Evento Trama Gaze of the abyss | Setsuna & Ruigetsu | Muffin time

Tema en 'Naruto World' iniciado por Ultraviolence, 13 Nov 2018.

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    Dado 1, día 1.

    El fondo fue revuelto hasta que todo el líquido se vio inmerso en un torbellino controlado, incapaz de rebasar el filo de la porcelana blanca. Cuando la pequeña cuchara se detuvo la agitación siguió el mismo camino, regresando a su estado de calma donde un pétalo bailaba creando círculos infinitos cada vez más lentos. La tormenta en un vaso de agua o, en te caso, una taza de té. La información del rinnegan se extendió como pólvora a través del continente y, a pesar de todo ello, pues estaba segura que los espías de Raku no eran los únicos tras la pista, reinaba la confusión. Nadie sabía hacia dónde dirigir sus pasos en realidad. Sus ojos se aventuraron rumbo a la esquina del escritorio para mirar de reojo la carta enviada por Kiseki y así luego extender la mano a fin de volver a leerla. No, efectivamente, no eran muy diferentes en su actuar pero sí en sus motores y maneras. Rumbo al final, señalaba al país del Té como si allí hubiese algo digno de ser indagado. En esta parte del asunto se formulaban dos premisas simples. La primera ¿Cómo había obtenido Kiseki esa información, en caso de ser verídica? Y la segunda ¿Acaso no parecía más una trampa? ¿Por qué querría indicarle el camino correcto? Las únicas interacciones entre ellos fueron sus deseos de matarlo. Y eso Michibiki lo sabía ¿Para qué darle pistas a quien deseaba tu muerte?

    Setsuna sorbió el té. Volvió a recapacitar en las afirmaciones del albino. Si estuviese en su lugar y teniendo en juego algo tan valioso como un dojutsu legendario, lo que menos le importaría sería cazarla. Hacerse del recurso era lo imperante. El razonamiento consecuente sería: tomar las piezas del tablero y posicionarlas de tal forma que pueda ganar, ya sea alejándolas del objetivo o entablándolas con otras piezas importantes para que ambas se anulen. El alejamiento sería poco práctico, por lo cual sería cuestión de tiempo antes de volver a lidiar con ese problema y en el caso de la anulación ¿debía ser la anuladora o la víctima? En cualquier terminaría hallando algo importante, tomando la primera hebra para dar seguimiento al asunto. Era mejor que nada y solo un montón de datos al aire. La trampa no la descartaba del todo, pero el riesgo nunca la amedrentó.

    Iría, no era como él. Y ojalá lo encontrase de una vez por todas para matarlo.

    Quemó la nota hasta hacerla cenizas y se dispuso a partir rumbo al País del Té. Era hora de hacer una visita a aquellas tierras, no es como si no supiera que allí abundaban los samuráis. Ya les había enfrentado junto con el SS, esta vez se encargaría de erradicarlos.


    ―Muy bien, Kiseki. Veamos si pensamos igual―se levantó para comenzar con los preparativos del viaje. Necesitaría a alguien con aves de invocación para hacer un traslado rápido. Era cuestión de tiempo para mirar al resto de las piezas tomar su lugar en el tablero―. En este juego no todos son de madera.

    La primera parada sería el País del Fuego como una pequeña escala antes de ir al Té.
    .
    .
    .
    La calidez y la humedad del País del Fuego se hicieron presentes antes del amanecer. El sol era como una rendija en el horizonte a través de la cual se filtraba un poco de luminiscencia escurrida desde otro plano. El verde comenzó a ganar espacio, señal fidedigna de las tierras fértiles; durante todo el trayecto se cuidó de no perder de vista la costa, manteniéndose en vía recta a fin de no adentrarse lo suficiente para ser detectados. No es como si tuviesen negocios en ese país y evadir las revisiones imperaba si es que se deseaba llegar con prontitud a las tierras del Té. La única escala era necesaria para dar un respiro al invocador, quien no solo usaba su chakra para mantener a un halcón enorme que pudiera llevarlos a los dos, sino también al camuflaje para no ser detectados, al menos no a simple vista. Pericias necesarias.

    El descanso tuvo lugar entre la arboleda, en un paraje que parecía ser tierra de nadie. Un par de horas bastarían para devolverle el aliento a Shintaro.


     
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    Última edición: 13 Nov 2018
  3. St. Mike

    St. Mike Sanguine Sanctum

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    Dado 1, Día 1:
    Puesto en tablero: 05.


    Siquiera pensar en creer información con el sello característico de Kiseki era incómodo. La sola idea de secundar sus sugerencias agraviaba el sentimiento, pero en el papel se hablaba del Hierro con tanta plenitud que hasta cayendo en la trampa terminaría previendo la mayoría de los accidentes posibles. Echó sus piernas y se sentó sobre el suelo en medio de aquel camino en El Fuego, sin nadie, ni siquiera Namida o algún animal, a su alrededor. La humedad asediaba el país durante esos días, sentir la mínima comodidad era un martirio, tanto físico como psicológico. Sus ojos apuntaban al cielo, aunque poco o nada le transmitía suficiente concentración para concentrarse en el entorno, hasta un mercenario de bajo rango hubiese podido tenderle una trampa en aquel momento. Indiferencia a la muerte.

    Cuando creía que el cúmulo contextual era lo suficientemente abrumador, la mayor de las casualidades surgió entre sus pensamientos.

    Tensai transitó más de un problema crítico desde el Hakken Kodai, incluso si se obviaban los de talla internacional. La crisis en la aldea se propagó a tal punto, y tan silentemente, que sólo los concejales manejaban diariamente toda la información; una aparente economía pujante y la vida activa camuflaban todo, pero bien sabían que los problemas sólo comenzaban, y desde luego, oír acerca del Tetsu era un trago de los más amargos. Sólo tuvo que hacer un gesto inconsciente, una mueca, y su mente lo recordó con nitidez: aquella carta tan formalmente pautada para dejar en claro qué tanto le apretaba la soga al cuello, Industrias To sabía cómo ejercer presión en sus intereses, incluso si significaba perder, o invadir por completo a un cliente. Rui sabía de sobra la localización de la sede central, secreta para el resto, pero una verdad consensuada entre el propio dueño y su persona.

    ~~~

    El hombre lanzó tu tarro de madera contra la mesa, con tal fuerza, que todo el bar pudo escucharle, incluso en medio del bullicio; no hubo silencio otorgado ni mayor atención, para su fortuna, sólo eran él y el resto de mineros del riachuelo norte, intentando pasar el día de descanso sin atropellos. Era un grupo conforme de gente conforme, no les interesaba su trabajo más allá del capital que pudiese otorgar, ni mucho menos cuestionar sus condiciones laborales, pero el hombre con el tarro, Udo, siempre se esmeraba en dejar clara su riña ante todo, y esta vez, quería encender el fuego con la violencia acostumbrada.

    ― ¡La ensenada Kikai! ―Nadie en la mesa respondió, como de costumbre―. Estoy segurísimo, es la misma ubicación siempre ―Udo había espiado a uno de los administradores de su sede, Flopi.
    ― ¿Y?
    ―Ya está ebrio otra vez, no le hagan caso.
    ―Iré a la ensenada yo sólo si es necesario. Me van a pagar, pagar todo lo que deben, sí señor.

    Udo, efectivamente, estaba borracho, y quizás el hecho de que por sí mismo era considerado una persona delirante junto a su condición ayudó a que sus compañeros pasaran por alto la información, pidieran otra ronda a la mesa, y continuaran avejentándose junto a la madera. Quién sabe si siquiera el propio Udo tomaría la información en serio después, pero claramente quería seguir balbuceando por el momento.

    ―Los tipos sólo tienen un edificio gigante, ¡pero ni siquiera es una fortaleza! ―su voz empezó a carraspear, nadie lo escuchaba, ¿cuándo alguien tan necio se ha dado cuenta de sus pesares? ―. ¡No le tienen miedo a nadie porque nadie se atreve a ir!
    ―Toma una balsa en el puerto y ve tú, shinobi de primera ―La embriaguez ayudó a que muchos rieran de una ironía tan simple, el alcohol es capaz de mucho.

    Udo empezó a sentirse mareado.

     
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  4. St. Mike

    St. Mike Sanguine Sanctum

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    Dado 2, Día 1 (aunque ya sea día dos, coloco en función al dado que había tirado):
    Puesto en tablero: 17.


    Lanzar algo al mar bastaba para alterar a Nanami. No era invocado hace más de tres meses, y verse tan inmiscuido tan de repente en los planes de Rui le agudizaba los nervios; suerte que su tamaño evitaba notar tales percances, tensiones, incomodidades y hasta temblores que su cuerpo pudiese producir al tener al aguado sobre su lomo. Él acataba, como el resto de Tengoku y Aisu, las órdenes de su presunto salvador, y su temor era tan idéntico o más exponente de lo complicado de la situación que el del resto. El ave sabía, incluso así, que una situación así no era concebible bajo el nombre de su amo, ni siquiera a modo de broma; su miedo, más bien, contenía la preocupación de no saber qué le había sucedido como para terminar así, para que la etnia entera de rapaces y polares le viesen sin poder ignorar el llanto o la angustia, de conciliador a traidor, a pesadilla.

    Nagare nunca se interesó en explicarle, fue aquello probablemente lo que más desató dudas en la mente del sabio, llegando a considerar que los rumores fuesen ciertos, y que aquel muchacho no fuese más que una reencarnación de Namida, condenado o parasitado, pero otro hombre al fin. No le parecía ni un buen momento o lugar para cuestionarle, y en el mejor de los casos, si todo se trataba de una consternación malentendida, conocía lo suficiente al Rui de ese caso para no esperar respuestas rápidas.

    Lamentablemente, sus actitudes no favorecían a calmarle. Una simple mecha de bengala desgastada lanzada contra las aguas a uno de sus costados casi es capaz de exaltar al animal; el ANBU no mostraba ni el más mínimo tacto o intención de comunicarse, una orden simple y sin miramientos fue lo único que llegó a pronunciar: viajar al País del Hierro, en promesa a que su destino se alejaba de las tempestades habituadas en el viaje, una costa inusual ubicada tras la barrera natural de la península oeste, según sus propias palabras, “para una reunión de negocios”. Ni pingüinos ni rapaces solían tener mayores objeciones con los samuráis, sus batallas siempre serían justificadas bajo la subordinación de los ninjas, pero no les interesaba el tema directamente, y aun así, la idea de viajar a Tetsu como destino de reencuentro no era más que un agraviante del resto.

    ―Gira a estribor en diez kilómetros ―sin añadidos ni reflexiones. Por más dudas que tuviese sobre las intenciones de Nagare, al pingüino le quedaba bien claro que su actitud respaldaba los rumores. Como mínimo había cambiado completamente.

    No sería lo suficientemente atrevido como para encarar la situación de frente, al menos no bajo las circunstancias actuales, pero un ave de su carácter era lo suficientemente capaz de expresarse en situaciones así, su ayuda no se convertiría en esclavismo, ni siquiera lo consideraba –por más que otras aves sí lo hubiesen hecho.

    ―Nunca viajé a esa zona, ni siquiera tengo registros en mente. ¿Ahora quieren colonizar zonas abandonadas?
    ―Hm, muy bien.
    ― ¿Qué?
    ―Las anfitrionas. Ellas prefieren que el mundo siga pensando así ―Y sin embargo, Nanami no era capaz de notar mayor diferencia en su tono, igual de despreocupado, de natural. Tranquilizarse o preocuparse aún más estaban igualmente justificados.
    ―Tuve familia aquí ―divagó. Él mismo terminó actuando diferente a su habitual rigidez, y lo sabía; no le era ni propio ni cómodo hablar de sí al aire―. Ni siquiera ellos exploraron ahí, que yo sepa.
    ―Son buenas eligiendo ubicaciones, quizá descubrieron una mina o algo.
    ―Tampoco sabes.
    ―Es la primera vez que vengo, ¿por qué más te traería? ―La capciosidad le cerró el pico ante cualquier respuesta―. Son empresarios, no vas a pelear.

    El chapotear del agua se intensificaba a medida que las costas del país se hacían más y más visibles. El sol comenzaba a bañar el horizonte, y por más oleaje que hubiese, el cielo se negaba a mostrar nubes, no era más que una bóveda de tonos pesados, sin contrastes, a punto de sellarse para dejar ver estrellas, y ni ellas parecían querer aparecer.

    El pingüino comenzó a acelerar su nado, obligando a su jinete a colocarse bufanda y estrechar el abrigo instintivamente. Los vientos del Hierro contrastaban enormemente con los del Agua, como si una barrera invisible dividiera sus atmósferas drásticamente, y era más que notorio cuando la diferencia de temperatura asediaba las pieles de los friolentos como él. Hozuki inmediatamente ejecutó posiciones manuales, grabando un símbolo en su palma con sangre y marcándolo en el lomo del animal al momento.

    Las industrias To brindaban a sus accionistas de interés una técnica protectora en caso de querer asistir a la sede central, un Fuuin inexplicablemente fuerte para la cantidad de chakra que conllevaba, había casos en los que hasta civiles eran capaces de hacerlo; cómo era posible seguía siendo un misterio, al menos para Nagare, y por más dudas que tuviese, no dudaba que Jitna tuviese ya un archivador repleto sobre el tema. Su funcionamiento era simple, pero sumamente efectivo: todo sensor, cualquiera que fuese su sentido de uso, rebotaría sin remedio sobre los marcados, en la práctica, alguien lo suficientemente detallista en búsqueda de moradores en el país podría captar un efecto extraño en el campo visual, mínimo, pero visible. Aunque claro, siempre era más fácil culpar a las ilusiones ópticas, era una técnica funcional gracias al descuido.

    Se acercaban a su destino, trazando una paralela a las costas, aún a varias millas de ellas, pero lo suficientemente avanzados para que el pingüino comenzara a inspeccionar su próxima curva: no supo si fue la noche o la propia potencia de aquellas luces, pero aún a la distancia, el edificio y zona en cuestión eran perfectamente visibles, demasiado como para pasar desapercibido ante la vista de cualquiera. No apremiaba interrogar a Nagare, pero debió deducir que la misma marca de protección les permitía ver la estructura, de lo contrario, habría demasiados convenios desconocidos que justificar antes de pensar en que algo así existiera al roce mismo del país con el océano.

    ―A babor.

    Avanzaron poco más, si acaso dos o tres millas, y debió detenerse ante el súbito erguir de su jinete. Se estiró, procediendo a invocar una avecilla, marcándola y soltándola hacia el frente.

    ―Gracias, eso fue todo.
    ―Te esperaré aquí, no tiene caso que me vaya si me necesitas a la salida.
    ―Tienes razón, aunque no te acerques más, el sello se desactiva y anulan lo que haya en el agua sin autorización.
    ―Qué poca educación, ni me dejan figurar como transporte.
    ―No tengo autorización ―desapareció en un destello. Nanami sólo pudo suspirar.

    Cuídalo, dondequiera que estés.

    Reapareció al instante al primer paso de la ensenada, recogiendo el kunai y sacudiéndole la arena. Caminó serenamente, sin dejar de apreciar el entorno. De todas formas, se valió de la invisibilidad ilusoria, por si el negro de la noche no bastaba. No le extrañaría hallar ninjas entre los guardias, sabía de sobra que To los entrenaba, pero contra samuráis. Comenzaba a preguntarse, en el momento donde más concentración debía tener, si Kiseki no le habría enviado hasta allí con intenciones sabidas hacia la compañía, era más una divagación, pero nadie conocía más que él que las casualidades eran el nombre que los ingenuos le daban a los acuerdos. Ni siquiera le extrañaría ver algún protector del Sonido por allí.

    El pergamino había enunciado un punto mucho más al norte, pero tanto él como la perspicacia de Nanami entendieron que sus razones para ir al Hierro eran previas a este escándalo, y por un asunto mucho más delicado, mucho más personal. Lanzó otro kunai sin ajetreo hacia uno de los costados de la estructura principal: un edificio gigantesco, rústico en arquitectura pero firme y de paredes blindadas. Dos guardias se aproximaron a matar, ambos muertos al instante por dos balas de agua, una por cada índice y a cada cabeza, los cuerpos fueron tragados por el oleaje dejado atrás. La marea subía.

    Una torre de control se hallaba fronteriza a la entrada más cercana, misma donde reposaba un samurái conocido de sobra, pero inexplicablemente en pie: Apolo, con el gesto habitualmente indiferente, divisaba los alrededores con Tao enfundada. El cómo seguía vivo no era más misterioso que su presencia en un frente de To, pero no dejaba de ser llamativo. Ciertamente, su muerte se recordaba ya hace años, y en días imposibles de olvidar, pero habiendo conocido por propia mano la energía de su espada, no le extrañaría algo como aquello.

    El filo de su espada se mostró súbitamente tras colocarla frente así, y el sonido del viento cortándose fue suficiente alerta para que Nagare se supiera descubierto, pero ¿cómo? Intentó huir, sus muñecas y tobillos fueron atrapados por raíces más parecidas a alambres o látigos, nulificando la ilusión; fue la certeza más desagradable de comprobar saber que dichas extensiones portaban energía Yin, y Nami resultó inútil, antes de siquiera pensar en licuarse, la voz del samurái se escuchó:

    ―No te lo recomendaría. Muerte segura por electricidad ―Envainó el arma, al momento de acercarse, colocándose de cuclillas, Ruigetsu ni siquiera tuvo motivos para forcejear, no era un encuentro violento, aunque todavía no entendía el por qué. Apolo le examinó de pies a cabeza―. No te pareces nada al muchacho de La Niebla, pero esa marca en tu cuello es innegable.
    ―El tiempo pasa, unos cambian, otros resucitan ―Por suerte, nada indicaba que Apolo supiera su dominio del Yin, él sólo tendió una trampa en función a cualquier Hozuki, fue mera casualidad que el Inton imbuyese las raíces.
    ―El mismo ―concluyó. Las figuras de dos mujeres en kimonos lustrosos se divisaron desde la entrada al recinto.

    Rui les distinguió de sobra, tal y como lo hacía en cada ocasión que visitaba las oficinas de la industria en Tensai. Sublimado y de rodillas, aunque por sus actos recientes, era tal y como el par de señoras deseaban verle. Dōto y Kuteki, accionistas mayoritarias de la empresa, siempre habían mostrado un comportamiento particularmente maternal ante el ANBU, en el peor y más humillante sentido de la palabra. Se sabían, de alguna forma, superiores a él.

    ―No hay problema en pedir una autorización Nagare, siempre le recibiríamos con gusto ―sonrieron a la par―. No pasa nada, eran dos guardias. El general Apolo sólo está aquí por precaución.
    ―Siempre hay que serlo, ¿no? ―Habló sin mayor jaleo, aunque se sabía en una posición de lo más incómoda―. Tengo mis razones para venir así. No es seguro enviar cartas en estos días.
    ―Por dios Nagare, imagínese que fuésemos a embargar el Horizonte sin avisar, ¿cómo respondería a eso? Mínimo busque comunicarse ―dicho por Kuteki, era ese desdichado tonito de sermón, siempre dejando bien en claro cuánto le apretaba la soga al cuello―. Imaginamos que no está aquí para hablar de la deuda.
    ―No tengo problema en ello ―su facilidad les era ajena a ambas, no reaccionaron más que sorprendidas―. Y con alguien como él me hace tenerlos todavía menos ―miró al samurái sin pesar, casi como un aliado.
    ― ¿Hm?
    ― Les traigo una propuesta de inversión ―No lo habían notado, y por fortuna no mostraban ganas de amedrentarle. El clon del aguado se preparaba a dialogar calmadamente, el auténtico debía concentrarse en inspeccionar el edificio.

     
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    Última edición: 14 Nov 2018
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    Hubo un poco más de mar antes de volver a mirar una costa, esta vez la del país destino. La invocación desplegaba sus poderosas alas, avanzando varios metros por cada batir de sus extremidades o bien planeando sobre las corrientes. A momentos se veían en la necesidad de atravesar cúmulos de nubes que, ingrávidas, se antojaban como islotes de neblina. Desde aquellas alturas los pescadores del País del Té se veían diminutos arrojando sus redes en las orillas, otros en sus barcas vacilantes sin percatarse de los intrusos que surcaban el cielo. Setsuna sintió el remover de ciertos recuerdos, en especial los de su escuadrón que en ese momento se hallaba en prisión. De no haber sido por la guerra civil estarían acompañándola en aquella travesía.

    El cabello rojizo de la mujer se mantenía en agitación, formando ondas traviesas conforme surcaban los cielos. El sol en su totalidad brindaba el baño de luz pertinente sobre lo que eran los extensos campos, alumbrando la gracia de sus retoños. Por un momento pensó en retomar las coordenadas del campamento samurái que terminó en cenizas en su pasado enfrentamiento, previniendo que cualquier rastro sería útil. Sin embargo, lo que menos deseaba era alborotar el hormiguero sin necesidad.

    Espero instrucciones ―anunció Shintaro, alzando la vista hacia las montañas que se hallaban más adelante, no eran necesariamente grandes elevaciones, su función principal parecía ser formar un valle poco profundo. Verde por todos lados. Himekami simplemente acarició el plumaje del animal con parsimonia― ¿General?

    Sigue avanzando hasta que veas Chagakure a lo lejos, una vez allí muévete al este― dijo sin alzar la mirada. Shintaro la repasó con la vista y un aire de sospecha, parecía saber específicamente hacia dónde dirigirse. Por supuesto que no le había revelado nada más allá de necesitar su servicio.

    ¿Busca algo?

    Sigo mi intuición―por supuesto que no iba a decirle la verdad, que un enemigo de las naciones se tomó la molestia de darle una pista. Y es que más que simplemente decantarse por la influencia era la experiencia pasada de saber que en el Té existían más asentamientos samurái que en cualquier otra parte de Modan. La neutralidad de esas tierras la volvía el blanco perfecto y, como bien se enteró anteriormente, un puente para la invasión de Kaze no kuni. Rememoraba la información dada por el peliblanco, la existencia de un poblado pequeño, ¡Qué va! Insignificante, asentándose cerca del pantano. Después de todo ¿Quién iría hacia allí si no era por causa de la prisión. La peligrosidad lo volvía un sitio inaccesible, pero claro que estos samuráis no vivían dentro, sino afuera, en un sitio donde Numa no Akuma colindaba con la nada. Y allí, entre la vegetación espesa, se sostenían unas cuantas casuchas para dar asilo a los pasantes del Hierro. “Ávida para enterarse de los secretos de los demás”, enunciaba la carta. Y eso solamente podía significar una cosa. Detuvo las caricias al emplumado para asomarse a la brújula que Shintaro sostenía en la mano. En cualquier momento la ciudad sede de la Alianza Shinobi debería aparecer en el horizonte. Después de todo, Shintaro era muy bueno en las navegaciones y no sería la primera vez que recorría el continente. En cierta medida formaba parte del grupo de espías que mantenían a la aldea informada de los acontecimientos. Por eso mismo fue que se aventuró a continuar con la conversación, no era para nada ignorante de la situación y rumores que corrían por todo Modan.

    Creo que anda tras la pista de los ojos ¿Me equivoco? ―en un solo movimiento el invocador cerró la cúpula de la brújula y la introdujo en su bolsillo. Los kilómetros eran devorados con facilidad bajo las alas del halcón, ni siquiera su sombra se proyectaba ahora que el sol subía en su escalinata rumbo el medio día. Esdesu hizo amago de arreglar su cabello, colocando un mechón detrás de su oreja, rodó los ojos hacia él.

    ―confesó―, y seguramente te estarás preguntando por qué no traje más ninjas conmigo.

    Ahora mismo tengo miedo de que me mate― por supuesto, sería mucho más fácil matar a uno solo que a varios y así eliminar todo rastro. El varón tragó en seco, solo se sintió mínimamente aliviado cuando la miró negar con la cabeza, no le convencía. Aferró los dedos a las plumas del ave. Chagakure se asomó en forma de cúspide de un edificio y, de forma silente, hubo un cambio de trayectoria hacia el este. No había intenciones de alertar a los guardias de allí.

    No lo haré. Lo prometo.

    Shintaro obedeció las instrucciones a través de un silencio tenso que parecía picarle como agujas, hasta que al cabo de una hora vio a la extensa arboleda morir lentamente. Las selvas comenzaban a consumirse para transformarse en pantanos y más allá, como inmerso en una dimensión oscura: Numa no Akuma. El propio animal sentía rechazo de acercarse allí por más que las órdenes de su invocador fuese solo bordear el área de cerca. A manera de un punto ínfimo, logró verse la prisión de alta seguridad gracias a su altura. Ese tampoco era su destino. Rodear el área peligrosa les llevó más tiempo del previsto hasta que la lejanía volvió a verse reflejada en el nuevo florecer del paraje. Los árboles comenzando a salpicar la tierra, cada vez más altos y frondosos, dejando atrás el aura de muerte, incluso el aire se antojaba menos denso para volar y respirar.

    Aquí es.

    ¿Eh? ―el varón clavó la mirada en tierra no pudiendo ver más que la soledad de las tierras indómitas. Con todo, no le quedó más que descender para dejar a su pasajera. Incluso en tierra, los ojos de Shintaro escudriñaban con cuidado deseando hallar alguna pista de lo que la mujer buscaba. Los nervios seguían allí ¡Qué bonito lugar en la nada para morir!

    Puedes volver, voy sola a partir de aquí.

    .

    .

    .


    Medio día. Setsuna montaba un zorro para desplazarse, mientras otros varios se esparcían por el área en búsqueda del pueblo samurái con su habilidad para pasar desapercibidos. Trampa o no, pronto lo descubriría. Si la información de Kiseki era un engaño cabían dos posibilidades; la primera: que allí lo hubiese nada. La segunda: que estuviese lleno de samuráis. Sin embargo, tras un poco más de avance, unas de las copias de Taiyo encontró un asentamiento de civilización. Según el hallazgo el número de estructuras no superaban las diez unidades: la información de Michibiki era cierta. Aproximándose con cuidado fue evidente la presencia de tres samurái apostados en el umbral de la más grande estructura. Por ley, algo debía esconder el sitio, aunque todavía resultaba un misterio la existencia de ese sitio, sin duda levantado después de la construcción de la prisión ¿Qué es lo que debía encontrar?

    No dejen escapar a nadie ―dijo a sus zorros, agazapados y cubiertos por el chakra de un genjutsu―y en la medida de lo posible no maten a los más viejos. Nadie debe dar aviso. Aprovecharemos el factor sorpresa―le bastó hacer unos sellos para crear tres copias más de sí misma. Sería una llegada intempestiva que neutralizara a los habitantes para arrebatarles sus secretos. Taiyo y el resto asintieron, rodeando la zona para encerrarles, a la señal el ataque comenzaría.

    Uno de los sujetos salió de la casa, arrastraba consigo un bulto del cual sobresalían los mangos propios de las herramientas de metal. Y en abundancia al parecer. El ser un hombre desarrollado y de edad madura no le bastaba para cargarse todo al hombro. Con un chiflido llamó a alguien más, un joven de unos quince años vestido con harapos y cara mugrienta, como si en lugar de lavarse la cara con agua lo hiciese con ceniza. Un esclavo. Éste se agachó para intentar levantar el bulto con sus brazos huesudos para alzarlo tal como se haría con un bebé, pero tanto ellos como sus piernas flaquearon, haciéndoselo imposible. No le quedó más que ir por otro saco y dividir las herramientas. Esdesu miró que correspondían a las útiles para la minería. Con ello en mente concluyó que el sitio era habitado por una especie de jefes que dirigían la actividad y sus esclavos, los encargados de las tareas pesadas. Pero ¿Qué podían sacar de allí? ¿Hierro o cobre?

    Vaya que eres un inútil―se quejó el hombre mayor sin mover más las manos―. No me hagas tener que cambiarte por Chi…―sus palabras quedaron a medias cuando una corriente de agua se abalanzó no contra él, sino con la estructura y las siguientes, derribándoles el techo y en algunos casos las pareces. El sujeto había dado un grito, agachándose cuando los escombros comenzaron a caer fácilmente dada la fragilidad de las construcciones. Los gritos y el derrumbe generalizado hicieron salir a sus habitantes, asustados. Los samuráis se movilizaron, uno de ellos acudió en auxilio a un sujeto y los otros dos, rumbo a la fuente del problema.

    ¡Es un ninja! ―se escuchó decir. La gente, que no debía pasar las treinta personas, comenzó a correr rumbo al bosque para escapar, topándose con fuerzas invisibles que les derribaron en el acto, como chocar contra un tronco. Algunos murieron al instante por el impacto, otros perdieron la cabeza en las fauces de los zorros en el afán de no dejar ir a nadie y unos cuantos más fueron rebanados por un arma tan invisible como las bestias. El corte de tajo en las piernas no les dejó más opción que arrastrarse lastimosamente hacia la muerte lenta o, peor aún, al interrogatorio. Para quienes hicieron amago de luchar, en este caso los guardias y algunos soldados, se encontraron también con las copias de la mujer. Una masacre silente, sin fuego ni explosiones. Setsuna se encaminó a seguir al único samurái que no respondió al ataque directo, encontrándose con un hombre canoso sentado en un escritorio lleno de documentos, los cuales había recogido para sí, acaparándolos desordenadamente entre sus brazos. El samurái estaba delante.

    Hiyon, no dejes que se acerque ¡Que no se acerque! ―el sujeto asintió y batió su alabarda, llenándola de electricidad. Un simple contacto debería bastar para entumecer a la mujer y matarla. Abanicó el aire y giró sobre sus pies dispuesto a defenderse de lo que venía. Lo sentía venir. Sin embargo aquello distaba de ser material, pues aun atinando su arma aquella mano enorme salida del infierno se abalanzó sobre él por más chakra que bombeara, dejando incluso salir rayos descontroladamente. Algunos fueron disparados hacia las paredes e incluso cerca del individuo que buscaba proteger, todo ello en medio de unos gritos desesperados que desgarraban su garganta con la misma intensidad con que su alma estaba siendo arrancada del centro de su ser. Con la diestra, y al no poder acercarse al objetivo, dejó ir una de sus cadenas doradas para enredársela en el cuello al sujeto, luego la hizo estallar, provocándole una muerte instantánea y finalmente el cesar de la electricidad. Los sesos salpicaron el escritorio del viejo. Éste temblaba en medio de un sudor frío. Sus ojos casi se desorbitaron por la materia gris palpitante que se le acercó. Así o más fácil sería acabar con su vida. El caso en el fondo también comenzaba a cesar, señal de que, uno a uno, iban muriendo.

    ¡Uste-ustedes los ninjas son… son ―tartamudeó―¡son unos monstruos!

    También el que esclaviza es un monstruo, no somos tan distintos―volteó hacia él. El viejo se paró de la silla, dejando los documentos solo para esconderse detrás del escritorio. Allí escondía su pánico inminente. Él nunca había querido ir allí. Sabía lo peligroso que era instalarse en territorio ninja, no importaba el nombre del país, nunca dejaba de ser un suicidio. El dinero no solventaría su vida. Maldita expedición. Maldito dinero. Maldita ambición. Se apretó la cabeza y cerró los ojos, deseando que todo aquello fuese una pesadilla. Setsuna observaba el sitio, llegó a levantar algunos papeles con las puntas de los dedos. Algunos de ellos estaban firmados por la misma pluma que descansaba en el escritorio, el título de aquel hombre era importante, una especie de canciller, pero no necesariamente del gobierno. Entonces ¿Quién sería lo suficientemente valiente para instalarse en Modan si no era por asuntos militares?

    Te dejamos ocho ―anunció Taiyo asomando el hocico manchado de sangre―, será mejor que te apresuren antes de que mueran.

    Los analizaré con mis copias. Necesito hacer un interrogatorio aquí. ¿Nadie escapó?

    Ni uno.

    Sostuvo el documento con los dedos y habló, a sabiendas que el sujeto la escucharía, allí, en posición fetal debajo del escritorio.

    Tú debes ser Totoro Hian. Vienes del país del Hierro, al parecer.

    ¿Qué quieres de mí? Mátame de una vez como hiciste con todos.

    No. Necesito hablar contigo― en ese momento, Setsuna rodeó el mueble y alargó la mano para levantar el cuerpo del tipo y ponerlo sobre la silla, como si lo estuviese haciendo con un muñeco. Incluso anduvo más allá para tomar la tetera y dejar caer un poco del líquido sobre una taza rota que colocó delante de Totoro. Estaba tan asustado que no pudo moverse ni pensar en correr mientras la pelirroja le daba la espalda. Él no era un hombre de guerra, sino un negociante. Un negociante que terminó convencido, o más bien, embaucado, para aventurarse al trabajo más peligroso de su vida y de todo Tetsu no Kuni. La porcelana dañada fue puesta delante de él. Las fisuras dejaban filtrar el líquido lentamente y éste comenzaba a gotear en el filo de la mesa. Totoro entendió que aquello era una especie de reloj, o quizás debía bebérselo ¿Qué mierda esperaba esa mujer de él?

    Yo no sé nada, no tengo nada que ver con el Shogun. Solo estoy aquí por culpa de un contrato, una deuda que debo pagar.

    ¿Qué hacían aquí?

    Es una expedición. Buscábamos sitios para hacer minas, tanteaba terreno a sabiendas de que nadie viene aquí. Digo, yo no quería venir, me obligaron y así terminé dirigiendo este proyecto. Como bien sabes, nadie desea venir a Modan por voluntad propia, no importa lo que digan del honor, el honor no vale si no hay vida―Esdesu no pudo evitar recordar al campamento samurái del oeste, se preguntaba si a ellos también los habían obligado usando el dogma del honor para hacerlo más tolerable―. Mira, seré tu esclavo si no me matas. Haré lo que quieras.

    Quédate quieto ― Toroto pareció mirar un fulgor extraño en la fémina, luego una cadena salió de su mano, muy parecida a la que había terminado por estallar la cabeza de su guarda. Cerró los ojos, era su fin. Sin embargo ningún dolor llegó a pesar de que esa cosa atravesaba su cuerpo. Se quedó estático de miedo mientras Setsuna escrutaba su alma, así pudo comprobar que lo que decía era verdad. No pertenecía a intenciones del Shogun, sino a particulares del País del Hierro, una empresa que estaba interesada en Modan, no solamente como negocio bilateral, sino para explotación. Esa expedición no había sido más que una forma de extraer minerales a las espaldas del continente ninja, en un sitio donde supuestamente nadie debería habitar ni frecuentar. Entre los pensamientos de Totoro, rescató una reflexión personal importante basada en recuerdos mucho más antiguos: aquella empresa era capaz de traicionar a su propio gobierno y de hecho, no sería una las veces que intervinieran en los propios planes del Shogun por y para su beneficio. Eso sí, desde las sombras. Su poder se los permitía. De hecho, el temor de ese hombre para con ellos era real, les creía capaces de hacer lo que fuese, y si no hubiese aceptado venir a Modan la muerte le esperaba en sus propias tierras.

    Así que Industrias To…―susurró la mujer para sorpresa del varón. En todo caso ¿Qué tenía que ver eso con los ojos robados del imperio samurái? ¿Acaso habían sido capaces de robar el tesoro del Shogun o propiciar su desaparición? ―Háblame más de ellos. No te mataré.


     
    Última edición: 14 Nov 2018
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    El gotear se ralentizó de forma notable, significaba que el té dentro de la taza finalmente había terminado de filtrarse y, con ello, culminaba el tiempo. Totoro Hian tragó en seco presintiendo su muerte, incapaz de creer en la promesa de Setsuna. Ella se mantenía sentada delante de él, escudriñando su alma y conforme el tiempo resbalaba más profundo podía llegar en sus recuerdos. El sujeto en cuestión era un hombre de clase alta, negociante hábil en el tema de las tierras, hábil hasta que comenzó a hacer tratos con Industrias To. Ese fue el inicio de su ruina, contratos fraudulentos y exorbitantes intereses le hicieron esclavo de sus acreedores hasta terminar en Modan en contra de sus deseos. La información que sabía de ellos venía más de suposiciones y conversaciones en las que estuvo presente por accidente que por realmente estar inmiscuido con ellos. No era más que un peón dentro de sus filas. Con todo, le sería útil para lo que era el siguiente paso. Además, la relación con el asunto del rinnegan aún se miraba distante pero era, al menos, una hebra de la cual poder jalar. Deshizo la unión con el hombre y hasta entonces el resto de sus copias desaparecieron, fundiendo sus mentes con la suya y así completar el rompecabezas. Uno de los hombres, el que vio peleando con el esclavo, sabía algo. En su interior sospechaba del codiciado tesoro del Shogun, no daba con la palabra clave, pero poseía en su conocimiento que Industrias To en ninguna manera se mantendría de brazos cruzados. No tenía idea de que se trataba del rinnegan, pero sí de la magnitud de su importancia.

    ¿Quién es Kiangu y en qué se relacionaba con el gobierno del Shogún? ―inquirió la pelirroja para referirse al sujeto de las herramientas y su esclavo, por medio del escrutinio de su alma era que conocía su nombre.

    Es el sobrino algún mandamás. Él sabe de minería―quizás su escala en la jerarquía no era alta, pero compartir la sangre con alguno de los cabecillas le daba acceso a ciertos secretos. Con esto quedaba claro que Industrias To sabía del rinnengan y que, al menos, pensaba hacer algo al respecto. Quedaba en el aire si realmente movieron los hilos para provocar o hacer el robo―. Se encargaba de salir con los esclavos a buscar sitios para excavar. Un total brabucón que no servía para nada más que quejarse y dar órdenes―. Todo aquello se veía respaldado con la información obtenida del mismísimo Kiangu―. Respecto a lo del Shogún, no tengo idea. Siempre supe que formaba parte de la empresa, pero no del gobierno.

    Ya veo ―Setsuna se hallaba sentada sobre el escritorio escuchándolo, encajando la información obtenida en la recopilación. Varias historias de desgracia se conjugaban para dar forma a una extensión de aquella empresa voraz que sí, estaba a favor del Shogún, pero jugaba sus propias cartas. Una institución de poder que se sentía lo suficientemente fuerte para inferir en Modan. Aquel espacio sería solo un rincón de los muchos sitios de operación, incluso no descartaba la intrepidez de haber creado negocios con las mismísimas aldeas shinobi. Recordó el episodio en el que las líderes de la Tormenta se vieron inmiscuidas en tratos con samuráis, haciéndoles sospechosas directas de haber ayudado en la instalación de Hachiman y demás. No sería de sorprenderse si existiera alguna más trabajando para ellos. Cruzó la pierna y echó el cuerpo para atrás, apoyándose con una mano. El asunto se volvía una apuesta. Industrias To podría tener el rinnegan, porque tenía conocimiento de él. Eso lo hacía un jugador importante. Ahora bien, existía la posibilidad que no resguardasen el tesoro en sus tierras y sí en algún sitio de Modan, cosa mucho más inaccesible para el resto de samuráis pero también expuesto para los ninjas ¿Qué sería peor? ¿Qué cayera en manos de otros samuráis o de los ninjas? De cualquier forma, viajar sola hasta Tetsu no Kuni era una hazaña peligrosa, tan intrépida y estúpida como lo que ellos hacían en el País del Té. Aún más con la premisa carente de motivos suficientes para tomar tal riesgo. Pero eso no era todo lo que le intrigaba. Hian la miraba tembloroso, a expensas de morir en cualquier momento, notar que la mujer poseía un extraño poder para saber las cosas le causaba escalofríos desde la médula. Desde su hallazgo se le antojó que sus ideas ya no eran suyas y que podrían ser robadas más sus ojos no mentían, a momentos echaba un vistazo a las piernas femeninas, haciéndose a la idea de que si pensaba algo malo ella los sabría al instante. Se llevó las manos a la cara para cubrirse.

    Sé que hay un grupo pequeño en Nami no Kuni―gracias a él, por supuesto―. Allí sí hay gente del Shogún ―de la cual podría extraer más información y asegurarse si valía la pena ir hasta Tetsu―. Así que iremos hacia allá.

    ¿Cómo? ―alzó el rostro, sorprendido.

    En tus barcos, por supuesto ―en un solo movimiento se puso de pie, con una sonrisa en su rostro. Un acto que no muchos eran capaces de presenciar. Sin embargo Totoro no hizo más que mirar el rebote de sus pechos, ignorando el gesto maquiavélico. Setsuna comenzó a considerar todo aquello como una especie de entretención ¿Quién llegaría al tesoro primero? ¿De verdad se estaba tomando en serio el asunto? En ese punto bien podría dar la vuelta y regresar a Raku, pero la muerte la llamaba a ella y ella a la muerte a bailar una pieza―. Levántate. Es hora de partir.

    Si los matas ―dijo refiriéndose a la gente que estaba en la costa con los barcos que cada quince días salían por provisiones y llevaban la información recaudada―, yo no sé navegar.

    No hará falta. Tú mismo les dirás que nos lleven al país de las Olas. Yo me convertiré en Kiangu. Te daré órdenes mentalmente y tú deberás ejecutarlas. Al primer intento de hacer lo contrario, los mataré a todos así estemos en altamar―. Totoro no entendió el pedimento en ese momento, sin embargo, antes de llegar a la costa montados en animales enormes, la mujer cambio de forma, tomando la apariencia de Kiangu.



    Un navío de mediana envergadura se mantenía a flote, atado con una cuerda gruesísima a una estaca clavada en la orilla, ésta debía tener al menos la altura de un hombre promedio. Los tripulantes no tardaron en advertir la presencia de Totoru y Kiangu, saludando desde lo lejos a los varones que caminaban entre la vegetación.

    ¡Son unos suicidas! ¿Dónde están los guardias? ―Kiangu colocó la mano pesadamente sobre el hombro del más viejo, era hora de comenzar con la actuación.

    No fue necesario, estábamos cerca de aquí ―se tocó la espalda después de saltar un arbusto, auxiliado prontamente por alguno de la tripulación bajo la mirada indiferente del rubio acompañante, cumpliendo con su personalidad egoísta―. De hecho, necesito que me llevan a Nami no Kuni.

    No es fin de semana.

    Lo sé, pero de verdad necesito hablar con Mashiro. Bueno ―miró a Kiangu―, necesitamos. Tuvimos un hallazgo importante―mentir le hizo sentir miserable, un joven de doce años era quien le sujetaba del brazo y la pena de mirarlo morir en unas horas le hizo constipar el rostro―. Mi espalda no anda bien―justificó―. Pero debemos ir, muévanse por favor―¿Hasta dónde era capaz de llegar un hombre para salvar su propia vida? A menospreciar la de los demás. Con el rostro ensombrecido se montó en el navío junto con el rubio que, con mala cara, se mantenía callado. Hubo gritos entre la tripulación para desatar la soga y desplegar las velas, tenían el viento a favor. Totoro miró cómo el navío se alejaba de la orilla rumbo a mar abierto para condena de aquellos hombres, sintió el instinto de lanzarse por la borda y morir de una vez antes que envolver a gente inocente. Pero temía perder su propia vida y, al final, huir y decir la verdad no salvaría la de los demás. Recargó los antebrazos para recargarse en el marco de madera mientras el resto iba de aquí para allá, ajustando el rumbo hacia el campamento oculto en el país de las Olas. Entonces volvió a sentir el apretón fuerte sobre su hombro, volteó con miedo para encontrarse con los ojos fríos de Kiangu, transmitiendo el aura de la mujer ¿O es que ya la veía en todos lados?

    “Si cooperas, no los mataré.”

    ¿Pero qué había de la gente del campamento? Apretó los labios para no hablar. Se dijo que al haber sido obligado a venir a Modan lo menos que podía hacer era vengarse ¿no? Si no fuese porque era una persona “valiosa” ya estaría muerto junto con los demás. Nadie encontraría su cuerpo, su esposa no tendría donde llorar. Y si lograba sobrevivir, y si le ayudaba a encontrar lo que estaba buscando, esa mujer podría ser la que terminase llevándolo de vuelta. Lo pensarían muerto, porque obviamente todos los del campamento iban a ser asesinados. Nadie podría dar fe de su existencia. Alzó el rostro, esbozando una sonrisa retorcida. Entonces, sería un hombre libre, libre de la deuda con Industrias To. Se cambiaría la identidad, mandaría a traer a su esposa y comenzaría una nueva vida. Se volteó para mirar a la tripulación, a cambio de la existencia de esos hombres y unos cuantos más, podría obtener su libertad ¿Acaso no haría lo mismo cualquiera de ellos al estar en su posición? El humano era egoísta por naturaleza. Un monstruo. No podían culparlo. En aquel mundo podrido eras víctima o victimario.

    Las olas rompían contra el casco, la tierra ya no era visible desde ese punto en el mar. El trayecto duraría unas cuantas horas, por lo cual el atardecer les agarraría en el camino, las posibilidades de llegar con luz diurna eran buenas si el viento continuaba igual. El cielo se mantenía despejado y claro, contrastando con el azul profundo de las aguas. Había algo de música, alguien tocaba la armónica para pasar el rato y otros lanzaban una red para pescar algo.

    Dígame qué hallazgo tuvieron ―preguntó el chico de catorce años, jalando las telas del costoso abrigo de Totoro. Las labores estaban cubiertas por el momento, así que aprovechó para saciar su curiosidad, siempre le pareció asombrosa la labor de aquellos hombres. Inocencia, hambre o ignorancia, era de los pocos allí que se habían unido por voluntad.

    Es un secreto, pequeño, no te lo puedo contar ―sonrió, sus facciones se habían compuesto luego de un rato, muy a diferencia de cuando llegaron al navío. Había cierta autosuficiencia. El joven lo notó.

    Veo que ya no le duele la espalda.

    Efectivamente, ya no me duele.


     
  7. St. Mike

    St. Mike Sanguine Sanctum

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    Los métodos para mantener a flote el status de una institución, en muchos casos, suelen basarse en que la reputación debe ser justificada por la pérdida del asociado, y no de la empresa; por ello, ni Udo ni niguno de sus compañeros tomaron la citación a la sede como algo fuera de lo común. To tenía un modelo de negocios envidiable en más de un sentido, no sólo por su capacidad de generar ingresos con ganancias ridículas, sino también por el módulo de empleados que lograban manejar. Fuese un excelente agente para seleccionar al personal, una política de trabajo basada en el máximo rendimiento inhumanamente posible o la versatilidad para extorsionar, era muy poco el tiempo que un recién llegado a la industria tardaba en percatarse de cómo funcionaban las cosas en realidad, y la gran mayoría, exceptuando al ebrio, eran lo suficientemente ingenuos como para aceptar, todo fuese por el dinero.

    El llamado vino con nombre y apellido por parte de uno de los agentes administrativos de la sede, enviado personalmente al bar de costumbre para escoltar al dichoso: Udo Shibuki. No era mera casualidad que un hombre fuese tan fácil de encontrar en medio de una aldea tan habitada, To depositaba una gran cantidad de capital en negocios específicos, y sobre todo, monitoreados, para que ofrecieran ofertas que se adecuaran a las ínfimas ganancias de sus empleados; un medio extraño, pero así se garantizaban el saber dónde encontrarlos. Siempre rondaban los mismos edificios, las mismas calles, era un laberinto sin paredes en el que decidían perderse a voluntad. Y entre aquellos que no caían en el juego, justamente, estaba el señor Udo. Claro que la empresa no actuaba hasta tener pruebas lícitas de la rebeldía, “un comportamiento antiproductivo”, así figuraba en el contrato; bastaba con escuchar las palabras mágicas de desobediencia y descuido para que un funcionario actuara.

    En muchos casos, el citado no sólo era despedido, sino exiliado o ejecutado según la gravedad de sus actos; burocracias que permitían tales actos eran ampliamente secundadas por los propios empleados al siquiera molestarse en leer lo que ellos mismos firmaban. Los procedimientos eran pulcros, sin rumores ni escándalos de por medio, todo era anunciado como cualquier otra noticia dentro de las instalaciones, y hasta había procesos de luto integrados al trabajo de campo. Nada se les escapaba. Aunque claro, los procedimientos relacionados con ejecución siempre iban de la mano a personas sabidas de tener contactos con gente dentro de la milicia local, ¿quién se molestaría en procesar a un ebrio como Udo?

    En realidad, sí había alguien. El jefe de la sede Norte de To ostentaba tal puesto por un motivo, y sólo por ese: tenía una percepción afiladísima de lo que ocurriese en su entorno, y si consideraba que alguien podía ser mínimamente peligroso tras el despido, mínimo se encargaba de borrarles la memoria. Él era el encargado de recibir quejas de ambas sedes y finiquitar sus sentencias. ¿Pero Udo? Él, especialmente, era desconsiderado como uno de los mineros más reemplazables; sin historial destacable, ni para bien ni para mal, una insignificancia en las operaciones, e incluso así, era objeto de duda en cuanto a cómo proceder tras que el informante confirmara entre sus balbuceos la confirmación de que había espiado los cargamentos.

    La transición ocurrió tan rápido como le fue posible al escolta cumplirla. Cruzaron el anillo externo del Horizonte, por aquellos días monitoreado bajo órdenes de una situación desconocida, hasta llegar al puente que conectaba con el edificio administrativo de la corporación. Las minas seguían repletas de trabajadores todo el tiempo, y lo único visible en aquella noche era el brillo de los metales contra la luna y la entrada seguía tan disponible, tanto para nuevos trabajadores como cambios de turno, siempre en movimiento, como un motor orgánico.

    El sólo entrar cambiaba por completo las sensaciones. La intemperie nunca cesaba en humedad y bruma, pero dentro, la sofisticación de aquella estructura le permitía ostentar temperaturas agradables por siempre, como un clima interno e invariable. Ascendieron a través de un ascensor metálico, sin poleas ni engranajes visibles. Toda la sistematización hacía sentir no sólo pequeños a los visitantes, sino ajenos, casi ante algo fuera de este mundo.

    Llegaron al undécimo piso, y en él, la figura de otro hombre en kimono negro ceremonial les esperaba, guiándoles hasta la oficina más grande del recinto, misma donde se firmaban los contratos de ingreso. Abrieron la puerta corrediza sin mínima cautela, ambos escoltas tomaron posición junto al supervisor, un hombre de mediana edad, con cabello canoso y alargado, pero sumamente sofisticado y arreglado, hasta su barba era envidiable para los estándares de Modan en cuanto a estilismo.

    ―Tome asiento ―el hombre le señaló con un abanico el banco justo frente a él, sólo apartado por el mesón, donde únicamente reposaba una hoja y una pluma.
    El gesto de Udo no dejaba de ser enfermizo, alcoholizado y tambaleante, más dormido que despierto. El anciano le alertó apoyando el abanico sobre la mesa. Arremangó su traje y buscó comodidad en su silla. Un silencio les apartó de comenzar la charla, el propio Udo lo cortó:
    ― ¿Qué? ―carraspeó con pesar.
    ―Queda oficialmente despedido y libre de todo acuerdo con la industria, puede retirarse ―su educación sólo fue comparable a su firmeza. Miraba con ahínco al aludido, aunque él sólo mantenía su vista al frente por el aturdimiento. Sin embargo, logró captar todo al pie de la letra.
    ― ¡¿Y por qué?! ―Soltó ruidosamente, esforzándose por no balbucear, arrugando la carta de renuncia con su brazo sin percatarse―. ¡¿No soy suficiente para la empresa?! ―recobró rectitud.
    ―Se ha notificado un incidente relacionado con usted y la dirección de la empresa me ha pedido despedirle sin reprimendas. Es libre de marcharse.

    En su embriaguez, poco o nada se percataba de lo que sucedía, del cómo se estaba salvando de la muerte. Apoyó ambas palmas contra la mesa toscamente, reclinándose hacia delante para observar, con el ceño enfermizamente fruncido al hombre.

    ― ¿Quién es?
    ― Su ex encargado ―No se molestaría en continuar, Udo no era más que un esperpento, claramente―. Escóltenlo a la salida.

    Ambos le llevaron por el camino de regreso hasta la salida del puente, cerrando celosamente cualquier entrada al edificio una vez estuvieron fuera. Shibuki sólo volteó, trastabillando y viéndoles, casi inconsciente, antes de marcharse, entre pasos débiles, de vuelta al interior de la aldea. Caminó un par de kilómetros de la misma forma, hasta que la espesura del bosque le rodeara. Cuando vio el momento oportuno, espabiló y se lanzó tras el tronco de un roble, sosteniendo cuidadosamente algo entre ambas manos; no fue hasta que se sentó, limpiando sus orbes que pronto recuperaron claridad, junto con el rubor de sus mejillas desvaneciéndose, que verificó el contenido: un sello se hallaba plasmado entre sus manos.

    ―Un fuuin de transporte ―sonrió morbosamente, intentando no gritar de la emoción―. Aquí está… ¡Aquí está!

    ~~~

    La infiltración, por el momento, transcurría con éxito. Fue mera fortuna enviar un clon hacia el sector del edificio donde un inexplicable Apolo le esperaba, no podía ni imaginarse si era capaz de rastrear su energía dentro de las instalaciones, pero el clon era lo suficientemente hábil para mantenerles, tanto a él como a Dōto y Kuteki, plenamente distraídos. La estructura parecía más bien un hangar, con paredes de concreto ásperas e inmensas, y ventanales más parecidos a una piedra blindada que otra cosa. Se creía seguro de posibles altercados con otros guardias, lo suficiente como para avanzar mediante Nami. Otro clon fue enviado a las afueras opuestas del sector, por detrás de la costa, donde se ubicaban varios almacenes y un sendero hacia las montañas.

    Nagare aprovechó cada segundo que su clon pudiese otorgar, sin dejar un gesto centrado, hasta ligeramente amargado. Más allá de To, los rumores y Tensai, una espina comenzaba a punzarle con fuerza, el recuerdo de lo último relacionado con los Otsutsuki que logró generar una situación a gran escala, eran sólo ideas fugaces, por el momento, pero no tardaban en hacerse nítidas, punzantes. Las oficinas, tal y como Jitna había previsto, funcionaban bajo la dirección de ambas directoras, con un grupo subordinado de clones alimentados por una fuente de chakra desconocida, pero la suficiente para lograr que civiles de su estirpe mantuvieran una economía humana entera andando gracias a sus mentes. Dejó que una de sus ranas más pequeñas prosiguiera el avance hasta tomar cierta profundidad, la suficiente como para creerse en una zona menos visible.

    El animal se escabulló entre recovecos, orificios diminutos y rendijas hasta llegar a un pasillo largo y estrecho, sin ruido ni nadie en las cercanías.

    Por su lado, el clon continuaba con la treta, sin dejar de fijar su atención en Apolo, incluso inconscientemente.

    ―El duunvirato estudió cómo podían mejorar, encontramos muchas posibilidades ―Las mujeres sólo pudieron reír con picardía en reacción.
    ―Me encantaría oírlos, deben ser impresionantes si te obligó a venir, mucho más como para pronunciarte en favor de un convicto tan fácilmente.
    ―Considérenlo… la última buena obra de Hogaku ―soltó una sonrisa―. Hay una isla al norte del… ―Doto le interrumpió con aburrimiento.
    ―Conocemos de sobra la realidad de Fukitsuna. No acceden a nuestros servicios ni queremos los suyos ―el silencio del ANBU llamó su atención―. Pero eso ya lo sabías, ¿no?
    ―Digamos que fui de paseo, y encontré una forma en la que podrían acceder.
    ―Escúpelo ―dijeron al unísono.

    El Rui auténtico recién salía desde el interior de su invocación, virando a todos lados en búsqueda de un norte por seguir, pero todo era demasiado similar, inmaculado. Caminó entre las puertas, no encontrando más que dormitorios vacíos, pero, entre todo, hubo una marca en el suelo del último que llamó especialmente su atención: formaba una X segmentada y en cortes tangentes, como dos listones hechos de tinta sobre el suelo, fue fácil determinar que aquello era Inton puro. Acercó un kunai con cautela para examinarlo, viendo cómo se hundía con la facilidad habitual, un portal, pero, ¿a dónde?

    La réplica se había molestado en informar de un supuesto contacto en Fukitsuna, una cháchara lo suficientemente larga como para mantener atentos a los presentes, a excepción, claro está, de Apolo, quien sí se mostraba centrado, pero no en sus palabras. En su mirada se distinguía nítidamente que había algo más en su mente, algo que ni siquiera competía a las directoras, quizás ni siquiera al aguado como tal, pero en él se posaban todos sus sentidos.

    El original introdujo, ahora con mucho más descuido, una de sus manos por la primera mancha del segmento. Sintió el cambio drástico de aire, y no sólo por la mera atmósfera gélida del Hierro, el portal utilizado parecía dirigir a un subterráneo en algún país caluroso, ni siquiera se molestó en rebuscarlo, pasando al siguiente segmento, y nuevamente, el clima contrastaba, esta vez con ventiscas portentosas. Sus sospechas fueron mucho mayores cuando decidió hundirlo aún más, y hasta podía sentir arena. Se decidió a hundirse un poco más en el tercero, esta vez, mediante el uso del mismo sapo, observando el otro lado desde sus ojos, y hallando lo inexplicable: era una mina subterránea, colindaba con resquicios de un volcán activo y el río de lava fluía bajo el todo. Miró y miró por el entorno, pero desde la perspectiva del animal, no entendía ni cómo se podía llegar hasta allí ni mucho menos cómo es que el anfibio flotaba en el aire, hasta que un vistazo más atento reveló la verdad: esferas de aire, perfectamente simétricas, formaban una línea de transporte; cientos de esferas ardientes de algún metal sumamente maleable pasaban por encima, bamboleándose y enfriándose hasta el fondo lejano de la línea.

    La réplica perdió el control. Apolo se irguió al segundo y las directoras marcharon al interior.

    ― ¡Búscalo!

    El propio Inton terminó por desestabilizarse, y con él, el último portal se ensanchó hasta tragar por completo a Ruigetsu. La impresión fue mínima a sabiendas de las capacidades del elemento, aunque el cambio de presión y temperatura fue de lo más desagradable, como un aplastamiento de sumo. Debía salir del atolondramiento amén de no caer a la lava, pues las esferas le hicieron rebotar, casi repeliéndole. Ejecutó los sellos manuales tan rápido como pudo y Gure surgió, volando a máxima velocidad hacia el techo.

    ― ¿Qué es esto? ―bramó el ave.
    ―Tampoco lo sé, no me suicidaría así, tranquilízate.
    ―Si no salimos me voy a sofocar ―se dispuso a buscar la salida antes de siquiera acabar la frase. Alarmas varias campanadas comenzaron a sonar, y con ellas, tanto las esferas como la separación entre la lava y la roca desaparecieron. El río empezaba a elevarse, hundiendo todo a su paso―. ¡¿Puedes hacer algo por una vez sin que sea estúpido?!
    ―Toma ―lanzó tres cuchillas con sellos explosivos respectivos al techo. La piedra se agrietó, pero no fue suficiente―. Bah, olvídalo.
    ― ¿Qué? ―le hincó la mirada, casi pensando en dejarle caer, pero sabía que sería su muerte también.
    ―Lo haremos a mi modo ―se tronó la espalda―. Desciende lo más que puedas, necesitaremos velocidad, apunta en contra picada a las grietas.
    ―No soy un maldito toro, ¿quién te crees que…?
    ―No la vas a atravesar tú, relájate, sólo necesito velocidad.
    ―Imbécil.

    El buitre acató con la mayor de las riñas, lanzándose bruscamente contra el fondo magmático, y desacelerando tan pronto como empezó a sentir el calor de sus plumas, retomando vuelo hacia arriba. Ruigetsu se colgó de su lomo tan sólo con una mano mientras abría un frasco con su boca y la otra.

    ―Ahora relájate.
    ―Estás loco.
    ―Vale. Relájate.
    ―Tsk.

    Un sello bastó para convertir al ave en una brea espesa, no dio tiempo de purificarla lo suficiente pero le mantendría con vida en la transición. Nagare guardó el frasco y se dispuso a utilizar su intangibilidad, la inercia del vuelo les permitiría salir disparados. A segundos del impacto, fue lo suficientemente rápido para percatarse, y reaccionar con asombro: las paredes de aquella cueva estaban imbuidas en Inton, no sería posible traspasarlas. En un último agite, sin siquiera pensarlo, ejecutó un suikodan hacia el frente, que apenas logró romper lo suficiente la roca para salir entre golpes y roces con el mineral.

    Arena. Agua.

    Tan pronto como vio el rededor giró mientras se recomponía hacia el mar, huyendo de la pequeña erupción recién formada. El magma pronto se solidificaba en contacto con la costa, pero los gases emanados serían mortales si no se alejaba pronto de ahí. Lanzó el frasco al aire deshaciendo la técnica sobre el carroñero.

    ― ¿Dónde estamos? ¿Por qué siquiera pensaste en invocarme en un lugar así? ―entre el aturdimiento, Nagare no respondió. Miraba el alrededor con demasiada atención, demasiadas preguntas―. ¿Dónde estamos? Dímelo.
    ― ¿El país de las Olas?

     
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    ¡Embarcación a la vista! ―fue el grito de un chico de la tripulación mientras ajustaba la lente. Todo mundo guardó silencio y quedó a la expectativa; la música cesó y el gusto por la buena pesca se vio rápidamente apagado. Rostros de tensión se dibujaron en los presentes; Setsuna, bajo la transformación de Kiangu, se mantuvo callada ya que no podía copiar su voz. Eso sí, colocó una mano sobre el hombro de Totoro para llamar su atención e intercambiar una mirada, hablándole a la mente.

    ¿Qué sucede?

    Esa embarcación podría ser ninja―susurró y con ello cobró sentido la preocupación de los presentes. Claramente, cada vez que viajaban corrían el riesgo de encontrarse con sus enemigos y allí, en el mar, no había mayor salida que arrojarse por la borda. Para alivio general, el joven en lo alto del mástil anunció que se trataba de un navío compañero del País de las Olas, es decir, de la base que iban a visitar. El color les regresó a la cara y continuaron con sus actividades. Setsuna se levantó de donde estaba para acodarse sobre la madera de la borda, esperando mirar en primera fila a la embarcación. Apenas apareció en el horizonte fue notable su tamaño. La imponente silueta del navío solo anunciaba actividad en el País de las Olas, ¿Qué necesidad habría de usar cosas así en una expedición en medio de la nada? Algo más había ocurrió, algo que Totoro no sabía. Quizás el asunto del rinnegan había comenzado a alborotar a los samuráis y tenía todo el sentido del mundo, pues se trataba de un recurso valiosísimo.

    De la nada, una bengala fue lanzada del barco más grande, los tripulantes entendieron que debían acercarse al enviar al aire una semejante. Una maniobra bastante común. Todo en orden. Enrollaron parcialmente la vela principal y con las menores dirigieron el navío hasta quedar a unos cinco metros de su homólogo. No hicieron más que mirar hacia arriba tras escuchar un pitido, pues el casco de ese barco era mucho más alto. Desde allí apareció un sujeto, una especie de capitán que los tripulantes conocían muy bien, incluso al ir y venir posiblemente estaban mucho más enterados de lo que había en el campamento de Nami que el mismo Totoro. Una cuerda muy gruesa conectó ambos transportes.

    ¿A dónde van? ―preguntó el capitán, su tono era enérgico y jovial a pesar de tener algunas canas en el cabello.

    Rumbo a la base. El señor Totoro acaba de hacer un hallazgo valioso ―contestó uno de los presentes. El chiste del descubrimiento terminó esparciéndose por toda la cubierta. El aludido tragó en seco y hasta palideció, más intentó mantener la compostura.

    Ya veo ―se llevó una mano a la barbilla―, llevamos dos horas intentando comunicarnos con ellos, creímos que les había pasado algo―. Claro, desde que partieron nadie pudo haber respondido las comunicaciones, el resto estaba muerto ―. Llegamos a pensar lo peor, a tal grado que la general nos acompañaba ―en ese instante una mujer de cabello blanco se asomó. Su gesto era frío y su presencia punzante, no debía ser un samurái cualquiera. Dirigió los ojos hacia abajo parar mirar a los pobres diablos de la expedición en Cha. Cuando el resto podía guardar cierto respeto hacia Totoro, ella le veía como carne de cañón, conocía su historia. De hecho, le sorprendía que hubiese podido hallar algo de interés para la empresa junto con el inútil, el sobrino acomodado de algún directivo influyente cuyo nombre no recordaba. Era una pena que no estuviesen muertos, de lo contrario quizás podrían enviar gente más competente. Setsuna alzó la mirada y se comunicó con Totoro.

    ¿Quién es ella?

    Entonces hizo la pregunta en voz alta. Resultaba natural su desconocimiento, Hian era un peón de To, no de la milicia, así que estaba desconectado de sus planes.

    La general Kohiko Hekmatyar― correspondió el tripulante, hablando entre dientes.

    Es posible que haya ocurrido algo. Nosotros zarpamos hace tres y todo estaba en orden― mintió, a sabiendas que no le convenía a su captora que la general regresara a la base en Nami. De no estar aferrado a la esperanza de ser libre, en aquel momento le habría entregado―. Me preocupan.

    Supongo que iremos de todos modos. Los ninjas están en movimiento ya― se tocó el bigote y dio la orden de soltar la cuerda que les unía―, no regresen a Cha hasta que hallamos enviado noticias―. Toroto asintió, sentía una especie de sudor frío al simple hecho de estar bajo la mirada de esa mujer, que no solo le observaba a él, sino a Kiangu ¿Sería capaz de ver a través del disfraz? Himekami supo que no le quedaba mucho tiempo para investigar a sus anchas, cuando esa embarcación llegase al País del Té y mirase la masacre, alertarían al resto de la presencia de ninjas. Afortunadamente había un plazo de dos horas que los desligaba de la escena del crimen. Los navíos fueron avanzando lentamente hasta que al fin salieron de rango, conforme se deshacían de la sombra del coloso Totoro iba recuperando el aliento. Las piernas le temblaban, rezaba a sus dioses que no le fuesen a preguntar acerca del “hallazgo”, pero afortunadamente lo negocios de To mantenían una línea definida con la milicia. Ahora, continuando con su plan, necesitaba decirle a Setsuna que matara a la tripulación y hundiera el barco antes de tocar tierra. El Capitán le había visto y ahora era necesario borrarse del mapa, no debía llegar a la base de Nami. Llamó a Kiangu a una esquina alejada para hablar.

    Necesito que hundas el barco, así fingiré mi muerte y seré libre. Debes matarlos a todos.

    Primero quiero informarme de la base ¿Quién de ellos puede saber?

    Rin, el rapado.

    En cuanto veamos tierra, encárgate de desviarlos. Yo haré el resto.



    Para el anuncio del sujeto del mástil no faltó mucho, una media hora si acaso. Finalmente se divisaba la costa del País de las Olas como un punto a la mitad del mar. En ese instante, Totoro ordenó un cambio de ruta, desviarse más al sur poniendo la excusa de que no deseaba ser visto por el campamento entero, si al final el secreto industrial le pertenecía meramente a To, lo haría todo con discreción. Los tripulantes se miraron unos a otros ¿Qué tan valioso era ese secreto para resguardarlo tanto? ¿Un enorme tesoro? El sentimiento de codicia se fue expandiendo al igual que la curiosidad. Obedecieron pues a las direcciones del anciano, formando un ángulo muy inclinado hacia el sur, manteniendo un hilo de tierra a la vista en todo momento. Secretearon entre ellos ¿Y si le sacaban la verdad? Estaban en un punto donde podían robarle el hallazgo, quedarse con las ganancias y tener una vida de lujos. Si Totoro moría nadie más sabría de la existencia de ese tesoro, más que ellos. Así fue como la palabra “hallazgo” fue degenerándose a “tesoro”, luego a “oro y gemas”. Deshacerse de Kiangu sería un problema poco mayor. El plan cerró en amordazar al viejo para sacarle la verdad y matar al rubio, todo antes de tocar tierra.

    Sin embargo no tenían idea de lo que les esperaba. En cuando comenzaron a amenazar al anciano, Kiangu cambió de forma, revelándose como una mujer, cuya bandana la identificaba plenamente como un ninja. En menos de un minuto todos estaban muertos, excepto Rin. Ese fue tomado para ser escrutado por las cadenas del alma, así Esdesu sabría que había en la base militar de Nami. Lo que encontró no fue agradable, el sitio se había fortalecido más de lo que la expedición de Cha sospechaba. La presencia de Kohiko era prueba de ello y al parecer no era la única temible entre las filas que se asentaban en ese país. Con un movimiento de su mano le rompió el cuello a Rin. Tendría que cambiar de plan si deseaba lograr algo más que una muerte violenta. Tomó al viejo por la cintura y lo cargó en su hombro antes de saltar para caer de pie. Bastó tronar los dedos para que el barco explotara desde el fondo gracias a los sellos explosivos colocados en la base del casco. Con eso se hundiría junto con los cadáveres. Nadie buscaría el montón de cuerpos de unos simples bucaneros, un deudor y un sobrino bribón.

    Llegar corriendo a la costa le llevaría unos cinco minutos y lo primero que hizo fue arrojar el cuerpo del viejo sobre la arena. Estaba asustado, por un lado paralizado por la cantidad de muertes vistas en un día y, por otro, profundamente incrédulo de que era libre al fin. No más deudas. Se arrastró entre temblores, no sabía si besar la playa o los pies de la mujer. Se disponía a agradecerle cuando una explosión tuvo lugar, parecía ser una especie de volcán próximo a hacer erupción.

    Vete de aquí. Aprovecha el tiempo que te queda ―calculaba que estarían a unos seis kilómetros de la base (gracias a la información obtenida), era espacio suficiente para tomar una dirección sin ser advertido. Cambiar de rumbo había sido lo más inteligente para ambos.

    ¿Tú que harás?

    Seguiré investigando.

    El hombre se levantó, no entendía cuál era el propósito de la mujer pero si lo había dejado vivo, estaba agradecido. Entre trompicones anduvo sobre la arena hasta perderse en la maleza, quizás podría llegar a algún pueblo antes del anochecer. Un kunai para defenderse fue el único souvenir de esa aventura.
    Mientras tanto ¿Era agua lo que había salido del volcán?

     
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    Que mejor que una explosión volcánica para darle recibimiento y de no haber visto el chorro de agua pensaría que se trataba de un fenómeno normal ¿Es que acaso allí también estaban haciendo expediciones para extraer minerales? De ser el caso, un volcán sería un sitio adecuado pero por demás peligroso. Una delgada columna de humo se formaba a través del recorrido del magma que terminaba encontrando su fin en el mar, en ese punto el vapor se densificaba. Valdría la pena averiguar si se trataba de actividad minera, si fuese así se tomaría el tiempo de revisarlos para sacarles información referente a la base. Amén de la cercanía seguro poseerían datos de importancia. Comenzó a caminar por la costa a paso rápido, cuidando de que sus huellas fuesen borradas por el vaivén de las olas. Si alguien comenzaba a seguirles el único rastro que hallarían era el de Totoro.

    En ese punto, donde el gemido del viento marítimo era por demás relajante comenzó a sopesar las posibilidades de regresar a Raku por refuerzos. Ciertamente se sentía en la capacidad de tomar la base de Nami, pero nada le aseguraba que era la única cercana o que en ese momento alguien no estuviese enviando más elementos. El hecho de enterarse del reforzamiento del campamento dejaba entrever que deseaban proteger algo ¿Qué había allí que era necesario resguardarse? Quizás lo más inteligente sería aliarse, no haría más que ayudarles a limpiar sus tierras. Doble beneficio. La idea sería avanzar hacia el centro, rumbo a las poblaciones densas donde seguro existiría algún ninja y entonces les arrebataría el secreto a esos samurái. Sin embargo, primero había que irse por las ramas y esa posible mina le ayudaría. Al avanzar la nube de vapor provocada por la tierra solidificándose empezaba a diluirse, signo de que el flujo de magma estaba detenido. No se trataba de una erupción de grandes proporciones y allí, sobre la arena, un sujeto se hallaba junto a un ave gigante. Animal que por su tamaño pudo identificar como una invocación. A esa distancia eran como dos bultos con algo de forma, uno grande y uno pequeño. No había nada más alrededor. Setsuna vio en ellos una oportunidad, debía ser un ninja. Le robaría sus secretos o lo volvería un aliado.

    Conforme se aproximó, con la guardia alta, notó que el emplumado se trataba de un buitre. Esos animales le traían a la mente la imagen de un ser repugnante que en serio deseaba no volver a mirar y cuyo nombre no mencionaría. Su chakram descansaba en la cintura, bastaría un movimiento para tomarlo y lanzarlo para rebanarle el cuello. Sin embargo, aquel individuo no hizo más que ponerse de pie y sacudirse la ropa como si no le temiera a la muerte, una especie de gabardina morada que se le antojó familiar. El aterrizaje había sido forzoso. El ave aleteó como señal de alerta. Cuando éste finalmente alzó la mirada sus ojos se cruzaron. Himekami no podía creerlo ¿De verdad? Lentamente alejó los dedos de su arma circular y caminó hasta quedar a unos cinco metros de él. Ruigetsu también estaba sorprendido.

    ¡Charcutería! ―saludó alzando la mano.

     
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  10. St. Mike

    St. Mike Sanguine Sanctum

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    El día a día de un referente, en cualquier área, suele verse rodeado de peticiones, búsquedas y ansiedades de aprendices o meros interesados en recibir alguna clase de información. Ribashi se emancipaba en su retiro; dueño de un pequeño centro cultural donde solían guardarse libros y hacer sesiones de estudio sobre su religión. El culto, llamado Inhem, defendía a todas las cosas vivas como no más que variantes idiomáticas, lenguajes solidificados, una reverencia hacia los sellos antiguos y su relación con el mundo que entendemos hoy. No poseían dioses, claro está, ni admitían o negaban que algún miembro lo hiciera; lo único verdaderamente esencial para pertenecer a las prácticas era la soltura y disposición a ver el mundo desde los sellos.

    La mayoría de sus aprendices terminaron siendo meros adjuntos a ramas lingüísticas de profesión buscando nuevas experiencias, pocos eran sus discípulos habituales, entre ellos, un soldado raso muy entusiasmado de Sanrou que siempre le visitaba en días de descanso. Un ejemplo del ímpetu inocente, pero era lo suficientemente simpático como para ser recibido con los brazos abiertos en cada ocasión, aunque usualmente venía para todo menos el instruirse, como un niño pequeño que sólo busca a su mentor para contar experiencias; al final, Ribashi defendía que sus enseñanzas terminarían calándole de una u otra forma tras tantas conversaciones casuales.

    Fue una jornada tranquila. Entre diez y quince personas solían asistir a su salón angosto, un espacio recubierto por tablones de madera tallada, barnizada y una biblioteca adjunta en la pared más larga; no le costaba pensar que muchos vinieran varias veces sólo para sentir el ambiente, además de la brisa que siempre se dejaba filtrar, muy silentemente, sobre el balcón de la habitación, completamente abierto, como si le faltase una pared a la estructura. El día transcurrió soleado, con un clima templado ideal para la ocasión. El soldado raso, Yoi, solía aguardar a la salida para increpar a su maestro; era una costumbre por mucho mal vista en Tetsu, en especial por parte de un miembro de la milicia, pero la propia filosofía de Ribashi impedía imponer sus costumbres a la emoción del estudiante.

    Contaba sobre sus días de soldado. Sabía de sobra que Ribashi era un general retirado, terminaba buscándole como consejero de esa área sin darse cuenta. Sus ropas siempre delataban descuido, ni hablar de los hoyos y rasguños. Yoi fue un vagabundo antes de enlistarse, parte de lo que justificaba su particular forma de expresarse, ajena en lo absoluto a los estándares sociales, y por más que se esforzara en fingir firmeza, fuera de su uniforme seguía teniendo las marcas imborrables de la humildad, y el descuido.

    ― ¡Vamos! Eres el mejor afilando, anda, necesito que quede reluciente ―solía pedir favores indiscretos. Le fue encargada la espada de un colega en la división superior y debía llevarla lista para mañana o recibiría una detención forzosa, claro, él lo contaba como si todo fuese una nimiedad mañosa de sus superiores; aún no entendía del todo el valor de la experiencia.
    ―Tú también puedes hacerlo, sólo te quitarás el crédito si me dejas hacerlo a mí ―Aun así, Yoi no era capaz de pensar introspectivamente, era demasiado llano como para preocuparse por asuntos de moral y méritos―. ¿Cuándo me has visto afilar un arma? ―cuestionó capciosamente.
    ― ¡Vamos! ―insistió―. Sé que sabe de espadas, ¡a mí no me engaña!
    ―Ni engañaré a tu comandante haciendo tu tarea ―rechistó al instante, pero no tuvo tiempo de volver―. Ya. Háblame de otra cosa, siempre tienes algo más interesante de lo que crees. Olvida la espada ―Ribashi trataba de ser fraternal por encima de todo, le tenía cariño al joven.
    ― ¡Bah! ―Y por supuesto, como todo buen vago, no sabía aceptar la derrota sin victimizarse―. Pues nada, dos generales se van a ir de expedición con todos esos rumores que se dicen por ahí ―Ribushi estaba al tanto, aunque poco sabía del Rinnegan como tal―. ¡Una empresa les dará más plata de la que ya tienen! ¡Bah! Son unos vendidos. Todo por esa industria Fo, Po, o cómo se llame ―El anciano se empalideció, hasta su cabello se terminó desordenando mínimamente por la tensión en sus músculos.
    ― ¿Industrias To?
    ― ¡Esos tipos! Vino un señorón vestido como rey a ofrecer contratos al cuartel ―La apariencia de Ribushi empeoraba más y más, y no hallaba forma de ocultar su nerviosismo, aunque Yui no tuviese el detalle de notarlo―. Había un albino raro con ellos, parecían el circo ―rio a carcajadas.
    ―S-sí ―se empezó a marear―, tengo que empezar a cerrar, pero seguiremos hablando la semana que viene.
    ― ¡Viejo! ¡Pero la espada!
    ―No puedo, lo siento ―le guio hacia la salida por su propia mano.
    ―Si cambia de opinión me avisa, ¡eh! ―No pudo ni terminar de hablar antes de terminar fuera del recinto. Ribushi cerró la puerta con llave―. ¡Hasta luego!

    Echó la espalda contra la puerta, intentando no agitarse, pero una visión se manifestó para cuando sentía comenzar a recobrar el control de sí. Sus manos temblaban sin remedio y un aura de llanto le rodeó. La aparición, que en el momento ni siquiera pudo considerar una ilusión, fue la imagen nítida del hombre albino que le mencionó Yui, con su figura tapando el sol y su sombra cayendo encima del viejo desde el balcón. Los ojos de bestia de aquel ser eran inconfundibles, y hubo una época donde dichas pesadillas fueron usuales, había pasado tanto tiempo desde la última que su cuerpo no lo soportaba. La desesperación de recordar el sentimiento mortuorio le era inmensa, incontenible, sólo podía echarse, jadeando y cerrando los ojos casi con contracciones, a que terminara.

    ―Vete… Vete…. Vete… ¡Vete! ―repetía sin remedio, sintiendo como si el aire aplastara sus pulmones entre cada respiración―. ¡Mierda! ¡Vete! ―Su miseria era repulsiva.

    No supo cómo, ni estuvo seguro de sus suposiciones, pero para cuando la imagen dejó su mente, sintió como si la misma brisa se la llevara. Como si aquello que había visto frente a él realmente estuviese allí.

    ~~~

    ― ¿Qué haremos con Kurenai y Mondai? Los dos fueron identificados en la costa ―dijo uno de los cadetes presentes en la sala de navegación. Kohiko y Zen sólo se concentraban, cada uno a su manera, en las coordenadas a seguir, y se ubicaban lo suficientemente cerca de la costa como para que los ninjas siguieran en rango de acción.
    ― ¿Te hicieron algo? Yo te veo muy bien ―soltó Zen con fastidio.
    ― Lo mejor que podemos hacer es ignorarlos. La tripulación no está capacitada para enfrentarlos, y Mondai tiene la ventaja de terreno ―zanjó Koko, sin dejar de analizar los patrones en el sonar frente a sí.
    ―Sin ofender pero, justo por eso les pido reconsiderar la operación ―volvió el cadete―. El ave que envió, nos hizo ver cuándo ocurrió el motín, y los dos están en la costa ahora, solos ―se dirigió a una cuarta figura dentro del recinto, un hombre alto encapuchado, quienes según las propias órdenes de los generales debían tomarle como superior.
    ―Su general tiene razón. Eviten enfrentarlos.
    ― ¿Y si ellos vienen?
    ― No podemos hacer nada fuera de lo que reaccionemos en un ataque sorpresa, sólo perderíamos el tiempo organizando un plan ―su voz no era interrumpida por la concentración, la fémina se mantenía recalculando el objetivo en el mapa―. Lo mejor que puedo darte es un permiso de huida si llegan a venir, ¿eso te tranquiliza? ―Se paró firme, pero no respondió―. Me imaginé. Retírate.

    Tras cerrada la puerta de ingreso, Koko mostró un aire mucho más confundido, volteando para dirigirse al encapuchado.

    ― ¿Seguro que esto no es metálico? No para de detectarlo como una piedra densa ―señaló al sonar.
    ―La cripta tiene un sello para que nadie pueda encontrarla, lo que ves es porque lo cubrí ―refiriéndose a su chakra―, quitaremos el sello y desaparecerá del sonar, no tiene nada metálico en él.
    ―Quisiera ver el material por mi cuenta, una muestra no me caería mal ―Kuronama divagó en voz alta.
    ―No están autorizados de apropiárselo, lo que encontremos debe ir al contenedor, sin excepciones.
    ―Vaya motivación… ―susurró, volviendo a concentrarse en un mecanismo de su arma, había intentado arreglarlo desde hace horas.

    La cabina seguía al mando de los generales y el colega desconocido. Fuera de ella, el cadete comenzaba a ser presa de la rebeldía. Había asistido a innumerables viajes con flotas del Hierro, y era la primera vez que su criterio disonaba tanto con el de las personas a cargo, se sentía ajeno a toda la operación, un sentimiento que sus allegados no dudaban en compartir. El hombre desconocido había sido el peor de los tragos, pues entre tantos rumores ya aseguraban que se trataba de algún ninja torcido, pero ninja al fin, y la incomodidad sólo aumentaba. Demás estaba añadir que no tenían ni la menor idea de lo que iban a buscar, todo se envolvía en un aura de misterio que apenas y lograban rascar sobre la superficie analizando las palabras escuchadas desde los camarotes, pero nada claro podía deducirse.

    Mucho se habló durante la organización de la flota sobre un mineral, y el desprecio que les tenían como samuráis se hizo obvio; los presentes estaban allí, más bien, como asistentes laborales, no más que peones sin valores militares claros por defender, en una tarea encima desconocida. Pero fue aquello, la oposición a encarar a los ninjas, por más oportuna que fuese, lo que provocó el colmo para el cadete. Se dispuso a reunir a los suyos en proa, más de veinte hombres con el mismo descontento:

    ―Este barco no sigue órdenes del Shogun. No estamos defendiendo nada…

    La anarquía se percibía en el aire.

     
  11. Autor
    Ultraviolence

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    Con que así fue como te enteraste de Industrias To― escuchar o mencionar ese nombre suponía una especie de trago amargo para Rui, uno que había podido disimular bien en presencia de la pelirroja. Una pequeña llama crepitante era lo que les separaba ahora que la noche había caído completamente, la oscuridad allí, en medio de la nada, era todavía más densa. A propósito estaban debajo de follaje para no ser vistos desde el cielo y evitar que el humo resultante de la combustión ascendiera como una línea que dijera “aquí estamos”. Setsuna le había contado a grandes rasgos lo que descubrió en Cha en cuanto a esa empresa y la relación con el robo del Rinnegan, que de momento era todavía difusa.

    En poco tiempo la base de aquí se llenó de gente. Inicialmente, y según los recuerdos de Totoro, era un centro de control de la expedición en Cha. Supondrás lo difícil que es enlazar la comunicación desde el Té hasta Tetsu. Sin embargo, hace unas horas me encontré con Kohiko Hetmakyar, un general ―esa última palabra hizo que Nagare levantara el rostro, había mantenido su atención en el fuego, moviendo la leña con una vara más delgada y, en cierta forma, ausente. Esdesu ya estaba acostumbrada a que su homólogo careciera de seriedad, sabía que la escuchaba―. Eso revela dos cosas. La primera es que esconden algo, de lo contrario no traerían a alguien de ese rango. La segunda: si hay una base aquí, debe existir al menos otra que rebote la señal hasta Tetsu y posiblemente está en el país del Agua, en alguna de sus islas.

    ¿Propones desmantelar su comunicación?

    Propongo investigarlas. Esta industria hace movimientos a espaldas de su gobierno. Es posible que haya tenido algo que ver en el robo del Rinnegan y es más que una suposición―escrutar a Kiangu y a Totoro le permitía apuntar a la empresa como principal sospechosa y el tener varias bases en Modan con el pretexto de la minería la ponía casi a la par de los ninjas. Estaba en posición de inculparlos si llegaba a ser sorprendida. Una cuartada bien armada. Mientras ella hablaba, Hozuki sopesaba la posibilidad de revelarle un poco más acerca de las tinieblas de dicha corporación, el asunto era mucho más profundo de lo que ella suponía.

    ¿Estás interesada en esos ojos? ―el varón volvió a su juego con la vara, removía las ascuas para avivar la llama. A momentos se ponía a escribir en el suelo con la misma, su mente divagaba.

    ¿Acaso no te suena temible que existan cosas así?

    ¿Tienes miedo?

    En realidad, es fascinación. Pero si cayera en manos equivocadas sería terrible ―dijo esto sin mucha tragedia, deseándolo en el fondo.

    ¿Has pensado que eres de esas manos equivocadas? ―seguramente algún rumor debió haber escuchado de lo que pasó en Rakugakure. O tal vez solo hablaba al tanteo.

    Sí―confesó sin vergüenza―. Por cierto ¿Cómo fue que llegaste aquí?
    .
    .
    .
    Los pies le punzaban pero aquello se volvía un mal menor después de haber librado a la muerte. En su mano derecha apretaba el kunai con fuerza, quizás como una forma de darse valor para seguir en su travesía y aventurarse más allá de la vegetación propia de la costa oeste de la isla. Hasta entonces, rumbo a la llegada de las estrellas, la arboleda comenzaba a ser sustituida por rocas e indicios de montañas; podía mirar desde su posición una población constituida por unas cuantas cabañas. Según lo que sabía del país, en las franjas suroeste era donde se asentaban comunidades humildes. Porque por supuesto que había estudiado Cha y Nami mucho antes de venir, ese punto en su vida ameritaba años de preparación.

    Recargó la mano sobre la corteza de un árbol, sirviéndose como apoyo para salir de una zanja poco profunda pero de varios metros de longitud. Había tenido que avanzar casi a tientas ante la escasa luz y ahora que el follaje se despejaba podía valerse de la claridad proporcionada por la luna. Hasta entonces se tomó el tiempo de extender la diestra delante de sí y mirar el kunai que Setsuna le proporcionó. Todo había salido acorde al plan y si seguía marchando a la perfección, el tiempo de Industrias To estaba contado. Con el paso del tiempo descubrió que la forma más eficaz de atacarla no era destruyendo sus minas clandestinamente a lo largo de todo Tetsu, sino explotando desde el interior. Reconocían al final que la única forma de hundir a la empresa era por medio de los ninjas. En las tierras del Hierro To era capaz de ejercer una influencia demoledora, prueba de ello era la masacre de hacía 20 años, de la cual por poco no logra sobrevivir. Era como si el Shogunato no fuese capaz de darse cuenta del cáncer que le asediaba o quizás había aprendido a vivir en simbiosis. Modan, sin embargo, era una tierra indómita para To gracias a la densidad shinobi, al menos por el momento. Encaminar a Setsuna en contra de To fue de las mejores cosas que pudieron pasarle y menos mal que no intentó matarlo o de lo contrario se hubiese visto forzado a liberar su sello. Posiblemente hubiese muerto igual y sin lograr su cometido. Al final, ambas partes ganaban y seguiría ayudándolos lo más que pudiera para hacerlos inferir en los planes de To. Trabajaría en ello hasta el último de sus días, aun así tuviese que rogar piedad a un shinobi. Como bien dijo ¿De qué servía el honor si se carecía de la vida? ¿Y de qué servía su vida sino para cobrar venganza?

    Todavía tenía pesadillas, aunque no tan nítidas.

    Suspiró y se tomó un descanso al sentarse en una roca. De entre sus ropas extrajo un sobre de papel al cual miró atentamente. Su resistencia como soldado era normalmente mucho mayor a agotarse solo por una caminata nocturna, pero era uno de los efectos de la Hipnomita que estaba consumiendo. Como representación de todo lo intangible, este mineral le permitía auto-sellar una parte de sí. Al haber entrado a industrias To como una especie de canciller, volverse un negociante del tema y posteriormente un deudor, necesitaba deshacerse de sí mismo. Infiltrarse traía sus riesgos, nunca faltaba quien pudiese escrutarlo con máquinas así que decidió sellar su propio pasado y crear nuevos recuerdos. Semejante a un ordenador con partición. Practicar esto le llevó años, pero lo logró gracias a las enseñanzas de su maestro, así si alguien entraba en su mente lo que vería serían los recuerdos de un Totoro fracasado, esclavizado por la industria. Setsuna había leído esa parte de su alma y, aunque era verdad en gran parte, se mantenía alejada del pasado distante. Como consecuencia de ésta técnica, también parte de sus habilidades quedaban selladas, un efecto similar a haberlas olvidado hasta que deshiciera el sello. Una maniobra arriesgada, sí, pero necesaria para el plan no fuese descubierto. Si era atrapado, revisado e interrogado no había forma de que supieran la verdad de lo que tramaba porque aquello iba más allá de sí mismo.
    Afortunadamente Setsuna se creyó lo visto y le dejó vivir a cambio de sus servicios. Bien por ambos. Sonrió, en realidad le debía más de lo que ella podría pensar, pues antes de su llegada comenzó a organizar la desaparición de ciertos individuos a fin de mermar la gente de la expedición y volverla un blanco fácil para cualquier shinobi. Cualquiera hubiese sido útil para llevar el mensaje.

    Miró el sobre de Hipnomita una vez más y lo sacudió, luego lo abrió con dos dedos. El contenido no debía pasar del medio gramo. Lo mantenía como una de sus posesiones más preciadas. A la vista de cualquiera no era más que un polvo azul blancuzco y fino que bien podía ser identificado como la ralladura de una piedra caliza. No tendría mayores afectaciones en quien no supiese usarla, sin embargo, aquella podría ser su última dosis para mantener sellada su verdadera identidad y deseos. Frunció los labios y detuvo su mano de hacer el movimiento de mano indicado, guardándola nuevamente entre sus ropas. Estaba en un punto salvaje y quien sabe qué encontraría en el pueblo nativo, quizás sí tendría que usar su fuerza. Mientras tanto, estaba bien que Industrias To pensara en su muerte, así podría intervenir con soltura.

    La única libertad que buscaba era ejecutar su venganza. Se levantó en un movimiento y continuó su camino, tenía que seguir labrando el sendero que los shinobis debían seguir.



     
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  12. St. Mike

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    Puesto en tablero: 15. Pergamino rojo pendiente de utilizar.


    El fuego flameó con intensidad ante la brisa. La madera utilizada fue curiosamente ideal para evitar el exceso de humo, se necesitarían ojos muy hábiles para siquiera ver el resquicio de una chimenea en las palmeras. Los contrastes en el entorno solían abundar cuando ambos se cruzaban, aunque éste surgía del mundo entero: allí afuera, una industria mermaba cualquier prioridad ante las suyas, mientras quién sabe cuántos miembros de Sanrou ya marchaban o navegaban por el continente. La certeza del desastre podía ser relajante para individuos así, tan sufridos en el pasado por su propia existencia que una nimiedad política se hacía insulsa. Nagare lograba relajarse, sobre todo, la atmósfera de Esdesu traía siempre consigo un empujón, inexplicable y hasta irracional, pero bastante latente. Era la presencia de Namida lo único capaz de mitigar la armonía.

    Ni la criatura parecía tener intenciones en aparecer ni había necesidad de llamarle; aun así, eran demasiados los recuerdos de Fukitsuna como para ignorar su posible aparición, ponerla como un escenario posible era algo inconsciente y hasta podía tornarse desagradable. Tampoco se extrañarían de saber que valoraba en terror de la ausencia entre sus métodos, a sabiendas que la mejor forma de preocuparles sería mantenerse sin aparecer. En situaciones aisladas, donde Rui fuese el único presente, sentía la mayoría de sus provocaciones controladas la mayoría del tiempo; era cuando Setsuna aparecía, allí esmeraba sus intenciones lo más posible. Fuese obvio o no, algo de efectividad tenía, pero prefería creer las palabras que le dijo antes de partir del País del Fuego, al menos, por el momento: no intervendría en esto.

    La pregunta llegó tan natural pero inexplicablemente exigente en cuanto a cómo responder.

    ―Por cierto, ¿cómo fue que llegaste aquí? ―Intentó centrarse en el vaivén de las llamas. Más fácil concentrarse así. Imaginar todo desde una perspectiva neutral, lo necesitaba.
    ―Fui al Hierro ―zanjó, antes de lanzar la rama al fuego y reacomodarse de espaldas a un tronco; no tuvo la sutileza de levantarse, sólo se deslizó sobre la arena hasta allí. Suspiró, más por el fastidio de tener que explicarlo que otra cosa―. Había un portal, en el edificio, nadie lo custodiaba.
    ―No entiendo por qué querrían uno hasta acá. O por qué estaría abierto, más bien.
    ―Un país feudal, ajeno al mundo ninja, ¿no te parece suficientemente llamativo?
    ―Sí ―se acomodó en el suelo a su lado. El aguado hizo surgir una pequeña plataforma de arcilla, producto de la tierra y una mezcla de agua especial. Himekami miró el acto con habitual indiferencia, aunque le provocara más riña a la estupidez que otra cosa. Si le prestaba atención a cada detalle de su homólogo, eran más las posibilidades de enloquecer que de encontrar el patrón ideal para abordarle, de cualquier forma que quisiese―, pero eso no responde mi duda, y es obvio que sabes la respuesta.
    ―No creo que obviar nos ayude esto. ¿Obviabas encontrarme aquí también, adivina?
    ―Nunca puedo descartarlo por completo.
    ―Era un portal múltiple ―volvió en sí, echando la espalda sobre el tronco y empezando a hacer gestos con los brazos para intentar graficar su forma en el cielo―. Conté catorce entradas, no sé cuántas activas, pude sentir tres, aunque sólo vi éste. Una mina subterránea ―Setsuna no respondió al instante, pero empezaba a imaginar con nitidez el porqué de los samuráis.
    ―No te interesa nada de esto, ¿verdad? ―miró al cielo―. No me extrañaría si al menos hubieses pensado en perseguir a los samuráis, pero tu actitud, no lo puedes ocultar.
    ―Dime algo ―su tono delató la falta de contexto, se mantuvo pensando en otra cosa con demasiada atención mientras Himekami parloteaba―. Ahora que eres líder y todo eso, ¿qué te amenaza más? ¿A qué le temes?
    ―Ciertas cosas, eres capaz de adivinarlas, no veo por qué decirlo.
    ― ¿La adivina no eras tú? ―le miró por un momento, regresando a un punto invisible en el cielo estrellado―. Es desagradable. Sentir que me falta. Fue bueno por muchos años, pero ya no estoy seguro.
    ― ¿Qué?
    ―Adivínalo ―canturreó sardónicamente, esbozando una sonrisa―. Pero sí me interesa todo esto, aunque no me haya movido por interés ―Para ese entonces, la preocupación por Kimo se había dispersado tanto de su mente que le costaba reasumir la búsqueda.
    ―Entonces vayamos, si les dejamos la delantera a los samurái sólo complicaremos las cosas.
    ―Piensas que sería tan fácil como matarlos, ¿no? No pienses en los samurái, ellos no tienen lo más grande, ni la peor amenaza.
    ―Un día para que se asienten…
    ―Ya me estás entendiendo.
    ―Lidiaremos con un cuartel preparado. No lo veo como la mejor opción tampoco.
    ― ¿Sabes? ―volvió a mostrarse dubitativo―. Una vez me enteré de un sujeto, uno que quería colocar una estantería en su ventana.
    ― ¿No sabes qué hacer? ―tajó sin miramientos.
    ― Quería un destornillador, se sentía más cómodo así, pero sólo consiguió un taladro.
    ―No sabes que hacer.
    ―Al final, el taladro facilitó todo, y terminó por acelerar su trabajo ―apaciguó el fuego de la leña con un poco de agua desde su dedo, comenzaba a descontrolarse―. Un cuartel no será nada comparado con un incidente en altamar, si somos cautelosos.
    ―No sé cómo esperas llegar al Té sin que sea peligroso.
    ― ¿Te digo cuál era la marca del taladro?
    ―Deberíamos buscar la forma de partir de una vez, en tal caso ―le ignoró.
    ―Herramientas Rinnegan ―su voz se tornó algo portentosa, Himekami le miró de reojo―. Partiré mañana, no sé tú. Estás justo donde quiere To si crees que perseguirlos es lo mejor. Debemos esperar a la calma.
    ―O utilizar el portal por donde llegaste… ―pensó en voz alta―. ¿Dónde está?
    ―Bajo un río de lava. Fue un accidente, lo juro.

    Himekami al menos confirmaba que algo movía a Hozuki en todo esto, algo incluso tan pesado como para cambiar su forma de ser. Le favorecería mantenerlo cerca en una situación así, un escudo defendiendo algo que ni siquiera el defendido puede ver siempre es más prometedor. Asesinarlo era lo de menos cuando su sola presencia terminaba impulsándole, fuese por propia voluntad o la demostración de su sometimiento, fuesen cual fuesen las fuerzas que le hacían actual. No era propiamente indiferencia, una fuerza capaz de oprimirle así no dejaba de ser interesante, pero las prioridades eran otras, y quizás, sólo quizás, lo terminaría descubriendo de todas formas. Había mucha tela por cortar.

    ―Les daremos tiempo de acomodarse. En fin ― Se echó de espaldas sobre Nagare, a esperas de que aquello ayudara a mantener el calor durante la noche; su naturalidad para hacerlo fue ajena incluso a sus propias manías, casi como si otra voluntad actuase por ella, y no necesariamente en busca de la de Rui. Las manos del varón terminaron acomodándose naturalmente en la base de sus muslos, presionando firmemente hacia la hendidura para acomodar el peso―. Partiremos mañana.

     
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    Se levantó sobre la punta de sus pies y ese movimiento fue suficiente para impulsar el cuerpo entero, como más ligero, y alcanzarle los labios. El ambiente era casi anfibio, corrientes de agua que cosquillaban, piel absorbiendo la humedad y exudándola a partes iguales, luciendo una apariencia lustrosa, resbalosa. Evidente al momento en que sus bocas se encontraron en un beso corto interrumpido solo por sonrisas cómplices; un desliz lento, apaciguado por el mismísimo tiempo que permitiese el contacto prolongado de las superficies. Los pechos se deformaron sobre su torso, derritiéndose al calor ajeno y reviviendo solo por la delicia que significaba el volver a encontrarse. La atmósfera era poco nítida, embriagada por los vapores del agua, de ellos, del bosque, las nubes, del mundo onírico entero que a momentos dejaba ver pinceladas vívidas que harían pensar que eso se trataba de un lago, luego la imagen se alargaba para convertirse en un lago serpenteante y, de pronto, golpeaba en la nariz la brisa salina. El sitio fue lo de menos, las sensaciones eran las captoras de su existencia. Frío intenso. En un solo movimiento ella se aferró en un abrazo para conservar el calor, por pura necesidad, temiendo congelarse. Fue envuelta por sus brazos en correspondencia, sintiendo los dedos masculinos clavarse en su espalda, magreando y estirando su piel entre temblores. Ella susurró unas palabras, allí, escondida contra su pecho. Movió sus labios pero no hubo sonido. La sensación del hielo quemaba, las corrientes se cristalizaron en un instante, cerró los ojos con fuerza, contuvo el aire.

    La vorágine se dejó venir. En medio de la oscuridad proporcionada por la reacción natural de apretar los párpados, como si eso eximiera del peligro, sintió el vértigo y después el adentrarse en una burbuja tibia. No supo si flotando, cayendo o emergiendo; imposible definirlo. Su cabeza estaba recostada en una superficie gelatinosa que se derretía lentamente, lo sabía gracias a una conciencia omnisciente y porque gotas de agua empezaban a resbalar hacia el hundimiento que provocaba su peso. No solo el suyo. Aun con los ojos cerrados, relajó los músculos y por inercia su cuello se decantó por la derecha y en ese movimiento de su cabeza, la punta de su nariz rozó con algo húmedo y aterciopelado. A manera de regresión estrambótica los recuerdos de la primera parte volvieron hasta antes de la congelación, la sensación familiarizada le hizo abrir los ojos de golpe. Escuchó voces en su interior que tenían que ver con un sitio inexplorado llamado Fukitsuna, un barco, alguien que no era ella, mucha sangre. Sus pupilas se contrajeron aunque aquello no ocurría frente a sí, ni siquiera su respiración correspondía a la del miedo. Lo único que existía a su vista era piel y no fue hasta que volvió a provocar el roce de su nariz contra la superficie que todo cobró forma. Un viento invisible que despejó memorias nubladas. Volvió en sí. Se vio entre las piernas del varón y embriagada por la atmósfera inicial, hizo que sus labios rozaran el muslo ajeno que ocupaba su visión, usando el brazo para acercar su manjar. En ese momento, sintió los besos depositados en su vientre, comprendiendo que se hallaban en posiciones opuestas, en su mente lo primero que pensó fue en la serpiente Uróboros y así el razonamiento se fue difuminando hasta simplemente dejarlo en serpiente. Se vio a sí misma enredada en el cuerpo de Paru como si fuese puro músculo para crear una sola masa. Sus cabellos blancos se pegaban a ambas pieles y conforme más se movían en deslices más propios de un reptil que un humano, más se acumulaba el líquido en la cavidad que ambas siluetas formaban en la superficie de gelatina. De pronto fue como si habitaran su propio charco, moverse era fácil, enredarse, sorber de la piel ajena, bastaba pasar la lengua para beber. Similar a agua con azúcar en sabor. Paru dio un giro de cocodrilo, quedando por encima y así abrir los muslos con más libertad, la carne estaba suavizada, lo sabía porque sus dedos podían apretar con una soltura increíble, amoldando a placer. Jadeaba afectado por sus propias acciones y las de Yau, que al igual que una anaconda abría sus fauces para tragar mientras apretaba a su víctima. Al hundir el rostro sintió el aroma perfumado, una esencia en especial que, al intentar recordar, fue deshaciendo la visión. La burbuja o el mundo de gelatina que le sostenía se derritió de golpe, hundiéndolos en un líquido viscoso. Sus ojos rojizos se abrieron de sorpresa al verse solo nadando en la inmensidad o en la nada, sintió pánico. No existía salida, fondo o superficie. El miedo a morir ahogado atrajo a la asfixia, al mismo tiempo en que muchas escenas comenzaban a agolparse en su cabeza. Como si su ser se contrariara entre el terror y la naturalidad. Por lógica pensó en que moriría, pero a su vez se decía a sí mismo que el agua era suya. Ahogarse era lo más absurdo que podía pasarle.

    Es absurdo. No puede ser. Soy Ruigetsu. Ruigetsu Hozuki.

    Repitió hasta que el líquido se convirtió en luz y se diluyó.


    Ruigetsu despertó de golpe con un sobresalto, intentando comprender lo que había pasado, cada vez que caía en esas ensoñaciones era difícil mirar el límite de la realidad. Pronto se reconoció a sí mismo, recostado en la base de un árbol, el peso que sentía encima era Setsuna durmiendo tranquilamente. Se descubrió apretando con fuerza su cintura, aferrado.

    Namida ―susurró, culpándolo de la mala pasada. Desde el asunto de Fukitsuna, visiones extrañas llegaban esporádicamente a su mente. Tenía cierta lógica que al tenerla cerca aquella situación se intensificara, como si las almas artificiales se reconocieran entre sí, ejerciendo cierto magnetismo. Se preguntó si también experimentaba sueños similares o, si en ese caso, estaban sintonizando lo mismo. Allí se dio cuenta que el aroma misterioso provenía del cabello de Setsuna; no sería la primera vez que cuando un elemento lo enlazaba con la realidad latente, Paru perdía identidad. Aunque, siendo franco, no le hubiese disgustado permanecer un poco más.

    Ahora no sé qué pensar de ti ―se escuchó repentinamente la voz de la pelirroja, estaba despierta ¿El mismo tiempo que él? Quizás por el sobresalto, era de esperarse que tuviera el sueño ligero. Ruigetsu entonces le quitó las manos de encima, como quien nada debe.

    ¿Desde cuando eres tan mojigata? ―¿Ahora iba a decirle “aprovechado pervertido” solo por un apretón involuntario? ¿Qué más? Ya. Cachetada en la mejilla, sonrojo y ofensa. Pensó para sí el castaño, aguantándose la risa ante sus propias deducciones exageradas. Esdesu se quedó quieta y en silencio por unos segundos, pensativa. Estaba amaneciendo y ya era hora de movilizarse. Con suavidad, enderezó el cuerpo y se puso de pie, Nagare siguió sus movimientos y hasta entonces comprendió lo que la mujer quería decir. Había un bulto evidente en sus pantalones ―. Es normal al despertar ―se excusó. Sin embargo, la mirada dorada de Himekami le hizo entender que ella también había sufrido el sueño nítido, si es que se le podía decir así.

    Claro― soltó en una mezcla de sarcasmo y hastío. Percibía cierta dolencia en el área interna de los muslos, como víctima de una opresión aparentemente inconsciente de aquellas manos. El ardor le permitía sentir la sombra de los dedos. No era la primera ocasión en que personificaba a Yau, pero jamás con semejante nitidez. Se mantuvo callada en cuanto, en la humanidad aun desbalagada del castaño, pudo mirar la mancha enrojecida que solamente los labios podían dejar, allí sobre su cuello. Dedujo que la proximidad alteraba las almas artificiales. Siempre supo que no debía confiar en Namida, ese maldito monstruo les terminó provocando una especie de ¿Maldición? No sabía cómo definir el fenómeno. Ruigetsu apoyó las manos y se levantó bajo la mirada cada vez más gélida de la mujer, quien en parte comenzaba a culparlo también. Pudo interpretarlo a la perfección.

    Con el rostro esculpido por una seriedad ajena, Nagare adelantó el cuerpo con tal violencia que terminó con el aliento explotando sobre la frente femenina, sin intimidarla un ápice. La exhalación fue como un vapor. La tensión se disparó, tan ingrávida y fluente como el instinto asesino de la atmósfera. En ese instante, el invocador de aves frunció los labios al mismo tiempo en el que su diestra realizaba un movimiento de puntería espeluznante, alcanzando la entrepierna de Setsuna, palpando por encima de las delgadas telas para comprobar lo que sospechaba. Con la muñeca hacia arriba pudo deslizar dos de sus dedos y explorar el espacio entre sus muslos, estaba caliente y sobre todo, húmedo. Hubo una exhalación forzada. Por inercia bajó el rostro, faltando poco para que sus narices se rozaran y por consecuencia sus bocas. Su sonrisa burlona destruyó el molde al aparecer de improviso, por supuesto que lo había disfrutado por más que deseara negarlo. Su brazo pronto fue apresado con fuerza antes de comenzar el recorrido ascendente que planeaba hacer.

    Es normal al despertar ―emuló la pelirroja sin mayor expresión, intentando justificarse igual―. Aunque ambos sabemos que esto no es una casualidad. Algo salió mal en el asunto de Fukitsuna―apenas terminó de hablar, el varón se volvió un charco de agua, escapando del agarre y reapareciendo a unos metros. Hasta entonces sacudió su ropa y se tronó la espalda.

    Descubriste Modan ―devolvió el sarcasmo―, pero no estamos aquí para hablar de eso.

    Por supuesto ¿Quién querría hablar del cadáver que te cargas? ―la frase que salió de sus labios hizo que el rostro de Ruigetsu girara hacia ella con una dosis de asombro, la propia Esdesu se llevó la mano a la boca, incrédula de sus palabras. Un reproche impropio de su naturaleza. Enseguida recobró la compostura, ciertamente, no era momento de hablar de esas tonterías, había que seguir el rastro del Rinnegan e investigar To―. Vámonos ya.


     
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    Última edición: 22 Nov 2018
  14. St. Mike

    St. Mike Sanguine Sanctum

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    Las alarmas, orales o programadas, comenzaron a sonar de forma incontenible, y las que no, estaban a punto de ser accionadas o avisadas de lo que sucedía: el navío comandado por los samuráis sufría un motín a mano armada, los involucrados clamaban traición al Shogun y hacían responsables al dúo de generales, ni hablar de su perspectiva sobre el anónimo a bordo; descubrieron su secreto, no fue difícil, los ajenos al Hierro suelen delatarse de una forma u otra, pero el sentimiento que calaba tan hondo, y el mismo que justificaba el amotinamiento, era ver a sus supuestos guías caer bajo las órdenes de alguien más, peor aún, de una empresa que lo único que podría darles era bienes, algo inconcebible bajo la ideología de Sanrou.

    Claro que, eso era sólo lo que el dichoso cadete dejaba ver sobre la superficie del problema.

    La realidad era mucho más truculenta. Resultaba ser que Miru el insurrecto principal, fue varias veces acusado de irracionalidades y pensamientos radicales –incluso dentro de los estándares contemplados por el shogunato- sobre qué era la filosofía de samurái, participando incluso en campañas que daban a la nación del Hierro como algo incomprendido, a veces incluso por sus propios gobernantes. Tal pensamiento siempre abdujo a un populismo inevitable de su parte, uno que no había florecido en la milicia, hasta aquel día. Más allá de que el Shogun lo dictara, que su propia mano guiara a los espadachines junto a To en un pacto e mutuo beneficio, la sola idea de rebajarse a dominar Modan bajo un “yugo disimulado” le asqueaba en lo más profundo, y peor aún, le hacía pensar en todo aquello como no más que algo prescindible para lograr lo que religiosamente creía: la perseverancia de Sanrou como dinastía inquebrantable, una que no se rebajaría a aliarse bajo ningún concepto.

    Por más incoherente que fuera, tenía los métodos para defenderse, hacer que la gente le creyera y actuar según los logros de su palabrería. Así logró convencer a los tripulantes, por inmensa mayoría, de dejar sus labores, pero he aquí el mayor de los hartazgos: él sabía, incluso dentro de su ira y nacionalismo sin fundamento, que la mejor forma de ponerle fin a aquello no era tomando el barco simplemente, y sabía que quienes le apoyaran sólo aceptarían dicha alternativa. Tenía un pensamiento purificador, centrado en responsabilizar y abatir a los, para él, culpables de la blasfemia. No podría enfrentarse ni a Kohiko ni a Zen, pero se encargaría de evitar a toda costa que llegaran al país del Té.

    Miru fue capaz de un acto, en sí mismo considerado de las mayores traiciones en Tetsu, para condenar la supuesta traición de sus superiores.

    ―Parece que no les gustó tu actitud, líder suprema ―Kenamura guardó un reloj de bolsillo que sostenía desde hace un rato―. Tardó como cinco minutos en terminar de hartarse.
    ―Es solo una mosca ―sentenció, levantándose de la silla―. Bueno, una lástima. Se tendrán que perder… ―se dio vuelta, empezando a buscar algo súbitamente; más temprano que tarde, Zen se percató de lo mismo. Ambos miraron al encapuchado por inercia―. ¿Tú las viste?
    ―¿Hm?
    ―Tsk ―se limitó a eso, no sentía que el acto siquiera mereciese palabras.
    ―Se hartó desde antes, por lo visto ―completó Kenamura, aunque la tragedia le afectara a ella tanto como a él.

    Tanto la espada apoyada junto al escritorio como la ubicada bajo la estantería no eran las mismas. Jormungard y Dédalo habían sido hurtadas, en su lugar, dos espadas de entrenamiento se guardaban dentro de sus fundas, aunque, por breves instantes, ninguno de los dos entendía cómo fue que el arma de Koko había sido tomada por un simple cadete; una regresión fugaz a las fichas de los marineros presentes entre las filas les hizo caer en la peor de las cuentas: la espada de Miru se especializaba en anular o aumentar el peso de objetos, y hacerlos flotar o enterrarse a placer. Sus habilidades eran limitadas a objetos simples, y se volvía un limitante contra los ninjas pues era fácilmente anulable mediantes puntos de chakra, ¿ante objetos inamovibles? Era una bendición.

    Ambos se levantaron y reaccionaron inmediatamente. Era obvio que de seguro ni se percataron del flotar de sus propias armas, Miru ni siquiera tenía que entrar al camarote para que salieran volando del de cada uno. Más nerviosos que enfurecidos, corrieron a cubierta; el único que permaneció estático fue el anónimo, siquiera acabando de comprender la gravedad del asunto, no le concernía, y velaría por To encima de cualquier problemática. El espanto solo se acrecentó cuando se escucharon dos chapoteos marcados provenir desde babor, seguidos por júbilo en proa; ni por un segundo les pasó por la cabeza la muerte de un samurái negado al botín, sus mentes yacían demasiado centradas en las espadas, y fue lo primero que sospecharon. En cierta forma, le daban la razón al insurrecto original.

    Llegaron a cubierta al momento, pero la escena que observaban distaba mucho de un verdadero motín, y no por razones obvias: el bullicio se lo creía, se organizaban en semicírculo alrededor de la punta, Miru se ubicaba entre todos, sosteniendo su espada hacia el cielo, y esbozando una sonrisa propia de la tranquilidad enfermiza que todo aquello le traía. Pero no por el motín en sí. El hombre creía tan radicalmente en su postura, que estuvo dispuesto a completar su martirizada de la forma más cruda posible; el arma no apuntaba al cielo para señalar la victoria, invocaba a las espadas envainadas de cada samurái presente a ser dirigidas hacia sus cuellos, Koko y Zen se percataron por su ángulo de visión, el resto ni siquiera pudo pensar en una traición de quien les enaltecía, pero a él poco o nada le importaban, no eran más que vidas corrompidas por el dinero que accedieron a seguir órdenes de una empresa, daba sus ideales, y su vida, por perdidos.

    Posicionar la espada hacia al frente bastó, Koko apenas y pudo alzar la mano, un reflejo inútil. Las espadas se ensartaron con fuerza en cada cuello, para que varias terminaran entrecruzándose y despedazando el de Miru, en medio de toda la escena. Un río de sangre fluyó por la borda al ritmo de varios chapoteos por los cuerpos que aún tenían fuerza para retorcerse mínimamente; varios filos salieron disparados entre sí ante el choque conjunto y la fuerza –o más bien, peso- con el que Miru los había lanzado. En el lecho de cadáveres, entre todos los que tenían una puñalada limpia, el suyo se distinguía por el destripamiento sufrido, tajos de músculos en la zona del cuello y hombros retirados limpia y horriblemente por igual, junto con un par de los discos de su columna expuestos. El condenado murió con una sonrisa.

    Los generales no pudieron reaccionar al instante, ni siquiera Kenamura, quien intentaba tomárselo con solvencia, conocía bien como volver a fabricar su arma, pero la expresión y rigidez de Kohiko le dejaban bien en claro que, por su parte, no era el caso. La mujer volteó, furibunda, dirigiéndose al camarote, cuando la figura del extraño se entrecruzó.

    ―No iremos al Té.
    ―Esa no es una opción ―sentenció el hombre―. Y ameritará que la empresa los castigue, empezando por mí.
    ―Mátame si quieres ―Zen volteó por inercia, apoyaba a su compañera, pero no moriría por una espada, al menos no la suya―, pero no me iré del océano sin encontrar mi espada ―Le hizo a un lado de un empujón, la severidad en sus ojos permitió ponerse por encima del extraño por un momento, dirigiéndose lo más rápido que pudo a la sala de máquinas para dar vuelta al barco ella misma, para su sorpresa, también sin sobrevivientes.
    ―Yo la dejaría intentarlo, siendo tú ―soltó el general presente.
    ―To no aceptará retrasos.
    ― ¿Por qué no te adelantas? Tampoco es como si podamos ayudar mucho sin ellas, ¿sabes? ―preguntó con sarcasmo.
    ―No es una opción. Debo hacerlo ―detuvo su andar por un momento, planeaba irse en un bote de remos con tal de cumplir su tarea, cuando algo se le ocurrió―. La espada del sujeto, ¿no les puede traer las suyas?
    ―Claro, mientras quien la use pueda verlas. No era un soldado por tener un arma superpoderosa precisamente ―se rascó la cabeza, consternado por el absurdo―. ¿Quedamos libres entonces?
    ―Deben alcanzarme en cuanto las encuentren o la empresa se encargará personalmente de ustedes, el Shogun aceptó la ejecución por desobediencia, y la apoyará.
    ―Qué ironía ―pateó una de las cabezas cercenadas como si se tratara de una piedra en el suelo.

     
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    Los cascos del animal resonaban en medio de la oscuridad y la más absoluta soledad. Ese pequeño pueblo le había permitido hacerse de un transporte y aparentemente una dirección. Era movido por pura rabia, mantenía los muslos tensos y el cuerpo inclinado sobre el animal tal como lo haría un soldado entrenado. Sus cabellos blancos se sacudían a la par de la crin del caballo que, azotado, no bajaba el ritmo a pesar del terreno inestable. Después de dejar el sendero rústico propio de la población, se enfrentó a áreas rocosas y caminos serpenteantes entre las montañas que comenzaban a alzarse conforme se dirigía más al este. Creyó que hallaría información de una mina, pero en su lugar, se enteró de la presencia de más grupos samuráis asentados más al fondo del país. No podía dejar que su pieza maestra cayera por causa de los generales, no hasta causar un impacto más profundo. En este punto, Totoro seguía con la idea de que Setsuna iba a atacar la base de Nami a la que originalmente se dirigían amén de descubrir más acerca de To y su relación con el Rinnegan. Quizás al amanecer o después de recorrer mejor el área, pues gracias a la información que robó del bucanero (el que identificó a Kohiko) sabía de la presencia de un general más. Apretó la mandíbula, sudaba mientras sus cabeza estudiaba todas las posibilidades ¿Qué tal si la estaba atacando en ese momento? ¿Y si ya estaba muerta? No había forma de saberlo, varios kilómetros les separaban, ni siquiera la explosión más sonora llegaría hasta él. Sus dedos se enredaron con fuerza alrededor de las cuerdas, pero si no confiaba en ella ¿Qué más le quedaba hacer? Rememoró, a manera de contener la esperanza, la forma de masacrar el campamento en Cha. De verdad que deseaba creer que todo aquello sería útil, se preguntó qué tal le estaría yendo a los demás. El caballo dio un salto para atravesar una enorme zanja, cayendo sobre sus patas delanteras y casi amenazando con irse al fondo de ella. Los gritos y azotes de Totoro le obligaron al sobreesfuerzo para salir y continuar en medio de la oscuridad nocturna a sabiendas que no tenía tiempo que perder, debía llegar a esa base antes del amanecer.

    Y lo logró.

    Sin caballo y con cara de desfallecimiento, a expensas de sus últimas energías, se aproximó a la luz de las antorchas que iluminaban el asentamiento. Como era de esperarse, los de la guardia de turno avistaron a Totoro. Delante de ellos no era más que una especie de mendigo y le hubiesen tomado como tal si no fuese por sus ropas elegantes que, aunque rasgadas y sudadas, brindaban un aire adinerado. Le apuntaron con sus armas y Totoro Hian no hizo más que levantar las manos y comenzar a identificarse como tal, fue gracias a su anillo que pudo salvarse de los golpes, acreditándose como canciller de To. Aquel anillo lo usaba para sellar documentos y le daba la autoridad de dar órdenes en su expedición y enviar documentos oficiales. Con un golpe a sus espaldas lo hicieron caer de rodillas, había sido un soldado, sí, pero los años ya le pesaban. Usó las manos para evitar estamparse la cara en el suelo, presa del agotamiento. El pequeño alboroto llamó la atención de los mandos presentes ¿Un ladrón? ¿Un espía?

    ¿Nos hemos visto alguna vez? ―preguntó un comandante parándose delante de él. Totoro alzó el rostro y hasta entonces pudo tener mejor visión de lo había allí. Estaban levantadas unas cinco casas de madera comprimida como las que él tenía en la expedición, pero lo más abundante eran las de campaña que se apostaban alrededor de esas cinco principales. Indicativo de que había una concentración militar, desconocía si también era parte de To.

    No lo sé, señor ―dijo con voz temblorosa, la misma que usó con Setsuna. Se mantenía sobre sus rodillas. El comandante examinó su rostro, era raro ver a personas fuera de la milicia viajando en navíos dedicados para tal fin, por ello mismo le resultaba familiar.

    ¿Quién eres?

    Totoro Hian, de la expedición de Cha ―tantos soldados, era imposible recordar a cada uno de ellos para asegurar que se habían visto alguna vez. Prefirió tener bajo perfil. El comandante examinó su rostro, tenía una capa de suciedad que le brindaba una apariencia lastimera pero por debajo de ella pudo reconocer al canciller. Habían llegado en el mismo barco al país, pero Totoro siguió de largo rumbo a Cha. Con todo, tenía sus dudas ¿Qué hacía él allí? En las manos abiertas sobre la tierra pudo ver el anillo.

    ¿Cómo llegaste aquí? ―su espada rozó el cuello del viejo.

    Hubo un motín en Cha, los samuráis contratados por To atacaron la base. Solo yo pude escapar, mi intención era avisar a la base del este. Me embarqué con los bucaneros, recuerde que la mayoría de ellos son presos al servicio del gobierno (con esto daba a entender que les dejaron vivos por no tener una lealtad real al Shogun, al contrario), pero antes de llegar hundieron el navío. Tuve miedo entonces.

    ¿Insinúas que la base este los atacó?

    ¿Quién más pudo haberlo hecho? Algunos de nosotros sobrevivimos gracias a los pescadores, pues nadamos hacia el sur. Supe que debía contárselo a alguien. Están dándole la espalda al Shogun. De no ser por la lealtad a mi señor no hubiese atravesado esta distancia para informarlo― devolvió el rostro al suelo ―. Mi tarea está cumplida, puede matarme si quiere. Si no lo hace, lo harán los de la base este cuando se enteren que sigo vivo―. El comandante se quedó en silencio por unos segundos, lo más sensato sería comunicarse con la base este, pero ¿Y si era cierto y ya estaban complotados con To? Solo un tonto afirmaría su posición de traidor para dar ventaja a su ejecutor. En ese instante, uno de los soldados presentes se tomó el atrevimiento de acercarse y hablarle en el oído al comandante, recordándole las últimas señales transmitidas por el navío que zarpó por la tarde de la base este. Uno de los soldados había dicho rebelarse en contra de los infieles. Por supuesto, aquella afirmación corta y ambigua no decía mucho, después de eso no hubo más señal a pesar de los intentos. Lo natural hubiese sido que la base este fuese la primera en saberlo y actuar, pero de ellos tampoco sabían nada ¿Estaban encubriendo? El comandante sopesó la situación y dio su veredicto. Tampoco podía darse el lujo de creerle al sujeto, a pesar de que lo reconocía como parte de la expedición de Cha.

    Átenlo de los pies y denle algo de comer. Investigaré la cuestión―con pasos largos avanzó hacia su cuartel y tomó la máquina para las claves morse. El sitio, como la mayoría de los campamentos, era improvisado, así que dentro de la casucha no había más que estantes de documentos, un par de escritorios y una cabina para enviar mensajes en morse que aislara el ruido exterior. Ese espacio también contenida una suerte de radar y un baúl de armas normales. Las endebles paredes se sacudieron cuando puso un pie dentro, era un hombre grande y corpulento.

    Ni siquiera se molestó en pedirle a alguno de sus subordinados que lo hiciera. Él mismo redactaría el mensaje, pero ¿A quién? Sus dedos se desviaron para ajustar las coordenadas, primeramente hacia sus homólogos del otro lado de Nami. Hizo amago de comenzar a presionar pero algo lo detuvo. Si realmente estaban tramando algo no se lo iban a decir, si aquello se trataba de una deslealtad no lo relevarían. Quizás lo mejor sería llegarles por sorpresa para investigarles y así llevar una información certera al Shogun ¿Desde cuándo una empresa merecía más fidelidad? De momento solo ameritaba que tomaran el control de los recursos del gobierno para su beneficio (barcos, bases), pero después podrían ir más allá si comenzaban a comprar soldados. Su mano se desvió nuevamente al aparatejo de coordenadas para cambiar el destino de la señal. Informaría a las bases aledañas que estarían en el País del Agua antes de que el mal se extendiera, debían tener a la gente de To muy bien vigilada. Aquello no se trataba de una señal de ataque, ni siquiera tenía la autoridad para ello, pero sí de una prevención, encendiendo una alarma en aquellas bases que tuviesen gente de la empresa, al menos hasta que al asunto se aclarara. Desde la reducida cabina comenzó a presionar en clave.

    A Totoro le pusieron cuerdas en los pies que lo mantenían cercano a un mástil, no se encontraba en calidad de prisionero así que al menos podía sentarse a la distancia de lo que le permitían las sogas. Comía apuradamente pan, el agua la bebió con la misma apuración como si hubiese pasado días sin ingerir alimento. A su lado había un soldado que tomaba nota del resto de los detalles, como el día del ataque, la forma en la que ocurrió el motín, el camino rumbo a la base del este, etc. No le fue complicado a Hian recrear las escenas dentro de su mente, cuando solamente estaba tergiversando algunos detalles.

    Tengo la seguridad de que To quiere destruir al Shogún ―dijo, exagerando. Crearía toda la aversión que pudiese, así Setsuna se vería apoyada, indirectamente, por los mismos samurái en su tarea de investigar a To y descubrir sus intenciones. Tenía la seguridad de que hallaría cosas de su interés además de algún rastro del rinnegan. Araría el camino para que alguien más cosechara los frutos. Lo consideraba así desde ya, en cualquier momento podría morir. Se limpió la barba torpemente amén de su actuación de desvalido.

    ¿Por qué piensas eso? ―tenía la atención del soldado, había dejado de lado su libreta, aquella pregunta tenían más un carácter curioso que recopilatorio.

    .

    .

    .
    La nube de humo se extendió por algunos metros, trayendo consigo un ave de Ruigetsu. Sus asombrosas dimensiones eclipsaron el sol al desplegar sus alas. Era hora de partir rumbo a Cha, según el modus operando del castaño de no perseguir a los samurái. Antes de treparse en el emplumado, Setsuna no pudo evitar mirar a sus espaldas a sabiendas de que dejaría la base del este sin tocar. Su plan inicial había sido atacarla, pero los sucesos cambiaron drásticamente desde que llegó allí, comenzando con la aparición de los generales y después de su homólogo. En realidad, To no era algo que pudiese tomar a la ligera, no si podía comprar agentes de semejante calibre solo para “operaciones mineras y de exploración”. Eso, claro, ignorando el asunto del dirigente de Tensai y su deuda para con la empresa, por ende, la inminente amenaza de tomar el control de su isla. Con todo, tenía un mal sabor de boca por no haber entrado a investigar qué se escondía allí o la raíz de su importancia. Sus pasos se negaron a moverse.

    Andando ―la mano del varón dio un golpecito cariñoso sobre el emplumado, quien no hizo más que levantar la cabeza. También era una forma de llamar la atención de Setsuna ¿Acaso no estaba ansiosa por ir a perseguir samuráis? Ella devolvió la mirada a la invocación y posteriormente a Nagare. Su razonamiento no era descabellado y de alguna forma parecía conocer mejor a la empresa, a pesar de que él no le hubiese compartido información al respecto ¿Eso lo hacía digno de confianza? ¿Estaría ocultándole algo? Recordó con claridad el ánimo con que le resumió el hallazgo en Cha ¿O era, más bien, ansiedad? Como si hubiese esperado de Ruigetsu una afirmativa para salir corriendo de allí a matar a samuráis, como si fuesen animales de caza, como si no tuviese algo más por hacer, como si… detuvo sus pensamientos y se trepó en el buitre. Se decantó por la premisa de que no podía ser apresurada, Hisha le estaba brindando balance a su búsqueda y perspectivas nuevas. Al final, estaban del mismo lado ¿No?

    ¿A dónde? ―había cierta seriedad en el tono del ave.

    Rumbo al este, vamos al País del Té ―información ambigua, sin embargo, el buitre confió en recibir más instrucciones de su invocador a lo largo del camino, así que con sus dos tripulantes agitó las alas para alzar vuelo y comenzar a cruzar el mar tras un par de zancadas. Las aguas de la costa se agitaron un poco por el batir de sus extremidades, contrariando la dirección de las olas. Debían ser alrededor de las ocho de la mañana cuando partieron.

    Arriba, entre las nubes bajas, el trayecto transcurría con normalidad, el ave escuchaba con atención la plática de sus pasajeros sin entrometerse, se daba cuenta que aquello distaba mucho de ser un paseo. La plática adoptaba el tema de los samuráis. Esdesu fue la primera en abordar la problemática, la cimiente de sus dudas apremiaba esclarecer las intenciones de Rui respecto al tema. Miró el brazo vendado.

    ―T
    ardaremos unas pocas horas. Supongo que nuestro propósito será acabar con los generales ―por supuesto, ella le había comentado del encuentro con el barco de la base este justo cuando venía rumbo a Nami y sus detalles. En general, bastó verlo para exponerle sus hallazgos, él sin embargo, se antojaba congestionado en su actuar, poco había hablado del tema. Evadió el pensamiento de desconfianza una vez más. Ruigetsu podía ser una persona abstracta, en ocasiones hasta errática, pero lo consideraba mínimamente leal.

    ―¿
    Cuál es tu prisa? ¿Tanto deseas el rinnegan? ―el Aguado estaba sentado de piernas cruzadas.

    Son samuráis en Modan. Responde a mi suposición.

    Contesta mi pregunta.

    En realidad no me importa ―confesó con aire de dejadez. Su voz se situaba en tono neutro, miraba al horizonte. Las pupilas esmeraldas le miraron de reojo, eso no era lo que había dicho ayer. Se estaba contradiciendo y seguramente a propósito para confundirlo y al final, no brindar una respuesta concreta. No se comería la cabeza pensando una respuesta― ¿Satisfecho?


     
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    Última edición: 19 Nov 2018
  16. St. Mike

    St. Mike Sanguine Sanctum

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    Antaño, el País del Agua no se extrañaría de recibir categóricos como solitario o inhóspito, en un principio, las islas se mostraban casi diseñadas por mano divina para cumplir dichas características. La invención y el desarrollo en la región terminaron volcando la problemática, y ahora la palabra que mejor lo definiría era “abultado”, saturado de personas, gente por todas partes. Oriundos de anciana edad todavía recordaban cuando los temores yacían en no ser capaces de encontrar fuente de refugio alguna, en tierras dominadas por lo primitivo; casi como una necesidad nerviosa, la región se propulsó a considerarse un infierno para los planes de quién sabe cuántos ninjas o samuráis. Sus terrenos no eran lo suficientemente seguros ya para ninguno de los dos grupos, lo que antes podía ser un aprovechamiento geográfico tanto para atacar el Hierro como para que éste se infiltrara en Modan, hoy se percibía turbio, demasiado hasta para el más dotado de los espías, una tierra donde nadie que quisiera permanecer en cubierto debía buscar.

    No eran sólo suposiciones locales, los rumores tenían sustento en años de deterioro. Mizu crecía a ritmo de vencedores sin más remedio que volverse el puerto del mundo, y como de costumbre, los más afectados en un sistema nunca son sus centros, sino los canales que conectan todo. Samuráis casi comenzaban a hablar de la zona a modo familiar, y su infiltración ocurrió de manera tan silente que nadie podría acusar de un plan armado con antelación, como una infección incidental, pero incontenible. Mandamases de lado y lado no eran ajenos a estas ideas, y ya empezaban a barajar el futuro de la nación según cómo concluyese este asunto, quién terminara siendo parásito de quién, realmente.

    El miedo más grande, en la víctima del contexto, era el de no saber con quién juntarse. No era tanta cuestión de fiar, se necesitaban no más de las palabras puntuales para identificar y ganar terreno entre samuráis o shinobis, Udo lo pensaba con la misma frialdad que lo ejecutaba. El verdadero motivo de sus pesadillas yacía en saber a qué bando tomar, ser capaz de ponderar en la balanza quién terminaría imponiéndose, y el deber de cambiar entre cara y cara de la moneda era ya parte de su día a día. Su motivante, el deseo más fuerte y perpetuo en su mente, era capaz de hacerle tragar aquello sin pensarlo mucho, sin preocupaciones reales al momento de actuar.

    Corría entre charcos dando zancadas de cada en cuanto, había logrado escabullirse por la ensenada del islote hasta cruzar a la isla principal. El diluvio tropical asediaba arbustos y palmeras, sacudiendo y hasta despedazando algunos ramales. No era ni por asomo una tormenta amenazante para el promedio de la zona, pero hasta el más diestro caminante terminaría tropezando en algún momento. Las piernas le dolían como nunca, se sentía a merced de una hipotermia inminente, a sus músculos les costaba tanto moverse como mantenerse tensos, y prefería creer que era más fruto de la emoción. Fue capaz de correr lo suficientemente rápido para llegar al refugio de la vegetación. Los matorrales y juntas de copas ensordecían la lluvia y calmaban el barro dejado atrás.

    Sacudió sus pantalones, empapados y cubiertos por tierra hasta la mitad de la pantorrilla. Los arremangó como pudo, teniendo cuidado de que el sello en sus palmas tocase lo mínimo posible las impurezas de la tierra. De un tirón las gotas salieron desde sus pantalones al retirar la camisa y exprimirla, había suficiente agua en esas telas para recobrar a un sediento; la anudó a su pecho, intentando conservar el calor de los paños y sacando una gabardina de tela de su estuche. No se trataba de un impermeable, simplemente se la colocaba amén de ser menos visible. Udo nunca fue el más diestro, ni siquiera pensante del tema, en nada ajeno a su especialidad, ni hablar en su cuidado propio.

    ― ¿Rencor? ―la voz clamó en estertores dentro de todo el alrededor, como si el mismísimo bosque le hablase. Shibuki sólo reaccionó lanzándose a un escondrijo, el primer lugar que avistó donde fuese difícil de ver, agachándose con torpeza.

    Miró en todas las direcciones sin pronunciar una palabra, hasta distinguir la figura de un hombre con apariencia indecible entre la maleza. El sujeto distaba de cualquier poblador de cualquier lugar que Udo llegase a recordar, y conocía los suficientes como para identificarle como un fenómeno. Portaba un pantalón bombacho que sólo llegaba hasta sus rodillas y una túnica de telares gruesos, todo en matices entre grises y blancos, junto a lo más llamativo de todo, una piel casi luminiscente, de un azul tan claro que podría ser confundido por blanco, y aun así, perfectamente distinguible como piel común. Sus ojos, de un azul más vívido, se centraron en el hombre sin problemas, como un predador mira a su presa, pero ninguno de los dos reaccionó más que manteniendo la mirada.

    ―Ese sello, ¿dónde lo conseguiste?
    ― ¿Qué eres? ―atinó a preguntar.
    ―Lo mismo pregunto de usted ―avanzó hacia él, con una cautela y parsimonia indecibles en comparación al ambiente―. No vine a intervenir. Me arriesgo haciéndole preguntas directas, no es parte de mis tareas, pero debo insistir, ¿dónde consiguió ese sello?

    La paranoia era una respuesta fácil, una que le evitaría tener que lidiar con una nueva pieza sobre su campo, saturado a más no poder de cosas a tomar en cuenta. Intentó desacelerar el ritmo de su corazón, respirar, pensar incluso en un mal sueño antes de concluir que aceptaría dialogar con alguien en medio de una labor que consideraba impostergable. Se irguió, empezando a sentir los achaques de sus descuidos gracias a la baja de ritmo. El sujeto frente a él sí coincidía, y por mucho, con descripciones que se rumoreaban, no sólo en Mizu, no sólo en el Este de Modan, sino en cualquier tierra que hubiese pisado. Como leyendas urbanas, malinterpretadas por muchos, y que ni él mismo concluía en una sola cuestión.

    ― ¿Estás aquí por los ojos? ―el extraño tan sólo se encogió de hombros, esbozando una mueca de aceptación―. Muchos te confundirían con un monstruo aquí, y no me das razones para pensar lo contrario ―No había quedado ni rastro de su personaje simulado en el Horizonte, el Udo allí presente cargaba experiencia de generaciones encima, y la testarudez que conllevaban.
    ―Y aunque lo sabes, sigues vivo. ¿En cuál leyenda urbana no estamos comiéndonos el alma de alguien?
    ―Como si pudiera saber si no lo estás haciendo ahora ―Para ese punto, sus palabras se enfocaban más en lidiar con una alucinación, su mente se esforzaba en creer que la visión frente a él era fruto del cansancio y el estrés, no lidiaba con ella de forma recurrente―. Los tuyos lo conocen bien. Y si todo es cierto, son responsables de que estos sellos existan.
    ―Hm, ni yo sé si nosotros mismos lo hicimos ―divagó con evidente sinceridad―. Y no te culpo por creer en las leyendas. ¿Sabes? He leído otras donde intentan poner a los que sean diferentes de nuestro credo en la misma posición que tú me pones a mí. ¿Me ves dudando de si me apuñalarás en el pecho?
    ―Tu tranquilidad frente a la amenaza, ese control de ustedes mismos es lo que tanto aterra a la gente. No nos ven para convivir, sólo quieren drenarnos, drenarme ―había un deje de asco en su voz, como si todo aquello también estuviese basado en leyendas.
    ―Conoces a nuestra gente, entonces.
    ―Tú dímelo, la telepatía te debe servir para algo.
    ―Bah, sólo puedo ver tus preocupaciones mayores, eres un misterio más allá.
    ―Entonces vete, con el mismo respeto que intentaste increparme, Guardián.
    Se desvaneció, junto con unas últimas palabras que volvieron a resonar con la vegetación:

    Hay radicales en mi legión. Agradece que te busca uno pacífico.”

    Udo se apresuró a realizar una serie de sellos y apoyar ambas manos en el suelo.

    ~~~
    Sobrevolaban el mar aparente infinito hacia el Té. Las nubes y los islotes eran puntos insignificantes en un espacio que parecía diseñado para la perpetua soledad, no más que agua por donde mirasen. La mayor perturbación al silencio eran sus propias atmósferas, en un choque incomodado por más de una fuente de problemas. Namida era sólo la punta del iceberg, y ninguno de los dos parecía haberse percatado del todo, pero sus intenciones, o más bien, la falta de ellas, comenzaban a quedar claras sin necesidad de habla; justamente era el nervio el captor de todo el asunto, y sus temples yacían tan ajenos que no mostraban perspicacia por descubrirlo, no una palpable al menos. La mente del aguado se mantenía tan irritada y saturada que prescindía de intentar prestarle atención a sus recordatorios, en un intento por evitar la locura.

    Sentía, muy a pesar de los progresos logrados, que nunca llegó a salir realmente del Infracielo en Funiku, como si todo acto posterior arrastrara forzosamente el pesimismo que rodeó a los hechos, la desesperanza. Él mismo no lo tomaba tan fácilmente, ni siquiera era aún capaz de asumir que sus obsesiones florecieron en el peor de los contextos, cuando más y más obstáculos surgían en su contra. Una jaula sin llave de la que no sabía escapar, y lo peor era la paranoia, pues dictaba indefinidamente que el eje del problema era la criatura, monstruo, hombre o subconsciente. El misterio de Namida seguía siendo tan vasto, que el sólo pensar en encararlo con intenciones de una victoria nítida generaba vacíos, lagunas mentales, y nuevamente, ¿quién sabe si no era el mismo espectro esforzándose por generarlas? Ganando terreno. Se hallaba con ellos, no se dejaba ver por Himekami pero una presencia tan pesada, grotesca y densa era incapaz de ser recibida de otra forma más que con incomodidad, en especial cuando no se dejaba observar, pero sabía perfectamente que se hallaba detrás de él.

    Se levantó con todo el ímpetu que fue capaz de reunir, dando media vuelta sobre el lomo del ave a sabiendas de que Namida se desvanecería, colocándose frente a la Kunoichi, quien sólo inclinó la cabeza con desdén, intentando que el sol no dañara sus ojos, observando a su acompañante. Su desdicha habría sido evidente para cualquiera menos para quien sufría de una igual o peor. Los recuerdos se concatenaron hasta que el propio Hozuki pudo entender que ninguna de las actitudes mostrada por su estudiante eran propias de la mujer conocida; antes, por supuesto, un cambio de faceta podía darse con relativa facilidad, pero jamás en pos del desgane, ¿una nueva táctica? Tal vez, pero su percepción fue lo suficientemente coordinada como para notarlo: la desdicha que traía consigo, y la de Setsuna, eran fuentes completamente distintas de pesar.

    ― ¿Qué pasó luego de derrocar al Tenno? ―La pregunta zanjó tan filosamente que no pudo más que ser tomada a la defensiva, aunque claro, en su homóloga eso podría delatar normalidad.
    ― ¿Cómo llegó To a Tensai? ―el aguado torció su cuello, evidenciando el fastidio―. No hace falta que nos increpemos. Ni siquiera sería coherente en una situación como esta.
    ― ¿Por qué aceptaste mi ayuda, entonces? ―Himekami no respondió, simplemente no quería hacerlo―. Ah, ¿esto es por Fukitsuna? ―cedió a responder, bufando con impaciencia―. Es obvio que te pasa algo.
    ―Son días difíciles. No hay más que eso. Querer otra explicación es tan ingenuo como…
    ― ¿Creer una sola cosa de las que me has dicho? Porque si vamos a Cha, es porque tú lo dijiste.
    ―No ―se mostró mínimamente indignada, le selló los labios―. Si vamos al Té es porque no tienes otra opción, porque en medio de esta crisis el más perdido de todos debes ser tú.
    ―¿Por qué no aprovecharse de mí? Si tan frágil ando, no sería el momento ideal para dejarte caer en lo que sea que a ti te suceda, me ofendería si alguien así queda en la historia como mi asesino.
    ―¿Quién te ha dicho que no lo hago? Que por un mínimo segundo no lo he hecho.
    ―Tus acciones, jovencita ―el dialogo se zanjó de golpe ante una turbulencia sufrida por la invocación.

    Viraron en dirección opuesta al empuje, intentando identificar al atacante. Una estela de humo consumió varias plumas cerca del pecho del animal, esforzándose en apagarlas en un revolotear fortísimo que terminó por elevarles decenas de metros. Sus ojos buscaron sin remedio el origen del ataque hasta dar con él. Una embarcación acorazada, de materiales más que vanguardistas a simple vista; tres cañones, dos de los cuales se disparaban al unísono, les apuntaban y disparaban balas extrañas, cargadas por una energía magnética inexplicablemente potente que halaba sus cuerpos en la dirección que tomaran, lo justo como para que sólo la inercia les hiciera tambalear, pero en ningún caso caer, por el momento. Fue fácil, y sobre todo práctico, deducir que se trataban de imanes al chakra, cuyos efectos imaginables distaban mucho en el estado de alerta que ambos recién encaraban.

    Nagare no dudó en invocar dos aves que doblaban su tamaño inmediatamente, dirigidas a la acrobacia ideal para que cada uno se lanzara a montarlas en el vacío. Extendió la mano a Setsuna sin dejar de provocarla, exagerando el gesto desmedidamente.

    ― ¿Qué pasó con todo eso de la discreción?
    ―De poco sirve si te encuentran primero.

    La invocación gigantesca desapareció al momento en que ambos, una menos precavida que otro, se dispararon hacia las que ahora volaban al barco. Se sostuvieron de sus plumajes con todas las fuerzas que los dedos les pudiesen proveer, esforzándose en desacelerar al tiempo que se acercaban a la superficie oceánica. El barco se denotaba como un caza, diseñado para recorrer grandes distancias en poco tiempo y atacar a un objetivo específico, no era casualidad que una flota así estuviese en altamar. En el tiempo transcurrido, no se habían percatado de su lejanía con el barco de los generales avistados en Nami, aquel era otro navío, uno enviado desde las tierras del Té, aparentemente, pero sus marcas y el estado del metal le hacían pensar a ambos en lo imposible. Hielo y desgaste por las temperaturas de una zona más que gélida delataban que, al menos, no era una estructura custodiada bajo condiciones usuales.

    La coordinación del contraataque ocurrió en un santiamén, un asunto de rutina para ninjas de su rango. Ruigetsu sacó una gran cantidad de líquido del mar a fuerzas; el territorio era suyo por descarte; le convirtió rápidamente en aceite, haciéndole hervir y lanzando la inmensa burbuja en contra del barco, indicando con una simple señal a Himekami que debía actuar. Setsuna escupió fuego tan rápido como pudo, en la única emanación que consideraba infalible para encender por completo el combustible, y halando al ave con antelación para volar lejos en cuanto todo hiciera contacto.

    Les extrañó en demasía que la reacción no ocurriese al momento, y el espanto que sufrió Nagare al entender por qué le hizo actuar sin pensarlo dos veces: lanzó un oleaje contra Setsuna, desprevenida ante una ofensiva de su compañero, haciéndola caer al mar. La fémina no captó la acción al momento, nadie habría podido, hasta que el horror del asunto pasó por encima de ella: otra bala magnética había sido disparada, misma que fue capaz de arrastrar la destrucción de fuego, agua y aceite hacia las alturas como un manto explosivo, inmenso e imposible de bloquear a menos que nadara al fondo. El ave fue rostizada sin remedio.

    La frialdad combativa del aguado salió a flote. No desperdiciaría su ofensiva así como así por un imprevisto. Tan rápido como pudo lanzó un kunai en paralelo a la bala, y otro tras transportarse hasta ese, y uno último para ser capaz de llevarle suficiente delantera ante la gravedad que comenzaba a apremiar, aprovechó la inercia de su impulso para colocarse junto con el último cuchillo frente a la hecatombe elemental, abriendo un portal hasta el primer kunai, ahora encima de la cubierta del barco tras ser pateado.

    El gasto convendría a su salvación, o eso quería pensar.

    Fue demasiado tarde para cuando se percató, pero aquello no podía frenarle: la bala, por más capacidad de magnetismo que tuviese, no era ni parecía contener atisbo alguno de chakra. La capa de aceite fue drenada, a pesar de todo, pero no evitó que el aguado recibiera salpicaduras, junto con el golpe impredeciblemente duro del proyectil; por fortuna, lo suficientemente ralentizado por la gravedad para no ser fatal. No podía licuarse, y el dolor en su pecho y brazos le hizo pensar en fractura, con suerte, una curable bajo medicina común. Resistió lo justo para absorber lo necesario, dejándose caer en una pirueta y soltando un silbido para que el ave aún en vuelo se apresurara a buscarlo, sabía que no podría nadar en ese estado, no sin arriesgarse.

    El navío fue capaz de disparar una última bala antes de caer preso sin remedio de la transportación de la vorágine ígnea. Varias explosiones sucedieron, pero al parecer, no las suficientes como para hundirle, no al momento. Tripulantes salieron de él, extrañamente tranquilos en comparación a cualquier marinero en una situación así. Se sostenían de vigas y tuberías sueltas sobre el agua, y muchos terminaron por evidenciar sus identidades: samuráis, pero no aquellos enviados bajo convenios con To, no, aquellas armaduras grisáceas eran de Sanrou. ¿Qué hacían allí?

    El ave fue dirigida entre los quejidos del ANBU y su descontrol hacia el punto donde ahora Setsuna resurgía con dificultades para ponerse de pie sobre el agua en bamboleo. El rostro de Hisha fue suficiente para entender que ella misma debía subir, aún en estado de alerta.

    Sobrevolaron como pudieron a velocidad hacia la costa del Té, unos veinte minutos de vuelo a toda velocidad, sin pronunciar palabra. Setsuna tenía una posición facilitada a nivel reflexivo, e incluso así, el pensamiento de dejar caer a Nagare para que el desgaste lo terminara condenando jamás pasó por su mente, no porque pensara en que resistiría, o que terminaría en desventaja. Su mente, en ese instante, no fue capaz de imaginarse matándolo. Los samuráis, claramente, no los flanqueaban por el momento, y querían creer que no podrían hacerlo, al menos los supervivientes de la nave.

    Llegar a la costa fue sinónimo de desaparición para el ave aún con ellos. Hozuki se reclinó sobre la ensenada, intentando mantener el torso erguido mientras comenzaba a condensar chakra médico en la mano menos dolorida. Sentía que varios huesos de sus dedos yacían rotos, pero curarlos era el único medio rentable para detener el dolor, usar morfina en una situación así sólo los condenaría a largo plazo por el descuido. Tardó un poco, pero finalmente notó la ausencia de Setsuna, quien marchaba decidida al interior de las tierras del Té, hizo un esfuerzo para levantarse, seguirla.

    ―Un gracias no estaría de más ―la aludida volteó al instante, y la seriedad mortuoria en su rostro no tardó en acercarse a Rui.
    ―Yo no pedí esto, y tú no mereces compasión, ni mía, ni de nadie. Si te espero, es porque me matarán si voy sola, no cuesta entenderlo.
    ―Me conmueves ―soltó, sintiendo una recaída en su costilla―, pero no hace falta alterarse.
    ―Nada de esto hace falta, tú ni siquiera quieres los ojos realmente ―fijó su mirada, realmente le percibía como a alguien patético en ese instante―. Te tienen atado y no puedes zafarte, sólo andas intentando escapar mientras averiguas qué sucede.
    ― ¿Qué tiene de malo? No te veo muy motivada tampoco, con la vida en general. Podemos darle un giro a todo y que yo te termine matando a ti.
    ―Eso no te interesa. Estás tan al borde de la supervivencia que ni siquiera piensas como de costumbre ―ejecutó los sellos necesarios para generar chakra médico también, aplicándolo en su torso―. Si tanto huyes del mundo, termina de sincerarte y hazlo.
    ― ¿Quién dice que no lo pienso ya? Qué aburrido sería si lo hiciera todo de acuerdo al plan.
    ― Ojalá tú te lo creas.

     
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    Última edición: 21 Nov 2018
  17. St. Mike

    St. Mike Sanguine Sanctum

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    La herida en sus costillas comenzaba a dejar de ser perceptible a medida que la energía fluía por el torso. Setsuna intentaba acelerar el proceso, más por cuestiones de tiempo que otra cosa; intentar detener el enojo era frustrante. Ni ella misma acababa de comprender todo lo circundante dentro de sí en aquel entonces, cólera mezclada con fastidio, un coctel propio de la histeria, opuesto a todo lo que hubiese pensado o querido demostrar en el pasado, pero allí, por alguna razón, su mente encontraba bache tras bache al intentar la templanza. Por supuesto, al final, el sentimiento predominante era un desgane consigo misma, las sensaciones se tornaban tan desagradables, tan impropias, que la mayor confusión se redirigía a ella misma.

    No tenía ánimos siquiera de continuar, y si lo hizo en el momento fue sólo gracias a la inercia ante el peligro; fue aquello el benefactor a sus pesares, además, apoyando un aturdimiento que excluyera la marea mental. En el fondo, Rui y las contradicciones del momento eran el menor de sus problemas: la pesadez y el clamor por desquitarse eran superiores a todo, casi un instinto por desligarse del mundo, si es que no lo había hecho ya. Las emociones más vívidas desde el golpe de estado, junto con esa sensación melancólica, se replicaban casi a la perfección dentro de Nagare, aunque ni él ni ella lo supiesen entonces. Sólo podía ver a Himekami con los mismos ojos que al resto del mundo: indiferencia, y si Kimo había logrado empujarle a una misión de tal magnitud era sólo gracias a un deseo casi olvidado, uno que ya ni sabía si debía priorizar.

    Fuese por ensimismamiento o negación, ninguno de los dos lograba distinguir sus propios pesares, ni mucho menos actuar en función de ellos. Autómatas.

    Las costas del Té representaban una utopía ajena a casi cualquier otra. La riqueza de relieves era alucinante, una oda dedicada a la naturaleza de principio a fin. Habían aterrizado en un peñasco cerca de la punta Sur, donde las olas arrastraban con fuerza en la orilla, un ambiente ajeno a cualquier centro portuario, y por fortuna, tapado por el manto de flora litoral. Ambos reconocieron, al menos, que se encontraban lo suficientemente lejos de la prisión Jigoku y la aldea del té, y apenas adentrándose, distinguieron otra de las razones por las que aquella costa no era tan frecuentada: la peste a toxinas, cadáveres descompuestos en un caldo nocivo que se cernía no muy lejos de allí, en uno de los pantanos más grotescos del mundo. Setsuna sabía la naturaleza de lo que les aguardaba de primera mano, y acabar en sus cercanías resultó un recuerdo poco agradable; desde esa perspectiva, entendía aún mejor la función del pantano como barrera.

    Una brea inexplicablemente inodora se filtraba entre las hendiduras de la arena, a pocos metros de su ubicación. Fue sólo gracias a la coincidencia del portal en Tetsu que Hozuki logró imaginarlo, o más bien, reconocer de qué se trataba. Detuvo a Himekami sin pensarlo dos veces, halándola del hombro en su dirección, ya encaminado a su avistamiento; ella distinguió el por qué, pero todavía no podía entenderlo. Al acercarse, se develó la realidad del asunto: el canal sobre la arena no era más que parte del musgo y el hedor del pantano, una salida de agua sin más, pero oculto, bajo la marea cristalina, la mancha ostentaba más por lo menos quince metros de diámetro. Ruigetsu ni siquiera se molestó a corroborar su hipótesis, los pedazos de hielo desperdigados sobre el agua se lo dejaron muy claro. Aquel era un portal del Hierro, hecho de la misma forma desconocida que los resguardados en las oficinas de To.

    ―Pero cómo quitarlo… ―susurró.
    ― ¿Qué se supone que es?
    ―De aquí salió el barco. Pero no entiendo… ―la fémina ni se molestó en pronunciar palabra, dirigiéndose al conducto que unía la tierra con el portal. Dedujo de inmediato que provenía de la base.

    Creó rápidamente una cuchilla de luz desde su mano, creyéndose segura de la naturaleza en ese canal. En efecto, el hilo cedió al contacto con el arma imbuida, viendo cómo el portal no tardaba en disolverse dentro del agua, turbia como resultado. Ninguno de los dos lo supo en ese entonces, pero fue gracias a una extraña conveniencia en cierto navío que lograron llegar antes que Kohiko y Zen. Si tuvieron la calma del contexto y de haber neutralizado un transporte absurdamente poderoso para el Shogun fue gracias a haberlo encontrado desprotegido.

    ―Andando ―zanjó Esdesu.

     
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    Ultraviolence

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    La vida podría llegar a ser horrible, sí. Tan espantosa que cualquier pensamiento inteligente iría dirigido a abandonarla cuando se tornaba insoportable, pero de esos había tenido muchos durante su infancia. Una especie de orgullo insano, nacido a base del sufrimiento a temprana edad, fue lo que le rescató de una existencia de llantos y desgracias, a ella y a su hermano. Desconocía con exactitud la mecánica de su gemelo, pero al menos la suya cobró fuerza conforme comprobó su efectividad. Abandonados a su suerte en medio de un mundo egoísta dispuesto a devorarlos, se aferraron a la vida con uñas y dientes hasta que, en una recompensa a la persistencia, hallaron gracia delante del Shogun, quien los extrajo de del montón para convertirles en lo que eran ahora. Pero no, el futuro brillante no comenzó allí. Kohiko se negó a sí misma, al mundo, harta del sufrimiento; cuando pensó que lo mejor que podía hacer era entregarse a la muerte destinada desde que vio la luz, no fue sino la frialdad de la espalda del mundo lo que le abrió los ojos. Era increíble como el resto se mantenía inerte al padecimiento del prójimo, la muerte incluso podía pasar desapercibida cuando los más desdichados quedaban tendidos en las aceras o esquinas, presos del congelamiento y después permanecer allí por días. Solo tomados en cuenta cuando comenzaban a ser una molestia, una peste. No había lamento, ni lágrimas. Rostros estoicos retiraban los restos y seguían su camino más por deber que por compasión. Solamente aquellos que eran capaces de permanecer ajenos al mundo eran los que podían sobreponerse a su dolor. Sin miedo al dolor ¿Cuál era el límite?

    Kohiko decidió actuar con la misma frialdad con que el mundo la trató a ella. Ignorándolo igual. Haciendo oídos sordos y arrancando sus propios sentimientos con la misma delicadeza con que se despelleja a una presa. Sí, la vida podía ser miserable, pero cuando pasabas de largo la miseria no era más que un adorno en el camino. Así fue cómo se abrió paso hasta formar parte del selecto grupo escogido por la máxima autoridad del País. Desarrolló un odio pasivo a todo lo existente (o al menos así llegaba a categorizarlo), a momentos se le escurría en forma de burlas crueles o demostraciones explícitas de su infravaloración hacia la vida. No hacía falta decir una palabra, bastaba mover la espada para escupirle a la humanización y sus conceptos. Ni bueno, ni malo. Los límites maniqueístas de la sociedad comenzaron a ser difusos hacía mucho. Y en aquel punto, el desprecio se extendía incluso a su persona cuando llegaba a considerarse parte de “ellos”; la lealtad al Shogun pendía de un hilo por el simple hecho de comprender que no podía aferrarse a nada y así nada le sería arrebatado. Y se le antojaba que le percibía de la misma forma en que ella lo hacía: un objeto, uno reemplazable. No tenía por qué mostrar gratitud y apego.

    Por supuesto, jamás hablaba de ello. La falta de expresión en su rostro tampoco denotaba mayor emoción, lo cual la hacía un libro difícil de leer. Era imposible adivinar qué pasaba por su cabeza, a no ser que en ocasiones emanara pulsos de odio solo visibles por su forma de matar.

    Abrió los ojos, por un momento le pareció sentir la gélida sensación del clima invernal del País del Hierro, hacerlo fundamentaba sus cimientos y despejaba la lasitud que la invadía. Esto no era más que una jugarreta de sus sentidos cuando descansaba los párpados por más de cinco minutos, semejante a un recordatorio a mantenerse siempre alerta en un mundo tan hostil. Irguió el cuerpo para levantarse de la silla, acababa de enviar una señal a una flota que aparentemente venía de Sanrou y estaba esperando la respuesta. No se trataba de un extravío ni una equivocación, el portal escondido cerca del pantano mortal del Té era una conexión instantánea con Tetsu. Información de la milicia que no se había tomado la molestia de revelar a los de To. Una actitud caprichosa de su parte pese a la cantidad que le estaban pagando, en ese instante se le antojó poco por tener que soportar a su demente compañero. Era como estar sola, no contarlo, tampoco es como si ella misma lo contemplara como una ayuda. De actitud excéntrica y poco viable, el albino había tomado acción para recuperar las espadas, ingeniándoselas con lo que tenía en la nave que, después de todo, no era nada despreciable. No había que dejarse engañar por esa sonrisa odiosa y estúpida, era un genio, tal como citaba su informe. Usando las cuerdas de las velas y algunos aparejos ató una balsa, de las destinadas a evacuaciones de emergencia. De esa forma se mantenía flotando a unos cuantos metros del barco. Le hizo unas modificaciones para ser más delgada en su suelo, un grosor de medio centímetro, porque allí descansaría su electroimán. A base de corriente eléctrica proveniente del barco y un metal, jugaría a la pesca para rescatar las espadas. Veía aquello más como un reto a su intelecto que como una tarea obligatoria. A momentos lanzaba gritos desde la cubierta para pedirle a Kohiko que encendiera las turbinas, el timón estaba atorado para evitar un desplazamiento mayor que el circular, a fin de no perder el cuadrante donde sus armas fueron arrojadas. Obviamente la finalidad no era el desplazamiento, sino la acumulación de energía, un fuerte voltaje sería conducido al metal a través de un cable. En evidencia, el barco contaba con ambos ciclos de navegación, el automático y el manual a base de velas. Zen hizo varias pruebas hasta que las rescató. Fue más una entretención.

    ―Aquí MDSS03 ―volvió a llamar. Ya había establecido comunicación hacía unos minutos, por lo cual resultaba ridículo que no le contestaran. La frecuencia era la correcta, incluso le dijeron que enviarían información, pero antes de rectificar algo interrumpió el contacto. Sus ojos se posaron en el radar solo para mirar el momento exacto en el que desaparecía del mapa, apagándose el tintineo ¿Avería o ataque? Las sospechas de Kohiko se acrecentaron. En ese instante cambió la frecuencia para intentar comunicarse con algún navío cercano o base de Cha (después de todo no estaban lejos) tal como lo hizo durante la madrugada, en un acto de prueba de su propio sistema. En poco recibió una contestación y acordó un punto de encuentro con los rezagados en Cha. La inconsistencia de los hechos enunciaba claramente la presencia de agentes extraños ¿Serían acaso los ninjas aquello con lo que se encontró el barco de Sanrou? En realidad no eran ellos lo que imperaba, sino el portal; una vez obstruido provocaría una congestión en las operaciones. Comenzó a manipular con habilidad el tablero de control para cambiar la marcha de su barco, cabía mencionar que llegado a ese punto solamente estaban ellos dos vivos. Si un grupo se había amotinado ¿qué les aseguraba que el resto no? a mano fría se encargó de deshacerse de los demás, no importaba que no tuviese su espada. Había aprendido a defenderse incluso sin ella.

    ―¿A dónde vamos? ¿Y el Capitán?―se asomó Zen por la ventana con una sonrisa que pronto se volvió burlesca al hallar el cadáver del navegante principal postrado sobre una silla, con la cabeza gacha y un charco de sangre a sus pies. Parecía un títere con los hilos rotos. Se ganó la mirada de soslayo de Kohiko y una respuesta seca.

    ―Al portal.


    Todo esto y la llegada de un par de barcos menores como apoyo, ocurrió antes de que el mensaje dado por Totoro tuviese real efectividad. A esas horas se estaba esparciendo el rumor del otro lado de Nami y de hecho, alguien se estaba encargado que así fuese, haciendo eco a la sospecha de que To estaba comprando a los agentes de Sanrou, más allá de una paga por servicio (esto sobre las bases este de Nami y las de Cha). Pero ¿A quién le interesaría que las intervenciones de Totoro fuesen exitosas? El misterio era amplio, como una sombra de varios matices y profundidades inexploradas, si se trataba de un bien preciado como el Rinnegan cada esfuerzo era justificado, cada soplo para cambiar la trayectoria era necesario para que el mundo entero tomara la dirección deseada.


    No pasó ni media hora para que arribaran a la costa, el olor pútrido y penetrante de la cadaverina provocaba arrugar la nariz y cubrirse la boca a causa de las incontenibles náuseas. No tocaron tierra al avisarla, sino que recorrieron la línea de la ensenada hasta las coordenadas exactas. De cualquier forma ¿Quién querría arriesgarse a tomar proximidad al pantano? Podría decirse que finalmente llegaban a Cha, luego de pasar toda la noche en altamar a causa del motín y las espadas perdidas. El gran barco avanzó con parsimonia, asistido de dos estaciones menores; la imagen correspondía a la de un tiburón acompañado por sus rémoras.

    Zen se asomó desde la popa del barco, intentando encontrar lo que sea que estuviesen buscando, obviamente no se había tomado en serio lo del portal ni la misión en sí. A lo lejos se miraba una especie de mancha negra de contorno definido y aquello que experimentaban, la presencia de brea espesa y olores nauseabundos, no eran más que el resquicio del verdadero nido de mortandad que se situaba rumbo al interior. Antes de emerger al exterior, Kohiko recibió la notificación de que el barco contactado con anterioridad había sido atacado por ninjas hacía muy poco, confirmando sus premisas. Los hallaron a flote, pero con las instalaciones severamente dañadas. Eso explicaba el corte en las comunicaciones. Ese era un asunto menor de cualquier forma. La mujer caminó rauda por la cubierta, ella parecía ser la única inmune al desagradable paraje. Según el mapa, aquellas eran las coordenadas exactas en las que debía aparecer el portal, pero no había nada. Se constató un par de veces más. El susodicho estaba desaparecido o, probablemente, destruido. Alzó el rostro y prestó atención a los alrededores, aquello no era plenamente el pantano, por supuesto que no, sino el final de él, las sobras insípidas de algo altamente repulsivo. En ese momento dio una orden para destrozar la incertidumbre, su voz fue acompañada por el sonido lejano de unas gaviotas perdidas y hambrientas.

    ―Envíen un grupo de reconocimiento ―hubo un temblor general en los oyentes y silencio. La falta de respuesta fue lo que obligó a la mujer a girarse con la dureza esculpida en sus facciones ¿Acaso no iban a obedecer las órdenes de un general? Entonces uno de los dirigentes de los barcos menores se armó de valor para enunciar la verdad.

    ―Es muy peligroso, aun si se trata del contorno del pantano. Es un terreno inconsistente que puede tener arenas movedizas y charcos de brea.

    ―Con más razón, así no tardarán mucho en encontrar a los responsables. No pueden haber ido muy lejos ―indiferente al sufrimiento humano y a la muerte, Kohiko sostuvo la orden y se giró de vuelta, esperando que su mandato se cumpliera. Sin más remedio y temiendo por sus vidas, un grupo de diez individuos se armó, entre ellos había cinco samuráis. Como bien se mencionó, estar en Cha era semejante a cometer un suicidio, ser enviado a allí era lo peor que podía pasarte su pertenecías a Tetsu. No solamente se trataba de una parte de Modan habitada por ninjas, sino que era la sede de la Alianza shinobi, estaba la prisión de máxima seguridad y de paso, el pantano mortal. Quienes iban allí estaban destinados a la muerte y sin embargo, To insistía en hacer expediciones en ese lugar, incluso Tetsu tenía intereses de utilizarlo como puente para el país del Viento. Una inversión impensable de recursos humanos inhumana en su categoría. Ni siquiera se llevaba un control expedito de las muertes ocurridas ahí, era el pan de cada día.

    El grupo bajó a tierra, los cinco samuráis elegidos permanecían en silencio, era imposible mirar sus caras gracias a sus armaduras, no se sabía si su expresión de horror era igual que la de los otros cinco acompañantes que formaban parte de las expediciones, sí, versados en recorrer terrenos hostiles más no mortíferos. Existía un rango amplio de diferencia de entre la mina y un pantano cinco veces maldecido por cada divinidad existente. No obstante, bajo la mirada gélida de Kohiko, comenzaron el recorrido para hallar pistas que delatara a los destructores del portal, o en el mejor de los casos, directamente a los culpables. La mujer siguió sus pasos hasta verlos desaparecer entre la vegetación de la playa, una especie de sombría satisfacción surcó fugaz su lánguida tez. Por supuesto que sabía que los estaba enviando a la muerte, como una carnada tierna en el anzuelo esperando ser mordida. Los miembros de la expedición sabían, mejor que nadie, sortear peligros del terreno, lo cual les permitiría llegar más o menos lejos; la presencia de samuráis era un seguro, si hallaban un contrincante no dudarían en atacar. Portaban la orden de, en caso de enfrentamiento, crear señales que delatara su posición con la promesa de que recibirían refuerzos. Eso podía no ser necesariamente verdad. Koko apoyó su zapatilla sobre un cúmulo de gruesas cuerdas, doblando la rodilla sin importarle que eso produjera la apertura de su falda y el consecuente recogimiento de las telas. Su única intención era revelar la presencia de esos malditos ninjas que, sabía, no se resistirían a la carnada. Algunos poseían tal aversión a los samuráis que bastaba verles para correr a matarlos, con una cucaracha que es urgente exterminar.

    ―Por eso nadie quiere venir contigo ―confesó Kuronama con tono juguetón. Dentro de las fuerzas del Shogun era sabido que Kohiko poseía nulo sentido del compañerismo, siendo capaz de utilizarlos como meras piezas de ajedrez. Una muestra más de la desvaloración de la vida, como si haciendo eso le diera a saber a algún ser supremo que no existía nada de divino en su creación.

    ―¿Entonces qué haces aquí?

    ―Es un experimento social ―aseguró, levantando su índice y achinando los ojos a causa del despliegue de su sonrisa. Koko le dedicó dos segundos de atención y la devolvió a la mortandad del paraje. De por sí no solía conversar y había entendido en poco que intentar hablar con el excéntrico era una pérdida de tiempo, lo suficiente para no expresarle que él tampoco era muy apreciado entre los agentes por sus extrañas cavilaciones.

    ―Estén atentos a cualquier señal, la más mínima ―dijo esto a los tripulantes, los cuales sintieron un escalofrío al escucharla hablar.

    .

    .

    .

    El conflicto con Nagare, si es que así se le podía llamar, le hacía evidente su propia realidad. Si comparaba su actitud actual con la precaución y prudencia antes mostradas, lo único que podía concluir era que estaba huyendo. El mensaje de Kiseki nunca fue una seguridad en cuanto al Rinnegan, ni siquiera a su integridad, pero sí a la salida ansiada. Le causaba conflicto aceptar que los muros de Raku, sus truenos y sus tardes nubladas se le volvían insoportables, como si cada rincón en la aldea le señalara para nombrarla culpable. Desde un inicio supo que debería cargar con el odio y la culpa que todo aquello ocasionaría, porque solo un puñado era capaz de comprender sus motivos. Estaba preparada para ello. La insaciable general Himekami quedaría en pie para reconstruir al Imperio del Trueno. Pero la situación se salió de control, el daño se volvió irreparable y ahora percibía que lo había perdido todo. La persona que una vez amó, a su amigo, su clan, su aldea y hasta el propósito de vivir. Por las noches solía despertarse entre agitaciones y mareos, cuestionándose. Más allá de volver a erigir Rakugakure ¿Qué? Ni siquiera deseaba tomar el control político ¿Cómo podría si ni quiera podía discernir su propio sendero? Podía sentir su propia alma agitándose en el interior, como víctima de reacciones químicas tendientes a la inestabilidad, contaminándose con las ajenas, revolviendo los recuerdos, dañando su propia identidad. No era fácil tener el control de sus habilidades, su línea se basaba en el control y eso era lo que estaba perdiendo. En ocasiones soñaba resquicios de las vidas de otros. Quizás por eso sentía a Yau tan cerca, reptando para emerger y tomar el control desde el asunto de Fukitsuna. En ese punto se sentía vulnerable, su propio carácter estaba fuera de control, ideas desordenadas y con poca claridad. Esto bajo el rostro aún estoico que comenzaba a fisurarse. La violencia desenfrenada era lo único que le permitía despresurizarse, por eso la ansiedad de ir base tras base samurái para exterminarlos a todos. No los odiaba como tal, ella no tenía nada que ver con To, ni siquiera deseaba el Rinnegan, pero la suma de estos pretextos era suficiente para salir de Raku e intentar respirar en medio de un mar que la ahogaba. Incluso, también servían para morir “accidentalmente” en batalla si el fastidio lograba sobrepasarla, detalle que no descartaba.

    Mientras tanto, arrastraría con ella a todos los miserables que habían cometido errores tan graves como los suyos. Se preguntaba si Ruigetsu estaba en esa lista.

    Le sorprendió hallarlo en estado deplorable, era inútil intentar sujetarse a la tabla de otro náufrago. Así que por el momento, ambos divagaban en aguas de distinto color que compartían el mismo espacio. Desgane generalizado. Podrían quedarse flotando al placer de las aguas otro rato.

    ―Tengo una proposición inapropiada―habló el castaño irrumpiendo en el silencio y atravesando con ánimo turbio la, ya de por sí, pesada atmósfera mental. Setsuna solo le dirigió una mirada en respuesta. Caminaban bordeando el pantano a sabiendas de que el barco samurái había llegado gracias a las aves que el Aguado había dejado allí, eso respondería a la pregunta de qué tan frecuente era monitoreado el funcionamiento del portal pero terminó avisando la llegada de los generales. La distancia aun no era tan amplia como para perder el contacto con la invocación pero sí la suficiente para llevarles algo de ventaja―¿Y si nos suicidamos?

    ―Imbécil ―se sintió tonta por haberle prestado atención pensando que algo bueno saldría de su boca. Aunque, hablando en serio, si no dejaban la vía recta pronto acabarían haciéndolo por adentrarse al pantano. El terreno era fangoso, el limo verde disimulaba la resbalosa superficie intransitada e intransitable, así que usaron chakra en sus pies tal como lo harían para escalar. Con todo, el pie de la pelirroja terminó hundiéndose hasta el tobillo haciendo que sus tacones se enterraran como agujas. Rui no lo hubiese notado de no ser por el resoplido consecuente. Se giró para disfrutar del infortunio.

    ―Pareces principiante. Puedo darte unas clases de control de chakra si quieres ―extendió su brazo para fungir de apoyo, Esdesu se sirvió de él y sacó el pie. Notó que su inestabilidad emocional comenzaba a afectar su desempeño por más estoica que se mostrase. No se trataba de tener un control superfluo ni apariencias.

    ―Debo confesar que no te considero mi maestro. No siento ninguna clase de respeto hacia a ti.

    ―¿Ah sí? ―Hozuki contrajo el brazo y con ello atrajo el cuerpo de la pelirroja con éxito, no se lo esperaba ― ¿Entonces qué sientes? ―acercó el rostro, de tal forma que aquello fue más un susurro. El tono juguetón salió a flote, como si toda aquella conversación no hubiese tenido ya suficiente sarcasmo.

    ―¿Por el mundo? ¿Por ti? ¿Los samuráis?

    ―Por mí, obviamente.

    ―Ganas de matarte ―en ese momento, Rui soltó una risita
    que en un inicio intentó contener, pero fue en aumento.

    ―Setsuna, tú siempre tan graciosa.


     
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    Última edición: 25 Nov 2018
  19. St. Mike

    St. Mike Sanguine Sanctum

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    La nieve formaba una capa tan ligera que el galopar no se dificultaba en lo absoluto. Los percances derivados del tiempo solían obligar a descansos largos, necesarios para el descanso de las monturas; aquella noche, todo favoreció el avance: las tundras y colinas del Hierro se mostraron fáciles de surcar, bajo un viento excepcionalmente calmo; aquel viaje tenía un límite consensuado en el interior de un valle angosto, donde varias placas separaban el horizonte Sur de lo visible. Los samuráis escoltas eran parte del protocolo, Gaiko Hanasu aceptó su compañía sólo para cumplir con ello, pero todos ellos sabían que, en cuanto llegaran al meridional del valle, deberían dar marcha atrás, dejando al representante de Sanrou en manos de To. Este método, aunque riesgoso con cada oportunidad, intentaba garantizar una frontera entre las tierras dominadas por el pináculo del Hierro y aquellas que To había decidido tomar como parámetro de investigación.

    Un acuerdo como ese sólo podría existir bajo los momentos que se vivían actualmente; los rumores de la empresa le ponían en condiciones tan delicadas que hasta el propio Shogunato prefería discreción momentánea, incluso si en un futuro la balanza se tornaba a favor de los samuráis. Por el momento, amén del pacto, situaciones como aquella se hacían lo más usuales; prevención y secretismo ante todo, socios que buscan beneficiarse mas no conocerse. La industria no se quedaba atrás, sería la primera afectada de hacerlo. Sabían de sobra que existían grupos espías enviados desde el centro de Tetsu, pero, por más suerte que otra cosa, aún no lograban dar con información útil, no la suficiente.

    Un emisario de porte ceremonial e impoluto surgió entre la niebla y los árboles de la sierra, saludando a Gaiko desde la distancia. Sin intercambio de palabras, sólo una expresión de tranquilidad en el rostro del enviado y un portal azabache prontamente creado en el suelo, él mismo se aproximó a su interior, indicándole al hombre que hiciera lo mismo. Hanasu era ajeno al chakra, estuviese en espadas o técnicas, era un civil, uno sumamente apreciado por el poder central dados sus conocimientos: un experto en minería y políticas de la región, familia de terratenientes allegados al Shogunato, y sobre todo, una figura de lealtad inconsciente a él. Deshizo su mueca del rostro, no le daba la más mínima confianza tener que meterse allí. Tapó su nariz en una prevención inocente y se lanzó, seguido del emisario.

    Inmediatamente reaparecieron en un sector de la sede central de la industria. Gaiko sacudió sus ropajes, como si la técnica le hubiese contaminado, aunque no hubiese ni rastro de Inton en su cuerpo. Fueron recibidos por el propio Apolo. Doto y Kuteki se mantenían atrás, sentadas sobre sillas más semejantes a tronos de madera por su ostentosidad; se hallaban en la oficina principal del recinto, y el samurái presente no tardó en guiarle a su asiento. El acto era chocante, hasta para un civil, viendo a un miembro de la milicia sublimado, así fuese disimuladamente, por otros mandamases; no le causaba repudio, sin embargo, y sospechaba que justo por ello le habían enviado a él, tan específicamente. Mineros políticos había en abundancia dentro de Tetsu, pero ninguno tan ajeno a la idolatría como él. Ninguno con tal capacidad de asertividad.

    Precisamente, con alguien así, ignorar las hipérboles de Sanrou sobre el problema sería sencillo. Si realmente existía una traición en To, él podría determinarlo.

    ―Un placer ―hizo una reverencia por cada una, por educación. Él no podría notarlo entonces, pero aún había resquicios de fatiga y aturdimiento en los rostros cansados de ambas accionistas. No tenía idea de cómo habían sido sus últimas horas por culpa de cierto shinobi.
    ―El placer es nuestro ―tensas, incapaces de regocijarse en su propia morada. No era el miedo a la destrucción lo que les atormentaba, sino el saber lo que Nagare podría ser capaz de hacer de por medio. Los planes seguían su curso, y ninguno de ellos se había visto demasiado alterado, pero la espina seguía allí, insertándose lentamente.
    ―Iré al grano ―se reclinó hacia delante―. Hay preocupación en Sanrou por ustedes. Hoy llegó una carta desde la sede de las Olas. Decía que un grupo de ustedes se alzó en armas contra los samuráis ―Ambas tenían previsto lo que diría, y para ambas fue sencillo saber qué hacer. No perderían el tiempo. Un hombre calvo de ropa blanca se apareció en la habitación, procediendo a ejecutar una ilusión sobre Gaiko, indefenso.

    Kuteki se levantó, colocándose frente a su silla antes de hablar:

    ―Los reportes no señalan ninguna anormalidad en To. El grupo insurrecto no fue tal cosa, sino una intentona de ataque ninja enviado desde el Agua que los mismos mineros intentaron detener. Mostraron evidencias de sobra, y hasta permitieron una visita al lugar de ser necesario ―hizo una pausa, tomando a Hanasu, en trance, del rostro―. Eso le dirás.
    ―S-sí.

    Apolo había contemplado la escena, cabizbajo, habría bastado percibir su indiferencia para que, al menos, Gaiko pudiera confirmar traición por su parte, pero el ilusionista presente era un experto en distorsionar la realidad, uno que nadie podría encontrar en los registros. El albino procedió a escoltarle, esta vez, a una habitación del edificio, donde “dormiría tras una charla fructífera para partir en la mañana”. Las mujeres aplaudieron al unísono.

    ―Muy bien hecho, Shisue.

    ~~~

    La humedad se hacía insoportable. La sensación que vivían entonces, aún lejos del centro del pantano, era lo más similar a ser cocinados al vapor, muy lentamente; y lejos de las comodidades que un sauna podría aportar, la sensación de materia orgánica, suciedad y gases indecibles en sus pieles era un poema a la enfermedad y podredumbre. El aguado había asumido sobradamente que prescindir de licuarse era esencial, y veía con malos ojos el tener que usar Nami en un momento así, pero era aquello o terminar masacrado, corroído o contaminado. Setsuna avanzó hasta una rama firme, aquel árbol en otras tierras sería un roble común y corriente, allí, su porte era más similar al de un baobab, enano, pero con exceso de firmeza. Ató su cabello con fuerza, intentando omitir cualquier repudio instintivo por la suciedad extrema y tratando de secar el sudor con su propio chaleco. Tanto Rui como ella se habían retirado sus sobretodos en un intento de airearse, pero mantener las defensas mínimas era esencial.

    Varias gotas de sudor lustraban en cuello de Himekami, visto por Hozuki a sus espaldas, ya sobre la rama. Su pulgar se deslizó con aparente gentileza para limpiárselo, aunque la fuerza e impronta del movimiento casi hace a la fémina reaccionar en vano. No demostró mayor reacción, aunque ciertamente logró sentirse un poco más fresca. Respiró hondo, ejecutando un sello característico que no pasó desapercibido por su acompañante.

    — ¿Segura?
    — ¿Por qué no?
    —Podemos atraer animales también, no sólo a ellos.
    —Que se maten entre sí entonces.
    —Hay más formas de encarar situaciones que esa —La ironía abundaba, pero no la haría reaccionar con ella.

    Terminó la condensación de chakra en un santiamén, creando cinco copias de sí misma, cada una tomó caminos distintos, a esperas de lograr un señuelo.

    Kohiko aguardaba desde las afueras, silente, más centrada que pensativa; esperaba resultados, fuesen buenos o manos para los enviados, terminarían beneficiándole. La robustez de cada hoja les hacía más difícil apartarlas del camino, además del miedo creciente a que cada flora tocada pudiera contener alguna toxina, o peor, que la propia planta los devorase. No existía nada parecido a las garantías allí, sólo el temor de una tortura opuesta a todo lo considerable como natural, incluso en sus terrenos más “afables”; y es que, para personas criadas en el Hierro no sólo se trataba de la ferocidad ambiental que cualquiera pudiese sentir, sino el contraste abismal entre las temperaturas allí sentidas y las de sus hogares. Mareados, atolondrados y sin ánimos siquiera de dar un paso, era más la confusión que el miedo para esas alturas, justamente, porque uno de sus mayores temores se hallaba casi cumplido: la opresión mental.

    Charcos burbujeantes en hervor con sustancias tan espesas como el propio lodo llamaron su atención a tiempo al menos de no terminar pisándolos. Caminaban con la mayor cautela posible, presenciando a cada segundo algo más feroz por lo que temer: las serpientes sólo eran visibles gracias al brillo de sus pieles, pues la mayoría mostraba pigmentos tan negros como el abismo, orbes amarillentos y llameantes, como demonios reptantes; el rugir semejante al de hipopótamos se camuflaba entre la maleza, sin que lograsen distinguir qué tan lejos se hallaban de aquello. No se dijeron a sí mismos de la urgencia que tenían para salir hasta presenciar varias plantas carnívoras, tan o más grandes que dos de sus cuerpos juntos, con estructuras de sacos abiertos que liberaban enzimas y proteínas con un tufo a lo más gutural, horrendo e insoportable que jamás hubiesen imaginado. Se preguntaban si tal cosa sería exquisita para alguna bestia, o directamente se trataba de un veneno letal.

    Fuese cual fuese el caso, aceleraron la marcha, encontrando un claro que al menos les dejó respirar con menos peligro, a simple vista. Algunos agotados, otros al borde de la fatiga; si sus mentes no hubiesen yacido tan a merced del descontrol sensorial, probablemente habrían salido de allí, a dónde fuese. Las sombras y montículos de miasma vegetal podrían confundir a cualquier desprevenido, pero fue uno de los exploradores mártires quien se percató: punto rojizo, inicialmente avistado por mera alerta, se volvió nítido a medida que achinaba la vista: cabello, y de él salía el uniforme negro de lo que parecía ser una kunoichi. Se agachó, a máxima precaución de no ser detectado; haló del pantalón al compañero más cercano, señalando al avistamiento, todavía de espaldas.

    Tenían el temple suficiente para perseguirla, pero claro, esa no era la Himekami que buscaban.

    Rui y Setsuna seguían avanzando, con el rumbo más fijo en el escondite que otra cosa. Llegar a la zona del campamento era primordial, pero sólo era posible sobreviviendo. Sus sentidos eran lo suficientemente filosos como para mirar al frente sin preocuparse en demasía, aunque con tal desarrollo animal y vegetal, no les extrañaría que un predador fuese lo suficientemente discreto para atraparles sin ser anticipado. Rui, sólo entonces, se percató. Hundió a Setsuna hasta agacharla lo más posible, junto con él.

    ―Dionauris.
    ― ¿Eh? ―el aguado se limitó a señalar varios bulbos colgantes de las ramas que tenían encima. Uno de ellos se abrió, develando su verdadera naturaleza.

    Los Dionauris eran de los organismos más extraños presentes en cualquier parte de Modan. No existía consenso entonces sobre si se trataba de un animal o una planta. Su constitución era simple, pero muy efectiva: durante el “reposo”, se adaptaban y nutrían como parásitos incrustados en los troncos, obteniendo sólo lo necesario para subsistir; lo realmente temible, y lo que les daba su fama, era el “vuelo” que eran capaces de realizar: desligaban el pequeño tronco que les uniese al árbol para lanzarse a su presa, fuese animal, planta y se sabía incluso de varios casos humanos; su interior estaba compuesto únicamente por paredes gástricas con uno de los ácidos naturales más efectivos descubiertos hasta sus días. La confusión devenía, especialmente, de un tejido en forma de calavera que guardaban dentro de sí, en el mismo punto donde volvían a crecer los nexos con las ramas una vez digerido el alimento; se pensaba que dicho vestigio sólo evidenciaba un proceso evolutivo desconocido.

    ―Son sólo plantas carnívo… ―Himekami no pudo terminar su frase para cuando uno de ellos se lanzó, intentando engullir su mano; Hozuki apenas logró apartarla y la criatura cayó a tierra, atrapando en su lugar al pedazo de una roca llena de musco. Su facilidad para disolverla y triturarla, y sabiendo la fuerza que debió ejercer para ello, hicieron que ambos sintieran un escalofrío―. ¿Qué hacemos?
    ―Buscar un escondite ―otro cayó, unos metros delante, triturando la raíz de un árbol. Su tamaño jamás excedía los treinta centímetros en estado bulbo, volviendo aún más inexplicable su fuerza―. Ahora.

    Ambos saltaron de súbito sobre un montículo cercano, varios de los Dionauris reaccionaron al instante, cayendo sin remedio y tragando lo primero que se les cruzara. Tuvieron el máximo cuidado de sólo pisar terrenos altos, aunque la humedad en cada uno dificultaba no resbalarse; un zumbido les alertó, tan fuerte y constante que era difícil de creer que se tratara de un insecto; ni siquiera pensaron en voltear, sólo rebuscaban en el perímetro hasta hallar el ansiado recoveco, y en realidad, no estaba lejos de su posición. El zumbido les siguió hasta que otro por delante se le uniera: similar a una avispa, pero con rasgos tan afincados y animalizados que costaba tomarlo como un mero insecto; su aguijón emanaba un brillo preocupante, pero, por fortuna, su próxima alarma sería de alegría.

    Setsuna se percató al momento, fue difícil no hacerlo ante el contraste cromático: una figura con telares deshechos e higiene inexistente se apresuraba a ocultarse, realizando una serie de sellos para abrir una compuerta. No detectó a los ANBU a tiempo, el sonido acostumbrado de las criaturas allí camuflaba algo tan sutil como pasos de ninjas; se lanzaron al interior de la cripta junto a él, al mismo momento en que se cerró, reintegrando una pared aparentemente ilusoria, pero que claramente fue capaz de detener y cortar uno de los aguijones en picada; el tejido cayó al suelo, delatando una corrosión infernal.

    Udo se dio cuenta entonces de sus visitantes, aunque sin remedio a huir. Se encontraban en una cueva minera, recubierta por varias vigas de latón, uno especialmente maleable por lo visto, a lo lejos no se lograba divisar nada, por el momento.

    ―No podrán quedarse aquí ―el hombre hablaba como si les hubiese acompañado desde siempre, pero era mero desgane, despreocupación por forasteros. Lo único que seguía preocupándole era la imagen de aquel guardián en su cabeza―. Esto conecta con minas samuráis, los ninjas acabarán…
    ― ¿Hacia dónde? ―cuestionó Setsuna, sin ánimos siquiera de agradecer. Empezó a avanzar, Udo fue lo suficientemente rápido para detenerla, generando una barrera de chakra entre el inicio de la cripta y el resto.
    ―No fue una sugerencia, no pueden estar aquí. Si los samuráis no los encuentran vendrán acá de todas formas.
    ― ¿Y un especialista en Kekkai sí? ―Rui afiló su mirada, el rostro del sujeto se le hacía sumamente familiar, aunque sólo conociera a Udo como a cualquier otro aldeano.
    ―Si el especialista puede hacer algo para entrar a la mina, sí ―el dúo reaccionó a su manera individual, pero cada uno compartía esa sensación de haber escuchado a un niño pequeño hablarle de premios a un medallista olímpico, un individualismo así solían ejercerlo por ellos mismos―. Salgan cuando las avispas se vayan.
    ―Todo por unos ojos feos ―soltó Hozuki, intuyendo que por ello Shibuki se mostraba egoísta. Volteó, como si aquello hubiese sido un descaro, pero por las razones equívocas.
    ―No me interesa nada de eso.
    ― ¡Qué bien! A nosotros tampoco.
    ― ¿Entonces?
    ―Desmantelar To es la prioridad ―Esdesu fue lo suficientemente punzante para percatarse de cuál sería el hilo conductor más probable de aquel hombre, y efectivamente, su calma le dio a entender que acertaba―. El Rinnegan es sólo un punto de guía. Investigar este lugar es parte de ello.

    El hombre suspiró. Sacudió la cabeza varias veces. Había prometido no emparentarse con nadie, ni con nada, entre su objetivo y él, pero sería suicida no aceptar ayuda en ese entonces.

    Deshizo la barrera.
     
  20. Autor
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    Diez personas en total. Se movían en grupo para la búsqueda de los ninjas que, bajo la certeza de Kohiko, habían desactivado el portal, enviándolos a la misión más peligrosa de sus vidas, no solamente por el innegable hecho de que pisaban tierra enemiga, sino por la mortandad tan espesa y encarnecida que el pantano despedía en forma de pestilencia. La severa concentración de cadaverina volvía turbia la atmósfera, la podredumbre almacenada se transformaba en un miasma verdoso y pegajoso que se prendía al calzado en cada paso, desgastando sus materiales amén de la acidez, provocando insignificantes efervescencias en su andar. Intentaban acostumbrarse a los gases que cosquillaban sus narices, irritando las fosas nasales cada vez que la masa viscosa era removida al andar. En ocasiones aparecían áreas que burbujeaban como si se trataran de malévolos calderos malditos, compuesto por toda suerte de alimañas y toxinas. Uno de los exploradores se llevó la mano a la boca para incitar al silencio mientras con la otra señalaba la silueta femenina que se hallaba delante de ellos, agachada. Fue uno de los samurái quien se adelantó, con lanza en mano. Su nombre era Fudo, de treinta años, con cinco de servicio al Shogún.

    Deslizó los pies por la superficie para evitar el chapoteo al mismo tiempo que levantó su arma para asestar un golpe certero en la espalda de la mujer. Torció la muñeca mientras la apretaba con sus dedos y dejó fluir el chakra para crear un leve fulgor en la punta del instrumento a fin de evocar a un filo superior a cualquiera de su clase. Contuvo el aliento bajo la mirada expectante del resto; el segundo samurái, también se preparó para el ataque, tomando el mango de su espada. En una cuenta mental, Fudo lanzó la estocada dando un par de pasos al frente, acertando y penetrando por varios centímetros. Sin embargo, el cuerpo femenino se volvió una estela de humo, revelando un espanto mayor. No les dio tiempo de vitorear. Todavía no se había disipado el residuo del clon cuando unas mandíbulas se lanzaron contra el cuerpo del samurái al verse liberadas. Fudo se echó para atrás por inercia, pero aquella bestia poseía la cualidad se desplegarse para cazar a sus víctimas. El efecto del dionauris fue la de alguien mordiendo una manzana. Si no traspasó al desgraciado fue por la armadura que fungió como una cáscara dura. La mezcla de metal y carne llenó la boca del ser, disolviéndose casi al instante para regresar por un segundo bocado. El grito de horror fue generalizado cuando las tripas de Fudo quedaron extendidas como un espagueti. Su garganta se desgarró tanto como lo estaba su estómago. La sangre escurría hasta sus pies copiosamente mientras sus vísceras se vaciaban ante sus ojos, a través del agujero.

    Ni siquiera el casco de samurái fue capaz de ahogar el horror de su miedo. Con las fuerzas que les quedaban empuñó su arma. Con las pupilas contraídas, las facciones enrarecidas y masacradas por el efecto de la muerte, logró cortar parte de los apéndices que amenazaban con envolverlos. Los cinco samuráis se movilizaron a la ofensiva, los exploradores salieron despavoridos. El dionauris pareció gritar, retorciéndose a la par que más cortes se efectuaban. Sus alaridos no eran de dolor. Pronto fue abatido, quedando tendido con las fauces ensangrentadas, Fudo ya no tenía remedio. No existía método clínico que fuese capaz de devolverle los intestinos. Cayó de rodillas, arrojando una copiosa cantidad de sangre por la boca. El líquido vital no hacía más que mezclarse con el fango para volverse parte de la pestilencia conforme sus ojos perdían el brillo de la vida. Los cuatro soldados se miraron, iba a morir allí y lo más inteligente era moverse antes de que más animales fuesen atraídos por el olor.

    ―¿Qué hacemos con los exploradores? ―inquirió Himo, mirando el rumbo que tomaron en su huida.

    ―Si los buscamos jamás encontraremos a los ninjas.

    ―Pero sin ellos, avanzar será complicado―completó un tercero. El cuarto se hallaba más allá, vomitando por la impresión de la escena. Con el casco en la mano y la otra puesta en su rodilla, inclinaba el cuerpo para dejar ir el desayuno. Se decía que el entrenamiento no lo preparaba para eso, un muchacho inexperto que creyó que estar al servicio del Shogun era un camino de honor y gloria.

    ―No es como si su experiencia haya ayudado a Fudo―torció los ojos. Con uno menos y los exploradores perdidos en el pantano, la situación no lucía esperanzadora. Suspiró. Y se sinceró consigo mismo antes de externar sus ansias de vivir―. Opino que salgamos de aquí. No planeo seguir al fondo de esta cosa, los ninjas ya debieron ser devorados y si seguimos sufriremos el mismo destino―los otros dos sopesaron la posibilidad de quedarse en Cha y abandonar la armadura, pues desde el momento en que pusieron un pie allí ya podían considerarse muertos. Alguno miró de reojo el cadáver de Fudo, con la boca abierta de cara al pantano parecía estar bebiendo de él.

    ―Creo que…―Himo no terminó su frase por el sonido de una profunda arcada. El novato no podía lidiar con la impresión y la tensión latente ―. Zuan ― pronunció. El aludido devolvió hasta quedar vacío, un hilo de saliva escurría de su boca. Mantenía la vista puesta en la mezcolanza enfermiza creada por los restos de comida a medio digerir y el cóctel de muerte que sumergía sus pies hasta los tobillos. Se limpió con el antebrazo. Le pareció ver una especie de gusano o serpiente moviéndose entre sus restos, retorciéndose gustosa en el vómito tibio. Palideció y antes de poder enderezar el rostro al menos media docena de planarias emergió del fango con una propulsión antinatural. Con tamaño semejante al de una serpiente común, los gusanos planos se anclaron al rostro de Zuan gracias a sus afilados dientes, mismos que recordarían a los de las pirañas. Podría asemejárseles también a las sanguijuelas gracias a su cuerpo baboso y resbaladizo. Se retorcieron en el aire en una danza grotesca sin soltar a su víctima. Uno se pegaba al labio inferior del sujeto, otras en las mejillas y una había logrado alcanzar su ojo, enterrando sus dientecillos en el filo de la cuenca, atrapando el globo ocular. El samurái se fue de espaldas solo para comenzar a retorcerse del dolor entre gritos y llantos. Cuando arrancó una, un trozo de carne se fue con ella. Sus compañeros quedaron petrificados del espanto y su reacción más célere fue matar a su compañero con un corte en la garganta. Solamente así el sufrimiento fue acallado, dando lugar al murmurante goce de las planarias que masticaban y agujeraban el rostro del individuo con voracidad, entrando por su garganta rumbo a partes más suaves y cálidas. Si a alguno le dio asco seguro se tragó su propio vómito para evitar el mismo fin. En silencio acordaron irse de allí, no sin antes sobreponerse a la incertidumbre de que una de esas estuviese rondando a sus pies.

    Esta vez caminaban con el arma en mano, emitiendo el característico fulgor de la activación. En ese punto tenían claro que cualquier cosa del pantano podía matarles, ya fuese emergiendo o saltando desde el tronco de un árbol, incluso desde los arbustos, el aire mismo. Uno de ellos tenía la vista puesta arriba, otro abajo, el restante al frente, intentando regresar por donde habían venido. A ciencia cierta, tomar el mismo camino era imposible por la densidad de vegetación que, lejos de alzarse, parecía caer como un telar podrido; comprobaron también la inutilidad de la brújula. Sin embargo, su pesadilla llegó del cielo. Avanzaban con parsimonia cuando un zumbido se generalizó, sin aparente fuente. El nerviosismo les invadió, sentirse amenazado y no saber hacia dónde apuntar no era más que el pináculo de la ansiedad. Por un momento se quedaron quietos intentando entender la amenaza, al cabo de dos minutos perdidos decidieron acelerar el paso. Quien iba al frente usaba su arma para picar delante y asegurarse que no había un hueco allí habiendo llegado a un área donde el fango se volvía oscuro, haciendo difícil distinguir los matices propios de la profundidad. Por si fuese poco, telarañas gigantes bañaban los árboles y obstruía la vista al cielo, como un manto blancuzco, viéndose en la necesidad de eludirlas bajo la premisa de que agitar sus hilos alertaría al depredador. La fetidez se intensificó y en poco descubrirían porqué. Al cabo de unos veinte metros, envuelto en un capullo aparentemente esponjoso, una especie de rata anómala se mantenía suspendida con la cabeza descarnada, dejando los huesos expuestos y el orificio por el cual fue sorbida su materia gris. Goteaba una mezcla de sangre y agua pestilente. Daba la impresión de que alguna bestia la había dejado allí como un refrigerio para más tarde. Se cubrieron la nariz a causa del estado de descomposición.

    ―No deberíamos ir por ahí. Tengo la impresión de que estamos llegando a territorio de arañas gigantes ―el zumbido prevalecía, formando ya parte de la atmósfera. Se decantaron por cambiar de rumbo, uno más iluminado a causa de la ausencia de telarañas, al menos allí contarían con un poco más de claridad.

    ―Podría ser la salida ―y estaba en lo cierto, el área comenzaba a despejarse, posiblemente estarían llegando a uno de los extremos del pantano. Se formó un claro, la nitidez brindada por la luz daba la impresión de que los monstruos habían quedado atrás, incluso como si la atmósfera nauseabunda se disolviera. Hubo alivio. Al menos hasta que finalmente miraron la raíz del zumbido. Avispas gigantes, los estuvieron sobrevolando desde hacía rato incapaces de adentrarse por el baño de telarañas. Las sombras de los enormes animales eclipsaron tanto su esperanza como el regalo diurno. Corrieron horrorizados, el tamaño de sus aguijones debía ser del tamaño de un brazo humano. Pero el suelo resbaladizo, los agujeros ocultos y el horror mismo, les sirvieron de tropiezo. Las armaduras que portaban eran como papel ante los afilados picos siendo perforados con facilidad a fin de inyectar el veneno mortal. Himo sintió el ardor de un hierro caliente perforando su espalda, una penetración lenta, pues el animal lo hizo caer de cara a fin de colocársele encima y enterrar su aguijón con saña. Himo escuchaba el zumbido ensordecedor en sus oídos y las patas del animal rasgando el metal. Arqueó el cuerpo intentando levantarse, preso de la locura. Sus órganos se licuaron en su interior amén de la toxina, espuma salió de su boca al tiempo que sus ojos se desorbitaban, morados por la explosión en su sistema linfático, podrido al instante. Luego cayó muerto, entre espasmos. El resto de sus acompañantes tuvo el mismo destino.

    Los exploradores. Tras presenciar la muerte a manos del dionauris, tomaron otro sendero. Uno improvisado a causa del miedo, como era de esperarse no los llevó a buenos resultados. Ellos terminaron atrapados por una especie de pequeños seres humanoides, de piel verdosa y arrugada, facciones grotescas propias de alguien carente de gracia y armonía. De esos que aparecen en los cuentos de hadas y mitos, los enanos que se llevan a los niños desobedientes al fondo del bosque para comérselos.

    Kamoi se mantenía de rodillas, sobre sus cuatro extremidades, escondía el rostro en la abertura que formaban sus brazos acodados y cerraba los ojos con fuerza, deseando que aquello fuese solo una pesadilla de la que no podía despertar. Lloraba; lágrimas, escurrimiento nasal y saliva eran un solo fluido bañando su rostro. Apretaba los puños con impotencia mientras escuchaba risas enfermizas y gruñidos. Estaba desnudo. Su cuerpo entero se estremecía al compás de las embestidas de aquel ser. Le rasguñaba la espalda a causa del placer y apenas terminaba daba paso al siguiente. Kamoi estaba asqueado de sí mismo al percibir los fluidos escurrir desde su interior. Gimoteó, rezó, se cansó de pedir auxilio. Como fondo, el sonido de otro de sus compañeros que sufría el mismo destino, arañando el suelo y pidiendo que cesaran. Eran cientos, un suerte de comunidad ¿Y qué pasaba si se resistía? Alzó el rostro ligeramente solo parar mirar otro de los exploradores, molido a base de piedras, vuelto una masa sanguinolenta en el suelo, masacrado y reventado. Aquello no parecía el cadáver de un humano, sino un charco de carne y sangre. Se preguntó si esa forma de morir era más piadosa. Uno más estaba abierto de tal forma que sus costillas eran visibles. Una de las criaturas se encargaba de meter la mano y sacarle los órganos, removiendo el interior de la caja torácica con sus garras para dejarlo hueco. Preparaban una estaca para empalarlo mientras una docena más creaba una hoguera inmensa, quizás planeaban devorarlo luego de exponerlo al fuego.

    ―Basta, por favor ―rogó Kamoi con vista apagada, adolorido. Había perdido la cuenta. De pronto, unas manos rasposas se encargaron de acariciarle los muslos, magreándolos. Podía sentir las garras pellizcándole. Lloró. Hubiese sido mejor morir a manos de los ninjas. Quería morir. Un miembro le penetró con fuerza, arrancándole un gemido doloroso, otras manos habían comenzado a atarlo de las piernas, teniendo como propósito dejarlas abiertas. El mismo destino tuvieron sus brazos, obligándolo a sacar su rostro de allí. Hasta entonces notó las estacas en el suelo que lo mantendrían fijo. Gritó por ayuda. Un ser un poco más grande apareció delante de sí, las lágrimas le impidieron mirar detalles pero la sombra proyectada lo evidenció. Kamoi fue tomado del cabello para hacerlo elevar el rostro y obligado a callarse. Sintió que se ahogaba.

    Pero faltaba uno de ellos, el único que logró salvarse de semejante aquelarre por haber tomado un sendero aparte. El fruto del pánico y la indecisión parecían tener distintas vertientes. Quizás por ello existe un infierno para todos. Dinde se mantenía corriendo, se hallaba en una zona más o menos firme, donde la estructura pantanosa no superaba los dos centímetros. Eso sí, la bruma se volvía densa y fría, de pronto evocaba una sensación ajenísima al pantano. Dinde avanzaba a zancadas con una daga en la mano, sabía que estaba perdido y que si detenía, sería su final. La atmósfera emborronaba los alrededores de tal forma que no podría mirar más allá de dos metros. Por su mente desfilaban miles de formas de morir, cada una de ellas peor que la anterior. Mantenía el rostro constreñido en una expresión de miedo, sentía que alguien vigilaba su andar entre la bruma y eso mismo le impedía mirar atrás. Respiraba agitadamente y el vapor frío inundaba sus pulmones, el aroma persistente en el sitio era el del amoniaco ¿Algún veneno? No erraba del todo. Al cabo de una hora transitando comenzó a sentirse mareado, preso de las náuseas a tal punto que se apoyó en un árbol y se llevó la mano a la cabeza. Le palpitaba fuertemente. Apretó los dientes y se decidió a seguir, solo pudo avanzar un par de metros antes de terminar chocando la espalda con la corteza y desvanecerse.

    Imposible definir si fueron unos segundos u horas, poco importaba el tiempo transcurrido para este hombre que no estaba destinado a vivir un minuto más. Al abrir los ojos, todavía con los sentidos embotados propios del despertar tras un sueño profundo, miró un par de orbes azules brillando entre la bruma espesa. Viscosa, la sentía reptar por su piel. Fosforecían y le observaban fijamente. Fue la vibración en el suelo lo que le hizo saber las proporciones de lo que tenía en frente. Se levantó de golpe haciendo acopio de toda su voluntad a pesar de que sus miembros no reaccionaron con la misma avidez para correr. La sombra que se trazaba era enorme, una criatura de unos treinta metros de altura que se inclinaba para posar sus patas delanteras en la superficie, a fin de encarar silente a su presa. La lengua larga se enredó con rapidez asombrosa sobre Dinde, envolviéndolo semejante a una constrictora super flexible y ligera. La saliva era espesa. El apéndice cubrió, a su paso, el rostro del explorador, quien comenzó a retorcerse para zafarse. El mítico animal, cuya apariencia era la de un dinosaurio espectral con pelo bordeando su lomo, levantó sin esfuerzo a su víctima. La lengua escurría y danzaba con una parsimonia asombrosa. Los gritos de Dinde apenas se escuchaban amén de la carne obstruyéndole. Con dificultad sacó la mano por un costado, aferrado a su navaja dispuesto a liberarse. Bastó que el apretón se agudizara para evocar el tronar generalizado de huesos, moliéndolos al unísono. La mano de Dinde cayó inerte y así, en silencio, fue devorado entero cuando la lengua volvió a la fosa que el ser tenía por boca.



    Kohiko tronó la boca. Pasaron cuatro horas desde la partida del grupo y no hubo ninguna señal. Ni un derrumbe, ni ruido. Parecía que todo lo que entraba en el pantano era devorado, en más de una forma. Desvió la mirada, ojalá los ninjas hubieran corrido la misma suerte.


     

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