Original Fic El deseo de Nozomu

Tema en 'Zona creativa' iniciado por Metzonalli, 14 Feb 2017.

  1. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Buenas o.o^

    Después de pensarlo por mucho tiempo, he decidido publicar aquí también la historia semiseria e interminable que he estado escribiendo en los últimos meses (aunque ya van a ser dos años desde que empecé con ella xD). La publicación tiene una historia divertida de fondo que no pienso contarles para no extender demasiado el post, puede que la cuente algún día en mi blog o cuando termine de publicar, ya veremos.

    Hasta el momento tengo planeado contarla en seis o siete arcos (no mentía cuando decía que es interminable xD). Los siguientes enlaces son una guía para saltar a un arco en específico:

    Arco 1: La misión del rayo (a partir de este post)
    Arco 2: El deseo de la luz
    Arco 3: La libertad de la niebla


    —————————— —————————— ——————————


    logos3_La misión del rayo.png

    He aquí una sinopsis de La misión del rayo, la primera parte:


    Luego de ser transportados a un mundo en ruinas, Daichi y Maki son atacados por un enemigo que no revela sus motivos para hacerlo. Su única pista para revelar el misterio es una corona dorada de laurel que Maki le regaló a Daichi un día después de su séptimo cumpleaños. Pronto, Maki entenderá que aquel obsequio, más que un amuleto de la suerte y un símbolo de amistad, ha conectado sus vidas con el destino de una persona de quien solo conocen su nombre: Nozomu.

    Y dicho lo anterior, espero que les guste y/o que me dejen comentarios, les estaré agradecida :3 Procuraré actualizar cada viernes, aviso para que no se queden con el pendiente (sí, eso incluye el próximo viernes 17, así llevo más orden en mi vida, que buena falta me hace xD).

    • • •

    Capítulo 1: El amuleto perfecto

    Esa mañana, los padres de Maki la vieron salir con prisa de casa. Ella no era el tipo de chica que se quedaba dormida en temporada de clases, tampoco le costaba arreglarse, sobre todo cuando alistaba todo cada noche para evitar retrasos innecesarios: las calcetas dobladas sobre una silla; la falda a cuadros debidamente colgada junto a la blusa blanca y el suéter azul; el par de ligas sobre el tocador, al lado del cepillo, listas para sujetar su típico par de trenzas negras no tan apretadas; sobre el buró, junto al listón azul que ataba en moño alrededor de su cuello para complementar su uniforme, los lentes color turquesa que les ayudaban a sus ojos verdes a ver el mundo con mayor precisión. Había practicado el mismo ritual cada día desde que aprendió a vestirse, pero esa vez, por alguna razón, faltaba algo: buscó dentro de todos los cajones posibles, debajo de su escritorio, entre sus libros, en su mochila, en el ropero, bajo la almohada, en la canasta de la ropa sucia, entre sus cobijas, bajo el colchón... “¡Seguro está bajo la cama!”. Nada.

    Estaba a punto de llorar cuando se le ocurrió, de pronto, revisar en el bolsillo de su suéter. Ahí encontró, oculto dentro de su pañuelo, un cordón negro de donde pendía un dije plateado, muy ligero, con una piedra incrustada similar a un diamante al centro, de donde nacían tres abanicos formados por varios alambres: tres a cada lado y cinco hacia abajo, como las alas y la cola de un ave. Al ver aquel extraño colguije en el lugar menos esperado, quizá guardado por accidente la tarde anterior, suspiró y quiso golpearse la cabeza contra la pared; pero no podía seguir perdiendo tiempo o más de una persona sería perjudicada por su descuido.

    Mientras corría hacia la escuela, su cabeza se encargaba de distraerla. Ciertamente, el dije era importante, lo suficiente como para que quien la esperaba comprendiera su retraso; después de todo, fue esa persona quien se lo dio como señal de agradecimiento luego de que una tarde de su infancia, mientras jugaban en un parque, Maki le regalara el amuleto perfecto.

    Nueve años atrás, cuando ella buscaba un lugar ideal para esconderse, vio un resplandor que provenía del pasto. Al acercarse y ponerse en cuclillas para ver la zona de cerca, descubrió que se trataba de un pequeño trozo de metal dorado en forma de corona de laurel, el cual tomó e inspeccionó durante varios segundos antes de que una voz detrás de ella la asustara:

    —¡Te encontré!

    Maki intentó mantener el equilibrio sin éxito. Desde el suelo vio al dueño de la voz: de cabello tan oscuro como el suyo y ojos azules como el cielo despejado y limpio, un niño con el rostro dibujado de preocupación mezclada con curiosidad luego de ver caer a su compañera de juegos.

    —¿Estás bien? ¿Por qué no te escondiste?

    La niña se sentó, despegó sus manos ligeramente de su pecho y le respondió emocionada:

    —¡Mira, Daichi! ¡Es un amuleto de la suerte!

    —¿Un amuleto de la suerte? —repitió el niño antes de que Maki mostrara su hallazgo sobre las palmas de sus manos y lograra contagiarle su ánimo— ¡Qué bonito brilla! ¡Sí que es un amuleto de la suerte!

    —¿Verdad? ¡Ahora tendré mucha suerte!

    —No es justo —se quejó su amigo, quien se había sentado a su lado para hablar sobre el amuleto—, tú siempre tienes suerte: ayer encontraste una moneda, la semana pasada encontraste a Shiro, y hace un mes te regalaron dulces...

    —Y luego me regañaron —dijo ella mientras recordaba cómo su madre amenazaba al sospechoso hombre de los dulces y cómo su padre estaba dispuesto a golpearlo.

    —Pero no todos los días te regalan dulces —siguió protestando, luego cruzó los brazos e hizo un puchero para mostrar su inconformidad—. ¿Por qué tienes tanta suerte?

    Al ver la cara de su amigo, Maki intentó contener la risa; sin embargo, fue inevitable para ella soltar una carcajada tan fuerte que no pudo escuchar el par de “No te rías” de Daichi. Cuando pudo calmarse, tomó una decisión:

    —Tengo suerte porque mis listones también son de la suerte —dijo mientras se soltaba uno de los dos listones amarillos que decoraban sus trenzas y lo ataba a la guirnalda dorada—. Si amarro esto aquí y lo paso por acá y lo pongo así... ¡tada!, ¡el amuleto perfecto!

    El par de ojos azules contempló el maravilloso resultado: un trozo de metal en forma de corona de laurel con un listón atado en la base como si se tratara de una medalla entregada al ganador de un concurso. La niña, al notar el brillo en los ojos de su amigo, sonrió y colocó el amuleto con gentileza entre sus manos.

    —¡Feliz cumpleaños!

    —¡Gracias! —respondió él con gran alegría, mostrando una sonrisa muy notoria hasta que se percató de un detalle—. Pero mi cumpleaños...

    La voz dulce de la madre de Daichi interrumpió la charla. Los niños corrieron hacia donde ella conversaba con la madre de Maki sobre diversos temas sin importancia para sus hijos. Luego de que todos se despidieran, la pequeña siguió con su mirada verde a su amigo, quien tomó la mano de su madre, avanzó algunos pasos, se detuvo por un instante y agitó su mano en el aire para despedirse de su compañera de juegos, acto que la motivó a agitar la mano con fuerza y gritarle “¡Adiós!”. El niño retomó su marcha y su voz, que se desvanecía poco a poco, le informaba a su madre sobre su nueva pertenencia:

    —¡Mira, mamá! ¡El amuleto perfecto para...!

    Nueve años después, los pensamientos de Maki fueron interrumpidos al chocar contra alguien. El golpe fue tal que la chica cerró los ojos, resignada ante la idea de caer al suelo, lo cual habría ocurrido si una mano salvadora no hubiera tomado la suya a tiempo. Al sentirse a salvo, el par de ojos verdes se abrieron lentamente y notaron el rostro asustado de un chico alto de cabello negro y alborotado, cuyos ojos no podían ser apreciados debidamente por sus anteojos grandes, feos y redondos que reflejaban la luz del sol.

    —Buenos días —tartamudeó el chico a un nivel de voz apenas perceptible.

    —Buenos días —respondió Maki con una bella sonrisa, mientras se preguntaba por enésima vez por qué Daichi no podía volver a sonreír con la misma confianza que tenía nueve años atrás. Pero sabía que no era tan sencillo como pedírselo o contarle un chiste: un amuleto, por más poderoso que fuera, no era capaz de repeler la muerte.

    Casi siete años atrás, Maki encontró a Daichi escondido entre los arbustos del parque, sentado en posición fetal, con el rostro oculto entre sus brazos cruzados y apoyados sobre sus rodillas, sin hacer ruido para no ser descubierto por nadie. Al verlo, aunque intentó gritar un “¡Te encontré!” eufórico, lo único que pudo hacer fue sentarse cerca de él en silencio, teniendo cuidado de no dar pistas de su localización para que nadie interrumpiera su último momento juntos. Esa mañana no había ido a la escuela, y ella, al creerlo enfermo, decidió visitarlo cuando terminaron las clases. Al llegar a su casa se enteró de una noticia triste: de acuerdo con los planes de su madre, ambos se mudarían a una zona más cercana a su trabajo y abandonarían el lugar en donde vivieron tantos años. Ella no comprendió los motivos en aquel momento ni se detuvo a reflexionar sobre ellos, simplemente quería ver a su amigo y emprendió su búsqueda en ese lugar tan habitual y conocido que acumuló cientos de recuerdos importantes de sus vidas.

    Para Daichi, la situación era terrible: esa casa era uno de los pocos sitios en donde podía sentir la presencia de su padre, su hogar era ese, en donde compartió con él tantos momentos que no quería dejar atrás; además, ahí estaba Maki, ¿por qué tenía que perder a su amiga luego de perder a su padre? En un arranque de negación y rebeldía, salió de casa y se escondió en el lugar más seguro que conocía, y fue ahí donde la niña, cuando se enteró de la desaparición repentina de su compañero de juegos, lo encontró poco después.

    El único sonido que podían escuchar durante su silencio de varios minutos fue el de las hojas movidas por el viento.

    —Oye, Maki —rompió el silencio Daichi, aún con el rostro oculto entre sus brazos—, cuando me vaya, ¿seguiremos siendo amigos?

    Al escuchar la pregunta, ella reaccionó de tal forma que sorprendió a su compañero de escondite:

    —¡Claro que seguiremos siendo amigos! ¡Nunca voy a olvidarme de ti! ¡Algún día, cuando seamos grandes, voy a buscarte, te encontraré y volveremos a jugar como siempre!

    Ante tal declaración, Daichi levantó la cabeza y volvió la mirada hacia Maki: había apoyado ambas manos en el suelo para inclinarse y lograr que él escuchara sus palabras con fuerza y claridad. La pregunta inocente del niño provocó que los ojos verdes que lo miraban se llenaran de lágrimas, y él comprendió en ese instante que había cometido un error que lo marcaría durante el resto de su vida si no hacía algo por enmendarlo. Mientras ella gimoteaba, él buscaba algo entre los bolsillos de su pantalón y sacó un dulce del derecho. Cuando estaba por dárselo, se dio cuenta de que también tenía en la mano el amuleto perfecto, entonces se le ocurrió algo.

    —Maki —dijo mirando su rostro apesadumbrado, luego de dejar el dulce en el suelo y cerrar el puño para ocultar por un momento el trozo de metal dorado—, ¿todavía tienes el amuleto protector?

    La pequeña enjugó sus lágrimas, llevó ambas manos a su cuello y le mostró su dije plateado. Al verlo, Daichi se levantó, tomó el amuleto perfecto entre sus dedos y se lo enseñó a su amiga.

    —¡Este amuleto de la suerte y ese amuleto protector nos unirán de nuevo! ¡Cuando nos unan de nuevo, nadie podrá separarnos!

    Conmovida por las palabras del niño de ojos azules, Maki mostró el rostro que Daichi recordaría cada vez que pensara en ella mientras estuvieran lejos: una sonrisa amplia y un par de ojos verdes ligeramente llorosos que reflejaban esperanza. Aunque en aquel momento pareciera imposible, el día prometido llegaría tarde o temprano.

    Sólo había un problema: a pesar de que la frase rebosaba de optimismo y le sirvió a Maki como consuelo y motivo para seguir sonriendo todos los días durante los primeros años de separación; Daichi nunca logró creer en sus propias palabras, o al menos eso le parecía a ella. Varios meses después de su reencuentro en la preparatoria, el chico aún no podía tratarla como antes: toda la confianza que tenía en sus años de infancia, por alguna razón, había desaparecido.

    —No entiendo —susurró la chica mientras ladeaba la cabeza, que estaba apoyada en la palma de su mano.

    —Entenderías si me hicieras caso.

    Un golpe regresó a Maki al presente. Sentada frente a ella en el receso, una chica de ojos verde oscuro y cabello castaño oscuro largo atado en una coleta floja apoyada en su hombro derecho la observaba con molestia y alejaba su mano de la cabeza de la joven de trenzas.

    —Intento explicarte algo que podría sorprender a Dai-Dai y tú sigues en la luna. Hoy estás rara, ¿pasó algo?, ¿desayunaste?, ¿te robaron el cerebro mientras dormías? ¡Hola! ¡Tierra llamando a Maki!

    En efecto, algo extraño ocurría: la mente de Maki no podía centrarse, quizá porque aún no lograba asimilar la idea de perder su dije plateado en un momento de descuido. Aunque al fin se había reencontrado con su amigo de la infancia y el juramento de los amuletos dependía de ellos a partir de entonces, sentía una fuerte necesidad de llevarlo consigo. Quizá se trataba de un lapso de nostalgia originado por sus cambios hormonales, o tal vez, como suponía su compañera de charla, algo le robó el cerebro mientras dormía. Independientemente del motivo, necesitaba escuchar lo que su compañera de pupitre le estaba diciendo.

    —Perdón, Kasumi, debe ser el hambre, ¿qué dec...?

    —Come y escucha —dijo luego de interrumpir su frase al ponerle un sándwich en la boca—: hoy cerrarán el bazar que queda de camino a mi casa, ese al que entramos en el cumpleaños de Dai-Dai, ¿lo ubicas? —Maki asintió mientras masticaba su desayuno—. Pues hay oferta en libros: compras dos y te regalan el tercero. Es nuestra última oportunidad para comprarle muchos libros raros a Dai-Dai y, de ser posible, regalarle el enorme con dibujos antiguos, ¿recuerdas cómo se llamaba o cómo era? Tal vez hasta lo encontremos a mitad de precio.

    Maki seguía asintiendo mientras recordaba un suceso ocurrido cinco meses atrás: Daichi sentía una extraña atracción por los libros viejos a tal grado que podía pasar días sin gastar su dinero para comprar textos difíciles de encontrar. Kasumi, la amiga que hizo Daichi en algún momento luego de mudarse, supo de esto y propuso que visitaran un bazar de curiosidades cerca de su casa, en donde el encargado ofrecía muchos libros que podrían llamar la atención de cualquier investigador o coleccionista.

    Cuando entraron aquella vez al local, el chico de ojos azules comenzó a actuar como un niño en una tienda de juguetes: observaba con curiosidad los libreros; tomaba cada libro que le llamaba la atención con sumo cuidado, como si estuviera tratando con la fragilidad de las alas de una mariposa; lo abría con calma y lentitud, casi como si temiera que las letras saltaran y desaparecieran entre los rincones más empolvados del bazar; revisaba páginas salteadas y disfrutaba el aroma y la textura de cada hoja. Se veía tan contento entre los libros que, por un momento, Kasumi y Maki tuvieron celos de ellos.

    Luego de haber gastado sus ahorros de varias semanas en la compra de cuatro o cinco libros que consideró interesantes, justo cuando el grupo estaba por salir de la tienda, el joven volvió la cabeza y se encontró frente a frente con su primer amor a primera vista: sobre un atril de madera, protegido por una vitrina, en el rincón menos visible del lugar, estaba expuesto un libro grueso con cientos de hojas amarillentas e ilustraciones medievales. Sus acompañantes siguieron sus movimientos con la mirada: dejó caer sus bolsas como si de repente hubiera perdido todas las fuerzas; avanzó con rapidez, casi corriendo, hacia ese sitio olvidado por la mano del hombre; mantuvo los ojos fijos en cada detalle de las páginas que podía ver. Sentía la necesidad de tenerlo, de llevarlo consigo, de tocar hasta la última hoja, de leer hasta la última letra, de disfrutarlo cada segundo. Pero el libro era increíblemente costoso y, además, él se había quedado sin presupuesto y no podía devolver lo que ya había comprado.

    A Kasumi y a Maki les llevó mes y medio levantarle el ánimo después de aquel incidente. Sabían lo que podía significar perder la última oportunidad de obtener ese libro; por lo tanto, no fue tan difícil adivinar cuál era el plan y por qué la castaña le envió un mensaje de texto a la chica de lentes la tarde anterior para pedirle que llevara todos sus ahorros: los tres irían al bazar, esperarían que Daichi volviera a ver el libro para que ambas confirmaran de cuál se trataba, juntarían su dinero y harían hasta lo imposible por pagarlo y regalárselo a su preciado amigo.

    Era el mejor plan que se le había ocurrido hasta el momento y tenía que reconocerlo.
     
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    Última edición: 29 Sep 2018
  2. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 2: Destino inesperado

    Cuando terminaron las clases, el grupo se dirigió hacia casa de Kasumi sin que las chicas le hablaran a Daichi sobre su plan para llevar a cabo la última compra antes del cierre definitivo del bazar de curiosidades. Ambas conversaban alegremente sobre cualquier tema, mientras que su compañero de viaje caminaba detrás de ellas, miraba sus pies y pensaba que no podía pedirles que hicieran una escala en su trayecto para volver a ver a su primer amor.

    Tiempo atrás, lo primero que hubiera hecho sería hablar claramente de sus deseos y de sus necesidades; pero por más que lo pensaba, por más que buscara una razón, no sabía a partir de qué momento se volvió un muchacho tímido: quizá desde la primera vez que dudó de sí mismo, quizá desde que murió su padre, quizá ya era así desde antes de decir su primera palabra. Quizá por ello, cuando su amiga castaña le dijo que se detendrían unos minutos en el lugar que él quería, su expresión cambió y sus pasos lentos y silenciosos se convirtieron en pequeños saltos de alegría y, posteriormente, en pasos veloces que obligaron a ambas a correr.

    Y todo parecía ir de acuerdo al plan hasta que Kasumi chocó contra una persona y perdió de vista a sus acompañantes a pocos metros de llegar a su destino. Maki no se percató de que su amiga se había detenido, sólo se concentró en correr y perseguir al lector apasionado, quien entró al local sin saludar y comenzó a buscar ese libro antiguo que le fascinaba.

    La chica de trenzas quiso saludar al encargado y disculparse por la brusquedad del chico, pero él no estaba detrás del mostrador; intentó decirle algo a Kasumi, pero ella tampoco estaba ahí; buscó a Daichi con la mirada y lo encontró en frente de la vitrina del libro antiguo, embelesado, perdido como la vez anterior. Se acercó despacio para no arruinar el momento, sin despegar los ojos de él, e intentó decirle algo para llamar su atención por un momento; sin embargo, notó algo extraño: los ojos azules no veían fijamente la vitrina sin el libro, sino un objeto que se encontraba justo detrás de ella: una espada larga con empuñadura plateada y negra y la silueta de una corona de laurel grabada sobre su filo.

    Todo ocurrió de forma tan extraña que Maki no pudo asimilarlo ni detenerlo: para cuando había llegado a su lado, Daichi ya había sacado el amuleto perfecto del bolsillo derecho del pantalón y había soltado y dejado caer el listón amarillo de la suerte. De inmediato, el chico tomó con la mano izquierda la espada con la punta hacia arriba y colocó aquel tesoro que había mantenido celosamente a su lado durante años; le dio media vuelta para dejar su punta hacia abajo, la tomó con ambas manos y la enterró en el suelo sin decir palabra.

    De repente, todo era desconocido: el bazar se había convertido en un lugar abandonado, vacío, lleno de polvo, con una entrada sin puerta que cruzó Daichi con espada en mano mientras Maki intentaba comprender la situación en la que se encontraban; sin embargo, tenía la certeza de que mantenerse al lado del chico era más importante en aquel momento. Al salir para seguirlo, se percató de que estaban en una ciudad en ruinas, sin más personas alrededor que no fueran él, ella y...

    —¿Kasumi? —llamó un par de veces intentando no despegar la mirada de su amigo; pero no hubo respuesta.

    Notó en aquel momento que él se dirigía hacia un castillo, la única construcción que, al parecer, había soportado el desastre ocurrido. ¿Un terremoto? ¿Un tornado? ¿El apocalipsis? ¿Por qué el castillo se mantenía en pie a pesar de que a su alrededor sólo había escombros y naturaleza muerta? ¿Y por qué Daichi no se detenía a pesar de que ella lo llamara una y otra vez? ¿Por qué no volvía la cabeza, ni la esperaba, ni le prestaba atención cuando ella logró alcanzarlo? ¿Por qué sintió de repente que la simple presencia del chico había destruido un muro invisible?

    Cuando ambos habían llegado a la entrada del castillo, ella acercó su mano al hombro de su compañero para detener su marcha; pero eso solo tuvo un efecto inesperado: antes de tocarlo, Daichi giró y apuntó la espada al rostro de la chica, quien apenas tuvo tiempo de retroceder un paso para evitar cualquier rasguño.

    —¡Reacciona, Daichi! —le pedía con desesperación— ¿No me reconoces? ¡Soy yo, Maki! ¡Soy tu ami...!

    —Él no puede escucharte, es inútil —dijo una voz femenina que provenía de la entrada del castillo, la cual se escuchaba con más fuerza a medida que su propietaria se acercaba a ambos—. La espada tiene una voluntad más fuerte que la suya, su deseo es más poderoso que el de este chico, la única forma de hacer que recupere la conciencia es quitándole la espada de esta forma.

    Detrás de Daichi se encontraba una joven aproximadamente de la edad de Maki, de cabello castaño corto ondulado con un par de trenzas que bajaban desde sus sienes, con ojos violetas, aunque el derecho estaba casi cubierto por su fleco. Vestía una blusa escotada de manga larga cuya parte baja mostraba un corte inusual: comenzaba desde el centro, poco más abajo de su ombligo, y se alargaba conforme cerraba la circunferencia hasta llegar ligeramente abajo de su rodilla derecha. Su pantalón ajustado también era peculiar: mientras que cubría en su totalidad la pierna izquierda, sólo cubría la mitad de su muslo derecho.

    Aquella persona, en conjunto con sus movimientos, se mostraban ante la chica de lentes como la escena más provocativa que había podido presenciar en su vida: lentamente, la sensualidad encarnada se colocó a un lado del joven hipnotizado, tomó lentamente sus manos, acercó los labios a su oído y susurró una orden: “Suéltala”. Daichi obedeció e instantáneamente cayó inconsciente al suelo mientras ella blandía la espada un par de veces y veía a Maki correr y agitar el cuerpo del chico.

    —¡Dijiste que recuperaría la consciencia cuando le quitaran la espada! —reclamó.

    —El chico es tan débil que no pudo resistir el poder de la espada —respondió mientras pasaba ligeramente sus dedos sobre el filo—, no entiendo por qué la espada lo eligió.

    Confundida, Maki intentó preguntarle a qué se refería; sin embargo, antes de decir cualquier palabra, aquella mujer misteriosa habló de nuevo.

    —Bueno, no importa, al menos eligió y llegó a este lugar. Ahora solo debo tomar su existencia.

    “Tomar su existencia”, desde la perspectiva de Maki, parecía una expresión peligrosa, sobre todo cuando una fuerza proveniente del objeto, que la castaña apuntó hacia el corazón del chico inconsciente, la alejó de ellos. Supo entonces que buscar respuestas en esas circunstancias sería una tarea imposible y que necesitaba evitar a toda costa que el plan de la atacante terminara satisfactoriamente.

    Se levantó con rapidez e intentó acercarse a ella para arrebatarle la espada que comenzaba a brillar; pero fue detenida por pequeños rayos que la castaña invocaba. Aún con eso, Maki insistía en detenerla: se acercó dos, tres, cuatro veces más sin éxito alguno y cada vez con más dificultad; sin embargo, lo había creído años antes, cuando Daichi hizo el juramento de los amuletos, y era su deber que se cumpliera: al fin se habían reunido, tenía que evitar que algo o alguien los separara de nuevo.

    La labor de la joven de ojos violeta se vio interrumpida por el ataque de una segunda espada que rozó su brazo derecho y que la obligó a retirar su arma. Tuvo que retroceder un poco para esquivar otro ataque mientras apretaba la pequeña herida que le hizo su contrincante. Desde esa nueva posición, levantó la mirada para descubrir quién pretendía entrometerse en su objetivo; al ver de quién se trataba, su expresión seria cambió por una ligera sonrisa burlona y una mirada que pretendía disimular el peligro contra el que se tendría que enfrentar en aquel momento.

    —Así que aún existes, Sayaka.

    A unos cuantos pasos, empuñando una espada ropera con gavilanes grisáceos, Maki estaba lista para volver a atacar.

    Sus ojos no la engañaban: aquella chica miserable cuyo destino fue establecido desde que encontró el amuleto perfecto pudo invocar la espada de Sayaka, ¿o fue Sayaka quien logró despertar de su letargo de varios años para defender a ese par de almas confundidas y desafortunadas? Estaba segura de algo: su misión no sería tan fácil a partir de ese momento.

    —Ayame, baja la espada —ordenó Maki, o más bien, esa confusión de seres: un ente mágico, quizá, que manejaba su cuerpo.

    —¿Tanto tiempo sin hablar y lo primero que tienes que decirme es “baja la espada”? —respondió la castaña, quien hizo caso omiso de la orden y se mantuvo en posición de alerta—. Un “Hola, Ayame, tanto tiempo sin verte” hubiera sido mejor.

    —No pienso saludar amigablemente a alguien que atenta contra su misión.

    —¿Atentar contra mi misión? Ellos ni siquiera pertenecen a nuestro mundo, ¿me vas a decir que esto también está prohibido?

    —Interrumpir la vida de cualquier ser está prohibido, sea o no de nuestro mundo.

    —Entonces justificas que lo que estoy haciendo es correcto, porque lo sabes, ¿verdad?

    En el rostro de Maki se dibujó un gesto de molestia, al cual procedió un par de movimientos de espada que crearon dos corrientes de aire que se dirigieron hacia Ayame, quien corrió hacia un lado para esquivarlas.

    —¿Por qué te alteras tanto? —continuó la de ojos violetas mientras se preparaba para evadir un ataque más— ¿Piensas detener mi plan?

    —Ningún plan justifica que otros sean afectados por tus acciones —argumentó Sayaka desde el cuerpo de Maki al tiempo en que avanzaba unos cuantos pasos para acercarse a su contrincante.

    —¿Ni siquiera cumplir tu deseo?

    Sayaka detuvo los pasos de la chica de trenzas y pensó por un momento: ¿cómo fue que Ayame se enteró de su deseo?, ¿realmente lo sabía o quería engañarla para salvarse y proseguir con su plan? Ese momento de perturbación era suficiente para su contrincante: volvió a dirigir la espada al cuerpo del chico inconsciente y se preparó para continuar con su labor interrumpida.

    —Yo puedo traer a Nozomu de vuelta —susurró la castaña—, y cuando lo logre...

    No pudo terminar la frase: una nueva corriente de aire golpeó su cuerpo y la hizo retroceder a la fuerza. Al parecer, sus palabras no podían engañar a Sayaka, quien aún esperaba el día en el que su deseo se cumpliera, pero que no estaba dispuesta a sacrificar la vida de nadie por ello. Era, ciertamente, una persona amable que temía perjudicar al resto por una decisión suya. Era así desde que la conoció... y siempre salía lastimada por ello.

    Ayame cruzó los brazos delante de su rostro mientras recibía varios golpes de viento que la alejaban lentamente de Daichi. Decidió entonces contraatacar e invocar una serie de rayos que se dirigieron a Maki; pero ella fue protegida por una corriente nueva que desvió los rayos de su curso. En ese momento volvió a blandir la espada con rapidez y dirigió más corrientes de aire para seguir empujando a su...

    —Aún no estás convencida de que soy tu enemiga en esta batalla, ¿verdad, Sayaka?

    Tenía razón: muy en el fondo, aquella fuerza que controlaba a Maki no comprendía qué había orillado a Ayame a realizar semejante acción. Quería averiguarlo, quería hablar con ella y saber exactamente qué cuentas pendientes tenía con Nozomu o, más bien, saber si ameritaban arriesgar a alguien de esa manera.

    Pero cuando intentó hacerlo, se percató de algo que no le gustaba: su contenedor tenía una voluntad fuerte de salvar a su amigo y ella estaba dispuesta a prestarle su fuerza; pero no le quedaba mucho tiempo para hacerlo y debía tomar una decisión: luchar o morir en vano. Necesitaba, además, tomar medidas para cuando desapareciera o Maki no sabría qué hacer para revertir todo lo que había avanzado el conjuro de su contrincante hasta el momento.

    Ayame vio cómo la espada de Sayaka se mostraba ahora en forma vertical, con la punta hacia arriba, justo frente al rostro de aquella niña de otro mundo; vio también cómo levantaba la mano izquierda un poco más arriba de su cabeza, cómo apoyaba un par de dedos en el filo del arma y cómo se movían sus labios. Cuando el cuerpo de Maki volvió a colocarse en postura para atacar, la chica de ojos violetas entendió lo que su contrincante había hecho, chascó la lengua y susurró algo para luego adoptar la posición de ataque y, como su oponente, lanzarse al duelo:

    —Siempre tienes que complicarlo todo, idiota.

    Sayaka no titubeó en luchar con todas sus fuerzas: blandir la espada a la izquierda, a la derecha, por arriba; atacar por el centro, repeler con viento, esquivar los rayos, invocar pequeños tornados, hacer retroceder a Ayame hasta lograr tocar a Daichi y conducirlo con una nueva corriente hacia el interior del castillo, en donde estaría más seguro. Cuando lo hizo, entendió que la de cabello castaño había progresado considerablemente en su misión; pero no era el momento para mandar otro mensaje, confiaba en que aquella persona lo comprendiera al verlo.

    Invocó entonces un último grupo de tornados pequeños que rodearon y tocaron el cuerpo de Ayame, quien tuvo que apoyar su arma en el suelo para mantenerse en pie luego de que los tornados desaparecieran. Ahí estaba ella, apenas consciente, sin más poder mágico disponible que el que podía utilizar para desaparecer y evitar el golpe final. Y así lo hizo, con todo y espada, sin darle tiempo a Sayaka de preguntar cualquier cosa que pusiera en riesgo su plan.

    Al verla desaparecer, con las pocas fuerzas que conservaba, se dirigió al castillo y se detuvo en la entrada mientras volteaba hacia todas partes, como si estuviera buscando algo. De repente, muy lejos, y antes de que su vista comenzara a nublarse, notó una silueta que se acercaba. Golpeó suave y lentamente el muro más cercano del castillo tres veces con su espada, sintió cómo volvía a crearse aquel muro invisible que erigió nueve años atrás y que Daichi había destruido con su presencia. Aunque sus ojos se cerraban sin su consentimiento, a pesar de que hacía todo lo posible por mantenerse consciente, seguía mirando fijamente aquel punto que se acercaba cada vez más, a gran velocidad, pero no con la suficiente, según sus cálculos, para atraparla antes de que perdiera el conocimiento.

    Hizo que Maki apoyara el cuerpo contra el muro que había golpeado antes con su espada y comenzó a pensar en el causante de la ruptura de su barrera: no fue Ayame, ella aún conservaba el permiso que le dio para traspasarlo sin romperlo cuando la conoció. ¿Realmente la simple presencia de Daichi lo había logrado? ¿Habría sido la espada? ¿Sería la guirnalda dorada? ¿La conjunción de todos los elementos? ¿Sería ese el deseo de Nozomu?

    Lo último que pudo ver a través de los ojos verdes antes de desmayarse fue una silueta que pasaba a toda velocidad por la barrera que había colocado por tercera vez.
     
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    Capítulo 3: Vacíos

    Oscuro. Escenas que se mezclan. Siluetas que aparecen y desaparecen.
    Una ciudad destruida por una situación inesperada.
    Un grupo de nueve personas, nueve espadas, nueve sobrevivientes.
    Un plan de defensa tras los tiempos felices.
    Una barrera que se erige alrededor de una torre.
    Una segunda barrera que protege todo el castillo.
    Voces que se confunden.​
    “¿Crees que defiendes la causa correcta?”
    “¡No podemos seguir de esta manera!”​
    “¡El muro de fuego ha caído!”
    “¡El muro de hierba no...!”​
    “Decidí protegerlo de...”
    “¡Debo volver con...!”​
    “No dejaré que...”
    “¡No es verdad!”​
    “No te engañes”
    “¡No te rindas!”​
    “Sólo tú puedes...”
    “Nadie podrá...”​
    “Nuestro castigo...”
    “No hay manera de...”​
    “¡No me rendiré!”
    “Tal vez sea...”​
    “¡Vamos a...!”
    Más voces confusas, más escenas felices y tristes, más risas y llantos y gritos y golpes y luchas y dolor y sangre y...
    Sus manos con un arco y una flecha, la flecha con el amuleto protector atado en la punta, la punta dirigida al cielo, el cielo infinitamente azul como los ojos de Daichi, una plegaria que se pierde en un susurro:
    “Salva a Nozomu”​

    Maki abrió los ojos de golpe, como si hubiera comprendido su misión en la vida.

    En realidad, estaba confundida: no sabía exactamente en dónde estaba y ninguno de sus pensamientos tenía pies ni cabeza. Momentos antes perseguía a alguien por varias calles en su ciudad natal (¿hacia dónde iban?); luego siguió su carrera durante varios minutos en un lugar desolado, sin señales de vida cercana (¿cómo llegó ahí?); después intentó acercarse a una mujer provocativa de cabello castaño y ojos violetas para detenerla (¿detenerla por qué?); finalmente, lo último que recordaba era haber tomado un objeto largo que apareció de repente cerca de su mano derecha (¿qué era eso?, ¿estaba flotando?).

    Y entonces abrió los ojos y se encontró recostada en una cama vieja dentro de una habitación austera de ladrillos. Sobresaltada, se sentó y observó todo detenidamente: al lado izquierdo, cerca de la cabecera de la cama, había una silla y una mesa pequeña con un vaso vacío, un candelabro con una vela consumida, y sus anteojos, los que se puso para ver los objetos que le parecían difusos: más allá, una puerta rústica de madera; en frente, a tres o cuatro metros, un viejo ropero empolvado; al lado derecho, una pequeña ventana por donde entraba la luz del sol de la mañana (¿cuánto tiempo durmió?). Mantuvo su vista fija en ese punto y se percató de la existencia de un jardín descuidado que se extendía hasta una torre blanca; pero no podía ver su entrada, ¿estaría del otro lado?

    —Al fin despertaste —dijo una voz al lado izquierdo que sobresaltó a Maki, quien volvió el rostro hacia ese lado.

    En la entrada de la habitación había aparecido una joven que, en pocas palabras, era azul: su cabello medio corto rizado, con un fleco un poco largo que caía por ambos lados de su cabeza; sus ojos grandes; su vestido y su poncho que cubrían su cuerpo como dos cascadas que descendían en sentidos opuestos; sus zapatillas de tacón bajo, casi nulo... todo era azul en distintos matices, incluyendo la piedra central en forma de gota de su gargantilla. Lo único que no combinaba con la azul presencia de aquella persona era la vasija de barro que tenía entre sus manos y que colocó sobre la mesa luego de servir agua en el vaso.

    —Siento haberte asustado —prosiguió mientras se acomodaba en la silla—. ¿Cómo te sientes? ¿Necesitas descansar un poco más?

    La chica de ojos verdes negó con un movimiento de cabeza. La mujer azul sonrió por un momento antes de seguir hablando.

    —Mi nombre es Nanami, ¿tú cómo te llamas?
    —Maki Hatori —respondió en voz baja, aún con un poco de desconfianza.
    —¡Tienes apellido! ¡Increíble!

    Maki se sorprendió al escucharla: tener apellido era normal... ¿o no?

    —En este mundo de huérfanos, nadie tiene apellido —dijo Nanami, y Maki volvió a sorprenderse al escuchar la respuesta a una pregunta que no hizo en voz alta—. Koharu se sorprenderá al conocerte.

    La chica de trenzas entendía cada vez menos la situación en la que se encontraba. Supo entonces que tenía que hacer algo al respecto antes de que...

    —Dime, Maki —interrumpió sus pensamientos la de cabello azul—, ¿recuerdas algo de lo que ocurrió antes de que te desmayaras?

    “Creo que no será necesario preguntar”, pensó, y nuevamente negó con la cabeza.

    —Ya veo —respondió Nanami —, entonces tendré que hablarte sobre la situación; pero no sé por dónde empezar, ni siquiera sé exactamente cómo llegaste aquí, los sellos de Mao...

    Se detuvo de repente, miró de nuevo a la chica aturdida y supo por dónde empezar; además, tenía que comprobar algo.

    —¿Dónde conseguiste eso? ¿Sabes lo que representa? —preguntó luego de señalar el dije de su collar.

    Maki lo contempló durante un instante, lo inspeccionó y le pareció una pieza de metal muy curiosa; pero no sabía qué responderle a Nanami: ¿lo encontró tirado?, ¿se lo regaló su madre?, ¿era herencia de su abuela paterna? Comenzaba a dolerle la cabeza.

    —No lo sé —contestó, aún preguntándose si ese collar realmente era suyo.
    —Entiendo, entonces te hablaré de él. Tal vez sea un poco complicado entenderlo; pero confío en que podrás asimilarlo.

    La advertencia la dejó más confundida. ¿En verdad podía confiar en ella? Parecía amable, el bostezo que dejó escapar antes de comenzar la historia le dio a entender que la había cuidado durante las últimas horas, el hecho de que no la atacara mientras estuvo inconsciente también era buena señal. Tendría que escucharla con atención antes de determinar cuál sería su próximo movimiento: plantearle sus dudas o salir corriendo lo más rápido posible.

    —En este lugar existe un grupo de personas cuya función es mantener el equilibrio tanto en el mundo como entre sus habitantes, por generaciones han sido conocidos como los elementales. Los elementales son capaces de utilizar magia que proviene de una serie de talismanes que existen desde el inicio de los tiempos; cada uno de ellos representa el control de un elemento. El dije de mi gargantilla representa el poder del agua; el de tu collar contiene el poder sobre el aire.

    Maki escuchaba mientras intentaba ordenar sus ideas: no podía dudar de la historia; pero también estaba consciente de que en aquella explicación rápida faltaban muchos detalles importantes. Sin embargo, antes de encontrar y plantear la pregunta correcta para Nanami, ella siguió hablando.

    —Por cierto, me parece increíble que hayas podido controlar la magia cuando apenas llegaste a este mundo, el conjuro de llamada a un elemental en específico es complicado, ¿cómo lo aprendiste?

    “¿Conjuro de llamada?”, pensó, y su rostro mostró más extrañeza mezclada con sorpresa. ¿Cuánta información había recibido y realmente entendido hasta ese momento y cuánta más tendría que manejar mientras estuviera en ese lugar? Aún en esa situación llena de vacíos que intentaban llenarse, sentía que estaba olvidando algo muy importante, quizá más que dudar sobre la existencia de la magia, incluso más relevante que preguntar cómo había llegado a ese mundo, pero ¿qué?

    —No fui yo —fue lo único que acertó a decir.
    —Entonces mi hipótesis es correcta —susurró Nanami, quien de repente extendió la mano hacia el collar de Maki—, quisiera saber si su voluntad...
    En un parpadeo, la chica de trenzas tomó su dije con la mano izquierda mientras alejaba la mano de la mujer azul con un golpe de su palma derecha. Luego de hacerlo, entendió que algo definitivamente andaba mal con ella: nunca había reaccionado de esa manera ante nadie, ni siquiera ante un extraño sospechoso y, minutos antes, había llegado a la conclusión de que aquella persona solo quería ayudarla. Aparentemente, su reacción fue involuntaria; pero el simple hecho de que alguien quisiera tocar aquel extraño colguije la había aterrado. ¿En verdad era un objeto tan importante?
    —Lo siento, yo...
    —Está bien —interrumpió Nanami, quien alejó la mano, se acomodó en la silla y volvió a sonreír como si nada hubiera ocurrido—, siento haberte asustado con mi acción imprudente, debí hablarte sobre mi sospecha primero. —Hizo una ligera pausa—. Verás, una persona tiene que cumplir con varios requisitos para utilizar magia en este mundo: primero, debe ser elegido por un talismán; segundo, debe comprender las cuatro bases de la magia: el potencial, el conocimiento, la voluntad y el deseo. El potencial nace con la persona y es lo que siente un talismán para elegir a su portador; el conocimiento tiene que ver con las técnicas y habilidades que el elemental aprende gracias a las enseñanzas de sus predecesores, y en algunos casos también es posible adquirirlo con ayuda de sus compañeros; la voluntad es el resultado de la conjunción de sentimientos y decisiones del practicante; y el deseo es... bueno... creo que la palabra lo deja muy claro.

    Al escuchar la explicación, Maki deseó volver a su casa, pero nada ocurrió en aquel momento. La explicación de Nanami había logrado despertar su curiosidad y supuso que, mientras más aprendiera sobre el tema, más rápido podría salir de ese mundo. Sin embargo, la de cabello azul no le dio tiempo para seguir pensando:

    —Cuando llegué, vi la espada del viento en tu mano antes de que volviera a unirse con tu dije, ese objeto estuvo custodiando la torre del centro del castillo durante un tiempo, sospecho que una parte de la voluntad de tu predecesora se mantuvo dentro de la espada y logró controlar tu cuerpo. Lo que no entiendo aún es por qué la elemental de aire anterior decidió mandar el talismán a otro mundo en vez de quedarse en el castillo y cumplir con sus responsabilidades. Dudo que el resto de los elementales sepa algo.
    —¿El resto de los elementales? ¿Hay más aparte de ti en este lugar en ruinas?
    —Por supuesto, pero estamos distribuidos por motivos geográficos estrictos.

    “Motivos geográficos estrictos” quería decir que cada elemental elegía un sitio en donde se sintiera cómodo para vivir. La chica de ojos verdes lo supuso, pero no quería decirlo en voz alta, no deseaba provocar una situación incómoda antes de preguntar lo que tenía en mente y que pudo plantear mientras Nanami tomaba agua del vaso servido.

    —A ver si entendí: ¿el hecho de que yo tenga este dije significa que nací con las capacidades necesarias para controlar el aire?
    —Al menos eso dice la historia de la elección de los elementales —respondió—, aunque no sé si el sistema funcione igual en tu mundo. Sin embargo, el hecho de que la gema del aire no se haya alejado de ti significa que lo tienes. Tal vez si aprendieras algunas técnicas...
    —¿Vine aquí para aprender? —preguntó por fin Maki, aún con la ligera sensación de saber la respuesta.
    —Viniste para traer equilibrio, pero sospecho que tienes otra misión en este mundo, de lo contrario, seguramente nada te habría transportado hasta aquí o esta conversación la hubiéramos tenido antes y en otras circunstancias. Por ahora, quizá lo mejor sea que aprendas a utilizar magia, yo puedo enseñarte algunas técnicas de defensa, después tendremos que buscar a alguien que pueda enseñarte técnicas de ataque. Podríamos empezar cuando estés lista.

    Nanami se levantó de la silla y avanzó hacia la entrada de la habitación. Por su parte, la chica de cabello negro pensaba: si era capaz de controlar el viento en la menor cantidad de tiempo posible, sería más sencillo cumplir su misión y podría volver a su mundo más rápido; sin embargo, había un problema: no podía adivinar qué debía hacer y, al parecer, su cuidadora no le daría muchas pistas al respecto, sobre todo porque ni ella tenía idea de cómo pudo haber llegado ahí. En eso pensaba cuando la mujer azul se detuvo cerca de la puerta y giró para ver de nuevo a la chica en la cama.

    —Por cierto, tu hermanito está descansando en el cuarto de al lado.

    Maki sintió escalofríos: algo no encajaba.

    —Pero yo no tengo hermanos.
    —¿No lo es? ¡Qué extraño! Él no es de este mundo, nunca lo había visto, pensé que había venido contigo. Tal vez tu misión es ayudarle con sus problemas, deberías hablar con él cuando puedas.

    Cuando Nanami salió de la habitación, Maki sólo pudo pensar que ese niño era la pista más importante para resolver todas sus preguntas y el primer paso para volver a casa. Su corazón se había acelerado ante la idea de tener un punto de partida, así que se levantó de la cama y se dirigió hacia el cuarto de al lado. Se detuvo frente a la entrada y estuvo a punto de tocar la puerta cuando se percató de que estaba ligeramente abierta. Se asomó discretamente para evitar despertar a su ocupante en caso de que aún estuviera dormido; pero no era necesario preocuparse por ello: sentado en la cama, con un pequeño libro entre las manos, sin despegar los ojos del papel, un niño de cabello negro leía con rapidez. Maki consideró que lo mejor sería hablar con él después para no interrumpirlo, que debería aprender de él y hacer lo mismo cuando regresara a su mundo; había descartado la idea de sentarse a su lado y hablar con él sobre el libro, pues podría molestarse o simplemente ignorarla. Muy probablemente ocurriría lo segundo, después de todo, conocía a alguien que reaccionaría de esa manera.

    Fue entonces cuando ella volvió a sentirse confundida: recordaba una escena similar, pero ¿quién era esa persona conocida y por qué se alegraba al revivir aquellos instantes? Intentó acordarse de más detalles mientras mantenía ambas manos recargadas en la puerta. Hizo un movimiento brusco accidentalmente, lo que provocó un rechinido que llamó la atención del niño por un par de segundos.

    Al ver sus ojos, por la mente de Maki pasó el recuerdo de una mañana de invierno en donde se escabullía por una casa conocida y andaba por un pasillo con varias puertas, eligió una que abrió con cuidado y descubrió la figura del mismo niño lector concentrado, también interrumpido por el sonido de la puerta sin aceite, también fijando su mirada en aquella intrusa que únicamente quería saber si aún tenía fiebre.

    Recordó entonces cómo había obtenido la gema del aire, cómo había llegado a ese mundo, por qué sentía que estaba olvidando algo importante y por qué quiso detener a la mujer de los ojos violetas. Quería abrazarlo y comprobar que era real, quería disculparse por haberlo olvidado, quería contarle todo lo ocurrido y todo lo que Nanami le dijo, quería llamarlo por su nombre.

    —¡Daichi!

    Su llamado con la voz quebrada tuvo una respuesta que le estrujó el corazón:

    —¿Cómo sabes mi nombre?

    ---------------------
    Nota de Metzi: A veces me pregunto si dejar espacios entre párrafos es buena idea, pegando el capítulo desde Word queda todo separado, desde la nube queda todo junto xD Bueno, separé algunos párrafos y dejé los diálogos juntos en lo que pienso =p
     
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    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 4: Olvido

    Aquella tarde en que Maki y Daichi llegaron al mundo mágico, Nanami estaba a punto de quedarse dormida mientras bordaba en el lugar que había elegido con motivos estratégicos estrictos: una choza cerca de la caída de una cascada en una zona boscosa, en un punto cercano al castillo, lejos de las ruinas de la ciudad. Era tal la calma en aquellos momentos que cualquier sonido podía asustarla o ponerla en estado de alerta; por ello, cualquiera entendería por qué se sobresaltó cuando escuchó un zumbido que solo había percibido cuando logró aprender cierto conjuro útil en casos de emergencia. En aquel mundo no había peligros ni personas que quisieran atacarla; de hecho, en ese mundo no había más personas que los magos, y ninguno de ellos le mandaría un mensaje tan confuso: “Aire y niño atacados en el castillo necesitan ayuda urgente”.

    Aunque estaba confundida, la mujer azul decidió investigar de qué se trataba. Le inquietaba la situación descrita con tan pocas palabras: ¿Aire? Los elementales sentían la voluntad del mago guardián de aire en una espada clavada en el centro del castillo; pero nunca encontraron su gema representativa ni tenían pistas de qué habría pasado con ella. ¿Niño? La persona más joven que existía en ese mundo era Koharu, ella ya estaba en la pubertad y sabía defenderse sola de toda clase de peligros. ¿Ayuda? ¿Quién estaba atacando? ¿Existía algún motivo para que algo o alguien originara una batalla? Quizá le estaban jugando una pésima broma.

    Unos metros antes de llegar al castillo se percató de que se estaba creando una barrera invisible nueva, similar a la que había rodeado la construcción desde que todo lo demás fue destruido. Vio cómo se apoyaba en un muro una figura que no pudo atrapar a tiempo; notó que la espada, anteriormente intocable, se convertía en finas partículas de color cielo que flotaban hacia el pecho de la persona inconsciente y que eran absorbidas por un dije extraño cuya gema solo había visto dibujada en textos antiguos. Tenía que interrogarla cuando despertara; mientras tanto, no podía dejarla en el suelo ni llevarla a su choza, sobre todo si el atacante seguía fuera de ese muro invisible. Así fue como decidió crear una pequeña corriente de agua que la condujo a una habitación dentro del castillo.

    Unos cuantos pasos más adelante encontró a un niño durmiendo. Por el color del cabello de ambos sospechó que eran hermanos; sin embargo, ¿no vestía él ropa demasiado grande para su edad? Tendría que hacer algo al respecto; pero primero necesitaba llevarlo también a un lugar en donde pudiera descansar cómodamente. Pensó primero en hacerlo con otra corriente de agua; sin embargo, moverlo de esa forma no parecía la mejor opción para alguien tan pequeño, por lo que decidió tomarlo entre sus brazos con cuidado y cargarlo hasta llegar a una habitación contigua a la de la chica desmayada.

    Luego de dejarlo sobre la cama, Nanami salió de la habitación para buscar algo que él pudiera vestir en lugar de ese ropaje enorme. Recorrió varios cuartos hasta llegar a uno amplio, empolvado, un tanto lujoso, en donde encontró un baúl con trajes de niño. De ahí seleccionó algo que combinara aunque fuera un poco: un pequeño saco gris, una camisa blanca, un pantalón negro y un par de zapatos que esperaba que le quedaran. No sabía a quién perteneció ese cuarto anteriormente ni quiso averiguarlo, tenía una situación más importante y urgente que atender; quizá por eso no se percató de que en uno de los bolsillos del saco había un pequeño bulto.

    El niño abrió los ojos poco antes del amanecer. Al intentar tallárselos, luego de sentarse sobre la cama, sintió que dos cristales enormes le estorbaban; quiso quitárselos, pero un par de mangas largas se lo impedía (papá era bromista, pero ponerle sus lentes y su ropa mientras dormía era demasiado). Tras soltar un leve suspiro, y aún con la vista borrosa y los ojos entreabiertos, se recogió las mangas con lentitud y se quitó los lentes para por fin realizar su rutina matinal pendiente. Sólo hasta entonces pudo examinar la habitación y descubrir que no era la suya: muros sin decoración ni pintura, una ventana al lado derecho desde donde podía admirar una torre misteriosa, una mesa a su lado izquierdo con un jarrón lleno de agua, una silla al lado de la puerta, en donde una joven vestida de azul hacía todo lo posible por no quedarse dormida y que, al notar que él había despertado, se puso de pie y se le acercó para colocar un montón de prendas sobre la cama.

    —Buenos días —dijo mientras se sentaba al lado de la ropa—, ¿dormiste bien?
    —Sí —tartamudeó el niño, quien no esperaba que un extraño fuera tan amable con él—, ¿quién eres tú?
    —Mi nombre es Nanami, ¿cuál es el tuyo?

    Calló por varios segundos: “Daichi, ¿tienes frío?”, “¡Daichi, pórtate bien mientras no estoy!”, “Daichi, tu mamá salió, ¿quieres chocolate?”, “¿Qué te pareció la historia, Daichi?”

    Todos lo llamaban así, ¿era ese su nombre?

    —Me llamo Daichi.
    —Mucho gusto, Daichi —respondió Nanami con una sonrisa tranquilizadora—. ¿Sabes en dónde estás? ¿Recuerdas cómo llegaste aquí?

    La única respuesta que pudo recibir de él fue un movimiento de cabeza en señal de negación.

    —Ya veo —continuó—. Verás, este es un mundo mágico y justo ahora estamos en un castillo: el Castillo de Nitens.
    —¿Magia? —preguntó, aunque no supo si con desconfianza o con emoción—, ¿qué clase de magia?
    —Bueno, hay muchos tipos; pero yo puedo controlar el agua.

    Y tocó ligeramente el borde del jarrón para invocar una pequeña corriente de agua que comenzó a flotar alrededor de la cama para luego regresarla a su contenedor de barro.

    —¡Increíble! —dijo el niño de ojos azules—. ¿Y puedo hacer eso también?
    —Eso dependerá del tipo de magia que puedas usar; pero ya habrá tiempo para averiguarlo. Lo mejor será que te cambies, esa ropa es muy grande para ti, te traje algo que quizá pueda quedarte.
    —¡Gracias! —contestó aliviado, luego comenzó a revisar las prendas mientras ella se levantaba de la cama.
    —Volveré en un momento —anunció la mujer azul luego de tomar el jarrón y abrir la puerta—, hablaremos más cuando regrese.

    Cuando abandonó la habitación y estuvo a punto de cerrar la puerta tras ella, recordó que había olvidado hacerle una pregunta importante, quizá más relevante que saber cómo llegó ahí. Antes, al preguntarle su nombre y recibir una respuesta tardía, tuvo una sospecha. Tal vez no podría confirmarla con una simple pregunta; pero tenía que avanzar en la resolución del misterio de su llegada con una respuesta por más breve que fuera:

    —Por cierto, ¿venías con alguien?
    —Sí —contestó sin pensar, distraído con la revisión de la ropa prestada.
    —¿Y cómo se llama tu acompañante?

    Intentó pronunciar una palabra, pero no pudo: “¿Eh? ¿Su nombre?”, pensó mientras apoyaba las manos sobre sus piernas con lentitud, “Tiene uno, ¿verdad?”, comenzaba a asustarse, “Porque vine con alguien, ¿verdad? Con alguien importante, ¿verdad?, pero ¿con quién?”. Se sintió mareado por un instante. Estaba seguro de haber llegado con alguien, ¿por qué lo estaba dudando?

    —No te preocupes —interrumpió Nanami los pensamientos del niño, a quien el simple hecho de dejar de forzar sus recuerdos le alivió el malestar—, te cuidaremos mientras alguien viene por ti. Ya regreso.

    Emparejó la puerta mientras reflexionaba, agachó la cabeza y fijó su vista en la superficie perturbada del agua, quizá buscando respuestas, tal vez encontrándolas; pero no podría estar segura hasta reunir todas las piezas del misterio detrás de la llegada de aquellos extraños visitantes. ¿La chica podría ayudarle a lograrlo?

    Durante su cambio de ropa, Daichi sintió algo en uno de los bolsillos del saco gris. Con cuidado, metió la mano en él para averiguar de qué se trataba, y su sorpresa fue grande al descubrir un pequeño libro con hojas amarillentas y pasta azul cuyo título parecía llamativo: La historia de Mao.

    “Algo para entretenerme mientras vuelve Nanami”, pensó, y nuevamente se sentó sobre la cama para comenzar a leer:

    Hace mucho tiempo, en un reino que ya no existe, vivía un hombre tranquilo y generoso muy querido por el resto de los pobladores; dedicaba su vida y sus esfuerzos a socorrer a los afligidos y cuidar a los enfermos, y todos le correspondían con el producto de su trabajo. Sin embargo, sentía que podía hacer más por todos y decidió aprender los secretos de las fuerzas naturales, las que se encargaban de mantener la vida de todos los seres de la tierra, entre ellos, los seres humanos.

    Con ese objetivo salió de su aldea para aislarse del mundo y convivir con la naturaleza para comprenderla. Luego de varios intentos por aprender de ella, logró entender que, bajo determinados requisitos y circunstancias, los seres humanos podían controlarla y utilizarla para mejorar su vida. Durante varios años, el hombre sabio se dedicó a observar el crecimiento de las plantas, el curso de los ríos y el vuelo de las aves, y comprendió que dentro de todos, incluso dentro de él mismo, existía un fragmento de espíritu que le permitiría establecer un acuerdo con una o varias fuerzas de la naturaleza para controlarlas, a esto le llamó potencial.

    Al aplicar lo que había aprendido a partir de sus investigaciones, el hombre sabio supo cómo transmitir mensajes entre los potenciales y creó diversos conjuros y movimientos para manejar todo lo que le rodeaba. Luego de adquirir el conocimiento que consideró pertinente, decidió volver a su aldea para compartir sus hallazgos con el resto de los pobladores.

    Apenas había comenzado a disfrutar su lectura cuando Maki irrumpió en la habitación y lo llamó por su nombre, y él miró con extrañeza a aquella persona que aparentemente lo conocía, o al menos parecía recordar su nombre mejor que él mismo. ¿En qué momento se habían conocido? ¿Sería amiga de sus padres o algún familiar lejano? En aquel momento de dudas, solo pudo hacer esa pregunta que estrujó el corazón de la chica de ojos verdes:

    —¿Cómo sabes mi nombre?

    Ante los ojos de Maki, era y no era él. Era el lector apasionado a quien había conocido desde pequeño; el niño que confiaba en sí mismo y en sus palabras mágicas; el que reía y jugaba con ella, y quien le dio el amuleto protector con un conjuro que ella no recordaba en ese momento. Pero no era aquella persona con quien se reencontró meses atrás en su primer día como preparatorianos; el chico de lentes enormes que titubeaba y que tropezaba cada vez que necesitaba dar un paso importante, como si una fuerza invisible quisiera detenerlo, como si sus pasos fueran el punto en donde chocaban el Daichi del pasado con el del presente. Pero en esas circunstancias, ¿cuál era cuál?

    De cualquier modo, él no la reconocía. Por un momento, la chica de ojos verdes pensó que le ocurrió lo mismo que a ella, que se trataba de algo temporal y que él la recordaría en algún momento; pero muy en el fondo tuvo el presentimiento de que eso no pasaría, y su sospecha empezó a causarle cierto temor que no tardaría mucho en volverse desesperación. Tenía que calmarse, tenía que hacer lo posible por lograr que él saliera de su estado de confusión temporal, tenía que presentarse, decirle su nombre y recordarle quién era ella; pero una mano en su hombro la detuvo. Al volver la mirada notó el rostro serio de la mujer azul, quien negaba con un movimiento lento y discreto de su cabeza, como si hubiera adivinado lo que estaba a punto de decir. Aún inquieta, Maki no tuvo más opción que obedecer la orden y callar, mientras que Nanami cambiaba su expresión por una más amable, con una sonrisa y una mirada que intentaban ocultar el misterio del olvido.

    —Lo siento, yo le dije tu nombre —contestó Nanami a la pregunta sin responder del niño, quien parecía más tranquilo tras aquella pequeña mentira—. Ella no tiene uno, pero puedes ponérselo.
    —No —intervino la chica de ojos verdes a pesar de la advertencia de la mujer azul, quien la vio con una mezcla de sorpresa y miedo, como si intentara pedirle que no empeorara las cosas—, estoy segura de que tengo un nombre, pero no puedo recordarlo.
    —Debe ser difícil para ti —contestó Daichi entristecido—, hace un momento no recordaba el mío tampoco.

    Maki se sobresaltó al escucharlo, ¿qué estaba pasando?

    —Continuemos desde donde nos quedamos —propuso Nanami mientras se sentaba una vez más al lado del niño de cabello negro—. ¿Recuerdas qué hiciste ayer?
    —¿Qué hice ayer? —repitió Daichi mientras ladeaba la cabeza hacia la derecha y colocaba su dedo índice en su mejilla—. Ayer comí pastel con mi mamá y mi papá.

    Aquella respuesta inesperada inquietó aún más a la chica de trenzas.

    —Era un pastel de chocolate, mi papá lo compró porque ayer fue mi cumpleaños. Estaba muy rico.
    —Ya veo, ¿y cuántos años cumpliste? —preguntó Nanami como si se tratara de una conversación casual.
    —Siete —respondió con una gran sonrisa, mientras Maki hacía lo posible por no gritarle que estaba equivocado.
    —¡Felicidades! —dijo la de cabello azul, quien notó por fin el libro diminuto entre las manos del niño; pero decidió no hablar sobre él en aquel momento—. Y dime, ¿qué más hiciste ayer?
    —Ayer fui a ver a Shiro... —“¿Shiro?”, pensó, y continuó cuando pudo recordarlo— ¡Ah! Shiro es un perrito que encontramos hace una semana.
    —¿En serio? ¿Quién estaba contigo cuando lo encontraron?

    Había hecho la pregunta correcta: aunque Daichi intentó responderla con la misma fluidez y alegría que mostró antes, la escena que recordó en ese momento era confusa: se vio corriendo en el parque de siempre hacia un sitio rodeado por arbustos; traspasó el muro verde y llegó a donde estaba una caja de cartón, hogar provisional de un cachorro blanco. Cerca de la caja había alguien, probablemente era la persona a quien estaba buscando minutos antes, la misma que encontró primero al perro, la misma que lo cargaba poco después de que él llegara a ese lugar. Hacía todo lo posible por identificar aquella silueta que más bien parecía un fantasma, un vacío, un ser invisible.

    “¿Por qué estoy llorando?”, pensó mientras se enjugaba el rostro, por lo que no pudo ver que, en ese momento, la chica de ojos verdes había agachado la cabeza. Nanami hizo lo posible por no involucrarse demasiado en la situación, sabía que no podría recopilar más datos si se levantaba para consolar a Maki; pero sí podía abrazar al niño para calmarlo.

    —Está bien, no te esfuerces demasiado, pronto podrás recordar todo.

    Pero muy en el fondo, con más dolor que duda, un pensamiento constante le decía a la maga azul que mentir era malo.

    -------------------
    Nota de Metzi: Sí, mejor dejo los diálogos juntos xD
     
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    Última edición: 5 Mar 2017
  5. Autor
    Metzonalli

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    Capítulo 5: Descubrimiento

    Maki salió de la alcoba en silencio para evitar cualquier pregunta de Daichi. Cerró la puerta con cuidado, avanzó con lentitud, pasó delante de una puerta abierta y tres cerradas, abrió la cuarta y entró a una habitación totalmente vacío, en donde hizo todo lo posible por no derrumbarse sin hablar antes con su benefactora sobre lo que había escuchado del niño y sobre lo que había recordado al verlo. Un par de minutos después, escuchó el sonido cada vez más nítido de unos pasos que se detuvieron en la entrada de la habitación y el rechinido de una puerta que se cerraba a sus espaldas. Luego de un breve silencio, la chica de ojos verdes levantó la cabeza y comenzó a llenar los huecos de la historia.


    —Ese día, Daichi me dijo que su madre volvería temprano del trabajo, estaba muy emocionado, por eso fuimos a ver a Shiro antes de la hora que acostumbrábamos. —En ese momento se le quebró la voz—. Yo lo encontré, ¿sabes?

    —Lo sé —respondió Nanami, lo cual provocó que la chica de ojos llorosos diera media vuelta y mostrara un gesto de sorpresa mezclado con esperanza.

    —Entonces él...

    —No me lo dijo, yo lo deduje.

    La esperanza se fue del rostro de Maki tan pronto como había aparecido.

    —Dime —continuó la guardiana del agua—, ahora que lo viste, ¿recordaste algo más?

    No sabía por dónde empezar sin verse en la necesidad de contarle su vida. Decidió centrarse únicamente en lo que había ocurrido el día anterior: por qué fueron a la tienda de antigüedades, cómo fue que Daichi encontró la espada y cómo se la dio a una mujer de ojos violetas que manejaba el poder del rayo, y que ella, por lo que logró escuchar, tenía como objetivo “tomar su existencia”.

    —Conque eso ocurrió —susurró, y cambió de tema sin dar más explicaciones—. Entonces ¿cuántos años tenía Daichi ayer?

    —Dieciséis —respondió aún con tristeza, como si eso no importara más.

    —¿Y recuerdas qué hiciste el día posterior a su séptimo cumpleaños?

    Fue como si hubiera tenido una revelación. Por primera vez desde su llegada a ese mundo sintió que algo encajaba: ese día le había regalado el amuleto perfecto, el mismo que llevó consigo durante esos nueve años, el que colocó en la espada que los llevó a ese mundo. Y así se lo dijo.

    —¿El amuleto perfecto? —preguntó Nanami al escuchar ese nombre tan peculiar.

    —Sí, en aquel momento creí que era una herradura de la suerte; pero en realidad era una especie de corona de laurel.

    Nanami abrió más los ojos, dio media vuelta y salió corriendo del cuarto. Maki supo entonces que recordar el hallazgo del amuleto perfecto la mañana anterior no era una casualidad ni un momento de nostalgia pasajera, sino una especie de premonición o de advertencia sobre un riesgo latente, más bien, una pista que le ayudaría a revelar algo que ni siquiera los elementales hubieran imaginado.

    Ambas se detuvieron frente a la habitación en donde horas antes Nanami había buscado ropa para Daichi. La reacción de la chica de lentes en ese momento fue una mezcla de estupefacción y mal presentimiento: sobre la puerta había una corona de laurel pintada en oro, igual que el amuleto perfecto, pero con una estrella de dieciséis picos con un hueco en el centro. Tenía la sensación de que no debía decir nada al respecto por temor a lo que pudiera averiguar, aún así tomó valor y separó los labios para expresar lo que estaba pensando.

    —Así era, pero sin la estrella del centro. ¿Qué significa?

    —El derecho al trono.

    Sorprendida, Maki miró a la guardiana del agua, quien levantó su brazo derecho para señalar la estrella.

    —Esa estrella en realidad es una representación de los reyes anteriores; pero contarte toda la historia nos llevaría mucho tiempo y no podemos darnos ese lujo, debemos encontrar una manera de recuperar los años que Ayame le robó a Daichi y tenemos que hacerlo lo más pronto posible.

    “Lo más pronto posible” era una de las tantas frases que ponía inquieta a Maki: sabía que cualquier situación relacionada con la mención de aquella era delicada, sobre todo después de que la mujer de los ojos violetas dijera, en su momento, que tomaría la existencia de Daichi.

    Al verse nuevamente solo en su habitación, Daichi consideró que nadie volvería para hablar con él al menos durante la siguiente hora, por lo que se acostó boca abajo sobre la cama, abrió el libro diminuto que había encontrado y reanudó su lectura interrumpida:

    Después de que todos los pobladores aprendieron a usar magia (así le llamaron al manejo de los potenciales naturales por medio de su conocimiento), la aldea prosperó de tal modo que llamó la atención del rey, quien decidió investigar cómo ocurrió semejante cambio. Al tener conocimiento de lo que el hombre sabio había transmitido a la población, el rey le pidió que compartiera sus técnicas con los pobladores de la aldea más desfavorecida.

    El hombre sabio, emocionado ante el hecho de haber adquirido un conocimiento útil que era reconocido por el rey, no dudó en acceder a la petición. De este modo, emprendió un viaje largo y vivió en aquel pueblo olvidado durante un año. Cuando todos los pobladores aprendieron lo necesario para prosperar, el maestro volvió a su pueblo natal, en donde esperaba contarles a todos sobre el éxito de su misión. No obstante, a su regreso le esperaba algo terrible: una aldea destruida, sin más habitantes que una anciana en agonía quien le contó lo ocurrido: poco tiempo después de marcharse, el reino vecino atacó la aldea y aprisionó a todos los magos que pudo. Por temor a sufrir nuevas y mayores invasiones, los habitantes pidieron ayuda al rey; sin embargo, él no hizo nada al respecto debido a que la milicia estaba en un entrenamiento intensivo, así que los pobladores restantes se dividieron en dos bandos: unos huyeron a otros reinos para ponerse al servicio de los nobles y, de esta forma, asegurar su vida; otros decidieron quedarse para defender sus tierras y su trabajo. Pero ninguno de los dos bandos tuvo éxito: mientras que los primeros eran explotados, los otros murieron en batalla luego de varias invasiones.

    El mago entendió entonces que había ignorado dos rasgos del ser humano que atentaban contra sus planes de mejora por medio de la magia: la envidia y la codicia. Ciertamente, los reyes estaban muy interesados en la magia para que sus tierras prosperaran; pero para ellos se volvió prioridad utilizar ese poder como forma de defensa e imposición ante el resto de la gente en el mundo. El ejemplo más claro era el propio gobernante de ese reino, quien hizo pasar a los soldados del reino como habitantes de un pueblo desolado.

    Triste, el hombre sabio quiso salvar a la anciana de aquella miseria y llevarla a un sitio lejano a todo conflicto; sin embargo, ella sabía que no le quedaba mucho tiempo y le pidió que, en su lugar, cuidara a su nieta Mao, quien había nacido poco antes de la última invasión de la aldea y cuyos padres hicieron todo lo posible por defender el sitio en donde nació para asegurarle una vida pacífica y feliz. Luego de que el mago le prometiera que la cuidaría hasta sus últimos días y que la convertiría en una persona de bien, la anciana sonrió, cerró los ojos y murió.

    Después de sepultar a la última persona que vivió en aquel pueblo durante sus años de gloria y derrumbe, el hombre tomó a Mao y comenzó su viaje hacia un lugar tranquilo, en donde nadie lo conociera ni supiera sobre la existencia de la magia. Durante un tiempo fue difícil: en cada poblado se hablaba sobre la existencia de un mago muy poderoso que podía crear y destruir todo: algunos rumores contaban que aquel hombre pacífico y generoso podría proveer de riquezas y de beneficios a todos los que trataran con él; otros, en cambio, decían que él traería grandes males a cualquier aldea que pisara. Los rumores siguieron mientras los reinos prosperaban por sus magos y se desmoronaban por la codicia y la envidia de los reinos circundantes.

    Todo parecía perdido para el hombre sabio hasta que él y Mao encontraron una aldea pacífica, la cual nunca había sido tocada por rumores ni guerras, y cuyos habitantes no deseaban nada más que vivir en armonía. Pronto, el hombre sabio y su hija adoptiva se adaptaron a su nuevo hogar, en donde todos los trataban con cariño debido al gran servicio que hacían al compartir con ellos parte de su conocimiento sobre el trato con la naturaleza.

    Cinco años después, Mao demostró tener ciertas habilidades para controlar el potencial de los elementos, lo cual asustó por un momento al hombre sabio a tal grado que varias veces pensó en prohibirle que lo hiciera para evitar otra desgracia como la que causó la destrucción de su pueblo natal. No obstante, al observar a Mao, él entendió que la magia no era buena ni mala, sino que sus efectos dependían de las decisiones de sus ejecutantes y de las consecuencias que esto trajera sobre su entorno, a esto lo llamó voluntad. Al ver que en la pequeña no había malicia, decidió transmitirle todos sus conocimientos.


    Para cuando Daichi llegó a aquella parte, sintió que el sueño caía sobre sus ojos. Hizo todo lo posible por mantenerse despierto, después de todo, Mao al fin había ganado protagonismo en aquella historia; pero sus esfuerzos fueron en vano. Por alguna razón, aunque había dormido gran parte de la tarde y toda la noche del día anterior, se sentía muy cansado.

    Mientras tanto, Nanami intentaba explicarle la situación a Maki.

    —No entiendo cómo es que existe un hechizo tan poderoso como para robar la existencia de un ser humano; pero sí estoy segura de que no es algo que podamos solucionar nosotras si no obtenemos la espada con la que fue realizado. Es cierto que debemos apresurarnos; pero antes necesitarás un entrenamiento intensivo, es lo único que se me ocurre para que manifiestes y controles tu poder.

    —¿Mi poder? —repitió Maki con un poco de nerviosismo—. Pero ¿eso no nos llevará demasiado tiempo? Es decir, acabo de llegar y no sé nada sobre magia, y quien luchó para defender a Daichi fue...

    —Fue tu deseo —interrumpió Nanami—. Tú querías defender a Daichi de cualquier modo posible y la voluntad que tu predecesora depositó en su espada te prestó su fuerza para hacerlo. El deseo aún es un misterio para todos nosotros, pero tal parece que puede hacer cosas maravillosas. Si no hubieras querido protegerlo, los restos de su magia no hubieran reaccionado, y si la gema del aire te eligió, debe ser porque tienes todo lo que se necesita para que puedas ocupar un lugar entre los elementales. Las gemas son sabias, no eligen al azar.

    Maki se quedó callada: no encontraba cómo decirle que ella tenía su dije no por voluntad de la gema, sino que todo era gracias a su amigo de la infancia. En su mundo no existía más magia que la que practicaban los magos en los circos y en otros espectáculos públicos, nunca escuchó sobre alguien que pudiera controlar algún elemento natural sin ser catalogado como un loco o como una persona digna de análisis científicos.

    —Es más —siguió la mujer azul—, estoy segura de que podrás crear un muro de defensa en este momento si te enseño lo básico.

    Nada perdía con intentarlo, aunque no entendía el motivo exacto para creer en las palabras de Nanami: tal vez el impulso por querer proteger a Daichi bastaba para que siguiera las instrucciones de la guardiana del agua; quizá era pesimismo y quería demostrarle que se equivocaba y que no tenía habilidades suficientes para ocupar un lugar entre los elementales; o probablemente, muy en el fondo, confiaba en que podría hacerlo.

    Maki siguió las instrucciones que Nanami le daba: aflojó los brazos, cerró los ojos y se concentró para sentir el aire que la rodeaba; se mantuvo quieta durante varios segundos para detectar tanto el potencial del aire como el suyo e imaginó que se enlazaban; después, colocó sus brazos de forma horizontal y mostró las palmas hacia donde estaba su instructora, y en ese momento dio la orden, en su mente, de que se creara un muro frente a ella; luego abrió los ojos y vio algo increíble: una serie de puntos que se conectaban con líneas muy finas ante sus ojos, como una red que comenzaba en el piso y terminaba diez centímetros arriba de su cabeza, y que era lo suficientemente ancha como para extender sus brazos hacia ambos lados sin correr peligro. Para probar el muro, Nanami invocó un chorro de agua y lo disparó hacia la chica de ojos verdes, cuyos reflejos la obligaron a cubrirse con los brazos para no terminar empapada; sin embargo, el muro era lo suficientemente estable como para detener la corriente.

    —¿Ves? No fue tan difícil —dijo la chica de ojos azules con una sonrisa, la que cambió después por una mirada ligeramente molesta—, pero no debes titubear de ese modo: sentir dudas o miedos y hacer magia son actos incompatibles, sobre todo cuando se trata de magia de defensa. Tendrás que practicar la creación de muros el día de hoy y mañana buscaremos al resto de los elementales.

    —Espera —pidió Maki al sentir que aquel entrenamiento intensivo había terminado bruscamente—, hace un momento dijiste que me enseñarías algunas técnicas de defensa, ¿no es verdad?

    —Sí, eso dije.

    —Sé que necesito controlar una para aprender las demás, pero ¿no sería mejor tomarnos un tiempo para que me enseñaras las otras?

    —Sí... sería lo mejor —contestó Nanami un poco perturbada, como si ocultara algo.

    —¿Y por qué no lo hacemos de esa forma?

    —Porque yo... bueno... es que... esta es la única técnica de defensa que sé utilizar.

    Maki hizo lo posible por no caer de espaldas por la impresión que le causaban aquella respuesta y la risa nerviosa de la mujer azul.

    —Lo siento —continuó cuando dejó de reír—, mi especialidad es la magia de curación; además, nadie nos ha atacado durante estos años y por eso nos dedicamos a aprender solo algunas técnicas básicas; pero seguramente el resto podrá enseñarte más cosas. De cualquier manera, debes practicar y esforzarte para controlar la creación de muros lo más pronto posible; si logras reforzarlos y ampliarlos pronto, tal vez podrías rodear el castillo con una barrera nueva en menos tiempo del que te imaginas. Tal vez no sea suficiente para salvar a Daichi, pero por algo se empieza.

    Cuando Nanami terminó la frase, Maki recordó el sueño que tuvo aquella noche, principalmente la última frase que pudo entender luego de que la confusión de voces y mensajes cesara, la petición que resonaba en su cabeza al despertar: “Salva a Nozomu”.

    —Mientras practicas, cocinaré algo para todos.

    —Nanami —dijo Maki al ver que se alejaba—, ¿quién es Nozomu?

    —¡El rey anterior!

    Antes de que Maki pudiera hacer otra pregunta, Nanami se perdió entre los pasillos del castillo. Poco tiempo después, la chica de ojos verdes comprendió algo que le hizo practicar la creación de barreras con más empeño: salvar a dos personas sin saber cómo hacerlo era imposible.

    ------------------

    Nota de Metzi: Al final decidí regresar a los diálogos separados. Tenerlos juntos ahorra espacio, pero visualmente es horrible y la lectura se vuelve pesada x_x. Por cierto, la próxima semana traeré capítulo doble para no llevar mucha distancia con la publicación de la historia en Wattpad... ahora que si alguien en verdad se está picando con esto, puede ir allá y buscar esta historia rara, acabo de poner ahí el capítulo 10. Si me dejan comentarios, mejor xD BTW, este es mi perfil: Metzi Lopsalzin (@Lopsalzin) - Wattpad
     
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  6. Elliot

    Elliot Spenced

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    No me dio tiempo de comentar con anterioridad (los capítulos largos y eso me gusta)
    Apenas acabé de leer el capítulo tres así que vas a esperarme por los demás, me tomo muy lento las horas de lectura para no perderme los detalles, queda decir que me gusta por el momento, digo así porque tengo la mala suerte de que lo que leo me terminan asentandome una "trolleada".
    Lo que me gusta es las descripciones que haces, pocas veces la gente le da mínima importancia a tal punto que saltan de eso creyendo que el lector lo imaginará.
    No quiero leerme como erudita, tambien tengo graves problemas para determinar la gramatica española. Solo te puedo decir que sigas escribiendo, y cuanto acabe los capitulos siguientes te dejaré un mejor comentario.
     
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  7. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    ElliotElliot, muchas gracias por tu post y por leer. No te preocupes, sé que es difícil ponerse al día entre tantos detalles y capítulos (hasta yo creo a veces que pueden ser muy largos, pero la historia lo exige xD). Estoy de acuerdo contigo: muchas veces creemos que las descripciones no importan o que todos se aburrirán con ellas; pero casi siempre (si no es que en todos los casos) es importante darle un empujoncito al lector para alimentar su imaginación. Espero no trollearte... y si lo hago, espero que al menos valga la pena xDu

    Y ahora, como prometí, dos capítulos. Van en pestañitas porque nunca me ha gustado el doble post por más justificado que esté xDu


    • Capítulo 6: El primer viaje

      A la mañana siguiente, un trío peculiar salía del castillo y pasaba a través de la barrera que Sayaka creó para protegerlo: primero, una joven de cabello azul muy segura de sus pasos dispuesta a encontrar al resto de los elementales; después, un niño inquieto que quería abrir el libro diminuto que encontró el día anterior y que temía ser regañado como varias veces había hecho su madre cuando él intentaba leer mientras caminaba; finalmente, una cansada joven de ojos verdes que bostezaba luego de haber entrenado todo el día anterior y gran parte de la noche hasta que pudo crear un muro de protección al menos un metro cuadrado más que el que había hecho en su primer intento.

      Aunque su interés por seguir leyendo era muy fuerte en comparación con su fuerza de voluntad por no hacerlo, Daichi logró entretenerse durante el viaje gracias a su curiosidad. Conforme avanzaban, él miraba hacia todas partes en aquel territorio desconocido: a varios metros de la entrada del castillo, algunas piedras y construcciones derrumbadas eran invadidas por la naturaleza, que volvía a dominar el territorio perdido años atrás. Cinco minutos de caminata en línea recta después, el grupo dio vuelta a la izquierda y, luego de otros quince, se encontró con un lago, de donde surgían dos caudales cristalinos que maravillaron al niño de ojos azules y a su amiga olvidada, quien se acercó un momento para lavarse el rostro y despertar por completo.

      A pesar de que Daichi quería quedarse y jugar con el agua, Nanami le dijo que debían seguir caminando, lo cual dejó decepcionado al niño por un momento; pero su ánimo volvió a levantarse cuando notó que su ruta continuaba por la orilla de una tercera vertiente que desembocaba en el lago y que provenía de un bosque de un verde que le parecía familiar. Por un momento sintió el impulso de voltear a su izquierda, en donde iba Maki, y mantuvo su mirada fija en sus ojos durante un instante. Al entender por qué el color del bosque le parecía conocido, comenzó a pensar en cómo decírselo; sin embargo, el sonido de las hojas de los árboles lo sacó de sus pensamientos: arriba, una ardilla había saltado de un árbol a otro y otra pretendía hacer lo mismo; más arriba, en el cielo, una parvada volaba en sentido contrario a su destino; abajo y adelante, cerca de donde pasaba Nanami, vio un conejo que se asomaba discretamente desde la hierba y que se ocultaba de nuevo. Iba tan contento que no se percató de que Maki, a su lado, lo veía de reojo y sonreía nostálgicamente mientras recordaba al Daichi adolescente viendo las copas de los árboles con embeleso, aunque sin más expresión que la sorpresa reflejada en sus ojos. Entonces se dio cuenta de que, en el fondo, él no había cambiado en todos esos años.

      Aquel descubrimiento, por alguna razón, la había tranquilizado. Durante la primera semana de preparatoria, luego de volver a encontrarse, le inquietaba el hecho de verlo como una persona con un carácter distinto, como si un completo extraño muy parecido a él estuviera interesado en suplantar su identidad. A Kasumi, sin embargo, no parecía molestarle que Daichi no mostrara expresiones y evitara el contacto visual con todos; al contrario, se sorprendía e incluso lo molestaba cuando veía que intentaba sonreír o fruncir el ceño. Entonces Maki tuvo una segunda revelación: para Kasumi, el Daichi real era ese, el inexpresivo. Si se diera el caso, ¿podría convencerla de que ambos eran el mismo?

      El dolor provocado por una piedra que golpeó su cabeza la sacó de sus pensamientos. Se detuvo y miró hacia arriba, pero no había nada, por lo que reanudó su camino. Unos pasos más adelante, otra piedra golpeó su hombro izquierdo; nuevamente volvió el rostro para buscar al responsable y notó, esta vez, el movimiento de las hojas de un arbusto. Cerca de ese punto vio la rama de un árbol, la tomó y se acercó cautelosamente, procurando no hacer ruido, con un poco de miedo ante la simple idea de encontrarse frente al enemigo. Daichi dejó de caminar e intentó llamarla, pero Nanami lo detuvo mientras permanecía a su lado para protegerlo en caso de ser necesario.

      Luego de tragar saliva y apretar la rama, atravesó el arbusto, descubrió a tiempo la presencia de una ardilla y detuvo el golpe que estuvo a punto de darle. Avergonzada, quiso girar y volver al camino como si nada; pero al hacerlo se encontró con un par de ojos rojos que la acechaban.

      —¿Eh? ¿Te dan miedo las ardillas?

      Maki se fue de espaldas por la impresión. Cuando pudo sentarse, dirigió de nuevo la vista hacia ese punto: colgada de la rama de un árbol como un murciélago, una niña de cabello rojizo un poco largo seguía viéndola con desconfianza. Vestía una blusa y un short rojos, un par de vendas blancas rodeaban sus antebrazos, y una curiosa hebilla carmesí y dorada en forma de llama sujetaba un cinturón de tela blanca que evitaba que su blusa bajara y dejara al descubierto su abdomen en aquella posición.

      —¡No les temo! ¡Me gustan! —respondió la chica de trenzas con una mezcla de vergüenza, susto y enojo.

      —¿Y te gustan tanto que tiemblas de la emoción?

      —¡No es eso! Es que...

      —¿Te gustan tanto que quieres golpearlas?

      —¡No! Yo...

      —¿Te gusta... la carne de ardilla?

      —¡Nunca me comería una ardilla!

      —¡Entonces quieres maltratarlas! ¡Abusiva! ¡Ser cruel y despiadado! Debí lanzarte una piedra más grande.

      —¡Ah! ¡Eras tú! —reclamó Maki luego de ponerse de pie—. ¿En qué estabas pensando?

      —¡Estabas siguiendo a Nana! Seguramente querías golpearla como a la ardilla, ¡no te perd...!

      Su frase se vio interrumpida por un crujido. Dirigió la mirada hacia el punto de origen de aquel sonido que se repitió y que en un instante dio paso a la ruptura de la rama y a la caída inevitable de la niña pelirroja. Por fortuna, los arbustos amortiguaron su caída; sin embargo, al sentarse y asomar la cabeza por ellos, sintió una presencia asesina delante de ella. Alzó la cabeza lentamente mientras el terror se dibujaba en su rostro y pensaba que hubiera preferido ser aplastada por una rama más grande y pesada que encontrarse con la sonrisa aparentemente tranquila de la mujer azul que contemplaba la escena silenciosamente.

      —¿Crees que es correcto lanzarle piedras a la gente?

      Tenía cinco segundos para huir de aquella situación incómoda: como pudo, se levantó y corrió hacia el interior del bosque a toda velocidad; pero no sirvió de mucho, ya que un par de metros más adelante sintió un chorro de agua que la empapaba y la empujaba para hacerla caer de bruces.

      La niña caminó desganada hacia la orilla del río. Al llegar ahí se sentó, cruzó las piernas y los brazos y suspiró.

      —No tenías que hacer eso, Nana —dijo con inconformidad para después estornudar y tiritar por un momento. De inmediato, Daichi se quitó el saco gris, corrió hacia ella y la cubrió con gentileza. Al sentir el contacto de la tela con sus hombros, la pelirroja volvió el rostro y vio al niño de ojos azules, quien le regaló una sonrisa.

      —Úsalo para que no te resfríes.

      Maki veía aquella escena con una sonrisa melancólica. La niña de ojos rojos, por su parte, hizo todo lo posible por controlar su impulso de abrazar a Daichi y restregar la mejilla contra su rostro; simplemente le agradeció el gesto.

      —Esta niña traviesa es Koharu y tiene poder sobre el fuego —dijo Nanami al fin—. Koharu, ellos vienen de otro mundo.

      —¿Visitantes de otro mundo? ¿Eso es posible?

      —De hecho, sus talismanes vienen de nuestro mundo —respondió para luego ver a sus acompañantes—. Ella heredó el dije del viento y él...

      —¿Él también es un elemental? —interrumpió Koharu con incredulidad—. ¡Pero es muy pequeño! ¡Ni siquiera tiene la edad para aprender a usar magia!

      —Para ser precisos, él es...

      Nanami susurró algo en el oído de Koharu que aumentó su sorpresa.

      —¡¿El heredero al trono?!

      Daichi parpadeo, se señaló e intervino:

      —¿Yo soy el heredero?

      Nanami y Koharu asintieron con la cabeza. El niño abrió más los ojos, separó un poco los labios, se sonrojó ligeramente y comenzó a imaginar: él sentado en el trono, rodeado de personas que lo atendían; con una corona y un cetro dorados, y con una enorme capa de terciopelo rojo. Se vio dando la orden de que le llevaran chocolate a la habitación real, la cual estaba dividida en dos partes: la zona de juguetes y la de libros. Se imaginó saltando y rodando sobre la cama real, y su idea sobre lo que significaba ser rey lo tenía tan anonadado y feliz que nadie se animó a despabilarlo ni a decirle que ser rey implicaba una gran responsabilidad que un niño no podría comprender.

      —Aún así, ¿no es muy pequeño para eso? —le preguntó Koharu a Nanami en voz baja, y ella respondió con el mismo volumen.

      —Ayame le robó parte de su existencia; para ser exactos, tomó los recuerdos relacionados con el hallazgo del símbolo del heredero. Él en realidad tiene la edad de Maki.

      —¿Eh? ¿Tantos? —La pelirroja hizo una pequeña pausa—. ¿Quién es Maki?

      —La persona a la que le lanzaste piedras —dijo Nanami, aún conteniendo su impulso asesino—; pero tienes prohibido llamarla por su nombre, ya te diré luego por qué.

      Koharu no parecía muy convencida ante aquella explicación.

      —En todo caso, ella fue quien encontró el prendedor dorado, y como su existencia está altamente relacionada con ese hallazgo, él no la reconoce.

      —Pero si ella encontró el símbolo del heredero, ¿por qué él tendría que ser el nuevo rey?

      Habían llegado a un punto sin explicaciones posibles. Ciertamente, Maki tendría que ser la reina; pero la gema del viento había respondido a su deseo de proteger a su amigo, y Ayame, al comenzar aquel conjuro inexplicable, no tuvo ningún problema al robarle nueve años de vida a Daichi, como si la corona de laurel lo hubiera elegido desde el principio. En su mundo, ningún elemental recibía su gema representativa de un intermediario, ¿por qué en el mundo de ese par tendría que ocurrir de ese modo?

      —Y además, ¿por qué Ayame quiere la existencia de...? ¿Cómo se llama él?

      —Se llama Daichi, y yo tampoco lo entiendo. Como sea, el conjuro la afectó temporalmente y le hizo olvidar por un tiempo a su amigo, pero pudo recordarlo y me dijo...

      —¿Puedo decirte Dai-Dai? —preguntaba Koharu, quien se había arrodillado frente al niño para hablarle. Él asintió con la cabeza y Nanami gritó desde su lugar:

      —¡No te vayas mientras te estoy hablando!

      La chica de ojos verdes observaba la situación en silencio: Nanami se había levantado para reprender a Koharu, quien cruzó los brazos detrás de su cabeza y le reclamó a Nanami el hecho de haberla dejado sola y hambrienta durante día y medio. Mientras ambas arreglaban sus diferencias, Daichi se levantó de su sitio para acercarse a Maki.

      —¿Está bien que peleen? —preguntó ligeramente preocupado, quizá con un poco de temor ante lo que pudiera ocurrir.

      Enternecida, acarició la cabeza del niño con suavidad y le habló para tranquilizarlo:

      —No te preocupes, no es una pelea seria, pronto volverán a llevarse como siempre.

      El niño levantó la mirada y descubrió la sonrisa de su acompañante. Al verla, se calmó durante un instante y su mente comenzó a trabajar de nuevo: sentía que había visto una sonrisa parecida tiempo antes, pero sólo recordaba siluetas y sombras, y eso por alguna razón lo entristecía más que imaginarse la conclusión de aquella riña que, por fortuna, se había detenido.

      —Bueno —suspiró Koharu después de un breve silencio—, ¿y a dónde van todos?

      —Íbamos a casa, pero te encontramos a la mitad del camino, así que no será necesario —respondió Nanami—. Koharu, tú sabes manejar varias técnicas de ataque, ¿podrías enseñarle unas cuantas a ella?

      —¡Sí! Y ya que estamos en eso, ¿quieres volver a practicarlas, Nana?

      Maki entendía cada vez menos a Nanami: primero le había dicho que sabía hechizos de defensa y solo le enseñó uno porque no controlaba más; pero Koharu insistía en verla practicar magia de ataque, ¿a qué se debía?

      —Pero mis ataques son muy débiles, no puedo hacer nada además de empaparte.

      —Entonces empecemos por ahí. Si tú puedes controlar el flujo del agua, Maki podrá controlar el flujo del aire sin problemas, ¿verdad?

      Ninguna de las dos sabía cómo tomar ese comentario.

    • Capítulo 7: Voluntad de ataque

      Cuando Mao cumplió diez años, el hombre sabio le enseñó una regla básica: la magia debe ser utilizada con justicia. Cualquier persona que tiene conocimiento mágico debe saber bajo qué circunstancias se utiliza, a quién se beneficia y a quién se perjudica con su práctica, en qué condiciones es más viable defender a un pueblo y en cuáles es mejor atacar a un enemigo. El mago pretendía enseñarle la diferencia entre el bien y el mal por medio de aquella regla; pero la práctica le demostró a Mao que el modo de actuar de un ser humano iba más allá de eso, por lo que ella prefirió hablar de la voluntad como dos decisiones generales distintas: llamaba técnicas de voluntad de ataque a los conjuros que utilizaba para afectar positiva o negativamente a lo que le rodeaba; mientras que los que empleaba para evitar que cualquier factor externo tocara algo en específico los consideraba técnicas de voluntad de defensa. Ambos tipos podían utilizarse al mismo tiempo y su aplicación podía variar de acuerdo con el estado del practicante: cualquier debilidad o herida podía afectar de forma inesperada la práctica de la magia.​

      El vuelo de una hoja frente al rostro de Daichi detuvo su lectura y lo obligó a seguir su trayectoria con la mirada: la vio flotar hacia su derecha, dar vuelta y moverse hacia la izquierda, subir y girar como si estuviera dentro de un remolino en cuyo centro se encontraba Maki moviendo la mano derecha para darle indicaciones: un movimiento de muñeca para hacerla girar, movimiento de mano con palma hacia arriba para hacerla subir, movimiento de mano con palma hacia abajo para hacerla bajar, dedos índice y medio extendidos y luego flexionados para atraerla, acto inverso para alejarla.

      Le pareció tan simple y divertido que comenzó a mover la mano izquierda para jugar con otra hoja mientras mantenía flotando la primera: un par de vueltas antes de ir hacia ella, hacia arriba y hacia abajo, una ronda a la primera hoja y, al verlas casi tocarse, dejó de mover la mano izquierda e hizo que ambas recorrieran un mismo camino en el aire a una distancia razonable que no variaba. Siguió sumando hojas hasta que hizo un camino de doce, lo cual alegró a Nanami y enorgulleció a Koharu, quien ya se asumía como la mejor profesora de magia de ese mundo.

      —¡Bien! —dijo Koharu mientras se quitaba el saco gris y se lo regresaba a Daichi con un agradecimiento—. Ahora vayamos a la siguiente lección.

      De inmediato, la niña de ojos rojos chascó los dedos de la mano derecha y creó una bola de fuego del tamaño de su puño. Su aprendiz la imitó y logró que una pequeña corriente de aire girara alrededor de un punto y formara una esfera. Nanami quiso hacer lo mismo, pero su burbuja de agua era tan inestable que se deshizo a los pocos segundos, cuando apenas quería llamar la atención de todos para compartir el acontecimiento.

      —Aprendes rápido —dijo la maestra—, ya debes estar lista para luchar contra mí.

      Luchar le parecía tan mala idea a Maki que su esfera se desvaneció.

      —¿Qué pasa? ¿Estás cansada?

      —Estoy bien —respondió la chica de trenzas, quien formó nuevamente la esfera de viento.

      —Perfecto, entonces lánzame la esfera que creaste.

      Nuevamente el conjuro se deshizo y nadie podía comprender el motivo.

      —Bueno, tal vez es muy pronto para luchar contra mí, quizá deberíamos empezar por algo más sencillo: ataca al pájaro que está en esa rama —ordenó, y señaló una rama de un árbol que estaba cerca de ella.

      Maki intentó varias veces crear la esfera, pero fue en vano: en un par de ocasiones lo consiguió, pero no pudo estabilizarla; cuando logró controlarla y quiso lanzarla, el ataque se desvaneció a unos cuantos centímetros de distancia de ella, y al parecer nadie sabía la razón.

      —¿Y qué tal si intentas darle a mi bola de fuego? —preguntó Koharu para luego lanzarla sobre su cabeza, y Maki logró estabilizar su ataque y golpear el de su maestra.

      Al ver que aquella práctica fue exitosa, ambas la repitieron quince veces más. Después de eso, Koharu levantó el brazo derecho y lo movió en sentido de las manecillas del reloj para formar una circunferencia, y a medida en que su mano avanzaba, aparecían esferas ígneas que hizo avanzar un par de metros. Nuevamente, Maki imitó los movimientos de la pelirroja y logró apagarlas todas en un par de segundos.

      —¿Qué es esto? Aún no estás cansada, puedes apagar mis ataques, ¿por qué no puedes darle al pájaro?

      —¡Puedo hacerlo! —dijo con seguridad, pero no lo consiguió aunque lo intentó varias veces más. En el último intento, sin embargo, todos atestiguaron algo curioso: había estabilizado la esfera, la había lanzado hacia donde estaba el ave y el ataque estuvo a punto de golpearlo; pero se desvaneció cuando casi lo tocaba. El pájaro reaccionó y voló hacia otro árbol.

      —Qué raro —dijo Koharu.

      —Sí —respondió Daichi mientras se rascaba la cabeza—, ¿cómo es que el pájaro no se había movido hasta ahora?

      —No me refería a eso —susurró la niña mientras cruzaba los brazos.

      —Somos elementales —contestó Nanami, quien había presenciado toda la práctica en silencio—, las plantas y los animales saben que no les haremos daño si no lo decidimos así, nosotros aprendimos de la naturaleza y establecemos lazos con ella a tal grado que es capaz de saber mucho sobre nosotros, incluso puede detectar nuestros límites.

      La mujer azul estiró su brazo derecho y dispuso su mano para que ahí se posara el ave que estuvo a punto de ser tocada por el ataque de Maki. Los visitantes de otro mundo se sorprendieron al ver que el pájaro cantaba en la mano de Nanami, quien acarició su cabeza con un dedo de la mano izquierda y le sonrió.

      —“Cualquier debilidad o herida puede afectar de forma inesperada la práctica de la magia” —volvió a leer Daichi, esta vez en voz alta, y luego miró a la chica de ojos verdes—. ¿Te duele algo? ¿Te lastimaste hace rato?

      —Va más allá de eso —continuó Nanami, con lo que atrajo la mirada de todos—. Ciertamente, estar cansado o lastimado puede disminuir la efectividad de las técnicas de los elementales, puedes resolverlo con reposo o con un hechizo de curación, aunque no puedes usar magia cuando no tienes más energías ni mientras las recuperas. Sin embargo, hay otro factor que es incompatible con la magia.

      —¿A eso te referías con que el miedo y la magia son incompatibles? —dijo Maki.

      —No es sólo el miedo, son todas las emociones que experimentan los elementales, principalmente el temor, la indisposición y la ira; es más difícil cuando proviene de un acontecimiento del pasado —respondió la guardiana del agua—. Pero hay un detalle más: las reacciones de un elemental ante ciertas circunstancias son más peligrosas que las de cualquier ser humano. En la mayoría de los casos, el temor en mayor o menor medida anula la posibilidad de realizar conjuros; pero en casos excepcionales, preferiríamos que ocurriera de ese modo.

      —¿Tan malos son los casos excepcionales?

      —Lo son. —Y volvió el rostro para ver a Maki directamente a los ojos—. La magia utilizada cuando un elemental siente una emoción mal canalizada o no controlada es capaz de destruirlo todo.

      En ese momento se creó un silencio tal que todos pudieron escuchar cómo el viento movía las hojas de los árboles. La chica de trenzas, perturbada luego de aquella revelación, contempló la escena: Nanami tenía la misma expresión seria que le había mostrado cuando supieron que Daichi no recordaba nada; Koharu parecía desolada, como si la destrucción se hubiera llevado algo suyo anteriormente. De repente, por la mente de Maki pasó el recuerdo de la ciudad en ruinas y sintió escalofríos, ¿lo que estaba pensando era verdad?

      —Bueno, volvamos al castillo —dijo tranquilamente Nanami, sin darse cuenta de que había interrumpido los pensamientos de la nueva guardiana del viento—. Mañana será un día muy largo.

      —¿Qué vamos a hacer mañana, Nana? —preguntó inocentemente Koharu.

      —Mañana llevaré a Maki con Hana para que aprenda más técnicas de defensa, después volverá a entrenar contigo, quizá para entonces pueda identificar la causa de sus dudas.

      —¿La llevarás? ¿Entonces yo qué voy a hacer?

      —Te quedarás a cuidar a Daichi en el castillo.

      —¡¿Eh?! —expresó con desconcierto y decepción la guardiana del fuego, como si fuera a hacer un berrinche— ¿Me quedaré en el castillo? ¡Pero quiero ir con ustedes! ¡No es justo!

      —Lo siento, pero sabes que Hana es muy especial; además, alguien tiene que cuidar de Daichi.

      —¿Y no podemos llevarlo con nosotras? Si van a ver a Hana, van a ver a Sachi, ¡quiero ver a Sachi!

      Maki no entendía nada: ¿Hana? ¿Sachi? ¿Más elementales? ¿Cuántos eran en total? ¿Por qué Nanami quería que Koharu se quedara con Daichi en el castillo?

      —Es cierto, ¿no podemos ir los cuatro? —se atrevió a preguntar.

      —No —respondió tajantemente la mujer azul—. No sabemos en qué momento volverá Ayame por él ni cómo actúa su hechizo; tampoco sabemos si alguna de nosotras tiene el poder suficiente para derrotarla o para proteger a Daichi, lo mejor para él en estas circunstancias será quedarse dentro de la barrera del castillo. —Hizo una pausa y dirigió la mirada hacia donde estaba el niño—. Además, sé lo incómodo que puede ser dormir en cualquier lugar.

      El último argumento extrañó a Koharu y a Maki, por lo que decidieron mirar hacia el mismo sitio que Nanami: reclinado contra un árbol, el niño fue vencido por el sueño sin que le diera tiempo de cerrar el libro. Al parecer, la lectura de Daichi había llegado a una página que terminaba con una frase desesperanzadora y un tanto críptica: “Y Mao enterró su apellido”.

      Maki tomó con cuidado el libro y lo guardó en un bolsillo del saco gris, cargó al niño en sus espaldas con ayuda de Nanami y emprendieron el viaje de vuelta al castillo, adonde llegaron poco antes del anochecer. Luego de comer y practicar un par de horas más, el trío de elementales se dispuso a dormir para realizar sus planes por la mañana.

      Esa noche, Maki recordó algo entre sueños. Al día siguiente de haberle dado a Daichi el amuleto perfecto, la niña de trenzas corría hacia el parque para alimentar a Shiro y jugar con él mientras su amigo terminaba cierta tarea que le había asignado su madre. Cuando llegó al escondite de siempre, encontró la caja del cachorro desocupada, sin nada más que la cobija que ambos habían colocado para que el animal no sufriera frío. Preocupada, miró hacia todas partes y no encontró nada, por lo que decidió buscarlo por todos los lugares posibles; sin embargo, pronto escuchó el gemido de un perro y corrió hacia ese punto, en donde encontró un grupo de niños que lo rodeaban. Sin el valor suficiente para acercarse, se escondió detrás de un árbol cercano y esperó un par de minutos hasta que los niños se alejaron.

      Sintió un dolor en el pecho cuando vio a Shiro asustado, sucio y con la pata lastimada. Aunque al principio quería alejarse, el cachorro se acercó lentamente a la niña cuando se percató de que ella no quería hacerle daño. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Maki lo tomó entre sus brazos, lo abrazó con suavidad, lo llevó a su caja y lo metió con cuidado para evitar que su herida empeorara. Entre lágrimas, ella le acariciaba la cabeza, le pedía perdón por no defenderlo y le prometía dos cosas: protegerlo aunque tuviera miedo y no lastimar a nadie.

      Ni bien terminó su promesa, un hormigueo recorrió su cuerpo: detrás de ella, un par de voces la obligaron a voltear. Descubrió entonces que estaba rodeada y que, en aquellas circunstancias, sólo podía abrazar a Shiro para que no lo tocaran.

      Abrió los ojos de repente y notó por la ventana de su cuarto los primeros rayos del sol. Se levantó para ver el amanecer; pero su contemplación fue interrumpida por tres golpes en la puerta. Luego de voltear hacia la entrada de su habitación y conceder el permiso para que su visitante pasara, Nanami abrió ligeramente la puerta y asomó la cabeza para saludarla y para avisarle que partirían después del desayuno. Un “Voy enseguida” poco animado hizo que la mujer azul viera el rostro de la ocupante del cuarto con cierta preocupación.

      —Te veo triste, ¿pasó algo?

      Maki volvió la cabeza hacia la ventana un par de segundos, como si la respuesta estuviera en el amanecer que se había perdido, como si quisiera recordar y olvidar a la vez aquel sueño tan claro y, a la vez, tan oscuro.

      —Tenías razón —respondió mientras apoyaba una mano en el alféizar la ventana—: tratar con el pasado es complicado.
     
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    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 8. El segundo viaje

    Aunque la elemental de fuego era la persona más alegre, despreocupada y agradable de ese reino casi deshabitado, Daichi se había cansado de jugar a las escondidas con ella después de la séptima ronda. Ciertamente, ver su rostro frustrado al ser encontrada le hacía tanta gracia que se esforzaba por no reírse de ella; aunque ella no reprimía sus carcajadas cuando veía la expresión asustada del niño cuando los papeles se invertían. Pero tenía que resistir, estaba casi seguro de que la niña olvidaría el asunto y pediría un descanso. Sí, eso tenía que ocurrir antes de la décima ronda.


    —¡Juguemos otra vez! ¡Me toca!

    Tenía que ocurrir... pero no ocurrió, y en vano sería pedirle un descanso.

    Entonces se le ocurrió una excelente idea: mientras Koharu contaba hasta cincuenta con la cabeza y los brazos apoyados en la pared, el niño corrió entre los pasillos de aquel castillo enorme, en donde minutos antes había visto una puerta de madera pintada de blanco con adornos dorados que llamó su atención. La abrió con cuidado, procurando hacer la menor cantidad de ruido, entró antes de que fuera descubierto y cerró por dentro. Un poco más tranquilo y libre, dio media vuelta para averiguar en dónde se había metido: ¿sería ese el cuarto del rey o el del príncipe heredero al trono?, ¿podía empezar a disfrutar de él como correspondía?

    Pronto se dio cuenta de que estaba en un lugar mejor: un sitio con varios libreros y un escritorio sucio, un lugar tranquilo en donde podría terminar de leer La historia de Mao y, si le daba tiempo y no se quedaba dormido, buscaría más información sobre ese lugar al que había llegado aún sin saber cómo. Se acercó rápidamente al escritorio y sopló con cuidado para quitar el exceso de polvo; tosió un par de veces cuando un poco de él se coló por sus pulmones por accidente y de inmediato se cubrió la boca, como si con ese movimiento evitara que Koharu escuchara el sonido que había hecho antes. Luego de varios segundos de espera, en los que nadie tocó la puerta ni habló detrás de ella, Daichi buscó en la bolsa derecha de su saco gris, sacó el pequeño libro, se sentó y pasó rápidamente las hojas amarillentas para retomar la lectura desde aquella línea desesperanzadora y críptica de la última vez:

    Y Mao enterró su apellido.

    Ella tenía dieciséis años cuando su padre adoptivo, el hombre sabio que la cuidó por petición de su abuela, falleció sin remordimientos luego de enseñarle a la niña todo lo que sabía sobre la magia. Su última petición la dejó confundida: “Deseo...” y un susurro que no pudo escuchar con claridad. Nuestros ancestros creen que el padre de Mao deseó que ella fuera feliz; pero otros creen que la frase exacta iba más allá de eso: “Deseo que nunca estés sola”. La única prueba que tienen esas personas para creerlo proviene de los hechos siguientes, cuando la guerra llegó a ese rincón olvidado del mundo luego de que los grandes gobernantes hubieron controlado la magia para luchar contra sus enemigos y expandir sus reinos.

    Poco tiempo después de la muerte del gran mago, los primeros rumores sobre la guerra, la magia y la historia del hombre que llevaba la desgracia a todo lugar que pisaba llegaron a la aldea. Pronto, el temor de una invasión futura y de la aniquilación total provocó que los pobladores comenzaran a aislar a Mao quien, por más que intentó defender el nombre de su padre, nunca fue escuchada. Aún así, la joven nunca estuvo sola, ya que tenía seis amigos incondicionales que seguían tratando con ella en contra de lo que decidieron sus familiares.

    Pronto llegaron las primeras invasiones. Aunque el resto de la población le había dado la espalda, hizo todo lo posible por defender aquel pueblo en donde había vivido tantos años; pero ni su gran potencial ni su conocimiento mágico fueron suficientes para conseguirlo. Era difícil, por no decir imposible, proteger un lugar cuando tres ejércitos de magos atacaban simultáneamente, y en varias ocasiones estuvo a punto de recibir ataques directos de las tropas enemigas; pero sus amigos ingeniaron métodos para evitar que esto ocurriera.

    Después de una humillante retirada del pequeño grupo defensor, reflexionó sobre varias cosas relevantes que pudo percibir durante la batalla. Primero, cuando algunos magos agotaron su energía, descubrió que eran incapaces de usar magia por más inmediatos que fueran los esfuerzos de otros por ayudarlos a recuperarse, y que un agotamiento excesivo lograría incluso que un practicante perdiera la vida. Segundo, que tenía amigos que harían todo lo posible por protegerla aunque eso significara enfrentarse ante fuerzas superiores a ellos, y supo que los seres humanos tenían más recursos útiles además de la magia. Finalmente, comprendió que el ser humano había utilizado el conocimiento mágico durante todos esos años para fines distintos a los que imaginaba su padre, y de ese modo concluyó que la guerra nunca terminaría si las personas llenas de ambición seguían utilizando lo aprendido para beneficiarse.

    Luego de meditarlo por un tiempo, Mao se acercó a sus seis compañeros y les contó sus pensamientos:

    “Los seres humanos tienen un poder misterioso que puede traer las mayores alegrías y las más grandes desgracias, un poder que nadie ha considerado y que el mismo ser humano toma como milagro o casualidad cuando el hecho ocurre. El ser humano puede desear, y el deseo también puede ser amplificado con magia. Si yo quisiera que todos tuviéramos abundancia en este momento, la conexión que tengo con el mundo lo haría posible; pero todo deseo conlleva efectos diversos sobre su entorno y, aunque quiero que todos vivan tranquilos, sólo podré conseguirlo si cambio la situación del mundo.”

    Los pensamientos de Mao fueron agradables para sus amigos; sin embargo, al escuchar que Mao solo podría traer la paz al mundo utilizando ese recurso, y al saber de qué se trataba, se negaron a aceptarlo: si Mao deseaba en aquel momento que los seres humanos olvidaran todo lo relacionado con la magia, tendrían que olvidar también su origen, y esa era la prueba de la existencia de Mao y de su padre; por lo tanto, el lazo que unía a ese pequeño grupo de personas incondicionales que no estaba dispuesto a olvidar a la joven hechicera desaparecería.

    Entonces Mao, al oír que ellos no querían eso, y en un momento de flaqueza de su corazón, deseó quedarse con ellos por siempre.

    Pero ¿cómo lograría que nadie en el mundo tuviera acceso a un poder que podría causar más desgracias que beneficios? Si lo absorbía todo y se quedaba ahí, ¿no sería un deseo mal planeado y una posibilidad de crear conflictos en el futuro? Luego de reflexionar durante varios días, sólo se le ocurrió aislarse del mundo, y deseó, con la aprobación de su grupo de amigos, estar en un lugar en donde pudieran vivir los siete sin que el resto de la gente de ese mundo tuviera contacto con ellos.

    Y no pasó nada, o al menos eso pensaron durante varios meses hasta que se dieron cuenta de que nadie los buscaba ni los encontraba por casualidad, y descubrieron entonces que los poblados vecinos habían desaparecido. Así surgió nuestro mundo, en silencio, sin que nadie supiera cuál fue el momento exacto de su creación.


    Daichi estaba atónito, ¿desear era un poder tan fuerte? Si él lo deseaba, ¿tendría chocolate para cenar?

    En ese momento, Maki recordó que no había visto su maletín en el castillo.

    El sitio geográfico estratégico que había elegido Hana para proteger la ciudad destruida se encontraba cerca de la frontera norte, por lo que Nanami y Maki tomaron uno de los caminos principales para llegar lo más pronto posible. A varios metros de la entrada del castillo, Maki reconoció la construcción en ruinas por donde habían llegado a ese mundo y se lo comentó a su guía, quien la acompañó a inspeccionar el lugar. Ahí, cerca de las patas de una mesa cubierta de polvo, encontró dos maletines: el suyo y el de Daichi recargado en el mueble. Luego de tomar ambos, descubrió su viejo listón amarillo cerca de la pared opuesta a la entrada sin puerta, seguramente arrastrado por el viento. Se acercó lentamente a él ante la mirada curiosa de la mujer azul, quien no entendía el motivo de la chica de trenzas para recoger y atar en la manija de aquella “bolsa cuadrada dura” algo tan simple como eso.

    Con los objetos recuperados, la pareja reanudó su viaje en medio de construcciones derrumbadas y escombros, fuentes sin agua, hierbas invasoras y, como ambas esperaban, sin encontrar a ningún habitante.

    —Al principio se sentía raro —dijo la guardiana del agua al ver el gesto de incredulidad mezclada con temor en el rostro de Maki—, pero después de un tiempo te acostumbras a vivir en una ciudad sin gente... o al menos eso quisiera decir, estoy convencida de que a mí me ha costado más trabajo que al resto: Koharu creció sin saber que este mundo era habitado por más personas que nosotros, Sachi y Hana siempre han estado juntas y no le toman tanta importancia al asunto. Pero yo...

    Nanami detuvo tanto sus pasos como sus palabras. Al notarlo, la chica de ojos verdes la miró e intentó preguntarle qué había pasado; pero pronto se dio cuenta de que la mirada de su acompañante se mantenía fija al frente y decidió voltear hacia ese punto. En el camino, un lobo las observaba.

    —Sachi está aquí.

    —¿Eh? —exclamó con sorpresa Maki— ¿El lobo? ¿Sachi?

    No obtuvo respuesta. Ambas vieron al animal acercarse y detenerse frente a Nanami, quien se acuclilló para acariciar su cabeza. Desde su posición, la chica de trenzas notó algo que la intrigó más: el lobo cargaba un par de canastas con frutos y hierbas que pendían en ambos lados de su cuerpo.

    —Sachi, ¿estás solo? ¿En dónde está tu ama?

    El lobo miró hacia arriba y se encontró con la mirada de Maki, quien se sobresaltó sin despegar la vista del animal. Al darse cuenta de ello, la mujer de ojos azules volvió a hablarle.

    —Ella es Maki, no te hará daño.

    El animal dio media vuelta y se alejó unos cuantos pasos, volvió la cabeza por un momento, como pidiéndole al par de viajeras que lo siguiera. Nanami se levantó y miró de nuevo a Maki, quien no esperaba aquella reacción de un animal salvaje.

    —Sigamos a Sachi —dijo con una sonrisa, y ambas reanudaron su marcha.

    —¿Es él a quien quería ver Koharu? —preguntó la chica de ojos verdes aún sin poder asimilar lo que había ocurrido.

    —A él y a Sachi.

    —¿Entonces él no es Sachi?

    —Sí, también es Sachi.

    —¿Hay dos Sachis? ¿Son de la misma camada?

    Nanami se rio por primera vez en todo el tiempo que Maki llevaba en ese mundo. Le parecía divertida la conclusión de su acompañante, aunque también la comprendió: en otras circunstancias, ella hubiera pensado lo mismo.

    Un silbido a lo lejos hizo que Sachi empezara a correr. Al ver que lo perderían de vista si no se apresuraban, las chicas lo persiguieron corriendo durante varios minutos. Así fue como la guardiana del viento se perdió la única oportunidad que tendría de ver el progreso de las ruinas, y por lo mismo no se dio cuenta de aquella forma tan extraña de destrucción: conforme se alejaban del castillo, los edificios se mantenían en mejores condiciones a tal punto que casi todas las casas situadas cerca de la entrada norte de la ciudad permanecían intactas.

    En menos de lo que esperaban, Nanami y Maki habían pasado por el arco de la entrada norte y, varios metros más adelante, el lobo se detuvo. Mientras la visitante de otro mundo apoyaba las manos sobre sus rodillas, miraba hacia el suelo y recuperaba el aliento, escuchó una voz frente a ellas.

    —Vienes bien acompañado el día de hoy, ¿verdad, Sachi?

    El lobo ladró una vez. Cuando Maki pudo levantar la vista y enderezar el cuerpo, notó que el animal recibía bajo la oreja izquierda la caricia de una joven de pelo corto marrón claro y ojos miel. Vestía una blusa negra de tirantes, unos pantalones beige y un par de mocasines cafés; bajo su brazo izquierdo llevaba un abrigo pardo oscuro, y en su muñeca tenía una pulsera poco convencional: una esmeralda oval sostenida por un par de puntas doradas que simulaban enredaderas con tres brotes y hojas.

    —Sachi —dijo Nanami, y animal y amo voltearon—. Eh... Sachi humana.

    —¿Por qué Koharu y tú siempre hacen lo mismo? —protestó la joven—. ¿No se dan cuenta de que hacen sentir mal a Sachi? ¡Míralo!

    El lobo había agachado la cabeza y lloraba como si se tratara de un perro abandonado. De inmediato, su ama se inclinó hacia él para volver a acariciarlo y consolarlo.

    —No te sientas mal, Sachi, sabes que yo te quiero. —Comenzó a sobarle la panza y el lobo, más feliz que nunca, se echó boca arriba—. ¿Quién es un buen lobo, eh? ¿Quién es un buen lobo? Aw...

    De inmediato, Sachi humana lanzó una varita y, bajo la orden clásica “Ve por ella”, Sachi animal corrió a buscarla. Mientras tanto, Nanami procuraba no carcajearse: la expresión de Maki, quien cada día se sorprendía más de lo que ocurría en ese mundo, le parecía muy graciosa. Aún con todo el esfuerzo, una risita logró escaparse de sus labios.

    —Nana, ¿de qué te ríes?

    Y la mujer azul explotó: entre palabras mezcladas con alegría desmedida, llanto y dolor de estómago, Maki entendió que se reía de ella y no pudo hacer nada más que sonrojarse.

    —Ah... esta chica me agrada —susurró Nanami mientras se limpiaba las diminutas lágrimas que salían de sus ojos—. Realmente me hubiera gustado conocerla en otra situación.

    Sachi humana se limitó a parpadear mientras dejaba que Sachi lobo, que había regresado con la rama, le lamiera el rostro.
     
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    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 9: Frontera norte

    El plan de Daichi había salido tan bien que pudo terminar de leer La historia de Mao sin ser interrumpido por la presencia inquieta de Koharu; pero hasta ese momento se dio cuenta de que no le había prestado la atención suficiente al libro a pesar de que lo había tenido en su poder durante casi tres días: en la portada, abajo del título, vio un número romano desgastado, casi invisible, y entendió que ese no era el final de la historia. Entonces, si esa era la primera parte, ¿en dónde estaría la segunda?, ¿la encontraría en alguno de esos libreros?

    Del otro lado de la puerta (más bien, del otro lado del castillo), la niña de fuego seguía buscando a su compañero de juego: subía y bajaba escaleras, abría una habitación tras otra, exploraba en los rincones más olvidados e incluso quiso buscar en la torre central, pero descartó la idea luego de darle tres vueltas sin encontrar la entrada. Cansada, decidió sentarse un momento para pensar en qué lugares no había buscado; pero justo en ese momento se encontró en un problema terrible e inesperado: pensar le daba hambre.

    Después de considerar todas las opciones posibles, decidió reprimir su orgullo y caminar hacia la cocina, en donde seguramente encontraría algo para calmar su estómago vacío. Aún era temprano, ya se daría el tiempo para volver a buscar por todos los sitios posibles, incluso por debajo de las piedras.

    Pero no fue necesario: mientras caminaba hacia la cocina, un grito y el sonido de un montón de objetos que caían llamó la atención de Koharu, quien se dirigió hacia la puerta blanca que Daichi había cerrado por dentro cuidadosamente. Asustada, luego de tocar la puerta con insistencia e intentar abrirla sin éxito, la pelirroja creó un par de esferas de fuego, quemó la puerta y entró presurosa a aquella habitación.

    —¡Dai-Dai! —gritó mientras observaba la situación con una esfera de fuego lista para el ataque.

    Volvió el rostro ligeramente a la izquierda y vio la cabeza de Daichi que apenas sobresalía de una montaña de libros desordenados, y su bola ígnea se apagó tan pronto como se había encendido.

    Minutos antes, el niño había encontrado, en la parte más alta del estante más lejano al escritorio, un empastado del mismo azul que el libro que recientemente había terminado. Alcanzarlo fue toda una odisea: la silla era tan pesada que no podía arrastrarla hasta ese punto del cuarto, por lo que recurrió a un plan que no le agradaba por completo. Con cuidado, Daichi tomó varios volúmenes y los apiló para subir hasta ese punto; sin embargo, cuando logró tomar la segunda parte de La historia de Mao, perdió el equilibrio y cayó sin poder hacer nada salvo tomar otro libro con la mano que tenía libre en un intento por evitar el golpe.

    —¿Qué estás haciendo, Dai-Dai? —se quejó Koharu, quien se acercó para ayudarle a salir de aquel desorden—. Llevo horas buscándote, ¿por qué no me pediste ayuda? Tendrás problemas si Nana ve todo esto así.

    —Lo siento —respondió mientras se sobaba la cabeza—, pero me encontrarías si te llamaba... —En ese momento desvió la mirada hacia la entrada de la habitación—. ¿Era necesario quemar la puerta? ¿Nana no se molestará cuando se entere?

    Hubo un silencio incómodo. Koharu tenía que pensar rápido y cambiar el tema. Entonces un empastado anaranjado, el que tenía Daichi en la mano izquierda, la salvó inesperadamente.

    —¡Ah! ¡Ese libro! —expresó con alegría y sorpresa mientras intentaba ocultar su nerviosismo— ¡Lo recuerdo! ¡Mamá tiene uno de esos!

    —¿Mamá? —susurró el de cabello negro, quien le dio la vuelta a los volúmenes que había tomado para poder revisar sus títulos al mismo tiempo: el azul era, como sospechaba, la segunda parte del libro que había terminado; el anaranjado de la izquierda tenía un nombre que no pudo leer antes de que su compañera lo tomara sin previo aviso.

    —El libro de los elementales, aquí viene todo lo que mamá nos enseñó sobre las gemas, debería dárselo a la nueva maga del aire. Pero antes de eso, creo que lo volveré a leer en uno de los cuartos, sí, o mejor en el jardín, ¡qué buena idea! Hoy es un día perfecto para leer afuera, ¿no lo crees?

    —Pero...

    —¡Ah! ¡Qué tarde es! ¡Debo apresurarme antes de que se oculte el sol! Te dejaré tranquilo para que sigas leyendo sobre Mao, ¡si tienes hambre, ve a la cocina!

    Y salió corriendo de la habitación para que nadie descubriera que había quemado la puerta. Se fue tan pronto como había llegado, como si fuera una prófuga de la justicia, y Daichi, aunque parecía desconcertado luego de aquella escena, no podía estar más contento.

    Simultáneamente, del otro lado de la ciudad, los dos Sachis conducían al par viajero hacia una casa de piedra rodeada de árboles frondosos que comenzaban a divisar a la distancia, casi en la falda de un cerro.

    —Entonces aquí vive... eh... —Maki no supo cómo terminar la frase.

    —¡Es cierto! Entre tantas cosas no pude presentarme debidamente —dijo la castaña, quien luego volvió ligeramente la cabeza para ver hacia atrás—. Me llamo Sachiko, pero Koharu y Nanami prefieren decirme Sachi aunque les he dicho miles de veces que Sachi es mi lobo. Parece que tú no te sientes cómoda llamándome así, Sachi y yo te lo agradecemos.

    —Es que Sachi es más fácil de recordar —argumentó en su defensa la mujer azul—. Saki es más bonito, pero Sachi tiene más sentido. Además, tú nunca pensaste en llamar Sachi a Sachi, pero al final decidiste hacerlo porque le gustó más que Shichi.

    —Esa fue culpa de Koharu.

    —No puedes culpar a una niña de cinco años por no pronunciar bien un nombre.

    En la mente de Sachiko se repetía la discusión eterna que tuvo durante mucho tiempo con la pequeña pelirroja: “¡Sachi, ven!”, “Se llama Shichi”, “¡Sachi, vamos al bosque!”, “Que se llama Shichi”, “¡Sachi, juega conmigo!”, “¡Es Shichi!”. Luego de unos meses, al descubrir que el lobo reaccionaba más rápido al ser llamado Sachi, Sachiko desistió en su intento por corregir a Koharu y aceptó el cambio con resignación.

    —Siento interrumpir —dijo Maki luego de aquella discusión—, pero Nanami dijo que Hana era especial, ¿debo saber algo antes de conocerla?, ¿tengo que tratarla de un modo en específico?

    —¿Eh? ¿Conque Nanami dijo eso?

    Una dulce mirada de odio de la guía se mantuvo durante un instante sobre la guardiana de agua, quien sintió escalofríos y movió la cabeza para evitar cualquier reprimenda.

    —Hana es una persona muy sensible y amistosa, pero Nanami y Koharu no quieren creerme.

    Le parecía curiosa aquella declaración, pero la chica de ojos verdes no tuvo tiempo de hacer más preguntas sobre ello: a unos pasos de la casa de piedra, Sachi percibió el olor de una persona cuya silueta aparecía detrás de la puerta que se abría y se echó a correr. Cuando vio al animal acercarse a toda prisa, la ocupante se arrodilló en el suelo para ver y acariciar al recién llegado.

    —Es ella —dijo la de cabello corto en voz baja, y caminó más rápido para adelantarse.

    Hana le parecía a Maki un ser distinto al resto de las elementales: se veía pacífica y natural, prácticamente nacida de la flor más delicada que pudiera hallarse en cualquiera de los mundos, con su cabello marrón peinado en media cola que llegaba hasta su cintura, con un par de ojos verde limón poco común, con un vestido color hierba asimétrico de un hombro, un par de botas altas del mismo color y un broche en el cabello en forma de semilla germinada.

    —Bienvenido, Sachi —dijo con una voz tan tranquila y dulce que la chica de trenzas llegó a una conclusión: Hana era la Madre Naturaleza personificada.

    —¡Hana, tenemos visitas! —anunció Sachiko en voz alta, con lo que atrajo la mirada de la de cabello largo, quien se levantó y miró hacia el sitio por donde avanzaba aquel grupo inusual luego de retirar las canastas del lomo de Sachi y acariciarle la cabeza.

    —Oh, solo es Nanami.

    —¿“Solo es Nanami”? —reclamó la de cabello azul—. ¿Qué clase de reacción es esa?

    —Tienes razón —respondió Hana para sorpresa de la guardiana del agua—, viene alguien más con ustedes, lo siento mucho.

    —¿Solo era eso? —susurró molesta Nanami, pero nadie la escuchó.

    —Hana —intervino la de dulce mirada mientras colocaba su mano sobre el hombro de la chica de trenzas—, ella es Maki, viene de otro mundo.

    —¿Otro mundo? Eso es imposible, los sellos de Mao no permitirían que nadie entrara a nuestro mundo.

    —Es la segunda vez que escucho sobre los sellos de Mao desde que llegué, ¿qué son?

    —Los sellos de Mao son...

    Y no terminó la frase. Aquella pregunta había provocado que Hana se fijara por primera vez en Maki, y su reacción parecía la de cualquier persona al ver una pertenencia suya anteriormente robada y al fin encontrada: sus ojos, más abiertos de lo normal, notaron un resplandor plateado sobre el pecho de la recién llegada; caminó rápidamente hacia ella, acercó el rostro hasta casi tocar el amuleto protector con la nariz; se alejó para levantarlo ligeramente con la mano derecha y lo inspeccionó por ambos lados para después gritar de emoción:

    —¡Es el verdadero! ¡Ahora todo tiene sentido! ¡No esperaba menos de Sayaka! —exclamó, y el rostro eufórico de la chica de cabello largo asustó ligeramente a Maki, quien retrocedió un poco al verla tan cerca—. Sayaka creó un puente entre mundos y te trajo hasta aquí, no hay duda. Es una persona increíble, ¿no lo crees?

    —Sa... ¿Sayaka? —titubeó la de lentes mientras daba otro paso hacia atrás.

    —¡Sayaka! —Y volvió el rostro hacia donde estaba Nanami—. ¿No le has contado nada sobre ella? ¡No puedes traerla y llevarla por ahí sin hablarle sobre Sayaka! —Pero no le dio oportunidad de responder, nuevamente miró a Maki, esta vez directamente a los ojos, y siguió con su monólogo—. Bueno, ya la conozco, hubiera sido sorprendente que te contara algo tan importante. ¡Bien, yo lo haré!

    —¡Espera! —interrumpió Sachiko, quien ya tenía sujetas las manos de la furiosa mujer azul para evitar que atacara a quien la había ofendido—. Cuéntale en el camino, tenemos una junta urgente.

    —¡Está bien! ¡Iré por mis cosas!

    Y entró a la casa de piedra en un instante. Sachi la siguió y el trío desconcertado de afuera solo podía escuchar la voz emocionada de Hana en una conversación sin respuestas con el lobo:

    —Tengo que llevar un vestido extra, el cepillo... ¿Debería llevar una capa? Puede que en la noche haga frío. ¿Y los dulces de Koharu? ¡No tengo tiempo! Bueno, ya los haré después. ¡Ah, Sachi, tu cobija!

    —Ella está...

    —¿Demasiado emocionada? Sí —interrumpió Nanami a Maki, cuyos lentes se desacomodaron ligeramente por la impresión que le causó presenciar semejante escena.

    —¿Lo ves, Nana? Hana es una persona sensible y amistosa —dijo Sachiko con orgullo.

    —¡Por supuesto que no!

    Pocos minutos después, regresó. El grupo vio a la chica verde cargando una bolsa cruzada con algunas pertenencias básicas y al lobo con su cobija atada en el lomo. En menos de un parpadeo, Hana corrió hacia Maki, tomó su mano y emprendió el viaje de regreso al castillo.

    —¡En marcha! —dijo mientras levantaba su brazo libre.

    La guardiana del agua suspiró y caminó detrás de ambas sin decir nada. Sachi humana silbó para llamar a Sachi lobo, quien corrió para alcanzar a su ama, cuyo rostro mostraba una sonrisa tranquila; sin embargo, al llegar al arco de la entrada norte de la ciudad, se detuvo por un momento y miró hacia el castillo con seriedad, como si hubiera encontrado ahí el indicio de un evento inevitable. Al no escuchar sus pasos, Nanami dejó de caminar y giró para verla y preguntarle si pasaba algo.

    —Dime, Nanami, ¿cuánto tiempo más durará la fortaleza invisible?

    Sachiko había hecho la pregunta incómoda que la mujer azul quería evitar antes de la junta urgente de los elementales en el castillo; después de todo, había hecho un trabajo excepcional al disimular su preocupación y vigilar el muro de defensa sin despertar sospechas durante esos tres días durante los que, ciertamente, había notado que se debilitaba con una rapidez considerable.

    —Cuatro días, tal vez menos. Y cuando eso pase...

    —Lo sé —interrumpió con un poco de tristeza—. Serán cuatro días complicados y el quinto será peor.

    —¿Está bien ocultárselo a Hana?

    —Al menos durante el viaje hacia el castillo. —Y miró a la Madre Naturaleza conversando felizmente con la chica de trenzas, quien escuchaba con atención—. Hana es la única persona que puede hablarle a Maki sobre Sayaka y la indicada para sacar conclusiones sobre la irregularidad en los sellos de Mao.

    —¿Tú también crees que Sayaka...?

    —No lo creo —volvió a intervenir sin dejar que Nanami terminara su frase—, estoy convencida de que fue ella.

    Ambas intercambiaron miradas silenciosas. El viento meció ligeramente sus cabellos y levantó una delgada nube de polvo que las separó por un instante; cuando pudieron volver a distinguir sus siluetas con claridad, la mujer azul le dio la espalda para ver, al igual que su interlocutora un momento antes, el castillo en el horizonte.

    —Solo espero que no venga una tormenta después del quinto día.

    Y ambas, antes de levantar sospechas, dieron por terminada la conversación y reanudaron la marcha.
     
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    Última edición: 7 Abr 2017
  10. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Nota muy importante
    ¿Ven por qué es malo publicar en varios lados a la vez? xD *Se mata*

    Disculpas miles a todos los que siguen esta historia cada semana en su foro favorito, la semana pasada me salté un capítulo y me di cuenta hasta ahora que iba a poner el siguiente. Voy a poner en el post anterior el capítulo que omití y dejaré en este el que publiqué antes para recuperar el equilibrio del universo. Siento muchísimo el error (me quiero volver chango), prometo doble capítulo el próximo viernes TwT

    -------------------------------------------------------

    Capítulo 10: El origen de los elementales

    —Mi nombre es Hana, soy la elemental de hierba.

    Maki creía que sólo existían cuatro elementos y que la hierba no era uno de ellos.

    —Bueno, en realidad no soy una elemental, pero las demás prefirieron llamarme así para no tener distinción entre nosotras —dijo como si hubiera leído los pensamientos de su acompañante—. Verás, en este mundo existen cuatro gemas elementales: fuego, agua, aire y tierra; pero si tienes el conocimiento suficiente puedes crear algunas derivadas, nuestros ancestros las llamaban gemas subelementales. La mía es una derivada de la gema tierra, por eso Saki y yo vivimos juntas.

    —Entre otros motivos —intervino brevemente Sachiko para luego morder una manzana que llevaba consigo.

    —Era el destino.

    —¿Destino? —preguntó inocentemente la chica de trenzas.

    —Bueno, nosotros lo llamamos así, pero en términos mágicos se trata de la voluntad que reside en las gemas elementales. Hitomi nos leyó un libro sobre eso.

    —Hitomi es como nuestra madre, nos enseñó lo básico sobre la magia, la visitaremos un día de estos —dijo Nanami, quien estaba por comer otra manzana que Sachiko le había regalado.

    Al sentirse interrumpida, Hana hizo un movimiento discreto con la mano izquierda, justo cuando la mujer azul mordía la fruta. Un sabor amargo invadió su boca, por lo que escupió el trozo masticado y tiró lo que quedaba de manzana a un lado del camino: de un momento a otro, se había podrido. Molesta, Nanami quiso quejarse con Sachiko, pero sus intenciones fueron interrumpidas por la mano generosa de la castaña, quien le ofrecía la mitad de su fruta.

    —La historia es interesante, te la contaré:

    Hace mucho tiempo existió una hermosa mujer llamada Mao. Ella aprendió a controlar la magia desde pequeña y la usó con justicia; pero muchas personas codiciosas querían apoderarse de esos conocimientos y utilizarlos con fines egoístas, así que ella hizo todo lo posible por mantenerse alejada de aquellos. No obstante, llegó el día en el que los ambiciosos atacaron su pueblo y ella, aunque quiso defenderlo, no lo logró. Agotada y a punto de ser capturada por los invasores, sus seis amigos incondicionales la protegieron y huyeron con ella a un lugar lejano en donde nadie pudiera encontrarlos. Triste por todo lo acontecido, Mao pensó: “Si pudiera desaparecer, nadie tendría que volver a sufrir”; pero cuando ella estuvo a punto de hacerlo, sus amigos la disuadieron: “¡No te vayas, Mao!”, dijeron, y ella, conmovida, los abrazó y deseó quedarse con ellos.

    Pero aunque los quería, le dolía saber que se encontraban en peligro. Luego de buscar una solución durante mucho tiempo, Mao se acercó a sus amigos y les dijo: “¡Tengo un plan! Si puedo crear un lugar en donde podamos vivir en paz, no tendremos que separarnos”. Sus amigos estuvieron de acuerdo y, de inmediato, Mao creó nuestro mundo, en donde todos vivieron tranquilamente y sin preocupaciones durante varios años.

    Entonces sus amigos tuvieron hijos y nietos, y las tres generaciones respetaban las decisiones de Mao a tal grado que la nombraron reina de aquel pueblo que habían instaurado, y como fue Mao la creadora de todo, los habitantes de nuestro mundo la llamaban Reina del Origen con cariño.

    Con el tiempo, la Reina del Origen veía con tristeza cómo fallecieron primero sus amigos, luego los hijos de ellos y algunos de sus nietos; pero ella no podía envejecer ni morir, pues su deseo de quedarse con sus seres queridos era muy grande. Era tanto su dolor que quiso terminar con ese deseo, pero era tan antiguo que le fue imposible revocarlo.

    Pasó varias noches en vela pensando hasta que un día se le ocurrió algo: si repartiera su espíritu entre los hombres, podría descansar al fin. De ese modo, Mao creó una esfera de cristal y salió en busca de todos los niños de quinta generación para elegir a quienes pudieran hacer buen uso de la magia. Cada vez que alguno tocaba la esfera, su interior se teñía de un color específico: el blanco significaba que el niño no tenía potencial mágico; el rojo, que su voluntad mágica era inestable; el amarillo indicaba el equilibrio entre ambas características y, por lo tanto, significaba que era buena opción para cuidar y compartir su espíritu. Así fue como Mao reunió a ocho niños para transmitir su conocimiento y encomendarles una parte de sí.

    Cuando los ocho supieron lo básico, la Reina del Origen creó cuatro talismanes para depositar su espíritu: a la niña más tranquila del grupo le dio un zafiro que le cedía potestad sobre el agua; al niño más entusiasta le asignó un rubí para controlar el fuego; a la niña más fuerte en cuerpo y alma le heredó una esmeralda con el poder sobre la tierra; y al niño que más se preocupaba por la protección de todos le dio un diamante con el cual podía manejar el viento. Reunió a los cuatro y les dijo: “Ustedes serán quienes rijan sobre los elementos para mantener la armonía en nuestro mundo, y con estas gemas que les concedo podrán crear otras para dividir su magia; pero solo las gemas tendrán el derecho de elegir a sus portadores, pues han nacido de mi voluntad y yo se las he concedido por su afinidad con ellas”.

    Llamó después al mayor de los cuatro restantes, quien además era el más sabio y disciplinado, y le dio una estrella de resplandor opaco y un cofre negro, en donde depositó la oscuridad que vio durante toda su vida, pues gracias a ella tuvo el conocimiento suficiente para no cometer los errores en los que habían caído otros gobernantes en su mundo natal, y le dijo: “Usa el resplandor de la estrella para entender a los otros; pero jamás abras ni rompas el cofre, pues aunque la oscuridad hace que el ser humano se fortalezca ante la adversidad, no todos pueden vivir con tinieblas en sus corazones”.

    Luego se acercó a la menor de los tres restantes, quien era además la más inocente de todos, y le dio una estrella de resplandor claro y un cofre blanco, en donde depositó la luz que vio durante toda su vida, pues gracias a ella tuvo esperanza de un futuro mejor y alimentó su deseo de vivir por medio del perdón y del olvido, y le dijo: “Usa el resplandor de la estrella para animar a los otros y ayudarles a superar su dolor; pero jamás abras ni rompas el cofre, pues aunque la luz ilumina y lleva por buen camino al ser humano, también puede dejarlo ciego y perderlo eternamente”.

    Después fue hacia ella el séptimo niño, quien podía crear objetos hermosos y efectivos que ayudaban al resto a practicar la magia y a dirigir correctamente su potencial. Tomó sus manos y dijo: “Usa el don de tus manos prodigiosas para crear y para reparar los objetos mágicos que usarán los elementales, sólo tú y tus descendientes podrán hacerlo, y no servirán a nadie, ni tomarán el lado de nadie en caso de un conflicto, ni se negarán a ayudar a nadie a menos que esa persona desee destruirlo todo”. Y le encomendó su primera misión: crear seis báculos para sus compañeros, uno para cada uno de los guardianes, a quienes después distinguiríamos con los nombres de guardianes elementales y guardianes espirituales.

    Luego, la Reina del Origen se acercó a la niña que quedaba, quien además tenía los ojos de un color incierto, como si el amanecer y el atardecer se mezclaran en ellos, y que además era callada y no hablaba con nadie sobre los secretos más turbios que le confiaban los demás. Cubrió sus ojos con ambas manos y dijo: “Con tus ojos maravillosos verás el pasado y el futuro, y quienes nazcan bajo tu estrella no olvidarán este día cuando vean el pasado, y cuando vean el futuro reconocerán a quienes tendrán la custodia de las gemas, de las estrellas y de los dones. Y podrás ver si la felicidad o la desgracia se avecina y podrás dar fe de ello con pocas palabras ya que, si lo revelas todo, harás que los seres humanos se nieguen a actuar y a decidir por sí mismos”.

    Cuando el de las manos hábiles creó los seis báculos, Mao llevó a los cuatro poseedores de las gemas elementales al fondo de una cueva y les hizo reforzar dos sellos que había creado en el origen: uno para evitar que las personas de su mundo natal pudieran entrar a nuestro mundo si algún día recordaban que existía la magia, y el otro para que los sucesos mágicos de ese nuevo mundo no llegaran ni afectaran a su mundo natal. Ante ellos, los cuatro juraron que nadie entraría a su hogar en busca de magia y que nadie saldría de su hogar con recuerdos sobre ella, y que cuando los portadores de gemas elementales consideraran que algún factor era más fuerte que mantener esa promesa, los cuatro bajo común acuerdo tendrían la potestad de romper los sellos.

    Finalmente, cuando salieron de la cueva, la Reina del Origen vio una rosa, la arrancó y colocó en ella la voluntad que provenía de su corazón para que los elegidos pudieran utilizar magia, y dijo: “Quien nazca bajo mi estrella heredará esta rosa eterna con el amor que he sentido por mis amigos y por sus descendientes, y esa persona amará a todos tanto como yo, y tanto será su amor que no se doblegará ante nadie ni nadie podrá lastimarla por ello, no concederá privilegios a nadie sobre los otros y todos la respetarán como a mí me han respetado”.

    Dicho esto, la rosa buscó al primer ser humano nacido bajo la estrella de Mao mientras ella, satisfecha por encontrar el modo de quedarse por siempre con los descendientes de sus amigos, veía cómo se desintegraba su cuerpo hasta convertirse en polvo, y la mitad quedó en los corazones de todos y el resto fue repartido entre el cielo y la tierra. Y aunque hubiéramos esperado que ese día fuera triste para nosotros, sabíamos que Mao nos acompañaba aunque nosotros no pudiéramos verla.


    Y así terminaba la historia de Mao. En el libro naranja, sin embargo, seguía una parte que hablaba de las habilidades básicas de cada uno de los elementales y llevaba un registro de las divisiones de las gemas: después de la asignación de las gemas, muchas generaciones más adelante, el poseedor de la esmeralda logró dividir su poder en dos tipos: uno con el control sobre la tierra y las rocas, y otro especializado en las plantas. Según la descripción, la segunda gema derivada elegía como poseedor a una persona pacífica y amable. Y Koharu, cada vez que leía el libro, se preguntaba por qué la gema hierba había escogido a Hana.

    “Pero la Madre Naturaleza no es mala, seguramente Sachiko tenía razón y Nanami estaba exagerando”, pensó Maki mientras veía a su compañera de viaje, quien terminaba de contarle el origen de los elementales en ese momento.

    —Es una bonita historia —dijo la chica de trenzas.

    —Sí, Mao era una persona admirable —respondió Hana—, pero hay una persona igual... quiero decir, más admirable que ella.

    —Ahí vamos de nuevo —murmuró Nanami, quien por alguna razón se tropezó con una raíz a pesar de que no había árboles cerca del camino. Sachiko intentó salvarla, o más bien, quiso evitar que Sachi fuera aplastado, pero no lo logró.

    —¿Una persona más admirable que Mao? —preguntó Maki con incertidumbre, ¿era posible que existiera una persona con más méritos que la creadora de un mundo?

    —¡Por supuesto! Una persona capaz de romper los sellos de Mao sin poner en riesgo nuestro mundo para traer el equilibrio de vuelta es admirable, mucho más cuando hizo todo lo posible por protegernos a todos aún con el riesgo que implicaba, una persona que fue capaz de terminar con una guerra, ¿no crees que eso la pone en un nivel igual o superior a Mao?

    —Ciertamente, es una labor admirable —contestó Maki aún pensativa—, debió ser una persona muy poderosa como para lograr esos méritos por su cuenta.

    —¡Y además era una persona maravillosa!

    Hana dirigió su mano izquierda hacia su prendedor en forma de semilla, lo tocó con delicadeza y cariño, y la expresión de su rostro, aunque era feliz, mostraba un dejo de tristeza.

    —Cuando la gema hierba me eligió, me sentí muy feliz porque podría seguir con la misión de la persona que más admiro en este mundo; pero también sentí un poco de tristeza porque no pude tomar su lugar. —Hizo una pausa mientras bajaba su mano. —He buscado más que ninguna la ubicación de su gema elemental desde hace nueve años, pero no había tenido éxito hasta ahora que Nanami te trajo.

    La chica de lentes se sorprendió por un momento y varios pensamientos comenzaron a invadirla: ¿acaso Hana estaba hablando de la dueña anterior de su amuleto protector? Si ese era el caso, ¿en verdad había logrado tanto mientras vivía? Y si todo lo que dijo la castaña de ojos verdes era cierto, ¿por qué razón la gema del aire la eligió para ser su nueva portadora?, ¿no habría sido mejor elegir a una persona con espíritu más fuerte y voluntad inquebrantable? Kasumi, por ejemplo, habría sido mejor elección; después de todo, ella podría proteger a Daichi bajo cualquier circunstancia. Por supuesto que Maki también podría hacerlo, pero su experiencia mágica era nula y su voluntad no se fortalecía por más que se esforzara o por más empeño que pusiera en ignorar sus temores del pasado. En su mundo existían cientos, miles de personas con mayores cualidades que podían cubrir mejor que ella el perfil del elemental de aire, entonces ¿qué estaba haciendo ahí?

    —Sayaka era impresionante, seguramente tú eres igual o más poderosa que ella.

    Y después de decir eso con una sonrisa, vio hacia el horizonte y descubrió, frente a ella, el castillo en todo su esplendor. A pocos metros de llegar, apresuró la marcha seguida por Sachi, quien ladraba con tanta fuerza que despertó a Koharu, quien no había pasado de la segunda página de la sección posterior a la historia del origen de los elementales; y llamó la atención de Daichi, quien corrió hacia la entrada de la biblioteca luego de cerrar un tercer libro, escrito con menos fluidez comparado con los que recién había terminado. La última frase que leyó antes de quedarse dormido lo había dejado pensativo, quizá un poco frustrado por sentirse tan agotado en la parte más misteriosa de todas: la parte en donde el propietario de la rosa con la voluntad de Mao había desaparecido.

    Pero más que eso, le inquietaba la visión que tuvo luego de escuchar los ladridos de Sachi y los gritos alegres de Koharu, quien acariciaba la cabeza del lobo y lo abrazaba como si no lo hubiera visto durante mucho tiempo: había visto aquella escena antes con Shiro; pero Shiro ya no era un cachorro, estaba frente a una casa desconocida con una señora desconocida, y un acompañante sin rostro acariciaba la cabeza del perro. Escuchó una voz y dirigió la mirada hacia Sachiko, a quien creía haber visto antes, y entonces pudo verse en un momento extrañamente solitario, cabizbajo, recibiendo el consuelo, sin duda, de aquella chica de pelo corto; pero él no era él, no podía verse tan grande, en aquella visión parecía tener más de siete años, en ese recuerdo aleatorio y repentino estaba triste por algo, y de repente se vio a sí mismo llorando en su habitación con las luces apagadas, con la ventana cerrada y con las cortinas recorridas, en un rincón, abrazando sus piernas, escuchando a lo lejos el llanto de una mujer.

    Le dolían demasiado el corazón y la cabeza, sintió un mareo y tuvo que sentarse antes de caerse. Colocó sus manos sobre sus sienes, por momentos intentaba bajar una hacia su pecho, se mordía el labio inferior en un intento por contener un grito, miraba aterrado hacia el piso, como si quisiera encontrar respuestas, como si hubiera recordado la pesadilla más espantosa que hubiera tenido en toda su vida, y pensó que nada en ese momento tenía sentido. Su inquietud por saber en dónde estaba y cómo llegó ahí fue cambiada por la desesperación de salir corriendo de aquel lugar para buscar algo que había perdido, porque había perdido algo, ¿verdad?, algo importante, pero ¿qué?

    El llanto desesperado del niño llamó la atención del grupo de elementales: tembloroso, balbuciendo preguntas y respuestas inconexas, con las uñas amenazando su rostro, a punto de lastimarse. Al instante, sin saber cómo ni quién, quizá sin preocuparse por averiguarlo, sintió un abrazo cálido y fuerte, quizá más angustiado que él, pero lo suficientemente reconfortante como para dejar su mente en blanco. Lo único que pudo ver antes de cerrar los ojos fue una trenza negra que descendía por la espalda de aquella persona que había acudido en su ayuda, y lo último que escuchó antes de perder el conocimiento fue una voz suave, ligeramente quebrada, que le susurraba una frase mientras lo apretaba un poco más contra su cuerpo:

    —Tranquilo, no temas, no estás solo.

    A lo lejos, las cuatro elementales restantes contemplaban la situación en silencio hasta que Sachiko tuvo el suficiente valor para decir algo:

    —Es ese conjuro, ¿verdad?

    —Eso parece —respondió Hana—, pero ¿no era exclusivo del guardián blanco?

    —Tal parece que hay otra persona capaz de hacerlo, alguien a quien no le importa sufrir sus consecuencias.

    Nanami escuchaba en silencio las conclusiones de las elementales de tierra, luego dirigió una mirada discreta a Koharu, quien por alguna razón mostraba su lado serio, quizá maduro, y corrió hacia donde se encontraba el par de otro mundo para ayudar a Maki a levantarse mientras cargaba al niño, y quien posteriormente la acompaño a la habitación asignada a Daichi para recostarlo. Al verlos desaparecer entre los pasillos del castillo, la mujer azul interrumpió la conversación de las nuevas invitadas.

    —Será mejor que hablemos de todo esto con calma cuando vuelva Maki, ella debe saberlo.

    Y se dirigieron hacia un cuarto amplio en completo silencio hasta que estuvieron adentro.

     
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  11. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Hoy es un buen día para adelantar capítulos xD


    • Capítulo 11: El conjuro de intercambio

      Tenía que contarles todo, hasta el más mínimo detalle, como hiciera con Koharu la noche anterior: la aparición de la espada, tan misteriosa como su desaparición; el conjuro de llamada realizado por los resquicios de voluntad de la guardiana del aire; su llegada al castillo y el hallazgo de los visitantes de otro mundo: el repentino olvido y la recuperación de recuerdos de Maki sobre el niño, que parecía no reconocerla; el rejuvenecimiento de Daichi el día en que buscaron a la elemental de fuego, ese empequeñecimiento que solo pudieron descubrir al sentir su ropa prestada ligeramente holgada cuando esa misma mañana le quedaba a la perfección. Acordaron entonces que tendrían que evitar cualquier salida, voluntaria o accidental, más allá de la barrera del castillo. Y después de que Sachiko y Hana supieran aquella información, las tres comenzaron a discutir sobre lo que tendrían que hacer a partir de ese momento.

      Para cuando Maki y Koharu llegaron al cuarto que anteriormente había sido utilizado como sala de juntas, el trío de elementales que esperaba su vuelta aún no podía determinar qué decirle primero a la chica de trenzas. Nanami pensaba que lo mejor sería empezar por las malas noticias; Hana, por su parte, quería averiguar primero si ella realmente podría controlar todo el conocimiento mágico de Sayaka; pero pronto la disputa dio pie a otras más que nada tenían que ver con el tema principal. Sachiko, un poco cansada por aquella discusión absurda en donde ninguna de las partes escuchaba a la otra, solo contemplaba la situación hasta que vio aparecer a las chicas por la puerta, se levantó de su silla sin que sus movimientos fueran atendidos por el par en disputa, avanzó hacia la entrada de la habitación y decidió que su opción era la mejor de las tres planteadas en aquella reunión caótica: preguntar por Daichi.

      —¿Cómo está?

      —Se quedó dormido —respondió la pelirroja por la chica de trenzas, y entonces dirigió la mirada hacia el sitio del escándalo—. ¿Por qué están peleando?

      —Por cosas sin importancia, como siempre. Pero no se preocupen, sé cómo resolverlo.

      Chasqueó los dedos de ambas manos y creó dos piedras que cayeron sobre sus palmas, dio media vuelta y lanzó ambas para golpear la cabeza de Nanami y Hana, quienes después de sentir el golpe y sobarse, miraron con resentimiento a Sachiko, quien ya tenía preparada una roca más grande y amenazó:

      —Le regalaré esto a quien siga con la discusión, ¿quién la quiere?

      Ambas callaron y se sentaron rápidamente en un intento por comportarse como si nada hubiera pasado.

      —Nunca hagas enojar a Sachi —le susurró Koharu a Maki, quien asintió con la cabeza.

      Después de calmar la situación, la elemental de tierra les pidió a las recién llegadas que se sentaran para plantear sus conclusiones, pero en aquel momento se dio cuenta de que no era tan sencillo y que aquella discusión entre Nanami y Hana estaba justificada: ¿cómo decirle a persona angustiada y sin experiencia que debía aprender toda clase de técnicas de ataque y de defensa en la menor cantidad de tiempo posible?

      —¡Bien! —dijo la niña pelirroja mientras se acomodaba en una silla al lado de la mujer azul—, hasta ahora todas sabemos que Daichi fue atacado y que alguien robó parte de su existencia, y sabemos que Maki logró evitar que el hechizo fuera completado. Pero hay algo muy importante que no sabemos y que revelará todo el misterio, la pregunta que seguramente todas están ignorando, la pregunta mayor, y esa es...

      ¡Seguramente Koharu estaba pensando en la incógnita mayor! ¡Por primera vez las elementales de ese mundo pensaba lo mismo! Y los ojos de las tres que escuchaban con paciencia brillaron con esperanza; pero ninguna sabía que, aunque compartían la alegría, la pregunta principal que tenían en mente no era la misma: Nanami consideraba que lo más urgente por responder era el modo de revertir el conjuro; Sachiko creía que debían averiguar primero quién podría derrotar a la guardiana del rayo; y Hana, inocentemente, insistía en sus pensamientos que era necesario saber si Maki conocía las habilidades mágicas de Sayaka.

      —...¿quién es Ayame?

      Al escucharla, las tres hicieron gestos y sonidos de molestia combinada con resignación; en cambio, la chica de lentes sintió que Koharu había planteado una duda que ella había ignorado durante todo ese tiempo. Ciertamente, Nanami se refirió a su atacante con el nombre de Ayame; pero nunca se le ocurrió preguntar más sobre ella.

      —¿Por qué no me preguntaste eso cuando nos encontramos en el bosque? ¡Te dije que no te distrajeras mientras te hablaba! —reclamó la de cabello azul, y la niña traviesa solo dejó escapar una ligera risa nerviosa mientras se rascaba la cabeza.

      —Yo también quiero saberlo —apoyó Maki desde su silla, la más llamativa de todas, justo al otro lado de la mesa circular.

      —No es mala idea —secundó Sachiko mientras apoyaba su espalda contra el respaldo de su asiento y cruzaba los brazos—, quizá de ese modo sea más sencillo explicarlo todo.

      La guardiana del agua suspiró, aunque nadie supo los motivos.

      —Ayame tiene el poder sobre los rayos.

      —¿Es una subelemental? —preguntó la chica de trenzas en un intento por ayudar a Nanami en su explicación, pues sentía que se trataba de un tema difícil o incómodo al percibir que hablaba con pesadez, como si deseara encubrir al enemigo.

      —Sí... no... —Vacilaba—. Es decir, no sé si debamos llamarla subelemental. Es cierto que su magia comparte algunos rasgos con la de los elementales; pero su gema en realidad fue creada a partir de la estrella blanca.

      —Nunca había escuchado de ello —intervino la guardiana del fuego—, El libro de los elementales no dice nada sobre un guardián del rayo, mucho menos habla de una gema creada a partir de la estrella blanca.

      —Ese libro fue escrito muchos años antes de que cualquiera de nosotras naciera, no me extraña que no haya registros sobre la gema del rayo.

      —En pocas palabras, no sabemos mucho sobre Ayame —dijo Sachiko—, pero si su magia proviene de una gema derivada del cristal blanco, significa que puede utilizar algunos conjuros de olvido.

      —Pero no creo que la guardiana blanca le haya enseñado ese hechizo —comentó la mujer azul—, ella más que nadie sabía que no debía hacerlo.

      —Lo mismo pienso, pero entonces ¿quién más pudo decirle cómo hacerlo?

      “¿Un hechizo tabú?”, se cuestionó Maki mientras escuchaba la pequeña discusión sobre ese conjuro, que en aquel momento tenía énfasis e importancia, pero cuyo nombre se había mantenido oculto, porque algo tan secreto debía tener un nombre.

      —Un conjuro de intercambio —dijo al fin Hana al ver el rostro pensativo de la nueva elemental del aire, y al mencionarlo se detuvo el debate y hubo un silencio incómodo de varios segundos.

      En efecto, era un tabú.

      —¿Qué es eso? —preguntó inocentemente Koharu, quien desconocía que hay cosas en el mundo que no deben ser nombradas.

      —Magia prohibida. —Y la mujer de ojos dulces no dijo más, aún con la esperanza de no verse en la necesidad de contarle a Maki sobre ello.

      Pero aquella frase tajante tuvo el efecto contrario: un mal presentimiento le provocaba a la chica de trenzas un ligero malestar en el estómago y una serie de punzadas en el pecho.

      —¿En qué consiste? —dijo armada de valor.

      Nanami se levantó de su asiento y creó un par de esferas de agua que levitaban sobre la mesa, ambas del mismo tamaño y de azules distintos. Hizo un par de movimientos con los dedos de ambas manos, como si estuviera manipulando un par de marionetas, y las enormes gotas de agua tomaron forma de siluetas humanas.

      —Los seres humanos tienen un ciclo de vida en donde establecen vínculos con otros, y esos vínculos funcionan para constatar que la persona ha existido. Entre los elementales los conocemos con el nombre de enlaces, pero el resto lo llama de distintas formas y todas se relacionan con lo mismo: recuerdos, emociones, sentimientos, ilusiones... —Hizo que la forma de agua que controlaba con su mano derecha se acostara sobre la mesa y continuó—. Cuando una persona muere, quienes la conocieron mantienen sus enlaces con ella, algunos se debilitan, pero muchos de ellos perduran. —Comenzó a mover la segunda figura con su mano izquierda—. Sin embargo, hay ocasiones en las cuales un ser que ha fallecido crea enlaces muy fuertes que no son afectados por ninguna circunstancia, ocurre por lo general con algunos miembros de su familia como sus hijos y, en el caso de los elementales, es posible encontrar un enlace de ese tipo por medio del potencial mágico, es decir, lo que una gema elemental detecta para elegir a su sucesor.

      Las cuatro espectadoras de la titiritera de agua mantenían la vista fija en el muñeco que hacía una serie de movimientos graciosos, y notaron que surgía una tercera figura que se acercaba a la forma acostada para tomar algo de ella. La tercera silueta se alejó de la primera con una pequeña gota entre sus manos y avanzó hacia la segunda, que se detuvo.

      —Un conjuro de intercambio requiere tres cosas: el cuerpo de la persona fallecida, un objeto muy valioso que le hubiera pertenecido, y la existencia de alguien que tenga un enlace muy fuerte con dicha persona. —La tercera forma de agua mostró la gota que tenía entre sus manos a la segunda, la cual se encogía y era absorbida por lo que, al parecer, era el objeto valioso del difunto—. Cuando se ejecuta esta técnica, la existencia de la persona viva es absorbida totalmente por el objeto; de este modo, cuando el objeto se coloca cerca del cuerpo de la persona muerta, ésta recibe la existencia y puede volver a vivir.

      Maki sintió miedo al presenciar cómo la segunda silueta desaparecía sin dejar rastro, cómo la tercera se volvía a acercar a la primera para devolverle la gota que le quitó al principio, y cómo la primera se levantaba para abrazar a quien le había regresado la vida.

      —Pero hay algo más —siguió Nanami para desgracia de la chica de lentes—: el conjuro de intercambio es tan poderoso que no solo absorbe la existencia de un ser humano para dársela a otro. Para que la asimilación sea completa, el hechizo rompe todos los enlaces relacionados con la muerte del beneficiario del cambio; por lo tanto, borra también el dolor de sus seres queridos. Además...

      No quería decirlo.

      —Como la existencia de un ser humano se comprueba por medio de sus enlaces con el resto, y para evitar cualquier duda o contradicción, el conjuro de intercambio rompe con todos los que estableció el sacrificado durante su tiempo de vida por más fuertes que sean.

      Hubo silencio. Mientras la guardiana del agua desvanecía sus creaciones y volvía a sentarse, la aterrada chica de ojos verdes comenzaba a atar los cabos sueltos: entendía por qué había olvidado a su amigo de la infancia después del ataque, por qué él no la reconocía, por qué en su memoria no había constancia de sus últimos nueve años de vida, y comprendió entonces por qué se trataba de un hechizo tabú. ¿En verdad había alguien tan despiadado en ese mundo capaz de realizar semejante acto? ¿Sacrificar a una persona que aún tiene mucho por vivir para traer de vuelta a otra? ¿Qué clase de asuntos tendría que arreglar Ayame con esa persona a quien quería implantarle la existencia de Daichi con tanta brusquedad y urgencia? Pero aún así, había algo que no entendía:

      —¿No es eso un engaño?

      La pregunta llamó la atención del resto de elementales.

      —¿Un engaño? —repitió Nanami en un intento por comprenderla.

      —Es decir, solo se absorbe la existencia de un ser humano y se implanta en el cuerpo de otro, eso no es traer de vuelta a los muertos, es verlo moverse con el espíritu de otra persona que reside en su cuerpo, ¿no significa que está creando una mentira?

      —Lo mismo pensaba cuando supe de ese hechizo por primera vez, así que se lo dije a Hitomi —respondió la mujer azul—. Ella lo pensó durante mucho tiempo y me explicó que va más allá de eso: el conjuro de intercambio no puede utilizarse en todos; es decir, no puedes devolverle la vida a una persona que ha muerto de forma natural; pero no ocurre lo mismo con una muerte repentina o accidental, en esos casos, el espíritu original sigue en alguna parte del mundo o está perdida en el vacío. Cuando implantas la existencia de una persona en el cuerpo de otra, el espíritu del sacrificado atrae al espíritu errante y, para mantener el equilibrio, cambia su lugar con él. Entonces... el alma del sacrificado se convierte en un espíritu errante sin posibilidad de salvación ni descanso.

    • Capítulo 12: Esperanza

      “Un espíritu errante” era la frase que resonaba en la mente de Maki y que la obligó a inclinar la cabeza y a apretar los puños sobre sus piernas mientras intentaba asimilar la situación: si Sayaka no la hubiera ayudado, Ayame habría completado el hechizo de intercambio y, por lo tanto, todo estaría perdido. Y en ese momento se sintió molesta consigo misma por ser incapaz de encontrar una solución a esa maniobra terrible; pero tenía que hacerlo pronto antes de que Ayame volviera a atacar, antes de que el conjuro prohibido fuera reanudado. Aún con su nivel de comprensión del tema, una parte muy profunda de su corazón se negaba a aceptar toda la información obtenida, pero otra le decía que había esperanza y que tenía que hacer todo lo posible por encontrar una solución, una forma de recuperar los años perdidos de Daichi, un método efectivo para evitar su separación inminente.

      —El conjuro está incompleto, así que hay modo de revertirlo —dijo Sachiko después de su largo silencio, y la zona optimista del corazón de Maki dio un salto tan alto que le hizo levantar la mirada y dirigirla hacia quien había tomado la palabra.

      —¡Bien! —celebró Koharu y volvió el rostro hacia la visitante de otro mundo—. Son muy buenas noticias, ¿verdad?

      —¡Sí! —contestó emocionada, y la niña pelirroja se levantó de su asiento para ir a abrazarla; pero detuvo sus pasos a medio trayecto, cuando escuchó de nuevo a la elemental de tierra.

      —Solo tenemos que recuperar el objeto de intercambio.

      —Entonces vamos a quitárselo —resolvió optimista Koharu.

      —No es tan fácil —continuó Sachiko, quien sentía que finalmente había llegado el momento de hablar sobre lo que quería—. Ayame no se alejará del objeto de intercambio ni dejará que se lo quitemos bajo ninguna circunstancia.

      —¿O sea que debemos luchar para recuperar ese objeto? —Vio cómo la elemental de tierra asentía con la cabeza y continuó—. ¡Hagámoslo! ¡No hay tiempo que perder!

      —Imposible —respondió, y llamó la atención del resto del grupo, que no esperaba una respuesta tan desalentadora.

      —¿Qué pasa, Sachi? —reclamó la pelirroja—. Siempre has dicho que no hay nada imposible en este mundo, ¿por qué dices que esto sí lo es?

      —¿Te das cuenta de que nos enfrentamos a un guardián experimentado?

      —¡Pero nosotras también...!

      —No puedes derrotar a un mago que sabe utilizar su magia adecuadamente con técnicas tan débiles y escasas —dijo, y vio cómo su contrincante en aquella discusión hizo una mueca para expresar su molestia mientras volvía a su lugar para sentarse—. De hecho, en nuestras condiciones actuales, ninguna de nosotras podría derrotar a Ayame por su cuenta.

      La esperanza que había surgido entre las elementales luego de conectar los hechos y saber que aún podían devolverle a Daichi su tiempo robado, luego de aquella declaración, parecía desvanecerse.

      Pero eso no impidió que Sachiko se levantara de su lugar y caminara hacia una ventana que daba hacia el jardín del castillo, y mientras veía a través del cristal que limpió con la mano para retirar el exceso de polvo, seguía explicando sus argumentos.

      —Nosotras solo manejamos técnicas básicas, las que Hitomi consideró pertinentes para protegernos y complementarnos, las únicas que podíamos aprender en realidad: Nanami puede controlar el agua, pero solo tiene un conjuro de defensa y magia de curación; Koharu, tú solo puedes utilizar tu magia de ataque para crear esferas de fuego que dejan de ser estables después de un tiempo; Hana tiene varios hechizos de defensa, pero el control sobre su elemento es débil; y yo, aunque tengo el control más estable y un par de técnicas de ambos tipos, no he podido dar el siguiente paso. —Dio media vuelta, observó al resto de las guardianas en silencio durante unos cuantos segundos y reanudó su monólogo mientras se dirigía de vuelta a la mesa—. Aunque dije todo esto, sé que una de nosotras tiene el poder suficiente para derrotar a Ayame y recuperar el objeto de intercambio, y además mantiene su enlace con su antecesor.

      Esperanzada, la chica de lentes miró a su izquierda, en donde se había detenido la de ojos color miel, y quiso preguntarle de quién se trataba; sin embargo, ninguna palabra pudo salir de su boca: para ese momento, Sachiko ya había tomado sus manos y le mostraba su sonrisa más amplia.

      —Confiamos en ti, hechicera del aire.

      Y Maki, al escuchar esa frase, deseó sujetarse de algo al sentir una extraña emoción lo suficientemente fuerte como para doblarle las piernas. ¿Se estaba burlando? La persona con menor experiencia en aquella habitación era ella, toda la información obtenida era nueva e increíble, dudosa para la gente de su mundo, y aún así, la elemental de tierra dijo aquellas palabras con tanta seguridad que hasta ella misma pensaría que había enloquecido o que estaba bromeando. Tenía que aclarar la situación.

      —Pero yo...

      —Es cierto —interrumpió Nanami—, tu enlace con Sayaka se mantiene, será fácil para ti recibir su conocimiento si logras comunicarte con la voluntad que dejó en la gema del aire, solo debes esforzarte un poco.

      —Pero...

      —Nana me dijo que pudiste alejar a Ayame y que volviste a crear el muro de defensa, ¡puedes hacer esto también!

      —¡Yo no lo hice!

      Hubo un silencio después de aquel mensaje gritado. Tanto Koharu como Sachiko se veían confundidas, y Nanami, quien deducía todos los acontecimientos desde que fue invocada por un conjuro de llamada, colocó ambas manos en los hombros de la chica de trenzas. Ella escuchó sus palabras con la cabeza agachada.

      —Sé que te sientes presionada y que consideras que tú no hiciste nada, pero aún mantienes el puente con Sayaka, ella acudió en tu ayuda porque consideró que podía confiar en ti, así que no dudes de tus capacidades. Además, aunque sepamos poco y solo podamos enseñarte lo mínimo, nos quedaremos contigo para ayudarte a recuperar la existencia de tu amigo.

      Aquella muestra de apoyo la había calmado. Sabía que no ganaría nada si se negaba a practicar o a mejorar sus técnicas, y creía que lo ideal sería empezar por encontrar un modo de hablar con su predecesora; pero ¿cómo lo haría?

      La tranquilidad que había recobrado, al igual que el descubrimiento sobre el conjuro de intercambio y la esperanza de todos, se desvaneció tan pronto como vino: del otro lado de la habitación, una voz amarga arruinó el momento.

      —¿Y qué les hace pensar que ella realmente puede derrotar a Ayame?

      Y el cuarteto miró hacia donde provino aquella voz. Aún sentada, con gesto severo, Hana mostraba su lado más temido.

      —Admiro mucho a Sayaka, estoy convencida de que ella logró enviar la joya del viento a otro mundo sin romper los sellos de Mao, ella tenía un control impresionante sobre su elemento, y realmente confío en sus decisiones; pero no me pidan que crea que una persona incapaz de hacer un muro de defensa estable aprenderá todo lo necesario en poco tiempo para derrotar a un elemental experimentado.

      —¡Tu comentario no ayuda en nada! ¿Por qué siempre tienes que sacar tu mal humor en el momento menos apropiado? ¿Por qué no...?

      La atención de la pelirroja fue desviada por la sensación de una mano que se apoyaba en su hombro derecho y miró hacia ese lado: con un ligero movimiento de negación con la cabeza, la elemental de tierra tranquilizaba a la niña y decidió que, después de todo, no era tan buena idea ocultarle información importante a Hana.

      —Es cierto que este muro es inestable y que la protección del castillo no durará mucho tiempo, pero no fue obra de Maki; estamos rodeados por una barrera creada con lo que queda de la voluntad de Sayaka.

      —Y es débil porque la persona que heredó el talismán de Sayaka lo es y no puede mantenerla ni reforzarla.

      —No —respondió con firmeza Sachiko para sorpresa de Hana—, es débil porque la voluntad de Sayaka está a punto de desaparecer.

      Nadie podría interpretar la expresión que Hana mostró en aquel momento, así como nadie sabría cómo describir el procesamiento de información en la mente de Maki: estaba consciente de que era imposible ayudar a Daichi con su pobre dominio sobre el aire y de que no era el momento para dudar; pero la perturbaba saber que la voluntad de Sayaka pronto dejaría de existir. Cuando desapareciera, ¿cómo podría comunicarse con ella y aprender sus técnicas?, ¿en verdad podría reforzar el muro de defensa del castillo? O más bien, ¿qué pasaría en ese momento? Quedarse dentro de aquella fortaleza ya no parecía seguro, mucho menos bajo el conocimiento de que Ayame volvería para terminar lo que había empezado. ¿Y qué pasaría entonces si no tenía el poder suficiente para enfrentarla? ¿Realmente podían confiarle todas sus esperanzas? ¿Cómo podían creer en una persona que no era capaz ni siquiera de confiar en sí misma?

      —¿No eras tú quien decía: “Apoyaré a Sayaka o a su sucesor cuando me encuentre con alguno de ellos”? Ella estaría muy feliz si cumplieras tu palabra.

      Aquella frase llamó su atención. Mientras pensaba, se había perdido una conversación importante: Sachiko planteaba la urgencia de enseñarle a Maki todas las técnicas posibles en lo que podía comunicarse con su predecesora. Lo más importante en aquel momento (de acuerdo con una votación con tres a favor, ninguno en contra y una abstención) era, definitivamente, que aprendiera cómo reforzar la inestable barrera de defensa, y la única persona que podía ayudarle en esa tarea era Hana. Y ella, irritada al saber que no podía romper una promesa que había hecho consigo misma, se levantó de su asiento de mala gana.

      —Está bien, empezaremos mañana —dijo mientras se dirigía a la entrada de la habitación. Al llegar ahí, se detuvo por un instante para mirar por última vez en el día a quien había sido elegida para ocupar el puesto de la persona que más admiraba. Un par de segundos después, reanudó su camino—. ¿En qué estaba pensando Sayaka?

      Aquel murmullo no fue percibido por nadie, así como nadie pudo oír el sonido de sus pasos que se alejaban y se perdían entre los pasillos del que sería su nuevo hogar por varios días.

      Nanami y Koharu pensaron que los días complicados habían llegado, pero ninguna de ellas esperaba que la amabilidad de Hana con la recién llegada desapareciera tan pronto. De cualquier manera, muy en el fondo, el retroceso de aquella relación lastimaba a Maki, quien dejó escapar un suspiro luego de presenciar semejante cambio. Entonces quiso hablar con Kasumi, ella seguramente se reiría de aquella situación, ¿en dónde estaba ella cuando más la necesitaba?

      Tal vez, solo tal vez, podría contarle a Daichi aquellos acontecimientos mientras dormía. Quiso salir de la habitación y verlo, pero una voz la detuvo cuando estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta.

      —¡Espera! Tienes que saber algo más.

      Volteó hacia donde estaba la mujer azul y notó su expresión temerosa, como si tuviera preparada una mala noticia. Aún con ello, dio media vuelta para no mantener el cuello torcido mientras escuchaba lo que tenía que decir, regresó tres pasos hacia el interior de la sala y se preparó, quizá, para lo inevitable.
     
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  12. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 13: Tercera tarde

    Aquella silueta blanca se movía como si fuera parte del aire mismo. Una voz a lo lejos repetía constantemente una frase, la única que escuchaba Maki en aquella visión, la misma que había percibido en momentos que no podía determinar, quizá cuando su mente estaba en blanco, libre de cualquier otra idea, cuando mantenía la mirada en un punto fijo durante mucho tiempo, o tal vez cuando dormía o soñaba despierta. No recordaba cuántas veces había visto la misma forma ni cuántos movimientos distintos comenzaba a memorizar, pero la frase nunca cambiaba: “El aire envuelve todo, el aire cuida de todos”.

    La silueta movía los brazos y las manos constantemente: una palma mostrada al frente, la mano desplazándose frente al cuerpo de la silueta, los dedos índice y medio que trazaban caminos hacia todas partes, la trayectoria circular del brazo sobre la cabeza, la invocación de la espada y varios movimientos más que no lograba seguir por más lentos que fueran. Y en aquellas condiciones, por alguna razón, el viento tenía color: rojo, verde, azul, amarillo, gris..., pero nunca blanco, quizá porque aquella forma albina no quería que Maki perdiera de vista lo que ocurría con cada técnica mostrada en aquella visión efímera que cada vez parecía más real.

    Y en todas las ocasiones, cuando estaba a punto de ver el rostro de la silueta blanca, cuando por fin se había decidido a hacer preguntas o a llamar la atención de aquella persona, despertaba de forma natural o inducida:

    —¡Hola! ¿Me estás escuchando?

    Un par de jalones suaves a la manga de su suéter la despertaron de su ensoñación. Asustada, dio un pequeño salto y miró al lado izquierdo, en donde notó que unos inocentes ojos azules la veían sin parpadear.

    —¿Te dormiste? ¿Estás cansada?

    La chica de ojos verdes negó con la cabeza.

    —Estoy bien, no te preocupes.

    —¡Pero te perdiste la parte más interesante de la historia!

    —¿Historia? —repitió en voz baja.

    —¡Sí! ¡Cuando Sachi encontró a Sachi-perro! Me lo contó ayer.

    A partir de la junta urgente de los elementales, la vida de Daichi parecía haber tomado un rumbo inesperado: con más personas en el castillo, todo era más divertido. Aunque tenía menos tiempo para leer, el niño se entretenía escondiéndose de Koharu, y cuando la pelirroja se cansaba de jugar y se dormía al pie del gran árbol en el jardín, el de ojos azules iba con Nanami, quien le contaba historias sobre el mundo mágico cuando aún era un sitio altamente poblado. Luego, cuando la mujer azul tenía que ocuparse de la importante tarea de cocinar para todos, el pequeño corría hacia donde estaba Sachiko y veía cómo entrenaba a Sachi y jugaba con él. El lobo, por su parte, no tardó mucho en tomarle cariño a Daichi: dejaba que se acercara a él y que le acariciara la cabeza o el lomo para luego lamerle el rostro, como si realmente se tratara de un perro y hubiera olvidado por completo su instinto salvaje.

    Aunque eran días ocupados, nunca se perdía el entrenamiento intensivo que Hana dirigía para que Maki aprendiera y mejorara sus técnicas de defensa. Le parecían extraños, por no decir cómicos, los cambios de humor de la castaña: siempre hacía todo lo posible por tratar mal a la chica de lentes a tal punto que en ocasiones parecía hacer trampa e invocaba ramas, raíces o lianas de cualquier sitio inimaginable; pero horas más tarde, cuando tomaban un descanso y él quería reclamarle por aquellos actos, lo trataba con tanta ternura que sentía que nadie podía enojarse con ella. Hana era la responsable de darle frutas comunes y exóticas, y la única que le revolvía el cabello con el cariño justo: ni muy fuerte y doloroso como Koharu, ni muy brusco con resultados estáticos como Sachiko, ni muy lento y unidireccional como Nanami.

    Aún con toda la variedad de personalidades que habitaba el castillo, la chica de lentes era quien más le intrigaba: parecía el tipo de persona débil y cohibida que preferiría aislarse del mundo, una jovencita que se rendiría después de fracasar en el primer intento o luego de sentir el primer golpe del enemigo; pero cuando se acercaba a ella, en vez de que Maki mostrara su timidez y escondiera el rostro o desviara la mirada, intentaba sonreír. Y a pesar de que ella dijera que no pasaba nada, él notaba su ceño ligeramente fruncido, como si quisiera ocultar una tristeza profunda, una preocupación sin calma, pero él no sabía cómo ayudarla.

    Entonces recordó cómo se levantaba el ánimo.

    —Cuando estoy triste, como chocolate.

    —¿Chocolate? —preguntó la niña pelirroja, quien manipulaba cinco bolas de fuego como si hiciera malabarismo luego de escuchar desde una esquina de la cocina a una Nanami preocupada por el desayuno del día siguiente.

    —Sí, es algo dulce, pero no podrías comerlo.

    —¿Por qué no?

    —Porque si lo tocas, se derrite.

    Koharu no entendía el razonamiento peculiar del niño, y eso, aunado a sus acciones, a veces la confundía: la mayor parte del tiempo corría por todas partes y exploraba hasta los rincones más empolvados del castillo, preguntaba cosas, hablaba de sus siete años de vida en su mundo, jugaba con Sachi hasta que se cansaba y se iba a dormir; pero en ciertas ocasiones, en las cuales la pelirroja nunca olvidaba llamar a cualquiera de sus mayores con excepción de Hana y Maki, Daichi parecía otro: sentado en algún rincón o al pie del gran árbol del jardín, con un libro en sus manos o sobre las piernas, leyendo en silencio. Alguna vez notaron que levantaba la mirada y la fijaba en cualquier sitio vacío, y se percataron de que su rostro no tenía expresión, como si repentinamente hubiera envejecido varios años y estuviera pensando en algo muy profundo sin explicaciones posibles.

    Salvo en esas ocasiones cuando el niño parecía perderse en el espacio, ninguna sentía que debía preocuparse por su condición debido a que, después de su última crisis existencial, no había mostrado más señales de recordar alguno de sus años olvidados; aunque eso le causaba sentimientos encontrados a su amiga de la infancia, quien no sabía si alegrarse por no verlo sufrir o seguir deprimida ante su falta de memorias. Pero verlo preocupado por ella, de alguna manera, le alegraba el día.

    No obstante, el día alegre se desvanecía cuando la voz amarga de Hana la llamaba a lo lejos.

    —¿Cuánto tiempo más vas a descansar? ¡No hay tiempo que perder!

    Y Daichi estaba por quedarse solo de nuevo.

    —¿En verdad tienes que ir? ¿Por qué no te quedas?

    Aquella reacción era nueva.

    —No puedo —respondió ella con tristeza, pero tampoco pudo evitar una risita al ver el puchero de Daichi, ese gesto tan cómico que no había cambiado—, pero podrás hablarme de Sachi después de la cena, ¿de acuerdo?

    El puchero se desvaneció tan pronto como llegó, y después de aceptar el trato con una sonrisa, la vio marcharse hacia un patio de hormigón, en donde ya la esperaba su instructora. Y él se quedó ahí, sentado en la escalera que sirvió de silla-cama temporal para la chica de lentes, para observar la sesión de magia.

    El entrenamiento de la tercera tarde requería de toda la concentración posible: Maki tenía que evitar cualquier golpe de las lianas, las ramas o las bellotas que Hana invocaba para atacarla. Ciertamente, los ataques de la elemental de hierba mostraban que su magia era inútil para crear grandes técnicas de ataque; pero si la nueva guardiana del aire no podía ni siquiera detener eso, ¿qué podían esperar los demás cuando Ayame atacara?

    Maki comenzaba a entender tanto la lógica de pelea de su profesora como la serie de movimientos de la silueta blanca que veía cuando tenía la mente despejada: pudo comprender que el movimiento rápido de la mano frente a su cuerpo creaba diminutos escudos invisibles repelentes de ataques directos; que el movimiento con dos dedos con la velocidad adecuada le permitía no solo controlar el viento, sino que las corrientes que invocaba también podían desviar la trayectoria de las bellotas; que el movimiento circular del brazo sobre la cabeza creaba un círculo repelente que alejaba todo golpe que provenía de cualquier dirección; y las técnicas que le había enseñado Koharu cuatro días antes eran muy útiles para romper las lianas delgadas que podía crear la domadora de plantas.

    En ese momento, a la Madre Naturaleza personificada se le ocurrió una idea cruel para probarla: creó una nueva liana que crecía con dirección a la escalera, lo que obligó a Maki a girar con rapidez para seguirla con la mirada y descubrir que la punta sujetaba por un momento la muñeca de Daichi, y lo jalaba con la fuerza necesaria para levantarlo y hacerle perder el equilibrio. Asustada, la chica de lentes se apresuró para sostenerlo antes de que tocara el suelo; pero por esa razón no se dio cuenta de la serie de bellotas nuevas que había creado Hana y que dirigía irremediablemente hacia el par. Pudo evitar que su pequeño amigo se hiciera daño, pero no logró esquivar los golpes en la cabeza y en la espalda; en vez de eso, abrazó al niño para protegerlo y evitar que cualquier fruto lo tocara aunque a ella le doliera sentir el ataque, el que hubiera sido insoportable sin la intervención oportuna de un alma compasiva.

    —¡Basta! —dijo una voz a lo lejos.

    La lluvia de bellotas se detuvo en el aire para luego caer al suelo sin llegar a su destino, y las víctimas de aquel ataque sorpresa voltearon hacia el sitio de donde provenía la orden de la elemental de tierra.

    —Esto es demasiado.

    —¿Demasiado? —replicó Hana con ese tono oscuro tan temido—. Ayame haría cosas peores como matarlos con dos golpes y no dudaría en atacar por la espalda o ir directamente sobre Daichi cuando estemos descuidadas, ¿aún así crees que mis ataques son exagerados?

    —Tu deber es enseñarle técnicas de defensa, no mostrarle los posibles escenarios de batalla.

    —¿Y esto no es parte del proceso de enseñanza? —Comenzaba a levantar y a endurecer más la voz—. ¡Saber qué hacer en esas circunstancias es importante!

    Sachiko quiso decir algo más, pero Hana no se lo permitió, así como el niño no dejaba que Maki hablara o se alejara de él al escuchar los argumentos duros de quien le parecía una persona muy amable en otro contexto.

    —Eligió salvar a Daichi, está bien; pero lo hizo a costa de su integridad. La primera regla de defensa de un elemental consiste en proteger y protegerse, ella ni siquiera puede hacer eso, ¿cómo espera cuidar de él en esas condiciones? —Su voz comenzaba a temblar por el coraje, por lo que apretó los puños en un intento por seguir argumentando a su favor sin quebrarse—. Pudo aprender las técnicas de Sayaka, ella logró transmitirle su conocimiento, pero sigue siendo incapaz de atacar o de pensar con claridad en los momentos críticos, ¡no puede aprender nada si se niega a conocer su potencial y a manejarlo como se debe! ¿En qué estaba pensando Sa...?

    —¡Ella no es Sayaka!

    El viento meció los cabellos y las ropas de todos durante aquel silencio. Pasmada, como si le hubieran revelado un secreto muy antiguo, Hana no pudo hacer más que dejar de apretar los puños, bajar la cabeza y susurrar algo antes de perderse entre los pasillos interminables:

    —Ya lo sé.

    Cerca de la escalera, un poco más tranquilo, el niño soltaba el suéter del que se había aferrado con tanta insistencia minutos antes. Al sentirse liberada, Maki se separó lentamente de él para comprobar su estado: intacto, pero temeroso. Entonces decidió acariciar su cabeza para tranquilizarlo y convencerlo de que no pasaba nada, que solo había sido un malentendido. En ese momento escuchó la voz de su salvadora, quien quería hablarle sobre algo importante, por lo que se levantó tras despedirse y reiterar su promesa de escuchar la historia de Sachi después de la cena.

    Mientras la veía alejarse, Daichi intentó asimilarlo todo: comparada con la caricia de Hana, aquella chica de trenzas largas había revuelto su cabello con suavidad y calidez únicas, de forma tan agradable que su miedo ante el conflicto se había desvanecido. Puso la mano izquierda sobre su cabeza en un intento por mantener esa sensación consigo, por un segundo vio a una niña corriendo hasta perderse en el horizonte, y extendió el brazo derecho en un intento por llamarla para que no se fuera o para desearle un buen viaje, pero no supo cómo hacerlo.

    Fuera del castillo, en la construcción destruida por donde llegaron los visitantes de otro mundo, cierta espada clavada en el suelo resonó por un instante.

    —Una perturbación mínima, ¿no es así?

    Sobre la mesa, al lado de la figura seductora que mantenía la custodia de la espada, una pequeña esfera de cristal brillaba mientras transmitía el sonido de la voz de un extraño que le respondía:

    —Sayaka no puede cuidar de todos por siempre.

    —El muro no durará, va a desaparecer en cualquier momento. Es curioso, esperaba que se mantuviera al menos dos días más, su voluntad aún era fuerte después de irme.

    —Tal vez esté gastándola en otra tarea importante.

    —Aún así, es muy pronto. Debe haber algo más.

    —Quizá alguien dentro del castillo está acelerando el desgaste, alguien lo suficientemente poderoso como para crear una perturbación mínima.

    —Una voluntad más fuerte que la de Sayaka, ¿eh? —murmuró pensativa Ayame mientras veía fijamente la espada, en espera de la desaparición de la barrera de defensa.

    -----------------------------------------

    Por favor, no odien a Hana... aún xD

    Poco más y me pongo al corriente/a la par con el resto de plataformas, ¡qué emoción >_<! En todo caso, con este capítulo llego a la mitad de este arco; aunque para lo interesante faltan dos semanas. Si todo va bien, el próximo viernes sale el capítulo 14 y dentro de dos pondré los capítulos 15 y 16, de ahí en adelante, todo será sufrimiento... para mí (porque todavía no acabo la segunda historia, mucho trabajo TwT, aunque ya se aligeró un poco).

    En todo caso, espero realmente que alguien vaya al día con esto, que se actualice pronto y/o que le esté gustando, y si no... pues siempre me pueden dejar un comentario (igual si les gusta por más floja que sea xD).
     
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  13. Elliot

    Elliot Spenced

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    Con los lios de estudios y cosas personales me quedé estancada con los capítulos, no, error mio por no seguir a pauta además tengo que admitir que escribes extenso los capítulos, en cierta parte es muy bueno y en algunas no tanto cuando la mayoría somos tan ositos perezosos para leer.
    No te preocupes Metzo, no me vayas a destruir por si tardo en leer y comentar, quiero que sepas que estoy siguiendo tu historia y si no posteo algo concreto es porque aun no termino y no sigo fielmente cuando publicas.
    Voy a regularizarme, aunque creo que me parece que tu historia lo he leido por una plataforma llamada Wattpad, creo que ya desvarié (problemas de pasar tantas horas pegadas allí)
     
  14. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    No te preocupes, Elliot, sería incapaz de destruir a todos o de tener reacciones similares, entiendo que es difícil seguir la historia por la extensión, a veces hasta yo me pregunto qué demonios hago para hacerlos de ese tamaño cuando muchas veces siento que no avanzo nada, y de alguna manera me alegra haber dividido los capítulos, anteriormente eran 14 con el doble de extensión, era mortal xD Y sí, estoy publicando también en Wattpad, aunque ahí voy un poco más adelantada con las entregas.

    Gracias por dar señales de vida, prometo no volver a molestar a nadie ;_;

    Y acá está el capítulo de la semana, algo temprano porque mañana dudo que me dé el tiempo de hacerlo (ese arco 2 no se escribirá solo D: )


    ----------------------------------

    Capítulo 14: Admiración

    Sentada en la parte más alta del castillo, Hana sostenía entre sus dedos una pluma blanca traslúcida, frágil, casi de vidrio, que miraba con cariño y tristeza en busca de respuestas posibles. Sabía mejor que nadie que la nueva maga del aire no era la persona que más admiraba, le parecía absurdo que alguien creyera que las estaba comparando, incluso le molestaba que malinterpretaran su método estricto de enseñanza y que lo consideraran una forma de venganza por su incapacidad por heredar el talismán que anteriormente pertenecía a Sayaka. Habían pasado nueve años desde que recibió, junto con las demás guardianas, la gema que le confería el poder sobre su elemento, y luego de un tiempo logró aceptar que su misión no era seguir el camino que deseaba. Ella solo quería ayudarla a descubrir su potencial como había prometido, tal vez no de la mejor manera, pero tampoco podía manejar la situación de otro modo. Era parte de su carácter, ¿por qué nadie podía entenderlo?

    —Como si no fuera suficiente con tener que enseñarle en pocos días lo que me costó años perfeccionar —dijo mientras jugaba con el objeto, como si estuviera discutiendo con él—, y aún así creen que estoy exigiendo demasiado, ¿qué más esperaban de mí?

    Abajo, luego de que miraran por unos segundos el resplandor de la pluma entre las manos de Hana, Sachiko y Maki retrocedieron unos cuantos pasos hasta llegar a un sitio que no estuviera al alcance de la vista de la elemental de hierba.

    —Esa pluma es el tesoro de Hana —rompió el silencio la elemental de tierra—, le recuerda que sigue viva gracias a Sayaka.

    Maki había sospechado que tanta insistencia en mencionarla en cualquier momento no era gratuita: desde que la conoció, la de cabello tabaco no había dejado en paz la memoria de aquella persona a tal punto que Nanami predecía cuándo surgiría su nombre en la conversación y Koharu hacía todo lo posible por alejarse de ella cuando comenzaba a hablar sobre las maravillas de la antigua maga del aire. Por su parte, Hana tomaba esas reacciones como ofensas y eso desataba su ira, y así fue como entendió por fin a qué se referían ambas cuando decían que ella era especial: su gratitud había evolucionado hasta convertirse en admiración; pero esa admiración, a su vez, se había transformado en una especie de obsesión que nadie, con excepción de Sachiko, podía detener sin resultar perjudicado.

    —¿El resto conoció a Sayaka? —preguntó la chica de trenzas en un intento por comprender mejor los sentimientos de su profesora de magia.

    —Nadie más que ella.

    Y empezó a contarle la historia de Sayaka y Hana según la había narrado muchas veces su compañera de casa:

    Mucho tiempo atrás, cuando Hana apenas tenía uso de razón, caminaba con su abuela al pie de una colina en las orillas de la ciudad para cortar hierbas y recolectar frutos. Su labor fue interrumpida por el primero de muchos desastres sin precedentes en ese mundo: un terremoto que provocó el descenso inevitable de una roca desde la cima que arrasaba con todo lo que encontraba a su paso y que se dirigía inevitablemente hacia donde ambas se encontraban. A pesar de que quisieron huir, la condición física de la mujer y el estado anímico de la niña causaron que las dos permanecieran en ese sitio, se abrazaran y esperaran que sucediera lo inevitable.

    Pero lo inevitable nunca ocurrió. Al sentir que la roca se había detenido, la pequeña Hana abrió lentamente los ojos para ver lo que pasaba: a unos cuantos pasos, una silueta blanca con alas traslúcidas sostenía una barrera con su mano izquierda y manipulaba el viento con la derecha para desviar el camino de la roca, que siguió su trayecto con menor intensidad hasta que se detuvo en la llanura.

    Sorprendida, Hana no podía despegar los ojos de aquella silueta. Vio cada detalle de la vuelta que daba su salvadora y era ese recuerdo el que conservaba en su mente hasta el presente: una cabellera blanca y un largo vestido azul pálido que se dejaban mecer por el viento, un par de alas que comenzaban a desvanecerse, la figura de una niña de aproximadamente doce años y sus ojos gentiles, únicos en el reino, de color cerceta. De su cuello pendía un dije formado por varios alambres plateados que simulaban las alas y la cola de un pájaro que convergían en un mismo punto, que en realidad era un hueco en donde parecía faltar algo, quizá una piedra preciosa.

    Su asombro aumentó cuando una hermosa voz de ave surgió de la boca de su salvadora.

    —¿Están bien?

    Mientras su abuela le agradecía a aquella persona, Hana descubrió en el pasto una pluma perdida, casi imperceptible, y la tomó entre sus manos para devolverla a su propietaria. Ella, al ver aquel gesto, se acuclilló hasta encontrarse a la altura adecuada para ver a la pequeña, acarició su cabeza con la misma suavidad y gentileza que ella nunca olvidaría y que repetiría tiempo más tarde con Daichi, y le dejó conservar la pluma:

    —Mientras la tengas contigo, yo estaré a tu lado —dijo con una sonrisa enorme, orgullosa e inocente, y se alejó tan pronto como había llegado.

    Para la niña castaña de ojos verdes, muchos de los acontecimientos de aquel día y de otros más dejaron de tener importancia. Desde entonces guardaba celosamente aquel tesoro protector con el deseo de volver a ver en algún momento a la Niña Ave, como era llamada Sayaka por el resto de los pobladores de su aldea natal y seguramente por muchos más en el mundo. Hana supo tanto el nombre como el apodo de su salvadora varios días después, cuando le pidió a su abuela que le hablara sobre la persona que las salvó en la colina. Las noticias sobre las grandes labores de Sayaka se convirtieron, después de un tiempo, en sus cuentos favoritos.

    —Abuela —se animó a preguntar una vez, poco antes de la muerte de la mujer que la cuidaba—, ¿algún día podré ser como Sayaka?

    El segundo recuerdo que se mantenía intacto en la mente de Hana era un extraño gesto de duda dibujado en el rostro de su abuela, quien disimuló cierta preocupación con una sonrisa y una caricia en la cabeza de su nieta.

    —Lo serás si te esfuerzas, así que lucha por alcanzarla y nunca te rindas.

    Y era esa preocupación disimulada la misma que Hana siempre evitaba contar cada vez que mencionaba a Sayaka no tanto porque creía que su abuela le ocultaba algo, sino porque no entendía el motivo de su gesto forzado. A la única persona a quien le había confiado aquella parte de la anécdota era a Sachiko. Ella, por su parte, jamás habló sobre el tema ni había compartido la historia con nadie más que en ese momento con Maki, cuya mirada volvió a perderse en las alturas, en el lugar que ocupaba Hana en ese momento para reflexionar.

    —He hecho todo lo que se me ha ocurrido para ser como tú, he estudiado y practicado mucho la magia de defensa, ¿cuánto me falta para alcanzarte? Aún no entiendo por qué enviaste tu talismán a otro mundo, arriesgaste demasiado para encontrar a un sucesor en un lugar donde no existe la magia. ¿Una persona del otro lado realmente tiene lo que estabas buscando? ¿En verdad ella podrá cumplir tu deseo? Porque tenías uno, ¿verdad?

    No hubo respuesta, pero no importaba; después de todo, Hana había perdido la esperanza de volver a escuchar la voz de la Mujer Ave otra vez. En ocasiones, cuando tenía dudas, se preguntaba si Sayaka estaba hablando en serio cuando le dijo que seguiría a su lado mientras conservara ese peculiar tesoro.

    —Esa pluma debe ser muy importante —dijo de repente una voz desde abajo, entre Sachiko y Maki, quienes seguían mirando hacia arriba y no se percataron de la llegada de Daichi y del lobo-perro sentado frente a él. Al escuchar la voz del niño, ambas se sobresaltaron.

    —¿Desde cuándo...?

    —Desde hace poco —interrumpió él a la dueña del lobo—. Estaba siguiendo a Sachi y llegamos aquí, vimos que miraban hacia allá y quisimos saber qué pasaba.

    Sachi humana desvió ligeramente la mirada para ver a Sachi lobo, quien también observaba la pluma sin moverse. Le parecía curioso: no sabía si las estaba imitando o si el tesoro de Hana había producido un efecto hipnótico en todos.

    —Las cosas importantes siempre conllevan una emoción, y cada emoción producida implica una decisión en la vida. Las decisiones que tomes con respecto a las cosas importantes te conducirán por un camino de alegría o por uno de sufrimiento, por eso es necesario pensar en el siguiente paso y actuar con responsabilidad, caminar con el objetivo en la mira para no alejarse de él en lugar de acercarse. Y así...

    Aquella muestra extraña y repentina de reflexión produjo un ambiente confuso. Maki veía a Daichi como si lo desconociera, pues hablaba y actuaba como su padre cuando daba consejos o pensaba en voz alta: siempre viendo con seriedad el cielo o el horizonte, intentando revelar algún aspecto oculto de la situación en la que se encontraban. Pero ella no podía estar equivocada; recordaba que, cuando ella era pequeña, su amigo imitaba mal esa clase de monólogos: siempre con las manos en la cintura, levantando demasiado el rostro, agravando la voz en un intento por sonar más imponente; y ella siempre se reía de aquellas actuaciones porque el niño nunca sabía cómo dar un buen consejo o porque se perdía a la mitad de su discurso y terminaba hablando de otra cosa. Por alguna razón, aunque en ese momento no terminó de decir lo que pensaba, todo parecía coherente.

    Tan extraño era que hasta él mismo sintió que algo ocurría y se detuvo, quizá porque su mente volvió a sus años de infancia, cuando ninguno de esos consejos parecía tener pies ni cabeza.

    —¿Ah? —dijo mientras parpadeaba repetidas veces—. ¿Qué estaba diciendo?

    —Estabas diciendo algo muy interesante, seguro lo leíste en alguna parte —respondió Sachiko para restarle importancia al hecho.

    —¿Era interesante?

    —Lo era —contestó con una débil sonrisa.

    Aún confundido, Daichi se sentó para seguir observando los movimientos de Hana, quien acomodó la pluma de Sayaka en su cabello para adornarlo, justo debajo de su broche en forma de semilla.

    —Es una pluma bonita —dijo el niño—. ¿Qué tipo de pájaro tendrá de esas?

    Al parecer, él no había escuchado la historia de Sayaka.

    —No son de pájaro, son plumas de ángel —inventó la chica de lentes para no hablar sobre ello, pues tenía la certeza de que no podía hacerlo sin consentimiento de Hana o de Sachiko. Ella no era la indicada para contársela después de todo, y la elemental de tierra parecía ocultar algo, o al menos se encontraba inmersa en varios pensamientos que no le permitieron responder pronto la pregunta del niño.

    —¿Plumas de ángel?

    —Sí, de sus alas. Hana debió conocer uno, es muy afortunada.

    —¡Qué envidia! —exclamó él con inocencia—. Yo quisiera ver uno.

    —Yo también.

    —Pero ¿sabes qué me gustaría más? —continuó Daichi después de una breve pausa.

    —¿Qué cosa? —preguntó Maki con dulzura, siguiendo el hilo de la conversación, como una de esas charlas de antaño que no iban a ninguna parte.

    —¡Chocolate!

    En efecto, la conversación había tomado un rumbo inesperado. Él era así, a ella le gustaba mucho esa parte suya, y rio como no había hecho en varios días, seguramente de una forma que no hacía con nadie más que con su mejor amigo. Y él por un momento se dio cuenta, o más bien, pareció reconocerla.

    Quiso decir algo: separó los labios, intentó seguir con la charla o hacerle una pregunta o reír también o decir que su risa le gustaba o que le parecía familiar o que sonaba como la de alguien o que le dijera su nombre, porque nadie, en todo ese tiempo, se lo había revelado.

    —¿El nombre de la chica de trenzas? —preguntó alguna vez Koharu cuando escuchó la duda del niño—. No lo sé, Sachi debe saberlo... Sachi Sachi, no Sachi lobo.

    —No lo recuerdo —respondió la de ojos color miel cuando le planteó el tema—, creo que alguna vez me lo dijo, pero prefiere que no la llamemos por su nombre, ella sabe cuando nosotras le hablamos. Tal vez Hana tenga una idea.

    —¿Su nombre? No es importante, siempre puedes decir “Oye, tú” para llamar su atención. Pero si tienes mucha curiosidad, puedes preguntarle a Nanami.

    Pero Nanami le había dado una respuesta antes, el día de su primer despertar en el mundo mágico:

    —Ella no tiene uno, pero puedes ponérselo.

    Después de todo, se parecían mucho, ¿podría llamarla de esa manera?

    —¡Ah! —exclamó Sachiko asustada, como si hubiera recordado algo importante— ¡Olvidé que estaba ayudando a Nanami! ¡Vuelvo en un rato!

    Llamó a Sachi y ambos se alejaron rápidamente del lugar; pero cuando se perdió de la vista de los visitantes de otro mundo, se detuvo un momento y dio una orden.

    —Sachi, ve por Koharu.

    El lobo buscó el rastro de la niña pelirroja y, al encontrarlo, corrió entre los pasillos. La chica de ojos dulces, al verlo alejarse, dio media vuelta y se apresuró para llegar a la cocina, en donde seguramente encontraría a Nanami para informarle la situación.

    En el punto que ama y animal habían abandonado, Daichi se mostró confundido otra vez.

    —¿Pasa algo? —preguntó su amiga olvidada con cierta curiosidad al descubrir que el niño se había quedado repentinamente callado.

    —No lo sé —contestó con la mirada fija en el suelo mientras Maki se sentaba a su lado—, cuando hablo contigo, siempre siento que se me olvida algo, pero nunca logro recordarlo.

    Para ese momento, los dos Sachis habían encontrado a las personas que buscaban: Sachi lobo jalaba el cinturón de tela de Koharu para llevarla a alguna parte, ella entendió el mensaje y lo siguió con prisa para no perderlo. Sachi humana abrió la puerta abruptamente, y la puerta hizo un ruido tan fuerte que llamó la atención de Nanami, quien se encontró con una joven castaña jadeando e intentando hablar con toda la dificultad que esto implicaba en su estado. Porque ella tampoco estaba equivocada: ese instante de lucidez del niño no era normal, tampoco lo era verlo con los labios separados y la mirada vacía cuando quiso hablar minutos antes, cuando se vio obligada a detenerlo, y ese momento coincidía, extrañamente, con el sonido de un crujido a la distancia, como un vaso de cristal que se quebraba por el calor.

    “Quisiera recordar qué es”, pensó Daichi por un instante, y así quiso expresárselo a Maki, pero no le dio tiempo: un grito de alerta impidió que la conversación siguiera por un rumbo desconocido, quizá peligroso.

    —¡El muro! ¡Es el muro! —anunciaba la pelirroja con tanta fuerza que la elemental de hierba creó una liana y bajó de su sitio de reflexión lo más pronto posible para confirmar la información.

    —¡Es Daichi! ¡El enlace... el deseo... el muro! —dijo al fin Sachiko, y Nanami dejó lo que estaba haciendo para reunirse con todos en el patio de entrenamiento.

    Desde su sitio de espera, la hechicera del rayo contemplaba el desmoronamiento de la barrera de defensa. Se levantó dando un salto de la mesa, guardó la esfera de cristal en una de sus bolsas, en la misma donde tenía su talismán, mientras tomaba con la mano libre la espada, que dejó de resonar cuando sintió que alguien la empuñaba.

    —Conque una voluntad más fuerte que la de Sayaka, ¿eh? —expresó con altanería para luego mirar el filo de la espada, en donde Daichi había insertado el amuleto perfecto—. No escogiste mal después de todo.

    Avanzó hacia el castillo con lentitud, disfrutando la vista, observando cómo se desvanecía la existencia de quien alguna vez fue declarada la persona con la magia de defensa más poderosa de sus tiempos, el ángel salvador de quien deseaba heredar su gema elemental, la Mujer Ave que fue acusada en algún momento como la responsable de la desaparición de su aldea.

    La voluntad de Sayaka, como un ave herida, caía sin remedio.
     
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    Metzonalli

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    Yo cantando victoria la semana antepasada y resulta que sigo sin poder alcanzar la publicación de Wattpad, demonios xD En fin, hoy hay doble capítulo.


    • Capítulo 15: Día de batalla (I)

      Había en aquel castillo una voluntad más fuerte que la de Sayaka; una que nadie había detectado a tiempo y que estaba a un paso de convertirse en deseo; una que aparentemente surgió de necesidades triviales y silenciosas, jamás expresadas con palabras, que Daichi arraigaba en la zona más profunda de su corazón; una que él desarrollaba conforme pasaban los días, y probablemente nadie entendería en aquel momento por qué aquellos pensamientos tan simples podían causar un efecto tan poderoso sobre la barrera de defensa. Nadie sabía que un pensamiento, mientras más recurrente fuera, más poder acumulaba. Y los niños nunca se rinden cuando encuentran algo que quieren con todas sus fuerzas.

      En varias ocasiones pidió algo que nunca le fue concedido desde el día en que viajaron para buscar a Koharu, algo que Nanami le había prometido.

      —Nana —decía desde una silla, desde un rincón de la cocina, sentado en el marco de una ventana o parado al lado de la mujer azul mientras le jalaba la falda—, ¿podemos ir a jugar al lago?

      Nanami, siempre con las manos ocupadas con cualquier labor por más pequeña que fuera, nunca respondía como él hubiera querido:

      —Ahora no, Daichi. —Y se daba la vuelta para sonreírle o acariciarle la cabeza—. Cuando todas estén libres, iremos juntos.

      Él, aún con su necedad casi insoportable, jamás escuchó una respuesta positiva a su petición, y después de varios minutos de insistencia en un intento por que Nanami reconsiderara su decisión irrevocable, soltaba un molesto “Está bien”, hacía un puchero y buscaba algo más que hacer.

      Cansado de sentirse como un prisionero, el niño decidió escaparse; pero no tardó mucho en entender que darse a la fuga era una labor muy complicada: la enorme y pesada puerta del castillo no cedió hasta después de varios intentos, y cuando empezaba a celebrar su hazaña, el ladrido de Sachi lo asustó, lo obligó a voltear e intentó hacer señas para que él no llamara la atención de nadie. El lobo calló después de un tiempo, Daichi suspiró aliviado y miró nuevamente hacia la puerta solo para descubrir a una entusiasta y sonriente Koharu con el rostro muy cerca del suyo.

      —¡Te encontré! —gritó, y antes de que él pudiera correr o decir algo, la niña ya se había abalanzado sobre él para atraparlo.

      —¡Espera! ¡Me estás aplastando!

      —¡Dai-Dai, te encontré! —repitió mientras lo despeinaba y le hacía cosquillas—. Ahora te castigaré por perder el juego.

      —¡Pero no estábamos jugando! —alegó entre risas mientras agitaba los brazos.

      Sachi veía todo y decidió unirse al juego, cuyo resultado fue una niña pelirroja exhausta, un lobo que se alejaba con la lengua de fuera, y un niño con el cabello negro totalmente alborotado, quien desistió de su intento por escapar. Fue en ese momento cuando decidió acudir con alguien de confianza para quejarse:

      —¡Sachi! ¿Por qué nadie me deja salir a jugar?

      “Piensa rápido, Sachi”, pensó la de ojos dulces.

      —¿No lo sabes?

      —Nadie me dice nada —respondió el niño con molestia—, Nana dice que hasta que todas estén desocupadas, pero nadie descansa nunca.

      —Tiene razón, es mejor ir cuando todas estén desocupadas.

      —¿Por qué? No iré lejos, me portaré bien.

      —No puedes.

      —¿Por qué no?

      —Porque allá afuera hay un dragón que se come a todos los niños traviesos.

      —Pero cuando salimos, no había nada —dijo él para contradecirla—, y un dragón es un animal muy grande.

      —Eh... ¡estaba durmiendo! —respondió después de titubear, en un intento rápido por inventar una razón para que él le creyera—. Pero Nanami se preocupa por ti, ¿por qué no le haces caso y esperas un poco más? Iremos más pronto de lo que crees.

      Un “Está bien” decepcionado, un puchero más y unos pasos hacia cualquier lugar del castillo. El dragón, en vez de asustarlo, reforzó su deseo por salir a explorar el mundo; pero sabía que nadie lo dejaría ir solo, y eso le molestaba, ¿acaso todas creían que él no podía andar por su cuenta? Después de todo, había salido a jugar muchas veces al parque solo.

      ¿Solo?

      Sintió una vez más que estaba olvidando algo e intentó recordarlo, pero sus esfuerzos fueron en vano.

      Si lo deseaba, ¿podría saberlo?

      Fue entonces cuando Sachiko escuchó por primera vez el leve crujido del muro de defensa. Dio dos palmadas y separó ligeramente ambas manos para crear una punta de lanza, la cual dio varios giros rápidos durante un minuto sin detenerse, hasta que la elemental de tierra hizo que desapareciera.

      Nada.

      —¿Era mi imaginación? —susurró mientras levantaba la vista al cielo, en un intento por inspeccionarlo y encontrar algo.

      —¿Qué buscas, Sachi? —dijo el niño, que había regresado.

      —Nada, solo...

      Un ladrido la interrumpió y obligó a Sachiko a mirar hacia abajo levemente sobresaltada.

      —¿Eh? ¿Comida? ¡Sachi, Sachi-perro tiene hambre!

      Otra vez la confusión de los nombres había surtido efecto, y fue eso mismo lo que bajó al mínimo su estado de alerta. Varios minutos más tarde, se olvidó del asunto.

      Quizá por eso se culpaba, en el momento de la caída del muro, por no haber sido más cuidadosa; porque debía existir una forma de evitarlo, ¿o estaba equivocada? Nunca se le había ocurrido que el anhelo de Daichi por recordar, su intento por establecer lazos con las elementales y su convivencia con Maki produjeran un deseo poderoso. En todo caso, ¿alguna de ellas lo hubiera siquiera imaginado?

      —¡Concéntrate, Sachiko! —gritó Hana luego de colocarse al frente y desviar un ataque directo con varias lianas.

      Entonces reaccionó: no era el momento para pensar en ello, tenía que reanalizar la situación para atacar de forma más efectiva antes de que la magia de la mujer de las plantas se agotara.

      La situación no era buena. Poco después de reunirse, el ruido producido por la puerta de la entrada principal llamó la atención de todos: Ayame la había destruido con dos cortes de espada y buscaba la presencia de Daichi en el castillo para retomar el conjuro de intercambio. Encontrarlo era cuestión de minutos.

      —Debemos detener a Ayame antes de que alcance a Daichi —comenzó Sachiko para establecer un plan—. Koharu y yo atacaremos, Hana nos ayudará con ataque y defensa, Nanami tiene que evitar que las técnicas más fuertes de Ayame nos toquen. ¿Entendido? —Las guardianas asentían—. ¡En marcha!

      Maki intentaba decir algo, pero no encontraba cómo hacerlo: ¿había sido omitida del plan por débil?, ¿acaso la elemental de tierra la consideraba un estorbo o un impedimento para su misión?, ¿qué se supone que haría ahí? Titubeaba, tartamudeaba, veía a todas alejarse: la guerrera de fuego y la defensora de hierba con prisa, a la cabeza; la mujer azul con rapidez, pero sin apresurarse. La estratega avanzó unos cuantos pasos y se detuvo cuando la chica de lentes pudo al fin decir algo.

      —¡Yo también voy!

      Sachiko dio un giro y la miró con seriedad.

      —Tu prioridad es cuidar de Daichi —respondió—, busquen un refugio, crea una barrera si es necesario, haz todo lo que puedas para protegerlo.

      —¿Y qué pasará con ustedes?

      —Estaremos bien.

      Sonrió para luego perderse de la vista de ambos como había hecho minutos antes, cuando dio aviso a Nanami de que algo andaba mal. “La está llamando”, pensó, “Si realmente es un deseo, si su necesidad por recordar la está llamando, no podemos dejar que se acerque demasiado a ella, y mientras más pronto podamos recuperar el muro de defensa... ¡Maldición!”.

      Había olvidado pedirle que reconstruyera el muro de defensa al menos para esa parte del castillo. Porque ya podía hacerlo, ¿verdad? El entrenamiento intensivo de Hana y su comunicación con su predecesora debieron funcionar, esos días de entrenamiento debieron enriquecer su conocimiento mágico y estabilizar al menos sus técnicas de defensa, quizá en cuestión de días podría aprender técnicas de ataque, y entonces Maki podría recuperar la espada sin problemas para frustrar el plan de la guardiana del rayo, entonces ellas la acompañarían para apoyarla moralmente o con magia si era necesario; pero estaba convencida de que podría hacerlo por su cuenta. Era optimista.

      “¿Y qué les hace pensar que ella realmente puede derrotar a Ayame?”

      No pudo seguir meditando sobre el tema ni preocuparse por las palabras de Hana: la orgullosa silueta de la de ojos violetas apareció ante el grupo defensor del castillo, que detuvo su marcha y adoptó su formación de batalla.

      —Así que ustedes son las guardianas sucesoras —dijo Ayame con su mano libre en la cintura mientras buscaba algo con la mirada; más bien, a alguien—. Pero falta alguien aquí, ¿en dónde está la sucesora de Sayaka?

      No hubo respuesta.

      —Bueno, ella no importa —continuó—. Busco a un muchacho: cabello negro, ojos azules, es el nuevo dueño de esta espada, ¿alguien puede llevarme con él?

      —¿Por qué haríamos eso? —respondió atrevidamente la niña pelirroja, lo que llamó la atención de su contrincante.

      —Porque son guardianas elementales y su deber es hacer lo correcto por el mundo.

      —¿Y quién eres tú para hablar sobre lo correcto? —preguntó Hana con esa voz amarga que, al parecer, no tuvo efecto en el estado anímico de Ayame—. ¿Tú, que consideras correcto sacrificar la vida de un inocente para recuperar un alma perdida, vienes a decirnos eso?

      —No tengo tiempo para explicarles detalles innecesarios, solo estoy cumpliendo con mi tarea fundamental. Entonces ¿alguien me llevará a verlo?

      —Te llevaremos —dijo Nanami desde la retaguardia, y todas la miraron con sorpresa al escuchar aquella respuesta. Ella, con la expresión más temible que nadie imaginó jamás, la veía con ojos retadores—. Iremos a verlo cuando nos entregues la espada.

      La guardiana del rayo chascó la lengua e hizo un gesto de molestia. Le dio vuelta a la espada hasta dejarla con la punta hacia abajo, la clavó delante de ella y se alejó unos cuantos pasos.

      —Adelante, vengan por ella.

      Koharu, molesta ante la falta de iniciativa del grupo, corrió hacia el arma para tomarla y llevarla a un lugar seguro, lejos de Ayame; pero cuando estaba por tomarla, la caída de un rayo se interpuso entre el objeto y su mano. Quiso reclamarle; pero cuando miró hacia adelante descubrió que no había nadie.

      —¡Koharu, detrás de ti!

      Una esfera de energía alcanzó la espalda de la pelirroja, quien cayó de bruces sin tener tiempo de defenderse o contraatacar. La respuesta del lado de las elementales no se hizo esperar: una serie de piedras intentaba golpear a la agresora, pero ella esquivaba todo con facilidad, como si estuviera bailando entre los proyectiles, sin detenerse y sin retroceder. En un intento por apoyar a Sachiko, Hana desató una lluvia de frutos espinosos con la esperanza de tocarla y evitar su avance; pero lo único que consiguió fue una técnica mágica como respuesta: con un movimiento de la mano izquierda, como si estuviera ahuyentando un insecto, Ayame creó una serie de rayos que detuvieron y forzaron la caída de los frutos de la elemental de hierba.

      Cuando estuvo a tres pasos de distancia de la chica de mirada dulce, sintió el calor de una esfera de fuego que pasó rozando su hombro. Aquella distracción le permitió a la elemental de tierra agacharse y mover una pierna para tirar a su contrincante; sin embargo, ella reaccionó pronto ante aquel intento atrevido de tocarla: un salto alto y una voltereta hacia atrás. Una liana inoportuna que buscaba sostener su pie para hacerle perder el equilibrio motivó un nuevo movimiento con dos dedos de la mano derecha para indicar un corte, y un rayo más cayó en el punto indicado para partir la planta trepadora y evitar una caída dolorosa que le pudiera traer desventaja en aquella batalla de tres contra una.

      —“No es justo” —reclamó Ayame mientras veía que todas volvían a su formación inicial—. Me gustaría decir eso; pero la verdad es que me estoy divirtiendo mucho. —Y sacó de un bolsillo oculto un anillo con un citrino en corte esmeralda que puso en su dedo meñique—. Desafortunadamente no tengo tiempo para esto.

      Fue después de eso que Sachiko se vio dirigiendo una batalla sin más desenlaces posible que el cansancio o la derrota: si seguían atacando sin pensar y sin tocar a la invasora del castillo, su energía se agotaría y no podrían seguir impidiéndole el paso; pero si no atacaban y se limitaban únicamente a defender, estarían entregando a Daichi con una facilidad tan vergonzosa que no podrían ver a Maki a la cara.

      Entonces, por alguna razón, volvió a pensar en las razones que derrumbaron el muro de defensa. Mientras lo hacía, atacaba torpemente y no prestaba atención a lo que ocurría en ese momento: los ataques de la niña pelirroja comenzaron a desestabilizarse y las barreras de agua de Nanami tuvieron que entrar en acción para evitar que una serie de rayos la tocaran; pero eso al mismo tiempo le producía un daño inesperado, y entonces se dio cuenta de algo que debió suponer desde el primer conjuro: su magia era inservible en aquellas circunstancias, incluso aumentaba la potencia de los ataques de Ayame. Su presencia en aquella batalla, de alguna manera, se volvió inútil. Así fue como decidió apostar por una idea arriesgada, una que quizá Hana no avalaría ni siquiera bajo esas circunstancias: agrupó algunas gotas de agua con discreción e hizo un movimiento con una mano detrás de su espalda: una orden con la que el chorro diminuto se desplazó por el pasillo y avanzó silenciosamente sin que nadie reparara en ello.

    • Capítulo 16: Día de batalla (II)

      Poco después de haber recibido la orden de proteger a Daichi, Maki tomó su mano y lo condujo a una de las tantas habitaciones del castillo. Después de que ambos se encerraran y de que ella reforzara la puerta con un escudo de aire, el par se mantuvo en silencio unos minutos, quizá para no ser detectados, quizá para sumergirse en sus pensamientos, quizá porque no tenían nada que decir, o al menos eso parecía.

      El niño era incapaz de entenderlo: ¿por qué tenían que esconderse y por qué decían que debían evitar que lo alcanzara Ayame? (¿quién era esa Ayame de quien tanto hablaban?, ¿algún fantasma similar a El Coco?). Él no le había hecho nada, no sabía si ella sería capaz de lastimarlo, y en todo caso, ¿era necesario que lo protegieran? Tanta información oculta, tantas limitaciones, tantas situaciones que no entendía, y aún así todas se empeñaban en cuidarlo. Él podría ayudar si le hablaran sobre el tema, habría inventado un plan, buscaría el modo de evitar que Ayame (persona, animal, fantasma o cosa) le hiciera daño de cualquier manera; pero lo único que hacían ellas era sonreír, jugar con él, escucharlo, hablar sobre ese mundo maravilloso al que había llegado aún sin saber cómo (pensó en armarios mágicos, en madrigueras de conejos, en libros encantados, en agujeros negros... ¿cómo había llegado ahí y en qué momento se encontró con alguno de esos portales dimensionales?). Aún así, por alguna razón, jamás planteó su más grande duda: ¿por qué era el único de todos los habitantes del castillo que no aportaba nada mágico en él? ¡Hasta Sachi se comportaba como un ser que en cualquier momento mostraría su magia y haría algo tan impresionante como volar o hablar!

      Infló los cachetes.

      —¿Pasa algo? —preguntó Maki al notar aquella expresión de molestia nivel 2.

      Había aprendido a graduar el enojo de su amigo: nivel 1, puchero; nivel 2, cachetes inflados; nivel 3, reclamos y gritos; nivel 4, correr a su cuarto y azotar la puerta para no abrirle a nadie durante el resto de la tarde. Tenía la fortuna de solo haber visto el nivel 4 cuando su madre lo regañó una vez que se comió todo el contenido de un frasco de galletas, y nunca supo sobre la existencia de un nivel 5 de enojo, ¿cómo sería?

      —¿Por qué yo no tengo magia?

      Nunca se lo había preguntado.

      —¿Por qué crees que no tienes?

      —Porque no puedo hacer nada genial —respondió—: tú puedes parar cosas en el aire, Nana sabe curar con el agua, Haru hace malabares con bolas de fuego, Hana aparece frutas, Sachi puede construir casas en un día, Sachi-perro seguramente puede volar, hablar o algo, pero no quiere mostrarme su magia porque es una técnica supersecreta. ¿Y yo qué? ¿Qué no el rey es el personaje más fuerte de los cuentos? ¡Quiero hacer algo genial también!

      Se cruzó de brazos y Maki entendió su frustración mientras recordaba: años atrás, cuando ambos se recostaban en el suelo y veían pájaros volando en parvada, ella quería tener alas.

      —Vería todo desde arriba y volaría muy lejos y viajaría por todo el mundo.

      —¡Qué bien! —le decía él.

      —¿Y a ti qué te gustaría ser, Daichi?

      Pensó por un momento, giró la cabeza hacia el lado opuesto a donde estaba su pequeña amiga y encontró una varita seca, lo suficientemente grande como para hacerla pasar por una espada. Se sentó de repente y la tomó.

      —¡Quiero ser un mago guerrero espadachín!

      —¿Un mago guerrero espadachín?

      —¡Sí! —continuó emocionado mientras jugaba con la varita—. Podría tener una espada y luchar contra monstruos, y si se cae la espada lejos de mí, haría un movimiento y ¡fum!, flota y vuelve a mi mano, y si no puedo luchar con una porque muchos monstruos me rodean, ¡pam!, puedo tener cinco, diez, quince... ¡todas las necesarias para vencerlos!

      —¡Wow! —expresó maravillada la niña de ojos verdes—. ¿Y qué haría después?

      Sus recuerdos fueron interrumpidos por una voz del presente.

      —¿Ves? ¡Nana puede hacer que el agua se mueva y haga figuritas!

      Y lo vio señalando hacia el piso, en donde logró distinguir una forma humanoide, como las marionetas de agua que usó para hablarle sobre el conjuro de intercambio, que agitaba los brazos para llamar su atención. Cuando la hubo obtenido, hizo una seña para pedirle que la siguiera, volvió a su estado natural y se deslizó por el suelo, hacia donde se encontraba el grupo. Alarmada, Maki miró por un momento a Daichi, acarició su cabeza y le dijo:

      —Tengo que ir, no le abras a nadie que no sea yo, ¿está bien?

      —¡Pero...!

      —Todo estará bien —interrumpió con una sonrisa, la misma que lo reconfortaba y, al mismo tiempo, la que comenzaba a molestarle.

      —¡Yo también quiero ir!

      Su voz sonaba entrecortada, a punto de llorar, y la nueva elemental de aire supo que necesitaba encontrar una forma para que le obedeciera.

      —Si te portas bien, te daré chocolate cuando vuelva.

      Un puchero.

      —Está bien —respondió, y se sentó en el rincón más alejado de la entrada.

      Tan pronto como lo vio acomodarse, salió de la habitación, cerró la puerta y creó un segundo muro de defensa que se extendió por toda la pared del cuarto. Necesitaba asegurarse de que no le pasara nada durante su ausencia, tenía que llegar rápidamente y volver pronto, tenía que ayudar de alguna manera, tenía que crear una barrera más para proteger a Sachiko de un ataque que estaba por tocar su espalda en un momento de distracción, debía apresurarse y levantar uno nuevo frente a Nanami, quien intentaba curar a Koharu a marchas forzadas, antes de que un rayo perdido la tocara, y movió el brazo para invocar una corriente repelente para desviar un conjuro que estaba por tocar a una Hana que se había quedado sin opciones de ataque. Ella, sorprendida por la salvación tan oportuna y enfurecida por la osadía de la chica de lentes, volvió la mirada hacia atrás.

      —¿Pero qué...?

      —¡No es el momento para eso! —gritó, y volvió a desviar otro ataque directo, lo cual molestó a Ayame, quien tomó nuevamente la espada y se preparó para avanzar. Al notarlo, Maki creó una fila de muros frente a todas mientras pensaba en algo, en una forma al menos temporal para alejar a su enemiga del campo de batalla, porque sabía que no podía derrotarla y que nadie en sus condiciones lo lograría. Algo, cualquier cosa, “¿Qué puedo hacer?”, y escuchaba a la guardiana del rayo mientras concentraba sus esfuerzos en la ruptura de la defensa.

      —Esto no va a detenerme por mucho tiempo y lo sabes —aseguró, y seguía creando rayos que eran repelidos uno tras otro.

      Maki se percató de que la primera parte de su defensa se había disuelto después de unos veinte rayos invocados: la batalla la había desgastado lo suficiente como para que sus ataques hubieran perdido efectividad, y si le era difícil romper las barreras que ella, una elemental débil, había creado de forma rápida y sin necesidad de concentrarse para sostenerlas...

      Tenía el plan de escape perfecto.

      Hizo un movimiento circular con la mano derecha, como si estuviera indicando el cierre de algo: sus dedos que se desplazaban, la mano que giraba hasta ocultar la palma y mostrar el dorso, los dedos flexionados empezando por el meñique y terminando por el pulgar hasta formar un puño, y Ayame estaba tan ocupada destrozando muros que no se dio cuenta a tiempo de lo que había sucedido: se encontraba rodeada, encerrada en una burbuja de aire que se despegó ligeramente del suelo, y que intentó destruir con la energía que le quedaba. Al ver que su esfuerzo era inútil, intentó golpearlo con la espada, pero estaba tan débil que no logró nada, ni siquiera crear una fisura. De repente, sintió que la esfera se elevaba hasta una altura desde donde la chica de lentes parecía una hormiga. Vio cómo la hormiga hizo un movimiento con el brazo alzado, como si golpeara una pelota, y perdió el equilibrio ante el movimiento rápido de la esfera que se alejaba, que la expulsaba del castillo, del primer conjunto de construcciones en ruinas, del grupo intacto de casas, del segundo círculo destruido, cada vez a menor altura hasta que la burbuja se deshizo y la hizo rodar un par de metros en el suelo, exhausta, sin energía ni siquiera para levantarse o para maldecirla, pero sin soltar la espada aunque se lastimara en el intento por no perder ese objeto preciado, vital para consumar su plan de intercambio. Pero juró volver, volver y vengarse.

      —Jugaste demasiado con ellas.

      Una voz cerca de Ayame le hizo girar la cabeza y descubrir un par de zapatos bajos de color verde pálido, casi blanco, y ella cerró los ojos sin poder responder ni escuchar más de aquella persona. Necesitaba dormir, descansar al menos lo que quedaba de la tarde y toda la noche, pensar en una forma más rápida de asegurar su objetivo. Para cuando despertara, seguramente las elementales ya se habrían recuperado también.

      Ellas, por su parte, guardaron silencio mientras Maki se concentraba y erigía una barrera nueva que se extendió hasta cubrir la cuarta parte del castillo, ese sitio que utilizaban para casi todo, pues ninguna consideró viable mantenerse cerca de la entrada principal en caso de sufrir algún ataque sorpresa. Con eso bastaría por el momento.

      —¡Ah! ¡Qué cansancio! —expresó Koharu un poco aliviada—. Creí que iba a ser el fin.

      —Todo fue gracias a Maki —respondió Sachiko sentada con la espalda apoyada en un pilar.

      La chica de trenzas no pudo evitar sonrojarse y mostrar su nerviosismo.

      —¡Solo la saqué del castillo! —tartamudeó—. ¡Ustedes hicieron todo el trabajo! Yo solo pensaba en no hacer ruido, mantener la puerta cerrada y... ¡Daichi!

      Estaba a punto de echarse a correr cuando la voz amarga de Hana le pidió que se detuviera. Asustada, obedeció la orden y miró hacia atrás, en donde la vio recargando su mano en una pared.

      —Buen trabajo —dijo en voz baja, apenas perceptible. Aquella frase sorprendió a su alumna, quien por un momento no supo cómo reaccionar ni responder, y fue tan notoria su perturbación que su instructora desvió la mirada y siguió hablando, esta vez en voz alta, primero trastabillando y después con firmeza, siempre mirando hacia otro lado—. ¡Pe-pero no creas que tendré más consideraciones contigo solo por eso! ¡Aún tienes mucho que aprender! ¡Seguirás siendo una inútil mientras no sepas atacar!

      —¿Eh? —se burló la niña pelirroja, quien ya tenía la fuerza suficiente para caminar hacia Hana y darle codazos—. ¿Hana también sabe dar halagos?

      —¡Cállate, niña debilucha! No duraste nada en batalla.

      —¿Debilucha? ¡Mira quién lo dice! ¡La que no puede hacer nada más que aparecer frutas y enredaderas!

      —Al menos yo puedo reaccionar pronto y evitar los ataques directos, no como cierta persona que nunca pudo esquivarlos y que asegura que todo es parte de su plan.

      —¡Por supuesto que todo era parte de mi plan! —gritó, e intentó pisarle el pie sin éxito. Nanami, quien empezaba a curar a Sachiko, suspiró con resignación mientras se golpeaba la frente con la palma de la mano al tiempo en que su paciente soltaba una risa nerviosa para luego mirar a Maki y hacerle una seña discreta para autorizar su partida hacia la habitación en donde se encontraba Daichi, que se había quedado dormido mientras esperaba y que despertó hasta el día siguiente, extrañamente, en una alcoba distinta a la que le habían asignado días atrás.
     
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    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Ven aquí, hijo mío *Rescata su historia de la segunda página*

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    Capítulo 17: Confusiones

    Esa mañana, como de costumbre, Daichi se talló los ojos luego de sentarse sobre la cama y estiró los brazos hacia arriba mientras bostezaba. Durante el reconocimiento habitual de la habitación en la que descansaba, detuvo su mirada adormilada en la mesita al lado de la cama, en donde pudo descubrir una sorpresa que lo despertó por completo: una barra de chocolate de su marca favorita. Emocionado ante tal descubrimiento, se levantó rápidamente para buscar a la chica sin nombre y agradecerle por haber cumplido su palabra y por satisfacer ese antojo que había expresado todos los días.

    Aunque el pasillo y los cuartos eran distintos, no le costó mucho saber en dónde estaba: tocó la puerta de la habitación contigua, la abrió para asomarse y entró cuando tuvo permiso de hacerlo. La nueva elemental de aire estaba sentada en una silla, cepillándose y trenzándose el cabello por segunda vez en el día.

    —¡Buenos días! —saludo con una sonrisa amplia e inocente que contagió a Maki.

    —Bueno días, ¿dormiste bien?

    —¡Sí! —respondió emocionado mientras se sentaba en la cama—. Vi el chocolate, ¡gracias! ¿Me lo puedo comer?

    —Pero solo un trozo, aún no has desayunado, Nanami se enojará con nosotros si descubre que no tienes hambre porque comiste dulces.

    —¡Bien! —dijo mientras alzaba los brazos en señal de victoria, luego los bajó con rapidez y abrió la envoltura del chocolate, cortó un trozo pequeño y lo puso en su boca—. ¡Qué rico!

    Había hecho ese gesto que tanto alegraba la vida de Maki: esa felicidad que jamás podía disimular, esa sonrisa enorme por el sabor de la golosina, ese gesto que Kasumi creía imposible y un tanto infantil cada vez que ella le decía que Daichi amaba el chocolate.

    —¿En serio? —preguntó con cierta incredulidad—. Pero Dai-Dai no tiene cara de ser amante del chocolate, le he regalado varios en todo este tiempo y nunca se los ha comido.

    Le parecía extraño, ¿estaban hablando de la misma persona? Quería comprobarlo, quería saber si realmente había olvidado o superado ese gusto, y consideró que el momento ideal para hacerlo era esa tarde, después de ir en busca de ese libro con dibujos antiguos. Darle un chocolate de su marca favorita era su plan de emergencia en caso de no encontrar o de no poder comprar ese objeto misterioso que tanto deseaba desde que lo vio por primera vez varios meses atrás.

    Entonces pasó todo: su viaje sin explicaciones, su ataque sorpresa, su encuentro con las elementales, el descubrimiento de su miedo a luchar, y la simple idea de que los días pasaban sin que la situación mejorara le parecía dolorosa, tanto así que el niño vio esa emoción en su rostro y le ofreció un trozo de su dulce.

    —Gracias —respondió con una sonrisa tímida, casi nostálgica, y comió.

    —Papá dice que el chocolate alegra, pero a mamá no le gusta, dice que se me picarán los dientes si como mucho. Un día compramos una caja enorme de chocolates y nos la comimos a escondidas, pero se dio cuenta y nos regañó.

    Era cierto: su padre tenía la mala costumbre de consentir demasiado a su único hijo, y Daichi, por su parte, aprendió a disfrutar de casi todos los gustos de su padre: comer chocolate con tanto placer, leer mientras caminaba... ¿qué más?

    —¿Tu papá infla los cachetes cuando se enoja?

    —No, esa es mi mamá.

    Su carácter era producto del aprendizaje directo de ambas partes. Daichi era el tipo de infante que no olvidaba ni el más mínimo detalle y que imitaba gestos, tonos y movimientos para demostrarlo; pero también era un niño inquieto que se escapaba de casa todas las tardes para jugar con ella y con Shiro.

    Aquellos tiempos felices, en esas circunstancias, le parecían cada vez más lejanos y frágiles.

    —Una vez tuvimos un gato.

    Nunca había escuchado sobre ello y le pareció raro, pues a la madre de Daichi no le gustaban los animales.

    —¿Un gato? —repitió Maki—. ¿Era bonito?

    —Era blanco y vivía en una caja en el parque. —La historia le parecía familiar—. Le llevábamos leche por las tardes, era un gato enorme, casi como un cachorro de perro. —Era demasiado familiar—. Lo teníamos escondido porque a papá no le gustan los animales. —¿Hablaban del mismo señor? ¿El que siempre supo de la existencia de Shiro? ¿El que siempre les dio consejos para cuidarlo y les ayudó a esconderlo mientras le buscaban un hogar?

    —¿Y qué le pasó al gato?

    —Se lo dimos a una señora muy amable.

    Estaba hablando de Shiro.
    Estaba confundiéndose de animal.
    Estaba confundiéndose de personas y de circunstancias.
    Estaba...

    —¿Y lo cuidabas tú solo? —preguntó con temor.

    —No —respondió sin vacilar—. Tenía una amiga que me acompañaba. —Se había emocionado, ¿la recordó por fin?—. Tenía los ojos verdes como tú, —¿Estaba sonriendo o aún contenía su gesto de alegría?—, no, creo que eran más oscuros, y era castaña, su mamá le hacía coletas, era muy inquieta y me regañaba más que mi mamá cuando estaba enojada.

    ¿Estaba confundiéndola con Kasumi?

    Aún con la turbación que le causaban sus sospechas, tenía que plantear una pregunta más, una que le pidió Nanami que le hiciera cuando ese momento llegara:

    —Dime, ¿cómo te llamas?

    En su rostro se dibujó de repente un gesto de confusión, se rascó la cabeza un momento mientras intentaba recordar su nombre, ¿con qué letra empezaba y con cuál terminaba?, ¿no era algo extraño? Pero no importaba: había gente si nombre por el mundo, aquella chica de lentes con las trenzas terminadas no tenía uno, ¿no era eso algo que tenían en común?

    —No tengo, ¡soy como tú!

    Ella no sabía qué responder: tenía que controlar el pánico, tenía que avisar lo más pronto posible que los recuerdos de Daichi se estaban torciendo, que era cuestión de tiempo para que su existencia no pudiera ser recuperada, que debían apresurarse o el efecto del conjuro de intercambio sería irreversible, que esos nueve años físicos robados se perderían para siempre y que todos sus enlaces olvidados estaban por romperse. Pero no podía irse así, sin explicarle, lo peor que podía hacer era asustarlo.

    —Si lo asustas, no dudará en buscar un modo de recuperar sus recuerdos y llamará a la espada —le había dicho Sachiko la noche anterior, luego de discutir con el resto del grupo las conclusiones a las que había llegado luego de la desaparición del muro de defensa.

    Intentaba no caer en crisis.

    —¿Qué pasa? —preguntó un poco alarmado el niño sin nombre.

    Maki detuvo los movimientos bruscos de sus ojos cuando vio su maletín.

    —Si eso ocurre, tendrás que conjurar algo que él pueda llevar consigo sin que le moleste —le dijo Nanami esa misma noche—. Es una técnica de defensa muy simple: tomas un objeto cualquiera y le das propiedades de protección, así puedes crear una especie de escudo portátil, eso tendría que servir para evitar que el daño aumente.

    Tenía un plan.

    —¡Eso es! —dijo.

    —¿Qué es?

    —Tengo algo más que quiero regalarte. —Y extendió su mano hacia el maletín para desatar el listón que había encontrado en la construcción en ruinas por donde llegaron a ese mundo, ese objeto que le había regalado años antes y que él cuidaba lo mismo o más que la corona de laurel—. Extiende tu brazo —pidió, y el niño alargó su brazo izquierdo, en cuya muñeca fue atado el listón mientras ella murmuraba un conjuro que él no pudo entender—. ¡Ya está!

    Al notar que la chica de trenzas había terminado el nudo, recogió el brazo y observó por un momento su nueva pulsera improvisada.

    —Ahora espera aquí —continuó ella mientras se levantaba de la cama y salía de su habitación—, iré por tu desayuno.

    Curioso, el niño de ojos azules levantó el rostro y le preguntó algo antes de que se escapara:

    —¿Que es esto?

    —¡Un amuleto! —respondió, y cerró la puerta con calma antes de correr hacia la cocina.

    —¿Un amuleto? —repitió él para después volver a contemplarlo: parecía un listón común, una pulsera improvisada, un objeto sin importancia; pero por alguna razón estaba sonriendo y sentía tranquilidad en su corazón, como si hubiera recuperado un objeto perdido. Tal vez por eso tuvo la necesidad de comentar algo al respecto—. Conque aquí estaba, me alegra que no se haya perdido.

    Reaccionó. ¿Qué era eso y por qué lo hacía tan feliz? ¿Por qué se lo habían regalado si siempre fue de él? ¿En verdad era suyo? ¿De dónde vino y en dónde se perdió? O más bien, ¿era realmente un objeto perdido? ¿No era esa la primera vez que lo veía?

    Una serie de palabras desordenadas y escenas sueltas pasaron por su mente:

    “¡Buenos días!”
    “¡Te encontré!”​
    “¡Mira, un perrito! ¡Vamos a ponerle Shiro!”
    “¡Feliz cumpleaños!”​
    “Si amarro esto aquí y lo paso por acá y lo pongo así...”
    “¡Nunca voy a olvidarme de ti!”​
    “¡Daichi!”​

    Colores, escenas, personas, fotografías, verde en las copas de los árboles, verde pasto, verde esperanza de una mirada perdida y encontrada.

    Un nombre revelado y pronunciado con lentitud.

    —Maki.

    Sobresaltado, se levantó de la cama. No sintió el suelo bajo las plantas de sus pies así como no percibió que la barrera de defensa que había creado la elemental de aire el día anterior se había desvanecido cuando volvió a llamarla; se apresuró hacia la puerta y no supo cuándo la abrió así como no supo en qué momento se rompió el escudo portátil que lo protegía; no se preocupó por cerrar la puerta así como no se detuvo a pensar en las consecuencias que tendría salir de aquella habitación sin permiso.

    El mundo cambiaba cada vez que decía su nombre.

    Corría sin sentir sus pasos, sin detenerse a buscarla, con la idea clara de a dónde ir, y mientras avanzaba, una nueva lluvia de recuerdos aparecían en su mente, en un intento por reconstruir los enlaces entre su pasado y su presente, hasta los ínfimos, hasta los menos conocidos, hasta los que nunca creyó haber vivido. Toda la felicidad que evocaba le abrió el camino a toda la tristeza, y toda la tristeza atacó su mente con todas las malas noticias, los malos momentos, las escenas más dolorosas que había presenciado en todo ese tiempo.

    “Es Maki”, se dijo, y siguió llamando, pensando y corriendo:

    —¡Maki! ¡Eres tú! ¡Siempre estuviste aquí! ¡Quería verte! —Koharu había descendido de la copa de un árbol con rapidez al escuchar la alegría del niño—. ¡Maki! ¿Sabes? Siempre quise volver a verte, pero nunca logré confiar en mis palabras. —Sachiko, arrodillada frente a Sachi, dejó de acariciarlo y se levantó con lentitud al detectar la primera muestra de tristeza en la voz del niño—. ¡Maki! ¿Por qué el amuleto perfecto no pudo ayudar a mi padre? ¿Por qué si yo deseaba profundamente que se recuperara para seguir siendo felices? —Hana apoyó la espalda contra la jamba de un arco en el corredor de la planta baja y cruzó los brazos para luego cerrar los ojos al oír en el nombre de su alumna inútil el tono doloroso del niño—. ¡Maki! ¿Cómo llegamos aquí? ¿Por qué me protegen tanto? ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarlas? ¡No quiero que sufran por mi culpa! —Ayame, a lo lejos, se preparaba para contraatacar; pero no pudo tomar la espada: ese objeto que tantas veces llevó consigo la rechazaba por primera vez.

    De repente, el espacio se volvió luz: no distinguía las fronteras físicas, ni los límites del castillo, ni la forma de los pasillos. No escuchaba nada, ni siquiera el sonido de sus pasos cada vez más veloces y estruendosos. No se sentía cansado después de correr con todas sus fuerzas, ni siquiera se percató del momento exacto en el que cruzó la entrada de la cocina, en donde solo podía distinguir la silueta de espaldas de la persona buscada.

    —¡¡Maki!! —llamó con todas sus fuerzas y ella, con sus sentimientos enredados, dio media vuelta para recibirlo con los brazos abiertos.

    —¡Daichi! —respondió, y ocurrió lo inevitable.

    Fue tan rápido que nadie notó que la expresión de Daichi había pasado de la alegría al pánico. De repente, ante los ojos del niño, todo se había oscurecido y supo que era tarde para detenerse: frente a él, los ojos verdes de Maki habían sido sustituidos por una mirada oscura, severa, directa, tan inevitable como una tormenta que se avecina.

    En esos segundos, las emociones de Maki refrescaron en su mente una sentencia del pasado de la misma persona que se acercaba en el presente para abrazarla por la espalda luego de que ella, en un intento por amortiguar la caída de su amigo, se arrodillara en el suelo helado para sostenerlo entre sus brazos.

    —En el peor de los escenarios, él recordará tu nombre.

    Una vez más trató de no llorar, pero fue inevitable. Después de todo, ¿cuánto tiempo le quedaba para hacerlo antes de que fuera imposible recordar la razón de sus lágrimas?
     
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  17. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Se me olvidó que ayer era viernes xD

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    Capítulo 18: Cuestión de tiempo

    Era cuestión de tiempo y todas lo sabían.

    La reunión de emergencia de la noche anterior, poco después de que Nanami terminara de curar a las elementales, lo había dejado muy claro.

    —Quizá la caída de la barrera de protección se trate únicamente de una consecuencia normal del enlace de Daichi con la espada —comentaba Sachiko con la mano en su mentón, pensativa, quizá aún dudando de sus palabras.

    —No entiendo —dijo Koharu mientras se sentaba en el piso—, ¿qué tiene la espada de especial?

    —¿No lo sabes? —preguntó sorprendida Hana, pero no tardó mucho en murmurar una respuesta—. Por supuesto que no, ¿por qué me sorprendo?

    La niña pelirroja cruzó los brazos e hizo un esfuerzo sobrehumano por no gritarle, pues sabía que no era el momento.

    —La espada es el objeto mágico más poderoso que existe —explicó la mujer azul sin detenerse en más detalles—, no me extrañaría que esté buscando a su portador actual. Eso podría haber causado la ruptura del muro.

    —O tal vez la espada solo quiera ayudar a Daichi a cumplir su deseo.

    El grupo miró nuevamente a la guardiana de dulce mirada, quien parecía haber descubierto un secreto que no debía ser revelado con ligereza.

    —¿Su deseo? —preguntó Maki.

    —Eso me temo —respondió—, no puedo asegurarlo, ninguna de nosotras sabe exactamente cuál es el alcance de un deseo; pero creo que he descubierto qué lo detona... y no sé qué tan feliz o tan desgraciada te haga saberlo.

    Sorprendida, la chica de lentes calló por un momento para pensar en lo que siempre estuvo evitando: la razón por la que él la había olvidado tenía un motivo, la conclusión a la que habían llegado días antes era que ella, como ser altamente relacionado con la existencia del amuleto perfecto, tenía que ser borrada de los recuerdos del niño. El día de la primera junta de los elementales, además, la guardiana del agua tuvo la precaución de reiterarle una advertencia, la misma que le hiciera cuando se conocieron, luego de su primera reunión con Daichi: no forzarlo a recordarla, no darle pistas sobre su relación de años, ni siquiera tenía permitido decirle su nombre. Y aquello, por más difícil que fuera, lo cumpliría al pie de la letra.

    Un vuelco en el corazón, sin embargo, cambió su rostro pensativo en un gesto de perturbación y sobresalto: se había encargado de callar y de disimular, ¿en verdad eso era suficiente?

    —Soy yo, ¿verdad?

    El silencio de Sachiko y la mirada apenada del resto fueron su respuesta.

    —Hay algo más —continuó la elemental de tierra, aún con pesar—: la existencia de Daichi se está reajustando.

    —¿Cómo lo sabes? —preguntó Nanami.

    —Todas lo hemos notado: por lo general se comporta como un niño, pero en ocasiones tiene la lucidez de un adulto o la mirada vacía. Creíamos que era normal y que lo único que debíamos evitar era que cayera en una crisis como la que sufrió la primera vez que lo vimos; pero su cambio de comportamiento se ha vuelto tan constante que no me extrañaría que sus recuerdos se reordenaran en algún momento y que su mente empezara a llenar los huecos con otras personas y con otras situaciones más accesibles para ella.

    —Pero si eso ocurre, ¿qué pasará con los años que le robó Ayame con el conjuro? —volvía a plantear la maga del agua—, ¿qué hay de su cuerpo?

    —Supongo que todo eso se perderá para siempre.

    La hipótesis le pareció aterradora a más de una.

    —Pero creo que es una situación mejor a la que tendríamos que enfrentarnos si él recordara todo por su cuenta.

    —¿Por qué? —preguntó inocentemente la niña pelirroja—. ¿No sería mejor que él recuperara sus recuerdos?

    —No en su estado actual —contestó la elemental de hierba, quien parecía haber entendido todo—. ¿Recuerdas su rostro aterrado durante su momento de crisis? ¿Puedes imaginarte lo que le ocurriría si de un momento a otro recordara quién es y se diera cuenta de que su vida y su existencia no concuerdan?

    Fue hasta ese momento que Maki tuvo que aceptar que la situación en la que se encontraban era un callejón sin salida: si Daichi olvidaba, sería doloroso para todos; si recordaba, entraría en una crisis que podría desquiciarlo; si no encontraban una manera rápida de revertir el conjuro de intercambio, su existencia desaparecería sin posibilidad de que alguien pudiera recordarlo por más fuerte que fuera su relación con él. ¿No eran esos panoramas crueles derivados de un conjuro terrible?

    —¿Qué sería lo peor que podría pasar?

    Nanami miró por un momento a Sachiko, como si estuviera pidiendo su autorización para hablar. Y fue la falta de cualquier impedimento el que la motivó, por fin, a decir esa frase desoladora que recordaría cuando tuviera a su amigo desvanecido entre sus brazos:

    —En el peor de los escenarios, él recordará tu nombre.

    Era el peor de los escenarios y las sospechas de Hana no distaban mucho de la realidad: los recuerdos perdidos de Daichi demostraban que estaba vivo; pero esas pruebas irrefutables también lo conducían a una paradoja: ¿quién era él: el niño que había vivido durante casi una semana en un castillo de otro mundo o el adolescente que había sido transportado por una espada que tenía un hueco especial para portar su amuleto perfecto? Parecía un sueño real, una realidad soñada, o tal vez un cúmulo de razones para sentir que su existencia era imposible en esas circunstancias.

    Era culpa de Maki, o al menos eso pensó ella cuando supo que su presencia era el gatillo del arma que apuntaba a la sien de Daichi, quien no podía verlo ni jalarlo hasta que se encontró nuevamente con el listón amarillo, ese amuleto de la suerte compartido que quizá era la parte más poderosa del amuleto perfecto: la representación más fuerte del enlace entre ambos, la prueba definitiva de que ella existía y que no era un personaje inventado ni un ser vivo prescindible.

    Era culpa del listón, ese que supuestamente recibió un hechizo para proteger al niño de la influencia de la espada, el que lo alegró por un momento y el que le hizo pensar en un deseo poderoso. Y es que aquella pequeña existencia, al sentirse dentro de una realidad imposible, tuvo un pensamiento fugaz, un ataque de pánico, un deseo producido por un miedo inesperado: “Quiero vivir”.

    Fue esa convicción la que despertó la voluntad de la espada que, de cualquier manera, no podía simplemente flotar y dirigirse a su nuevo propietario mientras él no despertara de ese sueño profundo al que había entrado quizá para evitar el avance del conjuro y aferrarse a la vida; pero sí tuvo el poder suficiente para crear un campo de fuerza alrededor de sí para rechazar la mano de Ayame.

    Era cuestión de tiempo y Ayame no esperaba que el plazo venciera tan pronto.

    —¿No te parece curioso? —dijo alguien desde las sombras, un espectador a quien le divertía ver aquella escena—. Traicionada dos veces por la misma espada.

    —Cállate —ordenó la hechicera del rayo, quien volvía a colocarse el anillo de citrino en el dedo meñique.

    —¿Molesta? No deberías estarlo, sólo expongo los hechos.

    Intentó tocar la espada una vez más. Pensaba que su gema mágica le ayudaría, pero su acción tuvo el efecto contrario: una serie de rayos recorrieron el objeto encantado y rechazaron la mano con tal violencia que estuvieron a punto de romper el cuerpo del anillo.

    —No debo decirte que la espada no tolerará un cuarto intento, ¿verdad?

    Chasqueó la lengua. Si volvía a intentarlo, su anillo corría el riesgo de ser destruido.

    —Pero deberías intentarlo —continuó la voz desde las sombras—, incluso sería un camino mucho más fácil para que te reúnas con Nozomu.

    Furiosa, la castaña preparó un ataque que lanzó hacia esa zona de cierta habitación sin ventanas dentro de una construcción desconocida para callar a esa presencia incómoda, peor que cualquiera de sus voces internas que silenció antes de emprender su misión. El ser incómodo, al ver las intenciones de Ayame, se movió con rapidez para evitar cualquier roce mientras reía, y su risa, que taladraba los tímpanos de la guardiana del rayo, invadió el cuarto.

    —¿Qué pasa? ¿No es ese el objetivo de tu batalla y de tu carrera contra el tiempo? ¿No es ese tu deseo?

    —Tú eres incapaz de comprender los deseos, maldito embustero.

    Un gran trozo de cristal surgió del techo y estuvo a punto de aplastar a la chica, pero ella lo esquivó a tiempo.

    —Yo te hablé de la existencia de este conjuro, ¿recuerdas? No debo volver a mencionarte que también puedo hacer que fracase, ¿verdad? —Una breve pausa—. ¡Ups! Ya lo dije.

    Aquella situación intolerable obligó a Ayame a apretar los puños, ¿cuánto tiempo más tendría que soportar a esa persona?

    —¿Puedo saber por qué sigues aquí? —preguntó después de calmarse un poco.

    —Tengo mis motivos —dijo con ligereza el ser en las sombras—, pero tú eres incapaz de comprenderlos, pequeño intento de guardiana mágica. ¿Quieres gastar el tiempo que te queda en una charla complicada para hacer que tu mente ingenua colapse?

    —Eres un...

    —Más importante que eso —interrumpió—, ¿qué vas a hacer ahora?

    Tenía dos opciones: rendirse y revertir el hechizo o seguir luchando para reanudar el sacrificio lo más pronto posible.

    Su anhelo era más fuerte que sus voces internas que le rogaban que se detuviera. Miró nuevamente la espada antes de dirigirse a la salida de la habitación oscura y se preparó mentalmente para reanudar la batalla a pesar de que su cuerpo no estaba en buenas condiciones después de lo que había ocurrido la tarde anterior.

    —Buena elección —escuchó Ayame mientras avanzaba hacia la puerta—. Pero no te entretengas mucho con ese montón de novatas, recuerda lo que pasará si la espada cancela el hechizo.

    —No tienes que decírmelo, lo sé perfectamente.

    —¡Oh! —exclamó con sorna—. ¡Tu mente sí es capaz de procesar la situación después de todo!

    Una nueva carcajada invadió la habitación que Ayame cerraba a sus espaldas. Afuera, a cierta distancia, el castillo se mostraba ante ella sin barreras, sin rastros del avance del tiempo, sin indicios de invasiones de vegetación como había ocurrido en esos nueve años con el resto de la ciudad en ruinas, y recordó su esplendor perdido, el que tenía antes de que cierta catástrofe arrasara con todo y se llevara a su familia, a sus amigos, a Sayaka, a Nozomu...

    Todo sería en vano si no se apresuraba. Sabía que, si ninguna de las partes era derrotada antes de que la espada cancelara el intercambio, ni el sacrificio ni el beneficiario podrían regresar. Aún así, su molestia por haberse convertido en la burla del ser incómodo que le habló sobre el conjuro de intercambio era más fuerte que su frustración por no poder tomar el arma o que su urgencia por recuperar a Daichi para continuar con el proceso. Antes de avanzar hacia su meta, volvió a chascar la lengua y a refunfuñar:

    —Estúpido farsante.

    Para ese momento, Nanami y Maki ya habían creado dos cúpulas para proteger al niño de cualquier avance del conjuro de intercambio o de Ayame en caso de que lograra llegar al castillo antes de que ellas la encontraran, porque aquella situación ya no era únicamente un procedimiento de defensa, sino que se había transformado en un juego de cazador y presa: el primero en caer perdería todo sin posibilidades de conseguir una segunda oportunidad.

    Hana, Koharu y Sachiko, por su parte, habían pensado en un plan de ataque: mientras la elemental de agua rastreaba la espada, las demás debían resistir lo suficiente para debilitar a la guardiana del rayo y hacer lo posible por conservar una parte de su potencial para darle el golpe final; por ello, era muy importante que ninguna se agotara: si alguna de las dos defensoras caía, el muro correspondiente que rodeaba a Daichi se desvanecería; si las tres atacantes se quedaban sin magia, lo único que podrían asegurar sería su derrota.

    Antes de salir del castillo, el grupo había acordado un plan de emergencia en caso de que fuera imposible para ellas vencer a Ayame: la última que permaneciera de pie en el campo de batalla tendría que regresar, tomar al niño y escapar lo más pronto posible aunque eso significara sacrificar la existencia de ambos.

    —Será doloroso, incluso podríamos sentir esa alternativa peor que la derrota —arengaba Sachiko antes de cruzar la entrada principal del que había sido su hogar hasta ese momento—, pero no sabemos qué ocurrirá si Ayame logra terminar el conjuro ni sabemos qué la motivó a realizarlo, ninguna persona capaz de llegar al extremo de sacrificar una vida para recuperar otra, sea la de un plebeyo o la de un rey, puede tener buenas intenciones. De cualquier modo, nuestra única alternativa viable es hacer todo lo posible por derrotarla, tengan eso en mente, ¿de acuerdo?

    —¡Sí! —dijeron las otras cuatro, y el grupo emprendió su marcha hacia la ciudad en ruinas, siempre guiados por la punta de lanza que había invocado la elemental de tierra para detectar la presencia del enemigo y que había usado anteriormente para localizar alguna irregularidad en la barrera de defensa de Sayaka.

    Ni bien llegaron a una zona de construcciones derrumbadas, un rayo les dio la bienvenida.

    “¡Ríndete, Ayame! ¡Entrega la espada!”, pensó la estratega del grupo mientras hacía flotar un montón de rocas del suelo con el movimiento de sus manos.

    “¡Ríndanse! ¡Entreguen al muchacho!”, pensó Ayame mientras creaba un rayo que nacía de su anillo y terminaba en la palma de su mano derecha.

    Ninguna tuvo tiempo de declararse la guerra con palabras.
     
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    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 19: Derrota

    Aquel lugar se transformó rápidamente en una zona de balas cruzadas: por un lado, la de ojos violetas arrojaba una serie de esferas de energía para detener las lianas y los frutos espinosos de Hana, quien apoyaba a Sachiko mientras ella juntaba rocas y formaba grupos que apenas cabían en la palma de su mano. Cuando tuvo varios preparados, los lanzó hacia su contrincante, quien comenzó a moverse para esquivarlos sin dejar de defenderse de los proyectiles verdes. Quizá por eso no supo en qué momento las piedras agrupadas se transformaron en bolas de fuego ni cuándo fue que el suelo comenzó a llenarse de obstáculos.

    El plan de la elemental de tierra parecía viable: mientras Hana y Koharu llamaban la atención de Ayame y la obligaban a moverse para esquivar sus ataques, ella crearía las condiciones necesarias para bajar su guardia con una caída o con un tropiezo. Había colocado ambas manos sobre el terreno llano para formar irregularidades: piedras puntiagudas que provocaban dolor en las plantas de los pies de quien las pisara, unas más lisas para que cualquiera perdiera el equilibrio, otras más altas y algunos agujeros para que la elemental del rayo tropezara en el menor descuido.

    Lo único que provocó fue la ira de su contrincante.

    —Trucos baratos —murmuró, y con un movimiento de la mano arriba de su cabeza, un círculo de energía alejaba a todas sus adversarias y anulaba sus ataques; pero ninguna sufrió daños por la oportuna creación de una barrera invisible.

    Intrigados, los ojos violetas buscaron el origen de aquel ataque de defensa; pero en su búsqueda descubrió algo más interesante: un chorro de agua que se desplazaba silenciosamente hacia la ciudad, un detector silencioso de energía mágica cuyo objetivo era localizar la espada ausente, y cuando ellas supieran su ubicación, se dirigirían a ese sitio para tomarla. Ayame sabía que las posibilidades de éxito de las elementales en cualquier intento por conseguir el objeto de intercambio serían las mismas que tuvo ella minutos antes, no temía que la encontraran, la misma espada las rechazaría e incluso le ahorraría el trabajo de acabar con ellas. Quien realmente le aterraba era ese ser incómodo con zapatos verde pálido y risa irritante, ese ser que movía los hilos y se hacía pasar por inocente cuando estaba a punto de ser descubierto, sabía que él no dudaría en terminar abruptamente con el conjuro que tanto esfuerzo le había costado. Le temía más a él que al fracaso de su misión y eso la irritaba.

    Un rayo poderoso tocó el chorro de agua y comenzó a desplazarse hacia Nanami, quien no tuvo tiempo de correr ni pudo pedirle a Maki que creara un muro de defensa para evitar el golpe de energía.

    El ataque recibido hizo caer muchas cosas al mismo tiempo: la esperanza de hallar la espada antes de derrotar a Ayame, las posibilidades de las demás guardianas de ser curadas en algún momento de la batalla y la primera cúpula que protegía a Daichi.

    —¡Nana! —gritó la niña pelirroja, quien quiso dirigirse con rapidez a la mujer inconsciente para ver su estado; pero otro grito la detuvo.

    —¡Te necesito aquí, Koharu! —ordenó Sachiko, quien había reanudado su ataque con rocas y montículos de tierra que funcionaban como muros de protección—. ¡Hana, aleja a Nanami!

    —¡Entendido! —respondió la elemental de hierba, quien invocó un par de lianas que condujeron a la guardiana derrotada de vuelta al castillo.

    Nuevamente la lluvia de piedras y fuego, otra vez esquivarlos, no era tan difícil. No tenía tiempo para entretenerse con ellas, pero tampoco podía reprimir su lado juguetón. Le intrigaba que un miembro caído en el grupo de los elementales provocara tensión entre el resto aunque se tratara del que era menos útil en la batalla. Su concepto de trabajo en equipo no era malo, pero tampoco suficiente, y saberlo la decepcionaba: la guardiana de tierra, quien se estaba agotando con mayor rapidez, parecía tener grandes ideas, pero el mínimo nivel de control de magia del resto arruinaba todos sus planes; la niña de fuego, quien atacaba con fuerza hasta que comenzó a perder la puntería y cuyas bolas ígneas disminuyeron su intensidad drásticamente, parecía tener mucho potencial no descubierto; la chica verde, quien estuvo ayudando en el ataque antes de enfocarse en conducir a Nanami a un lugar seguro, también sería una buena guerrera si pudiera mantener la constancia en sus técnicas y si las trabajara del mismo modo en que logró perfeccionar su defensa, la cual había utilizado en varias ocasiones durante la batalla anterior. Algo especial debía tener la hechicera del agua para que fuera contemplada en los planes a pesar de que en la realización de ninguno de ellos pudo demostrar habilidades especiales, quizá era la responsable de que todas estuvieran en condiciones ese día, porque sus atacantes luchaban con todas sus fuerzas, con las mismas que había sentido al inicio de la batalla de la tarde anterior.

    Por un momento pensó que, en otras circunstancias, habrían hecho un gran equipo, uno realmente unido, aunque débil. Pero el simple hecho de considerar la idea le hizo sentir repugnancia de sí misma, de su concepto de equipo, de su forma tan simple de hacer a un lado a su generación. Una pequeña muestra de enojo consigo misma iba creciendo en su interior hasta convertirse en culpa, que luego se transformó en fuerza al recordar su objetivo, y esa idea dio lugar a una serie de ataques concatenados que logró presionar a sus contrincantes.

    Solo necesitaba moverse más y pensar menos, despegar los pies del suelo irregular, y así lo hizo: un nuevo círculo de energía que repelió piedras y fuego, un salto muy alto y una lluvia de rayos que Sachiko y Koharu apenas pudieron esquivar, su mano derecha con los dedos índice y medio rectos, el trazo de una nueva circunferencia con su brazo que terminó en un chasquido y en una sonrisa burlona, como la de alguien que declaraba su victoria inminente.

    Lejos de la vista de la figura violeta por orden de la guardiana estratega, Maki se dio cuenta de sus intenciones, pero reaccionó tarde: cuando había logrado la construcción de una cúpula para proteger del ataque a sus compañeras, ellas ya habían sido rodeadas por una serie de rayos que convergían en el centro y fueron tocadas por la mitad de ellos; pero con eso bastaba. Con la cabeza hacia abajo y las piernas hacia arriba, aún suspendida en el aire, Ayame invocó una nueva serie de rayos que destruyó aquella defensa invisible, otros más que ataron a las víctimas para impedir su escape o su contraataque, y una descarga eléctrica que les hizo perder el conocimiento.

    Del grupo de los elementales quedaba solo una presa.

    La castaña de ojos verdes volvió el rostro cuando escuchó un par de gritos de dolor y lo único que pudo contemplar fue la caída de las elementales de fuego y de tierra. Molesta y preocupada al mismo tiempo, tuvo que recurrir a su último recurso: hizo una seña con la mano, una clave que todas convinieron hacerle a la chica de trenzas para pedirle que las protegiera de cualquier ataque y que solo su instructora de magia tuvo tiempo de utilizar.

    Sorprendida, la maga del aire no supo qué pensar: ¿realmente podía alegrarse ante el hecho de que Hana le confiara su seguridad?

    —No pienso usar esa seña, sé cuidarme sola —había declarado ella con soberbia antes de salir a la batalla—; pero si lo hago, será porque no me queda más opción que utilizar una técnica de ataque que consume gran parte de mi energía.

    Luego de repasar en su mente aquella frase, la vio extender sus brazos a los lados con los puños cerrados y levantar ligeramente su pie derecho para después bajarlo con fuerza para golpear el suelo. De inmediato, varias estacas de casi un metro emergieron alrededor de su invocadora, quien estiró los dedos para que se dividieran en cientos de espinas que comenzaron a flotar alrededor de ella.

    Ayame veía aquella técnica con interés mientras se preparaba para terminar la batalla lo más pronto posible. Era un conjuro de ataque y defensa simultáneos: la vio avanzar, mover las manos para ordenar el desplazamiento veloz de las espinas y esquivar los rayos y las esferas de energía con elegancia, en una especie de danza en donde ella no podía acercarse sin arriesgarse a que aquella serie de astillas afiladas se clavaran en su cuerpo y la debilitaran. En un primer momento, lo único que pudo hacer la guardiana del rayo fue saltar hacia atrás y hacia los lados para esquivar cualquier golpe; pero después comenzó a moverse alrededor de su contrincante, siempre a cierta distancia, con las manos atrás.

    Hana interpretó aquella actitud como una provocación y decidió atacar con más fuerza: cruzó los dedos de ambas manos y varias espinas se agruparon hasta crear unas más largas y gruesas, más certeras que las anteriores, que rozaron el cuerpo de su contrincante. Ella, al sentir que le ardía la piel y que comenzaba a humedecerse por la sangre que emanaba de sus heridas, se apresuró a cerrar el círculo y a tocar el suelo con la palma de la mano izquierda. De inmediato, la piedra de su anillo comenzó a brillar, varios rayos aparecieron en las zonas que había pisado y se acercaron rápidamente a la elemental de hierba, quien no pudo moverse de su sitio a tiempo, pero tampoco tuvo necesidad de hacerlo: una barrera invisible la protegió hasta que terminó el ataque.

    Frustrada ante la nula efectividad de su plan, quiso buscar a la persona responsable de la creación del escudo, pero no podía distraerse: otra lluvia de pequeñas estacas la amenazaba. Dio nuevamente un salto hacia arriba e invocó un rayo más; sin embargo, no lo lanzó como el resto, sino que lo tomó de un extremo para manipularlo a su voluntad, como si se tratara de un látigo que agitó hacia todas las direcciones posibles para repeler cualquier objeto que pudiera lastimarla mientras aterrizaba muy cerca de su contrincante, quien vio la oportunidad perfecta para golpearla con una liana.

    Fue en ese momento cuando la Madre Naturaleza supo que se estaba quedando sin fuerzas: la planta invocada no resistió más de dos golpes eléctricos y un tercero estuvo a punto de tocar su pecho si otro muro de aire no lo hubiera impedido.

    De cualquier manera, no sirvió de mucho: Ayame ya esperaba la defensa sin rostro. Rápidamente, con un movimiento de su mano libre, hizo aparecer varias esferas atrás de Hana que Maki intentó detener en su totalidad; sin embargo, al concentrarse tanto en proteger esa zona, no pudo prevenir el golpe final: un último cúmulo de energía que provino de abajo, que tocó primero los pies de la elemental de hierba y que se extendió lentamente hasta atraparla. Cuando la chica de lentes se vio libre para proteger otro flanco de su profesora, ella ya se encontraba dentro de una esfera de rayos que se unieron cuando Ayame cerró el puño de su mano izquierda.

    Una nueva descarga hasta dejar inconsciente a la presa que cayó sin que nadie pudiera evitarlo.

    —No esperaba que me costara tanto trabajo terminar contigo —dijo mientras pasaba el dorso de la mano derecha sobre su frente para limpiarse el sudor—. Me hiciste perder tiempo valioso, pero fue divertido. Ahora...

    Miró hacia todas partes y no vio a nadie. Nuevamente levantó un brazo, trazó un círculo sobre su cabeza para crear una rueda de energía que alcanzó hasta el último rincón del terreno de batalla. Inspeccionó la zona con la mirada otra vez para encontrar alguna irregularidad hasta tener éxito: delante de un muro de una casa derruida, un escudo invisible delató la ubicación de la última presa en pie.

    El comportamiento de Maki la hizo sonreír con malicia.

    —Es la segunda vez que ataco al grupo y otra vez te mantuviste al margen —afirmó mientras daba media vuelta lentamente y veía de reojo el escondite de la última guardiana—. La primera vez que nos vimos, no dudaste en lanzarte contra mí para detenerme aunque supieras que no tenías oportunidades, y ahora que sabes que puedes utilizar magia, no lo has hecho, ¿no te parece curioso? Parece que cambiaste tu valor por un montón de trucos que en realidad no te pertenecen, o tal vez pensaste que todo iría bien si dejabas que otras personas lucharan por ti a favor de tu causa, o quizá simplemente decidiste rendirte y dejar morir al chico... ¿cómo se llamaba?... Bueno, no importa, pronto será imposible recordar su nombre.

    Quería decir muchas cosas; pero no supo por dónde empezar a negar todo lo que Ayame decía, o más bien, no sabía si realmente podía hacerlo, pues todo era cierto de alguna manera: durante ese tiempo de transición de simple humana a guardiana aprendiz, nunca hizo el intento por superar su temor a la batalla, siempre dependió de las órdenes del resto de las elementales, en su mente solo se mantuvo constante una idea terrible que no le ayudaba: ¿en verdad era la persona adecuada para ocupar un cargo como guardiana elemental? Aún si fuera el caso, ¿podría contar con las suficientes habilidades para salvar a su mejor amigo?

    Sus manos comenzaron a temblar y no supo si era por el miedo de salir de su escondite, por el terror que le causaba dejar que las cosas siguieran el curso de la derrota, por el coraje que le provocaba saberse impotente, o por lo que descubrió en aquel momento su enemiga:

    —Maki era tu nombre, ¿verdad? —preguntó mientras se arreglaba el cabello y se sacudía la ropa—, ¿no sería mejor que admitieras de una vez que no puedes usar técnicas de ataque por tu cuenta?

    Le dolía el pecho. Un nudo en la garganta y el miedo de delatar su posición evitaron que respondiera con un “sí” avergonzado.

    —En fin —continuó la mujer de porte sensual que le dio la bienvenida a ese mundo de desgracias—, aún si pudieras usarlas, no podrías derrotarme solo con unos días de práctica. Así que te daré un consejo amistoso: si quieres vivir y volver a tu mundo, quédate en donde estás mientras yo termino mi trabajo.

    Y empezó a caminar hacia el castillo con tranquilidad, como si realmente no tuviera motivos para apresurarse.
     
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  19. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Bastante interesante. Espero poder segur leyendote. Aun que la duración de los capitulos es un poco corta para mi gusto, tendrias que ajustar eso. Despues es bastate bueno, sigue asi!
     
  20. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Sir FalcoSir Falco, muchas gracias por tu comentario. De hecho, originalmente los capítulos eran más grandes (la extensión promedio era, digamos, lo del 15 y el 16 juntos); pero decidí dividirlos porque a veces puede ser muy pesado leer capítulos largos en pantalla... aunque muchas veces me vi en problemas porque no sabía exactamente en dónde cortar y cómo cerrar los fragmentos para que no pareciera simple pasada de tijera xD

    No prometo capítulos más largos porque a veces no se puede; pero me esforzaré o_ó!

    Bueno, continuemos xD


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    Capítulo 20: El amuleto protector
    Había avanzado de forma inconsciente y precipitada, atrapada en las garras de la desesperación que habían congelado sus piernas por un momento. Cuando se sintió libre, si no es que impulsada por esa mezcla de negación ante la renuncia y el miedo ante la derrota, corrió hacia el castillo sin pensarlo dos veces, y con esa misma mente en blanco fue trazando movimientos con las manos cada que sentía la necesidad de hacerlo: una barrera al sentirse un paso más adelante que Ayame, otras más a los diez pasos, a los veinte, a los cinco, a los cincuenta, a los quince, a los tres, en la entrada principal... Y aunque sus ideas parecían haber desaparecido, en realidad gritaban con tanta fuerza e insistencia que no le permitían siquiera pensar en lo que estaba ocurriendo: “¿Qué vas a hacer, Maki?”, “¿Vas a dejarlo solo o vas a salvarlo?”, “Si vas a dejarlo, ¿por qué?”, “Si vas a salvarlo, ¿cómo?”, “Si vas a huir con él, ¿no sería mejor que lo dejaras?”, “Si vas a dejarlo, ¿no sería mejor huir?”. Una por una, las frase se acumulaban hasta convertirse en un peso más que debía soportar en su carrera hacia la salvación perdida, hacia la perdición salvada, hacia la última puerta sin retorno, hasta encontrarse finalmente con ese callejón que en realidad era una caja, y esa caja no tenía principio ni fin.

    “Aún si pudieras luchar, no lo harías, ¿verdad?”​

    Mientras tanto, la de mirada violeta destruía con dos o tres movimientos cada una de las barreras que la de trenzas formaba, y tras cada una de ellas aumentaba su molestia por el tiempo que desperdiciaba en aquel juego inútil.

    Unos cuantos muros más: dos habitaciones más adelante, al final del primer pasillo antes de dar vuelta y en la entrada de la alcoba del niño que no volvió a cerrar. Así fue como llegó a la cúpula de aire que había creado antes de partir, aún con temor, con ese sentimiento que se había arraigado en lo más profundo de su ser de manera tan peligrosa que hasta parecía normal vivir con él. Entonces, una nueva estampida de ideas tortuosas estuvieron a punto de lograr que renunciara a cualquier alternativa: “¿En verdad estás haciendo lo correcto al desvanecer la protección, tomar a Daichi en brazos y dejar todo atrás?”, “¿Qué ganarás con eso?”, “Sólo hay dos diferencias entre huir con él y entregarlo, ¿recuerdas?”, “Aún si frustras el cometido de Ayame, tú tampoco conseguirás nada”, “¿Aún crees que el sacrificio es la respuesta luego de tantos días que invertiste para prepararte y protegerlo?”, “¿Podrás vivir con eso, Maki?”, “En todo caso, no podrías mortificarte si también vas a olvidarlo”, pero se negaba a hacerlo.

    Al fin, rodeada y casi rendida bajo los pies de todos los sentimientos que caminaban sobre su cuerpo, se preguntó lo que nunca quiso:

    “¿Por qué no pude protegerlo?”​

    La imagen de Daichi tranquilo e inocente le causaba dolor (“Shiro, si Daichi estuviera despierto, ¿sentiría lo mismo que tú frente al peligro?”); pero el convenio previo a la batalla debía ser cumplido por alguien (“Estabas asustado hasta que me reconociste, ¿aún recordarás lo que ocurrió ese día?”). Luego de desvanecer la cúpula invisible, se inclinó para abrazarlo (“Despacio, no quiero que corras. Si te vas, ¿volverás?, ¿te perderás para siempre?”), lo levantó con suavidad (“¿Te duele, Shiro?”) y lo apoyó contra su cuerpo con lentitud para evitar que despertara (“Daichi se pondrá triste si te ve llorar”, le dijo entre sollozos, entre arrepentimientos, entre todo lo que pudiera sentir en aquellas circunstancias).

    Conteniéndose lo más que pudo, antes de dar media vuelta para cruzar la entrada y llevarlo a un lugar seguro, ella le acarició la cabeza, le pidió perdón por no defenderlo y...

    Una voz proveniente de la entrada interrumpió aquella escena.

    —Te encontré.

    Fue hasta entonces cuando se dio cuenta del terrible error que nadie había advertido durante la elaboración del plan de emergencia: ¿cuál sería su ruta de escape si la única disponible aseguraba su perdición? Frente a la entrada del cuarto, un poco cansada, la figura violeta de Ayame agitaba el rayo-látigo para destruir la última barrera que la separaba de su objetivo.

    En aquellas circunstancias, Maki sólo pudo cubrir a Daichi con sus brazos para que su cazadora no lo tocara. ¿Era ese el final de su historia?

    Nadie contaba con la magia oculta de cierto lobo oportuno, que no era oculta ni era magia, simplemente una reacción natural que cualquiera interpretaría como fidelidad y valor.

    Estupefacta, la chica de lentes observaba aquella escena que, por alguna razón, le parecía familiar: un empujón con la fuerza necesaria para derribar al atacante, el atacante que intentaba zafarse hasta lograrlo, el defensor que volvía a atacar para evitar que alguien la tocara, una mordida (¿un golpe?), un gruñido (¿un grito de guerra?), nuevamente el empujón de Ayame (¿y los demás?, no recordaba bien, ¿estaban animando a su líder?), un débil aullido de dolor por un golpe repentino (¿qué había pasado entonces?), nuevamente al ataque sin soltar jamás la manga larga de su blusa, siempre gruñendo, siempre constante, sin titubear aunque las circunstancias indicaran que perdería sin remedio.

    Expresión de molestia nivel 3.

    —¿¡En qué estabas pensando!? —le reclamó el niño de ojos azules aquella vez, cuando ella intentaba proteger al cachorro sin moverse, recibiendo toda clase de pellizcos y agresiones ligeras—. Si te hubieran lastimado mucho, ¿qué hubiera sentido Shiro?, ¿qué hubieran dicho tus papás? Y luego de eso, si no pudieras seguir abrazando a Shiro, ¿qué le habría pasado?

    Entre sollozos, la niña de ojos verdes reflexionaba: le dolía que su compañero de juegos la regañara; pero le dolía más darse cuenta de que todo era cierto, que su intento de protección no duraría por mucho tiempo y que de cualquier manera sería en vano. Quiso verlo a los ojos para disculparse y para prometerle que no lo volvería a hacer; pero no pudo decir nada: algunas gotas cristalinas que cayeron a su lado le robaron las palabras.

    —¿Qué hubiera hecho yo si te pasaba algo?

    Conmovida, rompió en llanto y comenzó a disculparse en voz alta, casi a gritos, acto que Daichi imitaba. Ambos sentían que necesitaban hacerlo: ella, por verlo golpeado y sucio luego de defenderla con todas sus fuerzas de aquel grupo de niños ; él, por verla en peligro por no llegar a tiempo.

    Recordó en aquel momento la razón de su impotencia, la experiencia que no quería volver a presenciar y que había repetido sin querer: no le temía a luchar, sino a cruzarse de brazos sin hacer nada mientras el resto se esforzaba en su lugar, ¿por qué había olvidado algo tan importante?

    “¿Recuerdas, Maki, las palabras mágicas?”​

    Varios minutos después, cuando ambos se calmaron por fin, la niña de trenzas buscó algo en un bolsillo de su suéter.

    —¿Quieres? —Le ofreció una paleta a su acompañante.

    —Sí —respondió él para luego tomarla, quitarle la envoltura y chuparla mientras guardaba la basura en el bolsillo de su pantalón. Al hacerlo, sintió un objeto cálido y fino y un cordón que no reconoció con el simple tacto, por lo que decidió sacarlo para verlo mejor.

    Lo contemplaba, más bien, lo descifraba: un cordón negro que sostenía un dije plateado. La situación de su encuentro fue tan maravillosa que ni siquiera él, un niño con amplio repertorio de cuentos aprendidos narrados por su padre, podría justificarla; después de todo, ¿alguien podría explicar con coherencia aquel hallazgo inesperado?

    —¡Ya me voy! —se despidió Daichi de su madre, quien agitaba su mano desde la puerta de su casa.

    —¡Con cuidado! —le gritó mientras lo veía perderse al doblar la esquina.

    Caminaba velozmente, pues creía que su madre seguía observándolo y a ella no le gustaba verlo correr en la calle. Había tardado más de lo previsto con la limpieza de su cuarto, quería llegar pronto con Maki y Shiro y jugar lo más que pudiera, hasta cansarse, hasta caer rendido y volver a casa arrastrando los pies; quería contarles la nueva historia que su padre le empezó a leer la tarde anterior y que lo había dejado tan enganchado que, en vez de dormirse, se mantuvo despierto hasta que su madre reprendió a ambos por trasnochar; quería...

    Algo cayó sobre su cabeza.

    —¡Ay! —se quejó mientras se agachaba y se sobaba con ambas manos, ¿quién sería capaz de hacer algo tan malo?

    Un objeto que resplandecía en el piso le hizo olvidar su sufrimiento. Acercó su mano para tomarlo y verlo por un momento, miró hacia todas partes y descubrió que aquella situación era imposible: sin casas altas con ventanas cercanas, sin pájaros en el cielo, sin árboles en el camino, sin gatos que lo rodearan, ¿de dónde venía aquel collar tan bonito?

    Una serie de voces y el gemido de un cachorro interrumpieron sus conjeturas. Asustado, guardó su nuevo tesoro para luego desobedecer a su madre y correr con todas sus fuerzas hacia el parque, que ya estaba cerca. Así fue como encontró a Maki y a Shiro en una situación de peligro en donde ninguno de los dos podría salir intacto, y fueron esas circunstancias las que le hicieron demostrar que era valiente, como uno de esos caballeros medievales que derrotaban dragones y salvaban pueblos enteros, como un héroe de cuento maravilloso, como un niño que daba su primer paso en su camino hacia su conversión de plebeyo a mago guerrero espadachín.

    —¿Qué es eso?

    Dio un pequeño salto. La voz de Maki lo hizo regresar al presente, en donde ella veía con interés la palma de la mano de su amigo.

    —No sé —respondió—, cayó del cielo, fue muy raro; pero es bonito, ¿verdad?

    —¡Es muy bonito!

    De repente, al niño se le ocurrió un plan: tomó el cordón con ambas manos y le puso a su amiga el collar de origen desconocido.

    —Te lo regalo.

    —¿En serio?

    —Sí —contestó sin vacilar.

    Luego de agradecerle el gesto con una amplia sonrisa, Maki levantó por un momento su regalo para sentirlo.

    —¿Qué tiene aquí? —preguntó al tocar una parte ligeramente áspera, y le dio la vuelta para descubrir el misterio.

    —Creo que son letras.

    Daichi se acercó para ver mejor la zona: una frase diminuta había sido grabadas en dos de los alambres de la que parecía la cola de un ave.

    —El aire envuelve todo, el aire cuida de todos —leyó en voz alta con lentitud—. ¡Eso es!

    —¿Qué es?

    —¡Es un amuleto protector! —respondió emocionado.

    —¿Un amuleto protector? —repitió ella un poco confundida.

    —¡Sí! ¡Y estas son palabras mágicas! ¿Ves? Sólo tienes que decirlas cuando tengas miedo o cuando alguien te moleste, y cuando las digas, ¡chan!, ¡alguien vendrá al rescate!

    Extrañamente, funcionaba: cada vez que tenía una pesadilla, una silueta blanca aparecía para defenderla; cada que un niño quería molestarla, Daichi llegaba para ahuyentarlo; cuando tenía que hablar en público, repasaba aquel conjuro en su mente y su pánico escénico desaparecía. Era muy preciso; pero el efecto de las palabras mágicas se detuvo cuando creció, cuando dejó de creer en la realidad de aquellas historias que tantas veces escuchó cuando su mejor amigo se las contaba. Dejó de repetir el conjuro y, aunque siempre estuvo grabado en la parte inferior del dije, dejó de importarle su existencia poco antes de ingresar a la preparatoria.

    Pero no podía seguir dependiendo del resto, ni esperar un milagro, ni suplicar por un alma que se apiadara de ellos y los sacara de ese callejón sin salida. Su única salvación en ese momento de crisis no era el grupo de elementales que había peleado con todas sus fuerzas para evitar que el conjuro de intercambio siguiera su curso; tampoco lo era el lobo domesticado que seguía deteniendo a Ayame aunque estuviera a punto de no poder levantarse una vez más. En ese momento solo podía depender de la fuerza que pudiera obtener a partir de su miedo, de las herramientas que había conseguido en esos días consciente e inconscientemente. Pensaba, mientras volvía a recostar al niño y a crear la cúpula invisible que lo protegería de cualquier ataque perdido, que su única salvación era ella misma, ella y los latidos imparables de su corazón aún aterrado, pero decidido. Ella solo tenía un arma de doble filo: la voluntad de defender lo que más quería.

    La batalla entre Sachi y Ayame se había prolongado demasiado y la energía del animal comenzaba a agotarse al igual que la paciencia de su contrincante, quien preparó un ataque mágico contra el lobo, uno que evitara que se moviera de nuevo: una nueva esfera de energía que fue detenida por un objeto brillante, casi imperceptible, con la pureza del cristal.

    —¿Qué significa esto? —murmuró Ayame al ver cómo el tesoro de Hana penetraba el último muro de defensa y se detenía frente a la chica de ojos verdes, quien lo miró fijamente.

    Un silbido de un ave misteriosa provino de la pluma de Sayaka. De inmediato, el amuleto protector desvaneció por un momento el cordón negro para liberarse del cuello de Maki y comenzó a flotar y a girar sobre su eje. Luego de unas cuantas rotaciones, una voz con el mismo timbre del silbido provino de alguna parte, probablemente del dije del aire, quizá de la pluma, ¿o era el viento mismo que comenzaba a desplazarse alrededor de la elegida?

    —¿Cuál es tu deseo?

    Siempre pensó que su sueño más grande era vivir en paz con sus seres queridos, pues era feliz simplemente con hablar con sus padres, con seguirle la corriente a Kasumi y con ver a Daichi sonreír aunque fuera de forma tímida. Cuando empezaba a convencerse de que se había cumplido lo que más anhelaba, llegó a ese mundo para comprender que su deseo, aunque ya se había realizado, aún era vulnerable al resto de las circunstancias del mundo, de ese o del otro, y supo entonces que ser la espectadora de sus propias ilusiones cumplidas no era suficiente, sobre todo cuando sus seres queridos sacrificaban algo de sí para asegurar su felicidad.

    Sin dudar, dirigió su mano derecha hacia el dije para tomarlo mientras pensaba en la respuesta de aquella pregunta: quería tener la fuerza para asegurar la felicidad de todos, el coraje para seguir avanzando, el poder de velar por la seguridad de las personas que le habían dado algo sin condiciones. Y aunque pensaba en utilizar la magia para el bienestar de todos, su mente solo podía concentrarse en un deseo en ese instante:

    —Deseo...

    “No lo digas, ¡no lo digas!”

    —¡No lo...!

    La frase de Ayame fue interrumpida por un resplandor que le obligó a cerrar los ojos, y sus oídos no pudieron escuchar esa frase que no quería que Maki dijera, la que Sayaka había adoptado como un pacto con Mao y con su mundo, esa serie de palabras que tantas desgracias había traído, la promesa que le arrebató la felicidad años atrás:

    “Deseo protegerlo”​
     
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