Trabajo C El llanto del fantasma [Adam]

Tema en 'Pokémon New Adventure' iniciado por everyday, 11 Ene 2017.

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    everyday

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    Mr-AlduinMr-Alduin adelante, puedes comenzar, diviértete o-o/
     
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  2. Mr-Alduin

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    La Mansión Lavanda fue una vez uno de los edificios más elegantes, vanguardistas y concurridos de toda la ciudad Oblive, a ella, asistían personajes de todo tipo; desde las más extravagantes estrellas de cine, televisión y teatro, hasta los más exigentes críticos e individuos de los estratos más altos; fuesen deportistas, entrenadores, criadores o coordinadores. Todo aquel con un nombre digno estaba en la obligación de conocerla; de atravesar sus altos muros de granito, caminar a través de sus parques y lagos repletos de pokémon. De disfrutar de sus elegantes vestíbulos decorados con cristal pulido y madera de caoba. Degustar los mejores platos, escuchar la mejor música y contemplar las vistas nocturnas. Dicho de otra forma, aquello era un paraíso digno de los dioses, una especie de campo elíseo sacado de los libros de mitología, un pequeño rayo de luz entre una oscura ciudad.

    De aquello, han transcurrido casi noventa años, de los cuales, solo quedaron recuerdos amargos que inundaron, de por sí a la sombría historia de la ciudad y es que cierto día, un incendio de origen desconocido, hizo estallar el gas de la calefacción, combinándose con la caoba y dejando como resultado una de las tragedias más grandes de la ciudad. Hoy en día, ya poco queda de aquella elegancia y belleza que ostentaba la mansión Lavanda, en cambio, solo hay una delgada capa de neblina que baña un viejo y destartalado edificio de cuatro pisos, con ventanas rotas y paredes derruidas, musgo oscuro que cubre a cal y canto las que una vez fueron regias y monumentales paredes de granito. Un enorme árbol añade su toque trágico al techo del inmueble y los antiguos parques que alguna vez fueron verdes y bien cuidados, actualmente están plagados con maleza y juguetes mecánicos oxidados, dignos de un mundo pos apocalíptico que nadie se atrevería a imaginar. Hasta la fecha de hoy, la casa decora una de las colinas de la ciudad y son muy pocos los que se atreven a acercarse dado a que los relatos sobre hechizos y maldades en aquellas ruinas, crean una especie de barrera que aleja a los pobladores del área.

    Dicha barrera, se esfumaría una tarde, cuando la oscuridad cubría con su manto temprano a la ciudad Oblive. Los ciudadanos se resguardaban, los locales cerraban, solo las tabernas y el gimnasio se iluminaban, la niebla caía desde las montañas como una doncella que cae a los brazos de su amante. Si alguien salía a la calle, por obligación debía estar acompañado de su pokémon, preferiblemente de tipo siniestro, “Solo un tonto saldría a oscuras sin un pokémon que le acompañara” dicen los lugareños. Pues, las calles de Oblive eran muy traicioneras, sobretodo, si la bruma les cubría.

    -Vamos chicos, déjenme en paz- un joven de unos once años, con cabello color café, ojos marrones, gorra azul marino y camisa de franela celeste clamaba a otros tres muchachos que igualaban su edad, le acompañaba un pokémon de tipo siniestro de color verde y cubierto por espinas –Ni loco me acercaré ahí, vayan ustedes.

    -¡Por favor Anderson!- Se quejaba uno de los tres adolescentes. Un chico alto, pelirrojo, sucio y con pecas – Tu eres el único con un pokémon siniestro a la mano, si no nos acompañan ustedes, ¿quién más lo hará?
    -¡Vete al diablo Jhony!- el de pelo marrón refutó - Ni loco acercaré mi Cacnea a ese sitio. Ahora me voy, mamá debe estar preocupada.
    -¡Eso!- el pelirrojo exclamó – ve con tu mami…

    -No me vas a convencer…

    Dicho aquello, el chico y su pokémon se perdieron entre la niebla de la calle.

    -¿Ahora qué haremos?- uno de los tres jóvenes preguntó. Usaba frenos en los dientes, cabello negro y ojos café claros- Anderson se llevó el único pokémon siniestro disponible.

    -No te asustes Frank- Jhony respondió con cierto tono de decepción en su voz –Hoy iremos a la mansión Lavanda, con o sin el Cacnea de Anderson.
    -¿Se te zafó un tornillo Jhony?- preguntó alterado el tercer chico. Era un joven bien parecido, con ojos azul claro y cabello rubio, pero con una voz antipática y chillona – Nadie se acerca a la mansión y mucho menos sin un pokémon.
    -¿Estas asustado Luis?- El de pecas inquirió con cierto tono retador en su voz.

    -¿Asustado yo? ¡Ya quisieras Jhony!
    -Vamos chicos…- intervino Frank- ¿Por qué mejor no esperamos a mañana? Miren la hora…
    -¡Eso fue lo que dijiste ayer!- Jhony exclamó - ¡Oh…! ¡Se acabó! Les demostraré que no tengo miedo, mírenme…- echó a andar- Ya mismo me acercaré a la mansión… nada me detendrá, les demostraré que no soy un cobarde… ¡Enclenques!
    -¡Oye Jhony espera!- el rubio le siguió, evidentemente sin liderazgo de sí mismo y dispuesto a hacer todo lo que el pelirrojo ordenara, sin importar que tan peligroso sea.
    -Chicos por favor…- Frank fue el último en iniciar la caminata –Hagamos esto de día… podemos esperar. Papá y mamá deben estar preocupados…

    Las voces de los tres chicos se perdían a medida que avanzaban hacia la mansión.

    Desde aquel dialogo, nada más se supo de ellos hasta dos días después, cuando una pareja de exploradores y sus pokémon les encontraron delirando, llenos de raspones, con la ropa rasgada y con la mirada perdida mientras deambulaban por el bosque cercano a la torre Darkholm. Lucían hambrientos y pálidos. En un principio los exploradores creyeron que eran fantasmas intentando jugarles una broma, luego se dieron cuenta de que los adolescentes eran tan reales como ellos. No explicaron que les pasó, tampoco el porqué de sus heridas, tan solo se limitaban a decir una y otra vez que les dolía la cabeza y que “ella” lloraba. Los días transcurrieron uno tras otro y los tres chicos se recuperaron plenamente, aunque, aseguraban no tener recuerdo alguno de su estancia en la mansión lavanda. La ciudad envió una cuadrilla de policía acompañada con pokémon pero estos regresaron con fuertes dolores de cabeza, en palabras de los médicos, originados por un poderoso pokémon fantasma que deambulaba por los alrededores de la abandonada estructura.

    Por tal motivo, nadie más en la ciudad se atrevió a tratar el tema de la mansión lavanda y los relatos sobre la misma solo deambulaban entre murmullo y murmullo, entre chismes de vecinos y entre comentarios de taberneros. Al líder del gimnasio de la ciudad poco o nada le importaba el asunto y la policía omitió el caso. Los demás entrenadores locales se hacían a un lado al tratar el tema y los pocos viajeros habían sido ahuyentados por un guía que les llevaba a una supuesta “fiesta de fantasmas” en el bosque. Solo un hombre se interesó por el caso de los tres chicos que deambularon por el bosque y decidido, se puso manos a la obra, teniendo en cuenta de que necesitaría ayuda en tan misteriosa labor.



    Sigo everydayeveryday
     
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    -Creador… dioses. Bendigan este día que comienza y guíenme por la senda correcta, no me dejen solo, ni a mí, ni a los que quiero. Que la paz me acompañe siempre...

    Eran las seis de la mañana, pero debido a la condición geográfica de la ciudad, daba la impresión de que la noche no se había acabado, aun así, Adam Roark yacía sentado en la mitad de su habitación. Estaba haciendo un tiempo agradable y en el aire se respiraba un olor a pan recién horneado, la habitación con paredes de madera y decorada solo por una mesa; una silla y una cama individual abrigaban al entrenador de ojos carmín, al igual que a su pokémon acompañante, Cyndaquil, quien aún dormitaba en la cama sin dar impresión alguna de que se fuese a levantar temprano.

    El joven de dieciocho años, con ojos carmín, cabello castaño y piel morena conservaba la pose del loto mientras relataba la oración enseñada por sus padres años atrás. Agradecía por lo bueno y por lo malo; por quienes se van y por quienes se quedan por quienes están lejos y los que no. Todo lo hacía con su fe devota y con suma educación. Mantenía los ojos cerrados, las manos enlazadas y una constante pero relajante manera de respirar cual santo que acabase de lograr la iluminación, esa que tantos piadosos ambicionan.

    Pero de pronto, como un relámpago, la imagen de una hermosa joven de cabellos verdes como el bosque y ojos como las esmeraldas, emergieron de entre el oscuro silencio para luego posarse en su mente y decirle, con una mirada fría, intensa y repleta de odio: “Me abandonaste” . Los ojos carmín de Adam se abrieron a todo dar y su meditación se rompió, su cuerpo se exaltó de manera brusca al mismo tiempo que Cyndaquil le miraba mientras se estiraba aun somnoliento.

    El entrenador se llevó la mano a la frente, estaba jadeando, alterado. La imagen de la bella de Esmeralda seguía acosándole peligrosamente, presionándole, dañando sus momentos de paz. El pokémon le miraba y el ojo carmín le miró a él para así darse cuenta de que aquella visión, al igual que las ocurridas en las últimas noches no era real. Finalmente y luego de respirar hondo y relajarse, se tumbó sobre la alfombra del pequeño cuarto dirigiendo su mirada hacia la luz en el techo. Suspiró.

    -Cyndaquil…- dijo. El pokémon le miraba – hice lo correcto.


    Cyndaquil no era precisamente el indicado para responder, incluso, no era el indicado para hablar o dialogar, dada su naturaleza callada y distante. Aun así, Roark sentía que se libraba de un yunque sobre la espalda cada vez que le relataba a él o a sus otros pokémon, las cosas que sentía y en las que pensaba. Para él, los pokémon eran mejores escuchando que los propios seres humanos.

    -Sé…- el joven con camisa de color marfil proseguía- que ustedes no lo hubiesen Soportado. Sé… que mi padre y mi madre hubiesen sufrido mucho por mi ausencia… sin embargo… No puedo evitar sentirme tan inquieto.


    El joven de cabello castaño respiró hondo, a su vez, el pokémon de pelaje azul le miraba, aunque sin demostrar atención o interés alguno.

    -¿Estará bien…?- Adam preguntó y el pokémon estornudó, como si le restara importancia a la pregunta, ante esto, su entrenador no pudo evitar sonreír- eso pensé…- dijo, evidentemente, esperando de su pokémon una respuesta como esa.


    Luego de otros minutos más con los ojos cerrados, el entrenador por fin decidió levantarse. Habían pasado seis días desde aquel incidente en el bosque, los cuales, durmió en la posada, pagando su estadía con trabajo en una tienda de frutas de la ciudad. No era mucho lo que debía hacer, tan solo evitar que los niños traviesos y sus pokémon robaran la mercancía y aunque en el centro pokémon era más fácil quedarse. El joven de la cicatriz prefería las posadas, ya que según él, así se conocía más a fondo la ciudad, sus costumbres y su gente. Se ajustó el pantalón multibolsillos, sacudió su camisa de algodón, se acomodó las muñequeras, el cinturón y luego caminó por entre el pasillo del segundo piso, en dirección hacia el único baño de la posada, dispuesto a rociar su cara con agua fría. Al cabo de unos minutos, Cyndaquil caminaba por entre la puerta de su habitación y se quedó mirando a su entrenador.

    -¿Vienes o te quedas?- Adam le preguntó. Hacía la misma pregunta todos los días y Cyndaquil daba siempre la misma respuesta; caminando en dirección a las escaleras para esperarle en la puerta. Adam suspiraba de nuevo, preparándose de ese modo para un nuevo día que acababa de comenzar -buenos días señor Miles, buenos días Kadabra- Adam saludaba y agachaba la cabeza en cuanto vio al tabernero calvo y a su pokémon de tipo psíquico preparando la posada para el transcurso del día.

    -Joven Roark… buenos días- el tabernero saludó al igual que su Kadabra quien respondió amablemente levantando la cuchara en su mano –Te tengo malas noticias muchacho- continuó.

    Adam se detuvo y pronunció:


    -No existen las malas noticias…


    Cyndaquil esperaba en la puerta, recostado al marco de la misma, como si fuese una especie de guardián en un portal.

    -Pues creo que estas si lo son. La tienda de frutas en la que estabas trabajando ha cerrado hoy y no se sabe cuándo abrirá. La dueña me envió un mensaje y dijo que te avisara.
    -¿Pasó algo malo?
    -Otro chico, hijo de la propietaria de la tienda en que trabajas, quiso hacerse el listo e intentó entrar a la mansión lavanda, lo encontraron esta madrugada, delirando…

    -Como a los otros tres…- Adam terminó la oración y de nuevo suspiró.
    -Es tan evidente que eso es cosa de un pokémon fantasma y de uno muy poderoso- el señor Miles gruñó lleno de impotencia – ya son varios, incluyendo a policías y curiosos que se han convertido en víctimas. Esto tiene que parar… sin duda esto tiene que parar antes de que se torne peor.

    Adam apenas y asintió a los comentarios del tabernero, sentía, en lo más hondo, que aquello no era de su incumbencia, dada su condición de forastero, además, no quería más conflictos relacionados a fantasmas o espíritus, pues, con el asunto ocurrido en el bosque ya había tenido suficiente.

    -Kadabra… por lo visto tendremos que prepararnos para lo peor, este asunto combinado con la terquedad del pueblo va a terminar llevándonos a la ruina.

    Al verse desempleado, y sin nada que hacer por el resto del día, el entrenador con ojos carmín caminó hacia una de las mesas dispuesto a sentarse, reposó sus codos y entrelazó sus dedos tomando una pose reflexiva, miraba la madera pulida del mueble y dejando que el olor a pan proveniente del horno de la posada impregnara su nariz.

    -¿Qué dijeron los policías sobre el asunto de la mansión?- El joven de pelo castaño preguntó, con el rostro fijo en la madera de la mesa para dos. Su Cyndaquil seguía recostado sobre la entrada.

    -Qué no han dicho- el calvo arrastró su enorme cuerpo hacia la mesa, ocupando una de las sillas junto al entrenador – dijeron que escucharon llantos, gemidos, voces y aseguran sufrir de pesadillas, pero despiertos.

    -Ya veo, ¿qué hay del Sr. Jones? A él le llaman la atención casos como este.

    El tabernero emitió un gruñido de molestia al escuchar el nombre de su amigo.

    -Ese idiota atolondrado… se la ha pasado día y noche presumiéndole a quien encuentra las fotografías de su dichosa “fiesta con fantasmas”. Se atribuye todo el prestigio de su descubrimiento, no sé por qué tú no le has exigido parte del crédito- el enorme hombre miró a su pokémon- Kadabra… el pan ya está listo, ve y trae unas piezas y algo de leche.

    -Eso es lo que menos me importa, quería ayudar, nada más…

    Hubo unos segundos de silencio en los que Kadabra hacía su entrada, poniendo en la mesa un plato lleno de piezas de pan caliente, una taza de mermelada de fresa y una jarra de leche, los colocaba cuidadosamente con un movimiento de levitación propio de los más experimentados pokémon de tipo psíquico. Por su parte, el tabernero observó la mirada de Roark, que ahora se tornaba melancólica y triste.

    -¿estás bien?- le preguntó.

    -Mentiría si le digo que “si”.
    -Tu cara es similar a la de un hombre a quien le abandona su esposa, ¿Quieres hablar?
    El joven de la cicatriz en el ojo derecho negó con la cabeza lentamente.
    -Bueno, entonces come algo de mermelada, endúlzate el día y no te preocupes, esto va por la casa ¡Ven Kadabra! Trae una silla y desayuna con nosotros, no creo que vengan clientes hasta más tarde…


    Adam intentó de uno u otro modo sonreír, pero no entendía por qué le costaba tanto, nunca le había ocurrido algo semejante. Resignado ante su gesto triste, tomó su plato, le llenó de leche y lo puso sobre el suelo de tabla para que Cyndaquil se acercara y comiera algo, en ese momento la compañía del indiferente pokémon era lo más sano a lo que podía aspirar.

    En el momento en que Cyndaquil degustaba la leche, la campanilla sobre la puerta de entrada comenzó a tintinear. El primer cliente del día ingresaba a la posada, ante la mirada atenta del posadero.

    -Muy buenos días- la voz sonaba educada, elegante y profunda.

    -Buenos días ¿En qué puedo servirle?

    El posadero se levantó rápidamente de la mesa y mientras sacudía sus manos curtidas por la mermelada observó al visitante; era alto, de ropas elegantes, corbata corta de color rojo, sombrero de copa y traje con zapatos negros. Su complexión era delgada al igual que su cara de tés pálida, tenía dos ojos negros y de mirada perezosa que, junto a su forma de vestir, le hacían ver como un auténtico cadáver viviente, por último, llevaba una maleta de medico hecha de cuero pulido, del mismo color que su indumentaria.

    -¿Qué se le ofrece?- el posadero miraba a su Kadabra como si presintiera lo peor. Aquel hombre cumplía con las características físicas dignas de las ilusiones ocasionadas por los fantasmas que de vez en cuando se colaban en la ciudad.

    -Oh… quisiera rentar una habitación, si no es molestia. Un guía local me informó de que esta era la posada más concurrida de la ciudad- la voz de aquel hombre era la voz propia de los caballeros de la época victoriana.
    -Hay posadas mejores y más elegantes que esta- el calvo manifestó.

    Aquel hombre misterioso se sentaba frente a una de las mesas cerca de un Adam que le restaba importancia y un Cyndaquil que, quizá ni estaba enterado de la llegada del visitante puesto que estaba concentrado en la leche del plato.


    -Pues eso no es lo que me dijo un señor de apellido Jones, quien aseguró conocerle. Me garantizó que esta era la mejor posada de la ciudad, ¿el día es tan oscuro todo el tiempo? ¡Oh! ¡Dónde están mis modales!- aquel caballero dejaba su sombrero en la barra, descubriendo de ese modo, una cabellera negra – Missie… ¡Missie!- clamó - No seas tímida querida, nos hospedaremos aquí.

    El tabernero entró en pánico al ver como tímidamente, un pequeño pokémon flotante de colores oscuros, con unas perlas al cuello y mirada traviesa se adentraba.

    ¡Un fantasma!- gritó – ¡rápido Kadabra! ¡Aléjalo! ¡Aléjalo!


    Adam se levantó de la mesa rápidamente. Aquel pokémon era idéntico a uno de los que festejaban en el bosque, pero no sentía maldad en él. El pokémon de tipo psíquico estaba a punto de atacar pero antes de que lo hiciera y de que Adam interviniera, el caballero hizo trinar una pequeña campanilla que hizo que todos le miraran, era un sonido hipnótico imposible de ignorar, incluso para el asustado tabernero.

    Cyndaquil seguía con su hocico encima del plato de leche. Indiferente de los sucesos que ocurrían cerca de él.

    -No se preocupe señor. Missie es mi pokémon acompañante- aclaró.

    -¡Esto es un chiste de mal gusto! Si esto es obra de Jones, juro que lo voy a…
    -No es broma de nadie, en absoluto. No perdería mi tiempo en cosas tan triviales que solo malgastarían el valioso tiempo de un hombre como yo. Ven Missie, el escandalo acabó.


    El pokémon se acercó tímidamente al lado de su entrenador cual niño que fuese a presentar una obra de escuela al público por primera vez. Roark, por su parte, regresaba a la mesa y miraba a Cyndaquil, quien terminaba su leche, ignorante de lo ocurrido.

    Al mismo tiempo, el posadero, ordenaba calma a su pokémon mientras se desplazaba a la barra, dispuesto a atender al hombre de traje oscuro.


    -Un hombre acompañado de un pokémon fantasma…- el calvo tomaba un vaso del mostrador y lo limpiaba- eso es algo inusual en ciudad Oblive.
    -Sí- el caballero afirmó- ya me di cuenta. Usted no ha sido el único que ha visto a mi Misdreavus con cierto… “recelo” se podría decir, pero descuide, Missie es tan inofensiva como los Metapod en la primavera.

    El tabernero no se andaba con rodeos, aun desconfiaba de aquel hombre con sombrero de copa.

    -¿Qué lo trae por aquí?- le preguntó.

    -Entiendo que piensa que puedo ser una ilusión, algo creado por Missie a modo de travesura, pero míreme bien, tóqueme. Tengo tanta carne en los huesos como usted, descuide, solo vengo por trabajo; me han encargado cierto… “misterio” relacionado con una vieja mansión.

    En ese momento, Adam intervino, con toda la educación que le era posible. Tenía que pagar su estancia en la posada y no podría hacerlo si se quedaba sentado sin hacer nada.

    -No pretendo interrumpir…
    -Para nada joven.
    -Señor Miles. Iré con Cyndaquil a buscar un empleo para pagar una noche más en la habitación, le encargo mis cosas.

    -¡Descuida chico!- el calvó contestó.
    -Tal vez… yo tenga un trabajo para ti- el hombre de cabello negro agregó.

    El joven con la camisa de color blanco marfil miró curioso al caballero que le dirigió aquellas palabras, a su vez, Cyndaquil ya le estaba esperando en la puerta.

    -El señor Jones, Sí, el que me recomendó esta posada, también me habló de cierto chico temerario, con una cicatriz en el rostro que no dudaría en guiarme hasta la mansión… ¿Cómo es que se llamaba ese inmueble…? ¡Oh sí! ¡Lavanda!
    -No soy un temerario- el de piel morena respondió.
    -pero tienes una cicatriz en el rostro. Dime: ¿Te llamas Adam Roark por casualidad?- Aquel hombre tan sofisticado cruzaba sus piernas largas al mismo tiempo que su pokémon adornado con perlas se aferraba en su hombro.
    -Jones, te voy a matar…- el tabernero expresó entre dientes.

    Adam asintió, afirmando la respuesta. El caballero sonrió dichoso y comenzó a aplaudir con sus manos cubiertas por dos guantes blancos.

    -Sí, así te llamó ese guía cobarde. Se la pasó todo el tiempo charlando acerca de sus fotos en las que retrataba una fiesta fantasmal, cosas de novatos.

    Aquel hombre acompañaba sus diálogos de gestos hechos con sus manos. Era tan hábil y sofisticado que podría ofender a cualquiera sin que este se diera cuenta.

    -Me aseguró que él se hizo cargo de las fotos y de la curiosa aventura, supuse que sería el hombre perfecto para ayudarme a encarar el misterio de la mansión que tiene en vela a esta ciudad tan peculiar, pero finalmente mostró su verdadera faceta. Dijo que ni por asomo se acercaría a la mansión lavanda, pero que conocía al hombre indicado, así que finalmente no le quedó de otra que declarar que fue un tal Adam Roark quien le ayudó a tomar las fotos. Que vergonzoso y bochornoso acto de altanería me mostró, a pesar de todo, su soberbia fue tan alta, que al caer hizo más ruido que una torre al derrumbarse ¿No es verdad Missie?- El hombre con corbata roja acarició a su pokémon tímido con los dedos.

    -Lo siento señor- el ojos carmín llevó a cabo una reverencia – pero mis pokémon y yo...

    - Sé que vas a decir, te negarás, pero has de saber que no te estarás negando a mí, sino a la ciudad.
    -¿Qué pretende?

    -Chico no le hagas caso- el tabernero intervino – si gustas puedes trabajar como mesero aquí en la posada, con eso pagarás tu estancia y…
    -por favor…- aquel caballero estaba rodeado por un aura que le daba mayor peso a sus palabras – puedo ver en tus ojos… y eres mucho más que el simple ayudante de una sutil taberna.
    -¿Sutil?- el tabernero preguntó exaltado. No sabía el significado de la palabra, pero presintió que se trataba de una ofensa.

    -Sí. Sutil, ese… Jones me aseguró que gustabas de ayudar a los demás por vocación, como una especie de viajero altruista que cambia lo poco que tiene por el bien de los demás, ¿o me equivoco?
    -No sabría qué decir.
    -Entonces di que sí, no me estarías ayudando a mí solamente, sino a toda la ciudad. Ese corazón altruista tuyo se sentiría satisfecho.

    -¿Por qué no va solo con su pokémon? Así se quedaría con el crédito- el tabernero desconfiaba, por ese motivo ordenó por señas a su Kadabra que se mantuviera alerta.

    El caballero echó a reír.


    -No es crédito lo que busco, ni riquezas. Solo… autosatisfacción. Sin embargo, analicé los hechos y concluí, que este trabajo no podré hacerlo solo, hay algo… “sombrío” por así decirlo que me lo impide.


    Adam frunció el ceño, al igual que el tabernero, desconfiaba del caballero de traje, pero al fin y al cabo tenía razón, no es a él a quien ayudaría sino a toda Oblive. Si todo iba bien ya nadie temería de la ciudad y esta nuevamente tendría los visitantes que tanto le caracterizaban. Su padre le dijo una vez que la confianza era como una moneda de oro, difícil de obsequiar; pero en este caso nada perdía y si corría peligro, ahí estaban sus pokémon para apoyarle ante cualquier infortunio, luego de reflexionarlo, Adam contestó:

    -Deme un segundo, iré por mis cosas.
    -¡Maravilloso! ¡Maravilloso!


    La voz, los aplausos y la risa triunfal del caballero hicieron eco en toda la taberna.



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    Dicho esto, Adam Roark subió las escaleras para ir por su mascada roja, su pokenav y la pokedex, miró por un segundo su capa y concluyó que no la usaría ese día, hecho esto bajó y se puso a las órdenes del caballero.

    -Supongo que…- prosiguió el hombre con corbata roja – todo este asunto del asistente queda solucionado, no me queda otra cosa por solventar, salvo el hecho de que aún no tengo las llaves de una habitación en mi mano, a menos claro que a usted le moleste.


    El tabernero le miraba con suma desconfianza, pero finalmente agregó mientras colocaba la pieza de metal sobre los guantes blancos de su nuevo huésped:

    -Procuren no meter al muchacho o a sus pokémon en problemas.
    -Creo yo, que el joven aquí presente es lo suficientemente maduro como para evitar eso por su propia cuenta. Ahora si me disculpan, Missie y yo queremos refrescarnos y cambiarnos. No llevaré a cabo esta investigación vestido de traje ¿o sí?


    Adam asintió, asegurando de ese modo que les esperaría, luego se acercó al tabernero, quien, a pesar de solo conocerlo seis días, sabía que era de esa clase de personas que no se encuentran a la vuelta de la esquina y cuya amistad valía la pena preservar y en este caso, cuidar.


    -No se preocupe señor Miles todo estará bien, recuerde que mis pokémon me acompañan, ¿no es cierto Cyndaquil?


    El pokémon de fuego se recostaba al marco de la puerta, a primera vista, cansado por esperar.

    -No confió en ese hombre, y de por sí, lo que van a hacer es una locura. Para ti es fácil aceptar ayudar en esto, pero tú no viste a los chicos cuando los encontraron; sus miradas, su palidez, su miedo, era algo horripilante y no quisiera que te pasara eso a ti.

    El joven de la mascada roja hizo silencio por unos segundos, al cabo de estos contestó.

    -Que los dioses me perdonen si miento, pero yo también siento cierta inquietud, además, hace un momento pensé en que un forastero común se negaría de inmediato puesto que los problemas de una ciudad extraña no son asuntos que le importen a un extraño, pero recapacité y… usted lo oyó, no es por él, sino por la ciudad, y me sentiría bien por mi parte si hago algo significativo para ciudad Oblive- el ojos carmín sonrió – sería mi modo de agradecer al creador por la hospitalidad que me otorgó en este lugar, ¿no cree?


    El calvo no tuvo nada que reprochar o refutar, el joven con dieciocho años tenía razón, pero esto no le quitaba de la cabeza el peligro que corría. El peligro que encontraría en la mansión lavanda, por ese motivo, se acercó al entrenador y colocando sus enormes manos sobre los hombros de este, le sugirió:

    -Pase lo que pase chico, no te separes de tus pokémon, ¿me oyes?
    -Nunca lo he hecho, y no voy a hacerlo ahora. No se preocupe señor Miles.


    Transcurridos unos minutos, el caballero bajaba las escaleras acompañado de su pokémon. Vestía un traje de explorador beige, como el que usaban los exploradores y cazadores de los años treinta, con todo y el sombrero, una mochila, un monóculo, la maleta de médico y un bastón. Saludaba de manera sofisticada como si en lugar de las escaleras, estuviese caminando por una pasarela.

    -El joven tiene razón señor posadero- dijo, evidentemente, al escuchar las palabras del tabernero- todo saldrá bien, no pienso llevarlo por nada que ponga en peligro su vida, no, no, no… es simplemente que necesito un asistente, ya se lo dije, esta labor no podré hacerla solo, y ahora, si nos disculpa tenemos un misterio que resolver. Estaremos aquí para la hora de la cena, ven Missie y tú, llama a tu pokémon para que marchemos.


    Roark le indicó mediante un gesto a Cyndaquil que se pusiera en marcha.

    Los rayos del sol ya empezaban a iluminar la ciudad, la niebla se esfumó y el aspecto de Oblive cambiaba radicalmente; habían niños en las calles empedradas, puestos abiertos que vendían cualquier tipo de cosas; frutas, accesorios, juguetes. Habían diversas clases de pokémon y muchas sonrisas radiantes, nada parecido a la visión que se formaba a partir de las cuatro de la tarde cuando las montañas ocultaban la luz del astro detrás de ellas. Ambos individuos y sus respectivos pokémon caminaban por las abarrotadas y animadas calles. Cyndaquil daba lentos pasos siguiendo a su entrenador y Missie, la Misdreavus, flotaba junto al caballero. La gente se les quedaba mirando, y sus miradas eran justificadas, estaban viendo a un fantasma, de esos a los que tanto temen y procuran evitar.

    -Descuida chico, ya advertí al alcalde de la ciudad, todos están al tanto de que me acompaña un pokémon de tipo fantasma así que no esperes antorchas ni tridentes de su parte- el caballero caminaba de manera hábil, moviendo su bastón como si intentara hipnotizar a la gente con él.

    -No espero eso- Adam caminaba, con las manos metidas a los bolsillos, estaba poco acostumbrado a caminar sin su capucha, aun así, trataba de dar poca importancia a ese detalle.

    Repentinamente, el hombre se detuvo, se paró firme como un soldado y miró a Roark, quien no esperaba esa reacción, igual que su Misdreavus, quien tardó segundos en darse cuenta.

    -Dime algo tú, tú… ¡Adam! Sí, me invade la curiosidad, ¿qué viste en el bosque cuando acompañaste a ese mequetrefe de las fotos?

    El de la cicatriz en el ojo derecho se detuvo y miró al caballero ¿Acaso notó algo que a su rostro le era imposible ocultar? El pokémon de fuego también se le quedó mirando curioso.

    -A un grupo de pokémon fantasma que celebraban una fiesta- el entrenador reanudó la marcha seguido por el caballero- no te alejes Cyndaquil.

    -¿Solo eso?- El larguirucho individuo caminaba con la vista al frente, como en un desfile militar.

    -¿Por qué lo pregunta?
    - Es simple, no soy un investigador cualquiera, tengo experiencia y esta me obliga rotundamente a ser muy precavido con mi trabajo, investigué mucho acerca de la ciudad antes de arribar a ella y por lo visto no son los pokémon de tipo fantasma el único problema que albergan, si es que se les puede llamar problema, puesto que son pokémon iguales a todos los que hay en el resto de Aleria.
    -¿No le comprendo?
    -¡Tus ojos chico! ¡Tus ojos! He visto muchas miradas a lo largo de mis viajes y la tuya, es… “singular” por así decirlo. Viste algo más que unos pokémon fantasma festejando ¿Verdad?


    El de pelo castaño agachó la cabeza y la melancolía inundó su rostro, al igual que un bello y pálido rostro se metía de nuevo en su cabeza.

    -No quiero hablar de eso- dijo.


    En ese momento, el caballero se dio cuenta de que había tocado algo que no debía tocar. Esperaba como respuesta algo fantástico, algo digno de una prosa o novela poética de esas que trascienden en los años, pero en lugar de eso, lo que recibió fue un recuerdo triste, un recuerdo que se dibujaba como un doloroso tatuaje en el rostro del joven.

    -Mis disculpas. No pretendía herir susceptibilidades, al menos no esta vez.
    -Descuide…


    Hubo unos minutos de silencio en los que Roark hizo todo el esfuerzo posible por difuminar la hermosa imagen de su mente.

    -Supongo que iremos a la mansión…- un Adam, algo repuesto decía.

    -¿A la mansión? ¡Oh Missie! ¿Oíste eso? ¡Claro que no! Aun no iremos a la mansión.
    -Entonces ¿Qué tiene en mente?- El de la camisa de color marfil Inquirió.
    -Chico, ¿no querrás terminar como las últimas víctimas verdad? No podemos ir como locos y penetrar en esa casa. Tenemos que elaborar un plan, una hipótesis, una teoría, no sé tú, pero no pretendo terminar caminando desnudo por el bosque.
    -Comprendo.
    -Hay que interrogar.
    -No te alejes Cyndaquil… ¿interrogar dice?
    -Sí, a una de las víctimas, que nos digan que pasó, que sintieron, que escucharon y que vieron. Así podemos ir a la mansión lavanda prevenidos.

    -Tiene sentido- dijo Adam- pero escuché que muchos de los que fueron a la mansión, afirman no recordar nada.
    -Algo deben tener, no importa que tan simple o minúsculo sea, a la larga nos será de utilidad, ¿Tienes a alguien en mente? Después de todo, tú tienes más tiempo que yo en esta ciudad

    El de ojos carmín no tardó en responder, puesto que, de no haber sido por lo que iba a relatar, no estaría ayudando al caballero de corbata roja y traje beige.

    -Un muchacho- dijo – hijo de la dueña de una tienda en donde estuve trabajando, cometió la imprudencia de ir solo y lo encontraron delirando, así me contó el tabernero. El caballero comenzó a aplaudir en señal de triunfo.

    -¡Perfecto! ¡Impresionante!- exclamó- tal vez ese tal Jones no me mintió respecto a ti. No perdamos más el tiempo y encaminémonos a la casa de esa mujer.


    De inmediato, ambos personajes y sus pokémon se encaminaron hacia la vivienda de la vendedora, por suerte, el día anterior, Adam le ayudó cargando una mercancía hacia su casa, por lo que no tuvieron problema alguno en ubicarla; un edificio de dos plantas, pequeño jardín con setas, techo de tejas, en el frente había una cerca de madera y en la entrada se levantaba un antiguo farol de hierro, en cuestión de minutos, los dos hombres ya se hallaban tocando a la puerta de madera. El olor a hierbas medicinales impregnaba el aire.


    -Será mejor que seas tú quien me presente- el hombre esquelético sugirió- es probable que la dama se altere por Missie, como muchos en la ciudad ya lo han hecho.

    Adam asintió en el momento que la puerta se abría por las manos de una mujer; su edad oscilaba los cuarenta años, piel curtida por el sol, pelirroja, ojos claros. En su rostro se detallaba un par enorme de ojeras, producto de haber llorado por horas y el no dormir, fue seguida por una humareda con aroma a menta proveniente de la cocina, el entrenador le saludaba con una reverencia.

    -Buenos días señora Berry.

    La mujer con ojeras, muy sorprendida contestó:

    -¡Adam! ¿El posadero no te aviso de que no abriría hoy?
    -Sí. Lo hizo, pero vengo por algo más importante, ¿Kenny está bien?


    Se pudo apreciar claramente como la pelirroja intentó contener las lágrimas pero le fue imposible, no pudo evitar rodear con sus brazos a Roark buscando consuelo, el joven respondió de la mejor manera que pudo. Por esos segundos pensó en su madre y las preocupaciones en las que su viaje debió haberla sumido.

    -Adam, es horrible- dijo en medio del llanto- es horrible, mi pequeño, no ha sido el mismo desde que se escapó con su pokémon a esa mansión…

    -¿Qué le pasó?
    -¡No lo sé! No puedo controlar sus dolores de cabeza, no soporto verle llorar, dice incoherencias y sufre de horribles pesadillas. Mi pequeño…


    Adam emitió un suspiró mientras consolaba a la señora Berry.

    -Vine para ayudarle- dijo- permítame presentarle al señor…

    -¡Zacarías Comstock!- el hombre se auto presentó, al notar que Adam no conocía su nombre – fui contratado por la ciudad para ayudar con el problema de la mansión.
    -¿Usted? ¿Usted nos ayudará?- La de ojos claros, liberaba su rostro del cuerpo de Adam.
    -Lo hará- Roark aseguró con una sonrisa amable – pero debemos ver a Kenny, ¿podemos pasar?

    Entre sollozos, la mujer invitó a los dos individuos al interior de la casa, por su parte, Cyndaquil se quedó en la entrada, por alguna extraña razón, no tenía intención alguna de seguir a Roark y está de más decir que la pelirroja se alarmó en cuanto vio a Missie cruzar la puerta, asunto que fue aclarado en minutos por el joven de ojos carmín.

    La habitación del chico de diez años estaba muy ventilada y limpia, caso contrario al resto de la casa, el pequeño reposaba en la cama y a su lado le acompañaba un pokémon de color purpura, ojos verdes, manchas amarillas y cola con forma de hoz, sin pensarlo, Adam sacó la pokedex, pues nunca había visto una criatura como esa.

    Purrloin, el Pokémon tortuoso. Purrloin engaña a la gente tonta, dejándolos con la guardia baja para poder robar sus posesiones. Cuando se molesta usa sus garras para pelear.

    -¿Kenny? ¿Kenny?- La señora Berry le llamó. El niño con cabellos café abrió los ojos- Han venido a verte ¡Es Adam! El joven que me ayuda en la tienda.

    -Hola Kenny…- Roark sonrió, mientras se acomodaba de rodillas al lado de la cama.

    Kenny estaba pálido, como muerto, su mirada estaba perdida y su cuerpo temblaba como si no hubiese dormido en toda la noche. Sus labios estaban resecos y tenía moretones en los brazos.

    -Ella… ella llora- dijo.

    -¡Eso es lo único que dice! ¡Oh! ¡Mi pobre niño!
    -señora Berry tiene que ser paciente, va a mejorar.


    Sin previo aviso, el caballero, cuyo nombre era Zacarías, intervino diciendo:

    -Adam, por favor, ocúpate de consolar a la desolada señora Berry, deja que Missie y yo nos hagamos cargo- aun en esa situación, aquel hombre de cabellos negros mantenía el semblante y su pronunciada sofisticación. Colocó su maleta en el suelo y sacó un estetoscopio, con él, evaluó el pulso de Anderson- pulso normal, cero anomalías – seguidamente, con su mano, tocó la frente del chico y luego la suya –temperatura corriente – a continuación, y entre gestos, sacó un tensiómetro y hábilmente lo puso alrededor del brazo del niño y midió – Tensión estable- finalmente se levantó y miró a la mujer de piel curtida -dígame señora Berry, ¿cada cuánto le dan los dolores de cabeza?

    -Por favor señora Berry- Intervino Roark – él quiere ayudar- la pelirroja asintió.

    -Fueron constantes hasta hace unas horas…
    - Ya veo- Dijo Zacarías - ¿Qué hay del pokémon?
    -¿Purrloin? Pues, ya está mejor, le atendieron bien en el centro pokémon.
    -¿Cómo estaba cuando le encontraron?
    -¿Cómo cree usted? ¡Asustados! ¡No sabían en donde estaban!
    -Calma señora, no es para tanto.
    -¿Qué no es para tanto? ¿Mi hijo está postrado en una cama y no es para tanto?


    Adam estaba calmado ante el comportamiento alterado de la señora Berry, pero su calma no era nada comparada con la sonrisa de piedra de Comstock.

    -Claramente su hijo fue afectado por una pesadilla, un ataque de un pokémon fantasma y Purrloin claramente no ha sido afectado al ser este de tipo siniestro.
    -¿Qué me quiere decir?- la mujer preguntó.


    El hombre de ojos negros hizo caso omiso a la pregunta de la mujer, pues en ese instante se enfocaba en su Misdreavus.

    -Missie, es tu turno, es hora de que el muchacho nos cuente lo que pasó.

    El pequeño pokémon adornado con perlas se acercó a Anderson y de pronto sus ojos brillaron mientras que, de su boca, emergía un bonito sonido semejante a la nota musical “Mi”, las cobijas del chico empezaron a levitar y la habitación se llenó con una atmosfera densa y extraña que emitía una luz que sobresalía por las ventanas de la casa, Cyndaquil desde el jardín la observaba, como si la hubiese estado esperando.

    -¿Qué fue lo que hizo?- preguntaba la señora Berry. El caballero la ignoraba.

    -Bien Missie, ¿Qué averiguaste?

    El pokémon empezó a realizar gestos, ruidos y señas que fueron desconocidas para los presentes, excepto para su entrenador, quien luego de asentirle dio finalmente un gesto de atención a la señora con ojos claros preguntándole:

    -¿Su hijo llevaba algo cuando le encontraron en el bosque? ¿Una foto quizá?

    Lentamente, la señora Berry, llena de estupefacción y con los ojos fijos en el caballero, se apartó de Roark en dirección hacia el perchero en donde colgaba un abrigo, de él sacó un pequeño cuadro de madera, un portarretrato. El hombre con sombrero de cazador antiguo sonreía.


    -Su hijo estará bien en los próximos dos días, no se preocupe, solo supera los efectos causados por pesadilla, bien hecho Missie, ya estamos un paso adelante.


    La mujer se quedó callada, muda, conmocionada por los sucesos que acababa de presenciar, a su vez, Adam, quien había estado callado durante los eventos provocados por el Misdreavus daba un paso al frente, estaba tranquilo aunque lleno de dudas.

    -Dioses –dijo- ¿Qué hizo?

    -Los pokémon fantasma son más peculiares de lo que te imaginas Adam, bien usados pueden salvar vidas en lugar de perturbarlas. Missie es un ejemplo de ello, buscó en la mente del chico los últimos sucesos acontecidos antes de ser atacado y por un lenguaje que yo le enseñé, me ha revelado esta singular fotografía, ya hablaremos de ella en la posada, tenemos que volver- el caballero decía esto mientras acomodaba su maleta.

    Adam Roark asintió y despidiéndose de la señora Berry, dejaron la vivienda, llevando consigo la misteriosa fotografía.


    Sigo everydayeveryday
     
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  8. Mr-Alduin

    Mr-Alduin

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    Todo estaba oscuro, tan solo una pequeña luz blanca iluminaba una parte de un vasto espacio en el que Adam se encontraba sentado, cruzado de piernas, meditando. Tenía los ojos cerrados y los dedos de sus manos enlazados unos con otros, respiraba hondo y sus labios dibujaban una oración. Al cabo de unos minutos sus ojos se abrían lentamente, frente a la extensa oscuridad que invadía su escaso espacio iluminado, frente a él, estaban sus tres pokémon: Cyndaquil, Trapinch y Magikarp.

    El joven con la cicatriz en el ojo derecho se quedó mirándoles y los pokémon le miraban, cuando de la nada, un aire frio y suave comenzó a cubrir con su manto los alrededores. Adam observó por todas partes, solo había oscuridad, excepto por la luz que emitía la lámpara sobre su cabeza. Sus pokémon seguían sin moverse.

    -No me dejes sola.

    Una voz femenina, dulce y agraciada llegaba a los oídos del entrenador, seguido del cálido toque de dos pequeñas manos que se enlazaban por debajo de los brazos de Roark y sin poder evitarlo, un hermoso rostro se acomodaba en su hombro izquierdo, el joven de la capucha giró su rostro y sus ojos de color carmín se conectaron con otros de color verde.


    -Quédate conmigo Adam- la joven dijo, los ojos de Adam se cerraron, producto de un extraño reflejo y de repente, todo se iluminó y el entrenador era despertado por una mano que tocaba la puerta de la habitación en la posada. Levanto su rostro moreno y sus ojos miraban a su Cyndaquil, quien le observaba curioso.

    Todo había sido un sueño. El de ojos carmín dejó caer su cabeza pesadamente sobre la almohada de algodón y respiró, llevó su mano a la frente y se dio cuenta de que estaba sudando, cosa extraña dado que el tiempo de ciudad Oblive ayudaba a producir muchas cosas excepto el sudor.

    -No te quedes dormido Adam Roark- la sofisticada voz de Zacarías se escuchaba desde el otro lado de la puerta –Hay que movernos, nos espera un largo y ajetreado día.


    Roark estiró su mano hacia la silla donde acomodaba sus cosas para tomar el pokenav, el reloj marcaba las seis de la mañana.

    Después del desayuno, los dos hombres pusieron manos a la obra y caminando por las apenas perceptibles calles de la ciudad, aun cubierta por bruma, comenzaron a idear los pasos a tomar en la resolución del misterio de la mansión lavanda.

    -Ya que tardaste en levantarte- decía el caballero – has de saber que mientras dormíamos otro incauto cayó preso de las garras de la ahora popular pero vieja mansión- la Misdreavus flotaba a su lado.

    -Otra víctima…- susurró el joven con la mascada roja, cuyo Cyndaquil, caminaba alejado de ellos, indiferente, fiel a su personalidad- ¿Quién?

    -Un joven que quiso demostrar a su amor adolescente, de una forma arriesgada su valentía. Lo encontraron llorando en una fuente de la plaza de la ciudad.
    -¿Iremos a verlo?- el de cabellos castaños metía sus manos en los bolsillos de su pantalón, ese día tampoco quiso llevar su capucha.
    -No es necesario, con ver al chiquillo de ayer nos basta y nos sobra, además, no soporto a los adolescentes, hablan mucho y hacen poco, nunca ayudan y quieren pretender siempre que son el centro del mundo. Algo… “lastimero” a mi modo de ver.
    -Todos alguna vez fuimos así. Son etapas de la vida- el de camisa color marfil opinó.
    -No recuerdo haber sido alguna vez un joven carente de rebeldía y prepotencia, por el contrario, mi educación fue muy diferente, me educaron en casa, viví acorde con los principios infundados en el hogar durante mi estadía en la universidad, nunca levanté mi voz a mis ya fallecidos padres y si en algún momento mi comportamiento dejara duda alguna, allí estaba Missie corrigiéndome- Comstock acariciaba tiernamente a su pokémon - esta nube de ternura ha sido la compañía que merezco, y si es por amor, no me he enamorado, a no ser que sea necesario.
    -Tiene un modo de ver las cosas muy práctico- Adam comentó, mientras se aseguraba de que Cyndaquil no se alejara más de lo debido.

    -Y así seguirá siendo hasta el fin de mis días joven Roark, hasta el fin de mis días.
    -Ya veo.


    El entrenador guardó silencio por unos segundos. No era esa clase de personas que ponían en duda el modo de pensar de los demás, consideraba que cada quien es libre de pensar así como lo es para respirar.


    -Entonces iremos a la mansión…

    -No te apresures jovencito- Zacarías caminaba, moviendo su bastón con mucha gracia y habilidad – aún falta algo por buscar.
    -Y eso es…
    -Registros. Iremos al registro de la ciudad, quiero ver si quedan descendientes o propietarios del inmueble, de ese modo sabremos si algún hecho trágico está relacionado con los eventos recientes.

    -¿Qué hay de la fotografía?- El de piel morena preguntó.

    La fotografía que el día anterior les fue entregada de manos de la señora Berry, era una imagen con tonos sepia de una mujer, sentada de manera soberbia sobre una banca de hierro mirando al horizonte. No podía saberse el color de su pelo o sus ojos, pues los colores sepia tan solo podían mostrar que eran de tono oscuro. Vestía un extravagante vestido de tonos claros complementado por un velo.

    -No me dice mucho del caso, debo lamentar – comentó el caballero mientras jugueteaba con Missie – es por ese motivo que iremos a los registros de la ciudad, solo espero que los muy desdichados no se hayan marchado o hayan muerto.


    Ya en el edificio de dos plantas, en donde trabajaba el registro de la ciudad, después de mucho escudriñar entre torres de papel viejo y de mirar incontables veces la fotografía de la mujer. El anciano encargado de los registros, a quien le acompañaba un Murkrow, les entregó a Adam y a Zacarías un papel, en donde escribía una dirección, la dirección del único miembro de la familia Lavanda, quien ahora se hacía cargo del aserradero de la ciudad. Adam sentía que estaban mucho más cerca de resolver el misterio, y agradecía a los dioses por las pocas posibilidades que tenían ambos hombres y sus pokémon de ser víctimas de los embrujos de la mansión, casi de inmediato, los dos se pusieron en marcha hacia el aserradero.

    -¿Qué desean visitantes?- el de ojos carmín, el caballero vestido de beige y los dos pokémon eran recibidos por un obrero del aserradero. Cuidaba una enorme reja de hierro que obstruía el paso a una hermosa hacienda de colores vivos, que se levantaba por encima de los troncos cortados y las sierras.

    -Deseamos ver al señor… ¡oh! Discúlpeme usted, es una señora, a la señora Lavanda, ¿lo dije bien?- preguntaba el hombre con atuendo de cazador de los años treinta – dígale por favor que somos los investigadores de los casos de la vieja mansión.

    El obrero, que portaba un casco de obrero amarillo y unas ropas malgastadas, acompañado de un pokémon con forma de baya, se acercó de mala gana a una de las vigas que contenían la reja y presionó un botón oculto, arriba de él se ubicaba un parlante y de este surgió una voz.

    -¡Ya te había dicho que no quiero que me molesten!- Roark no fue capaz de distinguir la voz, puesto que la distorsión del parlante se lo impedía.

    -Señora Lavanda…- el obrero hablaba con cierto tono de pavor – dicen estar encargados de los accidentes ocurridos en la mansión.

    Hubo unos breves segundos antes de que el obrero recibiera una respuesta.

    -¿Ah sí? ¡Pues que sepan que los problemas de la mansión ya no son asunto mío! ¡Que les den! ¡Hazles marchar! ¡Ya! ¡Dale que no te escucho echarles!

    En ese instante y para sorpresa del obrero, Zacarías se acercó al parlante y el mismo se encargó de presionar el botón, ante un Roark que se hallaba cruzado de brazos, un Cyndaquil que miraba hacia el lado contrario del aserradero y una Misdreavus que llevaba sus manitas temerosas a la boca para evitar soltar un grito de angustia.

    -Señora Lavanda permítame presentarme, soy Zacarías Comstock, agente de la policía internacional. Mi compañero, Adam aquí presente y yo estamos en todo los derechos disponibles para realizar ciertas preguntas… y usted está obligada a responderlas.

    El tonó de la voz en el parlante se alteró y contestó:

    -¡Mirad si serás tonto! Me da igual si son de la madera o de la DEA o lo que sea. Pero no recibiré a unos tíos a quienes no conozco. No lo repetiré otra vez, Váyanse o haré que les echen a patadas.
    -Señorita, estamos en la obligación de hacerle unas preguntas referentes a la mansión que solo usted nos puede contestar. Sepa que de negarse la convertirá en la principal sospechosa y la próxima vez, más policías estarán aquí para acompañarme.


    Nuevamente hubo segundos de silencio, luego unos murmullos y finalmente una respuesta:


    -Vale, vale. No perdamos el tiempo, Decidle a mi empleado que os deje pasar.


    Zacarías indicó al obrero que les abriera la puerta, este muy curioso se acercó al larguirucho hombre vestido de beige y le preguntó.

    -¿Eso que le acompaña es un pokémon fantasma?
    -Oh ¿Este? ¡Claro que no! Es de tipo Siniestro, Andando Adam, se nos hace tarde.


    El obrero y su pokémon con forma de baya se quedaron con la duda, mientras que, ambos personajes caminaban hacia la casa, en el trayecto Adam le preguntó al despreocupado y sofisticado caballero:

    -¿Por qué mintió? Debió decirle la verdad, no somos policías y Misdreavus no es de tipo siniestro.

    El caballero se echó a reír.

    -Chico, una pequeña mentira es necesaria para cualquier investigación, considéralo como un “gaje” del oficio- El de ojos carmín prefirió guardar silencio.


    La hacienda que vigilaba el aserradero era muy ostentosa y bien decorada, estaba pintada de colores rosa y blanco que se acentuaban cada vez que el sol se ocultaba, las paredes de cristal estaban bien pulidas, limpias y los suelos de mármol lucían tan blancos como la nieve de invierno. En su interior había un enorme vestíbulo coronado por una gran lámpara de cristal y pinturas de diversos estilos y colores. Lo extraño de todo, es que la casa se veía limpia, aunque hasta el momento solo se observaba a un solo sirviente, el que les abrió, le acompañaba un pequeño pokémon rojo con múltiples colas.

    -La señora Lavanda les espera en su despacho, demanda que no le hagan perder su tiempo y que todo sea concreto.
    -Así será amigo, así será- aseguró el caballero.

    Por su parte, Roark dirigía su mirada a Cyndaquil.

    -¿Te quieres quedar afuera?- el pokémon de fuego respondió dándose la vuelta y alejándose. El de camisa color marfil simplemente se limitó a sonreír mientras le daba la espalda para seguir al señor Comstock.


    El despacho estaba encabezado por una gigantesca ventana de cristal transparente que daba una vista plena del aserradero, sus pisos eran de caoba, en las paredes colgaban; al igual que en el vestíbulo, retratos de pinturas de todos los tamaños y con rostros muy peculiares. En el centro del mismo había un enorme escritorio pulido y un gigantesco sillón de terciopelo similar a un trono real, en él se hallaba sentada la señora Lavanda. Su aspecto era todo lo contrario a la primera impresión dejada en el parlante.

    -Muy buenas tardes tenga usted madame- El hombre con corbata roja se quitaba su sombrero de explorador y agachaba su cabeza a modo de reverencia del mismo modo que Adam, ambos no lo expresaron pero el aspecto de la señora Lavanda les sorprendió. Era una mujer extremadamente hermosa, con cabellos negros como ébano, ojos azules como el océano, cuerpo joven, caucásico y esbelto decorado por una camisa de terciopelo de marca y un pantalón de cuero que detallaba sus piernas torneadas, atado con un cinturón del mismo material, su mirada era intimidante pero sensual, al igual que su sonrisa hábilmente pintada de color rojo. Su dentadura blanca parecía estar acechando algo desconocido y que solo ella distinguía.


    -Dejémonos de jaleos y vayamos al grano- dijo, mientras hacía gestos con las manos – Ustedes dos estáis aquí pretendiendo involucrarme en asuntos que no me conciernen, que desconozco.
    -Para nada madame, lo que queremos es.
    -No oses interrumpirme hombre mal vestido, vosotros dos estáis aquí para acusarme de lo ocurrido en la mansión que desde niña no piso, pues dejadme decirles que…

    -Madame – era Comstock ahora quien le interrumpía - no pretendemos incomodarle y mucho menos acusarle. Solo queremos saber de algún evento trágico ocurrido en la mansión lavanda; incendios… riñas… conflictos, quizá…

    Finalmente, el semblante de la señora Lavanda se tornó frívolo, posteriormente y con mucha gracia se levantó del enorme sillón y empezó a dar pasos con sus largas botas de tacón por el despacho. Miró de reojo a Comstock y luego miró directamente a los ojos de Roark y le sonrió, como si acabase de confesarle un secreto, algo que el joven ignoraba.


    -No recuerdo otro incidente en esa casa que no haya sido el del incendio ocurrido en los años veinte, después de eso han de saber que ningún otro miembro de mi familia intentó habitarle, se construyó este aserradero y no se trató más del asunto, con esto os he dicho todo lo que sé.
    -me alegra oírle decir eso, no tenemos nada más que decir.
    -¿Ese es su pokémon? ¡Oh que monada! Los Misdreavus son hermosos, aunque algunos chavales digan lo contrario.


    La mujer intentó acercar sus dedos a Missie pero esta le rechazó al instante, detalle que no pasó por alto por parte del caballero.

    -Veo… que a Missie no le gusta su presencia.
    -Suelo ser una mujer de carácter, los pokémon tiernos y monos le huyen al carácter- la señora Lavanda, quien de nuevo daba pasos extravagantes por la oficina, volvió su mirada nuevamente hacia Roark. Su mirada quemaba como el fuego.
    -¡Que joven tan guapo! ¿Suelen los policías internacionales reclutar a polis tan jóvenes?
    -Si señora, así se aprovechan más sus energías- intervino Comstock, al notar que Adam no tenía intención alguna de responder.
    -Ya veo, ya veo- La mujer se acercó de vuelta a su sillón, no sin antes guiñarle un ojo al ojos carmín- Si vosotros no tenéis más que hacer aquí, no me queda de otra que pedirles que os retiréis, como verán, estoy muy ocupada y tiempo… tiempo es lo que menos me queda

    El entrenador y el caballero hicieron reverencias y se despidieron alejándose del aserradero, mientras el sol se ocultaba entre las montañas. Adam miró por un segundo la vivienda que se perdía entre las colinas mientras Cyndaquil iba a su lado, sentía que había algo extraño en aquella mujer, algo tan siniestro que inclusive su belleza le costaba ocultar, miró al caballero y a su Misdreavus y por un segundo quiso compartir lo que percibía de ella, pero sintió que no era lo apropiado, pues, eso implicaría interrumpir con su investigación, pensó.

    -Joven Roark, ya es hora de acercarnos a la mansión lavanda, por cierto, acamparemos cerca de ella, no esperes que vayamos a la posada, porque no lo haremos.

    Adam asintió y suspiró tranquilamente, por fin irían a la posada y aclararían aquel asunto que tenía tan en vela a la ciudad Oblive, sin embargo, había algo que Adam no podía retirar de su cabeza y ese algo era la mirada serpentina y azul de aquella mujer, quien a su vez, observaba desde el cristal como sus interrogadores se alejaban.


    sigo everydayeveryday
     
    Última edición: 23 Ene 2017
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    Otra vez oscuridad, pero Roark no estaba meditando como la última vez, en lugar de eso, se hallaba de pie, alerta, cuando de pronto, la música hermosa proveniente de una lira empezaba a sonar desde un lugar poco visible. El ojo carmín comenzó a correr en su dirección, guiado solamente por sus oídos.

    Finalmente encontró luz y junto a ella la agradable tonada, provenía de una lira tocada por las hermosas manos de la mujer de cabello verde de las noches anteriores. El corazón de Adam empezó a latir rápido y un nudo se le hizo en la garganta. En sus esfuerzos tan solo pudo decir una palabra: “Esmeralda…”.

    La hermosa joven, vestida de blanco se levantó, dejó la lira a un lado y caminó hasta estar frente a Adam, era extraño, la música aun sonaba. Ambos se miraron fijamente y la ternura acompañada del amor se reflejaba en los dos, hasta que, de los labios rosados de la hermosa joven emergieron dos palabras: “Me abandonaste”.

    Nuevamente ese reflejo extraño le obligó al entrenador a cerrar sus ojos, al abrirlos, se daba cuenta de que era otro sueño, estaba reposando a la intemperie, recostado en un tronco y lo suficientemente alejado de la fogata que se mantenía viva gracias a un caballero de cabello negro y su Misdreavus quienes la movían con una varilla. El hombre de la corbata roja se percató de que su compañero se despertaba.


    -¿Mala noche?- le preguntó.

    -Solo… un mal sueño.

    El señor Comstock no era de los que preguntaba en exceso, por ende, decidió dejar el tema a un lado y cambiarlo por otro de importancia mutua.


    -Debió haber sido muy hermosa, verdaderamente fascinante- dijo, mientras volteaba su cabeza y fijaba sus ojos en los terrenos de la mansión lavanda, esta se levantaba imponente y al mismo tiempo siniestra por sobre una nube densa de neblina. Roark también la miraba.
    -Que los dioses hallan tenido piedad de quienes sufrieron el accidente- el de la camisa marfil susurró, luego tomó lentamente la posición del loto y cerró sus ojos –No podré dormir esta noche.
    -Perfecto, porque te necesitaré lucido. Debemos vigilar- el caballero luego de decir esto, le pidió a Missie que se acercara a su maleta y le alcanzara una pipa de madera, la llenó de tabaco proveniente de una bolsa en uno de sus bolsillos y empezó a fumar – espero que el humo no te moleste- El entrenador negaba nuevamente con su cabeza como respuesta al comentario.

    Las horas transcurrieron, Adam meditaba en silencio mientras su Cyndaquil dormía recostado a la raíz de un grueso árbol sobre la colina en la que acampaban. Comstock por su parte, hacia juegos con su pokémon de tal forma, que su cuerpo de cuarenta años parecía albergar una mente de ocho, aparte de él, todo lo demás estaba en una profunda quietud y silencio.

    El pokenav señalaba la llegada de la medianoche…


    -¡Ya cálmate Missie! Jugaremos luego, Joven Roark ¿Sigue despierto?


    Los ojos del muchacho moreno se abrían lentamente.


    -Es medianoche- el caballero vestido de Beige destacó, mientras se levantaba del suelo y se ajustaba el cinturón - ¿Sabía que la medianoche es para algunos el momento en que el mundo de los muertos se acerca más al de los vivos?
    -Lo he escuchado- el ojos carmín contestó.

    De nuevo, Comstock dirigía su vista a la mansión mientras decía:

    -Es momento de las conclusiones: víctimas que terminan delirando y con fuertes dolores de cabeza, pesadillas, pérdida de memoria. Está más que claro que esto son obras de algún pokémon, de tipo fantasma debo decir – el hombre del sombrero respiraba hondo - la cuestión es ¿Por qué? ¿Qué lo obliga a hacer ese daño?

    -Tengo entendido que para los pokémon fantasmas eso es diversión- Adam opinó.

    -Eso es lo que muchos concluyen, por yo soy la excepción, mira a Missie por ejemplo, Juega conmigo y se divierte como el resto de los pokémon, y no me hace daño alguno ni llena mi mente de pesadillas...
    -Le entiendo… las acciones pueden ser motivo de algo mayor...
    -¡Exacto mi querido Adam! ¡Exacto! Mira a Missie, juega conmigo y está cerca de mí y nunca, nunca me ha causado dolor alguno, ni siquiera una leve jaqueca, cuando todo el mundo califica a los pokémon fantasma como seres dañinos y peligrosos, yo por el contrario, los veo como seres incomprendidos que necesitan de más investigación. A eso me refería en la taberna cuando les hablé de “autosatisfacción”, autosatisfacción de saber que los pokémon fantasma pueden ser tan amigables como los Clefairy, los Jigglipuff y los Happiny que tanto buscan los niños de ahora.


    En ese momento, el entrenador se daba cuenta de que esa autosatisfacción de la que hablaba el señor Comstock era resultado de las reacciones de las personas cada vez que veían a su Misdreavus y preguntaban por él. La reacción que tuvo el posadero en cuanto la vio, la de los habitantes de la ciudad, la del obrero en el aserradero y por último, la de la señora Lavanda, todo llevaba a esa conclusión. Aquel hombre de traje hacia todo aquello para desvanecer el mal concepto hacia Missie, para cuidarla, protegerla. Una sonrisa se dibujaba en el rostro moreno de Adam, pues se daba cuenta de que aquel sofisticado caballero, a su manera, estaba dispuesto a todo con tal y hacer sentir bien a sus pokémon, aun cuando esto implicara meterse a los peligros de una oscura mansión abandonada.

    -¿Piensa que alguien está obligando a uno o más pokémon a cumplir con una macabra voluntad?- El entrenador de nuevo preguntó

    - Puede ser… pero eso nos lleva a otra interrogante, ¿Qué razón tendría ese alguien para ahuyentar a seres humanos de una vivienda a punto de derrumbarse?
    -Existen muchas, aunque la ambición y la venganza son las más destacadas.
    -Ambición…


    Por unos segundos, la mente del caballero, ante la mirada atenta de su Misdreavus, estuvo sumida en una serie de pensamientos e ideas las cuales le llevaron a una conclusión. Rápidamente corrió hacia su maleta y con sus dedos largos tomó la fotografía de la dama de blanco, la acercó a la luz de la fogata y sorprendido llamó a Roark.


    -Mire joven Roark, observe… ¿a quién se le parece esta dama?


    La fotografía era borrosa y la luz del fuego no ayudaba casi en nada, pero aun así, se podían distinguir ciertos rasgos; pelo negro como el ébano, mirada como de serpiente y labios sensuales y carnosos, la dama de la vieja fotografía era idéntica a la señora Lavanda, la dueña del aserradero.

    -Recuerde que ella es su descendiente, he ahí el parecido- Roark aclaró.

    - ¿Y qué tal si ella es la causante de todo esto? ¡Que grave error cometí al hacer a un lado esta fotografía!- Comstock comentaba con una sonrisa en sus labios –¿Recuerda la manera en que nos trató? ¿En cómo nos miró? ¿En cómo le miró a usted? Además del hecho de que estuvo muy arisca con nuestra presencia, ¿qué tal si ella está ocultando algo? ¿Qué tal si usa a algún desafortunado pokémon de tipo fantasma para ahuyentar y así lograr… el encubrimiento de un crimen? ¿Qué tal si esa mujer o algún pariente fue el causante del incendio hace noventa años? ¡Oh joven Roark! ¡Hay tanto que buscar! ¡Hablamos de un encubrimiento! ¡De un crimen olvidado! Y por el cual están haciendo quedar mal a los pokémon fantasma.

    Los ojos de Adam se fundieron por unos segundos en el fuego de la fogata, sí. La mujer a quien visitaron en el aserradero era intimidante, y muy extraña pero… ¿Capaz de encubrir un crimen? El joven de inmediato recordó cuando sus padres le regañaron por su comportamiento al dejar que un cliente se fuera sin pagar de la tienda, con la excusa de haber dejado el dinero en su casa, le dijeron que era demasiado inocente. Por un momento se sintió tal cual como se sintió en ese día.

    -Bueno…- dijo Adam –creo que solo hay un modo de saberlo.

    -Bien dicho joven, bien dicho ¡Missie! Prepárate querida, nos espera una noche larga.
    -Dioses…- Adam susurró mientras miraba a Cyndaquil- espero que todo salga bien.

    Por lo visto, el momento de adentrarse en la mansión acababa de llegar.


    Sigo everydayeveryday
     
    Última edición: 24 Ene 2017
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    Tanto Comstock como Adam, acordaron que esa noche era la apropiada para intentar acceder a la casa, a pesar de que la niebla era densa, y la oscuridad más profunda que lo normal, ambos concebían en algo y era en que aquel era el momento preciso para actuar e intentar cerrar el misterio. No habían indicios de que algún incauto se fuese a acercar, o si algún sospechoso fuese a llegar, tan solo existía soledad y un incómodo silencio.

    -Date prisa joven Roark, no debemos separarnos- Comstock apuraba a su acompañante mientras tomaba la delantera, por su parte, el de ojos carmín se ponía de rodillas acercándose a su Cyndaquil para hablarle.
    -Amigo- dijo- creo que no voy a necesitarte cerca para cuando entre en ese lugar, Trapinch y Magikarp se harán cargo de guardarme la espalda, será mejor que te quedes, vigiles a distancia y aparece solo en caso de que algo fuera de lugar suceda, ¿está claro?

    El pokémon asintió de mala gana para posteriormente darle la espalda a su entrenador y perderse lentamente entre los arbustos de la colina. Finalmente, el joven de piel morena, cerró sus ojos e invocó unas plegarias a sus dioses, para que todo saliera bien, para que no sufrieran daño alguno y sobretodo, para no terminar como el pequeño Kenny o las demás víctimas, dominados y traumados por el miedo.

    Hacía décadas que el elegante portón de hierro, coronado con la figura de una flor de lavanda había perdido su brillo, ya no era imponente, sino tenebroso y perdido en el tiempo. Con algo de dificultad, el caballero con el atuendo de cazador de los años treinta consiguió abrirle, chirriaba de forma horrenda y un trozo de metal caía al suelo como resultado del empuje, Adam se acercó y terminó de ayudarle, el enorme y muerto portal dejaba al descubierto una tétrica visión de oscuridad, un jardín descuidado, esculturas llenas de musgo que decoraban los lados de una caminera de concreto y granito. A lo lejos se escuchaban los sonidos de pokémon nocturnos y la enorme mansión, con un árbol gigantesco partiendo su techo en dos, se levantaba como un titán muerto por sobre la colina del complejo.

    -Bien joven Roark, mi querida Missie. Avancemos.

    El joven con la mascada roja asintió y siguió al caballero hacia las ruinas de la mansión, la caminata estuvo rodeada de incertidumbre y mucha desconfianza, irónicamente estaba demasiado tranquilo, hacia frío y todo estaba oscuro, un extraño olor a flores muertas inundaba el ambiente. Roark echaba de menos a Cyndaquil, sus llamas hubiesen sido de gran utilidad pero no quería exponerle, además de que su ventaja se consideraba como último recurso, probablemente les observaba desde la colina donde estaba el campamento, el joven pensó.

    Las ventanas, que alguna vez se protegieron con cristal, ahora estaban oscuras y con vidrios rotos y una enorme puerta de madera podrida con relieves de ángeles y flores apenas visibles se mantenía abierta, quizá por los últimos visitantes. Una capa delgada de niebla entraba por la misma.

    -Mantén los ojos abiertos muchacho- el caballero advertía a Adam a la vez que lo tomaba por el hombro- Missie, ve al frente.


    Los dos individuos y el pokémon de tipo fantasma se adentraron en la enorme mansión, adentro todo estaba oscuro, pero dicha oscuridad se esfumaría cuando Comstock le indicó por señas a su Misdreavus que usara un movimiento, el movimiento de destello y entonces una parte de la casa se iluminó.

    -Dioses…- Roark susurró asombrado por lo que sus ojos veían.


    El vestíbulo era enorme, un espacio de unos cien metros cuadrados, evidentemente adaptado para bailes y banquetes, en el centro se elevaba una enorme escalera decorada por dos pokémon de aspecto siniestro tallados en madera, a uno le faltaba su cabeza. El techo estaba abierto por el árbol caído y un montón de hojas secas hacían las veces de alfombra sobre lo que una vez fue un bien pulido piso de caoba, además, todo estaba decorado por telarañas polvo y flores muertas. Las paredes estaban cubiertas de polvo y hollín agregando a esto una intensa humedad. Todo era soledad combinada con un silencio sepulcral, que, más que atemorizar a los dos hombres presentes, les llenaba de una extraña y poca advertida nostalgia, era como si ya hubiesen estado ahí antes.

    Adam no tenía nada que decir ni que hacer, todo estaba abandonado y destruido y esto le llenaba de una sensación extraña en su pecho, por su parte, el caballero empezó a dar largos y zancados pasos con su Misdreavus al frente iluminándole.

    -Aquí se pueden ver claramente alteraciones recientes, señal inequívoca de que, en efecto, por aquí anduvieron los que luego pasarían a ser los delirantes, vaya ¡Pero cuanta imprudencia!- El caballero hablaba mientras analizaba cada pisada, cada detalle que encontraba.


    El de ojos carmín seguía caminando y observando lo poco que Misdreavus podía iluminar. Se imaginaba cómo habría sido todo aquello en su época dorada y cuanta alegría pudo albergar, se imaginaba todo aquel espacio iluminado por enormes candelabros de cristal y las personas danzantes y animadas sobre la pista de baile, por último se preguntaba qué clase de personas habían sido capaces de causar un accidente que acabara con todo aquello, con toda esa belleza, con toda esa alegría.

    -¿Joven Roark? – Comstock le susurró al entrenador, este se volteó y le miró - ¿Estas bien chico?

    -Si… lo estoy…- su voz grave se escuchaba entrecortada – es solo que…
    -No te distraigas – el hombre de ojos negros le aconsejó – no debilites tu mente o lo que sea que esté aquí te atrapará, ten los ojos abiertos y una mano en tu pokeball, mantente alerta.

    El ojos carmín asintió mientras seguía observando el curioso lugar que ahora exploraban, era la primera vez en toda la aventura que echaba de menos su capucha marrón pues empezaba a hacer frio.

    -¿Encontró algo?- el joven con la cicatriz en el ojo derecho preguntó al cabo de unos minutos a su compañero.

    -Nada, todo se quemó y lo poco que sobrevivió es probable que ahora esté adornando la casa de la señora Lavanda- Comstock respiró hondo, como si no hubiese querido decir las siguientes palabras: “Hay que separarnos”.
    -Quédate aquí abajo Roark, por mi parte, yo miraré en el segundo piso junto con Missie- el joven entrenador asintió, el caballero sacaba de su bolsillo una pequeña linterna – No lo olvides… una mano sobre una pokeball. Vamos Missie.

    Con esfuerzo, el de pelo negro pudo sortear el árbol caído y de esa forma poder acceder a la segunda planta, Roark, con el ceño fruncido enfocaba su linterna prestada y empezó a adentrarse en los marcos de puerta que Missie no pudo iluminar. Todo estaba vacío, tan solo había polvo y madera quemada; un cuarto ennegrecido con un enorme escritorio podrido en el medio al igual que unos estantes pegados a la pared, el entrenador concluyó en que aquello era el despacho, buscó entre los muebles viejos pero no había nada más que cenizas. Del primer piso muy poco se conservaba; otro de los cuartos solo tenía un montón de camas inservibles, quizá ese era el cuarto de la servidumbre; otro estaba lleno de polvo y cenizas, a lo mejor ese era un cobertizo, por último quedaba la cocina, el segundo cuarto más grande después del vestíbulo.

    El de ojos carmín miraba de un lado a otro, todo estaba negro, oscuro y abandonado. Tan solo una escasa luz proveniente de la alejada ciudad Oblive apenas y entraba por la ventana rota de la cocina. Habían mesas de cerámica y cocinas enormes, oxidadas, pero lo más destacado era un enorme agujero que se abría dando paso a un montón de maleza, sin pensarlo dos veces, el ojos carmín se acercó y lo revisó.

    Aquel fue el sitio en donde todo comenzó, en donde se inició el incendio que terminó en tragedia, el de mascada roja juntó sus manos al darse cuenta de donde estaba y para sus adentros pedía a los dioses por las almas de las personas y los pokémon que sufrieron ese día, pero de pronto, sus plegarias cesaron y un Adam sorprendido lentamente se levantaba ante lo que empezaba a percibir.

    El entrenador escuchaba llantos, sí, eran llantos, como los de una niña que se siente en peligro y clama por sus padres. El corazón del entrenador se aceleró, sin duda alguna eran los llantos de una niña ¿Una niña? ¿Sola en ese lugar? En ese momento, el corazón del joven con mascada roja pudo más que su razón, se olvidó de las recomendaciones de Comstock, se olvidó del lugar en donde estaba, y lo que había venido a hacer, tan solo tenía una cosa en su cabeza y esa era a la niña en peligro, debía salvarla.

    Los llantos le llevaron de vuelta al vestíbulo.

    A la entrada del gran salón se hallaba una pequeña, de unos ocho años, vestida de blanco y una larga cabellera rubia le cubría como si fuese una capa. La impresión que su aspecto y su llanto provocaron Roark fue tan impactante como lo visto en el templo en donde había encontrado a Magikarp un tiempo atrás.

    El de pelo castaño se había olvidado por completo de las advertencias de Comstock, quien seguía en la segunda planta, Adam quería consolar a la niña, rescatarle pero su inocencia le saldría caro pues en ese instante, sus parpados empezaban a pesarle, un extraño sueño le invadía, calló de rodillas pero aun así su sentido de lo correcto era fuerte, intentó alargar sus brazos hacia la niña quien parecía ignorarle pero era inútil, su cuerpo estaba entumecido, por último intentó tomar la pokeball de Trapinch pero le fue imposible, sus parpados cerraron definitivamente y todo se hizo oscuro. Nuevamente, el mundo de los sueños le invadía.


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    Última edición: 25 Ene 2017
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    Al abrir sus ojos, Adam se daba cuenta de que ya no estaba en la mansión hecha ruinas, de que la niña de blanco había desaparecido y que el frio y la bruma se habían esfumado, en vez de eso, se encontraba en una profunda oscuridad aplacada tan solo por una luz blanca que estaba encima de él y conscientemente cubrió su cabeza con ambas manos mientras se repetía a sí mismo “esto no es real” “Adam esto no es real” “despierta” “despierta” ”despierta”, el de la camisa marfil cayó de rodillas apenas se percató de que su esfuerzo era inútil. Era una víctima más de lo que sea que habitara la mansión.

    De pronto, de la nada, un centenar de luces se encendían, una a una, de izquierda a derecha para alejar totalmente la oscuridad en un enorme salón de baile en el que solo se encontraba Roark. Todo parecía estar cubierto de oro y madera fina, un enorme candelabro de cristal se alzaba sobre lo más alto, había pinturas hermosas con suvenires colgando en las paredes y las ventanas limpias mostraban un bello jardín de rosas, Adam estaba asombrado, poco a poco se iba olvidando de que aquello era un sueño producido por algo que el desconocía.

    Al cabo de unos segundos, la música de un piano empezó a sonar y el entrenador empezó a buscar su origen, su cabeza dio vueltas pero no vio piano alguno; repentinamente sus ojos se detuvieron, enfrente de él se hallaba alguien, una mujer, la mujer. Su cabello verde brillaba como el de las elfas de un cuento que Adam leyó cuando era niño casi del mismo modo en que lo hacían sus ojos, los cuales, hicieron que el joven moreno quedara paralizado. Vestía un hermoso traje blanco de gala atado con un cinturón dorado, dos brazaletes de oro adornaban sus manos blancas, llevaba tacones de estilo griego y un par de arracadas colgaban de sus orejas. Adam Roark apenas y podía respirar por la impresión.

    -Esto no es real- se dijo, intentó tomar una de sus pokeball y de ese modo llamar a Trapinch pero su cinturón no estaba.


    La voz de la joven se escuchó, tan hermosa y dulce como el joven la recordaba.

    -Eso pensabas el día que me viste, en el bosque. El día que te conocí.
    -Esto no es real…- el joven con la cicatriz daba unos pasos hacia atrás –Despierta Adam, ¡despierta!
    -Tú lo haces real.
    -No… estoy en una mansión abandonada, escuché un llanto, la niña… creador, ¿qué debo hacer?


    Muy pocas veces, en sus dieciocho años de vida, Roark sintió tal nivel de presión y de desconcierto como lo sentía en ese momento, de hecho, años atrás las había olvidado, siempre llevando a cabo la filosofía de la pasividad, la paz a través de sus creencias como modo de vida y sin afectar de mala manera a quienes le rodearan, pero en ese momento la imagen de Esmeralda, el llanto de la pequeña y el destino de sus pokémon le penetraban como cientos de personas intentando entrar por un tren al mismo tiempo. La duda lo confundía y en ese momento la fe en sus dioses era lo único con lo que podía contar.


    -No dudes más- La joven dijo, aun sin moverse de donde estaba.
    -Deja de luchar, Adam- era la misma voz pero proveniente de otro lado del salón, se trataba de la misma joven hermosa, excepto que su vestido era de color salmón y no blanco.

    Nuevamente, el entrenador caía de rodillas, sin saber que decir ni hacer, estaba confundido.

    -Lamentas haberme perdido, lo sabes – era la misma voz pero proveniente de otra imagen vestida esta vez con un vestido de color azul pálido.

    -No te atormentes más – una cuarta imagen surgía de la nada, idéntica a las anteriores excepto por que su vestido era plateado.

    Inmóvil, arrodillado sobre el suelo de caoba y rodeado por las cuatro hermosas copias, el joven de la mascada roja se daba cuenta, nuevamente, que aquello no era real, que era un sueño, como los anteriores, pero, ¿cuál era su significado? ¿Qué los estimulaba? Las mujeres se quedaron inmóviles como estatuas mientras que Adam sumía su mente en un profundo silencio, intentando buscar una respuesta a ese tormento, recordando, sus días en el bosque, los días en que decidió ayudar al explorador con sus fotos, esas noches mágicas junto a Esmeralda, junto a la bella Esmeralda. En ese momento, Roark se preguntaba ¿en qué se equivocó? ¿Acaso su decisión no había sido la correcta? ¿Deseaba volver al bosque y quedarse ahí? ¿Por siempre? ¿Con ella? ¿Tan bellos fueron esas horas? ¿Más que la vida junto a sus padres? ¿Más que la vida misma? La cabeza del entrenador dejaba de dar vueltas, se estabilizaba en un sinfín de confusión, mientras las cuatro Esmeraldas comenzaban a clamar al mismo tiempo las dos palabras “me abandonaste”

    -No te abandoné- fue lo que Adam respondió, las jóvenes callaron – tampoco hice lo que hice, solo por sentir que era lo correcto- el entrenador dio una pausa y suspiró. Nuevamente tenía paz en su interior –lo hice, decidí lo que quería, no lo que los demás ni tú querían. Decidí que la compañía, el apoyo y la sabiduría de mis padres son lo que me impulsa cada día a ser mejor y quiero renunciar a eso. Decidí que mis aventuras, la gente y los pokémon que conozco en ellas y sobretodo el vivirlas valen más que desistir a ellas, pero no menos importante…- tres pequeñas figuras se dibujaban a un lado del salón de baile, eran sus pokémon, el ojos carmín sonreía- la compañía de ellos, mi vida junto a ellos. Vivir y morir así es mucho más valioso que una eternidad contigo.


    Esas palabras no iban dirigidas a Esmeralda ya que ella estaba en alguna parte del bosque, con lo que Roark batallaba en sus sueños era consigo mismo, con la inseguridad de no haber hecho lo que quería, pero todo ya quedaba en el pasado, quería vivir, conocer aprender, eso era los más importante para él, pero más valioso aún, era el hecho de no estancarse en lo pasado, vivir acorde con sus decisiones y no lamentar haberlas tomado. Adam Roark retomaba la armonía que tanto, tanto le caracterizaba.

    Solo una copia de Esmeralda quedó en el salón, la del vestido blanco, esta sonrió al escuchar aquellas palabras y por último desapareció en medio de un mágico polvo de estrellas dejando solo a Adam como sus tres pokémon en medio de un salón que también se desvanecía conforme la calma iba retornando al subconsciente del entrenador, este cerró sus ojos, sonriente, mientras sentía una especie de polvareda golpear en su cara. El sueño se había desvanecido, sus ojos se abrían nuevamente, de nuevo estaba en la mansión.

    Un montón de hojas se levantaban en un extraño bucle y dos mandíbulas enormes hacían poderosos sonidos que devolvían a Roark a la realidad. Trapinch había salido de su pokeball y ahora estaba combatiendo contra algo, evitando que se acercara a su entrenador, las cenizas, el polvo, los trozos de madera y las hojas se levantaban y luego se aplacaban por una sombra de ojos amarillos en cuya cabeza parecía dibujarse un enorme sombrero de bruja.

    -¡Trapinch!- Adam exclamó…


    El pequeño pokémon con ojos de estrella se daba la vuelta y sonreía alegre de ver a su amigo de vuelta. De nuevo el bucle de arena se esfumó.

    -ese es el pokémon causante de las pesadillas, Trapinch guarda la distancia, continua usando bucle arena y ataca solo cuando te diga amigo.

    Trapinch contestó con un gruñido y un choque de sus mandíbulas, mientras un Adam, irónicamente tranquilo, sacaba su pokedex para averiguar a qué se estaban enfrentando.


    “Mismagius, el Pokémon mágico. Mismagius canta hechizos, y aunque algunos causan tristeza, algunos otros causan alegría”.



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    -Tal y como lo dijo el posadero. Es un pokémon fantasma muy poderoso.

    En cuanto Adam terminó con el comentario, Mismagius emitió un horrible y lastimero chillido que pulverizó los últimos cristales de las ventanas que seguían intactos, en el segundo piso Comstock y Missie advertían que algo estaba pasando y de inmediato corrieron al lugar de donde provenía el llanto. Por su parte, Adam caía de rodillas con sus manos en la cabeza, pues esta empezaba a dolerle luego del alarido, a su vez, Trapinch se sacudía, por lo visto, el grito no le afectó tanto como a su entrenador.


    -Trapinch… ¡no dejes que te hipnotice! Mantente alejado.


    Obedeciendo a su entrenador, un Trapinch, aunque preocupado por este, decidió alejarse para guardar distancia, escondiéndose entre muebles viejos y maleza, para así alejarse del pokémon con aspecto de hechicero, el cual, en vez de seguirle decidió ir a por el entrenador, atacándolo con bola sombra, pero de la nada, una pantalla invisible hizo que el ataque rebotara y se desvaneciera, se trataba del movimiento protección ejecutado por Missie, quien llegaba justo a tiempo al igual que el caballero para proteger a Roark, quien apenas se levantaba. Era más que evidente que aquel pokémon estaba molesto, quizá por los intrusos que invadían su mansión, aunque Adam sospechaba que había algo más en aquella ira impropia de un pokémon salvaje, dado que estos últimos suelen atacar a los pokémon acompañantes y no a los entrenadores-

    -Muchacho, ¿estás bien?- el de atuendo color beige le preguntó mientras ayudaba al joven a recomponerse.

    -¡Por el creador! Me duele la cabeza…
    -Es normal, escuchaste el llanto de Mismagius muy cerca, tienes suerte de estar consiente.


    Mientras Adam se levantaba, Misdreavus contenía la furia de su forma evolucionada con todo lo que tenía, inevitablemente cedió ante la fuerza de su contrincante quien tomó el pequeño cuerpo y ante un Comstock atónito, la arrojó contra el suelo de madera, el impacto fue tan fuerte que se creó un cráter en el suelo. Aún con el dolor en la cabeza, Roark se levantó y observó al Mismagius acercarse luego de derribar al obstáculo, dispuesto a lanzarles su bola sombra. Era la hora de que Trapinch actuara a la voz de “mordisco”.

    Con gran velocidad, el pokémon de tierra saltó de la oscuridad para morder el sombrero de Mismagius con todas sus fuerzas, el impacto fue tal que Trapinch pudo usar su peso de quince kilogramos para hacer que Mismagius girara y lanzara el ataque hacia el techo, dejando un gran agujero y una nube de escombros. Ambos pokémon forcejearon el uno con el otro; Trapinch sin querer soltarle y Mismagius tratando de liberarse.


    -¡Trapinch… no te sueltes!- el joven con la cicatriz en el ojo derecho le ordenaba, aún con sus manos en la cabeza.

    Por su parte, Comstock tomaba a Missie en sus brazos, no obstante, esta se apartó; quería ayudar, no ser una víctima más, por ese motivo se acercó al combate para ayudar a Trapinch mientras un montón de escombros y hojas caían y se sacudían producto del forcejeo de Mismagius, quien aún tenía a Trapinch mordiéndole su sombrero.

    De inmediato, y sin esperar a las órdenes de su entrenador, el pequeño pokémon con perlas atacó con un rayo proveniente de sus ojos verdes, el cual, hizo que Mismagius se agitara más y más, chocando contra cualquier cosa que fuese sólida; una pared, una columna, un trozo de escalera, una estatua, marcos y puertas, todo se vino abajo y un olor a escombro inundaba el aire. La que una vez fuese la vivienda más cara y elegante de toda la ciudad Oblive, esa noche era reducida a escombros lentamente.

    Finalmente ya no quedaba nada, tan solo tablas, vidrios rotos y el tronco de un árbol hecho pedazos, el polvo del derrumbe se mezclaba con la neblina y solamente una pared seguía en pie. No había rastro de los pokémon ni de sus entrenadores, hasta que, minutos después, una pila de escombros emergía de entre el desastre.

    -Bien hecho querida… a eso llamo “establecer prioridades”- el rostro sonriente de Comstock brillaba como resultado de la actitud que tomó su pokémon, quien, pese a estar molesta, se dio cuenta de que la casa se derrumbaba y corrió de inmediato a proteger con sus poderes psíquicos a su entrenador y a su acompañante de cabello castaño, caso contrario al de Trapinch.


    Por ese motivo, la angustia se apoderó de Roark, quien no veía a su pokémon ¿Acaso había sido víctima del derrumbe? Un nudo se amarraba fuertemente a su garganta, pues su corazón no soportaría el perder a un amigo como Trapinch, por ese motivo, a trompicones se levantó y corrió levantando escombros en busca de su amigo. Adam no se perdonaría si algo grave le ocurrió al pokémon a quien le había jurado que nunca le dejaría. De pronto, otra pila de escombros se levantaba y Mismagius emergía por entre la madera resquebrajada, con Trapinch colgado de la punta de su sombrero. La respiración del entrenador de piel morena se normalizaba.

    Los ojos amarillos de Mismagius calentaban de ira como si estuviesen en una olla con agua hirviendo, lentamente flotaba hacia Roark mientras agitaba su cabeza y con fuerza, arrojar a un Trapinch contra el pecho de su entrenador y al mismo tiempo echar a este contra la masa de escombros, sin duda alguna, el pokémon fantasma estaba enojado, pero no con los pokémon que le enfrentaron, pues sus ojos se fijaban en los de Adam, y no los movía a ninguna otra parte, quería atacarlo, hacerle daño, del mismo modo en que se lo hizo a los niños, a los policías, al adolescente y a Kenny.

    Por su parte, Trapinch se levantaba aún con fuerzas para pelear, intentó atacar a Mismagius lanzándose contra él pero este le esquivó haciéndose a un lado, evidentemente no le importaba en absoluto pelear con el pokémon de tipo tierra, tan solo quería a Roark y posteriormente al caballero, aunque al joven lo tenía más cerca y sentía que era más indefenso, el pequeño pokémon de tierra se levantó e intentó atacar otra vez con su mordisco, mordisco que fue repelido por el ataque protección de Mismagius, quien ya estaba cara a cara contra Roark, de inmediato como hiciera minutos atrás, la criatura volvió a emitir un chillido que aturdió a los presentes; a Comstock, a Missie, a Trapinch y a Adam, en especial a Adam.

    El dolor de cabeza ocasionado por el gemido fue tanto que al ojos carmín apenas y le quedaba tiempo para pensar, el padecimiento era insoportable, como cien agujas entrando al mismo tiempo, todo se hacía oscuro para el joven entrenador y estuvo a punto de perder el conocimiento, pero en ese instante, ocurrió algo con lo que Roark no contaba, algo con lo que nadie contaba; una sombra emergía por entre la niebla y rodeada de fuego, impactó en el Mismagius haciéndole retroceder, quemándole en el acto, el fuego se disipó y Cyndaquil emergía por entre el fuego, se veía molesto y decidido pero su mirada se puso sobre su aturdido entrenador quien claramente no estaba bien; veía doble y sentía nauseas, el dolor de cabeza estaba latente y tan intenso que ni siquiera se podía levantar. Comstock corrió en su ayuda mientras que Cyndaquil, Trapinch y Missie se colocaban adelante, formando una línea de defensa contra un Mismagius cuyos poderes psíquicos e ira crecían como la flama que le golpeó segundos atrás.

    Los tres pokémon se lanzaron al ataque; mientras Cyndaquil disparaba su lanzallamas y Missie su Psicorrayo, Trapinch arrojaba sus dientes contra el fantasma a quien no le quedaba otro remedio que esquivar y contraatacar con su bola sombra, sus contrincantes hacían lo propio moviéndose de izquierda a derecha. De nuevo la nube de polvo se levantaba.

    -¿Adam? ¿Adam? ¿Estás bien? Muchacho levántate- Comstock levantaba con mucho cuidado al joven de piel morena, quien apenas podía afianzar sus pies en el suelo –Acabas de escuchar el llanto de un fantasma, justo delante de tus narices.


    Roark asentía lentamente, sin posibilidad alguna de responder, se veía perdido y conmocionado. El del traje de cazador antiguo, por su parte, observaba el combate pokémon y notó lo mismo que el chico de la mascada roja; a Mismagius poco o nada le importaba atacar a Missie, a Trapinch o a Cyndaquil, tan solo quería atravesarlos para llegar hasta los seres humanos que tenía enfrente, sin duda alguna guardaba una clase de rencor con ellos ¿pero cuál? Todo se aclaró en cuanto el Mismagius notó una fotografía que sobresalía por sobre unos escombros, el combate se pausó en cuanto el pokémon lentamente descendía para tomarla.

    Comstock, con Roark sobre uno de sus hombros, recordaba que su maleta se había quedado en la segunda planta, seguramente se desparramó en cuanto todo se derrumbó y las cosas quedaron regadas por el área, una de esas cosas era la fotografía que ahora Mismagius tomaba por entre sus manos, la foto de la mujer de blanco. El pokémon le miraba como si aquel papel fuese lo más valioso que se hubiese encontrado y sin avisar, unas lágrimas brotaban de sus ojos amarillos y una grieta se dibujaba en una de las joyas de su cuello, finalmente el Mismagius empezaba a sollozar y por ultimo a llorar, con un dolor y sentimientos que hizo que todos los presentes se conmovieran. La pelea había acabado, sellada por un llanto de un fantasma, repleto de tristeza y amargura.


    everydayeveryday sé que tenía que haber terminado ayer pero... ¿puedo pedir un día más? Prometo terminar hoy.
     
    Última edición: 26 Ene 2017
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    everyday

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  18. Mr-Alduin

    Mr-Alduin

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    Era el año de mil novecientos treinta y siete cuando el sol de la tarde iluminaba una hermosa mansión en la cima de una colina que estaba repleta de sirvientes que iban de un lado a otro sin detenerse, limpiaban un lado y luego el otro, movían una cosa y acomodaban otra aquellos eran los años dorados de la muy conocida mansión lavanda, que se levantaba sobre el apenas emergente pueblo Oblive e igualando en imponencia a la histórica torre Darkholm.

    Un fotógrafo acompañado de su pokémon, tenía la cabeza cubierta por una lona y con su enorme cámara enfocaba la imagen de una bella mujer de veinte años que posaba mirando en el horizonte; tenía el cabello negro y sedoso, ojos azules y labios tan rojos como la sangre misma. Llevaba puesto un hermoso vestido con velo azul celeste que cubría un cuerpo esbelto y bien trabajado, dos guantes largos y joyas de oro complementaban el hermoso atuendo de la bella dama, quien miraba de manera dominante hacia el hermoso jardín con el pueblo al fondo.

    -No se mueva por favor- el fotógrafo preparó el artefacto y la joven oyó el sonido del obturador accionándose, la foto había sido tomada – Listo señorita Lavanda, tendrá su fotografía para mañana en la noche.


    La mujer movió su rostro y sonrió como si aún estuviese posando, acto seguido se levantó y dio las gracias al fotógrafo por el servicio.

    -Hable con Ignacio- ordenó, tenía una voz firme y dulce al mismo tiempo – le otorgará el pago que usted exija y no se olvide de que mañana en la noche deberá hacerse presente…

    -Como usted diga señora- sonrió el fotógrafo, algo avanzado de edad. Su pokémon volador se posaba sobre el hombro - por nada del mundo me lo perdería. Fui el fotógrafo en la boda de su padre ¿por qué no iba a serlo en la boda de su hija?

    -Eso me alegra, ahora vaya, debo atender a Dulce.

    En ese momento y de la nada, aparecía un pokémon de tipo fantasma, se trataba de un Misdreavus sonriente y de mirada picara que hizo que el fotógrafo y su pokémon saltaran del susto.

    -Dulce, ¿qué te he dicho de aparecerte en mitad de una reunión? – la mujer sonrió como niña, luego suspiró- Dulce querida, no puedo enojarme contigo- comentó mientras cubría su bonita boca para aplacar las risas, risas que eran imitadas por el pequeño pokémon –no se preocupe caballero, dulce es inofensiva, por favor vayan con Ignacio.


    El fotógrafo y su pokémon aún sorprendidos por la aparición se marcharon rápidamente y sin comentar nada más.

    -Vamos dulce, es mi último día como soltera, acompáñame y ayúdame a quitarme este vestido para que juguemos en el tiempo libre que me queda, como cuando éramos niñas, estoy segura que a Milton no le gustara verme actuar de manera infantil después de que nos casemos.

    Aquella dama en cuestión, respondía al nombre de Bianca, Bianca Lavanda, heredera de la mansión y la fortuna de su familia, una de las más ricas y acomodadas del pueblo en aquel entonces, toda su vida había estado sola, salvo por la compañía de Dulce, su Misdreavus que le fue obsequiado en su cumpleaños número siete. Tenía otros parientes, pero estos nunca le visitaban, por esa razón invitaba a todo el pueblo, sin distinción alguna a su opulenta morada. Su jardín estaba abierto a cualquier pokémon; ya sea de tipo siniestro o fantasma, todos eran bienvenidos. Su casa era como un libro abierto a todo el que deseara pasar y un refugio para cualquier especie pokémon que lo necesitara, es por esa razón que Bianca era tan querida en Oblive. Disfrutaba su vida al máximo, jugando, conociendo y conversando con cualquiera, su vida solo eran risas y juegos y para el sombrío pueblo entre las montañas, aquella jovencita era una luz al final de un túnel, era lo mejor que les hubiese podido pasar.


    -Señorita Bianca- decía un mayordomo mientras le seguía- tenga cuidado con el vestido, recuerde que su boda es mañana.
    -¡Basta Michael! Deja que Dulce y yo disfrutemos de nuestro último día de libertad- La joven empezó a subir las enormes escaleras entre risas y juegos con su pokémon adornado de perlas, pero de pronto se detuvo recordando algo importante – a propósito ¿Ya solucionaron la fuga de gas en la cocina?- preguntó.

    -Si señorita, todo está bajo control

    La joven volvió a enseñar sus dientes blancos y entre risas subió a la habitación, sin contar con que en ella se encontraría con inesperado visitante. Un joven de pelo café, de ojos claros y mirada firme, se trataba de su prometido quien en solo unas horas se volvería su esposo, le acompañaba un pokémon de tipo siniestro.

    -¡Milton!- Bianca exclamó sorprendida al igual que Dulce – No esperaba verte.

    -¿Te sorprendes de ver a tu prometido?- El apuesto joven se le acercó y la besó de manera apasionada mientras su pokémon, con aspecto perruno se acomodaba sobre la cama para dormir.
    -Pero es que…- la joven le apartó cuidadosamente- es que… es de mala suerte ver a la novia vestida antes de la ceremonia…
    -¡Oh Bianca! ¿No me digas que crees en esas sandeces?- Milton se echó a reír.
    -Bueno, esa es la tradición. Papá y mamá lo decían- el rostro de la ojos azules fue rodeado por las imponentes manos de su prometido.
    -Cariño…- este le dijo – todo saldrá bien… eres mi pedazo de cielo, por cierto, vine a decirte que debemos aplazar la luna de miel. Espero no te moleste.
    -¿Aplazarla? Pero… ¿por qué? Si esa es nuestra noche…- los ojos de Bianca empezaban a aguarse por la sorpresa.

    -Querida, es una cuestión de negocios, tengo una reunión de último momento y debo encargarme de los preparativos en cuanto acabe la ceremonia. Tú sabes que yo quería esto tanto como tú, pero hermosa… son negocios familiares de mucha importancia.

    En realidad, a aquel hombre poco o nada le importaba aquel evento que para Bianca era el más importante de toda su vida. Había sido criado por una familia acaudalada a quien solo le importaban los negocios más que la vida misma, y por ende, desde niño su espíritu se había moldeado de una forma tan lineal y fría que ni siquiera le importaba a la joven que se encontraba en frente de él, la que en un día de verano, se llenó de valentía para hablarle e ilusionarse con sacar al hombre de su vida desde aquel cascaron de piedra llamado Milton.

    -Si…- finalmente dijo entre dudas – te entiendo pero… es que ese día- de nuevo, Milton acercó su rostro al de ella.

    -Planificaremos ese viaje en cuanto vuelva de la reunión, muévete Poochyena- miró a su pokémon –debemos irnos y no te preocupes Bianca, estaré en la hora de la ceremonia.
    -Pero Milton…- La joven no alcanzó a despedirse, puesto que en ese instante, Milton y su pokémon se perdieron tras la puerta.

    Llena de un poco de tristeza, la hermosa joven de cabello negro se tumbó sobre la enorme cama, cuando una bonita canción llegó a sus oídos, se trataba de Dulce, quien entonaba una canción de cuna para intentar animarla, sabía que estaba entristecida y no le agradaba verla así. Bianca le escuchaba y sonreía, aquella tonada era tan relajante y melodiosa que de inmediato borró toda penuria y pensamientos negativos de su cabeza, la de ojos a azules echó a reír.

    -Dulce…- dijo – siempre me alegras el día.


    Dicho esto, tomó una almohada, de las muchas que había en la cama y se la lanzó a modo de juego. La joven y su pokémon nunca se divirtieron tanto como ese día; reían, charlaban, comían y bromeaban todo cuanto podían, aquel Misdreavus no podía estar más feliz, ningún pokémon podría estar tan feliz, pero como todas las cosas en el mundo, así como empiezan terminan y eso era algo con lo que Dulce Y Bianca nunca quisieron contar.

    Finalmente el día del matrimonio había llegado, toda la mansión lavanda se tiñó con sus mejores colores. Las copas, platos y cubiertos de plata estaban listos, los manjares más caros y suculentos estaban sobre la mesa, Bianca lucía su hermoso vestido de novia a la espera de su amado, quien se había retrasado por un detalle de negocios pero al cabo de unos minutos llegó y la fiesta transcurrió con normalidad, pokémon y personas disfrutaban, comían y bailaban música de gran belleza, todo iba perfecto, no hubo nadie que no sonriera ese día.

    Hasta que finalmente ocurrió.

    Lo que en un momento fueron conversaciones animadas y pokémon sonrientes se convirtieron en gritos de pánico; los que por un segundo fueron bailes y danzas, se transformaron en ajetreos y turbas asustadas y desconcertadas; lo que en principio fue la fiesta más hermosa de todas terminó siendo una tragedia que terminaría perdurando con los años. Bianca yacía en el suelo, junto a Dulce, su vestido estaba hecho jirones y Milton había huido asustado junto a su pokémon, sin importarle su esposa. La joven de pelo negro estaba aturdida, sentía que aquello era una pesadilla y miraba a su Misdreavus, quien estaba tan asustado como ella.

    Aquella joven se dio cuenta de que la fuga de gas en las cocinas de la mansión nunca se reparó, pese a que ella insistió e insistió. Los sirvientes estaban más preocupados por hacer una ceremonia perfecta que de tratar los detalles de la casa que consideraban mínimos y la pequeña fuga era uno de ellos, pensaron que aguantaría un día, que luego la repararían y la señora no se enteraría, vaya error, la de ojos azules no lo podía creer, pero en realidad; lo que más le dolió fue ver como sus invitados quienes decían quererla y respetarla, pero especialmente su esposo, su amado, a quien quería con todo su corazón, huían de la mansión, dejando a los heridos y entre ellos a aquella que les quería y respetaba sin importar su condición o raza.

    Había llamas por todas partes, al igual que gritos despavoridos de ayuda. Bianca llevaba su mano a la frente y se dio cuenta de que sangraba, luego miró a su Misdreavus, quien la esperaba, quien haría cualquier cosa por ella al contrario que Milton o el resto de invitados que escaparon por el miedo. El pokémon no podía creer la orden que su amiga le encomendaba, su corazón se partía en dos.

    -Dulce, ayúdame a rescatar a las personas atrapadas antes de que sea tarde ¡No! No hay tiempo para reniegos ¡apresúrate! No me pasa nada vamos ¡Vamos! – la joven de inmediato se levantó y apoyada por su fiel amigo y unos cuantos sirvientes y pobladores, fue una de las pocas personas que con sus pokémon ayudaron a aplacar el fuerte incendio que se fortalecía con el gas, muchos se salvaron gracias a ella y a los pocos valientes que la apoyaron, pero, el humo aprisionado en la casa hizo lo propio con los pulmones de la joven y sin que Dulce se diera cuenta, Bianca caía desmayada en uno de los cuartos de la segunda planta, para cuando la ayuda de los bomberos llegó y el incendio se aplacó ya era demasiado tarde para la bella heredera Lavanda, cuyo Misdreavus le buscaba desesperadamente entre la multitud de sobrevivientes. La existencia de Bianca, de aquella risueña y simpática joven de labios rojos y ojos azules había desaparecido entre los escombros de su elegante mansión.


    Muy pocos se dieron cuenta de que Dulce siguió buscando a su dueña aun después de que todos habían aceptado su triste deceso, los días pasaron uno a uno, luego los meses, luego los años, hasta que finalmente, un horrible y lastimero llanto se escuchó desde la mansión ahora abandonada y un brillo alumbró cada rincón de la estructura. Misdreavus ya no era esa pequeña nube de bondad que jugaba y disfrutaba junto a Bianca, ahora, se había convertido en un Mismagius , lleno de ira, lleno de rabia por los humanos, resentido por aquellos que no salvaron a su adorada Bianca, por aquellos que solo estaban con ella por cuestiones banales como el dinero o la alta sociedad. Resentido con quienes poco o nada les importaba la condición de la joven que lo dio todo por ellos. Aquel pokémon en medio de un horrible llanto fantasmal se juró a si mismo que nadie, nunca, jamás pisaría de nuevo la casa de su amiga, y si tendría que herir a alguien para evitarlo, pues lo haría sin dudar, ya que para él, los seres humanos no merecían piedad, no después de que dejaran morir a aquel bello ser cuyo nombre era Bianca.


    Ese recuerdo, todo ese horrible recuerdo, llegaba a los ojos amarillos del pokémon con la gema rota, mientras que un pequeño Trapinch, un enojado Cyndaquil y una decidida Misdreavus se interponían entre aquello que el más odiaba; dos seres humanos intrusos que habían penetrado su santuario, pero eso ya no le importaba, tan solo le importaba la imagen de la bella joven entre sus manos, aquella que alguna vez le quiso tanto, más que cualquier cosa de su plástico y bien adornado mundo.


    everydayeveryday sigo.
     
    Última edición: 27 Ene 2017
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    Los ojos carmín de Adam, con un esfuerzo enorme, por fin estaban abriéndose para contemplar a Comstock y a Trapinch quienes le miraban preocupados debido a que el joven había perdido el conocimiento, minutos después de que el Mismagius encontrase y recogiera la fotografía color sepia de la dama. El dolor de cabeza producido por el llanto del pokémon fantasma fue muy fuerte y eso provocó que el cuerpo moreno del joven no resistiera, cayendo inconsciente sobre la pila de escombros que hace un momento había sido una mansión. A su lado también se encontraba Missie, la Misdreavus, quien entonaba una canción melodiosa y relajante.

    -¡Joven Roark! – El caballero expresaba una sonrisa de dicha al ver que su compañero se despertaba – Has despertado.


    Al entrenador todavía le costaba procesar palabra alguna, aún le estaba doliendo la cabeza pero era un dolor soportable comparado al de minutos atrás, además de eso, le costaba enfocar sus ojos y de milagro podía sentarse y tocar su cabeza, sentía que iba a reventar. Miró a sus compañeros y de inmediato movió su mano a la pokeball de Magikarp, seguía ahí en el cinturón, posteriormente miró a Trapinch y de inmediato buscó a Cyndaquil quien aún seguía con las llamas en su espalda, mirando a Mismagius, atento a lo que fuese a ejecutar, pero Mismagius no se movía, aún seguía sobre el suelo, salían lágrimas de sus ojos, llevaba la fotografía a su pecho y la abrazaba casi de forma obsesiva, luego volvía a mirarla, por lo visto, ya no quería pelear, al menos no por ahora.


    -Qué… ¿Qué pasó?- preguntó finalmente Adam mientras lentamente recuperaba el semblante.
    -No es algo evidente muchacho, gracias a Missie te recuperaste del grito directo de Mismagius, si ella no te alienta con su canto dulce y animoso, ten por seguro que no saldrías bien librado de esta aventura y de este final tan tortuoso.

    Adam respiró hondo mientras otra puntada de dolor golpeaba su cabeza.

    -Si… ya recuerdo… el Mismagius… dioses… - el de la cicatriz en el ojo comentaba mientras miraba al pokémon fantasma y a Cyndaquil acechándole - ¿Qué está haciendo?

    -La fotografía, esa que nos dio la mujer, la madre de aquel niño. Por cosas del destino cayó de mi maleta y ahora está en las manos de Mismagius. Ha estado en su poder desde que palideciste.

    Al escuchar aquello, Roark entendió entonces, que existía un vínculo entre aquella dama y el pokémon que ahora tenía la foto entre sus brazos, intentó levantarse pero era inútil, su cuerpo era el de un hombre ebrio; dos veces intentó recomponerse pero las dos veces cayó de forma torpe y tosca sobre los escombros, Comstock le ayudaba a sostenerse, intentando comprender el porqué de su insistencia.

    Lleno de Angustia, Trapinch se le acercó con la intención de hacerle parar, no soportaba en absoluto ver los gestos de dolor en el rostro pálido de su entrenador. Ya había perdido a un amigo antes y no quería perder a otro, como deseaba aquel pequeño ser tan distante como Cyndaquil, quien por su parte, estaba más atento a las reacciones del Mismagius que a las de su entrenador, quería enfrentarlo ya que le consideraba un rival muy poderoso pero, le costaba hacerlo, le costaba si su entrenador esta tirado en el suelo, expuesto, por ese motivo, se sentía obligado a protegerlo, al menos a su modo.

    -Trapinch… no te preocupes- dijo el joven con la cicatriz en el ojo derecho mientras posaba su mano izquierda en la cabeza de su pokémon – todo está bien, solo… tengo que acercarme…


    Tal acción era inútil en ese momento y por tercera vez, Adam se caía en el suelo al mismo tiempo que el dolor en su cabeza aumentaba, de nuevo intentaba, pero esta vez era Comstock quien le detenía.


    -Joven Adam, admiro tu determinación, pero apenas y puedes moverte. No quiero que me hagan responsable por lo que te suceda.


    Adam intentaba ocultar inútilmente un dolor y un cansancio evidentemente notables, el alarido de Mismagius seguía haciéndole efecto.

    -Hay… hay que ayudarlo- dijo.


    En ese instante y luego de escuchar lo dicho por el entrenador, aquel caballero con atuendo de cazador de los años treinta empezaba a comprender el trasfondo que la visión del pokémon fantasma llorando por una foto albergaba, y con eso, entendía las hasta ese entonces tontas motivaciones del muchacho por levantarse y acercársele, aun cuando su vida corriera peligro. Nunca hubo sospechosos, nunca hubo una conspiración, no existían manipuladores de fantasmas, tan solo un pokémon agobiado y dolido por la ausencia de una persona, la persona que posaba en la imagen de colores sepia, después de todo tenía razón, los pokémon fantasmas no eran malvados como muchos suponían, aunque lamentaba que su razón no llegaba de la manera en que hubiese deseado. Finalmente, el caballero puso su brazo sobre la espalda del joven de ojos carmín y le ayudó a levantarse, enfrente de un preocupado Trapinch.

    -Cúbrenos las espaldas, querida Missie- le ordenó a su Misdreavus.


    Mientras tanto, Cyndaquil permanecía alerta y pendiente de lo que Mismagius se atreviera a hacer, pero nada ocurría, el pokémon fantasma seguía llorando y observando la fotografía, hasta que una voz grave le gritó su nombre.

    -¡Mismagius!- la voz provenía de Adam, quien, ayudado por el larguirucho caballero vestido de beige, pretendía comunicarse con el pokémon, este último reaccionó molestó, levantándose del suelo dispuesto a atacar pero Cyndaquil se le interpuso y Trapinch y Misdreavus estuvieron a punto de hacer lo mismo, pero el joven moreno se los impidió, sin importarle que a Comstock no le agradara para nada la idea –Cyndaquil, Trapinch… retrocedan. Quiero… ¡Dioses!- su dolor de cabeza parecía palpitar más con cada palabra que decía- Quiero hablar con Mismagius…


    Las intenciones de Mismagius eran todo lo contrario a las del joven, dado que se iba acercando lentamente preparando su bola sombra, tirando la foto en el suelo; Cyndaquil estuvo a punto de atacarlo pero una pregunta proveniente de Roark, hizo que ambos rivales se detuvieran.

    -La querías mucho ¿Verdad?

    El pokémon con forma de hechicero se detuvo para sorpresa de los presentes mientras que un Adam mareado intentaba seguir con su discurso.

    -No la conocimos, ninguno de los que estamos aquí – Respiró hondo, pues su cabeza le dolía –pero estoy seguro de que era una persona maravillosa, lo sé… por el modo en que miras su fotografía.


    Las pupilas de Mismagius se dilataban.

    -Tuvo que haber sido una hermosa persona- de nuevo Adam hizo una pausa, el dolor aumentaba – ahora respóndeme… ¿crees que ella estaría de acuerdo con esto que estás haciendo?- el joven hacía una mueca de dolor al sentir otra puntada en su cabeza.
    -Joven, no te esfuerces- Comstock le aconsejaba al notar que su acompañante sentía más y más dolor.

    -¿Crees que a tu entrenadora le hubiera gustado que hagas daño a los demás? ¿Crees que estaría contenta de verte aquí? Solo y martirizándote.

    El pokémon de tipo fantasma se sobresaltó y de nuevo pretendía atacar, lleno de ira y reacio a escuchar las palabras del joven que le hablaba.

    -Estás faltándole el respeto a su recuerdo- Mismagius hizo de nuevo una pausa al escuchar - que de seguro debió haber sido uno de los más bellos que el creador pudo originar…


    En ese momento, las palabras del joven penetraron como una espada en el corazón. Una nube de recuerdos, bellos recuerdos comenzaron a emerger de entre lo más profundo de la mente del pokémon; unas risas dulces y sobrecargadas de bondad, un lindo y amable rostro y una bonita mujer que corría por un imponente jardín. Los ojos del pokémon fantasma volvieron a mostrar exaltación, al darse cuenta de que aquel humano, aquel a quien había jurado acabar, tenía toda la razón; hacer eso no le devolvería a su amiga, no la traería de vuelta y dañar a las personas en lugar de hacerle sentir bien, lo mortificaban en lugar de satisfacerlo. La rabia y el resentimiento lo estaban matando en vida sin darse cuenta, de pronto, sus pensamientos le llevaron a la misma conclusión a la que había llegado aquel humano, ella no hubiese querido verlo como era ahora, y de hacerlo, acabaría profundamente decepcionada.

    De esa manera, las intenciones por atacar a los humanos llevadas a cabo por Mismagius se detenían, el pokémon les miró a ellos y luego a sus acompañantes preguntándose si era justo dejar a esas criaturas sin amigos tal y como lo hicieron con él. Sus ojos, se posaron en Cyndaquil, Trapinch y Misdreavus, en el caballero y finalmente en los ojos de Roark, a este último lo observó por unos considerables segundos para luego darse la vuelta y recoger la foto de la dama, posteriormente miró hacía el bosque cercano a la mansión, en donde la silueta de una mujer parecía llamarle y sin pensarlo, aquel pokémon con sombrero de bruja se alejó, perdiéndose entre la bruma y la maleza.

    -Se… se fue- dijo un Comstock estupefacto.


    Por su parte, Roark se quedó callado, aun con las ludas latentes sobre si hizo cambiar o no de opinión a Mismagius o tal vez les haya otorgado una tregua para luego regresar y seguir con su plan de mantener a raya a los incautos, pero todos esos pensamientos se esfumaron pues, el dolor de cabeza se hizo tan agudo y latente, que su cuerpo no lo pudo resistir cayendo de ese modo al suelo como un costal, enfrente de unos sorprendidos Comstock y Missie; un angustiado Trapinch y un preocupado Cyndaquil, aún con las llamas sobre su espalda.


    Termino en el próximo post everydayeveryday
     
    Última edición: 28 Ene 2017
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