Historia Nehantobira I | El silencio del ámbar

Tema en 'Naruto World' iniciado por St. Mike, 13 May 2018.

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    St. Mike

    St. Mike Sanguine Sanctum

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    “¿Estoy soñando?”. Fue lo que me pregunté en aquel entonces. La edad, lejos de parecerme una bendición a la sabiduría, me caía encima a cada momento; la longevidad era tan aborrecible como la ignorancia para mí, incluso más. Empezaba a costarme caro ponerme de pie más veces de las que debía en una jornada, mis huesos crujían de vez en cuando y ya me había acostumbrado al permanente dolor y a los latidos que hinchaban mis músculos. Para un viejo como yo, no existe nada que pueda nublar la maravilla de una meta, de una oportunidad que se halle a punto de cumplir, fue por ello por lo que tomaba los males que acecharon al clan como una bendición. No les deseaba ningún mal, ni quería ver su sufrimiento perdurar. Aun así, me es imposible ocultar el regocijo de sentirme útil otra vez, de sentir que me acercaba a lograr mi objetivo. La vida de un lector empedernido está llena de soledad, tristeza y cuestionamientos, no es una rutina que le recomiende a nadie, pero se destaca, una vez dentro de la inmersión que los libros pueden brindar, ese sentimiento de curiosidad perpetua, esa sensación de explorar un mundo sin salir de las páginas. Para mí, Nehantobira es el mundo fantástico que siempre quise encarnar, cualquier realidad que me acercara a sus puertas sólo podía entibiarme el corazón.

    Admito que parte de mi rigidez, al impedir el total conocimiento de Odayakana a los demás, pudo deberse a un sentido de pertenencia que acabé desarrollando por el manuscrito, como si lo sintiera parte de mí. Fui egoísta. De cualquier forma, las excusas que intentase parlotear para seguir ocultándolo serían inútiles. La tierra misteriosa se había cansado de esperar ser descubierta y vino a nosotros, como si rogara nuestra atención. Deben entender que, en este punto, mis sentimientos seguían apartando los obstáculos entre la revelación y mi persona. En cierta forma, velar por el libro era lo mejor que alguien como yo tenía que hacer; era una mezcla extraña entre sentido de la responsabilidad y pasión por lo que se hacía. Repito: aquel día me llené de felicidad, maravillado por la oportunidad que gritaba, no necesariamente a mí, pero quería ser un espectador más de la historia.

    Ya habían pasado varias horas desde que envié mi carta al consejo, indicando la organización que tomaríamos para afrontar la epidemia. Los días anteriores habían servido para dejar en claro mi postura como defensor de un posible hallazgo; he ahí un punto donde debo agradecer mi longevidad, pues fue gracias a ella que mis palabras fueron atendidas con tal atención. De haberlas dicho cualquier otro miembro, la posibilidad de expulsarlo por tendencia a delirar resonaría hasta su partida. Ni siquiera entonces me digné a dar un puñado sustancioso de información, me limité a establecer mis teorías con fundamentos que cualquier supersticioso podría generar, siempre respaldado por mi reputación. Me quedaban pocas horas para afrontar la reunión con Ruigetsu, donde iba a tener que contener mis llantos o gritos de emoción ante cada deducción que nos acercase a dar con los emisarios. Mientras, no encontré, ni creo ser capaz de encontrar hoy en día, un mejor momento para rebuscar las libretas que usaba de joven para elaborar teorías sobre la utopía.

    Gin, por fin mis sueños se cumplirán.

    ~~~

    Entrenar resulta una actividad dependiente del ímpetu más que del deseo en muchos casos; una labor tan rígida como desarrollar habilidades monótonas cada cierto tiempo puede terminar en un martirio para quienes prefieren el desorden, caso reconocible al detalle en Ruigetsu. Para él, el mero hecho de estructurar las horas del día representaba una tarea castrante, ni hablar de seguir una rutina. La diferencia entre la mayoría de las que un ninja usualmente seguía y aquella era tan radical como obligatoria: no es como si el aguado tuviese la opción de prescindir y dejarlo para otra ocasión. La tarea de aquel día se había convertido en una tan vital para su existencia como el desayunar.

    Se hallaba sentado de piernas cruzadas, en el centro de su dojo personal, mismo que yacía sumergido bajo los cimientos del Horizonte, bordeando alguna costa clandestina; además de ser idóneo para ejercitar, aquella habitación era digna de cualquier millonario caprichoso: sus paredes no eran más que ventanales de cristal templado, mismos que dejaban pasar la poca luz del fondo marino durante el día, pero que bastaba para contemplar un paraíso natural en compañía de la amplitud inmensa de aquel lugar. Más allá de las comodidades, sus motivos para resguardarse allí sobrepasaban las preferencias, al tratarse del único sitio que le garantizaba tranquilidad para reflexionar, aunque no precisamente consigo mismo.

    Frente a él, Namida se complacía al tener largas charlas, sólo derivando a lo moral en contadas ocasiones. La manifestación monstruosa se había vuelto un amigo y no sólo una manifestación, misma razón por la que se preguntaba si su existencia provenía de la corrupción en su cuerpo o de su propio inconsciente, generando una representación de sus ideales, relacionándolos con el dichoso sabio de antaño. La criatura, lejos de aparentar ferocidad por su apariencia deforme, actuaba con la misma naturalidad que cualquier persona, gozando de una elocuencia y mayéutica que sobrepasaban a las de cualquier sabio. Cualquiera que disfrutase una conversación se alegraría de tener una con él, siempre y cuando no le observaran, por supuesto.

    Nagare había aprendido a lidiar con su presencia tras el pasar de las semanas, tras descubrir que una charla cotidiana podía difuminar su aparición en situaciones inoportunas notablemente, como si cumpliese su cuota diaria al hablarle por un tiempo prolongado. A pesar de dichos principios, la conversación de esa vez fue sumamente incómoda para el ser ilusorio, pues Hozuki se había centrado en comentar los problemas que acechaban a su clan recientemente, sin prestarle atención alguna a las divagaciones que frecuentaba.

    —¿Y por qué te inquieta tanto lo de tu clan? —añadió Namida, justo después de la intervención más extenuante del aguado en su conversación—. Se me hace un asunto muy sencillo de resolver, siempre y cuando atiendan el tema de los que te persiguen.
    —No es sólo por ellos —se recostó sobre la lona—, siento que esas personas no son normales, es raro que tenga corazonadas tan centradas.
    —Más a tu favor, debería alegrarte tener la posibilidad de sacarle beneficio a esto.
    —Oye, me interesa crecer, por encima de todo, pero hay demasiados sufriendo por algo que ni siquiera conozco, y para colmo, es sólo una suposición echarles la culpa.
    —Tampoco veo que no buscarlos ayude, lo mejor sería encargarse de eso primero.
    —Eso es obvio, sólo comento el tema porque necesito desahogarme. Es un fastidio pensar en que mucha gente sufre por ti.
    —Qué débil suena eso, y tampoco puedes asegurarlo.
    —Cómo sea, debo atender ese asunto, vámonos ya.
    —Esa gente también llama mi atención —Ante el tono de su contestación, Ruigetsu se detuvo en seco, mirándole de espaldas.
    —¿Por qué?
    —Es obvio que quienes sean, son poderosos. Si nadie ha logrado identificarles… ¿quién sabe? Quizá te encuentres con una sorpresa —El ANBU mantuvo su vista fija por varios segundos hasta dignarse a bufar.
    —A veces se me olvida que eres tan paranoico como yo.
    —Son tus pensamientos, no los míos —La presencia comenzaba a esfumarse.

    Salió del lugar tras ejecutar un sello, transportándose directamente a una marca dejada sobre el pasto cercano a la entrada del barrio Hozuki; pudo haber ido en busca de Pējigetsu desde el primer momento, pero prefería analizar el contexto por sí mismo antes de enterarse por cualquier informe que quisieran mostrarle. En sí, las calles lucían tal y como de costumbre a nivel de ambiente, nunca se trató de un barrio sobrecogido y menos lo sería en tal situación; si acaso podían distinguirse ausencias puntuales de aldeanos, resguardados en sus residencias. Se tomó la libertad de ir hasta el apartamento de Masuku, uno de los más cercanos a la academia y la entrada de la zona. El silencio, una vez dentro de la estructura, sí que lograba contrastar con el resto de la realidad en la aldea. Era sencillo identificar aquel pesar con un ataque focalizado; no tenía sentido ver a su barrio como el único afectado de no ser así.

    Llegó al tercer piso con rapidez, tocando la puerta y dedicándole una mirada a la vista en el balcón a su costado; ver el perímetro en aquella perspectiva daba a entender que se encontraban en un pueblo fantasma, un lugar sin vida urbana. Pasaron dos minutos para que la puerta se abriera con dificultad, rechinando y chocando con la pared de la estructura en el proceso; al voltear para ser recibido, encaró a una fémina completamente distinta. Sus piernas temblaban al sentir la dificultad que representaba estar de pie; la viveza y atención de sus ojos era inexistente, acompañados por ojeras que surcaban un rostro tan blanco como para dejar ver algunas venas en transparencia; se asemejaba a una anciana decrépita. Nagare se apresuró a sostenerla de los hombros al ver que se tambaleaba, encaminándola al sofá.

    —No suelo preguntar cómo le va a la gente, pero ni siquiera sería necesario —Le acomodó, sentándose a su lado—. Me dijeron sobre una supuesta “gripe”, no sabía que entre los síntomas estuviese el cáncer.
    —No me siento mal, sólo es debilidad, mucha —Su garganta se encontraba tan seca que cada palabra venía acompañada por estertores.
    —¿Cuánto llevas así? Quizá sólo necesitan salir, la zona parece urbanización de jubilados.
    —Caminar hasta la puerta casi hace que me desmaye, dar un paso más… —rio, no era normal en ella—. Tú no te ves mal, deberías ir con Pēji.
    —¿Y él? Pensé que sería el primero en morirse. Este es su estado natural de por sí.
    —Me dijo que te explicaría al llegar —Su cuerpo sufría espasmos de vez en cuando, callándole—. La emoción no le deja ponerse mal.
    —¿Emoción? ¿Van a regalar andaderas?
    —Él te contará, no quiso decirme nada —Un ataque de tos impidió que siguiera hablando, tomando un balde cerca del sofá para vomitar, volviendo a toser posteriormente—. Ve para allá, no sé ni qué haces aquí.
    —Al menos podría intentar traer personal méd… —Masuku señaló una hoja sobre la mesa a su lado. Ruigetsu la tomó y leyó en un santiamén, pues el mensaje era claro y aislado, entre varias casillas que usualmente se usarían para especificar recetas de farmacia: “caso en investigación”, un término que se utilizaba con las personas que deberían ser sometidas a tratamientos en los laboratorios de Jitna, debido a cualquier enfermedad extraña—. Menos entiendo por qué sigues aquí, podría llevarte —Sus palabras fueron recibidas con sendos suspiros de penuria.
    —Jitna fue el que me pidió seguir en casa, dice que no tiene caso tenernos allá.
    —¿No les dijo si conocía una enfermedad parecida?
    —No —Las palabras que sentenciarían su partida estaban por llegar; incluso bajo tales pesares, tener que soportar a Nagare terminaba siendo tarea difícil—. Vete ya, no estás ayudando —Su receptor se irguió, a punto de partir, no sin antes ser llamado por última vez—. Rui… nada, olvídalo.

    Acabó por marcharse ante la suposición de que el delirio consumiéndola era mayor que su razón para hablar. De vuelta en las calles, su mente no dejaba de darle vueltas a lo que se cernía como una atmósfera extraña, un sentimiento de pesadez inusual que poco o nada tenía que ver con el entorno físico, como si alguna fuerza mayor presionara si cuerpo; no llegaba a ser insoportable, pero en contadas ocasiones se había sentido tan bloqueado como en aquella. Fijó rumbo a la biblioteca distrital, un sinónimo para la que fungía como verdadero hogar del consejero, muchos contaban que le veían dormir sobre los mesones en noches de obsesión.

    La relación entre Ruigetsu y Pējigetsu siempre estuvo plagada de formalismos impropios por el primero, como si el anciano fuese una especie de tío lejano para él, un hombre al que le podía tener afecto y respeto, aunque rara vez llegaban a intercambiar más de dos o tres palabras fuera de labores gubernamentales. Sinceramente, ninguno de los dos era capaz de afirmar que conocía al otro, ni mucho menos considerarse amigos cercanos; extrañamente, solían tener opiniones fáciles de sintetizar entre sí, por más que sus semblantes fuesen casi tan opuestos como su vigor. El ANBU siempre había tenido algo de afecto por el anciano, dándose las anécdotas sobre su vida de explorador frustrado como razones para desarrollar una extraña empatía.

    Llegó a la morada, una recámara exclusiva del Jonin que sólo era abierta por cuestiones de higiene, su entrada y salida. En ella, una gran estructura cilíndrica soportaba cual columna en el centro, siendo uno de los muchos estantes resguardando libros bajo aquel techo; ni hablar de las paredes, plagadas de material en papiros y demás materiales, la mayoría dedicados a obras sobre ingeniería e historia. Una colección enciclopédica envidiable. El único gran mesón tenía su tope sepultado en más y más hojas sueltas, con el dichoso consejero como su investigador, siempre manteniendo el mismo libro de tapa azul y chapada en hierro a su lado. La intromisión de Nagare se hizo obvia con tan sólo percibir el aire fresco, mucho más liviano al compararlo con lo hermético de aquel departamento; irónicamente, fue esa tendencia a sellarse entre papeles la que lo mantuvo sano hasta ese día, viéndose tan tranquilo como de costumbre al recibirle, denotando un semblante adormilado pero atento incluso así.

    —Pensé que vendrías en la mañana —Su tono era ronco por naturalidad—, me entretuve revisando todo, adelantaremos.
    —No te ves muy diferente de tu vejez normal, hasta pareces contento —O eso deducía en la sonrisa tenue de su rostro—. ¿Te escribieron un cuento en el papel higiénico? —No pudo ni responder para hacer caso omiso a la burla—. Oye, no suena mal, ya sé qué te regalaré de cumpleaños.
    —Ruigetsu… —Tenía esos ojos, esa mirada de padre decepcionado.
    —¿Qué? La situación está mal, no creo que ayude mucho que yo me enserie.
    —No quiero que cambies, pero llevo tiempo queriendo hablarte de algo y requiere tu atención.
    —Tengo novio, novia y dos amantes, antes que nada.
    —¿Qué? —Fuese su edad o la diferencia de ambientes, pero sencillamente no acostumbraba escuchar declaraciones así—. No importa —se sacudió—. Escucha, esto es información sobre el clan.
    —¿La razón por la que todos están tan mal?
    —Mucho más que eso —El tono tembloroso empleado captó finalmente el oído de Nagare—. ¿Trajiste el pergamino que te pedí? —bastó asentir y lanzárselo para que lo detallara. Sus manos temblaban al tocarle, frotando el sello de las letras como niño viendo un juguete nuevo; lo tomó con firmeza—. ¿Sabes de dónde proviene esto?
    —Es un pergamino viejo que se quedó en Kiri cuando nos fuimos, Shigeki me lo dio.
    —Sí, es un pergamino viejo, mucho más viejo que el resto de textos que tienen las aldeas hoy en día —Lo abrió en seco, fijándose en varios garabatos y anotaciones realizadas sobre el primer trazado—. Este pergamino perteneció a Igetsu, a su hijo y a su nieto, hasta recaer en Shogetsu, luego…
    —Lo tuve yo, ¿qué tiene?
    —Fue enviado a Sogetsu Hozuki —Oír aquel nombre resultaba desconcertante, no por su desconocimiento, simplemente no captaba cómo encajaba en la ecuación.
    —Me entero de que mi papá sabe algo sobre lenguaje antiguo —dijo—. O sobre cualquier cosa que no sea rezar.
    —Tu padre fue quien descifró el contenido de este pergamino, él es el heredero legítimo de Odayakana, mucho más sabio que yo.
    —Entonces… ¿se lo devolverás para que pueda encontrar la cura? No te entiendo, recién pienso que papá hace algo productivo.
    —Rui… —bajó el escrito, mirándole a la cara—. Tu padre ya no está con nosotros.

    En medio del paroxismo que representó tal declaración, un escalofrío recorrió su espalda, seguido por un sentimiento de ardor que nubló su mente y le hizo agachar. ¿Aquella enfermedad lo había matado? No entendía cómo nadie le había dicho hasta ese momento, ni mucho menos cómo pudo Pējigetsu decirle algo así con tal parsimonia. Lo cierto es que cualquier concatenación de ideas quedaba descartada ante lo errático del momento, simplemente lograba ver a un punto fijo por inercia, hasta que nuevas palabras del anciano impidieron que llegase al estado de tristeza.

    —No está muerto —volvió en sí—, pero no sé si podremos llegar a verle otra vez.
    —Empieza a explicar —Se reincorporó, yendo a la mesa para tomar asiento frente al consejero.

    Pējigetsu comenzó a narrar una historia que era más propia de leyendas que de realidades, ni siquiera ser analizada desde la perspectiva de un ninja excepcional aligeraba las declaraciones; quizá no tuvo tanto que ver con la magnitud, el verdadero asombro se remitía a comparar las palabras con lo vivido: ¿su padre? El anciano le explicó que Sogetsu fue siempre un teólogo y criptógrafo de los más estudiosos, heredero de un legado extinto de genios en el área; su vida se había centrado enteramente en ayudar a descifrar Odayakana, aunque él sabía, muy en el fondo, que sólo quería tal cosa para develar la brecha que separaba a los Linterna Demonio de un lugar al que el Jonin hizo énfasis en destacar:

    —Nehantobira.
    —¿Nehan qué?
    —No se tiene mucha información del lugar, pero algo te puedo decir: sea lo que sea, Odayakana y nuestras habilidades han evolucionado con cada acercamiento a saber la verdad.
    —Bueno, todo esto me da risa cuando recuerdo a mamá.
    —Kamichi fue una de las ajenas al clan que más ayudó a develar secretos en el pasado, pero ninguno de los dos está con nosotros hoy.
    —¿Y qué le pasó a papá?
    —So me contó una vez sobre un descubrimiento que decidió descartar de ese pergamino, una supuesta capacidad para transportarse hasta el lugar donde se encuentra Nehantobira. Intuyo que el hijo de Igetsu y tu padre usaron ese descubrimiento —La reflexión quedó marcada bajo un silencio entre ambos, ni el mismo Pēji lograba digerir todo lo que decía.
    —Suponiendo que los tipos que me buscan son de allí, porque me imagino que a eso te refieres —Nuevamente, con asentir bastó—. ¿Qué están buscando?
    —No es la primera vez que aparecen, hace mucho que no pasaba, pero créeme que no es la primera vez —Abrió un gran pergamino a su costado, mostrando un dibujo rústico que intentaba simbolizar a dos grandes grupos—. Los Hozuki tenemos una relación fuerte con ellos, no sé cuál sea, pero sí te puedo asegurar algo: esa gente sabe más del clan que nosotros. Vienen a buscar un prospecto de vez en cuando y se lo llevan, ninguno ha regresado.
    —Me suena más creíble pensar que son vendedores de órganos o pedófilos.
    —¡Ruigetsu —El anciano se levantó en su silla, posando ambas manos sobre el escritorio con suma fuerza—, ¡estas personas tienen mucho que ver con todo lo que nos pase! Es su presencia la que causa enfermedades y sólo su ausencia las curará. Si lo postergas, estarás haciendo tiempo, pero saben dónde encontrarnos.
    —No dije que fuese a huir —El relajo, presente—, también me llaman la atención, no entiendo por qué guardabas tantos secretos.
    —Los Hozuki no toleran que se hable de Nehantobira normalmente, hablo de algo a nivel biológico, cualquier acercamiento con su existencia causa esos síntomas.
    —De cualquier forma —volvió a levantarse, estirándose en el acto—, voy a buscarlos, te informaré cuando los encuentre.
    —¡Espera! —Seguía preso del vigor que tocar tal tema representaba—. Olvídalo, no estoy acostumbrado a que se te haga fácil.
    —¿Te preocupa? Sigo vivo después de pelear, hasta desnudo.
    —No, ellos ni siquiera buscarán herirte, no lo creo.
    —Ojalá no sean tan torpes como Sho.

    Un par de sonrisas volvieron a cerrar el ambiente. Aún con la tranquilidad de que su padre siguiera vivo, era ineludible la comparativa entre su momento y el ocurrido hace años en el templo de La Niebla. Por suerte, sus familiares nunca habían representado una responsabilidad fiel para su vida, o al menos no una que estuviese dispuesto a seguir al pie de la letra. Otro sentimiento extraño, pero mucho más asociado a la ligereza que el anterior, le invadía con la misma rapidez que enarbolaba preguntas y preguntas acerca de la dichosa tierra desconocida, preguntas de un inocente en todo lo referente al tema que esperaba responder a lo largo del camino, tener que escuchar a alguien contándoselo le parecía tan antinatural como agobiante. Esa sensación de entusiasmo le hacía olvidar Funiku por breves instantes, como si su amor por lo desconocido reluciera sobre cualquier dogma; pronto se desvanecía, bajo las voces de su propio subconsciente.

    ~~~

    Carcomer, uno tan notable que parecía impropio de un ácido, era casi como si una toalla de papel fuese pasada por agua hasta diluirse. Esa era la realidad en los suelos y varias de las casas en el pueblo Shitogi, ubicado entre las islas del archipiélago de las Olas. Sus recientes visitantes habían causado estragos sin darse cuenta, alegando que buscaban a un shinobi llamado Ruigetsu Hozuki. Sus métodos, aunque aparentemente crueles, eran ejecutados de tal forma que hasta los mismos pobladores se preguntaban si conocían la magnitud de sus actos, sin mencionar la notoriedad de sus apariencias, lejos de ser algo explicable en un ser humano común o incluso de las criaturas humanoides vistas en el mundo ninja, como monstruos acechando entornos sin saber que hacen el mal.

    Se marcharon de la zona sin hurtar ni demoler nada que no fuese en pro de su búsqueda, dejando a los pobladores tan atónitos como enfurecidos en algunos casos. Uno de ellos tuvo el atrevimiento de levantarse entre los escombros de su casa para correr furibundo a las espaldas de quien la había demolido, comenzando a pegarle con impotencia; el sujeto no hizo más que voltear, viéndole desde la cima que ofrecía su inmensa altura y dándole un capirotazo que acabó por estrellarle contra una cabaña, al mismo tiempo que sus huesos cedían por la presión del impacto y su piel se abría en múltiples fracturas; los músculos yacían desfibrados y las vísceras brotaban de varios hoyos dejados en el crujir de las costillas. Había sido masacrado de un toque.

    —Ya —clamó la voz del único distinto en el grupo, un hombre recubierto por lonas y de estatura mucho más similar al promedio—. No vuelvan a hacer algo así, es inútil.
    —¿Alguna novedad? —clamó una voz espectral, proveniente desde el mango de la espada que portaba en su cinturón—. Ya los esperé bastante.
    —Han pasado cuatro días aquí, pero parece que por fin nos acercamos. Hubo un pequeño incidente.
    —Contrólalos y apresúrense.
    —Entendido.


    C. UnderwoodC. Underwood
    F. UnderwoodF. Underwood
    DrPeridotDrPeridot

    Me interesaría que el evaluador elija el rango de la misión al finalizarla, ya lo había solicitado al pedir el enunciado

    Cualquier información extra, necesaria para entender el desenvolvimiento de este arco de misiones, podrán encontrarla aquí: http://fdzeta.com/temas/compendio-de-lugares-en-modan-version-usuarios.97779/#post-2685022
     
    Última edición: 2 Ago 2018
  2. Lazy

    Lazy I'm Morpheus, nice to meet you

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    Muéve ese ano ps
     
  3. Autor
    St. Mike

    St. Mike Sanguine Sanctum

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    —¿Segura que quieres ir?

    Aquel recinto gozaba de una calma que podía llegar a tornarse sofocante; el único sonido proferido venía de las gotas que caían a través de una filtración en el techo, justo detrás del asiento donde un hombre anciano y letárgico reposaba. El motivo para violentar tal silencio surgió junto con una mujer, misma que se presentó ante él sin pronunciar palabra, a esperas de que el sujeto intuyera sus motivos para estar allí. En efecto, la pregunta que abre este fragmento delata sus conocimientos sobre los deseos de la mujer. Mirando de lado a lado en aquella habitación de azulejos con tornasol, acabó por asentir y se dispuso a levantarse de su descanso, sin siquiera recibir respuesta de su acompañante.

    —Sí. Ellos ya se adelantaron y puede ser la última oportunidad —respondió, generando un estado de humildad instantáneo en el anciano.
    —Querrás decir mi última oportunidad, en caso de que muera, siempre podrán seguir intentándolo, ya he hecho mucho —empezó a rebuscar en uno de los cientos de baúles que reposaban a ambos lados de la silla.
    —Sabes bien que todo sería un descontrol sin ti, guárdate esas frases para los aprendices —Sus palabras le hicieron detener el escrutar por un momento, suspirando y reincorporándose en la tarea.
    —Soy sólo un recuerdo a estas alturas —Finalmente, tomó un frasco de cristal. Un brillante gel blanquecino se distinguía en el fondillo del recipiente. Se lo lanzó a la fémina, quien terminó atrapándolo con facilidad—. Las exploraciones continuarán sin mí, es lo que todos buscan —Ella empezó a reír.
    —Eres un descarado —abrió el recipiente y lo volteó para hacer que el brebaje espeso comenzara a bajar hasta la boquilla—. Lo que todos quieren es salir de aquí, y no me extrañaría que los casos de escapistas comenzaran a ser algo normal.
    La tensión se mantuvo hasta que el brebaje llegó a los dedos de la fémina, procediendo a aplicárselo en manos y cuello, ejecutando una sucesión de sellos manuales en el acto. Su cuerpo se desvanecía en pequeños y tenues destellos. Se daba cuenta de que sus palabras no ayudarían en nada, bufando y optando por un semblante más relajado.
    —Pero tienes razón, de nada sirve apostar a la baja —añadió—. Encontraré al nuevo lo antes posible, ojalá tengas razón.
    Se desvaneció, dejándole sólo en la recámara nuevamente.

    ~~~

    No muy lejos y ni siquiera cerca de la anterior realidad -explicación que debe ser entendida de manera críptica-, hace dos semanas, se realizaba una reunión de personas con sumo poder, tanto, que su presencia conjunta en un mismo lugar era imposible de pasar desapercibida para sus habitantes. Se encontraban en una habitación de suma ostentosidad, redonda, rodeada por columnas blanquecinas que se alternaban entre vitrales de espléndida capacidad para dejar pasar la luz. Se encontraban en el centro, cada uno le daba la espalda a una puerta, y cada puerta tenía un símbolo característico que se replicaba en los ropajes de los presentes, a excepción de uno de ellos, mismo que identificaremos como el hombre por delante de la puerta Sur. Los otros tres, en consecuencia, son los sujetos de la puerta Este, Norte y Oeste. Para presentarse, aquellos que portaban símbolos característicos dejaron sobre la mesa una serie de artilugios, uno por cada individuo: el del Este posó un martillo, el del Oeste un par de anillos y el del Norte una espada enfundada. Tras completar tal protocolo, tomaron asiento en muebles que se generaron por la energía misma del lugar, moldeándose a sus posiciones. Tales objetos estaban hechos de una masa traslúcida y purpúrea.

    El hombre sin identificación aparente se erigía frente a un gran mesón circular, posando ambas manos sobre la madera mientras hablaba. Los otros se limitaban a escucharle, sin desviar su atención ni por un segundo. En medio de todos ellos, un líquido de apariencia idéntica a lo que usaban como asientos flotaba con un flujo arbitrario alrededor de la habitación, iluminando la zona con su fosforescencia residual. La bitácora descrita hasta ese momento no distaba de lo habitual para sus ocupaciones como mandamases: gestiones, acuerdos, tratados, conteos y cualquier trámite burocrático de turno. Así como la corriente flotante comenzó a fluir con suma velocidad, sus palabras hicieron énfasis en tomar el control del ambiente:

    —Y bueno, a lo que los llamé —Por primera vez, desde el inicio de la reunión, el hombre del Sur levantó ambos brazos y comenzó a moverlos en una trayectoria que fue imitada por la sustancia sobre ellos, hasta que sus brazos quedaron paralelos y frente al mesón, mismo lugar donde se posó el líquido, tomando forma de gota—. Este —señaló—, era el registro de Tōroku hace dos días —volvió a levantar, esta vez, únicamente su diestra, enviando un pulso de energía al frente que hizo crecer la cantidad de líquido y lo desestabilizó, empezando a generar pequeñas protuberancias que iban y venían en todos sus puntos—. Y este es el estado que tiene hoy.

    El resto de los presentes reaccionó de formas particularmente distintas: el hombre del Norte se impresionó sobremanera, siendo incapaz de contener su expresión de asombro y echándose adelante para detallar la “evidencia” que tenían ante sí; el hombre del Este se cruzó de brazos y sonrió, denotando frases de ilusión y fe en lo que sea que tuviesen en frente; el del Oeste fue el más asonante de todos los casos, bufando ruidosamente, cruzado de brazos de igual forma y mirando fijamente al hombre del Sur con incredulidad, tras lo cual todos voltearon a verle ante su actitud tan diferente.

    —Te quedó buena la broma, debo admitirlo —Este empatizó con sus palabras, volviendo a una expresión neutral, aunque a Norte le seguía confundiendo—. De seguro no lo has leído —observó al susodicho—, ese descontrol de energía no es propio de criaturas mortales, tendría que haber alguien con poderes o esencias de Umi para causar una anomalía tan fuerte. Sólo uno de los sacerdotes podría hacerlo, nuestro gran bromista —apuntó al Sur.
    —Te invito a que intentes deshacer mi “broma” —Sus palabras cayeron con fuerza en el pecho del incrédulo, generándole una pesadez y hervor instantáneos—. Si realmente fui yo, bastará con que absorbas la energía para devolver a Tōroku a la normalidad. Adelante.

    Sus miradas quedaron fijas entre sí, al menos por medio minuto, tiempo en el cual Este no dejaba de preguntarse sobre la veracidad de tales palabras; Sur nunca fue un sujeto bromista, ni siquiera en situaciones donde cualquier otro lo sería, pero le era imposible digerir lo que tenía tan cerca, como si acabasen de descubrir la cura definitiva o cualquier epifanía equiparable. Levantó su siniestra con sumo tremor, acatando la propuesta sin mucha prisa en concentrarse para intentar retirar la energía. No pasaron ni diez segundos cuando su cabeza comenzó a palpitar, junto con el resto de su integridad en un grado más leve; el tremor mutó en sacudidas que terminaron por obligarle a bajar su brazo, exhausto y jadeante ante el esfuerzo inútil. Su vista no se desvió ni por un segundo del líquido, como si un trance se apoderara de su ser.

    —Esto no se ve todos los días —bramó el del Oeste, riendo entre dientes—, fascinante.
    —¿Quiere decir que hay un dios allá? —preguntó el hombre del Norte, recobrando la atención de Este.
    —No… —Su cuerpo se puso rígido cual piedra.
    — Tōroku solo se altera ante anomalías en seres mortales. Es por eso que Umi no cambia su estado cuando se acerca a la región —Aclaró el hombre del Oeste, siendo secundado tras el asentir del Sur.
    —Hay alguien en el mundo de Tameiki, una persona que logró obtener ese poder.
    —Oye, ahora que mencionas todo esto, ¿hace dos o tres meses no hubo un cambio similar?
    —Ese prospecto falleció, le veníamos haciendo seguimiento desde hace mucho más tiempo, pero nunca dio lo suficiente. La anomalía fue sólo un error de interpretación en la energía, parece que murió en medio de una emanación drástica.
    —¿Y esta vez no puede ser lo mismo? —cuestionó el del Norte.
    —La alteración es momentánea cuando se trata de energía liberada. Tōroku lleva así varias horas. Si es producto de una muerte, déjame decirte que estaríamos viendo a un dios morir.
    —¿Quién irá a buscarlo? —El del Este había recobrado toda su seriedad. El hombre del Sur no respondió más que hincando su mirada en el del Norte—. ¡¿Qué?! ¡Seishu, apenas lleva…!
    —No lo estoy sometiendo a discusión —le interrumpió—, él irá, ya lo decidí. Ustedes dos pueden retirarse.

    Los hombros del Este descendieron junto con su ímpetu, le era imposible refutar la voluntad del Sur. Bajó la mirada, chistando y recuperando la serenidad con rapidez antes de retirarse. El hombre del Oeste no tardó en seguirle, levantándose con una tranquilidad opuesta al temperamento del recién marchado; antes de partir, le dio un par de palmadas al del Norte en su hombro, intentándole dar ánimos en su primera gran tarea. Luego de que los insignificantes en el asunto abandonaran el edificio, el hombre del Sur se aseguró de cerrar las puertas con sumo cuidado, indicándole al del Norte que se colocara a su lado para contemplar un texto que portaba consigo: se trataba de un libro, de tapa sumamente dura y de color azul; un chapado en hierro recubría sus bordes y se prolongaba en una banda gruesa que cubría el medio del lomo. Su bella edición era un imán, hasta para quienes no fuesen lectores de costumbre.

    —Este es Enayakana.
    —El libro del acuerdo…
    —Tenemos registros suficientes del lugar al que irás aquí, pero ni siquiera su lectura te aclarará todas las dudas. Cuando llegues allá, te darás cuenta de que existe pobreza, desolación e ignorancia, mucha más de la que puedas imaginar. Son seres primitivos, no les hagas daño si no se entrometen, sólo concéntrate en encontrar al causante de todo. Te recomiendo partir pronto, el tiempo fluye mucho más rápido allá.
    —¿Qué nombre debo buscar?
    —Ruigetsu Hōzuki.

    ~~~

    —¡Rui! —Pējigetsu salió corriendo a la entrada de la biblioteca pocos segundos después de la partida de Nagare, jadeando desesperadamente por alcanzarle antes de que emprendiese cualquier rumbo. Chistó, como si su mente quisiera decirle algo, pero su instinto se lo impidiera—. Discúlpame. Sí hay algo más que debes saber.

    Con gesto ingenuo, acompañó al anciano de vuelta al interior de la morada, tras recibir sus indicaciones de que así lo hiciera. Ya le había dado toda la información que pudiese parecerle útil en aquel momento, y rastrear el paradero de sus perseguidores no sería ni remotamente difícil, considerando el conocimiento militar que ya se tenía archivado, mismo que detallaba la situación y el cómo se habían movilizado desde su primera aparición. El siguiente punto por seguir era el poblado Shitogi, lugar en el cual sucedió otra masacre la noche anterior; el camino hasta allí le tomaría, como mínimo, un par de horas, al tratarse de una de las costas bajas del país de las olas. Trató de insistirle a Pēji que le acompañara y siguiera contando por el camino, bastó un jalón en su sobretodo para dejarle en claro que debería permanecer allí hasta saber ese último dato.

    El archivólogo hubiese preferido mantenerlo allí por más tiempo, cual miedoso que evita afrontar la situación por más inminente que sea; tenía intenciones de reincorporarse en su asiento, pero el ANBU le insistió en permanecer en la entrada del lugar, sin un paso más a su interior. La ansiedad del anciano se esfumó y dio paso a una calma casi convaleciente.

    —Hay alguien más de quien debes saber…
    —¿Tienes estreñimiento? No creo que hablarme por partes ayude.
    —Hay otra persona en Modan que sabe tanto o más que yo de este tema, un Hozuki —recobró su vigor tras ignorarle olímpicamente—, fue mi compañero de estudios por varias décadas, pero nunca estuvo de acuerdo con el sistema de aldeas y bueno, la fundación de Kiri lo terminó por separar de los demás.
    —¿Qué con él?
    —Recuerda que todo lo que digo viene de alguien sin ganas por forzar una exploración que no pueda superar. Él no es así. Si Hegetsu sabe de esto, ya buscó la forma para encontrarte y usarte de carnada; esas personas no le harán caso, pero, si se entromete…
    —¿Tienes miedo de que me pase algo por él? Oye, los que están moribundos en este momento no se llaman Ruigetsu, que yo sepa.
    —Él no me da miedo, pero los de Nehantobira son otra historia. Esas personas vienen a una sola cosa: conocerte. Si ven demasiados obstáculos, no dudarán en imponerse —Nagare bufó.
    —Si te soy sincero, siento que terminaré decepcionado —volvió a voltearse, tomando el camino predilecto al sur de la aldea—. Te mandaré un pergamino si pasa algo, luego nos vemos.

    Fuese a modo de advertencia o por simple fascinación de los hechos, las palabras de Pējigetsu lograron calar hondo en el aguado, instándole a preguntarse decenas de posibilidades sobre la existencia de los dichosos habitantes de Nehantobira, junto con las particularidades culturales que pudiesen tener; era verdaderamente encantador, y añadirle un aderezo tan acorde a su persona como el posible encuentro con una persona en contra del sistema de aldeas sólo acrecentaba sus ganas por encontrarse con ellos. La motivación de encontrar a su padre, como muchas otras en su trayecto, desaparecía ante el surgir de metas más propias, más objetivas y apasionantes. Namida no tardó en regocijarse, sin siquiera manifestarse visualmente; se limitó a fungir como añadido al sinfín de ideas que Rui ponderaba en ese momento.

    Llegando al puerto del Horizonte que apuntaba a su destino, se dispuso a invocar a Nanami, pero el recuerdo de las problemáticas con aquel grupo, junto a la supuesta cantidad de atención que debería invertir en la misión, le hicieron desistir de traerle consigo, optando por subir a la cubierta de uno de los buques de la marina. Restarían tres horas hasta alcanzar el punto sospechoso; se dedicó a pasear por el navío sin percatarse de lo que le rodeara, con la mirada perdida y enfocado en una serie de divagaciones bastante extensa. El país de las olas nunca había tenido que enfrentarse a peligros de la envergadura actual, ni se imaginaba el choque tan contrastante que estaría presentándose entre sus playas en aquel momento; playas, cuánto habría deseado poder mudarse a ese paraíso hace mucho, aunque dos obstáculos se lo impedían: la nación denotaba un aislamiento con respecto al resto de Modan, eran realidades distintas, eso no tenía por qué ser algo malo necesariamente, pero, en situaciones así, agradecía vivir casi en el ecuador del mundo; la otra constaba en que no había suficiente suministro de carne para satisfacerle.

    —Pensar tanto te fundirá el cerebro —Ruigetsu habría jurado que tales palabras venían de Namida, de no ser por la voz femenina. Lejos de su aparente agresividad, tal tono era tan cálido y jovial como el de una madre benevolente.

    Salió de su ensimismamiento, virando a su izquierda para identificar la emisora: era una mujer adulta, de cabello largo y agitado color blanco; su piel era morena; portaba consigo aditamentos propios de un ninja, como un chaleco protector abierto que llegaba hasta su cintura y una prenda única que le cubria desde los pies hasta el cuello, notablemente aerodinámica, pero ni rastro de cualquier aditamento. La extraña le increpó con una descortesía que, naturalmente, a Nagare le pareció amigable, viéndola como buena compañía para el resto del viaje.

    —Es lo único que puedo hacer, no hay mucho que ver aquí.
    —Hubo un tsunami al sur la semana pasada, pero ya tendrás mucho que ver en cuanto lleguemos, el país de las olas es bellísimo, ¿no crees? —Aunque su superficialidad podía fastidiarle un poco.
    —¿Quién eres?
    —Tengo un asunto que atender por allá. Dime Fū. ¿No te encantan los viajes en barco? —Por segunda vez, sus comentarios lograban adormecerle.
    —No pareces el tipo de persona que tiene muchos amigos, ¿o sí?
    —¡Claro que sí! —Todas sus palabras emanaban un aura inocente demasiado extraña; no podría referirse a tal cosa como infantil—. ¿Y tú? ¿Qué haces yendo para allá desde Tensai?
    —Lo mismo que tú, básicamente. Dime Rui.

    La conversación siguió los mismos derroteros casuales y hasta forzados para uno de los dos, hasta que terminaron por limitarse a observar el agua que parecía correr en dirección opuesta al barco gracias a su gran velocidad. Avistaron los primeros islotes cuando todavía faltaba una hora para llegar a destino, maravillándose ante la magnificencia de los riscos, puertos y pilares paradisíacos con los que Nami no Kuni siempre había contado. Durante todo el viaje, Ruigetsu no pudo dejar de preguntarse quién sería aquella mujer, obviando el hecho de que le conociera por su tan atento acercamiento. Se había limitado a quedarse junto a él, incluso cuando lo único que restó por comentar fue el fluir del viento en sus rostros.

    El capitán indicó su cercanía al puerto con un aviso a todos los pasajeros, mientras daba órdenes de bajar la mitad del velamen y virar a estribor, logrando encajar a la perfección en el espacio del puerto y procediendo al desembarque de los pasajeros. El aguado optó por realizarlo junto con el resto de aldeanos y shinobis, amén de comprobar qué tan enfocada estaría aquella mujer en él. Le siguió durante la fila, el descenso y la despedida de los demás pasajeros, hasta que sólo restaron los dos, rodeados por la soledad de un puerto sin muchas visitas, pero con vistas tan fantásticas como tropicales. Mantuvo la curiosidad en alza, dándole prioridad a discernir las intenciones de su acompañante. ¿Sería acaso una de las mensajeras de Nehantobira? Las averiguaciones tuvieron que postergarse tras el súbito reaparecer de aquella voz tan extraña.

    —Me avergonzó intentarlo en el barco, pero dime, ¿eres Ruigetsu Hozuki?
    —Sí. Pensé que ya lo sabías —creyó, por breves instantes, que tal pregunta delataba su identidad.
    —¡Perfecto! —De súbito, la fémina alzó ambos brazos, develando varios hilos de chakra que salieron eyectados desde sus dedos al muchacho, atrapando a Nagare por su cuello y extremidades al punto en que su ahogamiento era inminente—. Será muy fácil.
     
  4. Shulman

    Shulman No sé, me sabe a mierda

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  5. Autor
    St. Mike

    St. Mike Sanguine Sanctum

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    —¡No! ¡Cállate de una vez! —gritó, por más extraño que fuese en él—. No me interesa si no te agrada, no voy a darles la espalda por un delirio. ¡Y sabes bien que sólo es eso!

    El impacto del puño hizo estremecer el escritorio completo, casi abollándolo en superficie. La habitación estaba repleta de ayudantes desalojándola, retirando el polvo antes de trasladar libros, reliquias y baratijas varias allí presentes, en una de las pocas edificaciones formales que los Linterna Demonio poseían en el País del Rayo. Pējigetsu se encargaba de concretar los trámites de su mudanza al nuevo proyecto del que Sho le hablaba en cartas recientes: La Niebla, un sistema concordante con los intereses del feudal que permitiría al clan asentarse finalmente. Pocas cosas pueden ser más atractivas para él que la calma superficial, más que idónea para sumergirse en sus lecturas. Sin embargo, sus razones para apoyar la causa eran mucho más extensas y asertivas al sistema en cuestión: creía en un futuro civilizado, nadie mejor que él conocía las posibilidades de unión económica a nivel histórico; desalojar su habitación era un trámite insignificante frente a la posibilidad de asentarse.

    Hegetsu había llegado desde la madrugada, mucho antes que el desalojo comenzara, dispuesto a convencerle de priorizar MKT por encima del proyecto surgente o del clan en sí mismo. A pesar del liderazgo del archivólogo en la organización, He siempre había mostrado un interés mucho más profundo y hasta obsesivo con cualquier información sobre Nehantobira; su amigo le detallaba con extrema precisión, no necesitaba preguntarle para saber que se pasaba días sin comer con tal de encontrar más pistas. Para colmo, los sucesos relacionados con la utopía se desvanecían, y no se atrevía a pedirle otro favor a Sho desde lo que sucedió aquella noche. Pero eso es harina de otro costal. Lo imperioso en aquel momento se percibía en el obvio descontento, uno mucho más profundo que el simple rechazo a compartir la pasión de He; muy en el fondo, Pēji también guardaba ese fervor por la meta que compartían, pero ¿quién podría seguir algo que parece inexistente? La fe no le bastaba, sumado a los asuntos que le competían como representante formal del clan en aquel entonces.

    La insistencia o presencia del lunático no cesó, manteniéndose firme hasta hacerle recurrir a los gritos. Se sentó en la silla frente al escritorio, lanzando una serie de papiros que se desplegó sobre la madera, cada uno mostrando cartas geográficas y notas escritas en una letra tan filosa como desagradable a la vista.

    —Eso también es un delirio, ¿no? —Demostraba una solemnidad disonante con su defensa. Los documentos fueron echados a un lado.
    —No me interesan las teorías que me traigas, no mientras sigas pidiendo que vaya contigo.
    —¿Y quién sino tú? —Hasta se le podría percibir indignado—. ¿En serio crees que voy a dejar de pensar en NUESTRA vida por un proyecto de gobierno? No sé qué te pasa.
    —Tú eres el que insiste en echar de lado lo que nos queda de vida por algo que debería ser un proyecto. Seguiré con el libro, tú ve cómo te organizas.
    —Sí, sigue con el libro, de seguro encontrarás el portal allí, de seguro saldrá la evidencia que nos hace falta de un papiro mal escrito, ¡claro que sí! —su respiración se hizo pesada, agresiva, tanto como su tono—. Puedes seguir creyéndote toda esa basura diplomática, yo no voy a someterme a un feudal para ayudarte a perder el tiempo.
    —¿Es eso? ¿En verdad lo que te altera es el feudal? —bufó—. En verdad eres impresionante, He.
    —Ya te he dicho que no me llames así, Korodu —Se obstinó—. ¿Sabes qué? Tienes razón, nunca fuiste bueno en trabajo de campo de cualquier forma. Déjamelo a mí —subió de inmediato al escritorio en cuanto vio que planeaba marcharse, sosteniéndole del hombro.
    —No voy a secundar ni financiar ninguna decisión que tomes sin mí. Si lo que quieres es comprobar tus hipótesis ve, pero no vengas por Odayakana.
    —Ja. Sigues sin percatarte —Efectivamente, no lo entendía—. Dejé de necesitar esa cosa hace mucho —realizó un sello, comenzando a desaparecer en una nube de vapor mientras tanteaba el libro en su cinturón con los dedos—. Ojalá encuentres algo que yo no.

    Aquella no fue la primera ni la última vez en la que ambos se vieron las caras, pero el rumbo de cada uno cambió en una bifurcación marcada a partir de allí. El archivólogo ya tenía razones de sobra para dudar sobre los métodos de alguien que sería capaz de asesinarle para dar con el descubrimiento, o eso creía. Hegetsu dejó de darle buena espina mucho antes de aquella discusión, desde que su aura se empezó a sentir lejano, más enfocado en un lugar del que siquiera podrían asegurar su existencia. Lo ocultaba celosamente, pero su añoro por una vida así era mayor a cualquier responsabilidad. Ese no era el papel que le destinó el mundo, asumirlo de tan forma frente al lunático sólo daría más razones para hacerlo ceder, no podía. Suspiró, intentando librarse del aura culposa y estancada que le rodeaba, el libro en su regazo terminó por transformarse en un cuento que se esforzaba en creer, pero ni su fantasía ni su desapego eran suficientes para tomar una decisión tajante respecto al asunto, sólo reconocía su inutilidad en el trabajo de campo.

    Tanto él como He sabían que, si alguno de los dos lograba dar con las respuestas faltantes, el restante se enteraría.

    Un trozo de papel se deslizó entre la humedad desvaneciéndose, mismo que acabó en manos del anciano, abriéndolo de par en par y detallando una frase enmarcada en la grafía con la que sólo los miembros de la organización se familiarizarían:

    “Él no es. Ya lo descubrí.”

    Quiso tomar el mensaje como otra de sus conspiraciones sin sentido, pero la gravedad del asunto le persiguió hasta que el último gran Hozuki terminó por caer en batalla.


    ~~~

    Una serie de eventos desafortunados, o para ser más breves, la vida de Ruigetsu. Los amarres fluorescentes se ceñían a su piel como sogas, aunque su dureza distaba de cualquier material coincidente. Hizo una mueca, extrañado ante la incapacidad de su cuerpo para zafarse, ni siquiera licuándose o recurriendo a la intangibilidad; tal parecía que los hilos aprisionándole eran inhibidores de chakra. Captar las intenciones de aquella mujer como agresivas era algo precipitado, más bien se asemejaba a una dueña buscando un perro extraviado, pues los nudos empleados le daban suficiente libertad de movimiento como para intentar huir, incluso si sus fuerzas estaban mermadas por el inhibidor. Pensó en la inocencia de su captora: no portaba una actitud decidida conforme a su presencia, como si no fuese capaz de reconocer a un ninja reputado con sólo verle; tal cosa no habría sido tan alarmante de no ser por la inmensa cantidad de energía utilizada en los hilos, alguien con tal adiestramiento ninja siendo inconsciente de quién era Rui no dejaba de extrañarle. Súmenle el entorno lleno de posibles encuentros con extranjeros desconocidos y darán con el tónico paranoide ideal.

    Pero, nuevamente, lo más destacable era su tranquilidad para apresarle, sin violencia ni agresión alguna más allá del leve apretón en los puntos anudados. Le miró fijamente, casi intentando inspeccionar a través de sus orbes, aunque no lograse definir nada. Erguirse era prioritario, pues tal opresión le hizo caer ante la sorpresa. Cualquier rastro de posible pasividad o de mera intención defensiva por parte de los hilos se esfumó en cuanto intentó levantarse del suelo, con los nudos arremolinándose en sus brazos y piernas hasta llegar al torso y envolverle completamente cual capullo de chakra. El desgane sobraba, sobre todo si tomaba en cuenta que Fū seguía aparentando tranquilidad. ¿Sería su tarea capturarle para ser enviado a un mejor postor? No tenía idea. Para cuando dejó de divagar, era arrastrado lentamente por la misma mujer, sin conversación ni sonido que le amparase más allá de las pisadas y el reptar de su cuerpo cohibido.

    —¿A dónde me llevas? —La somnolencia también le atacaba, aunque no sabía distinguir si era efecto del inhibidor o del aburrimiento. Sentía que debía preocuparse, por más que su mente impusiera otra cosa.
    —No entiendo cómo sigues sin desmayarte —Y ella tampoco se mostraba muy vigorosa, casi hastiada de afrontar una tarea así, marchando por el borde de la ensenada hacia unos riscos visibles sólo como pequeñas agujas en el horizonte lejano. Le quedaba un largo recorrido a pie con su lastre obligatorio.
    —De seguro es el hambre —Efectivamente, no comía desde la mañana y estaban a más del mediodía—. ¿Seguirás en el papel de secuestradora mala o me responderás? Puedo ser muy insistente —se detuvo, volteando para verle aún postrado en el suelo. Concluyó la pausa y siguió avanzando—. Tienes una mirada amigable.
    —¿Todos aquí tienen siempre que ser tan “pintorescos”?
    —¿Dónde “Aquí”? ¿Tú vienes de Nehantobira?
    —No —suspiró—. Sabes más de lo usual.
    —Tengo una maña con meterme donde no debo.
    —Al menos eres dócil. Ya te soltaré al llegar.
    —¿A Nehantobira? —No recibió respuesta, continuaron su camino por unos minutos hasta que la fémina volvió a detenerse, mucho más alerta que antes—. ¿Y ahora qué?

    Fū se estremecía y era fácil deducir que el causante era un pánico incontenible. Sus piernas adoptaron una posición abierta y lista para saltar en cualquier momento, sus hombros y sus brazos se tensaron mientras cada uno de los dedos expedía el mismo tono fluorescente emanado desde su tela particular. Levantó uno de sus pies y lo llevó hacia delante con sumo cuidado, como lo haría para revisar la temperatura del agua en una bañera antes de sumergirse. Lo posó sobre la arena con el mismo cuidado, viendo el borde de su sandalia empezar a diluirse casi en el acto, reaccionando al instante al correr por el mismo camino que habían transitado hasta echarse en la arena. Hozuki fue sacudido y arrastrado de igual forma hasta que su cabeza se ensució del polvo.

    La respiración de su captora se agitó con un frenesí equiparable a la escena, pero no cesaba incluso cuando lograron detenerse. Bien que el aguado pudo captar el daño recibido el la suela, por más que no se explicara el cómo. No parecía obra de un ácido corrosivo ni nada visto con antelación, fue como si su constitución simplemente se diluyera de un momento a otro, en un evento tan surrealista como aterrador según la expresión catatónica que mostró en el momento. El miedo, fundamentado o no, recorría su ser sin cesar y hasta le obligó a apoyar sus manos en cada pierna, intentando asumir la realidad lo mejor posible dentro de un arco desconocido para Nagare; de cualquier forma, hasta un autista con déficit de atención habría percibido su incapacidad para afrontar el asunto, volviendo a arrastrarle unos metros lejos del mar hasta postrarse en la hierba del fondo.

    Sacó un pendiente de entre sus ropas, apretándolo con suma fuerza y comenzando a bambolearse. Tras varios minutos, donde Rui prefirió guardar silencio, se recompuso, observando al muchacho por unos instantes antes de volver a suspirar y ver los riscos al fondo. Le bastó un impulso para levantarse. Cuando planeaba retomar rumbo al interior de la isla, una ráfaga de chakra le rozó el hombro, cortando ropa y piel superficialmente en un movimiento que alertó rápidamente al dúo, virando su atención al interior herbáceo de la isla en busca del agresor, sin imaginar que se trataba de una distracción.

    Tras ellos, condensándose rápidamente entre millares de gotas, surgió la figura de un anciano que no dudó en arremeter contra el hilo que mantenía a Fugori amordazado, cargando su cuerpo y alejándose varios metros mientras esquivaba de a saltos los nuevos intentos de la fémina por defenderse. El hombre portaba un rostro seco y de piel estirada, con ojos punzantes y vidriosos. Sus ropas consistían en una toga azulada que cubría la mayor parte de su cuerpo a excepción de los brazos, vendados hasta las muñecas. Lo aparatoso de su equipaje no parecía interferir en la agilidad con la que se presentó: múltiples pergaminos, dagas y bolsas con suministros imperceptibles colgaban de su cinturón, junto a un libro de gran tamaño. Extendió su brazo, oponiéndolo entre el ANBU y el avance hacia Fū con su bastón largo.

    El hombre volteó sin reparo, en un movimiento mecánico que acabó con sus ojos enfermizos posados sobre el muchacho, como si intentara examinarle.

    —Tú tampoco te ves muy prometedor —dijo, mientras seguía escrutando con su mirada.
    —Tú no te ves muy sano que digamos.

    La conversación sin sentido fue interrumpida por una nueva arremetida de la fémina: extendiendo sus dedos, era capaz de hacer que los hilos se extendieran en el aire y diesen giros bruscos, como si fuesen electricidad a través de un cableado; el extremo del hilo dio giros y giros fugaces que apenas lograban ser captados por la vista de ambos, hasta acabar a espaldas del anciano para encestarle una portentosa descarga de chakra que propulsó hasta la posición de Fū, quien ya preparaba el apresamiento con su mano libre.

    —Ni se te ocurra —bramó con voz quejumbrosa, desenvainando la daga en su cintura y mostrando un filo fluorescente y azulado, mismo que bastó para deshacer los hilos a su alrededor y provocar un miedo muy similar al anterior en ella, saltando y gritando ante la impresión.

    Permaneció estática. Ruigetsu no podía reaccionar tampoco, ni sabía cómo hacerlo, pero si algo le quedó en claro fue el conocimiento de ese sujeto sobre lo que debía enfrentar, sin mencionar que sus reflejos no correspondían en lo absoluto a su apariencia física, moviéndose con tanta destreza y soltura como un ninja de élite. Sonrió con malicia, volviendo a guardar el arma para esfumarse en una nube de vapor que reapareció junto a Nagare al instante. Colocó la daga entre las hendiduras de la madera en su bastón, clavándolo en el suelo y liberando un aura de la misma tonalidad que rodeó todo el perímetro.

    —Bien… —susurró, estirándose—. Es obvio que tú no vienes con ellos —Le hablaba a la fémina—, y no paro de preguntarme para qué te enviaron aquí entonces.
    —Eso no es problema de un Gyo —Su tono se tornó furioso, a la defensiva, pero no pretendía salir de allí.
    —Pues no veo cómo eso afecte a mi pregunta, no soy un Gyo de nacimiento —Sus palabras calaron con fuerza, haciéndole recobrar la atención neutral, casi maravillada—. ¿No se supone que ustedes acostumbraban ser amables? La última vez hasta me dejaron hablar sin tanto problema.
    —¿Quién eres tú? —Le temblaba la voz.
    —Sólo soy un Kemono frustrado que quiere saber quién te envía. No creas que no lo vi, en cuanto te acercaste a su zona casi prefieres retirarte. Anda, hazlo —hizo que recobrara la furia.
    —Imbécil.

    Una masa densa e inestable de energía comenzó a formarse frente a Fū, justo antes de que se expandiera hasta deshacer la barrera formada y pulverizando el filo en la daga del anciano. Volvió a generar sus hilos, sólo que optaron una coloración platinada esta vez, lanzándose hacia el par, mientras Ruigetsu seguía sin entender su acontecer, prefiriendo mantenerse cerca del hombre por el momento. Saltaron a lados opuestos, siendo perseguidos por los hilos en cada dirección. Aunque Fugori sólo huía, llegando incluso a correr sobre el agua de la playa para alejarse, el viejo comenzó a ejecutar sellos en medio de su persecución hasta lograr condensar una esfera luminiscente de un líquido que recordaba mucho a Suijin, posándolo frente a él para succionar el hilo hasta arrancárselo al adversario de sus dedos, procediendo a lanzar la esfera con suma potencia. El impacto fue más que certero, liberando la energía recolectada en una explosión de hilares que acabó por enredar a Fū.

    Se acercaron al cuerpo apresado.

    —Para no ser una Kemono, tienes tanta fuerza como ellos —declaró el anciano, levantando su mano en un gesto para que Rui se acercara, volteando al no verle—. ¿Qué esperas? Ven acá —Acató ante la aparente tranquilidad del hombre, recibiendo un apretón de manos inusualmente fuerte—. Toreiru. Tú debes ser Ruigetsu. Bah, no importa, no respondas, no hables si no quieres hacer por compromiso. No me caes ni bien ni mal, pero serás bastante útil.
    Creo que inhalé una hierba rara o algo… —pensó.
    —Pudiste haber inhalado una muestra de Laurus Brutidae que tengo aquí. Sí, puedo escuchar tus pensamientos, no te sorprendas, no me gustan las reacciones humanas.
    —¿Te das cuenta de que no estoy entendiendo nada? Porque no estaría mal salir un poco de tu ansiedad senil y contarme. No sé, sólo digo —Se le acercó súbitamente, al punto de que su rostro casi rozaba con el del aguado, palpando una de sus mejillas con el índice y tomando su temperatura con la mano libre.
    —¿Llevas mucho sin comunicarte con Sui-Sho?
    —¿Eh? No sé, quizás un mes o dos.
    —Olvídalo, no importará cuando los conozcas. Nada importará —volteó con la misma velocidad, agachándose para susurrarle algo a la fémina—. ¿Hay grupos insurrectos intentando sabotear a los Gyo? —Sólo recibió un escupitajo en respuesta—. Lo tomaré como un sí —volvió a erguirse y empezó a caminar al punto donde la suela de Fu se derritió, sacando otra daga y lanzándola a tierra—. Listo. ¡Rui! Vamos, hay que seguir por donde te traía.

    El ANBU se sentía inquietado, pero había algo en ese anciano que lograba captar su tranquilidad mucho mejor que los intentos de la kunoichi por apresarle, más allá de su amabilidad tan contrastante con la mordaza. Le siguió con pasos expectantes y dudosos, cautivado por la experiencia demostrada. Efectivamente, una vez que llegaron al punto límite de donde la fémina huyo, lograron avanzar sin problema; ella se quedó atrás, envuelta en su propia técnica mientras los veía alejarse a lo lejos, frustrada, forcejeando para liberarse.

    —¿Seguirás sin decirme nada? —preguntó Nagare, una vez que estuvo junto al desconocido—. ¿Hola? ¿Algún senil por ahí?
    —Silencio, intento pensar en lo que pasará.
    —¿No sabes hacerlo en voz alta? —El anciano bufó ante la pregunta.
    —¿Tú sí? —Tal fue su tono de conocedor en el módulo de pensamiento de Hozuki que acabó volteando la tortilla de perspectiva en un santiamén. Si su captora no daba rastro alguno de conocerle, ese hombre se distinguía como una extensión de su persona, sabiendo cómo moverse y hablarse justo lo necesario para que Rui entendiera, o eso comenzaba a creer más allá de ser un simple lunático.
    —¿Por qué no te presentaste como Hegetsu?
    —No me llamo así. Si él te dijo otra cosa miente. Será mejor que te acostumbres a no llamarte Ruigetsu tampoco.

     
  6. Lazy

    Lazy I'm Morpheus, nice to meet you

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    St. Mike

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    —¡Demasiado fría! —lanzó la copa al suelo, asqueado y con el agua descendiéndole como baba hasta la barbilla. Pocas cosas más fáciles de reprochar para él, en medio de su tosquedad, que una bebida a cualquier temperatura que no fuese la idónea; un mínimo grado de diferencia ponía a saltar sus papilas gustativas y enviaba una alerta prepotente, permitiendo ver aquel lado tan particular en él, una vez más, bufando y gruñendo como bestia maltratada. Logró recuperar la calma a los pocos segundos, echándose las hebras de pelo que habían caído sobre su rostro en medio del momento—. No importa. Vete —Un ademán bastó para que el sirviente se retirara, huyendo discretamente de la sala, como si le avergonzara demostrar un miedo más que justificado. Miedo a la superioridad insondable. Miedo a reconocer el poder a través de la vanidad.

    Sin embargó, él no solía… es más, él no era así más allá de casos excepcionales, tanto que sólo aquellos rodeándole en su día a día lograban si acaso contemplar uno de esos momentos. Claro que, en tal ocasión, un pelotón entero se postraba frente a él: cinco Kemonos y un Yajirushi, más que suficiente para encargarse de la expedición a Koko. Tanto Sonkei como su primer al mando pasaron la noche en los aposentos de Toku, imposibilitados de utilizar tanta cantidad de Yume en dos viajes seguidos; las reservas estaban a punto de recobrarse en toda la región, y para aquellos días, desperdiciar energía podría traducirse en una catástrofe global: que la luminiscencia bajase en el más mínimo porcentaje ya era un asunto para preocuparse.

    Desde el primer amanecer, se dedicaron a instalarse cerca de los pilares, allí atenderían los últimos preparativos antes de partir. Los Kemonos aceitaban las zonas sensibles de su cuerpo, como si untaran una pomada extraña bajo sus ojos, en sus muñecas y orejas, previniendo una manifestación de la energía lo suficientemente contrastante con la atmósfera de aquel mundo como para resecarles. El sacerdote decidió levantarse él mismo a buscar su bebida, postrándose frente al recipiente con una meticulosidad más que excéntrica: servía el néctar con cuidado clínico, casi logrando calcular las gotas según iban cayendo, hasta que el recipiente quedó lleno hasta la mitad, tomándolo y tragando todo su contenido de golpe. Respiró con fuerza, dando media vuelta y marchando al centro de la escena gestándose tras de sí: Sentan seguía postrado en el suelo, frente a su estaca, suspendida en el aire mientras el brillo azulado que emanaba se sincronizaba con sus inhalaciones y exhalaciones. No había que interrumpirle, él conocía las órdenes a seguir mejor que nadie; aprovecharía el tiempo para dejar en claro el papel al resto.

    El panorama era un plano escalar de la vida y la muerte. Desde su posición hasta donde se avistaban el resto de plataformas a lo lejos, la fauna y flora se habrían paso junto al río central, en una escala de color donde hasta el firmamento se ruborizaba maravillado; a medida que el río estrechaba su cauce hasta llegar a Koko, la vida se apagaba gradualmente, de una forma más comparable a la podredumbre que a cambios estacionarios, hasta llegar al perímetro de los pilares, donde la los árboles, las flores, la hierba y hasta el musgo menos exigente dejaban de crecer, sólo un escurrir ligero pero persistente se filtraba allí, entre los suelos pétreos y muertos, sin siquiera bacterias que le colonizaran. Según algunas investigaciones recientes, no era sano siquiera respirar el aire de la frontera por mucho tiempo, pero aquel era un caso especial, imposible de evitar la estadía, así fuese por breves minutos.

    El sacerdote llenó su boca del mismo brebaje recién bebido, al tiempo en que una extraña energía se concentraba allí, tornando traslúcida la piel de sus mejillas y coloreando sus orbes con la misma luz. Abrió los labios levemente, casi soplando con delicadeza para que el líquido se arremolinara frente a él, justo antes de fluir en varios chorros dispersos que se introdujeron como espectros en las cabezas de cada Kemono; vivían acostumbrados a recibir órdenes con ese método, pero en ninguna ocasión dejó de doler, ni siquiera un poco. No es como si oponerse fuera una opción, de todas formas. Un vapor denso emanó de sus fauces al tiempo en que cerraban los ojos, todos contando con una sincronía aterradora, antes de espabilar. El joven detuvo su trance, levantándose como si el viento mismo fuese capaz de reincorporarlo, con su cuerpo ascendiendo hasta que sus piernas pisaron la tierra como soporte. Atajó el arma enfundada antes de que cayera por la falta de energía sosteniéndola y la colocó de vuelta en su cinturón.

    Si de algo se enorgullecía Sonkei de entre sus tantas maestrías del Yume, fue con encontrar el método perfecto para transferir información militar de la mejor manera. No se trataba de un reporte informativo o un discurso reproducible lo que tal brebaje contenía. La información allí guardada se manifestaba con una exactitud similar a recuerdos, donde el anciano dejaba en claro a través de imágenes nítidas los pasos a seguir, memorizarlos no era necesario mientras su energía permaneciera en cada mente. El plan de esta ocasión resultaba particularmente simple, con la salvedad del viaje a tierra. A diferencia de los Gyo, un Kemono cumplía su ciclo vital como si su cuerpo permaneciera lejos de la utopía, durando diez años a lo mucho antes de pasar a formar parte del gran río principal, es por ello por lo que ninguno de los presentes había experimentado un viaje de vuelta a su hogar con anterioridad, exceptuando al segundo al mando de la expedición.

    Y es que, más allá de ser una excepción por su experiencia, Nin había alcanzado tal maestría del Yume prohibido que comenzaba a asemejarse más a un Gyo, como si su cuerpo hubiese logrado resistir la energía con el pasar de los años, permitiéndole detener el envejecimiento progresivo y contar con un raciocinio superior al resto de sus compañeros. Se convertiría en una hazaña sin precedentes si uno de los suyos lograba ser reconocido por el triunvirato, aunque eso no parecía preocuparle, dentro o fuera de la misión. Su estoicismo sólo ganaba peso en cuanto te enterabas de que no era un comportamiento adoctrinado -como en sus compañeros-, sino que optaba por permanecer silente y pensativo, “casi como un Gyo racional”, o eso pensaban los que le habían conocido y el propio Sentan, quien hasta empezaba a considerarle un camarada más allá de la herramienta destinada por su superior.

    —Te esperan —declaró Sonkei con solemnidad, enjuagándose la boca.
    —Filo tres, punta nueve, ¿no? —“Filo tres, punta nueve” correspondía al número de tomo del que provenía la estrategia a utilizar, y al número del recopilatorio donde aparecía.
    —Como siempre —Le tomó del hombro cuando vio que planeaba voltearse—, con una salvedad.
    —¿Ah?
    —Apliquen la segunda cláusula si la situación lo amerita —sonrió, esbozando una benevolencia que sólo el propio Sentan pudo comprender, conteniendo sus ganas de replicar, duplicar o triplicar el gesto por la emoción.
    —No lo decepcionará.
    —Sé que no.

    El joven corrió hasta el grupo, empezando la carrera al interior del umbral hasta desvanecerse en un cúmulo de energía que agitó un poco la cabellera del sacerdote. El viaje estaba completo y le costaba creer que un Yajirushi pisaría el mundo dejado atrás después de tanto tiempo, una sensación de inseguridad le era imposible de controlar, como si un augurio le susurrara con insistencia, sólo que no tenía idea del por qué. No era extraño hacer expediciones en búsqueda de un nuevo prospecto, mucho menos que un alto mando se encargara de los asuntos importantes, pero su miedo y preocupación seguían intensificándose, lentamente, casi de manera imperceptible, pero incapaz de ignorarlo.

    “Sé que no…”

    Cruzaron el portal con rapidez. En cuanto se hallaban fuera de la utopía, fueron recibidos con el ataque de dos tifones que se arremolinaron como torpedos para intentar vapulearles en el fondo marino. Tanto Sentan como sus ayudantes realizaron una maniobra evasiva idéntica, nadando a lados contrarios de los ataques gracias a un leve impulso. Tales arremetidas no habrían significado mayor preocupación de no ser por el poder que llevaban consigo, uno más que comparable a cualquier manifestación del Yume, por más tosco que fuese su control. La adrenalina no se hubiese disparado en alerta de no ser por el potencial bruto. ¿Qué hacía un poder así fuera de sus tierras? Observaron el fondo marino en busca del origen de las corrientes, sólo lograron avistarle gracias a la luz emanada por el gigantesco portal a sus espaldas.

    Sus apariencias eran tan inusuales como las capacidades detectadas. Ninguno de los presentes podría asegurar que no existieran criaturas como aquellas entre la fauna natural del mundo, pero ¿con tal magnitud de chakra? Tal pregunta dejaba en claro que debían haber algo más. Los cuerpos de aquellos seres eran humanoides, sólo hasta cierto punto; sus manos y piernas yacían atrofiadas por una musculatura prominente en exceso, si llegar a parecer globos hinchados; pero lo que más destacaba eran sus rasgos animales: su cabeza se alargaba desde un cuello largo y arrugado hasta terminar con la forma de una tortuga, o a eso lograban adjudicárselo tras distinguir un bordeado en sus hombros y espalda semejante a un caparazón.

    Sentan permanecía perplejo hasta la llegada del segundo ataque. Nin se mantuvo a la espera de órdenes hasta ese momento, encargándose de enviar la maniobra a ejecutar por sus propios medios. El mismo líquido utilizado por Sonkei salió de su espalda hasta proyectarse a los otros Kemono presentes, programándolos para la acción a seguir. Sin embargo, su poder como parte del escuadrón raso le impedía dar órdenes a un superior, por más que este siguiera absorto, y casi catatónico, por el encuentro con tales criaturas. Era poco ortodoxo, hasta atrevido, pero de alguna forma debía sacarle de tal estado: gritó, despertándole de golpe, sólo para recibir una señal de proceder.

    El cuarteto Kemono nadó en parejas a direcciones contrarias, acechando a ambos homotortugus. Los extraños volvieron a danzar en el fondo marino antes de soltar sendas ráfagas, idénticas a las anteriores y con aún más precisión. Sólo el cuerpo de los impactados era capaz de resistir tanta energía sin colapsarse, anteponiendo sus brazos a las corrientes sin moverse en demasía. El fondo marino no tuvo la misma suerte: las paredes pétreas alrededor de la fosa comenzaron a resquebrajarse por el impacto de las corrientes y un leve temblor se sintió en la arena. Varias rocas megalíticas comenzaron a caer desde todas las direcciones, sirviéndoles a cada uno para saltar sobre ellas y evitar el aplastamiento. Los movimientos de ambas criaturas dentro del agua no parecían afectados por la inercia del líquido, delatando que ni siquiera en desplazamiento tenían superioridad clara sobre ellas. Finalmente, Nin y sus compañeros diluyeron sus cuerpos para desplazarse en forma de un tifón que rodeó a las bestias y comenzó a vapulearlas.

    Al ver tal acción, Sentan se llenó de ansiedad. No era idóneo asesinar criaturas con tal potencial recién llegados a ese mundo, y apostaba con casi total seguridad que algo podrían aprender de ellas. Debían ser escoltadas a la utopía. Desenvainó su estaca con la lentitud propia de su acontecer, como si con cada empuje hacia fuera se arrepintiese, pero debía actuar. La alzó y clavó en el suelo en un mismo movimiento. Toda la arena a su alrededor se levantó como una onda expansiva que se amplió en velocidad hasta el tifón; con tal acción planeaba detener la arremetida de los Kemono, pero su sorpresa fue mucho más allá.

    —Imposible…

    Un agujero giratorio se formó en la pared del remolino a punto de recibir el impacto, tras él, ambas criaturas alzaban sus brazos y cabezas alargadas hacia delante, con un gesto que parecía capaz de detener la energía a punto de vapulearles. Los Kemono se solidificaron, desvaneciendo el remolino y nadando lo más rápido posible fuera del rango de acción. Ni siquiera Nin podía creer lo que veía. La onda se mantenía suspendida en todo su diámetro, sin posibilidad de avance, como si el movimiento de las tortugas fuese capaz de rivalizar con una cantidad de energía tan gigantesca, y lo hacía. Sentan ni siquiera tuvo suficiente raciocinio en aquel entonces como para inyectarle más energía a la estaca, contemplando el acto de resistencia con un gesto que se mezclaba entre pánico y asombro. Finalmente, y tras un alarido de dolor, los homotortugus soltaron una cantidad de energía que rebasó a la onda de Yume, devolviéndola, como si el tiempo retrocediera, a su punto de origen.

    El Yajirushi desencajó la estaca y nadó hacia arriba lo más rápido que pudo. Los Kemono ni siquiera le esperaron para hacer lo mismo. Incluso con su velocidad de nado, que les permitió distanciarse por hasta medio kilómetro del fondo, no lograron resistir los efectos de la explosión. El agua se propulsó como un cúmulo espumoso gigantesco que disparó sus cuerpos a tal velocidad que lograron salir a tierra en pocos segundos, acompañados por una cantidad de agua tal que derivó en un maremoto arrasador en la zona sur del País de las Olas. El quinteto detalló todo aún en la inercia del impulso hacia el cielo antes de comenzar a descender; desde su perspectiva, pudieron detalla cómo las Olas eran consumidas por su propia naturaleza hasta que mucho del terreno cercano quedó inundado por completo.

    Descendieron finalmente en uno de los islotes que logró salir a flote nuevamente. Detallando el panorama por instinto antes de moverse o siquiera razonar lo que acababa de suceder, hasta que Nin habló:

    —¿Por qué la quitaste?
    —No lo hice… no antes del ataque, al menos.
    —Entonces sí fue eso… —había teorizado que las criaturas fuesen las responsables, pero de no escucharlo en Sentan le sería impropio asumir la verdad—. ¿Hace cuánto no la recargabas?
    —Lo hice antes de venir. No fue mi culpa.
    —Si hay algo tan cerca del portal con ese poder, debemos regre…
    —No —le interrumpió—. Si descendemos ahora sólo volveremos a alertarles, ya no tengo suficiente poder para otra descarga de ese tamaño.
    —Hay algo más importante ahora —bramó otro de los Kemono, apuntando a un grupo de personas acercándose a la escena. Era un trío que a simple vista podía distinguirse como de gran nivel para los estándares de Modan, seguramente oscilaban rangos entre Jonin y ANBU, pero eso sólo tranquilizó a Sentan.
    —¿Qué pasó aquí? —preguntó el que parecía ser líder del grupo, ajetreado y empuñando su katana con tensión—. ¡¿Qué mierda hacen aquí?! ¡¿Quiénes son?! —Para ser un líder, no aparentaba mucha rectitud.
    —¿Saben dónde está Ruigetsu Hozuki?
    —¡¿Quién mierda son y qué hacen aquí?! —gritó—. ¡No lo repetiré por tercera vez! —apretó el mango de su espada. Sentan y Nin simplemente asintieron mutuamente, antes de que el primero sacara la estaca por segunda vez, provocando un brillo cegador antes de surtir efecto en el ambiente.

    El primero en percatarse de su destino fue uno de los miembros del trío, intentando dar un paso al frente cuando sintió un desequilibrio indescriptible en su cuerpo, como si su pierna se… ¿diluyera? Tal fue su sorpresa al captar que, en efecto, sus extremidades inferiores se derretían hasta transformarse en un charco similar a plástico fundido; gritó, aunque no sentía ningún dolor, el sólo hecho de percatarse de que tal cosa no era una ilusión le generó una impotencia que acabó por hacerle caer de bruces, mientras el resto de su cuerpo sufría el mismo destino hasta diluirse en la arena. El dúo restante pasó por un proceso similar, sólo que, en su caso, lograron proferir gritos de piedad al darse cuenta de que no había forma de parar o siquiera ralentizar el martirio que experimentaban. Tanto los Kemono como el Yajirushi se mantuvieron impíos, casi como si vieran bacterias desaparecer. Dos ríos de lágrimas salieron de sus ojos, aunque no eran producto de la tristeza, sólo constaba del efecto secundario que sufrían sus cuerpos al exponerse a una fuerza tan “leve”.

    El último de los sollozos se ahogó en el estanque formado por sus cuerpos diluidos, entre burbujas de aire.

    —Seguiremos aquí hasta encontrar a Ruigetsu Hozuki, no tiene sentido desperdiciar el viaje. Si las criaturas entran por Koko, Sonkei se encargará —Nin no tenía forma de contradecirle—. Andando.


    ~~~

    Las palabras del anciano difícilmente sonarían más extrañas de lo que ya eran, pero eso sólo clamaba por la atención del aguado, casi portando un escepticismo sincero por su extravagancia. Le siguió, con una timidez impropia pero justificada ante la situación. Su jornada quedaría grabada en la memoria mínimamente con la sucesión de eventos hasta ahora, y todavía quedaba mucho por ver. Hegetsu levantaba arena con sus pies a cada paso, caminando con la misma energía errática demostrada en el enfrentamiento; todo su cuerpo se notaba tenso, bien fuese por la edad o el momento acontecido. Su túnica hacía más dificultoso el viaje a pie, pero no se notaba afectado en lo más mínimo por las dificultades, mudo, más centrado en el horizonte lejano que en su propia integridad. Nagare volteó ante la duda de si Fu seguiría postrada en el suelo, y efectivamente, la fémina no lograba liberarse siquiera de una atadura.

    Caminaron junto a la ensenada por dos o tres kilómetros, en un ambiente tan calmo -y tenso a la vez- que sólo fue musitado por el chocar de las olas en marea alta.

    —Te recomiendo que empieces a reunir chakra en tus extremidades.
    —¿Eh?
    —Mírate las manos.

    Ruigetsu acató por inercia, aunque su reacción no fue la esperada por el viejo. Lejos de asustarse o retroceder, vio con curiosidad el diluir de sus dedos, impropio de las habilidades conocidas, pues no fluía como un líquido traslúcido, era como si sencillamente se fundieran, sin calor ni reacción química explicable. Al concentrar energía en la zona, recuperó solidez al instante, pero la inquietud de explorar sus propiedades le hizo volver a dejar libre la zona para presenciar el cambio de estado. Así continuó repetidas veces, hasta encontrando un patrón que le pareció gracioso en el escurrir de sus dedos que volvían a constituirse, como un moco subiendo y bajando desde su fosa nasal. Obviaba que tal cosa no sería un Genjutsu, aunque la posibilidad de una sustancia alucinógena no terminaba por descartarla. Sin embargo, su cuerpo y mente seguían demostrándose asertivos, casi indefensos ante la gran cantidad de singularidades atestiguadas. Sus pies pasaban por la misma transformación, aunque allí también encontró una diversión infantil en arrastrarse sobre sus tobillos, aplanados por la disolución.

    Viró de vuelta al tosco caminar de Toreiru, quien no parecía interesado en prestarle la más mínima atención. El anciano portaba un semblante decidido, casi inmutable a avanzar, aunque tal seguridad no tranquilizaría ni al más inconsciente, pues su cuerpo seguía delatando la misma tensión del recorrido.

    —A medida que avancemos, deberás comenzar a generar más y más chakra, te recomendaría reunir energía natural también.
    —¿Es algo en la arena? —volteó, casi indignado por su ignorancia.
    —¿Crees que la arena tiene más chakra que un shinobi? —cambió su gesto asqueado súbitamente—. Pues tienes razón —hizo otra mueca—, pero no es por la arena en sí, ya lo verás.
    —¿Eres de Nehantobira? —la pregunta provocó risas.
    —Ojalá, ojalá fuese así…
    —¿No te has sentido mal últimamente? —recordó el contraste de energías entre aquel hombre y el resto de Linterna Demonio.
    —No, su energía no me afecta, a nadie de MKT le afecta. ¿Acaso Korodu te dijo que “era una enfermedad”? —ridiculizó sin escrúpulos sus últimas palabras—. Imbécil.
    —Peji me dijo que lo provocaban los de allá, pensé que podrías ser el generador.
    —Me sobrevaloras. Despreocúpate, sólo le hacen eso a los indignos para evitar que lleguen a contactarles.
    —¿Indignos?
    —Todos los demás Hozuki —Se detuvo en seco, contemplando los riscos que ya se apartaban por apenas medio kilómetro—. Casi llegamos.

    Los riscos se abrillantaban por la brisa marina y el agua que les chapoteaba. Era la zona de doblez entre el pozo formado por el arco del país y el lado que daba cara al océano, generando una aglomeración de olas mucho mayor a la presente en la ensenada que dejaban atrás. El lugar estaba plagado de piedras irregulares que ascendían hasta adquirir incluso la forma de picos y montículos, irregulares y magullados por la erosión. Todos portaban un abrillantado propio de un material similar al ónix, y es que su constitución entera era del mismo color que tal mineral. Clavados en la arena, sólo dejaban algunos terrenos libres para caminar entre ellos, con la inseguridad de que cualquiera cediese ante el oleaje y cayera sobre un turista poco precavido. El sol del atardecer se mezclaba entre hechos, provocando un efecto cegador entre cada bloqueo de vista y renacer tras caminar, quizá fue esa distorsión la que le impidió a Hegetsu distinguir lo que estaba a punto de suceder.

    Una ráfaga de agua, similar a un Suiryudan, se abalanzó contra él, impulsándolo lejos hacia el mar. Ruigetsu reaccionó de inmediato, echándose para atrás y detallando la horizontalidad del lugar, hasta toparse con el presunto atacante: un hombre fornido, de estatura por mucho inusual -unos tres metros-; su cabello negro era atado por una coleta que caía hasta la mitad de su espalda y su única vestimenta constaba de una túnica que le cubría desde los pies a la cintura. Había un aura bestial acompañándole, potenciada por sus pupilas ennegrecidas y los colmillos y uñas sobresalientes, aunque su actitud no correspondiera más allá del ataque, simplemente caminaba en dirección al mar, sin siquiera virar hacia el aguado.

    El hombre hizo un gesto con su mano, como si quisiera llamar a un animal, pero bruscamente. En el acto, el agua y la arena que pisaba el anciano ya reincorporado se transformaron en una pared que le disparó hasta el extraño; el hombre le tomó del cuello con un movimiento tan veloz como elegante, sosteniéndole en el aire y detallándole.

    —No es él —bramó con voz portentosa—. Estás interfiriendo con un proceso oficial de Fushigi, apártate —He se había llevado las manos al cuello, intentando arañar con algo de desesperación las del monstruo, pero su declaración le hizo sonreír.
    —Con sólo tocarme —tosió—, ¿ya pueden distinguir que conozco sus habilidades? —volvió a sonreír, jadeando y liberándose al transformarse en una nube de vapor que escapó entre sus dedos; a pesar de su capacidad, al gigante le bastó un chasquido de dedos para obligarlo a solidificarse y hacerle caer de bruces—. Impresionante.
    —Atrás —Hegetsu acató, casi con más miedo que respeto, colocándose tras Nagare—. Vengan —Hizo un ademán con su cabeza. Al instante, aparecieron, entre chapoteos espontáneos, otros tres individuos muy parecidos a él aparecieron, junto a una persona muy similar -por no decir idéntica- al resto de los humanos—. No puedo hacerle nada al viejo, tiene Yume en sus venas.

    Con tan sólo escuchar esas palabras, el hombre común salió disparado, casi como una teletransportación, pero bien que los presentes pudieron distinguirlo: esa era su velocidad, no se había valido de ninguna técnica. Acabó embistiendo al anciano contra la arena, en un choque que le habría fracturado la espalda de no ser por sus habilidades acuosas. Le tomó del cuello con fuerza, infundiéndole una energía que a lo lejos pudieron distinguir como un brillo azulado fluorescente que clarificaba sus venas e invisibilizaba la piel. Hegetsu ni siquiera se resistió, sólo contemplaba, casi con añoro, el rostro frente a él.

    —Seishu… —declaró entre estertores por la presión en su garganta.
    —¿Eres el que controlaba a las bestias del portal? —Se le notaba violento, aunque tranquilo en gesto. Una capucha cubría todo su rostro a excepción de los ojos ámbares—. Responde, ellos no podrán, pero yo sí conozco el Yume que tienes, tres segundos y formarás parte del río principal.
    —¿Bestias? —dijo, con auténtica curiosidad—. ¿Cuáles bestias? —El hombre acercó su rostro, con un brillo cegador emanando desde sus pupilas; dos ríos de lágrimas emanaron de cada ojo. Los cerró, suspirando e irguiéndose nuevamente.
    —No es él —el resto replicó el suspiro.
    —Eh… ¿Hola? No tengo problema con seguir sin saber lo que está pasando, pero creo que me buscan a mí —clamó Rui.
    —Ruigetsu Hozuki… —dijo otro de los gigantes, con voz decidida—. Debes volver a empezar.
    —¿Eh?
    —La prueba.
    —Me entero de que estoy en un examen —Los Kemono suspiraron.
    —Ese anciano te ayudó a llegar hasta aquí, ¿cierto? —No faltó respuesta oral—. Debías recorrer la senda tú sólo.
    —No será necesario —declaró el encapuchado, reposando el brazo sobre su empuñadura—. Este asunto se puede resolver con facilidad, si llegó hasta aquí con o sin ayuda es buena señal.
    —Sigo sin entender —replicó con voz cantora.
    —Ruigetsu Hozuki, en nombre del sacerdocio de Shisai y del triunvirato Yajirushi, te informo de tu aceptación como emisario terrestre en Nehantobira.
    —¿Qué? —no le prestaron atención.
    —Para concluir con la demostración de tu legado, deberás superar pruebas previas para asegurar que tu integridad no se malogrará.
    —¿Son alienígenas o algo?
    —Idiota… —Hegetsu se reincorporó, colocándose a su lado—. El muchacho no entiende nada de lo que le hablas, Sentan —captó su atención en cuanto escuchó el nombre—, no tiene conocimientos, por eso le acompañé.
    —Tú ni siquiera deberías seguir con vida, Hozuki. Te recomiendo guardar silencio si prefieres mantenerte así —acotó Nin.
    —Es cierto —las palabras del aguado se tornaron extrañas—, sin él ni siquiera sé cómo habría llegado hasta aquí. Ni siquiera sé quiénes son, sólo vine porque alguien me dijo que el clan moriría si no lo hacía.
    —Ya se aclararán tus dudas.
    —¿Y si me niego?
    —Ser un Geuru no es algo opcional, le debes lealtad al triunvirato desde tu nacimiento —zanjó uno de los gigantes.
    —¿Geuru?
    —Es la palabra que usan para definir al emisario de la tierra.
    —Una palabra más, anciano, y tu cuerpo irá directo a Sosu. Ruigetsu Hozuki, deberás superar las pruebas impuestas por el sacerdocio para ser reconocido como un Gyo.
    —¿Y si fallo me puedo ir?
    —Pasarás a formar parte de la armada Kemono.
    —Morirás —aclaró Hegetsu mediante una ilusión telepática.
     
  8. Lazy

    Lazy I'm Morpheus, nice to meet you

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  9. Autor
    St. Mike

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    El reloj de arena fluía en disonancia con el tiempo, casi a cuenta gotas, o motas de polvo. Era un modelo efectuado para un tiempo de media hora, aunque, en aquella oportunidad, su única función se dictaba por el cronometraje. Los segundos pasaban lentos y silentes, pero no a causa de tensión o preocupación; el fastidio era dueño de aquel cuarto, oculto en lo recóndito de una base abovedada en el País de las Olas. En él, cinco operativos pertenecientes a un clan usurpador de los Yamanaka se esmeraban en visualizar cada detalle en las mentes de aquellos por quienes todo esto sucedía.

    ¿Quiénes?

    Aquella recámara era una de las pocas que poseía un grupo de contrabandistas del país. Una red organizada encargada de traer productos medicinales desde el rayo por una ruta que atravesaba el polo del mundo. Su uso de los ninjas en servicio se limitaba al de meros peones, encargados de tareas “sencillas” como monitorear la ejecución de aquel día. Usualmente, su manejo de asesinatos por deudas o ajustes de cuentas se realizaban desde el comando central, mismo que acompañaba al resto en el lugar donde nos situamos ahora. Un hombre había llegado ofreciendo sus servicios, sin registro ni fama que le respaldara para analizarle, se presentó como un hábil maestro del asesinato; su mayor prueba de experiencia, según él, consistía en que no hallarían referencia ni base de datos alguna donde respaldaran su existencia.

    Confirmaron la veracidad de sus palabras tras una breve inspección y le dejaron expresarse; de paso, tenían un grupo de encargados al pendiente, ignorantes, sin saber que ya les habían descubierto. El trío fungió durante varios meses como guardia de una de las oficinas auxiliares, pero llevaban más de un mes desviando parte del cargamento a depósitos desconocidos. Su fiabilidad acabó junto con la piedad de los superiores, decidiéndose a seguir los requerimientos solicitados por el verdugo. Él insistía que, tras el primer vistazo de sus servicios totalmente gratuitos, se ofrecería como cliente ocasional de la organización.

    Fue así como, tras preparativos más que sencillos, llegó el día de ejecutar el plan dictado por el extraño. Los pasos fueron llevados al pie de la letra: se le asignaría al grupo insurgente un nuevo lugar de guardia, muy cerca del extremo sur del país, donde operaba la sede central de los contrabandistas; encargarían a su escuadrón de monitoreo, encabezado por un clan con poderes telepáticos, la visualización de cada detalle en su caminar hasta la ensenada, donde, decía el verdugo, hallarían una muerte tan impactante y sin precedentes que no dudarían en contratarle.

    Los tres accionistas mayoritarios y coordinadores del grupo contrabandista se hallaban postrados y desganados, junto a su acompañante de dudosa expectativa, siempre encapuchado y completamente vendado de pies a cabeza; sólo dejó que vieran su rostro en la primera reunión para verificar su inexistente paradero informativo. Le darían un plazo de media hora desde el inicio de la guardia para demostrar su valía, aunque planeaban matarle de no funcionar con métodos más tradicionales. De hecho, uno de ellos se tentaba en sacar un cuchillo de su manga y aprovechar el descuido del sujeto para asesinarle, pero mantenía una mínima expectativa sobre sus habilidades como shinobi que le hizo bajar el brazo nuevamente y centrarse en lo que el quinteto de centinelas lograba proyectar.

    Una inmensa pantalla de chakra se manifestaba en medio de la habitación, brindándoles una imagen clara a los presentes de todo aquello que observaban los enviados a ejecución. Bordeaban la costa, algunos sentados sobre la arena y otros resguardándose en la selva limítrofe, cuidándose de una posible emboscada, todo parte de un protocolo tradicional; no tenían idea.

    Quedaban cinco minutos cuando el extraño tomó la palabra.

    —Les suplico que no se espanten por esto, no es mi método usual.
    —¿Qué? —cuestionó uno de los contrabandistas—. No somos un maldito experimento, sólo muéstrenos el método y termínelo de una vez.
    —Es un impostor —bramó el segundo—, sólo busca poner excusas, ¿eres socio de esos tres? —La sospecha se expandió entre todos, aunque desde su presentación lo suponían.
    —Sólo vengo a cumplir lo que les prometí. Si fuera su socio, ya tendrían a un miembro servido en bandeja. No vendría a un lugar repleto de guardias sin una buena razón.

    La tercera líder del grupo no fue capaz de hablar. Su rostro yacía tieso y sus ojos bien abiertos, fijos al frente con el brillo de la pantalla resecando sus corneas, incapaz de siquiera reaccionar ante lo que observaba. Los otros dos no tardaron en percatarse de su trance y viraron al mismo punto, adquiriendo semblantes similares, entre asombro y contemplación: una cantidad absurda de agua acababa de salir disparada, centenas de metros al cielo, provocando un oleaje tan feroz que no dudaron en calificarle como uno de los maremotos más grandes que habían atestiguado. Los ninjas saltaron y se valieron de invocar aves para resistir el fenómeno, observando todo el territorio siendo sepultado por la marea; había logrado adentrarse hasta doscientos metros más allá de la costa. Pero la prueba mayor de que todo ello era una realidad y no mero montaje fue el temblor que sintieron sobre la base subterránea desde donde veían las acciones de la costa; el agua y la sacudida lograron adentrarse lo suficiente como para inundar la entrada del edificio.

    Un guardia recurrente del lugar les notificó la situación por radio. Por suerte, la base de operaciones y todo el cargamento permaneció intacto, pero yacían sellados por el peso del agua sobre la entrada.

    —Nuevamente me disculpo, no suelo usar métodos tan extremos.
    —Siguen vivos. Lo único que lograste fue dañar nuestro puerto recurrente.
    —¿Ah? Eso sólo fue la señal de inicio.

    Siguieron observando las acciones del trío, que ahora se apresuraba en descender en picada, tras observar el epicentro de la onda expansiva. La aparición de un pequeño grupo en dicho punto encendió las alarmas y les hizo dirigirse instintivamente hacia ellos, en un acto más acorde a la desesperación que al raciocinio.

    —¿Qué pasó aquí? —preguntó el líder del grupo, ajetreado y empuñando su katana con tensión tras descender del animal—. ¡¿Qué mierda hacen aquí?! ¡¿Quiénes son?! —Para ser un líder, no aparentaba mucha rectitud.
    —¿Saben dónde está Ruigetsu Hozuki? —los presentes en la sala de monitoreo no tardaron en extrañarse ante el nombre.
    —¡¿Quién mierda son y qué hacen aquí?! —gritó—. ¡No lo repetiré por tercera vez! —apretó el mango de su espada.
    —Y ahora sí, la ejecución —declaró el extraño, señalando la pantalla.

    Hasta ese momento, habían atestiguado todo desde la perspectiva del líder del escuadrón; por fortuna, no fue el primer afectado y lograron observar con detalle cómo uno de sus compañeros comenzaba a gritar, al momento de fundirse en un charco de aspecto dudoso. El mismo destino acarreó al propio líder junto a su otro compañero. Los monitores debieron suspender la transmisión antes de que la imagen se distorsionara por completo, pues hasta los orbes del guardia habían comenzado a fundirse.

    Los presentes se mantuvieron catatónicos. El grupo de centinelas había sufrido una fuerte migraña, efecto característico al emplear la técnica de monitoreo en fallecidos. El extraño se mostró complacido, suspirando y levantándose de su asiento para posarse en el punto donde hace instantes yacía la pantalla. Nadie podía creer lo atestiguado, y su presencia relajada no ayudaba en apaciguar las aguas del espanto. Le vieron con nerviosismo, aunque de no conocer su posición como mandamases del lugar habrían dejado salir su terror fácilmente.
    —¿Cuánto te debemos? —El accionista mayoritario fue el único que se atrevió a hablar.

    El extraño simplemente desanudo las vendas en su mano izquierda, para develar una piedra traslúcida que bañó con su brillo toda la habitación, causando el mismo efecto atestiguado en los guardias. Los contrabandistas, incluyendo a sus ayudantes, sucumbieron ante el diluir de la técnica. De haber tenido una perspectiva mayor, habrían atestiguado cómo todos en la base sufrían el mismo destino, incluso aquellos que no se veían impactados por el resplandor. Todos excepto el extraño. Sin saberlo, acababa de desmantelar toda una operación de contrabando con la muerte de sus líderes; como mínimo, su inminente debilitación la haría caer. Pero eso poco o nada le importaba a Hegetsu, retirando las vendas de su rostro para respirar mejor mientras se dirigía a la salida.

    Había cumplido con su mayor interés, los medios no dejaban de ser accesorio para su causa.

    “¿Qué tanto le habrán dicho?”

    ~~~

    —¿Cómo eran?
    —Parecían mutantes, nada que haya visto antes. Creí que usted sabría algo más.
    —No es el primer reporte que recibo de algo así tan cerca de Koko. Los atacantes no me preocupan tanto.
    —¿Seishu? ¿Qué pasó?
    —Alguien más salió de Koko con ustedes, y fue tan fácil distinguir su huella de Yume que claramente no fue un error de cálculo. Entró y salió sin avisar.
    —Suena más lógico pensar en un error, honestamente. Usted mismo habló de una anomalía comparable a un Dios.
    —Ni siquiera estoy seguro si eso no fue otra trampa —se mantuvieron pensativos—. Son tiempos extraños. Busca a Ruigetsu y tráelo de todas formas.

    La conversación no se extendió ni un segundo más. Volvió a guardar la estaca en su funda para contemplar el panorama. El protocolo estaba listo. La energía residual dejada por la charla con tal artefacto bastaría y sobraría para realizar la primera prueba: aquel que desee acercarse a los Gyo deberá soportar y canalizar el Yume con destreza suficiente para nulificar sus efectos. Los Kemono aguardaban, sentados entre los riscos; no importaba qué tan irregular fuese la superficie, su gusto por la comodidad era inexistente; Nin era el único que acompañaba a Sentan, habiendo escuchado la conversación por completo. Sonkei estaba furioso, y cómo no. Debían recordar su misión, por encima de todo. Hizo un ademán para acercarle un disco traslúcido recién generado a partir de sus manos, el artefacto fungía de manera similar a un radar, con ondas que aparecían desde el lugar analizado, como las que se generan en el agua al lanzar una roca. Tales fluctuaciones señalaban la cercanía de Nagare.

    Pasaron varias horas desde su reposo. Pareció natural que la onda no mutara en ningún momento desde su aparición hasta el momento en el que Nin observó al objetivo acercándose a la distancia, pues su energía era tan suave en comparación al resto que el sólo detectarla ya era un logro. Un gesto afirmativo del líder bastó para que uno de los Kemono se abalanzara contra su acompañante. ¿Un Kemono con tal control del Yume fuera de la utopía? El viaje serviría como inspección, ante todo, pues ni el Yajirushi ni sus acompañantes se imaginaban encontrarse con algo así.
    Tras la breve discrepancia, aclararon sus intenciones al aguado y Sentan estaba listo para actuar.

    —Empecemos.

    Una onda de energía emanó desde el mango de su estaca, dispersándose por todo el rededor hasta generar un sismo más que notorio. Fugori optó por una pose alerta, aunque la previsión de Hegetsu le permitió reunir un aura similar en sus pies para resistir los efectos en el suelo. La arena comenzó a sacudirse hasta develar una plataforma de piedra, claramente endurecida por la profundidad desde donde surgía. La misma ostentaba un tamaño semejante a una arena de combate, no tan grande como un coliseo, pero lo suficiente como para compararse con uno si no se tenía especial detalle. Los cimientos se alzaron en el aire en un movimiento tan firme que Rui dudó por un segundo de lo que sucedía; no conocía ni había oído hablar de ninguna técnica Doton capaz de semejante levantamiento. La plataforma, negra y de una apariencia similar a la piedra caliza, con múltiples grietas, aunque plana como llanura, se alzó varios metros al cielo, más de los que algún ninja pudiese imaginar. Todos los Kemono junto a su líder, el aguado y Hegetsu aguardaban en ella hasta que el ascenso culminara.

    Fue lo más similar a ser catapultado hacia el infinito, aunque alcanzó a detenerse tras recorrer cerca de cuatro kilómetros a una velocidad récord. Todo pasó con tal ferocidad que lo único capaz de alterar al ANBU fue el cambio abrupto de presión que rápidamente atacó a sus oídos, por más que sus propias habilidades pudieran aligerar el impacto. Se vio atolondrado, además de la inminente falta de aire -por más Linterna Demonio que fuera, un cambio así era difícil de soportar. Con el freno de la plataforma, uno de los Kemono se apresuró en avanzar hasta el centro de ésta, generando un nuevo foco de Yume en forma líquida, muy similar al Suijin, que trazó su curso como una serpiente en el aire, formando un anillo tan grueso como un tronco de roble alrededor de toda la plataforma. El mismo se podía distinguir como una corriente del líquido susodicho, suspendida en el aire gracias a su propia energía.

    Todos, a excepción de Nin, Sentan y el propio Ruigetsu fueron desplazados en una levitación involuntaria hacia dos pequeños montículos fuera de la plataforma principal. El encapuchado dio un paso al frente, indicándole a Hozuki que hiciera lo mismo. Durante todo aquel espectáculo de imprevistos, el aguado apenas y tuvo tiempo para concientizar lo dicho por el anciano hace apenas unos instantes. En la mayoría de los casos, un anuncio de su muerte pasaría tan desapercibido como el polvo en el viento, pero el aura de ese hombre le generaba una inquietud inevitable, la suficiente como para tomar en cuenta su palabra. No había tiempo para más, y escapar no parecía un buen plan tras observar la velocidad del extraño.

    —Las normas son simples —alzó la voz, finalmente—. Ese anillo sirve como un conducto, podrán utilizarlo para desplazarse y ocultarse de su rival, está hecho de la misma energía que poseemos todos. Tu reto normalmente consistiría en enfrentar a un Kemono, habrá un cambio de planes.
    —¿Tú?
    —La idea es retarte, no asesinarte con el primer golpe —lejos de portar arrogancia, su voz se notaba tan sincera como preocupada—. Él será tu oponente. Como único bono, se te dará el conocimiento de su punto más frágil —señaló el diafragma de Nin—. Ganará el que persista —durante el discurso, los orbes vidriosos del Kemono se posaron con fiereza en su contrincante; su carencia emotiva era lo de menos, aquella era la mirada de un autómata, algo incapaz de pensar fuera del combate.

    El ANBU ni siquiera pudo modular la siguiente pregunta para el momento en el que Sentan salió de la plataforma, dándole a entender a Nin que el combate iniciaba. El mismo se abalanzó con la misma destreza, o incluso superior, a la demostrada por sus compañeros; su velocidad era comparable a la de Nagare, con la salvedad de que aquel primer movimiento correspondería a su tope de velocidad; esquivar el golpe fue más suerte que mérito, pero la gracia de su movimiento no acabó allí: aun preso de la inercia de su ataque, pudo plantar firmemente su pie derecho para lanzar una patada hacia atrás, directo a la espalda de Hozuki. Impactó de lleno, lanzándole varios metros en dirección contraria y generando un dolor más que inusual. Últimamente se había acostumbrado a recibir más golpes, pero el hecho de que un rival así lograse neutralizar sus métodos básicos no dejaba de fastidiarle.

    El mensaje fue más que claro. Sin necesidad de palabras, era obvia la urgencia de no sólo esquivar, sino huir ante las arremetidas. “Un enemigo agresivo”, eso era fácil de deducir, pero a Rui le parecía tan exigente que no pudo evitar verse más reactivo que de costumbre, le obligaban a actuar sobre una marcha que siempre había estado acostumbrado a imponer. Nin actuaba con la ferocidad de un animal, pero sin dejar de ser tan preciso y agudo como el más hábil de los ninjas; su disposición era clara, casi robótica, eso normalmente haría perecer a un adversario común. “¿Será lo mismo?” Se preguntaba el del Horizonte.

    Pero ese ser -pues era incapaz de referírsele como hombre- tenía una kinestesia ajena a todo lo antes visto, como enfrentar a una máquina infalible. Había que entenderlo así: no era cuestión de hacerle fallar, sino de aprovechar sus aciertos. En teoría era fácil, pero la fuerza que ostentaba le hacía pensar al ANBU si realmente llegaría a resistir más de diez ataques. Ya el primero había sido lo suficientemente portentoso como para dejarle agudamente adolorido. El intermedio fue nulo, Nin se dispuso a lanzar ases de la misma energía que les rodeaba; unos cuarenta o cincuenta de estos salieron cual metralla hacia Ruigetsu, quien sólo lograba correr alrededor para evitar el roce de las descargas; incluso así, una logró impactar en su hombro, y las consecuencias fueron más que notorias.

    El hombro del aguado había sido, como mínimo, objeto de una fisura profunda; el diagnóstico menos positivo delataría una fractura grave, pero algo era obvio: el dolor que encarnecía ahora era mucho mayor, suficiente como para hacerle apoyar una rodilla en el suelo. Chistó, comenzando a hiperventilar, suerte que la adrenalina comenzaba a fluir. Tuvo fuerza de voluntad para mantener la atención en el atacante, quien ahora se acercaba con el ritmo acostumbrado. Recordó las palabras de Sentan, optando por dejarse caer sobre el anillo al tiempo en que éste le absorbía.

    La batalla tenía más de un revés por descubrir. Pudo entenderlo con la claridad de quien experimenta: aquella banda limitante fungía como un torrente infinito, permitiéndole desplazarse a gran velocidad sin mover un dedo. La sensación de resguardo surcó por un segundo de manera inocente, pero se desvaneció tan pronto como el dolor volvía a hacer efecto tras el breve alivio. Los dolores óseos nunca habían sido costumbre; el único antecedente que le ayudaba a resistir era el propio Namida, pero ni siquiera él había ostentado tal desproporción, tal ritmo frenético y asfixiante.

    Nin no tardó en realizar la misma acción, introduciéndose en el torrente en busca de equiparar el terreno del oponente. Hozuki supuso que su intención sería alcanzarle, pero el resplandor de los ases volviendo a emanar le dejaban claro lo contrario: era simplemente un acto por su comodidad; las esferas ahora salían hacia todas las direcciones mientras él se cuidaba siempre de mantenerse a la defensiva; el impacto de su propia fuerza podría ser igualmente catastrófico. Ruigetsu debía recordar y fijar el centro de aquel pecho como objetivo a alcanzar, ¿cómo? Seguía en etapa de inspección.

    Los ases eran absorbidos por el torrente para explotar dentro. Se vio en la necesidad de crear escudos gélidos a su alrededor para intentar resistir, ya había razonado que la etapa defensiva tendría su fin, o de lo contrario él. “Si tanto quieres aprovecharlo…” pensó. Su brazo derecho seguía en perfectas condiciones, permitiéndole levantar con el mismo la mano de su izquierdo mientras resistía el dolor de comenzar a lanzar decenas de cuchillas de la misma forma que aquellos ases, alrededor de todo el campo. Algunas chocaron entre sí, otras lograron introducirse en la corriente, bastaría para la siguiente maniobra. Forzó a su mano más adolorida a coopera lo justo para realizar un sello único y provocar la explosión de los papeles bomba anudados a cada filo. El Kemono logró cubrirse y salir del torrente por un momento para prever los mayores daños.

    ¿Un vacío? Sería posible, pero ejecutarlo podría ponerlo en un peligro incluso mayor.

    Pensándolo bien, ya en esta escala estaría a punto de morir, ¿no?

    Ni él mismo razonaba el posible éxito. Tan cerca y tan lejos a la vez, pero debía intentarlo. La arremetida continuó desde el centro de la plataforma, donde Nin intentaba divisar la trayectoria dejada por el salpicar del líquido, acto que delataba el punto donde se encontraba el flujo de Nagare. Volvió a recurrir a sus ases, apuntándolos con precisión, así debía ser para que funcionara. Ruigetsu forzó uno de sus brazos para buscar otro objeto en su estuche: sacó el Ru-nai, dejándole fluir detrás de su cuerpo en el torrente como una cola alargada; ejecutó los sellos necesarios y el plan inició.

    Nin mantuvo la ofensiva por varios segundos sin lograr atinarle, y pensaba volver a ingresar, pero fue entonces cuando sus propias capacidades superaron cualquier beneficio que Hozuki pudiera tener. Comenzó a correr con velocidad hacia el borde del anillo, persiguiendo el rastro dejado por el paso del único cuerpo dentro de él, acechándole. La velocidad dentro del torrente triplicaba la máxima acostumbrada por el aguado, pero poco o nada le costaba al Kemono afrontar tales cotas. Justo como necesitaba.

    Al ritmo en el que corría, terminaría alcanzándole en menos segundos de los que su mano le permitía contar. Era el momento para realizar el último jutsu que creería necesitar. Pasó el breve lapso y Nin finalmente logró alcanzar a su presa, tomándola con fiereza al introducir su brazo en el torrente y sacándola hacia la plataforma, o eso creyó: el capturado resultaba ser claramente un clon, mismo que empezó a correr fuera del torrente, esquivando y huyendo del rival ahora que yacía confundido, pues percatarse de que tal cosa no era el verdadero Hozuki sólo le hacía pensar en el momento en el cual había frenado.

    Todo sucedió lo suficientemente rápido como para evitar que su adversario pudiera resistirse. Volver a escuchar y sentir el fluir del torrente en dirección contraria le hizo correr hacia él, esperando que esta vez se tratara del verdadero. Aprovechó para lanzar nuevos ases, pero parecían seguir sin tener efecto; pensó en volver a introducirse para agarrarle con ventaja, pero no lo creyó necesario; fue allí donde cayó en su mayor acierto, y su peor error sin darse cuenta.

    Para ese entonces, sus velocidades les habían permitido recorrer toda la circunferencia de la plataforma, mismo tiempo que aprovechó el clon de aceite para inflarse mínimamente, listo para detenerse al borde del anillo. Claramente, el mayor problema de aquellos sujetos distaba en la ignorancia de las técnicas ninjas habituales, fue tal dato el que le permitió al clon explotar portentosamente ante el choque con el cuerpo de Nin a toda velocidad, creando un manto de vapor que le atolondró por un momento. Y he allí su presa.

    Vio su oportunidad de oro cuando Nagare salió finalmente del anillo, dispuesto a clavar su katana en el punto del pecho señalado por Sentan. Ahora era el oriundo de Modan quien caía por su ignorancia, o eso habría pensado Nin. Pero, como se mencionó, aquella no fue una batalla de errores, sino de aprovechar aciertos. El Kemono se abalanzó con confianza, ni siquiera el vapor hirviendo parecía ser capaz de afectarle, y entonces, sucedió:

    —Tsk —Fue lo único que logró balbucear al ver como aquel cuerpo se convertía en un charco.

    No tenía sentido. Los Kemono conocían bien las habilidades desarrolladas por los Hozuki, tanto o más que ellos mismos, no era posible que un cuerpo de ninguna naturaleza cediera a diluirse ante la concentración de energía Yang en sus golpes.

    Y ciertamente, ningún cuerpo sería capaz. Suerte que existían las ilusiones. Ruigetsu se había valido del Suika Jubaku Satsu de la manera más ingenua, e incluso así había dado frutos más que agradables. Pero eso apenas representaba el inicio del ataque. Aprovechando la distracción, forzó ambos brazos al tiempo en que soltaba un grito desgarrador por el dolor en la torsión de su hombro, lanzando el Ru-nai con suficiente fuerza para enrollarse en el cuerpo del Kemono.
    Un último sello.

    La cadena del arma emanó el mismo color de la energía presente en todo el lugar. Había absorbido más de cinco de aquellos ases y finalmente pudo liberarlos a una cercanía que Nin fue incapaz de evadir. La explosión generada hizo al cuerpo de Nagare arrastrarse lejos debido a la onda expansiva, rodando con fatiga en el suelo para intentar reincorporarse, pero su brazo ya no respondía y su cuerpo seguía potenciando el dolor, rogaba que aquello comenzara a emparejar las cosas.

    Respiró, ansioso, virando al punto donde la explosión acababa de ocurrir en busca de Nin, sin rastro más allá de una nube de vapor que comenzó a extenderse, alertando, por razones desconocidas para el ANBU, al resto de Kemonos en los montículos y al propio Hegetsu.

    —¿Este es el nivel al que debe recurrir? —se preguntó Sentan con sorpresa. Había logrado captar su atención.

    El vapor recorrió todo el sendero hasta desbordarse más allá del anillo limítrofe. De súbito, el cuerpo magullado de Nin surgió, cargando una agresividad insondable, justo frente a Hozuki. Le tomó un segundo, pero el mero instinto le hizo reaccionar ejecutando Nami, rogando que al menos el Inton funcionara; aquel fue, sin lugar a duda, el momento más aterrador en algún combate del aguado; lo impredecible del movimiento y el contexto le generó tal espanto que, por poco, grita por auxilio. Casi pudo sentir el golpe del puño en su rostro, pero nada más lejos de la realidad: Sentan había corrido a una velocidad indistinguible para detener el ataque, incrustando su estaca con la funda en el espacio entre ellos y apoyándose sobre ella.

    —Se acabó —sentenció con voz seca. El resto miró tal acto tan extrañados con el propio Nin.
    —¿Qué sucede? —Rui pensó por un momento que lo había hecho para salvar su vida, pero el momento en el que volteó a observarle le dejó claro que no era así: su mirada era la de alguien asustado, a la defensiva.
    —¿De dónde sacaste esa energía?
    —¿Eh?
    —Tu cuerpo empezó a fluctuar una energía distinta, ¿de dónde sacaste eso? —Le increpaba con violencia.
    —El Inton es más usual de lo que parece, no entiendo lo extraño.
    —No… —se sacudió—. No me refiero a eso, hubo otra energía en tu cuerpo cuando hiciste lo que sea que hiciste. Si un Kemono llegara a tocar algo así, tanto el poseedor como él... —La voz de Namida resonó por un instante en la mente del ANBU.
    —De nada, muchacho.
    —Esto es inusual, más que de costumbre…
    —¿El combate terminó? —volvió Nagare. Sentan no prestó mínima atención y sólo tomó a Nin del hombro para susurrarle:
    —Si a esto se refería Sonkei, es más grande de lo que imaginamos —volvió en sí, volteando para observar de nueva cuenta a Hozuki y al montículo donde Hegetsu contemplaba la escena—. La prueba terminó. Te informaremos de tu reunión en unos días.
    —¿Y mi padre?
    —No sé de qué me hablas. Debemos irnos.
    —¿Qué? No, espera, necesito saber dón…
    —Ni el sacerdocio ni los Yajirushi tenemos información alguna que sea de tu incumbencia por el momento, confórmate con esto. Ten mucho cuidado, Ruigetsu Hozuki —bramó Sentan, antes de desaparecer con los demás. La incertidumbre no tardó en invadirle.

    “¿Dónde está?”
     
    Última edición: 13 May 2018
  10. Shulman

    Shulman No sé, me sabe a mierda

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    St. Mike

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    —¿Y bien? —Las heridas eran algo ínfimo junto a la ansiedad que intentaba invadir al aguado, o más bien, la incertidumbre—. De seguro enviarán un reporte —Hegetsu se acercó para cargarlo—, no sé de dónde sacaste tanto Inton pero acabas de salvarte el culo. Anda, quiero hablar con Korodu —A pesar de todas las lesiones, fue capaz de apartar el brazo del anciano y erguirse con dificultad—. ¿Eh?
    —¿Quieres acompañarme? —Soltó un tono cantor—. Infórmame lo que sepas, no sé si tengo nauseas por la paliza o la confusión, y dudo que haga falta preguntar cada cosa.
    —¿Planeas que te cuente información de un protocolo que lleva más de cien años incógnito?
    —¿Planeas que siga siendo el único logro de ese protocolo sin saber nada? —He le afiló la mirada—. Mira, no es como si quisiera desesperarme, pero cuando un gorila lampiño estuvo a punto de matarte es algo incómodo quedarse sin saber por qué.
    —Pues, ¿por qué más? Fue un simple entrenamiento —recobró su propiedad oral—. Si con eso te asustaste, contarte no servirá de nada, morirías antes de siquiera llegar a Nehantobira —hubo un silencio—. Pero no pareces agobiado —inspeccionó su brazo con tosquedad—. ¿Te llegaste a interesar?
    —Oye, ser líder del clan no involucra dejar de sentir curiosidad por el enemigo —rió en cuanto fue audible la última palabra.
    —Ojalá tuviéramos suficiente fuerza para considerarnos sus enemigos —divagó, bufando y recobrándose al momento—. Mira, te seré honesto —volvió a observarle—. Eres un ingenuo, y tu ignorancia es inmensa, pero… —le tomó del hombro, ambos cuerpos comenzaron a convertirse en vapor instantáneamente—. Eso nos convendrá, tal y como un auténtico Gyo.

    Continuará.
     

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