Original Fic El deseo de Nozomu

Tema en 'Zona creativa' iniciado por Metzonalli, 14 Feb 2017.

  1. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Si es por cuidar la vista, puedes subir tus capitulos en formato PDF y el que quiera podra descargarlos y ponerlos en su E-book, si tienen uno claro. Yo planeo comprarme uno... algun dia



    Mi sugerencia es que cortes el capitulo con un cara a cara entre personajes. Eso te dara la posibilidad de sanjear cuestiones que sean propicias o puedes mostar un poco de lo que tienes preparada para el siguiente capitulo para mantener interesado a tu lector. Eso lo decides tu

    En cuanto al capitulo de hoy, me sigue pareciendo interesante, pero hay pasajes que no se muy bien a donde quieres llegar. El titulo es un poco obvio, trata de ser un poco mas original la proxima. Despues todo lo demas esta bien. Sigue asi!
     
  2. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Es mi plan para cuando publique el capítulo 26 xD
    Espero que los próximos capítulos sean menos caóticos... o algo xDu Gracias de nuevo por las sugerencias, las tendré en cuenta para la siguiente parte de la historia.

    ¡Hoy hay doble capítulo y el próximo viernes también! Ya casi terminamos la primera parte ;_;!


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    • Capítulo 21: Defensa final

      Odio.

      Fue lo único que cobró fuerza en el corazón de Ayame después de varios minutos de batalla contra Maki, esa mocosa infeliz que por fin se dispuso a luchar, la misma que mantuvo su voluntad dormida hasta el momento en el que supo que nadie más que ella podía salvar a Daichi, aquella que había deseado y jurado lo mismo que Sayaka y sus predecesores: proteger su mundo.

      Proteger... aunque les costara la vida.

      Odiaba ese pacto tan absurdo.

      Después del resplandor, abrió los ojos y pudo contemplar, ante el dije del aire, la espada que había permanecido en el castillo durante nueve años, sin moverse, sin poder ser tocada, sin dudar en mantener la barrera de defensa alrededor del que fuera el hogar de su antigua propietaria por un tiempo breve, pero feliz. La voluntad de la chica de trenzas la había despertado, ahora era un objeto mágico a su servicio, y ella la observó sorprendida durante unos segundos antes de recobrar la seriedad y sujetarla con firmeza para ir al ataque.

      Por un momento, cuando vio que los conjuros y los movimientos de aquella guardiana inexperta se acercaban a ella con una precisión inverosímil, se preguntó si en realidad era incapaz de usar técnicas de ataque minutos antes; pero pronto se dio cuenta de algo sorprendente que justificaba sus aciertos: la pluma de Sayaka flotaba con gracia, con movimientos exactos que Maki seguía con la espada, siempre constante, sin detenerse por ningún motivo.

      Odiaba esa maldita pluma, ¿por qué Sayaka tuvo que dejarla?

      Siguió esquivando y contraatacando: viento arriba, cuerpo abajo, rayo esquivado; corriente a la izquierda, movimiento a la derecha, energía desperdiciada; corte cerca del piso, salto hacia atrás, ataque sin puntería. Lentamente, sin notarlo, la guardiana del rayo estaba perdiendo terreno y no lo supo hasta que sintió bajo sus pies el pasto del jardín, ese lugar que le traía tantos recuerdos felices y dolorosos al mismo tiempo.

      Odiaba el castillo.

      Y mientras hacía todo lo posible por recuperar el espacio que había retrocedido para llegar pronto con Daichi y seguir con el conjuro, encontró más detalles que hacían que su sangre hirviera sin control: esa mirada decidida de Maki-Sayaka, comprometida a detener a quien quisiera tocar a su amigo-amo; ese manejo preciso de la espada y esa habilidad de mover los pies sin temor a tropezarse, como si flotara, como si hubiera recuperado las alas que había sacrificado; esa pluma guía misteriosa que intentó destruir varias veces sin éxito, pues se conservaba dentro de una esfera protectora irrompible, como si la misma Sayaka estuviera cuidándola desde un sitio oculto, a la distancia.

      Supo entonces que odiaba recordar a Sayaka tanto en sus buenos como en sus malos momentos; pero lo que más le molestaba al recordarla era el hecho de verla siempre como un ente cambiante, jamás nítido, que en un instante parecía la mujer más feliz del mundo y en otro, sin razón aparente, se mostraba como un cuerpo muerto, un ser vagabundo entre las sombras que caminaba sobre los restos de su alma destrozada. Pero aún con ese montón de sentimientos encontrados, ella se negaba a renunciar a su deseo.

      —Ayame —le dijo cierto día—, ¿sabes qué es el deseo?

      Apoyada en la jamba derecha de un arco cercano al jardín, Ayame volvió el rostro hacia la persona que acompañaba cuando escuchó que le dirigía la palabra: recargada en el tronco de un árbol, una jovencita de catorce años de ojos cerceta miraba el cielo a través del follaje tupido. La luz que traspasaba la copa del árbol hacía que la gema de aire en el centro del dije resplandeciera al igual que un medallón de cristal con marco dorado que también pendía de su cuello.

      —Un poder misterioso jamás comprendido, ¿no es eso? —Cruzó los brazos y miró hacia arriba—. Todos han querido entenderlo desde que Mao creó nuestro mundo, y cada vez que alguien dice algo sobre el deseo, otra persona lo contradice o demuestra que no es tan sencillo definirlo o manejarlo. —Empezó a jugar con su cabello—. Llevas un buen rato ahí parada sin decir nada, ¿no se te ocurrió un tema de conversación menos complicado?

      —No es necesario que respondas lo que estoy diciendo si te sientes incómoda —contestó ligeramente molesta—, solo quería compartir con alguien lo que estaba pensando.

      “Pero en realidad tú no quieres hablar de eso con cualquiera, ¿verdad? Ni siquiera conmigo”, pensó, pero nunca se animó a decirlo en voz alta.

      —Bueno, te escucho.

      —El deseo es un poder misterioso que no debe ser comprendido, y si algún día pudiéramos hacerlo, perdería toda su efectividad mágica. —Tomó su dije plateado y comenzó a jugar con él mientras seguía monologando—. El deseo es un motivo que da un resultado, como cuando Mao creó el mundo porque quería encontrar un lugar para vivir en paz con sus seres queridos; aunque hay personas que piensan que el deseo es solo un sentimiento egoísta y desconsiderado. —Soltó el dije y miró por un momento la punta de sus pies—. Pero ¿qué pasaría si ese sentimiento egoísta y desconsiderado pudiera asegurar el cumplimiento de tu misión como guardián?

      Sorprendida, Ayame miró fijamente a su acompañante, quien había levantado nuevamente el rostro para perderse en ese cielo azul que tanto amaba.

      —Estoy segura de que podría proteger a todos de alguna manera si pudiera cumplir mi deseo —concluyó con una ligera sonrisa y un destello en los ojos que su interlocutora no esperaba ver jamás.

      —¿Y cuál es tu deseo?

      La de ojos violetas solo obtuvo un sonrojo de Sayaka como respuesta. Fue entonces cuando se dio cuenta de que ese deseo, en efecto, había nacido de un sentimiento egoísta.

      —Eh... —exclamó Ayame con cierto tono de burla—, ¿al fin estás admitiendo que tu prioridad es proteger a Nozomu?

      —¡No me malinterpretes! —dijo mientras agitaba los brazos en señal de negación e intentando no morderse la lengua al titubear—. ¡Nunca dije eso! ¡Estás concluyendo cosas que no son! ¡No es cierto que yo...!

      —Estás escondiendo lo que todo el mundo sabe desde hace tiempo, no me sorprendería que él mismo lo supiera ya —interrumpió la castaña, quien ya se había acercado lo suficiente para codear a la guardiana del aire—, ¿y qué?, ¿esto es un ensayo de cómo vas a declararle tu amor?

      —¡Ayame! —gritó indignada y doblemente apenada, con ese rubor que mancillaba su rostro y que se había extendido por él sin remedio.

      —Apuesto que él respondería de esta forma. —Abrazó a la chica de cabello blanco sin previo aviso y acercó peligrosamente el rostro al suyo—. “Sayaka, la verdad es que yo también...”

      —¡Espera! ¡Suéltame! ¡Estás muy cerca! ¡No estoy lista para esto! ¡Me estás avergonzando! ¿Qué tal si alguien nos ve?

      El forcejeo duró varios minutos. Cuando Sayaka logró liberarse de los brazos molestos de Ayame, ella la acusó de aguafiestas y dio media vuelta para ir a cualquier lugar indefinido, feliz por haber cumplido su perturbación diaria de corazones débiles; después de todo, su compañera más cercana, si no es que su mejor amiga, se había convertido en la víctima ideal de sus travesuras.

      Pero después de dar algunos pasos, la guardiana del rayo sintió una espina incómoda, una inquietud que le impedía seguir avanzando mientras no dijera algo para compensar sus actos.

      —Sayaka —la llamó aún dándole la espalda, sin mirar hacia atrás—, no importa si ese deseo es un motivo razonable o un sentimiento egoísta, lucha por él y no lo dejes ir.

      Se odiaba a sí misma. Quizá después de darle ese consejo amistoso, ella habría sonreído y pensado que era acertado, y su buena acción compensatoria habría sido el primer empujón firme para que ese sentimiento egoísta se transformara en una bola de nieve que no pudo ser detenida ni en el último minuto; o más bien, ella no tenía la autoridad suficiente para retractarse de lo dicho. “Piensa primero antes de actuar” hubiera sido un segundo consejo factible y complementario; pero ya era tarde para pensar en ello.

      Más bien, en ese momento tenía que preocuparse por lidiar con aquella sucesora novata, guiada paso por paso para atacar y defenderse de forma efectiva, aunque no era invulnerable: por cada diez rayos que Ayame invocaba, Maki recibía tres por no reaccionar a tiempo para contraatacar o crear muros de defensa; por cada cinco esferas de energía, dos la tocaban directamente.

      Pero Maki no estaba dispuesta a ceder y eso era peligroso para ambas: por un lado, ella podría ser derrotada y dar todo por perdido; por otro, su contrincante podría agotarse primero y alguna de las elementales lograría despertar a tiempo para terminar con la batalla. Aunque su objetivo consistía en derrotar a su enemiga, estaba consciente de que no podría conseguirlo con tanta facilidad a pesar de tener una guía experta y las mejores intenciones. Sería maravilloso permanecer en pie el tiempo suficiente para ver a su oponente caer, atarla, buscar la espada y regresar para lograr que Daichi volviera a la normalidad; pero era realista y sabía que, en el mejor de los casos, ambas caerían al mismo tiempo.

      Sin embargo, se había percatado de que la guardiana del rayo no atacaba de manera constante, más bien parecía que su mente vagaba en momentos aleatorios sin que ella o la pluma de Sayaka pudiera predecirlos: después de una serie de conjuros fuertes, casi devastadores, seguían otros tantos débiles y torpes que Maki aprovechaba para golpear con toda la fuerza necesaria. Tal vez, si la suerte la acompañaba, podría derrotarla por su cuenta.

      Ciertamente, Ayame sentía la necesidad de concentrarse y luchar sin tenerle consideraciones a su rival para continuar con su labor inconclusa; pero mientras más la veía, más recordaba a Sayaka y tenía más dificultades para volver al presente, a la batalla. El pasado la absorbía lenta y silenciosamente, le recordaba los momentos felices y tristes que vivió con todos después de su primera reunión, los consejos dados, las reprimendas, las bromas gastadas, las risas y los llantos. Se dejaba envolver lentamente por un espiral de frases y actos que siempre terminaban en el mismo punto: una misión fallida.

      En aquella ocasión despertó en el patio de entrenamiento, confundida, adolorida, aún sin poder usar magia. Su cabeza daba vueltas y sus pensamientos no tenían un orden claro: recordaba voces, escenas aleatorias, choques de espadas y un golpe que la había dejado inconsciente, aunque no supo quién se lo había dado.

      Su traición era lo único que recordaba con claridad.

      Como pudo, se levantó del suelo y caminó hacia la salida del castillo. Sentía las piernas pesadas (¿Qué pasó con Sayaka? ¿En dónde estaba?), apoyaba una de sus manos por los muros para no perder el equilibrio y seguir avanzando con lentitud (“Lo siento”, le dijo, y después pasó una ligera corriente eléctrica por su cuerpo para que se desmayara), veía con cuidado hacia todas partes dentro del castillo con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera decirle lo que había pasando (Pero ella ya no estaba en donde la había dejado, ¿cuándo despertó?), sentía que aquel lugar se había hecho más grande, quizá porque nunca anduvo por sus pasillos con tanta dificultad (¿Y Nozomu? ¿Había ganado la batalla?).

      Luego de muchos trabajos, Ayame llegó a la entrada principal del castillo y se apoyó en la jamba izquierda.

      —Estabas viva después de todo —dijo una voz proveniente del lado derecho de la misma entrada, en donde rápidamente se fijaron los ojos violetas para distinguir la figura de su propietario: el par de zapatos bajos color verde pálido, pantalones y camisa de manga larga a juego, un par de ojos rasgados de un azul claro peculiar, casi gris, cabello beige ligeramente largo, y una perforación en el lóbulo de la oreja izquierda de donde pendía un arete de cuarzo en forma de péndulo.

      —Por desgracia, tú también —respondió la guardiana del rayo para después colocar ambas rodillas en el suelo y descansar un poco.

      —Te ves horrible, me sorprende que aún puedas moverte.

      —Tenía que hacerlo. —Y se asomó lentamente hacia afuera para seguir buscando a quienes daba por perdidos; pero no vio a nadie. Más allá de los muros del castillo, todo se veía en paz—. ¿Has visto a Sayaka o a Nozomu?

      Una mueca se dibujó en la boca del chico pálido. Por un momento le pareció a Ayame que él quiso contenerla, pero le fue imposible: su risa en voz baja, casi inexistente, se volvía cada vez más intensa hasta que se convirtió en una carcajada tenebrosa, enloquecida, casi fantasmal, que la obligó a levantarse de su sitio nuevamente para acercarse a él y apoyar las manos en sus hombros para zarandearlo y hacerlo reaccionar; pero cuando iba a la mitad del trayecto, lo vio limpiarse las lágrimas y calmarse repentinamente.

      —Entonces es cierto que todo este tiempo estuviste inconsciente.

      Se detuvo más asustada que cuando escuchó la risa incontenible de su acompañante.

      —¿Todo este tiempo? ¿Qué quieres decir?

      —Ese viejo tenía suficiente poder como para mantener tu tiempo suspendido desde un sitio tan lejano, qué interesante —continuó hablando como si no hubiera escuchado sus preguntas.

      —¿A quién te refieres? ¿De qué tiempo suspendido hablas?

      —Así que no te has dado cuenta de nada —fue lo único que dijo antes de caminar hacia ella—. Bueno, tal vez sea mejor que lo veas primero.

      Sin tener tiempo de hacer más preguntas, sintió un empujón con la fuerza suficiente para hacerla pasar por lo que parecía ser un muro de defensa. Al levantar la mirada, no pudo dar crédito a lo que aparecía ante sus ojos: un escenario terrible, devastado, que le arrebató el aliento durante varios segundos: una consecuencia inesperada.

    • Capítulo 22: El final de la batalla

      Una ciudad que recordaba esplendorosa se había reducido a una serie de construcciones destruidas parcial o totalmente. El viento levantaba algunas nubes de polvo en ocasiones, el silencio era tal que cualquiera podría enloquecer si se exponía mucho tiempo a él, y ese panorama tan desolador le aterraba tanto que corrió para resguardarse detrás de los grandes muros del castillo para no seguir mirando el estado deplorable de la que era su ciudad natal.

      —¿Qué significa esto? —preguntó agitada, temblando.

      —Significa que no te hubieras dado cuenta de nada si yo no hubiera estado aquí en este momento.

      Odiaba la actitud arrogante de aquella persona y se lo transmitió con una mirada que no fue bien recibida.

      —Esa impaciencia tuya... —respondió con hartazgo—. Fue un empate.

      Nunca había escuchado que una batalla de esa magnitud terminara en un convenio de paz o en una declaración doble de derrota.

      —¿Y cuál fue el acuerdo?

      —¿Acuerdo? No concluyas cosas de más —contestó mientras se adentraba al castillo. Al verlo moverse, Ayame no tuvo más opción que seguirlo—. Cuando digo que fue un empate, quiero decir que ninguna de las partes logró realmente lo que quería: Sayaka logró derrotar a la reina negra; pero de la única forma que creyó posible y con un precio muy alto, sin contar que en realidad no lo hizo por lo que tanto alardeaba.

      —¿De qué alarde hablas?

      —“¿De qué alarde hablas?” —la remedó, acto que provocó un gesto de disgusto en el rostro de la guardiana del rayo—, ¿de cuál más? ¡Del que siempre estuvo repitiendo! —Imitó el timbre de voz de Sayaka de forma burlona—. “No importa lo que pase, haré todo lo posible por proteger a Nozomu, es mi deber y mi deseo”, esa idea estúpida de darlo todo, hasta la vida, por evitar que la reina negra llegara a Nozomu y, al oír tanto su insistencia, decidí dejarla a cargo del último muro de defensa. No creas que era mi plan original; de hecho, no cedí por ella, el mismo Nozomu me dijo que Sayaka sería perfecta para resguardar el castillo, no sé en qué estaba pensando, le tenía demasiada fe.

      Detuvo sus pasos. Ambos se encontraban ante la torre central del palacio, aquella que no tenía entradas posibles y que, al parecer, no habitaba nadie.

      —En todo caso, Sayaka está aquí.

      —¿En la torre?

      —No, aquí —y señaló hacia abajo para mostrarle a Ayame un objeto que la dejaría más confundida de lo que ya estaba.

      —Deja de bromear de una vez y...

      —Sí, tienes razón —concedió por primera vez el chico pálido—. En realidad, Sayaka está por todas partes; pero gran parte de su voluntad está ahí.

      La chica de ojos violetas no podía entenderlo: entre ellos y la torre, clavada en la tierra, la espada del aire resguardaba todo. Quiso empuñarla, pero una corriente de aire alejó su mano con amabilidad, como si su antigua propietaria le pidiera que la dejara tranquila.

      —Si levantaras la espada, destruirías la barrera que rodea el castillo; si la barrera cae, la magia del viejo se desvanecería por completo; sin la magia del viejo, el castillo se arruinaría con el tiempo así como se arruinó la ciudad. ¿No es maravillosa la magia del viejo?

      —Con el viejo te refieres a...

      —Al mayor de los guardianes —respondió de inmediato—. Pero el viejo acaba de morir y por eso estamos conversando.

      No tuvo tiempo para lamentarlo ni para terminar de saciar su curiosidad: nuevamente, los pies pálidos avanzaban hacia otra dirección.

      —¿Y adónde vas ahora?

      —Voy a ver a Nozomu.

      —¡Espera! ¡Yo también voy! —le dijo subiendo la voz, pues él ya había avanzado un tramo considerable.

      Luego de caminar varios metros en silencio, el par se detuvo frente a una pared con dos ventanas tapiadas muy distantes una de otra y sin más señales que les hicieran pensar que había algo detrás de ella.

      —¿Qué pasó con la puerta?

      —La escondió el viejo, pero en realidad sigue aquí.

      El chico de ojos rasgados acercó una de sus manos a la pared y cerró el puño para asir la manija de una puerta invisible, empujarla y entrar.

      Se encontraban en el salón del trono, bellamente tapizado y decorado, aunque abandonado y oscuro. La única luz que alumbraba parte de la habitación era la que pasaba a través de la puerta, pero bastaba con esa para que la castaña distinguiera, en el suelo, una gran caja cerrada de vidrio a la que se acercó con lentitud, perturbada, quizá deseando en silencio que su imaginación estuviera equivocada.

      No lo estaba, y la repentina debilidad de sus piernas la obligó a apoyarse sobre sus rodillas una vez más.

      —Aquí está Nozomu —dijo con voz sombría el guía de Ayame.

      Dentro de la caja de vidrio descansaba el cuerpo de un joven de cabello oscuro vestido con una túnica gris con bordados dorados, pantalones y botas negros. Bajo sus manos cruzadas sobre su pecho se resguardaba la espada del rey, el objeto mágico más poderoso de ese mundo, el símbolo del primer gobernante.

      —¿Cómo pudo ocurrir esto? —preguntó la guardiana del rayo, aún perturbada, sin intenciones de levantarse del piso.

      —Como predije —respondió con cierto resentimiento oculto—: Sayaka no tenía ni la fuerza ni la habilidad necesarias para mantener el último muro de defensa, la reina negra pudo acercarse al castillo, Nozomu quiso evitarlo y el resto es historia.

      Al escuchar aquel resumen sin detalles, Ayame sintió un escalofrío.

      —En todo caso —continuó el chico pálido—, hay muchos detalles que no entiendo. Por ejemplo, si la reina negra derrotó a Sayaka antes de llegar con Nozomu, ¿por qué no murió como el resto? Si en realidad luchó antes, ¿cómo es que al despertar tenía el poder necesario para vencer a la reina negra?, o más bien, ¿por qué despertó?

      —Si esas son tus preguntas, yo tampoco entiendo por qué sigues vivo si tu deber era proteger el penúltimo muro de defensa.

      —Y yo no entiendo por qué estabas dentro del castillo si tu deber era proteger el primero.

      Ambos, de alguna manera, estaban acorralados. Cualquier declaración mal planteada pondría al descubierto su culpa en todo el plan, y se mantuvieron callados durante un par de segundos, hasta que el guía retomó la palabra.

      —Lo más interesante de todo es que el cuerpo de Nozomu sigue aquí.

      —¿No es normal? Cuando un humano muere, su cuerpo permanece hasta que se descompone por completo.

      —Sería el caso si fuera un humano normal; pero el cuerpo de los guardianes se desvanece como el de Mao luego de repartir su voluntad, ¿nadie te habló sobre eso?

      Nadie le había enseñado nada sobre el destino inevitable de los guardianes mágicos... ¿o sí?

      —El suyo sigue aquí, y creo tener una idea de por qué; pero para probarlo, necesito que saques esa espada de ahí.

      —¿No puedes hacerlo tú?

      —Ya te conté todo lo que sé sobre cómo terminó la batalla, te mostré en dónde están Sayaka y Nozomu, ¿no sería un buen gesto de tu parte que me ayudaras con algo tan fácil como esto?

      Malhumorada, Ayame decidió acceder a la petición del chico pálido, cuya voz al responder parecía alterada, si es que ese mensaje podía ser considerado una respuesta.

      Luego de varias dificultades, la chica de ojos violetas había logrado sacar la espada, aunque sin funda. Intentó dársela a quien la había pedido, pero este la rechazó.

      —Sostenla ahí —pidió, y así lo hizo—. Solo quiero verla.

      La examinó detenidamente mientras recorría su silueta con la mano a cierta distancia: la estrella dorada de dieciséis picos en el pomo, símbolo de la luz reinante; una gema blanca en una punta de la guarda, una negra en la otra, cuatro joyas diminutas de colores en el centro de la empuñadura plateada con puño oscuro. Al principio de la hoja de doble filo, un hueco semicircular demostraba la ausencia de un adorno.

      Sonrió complacido.

      —Ya veo.

      —¿Qué descubriste? —preguntó interesada su acompañante.

      —Parece que el alma de Nozomu estaba aquí. —Y desplazó su dedo índice hacia el hueco de la hoja, el sitio en donde, años más adelante, Daichi colocaría el amuleto perfecto—. Por lo tanto...

      —...el cuerpo de Nozomu no puede desvanecerse si su alma está sellada, ¿es eso?

      —No eres tan tonta después de todo.

      Quiso ignorar el comentario descortés, pero su rostro la delataba y eso provocó cierto sentimiento placentero en el chico pálido, quien también gustaba de molestar y tratar mal a todas las personas que pudiera.

      —¿Existe algún modo de liberarla?

      —Hay uno que solo tú puedes llevar a cabo, pero quizá no quieras hacerlo.

      —¡Haré todo lo posible por liberar el alma de Nozomu! —dijo con convicción, sin pensarlo dos veces, sin preguntar siquiera por qué tendría que negarse, y eso le fascinó a su acompañante.

      —Bien. —Dio media vuelta y caminó hacia la salida mientras seguía hablando con Ayame—. Trae la espada, vamos a necesitarla, y esfuérzate por cerrar la puerta cuando salgas.

      Minutos después se encontrarían discutiendo los pormenores del conjuro de intercambio. Desde que la espada del rey fue forjada con un fragmento de los cuatro talismanes y de los dos resplandores, la corona del pacto se había comportado como un talismán que se incrustaba en el filo; por lo tanto, era la única parte capaz de detectar la existencia de un guardián sucesor digno de su poder. Si era cierto que esa parte de la espada había salido de su mundo (hecho que ninguno cuestionó, pues no les interesaba saber por qué había ocurrido), debió ser porque había encontrado al siguiente portador; pero si el sucesor estaba del otro lado, ¿cómo llegaría a ese mundo completamente aislado por los sellos de Mao?

      —Si la corona del pacto pudo salir, ¿por qué no hacemos un puente con la espada?

      —¿Un puente? ¿Eso es posible? —preguntó Ayame con incredulidad.

      —La madre de Nozomu lo hacía a veces, le gustaba experimentar con el vínculo entre mundos, ¿nunca te preguntaste por qué tenía un comedero para aves en un cuarto especial?

      —Alguna vez me dijo que en el otro mundo había un bosque pequeño en esa zona, que algunos pájaros de allá llegaban aquí por eso, y que el mismo comedero había elegido el lugar. Nunca me dijo que era un puente, pero me enseñó el conjuro para hacerlo.

      —¿Te das cuenta, Ayame? ¡Al fin serás útil para algo!

      Quiso lanzarle un rayo con todo su poder mágico, pero aún no lograba recuperarse, ¿cuánto tiempo más necesitaría para volver a usar magia?

      De cualquier manera, necesitaba conservar su energía para aquella misión que consumiría hasta la última pizca de su poder: conjurar la espada para atraer al sucesor, encontrar el sitio ideal para colocarla y esperar que el plan funcionara. No le preocupaba el tiempo que tardaran en encontrar a su nuevo usuario, pues volvería a detenerse cuando el sucesor del viejo apareciera; tampoco era necesario prepararse para despertar a tiempo, ya que su conjuro obligaba al nuevo propietario de la espada a ir hacia donde ella estaba, y cuando llegara, su simple presencia destruiría la barrera de defensa, terminaría con el hechizo que congelaba el tiempo y la despertaría. Deseaba verlo para seguir con el plan, deseaba liberar el alma de Nozomu, y con ese deseo en la mente, unos cuantos días después, cuando ya se sentía recuperada, ella y el chico pálido dejaron la espada en una mesa abandonada dentro de una construcción en ruinas, el sitio que la espada había elegido para quedarse: un lugar que pronto estaría repleto de objetos misteriosos, antiguos, de valor sentimental e histórico, el bazar que encantaría los sentidos de Daichi desde la primera vez que entrara a él.

      Solo les quedaba esperar que el sucesor del guardián mayor apareciera en ese mundo.

      —¿En dónde esperarás? —preguntó Ayame al saber que el chico de los ojos rasgados no volvería al castillo.

      —No te interesa.

      Había sido un compañero útil aquellos días, pero comentarios como esos le hacían recordar que lo odiaba.

      No dijo nada hasta que se encontró a unos pasos de atravesar nuevamente el muro de defensa que la voluntad de Sayaka sostenía y del que no saldría hasta después de varios años más.

      —Por cierto, ¿por qué te esfuerzas tanto en traer de vuelta el alma de Nozomu?

      —Soy su amigo, ¿se te olvida?

      Había omitido una razón tan simple en sus conjeturas que se sintió avergonzada de sí misma; después de todo, ella hubiera hecho lo mismo por Sayaka.

      —¿Y tú? ¿Cuál es tu motivo?

      Volvió el rostro por un breve instante para responder con una sonrisa:

      —Quiero preguntarle algo.

      Y reanudó su camino hacia el interior del castillo, sin escuchar la última frase de su colega.

      Mientras realizaba una de sus últimas técnicas de ataque en aquella lucha contra la sucesora de Sayaka, cuando sintió que la chica de trenzas estaba a punto de caer rendida por falta de energía, se recordó andando por los pasillos interminables del castillo para dirigirse a su habitación después de separarse del chico de ojos azul grisáceo. Al recibir un nuevo corte de espada en el brazo izquierdo, recordó cómo desvaneció su sonrisa imbécil cuando nadie más podía verla, cuando sintió que era seguro dejar de fingir amabilidad con el segundo guardián que más odiaba. Finalmente, cuando utilizó lo último que le quedaba de magia en una técnica que golpeó el cuerpo de Maki, recordó, mientras recuperaba el aliento, aquel deseo que mantenía en secreto y que no pensaba compartir con nadie: cuando el tiempo llegara, cuando el conjuro de intercambio estuviera completo, podría volver a ver a Nozomu, podría preguntarle al fin lo que quería, podría cumplir su misión.

      Con las rodillas apoyadas en el suelo frío, aún con la respiración agitada, Ayame sonreía por el placer que le causaba la idea de poder matarlo.
     
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    Última edición: 9 Jun 2017
  3. Sir Falco

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    Muy bueno. Estás manejando bien la trama. Pero me gustaria ver mas sinonimos, repetir la misma palabra varias veces queda monotono, trata de pensar en como puedes implementarlo. El desarrollo lo siento un poco forzado, relajate y piensa bien si las cosas pasaria de otro modo. Como siempre un gusto leerte. Esperare el proximo.
     
  4. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Trabajaré más en eso o.ó! Gracias! *Pega capítulos y se va a trabajar*

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    • Capítulo 23: Misión y deseo (primera parte)

      Ante los ojos de Maki, todo se tornaba difuso luego de recibir el último ataque de la guardiana del rayo: una columna de energía que caía sobre ella, un golpe preciso que le hizo gritar por más que quiso contener sus expresiones durante toda la batalla, un golpe que la hizo caer y soltar la espada sin remedio. Pero su ánimo no estaba dispuesto a ceder aunque hubiera previsto el escenario de la derrota: su mano temblorosa quiso recuperar el arma, pero le costaba demasiado trabajo alcanzarla y sus ojos comenzaban a rendirse a pesar de que repitiera en su mente que aún no podía rendirse, que aún no había cumplido con su misión, que solo necesitaba levantarse una vez más para darle el último golpe y obligarla a revertir el conjuro. “Aún no”, se decía, pero su cuerpo era incapaz de sostenerse.

      Frente a ella, con las rodillas apoyadas en el suelo frío, aún con la respiración agitada, Ayame sonreía con el placer que le causaba la idea de poder cumplir su deseo.

      Y sonrió hasta que su consciencia volvió a traicionarla.

      —Ayame, ¿cuál es tu misión?

      —Velar por la rectitud de Nozomu.

      —Ayame, ¿cuál es tu deseo?

      —Velar por la felicidad de Sayaka.

      —Ayame, ¿a quién de los dos vas a sacrificar primero?

      Entonces levantó el rostro y notó la presencia de un mal augurio: al lado de su contrincante se había detenido una silueta con capucha negra, amplia y gastada, sin rostro visible.

      —¿Tú aquí? —murmuró—. ¿A qué has venido?

      Aquella presencia le pareció tan misteriosa a Maki que no supo si se trataba de un sueño o si seguía despierta.

      La silueta encapuchada extendió su mano hacia la pluma que seguía flotando; acto seguido, una sombra, como una nube negra, rodeaba aquel resquicio de su predecesora hasta hacerlo brillar más y formar una silueta blanca, casi fantasmal, que pudo ver con más nitidez luego de que la nube se desvaneciera: la forma albina con mirada cerceta que tomaba la espada en silencio y que se acercaba a la chica de trenzas para acariciar su cabeza antes de que perdiera el conocimiento.

      El fantasma caminó hacia la chica castaña, quien había levantado su rostro sorprendido, confundido, quizá aterrado y furioso, pero extrañamente alegre, como si estuviera ante una escena que jamás hubiera esperado y que, al mismo tiempo, ansiaba contemplar.

      Por un momento creyó que el tiempo había retrocedido diez años.

      —Nunca pensé que te vería de nuevo —dijo Ayame con la voz temblorosa, pero no obtuvo más respuesta que el movimiento que la figura blanca hizo para clavar la espada en el suelo—. Más bien, no esperaba verte mientras yo siguiera viva —continuó—. En realidad, quería ver a Nozomu primero.

      Sayaka la miraba en silencio, sin emociones.

      —¿Sabes? Nunca me gustó verte así, parecías un cuerpo muerto o vacío, ¿por qué tienes que aparecer ante mí de esta manera?

      No hubo cambios en su expresión. La chica de ojos violetas sintió una punzada en el pecho.

      —No puedes hablarme, ¿verdad? Eres un fantasma después de todo.

      Separó ligeramente los labios. Parecía tener intenciones de responderle, pero una nueva serie de dudas y frases le impidió escucharla: “Ayame, ¿cuál es tu misión?”, “Ayame, ¿cuál es tu deseo?”, “Ayame, ¿a quién de los dos vas a sacrificar primero?”, “Ayame, ¿qué vas a hacer ahora?”, “Cumple con tu misión”, “Cumple tu deseo”, “Sacrifica a Nozomu, él no puede ser salvado”, “Sacrifica a Sayaka, ella no puede cambiar”, “Sacrifícate ante al mundo, no tiene la culpa de nuestros errores”, “Sacrifica al mundo, tu misión es más importante”, “Sacrifica a todos, tu deseo es más valioso”, “¿Qué has decidido?”, “¿A quién vas a salvar?”, “¿Qué esperas para decidir?”.

      Se cubrió los oídos con fuerza cuando las voces se tornaron más agresivas: “Elige”, “Piensa sin sentir”, “Siente sin pensar”, “Tu misión es vital para todos, tu deseo es egoísta”, “Tu deseo es noble, tu misión no amerita el sacrificio”. Su rostro empezaba a descomponerse y sus cuerpo temblaba: “Ayame, elige”, “Sigue la orden, Ayame”, “Sigue tu corazón, Ayame”, “Ayame, sacrifica a Nozomu”, “Ayame, sacrifica a Sayaka”, “Ayame, termina el conjuro”, “Ayame, revierte el conjuro”, “Ayame, mata a Nozomu”, “Ayame, mata a Sayaka”, “Mata al mundo, Ayame”, “Mata tu alma, Ayame”.

      —¡Basta! —gritó, pero las voces repetían sus líneas con más fuerza e insistencia cada vez que intentaba callarlas—. No voy a escucharlos, ustedes no saben nada, no pueden obligarme a decidir, no puedo regresar el tiempo para cambiar las cosas, ¡no van a arreglar nada con esto!

      Hacía todo lo posible por contener sus lágrimas mientras recordaba, imagen por imagen, las escenas de una batalla aterradora, la misma que Maki había soñado luego de ser atacada cuando llegó a ese mundo: la barrera invisible que envolvía la torre en el centro del castillo, una segunda que cubrió toda la construcción, las voces confusas de todos los elementales que daban señales de alarma. Los veía caer: unos lo dieron todo para proteger el castillo, otros fueron cegados por sus sentimientos, un error egoísta provocó que el plan de defensa se arruinara... y un final con sabor a derrota que no pudo ver, pero que creía imaginar sin saber que sus pensamientos estaban muy lejos de la realidad que jamás conocería.

      —¡Yo no quería que terminara de esa manera! —dijo temblando luego de cerrar los ojos en un intento fallido por ahuyentar aquellos recuerdos terribles—. Podría haber cumplido mi misión y mi deseo, estaba segura de que había una forma, ¿por qué todo se complicó tanto? Ahora tengo la oportunidad de enmendarlo, puedo traer a Nozomu de vuelta, puedo liberarlo para que vuelva al ciclo contigo, puedo hacerlo, ¡voy a hacerlo! ¡Este es el único modo!

      Abrió los ojos y levantó el rostro cuando una mano cálida se posó sobre uno de sus hombros. Esperanzada, la castaña creía que aquel fantasma aprobaría sus palabras; pero el movimiento negativo de la cabeza de Sayaka hizo que su desesperación aumentara.

      —¿Por qué? —le reclamaba—. ¿Por qué no estás de acuerdo? ¡Sabes que es el único modo! ¿Acaso Nozomu dejó de importarte?

      Sayaka desplazó la mano que había colocado en el hombro de Ayame hacia su cabeza. De inmediato, ella pudo ver una escena del pasado que no presenció en su momento, o al menos no con la claridad con la que podía verla a través de los recuerdos de Sayaka: la figura albina, afuera del castillo, invocó una flecha en cuya punta ató su joya representativa con la esperanza de acelerar el proceso de búsqueda de sucesor, con la determinación de que su acto no sería en vano, con ese deseo de proteger a Nozomu que se había convertido en algo más fuerte.

      —Caeruleus, sé que no puedo condicionar tus decisiones ni oponerme a ellas; pero escucha mi último deseo egoísta antes de que te libere. —Hizo una pausa mientras cerraba los ojos para hablarle con el corazón—. Permite que el siguiente haga lo que yo nunca pude: que permanezca a su lado en los momentos más difíciles y que comparta con él sus mayores alegrías; que logre fortalecer su corazón para encarar la adversidad que tendrá que vivir junto con el sucesor de Nozomu; que tenga el poder suficiente para enfrentar los más grandes peligros para protegerlo, y que tenga la oportunidad de hacerlo sonreír durante la tormenta para que su corazón no sufra como sufrió el nuestro durante la batalla.

      Con la esperanza de que su ruego sería escuchado y con el coraje de enfrentarse a la fatalidad, abrió los ojos para luego invocar un arco y disponer en él la flecha, apuntarla al cielo y susurrar su verdadero deseo antes de arrojarla:

      —Salva a Nozomu.

      Y la flecha disparada se transformó poco a poco en un ave misteriosa que se elevaba cada vez más hasta perderse en la inmensidad del cielo azul que ella amaba tanto.

      Luego de ver aquella escena, Ayame sintió nuevamente que le hervía la sangre.

      —Lo sabía —le dijo a aquella aparición para después mirarla a los ojos sin contener su ira—. Sabía que harías cualquier disparate por él, sabía que por alguna razón habías sellado en la espada lo que quedaba de tu existencia, supuse que conocías la situación del alma de Nozomu y que esperabas que alguien tuviera el poder de salvarlo, debí imaginar que rompiste las reglas. —Su voz comenzaba a perturbarse y fue incapaz de seguir conteniendo sus lágrimas, así como le fue imposible moderar el volumen de su voz—. Te lo dije cuando despertaste, ¿no es verdad? ¡Yo puedo traerlo de vuelta! ¡Yo tengo el poder para lograrlo! Aprendí el método para rescatar su alma, ¡solo yo puedo hacerlo sin que te sientas culpable por ello! ¿Por qué me detienes? ¡Puedo liberarlo y darle una muerte digna para que su existencia vuelva al ciclo! ¡Podrías reunirte de nuevo con él en algún momento! ¡Estoy haciendo esto por ti! ¡Quiero que seas feliz aunque sea de esta manera! ¿¡Por qué no puedes entenderlo!?

      Sintió la suavidad de un abrazo apenas visible.

      —Estás utilizando un conjuro con terribles consecuencias, ¿cómo puedo irme tranquila ahora que sé que te estás sacrificando por mí? —Su voz se endurecía al igual que su abrazo—. ¿Crees que quiero esto? ¿Crees que podré volver en paz al ciclo luego de ver que te devorará el Caos? Si el cumplimiento de mi deseo atenta contra tu misión y condena tu existencia... ¡Si el precio es tan doloroso, renuncio a mi deseo!

      Sorprendida, aún con los ojos llorosos, se percató de que el escenario había cambiado: hermoso, tranquilo, en donde volvió a escuchar la voz cálida y triste de Sayaka cuando se apartó ligeramente de ella para ver su rostro y secar sus lágrimas con cariño.

      —Lo he querido por mucho tiempo, pero...

      —Sigues sin aceptar que otros se sacrifiquen por tu deseo egoísta, ¿no es cierto?

      —Así es —respondió para después mostrar una ligera sonrisa melancólica—. Siempre aciertas en lo que voy a decir, no esperaba menos de ti.

      —Tienes un corazón muy blando.

      —Y tú tienes una cabeza muy fría en ocasiones, pero sigues siendo una persona amable, el papel de mala no te queda.

      Ambas sonrieron y se sentaron una al lado de otra.

      —Sobre ese día...

      —Era tu misión, tenías que cumplirla.

      —¡Pero yo...!

      —No te preocupes, fue lo mejor para todos en ese momento.

      —Y aún así...

      —Era inevitable, no podíamos salvarlos a todos en esas condiciones.

      —A pesar de eso...

      —Sí —dijo con convicción.

      —Eres tan tonta...

      Así, después de esa conversación que solo ellas podían entender, fue como Ayame finalmente sintió paz en su corazón. Aunque se mantuvo dormida durante años en el tiempo congelado después de enviar la espada a otro mundo para encontrar al sucesor de Nozomu, ella vivía en un sueño constante que parecía no tener final y que la mortificaba. Luego de despertar, su mente aprovechaba cualquier momento de tranquilidad para recordarle su odio, su ira, la traición a su causa; y todo derivaba después a un sentimiento de culpa del que no podía separarse. ¿Su compañera más cercana, si no es que la persona que más quería en ese mundo, podría perdonarla por obligarla a dormir en el momento más crítico de la batalla nueve años atrás? ¿Podría perdonarla por ese sacrificio que estuvo a punto de hacer para recuperar el alma de Nozomu de su prisión mágica? ¿Podría hablarle como siempre o, más bien, tendría la oportunidad de encontrarse de nuevo con ella para decirle todo lo que se había guardado durante tanto tiempo?

      —¿Sabes? —dijo la figura blanca de repente—. Hablar contigo siempre me hizo feliz.

      Pudo ver, por fin, el rostro de alegría plena que tanto anhelaba, y lo vio tan hermoso que sintió que su imaginación se había quedado corta.

      —Me alegra saberlo.

      Cerró los ojos para disfrutar aquel instante maravilloso, exclusivo para ella, en donde pudo descansar su cabeza en el hombro de Sayaka y sentir un viento cálido que mecía su cabello. Todas sus preocupaciones dejaban de pesarle, creía que atentar contra el orden del mundo después de ese momento no serviría de nada, que cualquier acción posterior a ese encuentro con el objetivo de traer a Nozomu de vuelta lo destruiría para siempre. La chica de cabello blanco había renunciado a algo tan valioso como su deseo para obligarla a detenerse, ¿cómo podía desobedecerla?

      —Sayaka —susurró mientras levantaba nuevamente la cabeza—, mi misión ha terminado.

      —Creí que asumirías el rol de guía de la nueva generación luego de revertir el conjuro para compensar todo lo que has hecho —respondió sorprendida tras ponerse en pie con rapidez.

      —Ellas estarán bien, son fuertes, encontrarán su camino y una forma de regresar el alma de Nozomu al ciclo; y aunque quisiera guiarlas, ninguna confiaría en alguien que intentó sacrificar a otros con fines egoístas. Además, no tengo otra alternativa.

      —¿Qué quieres decir?

      Ayame se paró frente a ella. Con confianza, levantó su mano izquierda para mostrarle el anillo gastado de su dedo meñique.

      —El único modo de revertir el conjuro, la forma menos dolorosa de hacerlo... ¿Me ayudarías a violar la quinta regla?

      —¿Estás segura? —preguntó Sayaka ligeramente preocupada.

      —Ahora lo estoy.

      —Eres tan rara...

      —¡Tú hiciste algo igual o peor! ¿Vas a juzgarme por esto?

      —Perdón —respondió arrepentida, avergonzada, y aquello hizo reír a su vieja compañera.

      El espacio recuperó los límites y las dimensiones del castillo cuando la antigua elemental de aire se inclinó para tomar su espada por última vez. Entonces se dio cuenta de que Ayame se había arrodillada ante ella y que apoyaba su mano izquierda sobre el piso para simplificarle la tarea.

      —Ayame —le dijo cierta tarde una mujer con vestido blanco y cabellera dorada—, existen cinco reglas no escritas sobre los talismanes y los resplandores que debes saber antes de que empieces a aprender técnicas de ataque y de defensa.

      La niña de once años no olvidaría esas reglas jamás.

      —Primera: los talismanes y los resplandores son los únicos que pueden elegir a su siguiente poseedor, los guardianes no podemos ir en contra de su elección. Segunda: cuando el portador de cualquiera de estos objetos es elegido y jura ante ellos, el alma y el cuerpo de ambos quedan enlazados. Tercera: ningún mago puede renunciar al control de la magia sobre las gemas y los resplandores a menos que el poseedor no haya realizado el juramento correspondiente o hasta que su sucesor tome su rol por órdenes de su maestro.

      Sayaka, quien levantaba ligeramente la espada ante la joven de dieciséis, había violado aquellas reglas con la esperanza de que alguien, en algún momento, pudiera salvar a Nozomu.

      —Cuarta: un alma sellada dentro de un objeto mágico no puede descansar ni volver al ciclo de vida y muerte hasta que sea liberada; pero si el talismán o el resplandor encuentra un nuevo poseedor durante el proceso, es imposible recuperarla.

      ¿Realmente era imposible? Si mantenía la fe, ¿alguien podría encontrar una forma en algún momento? ¿Realmente estaba bien dejar las cosas así y evitar que Nozomu volviera al ciclo?

      —Quinta...

      Un golpe firme de la espada del aire fue suficiente para romper la piedra del anillo.

      —...dado que cada talismán está enlazado con el cuerpo y el alma de su portador, la existencia de este se desvanece cuando la gema se rompe.

      Lentamente, el cuerpo de Ayame se desintegraba en finas partículas de color dorado ante la mirada fantasmal de la ejecutora, quien bajó su arma para ver el resto de la escena.

      Mientras su amiga desaparecía, un movimiento inesperado perturbó su ánimo por unos segundos: la castaña, en un acto arriesgado, la sorprendió con un beso en la comisura de sus labios.

      —Gracias —le dijo con suavidad, pero guardándose el resto del mensaje. Para partir de ese mundo de desgracias le bastaba con ese beso repentino, pues sabía que decir o hacer más sería inútil; después de todo, en el corazón de Sayaka solo existía una persona, y esa era el guardián que más odiaba, o más bien, el que más envidiaba: el mismo que debía vigilar para que fuera por el camino correcto, el que debía proteger de las malas decisiones que pudiera tomar.

      Su misión se había vuelto dolorosamente imposible desde el día en que vio a Sayaka sonrojarse.

      Pero podía irse tranquila. Estaba segura de que las sucesoras no necesitarían la presencia de ninguna de ellas, que podrían avanzar a través de la tormenta que, cuando llegara el momento, caería sobre todos.

      Deseaba que nunca ocurriera, pero el destino siempre ha sido ineludible.


    • Capítulo 24: Misión y deseo (segunda parte)

      Los últimos destellos dorados, resquicios de la existencia de Ayame, tomaban dos rumbos distintos: unos flotaban hacia la torre central aún protegida, mientras que otros se mantenían suspendidos en el espacio, esperando algo.

      En ese momento, la silueta de capucha negra se acercó unos cuantos pasos hacia el fantasma de Sayaka que también comenzaba a desvanecerse luego de cumplir con su última misión: evitar que Ayame, al igual que otro mago en el pasado, se perdiera en el caos del eterno remordimiento.

      —Debes hacerlo, lo sé —le dijo.

      Un sonido parecido al del viento nocturno le transmitió un mensaje.

      —Me gustaría —respondió—, pero sé que no podré dejarlo ir si voy contigo.

      Un segundo silbido y una mano señalando la torre.

      —Se desvanecerá cuando yo me vaya. No me queda mucho tiempo, será mejor que te apresures.

      La figura de negro, como una sombra, se desplazó por el castillo hasta llegar a la puerta del salón que se había mantenido oculta durante varios años.

      Lentamente, como si el tiempo fuera suyo, el ser misterioso reveló la entrada y la abrió en silencio. Avanzó hasta encontrarse frente a la caja de vidrio, que hizo desaparecer con un ligero toque de sus dedos. Mientras vigilaba que todo ocurriera de forma exitosa, pensaba que su decisión era la correcta, si no es que la única viable: no debía permitir que alguien, quien fuera, intentara siquiera realizar un conjuro tan poderoso y maldito como ese que estuvo a punto de terminar con la existencia de Daichi, y eso no volvería a ocurrir si se deshacía de uno de los elementos necesarios para ello. Cuando pudo encontrar la espada, era demasiado tarde para detener el destino: la corona de laurel ya había aceptado a su nuevo poseedor y él no podía atentar contra la regla de elección de los talismanes. Era imposible para él destruirla, pues el objeto mágico más poderoso de ese mundo fue creado para resistir los conjuros más poderosos de un mago. El tercer elemento, el cuerpo inerte de esa persona que tantos problemas le había ocasionado a Ayame, tenía que ser destruido antes de que el muro de defensa de la torre central, el que siempre se mantuvo intacto, se rompiera cuando la última muestra de existencia de Sayaka por fin se agotara.

      Luego de colocar la palma de la mano sobre el pecho de Nozomu y desvanecer su cuerpo en un instante, la sombra callada tomó la funda abandonada de la espada para custodiarla y se retiró de aquella habitación sin proteger su entrada de nuevo, pues ya no tenía motivos para hacerlo.

      La espada había sido liberada de su enlace con el pasado y podía, al fin, avanzar hacia el futuro, el que Daichi podría ver al despertar de su letargo, después de su experiencia en el vacío.

      Y antes de convertirse una vez más en una pluma de sus alas perdidas, la de ojos color cerceta presenció el primer movimiento del arma mágica al igual que las cuatro elementales que habían recuperado la consciencia.

      —¿Puedo pedirle un deseo a la estrella fugaz? —preguntó inocentemente Koharu, quien observaba el desplazamiento de un resplandor plateado que se dirigía hacia el castillo.

      —Eso no es una estrella fugaz —respondió Sachiko aún aturdida por la batalla cuando pudo ver que el resplandor absorbió una nube de partículas doradas.

      —¿Está bien que ninguna de nosotras vaya a ver qué es?

      —Nanami prohibió que nos moviéramos hasta que Hana despierte.

      —¿Y si es algo que va tras Daichi?

      Un silencio incómodo.

      —¡Debemos ir! —opinaron ambas; pero ninguna pudo avanzar más de cinco pasos: la elemental de tierra sintió un mareo repentino y tropezó con una roca; mientras que la niña, quien la seguía con pasos rápidos, no pudo detenerse a tiempo y cayó sobre ella.

      Nanami, quien atendía sobre su regazo a Hana desmayada, suspiró.

      —Sabía que esto iba a pasar —dijo con resignación para después endurecer sus palabras—. Son muy torpes cuando están cansadas, ¿por qué nunca me hacen caso cuando les digo que se queden quietas?

      —¡Ahí viene algo! —gritó Koharu mientras señalaba la entrada principal de su hogar temporal, por donde vio salir un punto brillante que fue distinguiendo mientras se acercaba a ellas: la pluma se desgastaba cada vez más rápido conforme se acercaba a la elemental de hierba hasta tocar su nariz y perderse por completo. Al desaparecer, Hana abrió los ojos de repente y, con un movimiento brusco, se sentó.

      —¡Espera!

      Las tres, extrañadas por aquella reacción, la observaron fijamente. Confundida, Hana miró hacia todas partes sin éxito.

      —¿A dónde fue Sayaka?

      —¿De qué hablas? —preguntó la pelirroja—. ¿Estabas soñando? ¿Delirando? ¿Te volviste loca?

      —¡La escuché! Me dijo que lo había hecho bien y... —Se desanimó de pronto—. Creo que se despidió de mí.

      —O sea que ella aún existía en la pluma —concluyó Sachiko—, ahora entiendo todo.

      —¿Qué descubriste, Sachi?

      —¿Y por qué seguimos aquí? ¿No deberíamos buscar a Daichi y a mi aprendiz inútil?

      —Ninguna de ustedes puede caminar —dijo Nanami de forma cortante.

      —¡Yo sí puedo! —Hana dio cinco pasos—. ¿Lo ves?

      Todas la vieron caer. Nuevamente, la mujer azul suspiró resignada.

      —¿Podrían hacerle caso a sus mayores al menos una vez en su vida?

      Ninguna pretendía hacerlo.

      Mientras tanto, el niño de ojos azules despertaba en un sitio oscuro, infinito. Recordaba las habitaciones del castillo de otra manera, ¿en verdad seguía en alguna de ellas?

      —¿Hola? —llamaba el niño repetidamente después de levantarse y caminar sin rumbo en busca de una salida de ese lugar, en donde sólo podía escuchar sus pasos mientras avanzaba a pesar del miedo que le causaba la idea de perderse para siempre.

      —Hola —respondió por fin alguien que no se mostraba ante él.

      —¿En dónde estás?

      —En todas partes.

      El niño se detuvo. La voz que le respondía era tan serena que no le causaba miedo. ¿Sabría cómo salir de ese lugar?

      —Quiero verte, ¿es posible?

      Escuchó pasos que se acercaban. Lentamente, en la oscuridad, una figura familiar aparecía ante él: zapatos negros, pantalones azules al igual que su suéter y su corbata, camisa blanca, anteojos grandes, feos y redondos.

      Un chico alto de cabello alborotado y ojos azules con porte tranquilo se detuvo ante él y el niño no pudo evitar maravillarse.

      —No esperaba esto —expresó con la madurez de un adulto.

      —No has llegado a esa parte de la historia para entenderlo.

      —Pero aún así creo que lo entiendo: si te hubieras mostrado como cualquier otra persona, mi reacción hubiera sido distinta y sería más difícil para ambos conversar.

      —Realmente eres un chico muy listo.

      —No lo suficiente como para encontrar la salida de este lugar. Llevo mucho tiempo caminando y lo único que he descubierto es que este sitio es interminable.

      —El vacío siempre ha sido así —contestó con franqueza mientras se acomodaba los lentes.

      —Conque así es el vacío —dijo el niño con un poco de tristeza—, ¿entonces ya no existo?

      —Estás bien, pronto podrás volver al mundo. Abriré una salida para ti enseguida.

      —¡Espera! —le pidió cuando su versión adolescente ya había dado media vuelta para cumplir su palabra—. Quiero preguntarte algo.

      —¿Tiene que ver con el pasado que no viviste o con el futuro que no vivirás?

      —No puedo preguntar nada de eso: las respuestas sobre el pasado que no viví no existen si no planteo preguntas y por ahora no he pensado en algunas con claridad; las respuestas sobre el futuro que no viviré desviarían mi camino y no quiero que eso suceda.

      —Algo sobre el presente, entonces —dedujo—. ¿Tiene que ver con...?

      —Tiene que ver contigo.

      Su interrupción causó que Daichi adolescente reflejara en su rostro un gesto de sorpresa antes de girar y ver al pequeño, quien por alguna razón se veía muy serio.

      —Dime —continuó Daichi niño—, ¿por qué me elegiste?

      Había sido derrotado.

      —Durante siglos he escuchado preguntas de todo tipo: “¿Qué debo hacer a partir de ahora?”, “¿Los siguientes elementales serán mis aliados o mis enemigos?”, “¿Podré casarme con la persona que amo?”, “¿Cuál era el objetivo de Mao al crear el mundo?”, “¿Puedes concederme un deseo?”. —Hizo una pausa—. Responder todo eso ha sido agotador, me recuerda que los seres humanos son egoístas; pero tú eres el primero que ha preferido hacer a un lado su curiosidad sobre sí mismo. ¿Por qué consideras que lo más adecuado en este momento es cuestionar mis decisiones?

      —¿Está mal hacerlo?

      —No, pero me intriga, ¿por qué te interesa tanto?

      —Porque el único objeto mágico con voluntad debe ver algo en sus poseedores para aceptarlos y servirles incondicionalmente, ¿no es así?

      Una sensación cálida recorrió todo su cuerpo y una sonrisa plena se dibujó en su rostro luego de escuchar las palabras del pequeño, ¿era eso la felicidad?

      —Te elegí porque eres Daichi, ¿no te basta con eso?

      —Precisamente por eso quiero saberlo.

      —Tal parece que serás un amo más problemático que el anterior —dijo con resignación—. Me gustaría contestar tu pregunta, pero fuiste tú quien dijo que no quería saber información que condicionara su futuro.

      El niño se sentía un poco decepcionado, pero comprendía la postura de su versión juvenil.

      —Pero puedo ayudarte a encontrar la respuesta.

      Metió la mano derecha en el bolsillo correspondiente de su pantalón para sacar un objeto que le mostró al niño: la corona dorada de laurel.

      —Esto es...

      —Algo importante, ¿cierto? —dijo mientras el pequeño Daichi tomaba lo que siempre trató como un amuleto de la suerte—. Cuando un talismán elige a un guardián mágico, este tiene que hacer un juramento con ella como señal de que utilizan su poder con un objetivo. Por medio del juramento, los guardianes nos aseguran que han aceptado una misión, ya sea impuesta o voluntaria, y que usarán la magia para cumplirla. Así es como estos objetos se convierten en una fuente proveedora de magia y en un recordatorio. —Señaló la corona de laureles—. Esta pieza que tanto has cuidado tiene una serie de atributos especiales, pero no se diferencia tanto de una gema creada a partir del espíritu de Mao, así que un guardián puede jurar ante ella, por eso la han llamado corona del pacto.

      Daichi niño se veía pensativo mientras contemplaba aquel objeto tan preciado para él.

      —Si existe algo que quieras con todas tus fuerzas, puedes ver ese motivo como una misión.

      —Entonces, ¿puedo hacerle una petición egoísta?

      —¿Por qué no? Siendo tú, tal vez no sea tan egoísta.

      “¿En verdad está bien que confíe tanto en mí?”, pensó mientras acariciaba su amuleto de la suerte para después mirar de nuevo a su versión adolescente. Pero no pudo plantearle su duda: la imagen de Daichi joven se desvaneció para revelar la figura brillante de la espada que flotaba ante el verdadero Daichi, quien notó que la corona de laureles de su mano se suspendía en el aire hasta colocarse frente a su espacio correspondiente en el filo del arma.

      —¿Cuál es tu petición?

      Pudo escuchar su voz que provenía de todas partes, como si en realidad hubiera hablado solo todo ese tiempo, como si el pacto no fuera con el talismán que lo había elegido. Al notarlo, titubeó por un momento: ¿iba a pedirle lo que estaba pensando a un objeto mágico o en realidad se lo estaba pidiendo a sí mismo?

      —¿Podrías recordarme quién soy yo?

      Nuevamente, la voz invadió cada sitio de la oscuridad.

      —No se trata de recordar quién eres, no lo has olvidado; tampoco se trata de aceptar por completo tus defectos si quieres y puedes cambiarlos. Si lo ves de esa manera, ¿qué quieres ser?, ¿cuál es tu verdadera petición?, ¿cuál es tu deseo?

      Mientras recuperaba su cuerpo de dieciséis años y repasaba todas las escenas de su vida que había olvidado por el conjuro de intercambio, una serie de ideas cruzaron por su mente: quería recuperar la confianza que había perdido, pero temía volver a ser el niño que se decepcionaba cuando las cosas no iban como esperaba; deseaba que sus palabras volvieran a tener el efecto de animar a todos, aunque también quería cumplir todo lo que decía, hacer promesas cuyo control pudiera estar en sus manos; si algo pudo entender durante aquellos días como niño impotente era la terrible sensación de querer ayudar sin poder hacerlo, el miedo a que su mundo colapsara sin hacer nada al respecto, la tristeza de tener poder y no usarlo, pero también el temor de depender de él.

      Entonces supo lo que realmente quería. Extendió la mano derecha para tomar la corona del pacto y decir su petición.

      —Deseo luchar por mi mundo.

      La espada escuchó el deseo y lo consideró bueno.

      Mientras caía para clavarse en el vacío, iluminar el espacio y mostrarle la salida a su nuevo amo, la voz que lo invadía todo dijo algo más antes de volver a perderse:

      —Su deseo era similar al tuyo.

      —¿Su deseo?

      Un brillo extremo lo obligó a cerrar los ojos y su pregunta, tan repentina como aquella frase, no pudo ser respondida.

     
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  5. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Bastante interesante. De nuevo, que los titulos de los capitulos sean el mismo es un poco fail para mi gusto :63:. Por otro lado, a veces no creo que quieres llegar a cierto punto pero resulta que no. No eres predecible, eso me gusta. Nunca caigas en la salida facil, lo barato sale caro al final. Mejoraste en el dasarrollo de la trama, pero trata de que los dialogos tengan un texto mas fluido y con mejor lexico. Todo lo demás muy bueno. Espero el siguiente
     
  6. Lillianne

    Lillianne Zutto, Kimi wo, Zutto~

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    Hola Metzi, ya volvi a leer la historia xD, me gusto de nuevo (?), noté los cambios que le hiciste, aunque mi memoria no es tan buena :v, igual me sigue gustando la historia, espero seguir leyendola.
     
  7. Umiko

    Umiko ♥~Vicky~♥

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    Hola, Metzi :3
    En la madrugada estaba aburrida y se me ocurrió entrar a este subforo que me encantaba en mi adolescencia, para buscar algo para leer =)

    Empecé a leer tu historia a las cuatro de la mañana, y me acabo de poner al día. Me encantó! La trama es re atrapante y está muy bien manejada. Gramatical y ortográficamente impecable. No pude parar de leer, jajaja.
    He de confesar que no soporto ni a Hana, ni a Koharu... pero siempre, toda historia, tiene al menos un par de personajes que me caen mal xD
    Me encanta tu estilo de escritura, y pienso que tanto los diálogos como las descripciones están muy bien alternados.
    Lo único que 'criticaría' sería que, en ocasiones, no hay un límite claro del pasaje de un punto de vista a otro, y eso genera confusión. Un par de veces tuve que subir a fijarme, nada serio de todas formas.
    Por cierto, las partes de confusión de los personajes te quedan increíbles! Transmiten muy bien la impotencia y desesperación. Es genial.
    En fin, estaré esperando con ansias el siguiente capítulo, hay muchas preguntas sin respuesta aún, y me consume la intriga, jajaja.
    Saludos n_n
     
  8. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Nunca había tenido tantos comentarios juntos en mi vida ;_; (bueno, sí, cuando escribía en el foro de Literatura hace diez años xD).

    La repetición del título en este caso fue porque originalmente los capítulos 22 y 23 correspondían al 13 y quería mantener la relación en alguna parte; pero los nombres mejorarán con la siguiente parte de la historia (o al menos no habrá más "primera parte" y "segunda parte").
    Me alegra saber que hay sorpresa, muchas veces me quiebro la cabeza con lo predecible que podría tornarse la historia en algún momento... y eso provoca que después termine corrigiendo toda la trama; pero puedo vivir con eso xD
    Sobre los diálogos, a veces noto detalles que logro corregir durante las revisiones de los capítulos, hay otros que se me pasan, y hay unos más que dejo a propósito no tanto porque a los personajes les falte léxico (ya sabes, Metzi, échale la culpa a los personajes ahora), sino porque siento que le da un poco más de realismo y/o ritmo (o porque me emocioné de más mientras escribía y no quise cambiarlos). Aún así, llegará un momento en el que pueda revisar con otros ojos esos diálogos para hacerles ajustes (no sé si en dos años o cuando termine las continuaciones, pero ocurrirá).
    Gracias una vez más =D

    TÚ!! AL FIN!!
    Gracias, ya falta menos para lo que siempre me dijiste que querías leer xD



    Yo tampoco soporto a Hana... y debo confesar que antes, en la primera versión de la historia, tenía peor carácter xD Lo de Koharu sí me sorprende un poco; pero es posible que después te caiga mejor (uno nunca sabe cuándo le caerá la madurez a estas criaturas =P).
    Veré qué puedo hacer con las perspectivas confusas. ¡Gracias y bienvenida de vuelta!

    Y ahora dejo esto rápido porque mañana madrugo, reaparezco tarde y dudo que me dé tiempo de sacarlo por la noche D:

    ---------------------------------------------

    Capítulo 25: La espada del rey
    Aunque habían superado una crisis capaz de alterar el ánimo de cualquiera, nadie hubiera imaginado que el despertar de Daichi originaría más reacciones que todos los acontecimientos ocurridos durante los días previos.

    Al recobrar la consciencia, Maki no quiso perder más tiempo: cuando Nanami terminó de curarla con su magia, no dudó ni un momento en levantarse y correr hacia la habitación en donde habían aislado al niño, sin mirar atrás, siempre seguida por el resto del grupo que no tuvo modos ni argumentos para detenerla, con más preguntas que respuestas: ¿Él seguiría ahí? ¿Ayame lo habría alcanzado mientras ella estuvo inconsciente? Aún lo recordaban, todavía podían hacer algo por él, tenía esperanzas, solo debía asegurarse de que todo estuviera en orden.

    Logró distinguir a Sachi echado un par de metros antes de llegar al cuarto abierto.

    —¡Daichi! —gritó cuando estuvo a unos pasos de la puerta, y la vio cerrarse frente a ella.

    —¡No entres! —respondió del otro lado un poco nervioso.

    —¡Tenemos que entrar! ¿Estás bien?

    —¡No! —insistió, y la chica de trenzas lo interpretó como una mala señal.

    —¿Qué pasa? ¡Abre la puerta! ¡No podemos ayudarte así!

    —¡No estoy presentable!

    —¿Presentable? —preguntó Koharu a unos cuantos pasos de la escena—. ¿A qué se refiere?

    El color rojo intenso en el rostro de Maki demostraba que lo había entendido.

    —¡No entren mientras no estoy! —fue lo único que pudo decir antes de dar media vuelta y perderse nuevamente entre los pasillos con pasos rápidos y tensos.

    Confundidas, aunque con cierto temor a cualquier represalia, las elementales decidieron enfocarse en revisar a Sachi, a quien nunca imaginaron como una pieza clave en la batalla. Al parecer, no había recibido golpes que pusieran en riesgo su vida ni mostraba heridas de gravedad, y todas felicitaron a su ama por criar a un lobo sano y fuerte.

    Cuando Nanami estaba terminando todo el procedimiento de curación del animal, Koharu pudo ver que la chica de trenzas regresaba aprisa con un pequeño bulto de prendas dobladas entre sus brazos.

    —¿Qué es todo eso? —preguntó.

    —El uniforme de Daichi.

    —¿No es muy grande para él?

    —Le quedará bien.

    Se detuvo al escuchar el ladrido del lobo.

    —¡Sachi! —dijo emocionada mientras se acercaba para abrazarlo—. ¡Me alegra que estés bien! ¡Hiciste un gran trabajo! ¡Me ayudaste a recordar algo importante! ¡Gracias por todo! ¿Quién es un buen lobo, eh? ¿Quién es un buen lobo?

    Conmovidas, las elementales permanecieron en silencio y observaron cómo la chica de otro mundo le hacía mimos al lobo-perro, quien parecía complacido. Un par de minutos después ocurrió algo que no comprendían: con gentileza, Maki puso el montón de ropa doblada sobre el lomo del animal, tomó una piedra que había encontrado en el camino y la arrojó hacia la puerta de la habitación. Cuando vio que se había abierto ligeramente, volvió el rostro hacia Sachi y le dio una orden:

    —¡Sachi, ve con Daichi! —Y obedeció.

    —¡No uses a Sachi como mensajero! —reclamó Hana—. ¿No era más fácil que lo hicieras tú?

    —No, nunca, jamás, imposible —respondía con nerviosismo, otra vez con el rostro sonrojado.

    —No entiendo —comentó inocentemente la niña pelirroja—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué Dai-Dai no quiso que Maki lo viera?... ¿Qué es un uniforme?

    —Era tan simple como seguir insistiendo —dijo la mujer azul.

    —Si eso no funciona, siempre puedes derribar la puerta —apoyó Sachi humana, quien recibía de vuelta a Sachi lobo.

    —Ninguna de ustedes ha tratado con un hombre, ¿verdad? —preguntó Maki un poco menos apenada.

    —¿Un hombre? ¿Qué es eso? —fue la respuesta de Koharu.

    —Solo he tratado con niños —dijo Nanami.

    —Yo vivía con mi abuela —informó Hana sin vacilar.

    —Sachi es macho, ¿eso cuenta? —Y el lobo ladró una vez más.

    “Un mundo de huérfanos, ¿verdad? Debí suponerlo”, pensó la chica de trenzas, quien golpeó su frente con la palma de su mano mientras las demás, en una escena increíble, mostraban su asombro ante el hecho de saber que el lobo era macho; después de todo, nunca se habían preocupado por conocer semejante información.

    El momento fue interrumpido por el sonido de una puerta que se abría. Ante la mirada de todas, un joven con uniforme azul y anteojos enormes apareció con timidez.

    —¡Ah, Daichi!

    —¿¡Daichi!? —exclamaron sorprendidas las otras cuatro.

    —Ho-hola —saludó—, m-mi nombre es Daichi Nakahara, mucho gusto.

    Miró hacia el piso y no dijo más.

    —¿¡Tiene apellido!? —preguntaron aún más sorprendidas después de un prolongado silencio.

    “¿Cómo no vi venir esto?”, volvía a pensar Maki, quien no sabía cómo sentirse ante aquella situación.

    —¡Dai-Dai ahora es alto! —dijo emocionada la elemental de fuego mientras se acercaba a él para observarlo mejor—. ¡Y se ve bien de azul! ¿Sabes quién soy? ¿Recuerdas lo que hiciste esta semana? ¿Podemos seguir jugando aunque hayas crecido?

    —S-sí a todo.

    —¡Bien!

    —Era más lindo cuando tenía siete años— cuchicheó la castaña de ojos verdes, y las dos elementales restantes, quienes por alguna razón creyeron que habían sido engañadas durante todo ese tiempo, asintieron con la cabeza ante el comentario.

    —¿Y eso qué es? —preguntó Koharu al ver una espada en la mano derecha del chico.

    —Es la espada que nos trajo a este mundo —respondió Maki mientras la observaba detenidamente: fuerte, reluciente, aún con un hueco en su hoja—, pero le falta algo.

    —¿Buscas esto? —dijo Daichi, y sacó de su bolsillo izquierdo la corona de laureles con el listón amarillo atado en la base—, me dijo que no puedo usar la espada aún, pero que puedo conservar la corona del pacto.

    —¿Te refieres al amuleto perfecto?

    —Sí —le explicó—, esta pieza fue llamada corona del pacto por cierta generación de magos, hace unos 150 años. —Lo vieron levantar la espada por un momento y señalar el hueco en su hoja—. La corona tiene los atributos de un talismán mágico, algo muy parecido a las gemas de los elementales; pero además representa un pacto de paz entre todos los magos. La espada fue creada para estar al servicio del rey en turno.

    —¿Ves? Te dije que era el heredero al trono —le dijo con orgullo Nanami a Hana, quien sintió que había perdido una apuesta.

    —No —respondió sorpresivamente Daichi, y la elemental de hierba sonrió burlonamente ante el gesto incrédulo de la hechicera del agua—. Que la espada esté al servicio del rey no significa que sea el símbolo de la persona con derecho al trono, más bien significa que su poseedor tiene la responsabilidad de proteger al rey.

    El chico de ojos azules empezó a caminar hacia el centro del castillo.

    —¿A dónde vas? —fue la pregunta de Maki.

    —A buscar respuestas —contestó para después reanudar su marcha.

    Todo se veía tan tranquilo que cualquiera dudaría de la realidad de los eventos ocurridos en el castillo durante esa semana; pero al grupo parecía no interesarle demostrar que habían vivido una situación extraña, le importaba más escuchar a Daichi, quien seguía hablando sobre el objeto mágico que ya le pertenecía.

    —En un principio, los seis guardianes decidieron que la persona que heredaría el trono después de la partida de Mao debía ser el protector de la rosa con su voluntad; es decir, quien naciera bajo su estrella, y desde entonces el guardián del equilibrio fue llamado Astrifer. Como Mao no creía en coronas, los magos consideraron que lo ideal sería crear un objeto mágico que identificara al Astrifer como rey y que le fuera útil; entonces cedieron un fragmento de los talismanes originales para que el artesano forjara una espada, la cual fue concebida no como un arma, sino como un símbolo de equilibrio del mundo: la unidad entre los elementales, el respeto hacia el rey y la protección de los habitantes. Pero después de varias generaciones, el Astrifer en turno renunció al trono y decidió aislarse del mundo al creer que había dejado de ser el más apto para gobernar. Los mismos guardianes consideraron que la espada, al ser un símbolo de equilibrio, no podía pertenecer a ninguno de ellos, por eso convinieron que lo mejor para todos sería asignarla a un nuevo guardián cuya única función fuera servir al rey. De ese modo, los guardianes le pidieron al artesano en turno que incrustara una corona dorada en la espada y eligieron un nombre tanto para la espada como para su portador: la espada, como objeto mágico creado originalmente para el rey, se llamaría Asteregius; mientras que el portador, como siervo fiel de las órdenes del gobernante, recibiría el nombre de Fidestella... o algo así.

    A pesar de haberse convencido de la veracidad de la historia, el chico de ojos azules no podía evitar pensar que los nombres de ambos eran demasiado rimbombantes o pretenciosos; pero podría vivir con ello siempre y cuando no fueran mencionados con frecuencia.

    —¿Cómo aprendiste tanto sobre la espada? —preguntó Hana impresionada.

    —Encontré una parte sobre Asteregius en El libro de Mao —contestó—; aunque por el título pensé que se trataba de un mito. —Cambió el tema de repente—. Por cierto, ¿sabían que sus gemas tienen nombres?

    Sachiko miró de reojo a Maki, quien por alguna razón sonreía complacida mientras escuchaba la información sobre el nombre de los talismanes. Supuso que ella estaba feliz al saber que la existencia de su amigo ya no estaba en peligro, por lo que decidió no preguntarle nada. En realidad, la chica de lentes sentía alegría por algo más: Daichi, a pesar de haberse vuelto tímido, aún conservaba su instinto lector y su habilidad de contar historias con soltura. Cuando él narraba algo, recuperaba parte de su seguridad.

    —Estuve pensando mucho cuando desperté: si la espada me eligió, significa que debo proteger al rey; pero ¿quién es el rey de este mundo?

    —¿Necesitamos un rey? —intervino Koharu—. En este mundo solo vivimos cinco personas: Nana, Sachi, mamá, yo y la Cara de palo.

    —¿A quién le estás diciendo Cara de palo? —reclamó la elemental de hierba, quien solo obtuvo como respuesta una mueca burlona por parte de la niña pelirroja.

    —Este lugar debe tener un rey, la espada perdería su función si no fuera de ese modo —continuó el chico en un intento por evitar que el comentario de la pelirroja originara una riña entre ambas—. Quién es y en dónde está es un misterio, pero creo que este es el lugar indicado para empezar a buscar una respuesta.

    El grupo se detuvo y miró hacia adelante: ante todos, la torre central del castillo tenía al fin una puerta.

    —¿Cuándo apareció la puerta? —preguntó Nanami.

    —¡Imposible! —exclamó Sachiko—. Hemos estado aquí por días y nunca la vimos.

    —La torre tenía un muro de defensa especial —dijo la elemental de hierba—, parece que se deshizo cuando la pluma de Sayaka se desvaneció. Pero ella no tenía la habilidad de ocultar objetos, ¿cómo pudo desaparecer la entrada de la torre?

    —No lo sé —contestó Daichi—. Cuando desperté, sentí la necesidad de venir, quiero saber...

    —¡Waa! ¡Hay muchas cosas aquí!

    —¿Cuándo entró la enana inútil? —preguntó Hana luego de escuchar la voz de la elemental de fuego, quien en algún momento de distracción general se había colado hasta la cima de la torre—. ¡No rompas nada!

    Rápidamente, el grupo subió varios escalones hasta llegar a una habitación amplia bien adornada y llena de objetos variados: un ropero con vestidos blancos de distintos tamaños y diseños, una cama amplia con pabellón, un baúl lleno de objetos extraños aparentemente sin valor, un espejo de cuerpo completo con un marco de madera, un escritorio pequeño con algunos papeles empolvados y un tintero seco, un par de ventanas pequeñas y un balcón que ofrecía una vista completa del jardín del castillo.

    Mientras el grupo contemplaba todos los elementos con los que contaba la habitación, la niña pelirroja descubrió una puerta más que abrió para seguir explorando. Comparado con la alcoba, aquel sitio era mucho más pequeño y estaba casi vacío: un arco decorativo al centro bajo el que se encontraba un pedestal con un cofre blanco custodiado por dos esculturas metálicas: a la izquierda, un petirrojo de oro; a la derecha, un ruiseñor de plata; y bajo las patas de ambos, grabados en placas del mismo material, un nombre para cada uno: Erithacus y Luscinia. Intrigada y entusiasmada por haber descubierto un tesoro, Koharu se acercó rápidamente al cofre para sacarlo de ese lugar y mostrárselo a todos; sin embargo, cuando su mano estuvo a punto de tocarlo, un par de lanzas cruzadas la obligaron a retroceder.

    El sonido producido por el choque de lanzas y la caída de la niña llamó la atención del resto de los elementales, quienes fueron a ver lo que había ocurrido. Encontraron ahí a dos personas que nadie conocía: a la izquierda, un hombre joven con rostro severo, cabello rubio cobrizo encrespado, ojos de la misma tonalidad, con un lunar en la zona inferior izquierda de la boca, vestido con una camisa amarillenta, media capa anaranjada con una línea roja y otra blanca que cubría su brazo derecho adornado por un broche con forma de medio sol, pantalones y zapatos bajos, ambos cafés; a la derecha, una mujer de edad similar con rostro sereno, cabello grisáceo que apenas tocaba sus hombros, ojos lilas, pecas sobre sus pómulos, vestida con una blusa blanca, una media capa azul con una línea violeta y otra blanca que cubría su brazo izquierdo adornado por un broche con forma de estrella, una falda lila con un corte que dejaba al descubierto parte de su pierna derecha, y un par de zapatos violeta oscuro con tacones pequeños.

    —¿Qué hiciste? —le preguntó Sachiko a la niña traviesa.

    —¡Yo no hice nada!

    —Lo niega —dijo él.

    —Eso es un problema —dijo ella.

    Habían comenzado un juego que seguiría durante varios turnos más: todo lo que el chico castaño decía era complementado o respondido por su compañera.

    —Bueno, en realidad solo quería mostrarles el cofre.

    —Ya no lo niega.

    —Pero no les ha dicho todo.

    —¡Está bien! —confesó molesta—. ¡Quería tocar el cofre!

    —Ahora lo afirma.

    —Debió hacerlo desde el principio.

    —En todo caso, ¿de dónde salieron ustedes? No estaban ahí cuando quise tocarlo.

    —Nosotros siempre hemos estado aquí, solo que estábamos sellados en el arco.

    —Nuestro tiempo y el del cofre fueron congelados desde ese día.

    —¿Ese día?

    La pregunta de Daichi llamó la atención del par misterioso, que se mostró sorprendido al verlo. Ambos abandonaron su sitio y se acercaron a él para observarlo con detenimiento: las miradas recorriendo su cuerpo una y otra vez le hacían sentirse inquieto a tal grado que consideró pedirle ayuda a su amiga de la infancia: “Maki, estas personas me están acosando, diles que paren”.

    Los dos acercaron el rostro a la espada para verla mejor.

    —Es él —dijo el de cabello cobrizo.

    —Es él y no lo sabe —respondió su compañera.

    Y miraron nuevamente el rostro del portador incómodo que desviaba la mirada: “Maki, te juro que yo no hice nada. Me crees, ¿verdad?”.

    —Eh... creo que lo han puesto nervioso —intervino al fin la chica de lentes; pero su mensaje no tuvo el efecto esperado: al escucharla, ambos fijaron la mirada en su pecho.

    —Fulgor Caeruleus...

    —...ha regresado.

    —¡Bien! —dijeron ambos y chocaron las palmas en señal de celebración.

    —¡Ah! ¡Estos son! —exclamó Nanami, y ambos la vieron con indignación.

    —¡No somos “estos”!

    —¡Tenemos un nombre!

    —Lo sé —respondió—. Pero antes de hablar sobre ello, ¿podrían dejar por un momento este juego de completar la frase del otro? Hay entre nosotros una persona que da mucho miedo cuando se enoja y parece que está alcanzando su límite.

    Todos miraron hacia la entrada: recargada contra la pared y con los brazos cruzados, Hana se mostraba claramente molesta.

    —¡Gracias por pedirlo! —dijeron ambos.

    —Esta mecánica es divertida a veces, pero mantenerla por siempre resulta agotador —continuó la chica—. Nuestra ama se ponía de buen humor cuando nos escuchaba jugar de ese modo, pasamos de ser guardianes a ser bufones reales.

    —Era un dolor necesario, verla deprimida era terrible —siguió el chico—; pero ustedes no están aquí para escuchar esa historia ni nosotros somos quienes debemos contarla, al menos no por ahora. Vinieron por algo, ¿no es cierto?

    El heredero de la espada quiso responder; pero los seres recién aparecidos no se lo permitieron.

    —Por cierto, él es Haruki, el guardián de la luz diurna; yo soy Mitsuki, la guardiana de la la luz nocturna. Somos los pajes de la reina blanca.

    —Si la pregunta es en dónde está la reina blanca, no se molesten, nosotros tampoco lo sabemos.

    —Si la pregunta es por qué no lo sabemos, lamentamos decirles que no tenemos una respuesta clara.

    —Si la pregunta es cómo pueden regresar a casa, no se preocupen, alguien afuera de la torre les dirá cómo volver.

    —Y si la pregunta es por qué nos apresuramos respondiendo preguntas que no han hecho, piensen simplemente que llevan mucho tiempo en este mundo y que deben irse ahora.

    —¿¡Eh!? —exclamaron sorprendidas las elementales nativas.

    —Pero... nosotros...

    —¡No hay tiempo! —interrumpió Mitsuki a Maki—. ¡Váyanse ahora!

    Y los pajes, sin darles más tiempo para protestar, dieron un golpe firme en el suelo con su lanza.

    El oportuno sonido de las armas evitó que los visitantes escucharan el crujido de la primera fisura del cofre.
     
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    Última edición: 23 Jun 2017
  9. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Bastante bueno. Creo que tienes un buen manejo de la historia, a medida que avanza creo mas que te estas guardando algo interesante. Espero el siguiente :62:
     
  10. Lillianne

    Lillianne Zutto, Kimi wo, Zutto~

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    Oh, termino el arco!!! que genial que ya venga la parte que tanto tiempo he esperado <3, vamos Metzi, sigue con la historia!!!, siento no haberme pasado antes, estaba ocupado y tú lo sabías o_ó.
     
  11. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 26: Regreso deseado

    En un abrir y cerrar de ojos, el grupo de magos se encontraba nuevamente en el jardín del castillo.

    —¡Pero no pude preguntarles nada! —se quejó amargamente Daichi, quien intentó entrar nuevamente a la torre, pero la puerta había desaparecido una vez más.

    —¡Qué personas más desagradables y groseras! —dijo molesta Koharu, quien aún quería explorar las habitación.

    —Quizá tenían una buena razón para echarnos.

    —¿Por qué los apoyas, Nana? Dai-Dai quería preguntarles algo y no lo dejaron, ¡no es justo!

    —No podemos presionarlos, y tú no deberías molestarte con ellos por ser groseros, tú fuiste la primera que perturbó su descanso.

    —¡Pero yo no sabía que estaban ahí!

    —En todo caso —interrumpió Sachiko la discusión antes de que se volviera agotadora—, ¿es cierto que hay alguien afuera de la torre que sabe el procedimiento para que regresen a su mundo?

    —Es cierto —dijo una voz que provino del árbol más grande del jardín—, y tiene que ser hoy.

    Las cuatro elementales de ese mundo se sorprendieron al escuchar el mensaje.

    —¿Es quien creo que es? —preguntó la elemental de tierra.

    —Seguramente —respondió su compañera de casa—, pero ¿cuándo llegó?

    —Hace un par de minutos.

    Lentamente, una forma familiar anunció su presencia con el sonido de sus pasos sobre la hierba: elegante, aunque misteriosa, con un vestido largo azul púrpura con cintas rosadas, ojos plateados y cabello violeta.

    —Verlas juntas de esta forma se siente un poco nostálgico.

    Fue entonces cuando los visitantes de otro mundo presenciaron una escena peculiar, quizá inimaginable: las cuatro elementales corrieron para abrazar al mismo tiempo a la recién aparecida, quien no tenía las extremidades suficientes para complacer a todas y decidió limitarse a ser bien recibida.

    —¡Mamá!

    —¿En dónde has estado?

    —¡Hace mucho que no te vemos!

    —¿Cómo has estado?

    —¡Te extrañamos!

    —¿Qué has hecho en todo este tiempo?

    —Tranquilas, tengan paciencia, ya habrá tiempo para contarles.

    —¡Maki! ¡Dai-Dai! —llamó la menor de todas mientras se acercaba a ellos—. ¡Nuestra madre ha vuelto!

    Los chicos habían dejado de comprender lo que estaba ocurriendo: primero, un par de extraños les dijo que debían marcharse de inmediato; después, por alguna clase de conjuro desconocido, todos se encontraban afuera de la torre; finalmente, el grupo de magas elementales se reunió con una persona a la que llamaban "madre" que aparentemente había desaparecido durante cierto tiempo y nadie sabía por qué. Estaban por anunciar su confusión cuando descubrieron, prendido en el pecho de la recién llegada, un objeto que les ayudó a desviar el tema: una rosa con pétalos de colores variados, aunque siempre en armonía.

    —¡Astrifer! —dijeron ambos, y se sorprendieron ante su coincidencia de voces.

    La portadora de la rosa dejó escapar de su boca un suspiro ligeramente molesto.

    —Ese nombre de nuevo. —Caminó hacia ellos mientras seguía hablando—. Aunque aceptamos ese nombre por parte de los pobladores, el primer nacido bajo la estrella de Mao quiso llamarse de una manera más sencilla. —Se quitó el prendedor por un momento para colocarlo en la palma de su mano derecha y lo observó con seriedad—. La historia dice que quien hereda la voluntad de Mao no se doblegará ante nadie ni nadie podrá lastimarlo por ello, no concederá privilegios a nadie sobre los otros y todos lo respetarán como la respetaron a ella; es decir, el portador de la rosa se mantendrá en una posición neutral ante todos los sucesos del mundo. Por lo tanto, él quiso que se refirieran a nosotros como guardianes del equilibrio. —Hizo una pausa mientras volvía a colocar el prendedor de rosa en su lugar—. Pero ustedes pueden llamarme Hitomi o Mamá, como lo hacen estas niñas.

    —Mamá —se quejó la pelirroja mientras jalaba el vestido de Hitomi—, en la torre hay dos personas muy molestas que nos echaron de ahí.

    —No te enojes con ellos, tenían sus razones.

    —¿Qué razón puede ser tan fuerte como para ordenarnos que nos fuéramos?

    —Una muy importante. —Y miró de nuevo a los visitantes de otro mundo—. Estos chicos deben volver a su mundo, pero regresarán aquí algún día.

    Sorprendidas ante esa respuesta inesperada, las magas nativas se vieron mutuamente y no supieron qué decir al respecto, y lo mismo ocurría con Maki y Daichi, cuyas emociones parecían mezclarse en un remolino: aunque estaban emocionados por poder estar de nuevo con las personas que no habían visto durante una semana, se habían acostumbrado al escándalo y a la alegría del castillo a pesar del momento crítico que habían superado recientemente.

    Pero pronto se percataron de algo: la guardiana del equilibrio había dicho que volverían algún día, ¿podían confiar en su palabra?

    —¿Cómo puedes saber que volveremos? —preguntó la chica de trenzas.

    —Lo sé porque Yuki lo dijo.

    —¿Yuki?

    —La persona que puede ver el pasado y el futuro —respondió—. Yuki al fin encontró al heredero.

    Parecía una coincidencia sospechosa: justo cuando el chico había perdido la esperanza de saber a quién debía servir, aquel personaje nuevo estaba por revelar el misterio. Su amiga, por otra parte, no sabía cómo reaccionar ante lo que ocurría en ese momento: con un movimiento de la mano izquierda de Hitomi, una delgada cadena dorada con un cascabel y un dije de cristal incoloro apareció sobre su palma derecha, y antes de siquiera preguntar qué era ese objeto, la guardiana del equilibrio ya se lo había entregado.

    —¿Eh? ¿Yo? ¿En verdad? Pero...

    —No te emociones —interrumpió la elemental de hierba—, un elemental no puede recibir ni utilizar dos fuentes de magia al mismo tiempo.

    —Aunque Yuki puede verlo todo, da algunas pistas solo cuando considera que debe revelar algo importante, aunque descifrar sus palabras es una labor muy complicada —continuó la guardiana del equilibrio—. Hace seis años apareció de repente únicamente para decirme que los elementales se reunirían de nuevo; pero no entendía cómo iba a ocurrir eso si no teníamos pistas de la gema del aire ni de la estrella blanca desde hace nueve años. Decidí enseñarles a las niñas lo básico; pero me inquietaba saber que los elementales faltantes aún no habían aparecido, entonces decidí buscarlos por mi cuenta.

    —¿Y por qué no nos lo dijiste? —preguntó Sachiko—. Podríamos haberte ayudado.

    —Era imposible que lográramos algo entre todas de cualquier manera; además, si hubieran estado conmigo, seguramente no hubieran podido ayudar a estos chicos.

    Su motivo era razonable y ninguna de sus hijas se atrevió a contradecirla.

    —De cualquier manera, Yuki me encontró primero, me dio eso y me dio una pista: "Al otro lado". Me desagrada su comportamiento, pero es parte de su deber, no me queda más que resignarme.

    —"Al otro lado" quiere decir...

    —No lo había entendido hasta ahora —contestó a la pregunta no planteada de Daichi—. La prueba de que el heredero de la estrella blanca existe fuera de este mundo es el hecho de que ustedes estén aquí. Las únicas pistas que tenemos, además de la frase de Yuki, son el cristal y el cascabel, así que no los pierdan. Pero más importante que eso... ¿Esa es Asteregius? ¿Puedo tocarla?

    Sin dudarlo, el chico de ojos azules estiró los brazos para dársela. Luego de contemplarla por algunos segundos, Hitomi levantó el rostro para decirle algo con voz ácida, inesperada, tal vez con la intención de reprenderlo:

    —La próxima vez que vengas, no le des la espada a nadie por más confiable que sea.

    Lo demás ocurrió en cuestión de segundos: Hitomi clavó el objeto en la tierra para liberar sus manos y aparecer un nuevo objeto, el cual colocó en las manos del joven, quien no tuvo tiempo de saber de qué se trataba, ni de preguntarlo, ni de decirle que recordaría su consejo la próxima vez, ya que un círculo de luz en el suelo los hizo desaparecer de inmediato.

    Las preguntas llegaron cuando el halo del suelo y el par de otro mundo desaparecieron.

    —¿Por qué hiciste eso? —preguntó Koharu—. ¡Siempre me has dicho que no haga cosas peligrosas sin avisar! ¡Yo quería despedirme de ellos!

    —Este es un ejemplo perfecto de por qué no debes hacerlas.

    —¿Qué le diste a Daichi a cambio de la espada? ¿No era suya? —dijo Nanami mientras intentaba tocarla, pero una barrera invisible se lo impidió.

    —Asteregius le pertenece, pero no le servirá de nada en su mundo. Además, parece que ha decidido esperarlo aquí, procuren no perturbarla.

    —¿Nos extrañarán? —Era la duda de Sachiko.

    —Ni siquiera van a recordarnos.

    —¡Espera! —protestó Hana—. Si no van a recordarnos, significa que van a olvidar todo lo que ocurrió durante esta semana, ¿estoy en lo cierto?

    —Estás en lo cierto. Sus recuerdos se quedaron aquí. —Y les mostró un par de esferas de colores que ocultó con rapidez.

    —¿Y cómo van a saber que deben buscar al guardián blanco si nunca se los pediste? ¿Cómo van a regresar a nuestro mundo si no recordarán nada?

    La mujer de ojos plateados guardó silencio durante un instante largo, casi eterno para las elementales que esperaban una pronta respuesta.

    —¿Quieren que les cuente en dónde estuve todo este tiempo?

    Las reacciones no se hicieron esperar.

    —¡Eso no es justo!

    —¡No puedes cambiar el tema de esa manera!

    —¡Queremos respuestas!

    —¡Más te vale que sea una historia interesante!

    —Sí, sí. Vamos a casa.

    —¿De qué casa hablas?

    —¡Vamos a la nuestra!

    —¡No, la mía es mejor!

    —¿Eso es una casa?

    —¡No vuelvas a decir eso!

    —Mejor quedémonos aquí.

    —El castillo es feo, hay que remodelarlo.

    —¿Y quién lo va a hacer?

    Las voces se perdían conforme el grupo avanzaba por los largos pasillos. Las cinco, animadas después de aquella crisis que estuvo a punto de terminar con la existencia de Daichi, tenían una nueva misión: hacer los preparativos necesarios para vivir en paz en su nuevo hogar, siempre en espera del regreso de sus colegas de otro mundo y con el deseo de conocer pronto a la reina blanca.

    Oscuro. Escenas que se mezclan. Siluetas que aparecen y desaparecen.

    Un grupo de nueve personas, nueve espadas, nueve sobrevivientes.

    Una estrella plateada que se revela tras la tormenta.

    Un deseo.

    "Con esta espada lucharé por mi mundo"

    —¡Los odio!

    Una voz aguda obligó a Daichi a volver al presente.

    —¿Por qué no me esperaron? —reclamaba Kasumi, quien caminó desde la entrada hacia la zona en donde se encontraba la vitrina del libro antiguo, donde sus amigos reflejaban confusión en sus rostros—. ¿Por qué me ven así? ¿Tengo algo en la cara?

    Ninguno supo qué responder, pero no fue necesario: la recién llegada cambió el tema al ver el objeto que el chico de cabello negro tenía entre sus manos.

    —Era ese, ¿verdad?

    Reaccionaron por fin: en las manos de Daichi había un libro grueso con cientos de hojas amarillentas que no supieron cuándo habían encontrado.

    —¿Era este? —se preguntó mientras lo abría para hojearlo y descubrir las ilustraciones de las que se había enamorado varios meses atrás.

    Volvió a sentir esa necesidad de tenerlo, de llevarlo consigo, de tocar hasta la última hoja, de leer hasta la última letra, de disfrutarlo cada segundo.

    —Disculpe —preguntó Kasumi al encargado, que al fin había aparecido—, ¿ese libro tiene descuento?

    El encargado miró hacia donde estaba el chico, quien no se percató del momento exacto en el que cambió su gesto de confusión por uno de súplica, como si estuviera rogando en silencio que le regalaran el libro. Decidió apiadarse de él.

    —Llévatelo antes de que me arrepienta.

    Por primera vez en mucho tiempo mostraba su gesto de alegría incontenible, y era tanta que sus amigas pensaron que estaba a punto de llorar.

    —Y tú puedes llevarte ese collar, no vale nada —le dijo el vendedor a Maki, quien no entendió hasta ver en su mano la cadena dorada con el cristal y el cascabel, ¿qué hacía eso ahí?

    —Bueno, si va a regalarles mercancía a ellos, yo también quiero algo.

    Y Kasumi se dispuso a buscar por todo el local algún objeto que le agradara. Mientras lo hacía, la chica de lentes intentaba recordar cuándo tomó el collar o en dónde lo había encontrado; pero fue imposible. Después de darle muchas vueltas al asunto, se convenció de que su distracción matutina se había prolongado más de la cuenta, sintió que debía concentrarse en lo que estaba haciendo o sufriría un accidente en cualquier momento, tenía que volver a ser la chica de siempre, debía volver a casa con la mirada en alto, despreocupada y atenta, necesitaba despertar de ese sueño extraño en el que parecía vivir desde que abrió los ojos ese día, ¿o acaso seguía soñando?

    La calidez de una voz que pronunció su nombre le hizo comprender que todo era real. Al escucharlo, volvió el rostro hacia su amigo de la infancia, quien miraba hacia el piso para evitar verla a los ojos.

    —Gracias —tartamudeó.

    —¿Por qué me agradeces?

    —No lo sé —respondió—, de repente pensé que debía agradecerte porque no me has olvidado.

    Aquella respuesta le pareció muy extraña, pero de alguna manera le alegró la tarde.

    —¡Quiero esto! —gritó la castaña de ojos verdes, y Daichi se asustó tanto que sintió un escalofrío y abrazó su libro nuevo contra su pecho, siempre mirando hacia abajo.

    —De acuerdo, puedes tenerlo —autorizó el encargado.

    —¡Mira, Maki! —dijo mientras caminaba hacia sus amigos por segunda vez—. ¡Se parece a tu dije!

    Ambos contemplaron lo que Kasumi tenía en la palma de su mano derecha: un broche hecho con cinco alambres plateados que formaban un abanico con una piedra parecida a un diamante.

    —No realmente, pero parece que el concepto es el mismo.

    —Esto también es un amuleto, ¿verdad? —Se acercó al chico con un par de saltos—. Dai-Dai, ¿este amuleto de qué es?

    Lo vio parpadear varias veces antes de escuchar su respuesta.

    —¿Un amuleto elegante?

    —¡Vamos! ¡Piensa en algo más original!

    —Entonces... ¿uno para no hacer compras compulsivas?

    —¿Por qué existiría un amuleto para eso? ¿Qué intentas decirme?

    La discusión continuó hasta que los tres llegaron a la puerta, desde donde le agradecieron al vendedor por los regalos y se despidieron de él para retomar su camino hacia sus respectivos hogares sin ver que el encargado le daba la vuelta al letrero colgado en la puerta para anunciar que el negocio había cerrado.

    Volverían a la rutina al día siguiente: despertar, ir a la escuela, encontrarse, despedirse, regresar a casa, dormir, entre otras actividades fuera de lo tradicional; pero ninguna incluía volver a comprarse regalos poco convencionales en aquel local que, en menos de tres segundos, parecía haber estado abandonado por mucho tiempo.

    Volverían a reír, a llorar, a burlarse unos de los otros, a jugarse bromas pesadas, a discutir por nimiedades, a tomar decisiones importantes, entre otras emociones que les esperaban día tras día; aunque ninguno se sorprendería al ver los muros gastados de aquel lugar en ruinas con los muebles empolvados si alguna vez quisieran andar de nuevo por esa calle poco transitada.

    Volverían a su vida normal sin reparar ni preocuparse, al menos mientras no volvieran a esa calle, por la desaparición repentina del bazar de curiosidades.

    • • • • •

    Y con esto termina la historia.
    *Ve venir las multitudes enardecidas*
    Ehm... y con esto termina esta parte de la historia.
    *Se van las multitudes enardecidas*
    ¡Puaj! Me salvé xD

    Bueno, este es el final del arco 1 de El deseo de Nozomu. Mi plan (casi promesa) es comenzar a publicar la secuela a partir del 4 de agosto, incluso quería comenzar la próxima semana; pero primero debo darle una revisión general al menos a los primeros seis capítulos y eso puede que me lleve todo el mes de julio (que alguien haga mi trabajo, por favor t_t).

    Muchas gracias a quienes han seguido la historia hasta el momento, sobre todo a quienes han dejado comentarios y sugerencias que tendré en cuenta durante la revisión de los capítulos que ya tengo más o menos listos y en la escritura de los que todavía me faltan (ya no sé ni cuántos me falten para terminar, creí que el arco 2 iba a ser más breve que este y resulta que ya superé los 26 capítulos xD).

    En fin, si alguien está interesado en tener todos los capítulos juntos en una bonita edición, dejaré por acá un archivo en PDF (con todo y la portada que Kwondhe me hizo el favor de dibujar... y que yo tuve que arruinar con mis nulos dotes de colorista xDu). En el blog de Proyecto Boom!! (sí, todavía existe) dejaré unos cuantos extras la próxima semana.

    Nuevamente gracias por leer. Nos leeremos pronto ;D
     

    Adjuntos:

    • EDN1.pdf
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  12. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Vas muy bien. Sigo pensando que el tu mayor flaqueza es el manejo entre dialogos y redacción. Pero tienes una manera de escribir con tu sello propio, eso tambien es algo bueno. De igual forma creo que tu historia es buena y tienes personajes que se disfrutan. Sigue asi y espero leer mas
     
  13. Lillianne

    Lillianne Zutto, Kimi wo, Zutto~

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    oficilamente termino!! y Kasumi obtuvo su amuleto, espero que no demores mucho con la actualización, mira que esperar a agosto es muy duro, al menos sube el capitulo 1 :c.
     
  14. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    logos3_El deseo de la luz.png

    Buenas o.o^

    Luego de este grande y maravilloso descanso de un mes, declaro oficialmente comenzada la publicación de la segunda parte de El deseo de Nozomu.

    Según yo (bueno, según el contador de palabras del procesador de texto que uso xD), este arco es más largo que el anterior a pesar de tener la misma cantidad de capítulos (si no es que crece uno más durante el proceso de corrección). Espero que lo disfruten mucho y que llegue a más gente.

    Esta es la (mal lograda) sinopsis:


    Tres meses después de los acontecimientos ocurridos en La misión del rayo, Daichi y Maki vuelven al mundo en ruinas para retomar asuntos pendientes y olvidados, para fortalecer sus enlaces entre sí y con los demás, y para acompañar a un nuevo personaje cuya presencia, aunque será vista por todos como una bendición, podría condenar a su mundo al desastre.

    Como hice con la parte anterior, actualizaré cada viernes (o los jueves por la noche, depende de las circunstancias xD). Nuevamente gracias de antemano por leer y esperaré sus comentarios =D

    ------------------------------------------------------------------

    Capítulo 1. Viernes

    Recargado en los barrotes de la reja que marcaba los límites entre su libertad y su deber, escondiendo lentamente las manos en un par de guantes negros, Daichi esperaba en silencio la llegada de alguien. Exhausto, aburrido, en un intento desesperado por no cerrar los ojos y quedarse dormido de pie, echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar de su boca una diminuta nube de vaho que se elevaba hacia el cielo ligeramente nublado y desteñido en aquella tarde fría del segundo viernes de febrero.

    Mirar hacia cualquier punto aparentemente vacío se había convertido en un hábito muy útil para relajarse, despejar la mente y pensar en todo y en nada. En ese momento, por ejemplo, se preguntaba una vez más sobre el orden de sus lecturas pendientes para cubrirlas durante las vacaciones, calculaba de nuevo la cantidad de tiempo que podría invertir en ello y estimaba el número de llamadas e interrupciones que la persona esperada le haría para invitarlo a salir. Pensaba en la estrategia perfecta para establecer un nuevo récord de lectura, uno que pudiera superar al año siguiente y que su madre no desestimara cuando se lo mencionara. Imaginaba su rostro sorprendido, su expresión de incredulidad y su reprimenda segura al ver el desastre que habría en su cuarto o en la habitación que destinaron tras su mudanza para los libros que pertenecieron a su padre, ese sitio que ella quiso desocupar muchas veces y que su hijo limpiaba con dedicación cada vez que la cantidad de polvo acumulado le picaba la nariz. Pensaba entonces en lo que sería de su vida cuando llegara a reunir una cantidad similar de historias en pasta blanda y de reliquias en pasta dura; pero después de varios segundos de arduo esfuerzo mental se dio cuenta de que preocuparse por ello a esas alturas no lo llevaría a nada.

    Fin de la reflexión de la tarde.

    Su momento de mente en blanco fue interrumpido por un par de movimientos que logró percibir de reojo: a su lado, sin decir nada, quizá disfrutando del silencio, su amiga de la infancia había acomodado una vez más su bufanda turquesa alrededor de su cuello y metió sus manos heladas en los bolsillos de su suéter. Luego, en un intento por entretenerse y por entrar en calor mientras llegaba la persona esperada, comenzó a mover los pies mientras los contemplaba: talones, puntas, cuerpo hacia arriba, hacia abajo, adelante, atrás... Y el chico, hipnotizado, sintió nostalgia con la repetición de aquel extraño ritual, de esa vieja costumbre de los días tranquilos y silenciosos en los que él, como siempre, se perdía intencional o accidentalmente en el tiempo y en el espacio.

    Entonces deseó que el silencio desapareciera.

    —¡Maki! ¡Dai-Dai! —llamó a la distancia la persona esperada cuando pudo verlos, y aquel grito alegre, como siempre, lo había sobresaltado.

    Con el brazo en alto, agitando el cuaderno que había olvidado en el salón de clases, Kasumi anunciaba su llegada.

    —¡Lo siento mucho! —dijo mientras inclinaba la cabeza—. ¡Tendré más cuidado la próxima vez!

    —Está bien —contestó la chica de trenzas luego de suspirar aliviada, aún preguntándose si era buena idea perdonarla tan pronto.

    Una mirada fugaz le bastó al chico para entender las circunstancias de aquella conversación: en la esquina inferior derecha del cuaderno, “Maki Hatori” escrito sobre una etiqueta.

    —¿Otra vez? —preguntó, tal vez con sorpresa, tal vez con indignación.

    —¿Cómo que “otra vez”? —respondió la castaña, quien ya había guardado el cuaderno en su maletín—. Es el único modo de tener buenos apuntes, estoy dispuesta a copiarlos todo el fin de semana si es necesario, es algo raro de mi parte, ¿y lo único que se te ocurre decirme es “otra vez”?

    —La última vez dijiste eso y no lo lograste, ¿recuerdas?

    —Espera, ¿estás anticipando que no lo haré? ¡Eres cruel, Dai-Dai! —Una pose dramática—. ¡Y yo que me he preocupado por ti durante tantos años! ¡Yo que te he apoyado incondicionalmente en todo momento y así me pagas!

    —Pero es que...

    —¡No digas más! ¡No empeores las cosas! —Lágrimas falsas—. ¡Yo que te creía un ñoño más amable!

    —¡No me digas ñoño! —exigió.

    —Es cierto —dijo con normalidad mientras cruzaba la salida de la escuela, como si la ofensa nunca hubiera existido—, no lo eres. —Una idea repentina—. ¿O tal vez estás celoso porque Maki no te presta sus apuntes?

    Parpadeó con rapidez y ladeó la cabeza. Aquella respuesta inesperada era tan ingeniosa para él que no podía entenderla: ¿celoso por no recibir apuntes prestados?, ¿qué tenía que ver Maki en el planteamiento del problema?, sabía que sus apuntes eran buenos, pero ¿gustarle tanto que los envidiaba?

    —¡Espera, Kasu! —pidió luego de varios segundos mientras caminaba con rapidez para alcanzarla, para pedirle explicaciones, para reclamarle por dejarlo con la duda, y aquello se convirtió pronto en una discusión larga, confusa, repleta de frases indirectas y sonrisas maliciosas de parte de la castaña que dirigía al grupo hasta el cruce en donde dividirían sus caminos de vuelta a casa.

    Detrás de ellos, Maki escondió su sonrisa bajo su bufanda mientras seguía escuchando la nueva discusión de sus amigos. En otras circunstancias, aquella escena la hubiera inquietado: verlo hablar con demasiada confianza con otra persona que no era ella, sentirse tratada aún como una desconocida, jugar el rol de la reminiscencia de un pasado que no deseaba ser recordado, parecer un agregado en aquella fórmula armónica y alegre entre ambos que podían seguir caminando aún si ella desapareciera. Pero había vertido sus esfuerzos durante esos tres meses en entender y aceptar aquella nueva naturaleza de sus mañanas tranquilas, de sus tardes alegres y de sus viernes comunes. Parecía que al fin había convencido a su corazón nostálgico de que dejara de lamentarse por detalles que, a esas alturas, no deberían angustiarla demasiado. El pasado, después de todo, se estaba convirtiendo en una jaula infinita que le impedía caminar, y así se lo hizo ver su amiga castaña en el descanso del lunes siguiente a su visita al bazar, mientras la mirada azul del chico se perdía en silencio en las páginas viejas del libro que le habían regalado.

    —Creo que se mantendrá ocupado por un buen rato —dijo Kasumi luego de varios minutos de espera—, ¿deberíamos dejarlo?

    —Tal vez sea lo mejor.

    —¡Bien! —exclamó la castaña mientras caminaba hacia el exterior del edificio—. Me muero de hambre, te hubiera abandonado si me hubieras pedido que lo esperáramos hasta que terminara de leer o hasta que nos viera.

    Una risita de parte de su acompañante.

    —No lo haría, podríamos habernos quedado ahí todo el día y él nunca hubiera volteado a vernos.

    —Dai-Dai leyendo es peor que tú pensando en el pasado.

    —¿Eh?

    —Bueno, te pierdes tanto que no lo has notado, es normal. —Hizo una pausa para pensar en lo que iba a decir—. Cuando recuerdas algo, haces gestos muy raros: empiezas sonriendo, luego te pones seria, y en la mayoría de los casos pones cara de tristeza o de preocupación, como si tu recuerdo feliz fuera muy lejano o como si alguien se hubiera encargado de robártelo, y mientras eso pasa, no importa cuánto te hablemos, no nos respondes hasta que tomamos medidas extremas.

    Ese plural no le gustaba.

    —¿Daichi me ha visto así?

    —¿Que si te ha visto? Creo que fue el primero en notarlo. —La vio sonrojarse—. ¡Ah, te lo creíste! —Su sonrojo de vergüenza se convirtió en uno de enojo—, lo siento, tenía que decirlo.

    Un suspiro que salía desde lo más profundo de su ser fue la recompensa de la chica castaña, quien sonrió ampliamente por un momento para luego tener una idea fugaz, reveladora: la pieza que faltaba en ese rompecabezas.

    —Maki —dijo luego de detener sus pasos cerca de la salida del edificio—, ¿será que piensas en...?

    —Kasumi —la interrumpió tajantemente, en un intento por detenerla antes de que entrara en un terreno pantanoso, como si quisiera ocultar las heridas que nunca había demostrado tener, y volvió el rostro hacia atrás para regalarle una sonrisa melancólica—, es el pasado, ¿sabes?, no deberías darle vueltas al asunto, no resolverá nada, son días que no van a volver por más que luche por recuperarlos... —Miró de nuevo hacia afuera para darle la espalda por completo—, aunque no es como que realmente estuviera haciendo algo para lograrlo, solo me quedo mirando a la distancia y busco pistas para seguir soñando o para terminar de entenderlo. Recordar en silencio es lo mejor que puedo hacer.

    —¿Qué hay de hablar de tus recuerdos?

    —No servirá —contestó sin dudar—, el pasado es peligroso para Daichi, sería forzarlo a recordar cosas que él no quiere, y estoy segura de que lo que menos necesita es sufrir otra vez.

    —¿Lo que menos necesita para qué?

    —Para ser como antes.

    Aquella respuesta la había perturbado. Mientras veía salir a la chica de lentes, la de ojos color pasto reflexionaba sobre las pistas que había recogido durante los meses en los que había convivido con ella: miradas desviadas, sonrisas forzadas, pensamientos profundos, alegría anulada en los momentos en los que tenía razón cuando predecía las reacciones de Daichi (“No va a mirarnos”, “Se molestará si lo interrumpes”, “Preferirá quedarse en casa”), doble tristeza en los momentos en los que se equivocaba (“Le encantará que le regales esto”, “Aceptará salir a caminar con nosotras”, “Nos dirá si se siente incómodo”)...

    Se percató entonces de que todo estaba relacionado con el pasado, con cierto niño de cabello negro alborotado y de ojos azules que brillaban cuando soñaba o estaba feliz, ese que nunca conoció y que le parecería un completo extraño si se lo presentaran. Comprendió en ese momento que Maki luchaba por mantener esa imagen de Daichi en su mente aún si eso significaba rechazar al otro, al chico tímido que convivía con ambas, y que ella poco a poco estaba llegando a su límite, al punto en el que no podría regresar de su mundo ilusorio, al momento en el que preferiría encerrarse en su jaula de nostalgia antes que seguir viviendo en la libertad del presente, y para entonces solo tendría dos alternativas: estallar en llanto o alejarse de él. Cualquiera de las dos iba a lastimarla, y en ninguno de los casos habría marcha atrás por más que intentara convencerla de que su postura ante la situación no era la adecuada.

    Tenía que evitarlo.

    —¡Maki! —gritó mientras corría para alcanzarla. Ella se detuvo y giró el cuerpo para verla de frente: angustiada, temerosa, pero convencida de lo que estaba por hacer—. ¿Te das cuenta de lo doloroso que podría ser para Daichi que un día decidas ignorarlo porque él ya no es como lo recuerdas?

    —¡Eso no...!

    —¡No puedes asegurar que no pasará! —la interrumpió luego de adivinar lo que iba a decir—. Tal vez él no lo ha notado aún; pero a mí no puedes engañarme: encerrarte en el pasado solo te está lastimando y te está alejando de él, no te deja ver lo que él es ahora, no puedes averiguar por qué cambió si no lo aceptas primero, no puedes ayudarlo a recuperar lo que perdió si no descubres antes de qué se trata. Yo puedo vivir con eso, lo conocí tímido y así lo acepto; pero sé que tú no podrás perdonarte por quedarte quieta cuando más te necesitaba, ¿aún así estás dispuesta a seguir pensando en lo que ya no es?

    La presión de aquellas palabras comenzaba a arrojarla hacia la desesperación que tanto trabajo le había costado esconder: se negaba a aceptar el presente, confiaba en que sus recuerdos del pasado la salvarían tarde o temprano, que podría ayudar a su amigo de la infancia a recuperar su confianza si permanecía en ese mundo hasta que descubriera la raíz de su timidez; pero Kasumi tenía razón: mientras más se ocultara tras el velo de la nostalgia, más difícil sería para ella hacer algo por él.

    Sus caminos habían sido bloqueados por muros invisibles que no podía destruir.

    —¿Entonces qué quieres que haga? —preguntó por fin con esa angustia que nunca quiso compartir con nadie—, los recuerdos van a lastimarlo, alejarme tendrá el mismo efecto, callar y mirar es terrible, ¡no puedo simplemente aceptarlo!

    —¡Entonces termina con esta farsa de una vez!

    La chica de trenzas no tuvo el coraje para decir otra palabra luego de aquella muestra de ira: la castaña había perdido la paciencia y le había gritado, al fin, lo que muchas veces quiso decirle desde el día en que la conoció.

    —Daichi te aprecia lo suficiente como para haberte prometido algo aún sin tener la certeza de que podría cumplir con su palabra solo para que siguieras sonriendo, estoy segura de que lo volvería a hacer si tuviera que enfrentarse de nuevo a una situación complicada porque sus lazos contigo son fuertes, ¿y así le correspondes? Eres incapaz de aceptar lo que crees que está mal en él ni tienes el valor de decírselo, ¿y aún así te consideras su amiga?, ¿aún tienes el descaro de presumir que él es tu amigo?

    —¡Pero lo conozco desde...!

    —¡No lo conoces! ¡No sabes nada ni quieres saberlo! ¡No voy a aceptarte como su amiga mientras sigas con esa actitud de víctima que ha perdido a su ídolo cuando él ha perdido más que eso!

    Solo pudo callar y verla alejarse. Era la primera vez que la había oído tan molesta, tan fastidiada de todo, y no tardó mucho en comprender que sus motivos estaban justificados: a diferencia de ella, que siempre quiso verlo como el niño perfecto que le mostró una alternativa distinta a la soledad, Kasumi lo había conocido en su peor momento y se dedicó a aceptar su naturaleza aunque fuera muy distinta a la suya.

    Entonces se sintió molesta consigo misma y decidió no cruzar palabras ni miradas con ninguno de ellos hasta ordenar sus ideas: ¿realmente había pasado la mitad de su vida idealizando a quien consideraba su amigo de la infancia? Pero estaba segura de que lo conocía, estaba convencida de que lo había tratado lo suficiente como para aprender sobre sus virtudes y defectos... aunque eso había ocurrido cuando aún era incapaz de discernir entre lo bueno y lo malo, y si un niño malo la hubiera acogido como su amiga, ella probablemente lo hubiera seguido sin dudarlo. Su ingenuidad le molestaba, también su positivismo extremo que la hacía voltear siempre a los tiempos felices y a las bondades de todo, y tal vez, solo tal vez por eso...

    “Daichi te aprecia lo suficiente como para haberte prometido algo aún sin tener la certeza de que podría cumplir con su palabra solo para que siguieras sonriendo.”

    Entendió, una vez más, que todo era su culpa.

    ¿...o no?

    —¡Deme tres más!

    Aquella petición repentina y energética la sacó de sus pensamientos. Sin saber a qué hora se detuvieron frente a una tienda, el entusiasmo incontrolable de Kasumi volvía a hacer de las suyas.

    —Kasu, dudo que esa sea una buena idea, ya llevas cuatro —protestó él mientras se acomodaba los lentes.

    —¡No importa! ¡Estoy segura de que alguna de estas tres debe ser la ganadora!

    Ante Maki, la castaña abría la envoltura de una quinta paleta de hielo a pesar de las palabras de su amigo.

    —Pero te vas a...

    —Uno no gana nada si no se arriesga —respondió antes de darle una mordida a su paleta—, mucho menos cuando se trata de un llavero de edición limitada, ¡no me importa morir con el cerebro congelado si con eso lo consigo!

    Las formas retorcidas de Kasumi para demostrar que hacía lo correcto a veces alteraban los nervios de los chicos. Pero aunque quisieran evitar que tomara riesgos innecesarios por objetos que conservaría por menos de una semana, sabían que sus esfuerzos serían inútiles. Aún así, ambos estaban de acuerdo con que aquella impulsividad era parte de su encanto, algo digno de admirar en la mayoría de los casos, algo que ninguno de ellos tenía.

    Su carácter arriesgado los había librado de la soledad.

    —¿Entonces qué, Maki? ¿Vas con nosotros?

    Se había perdido de algo importante otra vez, pero no podía simplemente admitirlo.

    —¿Eh? ¡S-Sí voy!

    —¡Perfecto! —exclamó la castaña mientras intentaba disimular el dolor de cabeza que le había provocado consumir siete paletas con demasiada rapidez—. Entonces nos vemos mañana a las 11 en donde quedamos la vez pasada. ¡Y más te vale llegar temprano esta vez, Dai-Dai, o tendrás que pagar todo lo que compre!

    —¿¡Todo!?

    —Todo, y no será poco.

    En la cabeza del chico solo cabía una idea: “No permitiré que Kasumi se gaste todos mis ahorros”.
     
    Última edición: 29 Sep 2018
  15. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Muy bueno. Mejoraste en modificar el largo de un capitulo y en redacciòn. Se puso interesante, pero intenta dejar en claro las cosas fundamentales de la historia. Apartir de aqui la vara se pondra alta, se que podras lograrlo. Sigue asi
     
  16. Lillianne

    Lillianne Zutto, Kimi wo, Zutto~

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    Kya al fin el segundo arco, lo estaba esperando >3<!!!!, Kasumi es muy molesta a veces, pero no se le puede hacer nada, me imagino que entre Maki y Daichi la relación sería puro silencio por toda la eternidad y la única que puede romperlo es Kasumi, ambos pierden contra su ritmo, bueno, esperaré ansiosa por el otro capitulo el viernes.

    El cap inicio el segundo viernes de febrero, tiene que haber chocolate si o si para le día d esan valentine!, o Daichi nunca perdonaría a esas dos :v.
     
  17. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Sí, señor, me esforzaré o_ó!

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    (No suelo usar memes, pero aquí sí aplica xD)

    Muchas gracias a ambos, es bueno verlos aún por aquí ;_; Me esforzaré mucho con las correcciones del arco para retribuirles (nada más que descanse un rato porque se me está secando el cerebro xDu).

    El capítulo 2 de este arco, titulado "El Libro de los Gobiernos", es un caso especial de publicación porque me animé a darle un formato vistoso tipo libro lleno de garabatos, así que hoy decidí poner los dos formatos.

    Para la versión con diseño, el orden de lectura es primero las imágenes (páginas del libro) y después el texto en spoiler. Para la versión tradicional, denle clic a la pestaña de "Solo texto".

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    • A2C2_01.jpg A2C2_02.jpg A2C2_03.jpg A2C2_04.jpg A2C2_05.jpg A2C2_06.jpg A2C2_07.jpg A2C2_08.jpg A2C2_09.jpg A2C2_10.jpg A2C2_11.jpg A2C2_12.jpg A2C2_13.jpg A2C2_14.jpg

      —¿Nozomu?
      En todo el texto, en toda la historia de ese mundo ficticio, el único nombre mencionado era ese. Quiso saber por qué, pero había llegado a la última página tan temida, al final de ese libro que tanta felicidad le había otorgado desde que el vendedor le dio permiso de llevárselo sin pagar.
      ¿Nozomu habría logrado cambiar el destino del reino? ¿Existiría una continuación del libro en alguna parte del mundo?
      Se recostó y mantuvo su mirada fija en el techo, como si estuviera buscando una explicación racional, el misterio del universo. Sentía un profundo vacío parecido a la desolación. ¿En verdad era ese el final de la historia?
      Tardó minutos eternos en convencerse de algo que ya sabía: no había modo de encontrar la continuación. Había invertido meses de su vida buscando pistas que le ayudaran a determinar el origen de aquella narración antigua; pero nadie ni nada le indicaba el camino. “Un inédito”, pensó, y supo entonces que su relación con los inéditos siempre sería complicada.
      ¿Qué hubiera hecho su padre ante un caso similar?
      Cabizbajo, el chico de ojos azules dejó el empastado en un librero destinado exclusivamente a las lecturas concluidas, y entonces se percató de un detalle sobre el que no había reparado hasta ese momento: en la portada del libro, apenas visible, la marca de una corona de laurel le parecía familiar.
      —Esto es...
      El sonido del reloj lo obligó a regresar a la realidad. Perturbado y temeroso, miró la hora: once de la mañana.
      En la planta baja, conteniendo la risa detrás de varios documentos de trabajo, la madre de Daichi imaginaba los movimientos del chico: un montón de libros que caían luego de que su hijo torpe tropezara con ellos, una serie de pasos rápidos en una habitación del primer piso, un montón de frases aleatorias, casi inconexas, de una voz alterada: “¡Es muy tarde!”, paso, paso, paso, “¿En dónde puse la cartera?”, paso, paso, sonido de cajones, libro que cae, “¡No! ¡Yo quería comprar la continuación de este libro hoy!”, lloriqueo, libro sobre el escritorio, las once y cinco, “¡Kasumi me va a matar de todas formas! ¡Ya no quiero ir a ninguna parte!”.
      La última línea era digna de una respuesta maquiavélica.
      —¡Daichi! ¿No ibas a comprar chocolate con tus amigas?
      —¡Ah! —gritó desesperado durante varios segundos—. ¡No puedo quedarme en casa! ¡Quiero chocolate!
      La pila de libros que había terminado de recoger caía nuevamente sin remedio. Su madre no pudo seguir conteniéndose y se burló de él mientras recordaba con nostalgia años anteriores en los que fue testigo de escenas similares: Daichi era igual o más torpe que su padre, igual o más aficionado a las historias fantásticas que él, igual o más obsesionado con el chocolate que él mismo cuando aún era un niño (aunque no había dejado de serlo ante sus ojos), ¿cambiaría en diez años o más?
      —¡Ya me voy! —dijo cuando por fin estuvo listo.
      —¡Ve con cuidado! —respondió ella sin despegar la vista de los papeles que revisaba con atención.
      Varios pasos acelerados y una puerta abierta con rapidez que se cerró en dos segundos.
      Un nuevo grito anunciaba la partida del chico y el regreso de la calma a esa casa pequeña que, al igual que la anterior, estaba llena de recuerdos.
      —¡Mis ahorros!

    • Capítulo 2. El Libro de los Gobiernos

      Cuentan nuestros ancestros que desde hace muchos siglos, tantos que nadie puede contarlos, las fuerzas regentes han mantenido el balance del mundo para que todos los seres vivientes coexistan en paz. Pero cierto día, preocupadas por los corazones vulnerables de los hombres, hicieron un convenio con una persona que pudiera protegerlos y ayudarlos a superar sus límites. Esa persona cuidaría de ese poder ajeno a los seres humanos y, varios años después, ese poder sería utilizado para crear nuestro mundo.

      La persona creadora, primera reina del mundo, vivió 170 años, y al final de su vida repartió entre los hombres sus potestades, sus espíritus y sus dones para que las fuerzas regentes siguieran entre ellos: los cuatro talismanes, llamados fulgores, contenedores de las fuerzas naturales que forjan el camino de los hombres; los dos cristales, llamados estrellas, regentes de los enlaces entre los seres con sus semejantes y con el origen; y los tres dones, únicos elementos intangibles con objetos simbólicos, representantes del origen mismo: el tiempo, la creación y el equilibrio.

      Se dice que los fulgores eligen siempre a personas con rasgos similares a los magos de la primera generación: Fulgor Venetus, la gema del agua, obedece a las almas compasivas que procuran la calma y la salud entre los seres, y su poseedor ha sido conocido por muchos como el Mago de la Templanza; Fulgor Fulvus, la gema del fuego, elige a los seres con espíritu inquebrantable que buscan el progreso, y los hombres han llamado Mago de la Mutación a su poseedor; Fulgor Viridis, la gema de la tierra, concede sus poderes a las personas fuertes en cuerpo y alma que se convierten en el pilar del ciclo, pues su elemento representa el principio y el fin, y su poseedor es conocido como el Mago de la Fortaleza; y Fulgor Caeruleus, la gema del aire, adopta como propietario a un ser preocupado por la protección de los otros, y su amo es llamado Mago del Amparo. Y estas cuatro personas son llamadas, en conjunto, magos de los elementos o guardianes elementales.

      Las estrellas, por su parte, se renuevan con cada sucesor: Lucifer, el cristal blanco, nace de la pureza y de lo desconocido, y su poseedor es llamado guardián blanco o Mago del Olvido, pues su poder depende de lo que los seres han dejado atrás para seguir avanzando; Noctifer, el cristal negro, nace de la razón y de lo conocido, y su poseedor es llamado guardián negro o Mago del Recuerdo, pues su poder se alimenta de lo que los seres siempre tienen presente para no detenerse en el camino. A los herederos de las estrellas se les confiere el deber sobre sendos cofres que encierran las mayores manifestaciones de sus poderes: el cofre blanco, que contiene la Nada, y el cofre negro, que encierra el Caos. Y estos vigilantes son llamados, en conjunto, resplandores celestiales o guardianes espirituales.

      Finalmente, los dones se manifiestan de formas distintas: el del tiempo, capaz de ver las promesas y los designios, aparece en los ojos celestiales del niño que nace cuando su predecesor muere; el de la creación, que forja los objetos mágicos de los portadores de los talismanes y de las estrellas, es inculcado al primogénito de cada generación descendiente del primer artesano; y el del equilibrio, encargado de proteger el origen de la magia y el enlace mayor con las fuerzas regentes de todo, despierta sus poderes y asume su responsabilidad al presenciar el objeto de la promesa, el que siempre aparece ante sus ojos cuando está preparado o cuando el destino le pide que actúe. Y el grupo de los herederos de los dones fue nombrado Triada de silencio, pues los tres hicieron un juramento ante el origen: ver el tiempo sin anunciarlo, crear las armas sin predisponerlas, y calibrar la balanza sin revelarlo.

      Se dice que el protector del equilibrio nace bajo la estrella de la reina creadora y que sus actos pueden mover el destino de los hombres y las acciones de los magos, por lo que los habitantes del reino le confirieron el nombre de Astrifer, el que guía a las estrellas y el que tiene un lugar entre ellas; pero el primero de ellos decidió llamarse simplemente Guardián del equilibrio, por lo que el nombre de Astrifer lo usamos solo como un título de respeto. Y este libro que escribo para registrar los hechos más trascendentales de nuestra historia tomará ese nombre para consignar sus actos más memorables.

      Bajo el primer Astrifer, los magos de los elementos y los resplandores celestiales acordaron apoyar y proteger a su nuevo gobernante, y como muestra de ello tomaron un fragmento de sus talismanes y de sus estrellas para que el artesano forjara una espada, símbolo de la unidad de los guardianes, del respeto a la figura del rey, y de su promesa como practicantes de la magia al servicio de los pobladores del reino.

      Y la aldea prosperó y se mantuvo en paz gracias a los elegidos durante el gobierno del primer Astrifer y de los siguientes ocho herederos. Y la expansión de la aldea, al cabo de 270 años, había llegado a tal punto que los magos repartieron a los pobladores en seis regiones distintas, cada una administrada por un guardián: al noroeste, la tierra de Aestus regida por el Mago de la Mutación; al noreste, la de Flamen gobernada por el Mago del Amparo; al suroeste, la de Ferax administrada por el Mago de la Fortaleza; al sureste, la de Lacus bajo el mando del Mago de la Templanza. En el lado del sol que nace, el guardián blanco fundó la región de Nitens; mientras que en el lado del sol que muere, el guardián negro creó la región de Nigrens. A partir de entonces, el rol del Guardián del equilibrio consistiría en tomar decisiones difíciles en los casos de controversia entre las partes que los otros magos no pudieran resolver, y de esta manera los guardianes aligeraron su carga. Y el orden logró que el reino mantuviera su armonía durante el gobierno de ese Astrifer y de los siguientes tres.

      Bajo el decimocuarto Astrifer, los elementales consideraron que sus territorios necesitarían un regente más. De ese modo, con las habilidades que les fueron conferidas desde el origen, crearon cuatro gemas nuevas que eligieron sendos portadores con rasgos distintivos similares a los herederos de los primeros talismanes: Fulgor Niveus, la gema del hielo, tomó como poseedor a un ser que calculaba todas las posibilidades, por lo que fue llamado Mago de la Cautela; Fulgor Rutilus, la gema de la lava, eligió a quien estaba dispuesto a tomar decisiones arriesgadas para obtener los mejores resultados, por lo que fue conocido como Mago de la Revolución; Fulgor Prasinus, la gema de la hierba, buscó a un propietario que se preocupara por proveer a los habitantes de todo lo que necesitaran, y este fue conocido como Mago de la Abundancia; Fulgor Cinereus, la gema de la niebla, tomó como dueño a un partidario del libre albedrío, quien fue bautizado como Mago de la Libertad. Y estas cuatro personas son llamadas, en conjunto, magos de los segundos elementos o guardianes subelementales.

      Y este nuevo reacomodo funcionó durante el gobierno de ese Astrifer y del siguiente, y siguió siendo válido durante y después del reinado del decimosexto, quien fuera el último, pues no se consideraba apto para gobernar. Luego de varios momentos difíciles, en los que cada vez le parecía más complicado, doloroso y erróneo resolver un conflicto entre las partes, pensó que el deber del guardián del equilibrio no consistía en gobernar sobre todos, sino que en realidad debía mantenerse al margen de todo. Así, al cabo de diez años, decidió aislarse del mundo como hiciera el artesano y su familia desde el primer gobierno. Y de este modo terminó la era del Astrifer, y cerró un ciclo de 450 años de prosperidad para el mundo.

      Ante la renuncia del decimosexto Astrifer al trono, los diez magos se reunieron para elegir a un nuevo gobernante supremo, y al comparar el estado de sus territorios y las características de cada uno, consideraron que el más indicado para reinar era el Mago del Recuerdo. Mas él, al haber heredado el conocimiento de las circunstancias del mundo y saber que estaba predispuesto a negarse ante las posibilidades, consideró que el más idóneo para el cargo era el Mago del Olvido, quien sí podía contemplar todas las alternativas con la mente abierta y dispuesta al crecimiento del reino. El Mago del Olvido, por su parte, decidió aceptar la propuesta con una condición que se convertiría en su primer edicto real: el guardián oscuro tendría que convertirse en el tutor de los siguientes guardianes blancos, quienes deberían prepararse para ocupar el trono. Y de esa manera comenzó el gobierno del Lucifer.

      El segundo edicto del primer Lucifer fue un acuerdo entre los diez guardianes, quienes consideraron que la espada debía mantenerse al servicio del gobernante, mas no bajo su posesión, pues esto inclinaría la balanza y alteraría el poder de los talismanes y de las estrellas. Así convinieron que pasara a manos de otro ser humano, quien tuviera la fortaleza y la valentía necesarias para proteger al soberano, y bajo este convenio permitieron que la espada tuviera voluntad de elegir a su propietario. La espada, como objeto respetado por pertenecerle alguna vez al rey y por representar un juramento, recibió el nombre de Asteregius, la estrella real, llamada también la espada del rey. Y el elegido de la espada, como persona fiel al designio de la estrella del origen, sería nombrado Fidestella y sería tratado como un guardián más en el balance de la magia del mundo.

      El tercer convenio de los guardianes durante el primer reinado del Mago del Olvido fue que las estrellas compartieran sus resplandores con otros seres para evitar que la Nada y el Caos se liberaran de sus prisiones en caso de ausencia de alguno de ellos, pues sus deberes en el gobierno podrían distraerlos de su responsabilidad fundamental. Y fue entonces cuando inició la tradición de humanizar seres puros de la naturaleza para que ayudaran con el balance de las fuerzas. El guardián blanco tomó dos: uno que se alimentaba de la luz diurna y otro que regía sobre la luz nocturna. Por su parte, el guardián negro tomó a un solo ser, a quien se le conoció desde entonces como guardián de las sombras. Y estos seres se encargan de velar por sus creadores y por la integridad de los cofres, y se dice que vuelven al ciclo cuando su creador renuncia a su cargo, cuando muere o cuando son creados nuevos guardianes para sustituirlos.

      Y el gobierno del primer rey blanco continuó en paz al igual que los de sus predecesores y los de sus cuatro sucesores, mas en el último fue desterrado el Mago de la Libertad por traición al reino, y el Fulgor Cinereus fue aislado del mundo para que no volviera al ciclo, pues temían que corrompiera a sus nuevos propietarios por ser herencia de un humano con corazón turbio.

      Bajo el sexto Lucifer, un presagio funesto advirtió la peor crisis que el reino presenciaría: un conjuro descontrolado que oscureció los espíritus de los humanos, quienes cayeron en la desesperación absoluta hasta que la sexta reina encontró una manera de contrarrestarlo antes de que la magia destruyera los cofres. Y aunque el equilibrio regresó al reino y los cofres fueron salvados, el control tuvo un sacrificio muy alto sobre los pobladores y sobre los poseedores de los talismanes y de las estrellas, quienes volvieron al ciclo sin que nadie pudiera evitarlo.

      Aún con brillo, la estrella blanca encomendó el reino a la única persona que podía lidiar con la responsabilidad de reunir a los nuevos magos, y ella confiaba en que él podría tomar las riendas de los pueblos y establecer un orden nuevo, en donde todos pudieran refugiarse en la ciudad de Nitens en busca de una nueva esperanza y con el anhelo de que el conflicto no volviera a manifestarse ante ellos.

      Y así fue como el gobierno del Lucifer llegó a su fin luego de 175 años y abrió el camino para que un nuevo resplandor guiara a los sobrevivientes del desastre bajo las palabras de Nozomu.​

      —¿Nozomu?

      En todo el texto, en toda la historia de ese mundo ficticio, el único nombre mencionado era ese. Quiso saber por qué, pero había llegado a la última página tan temida, al final de ese libro que tanta felicidad le había otorgado desde que el vendedor le dio permiso de llevárselo sin pagar.

      ¿Nozomu habría logrado cambiar el destino del reino? ¿Existiría una continuación del libro en alguna parte del mundo?

      Se recostó y mantuvo su mirada fija en el techo, como si estuviera buscando una explicación racional, el misterio del universo. Sentía un profundo vacío parecido a la desolación. ¿En verdad era ese el final de la historia?

      Tardó minutos eternos en convencerse de algo que ya sabía: no había modo de encontrar la continuación. Había invertido meses de su vida buscando pistas que le ayudaran a determinar el origen de aquella narración antigua; pero nadie ni nada le indicaba el camino. “Un inédito”, pensó, y supo entonces que su relación con los inéditos siempre sería complicada.

      ¿Qué hubiera hecho su padre ante un caso similar?

      Cabizbajo, el chico de ojos azules dejó el empastado en un librero destinado exclusivamente a las lecturas concluidas, y entonces se percató de un detalle sobre el que no había reparado hasta ese momento: en la portada del libro, apenas visible, la marca de una corona de laurel le parecía familiar.

      —Esto es...

      El sonido del reloj lo obligó a regresar a la realidad. Perturbado y temeroso, miró la hora: once de la mañana.

      En la planta baja, conteniendo la risa detrás de varios documentos de trabajo, la madre de Daichi imaginaba los movimientos del chico: un montón de libros que caían luego de que su hijo torpe tropezara con ellos, una serie de pasos rápidos en una habitación del primer piso, un montón de frases aleatorias, casi inconexas, de una voz alterada: “¡Es muy tarde!”, paso, paso, paso, “¿En dónde puse la cartera?”, paso, paso, sonido de cajones, libro que cae, “¡No! ¡Yo quería comprar la continuación de este libro hoy!”, lloriqueo, libro sobre el escritorio, las once y cinco, “¡Kasumi me va a matar de todas formas! ¡Ya no quiero ir a ninguna parte!”.

      La última línea era digna de una respuesta maquiavélica.

      —¡Daichi! ¿No ibas a comprar chocolate con tus amigas?

      —¡Ah! —gritó desesperado durante varios segundos—. ¡No puedo quedarme en casa! ¡Quiero chocolate!

      La pila de libros que había terminado de recoger caía nuevamente sin remedio. Su madre no pudo seguir conteniéndose y se burló de él mientras recordaba con nostalgia años anteriores en los que fue testigo de escenas similares: Daichi era igual o más torpe que su padre, igual o más aficionado a las historias fantásticas que él, igual o más obsesionado con el chocolate que él mismo cuando aún era un niño (aunque no había dejado de serlo ante sus ojos), ¿cambiaría en diez años o más?

      —¡Ya me voy! —dijo cuando por fin estuvo listo.

      —¡Ve con cuidado! —respondió ella sin despegar la vista de los papeles que revisaba con atención.

      Varios pasos acelerados y una puerta abierta con rapidez que se cerró en dos segundos.

      Un nuevo grito anunciaba la partida del chico y el regreso de la calma a esa casa pequeña que, al igual que la anterior, estaba llena de recuerdos.

      —¡Mis ahorros!
     
  18. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Bastante interesante ponerlo en este formato, es el primer fic que un capitulo de este modo, me gusta tu originalidad. Ahora, usaste pocos dialogos en este capitulo, pero describiste bien el entorno como para que todo sea claro, igualmente no te descuides. Aprende de tu capitulo anterior que en ese sentido fue muy bueno. Con respecto al desarollo de la historia creo que debes guardar cautela en como actuan los personajes, no los vuelvas impulsivos (no digo que lo sean). Te podria serbir pensar si fueras tu la que estas viviendo esa situacion, que harias?. Lo demas esta bien, sigue asi
     
  19. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Casi siempre lo hago, aunque casi nunca se nota (o al menos eso creo xD). De hecho, en estos días he pensado mucho en ciertas reacciones que condicionan el desarrollo de los acontecimientos de varios capítulos que parecen fluir, pero resulta al final que tienen detallitos que no embonan y pienso corregirlos (por fortuna, creo que ocurre en capítulos posteriores al sexto, no me quiero tomar otro descanso de meses para volver a redactar el desarrollo, así nunca terminaría los siete arcos que pintan a ser ocho t_t). Con la mayoría de los personajes creo que me sale algo relativamente neutro; sin embargo, siento que la impulsividad de Daichi se nota más porque no tiene, hasta ahora, un contexto real en donde se desarrolle y actúe por su cuenta. Quiero creer que más adelante sabremos un poco más de él y que así serán más claros tanto sus motivos como su imagen, no lo aseguro porque aún me quedan partes pendientes de revisión, aunque haré el esfuerzo por que ocurra.

    A todo esto, me gustaría saber exactamente a qué te refieres con que aprenda del capítulo 1, recuerdo haberlo escrito cuando me di cuenta de que no era tan buena idea empezar esta segunda parte con el capítulo 3 (el que viene enseguida) y tengo muy claro que es de mis favoritos, entonces me cuesta un poco entender tu comentario (en resumen, carezco de objetividad para valorarlo a pesar de que ha pasado medio año desde que lo hice xDu).

    Como siempre, muchas gracias por tus comentarios.

    El capítulo a continuación es, hasta ahora, el más largo de todos. Originalmente lo había dividido por extenso, pero el cliffhanger no era muy bueno y decidí juntarlo de nuevo. Este es el resultado (aunque siento que debo cambiar una parte del final del capítulo en algún momento de la vida, antes de imprimirlo y archivarlo o vendérselo a una casa animadora, yo qué sé).


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    Capítulo 3. Chocolate

    Podía contar con los dedos de la mano la cantidad de fechas que su amigo de la infancia disfrutaba con plenitud: su cumpleaños, el último día de clases antes de las vacaciones de invierno y el fin de semana previo al 14 de febrero. Recordaba habérselo contado a Kasumi en algún momento, y también recordaba su gesto confundido al escuchar las razones: siempre recibía libros en su cumpleaños; le encantaban las vacaciones de invierno porque podía quedarse encerrado en su cuarto, envolverse entre varias cobijas y dormir las partes del día que no pasaba leyendo; y el fin de semana previo al 14 de febrero, el aire de la ciudad tenía un aroma específico que le encantaba, que compensaba la existencia de multitudes en las calles, que le hacía creer que esa fecha era maravillosa.

    ¿Era eso amor?

    Sí, amor al chocolate.

    A sus dieciséis años, Maki aún no comprendía la satisfacción de regalar chocolates en esas fechas; seguramente Daichi tampoco, pues él invertía esos días en cazar nuevos sabores y consistencias, en descubrir las nuevas tendencias en envolturas y presentaciones, en regatear y abastecerse por todo el año... si todo lo comprado pudiera durarle tanto tiempo. Pero de cualquier manera estaba emocionada: podría comprender mejor los gustos del chico, podría acercarse al entendimiento absoluto sobre dar y recibir chocolate con ayuda de Kasumi, ella era la más interesada en salir ese día, ¿ya estaría esperándolos en el punto de encuentro?

    Se detuvo un instante. ¿El entendimiento absoluto sobre dar y recibir chocolate? ¿Su amiga era la más interesada en ello? ¿Acaso ella...?

    El timbre de su teléfono móvil interrumpió sus pensamientos. Con rapidez, abrió su bolsa mensajera para buscarlo y contestar la llamada.

    —¿Hola?

    —¡Maki! —dijo una voz nasal seguida por un estornudo.

    —Salud.

    —Gracias. —Se limpió la nariz—. ¡Maki! ¡Me siento muy mal! ¡Me quiero arrancar la nariz! ¡Me duele todo! ¡Me voy a morir!

    Suspiró.

    —Te dijimos que buscar el palito ganador era mala idea.

    —¡Eda un llavedo de edición dimitada! ¡Debo tenedlo!

    Un nuevo estornudo y una sacudida de nariz interrumpieron la charla. Kasumi era el tipo de persona que podía ser seducida fácilmente por una promoción, y aunque Daichi intentó convencerla de que no era buena idea comer más de tres paletas de hielo en un día para encontrar el palito premiado, sus esfuerzos fueron inútiles. Las consecuencias, como ambos esperaban, no tardaron mucho en manifestarse.

    —O sea que no vas a venir.

    —Ya iba en camino, —“¿En serio pensaba venir con ese resfriado?”, pensó Maki sorprendida—, pero me descubrieron y me encerraron, creo que me pusieron en cuarentena. Me tratan como a un zombi. Maaaakiiii, daaaaame tu cereeeeebrooooo.

    —Eh... no, gracias, aún lo necesito.

    —Aguafiestas —refunfuñó, pero pronto volvió a cambiar su tono de voz—. Pero me escaparé, ya verás.

    “¿Aún planea venir?”, pensó de nuevo, esta vez alarmada.

    —Pero tu resfriado...

    —¡No impodta! —Una sacudida más—. Encontraré un modo de...

    —¡No vas a ir a ninguna parte! —gritó molesta una voz a la distancia, al otro lado del teléfono.

    —¡Pero...!

    —¡Pero nada! ¡Tú te quedas aquí el día de hoy a descansar! ¿Entendido?

    —¡Pero...!

    —¡He dicho!

    Un azotón de puerta.

    —Será mejor que le hagas caso a tu mamá.

    —¡Pero quería que Daichi pagara mis chocolates! Porque no ha llegado, ¿verdad?

    Había acertado. Por simple curiosidad, la chica de trenzas miró su reloj de pulso: 10:55 de la mañana.

    —Aún no es la hora.

    —Recuerda: si no llega a las 11:15, él paga todo lo que quieras comprar.

    —¿Eh? ¿Lo mío?

    —¡Claro! Te nombro suplente oficial. ¡Y ni se te ocurra perdonarlo! ¡Ya te conozco!

    La chica de trenzas no estaba preparada para castigarlo y Kasumi lo sabía; pero tenía que ponerla en condiciones incómodas: sus lazos no se fortalecían ni se debilitaban, Daichi era el tipo de chico que no reaccionaba mientras no tuviera un motivo para hacerlo, y Maki no era el tipo de persona dispuesta a abandonar sus hábitos. Alguno de los dos tendría que dar el primer paso, y mientras más alejada estuviera de aquella situación, menos presión sentirían; necesitaban ser francos y armarse de valor para dar el paso definitivo hacia una amistad reformulada o hacia la aceptación total de sus conceptos del pasado. Verlos callados, uno al lado del otro, empezaba a parecerle una escena fastidiosa y aburrida. ¿Qué más podía hacer por ese par de niños distraídos aferrados aún a las cuerdas de sus idealizaciones y atrapados en las redes de sus recuerdos lejanos?

    Comenzaba a dolerle la cabeza.

    —Siento que todo en mi cuarto se mueve.

    —Deberías dormir un rato.

    —¿Me comprarás chocolate?

    —No sé si debería.

    —¿¡Cómo que no sabes si deberías!? —Maki tuvo que alejar el auricular de su oído antes de quedarse sorda—. ¡Soy tu amiga y estoy enferma! ¡Merezco una compensación! ¡Daichi no lo dudaría y me traería uno! ¡Eres un demonio!... ¿De qué te ríes?

    —Estaba bromeando.

    —¿¡Cómo que estabas bromeando!? ¡No es justo! ¡Te burlas de una pobre enferma! Ahora tendrás que comprarme una caja de chocolates rellenos.

    —Está bien.

    —¡Gracias! ¡Qué linda! ¡Por eso te quiero! Ahora voy a dormir. Dile a Dai-Dai que me compre algo bueno.

    —Está bien.

    —Y asegúrate también de comprar algo bueno para él sin que se dé cuenta.

    —¿Eh? ¿Por qué tendría que hacer eso?

    —Porque ese era el plan.

    —¿De qué plan hablas?

    —Ya sabes: proponer que saliéramos los tres, ver qué le gusta... Nunca hubiera imaginado que se me ocurriría un plan tan perfecto.

    —Kasumi, ¿estás segura de que no tienes fiebre?

    Escuchó un suspiro y no entendió por qué, ¿intentaba decirle algo?

    —Olvídalo. Me voy a dormir, buenas noches.

    —Descansa.

    Aquella parte de la conversación le había parecido tan confusa que su mente permaneció en blanco durante varios minutos. Miró nuevamente el reloj: once de la mañana.

    —¿Por qué dijo “buenas noches”?

    Otra vez el sonido del teléfono. Había recibido un mensaje muy breve, mal escrito, quizá producto de un pánico en ascenso: “Ya hoy”. “Tal vez quiso escribir ‘Ya voy’”, pensó, y supo que tendría que buscar en dónde sentarse mientras llegaba.

    Habían acordado reunirse cerca de la fuente ubicada en el centro de una explanada, la cual estaba delimitada por varias jardineras y contaba con bancas de piedra. Quería sentarse en alguna con sombra, pero ni siquiera las que carecían de ella estaban desocupadas; consideró por un instante descansar al pie de la fuente, aunque tampoco parecía una buena opción. Tal vez podría esperar al pie de un árbol, pero Daichi no podría verla ni ella sabría en qué momento llegaría al punto de encuentro.

    Cuando estuvo por tomar una decisión, Maki notó algo extraño: una de las bancas, por alguna razón, solo estaba ocupada por un objeto que no podía apreciar con claridad a esa distancia. Luego de hacer varios intentos por enfocarlo y después de aceptar que sus anteojos necesitarían una nueva graduación lo más pronto posible, caminó para saciar su curiosidad y revelar el misterio. Aquella mancha café cobraba forma conforme se aproximaba a ella: un par de orejas puntiagudas, una cabeza, cuatro patas, algunas rayas oscuras, ojos cosidos, nariz, hocico y bigotes bordados.

    No pudo contener su emoción al verlo.

    —¡Ah, un gato! ¡Qué bonito! —Lo tomó con rapidez para analizarlo—. Es suave, pero no suelta pelusa, ¡su cara es tan simpática!, sus patas pudieron ser mejores, tiene la cantidad necesaria de relleno... —Lo abrazó con fuerza y olvidó por un momento que el resto de la gente podía verla actuando de forma ridícula—. ¡Me encanta! ¡Es muy lindo! ¡Lo quiero! —Entonces se detuvo—. Pero ¿quién olvidaría algo tan lindo aquí?, ¿su dueño estará cerca?

    Y comenzó la búsqueda visual del dueño del muñeco: una pareja a la izquierda, un grupo de jóvenes a la derecha, varias personas caminando y platicando alrededor de la fuente, algunos niños jugando, pero ninguno parecía interesado en ver hacia el sitio en donde el gato esperaba. Al parecer, en aquella plaza no había nadie que quisiera reclamarle por el atrevimiento de estrujarlo.

    —¡Qué raro! —exclamó, y luego de sentarse en aquella banca que había desocupado, colocó el peluche sobre sus piernas mientras revisaba la hora de nuevo e inspeccionaba el lugar. Nada. ¿Cuántas veces repetiría la rutina esa mañana?

    Comenzó a rascar la barbilla del gato como si se tratara de uno real mientras pensaba que, por alguna razón, nunca había considerado tener una mascota; pero tampoco había sentido la necesidad de cuidar más animales después de su experiencia con Shiro nueve años atrás. A esas alturas de su vida, quizá sus padres le permitirían por fin adoptar un perro o un gato, pero ¿realmente podría cuidar de él?

    Su momento de reflexión terminó cuando sintió que el movimiento de sus dedos se veía entorpecido por un agujero en el cuello del peluche. Bajó el rostro para verlo y descubrió que había jalado un hilo suelto sin querer. Sabía que estaría en problemas cuando el propietario apareciera y viera el gato con el cuello rasgado, con parte de su relleno hacia afuera, y por un momento no supo qué hacer. ¿Bastaría con una disculpa? ¿Había algún modo de evitar que siguiera descosiéndose?

    —¿Qué haces?

    La impresión estuvo a punto de tirarla de la banca de piedra. Con el corazón acelerado, levantó la mirada para descubrir un rostro familiar que observaba sus manos.

    —¿Es tuyo?

    —No —respondió luego de reponerse del susto—. Lo encontré abandonado, esperaba que apareciera el dueño pronto, pero ahora no sé si sea buena idea.

    —Ya veo —dijo mientras se enderezaba y miraba hacia todas partes, como si estuviera buscando a alguien con la esperanza de no encontrarlo—. ¿Kasu no ha llegado?

    —Se enfermó luego de su búsqueda intensa del palito premiado, no va a venir.

    El chico tímido suspiró aliviado: se había salvado de la paga de chocolate; pero al mismo tiempo se sentía un poco triste, en primer lugar, porque su amiga entusiasta no los acompañaría en esa ocasión; en segundo, porque había gastado dinero importante para sus golosinas por llevarle algo que quizá se desperdiciaría.

    —¿Qué traes ahí? —preguntó finalmente la chica de ojos verdes al ver que su amigo sostenía una bolsa de plástico con la mano izquierda.

    —Compensación —respondió él mientras metía la mano derecha en la bolsa y le daba a la chica una paleta de hielo del mismo tipo que dejó a Kasumi en cama—. Esta es para ti.

    —Gracias —contestó ella con una sonrisa.

    —Y esta es para ti si la quieres —continuó mientras avanzaba hacia un árbol cercano y ofrecía una segunda paleta.

    La chica de lentes miró hacia ese punto.

    —¿Con quién hablas?

    —Con la dueña del gato.

    —¿Eh?

    Había sido descubierta. Tras el árbol, con lentitud y un poco de molestia, se revelaba la figura de una niña espía solitaria: cabello rubio peinado en coletas atadas con un par de listones guindas, suéter blanco con un lazo amarillo que lo cerraba a la altura de su pecho, blusa anaranjada con cuello, falda roja tableada que se extendía hasta la parte baja de sus rodillas, calcetas blancas largas y zapatos negros. Cuando Maki vio su naturaleza repleta de nudos y listones, tuvo una idea.

    —Tómala en compensación por el descuido de la chica de allá —le dijo él mientras señalaba a su amiga, quien pudo admirar los ojos de la pequeña cuando volvió el rostro hacia ella: una encantadora mirada dorada.

    Rápidamente, la chica de trenzas se levantó de la banca para acercarse a la niña y disculparse.

    —¡Lo siento mucho! No fue a propósito, estaba distraída y no me di cuenta, ¡pero puedo arreglarlo! Dame un minuto.

    Volvió a sentarse, colocó el peluche a su lado y tomó su bolsa para buscar algo: las llaves de su casa, su teléfono, una libretita, un bolígrafo, un dulce de menta, una cartera... y hasta el fondo, un trozo de listón amarillo atado a un cristal transparente y a un cascabel.

    Tanto su amigo de la infancia como la dueña del gato observaban sus movimientos: desató con cuidado el listón para retirar el cristal y conservar el cascabel, cerró la bolsa con rapidez y tomó nuevamente el peluche, en cuyo cuello ató la cinta con un vistoso moño. Al terminar, se acercó una vez más a la niña para entregarle el juguete abandonado.

    —¡Ya está! —exclamó con alegría—. Me gustaría coserlo, pero no tengo aguja e hilo, esto servirá por el momento.

    Los ojos de la pequeña reflejaban una emoción incontenible y una gran sonrisa se dibujó en su rostro mientras abrazaba al gato con cariño.

    —¡Gracias! ¡Así será más fácil encontrarlo!

    Aquella frase logró desconcertar al par de jóvenes amigos, quienes no comprendían su significado.

    —Espera, ¿quieres decir que tú no lo dejaste aquí?

    —No —contestó ella luego de desocupar sus manos para romper la envoltura de su paleta—. Lo puse cerca del árbol y fui por una de estas. —Y le mostró a la chica de lentes un tallo de rabo de gato que había dejado en el suelo al lado del peluche—. Cuando volví, Choco ya no estaba donde lo puse, luego vi que tú lo tenías y quise pedírtelo, pero entonces llegó tu novio y...

    —¡No es mi novio! —corrigió ella rápidamente con un poco de pena.

    —Menos mal.

    —¿Qué quieres decir con eso?

    —Es que parece el tipo de chico que te dejaría plantada por quedarse en casa leyendo. —Ambos guardaron silencio ante el comentario—. Oh, ¿acerté?

    —Bueno... nunca me ha dejado plantada, pero hay alguien...

    —¡Eso no fue intencional! ¡Kasu nunca me dijo en dónde ni a qué hora nos veríamos! —protestó él.

    —¿Kasu es su novia?

    —¡No es mi novia!

    —Menos mal.

    —¡Deja de plantearlo así!

    —Es que sería raro que tuvieras una.

    Daichi sintió una puñalada en el pecho. Cabizbajo, arrastrando los pies, con la lentitud característica de una tortuga, se dirigió a la banca de piedra para sentarse.

    —Ah... estoy destinado a vivir solo por el resto de mi vida.

    —Creo que acaba de deprimirse —concluyó Maki luego de soltar una risita nerviosa.

    La pequeña comprendió entonces que se había excedido con sus comentarios. Buscó algo en los bolsillos de su suéter y, cuando lo hubo encontrado, corrió hacia el chico.

    —Lo siento —dijo, y extendió hacia él la palma abierta de su mano derecha, en donde tenía un chocolate relleno.

    —¿Chocolate?

    La emoción incontenible en la voz del chico impresionó a la pequeña que, después de parpadear un par de veces y confirmar que su regalo era ese, fue testigo de una reacción inesperada: una mirada ansiosa e infantil que nunca hubiera imaginado en una persona de su edad. Lo vio animarse de repente, tomar el chocolate, desenvolverlo con rapidez y colocarlo en su boca para disfrutarlo con alegría.

    —¡Perdonada!

    La chica de trenzas contemplaba la escena a la distancia. Disfrutaba de ver animado a su amigo de la infancia, le aliviaba saber que aún podía volverse cercano a alguien y que no rechazaba el contacto con el resto de la gente. En momentos como esos se aferraba a la idea de que él, muy en el fondo, seguía siendo el mismo que conoció en su infancia y que Kasumi era incapaz de notarlo; pero luego sacudió la cabeza para retirar aquella idea de su mente: le había costado una tarde de reflexión solitaria y un día más de distancia de ambos para comprender que el discurso iracundo de la castaña, aunque había tocado un punto importante, no estaba del todo en lo cierto, y pensar de nuevo que el pasado volvería cuando menos se lo esperara sería un gran retroceso en su camino de aceptación.

    —No es que no lo acepte ahora —le había comentado al tercer día, nuevamente a solas, en un intento por no hacer aquella discusión más larga y escandalosa cuando intentaba solucionar el problema—, es que nunca me pareció un problema tratar con alguien así; además, sus defectos tienen cierto encanto. —Levantó la mirada hacia el cielo y siguió hablándole sobre sus conclusiones—. Pero más que notar sus defectos, lo que realmente me preocupa es que ahora se desanime o se rinda con demasiada facilidad, y eso es algo que definitivamente no puedo dejar pasar... aunque tampoco sé cómo ayudarlo, no es como que empujarlo siempre sea lo más viable; es decir, quiero ser su respaldo, pero entiendo bien que no debo hacer que dependa siempre de mí.

    —Conque eso era... —dijo en voz baja su compañera de almuerzo, quien también levantó su rostro sonriente para demostrar su alivio, aunque Maki no lo viera, y se mantuvo en silencio durante un rato—. ¿Y cuándo vas a decírselo?

    —¿Decirle qué?

    —Lo que acabas de decirme. —Otra vez contemplaba ese rostro confundido—. No tienen que ser esas mismas palabras, siempre puedes pensar en una manera amable de decirle lo que piensas, solo necesitas encontrar el momento adecuado para hacerlo.

    ¿Cuándo llegaría ese momento?

    —Oye —le dijo una voz aguda desde abajo mientras sentía una serie de jalones suaves a su ropa que la hizo despertar de esa obnubilación que ni siquiera le permitió disfrutar el sabor de su paleta—, ¿viste a dónde se fue Choco?

    —¿Choco? —preguntó confundida—. Hace rato lo dejaste... ¡ah!

    En el lugar sólo quedaba el tallo que la niña rubia había llevado minutos antes.

    —¡Se escapó otra vez! ¡Sabía que debía vigilarlo mejor!

    —¿Dijiste que se escapó? ¡Pero es de peluche!

    —Eso parece, pero en realidad es un gato mágico que sale a pasear todos los días cerca del mediodía.

    —Pero... algo así...

    —¡En verdad lo hace! —interrumpió la pequeña a Daichi—. ¿Tú tampoco vas a creerme?

    El chico vio en su rostro frustrado e impotente un reflejo de sus años de soledad, aquel lapso en el que ni Maki ni Kasumi estaban en su vida, aquella etapa en la que la realidad lo golpeó para no permitir que se recuperara jamás. Y supo entonces que no podía permitir que alguien más padeciera lo mismo.

    —Te creo —respondió mientras se levantaba—, y también creo que Choco no debe estar lejos de aquí.

    —¡Ya sé! —dijo con entusiasmo—. Choco ahora tiene un cascabel, será más fácil encontrarlo si lo escuchamos.

    Por un momento, Maki no supo cómo reaccionar ante aquella propuesta. Ciertamente, ella le había atado un cascabel; pero nunca logró que sonara. Desde que lo obtuvo en el bazar de objetos antiguos hizo toda clase de experimentos para arreglar ese defecto: insertaba en él piedras, trozos de metal, balines, incluso escrupulillos de otros cascabeles; pero ninguno funcionaba. Se sintió timada, sobre todo después de que varios de los eslabones de la cadena que lo sostenía se rompieran por la antigüedad del metal, y aún así no quiso tirar ninguno de sus colguijes.

    Luego pensó en las razones para no deshacerse de ellos y no encontró ninguna. ¿No los había tirado alguna vez?

    Un tintineo la obligó a voltear hacia su izquierda.

    —¡Choco! —gritó la niña, y sin pensarlo dos veces corrió hacia el gato de peluche, que dio media vuelta para alejarse del sitio—. ¡Espera, Choco!

    —¡Imposible! —exclamó la chica de lentes— ¿Cómo es que...?

    No terminó la frase: antes de siquiera imaginarlo, Daichi ya estaba persiguiendo a ambos y ella no tuvo más alternativa que hacer lo mismo. Aceleró sus pasos para alcanzarlo y hablar con él.

    —¿Qué estamos haciendo?

    —Cazando al gato, ¿qué más podría ser?

    —¡Pero tú y yo sabemos que los gatos de peluche no pueden correr así! Es más, ¡ni siquiera pueden moverse! Esto es demasiado sospechoso.

    —Junko dijo que era un gato mágico.

    —¿Quién es Junko?

    —¡Ella! ¡Lo dijo en voz alta hace rato! No nos estabas escuchando.

    —Perdón, me distraje.

    —No importa ahora, sólo no la pierdas de vista.

    Aquella situación le parecía inverosímil. Mientras seguían con su carrera por varias cuadras, su mente intentaba ensamblar todas las piezas sueltas en un intento por buscar una razón para lo que estaba ocurriendo. Solamente se le ocurrían dos opciones: o alguien les estaba jugando una broma muy realista o verdaderamente el gato era mágico y su poder logró que el cascabel sonara. A sus dieciséis años, la única opción que consideraba creíble era la primera; pero su amigo de la infancia prefería la segunda. No conocerían la verdad hasta que el gato se detuviera o hasta que alguno de ellos lo alcanzara, y dada la distancia entre el par y el peluche y la condición física de ambos, la única con posibilidades de atraparlo era la niña que acababan de conocer.

    Y así ocurrió después de varios minutos de persecución que los dejó exhaustos: el gato, en una extraña jugada de su parte, se sentó a la mitad de la calle para esperar a Junko, quien lo atrapó sin mayores contratiempos para luego regañarlo mientras sus acompañantes descansaban en el piso y recuperaban el aliento.

    —Corre muy rápido para ser de peluche —dijo el chico casi muerto.

    —¡Ya te dije que ni siquiera debería moverse por su cuenta! —protestó jadeando su amiga.

    —¡Pero Choco hace más cosas! —comentó la niña luego de acercarse a ellos con el gato de peluche entre sus brazos—. Cuando el sol está en lo más alto, maúlla.

    —¿¡Maúlla!? —preguntaron ambos al unísono.

    —¡Maúlla!

    Y lo hizo.

    Estupefactos, Maki y Daichi mantuvieron la vista fija en el gato que por un momento les pareció real: un lengüetazo a su pata, su pata acercándose a su oreja para rascarse con delicadeza, el movimiento de sus orejas cuando sacudió su cabeza, el meneo de cabeza que provocó que el cascabel tintineara, el tintineo hipnótico que al principio parecía suave y dulce y que fue incrementándose, agravándose, expandiéndose por cada parte de los cuerpos de los tres chicos, desde la punta de sus dedos hasta sus cerebros, sus cerebros que de repente les mostraron una serie de imágenes confusas, distintas, olvidadas por años, meses, días, segundos...

    Se vieron perdidos, solos ante sí mismos, en escenarios distintos de sus momentos de pánico. Era tal su confusión que ninguno supo en qué momento se desvaneció el piso ni cuándo desaparecieron las casas a lo largo de la calle, y ninguno se percató de la curiosa mirada verde que se había acercado a la ventana abierta de su cuarto al escuchar un par de voces familiares.

    No supieron en qué momento desaparecieron de su mundo, y ninguno pudo escuchar la frase de la chica castaña que fue testigo de la aparición de un halo bajo el grupo que no pudo distinguir a tiempo:

    —Creo que la fiebre está haciendo que vea cosas.

    Y cerró la ventana para volver a dormir.
     
  20. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Yo senti que en el capitulo anterior tenias mas soltura y confianza al escribir. En este parece algo un tanto guionado, no digo que este mal es solo lo que pense mientras lo leia. Por otra parte te recomiendo que si quieres contar algo importante de un pesonaje cuida que no opaque el momento actual de la trama, intenta acoplarlo a la situación y sacale el mayor probecho posible

    Con respecto a este capitulo me gusto, como recomendacion (y podria ayudarte con eso de contar cosas importantes sin joder la trama) puedes hacer un off al final del capitulo con un careo entre dos o mas personajes y que cuenten un poco el adelanto de la parte escondida de la trama y de paso te ayudara a meter la historia de un personaje que quieras contar para seguir alimentando el misterio 1 o 2 capitulos mas. Este es un recurso muy usado en DxD por ejemplo.

    De nuevo espero seguir leyendote. Sigue asi!
     

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