Original Fic El deseo de Nozomu

Tema en 'Zona creativa' iniciado por Metzonalli, 14 Feb 2017.

  1. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    He vuelto oOó!!

    Después de muchas circunstancias (entre ellas, el trabajo y mi nula organización xD), por fin vengo a publicar La libertad de la niebla, el arco 3 de mi historia interminable. Esta vez publicaré quincenalmente (porque estoy atorada y tengo trabajo T_T), aunque ahora los capítulos son más largos. Espero que los disfruten :3

    Como algunos verán, pedí una fusión de mis temas para tener un poco más de orden y continuidad, por lo que valdrá más la pena suscribirse a él y recibir notificaciones sobre nuevos capítulos publicados (vamos, suscríbanse, yo sé que quieren xD). Agregué además algunos marcadores en el primer post para saltar de arco en arco para que no se pierdan, espero que con eso baste.

    A continuación, la sinopsis de este arco:


    Tras los acontecimientos de El deseo de la luz, Daichi y Maki vuelven a su rutina adolescente. No obstante, sus días pacíficos parecen distantes: además de haber adquirido la responsabilidad de mantener la armonía en su propio mundo y de buscar a los magos de los segundos elementos, los chicos tendrán que enfrentarse a una confundida Kasumi, quien hará hasta lo imposible por aplacar sus inquietudes y descartar una corazonada: su amigo está en peligro, ¿pero por qué?

    Sin más qué decir, aquí va el primer capítulo de La libertad de la niebla.

    -----------------------------------------------

    Capítulo 1. Sábado

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    Un golpe abrupto sobre su abdomen marcó el inicio de su sábado. Adolorido y consternado, luego de toser varias veces y recuperar el aliento, el chico se sentó sobre la cama para entender lo que ocurría: aún con la vista borrosa, era imposible confundir la presencia de la espada sobre su regazo que le había dado los buenos días con una extraña muestra de afecto. Sin detenerse a pensar cómo había llegado a su cuarto o en dónde había estado el resto de la tarde anterior, Daichi tomó el objeto y se levantó de la cama para comenzar su rutina con tranquilidad luego de colocar su arma sobre el escritorio.

    Pero era imposible: en los momentos menos esperados, Asteregius aparecía cerca de él como si insistiera en ser empuñada o sujetada a su cintura, y aquellas sorpresas le causaban tanto nerviosismo que se apresuraba a esconderla antes de que su madre la viera y le preguntara sobre el origen de aquella pieza digna de cosplay (¿cómo iba a explicarle que no había cambiado su gusto por los libros por una afición desmedida al anime o a los videojuegos que él tanto repudió en su infancia?). Antes de salir de casa, el chico se aseguró de ocultarla detrás de su librero, apretujada entre el mueble y la pared, y de cerrar bien su cuarto con la idea inocente de evitar que saliera a buscarlo, y aunque había acordado acompañar a Maki a la óptica y aprovechar para pedir el reajuste de sus lentes sin aumento, decidió callar el incidente con su espada mientras se preguntaba si aquello se repetiría a la mañana siguiente.

    Cerca de las once de la mañana, en otro punto de la ciudad, el sonido de los pasos de la niña animaron su casa vacía. Feliz, como si la fecha más esperada de su vida hubiera llegado, subía y bajaba escaleras mientras reunía los elementos necesarios para salir: una mochila rosa, unas cuantas monedas de su alcancía de conejito, un par de moños para decorar su cabeza, un cepillo para desenredar otra vez sus coletas, dos puñados de chocolates de la caja que su madre le había regalado la tarde anterior, un lápiz para escribir una nota y dejarla sobre el comedor, y cuando sintió que finalmente estaba lista, abrió la puerta con cuidado y emprendió su viaje de vuelta al lugar que su instinto le indicaba: ahí donde, un día como ese (¿ese mismo día?, ¿el sábado de la semana pasada que se repetía de alguna manera?), había encontrado a Choco con un cascabel mudo.

    Su imaginación le mostró el recorrido exacto con los pasos del espíritu de su gato mágico de peluche, el mismo que nadie fue capaz de salvar tras la invasión de espectros susurrantes: vuelta a la izquierda, otra vez a la izquierda, luego a la derecha, dos calles al norte, de nuevo a la izquierda, dos jardineras adelante, tres árboles frondosos a la derecha y ahí, justo en frente, una banca de piedra desocupada, exclusiva para ella y para sus acompañantes que no tardarían mucho en llegar.

    Sin embargo, dos minutos después de su arribo, un resplandor plateado apareció a su lado y comenzó a girar en descenso como una semilla guiada por el viento hacia el terreno propicio para nacer, y aquel destello se convirtió de repente en una cruz desproporcionada, con joyas incrustadas y símbolos que reconoció con facilidad.

    —Buenos días, Asteregius —saludó inocentemente mientras hacía el esfuerzo por colocarla sobre sus piernas para sentir su calidez a través de su funda.

    —Buenos dí...

    El chico que llegaba fue incapaz de terminar la frase.

    —¡Ah! ¡Hermano Daichi! ¡Hermana Maki! ¡Buenos días!

    —Buenos días, Junko —saludaba ella naturalmente mientras su amigo intentaba comprender lo que veía—. ¿Cómo te fue ayer? ¿Cómo están tus padres?

    —¡Muy bien! —respondió más contenta que nunca—. ¿Sabes? Fue como un sueño: pasar la tarde con ellos otra vez, comer el mismo pastel delicioso otra vez, recibir la misma caja de chocolates... aunque me hubiera gustado que fuera otra, así tendría dos. —Sacó de su bolsa una pieza—. Toma, este es para ti.

    —¿Está bien que repartas tu regalo así? ¿No preferirías guardarlos?

    —Claro que me gustaría, pero también quiero que todos los prueben. —Sacó uno más—. Mira, este es para Daichi, es diferente al que le di la vez pasada, pero sé que le gustará.

    Mas él seguía anonadado, incrédulo, aterrado quizá ante la presencia inesperada de Asteregius sobre el regazo de la niña.

    —¿Qué pasa? ¿Prefieres uno como el que te había dado antes?

    —N-no, este está bien, pero... la espada...

    —¡Ah! Acaba de llegar también.

    Por alguna razón desconocida para sus acompañantes, el chico estaba sufriendo; pero para él todo estaba claro: era imposible despegarse de su espada.

    —No puede ser —murmuró—, si las cosas siguen de esta manera, mañana aparecerá en cualquier parte, ¿cómo se lo voy a explicar a Kasu? Y el lunes, ¿qué va a pasar el lunes?, ¿cuántos castigos recibiré por llevar objetos extraños a la escuela?, ¿y qué voy a hacer si vuelve a despertarme como hoy? ¡No quiero que me quiebre los huesos! ¿Cómo se supone que voy a salir de este problema?

    —¿Qué esperabas? —preguntó una voz—. Asteregius tiene un pacto y una responsabilidad contigo, no permitirá que la dejes en cualquier lugar como si nada.

    Los chicos dirigieron la mirada hacia la copa de un árbol cercano, en donde una cotorra ninfa esperaba su llegada.

    —Buenos días —saludó, y el timbre familiar de sus palabras no dejó lugar a cualquier duda sobre su identidad.

    —¿¡Mitsuki!? —preguntó Maki un tanto confundida—. ¿No eras otro tipo de pájaro?

    —Lo era —contestó con tranquilidad luego de acicalarse—, pero Hitomi dijo que nuestra mejor opción para estar con Junko era en nuestra forma animal y que los seres humanos no acostumbran tener ruiseñores o petirrojos como mascotas. Además, siempre quise ser uno de estos.

    —¿Y Haruki qué es ahora?

    —Ah... ¿Quieren escuchar una canción? ¡Ahora puedo silbar!

    Escucharla, aunque era agradable, los preocupó. ¿Qué clase de giro del destino pudo haberle jugado tan mal a Haruki como para que su compañera de deberes no quisiera decirles en qué se había convertido?

    —Bueno, ¿podemos irnos? —preguntó después de terminar su canción—. El lugar no está muy lejos; pero si seguimos demorándonos, no podremos realizar el ritual para reparar el cofre.

    Así lo hicieron: dos cuadras al norte, una al oeste, y en la esquina de enfrente se encontraba una casa modesta, tranquila, en donde la madre de las elementales esperaba frente a una puerta entrecerrada.

    —Comenzaba a preguntarme en dónde podría encontrarlos si tardaban un poco más en aparecer —reclamó después de saludarlos—. Pero bueno, no importa. —Dio unos cuantos golpes a la puerta—. ¡Ya llegaron! ¡Sal de una vez!

    —¡No estoy listo! —dijo una voz masculina en el interior de la casa.

    Notablemente molesta, la guardiana del equilibrio pidió a los recién llegados que la esperaran un momento, y entonces abrió la puerta con rapidez para atrapar al ser que se negaba a acompañarlos.

    —¡Dije que salgas!

    —¡No! ¡No quiero que me vean con esa forma ridícula!

    —¿Vas a renunciar a tus deberes?

    —¡No quiero renunciar!

    —¡Entonces sal ahora!

    —¡No quiero! ¡No puedes obligarme!

    —¡Oh, sí! ¡Claro que puedo!

    Un chasquido.

    —¡¡Noooooo!!

    Finalmente la vieron salir con algo entre sus brazos: pelaje cobrizo y negro, brillante y sedoso, diecisiete centímetros de altura, rostro tierno aunque furioso, un Yorkshire terrier que obligó a Mitsuki a contener una risotada.

    —¿¡Haruki!? —exclamaron los chicos de cabello negro.

    —No me molesten, soy un perro digno de temer, miren cómo ladro.

    Sus ladridos fingidos eran la prueba definitiva de su irritación.

    —¿Por qué te convertiste en eso? —preguntó Junko por simple curiosidad.

    —Por querer tenerlo todo, ¿por qué más sería?

    —No le digas eso a mi ama, vieja bruja.

    Con lentitud, Hitomi tomó al perro con ambas manos para darle la vuelta y verlo frente a frente.

    —Repite lo que dijiste y me encargaré de que no vuelvas a tu forma humana.

    —¡Está bien! ¡Está bien! ¡Lo siento! ¡Sí, fue por quererlo todo! Les contaré mientras caminamos, pero bájame y no me lastimes, por favor.

    Al verlo libre, la niña se acuclilló para cargarlo.

    —Así podremos oírte mejor.

    En los brazos de su ama, la ira que Haruki perro sentía por sufrir las consecuencias de sus malas decisiones disminuyó.

    —Seguramente Mitsu les dijo que reajustamos nuestras formas para estar con nuestra ama. Ella no quiso abandonar su esencia de pájaro, pero yo quería ser algo más: un animal valiente, defensor de los débiles, fiel a su dueño. Sachiko me dijo que mi mejor opción era convertirme en un animal como Sachi y me gustó la idea, así que comencé el proceso; pero cuando iba a la mitad, a Koharu se le ocurrió recordarme que mi ama era muy feliz con Choco y dijo que cargar y mimar a un animal pequeño era más práctico que cuidar a un perro grande, así que quise tener el tamaño de un gato... y bueno... aquí estoy.

    —¿Y no puedes cambiar de forma de nuevo? —preguntó Maki mientras acicalaba a Mitsuki ave, que viajaba cómodamente en su hombro.

    —Puedo hacerlo, pero necesito tiempo y una mejor referencia para que no termine tan mal como hoy.

    —¡Pero así te ves bien! —comentó la niña—. Además, papá no estaría de acuerdo con tener un perro grande en casa, mamá estará encantada cuando te vea, dirá que eres muy lindo. Volverás a tu forma humana cuando quieras protegerme, ¿no es cierto? No necesitas ser un animal al que todos le teman para hacerlo.

    Las palabras de la pequeña eran tan convincentes que el guardián desistió de su plan y dejó de quejarse durante el resto del trayecto.

    Tras cruzar la avenida principal, los miembros del grupo caminaron dos cuadras más al oeste y dos hacia el norte. A su izquierda comenzaba una calle reducida poco transitada en donde la atención de los chicos fue atraída, a unos cincuenta metros, por la fachada de un establecimiento conocido y el rótulo con el giro y el nombre del negocio: Joyería El Corazón de Cristal.

    —Conque esto es ahora.

    —Pero es un lugar poco adecuado para una joyería, ¿por cuánto tiempo se mantendrá abierta?

    —¿Han estado aquí antes? —preguntó Junko mientras leía, a través del vidrio de la puerta, un letrero colgado por dentro, ligeramente más abajo del cartel de “Cerrado por inventario”: “Consejos amorosos: lunes a viernes de 14 a 16 horas. Club de corazones solitarios: viernes a domingo de 20 a 22 horas”—. ¿Vinieron por consejos amorosos?

    —¡No! —dijeron ambos apenados al unísono.

    —Este local era un viejo bazar hasta hace poco —respondió el chico—, aquí encontramos la espada.

    —Me gusta tu versión de los hechos, pero yo diría que la espada te encontró a ti.

    La insinuación de la guardiana del equilibrio no le parecía disparatada, aunque tampoco podía aceptarla sin cuestionarla.

    —Pero ¿por qué me esperaría aquí? Hay lugares más adecuados para ella, un local más conocido tal vez. En la zona comercial hay varios de ese tipo, hay un local de esos entre dos librerías que me gustan mucho.

    —¿Qué te he dicho sobre cuestionar a Asteregius? —le preguntó ligeramente irritada—. Todo a su tiempo, Daichi. Ahora abre la puerta, el sol está por llegar al punto esperado.

    Obedeció, aunque su mente comenzó a trabajar nuevamente mientras los demás entraban: una espada que lo había esperado por tiempo indefinido, un viaje redondo a un mundo mágico, un dependiente que no hizo grandes esfuerzos por cobrarle un libro que podría considerarse un artículo de lujo, un anuncio de cierre repentino que los obligó a acudir al lugar cierto fin de semana, y ahí estaban de nuevo: en un local cerrado (¿no era eso allanamiento de morada?), remodelado con vitrinas para exhibir aretes, anillos, brazaletes, collares y prendedores finos (“Kasu enloquecería si viera lo que hay en ese lugar”); con un espacio despejado en donde la cotorra ninfa y el perro volvían a su forma humana y la niña abría su mochila rosa para sacar el cofre blanco (¿cómo es que ella podía actuar con tanta naturalidad cuando traía algo tan delicado?); con personas que observaban en silencio la invocación de Milvus sin dificultades, la desaparición de las grietas con unas cuantas palabras y el resplandor de la estrella de cristal en la punta que Junko dirigía hacia el piso.

    —Prisión de la Nada custodiada por el Lucifer, recupera la energía que has perdido desempeñando tu misión a través de tus enlaces con la luz absoluta.

    Y así lo hizo: envuelto en un halo blanco con tintes dorados y azules, el objeto que alguna vez preocupó a los magos volvía a encontrarse en óptimas condiciones; aunque el conjuro, al exigir la transmisión de una gran cantidad de energía, había mareado un poco a la pequeña, quien rápidamente fue sostenida por sus pajes antes de que cayera.

    —No se preocupen, es normal —dijo una voz desde el mostrador al notar la perturbación en los rostros de Daichi y Maki—. El ritual de los resplandores absolutos siempre ha sido agotador; aunque es la primera vez que sé de alguien que lo realiza a los pocos días de materializar su estrella con éxito.

    La inquietud de los chicos se convirtió en estupefacción cuando vieron a la persona que les explicaba con tranquilidad los pormenores de lo que acababa de ocurrir.

    —Usted…

    —Pero ¿cómo…?

    Recargado sobre una vitrina, con un misterioso gesto de alegría y una seña con la mano para saludarlos, el antiguo dependiente del bazar les daba la bienvenida: moreno, con el cabello largo y oscuro, ojos de metal al rojo vivo dignos de una mirada fulminante. Una arracada en el lóbulo de su oreja derecha demostraba su gusto por las joyas, y un par de brazaletes en sus antebrazos desnudos lo identificaban como el siempre nombrado y poco conocido artesano del reino mágico. A su lado, un cenicero lleno delataba el vicio que había adquirido en ese mundo que había recuperado la magia, y el aroma que aún invadía el lugar era la prueba absoluta de que había fumado poco antes de que sus visitantes llegaran.

    —Él es Takumi —dijo Hitomi.

    —Vigesimotercer artesano de la línea hereditaria del don de las manos prodigiosas, antiguo propietario de una tienda de antigüedades y emisario de Yuki, a sus órdenes.

    Aquella era la única prueba que necesitaban para entender que el rumbo de sus vidas no estaba completamente en sus manos.
     
    Última edición: 29 Sep 2018
  2. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 2. El bazar de antigüedades

    La historia de Takumi comenzaba siete años atrás, cuando su gran familia en Origo, conformada por parientes amorosos en distintos grados, se vio reducida a una dama que lo trataba como a un hijo, cuatro pequeñas juguetonas con quienes no compartía lazo sanguíneo y él, quien muchas veces intentó sin éxito que ellas lo llamaran “hermano” o al menos “tío”.

    Ciertamente, en aquella vida feliz con aroma a soledad, la presencia de las niñas tranquilizaba su espíritu y alegraba sus tardes; pero no podía evitar sentir tristeza cada atardecer, pues el final del día le recordaba inevitablemente que era el único habitante nativo de ese sitio casi milenario, cuna de sus antepasados y, con seguridad, tumba de su estirpe.

    Su situación dio un giro inesperado cuando un viajero raramente visto apareció en su casa cierta mañana de marzo.

    —Ha pasado mucho tiempo. ¿Terminaste tu búsqueda?

    La falta de una respuesta lo obligó a despegar la mirada del trabajo al que le daba los últimos toques: un animal de trapo con relleno para las niñas.

    —¿Viste algo?

    El viajero asintió con la cabeza.

    —¿Le has dicho a Hitomi?

    Negó con la cabeza.

    —Supongo que necesitas algo de mí que ella no puede saber.

    El visitante silencioso se acercó a la mesa de trabajo de Takumi y observó con cuidado el juguete casi terminado.

    —Haz un felino ideal —ordenó mientras se sentaba en una esquina para supervisar el proceso de elaboración de su encargo.

    —Espero que me pagues bien por esto.

    Volvió a asentir. Luego de descansar un poco, y mientras el artesano trabajaba en la nueva pieza, el visitante realizó algunas tareas necesarias para pagarle: limpiar la casa desordenada; acomodar todos los objetos que había elaborado desde que el mundo quedó sin más seres humanos vivos que ellos ocho (contando a Miyako en la región de la noche, descontando a Yuuto que acababa de fallecer); preparar la comida, la cena y los alimentos de los tres días siguientes; visitar a Hitomi cuando las niñas no estuvieran cerca de ella, y escuchar a Takumi cada que él tenía necesidad de hablar.

    Cuando el artesano terminó el encargo, se lo mostró al viajero para que le diera su aprobación.

    —Conjura un rastreo.

    —¿A quién buscaremos?

    —Al resplandor blanco.

    Obedeció, aunque la respuesta lo intrigaba.

    —No entiendo por qué es necesario hacer esto —dijo—, ¿no fuiste tú quien trajo a dos de las niñas? Podrías hacer lo mismo con el resplandor blanco.

    Nuevamente, el viajero negó con la cabeza.

    —El resplandor blanco brilla en un cielo ajeno, más allá de la tormenta. No iré por él.

    —Entonces ¿cómo haremos que el resplandor blanco venga a nosotros?

    Estiró su mano helada para entregarle una pulsera con un cascabel de plata sin sonido y un prisma de cristal.

    —Purifica la creación de tu padre.

    Obedeció por segunda vez y le devolvió la cadena. Y el viajero, al ver que el trabajo estaba bien hecho, lo colocó en su muñeca izquierda.

    —¿Ahora responderás mi pregunta?

    Su única respuesta fue poner sobre la mesa dos bolsas con provisiones para un viaje de varios días. Abrió una de ellas para guardar el animal de tela, la cerró con cuidado, la sostuvo por la correa y la levantó para entregársela al artesano; tomó la otra, la colgó sobre su hombro y se dirigió a la puerta para abrirla.

    —Sígueme.

    Ni siquiera le dio tiempo para despedirse de Hitomi ni de las niñas; pero lo conocía muy bien y temía saber las razones detrás de tanto hermetismo. Luego de un rato olvidó sus preocupaciones, pues sabía que estaba obligado a seguir sus órdenes de cualquier manera, en ese momento o más adelante, y con cierta tristeza en su corazón por alejarse de todo lo que conocía, con el presentimiento de que pasaría mucho tiempo lejos de las pocas personas que aún vivían en ese mundo, intentó convencerse de que todo iría bien mientras no permitiera que su espíritu decayera bajo ninguna circunstancia.

    Entrar a Nitens era doloroso para él. La región más próspera del reino había caído en las garras de la desolación absoluta y prefería recordar sus tiempos de esplendor; pero en esas circunstancias le era imposible. Intentaba concentrarse en el pasado: en la felicidad de su abuela cuando le demostraba que él había aprendido bien el oficio; en el orgullo de su padre cuando ella lo halagaba por sus creaciones; en las anécdotas detrás de la entrega de un péndulo de cristal para que los espíritus malignos no alcanzaran al hijo de Satomi después de su nacimiento; en la alegría que sintió al terminar su primer trabajo como heredero de las manos prodigiosas, que consistía en forjar una espada de entrenamiento para el futuro heredero de Asteregius; en la impresión causada a la reina al apreciar su primera joya portadora de un fulgor nuevo, ese que había creado para una nueva elemental con habilidades de guardiana espiritual; en la complicidad de un sentimiento callado de la propietaria del anillo, quien quería entregarle un lindo obsequio a la persona que más amaba para que parte de ella la protegiera por siempre... ¿en qué más podía pensar?, ¿qué más había elaborado para ellos antes de que todos desaparecieran?

    Antes de siquiera darse cuenta, su guía se detuvo ante una construcción en ruinas, con la puerta abierta y únicamente amueblada con una mesa en el centro. Sobre ella, en el punto exacto donde Ayame la había dejado días antes, Asteregius sin funda esperaba el momento en el que su nuevo portador la sostuviera entre sus manos y le devolviera lo que había perdido.

    —Asteregius no lo logrará sin ayuda —dijo el viajero—. Tú estarás con ella.

    —¿Cómo? ¿Aquí?

    El ser callado volvió a mover la cabeza de un lado a otro con lentitud.

    —Bajo el cielo ajeno.

    —¿Estás ordenándome que me vaya?

    —Estoy dándote una oportunidad para que no pierdas la razón.

    Él lo sabía y eso aterraba aún más a Takumi no porque escuchara las palabras directas de Yuki, tampoco porque aquellas órdenes formaran parte de un futuro marcado; sino porque había visto a través de sus acciones lo que él siempre quiso ocultar: cada día se sentía más desolado, más vulnerable, y las voces de sus antepasados lo atormentaban a veces con el recordatorio de que su don solo podía ser transmitido a su primer hijo que, en tales circunstancias, no podría tener.

    ¿Estaría a salvo bajo ese nuevo cielo?

    —Al otro lado existen cinco entes, dos más lejanos que el resto: el alma de la espada, la esperanza del aire, el deseo de la luz, la libertad de la niebla y el tiempo del condenado. Las fuerzas regentes los guiarán hacia ti, mas tú callarás su voluntad, pues ese es su mandato. Y mientras el tiempo llega, mientras sigues con tu vida en el exilio, deberás aprender lo que el cielo ajeno pueda enseñarte, pues las fuerzas regentes así lo han querido.

    Cuando terminó de hablar, abrazó con fuerza al artesano, tomó una de sus manos y la colocó sobre Asteregius para que él pudiera utilizar el puente que Ayame había conjurado. Y mientras lo veía desvanecerse, le deseó suerte y le dio un último mensaje alentador: “Volveremos a vernos antes de lo que imaginas”.

    Al principio le costó trabajo comprender ese mundo tan distinto al suyo, con costumbres desconocidas y reglas que tuvo que aprender con mucho esfuerzo. Lo primero que hizo fue acondicionar su nuevo espacio para establecerse y para ganarse la vida, y no tuvo más alternativa que aprovechar el don que sus ancestros le habían transmitido. Comenzó vendiendo las joyas que había confeccionado por años y que Yuki le enviaba poco a poco a través del puente que lo había conducido a su nuevo hogar. Con el tiempo, además de surtir su negocio con objetos variados del mundo sin magia, pudo encontrar un lugar más acogedor para vivir que la bodega del local por donde había llegado, y su trabajo, además, le permitió conocer a personas de todo tipo que le encargaban productos antiguos y misteriosos, pues la fachada del lugar inspiraba un aire esotérico que atraía a toda clase de coleccionistas.

    Seis años después, el artesano estaba más que acostumbrado a su nueva vida, y fue justo en ese tiempo cuando vio por primera vez a la chica indicada para convertirse en la madre de sus hijos. Estaba dispuesto a pedirle matrimonio en ese mismo momento aunque no la conociera; pero había un problema: ella era menor de edad y las leyes de ese mundo eran muy estrictas en ese sentido.

    —¡Buenas tardes!

    —Buenas tardes.

    Pasos como saltos, espíritu curioso, manos de trabajo arduo y paciente, alas invisibles de un ave libre, halagos ante las joyas que más trabajo le costó fabricar, interés por los anaqueles llenos de recuerdos que fue coleccionando con los años, la mirada verde pasto de una chica castaña que buscaba algo asombroso debajo del polvo acumulado.

    —Mmm... —Su rostro confundido ante un librero con volúmenes dignos de un bibliófilo le arrancó una sonrisa—. ¿Este estará bien? —Su confusión era tan adorable que se sentó y apoyó los codos sobre el mostrador para descansar su cabeza sobre las palmas de sus manos prodigiosas y contemplarla—. Ese de allá parece mejor... o tal vez ese otro, o el de arriba... —Sus muecas casi le robaban una carcajada—. No sé, ¿por qué tiene que ser tan complicado encontrar el adecuado?

    Intrigado por su sufrimiento, decidió tomar valor y acercarse a ella. “Sólo voy a ayudarla, es mi trabajo”, pensó.

    —¿Buscas algún título en especial?

    —Estoy buscando uno que le guste a un amigo, pronto será su cumpleaños.

    —¿A tu amigo le gusta leer? —“¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Es obvio que sí!”.

    —Más que leer, le fascinan las historias raras —respondió como si aquellos gustos aún fueran incomprensibles para ella—. A veces se emboba tanto que es imposible hablarle. Es un poco molesto, pero al menos él es feliz cuando lo hace.

    ¿En verdad podría ayudarla con eso? Más bien, ¿querría hacerlo?

    —¿Cuándo será su cumpleaños?

    —El miércoles de la próxima semana.

    Comenzó a hacer cuentas y el resultado le provocó cierta melancolía.

    —Deberías traerlo —sugirió—, la próxima semana habrá descuentos en toda la tienda.

    —¿¡En serio!?

    Tanta emoción en la voz de la chica le detuvo el corazón: “¿Por qué tiene que ser tan joven?... Espera, Takumi, ¿qué acabas de decir?, ¿en qué estabas pensando?”. Pero ya no podía dar marcha atrás.

    —S-sí, podría llevarse todos los que quisiera, podrías pagarle uno o varios, y... eh... podrías...

    —¡Es perfecto! —lo interrumpió para alivio y tortura de su alma—. Le avisaré y vendremos sin falta. ¡Muchísimas gracias!

    Y la vio extender nuevamente sus alas invisibles para emprender el vuelo al cruzar la salida, pensando en voz alta cómo invitar a sus amigos, haciendo cuentas para determinar el dinero que estaba dispuesta a gastar ese día, la cantidad de mesas que tendría que limpiar para aumentar sus fondos aunque fuera un poco... y se perdió en el final de la calle, rumbo al atardecer, para dar vuelta a la derecha en la primera esquina.

    Una semana después, la conversación animada de dos chicas anunciaba el cumplimiento de la promesa (¿Podía llamar así a sus intenciones de volver con sus amigos?).

    —¿Es aquí?

    —Sí, aquí es. ¿Qué te parece?

    —Misterioso y viejo, pero agradable.

    —¿Verdad? El vendedor tiene aretes y collares muy bonitos, también juguetes hechos a mano y rompecabezas antiguos; pero además tiene algo que seguro a Dai-Dai le encantará.

    Y abrió la puerta para mostrárselo.

    —¡Buenas tardes!

    —Buenas tar...

    La energía de dos destellos poderosos le anunciaron la llegada del tiempo profetizado. Sorprendido, aunque consciente de que debía actuar con mesura, miró desde el mostrador a los recién llegados: la chica con alas invisibles, una jovencita de gruesas trenzas negras y atrás, boquiabierto, un chico con lentes enormes poco agraciados que se acercaba lentamente al librero del fondo.

    —Mira, Maki —dijo la castaña cerca del mostrador mientras su amigo en común revisaba los títulos disponibles al fondo del bazar—, este par de aretes te iría muy bien.

    —Pe-pero no podría ponérmelos.

    —Si quieres, un día podría hacerte perforaciones. —Un rostro de preocupación—. ¡No te asustes! No te dolerá por mucho tiempo.

    Aquella frase alteró más sus nervios.

    —Deberías arriesgarte de vez en cuando, unos aretes se te verían muy bien. —Caminó un poco para acercarse a otra vitrina con joyería—. Mira, estas cadenas también son bonitas, alguna de estas podría irle bien a tu amuleto.

    El resplandor de una gema atrajo la mirada de Takumi: en el cuello de la chica de trenzas, Fulgor Caeruleus parecía estar a salvo y en buenas condiciones; pero verlo sujeto a un cordón negro logró despertar su curiosidad, ¿qué habría pasado con la cadena de plata que Ayame había prometido regalarle a la antigua propietaria del dije?

    El grupo permaneció en el local cerca de treinta minutos, hasta que el chico de ojos tímidos logró escoger cuatro ejemplares pesados y atractivos para él. Pagó dos de ellos con sus ahorros, los dos restantes fueron financiados por sus amigas, quienes parecían estar en aprietos ante la falta de fondos para el pastel que pensaban comprar una cuadra más adelante. Pero el dependiente no pretendía hacerles un descuento extra aunque Kasumi (“Conque así se llama”) se lo pidiera con dulzura (“Pero no lo hará, no va con ella”) o lo sobornara con una cita (“Ya, Takumi, basta”), y con esa seguridad en mente, guardó los libros en dos bolsas y se los entregó al chico, quien le agradeció (¿por dárselos?, ¿por tenerlos?, ¿por ser paciente con ellos?, ¿por improvisar una venta de bodega sin querer?) y giró hacia su izquierda para echar un último vistazo y pensar qué otros libros podría comprar cuando ahorrara un poco más.

    Entonces pasó.

    La caída de las bolsas sorprendió tanto a sus amigas como al vendedor, quien se percató rápidamente de lo que estaba ocurriendo: cerca de la pared opuesta, en una vitrina cúbica, un libro con las páginas en blanco se había transformado en otro que solo había visto en una de las repisas de la casa de Hitomi. Y fue así como él supo que se encontraba ante algo grande, ante una profecía que iba más allá de su imaginación, y que las fuerzas regentes comenzaban a movilizarse para que las palabras crípticas de Yuki se cumplieran tal y como fueron pronunciadas por él mismo seis años atrás.

    —Ese cuesta lo mismo que cinco de los otros en su precio original.

    El rostro desanimado del comprador en potencia le hizo sentir un poco de lástima, pero necesitaba recurrir a esa injusticia para obligarlo a regresar, sobre todo cuando detrás del libro se encontraba una espada que resplandecía débilmente al igual que el bolsillo derecho del chico, quien aún era incapaz de notarlo.

    Ver aquel prodigio, sin embargo, despertó su lado impaciente. Se vio contando los días y las horas en espera del regreso del chico para que él pudiera visitar a Yuki y contarle todo lo que había vivido durante esos largos años. Se contuvo por cuatro meses, pero conforme se acercaba el quinto, no pudo más: mandó a imprimir volantes para anunciar una venta de liquidación, los pegó en los postes más cercanos en espera de que alguno de los tres los viera y volvieran por lo menos a echar un vistazo a la mercancía que quedaba.

    Los anuncios, sin embargo, atrajeron a un cliente desubicado a mediados de noviembre, poco antes de que cerrara la tienda.

    —Disculpe, estoy buscando un regalo para una niña, pero soy muy malo para estas cosas, ¿me recomendaría algo?

    ¿Quién buscaría algo así en una tienda de antigüedades?

    —Es raro que alguien venga a buscar cosas para niños, pero debo tener algo así. Permítame revisar en la bodega.

    Entre cajas abandonadas, el artesano comenzó a desempolvar recuerdos: pequeños costales rellenos de granos y pelotas de cuero, los favoritos de Koharu; muñecas de trapo adornadas con pequeñas joyas, las que más le gustaban a Hana; flautas de maderas finas como las que Sachiko tocaba sólo una vez para preferir, como siempre, un instrumento viejo y desgastado que cargaba siempre consigo; pequeños utensilios de cocina que no pudo seguir regalándole a Nanami porque, antes de que se diera cuenta, ella ya ayudaba a su madre adoptiva a preparar los alimentos.

    Pero su cliente parecía haber encontrado lo que buscaba durante su ausencia.

    —¿Eso está en venta?

    Entre los anaqueles detrás del mostrador, un gato de peluche fino que antes era de trapo corriente lo había cautivado.

    —Tiene usted un buen ojo —lo halagó Takumi mientras lo tomaba para mostrárselo—. Este juguete es muy especial: parece un simple gato de peluche, pero tiene propiedades protectoras. —¿Le creería si se lo explicaba?—. Es un gato mágico que ahuyenta los malos sueños y los sentimientos negativos, un amuleto protector para niños buenos. —Parecía haberlo enganchado—. ¿Para quién es el regalo, si se puede saber?

    —Es para mi hija.

    Un enlace invisible para cualquier ser humano lo guió por recuerdos ajenos, por cuadras extensas, a través de la ventana de un hogar tranquilo, por un pasillo que una niña rubia atravesaba para dirigirse a la sala y después a la entrada de la casa para abrazar a su madre y darle la bienvenida. Y más allá de su sonrisa, a la altura de su pecho, el resplandor más puro del origen se revelaba ante sus ojos.

    Ahí estaba.

    —Le gustará mucho.

    Y tras cobrar un precio adecuado por la pieza, vio al hombre emocionado partir hacia el este. Decidió entonces almacenar una vez más todos sus recuerdos, aunque con cierta nostalgia, pues era consciente de que, cuando viera de nuevo a las niñas, sería muy tarde para regalarles aquellos objetos que había fabricado con mucho cariño.

    La apertura brusca de la puerta principal mientras él se encontraba en la bodega lo obligó a detenerse para no hacer ruido. Tomó entonces un espejo mágico que le mostró lo que ocurría afuera de esa habitación: un par de ojos azules perdidos en el bajorrelieve de la hoja de Asteregius, la entrada abrupta de la chica de trenzas que se acercó a su acompañante, el movimiento rápido de él para enterrar la espada en el suelo y la repentina desaparición de ambos que le permitió salir de la bodega.

    Afuera del bazar, una persona confundida se detuvo.

    —¿Qué estoy haciendo aquí? —Silencio—. Debí dar la vuelta en la esquina equivocada otra vez.

    Las fuerzas regentes comenzaban a actuar en el mundo sin magia.

    Pero su labor no terminaba ahí, y así se lo hizo saber su viejo amigo cuando su regreso al mundo mágico fue inminente, cuando los restos del conjuro de Ayame desaparecieron tras el regreso de los chicos a su ciudad natal en un bucle temporal que solo pudo ser obra de él mismo a través de las desconocidas habilidades de Hitomi.

    Luego de varios días de camino presuroso, el artesano volvió a su hogar desierto.

    —¿Dónde están todas? —preguntó ligeramente angustiado.

    —En Nitens —se limitó a responder mientras buscaba algo entre cajas y baúles empolvados.

    —¿Y por qué no me lo dijiste antes? Quería anunciarles mi regreso.

    —¿Y cómo piensas explicarles en dónde has estado por tanto tiempo sin hablar demasiado?

    Takumi se sentía molesto por haber emprendido su viaje de vuelta a Origo sin saber que las niñas se encontraban cerca de su punto de retorno; pero debía admitir que su compañero tenía razón.

    Aunque Yuki, además de querer evitar que el artesano fuera sometido a un interrogatorio interminable, tenía otras intenciones: dispuso sobre la mesa varias madejas de hilos y fibras naturales y le pidió, crípticamente, un trabajo más.

    —Cuatro cuerdas de salvación.

    Obedeció nuevamente sin hacer preguntas ni proferir palabras, ni siquiera aquellas relacionadas con lo que tantas ganas tenía de compartir con él a su regreso. Pero Yuki no era tonto: tanta meticulosidad en un trabajo tan sencillo, tantos suspiros que se escapaban ocasionalmente de su boca y tanta nostalgia que apagaba la incandescencia de sus ojos no eran normales.

    —¿La encontraste?

    Sabía perfectamente a lo que se refería, así como era consciente de que su viejo amigo ya conocía la respuesta.

    —Que tú me preguntes eso es muy cruel, ¿sabes? —contestó mientras escondía el rostro entre sus brazos apoyados sobre la mesa de trabajo—. ¿Qué se supone que voy a hacer ahora?

    —¿Quieres ayuda?

    De sus labios escapó una risa nerviosa y triste mientras negaba con la cabeza.

    —Lo peor que podría hacer ahora es alimentar mis ilusiones con más esperanza.

    Una mano sobre su hombro izquierdo lo obligó a levantar la cabeza para ver, por primera vez, un poco de compasión en la mirada nocturna de Yuki.

    —De los tres, eres tú el que más ha sufrido desde ese día: ayudaste a tu padre a salvar a cientos de personas, perdiste a toda tu familia y nunca protestaste por ello. Las fuerzas regentes conocen tu dolor y no te han abandonado. Ten paciencia, deja en las manos del tiempo lo que ocurra a partir de ahora, y vuelve al cielo ajeno a cumplir el resto de tu misión.

    Y antes de siquiera notarlo, ya estaba de vuelta en su viejo local lúgubre, solitario, sin más brillo que el de un par de lámparas de intensidad débil, y tanta tristeza le causaba pasar sus días en tanta oscuridad que decidió cambiar el giro de su negocio. Tomó sus cajas de reliquias acumuladas para rematarlas entre los coleccionistas que se habían convertido en sus clientes frecuentes y desempolvó sus recuerdos felices para compartirlos con los seres inocentes de las regiones cercanas que quisieran aceptarlos. Compró varios botes de pintura, se deshizo de muebles plagados de polillas y de vitrinas rayadas para convertir su negocio en algo más brillante, más llamativo, y los halagos que había recibido por la confección de las joyas más hermosas del bazar animaron tanto su espíritu que decidió dedicar todos sus esfuerzos a la fabricación de más y mejores. Fue tanto su éxito que, tres meses después, la cantidad de anillos, aretes, brazaletes, cadenas y relojes vendidos permitieron que las fuerzas regentes encontraran el lugar perfecto para que el gato defensor de la niña blanca los condujera al mundo mágico y que un conjuro poderoso afectara a toda la ciudad para que nadie extrañara a los tres seres viajeros que habían emprendido una nueva aventura.
     
  3. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 3. Anteojos

    Aunque su historia era muy larga y compleja, Takumi tenía prohibido revelarles todo y se limitó a contarles lo que consideraba más importante: que Asteregius, conjurada por Ayame, había elegido ese lugar para esperar a Daichi hasta que llegara el momento adecuado; que su primer viaje al mundo mágico, además de formar parte del plan de la guardiana del rayo, fue predispuesto por las fuerzas regentes para preparar a Maki y evitar que su espíritu dubitativo le causara problemas en un momento tan crítico como el que acababan de superar; que Junko había nacido en ese mundo porque era el único lugar donde las fuerzas regentes pudieron encontrar un alma pura y, en parte, porque ese había sido el deseo de su predecesora.

    —Las fuerzas regentes actúan de formas tan peculiares que ni siquiera nosotros podemos entenderlas —remató—. El único que tal vez puede hacerlo nunca nos lo dice con claridad.

    —Al menos Takumi tiene la ventaja de que Yuki le hable como humano y no como un ser sin sentimientos.

    A Hitomi le molestaba admitirlo, pero sabía perfectamente a qué se debía la distinción de tratos; aunque no pensaba revelarlo ni culpar a nadie por las responsabilidades que ella misma había asumido.

    —En fin, me alegra saber que el cofre está en buenas manos ahora y que estaremos a salvo de fragmentos de la Nada, también me dio mucho gusto prestarles el local para la reparación del cofre; pero en realidad quería que vinieran por otra cosa.

    Les dio la espalda para buscar algo en un estante y colocarlo sobre el mostrador. Ver aquel objeto emocionó tanto a Junko que estiró rápidamente los brazos para tomarlo.

    —¡Choco! —gritó con alegría mientras lo abrazaba—. ¡Volviste!

    —En realidad, este no es Choco, pero me esforcé por hacer uno similar.

    —¡Es idéntico! ¡Gracias!

    La reacción de la pequeña lo alegró tanto que casi olvidaba el verdadero motivo de su invitación a la joyería.

    —Hay algo más —comentó mientras buscaba algo en la vitrina del mostrador—. Supe que ayer fue tu segundo décimo cumpleaños, así que quiero regalarte esto.

    Abrió con cuidado un estuche blanco en donde había guardado un collar con un relicario dorado, en cuyo frente había tallado una estrella de ocho picos rodeada por ocho rombos irregulares con diminutos cuarzos y ámbares incrustados. El regalo le pareció tan lindo que se lo puso de inmediato después de darle las gracias por segunda vez.

    —Es mágico como todo lo que hago —dijo con orgullo—, ábrelo y verás.

    Lo abrió con cuidado, quizá con temor de romperlo. Entonces pudo ver cómo la prisión de la Nada era absorbida por la joya y, cuando pudo distinguir el cofre a escala en su interior, la cerró de inmediato.

    —¡Increíble! —exclamaron la niña y sus guardianes.

    —Les será muy útil cuando tengan que salir de casa, así no tendrán que cargarlo, puede ser muy incómodo a veces. Cuando quieras sacarlo para que vuelva a su tamaño original o para repetir el conjuro el siguiente mediodía previo a la luna llena, bastará con abrirlo.

    Ver aquel suceso le dio una idea a Daichi.

    —¿Eso se puede hacer con cualquier objeto mágico?

    —Por supuesto que sí, es la misma técnica que mis antepasados usaron para ocultar los báculos y las espadas en las joyas portadoras de fulgores.

    —¿Y podría hacer lo mismo con Asteregius?

    —¿Por quién me tomas? ¡Claro que puedo! Sólo necesitamos encontrar algo que suelas usar, porque no pareces un chico de cadenas, tampoco creo que te guste usar brazaletes, y parece que prefieres la ropa informal, así que descartaría confeccionar la hebilla de un cinturón.

    —¿Qué tal mis lentes?

    Takumi parecía confundido ante tal propuesta.

    —¿No sería un problema que empuñaras tu espada y no supieras hacia dónde atacar?

    —Pero no tienen aumento.

    Un silencio largo incomodó ligeramente al chico.

    —Ah, eres de esos.

    —¿De esos?

    —Sí, de los que usan anteojos para parecer intelectuales.

    —¡No lo soy! —protestó.

    —¿Lo haces para parecerte a esta chica? —Señaló a Maki—. ¿Te gusta que tu rostro vaya a juego con el de ella?

    —¿Por qué siempre tienen que meter a Maki en estas cosas? Primero Kasu y ahora...

    —Por cierto, ¿cómo está ella?

    —¡No me cambie el tema!

    —Sólo quería saber —murmuró decepcionado, aunque la fuerza en las palabras del chico le erizó la piel por un instante—. Bueno, ¿entonces por qué usas lentes sin aumento?, ¿me explicarás?

    —Es un asunto sentimental —contestó un poco más tranquilo—. Mi padre tenía unos muy parecidos que usaba para leer, tenerlos me hace sentir que él sigue a mi lado.

    Un dejo de nostalgia en su mirada conmovió tanto al artesano que lo obligó a ofrecerle una disculpa.

    —Lo siento, no sabía...

    —No tenía por qué saberlo, tampoco suelo compartir mis razones. Creo que las únicas que las conocían hasta ahora eran Kasu, Maki y mi madre.

    La chica de ojos verdes agachó la cabeza. Ciertamente, Kasumi le había revelado que su amigo en común usaba lentes sin aumento, mas nunca le dijo el motivo detrás de aquella costumbre. Conocerlo a esas alturas le pareció doloroso, aunque muy en el fondo se sentía molesta por descubrirlo de esa manera. ¿Por qué no se lo preguntó antes? Aún si lo hubiera hecho, ¿habría respondido su pregunta?, ¿en qué momento iba a decírselo?, ¿pensaba guardar el secreto y jamás revelarle su nostalgia interminable?, ¿tan poco confiable se había vuelto para él?

    —Por cierto, háblenme de tú —les pidió Takumi—. Tanto respeto me hace sentir de la edad de Hitomi.

    La mirada de rencor reprimido de Hitomi le transmitió una amenaza: “Ya arreglaremos cuentas cuando ellos se vayan”.

    —Entonces ¿se puede?

    —Veamos qué puedo hacer por ti.

    Se acercó a él para quitarle los anteojos. Cuando los tuvo en la mano, contempló la forma de su cara por varios segundos silenciosos, eternos, casi incómodos, y parpadeó unas cuantas veces, ladeó su cabeza a la izquierda, después a la derecha, dio un paso hacia atrás, luego hacia adelante, intentó ponérselos de nuevo, pero no pasaron ni dos segundos y se los quitó de nuevo. Tras examinar su rostro, el artesano tomó el armazón con ambas manos para analizarlo: enorme, anticuado, un tanto incómodo de usar, poco resistente, y levantó una ceja mientras les daba la vuelta, luego contrajo las varillas recién reparadas, tomó los lentes con una mano y volvió al lado opuesto del mostrador para colocarlos sobre él. Sin decir palabra, giró el cuerpo para buscar algo en un anaquel, luego en un pequeño estante, y después, con un martillo en mano, les dio un golpe muy fuerte para destrozarlos y arrojarlos a un bote de basura.

    Daichi estuvo a punto de sufrir un paro cardíaco por aquel incidente.

    —¿No fue eso un poco... radical?

    La protesta suavizada de Maki provocó que Takumi mirara sus lentes.

    —¿Cómo puedes engañar a este pobre chico con algo tan delicado como esto? —le reclamó al ver su bello armazón turquesa.

    —¡Pero yo solo le dije que se le veían bien!

    —¡Mentirosa! ¡Mala amiga! ¡Eres...! —Se detuvo al descubrir algo—. Ah, ya entiendo. Lo siento mucho, tampoco sabía que respetaras tanto las sugerencias de tus padres. Hiciste bien, sus gustos son excelentes.

    Había acertado.

    —¿Cómo puedes saber eso?

    —Los objetos también tienen enlaces con el mundo, ¿recuerdas? Tu amigo estuvo a punto de desaparecer por un conjuro que se apoya en ese hecho. —Tomó la espada para desenfundarla y examinarla mientras seguía hablando con ella—. Si los lentes de él no fueran nuevos…

    —Pero no lo son —puntualizó Daichi.

    —Te olvidaste de ellos por una semana, es lo mismo —contestó rápidamente para retomar el tema—. Si no se los hubiera quitado por tanto tiempo, me hubiera enterado de toda su vida y no hubiera cometido el error de prejuzgarlo; pero tú ya desarrollaste un enlace fuerte con los tuyos porque has usado ese armazón por mucho tiempo, exactamente tres años, cinco meses, dos semanas y cuatro días, luego de que el primero terminara destrozado porque lo dejaste entre tu ropa y nadie la revisó antes de lavarla. —Recorrió la hoja de Asteregius de arriba hacia abajo con dos dedos, como si estuviera buscando algo—. El actual es muy parecido al anterior, que eligieron tus padres por ti cuando fueron a la óptica por primera vez luego de notar que te lloraban los ojos cuando intentabas ver la televisión, exactamente cuando cumpliste diez años, los usaste por tres años y dos días y... bueno, dejemos la historia de tus lentes hasta aquí o terminaré hablando sobre cosas que no quieres compartir con nadie.

    La mujer de cabello violeta apoyó la mano sobre sus ojos mientras respiraba lenta y profundamente: “Tal vez sea el más joven de nosotros tres, pero de cualquier manera es un adulto y sigue siendo tan indiscreto como un adolescente, ¿cómo espera casarse pronto y tener hijos?”. Pero el conocimiento de que sus acciones eran parte de su carácter impredecible la tranquilizó después de un tiempo y desprendió la mano de su rostro para continuar observando el proceso de análisis del arma mágica, y lo hizo justo cuando Takumi detuvo el recorrido de sus dedos sobre la parte de la hoja más cercana a la empuñadura de la espada, exactamente sobre la corona del pacto, y ella fue la única que notó el doble cambio súbito de su mirada.

    Supo entonces que tendría que hablar con él cuando todos se fueran.

    —Afortunadamente para ti, Asteregius puede ser moldeada en un instante y nada puede romperla, así que no tendrás que preocuparte si te pasa lo mismo que a Maki con su primer armazón.

    Colocó la espada sobre una superficie plana y tomó su funda con cuidado por ambas puntas para hacerla brillar, presionarla y reducirla mientras pensaba en voz alta.

    —Necesitas algo parecido a lo que tenía tu padre para que no te sientas abandonado; pero también requieres algo nuevo para recordarte que no puedes vivir atado a tu melancolía por el resto de tu vida. —Comenzó a desplazar la funda comprimida sobre la espada para absorberla—. Debe ser algo que siga demostrando que mantienes tus promesas, que te permita establecer nuevas; pero que también te recuerde que existen algunas que no podrás cumplir porque las fuerzas regentes así lo han dispuesto desde el origen. —Empezó a moldear lo que tenía entre sus manos con gran facilidad—. También deben permitirte formar nuevos enlaces con las personas que te rodean y con las que tarde o temprano se acercarán a ti, y por último, pero no menos importante, debes verte fabuloso con ellos. —Tomó nuevamente el martillo y le dio un golpe al objeto moldeado para terminar su labor—. Listo, ahora póntelos.

    Asteregius se había convertido en un liviano armazón oscuro en cuyas terminales había grabadas estrellas de dieciséis picos; los talones y las bisagras eran grises, y en esos extremos de las varillas estaban grabadas diminutas hojas de laurel doradas. Luego de colocarlos sobre su rostro, se vio en un espejo que Takumi le acercó y, tras varios segundos contemplándolos, quedó encantado.

    —¡Maravilloso!

    —Lo sé, lo sé, no tienes que decírmelo —dijo con orgullo—. Pero dime, ¿cómo piensas pagarme?

    La sorpresa de todos los presentes ante el comentario fue notoria.

    —¿Tengo que pagar?

    —¿Aún lo dudas? —Se cruzó de brazos—. Veamos: hice un trabajo urgente de alta calidad con el objeto mágico más poderoso de todos, ¿te parece poco?

    —Rompiste los lentes que me acababan de reparar, ¿aún así debo pagarte?

    —¿Vas a reclamarme por eso? ¡Te hice un favor!

    Comenzaba a arrepentirse por haberle propuesto el trabajo.

    —Está bien —dijo resignado—. ¿Cómo debería pagarte?

    “Es tan fácil de convencer...”, pensó mientras dibujaba una sonrisa que apenas cabía en su rostro. De inmediato, tomó una bolsa con quinientos volantes y se los entregó.

    —Reparte esto y asegúrate de que Kasumi reciba uno.

    —¿Es todo? —preguntó con incredulidad.

    —Claro que si quieres pagarme más...

    —¡Los repartiré enseguida! ¡Gracias por todo! ¡Nos vemos después!

    Y lo vieron apresurarse a la salida para comenzar a repartirlos antes de que Takumi elevara el precio de su trabajo.

    —¡Hermano Daichi, espera! —pidió Junko mientras corría tras él seguida por sus nuevas mascotas; pero se detuvo cerca de la puerta y miró hacia atrás—. ¡Muchas gracias por todo! ¡Vendremos otro día a visitarte!

    —Cuídate mucho, pequeña dama.

    —¡Tú también!

    Y se apresuró para alcanzar a su hermano adoptivo mientras la chica de trenzas se quedaba atrás para despedirse apropiadamente y agradecer los favores recibidos.

    —Dime algo antes de que te vayas.

    Extrañada por aquella petición, Maki escuchó atentamente al artesano.

    —¿La cadena funcionó adecuadamente? ¿Logró protegerte de los seres intangibles?

    —Lo hizo —respondió.

    —¿Sentiste algo cuando te la dieron?

    —¿Algo? ¿Como qué?

    —Entumecimiento, dolor de estómago, congestión nasal... felicidad, nostalgia, no sé, tú dime.

    La chica evocó el momento en el que recibió la cadena plateada para averiguar si había ocurrido algo extraordinario, pero no tuvo éxito.

    —Nada.

    No esperaba otra respuesta de cualquier manera.

    —Entiendo, gracias por decírmelo.

    Ella reanudó su camino hacia la salida para buscar a su amigo de la infancia y a la niña rubia, a quienes encontró no muy lejos de ahí.

    —Creí que le contarías la historia detrás de la cadena.

    —No es necesario —contestó mientras revisaba que ninguno de sus invitados hubiera dejado nada olvidado para luego abrir una puerta cercana y entrar al almacén—. Ya la oíste: no sintió nada. Que Ayame haya depositado en ella sus sentimientos más puros no implica que cualquiera pueda percibirlos ni establecer un enlace con ellos; que ese objeto fuera importante para Sayaka no significa que deba serlo también para Maki. Además, no puedo romper sus ilusiones y decirle que no fue su espíritu quien se lo entregó.

    La guardiana del equilibrio no esperaba menos del heredero del don creativo.

    —¿Y bien? —preguntó Takumi después de sacar una silla para ofrecérsela a Hitomi—. ¿Cuándo podré ver a las niñas?

    —Mañana —contestó mientras se sentaba—; aunque bien podrías visitarnos hoy y cenar con nosotras, es tu casa después de todo.

    —Me encantaría, pero prometí que lo cuidaría.

    Recostado en un sofá cama adentro de la bodega, envuelto con un par de cobijas gruesas, el heredero de los ojos dormía profundamente.

    —Es la segunda vez que le pasa, no debe ser fácil para él.

    —Debe ser por el viaje entre mundos, me ocurrió algo parecido cuando llegué y me costó recuperarme.

    —No lo sé —dijo pensativa—, la primera vez que le pasó algo así...

    —No pienses en eso —la interrumpió—, no volverá a ocurrir. Les has enseñado a las niñas todo lo que necesitan por el momento, esos dos se fortalecerán poco a poco y nos sorprenderán el día menos esperado, tú confía.

    —Eso espero, pero aún así...

    —Te preocupan los otros cuatro, ¿verdad? —preguntó mientras servía dos tazas de café.

    —Tengo el presentimiento de que Miyako se moverá en cualquier momento, temo que haga una locura.

    —Pero tiene un vigilante confiable, lo noté cuando vi la cadena de Fulgor Caeruleus y la funda de la espada. —Le ofreció una de las tazas a la guardiana del equilibrio y le dio un sorbo a la otra—. Por cierto, creo que fue un poco cruel de tu parte imponerle una condición tan terrible.

    —Será lo mejor para él —argumentó a su favor.

    —Pero hay algo que debería inquietarte más que los planes de Miyako y la ubicación de los tres fulgores restantes, seguramente sabes de lo que hablo.

    —Lo sé; pero todos mis intentos por descubrir la causa han fracasado.

    El artesano calló mientras reflexionaba: había una perturbación en ese mundo que inquietaba a la Tríada de silencio, la misma que probablemente había ocasionado que Yuki perdiera la vista por segunda vez para que no supiera sus planes, la que despistaba las técnicas de rastreo de Hitomi para que no la detectara, la que la noche anterior activó un par de sellos que Takumi había colocado alrededor de la joyería para evitar que alguien, quien fuera, intentara robar alguna de sus creaciones.

    Pero tenía una pista, una revelación desafortunada que no sabía si compartir con quien consideraba su hermana mayor.

    —Hitomi —dijo después de un largo silencio, cuando pudo controlar el temor que anhelaba invadir su espíritu—, yo...

    —¿La encontraste?

    Escuchar esa pregunta por segunda vez le dolió tanto como la primera.

    —Sí, la encontré.

    Nuevamente se apoderó de él la congoja que sintió cuando terminó el primer bucle temporal, luego del primer viaje de Daichi y Maki al mundo mágico, cuando una persona que anhelaba ver abrió la puerta del antiguo bazar para reclamarles a sus amigos por dejarla atrás a pesar de haber sido ella quien había planeado la visita. Y tuvo que admitir nuevamente que, por mínima y superflua que hubiera sido su primera conversación, la extrañaba demasiado.

    Dos sorbos simultáneos de café para ahogar la preocupación y la nostalgia.

    —Dime, pequeño Takumi —habló la de mirada gris tras permitir que su ansiedad se mezclara con el aroma de su bebida para olvidarla por un instante—, ¿alguna vez te has planteado vender esto? Es delicioso.

    Aquel comentario parecía una nueva idea que lo ayudaría a escapar de la soledad.
     
  4. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 4. (Re)encuentro
    La última página de apuntes coloridos y ordenados estaba ante sus ojos. Con dedicación y una enorme sonrisa, Kasumi terminó de copiar las líneas finales sobre datos científicos irrelevantes para quien pensaba dedicarse a cualquier trabajo turístico: “Como si no fuera suficiente con aprender a hablar inglés”, pensó en varias ocasiones mientras dibujaba mitocondrias, hojas alveoladas y animales invertebrados. Le pesaba la simple idea de actualizar sus notas mal tomadas en un día y medio, pero era consciente de que su benefactora la reprendería si el lunes le solicitaba una prórroga para concluir lo que había prometido realizar en un fin de semana. De cualquier manera, el regaño ya no le importaba ni sería necesario: punto final, cierre de cuadernos, brazos hacia arriba, una celebración silenciosa acompañada por un sonido de alivio ante su logro desbloqueado de ñoña transcriptora que se avienta sobre la cama para dormir por fin a las tres de la mañana.

    A pesar del cansancio, su mente fue capaz de mostrarle un sueño afín con su tortura superada: un pupitre a la izquierda en diagonal, al lado de una ventana, el movimiento veloz y el chasquido constante de un bolígrafo la distraían con frecuencia. Se preguntaba entonces cuál era la necesidad de alguien por tomar tantas notas y cambiar de tintas, ¿en verdad había gente que apuntaba hasta el minuto exacto en el que el profesor daba media vuelta para escribir en el pizarrón?

    Pero a pesar de sus intentos por ignorar el ruido y la velocidad de la mano, ella desviaba la mirada ocasionalmente hacia la ocupante del pupitre: una chica de cabello negro trenzado con mirada verde sin esperanza. Y mientras más lo hacía, más fuerte se tornaba ese sentimiento inusual que la inquietaba: la sensación de quien reconoce a un prófugo de la ley y que busca el momento indicado para entregarlo a la policía.

    La hora del almuerzo fue el momento indicado para recuperar el control de sus pensamientos. Despreocupada, sin ataduras, abandonó aquel salón repleto de extraños para buscar jugo de naranja y, si la suerte la ayudaba, para hablar con un viejo conocido a dos puertas de distancia. Pero no la tuvo: sumergido una vez más en un libro con textura y esencia de aventuras de otros tiempos, el chico no despegaría la mirada de las letras, pues temía, muy en el fondo, que alguna de ellas se le escapara para no volver jamás.

    De vuelta en su salón de clases, los sonidos de su nuevo mundo amenazaba con asfixiarla: voces infinitas, risas estruendosas, bromas familiares, abrazos calurosos y gestos amigables entre extraños que, por una u otra razón, no le interesaban. Pensó de inmediato que aquella sensación de vértigo se debía a la cantidad de gente que charlaba en todos los pupitres que colindaban con el suyo, y así pudo comprender, finalmente, que se había desacostumbrado al alboroto adolescente, ese reino de sonidos imparables del que decidió exiliarse para convertirse en la amiga incondicional del chico tímido que, a pesar de encontrarse en una situación igual o peor que la suya, había descubierto la manera perfecta de cerrar sus sentidos ante la situación de su mundo para sumergirse en otro menos hostil.

    Intentó ignorar los sonidos y buscar la paz que su cerebro necesitaba para decidir qué hacer durante los siguientes tres años: ¿debería readaptarse al bullicio emergente e incesante de sus compañeros de salón?, ¿podría acostumbrarse nuevamente a ese mundo y, al mismo tiempo, mantener sus viejos lazos con el chico callado sin arrastrarlo a una serie de situaciones de las que había escapado gran parte de su vida?, ¿debería quedarse sola y lejos de todo y seguir ahogándose entre aquellos seres desconocidos que parecían no notar su presencia?

    Un nuevo movimiento de la chica de trenzas la liberó de aquellos pensamientos. Indiferente al resto, navegando entre las nubes que contemplaba por la ventana, tras soltar un suspiro profundo y melancólico, cruzó los brazos sobre su pupitre y escondió el rostro en espera del final del almuerzo.

    Entonces se preguntó si podría seguir soportando la curiosidad que le causaba su silencio.

    —Toma —le dijo mientras colocaba sobre la mesa su jugo recién comprado y se acomodaba en la silla de enfrente.

    La chica desanimada levantó la cabeza y vio el envase sin moverse durante varios segundos de incertidumbre.

    —Te ves cansada, eso te ayudará.

    Le agradeció sus atenciones y tomó el cono de jugo para perforarlo con la pajilla y darle un pequeño sorbo.

    —Te entiendo, los nuevos inicios siempre son complicados —continuó la castaña—, la ansiedad te quita el sueño, comienzas el día con expectativas y terminas comparando los acontecimientos con lo que estabas imaginando, y entonces determinas si ese momento fue mejor o peor de lo que pensabas, ¿no es así?

    La vio asentir con la cabeza. Pero más allá de su lenguaje kinésico, detrás de su eterno silencio, pudo deducir que el día iba mal para ella.

    —Que tus viejos amigos estén en otro grupo tampoco ayuda, sobre todo cuando no quieres interrumpir su propio proceso de adaptación —siguió hablando, esta vez con cierta irritación—. ¿Es tu caso también?

    Le bastaron tres milisegundos de duda para encontrar la pista que necesitaba para confirmar su hipótesis: un movimiento instintivo de la mano de la chica de trenzas hacia su pecho que terminó en una vacilación y en un mensaje que Kasumi nunca escucharía: “Hablar de esto con una extraña, por más amable que sea conmigo, no servirá de nada”.

    —No —contestó con sequedad.

    —Entonces no habrá problema si me junto contigo, ¿verdad?

    La castaña nunca olvidaría el desconcierto en el rostro de la chica silenciosa: el gesto curioso, un tanto nostálgico, de quien recibe el afecto de un desconocido con el que apenas había cruzado unas cuantas palabras y que, por alguna razón, pensaba que no merecía.

    —Tomaré eso como un sí. —Extendió su mano hacia ella—. Me llamo Kasumi, Kasumi Inoue, ¿y tú?

    La chica de trenzas era incapaz de rechazarla.

    —Maki Hatori —dijo con timidez mientras estiraba el brazo con lentitud e intentaba tomar, aún con dudas, la mano de Kasumi.

    “Ah, esto de nuevo”, pensó las castaña, y sostuvo entre sus manos la de Maki para luego regalarle una sonrisa.

    —Mucho gusto, Maki. Espero que nos llevemos bien.

    Recordaba entre sueños su interrogatorio interminable y las respuestas tan breves que le había dado la chica de lentes durante lo que quedaba del descanso: su situación familiar (“¿Tienes hermanos?”, “¿A qué se dedican tus papás?”), su situación geográfica (“¿Vives muy lejos de aquí?”, “¿Tomas el autobús para llegar?”), las escuelas a las que fue anteriormente (“No conozco esa primaria, pero mi hermana dice que inscribirá a sus hijos ahí... ¡Ah, sí! Mi hermana es siete años mayor que yo y vive por tu zona, tal vez la conozcas”), su fecha de cumpleaños (“Que no te extrañe, siempre pregunto eso, así me preparo para buscar regalos”), y antes de siquiera notarlo, el compañero que ocupaba el asiento que ella tomó prestado había regresado para prepararse para el inicio de la siguiente clase.

    —¡Maki! —la llamó con confianza al término del día, cuando ella terminaba de guardar sus útiles escolares y se alistaba para volver a casa—. ¿Nos vamos? Puedo acompañarte hasta la esquina de la farmacia.

    Por alguna razón, la joven de trenzas parecía alarmada.

    —¿Pero no tienes planes con tus amigos? —preguntó—. Creí que volverías a casa con ellos.

    —¡No te preocupes! —contestó mientras escribía y enviaba un mensaje desde su teléfono—. Sólo tengo un amigo de la secundaria en esta escuela y dijo que no le molestaría acompañarnos también.

    La respuesta, en vez de tranquilizarla, la preocupó más y la sonrojó un poco.

    —¿N-no interrumpo?

    ¿En qué demonios estaba pensando?

    —¿Qué clase de pregunta es esa? —dijo la castaña luego de soltar una risotada—. No es mi novio, no es mi tipo, y él ya tiene un amor extraño que dudo que alguien pueda reemplazar.

    —¿Un amor extraño? —preguntó Maki mientras seguía a Kasumi rumbo a la salida del edificio.

    —Bueno, él es raro, así que digamos que su amorío es normal. Es curioso, lo conozco desde hace tres años y sigo sin entender sus pasiones. —La tristeza de sus palabras no iba con ella; por el contrario, su cambio de humor de melancólico a optimista parecía normal—. Pero es un buen chico aunque parezca cerrado y tímido... Y bueno, debo confesarte que verte me lo recuerda mucho, creo que ustedes dos podrían volverse muy buenos amigos... —“...si no es que ya lo son”, pensó, y miró hacia la reja que separaba su vida escolar de su vida libre, en donde alguien aguardaba la llegada de ambas—. ¡Ah! ¡Ahí está! ¡Dai-Dai!

    Uno, dos, tres saltos rápidos y rítmicos de ave que se acercaba a un árbol seco para saludarlo por primera vez en el día, y el viento, juguetón como todas las tardes, alborotó las hojas amarillentas de su libro de donde pendía un separador improvisado con un pálido listón amarillo sujeto a un viejo recuerdo.

    Uno, dos, tres miradas que se cruzaron por un instante tan repentino como el cese del movimiento de la chica de lentes que descubrió, a la distancia, las facciones de una nostalgia infantil que, aunque intentó olvidar u ocultar en un cajón de historias terminadas tras perder la esperanza de verlas de nuevo, le recordaban una promesa a la que, muy en el fondo, no quería renunciar.

    Uno, dos, tres segundos contuvo la respiración el chico de cabello alborotado y lentes horribles cuando despegó la vista de su lectura mientras su amiga de la secundaria le presentaba a su nueva amiga y se enorgullecía al comprender, sin necesidad de que nadie dijera nada, que había resuelto el misterio detrás de la eterna melancolía de los seres semejantes que, en su mente, le agradecían infinitamente por reunirlos al fin.

    Uno, dos, tres repiques de su teléfono móvil por la mañana que le parecieron insoportables y que interrumpieron su sueño. Con la intención de no seguir escuchándolos, se dio media vuelta sobre la cama y se cubrió la cabeza para evitar que la luz que traspasaba la ventana tocara sus párpados. La vibración del aparato sobre el buró tampoco ayudaba, por lo que recurrió al viejo truco de esconder la cabeza debajo de la almohada con la esperanza de que aislara cualquier otro ruido molesto; pero una serie más de zumbidos la obligó a estirar el brazo hacia el mueble de al lado, buscar el aparato a tientas, meterlo debajo de las sábanas y enterarse del nombre de su próxima víctima de asesinato imaginario.

    “Kasu, son las 10:15, responde si ya estás despierta”, “Kasu, no respondiste, asumo que debo despertarte”, “Kasu, arriba”, “Arriba”, “Arriba”, “Kasu, Daichi dice que quiere igualdad de condiciones, que si no llegas a las 11 pagarás todo lo que compre”, “Kasu, Daichi va en serio”. Un mensaje de otro remitente cuando terminaba de leer: “Quiero tres cajas de chocolate fino, dos con almendras, dos de bombones y una de trufas”. Un remate que la levantó de la cama con pánico: “Kasu, son las 10:30 y voy en serio”.

    Quince minutos después, tras cerrar la puerta y despedirse de sus padres, comenzó su carrera rumbo al punto de encuentro: a la derecha, vuelta en la primera esquina, cinco cuadras al frente, cruce de la avenida principal, la siguiente a la derecha, 10:55, “Sí llego, sí llego, sí…”, calle cerrada, “¡Maldición! ¡Esta no era!”, de regreso sobre sus pasos, otra vuelta a la derecha, a la derecha de nuevo, cinco cuadras más hacia el sur, una explanada con fuente, un par de figuras familiares, llegada derrapante mientras su amiga miraba la hora en su reloj de pulso.

    —Lo siento, Daichi, perdiste.

    Un chasquido con la lengua.

    —Debí escribir ese mensaje cinco minutos después.

    —Hola… ya llegué… esperen…

    Se sentó en la orilla de la fuente para recuperar el aliento y normalizar su respiración antes de comenzar su reclamo del día.

    —¿Qué clase de despertador fue ese, Maki? —preguntó después de tragar saliva—. Esperaba una llamada tuya a las 9:30 o antes, no una lluvia de mensajes a las 10:15, ¿qué tal si los hubiera ignorado?

    —¡Pero te llamé cuatro veces!

    —¡No es cierto!

    —¡Claro que sí! Revisa bien.

    Convencida de que lo dicho era falso, buscó en el bolsillo derecho de su pantalón de mezclilla su…

    —¿Eh? ¿Y mi teléfono?

    Metió la mano en el izquierdo: un monedero diminuto con algunas monedas y billetes doblados y una liga extra para el cabello.

    —¡No es cierto!

    Una pista: el abrigo rosa que dejó sobre la cama.

    —¿Por qué a mí? —se cuestionó dramáticamente mientras volvía a sentarse en la orilla de la fuente para luego liberar un suspiro profundo y regañarse—. Pero tenías que desvelarte, Kasumi, ¿quién te manda a ser tan despistada?

    —Pero terminaste, ¿verdad?

    —¡Por supuesto! —respondió la pregunta de Maki con el pulgar levantado y una sonrisa que nunca olvidaba—. Contra las bajas expectativas de Dai-Dai, mañana te devuelvo tu libreta sin falta.

    Esperaba un halago o una felicitación de parte de su amiga; pero en lugar de eso obtuvo una nueva conversación entre ella y el chico de ojos azules.

    —Quiero una de trufas con menta y otra con relleno de frutos rojos.

    —¿En verdad vas a cobrarme? ¡Pensé que estabas bromeando!

    —Una apuesta deja de serlo cuando el otro perdona la recompensa —respondió sin alterarse—; además, Kasu no te hubiera perdonado si llegabas tarde hoy, ¿o me equivoco?

    Aquella actitud inesperada dejó sin palabras a la aludida por un instante.

    —Eh... ¡Sí! Es como dice Maki, iba a cobrarte, pero creo que perdí mi oportunidad.

    El chico suspiró resignado.

    —De acuerdo, aunque no te aseguro que haya cajas de ese tipo en mi local favorito.

    —¿Tienes un local favorito? —preguntó la chica de trenzas mientras el grupo emprendía su camino.

    —Claro que lo tengo, ahí venden el chocolate más delicioso de todos. —Era la primera vez que ambas escuchaban aquella información—. Una vez pensé en comprar dos y regalarte uno, pero me los comí.

    —¿Eh? ¿Me ibas a dar chocolate? ¿Cuándo fue eso?

    Había hablado demasiado.

    —O-olvida lo que dije —trastabilló mientras volvía el rostro al lado opuesto.

    —¿Vas a dejarme con la duda? ¡No es justo!

    La situación era nueva para la castaña que caminaba detrás de ambos por primera vez: una conversación casual, amena, fluida, sin más dudas ni silencios incómodos dignos de pares tímidos que no sabían cómo actuar cuando estaban juntos. Y al verlos así, pensó por un instante que el reencuentro que había revivido la noche anterior se trataba realmente de un sueño, de uno que ambos habían tenido y que ella, por alguna razón, había descubierto en un viaje onírico del que fue expulsada tras cumplir con una misión aparentemente imposible.

    Al principio le pareció extraña e incómoda su nueva situación de convivencia; pero no tardó mucho en alegrarse por ellos. Había esperado por meses un cambio, un avance mínimo o una ruptura dolorosa, y conseguir lo primero le hizo pensar que su actuación como mediadora entre sus ilusiones y la realidad había sido recompensada: ella, la de mirada con esperanzas renovadas, parecía haber roto por fin las barreras que había formado alrededor de un ideal; él, con un interesante par de anteojos nuevos, se veía más tranquilo al sentir que su mundo había recuperado el orden que tenía cuando era el niño optimista que Kasumi por fin tendría oportunidad de conocer, y la castaña siguió reflexionando durante un tramo largo hasta que pudo ordenar sus pensamientos: su mundo adolescente, alejado de todo escándalo superfluo y de discusiones absurdas, parecía más brillante que nunca, sintió una vez más que su intuición le había permitido elegir bien a sus amigos, que era feliz al sentirse aceptada por ellos a pesar de sus personalidades opuestas, y concluyó que hablar con ellos cambió su postura ante muchos aspectos del mundo que casi nunca había considerado posibles. ¿Qué habría sido de ella en otras circunstancias? ¿Qué haría ella si en algún momento perdiera a sus amigos? ¿Y por qué se empeñaba en preguntárselo y ponerse triste?

    "Deberías estar feliz por haber postergado esta salida."

    —¡Kasu! ¡No te quedes atrás!

    Sacudió la nostalgia de su alma mientras extendía sus alas invisibles y retomaba el vuelo.

    —¡Voy!
     

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