azul había aparecido entre su digimon y su amado, repeliendo el poderoso ataque de Matardrmon con su piel, haciéndolo retroceder por el recular del impacto.

    —¡Quítate del medio, Bestia!—gritó el vampiro.

    “Thousand Arrows”. El ataque especial de Matadrmon. El digimon dragón usó sus alas como escudo, y repelió la lluvia de navajas que el vampiro había liberado, tan largas como espadas roperas y aún más afiladas, cómo si se tratara de aviones de papel. Entonces, retrocedió cuidadosamente para no aplastar a su tamer, y lo rodeó con una mano, a modo de escudo, mientras se ponía en posición defensiva.

    —¡Lestat, ya basta!—ordenó la chica a su digimon, en un arranque de nervios.

    El Matadrmon le devolvió la mirada, sorprendido, pero acató la orden. Akira se acercó a ella en ese momento. Aunque Matadrmon parecía desconfiado—tenía sus dedos-navaja en posición ofensiva, listo para atacar; era un digimon que ella había criado, y conocía sus mañas—, ni se movió cuando el joven se posó frente a ella. El extraño digimon dragón parecía más preocupado ahora por los pocos digimon oscuros que aún tenían el valor para desafiarlo. Ya se encontraba triturando a uno entre sus garras cuando Akira la miró directo a los ojos, a dos palmos de distancia.

    Y entonces la abrazó fuertemente, como si nunca lo hubiese hecho antes. Cómo ella deseaba hacerlo desde hacía días. Eras. Se fundieron en un largo y apasionado beso que la dejó sin aliento y revolvió sus pensamientos. Cuando por fin se separaron sus labios, ella quería que siguieran entrelazados.

    —¿Maaya, que haces aquí? ¿Qué hacen todos ustedes aquí?—preguntó el joven, mientras acariciaba su cabello con cariñó—. No entiendo...

    —Akira, yo tampoco entiendo—respondió ella, aún confusa. Dios, ese joven le revolvía los sesos con suma facilidad—. Él no dijo que estarías aquí. ¿Ni siquiera te dijo a donde venía?

    —¿Él? ¿Quién es “él”? —ahora era Akira quién parecía confundido. Y sorprendido. Y enojado.

    —Tu padre. ¿En serio no te dijo nada?

    —¡Kimaira...!—Akira gruñó entre dientes, con ira contenida.

    —Lo lamento, no pretendía... —no recordaba lo mal que Akira se llevaba con el Profesor Kimaira.

    —No te preocupes—la calló el joven, poniendo tiernamente el dedo índice en su boca—. Sabía que estaba aquí, es solo que... no debería enojarme contigo. Pero debemos irnos ya. Estoy seguro de que Magnamon nos ayudará.

    Y luego, con el frío guante que llevaba en su mano—parte de una especie de guantelete metálico—, acarició su rostro con ternura, limpiándole las lagrimas. Maaya sonrió y abrazó fuertemente. ¡Dios, cómo había extrañado a ese zopenco! Y ahora, no pensaba apartarse de él nunca más. Ya que estaban los dos en ese Mundo Digital, lo disfrutaría junto a él...

    Fue en aquel momento en que sintió un viento frío y siniestro, que le caló hasta el alma, y la presencia que los había estado observado todo ese tiempo se reveló ante ellos. Mephismon, ese que se hacía llamar el Señor del Odio, quién apoyaba al loco de Zeus y a Kimaira en sus desquiciados planes, los miraba con sus ojos rojos llenos de ira y rencor, que brillaban cual estrellas en un cielo sin luz y carente de vida. Y sonreía con malicia.

    —Eres increíble, ¿sabías, muchacho? Tal poder... no puedo creer que me haya topado yo primero contigo, antes que esos estúpidos Ángeles. ¿Saben siquiera que estas aquí? Tu aparición acá, en este preciso lugar, en este preciso momento... ¿significa eso que el Sabio de la Oscuridad no estaba loco?

    —¿Y quién rayos se supone que eres tú?—preguntó Akira con el tono de voz que usaba ante los desconocidos, uno de desconfianza y tozudez, mientras se separaba de Maaya y la ponía tras de sí, tratando de protegerla con su cuerpo.

    Lestat, su Matadrmon, quién se encontraba junto a ellos, también se había puesto en guardia, listo para atacar al Mephismon tan pronto ella diera la orden. El digimon dragón de Akira seguía entretenido aniquilando a lo que quedaba de la Hueste del Terror.

    —Es el Señor del Odio. Es el tipo que planeó todo esto, con Kimaira y Zeus. No confies en él, Akira...—respondió ella adelantando un paso hacía el Mephismon. Le gustaba que Akira se mostrara protector para con ella, pero odiaba que la trataran como si fuese una muñequita indefensa.

    —Oh, ya veo... así que nos traicionas acá, “Pandora”—masculló el Mephismon, mostrando sus dientes con una mirada amenazadora—. En efecto. Soy yo el responsable de esta guerra, y fui yo quien manipuló a esos estúpidos humanos para hacer lo que quisiera. Si realmente quieres saberlo, luego de que destruya Rotarl, y si puedo a esos tres estúpidos de la Alianza, hablaremos largo y tendido. Pero primero, he de darle una lección a los traidores—dijo, señalando a Maaya.

    De la punta de sus dedos salió un rayo rojo, que iba apuntado a su corazón, pero casi al mismo tiempo desapareció cuando impacto con una de las espadas roperas de Matadrmon, la cual se desintegró al tocar el rayo.

    —Me temo que no puedo permitir que le hagas daño a la señora Pandora—dijo el digimon vampiro en tono amenazante—. ¡Chouzetsu Rappashū!

    La danza de espadas de Matadrmon entretuvo por poco tiempo a Mephismon, quién impaciente por acabar con ella, atacó al Matadrmon con un rayo de energía que disparó de sus ojos, tan potente que envió al vampiro contra una de las torres de los Sentinels, la cual se encontraba a al menos más de cincuenta metros de distancia.

    —¡Lestat! ¡No!—gritó angustiada Maaya.

    En ese momento, el digimon dragón apareció de la nada y tomó el lugar de Matadrmon, y la batalla se hizo más violenta. Al dragón no le importaba destruir todo a su paso, con sus ígneas garras, con tal de vencer a Mephismon. En los ojos del Señor del Odio se había dibujado la sorpresa. Aquél digimon no solo podía luchar en igualdad de condiciones contra él. ¡Lo estaba superando! Llegó un punto en el que lo arrinconó contra una de las montañas, que empezaba a hacerse añicos con los golpes de aquel dragón. Akira y Maaya solo eran simples observadores en esa batalla, incapaces siquiera de hablar.

    —¡No!—gritó el Señor del Odio—. ¡No! ¡No pienso permitir que un maldito Elegido de la Profecía acabe con mis planes ahora! ¡Ni siquiera eres el que se supone que me debería derrotar!

    Y tras decir eso se esfumo en una nube de oscuridad, que se deshizo como si fuera espuma en las garras del digimon de Akira. Misma nube oscura que apareció frente a Maaya y Akira casi instantáneamente. El Mephismon no había terminado de levantar sus garras contra ellos, cuando de repente una silueta apareció detrás de él. “Bulldog”. El Matadrmon contraatacó con una rápida patada, abriendo una herida en el pecho del Mephismon, quién logró esquivar el ataque por los pelos. Con sus ojos ardiendo en furia, Mephismon contraatacó con violencia. “Black Sabbath”. Una ráfaga de energía oscura, que disparó de una estrella de cinco puntas con un ojo en el centro y de brillante color amarillo que apareció de la nada en la palma de su mano, atravesó al vampiro de lado a lado.

    —Seño... ra... Pan... Pandora...—fueron las últimas palabras de Matadrmon. Su digicore salió disparado a los cielos casi de inmediato, pero su cuerpo cayó al suelo, desintegrándose muy lentamente.

    —¡¡Lestat!!—gritó horrorizada Maaya, al ver a su digimon convertirse en fragmentos de data.

    Maaya entró en shock por la impresión. Sus ojos poblados de lágrimas, vieron todo lo que ocurrió después en cámara lenta. Como Mephismon se acercaba a ella lentamente. Como Akira intentó defenderla, solo para ser repelido por un manotazo del digimon oscuro, que lo lanzó contra el suelo, unos cinco metros más allá. Como la garra del Mephismon atravesaba su pecho de lado a lado, como lo había ello con Lestat. Como la sangre inundaba su garganta hasta llegar a su boca. Como Akira abría los ojos como platos, desesperado.

    Lo último que percibió antes de que todo se volviera oscuridad, fue el desgarrador grito de Akira. Un grito de tristeza y desesperación. Un grito de ira contenida que por fin se había liberado.
     
  12. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Chronicle 18:
    THE FALL OF ROTARL


    La ciudad de Rotarl se había convertido en un campo de batalla. Algunos de sus habitantes no quisieron evacuar y se quedaron a defender la ciudad. La batalla era desigual, pero hacían lo que podían. Morían cómo víctimas de una masacre, realmente, no de una batalla. Los digimon oscuros de la Hueste del Terror invadían la Capital Sagrada cual si fueran una oleada de iniquidad y muerte, y los digimon que habían hecho de Rotarl su hogar no eran muy fuertes. En su mayoría digimon de la etapa Infantil o Bebe, aunque los Adultos llegaban a la mitad de estos. Pero aún así, no eran rivales para una armada de digimon corruptos veteranos de las cruentas batallas por la supervivencia en el Área Oscura.

    Desde la sala de su palacio de Cristal, Seraphimon observaba con cierta decepción como la legendaria Alta Guardia de Rotarl era derrotada, más allá de las Murallas. La Hueste del Terror los superaba, al igual que esos humanos que los apoyaban, los tales Digimon Busters. Los había subestimado. Muy pocas veces había cometido ese error en su vida, pero siempre que lo hacía el precio a pagar era demasiado alto.

    —Ni siquiera con el Elegido de la Luz de nuestra parte...—murmuró.

    Entonces, ¿todo lo que habían hecho allí... había sido para nada? ¿Qué planeaba hacer Yggdrasill con ellos, entonces?

    En ese momento la pared detrás suyo desapareció, y un conmocionado sequito entró en la sala sin siquiera pedir permiso. Un grupo de YukiAgumon trataba en vano de detener a la digihumana, Rei, quién era seguida de cerca por el joven digihumano llamado Masaaki, y por Jiro, el Jijimon.

    —¡Señorita Rei, por favor, venga con nosotros!—suplicó el digihumano, mientras hacía reverencias de disculpa a Seraphimon.

    —¡No me iré de la cuidad sin saber que le ha pasado a mis amigos!—contestó la chica con determinación.

    Rei iba caminando tan deprisa que no se fijo por donde iba, y chocó contra el solemne ángel. La chica cayó al suelo de espaldas. Seraphimon se agachó y la ayudo a levantarse. Los demás digimon que estaban en la sala observaban asombrados tal acontecimiento.

    —No deberías preocuparte por ellos, señorita Rei—le dijo en tono amable y tranquilizador—, la divina providencia está cuidando de ellos—luego se dirijo al joven digihumano—. Masaaki, ¿cómo va la evacuación?

    —Su Luminiscencia, el último Locomon que queda en la ciudad esta esperándolos a ustedes. Los demás Trailmon y Locomon ya han cruzado los túneles de hipervínculo de emergencia, llevándose consigo tantos pasajeros como pudieron. Sin embargo, algunos digimon...

    –Si lo sé... muchos prefirieron quedarse a luchar. Tal y como mis hermanos y yo haremos—dijo el serafín con una sonrisa.

    —¿¡Qué dices!?—exclamó Jijimon, y luego se dirigió a él como si aún fuese aquél pequeño Patamon que había criado en las Planicies de Silicio, hacía tantas Eras atrás—. Sabes que si ustedes mueren, la Barrera de Fuego se debilitará, liberando nuevamente a los demonios del Área Oscura.

    En ese momento, Cherubimon y Ofanimon entraron a la sala, seguidos por un pequeño sequito de Angemon y Darcmon, su pequeña guardia de honor. Demasiada pequeña. Al reunirse las tres majestuosas presencias de los digimon Arcángeles iluminaron aquel lugar con el sublime poder de la Luz.

    —Está decidido, abuelo—le dijo Ofanimon, cariñosamente—. Nosotros lucharemos para protegerlos a ustedes de la amenaza que representa Chaosdramon. Ni siquiera nuestros predecesores pudieron contra él, e incluso los Elegidos de la Leyenda pudieron ganarle solo después de un tremendo sacrificio—los viejos relatos decían que uno de los Elegidos y su digimon compañero habían muerto en esa batalla—. Pero ahora que ha sido liberado, su sola presencia en este mundo también puede debilitar la Barrera, así que si no lo detenemos, entonces él...

    —Entiendo—respondió Jijimon, cabizbajo—. Les dejamos esto a ustedes. Pero, por favor, cuídense.

    —No se preocupen por nosotros—replicó Cherubimon con una sonrisa—. Sabes que nosotros podemos cuidarnos solos. Ya no somos esos pequeños digimon que criaste tras el desmembramiento del mundo. Nos preocupan ustedes. Váyanse ya. Ustedes también, su deber es proteger a todos los que van en ese tren—dijo esto último refiriéndose a la guardia de honor.

    Masaaki, ayudado por el grupo de YukiAgumon, se llevo a Rei de la sala en contra de su voluntad, y luego de que salieron de la sala fueron seguidos por el anciano digimon y los digimon ángeles de la guardia de honor. Los tres Ángeles salieron de la sala por el gran ventanal, el cual desapareció como lo había hecho la pared. El campo de batalla los esperaba.

    ***​

    Chaosdramon, como un poderoso titán, había acabado él solo con toda la fuerza élite y con la gran mayoría de la Guardia de Rotarl. Ninguno era rival para su poder. Ni siquiera Alian y los otros comandantes veteranos. Ni los digimon de los Elegidos. Chaosdramon, el Chaos Lord de la leyenda, era imparable, y ningún digimon que estuviera en ese momento en el campo de batalla era rival para él. Fu Su intentó ayudar utilizando su poder sagrado en SlashAngemon, el cual se abalanzó contra Chaosdramon, utilizando su “Holy Espada”, pero el Chaos Lord lo derribó con un solo golpe, enviándolo a volar varios metros de distancia hasta que chocó contra las Murallas. Solo eso fue suficiente para sacarlo del combate. Con sus poderosos cañones que no dejaban de disparar en ningún instante—pues tenían una fuente infinita de energía, proveniente de la misma Área Oscura—, el dragón del caos destruía la ciudad como si se tratara de un castillo de naipes. Sus casas y calles, sus Murallas protectoras, y los digimon que trataban de interponerse. Todo era reducido a simples ceros y unos en un instante. Todo había terminado en un caos.

    —Caos… ¡Eso es! —exclamó Fu, pues a su mente había llegado una revelación. Demasiado tarde para ser útil, por desgracia—. Las cosas que vi, tal vez las vi porque él quiso que yo las viera. Todo estuvo arreglado desde un principio.

    —¿De qué hablas, Fu Su? – le preguntó Qian, confundido, mientras lo ayudaba a levantarse.

    —Mis visiones, quizá fueron controladas por el Chaos Lord. Ellos contaban con que yo estaría en esta batalla, y usaron el poder de Chaosdramon para dirigir el ejército, mientras me mostraban lo que ellos querían que viera. Sabían que no podrían controlarme del todo, pero eso lo podían arreglar con una buena estrategia de batalla...—le dolió pensar en sí mismo como mal estratega, pero eso lo había dejado más que claro en la ejecución de su plan.

    De repente, un pilar de luz azul, tan brillante como el sol, proveniente del Paso, se alzó hacía las nubes y las atravesó, dirigiéndose al disco que flotaba en lo alto. En el campo de batalla, todos también quedaron paralizados. Podían sentirlo. No solo el poder, sino también la ira. Una ira contenida que por fin se desataba, y se desbordaba como una presa que se ha roto. Aquello era digisoul, Fu Su podía estar seguro de eso. ¿Acaso podía ser...? Fu Su cayó de rodillas. Desesperado, se agarró la cabeza con las manos. De su nariz comenzó a brotar sangre. Le costó creer que estaba temblando. Le costó creer que estaba horrorizado; el pánico se había apoderado de su cuerpo. Ling, preocupada, se acercó a ayudarle.

    —¿Fu Su, qué te pasa?—le preguntó preocupada, mientras trataba de ayudarlo a ponerse en pie.

    —Eso es... Ira...—respondió Fu Su, cuando por fin pudo hablar, aunque lo hizo con voz entrecortada—. Jamás había sentido una ira tan grande... tan profunda.

    Entonces se fijo en los demás. Alain el Justimon, Leo el Panjyamon, Wynther el Garudamon, Ling e Isilwen, la Angewomon, el mismo Qian, que se había reunido con ellos en ese momento. Y al otro lado del campo de batalla, el Chaosdramon y su tamer, Zeus, y también el tal Golem. Hasta Lord Ultima, el UltimateBrachimon. Todos estaban estupefactos, viendo la tremenda manifestación de poder que se alzaba como una gran columna de luz más allá del Paso de Rotarl. Tonalidades rojas, amarillas, naranjas y azules se mezclaron en una hermosa danza de colores, mientras las Torres caían. ¡Las Torres de Rotarl habían caído, por el amor de Yggdrasill!

    Un gran seísmo hizo retumbar el campo de batalla, mientras una gran explosión y una nube de humo en forma de hongo, de la cual se desataba una tormenta eléctrica, se podían ver en donde una vez estuvieron las Torres. La onda de choque, que tumbo a varios digimon de ambos bandos e hizo tambalear a moles como UltimateBrachimon y Chaosdramon, no tardó en llegar, poco después.

    ***​

    Mephismon estaba recibiendo el peor castigo de toda su vida, y ni siquiera tenía la oportunidad de defenderse. Shin era tan rápido que no había forma de escapar, ni usando su magia negra. Con sus garras envueltas en fuego carmesí, el DORUgoramon lo molía a golpes contra una de las montañas cercanas al paso de la Aduana. O lo que quedaba de esa montaña, reducida a polvo tras el violento “Brave Metal” al que el Señor del Odio estaba siendo sometido. Los demás digimon que quedaban en el campo de batalla habían sucumbido al terrible digisoul de Akira, que aún con el parche de seguridad que le habían puesto al llegar al Mundo Digital—lo que ahora parecía que había ocurrido una Era atrás—los había contaminado con la violencia de sus emociones. Tanto digimon naturales como digimon de la oscuridad se mataban entre sí, presas de un frenesí mortal que no daba espacio para la razón o el dolor.

    Y de los Busters, no quedaba ni el rastro. Lejos de allí, el Capitán Hanumon, Omekamon y el Lighdramon de alto rango luchaban ferozmente. De alguna forma, habían sido capaces de eludir el efecto de la ira del digisoul de Akira. Quizá pura suerte, quizá el muchacho los había perdonado. Eran los últimos Sentinels que quedaban en pie. Los únicos que quedaban con vida. Phelesmon los había rodeado con sus soldados, todos presa de la ira irracional del monstruoso digisoul del tamer. Estaban perdidos.

    Lighdramon fue el primero en caer. Cayó rendido por el cansancio. Hanumon fue corriendo a ayudar a su compañero, pero ya era tarde, había muerto. Cerca, Akira aún no se recuperaba de su shock. De rodillas en el suelo, aún se aferraba al cuerpo sin vida de Maaya. Hanumon le dirigió una mirada compasión. De repente, Phelesmon se abalanzó contra Hanumon, quien estaba desconcentrado. Omekamon, al ver esto, corrió a toda velocidad para defender a su capitán. La lanza atravesó su piel, lenta y dolorosamente. Unas lágrimas brotaron en los ojos de Omekamon, mientras lanzaba un ahogado grito. Hanumon y Akira reaccionaron de inmediato. Phelesmon sacudió la lanza, liberando al pobre digimon que cayó unos cuantos metros lejos de él.

    Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad para alejarse del cadáver de su amada, el tamer corrió donde su amigo, y se arrodilló para ayudarlo. Ya era demasiado tarde.

    —Akira... ¿así qué eras tú el que nos estaba ayudando?— rió el agonizante digimon –. Gracias amigo...

    Su data se desintegro lentamente, convirtiéndose solo en fragmentos de datos que se dispersaban en el aire. Su digicore salió disparado hacia el cielo.

    —Omekamon...—sollozó Akira, apretando con fuerza los dientes.

    Atrás de él, Hanumon lanzó un aullido de furia.

    Y entonces, el sujeto que esperaba ver en ese sitio, aunque no quería verlo ni en pintura en ese momento, apareció.
    —Vaya, vaya. No puedo creer que en verdad estés aquí—lo saludó Kimaira, con una sonrisa que denotaba sarcasmo y satisfacción al mismo tiempo.

    —Kimaira—gruñó el chico, mostrándole los dientes.

    El científico le sonrió, compasivo, cuando vio el cadáver de Maaya de reojo. Una sonrísa que no le llegó a los fríos ojos.

    —Soy yo el responsable de esta guerra, y fui yo quien creó a los Digimon Busters. Así que soy el responsable de que ella esté muerta, supongo—empezó a explicar, con un tono que parecía que estuviese explicando porque dos más dos era igual a cuatro—. Todo esto es para hacerte más fuerte. Es necesario, por el bien de éste mundo. Es por eso que te he quitado a todos los que más te importan. Incluida ella. Al igual que tus padres, era un sacrificio necesario...

    —¡¿Mis padres!?—la revelación de aquella verdad fue un duro golpe para Akira. Tan duro como si le hubieran echado una montaña encima—. Tú... ¿¡Tú los mataste!?

    —Así es. Como parte de mi experimento—respondió el científico, en un tono tan... indiferente, como si aquello fuese lo mismo que decir que había tomado comida del refrigerador—. ¿Creías acaso que el mundo era simple? No—rió sardónicamente—. Si queremos cambiar el mundo, si queremos realmente ser los dueños de nuestro destino, entonces, comprenderás que tenemos que ser nosotros quienes debemos llevar las riendas de éste. ¡Tú, quien ha nacido con un poder ilimitado, eres superior a nosotros! ¡Deberías poderlo entender!

    El científico tomó un puro del bolsillo interior de su bata, y lo llevo a la boca. Lo encendió con un extraño aparato que llevaba en la otra mano. Extrañamente, se dirigía allí donde Shin aún sometía un tremendo castigo al Mephismon que se hacía llamar el Señor del Odio, que apenas parecía poder moverse. Ya no contraatacaba, usando todos sus esfuerzos en mantener una barrera de energía negra para protegerse. Le costaba trabajo respirar, y mucho más tenerse en pie.

    Akira aún no entendía que estaba sucediendo, o de qué demonios estaba hablando, pero la ira se iba apoderando de él. Ahora que por fin había dejado salir los sentimientos que había acumulado desde la muerte de sus padres, no podía controlarlos del todo. Hanumon yacía en el suelo a pocos metros de él, muerto o moribundo, con la lanza del Phelesmon atravesando su espalda, y más allá el Phelesmon era despedazado por sus propios hombres, un grupo de Devimon y Devidramon que no sobrevivirían mucho tiempo a sus heridas. Akira apretó los dientes con fuerza, y creyó que había dejado escapar un gruñido de furia.

    —Pronto entenderás lo que estoy haciendo, y estarás de acuerdo conmigo—lo dijo como si de verdad lo creyera—. Lo hago por un bien mayor. La creación del mundo ideal.

    —¿Mundo Ideal?—rugió Akira—. ¿¡Matando personas!?

    —Así es—le respondió el científico, con entusiasmo febril—. ¡Un mundo de conflicto eterno! ¡Un mundo donde la guerra sea imperecedera!
    —¿Qué…? – Akira no podía creer lo que había oído. Kimaira se había desquiciado. O quizá, por fin estaba mostrando su verdadera naturaleza. Akira siempre había desconfiado de él.

    —Un mundo incorruptible, donde el caos de la guerra sea infinito—siguió hablando Kimaira, con tono grandilocuente—. La paz no es más que la semilla de la corrupción y el impedimento para el avance de las civilizaciones. Cuando la guerra sea infinita, entonces la humanidad progresara, ¡se hará más grande! Será el nacimiento del verdadero Übermensch. Sin embargo, los digimon son un problema. Su poder puede desestabilizar el equilibrio creado por los Homo Sapiens. Debemos eliminarlos, no ¡controlarlos! Si los tenemos bajo nuestro férreo control, ¡el potencial de la guerra interminable será aún mayor!

    -¡Kimaira, estás demente! ¡No te perdonaré…! ¡¡No te perdonaré!!—masculló entre dientes, apenas capaz de controlar la ira que crecía más y más. Ni siquiera se percató del aura de digisoul que rodeaba su cuerpo como un enorme pilar de luz azul.

    —Eso es, eso es… Es lo que quiero. Que liberes tu verdadero potencial. ¡Tu poder ilimitado!—la risa febril de Kimaira se había convertido en las carcajadas de un demente.

    ¡¡Kimaira!!—gritó el joven, dejando escapar todo su odio, mientras el D-Gauntlet liberaba el látigo de luz.

    Pero eso no sirvió de nada. Una criatura extraña, que salió de la nada, se interpuso entre Kimaira y el Digi-Whip. Se trataba de un ser humanoide de un pálido y nauseabundo color violeta. Era una criatura larga y escuálida, con la forma de un insecto humanoide. Tenía tres garras tanto en manos como en pies, y una larga cola prensil que se movía nerviosamente. Dos grandes protuberancias sobresalían de su espalda, con la forma de huesos largos, rectos en forma de ángulo de noventa grados, que apuntaban hacia el cielo. Con su cabeza cónica, de grandes y torvos cuernos y sus ojos compuestos de insecto, observaba al tamer. Su intimidante presencia bastó para que él joven desistiera de volver a atacar.

    Con un movimiento de sus manos, la criatura comenzó a manipular el continuo del espacio, deformando la realidad alrededor de su cuerpo, y alrededor del de Kimaira. Entonces se abalanzó sobre Akira, sin siquiera darle tiempo de reaccionar. DORUgoramon sí reaccionó instantáneamente, saltando a velocidad vertiginosa hacía donde se encontraba su tamer, y aplastando a la criatura violeta con una de sus garras envueltas en fuego incandescente. Pero eso era lo que esperaba Kimaira, que, con el aparato extraño que había usado para encender su puro aún en su mano, río triunfante, parado junto al Señor del Odio, quién, al parecer, acababa de teletransportarse junto a él, si las manchas negras en el aire servían de indicio. El Mephismon estaba hecho un guiñapo, molido a golpes. Apenas conseguía mantenerse en pie.

    —Oh, sí... me debes esta, Ithuriel—le dijo con tono burlón—. Pero tranquilo, el precio que pido no es algo que no quieras darme.

    El Mephismon le devolvió una mirada feroz, sus ojos carmesí brillaban incandescentes y sus dientes rechinaban. Pero no dijo nada. Agachando la cabeza, se acercó un paso al científico.

    —Y en cuanto a ti, Akira—Kimaira miro al muchacho, expectante—. Nos veremos cuando tu poder... ¡haya cambiado el mundo!

    De repente, la realidad se combó alrededor del aparato que Kimaira llevaba en la mano, y por un par de segundos, pareció agitarse como si fuese ondas de agua en un estanque, haciendo borrosas las figuras del científico y del Mephismon, y luego... ¡nada! Ante sus propios ojos, Kimaira y el Señor del Odio habían desaparecido de la faz de la realidad misma.

    Akira había sido derrotado. De rodillas, golpeo el suelo con toda su furia. Sus ojos llenos de lágrimas buscaron a su amada, quién yacía a unos cuantos metros de él. A Omekamon, que aún no terminaba de desintegrarse por completo. Entonces explotó. Lanzó un grito de furia, mientras una gran aura azul brotaba de su cuerpo. La energía que emanaba de él era increíble.

    Pronto la ira invadió también a DORUgoramon. Lanzado un potente rugido, inflamó sus garras y aplastó a un aterrorizado Devimon—¿o era un Boogiemon?— que estaba cerca de él. Pero eso no era suficiente. Su sed de destrucción crecía a cada paso. El fuego de su “Brave Metal” emanaba de sus garras como si fuese una cascada. Nadie que se le opusiera se pudo salvar. Todos los supervivientes de la Hueste del Terror intentaban huir, aterrorizados, en vano. El incendio se propagaba cada vez más rápido. Un segundo “Brave Metal” comenzó a fundir las Torres—hechas de Chrondigizoit—, hasta hacerlas caer.

    El Digisoul de Akira, sumado a las llamas destructoras de DORUgoramon, creó un hermoso espectáculo de luces en el cielo. Las Torres cayeron. Los digimon que no habían muerto matándose entre ellos o aniquilados por Shin, cayeron sofocados por el terrible calor. DORUgoramon no cesaba de lanzar llamaradas, aniquilando todo a su paso, rugiendo avasallante. Nadie pudo escapar. Las mismas montañas cedieron.

    Mortalmente herido, Hanumon se levantó. Pudo ver entonces aquel océano de llamas, y creyó estar en el infierno. Pero reconoció al joven. Entonces alzó la voz lo más que pudo y habló.

    —Por más que lo intentes, tu solo no podrás vencerlos a todos ellos. Son miles... Pero créeme, eres el tamer más poderoso que he visto. Ni siquiera ese Elegido de la Luz se te compara... Huye, debes vivir... ¡Por el bien de éste mundo!

    —Aún cuando la Alianza los ha abandonado, ¿sigues luchando para protegerla?—preguntó Akira. Su mirada era vacía, su voz, fría.

    —Es mi deber... Debo conservar mi honor, y el de mis monstruos... —respondió el moribundo Hanumon, jadeando y escupiendo sangre, pero sonriendo—. Moriré con mi honor, y salvaguardaré el de los Sentinels. El resto del Mundo Digital, incluyendo a la Alianza, ¡puede irse al Área Oscura!

    —¿Que vas a hacer? – preguntó Akira, aún sin vida. Ya su vida no tenía sentido.

    —Me encargaré de derrotarlos... vengaré a mis hombres...

    Akira se encaminó entonces hacía donde estaba Maaya, mientras Hanumon se sentaba, recostándose en una roca. Ella estaba allí, en un mar de sangre. Akira tomó su cuerpo y cubrió su rostro con el yelmo de los Busters. No habría entierro para ella. Pero, quizá... mientras cargaba con el cuerpo de la joven, observó a su digimon compañero. Shin, el DORUgoramon, el Avatar de la Destrucción, se acerco a su tamer y emitió un leve gruñido, casi un ronroneo. Akira se sorprendió al descubrir que podía entenderlo.

    —Sí, estoy bien... eso creo—respondió él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Dime, ¿cómo estás tú?

    Al escuchar los gruñidos, Akira volvió a sonrier, con esa sonrisa que no parecía para nada una.

    —Eso me tranquiliza. Vámonos, amigo, ya hemos terminado aquí.

    Hanumon observó al digimon dragón, al tal DORUgoramon, ascender hacia el cielo y se perderse entre el humo y las flamas. Ya podía encargarse de la situación sin contenerse. Sacó un pequeño artefacto que tenia escondido entre el pelaje de su cuello, atado a un collar. Antes de presionar un botón que estaba labrado en éste, miro al cielo.

    —Al fin y al cabo, fui yo el que rió al último.

    Al presionar el botón, cayó muerto. Pocos segundos después, su cuerpo, aún desfragmentándose, fue consumido por una gran luz.

    ***​

    Bitmon corrió a gran velocidad hasta el refugio subterráneo. Le costaba creer que los Sentinels habían sido abandonados. Había servido como mensajero en la ciudad, llevando los mensajes de los oficiales de la Alta Guardia, y luego ayudando con el proceso de evacuación. Ahora que todos los trenes ya se habían ido, pudo volver a su puesto de Sentinel. Y tan pronto supo que no habían enviado refuerzos, fue corriendo tan rápido como pudo a prestar sus servicios al capitán Hanumon. Al llegar al refugio, solo vio a un Guardromon y a un Numemon. Sus miradas eran tristes, lúgubres.

    —¿Entonces es cierto, no es así? – preguntó, decepcionado.

    —Nos han abandonado… —respondió Guardromon, con un tono similar—. Dentro de poco, la puerta de contención cederá.

    En ese momento, oyeron la señal. Un pitido, y un botón titilante, que con su luz roja anunciaba la caída del capitán, y su última decisión. Todos se miraron entristecidos. Sabían que si presionaban aquel botón, estarían muertos.

    —Fuimos una deshonora—sollozó Bitmon, finalmente—. Nuestros amigos lucharon con valor, mientras nosotros nos quedábamos aquí, cruzados de brazos, seguros tras las Murallas. Al menos tengamos la valentía de hacer un último sacrificio para vengar sus muertes…

    Guardromon y Numemon asintieron con la cabeza. Luego, el androide presionó el botón. Cerca de allí, una maquina comenzó a vibrar, y concentró una gran cantidad de energía, suficiente para hacer pedazos una montaña enorme como la Montaña Board. Los tres digimon cerraron los ojos, esperando con resignación su última voluntad.

    —¡Todos! ¡Su muerte no ha sido en vano!—gritó fuertemente Numenon, mientras lloraba amargamente.

    La maquina dejo de vibrar, pero un sonido horrible se oyó en todo el cuarto. Luego, liberó violentamente toda la energía que había acumulado. Una brillante luz consumió aquella sala. Después, solo oscuridad.

    ***​

    Los túneles colapsaron, aplastando a los invasores que intentaban adentrase en la cámara secreta, aún tratando de cumplir su misión, ignorantes de cómo habían terminado las cosas en el campo de batalla. El mismo túnel del tren se vino abajo, destruyendo las vías del ferrocarril. El seísmo causado por aquella explosión destruyó el campo de batalla, tumbando las Torres de vigilancia que DORUgoramon no había derrumbado, e incluso las montañas junto a las Murallas, y las mismas Murallas, las cuales arrastraron consigo a los oscuros digimon de la Hueste que intentaban escapar volando, y que habían logrado soportar el calor del fuego causando por la batalla. Ningún digimon sobrevivió. Ningún Buster sobrevivió. La tierra se los tragó a todos, mientras una gran luz emanaba de ésta. Y la orden de los Sentinels se había acabado. No quedaba ya más ninguno. Rotarl se había hundido, y ellos se habían hundido en las tinieblas con ella.

    Así fue como terminó la batalla del Paso de las Puertas Gloriosas. No con gloria, sino con pena y pérdida. Akira aferró fuertemente el cadáver de Maaya, liberando inconscientemente un aura de digisoul de su cuerpo. No un digisoul azul sino uno negro, lleno de un odio demasiado profundo para ser humano, mientras DORUgoramon volaba a toda velocidad en dirección a la Ciudad Sagrada.

    ***​

    Cuando el seísmo cesó, Golem observó hacía las Puertas Gloriosas—o lo que quedaba de ellas—y vio frente a estas a los Tres Arcángeles, quienes acaban de llegar al campo de batalla, reuniéndose con lo que quedaba de las fuerzas de la Alianza. Como todos, se veían bastante confundidos por la explosión que había ocurrido en el Paso. Él mismo no sabía que había pasado, ni que significaría eso para la batalla en general, pero sabía que tenía ante él una oportunidad de oro. Los líderes máximos de la Alianza estaban frente a él, a su merced. Esto lo haría un héroe.

    Con una señal, le indicó a UltimateBrachimon que debía proceder según lo planeado. Por el brillo en sus ojos, era obvio que Lord Ultima estaba saboreando cada segundo del tiempo que su plan tomaba para ejecutarse. Abrió el cañón que estaba en su pecho, y cargó energía lo más rápido que pudo. A una orden de Golem, varios de los digimon del ejército de los dinosaurios se pusieron frente al colosal digimon, tratando de cubrir el cañón. Chaosdramon se había puesto en movimiento una vez más, y eso ayudaba con la distracción. El blanco, Seraphimon, el más poderoso de los tres. El más importante, además. Con él fuera, los demás estaban perdidos.

    “Ultimate Blast”. Lord Ultima disparó sin siquiera dar la orden para que sus propios hombres se quitaran de la línea de fuego. El tiempo pareció detenerse. Los digimon dinosaurios se reducían a ceros y unos. Los oficiales de la Alianza se habían percatado del ataque, pero poco podían hacer para impedirlo, salvo escuchar las horribles carcajadas de Zeus. Algunos, como Alain, Ofanimon y Cherubimon, y los Elegidos, por desgracia lograron moverse a tiempo para esquivar el ataque directo. Pero tal y como Golem lo había calculado, Seraphimon no pudo escapar.

    La explosión causada por el rayo de Lord Ultima destruyó gran parte de lo que quedaba de Rotarl. Y mató a todos los que había tomado por sorpresa. Las llamas comenzaron a extenderse cada vez más rápido por la Ciudad Exterior.

    —¡Seraphimon… no!—gritó desolada Ofanimon.

    Entonces, cuando el humo se disipó, el rugido de un dragón se alzó desafiante, mientras la columna de humo se dispersaba Seraphimon estaba intacto, sorprendido de lo que había pasado. Y frente a él, un extraño digimon dragon, plateado y azul, estaba completamente indemne. Había recibido de lleno el impacto del “Ultimate Blast” para salvar la vida del Arcángel, y no había recibido ni un rasguño.

    —¡Vamos, Shin, ataca!—ordenó su tamer mientras su digisoul negro ardía fieramente. Golem logró reconocerlo. ¡Era Akira, el hijo de Kimaira!

    Un segundo rugido, que se convirtió en un chirrido, y luego en una espantosa onda de choque ultrasónica, los golpeo en ese instante. El ataque les dio de lleno, y Lord Ultima se desplomó como una montaña que se había quedado sin cimientos. Lo había matado con solo un ataque. Golem calló vertiginosamente, y lo único que pudo hacer fue carcajear. Carcajear hasta morir.

    ***​

    Un Boltmon de repente gritó encolerizado, y de un tremendo salto se abalanzó contra ellos, blandiendo su hacha ferozmente. Pero DORUgoramon contraatacó, usando su filosa cola, y lo partió en dos sin mucho problema.

    —Sí, lo logramos—suspiró Akira, antes de caer de rodillas.

    Habían dejado el cadáver de Maaya en una montaña cercana, y creyó que apenas llegarían a tiempo cuando, volando hacía las Puertas Gloriosas, vio que el UltimateBrachimon se preparaba para disparar su ataque más poderoso. Estaba agotado, sudaba a mares y casi no podía moverse por el dolor en los músculos. Se había sobrepasado. Shin lo dejó en el suelo, y trató de moverse para encarar al Chaosdramon, pero él mismo cayó, no muy lejos de su tamer, haciendo retumbar el suelo. Por el vínculo que compartían, Akira supo que había agotado toda su energía y estaba al borde de la muerte. Entonces supo qué hacer. Activó el programa de emergencia que Magnamon le había equipado al D-Gauntlet para casos como ese, y lo instaló en DORUgoramon. El cuerpo del digimon dragón brilló en un refulgente resplandor, mientras iba degenerando, regresando a una etapa donde pudiera sobrevivir con su actual nivel de energía.

    Ahora que el UltimateBrachimon había muerto, la única carta del triunfo para los invasores era el Chaosdramon. Éste se acercó a la ciudad, amenazante, mientras Zeus, triunfante y orgulloso, montando en uno de los hombros del digimon, desafiaba a los guerreros defensores.

    —¡Envíenme a sus campeones!—gritaba con alevosía. Al parecer, ese yelmo que los Busters llevaban tenía un transmisor que permitía que todos en el campo de batalla le escucharan claramente—. ¡Envíenme a sus guerreros más poderosos! ¡Al tal “Elegido de la Luz”! ¡A todos los aplastare, a todos!

    Ninguno de los guerreros de la Guardia podía enfrentarlo. Akira los analizó a todos con el D-Gauntlet, y sus niveles de energía, sino eran tan críticos como los de Shin, si estaban muy bajos. Habían un Justimon—al parecer, el tal Alian, general de las fuerzas del Panteón, si recordaba lo que le había contado Jijimon—y un Panjyamon que estaban especialmente heridos, y pero los demás digimon no era que se encontrasen en un condición optima tampoco. A lo lejos divisó a Fu Su, el tamer que había conocido en la catedral. Junto a él estaban una chica, quizá otra Elegida, un SlashAngemon y una Angewomon. El SlashAngemon se veía poderoso, pero sus niveles de energía eran tan bajos como los del Justimon.

    Los únicos digimon que podían hacerle frente al Chaosdramon eran los Tres Arcángeles, pero el riesgo de que muriesen en el campo de batalla era demasiado para permitirles pelear. Usando una de las funciones del D-Gauntlet, pudo oír lo que decían. No es que hablasen en voz baja, en todo caso.

    —Esto es como en aquella ocasión, cuando le enfrentamos por primera vez—dijo Cherubimon; parecía sonreír—. Pero esta vez, en peores condiciones para nosotros.

    En las manos del digimon arcángel la luz empezó a solidificarse, convirtiéndose en electricidad.

    —Qué la Luz nos proteja y la Divina Providencia nos de fuerza—musitó Ofanimon, empuñando su jabalina.

    —¡Aquí vamos!—exclamó Seraphimon, mientras invocaba su espada Excalibur, una espada hecha de energía purpurea que manaba de uno de los gaunteles de su armadura.

    Y entonces Omegamon apareció, en el cielo, tras un haz de luz brillante que no se sabía exactamente de donde venía, pero que Akira sospechó debía de ser un hipervínculo. Tanto los guerreros de la Hueste como los Busters se quedaron paralizados. Chaosdramon solo tenía ojos para él. Los Tres Arcángeles y la Alta Guardia de Rotarl, y los Elegidos de la Alianza, también se veían intimidados ante él poderoso digimon que había aparecido frente a ellos. Justo allí, luego de miles años sin haber hecho contacto alguno con el Mundo Digital, había descendido uno de los Santos.

    El Caballero Real se posó frente al Chaosdramon, “desenvainando” su espada de su mano con forma de cabeza de WarGreymon. Entonces, Zeus se paró en la cabeza del digimon mecánico y se dirigió al Santo.

    —¡No nos subestimes, criatura digital! ¡Pues nosotros, los Homo Sapiens, somos superiores a cualquier otro ente viviente en el universo!

    Omegamon apenas se digno a mirarlo. No había nada más que decir. A la orden de Zeus, el dragón del caos envistió al santo caballero, abalanzándose contra él usando su “Chaos Crusher”. Zeus se sostuvo fuertemente de las protuberancias en su cabeza, para no caerse de su compañero.

    La Guardia de Rotarl—o lo que quedaba de ésta—aprovechó la situación para guarnecerse tras las ruinas de las Murallas, mientras los Tres Arcángeles llegaron volando a donde estaban Akira y el ahora Dorimon, y se quedaron allí, usando sus cuerpos como escudos por si la batalla se salía de control, al parecer estaban dispuestos a protegerlos con sus vidas.

    Pero la batalla no fue tan larga como Akira lo habría esperado. No más el Chaosdramon se hubo abalanzado sobre Omegamon, este le esquivó como si supiese el movimiento que el dragón mecánico había usado de antemano, y le propinó una fuerte patada en la cara, lo cual le hizo perder el equilibrio. Chaosdramon se recupero rápidamente, y contraataco nuevamente con su garra, pero Omegamon lo esquivó de nuevo sin dificultad alguna.

    —¡Vaya! ¡Esta es mi mejor batalla! ¡Pronto, derrotare a uno de los Caballeros Reales!—gritó Zeus, luchando por mantenerse en la cabeza del Chaosdramon.

    Entonces Chaosdramon liberó su ataque mortal, el “ Hyper Mugen Cannon”. La ráfaga lumínica arraso con el campo de batalla por completo, impactando contra una montaña de considerable tamaño, causando una explosión bastante fuerte y violenta. Quienes no lograron conseguir un refugio a tiempo, murieron en el acto. Un agujero enorme, monstruoso se abría en el suelo. El humo lo cubría todo. El eco carcajadas de Zeus pronto se oyó por todo el lugar.

    —¡Es increíble! ¿Acaso, este el poder los Caballeros Reales? ¡Pues que basura!

    —Yo que tú no me reiría antes de haber terminado la batalla.

    Envuelto en el humo, Omegamon se abalanzó contra el Chaosdramon. O eso hubiera querido decir Akira, porque lo que en realidad pasó es que en un parpadeo Omegamon estaba en un extremo del campo de batalla, y en el siguiente justo frente a Chaosdramon. Ante la atónita mirada de Zeus, el Santo agitó fuertemente su espada en el aire, creando un haz de luz que partió al continuo del espacio tiempo en dos, y junto a este al Chaosdramon.

    “¡ALL DELETE!”

    Akira se quedó pasmado. El Chaos Lord lanzó un rugido de dolor, y luego, se desintegró casi tan rápido como la velocidad de Omegamon para atacarlo. Zeus calló vertiginosamente desde una altura demasido peligrosa para cualquier ser humano, sin importar si llevaba una súper armadura o no. Lo último que escuchó a través del D-Gauntlet, antes del tortazo que se dio contra el suelo—un golpe demasiado húmedo, además, como si una fruta se hubiera aplastado tras la caída—, fue un simple «Vae Victis».

    —La guerra... ha terminado... —suspiró entonces Cherubimon, visiblemente aliviado.

    Los soldados de la Hueste y de los Busters que habían sobrevivido intentaron escapar. Huían asustados. La gran mayoría fueron cazados por los guardianes de Rotarl supervivientes, quienes los ajusticiaron en el acto. Ninguno de los digimon de la oscuridad logró escapar con vida ese día. Y de los Busters, solo algunos cuantos lograron huir. A lo sumo, unos dos o tres. Nunca se supo con certeza.

    ***​

    La guardia recogía los escombros y ayudaba a rescatar a los heridos, los cuales eran muy pocos. Solo los muy afortunados que pudieron escapar a tiempo a la ira de Chaosdramon. Qian e Isilwen se encontraban a unos pocos pasos de él, ayudando a un grupo a levantar unos escombros que habían atrapado a unos digimon de la etapa Bebe. De la ciudad, la antigua Joya de la Alianza no era más. Ahora solo quedaban ruinas, edificios derruidos o a medio derrumbarse, y polvo. Y malos recuerdos. Sentado en una roca de marfil que antes fue una estatua de uno de los héroes de la Alianza, el Elegido de la Luz se lamentaba.

    —Todo ha sido mi culpa—musitó Fu Su mientras observaba el desolador panorama—. Si me hubiera dado cuenta antes...

    —¡No seas tonto, niño!—le amonestó Leo, el Panjyamon—. Eres humano, y cometes errores. Y es bueno que así sea. Si fueran perfectos, los humanos serían insufribles. Como el tal Zeus.

    Y mientras el digimon se reía burlonamente e iba a ayudar a sus monstruos, Fu Su observó el cielo. Las nubes oscuras se habían disipado, así como la mancha de la guerra. Dentro de sí, sabía que había dado lo mejor aquél día. “De cualquier manera, solo soy un humano”, pensó.

    No pudo evitar fijarse en el Caballero Real que había puesto fin a esa guerra. Tenía el porte, y el poder, de un digimon legendario. Y quizá también su arrogancia. Junto a él se encontraban los Tres Arcángeles. Parecían conmocionados.

    —Gracias por la ayuda. De ahora en adelante, nosotros nos haremos cargo de todo lo acontecido aquí—escuchó decir a Seraphimon, en un tono que no admitía discusión—. Este lugar será proclamado tierra santa. Nos iremos una vez hayamos terminado de honrar a los caídos y ayudar a los sobrevivientes.

    —Denme al muchacho, no está en su jurisdicción—fue todo lo respondió el Omegamon.

    No es que lo estuvieran reteniendo exactamente, pero eso era lo que planeaban hacer de cualquier forma. Fu Su sabía que eso era seguro. Y técnicamente, estaban en su derecho, por la Profecía de la Luz. Pero el tono de Omegamon tampoco admitía discusión.

    —Pero, él es humano, se supone que nosotros...—trató de interrumpir Ofanimon.

    Omegamon los miró severamente. Seraphimon hizo un ademán las manos a sus dos hermanos, luego miró a Omegamon, y asintió. ¿Por qué no se había negado? O al menos, ¿por qué no se había resistido un poco más? De acuerdo a Lord Cherubimon, había una posibilidad de que el tal Akira fuese uno de los Elegidos de la Profecía. Aún así, había muchas cosas que Fu Su aún ignoraba, así que prefirió no pensar más en ello.

    Akira ya estaba despierto, aunque seguía muy débil por lo que le había dicho Ling, quién había ayudado a atender sus heridas—ahora ella se encontraba descansando, pues estaba tan agotada como él—. La misma Ofanimon fue a por él, y al cabo de un rato se lo entregaba en las “manos”—sí es que esas cabezas de digimon podían considerarse manos—a Omegamon. Desde donde estaba, Fu Su pudo notar que Akira abrazaba a su pequeño digimon, un Dorimon—una especie al parecer bastante rara—con fuerza.

    —Sostente fuerte—le ordenó el Caballero Santo.

    El joven asintió con la cabeza. Omegamon entonces ascendió a los cielos sin previo aviso, a gran velocidad, perdiéndose en el infinito azul en un parpadeo.

    ***​

    El libro estaba encerrado en una esfera de energía. Frente a éste, se encontraba un gran robot gigante, de color blanco. Se trataba del 7D6, uno de los avatares-terminal del Yggdrasill, quien con su visor rojo observaba minuciosamente el libro, y a su Caballero, Omegamon, quien también se encontraba en la habitación.

    —El libro de las Crónicas Oscuras—dijo entonces el 7D6, o Yggdrasill; no importaba, los dos eran lo mismo aunque a la vez fuesen diferentes—. Así que la Alianza no pudo poner sus manos encima de tan valiosa fuente de información, aun cuando prácticamente se las dejé en bandeja de plata...—su tono era casi pueril.

    —Su meta era usar a Akira para recuperarlo—comentó Omegamon, serio—. No entiendo por qué, si tenían un tamer más experimentado, usaron a un novato. Sus acciones aún distan de lo que se necesita para gobernar el Mundo Digital. Pero no soy quien para cuestionar sus órdenes, my lady.

    –La Alianza aún tiene un rol que desempeñar en el Algoritmo—contestó Yggdrasill, desenfadada—. Aunque es cierto que ahora se han dormido en la paz de la nueva era. Y no están preparados para lo que viene, para Ragnarök...

    —Entonces, ¿no sería necesario darles el libro a ellos?—preguntó Omegamon, confundido; a veces, no conseguía entender el razonamiento de Yggdrasill por más que lo intentase—. En el libro están escritos todos los registros de la “Profecía”, todos los posibles desenlaces, todas las posibles condicionales, y las formulas específicas para conseguir un resultado deseado. Les sería más útil que el velado conocimiento que ellos poseen, esas malas traducciones de los murales incompletos del “Templo de Dios” que ha compilado el tal Balzac.

    —Por esa misma razón, ellos no pueden tener el libro—le sonrió Yggdrasill. O eso parecía su voz electrónica. Adivinar las emociones del 7D6 era tan difícil como intentar comprender el razonamiento de Yggdrasill—.Ellos tendrán la información que necesiten en su momento, y lo que necesiten de ser menester antes de tiempo, pero su modo de actuar... la forma en que hacen las cosas... Han cambiado. Y necesitan volver a ser lo que fueron, o de lo contrarío usaran esta información de forma errada. Una vez hayan recuperado lo que perdieron, el sabio Balzac será quien desvelara los secretos. En todo caso, para eso tienen al Elegido de la Luz. Él cumplirá esa función, a su debido tiempo.

    —Ya entiendo, my lady. ¿Y supongo que nuestro tamer tendrá un rol en eso, no es así?—preguntó Omegamon, entendiendo por fin cual era el objetivo de Yggdrasill.

    —Akira... él debe entender primero ambas caras de la misma moneda: Luz y Oscuridad, y alcanzar un equilibrio entre ambas, sí es que queremos romper el Ciclo. Aunque eso signifique que termine convirtiéndose en el heraldo de la destrucción, el Campeón de la Oscuridad...

    ***​

    —Él lo manifestó, así fuese por unos segundos, él lo hizo. Vi la transmisión del combate en vivo, ¡por el amor de Yggdrasill! El “ultimate digisoul” es una fuerza muy peligrosa—comentó UlforceV-dramon, en tono de preocupación.

    Los Caballeros Reales se habían reunido de nuevo, por segunda vez en menos de un mes, lo que era un evento extraordinario. Estaban preocupados, pues el poder de Akira, el poder de un “evoluder”, era mayor al que habían imaginado. El mismo Magnamon estaba sorprendido cuando UlforceV-dramon señaló que el digisoul de Akira era irregular, y fue eso lo que los llevó a investigar, y luego descubrir que el joven había usado el “ultimate digisoul”. Pero era la primera vez que trataban con un “evoluder”, así que aún no tenían idea de que capacidades podría manifestar Akira cuando hubiese alcanzado la capacidad de usar todo su potencial a plenitud.

    —Debemos entrenarlo de la forma más adecuada. Si logra controlar su digisoul a voluntad, cuando manifieste el “ultimate digisoul” de forma permanente, no será controlado por su temible influencia. Quizá, si lo dejan bajo mi tutela un par de meses...—sugirió Craniummon

    —Será nuestra arma definitiva para devolver el orden, el equilibrio al Mundo Digital, sin depender de esos ineptos de la Alianza—aseveró Duftmon, con orgullo.

    —Esperemos que seamos capaces de controlarlo. Es un poder legendario que no ha existido desde hace mucho tiempo...—comentó Sleipmon.

    El Tamer Legendario, aunque no era un “evoluder”, tenía la capacidad de usar el “ultimate digisoul”. Pero bueno, por algo era él Tamer Legendario. Aún así, a él le tomó un tiempo el dominar el temible “ultimate digisoul” sin sufrir el riesgo de consumirse por completo, y llevarse los mundos con él de paso. Akira necesitaría esa clase de entrenamiento. Quizá Yggdrasill podría darles acceso a esa parte de los registros, ayudaría mucho con los entrenamientos. A menos, claro está, que Yggdrasill tuviese sus propios planes para con el chico. Y eso era lo más probable, pensó Magnamon,

    —En caso de que algo llegase a suceder, nosotros estaremos aquí para detenerlo. Aunque, no creo que será tarea sencilla—habló Examon, con su arrogante tono; el tipo se daba ínfulas porque era el más grande, como si el tamaño impotara... y no es que dijera eso porque él fuese el más pequeño de todos—. El “ultimate digisoul” es una fuerza increíblemente destructiva… ¡el Tamer Legendario casi llegó a desmembrar el mundo! Si lo encaminamos bien, podríamos usarla a nuestro favor. Pero si se sale de nuestro control, tendríamos que...

    —Yggdrasill ya tiene planes para el muchacho. Pero no veo nada de malo en que le ayudemos a encaminar su potencial desde ahora. Al menos, por el tiempo que nos queda antes de que Yggdrasill ponga en ejecución su plan. Así que está decidido. Desde mañana, comenzará el entrenamiento extraordinario del muchacho—concluyó Omegamon.

    ***​

    Para Akira y Shin, el Dorimon, aquel era el último día de descanso que tendrían en quién sabe cuánto tiempo. Aunque también era cierto que llevaban una semana entera descansando, recuperándose de la que ahora llamaba “la Batalla de las Puertas Gloriosas”—para Akira, de “gloriosa” no había tenido nada esa batalla—. Pero Magnamon ya les había informado que les habían ocupado todo el itinerario del mes para entrenar duramente. Según, porque su pobre control de DORUgoramon convertía en un riesgo sus misiones en el Mundo Digital. Y sinceramente, Akira estaba de acuerdo con ello. DORUgoramon era maquina de destrucción.

    Pero, por ahora descansaban en el cuarto privado de Akira. Y eso era en todo lo que el joven quería pensar de momento. Era un cuarto más o menos amplio, amoblado al gusto del chico, con un pequeño gimnasio para que ambos entrenasen. Akira sostenía en sus manos el modelo de un digitama. Pensaba en ir a buscar los digitamas de Lestat y Omekamon, pero había descubierto que tenía forma de saber cuáles serían esos digitamas. Magnamon le había dicho que buscar digitamas específicos sin tener el código individual del digimon en cuestión era como buscar una aguja en un pajar.

    —¿No sabes cuánto tarda ese proceso, Shin?— preguntó Akira, desanimado—. Digo, ¿Cuánto tarda en renacer un digimon como digitama?

    —Haces preguntas muy confusas, Akira...—respondió el digimon, dando vueltas en la cama, junto a un cuenco vacío donde antes había helado de frutos rojos. Al menos, los gustos no habían cambiado.

    Con la degeneración, no solo se perdía el poder de combate, al parecer también se perdía la capacidad mental y la madurez. Bueno, era lógico. Si Shin se había hecho más maduro automáticamente al evolucionar en DORUgamon, un digimon de la etapa Adulta, era lógico que ocurriese el proceso inverso al degenerar en un bebe, Dorimon.

    —Bien, por lo que dice aquí, es algo que no se sabe a ciencia cierta. El digitama podría aparecer ya mismo en una aldea del inicio, o no podría hacerlo nunca. Parece que es algo que depende de varios factores... —dijo, tras leer unos archivos de su D-Gauntlet. Cómo recompensa por su buen trabajo en Rotarl, ahora podía acceder directamente a los archivos de la Base de Datos desde su habitación.

    El joven se quedó meditando acerca de todo lo que había descubierto ese día. Dorimon lo miró con tristeza, pero nada podía hacer. Esas revelaciones habían sido muy fuertes. Comprendía la depresión de Akira, eso se lo decía el vinculo que compartían. Eso era algo que no había cambiado ni con la degeneración.

    Además, estaba lo de Maaya. Tenía que ir a recuperar su cuerpo. Quería darle un entierro decente, y no sabía cuánto tiempo podía durar vigente el código de preservación que había usado en su cadáver. ¡Dios, cómo dolía pensar en ella como un cadáver! Ni siquiera sabía que iba a decir a sus padres...

    —Kimaira... juro que te encontraré, y te haré pagar con creces—masculló Akira, con ira contenida. Desde la batalla en Rotarl, le costaba mucho trabajo contener sus emociones.

    Shin fue a una de las ventanas del cuarto, que daba al sector del “Paraiso”, con sus islas verdes y sus extrañas construcciones metálicas. Con melancolía, recordó los primeros días que había vivido con Akira, donde todo era más simple. El futuro incierto le abrumaba. Pero sin importar que ocurriera, él siempre estaría al lado de su tamer. Eso era algo que el vinculo le dejó muy claro a Akira. Y él pensaba igual.
     
  13. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Chronicle ~ Side B: Epilogue
    THE FALL OF THE LORD OF HATRED


    Fu Su se encontraba en la camilla de aquella sala de emergencia improvisada, entre consiente y dormido. Le costaba reconocer las cosas, pero podía fácilmente percibir a Qian, en su forma de Tokomon, a su lado. Había más gente en esa tienda de campaña, pero él solo podía ver formas borrosas, como fantasmas.

    —¡Tienen que salvarlo!—gritaba angustiada Ling—. ¡No respira! ¡Por favor, no dejen que se vaya!

    —Fu Su está muriendo lentamente—dijo Lord Seraphimon, tratando de dar un tono conciliador a su voz y fallando miserablemente; había sonado como si estuviese hablando del clima—. El daño que recibió en la batalla fue peor de lo que creímos...

    —Al parecer, al utilizar su digisoul más poderoso para sellar el portal hacía el Mundo Humano, gastó todos sus poderes sagrados—era la voz de Lord Cherubimon, quien estaba muy cerca de él—. Podemos curarlo, pero no sé si conservará sus poderes.

    —¡¿Cómo qué perderá sus poderes!?—gritó Ling horrorizada.

    —Cuando dos fuerzas iguales se enfrentan, se cancelan mutuamente. Los poderes de Fu Su e Ithuriel estaban al mismo nivel durante esa batalla. Ambos… —la voz de Lady Ofanimon se hacía más lejana, mientras Fu Su perdía la conciencia de nuevo.

    Una luz segadora lo trajo de nuevo de los abismos del sueño, pero para su sorpresa, ya no se encontraba en la tienda de enfermería. Ahora se encontraba en un gigantesco recinto de columnas octogonales, todas doradas y marcadas con símbolos de un lenguaje antiguo, pero familiar.

    —Te mintieron...

    El joven escuchó una voz conocida, proveniente del centro de aquella sala. Áspera, fría, cruel, espectral. La había escuchado muchas veces antes. Instintivamente, corrió hacia la luz, y allí encontró a un reflejo de sí mismo, junto a Qian en su forma de HolyAngemon. Ling e Isilwen, la Angewomon, también estaban allí.

    «Enfrenta tus recuerdos.»

    Una voz femenina, completamente desconocida, resonó en su cabeza. Fu Su buscó sorprendido a su alrededor, pero no vio a nadie más.

    Volvió a mirar aquella escena de su pasado. Allí estaba ese al que llamaban el Señor del Odio. En su forma de Goatmon, se encontraba ante Ling y su reflejo, en el sanctasanctórum del Santuario de Huanglongmon, el líder de las Bestias Sagradas, condenado a su prisión en el centro del Mundo Digital desde eras muy remotas, por algo que incluso se había perdido de los documentos históricos.

    —¡No es cierto!—gritó el Fu Su de sus recuerdos.

    Recuerdos de esa conversación vinieron a su mente. Con sus palabras, ese monstruo intentaba corromperlo, haciéndolo dudar de su lucha, de la causa por la que luchaba y de las intenciones de los Siete de la Alianza. Quiso hacerle creer que era un simple peón al que manejaban como a un pelele, pero que, bajo su guía, podría liberarlo y mostrarle el verdadero poder. Naturalmente, Fu Su se negó.

    El Goatmon evolucionó en Mephismon, y combatió a los dos elegidos, derrotando fácilmente a HolyAngemon y a Angewomon. Como una carta final para convencerlo, el Señor del Odio le hizo ver a una bestia del caos, el poderoso SkullSatamon, reflejo de lo que Qian podría haberse convertido con el poder que había rechazado… tan solo la aparición de la esencia espiritual de Huanglongmon les había salvado aquel día de las garras funestas del Señor del Odio.

    —Y a pesar de todo, nunca lo superaste, Elegido. Nunca lo entendiste... tan solo te negaste a pensar.

    Fu Su volteó alarmado a todos lados al escuchar la voz de Ithuriel, el Señor del Odio, tan cerca suyo. Estaba allí, frente a él, en forma de humo. Tan solo su rostro, el último que había usado antes de ser aniquilado, el de su forma de Gulfmon, adquirió forma física.

    —Estás muerto. Qian y yo te destruimos. No puedes torturarme más.

    —Te equivocas, Fu Su... el Odio nunca muere. Yace dentro de todos los corazones, y una vez liberado todo lo consume. Ese es el poder que te ofrecí, y lo rechazaste por débil, contento en tornarte en alguien como aquella chica tan importante para ti y vivir de fantasías. Vi en ti un potencial más grande, un poder capaz de romper las barreras de la realidad, del destino mismo. Pero preferiste el camino fácil, lo conocido y seguro. Y sin embargo, nunca resolviste tus dudas. ¿Acaso no es ese uno de tus dones? ¿Ignorar tus tribulaciones y solo seguir adelante? Fue así como te permitiste dominar por la Alianza para tornarte en su arma contra mí...

    —Hice lo que tenía que hacer—respondió Fu Su con determinación—. No podía permitirme dudar cuando dos mundos me necesitaban. Hay cosas más importantes que mis dudas, que yo mismo...

    —Siempre pensando en los demás, en lo que otros esperan de ti—se burló Ithuriel—. Siempre abnegado, el soldado fiel. Sirviente, peón, nunca el maestro, el rey. Pero sé que eso es lo que deseas, la gloria, el liderazgo.

    —Lo único que siempre he pedido aquí es la oportunidad de servir, de que mi vida sea útil para los demás. Si mi destino es servir a los altos poderes, estoy más que conforme mientras tenga la oportunidad de combatir por los inocentes.

    —¡Te engañas a ti mismo!—rió el Gulfmon con una carcajada cavernosa—. Excepto en una cosa: el conformismo. Ese es tu problema y lo sabes, pero te reprimes. Toda autoridad que has conocido te ha manipulado. Tus padres, que han querido hacerte a su imagen. La Alianza, que te emplea para hacer su trabajo sucio. Incluso esa humana a la que tanto quieres, Ling, te controla...

    —Me ha ayudado a controlar aspectos negativos de mi personalidad, para hacerme crecer... —contestó él, visiblemente molesto por el último comentario del Gulfmon.

    —¿Crecer? ¡Permíteme reírme!—se burló nuevamente Ithuriel, con prepotencia—. Tu ira es más poderosa que cualquier cosa que te hayan enseñado tus maestros de la Alianza. Tu fe palidece ante el crudo poder de tus emociones. Por eso la Alianza quiere controlarte, para mantenerte débil y a su disposición... sacrificarte, para mantener su poder, sus adoradas ciudades y santuarios. Y mientras los millones oran a los pies de sus estatuas, a ti ya te han olvidado...

    —Quizá, pero no lucho por la fama, lucho por qué hay quien me necesita—respondió Fu Su, abnegado, mientras intentaba controlar sus emociones y no caer en el juego de Ithuriel.

    Ambas miradas, resueltas y decididas, se enfrentaron en ese momento. La presencia del Señor del Odio era avasalladora, simplemente espeluznante, pero Fu Su no le temía. Más bien la aborrecía. Pensó en que las palabras de Ithuriel eran sensatas, e incluso él mismo había llegado a pensar en todas esas cosas, a sentirse controlado y utilizado. El Señor del Odio le había ofrecido poder, liberarlo de cadenas externas, glorificar el “yo”. En cambio, Fu Su creía en un poder más grande, una fuerza que crece y se multiplica al tocar un alma tras otra, y que es el camino a la verdadera libertad; no solo para él mismo, sino para todos: la compasión.

    —Por los que te necesitan... porque son débiles, como lo es la civilización construida por la Alianza. Tan débil que merece ser conquistada por un poder mayor. ¡Es la ley natural!—rió el Gulfmon, tratando de destruir la fortaleza de Fu Su.

    —¡Los juzgas débiles porque no conoces su verdadera fuerza!—gruñó el Elegido de la Luz. No era tan paciente como desearía—. Débil es quien se entrega al odio y a sus pasiones, tal como tú; fuerte, quien rompe las cadenas de sus propios engaños y que logra ver más allá del ego, para entender que todo cuanto existe está conectado. Fuerte, porqué conoce la compasión y es capaz de sacrificarse por otros.

    —Ese es, justamente, el signo de tu debilidad—la respuesta del Gulfmon fue despectiva—. Negar tu propia existencia, tu ser y tus emociones, negar el gran poder que yace dentro de ti, y permitir que te roben tu identidad... por eso eres tan manipulable.

    Y así, el recuerdo del Señor del Odio, y de aquél encuentro, se desvaneció en la gran blancura del vacío. El vacío eterno y etéreo, de las profundidades de la conciencia. Fu Su se quedó en silencio, sin saber qué hacer.

    Los tambores de guerra lo hicieron despertar a otro recuerdo: la funesta “Batalla de las Puertas Gloriosas”. Se vio a sí mismo flotando en las alturas, contemplando desde lejos el caos del combate frente a las Puertas Gloriosas. Justo donde estaba, batallones enteros de ángeles y demonios chocaban en feroz combate, destrozándose salvajemente los unos a los otros. Las escenas se reprodujeron rápidamente, hasta llegar a la batalla contra Deathmon. Qian, en su forma de SlashAngemon, se batía en duelo contra uno de los temibles malos antiguos del Mundo Digital, uno de los Señores Demoniacos. La sola presencia de aquél ángel caído le hacía sentir dolor, pero al final la Luz se sobrepuso al caos.

    Siguió recordando cada instante de la batalla, uno tras otro. La marea cesó para mostrarle el final, con Chaosdramon irrumpiendo en la ciudad abandonada, y ambas armadas hechas un caos, sus filas entremezcladas en el sangriento combate. De pronto el Chaos Lord ya no estaba, bastó para destruirlo el poder de Omegamon, uno de los Caballeros Reales, pero la ciudad yacía en ruinas.

    La Hueste del Terror había sido derrotada, la gran mayoría de sus divisiones perecido en combate. Los que quedaron eran perseguidos por la mermada Guardia de Rotarl. Entre tantos seres oscuros se colaban los pocos Digimon Busters, esos insensatos tamers que se aliaron a la Sombra, y sus digimon, que habían sobrevivido a la batalla. Sus líderes murieron en combate, y escapaban ahora como los cobardes que fueron, junto con la miríada de digimon oscuros que esperaban que su señor los rescatase... pero éste los había abandonado a su suerte.

    Fu Su ahora estaba solo, frente a las murallas de la ciudad, sentado sobre la cortina de piedra manchada de sangre digital, cubierta de huecos dejados por la artillería enemiga, con sus cañones olvidados y sus estandartes raídos ondeando con el viento de las montañas. Mientras el reflejo de su recuerdo lloraba amargamente por la pérdida de la ciudad, Fu Su contemplaba las ruinas. Tampoco pudo evitar derramar lágrimas por la otrora gloriosa Rotarl, reducida al monumento de una victoria pírrica.

    Los tambores y campanas de guerra resonaban briosos, mientras otro recuerdo se manifestaba frente a él. Miles y miles de naves forjadas de Chrondigizoit se abrían paso por las aguas del Océano Net. Fu Su se vio a sí mismo en la proa de una de ellas, junto a Qian el HolyAngemon, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada desafiante a la mar y el viento. No muy a lo lejos se escuchaban los cantos de guerra de los soldados de la Alianza, a quienes acompañaban tambores, campanas e incluso cuerdas reproducidas de forma digital. Era la marcha de guerra de la Armada del Panteón.

    Literalmente en un parpadeo, la Fortaleza del Odio se alzaba con sus oscuros muros y agujas en el horizonte. Desafiantes ante las tropas malignas, que comenzaban a reunirse en torno al bastión de su señor, los soldados y marinos de la Alianza cantaban con más fuerza, proclamando valerosos la gloria de la Luz. Y no era para menos, pues los Deva, todos los Exarcas, e incluso los Tres Arcángeles, los lideraban en esa batalla. Esta era la armada más grande que la Alianza había reunido en siglos, y ahora el mismo Señor del Odio sabía que no tenía esperanzas.

    Los recuerdos se adelantaron hasta el principio de la batalla. Las naves de la flota se iban colocando en sus posiciones, rodeando la fortaleza negra por completo. Mientras éstas disparaban de frente con sus cañones, las tropas se enfrentaban a las fuerzas del Señor del Odio. Los Exarcas, los Deva, Lin, Isilwen, Qian y Fu Su lideraban con ímpetu los esfuerzos de la armada, mientras los Tres Arcángeles permanecieron atrás, levantando un gran campo de energía en torno a la Fortaleza del Odio. Ningún enemigo saldría vivo de allí, y ni si quiera aquél demonio sería capaz de escapar o de amenazar al Mundo Digital con sus arcanos poderes.

    De pronto saltó a otro recuerdo, en una extraña dimensión encapsulada en una clase de campo de energía oscuro. El piso era una plataforma de negra roca, con picos como agujas en sus bordes y esquinas, flotando sobre una masa de gas purpúreo y frío al tacto. En el centro de la plataforma había nueve grandes cristales, formados en círculo en torno a un vórtice en forma de remolino de nubes oscuras, sobre el que se ubicaba un disco luminoso flotando cerca de la cima del campo de energía. En medio del vórtice flotaba un enorme cristal, de mayor tamaño que los demás y del color del ónice, solo que más oscuro e intenso. Aquél cristal emanaba poderosas energías malignas, absorbiendo el poder de los otros cristales, cada uno de diferente color, desde los que fluía energía hacia el del centro, en forma de cientos de miles de esferas luminosas… era el Amarth’Dûr, el Cristal del Destino Oscuro, la fuente del poder del Señor del Odio.

    Fu Su escuchó gemidos de dolor, que le hicieron desviar su atención a donde yacía Qian, en su forma de SlashAngemon, derrotado, con la armadura prácticamente calcinada y desecha, respirando con suma dificultad, apenas aferrándose a la vida. Fu Su tembló al revivir nuevamente esta escena. No había olvidado el miedo que sintió esa vez, al verse casi derrotado y a su compañero medio muerto. Aún en su forma perfecta, Mephismon logró vencer a Qian con el poder que le brindaba aquél maldito cristal, destrozando su armadura y su cuerpo con relámpagos de energía oscura.

    —Aún lo recuerdas, ¿no es así...?—la forma de humo de Ithuriel volvió a presentarse ante él, nuevamente con el rostro de Gulfmon—. Nuestra última gran batalla. Aquél ángel guerrero que fue capaz de vencer al Ángel de la Destrucción, cayó fácilmente ante mi poder.

    —¡Monstruo!—masculló Fu Su—. Pero ni con todo tu poder pudiste destruirnos.

    —Y sin embargo, todavía no puedes dejar atrás lo que pasó. Tus recuerdos aún te atormentan. Todo el mal que te hice sufrir, aún sigue en tu corazón.

    —Eres el pasado...

    —Eso es lo que crees...—rió el demonio.

    El recuerdo continuó. Mephismon adelantó los brazos de golpe, liberando de sus garras relámpagos negros con el poder del Amarth’Dûr, atacando al reflejo de Fu Su. Sin embargo, el Fu Su real pudo revivir el dolor que sintió en esa batalla en carne propia.

    —¿Puedes sentirlo ahora, no es así?—se burló triunfal Ithuriel—. Todo mi “Odio” hacia ti y a todo lo que vive. Ahora, permíteme recordarte los horrores que has olvidado...

    Sin detener su ataque, el Señor del Odio avanzó hacía él. Fu Su estaba confundido. ¿Por qué su recuerdo lo estaba atacando a él, y no a su reflejo? El chico solo pudo doblar las rodillas ante el avasallador poder de su rival.

    —Siente la “Oscuridad” en tu interior. La “Ira” y el “Odio”, el “Sufrimiento” y la “Tristeza”. Y recuerda todo aquello que has querido olvidar... ¡Enfréntate de nuevo al poder de las tinieblas!

    Fu Su gritó con todas sus fuerzas a causa del intenso dolor que le provocaba el ataque. Los viejos recuerdos pasaban rápido, todos relativos a la Fortaleza del Odio y los horrores de los que allí fue testigo. Cuerpos agonizantes colgados de los muros, miles y miles de digimon siendo torturados de las formas más viles y crueles, su sufrimiento extraído junto con su fuerza vital para alimentar la máquina de guerra del Señor del Odio.

    —¡He visto las sombras...! ¡Pero también la Luz! ¡Y ahora que puedo recordar, y que he aceptado lo que pasó, tú estarás por siempre atado a las sombras!—gritó Fu Su desde el fondo de su alma.

    Su digisoul resurgió con gran fuerza, dirigiéndose hacia el ser de humo, quien entre gritos fue consumido por la luz, explotando en medio del dorado fulgor. Fu Su cayó de espaldas al piso, justo para reproducir sus últimos recuerdos de aquella batalla: Qian, impulsado por el digisoul de Luz de Fu Su, combatía contra Gulfmon, la máxima evolución de Ithuriel, a quien derrotó con una gigantesca y luminosa espada, cortándolo en pedazos.

    —Tonto estúpido—espetó Ithuriel, prepotente—¡Jamás acabarás conmigo, Fu Su! ¡El Odio nunca se extingue de verdad! ¡Y mientras exista un corazón oscuro en el Vacío entre los mundos, yo regresaré!

    Esas fueron sus últimas palabras, y así fue destruido el Señor del Odio. La batalla había terminado, pero muerto el Señor del Odio, la dimensión oscura que había creado para su cristal, y su fortaleza entera comenzaron a colapsar, el gran poder contenido en el cristal Amarth’Dûr amenazando con destruir todo a su paso. Afuera, los Tres Arcángeles usaban sus poderes sagrados para contener la explosión y salvar al Mundo Digital, pero el Mundo Humano estaba en peligro. En efecto, la maquina que usaba Gulfmon había logrado abrir un portal a la Tierra, uno que estaba en frente de Fu Su.

    —¿Estás listo amigo mío...?—la voz era la de SlashAngemon.

    Frente al vórtice donde el cristal yacía quebrado, liberando ráfagas de energía oscura, el campo de fuerza que mantenía estable esa dimensión de bolsillo ahora colapsaba. El caos estaba a punto de comenzar.

    —Si Qian, listo como siempre—respondió Fu Su. Ya no era un simple espectador. Había tomado el papel de su reflejo en éste recuerdo.

    Qian adelantó sus manos con las palmas abiertas, mientras Fu Su canalizaba el poder de su digisoul de la Luz hacía su compañero. El poder de la Luz repelió el poder del Amarth’Dûr, mientras el portal hacía la Tierra se cerraba rápidamente, al verse privado de la fuente de energía que lo mantenía abierto.

    —Sacrificio... por el bien de todos los inocentes, por la esperanza de nuestros mundos—fueron las palabras de Qian en ese momento—. Aún si nadie lo recuerda, aún si pocos lo entienden, si tuviera de nuevo la oportunidad de tomar ésta decisión, lo volvería a hacer sin dudar.

    Fu Su sonrió. Qian le había quitado las palabras de la boca. Con nobleza y humildad, aceptó su destino y el sacrificio que por voluntad propia había decidido hacer.
    El choque de ambos poderes creó una devastadora explosión, que lo engulló todo... aquella dimensión de bolsillo y así fue como terminó. Fu Su había usado todos sus poderes para salvar a la Tierra y al Mundo Digital. Y sin embargo, ahora se encontraba en el limbo de sus recuerdos. ¿Había muerto acaso?

    «No has muerto, Fu Su» dijo la voz femenina. La misma que escuchó al principio de su viaje entre sus recuerdos. «Solo necesitaba confirmar si no te arrepentías de haber tomado esa decisión. Serás convocado de nuevo al Mundo Digital, joven Fu Su. Para la lucha final, el Ragnarök. Pero por ahora, te has ganado tu descanso».

    ***​

    Al despertar, Fu Su se encontraba en la tienda de campaña donde lo habían atendido de emergencia. Dormida junto a él estaba Ling, quien había estado llorando por largo rato. Y en la camilla del lado—si es que se le podía llamar camilla a una cuna—se encontraba Qian, en su forma de Tokomon. Había gastado toda su energía, y había perdido sus poderes para evitar la destrucción del Mundo Humano, regresando a su etapa Bebe.

    Fu Su no recordaba muy bien el sueño tan extraño que había tenido. Solo que había revivido instantes de su batalla final contra Gulfmon, el Señor del Odio. Batalla final. Sí, aquella larga guerra contra las fuerzas del mal, contra el Señor del Odio y sus ambiciones, había acabado ya. Por fin había logrado acabar con su enemigo... No. El enemigo de toda la Alianza, de todo el mundo entero. Podía descansar tranquilo al fin...

    —Sí, paz. Al fin... paz...—dijo, antes de echarse a dormir nuevamente.
     
  14. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Epilogue:
    THE DARK PROPHECY

    Del Círculo de los Siete, sin duda el rol más importante es el del Guardián del Equilibrio. Es él quien debe mantener el Balance entre los poderes de los demás guardianes. (...) Sin embargo, ¿cómo mantener el Equilibrio cuando la Luz de los Siete Celestiales ha erradicado todo rastro de las Tinieblas en el Mundo? Eso es imposible. El Equilibrio solo será restaurado cuando las Tinieblas, en un Ciclo similar a ese que la Luz tuvo. Cuando el viejo Círculo de los Siete caiga de sus tronos en los Cielos, con ellos toda la Luz del Mundo será engullida por las Tinieblas. Una nueva Era de la Oscuridad nacerá de las cenizas del viejo Mundo, para restaurar la balanza del Equilibrio en el punto medio, perfecto e inmutable del Balance.

    El Heredero del Equilibrio se convertirá entonces en el Campeón de la Oscuridad, Heraldo y Precursor de la Nueva Era. Antes de que conozca su destino y su ser verdadero, caminará bajo la montaña prohibida que alarga sus sombras aún frente a la Ciudad más Sagrada, y tras las puertas de la Ciudad Maldita hallará al Mal Antiguo que existe aún desde antes de que despertara la consciencia de las Tinieblas. Por la voz de aquella Vieja Oscuridad, la Mano del más Profundo Resentimiento, será consciente de la verdad de su Yo, y encontrará su verdadero ser.

    Entonces, el Guardián del Equilibrio caerá a las profundidades del Lago de las Tinieblas, donde hallará al Devorador de Almas, y junto a éste encontrará al Sabio de la Oscuridad, exiliado por la Luz desde antes del descenso de los Ángeles al Mundo; Él, quien tiene potestad sobre el corazón de los mortales, sobre la Vida y la Muerte, y cuyo Ojo ve más allá del velo del Tiempo y del Espacio, y sabe todo aquello que ha sido, es, y será. El Guardián le tomará por maestro y bajo su guía conocerá la Verdad de nuestro mundo, el Lado Oscuro que ha sido anegado por la Tiranía de la Luz.

    Armado finalmente con la Verdad, acudirá al llamado del segundo Mal Antiguo, el Rey de los Inmortales que reside en el Trono de las Tinieblas, cuyo reino existe desde el albor del Mundo, y al que incluso los Siete Grandes Reyes Demoníacos temen. Por la voz del Emperador de las Tinieblas le serán revelados los más ocultos secretos del Abismo, y de sus manos recibirá el Don para controlar el Poder mismo del Área Oscura, que reside en la maldad de los corazones de los hijos de Eva. Aquél ante la Voluntad de las Sombras se hará dualidad, Luz y Oscuridad, finalmente emergiendo como el Campeón de las Tinieblas.

    Cuando el Heraldo de la Oscuridad asuma su destino, de sus manos llegará la Nueva Era, y la Luz de los Siete Celestiales se desvanecerá a sus pies; los Pilares se pudrirán hasta sus cimientos y la Tumba del Pecado Original abrirá de nuevo sus puertas… los Siete Grandes Reyes Demoníacos caminarán una vez más en nuestro Mundo, y su Reino no tendrá fin.


    Traducción de un fragmento de la “Profecía de la Oscuridad”, tomada de una tableta antigua hallada en las ruinas de la Fortaleza Vajra. Traducida por Balzac el Wisemon en el año 1100 de la Cuarta Era.


    Ese día el “sol”—o, mejor dicho, el disco que flotaba más allá del cielo—iluminaba con particular calidez, haciendo que las aguas del Océano Net brillaran con esplendor majestuoso. Los seres digitales que tenían forma de gaviotas acompañaban al dragón carmesí que volaba lentamente, observando todo con curiosidad casi infantil. El viento soplaba con suavidad, dispersando las nubes por el cielo azul, lo que a su vez dejaba al descubierto los diseños de microchips y transistores, los motes de piedra flotantes, y otras peculiaridades que solo podían existir en el cielo del Mundo Digital.

    El dragón bestia extendía sus alas con júbilo—eso le decía el vinculo que compartían—y se movía entre las nubes, blancas como algodón, que de vez en cuando se topaba en el camino. Entre sus garras cargaban una caja ovalada sellada.

    Cabalgándolo estaba su tamer, un joven humano de casi catorce años, conocido por el apodo del “Perro de los Caballeros Reales”. Era el apodo que se había ganado tras sus acciones en la funesta “Batalla de las Puertas Gloriosas”, hazañas que ya eran conocidas por casi todos los habitantes de las regiones dominadas por la Alianza, y puede que por algunas regiones rebeldes. Aquella era una gran moraleja: hacerse fama era peligroso, como mínimo porque te daban apodos que no eran de tu agrado. Tres meses habían trascurrido desde aquella terrible batalla, y la paz era algo que parecía ya no existir en el Mundo Digital.

    Guerras por todos lados. La caída de Rotarl había roto la estabilidad política que antes tan frágilmente se había logrado mantener. Aquellos líderes de facciones que no habían actuado abiertamente por miedo al poderío militar de la Armada del Panteón, ahora consideraban que el poder de la Alianza se había mermado tras la gran cantidad de bajas sufridas defendiendo las Puertas Gloriosas. Otros, incluyendo aquellos líderes rebeldes que antes habían simpatizado con la Alianza, creían que la Alianza ya no era digna de gobernarlos, al haber sido incapaz de proteger su propia ciudad capital. Ahora, se alzaban grupos rebeldes nuevos cada día, y los Señores de la Guerra enviaban a sus ejércitos a conquistar nuevas áreas con fuerza brutal.

    La Alianza tampoco se había quedado quieta. Además de movilizar sus fuerzas para detener a las armadas rebeldes, sus Elegidos por fin habían encontrado la isla dónde el tal Ithuriel—ese era el nombre del Mephismon que se hacía llamar a sí mismo el Señor del Odio—ocultaba su base secreta, llamada, como era de esperarse, la Fortaleza del Odio. La cruenta batalla que se suponía acabaría con la Guerra del Odio justo estaba ocurriendo en aquel mismo instante. Pero eso a Akira no le importaba. Los Caballeros Reales no le permitieron ni acercarse a ver zarpar los barcos que partían hacía esa isla, así que no era su problema.
    Akira lanzó una mirada a la caja que Shin llevaba entre sus garras, y suspiró. Ese sí era su problema. Aquella caja era en realidad una cámara de preservación, diseñada para evitar que el cuerpo de Mishima Maaya, quién había sido el amor de su vida antes de morir, se desintegrase en partículas de datos. Originalmente Akira tenía planeado llevarla al Mundo de los humanos para darle el entierro que se merecía, para que su familia tuviese un cuerpo que llorar, pero era imposible. Cuando Omegamon lo “rescató” de la Alianza, el Caballero había accedido a recuperar el cuerpo de donde el joven la había ocultado, pero de acuerdo a lo que le había dicho Magnamon luego, se tardado demasiado en recuperar el cuerpo. Apenas lo recuperó a tiempo para meterlo en la cámara de preservación. Según Magnamon, la configuración de la baso de datos de Maaya estaba completamente rota, lo que era normal tras la muerte, y si la sacaban de aquella cámara se desintegraría en segundos, incluso en el Mundo humano.

    La había enterrado dentro de aquella caja de preservación en el lugar donde murió, en las ruinas de Rotarl, meses atrás, y siempre que podía iba a visitar su tumba. Pero Duftmon le había dicho que aquella era una “obsesión” poco saludable para su cordura, y le había sugerido que se deshiciera de la cámara y se olvidara de Maaya. Akira se había opuesto a la idea—no podía olvidarse de ella aunque quisiera; el dolor de haberla perdido había dejado un agujero en su alma—, y el Caballero Real aceptó su decisión, aunque siempre le sugería aquello de todas formas. Y ahora había accedido a las sugerencias del Caballero porque necesitaba una excusa para venir a éste lugar.

    —Kimaira… —musitó ceñudo.

    Siempre que se acordaba de aquél sujeto un inmenso rencor ardía en lo más recóndito de su alma.

    —¿Estás bien, Akira?—preguntó Shin, interrumpiendo los pensamientos de su compañero. El tamer había olvidado que el vínculo que compartían funcionaba en las dos direcciones.

    —Tranquilo, estoy bien—respondió, con una sonrisa que no se reflejaba en sus ojos.

    Shin había evolucionado en un DORUguremon. Esto había ocurrido porque Akira había estado recibiendo un estricto entrenamiento por parte de los Caballeros Reales. No solo para mejorar su habilidad táctica y capacidad física, sino también para controlar su digisoul. Y Shin había tenido su propio entrenamiento también.

    Gracias a eso, Shin había recuperado sus poderes a un ritmo sorprendente, y un par de semanas atrás por fin había logrado evolucionar en su cuerpo Definitivo—de acuerdo a Duftmon, una vez un digimon había evolucionado, recuperar tal nivel evolutivo era más fácil con el entrenamiento adecuado—. Aún así, Akira prefería que se quedase en su cuerpo Perfecto—y el D-Gauntlet tenía un aditamento que permitía sellar la evolución de los digimon—pues DORUgoramon aún era demasiado poderoso para que él pudiese controlarlo completamente.

    El tamer miró otra vez hacía adelante, mientras trataba de acomodarse en el lomo de DORUguremon. Frente a él, se hallaba la entrada al mismísimo “infierno”.

    Pérdida en una región muy apartada del sur del Mundo Digital, más allá de los desolados desiertos blancos que alguna vez pertenecieran al Mundo Antiguo, en la región que los digimon conocían bajo el nombre de la “Tierra de los Dioses”, la entrada al Área Oscura parecía un agujero negro flotando encima del Océano Net, una distorsión en el espacio-tiempo que se abría como una fisura que se arremolinaba en medio de una inquietante realidad estable a su alrededor. Había encontrado la información de aquella fisura tras escudriñar en varios libros prohibidos de la Base de Datos del Yggdrasill que un día habían aparecido en su cuenta personal de la Librería. Lo más probable es que al ser un héroe de guerra, los Caballeros Reales habían considerado que debería tener acceso a información más crucial del Mundo Digital.

    Sospechaba que el Área Oscura era a donde Kimaira había ido a parar tras huir junto al Señor del Odio. Era eso o que estuviera en la Fortaleza del Odio, pero los reportes de inteligencia de la Alianza decían que no había humanos en el bando del Mephismon en ese momento. Con aquella información en mano, Akira había decidido que era hora de ajustar cuentas con su padrastro. Les había dicho a los Caballeros que había decidido deshacerse de la caja de preservación en el mar, pues una vez Maaya le había revelado que al morir quería que sus cenizas se esparcieran en los mares del Mundo de los humanos—y eso era verdad—. Aquello que iba a hacer le parecía un digno sustituto. Dejarla desintegrarse en el Océano Net. Los Caballeros no dijeron nada. Solo le miraron con ojos sombríos—tristes y expectantes, le pareció a Akira—y luego le dieron permiso para hacerlo. Aquello le parecía raro, pero lo dejaría para después. Ahora debía enfocarse en Kimaira.

    —Déjala caer aquí, Shin—le dijo a su DORUguremon—. Ella no debería entrar a donde vamos.

    El digimon bestia dragón asintió con la cabeza y luego soltó la caja, la cual se estrelló contra el agua. Pero Akira no la miró hundirse. No tenía la fuerza para ello.

    A medida que se iban acercando a la vorágine oscura, que parecía tragarse toda la luz del ambiente, el paisaje a su alrededor de su transformaba, haciéndose más gris y deprimente. Y de repente, sin ninguna advertencia, el paisaje había cambiado totalmente. Estaban en el Área Oscura. Tras ellos, solo un pequeño rayo de luz que parecía filtrarse como por una minúscula rendija les indicaba donde estaba la fisura dimensional.

    El paisaje del Área Oscura no era más que un océano inmenso y sin fin, totalmente negro—tan negro que el resto de la negrura del ambiente parecía más clara en comparación—, creado por la energía negativa que venía del Mundo de los humanos. No pertenecía al mismo Mundo Digital, sino que se trataba de una dimensión alterna, ligada a este en una especie de sub-espacio creado dentro de una burbuja de espacio-tiempo distorsionado. Las leyendas que había leído en la Base de Datos decían que al interior había un continente, donde reinaba una extraña vida vegetal y era el habitad de los digimon oscuros, pero en donde estaban no había ninguna pista que diera fe a tales relatos. Las islas que vieron, muy pocas y separadas unas de otras por grandes distancias, en realidad eran pedazos de roca desnuda e inerte, que flotaban en el océano o sobre este, en el aire, totalmente inmóviles pero sin nada que las sostuviera, no tenían nada en su superficie. Ni plantas, ni digimon, ni nada. Aquel era un paraje totalmente desierto.

    La tranquila oscuridad que “iluminaba” el firmamento era confusa. Aunque todo estaba oscuro, una oscuridad que contrastaba con las negras aguas del océano sin fin, había zonas donde la oscuridad era más clara que en otras, por decirlo de algún modo, donde el mundo era más bien apagado en lugar de oculto en las tinieblas. En el horizonte, una inmensa esfera negra, más oscura que la misma profundidad de las tinieblas, hacía las veces de un sol, con una extrañamente asquerosa corona de llamas verdosas emanando de ésta de vez en vez. Así que Akira y DORUguremon no necesitaban de una fuente de luz para guiarse en ese lugar.

    El frío en el ambiente era ubicuo. Le calaba hasta los huesos—no, de hecho, lo sentía en el alma—, lo hacía tiritar, e incluso creía ver que exhalaba una nubecilla de vaho cada vez que respiraba. Shin sentía algo similar, por lo que el vínculo le hacía notar. Pero lo más desesperante era la soledad. La inconmensurable, abrumadora soledad que emanaba de aquel océano oscuro, y que invadía su alma como una fuerza inmensa, arrolladora, de la que no podía escapar. Es más, si intentaba escapar puede que la soledad lo arrastrara más y más al fondo de aquél océano. O puede que lo aplastara hasta destruirlo totalmente. La soledad y un especial pesimismo iban apoderándose del corazón del joven a medida que viajaban sobre el oscuro mar.

    Al Área Oscura se suponía que llegaban las almas de los digimon muertos que no pudieron renacer como digitamas, debido a sus actos en vida, y eran muy pocos los valientes, que vivos aún, osaban adentrase allí. Pero el deseo de venganza era sin duda más fuerte. Akira no podía olvidar.

    Akira distinguió lo que parecía ser una inmensa isla en medio del océano oscuro. No era diferente a las demás rocas, salvo por su tamaño, que era colosal. Tras cavilarlo unos instantes, le pidió a DORUguremon que lo llevara a ese islote. El enorme digimon se movió lentamente hasta un lugar apropiado para descargar a su tamer.

    El lugar donde Akira bajó tenía un pequeño charco, donde el joven pudo ver su reflejo. Su cara cubierta por su cabello, la gabardina blanca que llevaba sobre su camisa negra. Akira hizo caso omiso de aquel charco y se movió a paso ligero, adentrándose en el colosal islote de roca desnuda. De repente, entre las sombras, la macabra voz viajo rápidamente, llevada por el viento inexistente, hasta los oídos del joven tamer.


    —Te estaba esperando—dijo—. Te has tardado mucho, Akira...

    Akira reconoció la voz. Era de la de Kimaira, quién se encontraba en el otro extremo del islote, observándolo con intensidad. Pero este Kimaira no era humano. Solo la mitad de su cuerpo lo era. De la cintura para abajo era una criatura horrible, hecha de una masa de tentáculos verdes, cubiertos por gruesas escamas grises. La misma piel de Kimaira tenía esa coloración. El magnífico investigador de otrora no era más que una blasfema criatura del averno. Akira lo observó con expresión de disgusto. Era asqueroso. Pero no le daba miedo. La repulsión que sentía era superada por el inmenso deseo de venganza, para cobrarle todas de una vez y para siempre.

    —Akira, hasta detrás de mi—musitó Shin. El sentimiento que emitía el vinculo era de querer protegerlo.

    El tamer le sonrió agradecido, pero le hizo un ademán para que no se moviera. Luego, caminó desafiante hacía donde estaba Kimaira, pero se detuvo no muy lejos del DORUguremon. No era algo malo ser precavido. Menos con ese tipo.

    —¿Te has rebajado a ese nivel solo para esconderte?—preguntó Akira desafiante.

    —Durante mis investigaciones encontré la manera de volverme un digihumano, como tú—explicó Kimaira—. Solo debes unirte con cualquiera de estos seres digitales. Por ejemplo, ésta criatura... —dijo, mientras señalaba a la enorme masa de tentáculos que está unida a él—. Es una de las criaturas más extrañas que he encontrado. No es muy elevado, pero es un principio...

    —¿Acaso excusas tus acciones a la falta de lucidez?—exclamó iracundo el tamer—. ¿¡O es que tu estancia en el Área Oscura te ha quitado el sano juicio!? No puedo creer lo demente que estas.

    —¿Demente? ¡Quizás!—respondió el científico con una risa afectada, mientras la demencia salía por sus poros, contaminado el aire a su alrededor—. Pero aún recuerdo el por qué estás aquí... No puedes perdonarme, ¿verdad…? Pero lo que hice, lo hice por tu propio bien. Los seres de este mundo son monstruos... No... No puedo aceptar que exista alguien a quien la raza humana… ¡el homo sapiens no pueda controlar!

    Akira sintió cómo Shin se acercaba, lenta y cuidadosamente, junto a él. El vínculo transmitía una sensación de agobio. El DORUguremon lo protegería sin importar qué, pero tenía miedo. Akira no podía negar que él también estaba asustado.

    —Si concedes una indulgencia, padrastro—dijo Akira, sonriendo, fingiendo seguridad y paciencia que no tenía—, ¿qué es eso de que soy un “digihumano”?

    —Oh, cierto. No lo sabes. ¿Cómo ibas a saberlo?—contestó Kimaira, con la mirada perdida en algo más allá de la oscuridad que rodeaba el islote donde estaban—. Muy bien, te lo diré. Es algo que necesitas saber, si es que quieres entender porque hice lo que hice. Porque hago lo que hago. Cuando la primera generación de humanos vino al Mundo Digital, invocados por la Alianza para que les ayudasen a vencer al Chaos Lord, fueron ayudados por una digihumana... Kyoko. Creo que así se llamaba tu madre. Uno de esos “Elegidos” de antaño se enamoró de ella... y bueno, no tengo que decirte como se hacen los bebes, ¿o sí?

    —¿Me estás diciendo que mi mamá no era una humana? ¿Y que mi padre era uno de los primeros Elegidos de la Alianza—preguntó Akira, arqueando la ceja con escepticismo. Aquello era una insensatez. El tipo estaba realmente loco.

    —Así es, Akira—sonrió Kimaira, con sorna. En sus ojos se veía la demencia refulgir como un brillo sobrenatural—. ¿Creías acaso que tu digisoul era un digisoul que pudiera generar un humano ordinario? ¿Qué tu capacidad para aprender cosas con solo verlas, sin importar lo complicadas que fueran, era normal? No. Al poseer genes de un digihumano en tu cuerpo, tú, y tu hermana, pertenecen a una nueva raza... Pero, ¡oh, tu destino, Akira! ¡Eres él elegido! Tu capacidad, tu poder, tu Destino... ¡Eres un evoluder! ¡La evolución de la raza humana! Tú, quien está destinado a ver la existencia desde los dos puntos de vista, el humano y el digital, eres el único con el poder de decidir que criatura sobrevivirá al Ragnarök que se avecina... si los humanos o los monstruos digitales.

    »Si... si... Ahora lo veo todo. Ahora comprendo. Incluso los poderes superiores se han interesado en ti, sabías. La Diosa... El Señor Oscuro. Ambos han posado sus ojos sobre ti desde hace tantos Ciclos... Akira, dime, ¿eres Mesías? ¿Eres el redentor...? ¿O acaso eres la Némesis, el destructor de la vida? Sin importar que bando elijas, al final terminaras siendo ambas cosas...

    Akira permaneció en silencio mientras escuchaba la diatriba ilógica del otrora gran profesor. Se mordió el labio inferior con furia. Con fuerza. Hasta que sintió el sabor a sangre. Kimaira había perdido la cordura quizá. Pero aquello que había dicho tenía sentido, lo sabía en lo más profundo de su ser. ¡No! ¡No podía escucharlo! No ahora que por fin lo había hallado. Debía destruirlo, librar al mundo de ese loco para siempre.

    Entonces Kimira salió de la oscuridad. Para su sorpresa, Akira vio que lo que él había interpretado por tentáculos no eran más que la masa de cabellos de una terrible criatura con forma de escorpión, y que Kimaira no era más que un grano en la frente de aquella espantosa criatura.

    —¡Por eso he tomado esta forma!—exclamó el científico, en un estallido de carcajadas demenciales—. He asimilado a muchos heraldos del Ragnarök, y me he ido perfeccionado... Si tú eres un híbrido, un evoluder, ¡entonces yo me convertiré en el digihumano perfecto! ¡Y tú serás el primer testigo de este asombroso descubrimiento!

    La temible criatura tenía seis pares de patas, dos colas ponzoñosas y un gran hocico de reptil. Su costado estaba cubierto de esos tentáculos viscosos. La colosal bestia—de un tamaño particularmente enorme, más grande que incluso el UltimateBrachimon que había enfrentado en las Puertas Gloriosas—, emitía chillidos agudos, mientras el eco se escuchaba en kilómetros a la redonda.

    —Akira—el tamer escuchó a su digimon, y supo lo que debía hacer.

    Y el vínculo lo transmitió a Shin. Liberando su digisoul, canceló el sistema que mantenía sellada la evolución. De la nada aparecieron incontables paquetes de datos que envolvieron a DORUguremon, en una esfera de data refulgente. Su brillo era tan potente como el sol, pero pese a la cercanía el brillo no molestaba los ojos de Akira. La oscuridad del Área Oscura simplemente suprimía esa luz. No la opacaba, pero la luz simplemente cesaba de ser no más al manifestarse.

    Cuando los paquetes de datos se dispersaron, Shin había tomado su forma Definitiva. En la oscuridad, el color azul y plata de las escamas de DORUgoramon se veía opaco, violáceo. El gigantesco behemoth se movió con inusual rapidez, inflamó una de sus garras con fuego carmesí, mientras que con la otra tomó a Akira, y se elevó hacía el cielo, todo en lo que pareció ser un movimiento. La bestia que era Kimaira intentó aplastarlo, pero para cuando su pata toco el suelo, Akira y DORUgoramon volaban sobre esta. Kimaira buscó en el cielo con la mirada, afanosamente.

    —¿Por qué huyes, Akira?—gritó el ser que antes fue Kimaira—. ¡Únete a mí! Una vez te haya asimilado, ¡seremos el digihumano perfecto!

    Y diciendo esto, atacó al digimon dragón con unas de sus colas. DORUgoramon rugió con furia mientras se daba vuelta y esquivaba el ataque al mismo tiempo. Luego, disparó su “DORU Din”, destruyendo la cola de la blasfema criatura con el impacto de la onda de choque. La cola cayó al suelo, hecha trizas, mientras Kimaira soltaba un horrendo grito de dolor; pero sus lamentos eran ahogados por los chillidos estridentes de la criatura con la que se había fusionado.

    —¡Maldito! ¡Pagaras por esto!—oyó decir a Kimaira, en medio de toda esa algarabía.

    —¡Shin, debemos acabar con él de una vez!—ordenó Akira, mientras intentaba acomodarse en la mano del colosal dragón.

    Justo en ese momento, Kimaira acumuló una bola de energía oscura en su hocico de reptil de la asquerosa criatura, y la disparó casi en un mismo movimiento. El rayo impactó en el pecho del DORUgoramon, el cual rugió sobrecogido por el dolor mientras caía al suelo. Akira, quien no había logrado sujetarse a tiempo, fue a dar directamente contra el borde de aquella isla de roca.

    La caída había sido de casi más de ocho metros de altura. Tenía suerte de estar con vida, pero tenía unos cuantos huesos rotos, y el cuerpo lleno de heridas. Akira se levantó con esfuerzo, notando que se había roto el brazo izquierdo y que el hueso de la pierna derecha le dolía bastante. Le sangraba una herida que tenía en la frente, además de que tenía varias raspaduras graves por todo el cuerpo. A pocos metros de él, DORUgoramon también hacía un esfuerzo para ponerse de pie. Al igual que su tamer, la bestia estaba totalmente magullada. Varias partes de su cuerpo parecían estar agrietadas, mientras un ominoso resplandor verde salía de sus heridas. El digimon dragón lanzo un gran rugido, mientras lentamente, avanzaba hacia su oponente.

    —¿¡Has visto mi poder!? ¿¡Lo has notado!?—reía a gritos Kimaira, o lo que quedaba de él—. ¡Soy todo poderoso! ¡Nadie puede derrotarme! Únete a mí, Akira. Con tu esencia, con tu poder de evoluder, seré aún más poderoso... ¡seré invencible!

    –¡Maldito!! – exclamó Akira con ira.

    Un gigantesco pilar de energía azul emanó de su cuerpo al tiempo al tiempo en que Akira dejaba escapar un grito del que no era consciente. Un grito lleno de furia, odio, dolor... soledad. La ubicua soledad del Área Oscura, inundando hasta los rincones más recónditos de su alma. Al ritmo de aquél grito la energía que emanaba de su espíritu era transmitida por el D-Gauntlet a DORUgoramon.

    El DORUgoramon inflamó sus garras con fuego ardiente, y liberó el poder destructivo de sus garras con violencia y frenesí, castigando sin reparos a la criatura blasfema que una vez fue Kimaira,. “Brave Metal”. La ferocidad con la que azotaba y desgarraba, a velocidad vertiginosa casi imposible de ver con el ojo desnudo, a la criatura era bestial. El fuego que emitía era tan caliente que allí donde sus golpes lograban desgarrar la roca viva, ésta se fundía cual mantequilla al tocar metal caliente. Kimaira lanzaba aterradores gritos, pero los atemorizantes chillidos de la criatura eran peores.

    —¡Maldito! ¡¿Cómo has podido?!—lloraba Kimaira entre alaridos—. ¡Yo, que he sido como un padre para ti!

    El feroz ataque finalmente redujo a la blasfema bestia a una pulpa sanguinolenta que pronto empezó a desfragmentarse en ceros y unos. Kimaira, o lo que sea que fuera eso, había muerto. Su venganza por fin había concluido. La roca fundida, por el calor de aquel fuego producido por las garras del dragón, hizo hervir las aguas alrededor del islote donde se encontraban, y un vapor negro y fetido se perdía en la oscuridad de la noche.

    DORUgoramon entonces se desplomó, lanzando un lastimero y casi inaudible rugido. El behemoth había sido herido mortalmente cuando fue impactado por el ataque de la blasfema criatura, y había gastado sus últimas fuerzas en aquel poderoso “Brave Metal”.

    Akira también perdió el conocimiento. Lo último que estuvo consciente de haber visto fue desaparecer a esa asquerosa bestia que antes fue Kimaira, convertida en fragmentos de data. Cayó de espaldas al mar. La isla, al no tener cimientos, flotaba en el aire, por encima del oscuro océano. El agua negra era fría, pero no un frío normal. Era el frío de la muerte, que lo arrastraba paso a paso a lo profundo de la oscuridad. Estaba agotado. Había usado todo su digisoul. Y las heridas internas de la caída le dolían cada vez más. Respirar. Ni en eso pensaba. El aire se le escapaba del pecho, pero no importaba. Ira. Una ira estancada desde hacía mucho, y un deseo primario. Sobrevivir. Oscuras criaturas se acercaban a su cuerpo, nadando entre las aguas negras. Sus amenazantes siluetas se dejaban ver, al ser más claras que la oscuridad del agua, por extraño que eso fuese. Lo rodeaban, como buitres esperando a que su víctima muriese completamente.

    Shin solo pensaba en una sola cosa. Su tamer. Eso le transmitía el vínculo que aún compartían. Aquel DORUgoramon había nacido para protegerlo, y ahora no solo no podría cumplir esa misión, sino que lo estaba dejando morir. Akira pudo sentir la angustia de Shin mientras el último aliento de vida abandonaba su cuerpo...

    La ira, cual salvaje instinto, se aferró al corazón de Akira. El joven frunció el ceño y apretó fuertemente los dientes. Su digisoul comenzó a brotar a raudales, incontenible. Un aura de energía que podía rivalizar al sol. La azulada aura empezó a tornarse oscura, tan negra como las aguas de ese océano. Las criaturas, asustadas de aquella energía, huyeron despavoridas, mientras el aura seguía amentado. Las más osadas intentaron adentrase a aquella inmensa aura, que poco apoco, inundaba el agua, pero, para su sorpresa, terminaban lastimadas. El aura las quemaba obligándolas a huir.

    Pero ya era demasiado tarde para este repentino deseo de seguir viviendo. La vida se le escapaba del pecho rápidamente. Akira notó entonces algo en el vínculo que lo unía con Shin. Aún seguía con vida, pese a haber muerto. Una gigantesca y aterradora sombra se acercaba vertiginosamente. Pero no sintió nada. Sus sentimientos habían desaparecido hace mucho—una eternidad, le parecía—, y solo esperó, mientras el aire se le escapaba de los pulmones. La criatura lo tomó con una de sus garras y lo llevó a gran velocidad a la superficie. Salieron del agua justo antes de que la presión y la falta de oxigeno destruyese por completo los pulmones del joven.

    La oscuridad que antes permeaba el ambiente ahora estaba totalmente difusa. Veía todo con gran claridad. El joven miró entonces a la criatura que lo sostenía. Se trataba de DORUgoramon, pero era diferente. Su color se había vuelto opaco, y la forma de sus alas había cambiado. La bestia también desprendía un extraño olor... un olor a muerte. Entonces vio su propio reflejo en el océano. Su cabello se había blanco como la plata, y sus ojos habían cambiado. En ellos solo había oscuridad.

    En el agua, vio la cámara de preservación, flotando lentamente hacía el islote en donde estaban. De algún modo había entrado en esa fisura en la realidad y ahora estaba en el Área Oscura, justo frente a él. Parecía casi una coincidencia... Akira le pidió a Shin—sí, aún era Shin, podía sentirlo en el vínculo; algo en él había cambiado, pero aún era Shin—que lo acercase a la caja. Estaba intacta. Entonces, sin saber bien porque, presionó un botón en su superficie y la abrió. En su interior se encontraba Maaya, tan hermosa con siempre. Con su largo cabello cubriendo la tersa piel de su rostro. Su cuerpo empezó a desvanecerse, fragmentándose en partículas de data casi al instante. La tomó entre sus brazos, sintiendo la electricidad estática erizar los vellos de su cuerpo cuando su piel hizo contacto con el cadáver. Por alguna razón, la desfragmentación se hizo más lenta cuando el digisoul oscuro de Akira tocó el cuerpo.

    Shin supo qué hacer. Ahora no necesitaban hablar para entenderse. El vínculo que los unía se había hecho más fuerte, al punto de que solo pensar era necesario para la comunicación. Sumergió la garra donde lo cargaba en el agua hasta que le llegó a Akira a la cintura. Al mirar nuevamente el rostro de su amada, Akira se dio cuenta de que al morir ella, también lo había matado a él. La soltó suevamente en el océano oscuro. La vio sumergirse en las profundidades con rapidez, y con ella Akira también desapareció. Ahora solo quedaba él, un ser sin nombre.

    Entonces se preguntó cómo era que, en un lugar tan oscuro, podía ver con tanta claridad.

    —Has vuelto a nacer... —dijo entonces una voz dura y cavernosa, pero elegante voz, que flotaba en el viento—. Tu renacimiento de éste, el Océano Oscuro, te ha dado una nueva perspectiva de la vida y la muerte... Por eso, puedes ver el mundo con más claridad.

    —¿Quién eres?—preguntó el joven con curiosidad.

    —¿Quién eres tú?—respondió la enigmática voz.

    —Yo... No sé quien soy...—respondió el muchacho, tratando sin mucho esfuerzo de recordar algo sobre sí. Y lo recordaba casi todo, menos su nombre.

    —Tu renacimiento ha sido completo. Te has elevado... has alcanzado la cima de la evolución de tu espíritu, Evoluder. Por eso has renacido como un ser de poder inmensurable, aquel que controla al Dragón de la Muerte...

    —¿Te refieres a mi compañero...?

    –Aquel ser que ha regresado de la muerte solo por lealtad a ti. El que se ha convertido en el Depredador de la Vida... es correcto.

    El silencio reinó el ambiente por lo que se sintió como una eternidad. El tamer no sabía que decir al respecto. Su mente estaba en blanco. Y el único sentimiento que albergaba en su corazón era aquel último sentimiento de ira y rencor que había nacido en el fondo del océano. Sus ojos reflejaban un frío sentimiento de tristeza, una tristeza casi infinita. Y un único, casi minúsculo brillo de inocencia… tal vez lo único que quedaba de su anterior ser. Entonces, al ver su D-Gauntlet, el joven supo quién era. El D-Gauntlet, ahora con la forma de una siniestra garra, se había tornado negro.

    —Yo soy Zenaku. ¿Dime, quien eres tú? – dijo al fin el tamer, con seguridad.

    —Zenaku... ¿Ese es tu nuevo nombre? Muy apropiado—respondió la voz—. Zenaku, el que domina al Depredador de Digicores, Death-X-DORUgoramon. Me presento, yo soy Bagramon, el Sabio de la Oscuridad.

    Al voltear en dirección de la voz, Zenaku vio a un digimon humanoide de tez morena y barba negra, que usaba una máscara de hueso en lado izquierdo de su rostro. Su larga cabellera era blanca, como su propio cabello, y tres cuernos rojos salían ésta como su fuesen una corona. Un ojo dorado y otro rojo, que en realidad era una especie de cristal rojo refulgente, insertado en la máscara de hueso, le miraban con intensidad e interés. Su brazo derecho era una prótesis blanca, al parecer hecha de hueso y especialmente deforme, muy grande en proporción al resto de su cuerpo. Su pierna derecha también era una prótesis del mismo material. Vestía impecable con ropajes blancos, peto dorado, y una capa azul ondeando a su espalda. A su lado, dos digimon femeninas totalmente incompatibles, una Angewomon y una LadyDevimon, lo escoltaban, sonrientes. La sonrisa de la Angewomon denotaba inocencia, y la de LadyDevimon, picardía.

    —La senda que debes recorrer, aquí es donde comienza. Pero antes de ir por el camino de la Oscuridad, oh, Campeón de las Tinieblas, debes conocer la Verdad de éste Mundo, anegada por la Tiranía de la Luz—dijo Bagramon, solemne, sonriendo y mirándolo con expectativa—. Pero te advierto: la senda de las Tinieblas está llena de trampas y engaños. Sí en realidad deseas conocer la Verdad, deberás probar que eres digno de ella.

    Y diciendo esto, Bagramon movió su brazo deforme y abrió un agujero frente a ellos. En un momento la realidad se retorció y se abrió como una herida recién abierta, y luego se estabilizó, dejando ante ellos un portal cuadrado tan grande que Death-X-DORUgoramon podría pasar fácilmente por este. A través de éste solo se podía ver oscuridad, aunque Zenaku creyó distinguir un templo oculto tras nubes de niebla, en la cima de un peñasco que se levantaba por sobre el océano de aguas negras.

    —Este es el camino. Sígueme, oh, Campeón de las Tinieblas. Tienes mucho que aprender, y tenemos poco tiempo antes de que dé inicio el Ragnarök—dijo Bagramon con voz suave, al mismo tiempo que se daba la vuelta y entraba en el portal. Las dos digimon femeninas lo siguieron en silencio, pero antes de entrar al portal le dirigieron una sonrisa al tamer.

    Zenaku miró a Shin, el Death-X-DORUgoramon, quien a su vez devolvió la mirada a su tamer con un dejo de curiosidad. El viento, frío y aterrador, los envolvía a ambos. A lo lejos, lo que parecía ser una muda tormenta eléctrica, más allá de la esfera negra rodeada de asquerosas llamas verdes que parecía ser el sol del Área Oscura, iluminaba el oscuro firmamento. La isla donde estaban parados empezó descender lentamente hacía el agua negra que tenían bajo ellos. Zenaku sospechó que la isla sería tragada por el Océano Oscuro en cuestión de segundos.

    —Tal vez aquel el Sabio de la Oscuridad sepa cuál es nuestro Destino. Vamos, Shinigami—musitó el tamer.

    El dragón no-muerto lo entendió. Eso era lo que le decía el vínculo que compartían. Cuidadosamente lo tomo con una de sus garras, y con un agitado aleteo, el poderoso behemoth se internó volando en el sombrío portal. El viaje hacia su despertar oscuro por fin había comenzado...


    FIN DEL LIBRO 1
     
  15. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Esta sección está dedicada a dilucidar algunos puntos clave del fic que son necesarios para comprender un poco mejor la saga. Datos curiosos, y cosas así.

    Originalmente, esté fic se llamó Dark Chronicles. Debo admitir que aunque Dark Chronicles fue mi primer trabajo, y por ende yo no era muy bueno escribiendo, el resultado final fue decepcionante. El fic era una especie de rip-off del primer Digimon World, la trama tenía más huecos argumentales que un queso gruyer, y el final fue abierto e inconcluso. Sin duda la mayor falla de ese fic fue la ausencia de otros personajes importantes, y que Akira, el personaje principal, no tenía una personalidad definida.

    A diferencia de Dark Chronicles, en Chronicles of the Endless Digital Wars dejé volar más mi imaginación, basándome menos en lo establecido pero sin salirme de los límites del lore canon, que a fin de cuentas es lo que más me gusta de Digimon. Esto está muy marcado en las extrapolaciones (o más bien, homenajes, como yo los llamo) de ciertas sagas que han marcado mi vida como aficionado a ciertas franquicias. Dark Chronicles en realidad era un prototipo, mientras que considero a Chronicles como la versión definitiva de mi fic.

    El nombre de Digital Wars no es originalmente mío. Es el nombre de otro fic, escrito por un querido amigo mío y del que éste mismo fic es una especie de secuela espiritual. Viendo que mi fic trata acerca de varias guerras que ocurren en el Mundo Digital, no encontré nombre más apropiado. Al final, para evitar confusiones, le deje el nombre de Chronicles of the Endless Digital Wars a modo de homenaje (espero que no te enojes, Kame).

    Chronicles of the Endless Digital Wars estará divido en 3 partes que han sido tituladas como “The Dark Prophecy”, “Circle of Ouroboros” y “Ragnarök”. Aunque en un principio el fic pareciera tener a Akira como único protagonista de la historia, nuevos personajes importantes para esta saga irán apareciendo a medida que avance la historia.

    Digivices

    El D-Gauntlet es una variación del Digivice que cree para este fic. Son una creación de Yggdrasill, quien quería mejorar la tecnología de los Digivice y matar el tiempo un poco (un ser inmortal debe estar aburrido casi todo el rato). He aquí una pequeña reseña de aquel digivice, y esos que le precedieron.

    Digivice

    Es el Digivice original, el que hizo su debut en Digimon Adventure. Lo tome como el Digivice primigenio para Chronicles ya que es el Digivice base, no solo de la continuidad Adventure, sino incluso de la continuidad de los Digimon World. Sus habilidades son las mismas que en la serie de TV.

    En la continuidad del Universo Purpura, el Digivice ancestral fue creado por los míticos Guardianes, aquellas entidades místicas que cuidan a los Digimon y protegen la paz y el orden del Mundo Digital, para el Tamer Legendario (el cual ha sido mencionado algunas veces en el fic). Los Elegidos anteriores a Akira y Fu Su también lo usaron.

    Nota: Los Guardianes están basados en los Guardianes del Digimon World 2.

    DS3-Hind

    Este es el modelo de "Digivice artificial" utilizado por los Digimon Busters en la primera parte, que fue creado por los científicos de Neon Oracle Labs. DS3-Hind viene de Digital Synchronizator-Simulator System Hinder.

    Dado que los humanos fueron incapaces de crear un modelo propio de Digivice al no tener la tecnología necesaria para replicarlos, el DS3-Hind en realidad es un micro-computador de gran capacidad, que se conecta al Digicore de los digimon a través de un circuito de comunicaciones cerrado. Los mensajes son enviados directamente a los digimon usando su Digital ID (que es mencionada en cierto drama de Digimon Tamers), logrando así que el mensaje llegué a su destinatario necesario o se vuelvan polvo digital si se llegan a perder.

    Los DS3-Hind quedaron en desuso cuando los remanentes de los Busters se disiparon, tras su derrota en las Puertas Gloriosas.

    D-Vertex

    O Digivice Vertex eXperimental, fue una mejora experimental (como el nombre lo indica) al Digivice original creada por los cientificos de la Alianza, para los Elegidos de la Profecía de la Luz. El nombre Vertex viene de viene de la función "vértice", que en el contexto de mi fic, representa la interacción entre los Mundos Real y Digital. En este caso, la naturaleza (magnitud) del Mundo Digital se muestra expresada en un vértice en relación a la del Mundo Real, a la manera de la interacción entre un fotón (Mundo Real) y un electron (Mundo Digital).

    Aunque se tenía planes para hacer siete, al final solo se terminaron tres. Un prototipo que nunca se usó, y los dos que le dieron a Fu Su y a Ling (y que usan en el fic). La idea original era crear D-Vertex especificos para cada Elegido, y de hecho los de Fu Su y Ling están creados específicamente para canalizar sus digisouls individuales, así que al final se canceló la linea porque hacer digivices personalizados para cada Elegido consumía demasiados recursos que la Alianza no podía costear en ese momento (cuando empezó la Guerra de los Caudillos Rebeldes).

    El D-Vertex tiene varios aditamentos nuevos pensados para mejorar el Digivice original, que incluyen funciones de PC (tipo una portátil de alta gama), sistema de comunicación, un analizador digimon, un radar súper potente, y un sistema para guardar cosas en la memoria del digivice (con capacidad de almacenamiento de varios exabytes). Además de eso, el D-Vertex puede conectarse a otros equipos para recibir actualizaciones en tiempo real. En sí es como un Digivice 01 (de V-Tamer) pero mucho más potente.

    El D-Vertex está equipado con un sistema múltiple de monitores holográficos táctiles independientes conocido como I4 (Interactive 4), una versión miniaturizada del mismo sistema que se usa en las instalaciones de Yggdrasill para controlar las computadoras de administración del Mundo Digital.

    D-Gauntlet

    También conocido bajo el nombre código de DDG (Digital Device Gauntlet), el D-Gauntlet es parte de una serie de experimentos de Yggdrasill para crear el Digivice definitivo. A diferencia del D-Vertex, el D-Gauntlet está hecho para ser compatible con cualquier tipo de digisoul, por lo que sale más "barato" (en recursos) el producirlo en masa de ser necesario.

    En el fic, Akira recibe el primer prototipo del DDG, que usa el mismo modelo del D-Vertex, y tiene básicamente las mismas funciones y capacidades, pero fue modificado y mejorado, distando mucho tanto en sistema como en forma del modelo original. Yggdrasill notó que aunque el D-Vertex era un modelo excelente que superaba con creces al Digivice original de los Guardianes Antiguos, era inadecuado, pues su forma y funciones distaban mucho de ser perfectas. Ya que Yggdrasill necesitaba probar el infinito potencial humano, decidió mejorar el D-Vertex en todo lo posible.

    El digivice del D-Gauntlet prototipo está hecho de Digi-Materia blanca (de la cual se habló en el fic), un tipo de digi-materia capaz de asimilar cualquier tipo de energía y canalizarla de forma mucho más rápida que cualquier otro material del Mundo Digital. Igualmente, el núcleo del digivice original fue reemplazado por el Matrix Core, para poder hacer compatible el digivice con el digisoul de los humanos. Una de las particularidades más notables del Matrix Core es que puede guardar los registros de toda la información del D-Gauntlet en particular. Éste está conectado al sistema nervioso del usuario gracias a un sistema de cableado especial, lo cual le permite al D-Bracelet comunicarse directamente con el cerebro para mejorar su capacidad de rendimiento al 200%. Si el D-Gauntlet fuera destruido, pero se recuperara el Matrix Core intacto, sería posible reconstruirlo recuperando al 100% los datos que estuvieran almacenados en este.

    También posee un sistema defensivo llamado D-Shield, un generador de campos de fuerza energizado con el digisoul de su poseedor, el cual adquiere más resistencia a medida que el digisoul del usuario se hace más fuerte, pero si es totalmente quebrado tarda horas en regenerarse, siendo este el punto débil de escudo. Como arma defensiva, el D-Gauntlet fue equipado con el Digi-Whip, un látigo creado con la energía del digisoul. El Digi-Whip tiene un alcance máximo de 3 metros, y al igual que el D-Shield, su poder de ataque se va mejorando a medida que el poder del digisoul del usuario incrementa.

    El digivice está protegido con un guantelete (que da su nombre al digivice), que cubre desde la mano hasta el antebrazo, y cuya armadura está hecha de una ligera pero resistente capa de Chrome Digizoid. La parte interior de la armadura está cubierta de una fibra de latex especial, que protege la piel del roce con la armadura y fija los cables del Matrix Core en los centros nerviosos del brazo. Aun se desconoce la función de esta armadura, aunque se puede presumir que se trate de una protección especial al sistema de cableado del Matrix Core.

    Después de la batalla de las Puertas Gloriosas, Yggdrasill creó un segundo prototipo y comenzó a mejorarlo con la data del D-Gauntlet de Akira, lo que culminaría en la creación del D-Gauntlet MK-II que aparecerá en el libro 2.

    Dark D-Gauntlet

    Técnicamente llamado Digital Device Gauntlet – Prototype Model 1 Custom “Dark”, es una "mutación" del D-Gauntlet original, creada espontáneamente por el exceso de "Dark Digisoul" que produjo Akira durante su transformación en Zenaku en el final del Libro 1. La mutación modificó el diseño exterior del Dark D-Gauntlet difiere mucho del original, con un look más siniestro.El guante está equipado con garras de Chrondigizoit que pueden ser usadas como armas, creadas debido a la mutación. El Dark D-Gauntlet será mejorado aún más en el Libro 2.

    La Sagrada Alianza

    La Sagrada Alianza es el gobierno del Mundo Digital de la continuidad del Universo Púrpura. Según la leyenda, Yggdrasill encargó su creación a los Tres Arcángeles y las Cuatro Bestias Sagradas. Conocidos como los Siete de la Alianza, son los líderes espirituales y políticos del Mundo Digital, quienes han unido sus fuerzas para llevar el orden, la paz y la armonía a los digimon. Mientras que las Bestias Sagradas, quienes representan el mundo natural, fungen como los guardianes del balance, los Arcángeles son guías y protectores de la civilización.

    Legalmente el gobierno de la Alianza engloba a todo el Mundo Digital, sin embargo, directamente solo controlan una porción de este, aunque considerablemente vasta. Ello se debe a la existencia de varias regiones independientes, algunas a las que la Alianza les concedió autonomía bajo su supervision, mientras otras se rebelaron (como se comenta en el fic).

    Hasta el final del Libro 1, la Alianza es la facción más influyente del Mundo Digital, cubriendo vastos territorios concentrados en los continentes Mainframe y Directory.

    Historia

    La historia del Mundo Digital en el Universo Púrpura está dividida en cuatro "Eras", las cuales a su vez se dividen en varias edades que representan diversos periodos de la cultura digimon (tengo un documento donde detallo bien la línea de tiempo, pero si la pongo acá spoilearía todo). He aquí una versión súper resumida de la historia de la Alianza.

    La Alianza surgió durante la Segunda Era del Mundo Digital, tras la derrota de Lucemon en el pasado. Yggdrasill encargó a los Tres Arcángeles y a las Cuatro Bestias Sagradas gobernar y cuidar del balance del Mundo Digital. Ambos grupos se mantuvieron originalmente separados por diferencias religiosas, pero con el tiempo lograron superarlas y unir fuerzas para establecer el orden y la paz. Sin embargo, no fue sino hasta el inicio de la Tercera Era que la Alianza decidió intervenir de forma más directa en el mundo en vez de solo observar el caos y las guerras desde lejos. Durante la Tercera Era establecieron un gobierno efectivo sobre el Mundo Digital, fundando ciudades, ejércitos, una burocracia y tomando las riendas del culto a sus personas. Con el tiempo, tribus y naciones enteras se fueron integrando a la Alianza en búsqueda de una vida mejor, edificando una gran civilización.

    El Mundo Digital se encuentra actualmente en la Cuarta Era, una era donde Señores de la Guerra se han alzado en rebelión en contra del gobierno de la Alianza, y han tomado control de territorios que antes pertenecían a la Alianza, o bien eran parte de las tierras neutrales. Algunos de éstos señores feudales son oportunistas codiciosos que repudiaron la paz y decidieron oponerse a la Alianza. Otros simplemente vieron que el gobierno de la Alianza era inefectivo o iba en contra de su modo de vida ancestral, y montaron en armas solo para defender la soberanía de sus territorios, fuese contra las fuerzas de la Alianza o contra las de otros Señores de la Guerra.


    Organización

    Para muchos digimon la Alianza es el Gobierno, cuya administración fue encargada por el mismo Yggdrasill a sus siete líderes, si bien solo reinan directamente sobre ciertas regiones del mundo. Dado a que sus orígenes se remontan a la Segunda Era del Mundo Digital, el gobierno de la Alianza constituye la organización más jerarquizada, intrincada y profesionalizada conocida. Debajo de los Siete de la Alianza se encuentra una red de gobernadores locales que administran las grandes provincias de Mainframe y Directory, divididas a su vez en territorios de menor tamaño, nivel por nivel hasta llegar a las ciudades individuales, pueblos y villas. Asimismo la Alianza cuenta con el aparato burocrático más extenso y complejo del Mundo Digital, que pese a su tamaño labora con considerable eficiencia, encargándose del día a día de las labores de gobierno, desde servicios como agua potable y transporte, hasta asuntos de economía como la supervision de los bancos, los campos y las minas. Mientras que los gobernadores de las provincias y sus oficiales más allegados son todos digimon, escogidos por sus méritos, la burocracia se compone tanto por digimons como por otros seres digitales, como los digihumanos o los digielfos, quienes además forman parte de los cuerpos de investigadores que laboran en los laboratorios y universidades de la Alianza.

    Militarmente hablando la Alianza cuenta con vastos ejércitos reclutados de las comunidades en sus territorios. Esta armada se conoce oficialmente bajo el nombre de la Armada del Panteón. Sus ejércitos son altamente disciplinados y poseen una estricta ética de cuerpo que exige de sus tropas un comportamiento honorable. El liderazgo militar está a cargo tanto de generales de cuerpo completo como de los gobernadores de las provincias, quienes fungen una doble función como administradores civiles y militares.

    En los territorios de la Alianza no existe una distinción entre clero y estado, como tampoco hay una división clara con el ejército. Gobierno, Iglesia y Ejército forman una clase de triunvirato. Esto es especialmente notorio en las tierras de los Tres Arcángeles, pues la totalidad de sus jueces y gobernadores de más alto rango son todos miembros del clero, además de entre los rangos de los paladines de la Iglesia de la Luz provienen muchos comandantes y estrategas militares. En los territorios de las Bestias Sagradas son los Deva, seres sagrados por propio derecho, quienes se encargan de las labores de gobierno y a su vez están a la cabeza del clero en sus provincias. En dichas tierras, los sacerdotes y monjes de los santuarios también suelen involucrarse en las labores del gobierno, aunque con mucha menos frecuencia que en los territorios de los Arcángeles.

    Además de los territorios bajo el directo dominio de la Alianza existen comunidades y regiones aliadas independientes y semi-independientes a las que se dio autonomía por diversas razones políticas y culturales. De tal suerte, el gobierno de la Alianza recibe a sus embajadores y reciproca sus contribuciones prestándoles su ayuda, usualmente en lo militar o económico. Sin embargo, la Alianza no es una confederación sino un estado unificado bajo el gobierno de los Siete, si bien los Tres Arcángeles y cada una de las Cuatro Bestias Sagradas se encargan directamente de un territorio en particular.

    Religión

    La Iglesia de la Luz es la institución religiosa y el culto oficial de la Alianza. La Sagrada Alianza cree en Yggdrasill como el Dios Creador que rige el Mundo Digital desde el Kernel. Además del Dios del Mundo Digital, también se rinde culto a los Siete de la Alianza: los Tres Arcángeles y las Cuatro Bestias Sagradas, a quienes se considera seres supremos y guardianes del mundo. También venera a grandes santos y héroes del Mundo Digital como los Caballeros Reales, los Doce Olímpicos y los Diez Guerreros Legendarios, pero como cultos menores y no tan importantes.

    El culto varía de región a región y entre individuos desde un monoteísmo estricto hasta una forma de politeísmo que considera a los Siete como dioses y a Yggdrasill solo como el Dios supremo, pero no el único; esto se debe a que el culto oficial es producto de la fusión de las antiguas tradiciones religiosas de los seguidores de los Arcángeles y las Bestias Sagradas.

    Sin embargo, existe un punto en común, y ese es el conjunto de principios y normas morales y espirituales que rigen la vida de todos los creyentes de la Luz: las Diez Leyes basadas en la creencia en la Luz. La Luz simboliza todo lo que es bueno en el mundo, lo más puro, toda virtud; es a la vez concepto filosófico, ideal a seguir y una entidad espiritual, como una energía sagrada que fluye por toda la creación. En el canon religioso de la Iglesia la Luz proviene de Yggdrasill, aunque para algunos creyentes de las diversas practicas y doctrinas divergentes, la Luz puede provenir de los Siete, o es la verdadera Divinidad Suprema, superando en jerarquía incluso a Yggdrasill. En cualquier caso, la Luz es la esencia del espíritu y las normas de la Sagrada Alianza.

    Cabe notar que a pesar de que la Iglesia de la Luz es la religión oficial de la Alianza, esta protege la libertad religiosa y permite otros cultos en su territorio, como aquellos que adoran a los espíritus de la naturaleza o a los dioses Olímpicos o el culto a Shakamon, mientras estos no promuevan el odio o el caos, o usen su estatus de culto para cometer actos criminales. Los únicos cultos que están prohibidos por la ley de la Alianza son aquellos que dedican su devoción a los seres de la oscuridad, tales como los Siete Grandes Reyes Demonio o los otros habitantes del Área Oscura.

    Líderes y Reinos

    La Alianza gobierna directamente sobre vastos territorios en Mainframe y Directory (dos de los tres continentes del Mundo Digital en el Universo Púrpura), además de varias islas en los alrededores. Además cuenta con aliados entre otros grupos, los principales de estos son los hechiceros de la Liga de Magos, fundada por Ancient Wisemon, quienes han jurado emplear sus poderes en servicio de la Alianza.

    Territorialmente hablando, al momento de finalizar el Libro 1, los dominios de la Alianza se dividen en cinco reinos: el Reino de la Luz gobernado por los Tres Arcángeles, disperso en varios territorios de los dos continentes mencionados anteriormente; y los Reinos del Agua (Seiryu), el Aire (Byakko), el Fuego (Suzaku) y la Tierra (Genbu), que se encuentran en los territorios que rodean los puntos cardinales del Mundo Digital, donde reinan las Cuatro Bestias Sagradas, cada una gobernando el punto cardinal que le corresponde. A su vez, cada reino está dividido en diversas provincias, las cuales se dividen en territorios más pequeños.
     
  16. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    BOOK II:
    THE CIRCLE OF OUROBOROS

    Part 1:
    REBELLION OF THE WARLORDS


    Prologue:
    GODDESS


    El árbol que servía de hogar al núcleo del Yggdrasill, el Servidor de los Dioses, era uno de titánicas proporciones que se alzaba sobre el área más profunda—es decir, la más elevada—del Mundo Digital. Conocida por algunos digimon como la Zona del Kernel, el área más profunda era una región desolada y peligrosa. Se trataba de un complejo de enormes plataformas hechas de un material transparente como el cristal, que flotaban en medio de la nada en un vacío oscuro e infinito, y estaban conectadas entre sí por extrañas construcciones metálicas. Luminosos impulsos de energía que recorrían el vacío infinito a la velocidad de la luz, cual estrellas fugaces que solo duraban un instante, iluminaban las inertes plataformas en algunas ocasiones, pero la mayor parte del tiempo aquél era un mundo sin luz.

    Extraños digimon mutantes, demasiado peligrosos para que existieran en el Mundo Digital, llamaban a esa región su hogar. Por tanto, la Zona del Kernel era también un gigantesco campo de batalla donde primaba la ley de la garra y el colmillo, donde solo el más fuerte sobrevivía.

    Por encima de éste belicoso mundo se alzaba un cielo de nubes perladas que evitaban que las luces divinas del Yggdrasill iluminasen el oscuro campo de batalla de la Zona del Kernel. Más allá de las nubes flotaban enormes plataformas de tierra, tan grandes como islas, llenas de campos de sembradío a rebozar de productos cárnicos, así como bosques llenos de árboles frugales. En estas plataformas, conocidas por los digimon como el "Paraíso", habitaban los "buenos y justos", al igual que los digimon sagrados que adoraban a "Dios". Incontables casas de piedra blanca, de hermosos diseños, resplandecían en las laderas de estas montañas flotantes, conectadas unas con otras a través de puentes de luz y arco iris.

    En las plataformas más elevadas, las que flotaban a la altura de las verdes ramas del Yggdrasill, se encontraban los templos sagrados de los Tres Arcángeles, sus hogares cuando no estaban en el Mundo Digital sino que habían ascendido a los planos superiores en busca de paz. Eran ellos los sirvientes de "Dios", y era en sus templos donde los digimon suplicantes, aquellos dichosos afortunados que habían sido bendecidos con la vida en el "Paraíso", se reunían a orar todos los días, entonando salmos y letanías. Estos palacios estaban hechos de luz sólida, lo que les daba apariencia de haber sido construidos en cristal puro, con hermosas formas que recordaban racimos de cuarzos u otras piedras preciosas en estado natural.

    Los cuarteles de la Armada del Panteón rodeaban las tres plataformas sagradas, formando un anillo defensivo que protegía a los sagrados digimon de cualquier amenaza, aunque en el "Paraíso" algo que pudiera considerarse una amenaza era un evento bastante inusual. Se decía además que éstas hermosas plataformas servían de hogar para la Bestia Sagrada Suprema, Huanglongmon, cuyo espíritu algunas veces podía verse volando entre el océano de nubes de nácar, en forma de un serpenteante dragón dorado semi-transparente.

    Más allá del océano de nubes y de las islas flotantes, en el oscuro e infinito vacío de la "Red", flotaba un lejano planeta azul rodeado por “anillos” hechos de ríos de data, que estaban conectados a canales de información que parecían provenir del infinito; y las tres lunas que orbitaban a su alrededor, una azul, otra amarilla y otra roja, aunque otros cuerpos celestes más pequeños también orbitaban ese mundo y se podían observar desde esa distancia como pequeñas manchas negras alrededor del planeta. Se trataba del planeta que los digimon conocían como “Mundo Digital”, aunque no fuese sino una pequeña sección de aquél mundo, mucho más grande de lo que sus habitantes pudieran imaginar, ubicada en las capas inferiores del Mundo Digital.

    El gran árbol que servía de corazón al “Paraíso” era el Yggdrasill. Estaba rodeado de hermosas torres y columnas de estilos clásicos flotando en la nada, plataformas de tierra que tenían el aspecto de islas verdes, en pequeños cúmulos de nubes de nácar que provenían del mar de nubes bajo el árbol—mar que ocultaba completamente sus raíces—y múltiples lunas cerca de las ramas superiores, cual si fueran frutos que se hubiesen desprendido y se hubieran quedado flotando en lugar de caer. El árbol, el Servidor de los Dioses, como era llamado por los sabios del Mundo Digital, emitía un brillo eterno y gentil que cambiaba en ciclos de doce horas, convirtiéndose ya fuera en un brillo de plata para arrullar los sueños de los digimon de buena voluntad, o en dorada luz para alumbrar las acciones de los suplicantes y dar vida a las imperecederas cosechas de las plataformas de tierra que flotaban sobre el mar de nubes. Tan fuerte era su luz que en el Mundo Digital hacía las veces del sol, aunque allí, en el “Paraiso”, su luz no irritaba los ojos de quienes la vieran directamente, y no tenía ningún efecto negativo en las cosechas o en los digimon.

    El árbol era, por tanto, el hogar de "Dios", el creador del Mundo Digital y sus habitantes. O al menos, eso creían los habitantes del "Paraíso", y todos los digimon del Mundo Digital que seguían las enseñanzas de la Iglesia de la Luz, la religión oficial de la Alianza.

    El interior del árbol, no obstante, no era tan evocador como muchos imaginarían. De hecho, no era muy diferente a los paisajes fríos y tecnológicos de la Zona del Kernel. Era en este servidor donde trabajaban los digimon, digielfos y otras criaturas que se encargaban del mantenimiento del sistema de administración y observación del Mundo Digital, pues pocos sabían que el kernel—el núcleo mismo del Mundo Digital—era el interior del Yggdrasill, la Computadora Central.

    Muy poco se sabía de Yggdrasill, salvo que los eruditos entre los digimon la creían su "Dios". No se había presentado ante ellos desde la anterior Era, y se pasaba el tiempo monitoreando y administrando el Mundo Digital, experimentando con los digimon, observando cuidadosamente su ecología, calculando complejas ecuaciones para mejorar aún más a esa raza, para comprender más del significado de la vida y lo preciosa que era su existencia. Su voluntad en el Mundo Digital era absoluta, e incluso las leyendas decían que su furia una vez había destruido el Mundo. Pero por más absoluto que fuese, hasta un "Dios" podía llegar a aburrirse.

    Y ese era el caso de Yggdrasill.

    ***​

    Cuando Sergei el digielfo entró al núcleo del Kernel con su reporte de la situación en el sector B29, se maravilló al ver la esplendorosa forma que Yggdrasill había tomado.

    —¡Diosa, su Excelencia!—exclamó el viejo digielfo con los ojos abiertos como platos, mientras se inclinaba ante la hermosa figura que había tomado Yggdrasill—. ¡Justamente me dirigía a entregar el reporte del día, su Excelentísima Majestad!

    Yggdrasill observaba con detenimiento la pared cilíndrica de aquella habitación. Estaba atestada de monitores holográficos que mostraban todo lo que ocurría en el Mundo Digital de forma simultánea. No había nada que pudiese ser ocultado a su vista, pues Yggdrasill era un Dios omnisapiente. Sin embargo, era un monitor, de entre todos, el que llamaba su atención. Este monitor decodificaba una señal desde hacía varios años. Seis o siete, tomando en cuenta el tiempo del Mundo Digital, pues el del Kernel haría que esta cantidad se doblara o disminuyera según las necesidades de la Computadora Central.

    Yggdrasill había podido decodificar el 90% de la señal y sus sospechas estaban más que confirmadas. Quien quiera que hubiera enviado la señal, quería advertirles del Ragnarök. Era una señal realmente débil y por el espectro de la longitud de onda, había estado viajando por el espacio-tiempo por mucho tiempo. Gracias a esta señal, Yggdrasill había tenido tiempo para investigar y prepararse para la invasión inminente.

    —Mi Diosa, ¿puedo preguntar el por qué ha tomado esa forma?—preguntó Sergei en tono preocupado, al verse ignorado por la deidad.

    —Deja esa actitud zalamera, por favor, Sergei—le respondió Yggdrasill con una cálida sonrisa—. ¿Hace cuanto te he creado? ¿Seis mil años? Creo que hemos compartido mucho tiempo juntos, ya deberías tratarme de manera más informal.

    —Pero, Mi Diosa, es imposible que yo, un simple mortal, sea capaz de tratarle con tal irreverencia...— respondió el digielfo, alagado ante las palabras de su Diosa.

    —Como prefieras, fiel Sergei—volvió a sonreír Yggdrasill. La sonrisa irradiaba tal felicidad que era más radiante que el sol—. A tu pregunta, he de avisarte que he dejado la Computadora Central en modo de administración automática, así que es a ésta a quien debes presentarle tu informe.

    Sergei se quedó perplejo al escuchar tales palabras de su Diosa. Eso solo podía significar una cosa: la consciencia de Yggdrasill se disponía a viajar por el Mundo Digital. Esto le preocupaba un poco, pues mientras la Computadora Central estuviese sin consciencia sería demasiado vulnerable, y cualquier ente que quisiera dominar a la computadora en ese estado tendría todas las ventajas.

    —¡Oh! No te preocupes por eso, querido Sergei—respondió la Diosa, bastante animada, al conocer la preocupación del digielfo—. He activado el sistema de defensa en nivel de alerta máxima, y he dado prioridad a la ejecución del programa de la Alta Guardia de Seguridad de la Red.

    —¿Sus Excelencias, los Caballeros Reales, han sido promovidos a Administradores de la Red?—preguntó sorprendido el anciano Sergei.

    —Así es. Los Caballeros Reales serán quienes se encarguen de proteger y administrar el Kernel en mi ausencia.

    —Sus deseos son ordenes, su Excelentísima Majestad...—replicó el digielfo sumisamente, aunque la boca se le puso seca y tuvo que tragar saliva. Los Caballeros Reales eran bastante temidos por los digielfos debido a su severidad.

    Yggdrasill se dirigió entonces a una gran cámara que, al igual que la anterior, estaba llena de paneles, consolas y cables de fibra óptica en las paredes. Pantallas holográficas que flotaban en el aire mostraban una lluvia de algoritmos en código binario solo comprensibles a la omnisciente inteligencia de aquella Diosa. En el centro de ésta cámara estaba postrado un gigantesco robot blanco, flotando en el aire como en una especie de animación suspendida. Estaba conectado al ordenador principal por un enorme cable que tenía la apariencia de una enredadera verde. Éste gigantesco robot, llamado Yggdrasill_7D6, era el cuerpo que la Diosa encarnaba con predilección, pues era muy poderoso, mucho más que un digimon promedio, y su presencia era sobrecogedora e imponente. Sergei pudo ver que unos algoritmos se dibujaban en el visor rojo que le servía de ojo ciclópeo, escritos en el idioma jeroglífico de los digimon, el digicode.

    —Bien, entrega tu reporte, Sergei. La Computadora Central está esperando—dijo diligente Yggdrasill, mientras revisaba las pantallas holográficas en busca de algo que solo ella podía ver.

    —Su Gran Majestad, solo permítame hacerle una pregunta—inquirió respetuoso el ser digital—. El Mundo Digital en éste momento se encuentra en medio de una crisis, y se ha vuelto más peligroso de lo habitual. Aún así, ¿desea ir allí, sin ninguna protección que la mantenga a salvo de los peligros que le podrían acechar? Si le ocurriese algo...

    Yggdrasill se encontraba observando la lluvia de algoritmos que se mostraba en las pantallas. Si una persona normal hubiera visto esas pantallas, se hubiera confundido al ver que solo mostraban una lluvia constante de símbolos raros o de ceros y unos.

    —¡Oh! Ahí están esos humanos—dijo Yggdrasill, interrumpiendo a Sergei, mientras observaba una secuencia especial de los símbolos de las pantallas—. Es tan emocionante ver la data de un humano... Ensamblarla y desensamblarla para descubrir sus secretos sería un experimento interesante...—en su cara se dibujo por un instante una picara sonrisa—. Pero, no... Su existencia en este mundo se debe a las oraciones de los digimon, y sus deseos son que esos humanos vivan. Si no son capaces de superar esta prueba por sí solos, entonces los digimon han depositado mal sus esperanzas.

    Sergei estaba confundido, pero eran raras las ocasiones en las que había entendido lo que decía su Diosa. Yggdrasill operaba en una esfera demasiado alta como para que alguien tan simple como él pudiese intentar comprender cómo era que la deidad pensaba.

    Yggdrasill observó detalladamente los datos de los humanos que en ese momento estaban en el Mundo Digital. Había muchos que eran muy interesantes, finos elementos de investigación. Sergei la vio buscar a su sujeto de pruebas predilecto, el humano al que llamaban Akira. Había salido de los sectores ordinarios y se encontraba en otra zona del Mundo Digital, una muy peligrosa. Pero era su destino, o eso decía Yggdrasill, y aquello era necesario para que el proceso que ahora estaba ejecutándose saliera a la perfección.

    —Las cosas se pondrán bastante interesantes de ahora en adelante—sonrió la Diosa con picardia.

    Sergei pasó saliva nuevamente. Lo que Yggdrasill consideraba interesante podía ser peligroso para seres tan humildes como él.

    —Esto promete mucho—pensó en voz alta la Diosa mientras sonreía complacida, viendo otra secuencia de datos en una pantalla diferente a la que mostraba los códigos de Akira.

    Yggdrasill se volvió hacía uno de los rincones, donde con un gesto de sus manos hizo que una de las paredes se abriera, revelando una gran cámara de forma tubular donde un humano adulto cabría perfectamente, con un panel sobre un pedestal. Yggdrasill tecleó algunos comandos en el panel, y la cámara materializó un maniquí trajeado con hermosos ropajes.

    —En cuanto a mi seguridad, querido Sergei, ya he pensado en eso—sonrió la Deidad, dirigiéndose al digielfo.

    Yggdrasill alzó una mano, haciendo que un agujero del tamaño de una pelota pequeña se abriera en medio del suelo de aquella sala. Un par de digicores salieron de éste, flotando lentamente, y al llegar a la altura de la mano de Yggdrasill se detuvieron, mientras el agujero del suelo se cerraba. Al observar a sus dos guardianes, Yggdrasill sonrió con un gesto de divina ternura.

    —Liberando el Sistema de Seguridad B, nivel L&R. Autorización de acceso número 20070319. Contraseña: ******.

    Al liberar el código de seguridad, los digicores empezaron a transformarse, absorbiendo una cantidad colosal de paquetes de data que descendía a raudales desde el techo de aquella sala, hasta tomar la forma de imponentes digimon... El viejo Sergei soltó un respingo de sobrecogimiento al reconocer a los majestuosos digimon que ahora se inclinaban ante la sonriente Diosa.

    —Estamos a sus órdenes, oh, hermosa Diosa—dijeron al unísono ambos digimon, con reverencia, mientras Yggdrasill los contemplaba con una sonrisa complacida.
     
    Última edición: 11 Dic 2017 a las 23:45
  17. Autor
    Zeromaru X

    Zeromaru X 偉大な英雄

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    Side Story 1:
    KIMAIRA

    Kimaira Seto se dejó caer en el caro sofá de cuero sintético que estaba en medio de su oficina, la cual ahora se encontraba totalmente desordenaba. Se llevó las manos a su frente, mientras cerraba los ojos y trataba de concentrarse, de enfocarse en un solo punto de sus pensamientos. Hacia eso cuando algo le preocupaba.

    —¿Te pasa algo, querido?—le preguntó la hermosa secretaria que tenía por novia, en tono preocupado, mientras le traía una taza de café colombiano. Su favorito.

    —Nada, Emily—dijo el científico, sonriendo para sonar convincente—. Solo estoy cansado. Esta semana ha sido una carrera tras otra.

    Pero no podía ocultar la verdad. No de sí mismo...

    El Profesor Kimaira era el jefe del grupo encargado de investigar el Mundo Digital. Con la ayuda de otros prominentes científicos e ingenieros había conseguido su gran logro unos cuantos años atrás, que lo había hecho merecedor de un Nobel: crear un aparato que permitía la conexión estable entre el Mundo Real—como se había designado al mundo de los humanos; un acto de gran arrogancia por parte de los dirigentes mundiales, en su opinión—y el Mundo Digital, el cual solo funcionó gracias a sus teorías revolucionarias en el campo de la física cuántica.

    Ahora, su nuevo trabajo consistía en investigar la ecología de los digimon, las extrañas criaturas que habitaban el Mundo Digital. Había elaborado un par de teorías e hipótesis acerca de su biología interna, y del cómo era posible que éstas criaturas abstractas hechas de información e impulsos electrónicos pudiesen existir en el Mundo Real. Tenía varios sujetos de prueba para ello, entre los que se incluía su grupo favorito: un pequeño grupo de digimon llamados Agumon, a los cuales había bautizado bajo el nombre en código de Zato.

    El año pasado había conseguido otro gran logro científico. El mayor de su carrera, quizá. Significaba un gran avance no solo para la investigación del Mundo Digital, sino para la ciencia moderna, incluso podía que para la historia de la humanidad. Sin saber cómo, había logrado crear un agujero de gusano estable a otra dimensión, de la cual había logrado precipitar algo que parecía ser un digimon... una larva de digimon, o una criatura digital, al menos. La ID digital de la criatura la identificaba como “Overload”. Era al parecer su nombre personal, pues los aparatos más modernos hasta ese momento eran inútiles para determinar de qué clase de criatura se trataba. Desde ese momento se dedicó a investigar esta larva. Por varios meses estuvo estudiando a la criatura, la cual parecía sufrir un proceso evolutivo muy similar al de los digimon. Pronto esa larva evolucionó a un ser que parecía una cucaracha humanoide del tamaño de un niño.

    Pero los altos mandos de Neon Oracle Labs pensaban que el científico estaba perdiendo tanto tiempo como dinero. Las investigaciones acerca de la biología digimon se habían estancado. De la serie Zato, el número 6 había muerto, y los Zato 4 y 5 estaban en peligro de sufrir un destino similar. Los Zato 1, 2 y 3 eran los únicos que nunca habían presentado problema, pero su investigación con ellos no avanzaba en nada; y claro está, estaba Zato 0, que era un problema por si solo.

    Kimaira, interesado en la naturaleza de los planos más allá de la Tierra, se había enfrascado en la tarea de entender a Overload, el ser que venía de otro mundo. Si la investigación de la biología digimon se había tardado, era debido a eso. Se había enfrascado en entender a Overload, en comprender la naturaleza de los mundos, dejando todo lo demás de lado.

    El teléfono sonó en ese momento, interrumpiendo los pensamientos del científico.

    —Amor, es para ti—le dijo Emily, con una dulce sonrisa—. Es el profesor Pryce. Parece que algo raro con los Zato...

    —Será mejor que me ponga en marcha cuanto antes, pues—Kimaira soltó un suspiró de frustración.

    —No deberías ir solo, querido—replicó Emily preocupada—. Eres demasiado valioso para esta operación. Si te llegará a ocurrir algo, perderíamos años de estudios, y además yo no lo soportaría.

    —Yo soy quien conoce mejor a los Zato. Nadie más puede tomar mi lugar—dijo Kimaira con una sonrisa conciliadora, tratando de tranquilizarla. Ojala alguien intentara tranquilizarlo a él.

    La maquina transportadora, un compartimiento tubular ubicado en uno de los rincones de la oficina, se cerró mientras el cuerpo de Seto se tornaba en datos, era enviado a la red, y se reconfiguraba en el Mundo Digital. Era un proceso bastante complicado, pero que solo le causaba un leve cosquilleo al usuario de la maquina. Al abrirse las puertas de un aparato similar ubicado en la replica de su oficina en la sucursal del Mundo Digital, le esperaba un robot con forma de esfera, que levitaba frente a él. Se trataba de una de las extensiones de su computadora personal, Omicron.

    —Bienvenido de nuevo, Profesor Kimaira. ¿Desea que le informe sobre la situación?— le saludó Omicron con una voz masculina, calmada y sonriente.

    —Si, por favor—respondió Kimaira, escueto.

    —Los Agumon Zato 4 y 5 han muerto. Los Zato 1, 2 y 3 siguen estables. Zato 0 ha incrementado sus niveles de agresividad a niveles que superan a los estándar de un Agumon. Sugiero una revisión personalizada y la consideración de ponerlo en sueño crío-estático.

    —Traslada a Zato 0 al laboratorio 66, Omicron—murmuró Kimaira, con un tic nervioso en su ojo derecho.

    Aquél laboratorio había sido su segundo hogar desde que Overload apareció. Allí tenía todos sus aparatos y se sentía como en casa. Era el lugar perfecto para estudiar a Zato. Y quizá, la interacción con éste sería beneficiosa para Overload.

    La esfera lo guió al pasillo, donde Kimaira se ubicó sobre la banda corrediza en medio del suelo, y ésta empezó a moverse en dirección a la sala donde estaban los Zato. Cuando el camino se bifurcaba, la banda corrediza modificaba su patrón para dirigirse ahí a donde Omicron fuese. Kimaira agradeció el no tener que hacer un esfuerzo consciente para caminar en ese momento.

    Zato 0 era el primer Agumon que habían atrapado cuando el equipo de exploración fue por primera vez al Mundo Digital. Lo habían modificado como parte de los experimentos para entender la configuración en la data de los digimon, y los cambios fueron para hacerlo más fuerte y más inteligente que un Agumon común y corriente. Sin embargo, aquellas modificaciones lo habían hecho más agresivo de lo normal para su especie. Sus ataques de ira, que devastaban todo a su paso, eran cada vez más difíciles de controlar. Su configuración también se había tornado inestable y muchos de los investigadores creían que se iba a morir, al igual que los otros tres Zatos que ya lo habían hecho.

    Al entrar al laboratorio 66, Kimaira apagó el campo de fuerza que mantenía aislado a Zato 0 del resto de los especímenes de pruebas. Eso incluía al tal Overload. Después, se dirigió a verificar las lecturas que las computadoras de la habitación habían registrado. El Agumon abrió lentamente los ojos, y observó a Kimaira con desprecio.

    —Otra vez ese sujeto... ¡Cómo lo odio!—rezongó en voz baja, quizá creyendo que Kimaira no podría oírlo. Bostezó perezosamente y se levantó del suelo—. Tengo hambre—le dijo al científico—. ¿Tienes algo de comer por ahí para mí?

    —No ahora. Tendrás que esperar un poco más—respondió Kimaira, aún concentrado en las lecturas de las computadoras.

    El Agumon enfureció, rechinó los dientes, pero no dijo nada. El ser que se hacía llamar Overload también observaba la situación, desde la cámara tubular donde lo mantenían encerrado.

    —¿Cómo te sientes hoy, Overload?—le preguntó Kimaira al ente digital.

    —Muy bien profesor, gracias por preguntar—sus modales siempre eran bien cuidados—. ¿Y usted?

    Zato parecía hacer caso omiso de Overload. Quizá si forzaba las cosas...

    —He tenido mejores días, pero gracias por preguntar. Vuelvo en un momento, pórtense bien.

    Seguido por Omicron, Kimaira salió del laboratorio 66 para entrar casi de inmediato en una habitación contigua, una cámara secreta donde podía observar y escuchar todo lo que ocurría en el laboratorio sin que los sujetos de prueba supiesen que los estaban espiando. Era bastante útil para estudiar a los sujetos de prueba interviniendo de la forma más mínima posible. Cuando activó el ordenador que estaba conectado a la cámara de vigilancia, Zato y Overload sostenían una conversación, tal y como él había esperado.

    —¿Por qué no hiciste nada, Agumon?—preguntó Overload, con voz monótona— Podías haberlo obligado a que te trajera algo de comer.

    —¿Debería hacerle algo? Es un simple humano, no veo la necesidad de luchar contra alguien que no se puede defender. Seguro que se fue a traerme la comida, en todo caso—respondió Zato, irritado.

    —Ah, eres solo un cobarde que mueve la cola ante su amo humano—se burló Overload.

    —¡¿Cobarde?!—gritó el Agumon, iracundo.

    En ese momento Kimaira se percató del error que había cometido al apagar el campo de fuerza que lo mantenía encerrado. Sin nada que lo contuviera, Zato 0 comenzó a disparar como loco sus “Baby Flame”, mientras Overload dejaba ver un brillo de triunfo en sus ojos. Durante todo el proceso de la investigación, Overload se había mostrado interesado en los cambios a los que habían sometido a los Zatos. Y cuando se enteró que el Zato 0 era el más fuerte de todos, se mostró muy interesado en él... Kimaira sudó frío mientras una corazonada afloraba entre sus pensamientos, aunque si eso era verdad ya era demasiado tarde hacer algo al respecto. Overload planeaba escapar.

    —Alerta roja, alerta roja—parloteaba Omicron—. Falla crítica del sistema de contención.

    Un potente rugido fue lo único que le advirtió que la pared se venía abajo, y la esquivo por los pelos. Zato ahora era un Greymon, pero era muy diferente de los Greymon de los que tenía información previa, con la coloración azul en lugar de naranja, la cola terminando en una navaja, y el yelmo de hueso en su cabeza demasiado picudo comparado con el de los Greymon normales. En su arrebato de ira había destruido completamente el laboratorio. También había destruido a Omicron, aplastando al robot esférico con un rugido de satisfacción. Luego, el fuego y la ira consumieron todo en ese cuarto.

    Kimaira se salvó de pura suerte. Al despertar se encontró atrapado debajo de unos escombros, pero pudo quitárselos de encima al cabo de un rato. Las pocas computadoras que se habían salvado estaban fuera de línea.

    —¿Qué pasó, Omicron?—masculló frustrado mientras se levantaba.

    Más no recibió respuesta. Salió de la habitación y se encontró con la sorpresa de que toda el ala este del laboratorio se había convertido en ruinas y fuego. A lo lejos se escuchaban los gritos de los demás cientificos e investigadores que habían logrado sobrevivir, y de los socorristas que desesperadamente intentaban rescatarlos. En el suelo, un Agumon yacía malherido.

    —¡Fuiste tú, maldito Zato 0!—exclamó encolerizado Kimaira.

    El Zato le devolvió una mirada desafiante. Posiblemente la evolución había sido solo temporal debido a que su base de datos presentaba problemas. Kimaira pensó aliviado que gracias a eso estaba con vida ahora.

    —¿Qué es lo que pretendes, Overload?—preguntó Kimaira entonces, al percibir una mirada a su espalda. Estaba seguro de que se trataba del extraño ser digital—. Creí que querías escapar, pero...

    Aquél ser, Overload, ahora con la forma de una especie de humano insectoide del tamaño de un adulto, salió de entre las llamas de lo que una vez fue el laboratorio 66.

    —Para prepararlo todo... para el Ragnarök...

    Y diciendo eso, con sus garras rasgó la tela misma de la realidad. La grieta tenía la forma de un copo de nieve en su forma más básica. La del “polvo de diamante”.

    —Puedes seguirme si quieres, Kimaira...—continuó Overload—. Con una condición. Libera al Agumon. Se lo debo. Y creo que no sobrevivirá mucho, así que nuestro secreto está a salvo. Déjalo volver a su mundo.

    Sonriendo extasiado, Kimaira ni siquiera lo dudó. Era la oportunidad que había estado esperando desde que inició su investigación. El secreto de la naturaleza del multiverso ahora estaba a su alcance.
     
    Última edición: 12 Dic 2017 a las 01:21

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