Original Fic El deseo de Nozomu II: El deseo de la luz

Tema en 'Zona creativa' iniciado por Metzonalli, 4 Ago 2017.

  1. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Vas muy bien, la trama se toma su tiempo pero creo que estas manejando bien el suspenso. Los personajes tienen evolucion, eso tambien es bueno. Este capitulo a sido muy satisfactorio. Sigue asi!
     
  2. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 11. Frustración

    Aún después de convertirse en una víctima más de las palabras hirientes de la guardiana del equilibrio, él no estaba dispuesto a rendirse tan pronto y, luego de calmar sus pensamientos, pensó que debía agotar todos los medios para aprender más sobre Asteregius. Ese día, sin renegar por el maltrato ni quejarse por el cansancio, entrenó todo lo que pudo hasta aprender a blandir la espada con mayor precisión, mas fue imposible arrancarle respuestas a su entrenadora, quien se dedicaba a narrarle anécdotas inútiles y a desviar el tema o a evadir las preguntas del chico. Por la noche, cansado de pensar en otras maneras de conseguir información que le ayudara a aprender más sobre sus habilidades, durmió sin soñar ni bien dejó caer la cabeza sobre la almohada, sin darle tiempo a nadie de preguntarle sobre su éxito o su fracaso en el primer día de entrenamiento.

    A la mañana siguiente, sin embargo, una idea lo despertó más temprano que al resto: si Hitomi evadía sus preguntas y era capaz de mentir para no decirle nada, ¿quién podía asegurarle que decía la verdad cuando quiso saber sobre la existencia de un registro escrito con las habilidades de los Fidestella? Sorprendido por aquel momento de iluminación, se levantó de la cama y corrió hacia la biblioteca del castillo en busca de cualquier pista, de cualquier indicio que confirmara sus sospechas: un título engañoso o fantástico, un grabado, el relieve de la corona del pacto o alguna ilustración de Asteregius, alguna historia sobre el primer Astrifer que le permitiera saber si tras la creación de la espada existía un motivo oculto que solo conocieran los primeros magos, el diario del primer artesano que le revelara sus intenciones tras la creación del objeto mágico. Pero la luz del sol se agotaba al igual que sus esperanzas al notar, después de consultar todos los materiales que pudo, que su búsqueda era en vano. Y desilusionado, tal vez agobiado, volvió a su habitación sin preocuparse por cenar y sin cruzar palabra con nadie.

    Y el tercer día, al parecer, estaba condenado al desastre.

    Sobre la tierra cubierta de pasto, exhausto, pensativo, Daichi apoyaba la hoja de la espada en la palma de su mano izquierda para analizarla una vez más. ¿Cuántas veces lo había hecho ya? Los objetos no cambian por sí mismos en dos días. Su arma mágica no revelaba nuevos grabados, ni frases misteriosas, ni pistas sobre conjuros que le ayudaran en su misión, ni fragmentos de pasado que le permitieran comprender el secreto de sus habilidades. Quizá lo que más le molestaba era la posibilidad de ser nuevamente inútil, un agregado más a la lista de pendientes que el resto del grupo tenía que atender. Y estaba por convencerse de que todo era inútil cuando sintió la presencia de alguien que se sentaba a su lado.

    —¿Quieres hablar?

    El tono amable en la voz de Nanami le hizo entender que no podía seguir callando.

    —Ya no sé qué hacer o en dónde buscar lo que necesito saber.

    —Tal vez primero debas preguntarte qué quieres saber.

    —Sé lo que busco —respondió frustrado—: una lista de técnicas antiguas, las virtudes de la espada, el verdadero rol del Fidestella...

    —Y Hitomi no quiere decirte nada, ¿verdad? —Lo vio asentir con la cabeza—. Bueno, no eres el único al que le pasa. Cuando dijo que lo mejor para nosotras era aprender a controlar nuestro potencial, tampoco quiso hablarnos de nada que no fuera básico para que lo lográramos, y la mayoría de las veces tuvimos que arreglárnoslas para entender lo que intentaba decirnos. No es buena maestra y siempre nos ha dicho que debemos encontrar las respuestas por nuestra cuenta; pero estoy segura de que muchas veces se siente frustrada por no poder hablarnos más sobre la magia porque su deber como guardiana del equilibrio no se lo permite, tal vez esa sea la razón por la que no te ha hablado sobre la espada.

    Un suspiro.

    —Pero ya agoté todos los medios. ¿Cómo voy a luchar con la espada si no sé qué debo hacer con ella? ¿Qué se supone que haga si no tengo bases ni pistas para encontrar una manera de controlar su poder?

    La elemental del agua había escuchado antes una frase similar y su respuesta.

    —Volver a empezar.

    —¿Y cómo se supone que voy a hacer eso si no sé hacia dónde ir?

    —Inventa un camino.

    Y el instinto de hermana mayor la traicionó por un momento: tras levantarse, dirigió la mano derecha a la cabeza del chico para despeinarlo cariñosamente antes de partir y despedirse con una frase más:

    —Lo harás bien, ya lo verás.

    Ahí estaba de nuevo la razón por la que no le contaba nada a nadie: unas cuantas palabras para consolarlo, un gesto amable para que se sintiera mejor y para que recuperara su ánimo, pero nada más. No podía ser de otra manera, las elementales eran demasiado amables para decirle que se rindiera de una vez, era la misma razón por la que evadía el tema con Maki cada vez que le preguntaba si le pasaba algo o cada que intentaba sacarle información, y él, cansado de preocupar a todos con sus dudas, buscaba siempre la forma de ocultarles sus motivos. Y aunque en su mente todo estaba claro, lo que ocurrió media hora después se encargaría de demostrarle que la realidad distaba mucho de sus suposiciones.

    Harta de su silencio, ansiosa por obtener respuestas y dispuesta a todo por hablar con él, Maki lo había vigilado todo el día en espera de una oportunidad para seguir insistiendo. Su iniciativa había sido reforzada por aquella breve conversación que él tuvo con Nanami poco antes, y si bien la dirección que estaba por tomar no era de su agrado, tampoco tenía muchas opciones.

    Entonces, cuando vio que él entraba a su cuarto, decidió arriesgarlo todo: detener la puerta antes de que se cerrara, entrar con rapidez, cerrar a sus espaldas, sentarse en el piso para bloquear la salida en espera, al menos, del máximo nivel de molestia de su amigo de la infancia. Estaba dispuesta a dormir ahí y quedarse con él todo el tiempo que fuera necesario.

    Pero el chico estaba tan ensimismado que no se dio cuenta de que tenía compañía. Suspiró una vez más mientras se acostaba en la cama para mirar el techo en silencio, sin moverse, casi sin respirar durante varios minutos eternos mal aprovechados por su mente traidora que, de un momento a otro, comenzó a agredirlo con pensamientos turbios, recuerdos pesimistas, ideas negativas de quien se da por vencido.

    La falta de movimiento y la ausencia de palabras la obligaron a cambiar sus planes.

    —¿Vas a quedarte así lo que resta del día?

    Sobresaltado, se sentó en la orilla de la cama y giró el cuerpo para ver hacia atrás.

    —¿Cuánto tiempo llevas ahí?

    —Diez minutos, una hora, toda la vida, no lo sé, perdí la cuenta cuando suspiraste por quinta vez.

    —¿Y qué haces en el piso? —le preguntó mientras se sentaba en el lado opuesto de la cama para dejar de torcer su cuello.

    —Te estoy esperando.

    Un nuevo suspiro, ¿cuántos iban ya?

    —Estás perdiendo el tiempo —declaró para luego levantarse una vez más en un intento por caminar hacia la ventana—. No voy a seguir entrenando, es todo, no sirvo para esto, se acabó para mí.

    Tanto pesimismo acumulado le revolvió el estómago.

    —¿Hablas en serio? —dijo indignada—. ¿En verdad vas a rendirte tan pronto?

    Daichi no sabía qué hacer primero: ¿aceptar su pesimismo?, ¿molestarse con ella por entrar a su cuarto únicamente para cuestionar sus decisiones?, ¿sentirse incomprendido?, ¿sorprenderse por aquella reacción inesperada?

    No importaba decidirlo si todo salía al mismo tiempo.

    —¿Tan pronto? —¿Por dónde empezar?—. Me he esforzado por aprender lo básico y no basta, investigué lo que pude y no encuentro nada, hago preguntas y nadie es capaz de responderme, y mientras más me esfuerzo por encontrar algo, más entiendo que estoy equivocado y que no sé nada, ni siquiera si debería seguir con esto. —¿Nada más?— Tengo una espada mágica y no sé qué hacer con ella, tengo mucho por aprender y no sé exactamente qué es ni cómo averiguarlo, estoy tan desesperado por hablar con ella que sería capaz de volver al vacío para hacerlo. —¿Por qué le tenía que pasar eso precisamente a él?— Ya agoté mis recursos y nadie parece entenderlo, y no tienen por qué hacerlo porque las fuerzas regentes les hablan y saben lo que tienen que hacer, pero yo...

    —¿Y qué hay del consejo de Nanami? —lo interrumpió mientras se levantaba del piso.

    —Eso no servirá —contestó más frustrado que antes—. ¿Crees que es fácil? Para empezar de nuevo necesito un punto de partida que no tengo, necesito una idea de hacia dónde ir, necesito al menos saber lo que estoy haciendo, necesito estar seguro de que...

    —¿Necesitas estar seguro de que la espada escogió bien?

    Entonces comprendió todo y recordó la charla del día anterior: "No es como si hubiera querido que me eligiera en primer lugar". Quería decirlo, pero ella no se lo permitió.

    —¿Tanto desconfías de ti mismo? —preguntó con frialdad la chica de trenzas en un extraño momento de ruptura de carácter y desobediencia de su propio protocolo de amistad incondicional y pasiva, lista para tomar por fin el rumbo de la conversación—. ¿Sigues pensando que quienes confían en ti lo hacen sin razón o están equivocados? ¿Crees que arreglarás algo lamentándote y renunciando al rol para el que fuiste escogido? ¿Quién crees que va a permitirte que te rindas ahora? —El momento de hablar había llegado—. Tú al menos sabes que no tienes pistas ni puntos de partida y tienes tiempo para reflexionar sobre ello; pero las demás tienen que buscar y encontrar respuestas por ensayo y error y sin quejarse. —Pero ellas eran más fuertes, necesitaba otro ejemplo—. Yo pasé tres días sin saber lo que estaba haciendo y tres más intentando aprender mientras me veía obligaba a llenar un hueco, y ni siquiera tuve tiempo de asimilarlo porque no podía simplemente esperar hasta que desaparecieras, no quería que pasara. —Le dolió pensar, por un instante, que había luchado por alguien que menospreciaba su esfuerzo—. ¿Crees que lo que hemos hecho hasta ahora es más fácil solo porque tenemos un camino trazado? —Tomó su dije de ave y lo jaló con fuerza en un intento por quitárselo, sin éxito—. ¿Crees que iba a renunciar a esto porque utilizar su poder era imposible para mí? ¿Crees que no tenía miedo? ¿Crees que nunca intenté escapar o convencerme de que estaba en una pesadilla? Tenía una razón para luchar y me aferraba a ella, aguanté todo sólo porque me importas lo suficiente como para saltar sobre mis temores y romper mis promesas, haría lo mismo si ocurriera de nuevo, incluso si a alguna de ellas le pasara algo actuaría de la misma forma, y eso me lo enseñaste tú, ¿o ya lo olvidaste?, ¿lo olvidaste y por eso te rindes?

    ¿De qué estaría hablando?

    —¡No importa! No importa si no lo recuerdas ni cuándo pasó, ni siquiera importa que vuelvas a ser como antes porque todos cambian, —"No se trata de recordar quién eres, no lo has olvidado"—, ya sé que no puedes simplemente olvidar tus heridas y tus miedos y comenzar otra vez; —"No se trata de aceptar por completo tus defectos si quieres y puedes cambiarlos"—; pero quiero que al menos confíes en ti, en lo que eres ahora y en lo que quieras hacer mañana, —"Si lo ves de esa manera, ¿qué quieres ser?"—, y si eso no te basta o te sientes inseguro, puedes hablar conmigo, con Kasu, con los magos, con Sachi si quieres; pero no te calles, no sufras solo, y no te rindas aún, ni con esto ni con las cosas que quieres. Lucha no por Junko, ni por mí, ni por nadie, sino por ti y por lo que quieras lograr, ¡sé egoísta y lucha por tus deseos!

    Necesitaba sentarse, recuperar el aliento, mirar el piso y pensar con claridad después de escupirlo todo: "¿Qué hago ahora? ¿Hablé demasiado? ¿Se habrá enojado? ¿En verdad necesitaba decir esas cosas? ¿Debería levantarme y salir corriendo?", y quiso escaparse, pero sentía las piernas tan débiles que no pudo levantarse de nuevo, al menos no mientras Daichi asimilaba que Asteregius quería que comprendiera eso tres meses atrás.

    Él también necesitaba sentarse: "¿Cuál es mi deseo?", se preguntó nuevamente, y al recordarlo, sintió que era demasiado ambiguo o ambicioso; pero la espada nunca lo cuestionó, simplemente hizo un pacto con él para ayudarlo a cumplirlo porque lo consideró bueno, ¿era eso apoyo incondicional?

    —De acuerdo, no pierdo nada intentándolo.

    Era lo único que ella necesitaba oír. Tan era así que hizo el esfuerzo por levantarse del suelo, girar y salir de la habitación sin esperar más palabras de él, ni siquiera el agradecimiento que estaba preparando; pero sus intenciones le hicieron recordar algo importante, algo que necesitaba contarle antes de olvidarlo para siempre:

    —Por cierto, Haruki y Mitsuki dicen que Asteregius no hace nada.

    Daichi olvidó lo que quería decirle y volvió el rostro para mirarla con estupefacción.

    —¿Eh?

    —Al menos eso dijeron ayer en la cena —continuó Maki mientras jugaba con una de sus trenzas, avergonzada por casi retirarse sin revelarle el secreto—, ya sabes, es imposible para ellos callar cuando hablan del pasado. —Dejó en paz su cabello para ver a Daichi con cierto nerviosismo—. Por cierto, dicen que el rey Hayato amaba las cosas dulces, ¿no es eso raro para alguien descrito como valiente y galante?

    —Espera, espera —pidió con rapidez el chico—, ¿cómo que Asteregius no hace nada? ¡Todos la vimos brillar cuando...!

    —No era magia.

    —¿Y qué hay de la vez que volvimos a nuestro mundo?

    —Esa era magia de Hitomi, tuvo que admitirlo anoche luego de escuchar a Haruki y Mitsuki revelando el misterio.

    No podía entenderlo. ¿Un objeto mágico que no hacía nada? ¿Una serie de reacciones al contacto con ella que no fueron causados propiamente por su poder? ¿Qué era entonces lo que la línea sucesoria de los Fidestella se transmitía por medio de la práctica?, ¿el modo de blandirla?, ¿las instrucciones básicas para utilizarla en los momentos críticos?, ¿la preparación necesaria para cualquier batalla en espera de que nunca llegara? Si todo aquello fuera cierto...

    —...¿me he estado preocupando por nada?

    Ver el desconcierto en su rostro la asustó tanto que pensó que él ignoraría la seriedad de sus palabras.

    —¡Pero todo lo que te dije lo creo y lo siento de verdad! Lo he pensado desde que volvimos a nuestro mundo aunque no recordara nada de lo que hicimos aquí; pero no tenía confianza para decírtelo, y Kasu... bueno... ella me dijo...

    —¿¡Qué más dijeron anoche!?

    Tan ocupada estaba en darle explicaciones nerviosas que no supo en qué momento se acercó a ella para tomar sus hombros y plantearle aquella duda, e impresionada ante semejante cambio de humor, permaneció inmóvil un par de segundos mientras se daba cuenta de que en realidad no sabía por dónde empezar a contarle lo ocurrido durante la cena del martes.
     
  3. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Me gusto mucho este capitulo, vas ampliando mas la trama pero siento que todavia tenes mas que contar. Los personajes de a poco se van haciendo mas interesantes, estas haciendo un buen trabajo. Sigue asi!
     
  4. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 12. Martes

    En la parte más recóndita de la penumbra de aquella escena, una estrella plateada titilaba con debilidad. La llamaba con destellos, con un lenguaje mudo que podía entender sin haberlo aprendido, y caminaba despacio sobre el territorio sin límites, atraída cada vez con más fuerza, cada vez con más luz, y llegó el momento en el que la esfera plateada, antes estrella, mostró la silueta de una cruz que siguió creciendo, poco a poco, sin voces ni cambios bruscos, y hasta que estuvo frente a ella notó la verdadera forma de la oscuridad que de repente se convirtió en un nuevo resplandor: Asteregius con la guarda y el pomo plateados, la empuñadura envuelta con cuero negro, el símbolo de dieciséis picos en el pomo, las aristas de un rombo marcadas por cuatro gemas pequeñas en el centro de la guarnición y dos más en los extremos, la dorada corona de laurel en la hoja. La tierna mano, tan curiosa como su propietaria, la tocó con ligereza para sentir nuevamente su calidez agradable, única y misteriosamente familiar.

    Aquel contacto le permitió escuchar las voces de sus seres queridos a través de los enlaces del mundo: el sonido de la felicidad familiar, el de sus viejos y pequeños amigos de juego, el de sus nuevos amigos y guardianes mágicos, y sintió tanta alegría cerca de ese objeto mágico que no tardó mucho en separar la mano para acercarse más y abrazarlo con cariño, en silencio, con la extraña sensación de que debía protegerlo, de que debía corresponderlo, de que el objeto la amaba.

    Pero fue como abrazar una burbuja: un breve contacto con su diminuto cuerpo bastó para que se descompusiera en finas partículas que la rodearon por un momento para hacerle cosquillas, para transmitirle su calor y para guiarla unos cuantos metros hacia adelante, en donde se detuvo al contemplar una silueta brillante, casi deslumbrante, de una doncella de cabellos dorados vestida de blanco que le daba la espalda. Reanudó su marcha y estiró el brazo para alcanzarla, pero se paró en seco al escuchar un cascabel a la distancia, y tras ese sonido, como si fuera una señal para revelar un misterio, la falda de la dama comenzó a teñirse de rojo, de carmín, de vino, y se fundió con la oscuridad mientras giraba para ver a su visitante y mostrarle su semblante que cada vez se volvía más perturbador, tenebroso, hasta convertirse en el rostro de quien se alegra de la desgracia.

    De repente, en el escenario oscuro aparecieron imágenes inconexas de un pasado que nadie merecía recordar para después convertirse en un futuro no deseado: su entorno con decenas de ausencias, su mundo gris y derrumbado, sin sueños posibles ni esperanzas que lo salvaran, sin más luz que la que le permitía ver los espacios que algunas veces estuvieron llenos y que otras tantas había compartido con otros. Era y no era su mundo, y verlo en esas condiciones terribles le infligía tanto dolor que comenzó a retroceder sin poder desprender la mirada del horizonte confuso, y tal vez por eso no se percató de que la figura tenebrosa señalaba sus pies para crear, detrás de ella, un abismo que amenazaba con devorarla.

    Justo entonces sintió que caía sin remedio en esa penumbra cuyos límites se habían vuelto tangibles, en el suelo frío de una habitación prestada, envuelta en un cobertor con olor a humedad y a tiempo, y cuando abrió los ojos no había nada más que muros de piedra y una ventana por donde se filtraban los primeros rayos del sol.

    Mientras se sentaba y se quejaba por el dolor que le había provocado el golpe, su vecina de habitación entró sin tocar la puerta.

    —¿Pasó algo? ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas que pida ayuda?

    Tanta preocupación en su voz y en sus gestos le parecieron tan curiosos que olvidó su sueño.

    —Estoy bien, solo me caí de la cama.

    —Menos mal —suspiró la chica sin trenzas, con el cabello alborotado, víctima de su nerviosismo—. ¿Necesitas ayuda?

    —No te preocupes, puedo levantarme sola.

    Pero su voluntad no era suficiente: luego de analizar su situación, tras entender que no podría deshacerse del cobertor mientras no pudiera liberar sus brazos apretados, y al notar que Maki seguía en la habitación, reconsideró lo dicho.

    —Pensándolo bien, creo que sí necesitaré un poco de ayuda.

    Para las elementales y el par de chicas de otro mundo, el amanecer del martes parecía tan agradable como cualquier otro: mucha luz, poca humedad, el sol que tocaba sus cuerpos para entibiarlos, el aroma del desayuno listo para ser ingerido, la rutina de los entrenamientos matutinos, el juego de las niñas y el lobo al mediodía, la exploración de los alrededores por la tarde, los interrogatorios interminables sobre la vida de Junko que parecían no tener un camino fijo ni claro, las preguntas de ella que se enfocaban más en el pasado y el presente de los guardianes, la duda más importante que fue aclarada durante la cena por un par de guardianes emocionados al encontrar el momento perfecto para hablar sobre su guardián favorito.

    —Nuestra ama decía que Hayato adoraba la mermelada de zarzamora —comenzó la guardiana de cabello plateado mientras tomaba una cucharada y la untaba en una rebanada de pan—. ¿Quién hizo esta, por cierto?

    —Fue Hana —contestó Sachiko con tranquilidad.

    —Si la hizo Hana, es buena —dijo Koharu mientras imitaba los movimientos de Mitsuki—, es de las pocas cosas que sabe hacer bien.

    La elemental de hierba, halagada e indignada a la vez, decidió tomar un sorbo de té y contener su ira.

    —También amaba las galletas de miel y las frutas endulzadas —continuó Haruki en un intento por ignorar el conflicto en potencia—. Nuestra ama decía que comía dulces cuando ella no lo veía para que no se los quitara ni lo regañara.

    Aquella revelación fue agridulce para Maki: por lo que Daichi le contaba cuando era niño, su padre hacía lo mismo. Recordó aquellas ocasiones en las que su pequeño amigo salía de casa con un par de caramelos que su padre le compartía antes de ser descubierto por su madre, quien reprendía a su esposo por darle golosinas a su hijo antes de la hora de la comida. Se preguntó entonces cuál hubiera sido la reacción del chico de haber escuchado la anécdota de los vigilantes de la torre, ¿debería contársela cuando lo viera? ¿Estaría de mejor humor al día siguiente? Lo único que la tranquilizaba era el hecho de que él, a pesar de mantenerse muy ocupado en su búsqueda de información en la biblioteca del castillo, había desayunado y comido apropiadamente lo que le había llevado; pero le inquietaba el hecho de verlo marcharse cabizbajo a su habitación cuando ella estaba a punto de llamarlo para cenar.

    —Pero los necesitaba —continuó Mitsuki—; es decir, encargarse de los asuntos de Nitens, mejorar sus habilidades como Fidestella, entrenar a su sucesor...

    —Nuestra ama decía que el sucesor de Hayato era bueno y talentoso; pero nosotros creemos que carecía de gracia, sobre todo cuando se trataba de usar la espada.

    —Pero Asteregius nunca se quejó.

    —¡Por supuesto que no! ¡Es una espada después de todo! ¿Cómo esperas que se niegue a obedecer a su portador?

    —Pero Haruki, Asteregius tiene voluntad, ¿no sería lógico que decidiera elegir a alguien más si él no daba el ancho?

    —Ya te lo dije: lo de la voluntad es falso, una vil mentira, Asteregius no sabe hacer nada, hasta dudo que sea un objeto mágico.

    —¿Cómo? ¿La espada de Daichi no tiene magia? ¡Pero si antier estaba flotando!

    La interrupción de su nueva ama los dejó helados, ¿o fue la mirada cruel de la persona que menos quería que hablaran sobre la espada?

    —Verás...

    —Sobre eso...

    Pero ya estaba hecho y no tenía más alternativa que enmendar errores ajenos. Después de tomar un sorbo de té y de suspirar resignada, Hitomi hizo tanto ruido al colocar su taza sobre la mesa que los pajes la miraron con ese temor constante de ser castigados y de convertirse en aves una vez más con el chasquido de los dedos de su mano izquierda.

    —Tienen suerte de que Daichi no esté aquí —dijo molesta—, ¿saben lo terrible que hubiera sido para él escuchar que su espada no hace nada?

    Y las aves personificadas agacharon la cabeza en un intento por evitar la ira de la guardiana del equilibrio.

    —Tal vez sea terrible —respondió Nanami en defensa de los vigilantes de la torre—, ¿pero realmente hacemos bien en negarle esa información a Daichi?, ¿hay alguna razón para no compartírsela?

    —La hay —contestó sin dudar ni un momento ante la mirada sorprendida de las elementales, sobre todo de Maki, quien nunca hubiera imaginado que el misterio tuviera una razón para existir—; pero no voy a hablar de los motivos, no ahora que tengo que aclararlo todo antes de que llegue a oídos de Daichi y lo malinterprete.

    Sus hijas se vieron entre sí: era la primera vez que su madre mostraba su desconfianza o su excesivo cuidado durante el desempeño de su deber, y también era la primera vez que pensaban de la misma forma: si ella no quería que el chico ausente malentendiera todo, si en un principio sus intenciones eran no revelarle nada, tendrían que respetar su deseo y callar aunque les doliera hacerlo. Pero Maki pensaba de otra manera.

    —Hay varios tipos de objetos mágicos. Caeruleus, por ejemplo, es uno especializado porque fue creado para facilitar la práctica de las técnicas de ataque de los magos del aire; Milvus sirve para que su portador realice cualquier tipo de técnica que conozca, pero también es la herramienta de reparación del cofre blanco porque refuerza el enlace entre él y el origen. Asteregius, sin embargo, es un caso especial porque aparentemente no sabe hacer nada ni sirve para nada. —Dio un nuevo sorbo a su taza de té antes de que se enfriara—. En realidad, Asteregius es un enlace artificial con el origen.

    —Espera —intervino Sachiko—, ¿quieres decir que usar la espada es lo mismo que tener la habilidad de controlar el potencial?

    —Puede entenderse así.

    —Pero ¿eso no va en contra de las reglas de Mao? —cuestionó Hana—. Es decir, los únicos que deberían poder usar magia son los elegidos por los talismanes y por las estrellas, y ustedes tres como herederos de los dones; ¿por qué la primera generación crearía algo tan peligroso y por qué otra generación estuvo de acuerdo con dárselo a cualquier persona?

    —Asteregius tiene voluntad, ¿recuerdas?

    —Eso no fue lo que dijo Haruki.

    —Porque nunca ha presenciado la elección de un Fidestella; pero ustedes ya lo hicieron, aunque tal vez no se dieron cuenta de ello en su momento y confundieron la espada con un resplandor muy bonito.

    Por la mente de Koharu resonó una frase que había dicho tres meses atrás: "¿Puedo pedirle un deseo a la estrella fugaz?".

    —¡Ah! —exclamó mientras golpeaba la mesa con las palmas de sus manos y se levantaba rápidamente de su asiento—. ¿Era la estrella fugaz de ese día?

    —Exacto —respondió la de ojos grises luego de terminarse su té—. Asteregius no elige al azar ni es útil para otros seres sin capacidad de practicar magia, tampoco obedece las órdenes de los magos, simplemente funciona como un puente para quien considera adecuado.

    —Entonces cuando volvimos a nuestro mundo...

    —Ese fue el mismo conjuro que los trajo y que pude revertir —interrumpió Hitomi a la chica de trenzas—; pero espero no volver a hacerlo, revertir conjuros me provoca náuseas.

    —¿Y por qué flotó cuando la toqué?

    —Porque quería saludarte —respondió a la duda de la niña, quien había escuchado todo con atención—, tanto ella como su propietario tienen la obligación de protegerte hasta que decidas liberarlos.

    —¿No basta con que les diga que no quiero ser reina?

    Aquella pregunta inocente la hizo callar y enlazar pistas viejas y nuevas.

    —Debería bastar —contestó ligeramente confundida—, pero quizá sea un deseo que aún necesitan cumplir, o puede que se deba a que necesiten desempeñar sus funciones una vez más.

    No fue necesario que los presentes hablaran sobre lo que Hitomi, sin querer, había revelado: si la espada y su elegido debían cumplir con su misión de proteger a Junko, era indudable que algo iba a pasar. Y los vigilantes del cofre, más preocupados que el resto ante aquella revelación accidental, deseaban que no fuera una catástrofe.

    Pero los pensamientos no compartidos nunca llegarían a oídos de Daichi, al menos no por medio de Maki aquella tarde en la que decidió contárselo todo. Y tal vez por eso él no dudó en levantarse una vez más para seguir con el entrenamiento al que estuvo a punto de renunciar por sus inseguridades, porque aquella anécdota le había dejado en claro que la fuerza de su espada, aunque podía estar condicionada por las fuerzas regentes, dependía primordialmente de él.

    Así fue como, finalmente, el chico de los ojos de cielo dejó de cuestionar las decisiones de Asteregius para enfocarse en encontrar una manera de demostrarle que él era la elección adecuada para encarar una nueva misión sin nombre.
     
  5. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Bastante bien, estas explotando un lado interesante de los personajes y me pregunto si te atreverias a forzar todavia mas la trama, aunque esto es bastante arriesgado en ciertos casos. Igualmente creo que vas bien, espero todavia mas emociones de ahora en adelante. Sigue asi!
     
  6. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 13. Choco

    Tiempo atrás, durante la caída de las hojas de los árboles otoñales que recordaba más tristes que nunca, las voces que se alejaban con lentitud insistían en despedirse: "¡Nos vemos mañana!", "¡Juguemos otro día!", "La próxima vez te enseñaré mi colección de hojas, ¡tengo muchas!"; pero nadie cumplía y nunca supo por qué, aunque tampoco le angustiaba averiguarlo: "Está bien, será otro día".

    Poco después, en aquellas mañanas y tardes de lluvia incontrolable, en esos inusuales días grises de verano, una serie de mensajes y notas: "Tuve que irme más temprano, dejé comida en el refrigerador, caliéntala cuando tengas hambre, espero volver temprano", "Mamá fue de compras, volverá cerca de las 3", "Papá tuvo que salir a trabajar, volverá a la noche". La respuesta a todas era, indudablemente, una sonrisa de comprensión, luego un suspiro de resignación, y finalmente una frase: "Está bien, volverán".

    Choco llegó a sus manos cuando ella ya se había acostumbrado a esa clase de situaciones.

    —Junko, te tengo un regalo —le dijo su padre tres meses atrás, al volver a casa luego de una pesada jornada de trabajo, y colocó entre sus manos un pequeño gato de peluche que ella contempló emocionada—. El señor de la tienda dijo que es un gato mágico.

    —¿Un gato mágico? —preguntó ella un poco confundida.

    —Sí, dijo que ahuyentaba las cosas negativas... aunque la verdad es que te lo traje porque pensé que te gustaría.

    —¡Es muy bonito! ¡Gracias!

    Y lo abrazó con fuerza como quien abraza algo que no quiere dejar ir.

    La vida de la niña se mantuvo sin cambios significativos aparentes: sus padres aún se ausentaban con frecuencia, las personas que la rodeaban insistían en hacer promesas que no cumplirían; pero conforme pasaba el tiempo, a pesar de que ya se había acostumbrado a esas decepciones, una extraña tristeza invadía su corazón cada vez con más intensidad, y era entonces cuando Choco tomaba la forma de un gato vivo para entretenerla y distraer sus pensamientos hasta que olvidara sus emociones negativas.

    Durante los primeros días del año, sin embargo, el gato comenzó a salir de casa cerca del mediodía para maullar en lugares aleatorios. Cuando lo veía marchar, la sorpresa y la inquietud motivaban a la pequeña a buscarlo y varias veces terminó persiguiéndolo por las calles de su vecindario; pero por más que intentaba explicarles y demostrarles a sus padres que Choco en verdad era un gato mágico, ninguno le creía.

    Y el ritual parecía repetirse sin novedades aquel segundo sábado de febrero.

    —¡Conque aquí estabas! —dijo la niña de ojos dorados luego de encontrar a Choco al pie de un árbol como siempre debería permanecer: estático, sin vida, de tela y relleno, con ojos de botones cosidos—. Pero que vuelvas a ser un peluche tan pronto no es típico de ti, ¿te cansaste de correr? —No hubo respuesta—. Tal vez estás aburrido... ¡Ah! ¡Ya sé! Quédate aquí, no me tardo.

    Corrió en busca de un tallo de rabo de gato para jugar con él, quizá con eso se animaría y volvería a mostrarse como un animal vivo, ágil, como su compañero inseparable en sus horas de soledad. Pero cuando volvió al sitio lo encontró en manos de una joven turquesa de trenzas largas; después, un chico azul tímido le regaló una paleta; y al final ella, la niña de los colores cálidos, le dio al joven un chocolate como compensación luego de haberlo ofendido sin querer.

    —El chocolate es lo mejor —dijo él con una sonrisa que, ante los ojos dorados de la pequeña, le quedaba mejor que el semblante triste y perdido que mostraba al llegar a la plaza.

    —¿Verdad? El de esa marca en especial es delicioso.

    —Lo sé, a mi papá le gustaba mucho. Un día compró una caja grande para ambos, comíamos uno cada que mi mamá no estaba, pero al final nos descubrió y se molestó con nosotros.

    —Tal vez quería uno.

    —Tal vez —contestó el chico nostálgico. Nunca se le había ocurrido esa posibilidad, ¿debería ofrecerle uno cuando regresara a casa?

    —Ese chocolate fue uno de los que me regaló mi mamá ayer cuando volvió de trabajar —dijo ella con orgullo, quizá con presunción—, fue un buen regalo de cumpleaños.

    —¿Fue tu cumpleaños? —exclamó sorprendido—. ¡Felicidades! ¿Cuántos cumpliste?

    —Diez —respondió nuevamente alegre, con una sonrisa orgullosa y una cantaleta—, ya soy una niña grande.

    —Sí que lo eres; cuando yo tenía diez años, apenas y podía cuidarme solo.

    Si su amiga de la infancia hubiera puesto atención a aquella charla, hubiera encontrado en esa frase una contradicción con lo que ella sabía y una pista muy importante sobre el cambio de carácter del chico.

    —En todo caso, ahora me siento mal por haberme comido parte de tu regalo de cumpleaños.

    —Pero me diste una paleta, es un cambio justo.

    —Aunque te la di por el desperfecto de Choco, en un principio era para Kasu, así ya no es tan justo. —Agachó la cabeza para pensar mientras observaba la envoltura del chocolate: morada, casi azul, color atípico para un chocolate sin semillas ni relleno de frutas o cremoso... ¿cremoso?—. ¡Ya sé! —La miró—. Te compraré una rebanada de pastel o el chocolate que más te guste, ¿quieres venir con nosotros para escogerlo?

    —¿Está bien para ustedes? —preguntó ella un poco desconfiada no por la repentina generosidad del chico, sino por la naturalidad con la que hizo la propuesta, ¿qué había pasado con la timidez que mostró minutos antes?—. No quiero que cambien sus planes por mi culpa.

    —No te preocupes, ayer quedamos en ir por chocolate hoy, Maki estará de acuerdo con que vengas con nosotros... —Señaló hacia donde estaba su amiga distraída—. Por cierto, ella es Maki, yo soy Daichi, ¿y tú?

    —Junko —dijo con rapidez y volteó hacia el árbol donde se había escondido antes—, y ya conoces a Cho... ¿Choco?

    Durante esos minutos de conversación amena, el gato se había ido. Preocupada, la de coletas rubias se levantó de la banca de piedra para buscarlo, pero no pudo encontrarlo. Tal vez lo mejor era preguntarle a Maki lo que había ocurrido, pero ella no supo darle razón sobre el paradero del peluche mágico, luego vendrían la persecución y la magia, el cambio de mundos y el descenso abrupto hacia el estanque. El resto era historia.

    Pero Choco no volvió a maullar a mediodía, o al menos no lo había escuchado, y había pasado tres días sin ver que cobrara vida de nuevo para vagar por el castillo. "Tal vez le tema a Sachi", pensó, y tuvo una idea: si lo convencía de que Sachi era un lobo amigable, quizá Choco volvería a actuar como un gato vivo.

    Y aunque el lobo salvó al peluche de hundirse en el estanque por segunda vez el miércoles por la mañana, luego de que su dueña lo arrojara a propósito, el gato siguió sin reaccionar.

    —Estoy preocupada —dijo por fin en la tarde, y los guardianes del cofre, al escucharla, creyeron que tendrían una pista importante para descubrir por qué ella era incapaz de materializar la estrella blanca.

    —¿Qué pasa, Jun-Jun? —preguntó Koharu—, ¿volviste a caerte de la cama?

    —Sí... —Reaccionó tarde—. ¡No! Es decir, sí me caí; pero no me preocupa eso.

    —¿Entonces?

    —Es que... Choco ya no maúlla.

    Los magos la vieron con sorpresa; aunque sus pajes, más que asombrarse, parecían asustados.

    —Ahora que lo dices, no lo hemos visto correr desde que llegamos —pensó Maki en voz alta.

    —Tal vez lo hacía en nuestro mundo porque quería volver a este —supuso Daichi, aunque esa explicación no parecía convencer a la niña.

    —¿No se supone que debería hacerlo con más frecuencia y libertad ahora que está en casa?

    —Pero los gatos son animales nocturnos, tal vez salga a cazar de noche.

    La conclusión de la chica de trenzas tenía sentido.

    —¿Y qué tal si lo comprobamos? —sugirió Mitsuki—. Vigilemos a Choco por la noche y veamos si se mueve.

    —Pero todos duermen por la noche, no quiero que se desvelen.

    —No te preocupes —le contestó a su pequeña ama—, nosotros podemos hacerlo, una noche de vigilia no nos hará daño, ¿verdad, Haruki?

    El de ojos cobrizos, de repente, tuvo una mejor idea.

    —¿Y si dejamos que duerma en la torre esta noche? Así podríamos ver si se mueve mucho y evitaríamos que se caiga, y hasta podríamos despertarla si Choco sale a pasear, ¿qué les parece?

    Aquella extraña propuesta fue del agrado de los tres, aunque resultó sorpresiva para el resto: a pesar de que los pajes parecían tenerle mucho cariño a la niña, era la primera vez que sugerían que durmiera en la habitación de su creadora.

    En realidad, los vigilantes del cofre no estaban seguros de que alojarla en la habitación real fuera apropiado mientras no supieran las consecuencias que pudiera ocasionar su presencia ahí. Habían pasado casi cinco días vigilando su comportamiento y lo que ocurría a los alrededores para asegurarse de que ella no pudiera recordar los momentos más tristes de su vida pasada, cuidaban hasta el más mínimo detalle para que nadie se atreviera siquiera a recordarle su nombre, deseaban que su ama fuera feliz en su nueva vida y que no se repitiera el dolor que todos sintieron varios años atrás; pero había algo que los inquietaba, algo más poderoso que sus esfuerzos por mantener el secreto, algo que los orilló al extremo peligroso de alojarla por una noche en la torre: el inusual comportamiento del gato mágico.

    Pero debían ser precavidos: cambiaron las sábanas y las almohadas de la cama, reubicaron algunos muebles y tomaron los objetos que más estimaba su ama, hasta los más pequeños, para ocultarlos en la habitación del cofre blanco con la promesa de regresarlos a su lugar al siguiente amanecer, cuando la niña bajara a saludar a todos.

    Así, con el gato de peluche entre sus brazos y con su camisón prestado para dormir, Junko pudo entrar por primera vez a la habitación de la reina y maravillarse por su elegancia: un ropero blanco con líneas doradas en bajorrelieve, un baúl con pañuelos bordados y otros utensilios de costura, un pequeño escritorio cerca de la ventana, una repisa con pergaminos y frascos con tinta inservible, una caja cuadrada en donde había una corona de flores blancas y amarillas secas que no quiso tocar por temor a destruirla, una silla mecedora cerca del balcón, cortinas blancas bordadas con oro, almohadas cómodas, cobijas suaves y, al lado de la cama, un pequeño buró. Fue ahí, a cierta distancia de una vela aromática encendida, donde dejó a su compañero felino tras desearle dulces sueños, y con obediencia y rapidez de niña buena que descansa a sus horas, Junko se trepó a la cama de la reina para que sus pajes la arroparan con cariño.

    Entonces comenzó su plan: mientras Haruki cuidaba a la niña y al gato dentro de la torre, Mitsuki se encargaría de vigilar los alrededores. Ella, lista para cumplir con su parte, salió al balcón con lentitud, tocó su prendedor de estrella con suavidad mientras recitaba un conjuro y recuperó su forma de ruiseñor para emprender el vuelo y merodear el castillo, siempre en busca de pistas o de indicios de peligro. Pero las horas pasaban con tanta calma que los guardianes de la torre comenzaron a pensar que se estaban preocupando sin razón.

    Con los primeros indicios de la mañana, la inquietud del guardián diurno aminoraba al confirmar que no había ocurrido nada que alterara a su pequeña ama ni perturbara sus sueños, y aún así le pesaba darse cuenta de que cada día se alejaban más de la resolución del misterio detrás de su incapacidad por usar magia. A esas alturas habían intentado tantas cosas que no sabían por dónde continuar: la invocación de la estrella, aunque parecía mejorar, no lograba estabilizarse; la memorización del conjuro de llamada de Milvus nunca podía haber ido mejor, pero no serviría de nada si la estrella blanca seguía siendo inestable; el entrenamiento rápido para sentir la energía de la luz tampoco estaba dando los resultados esperados, y el cofre, por más que lo observaran, mantenía su grieta sin cambios.

    En eso pensaba cuando cerró los ojos por unos segundos, los necesarios para humedecerlos y los únicos que podía permitirse para no quedarse dormido. Se sobresaltó al sentirse traicionado por el cansancio y levantó la cabeza con brusquedad para ahuyentarlo; pero ya era tarde: sentado sobre la cama, acariciando la frente de Junko con su mano de sombras, el ser encapuchado se convirtió en humo antes de que Haruki pudiera atacarlo, atraparlo o hacerle preguntas.

    Entonces pasó.

    Un viento misterioso que apagó la vela y formó con el humo una figura familiar que lo dejó estupefacto; la figura que desaparecería a pesar de la insistencia del brazo estirado de la niña rubia que quería alcanzarla mientras seguía dormida; el ser etéreo que se oscureció de repente al recuperar su forma de humo para luego detener su retirada y avanzar de vuelta para devorarla.

    Cuando el vigilante estuvo a punto de invocar su lanza, el sonido de un cascabel lo dejó paralizado. Nuevamente animado y realista, el gato se erizaba ante la presencia del fantasma que amenazaba con tocar a su dueña y se lanzaba hacia él para rasguñarlo y desvanecerlo; pero por más que intentaba destruirlo, el ser de humo recuperaba su forma de nuevo. Harto de aquella situación, el objeto mágico recurrió a su último recurso: un maullido fuerte que resonó por toda la habitación, uno que lastimó los oídos de Haruki al no poder cubrírselos a tiempo, y la sombra se descompuso en finas partículas negras que intentaron colarse por debajo de la puerta de la habitación del cofre.

    Y mientras abrazaba a Junko para evitar su caída y para acomodarla de nuevo en el centro de la cama, su compañera de labores entró por el balcón y recuperó su forma humana al silbar un conjuro.

    —¿Y bien? —preguntó él cuando estuvo cerca de ella.

    —Tenías razón —susurró ella mientras los rayos del sol comenzaban a filtrarse por la ventana del lado opuesto.

    —Tú también —contestó él pensativo, preocupado, quizá dubitativo.

    —¿Y qué haremos ahora?

    Suspiró al sentirse acorralado.

    —Decir algo útil por primera vez.
     
  7. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    La trama ya se puso muy interesante. Como sugerencia te diria que no muestres todas tus cartas, intenta seguir pensando en como avanzar sin dejar mas huecos de los necesarios. Sigue asi y espero leer el proximo!
     
  8. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Lo intentaré o.ó Debo admitir que muchas veces siento que la historia va tan plana que termino metiendo más misterio del que podría ser necesario; pero a veces lo veo y pienso que están muy bien ahí xD En este capítulo seguramente va a salir otro y muy probablemente parezca que la trama no avanza, pero prometo resoluciones a partir de la próxima semana, dejo de llamarme Metzi si no pasa xD.

    Muchas gracias, como siempre, por venir a comentar.

    Advertencia: el capítulo de hoy es cortito.


    -----------------------------------------

    Capítulo 14. Conversaciones en las sombras
    Ninguna mañana le había parecido a Hitomi tan atareada ni tan emocionante como la de ese jueves, y quizá por eso se había levantado poco antes del amanecer para comenzar con sus deberes.

    Detenida en el andador frente al estudio del rey, la guardiana del equilibrio observaba la torre y esperaba un indicio de sus sospechas, una señal que le permitiera seguir con su camino, y así fue: desde el piso más alto, el sonido de un cascabel y el maullido de un gato anunciaron la dispersión de una onda mágica que la obligó a cubrirse con una barrera neutralizadora de magia; aunque estaba consciente de que recibirla no la lastimaría como al par de aves que custodiaba a su nueva ama, al menos no mientras el ciclo no la obligara a convertirse en una de ellos.

    Pero el arribo del ruiseñor a la torre le dio a entender que no tenía mucho tiempo: con pasos rápidos, aunque silenciosos, avanzó hacia la sala de descanso, continuó su marcha más allá de la entrada hasta llegar a un par de ventanales con vidrios de colores que abrió con calma para que la habitación se ventilara, y contempló el exterior que se iluminaba lentamente con los primeros rayos del sol. A diferencia del jardín central, el que estaba detrás de los vitrales era más pequeño y tranquilo, casi exclusivo para dos seres peculiares: un árbol milenario con hojas de distintos tonos y contrastes de verde, y un lobo dormido que levantó la cabeza al sentir la presencia de una visitante que se inclinaba ante él para rascarle la barbilla.

    —Buenos días, Sachi. Siento haberte hecho esperar, ya puedes salir.

    Y lo siguió con la mirada hasta que cruzó la puerta de la sala que se cerraba lentamente para después tocar la corteza del árbol y saludarlo con el alma.

    —No esperaba que encerraras al lobo aquí.

    Había llegado.

    —Es el único lugar seguro para él.

    —Querrás decir, para ti.

    —Mi lugar seguro es mi habitación.

    —Y tal parece que ellos también dormirán tranquilos mientras no lo hagan en los espacios sin restricciones mágicas, ¿o me equivoco?

    Una sonrisa discreta en el rostro de Hitomi demostraba que había sido descubierta.

    —¿Cuánto tardaste en darte cuenta?

    —Una noche —contestó mientras se acomodaba en una zona de la sala que comenzaba a iluminarse—. Pero es muy cruel de tu parte que no me dejes saludarlo, ¿puedo saber por qué?

    Con calma, la guardiana del equilibrio dio media vuelta y, con las manos atrás, avanzó hacia donde la esperaba su invitada.

    —El fantasma me anticipó que vendrías a darle la bienvenida al resplandor blanco, pensé que no querrías ver a otro mago. Además, necesitas enfocarte en una cosa a la vez, no te gustaría presenciar dos crisis simultáneas, mucho menos si son del protector y de su protegida, ¿no es cierto?

    —¿Tan débil es?

    —No lo creo, yo diría que está confundido; pero ayer por la tarde parecía más animado, es muy probable que hoy se esfuerce más que los días anteriores en practicar con Asteregius.

    —Es curioso, de lejos parecía deprimido, ¿qué lo hizo cambiar de humor?

    —Un pájaro imprudente.

    Una risa discreta de la oscuridad que menguaba le dio a entender que su invitada, cuya silueta comenzaba a ver con claridad, se estaba divirtiendo.

    —A veces me pregunto si Fulgor Caeruleus tendrá la regla natural de elegir magos imprudentes.

    —No conozco toda la verdad; pero también empiezo a creerlo.

    —En todo caso, no me sorprende el repentino entusiasmo del chico, los miembros de la línea hereditaria de los espadachines reales siempre han sido problemáticos en ese sentido: primero les angustia saber que tienen un rol en el mundo, luego se animan y se empeñan en saberlo todo, y después...

    —Así que estaba en lo correcto —interrumpió la guardiana del equilibrio—: aún no desistes de tu intento por resolver dos asuntos distintos al mismo tiempo.

    —Sabes que no hay más opción que esa, no hay mejor momento para probarlo.

    —Ya veo, mi palabra no te basta.

    —No en este contexto. —Se levantó de la silla para acercarse a ella con pasos tranquilos y arrastrando su vestido negro—. Dime algo, ¿cómo puedes seguir cumpliendo con tu rol de espectadora a pesar del cariño que les tienes a los magos de los elementos?, ¿cómo puedes vivir ocultándoles todo?

    —"Las fuerzas regentes actúan de formas peculiares, el equilibrio siempre sigue sus designios en silencio". ¿Recuerdas eso?

    Chascó la lengua.

    —¿Por qué tienes que meter a mi maestro en esta conversación?

    —¿Y por qué no? —respondió como si quisiera burlarse—. ¿Qué tiene de malo usar las palabras del mejor resplandor de tu tipo?

    No estaba de humor para responderle. Aquella pregunta, más que halagarla u ofenderla, le dolía profundamente. Y Hitomi supo que su estrategia para callar su boca altanera y para mermar ese tema sin importancia había funcionado.

    —Sigo pensando que hablarle sobre su predecesora sería una mejor opción —opinó ella para retomar el tema más importante en aquel momento.

    —La vía fácil no siempre es la mejor.

    —¡Pero solo estamos retrasando las cosas! No debo decirte lo que pasará con el mundo si no hacemos algo para mejorar la situación, ¿verdad?

    —No me preocupa, por algo estás aquí.

    La sacaba de quicio y quería decírselo; pero el fantasma con voz de viento nocturno apareció en ese momento para anunciarles la pronta llegada de alguien. La invitada, después de agradecerle por el aviso, volvió a mirar a la de ojos grises y se inclinó ante ella en señal de respeto.

    —Sin rencores, como debe ser. —Y caminó al interior de la sala para tocar su hombro por un instante mientras se dirigía a la puerta para recibir a su próxima visita—. Dejaré que esta noche visites a quien quieras, pero no los despiertes.

    —¿No te preocupa que tus invitados corran peligro?

    —No mientras el fantasma esté contigo y mientras él se mantenga imparcial en estas circunstancias. —Calló por unos segundos, volvió nuevamente el rostro y miró al ser de capucha negra que se encontraba al lado de la invitada—. Por cierto, ¿ya escogiste un nombre?

    La respuesta llegó a sus oídos en un susurro de la noche: "Hibiki".

    —Buena elección. —Y movió la mano derecha para abrir una salida más allá del jardín que los conduciría al patio de entrenamiento—. Por favor, sigue cuidándola.

    Y tan pronto como los vio atravesar el acceso que desapareció en un instante, tres golpes en la puerta de la habitación anunciaron la llegada de los guardianes de la torre.

    —¿Qué tal su noche, pequeñas aves encarceladas?

    No era el momento para reclamarle por el atrevimiento de burlarse de ellos.

    —Queremos hablar —dijo Haruki.

    —Adelante, los escucho.

    —No contigo, con ellos.

    "Las fuerzas regentes actúan de formas tan peculiares que ni siquiera yo puedo entenderlas", pensó Hitomi tras escuchar la aclaración de Mitsuki, y percibió en las voces de ambos su advertencia de los tiempos adversos y su necesidad de encararlos.

    —Supongo entonces que su experimento tuvo un resultado que no fue de su agrado.

    —Nos cuesta admitirlo; pero es la única manera de solucionar esto antes de que nuestro experimento dé un giro peligroso.

    —Sobre todo ahora que sabemos que esos seres oscuros están involucrados y que pueden empeorar la situación si nos descuidamos.

    Hitomi cruzó los brazos y reflexionó un momento antes de responder su petición.

    —De acuerdo, díganles lo que consideren necesario, yo cuidaré de Junko mientras lo hacen; pero tienen prohibido mencionar la presencia de nuestros visitantes. Lo que menos necesitamos ahora es que sus palabras descuidadas originen una guerra.

    —¿Y qué pasará si los elementales se enteran de que hay más personas en el castillo? —preguntó la de ojos lilas.

    —Si ocurre, será por su propia negligencia, entonces sus planes se estropearán. —"Aunque sería mejor para todos si ocurriera de esa manera", pensó mientras los pajes le decían que aceptaban sus condiciones y regresaban a la torre antes de que su nueva ama despertara.

    Nuevamente sola, Hitomi se acercó por segunda vez al árbol milenario para tocarlo y despedirse de él, y mientras caminaba de vuelta rumbo a la puerta de la sala, comenzó a recitar palabras misteriosas, crípticas, que había memorizado tras repetirlas cada mañana desde que recibiera, de un ser que no pensaba mostrarse ante nadie más que ella, el cascabel del gato y el cristal transparente.

    —Dentro de tres lunas, la Luz caerá sobre nosotros, mas nadie sabrá si se trata de una estrella en agonía o de un resplandor puro del origen. Y durante la confusión despertará la Nada para reclamar lo que le pertenece, y será la Nada la que despierte a la Espada y le recuerde su promesa. Y será la Luz el principio y el final de la Nada, el anuncio y el despertar de la Tormenta, el recuerdo de la trigésima vuelta, y la Danza de los Platillos empezará a concertarse en torno al Prisionero para dictar su destino. Y su destino, dictado como el de todo por las Fuerzas Regentes, será el que compartirán los seres enlazados con el Origen, y el Origen surgirá una vez más para brillar o para apagarse, y solo hasta entonces escucharemos el deseo de la primera y la última Estrella en nuestro horizonte.

    "Y será entonces cuando termine todo."

    Y tras salir de la habitación, cerró la puerta en silencio.
     
  9. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Bien, fue corto pero no estubo mal. Es cierto que la trama tiene unos altos y bajos un tanto peculiares pero lo tomo mas como tu propio estilo de escritura que un error de narrativa. Igualmente te tomo la palabra, la historia necesita ir tomando una forma aun mas seria y espero que en los siguientes capitulos muestres algunas de tus cartas. Espero leerte pronto, sigue asi!
     
  10. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 15. Revelaciones

    Había llegado el momento de hablarles con la verdad que tantas veces quisieron ocultarles. Tenían que decirles que la situación no estaba marchando bien a pesar de que llevaran días convenciéndolos de lo contrario; necesitaban explicarles que la prueba definitiva de ello era la repentina tranquilidad del gato de peluche, que en realidad se activaba al amanecer, pero que nadie lo había escuchado porque la guardiana del equilibrio había conjurado restricciones en sus habitaciones para protegerlos; debían contarles que los entrenamientos con la niña, aunque parecían ir mejor, no daban los resultados deseados, y que sentían remota la invocación de Milvus.

    Pero mientras más repasaban lo que tenían que decirles, más se convencían de que la mención de su creadora era inminente, y eso les desagradaba no porque aún les doliera haberla perdido; sino porque los obligaba a tomar la palabra de alguien a quien no querían recurrir. Para ellos, dejar que Hitomi cuidara sola de Junko era igual o más arriesgado que permitir que los seres oscuros la forzaran a recuperar sus enlaces con su predecesora; pero era la única alternativa, pues no querían que ella escuchara la verdad.

    Su temor era tanto que ninguno sospechó que su pequeña ama ya se había dado cuenta de que le guardaban al menos un secreto.

    —Hakki y Mikki son buenas personas, pero son malos mentirosos —le dijo la niña a su compañera de paseo mientras acariciaba a Sachi, quien se había echado a pocos metros de la entrada del castillo—. Sé que no quieren decirme nada por alguna razón, y aunque quiero que me cuenten lo que esconden, no se los pregunto para no ponerlos en aprietos. A veces siento que soy una carga para ellos y para los demás, y haría todo lo posible por ayudarlos en lo que sea que estén pensando porque son mis amigos; pero dicen que es su deber cuidarme y que no debo preocuparme por ellos, que siga practicando la creación de la estrella y que intente escuchar voces; pero me cuesta hacerlo y me canso, y cuando me canso, ellos me ven con tristeza y me dicen que vaya a jugar. Entonces me doy cuenta de que las cosas no están yendo bien; pero ellos son demasiado amables para decírmelo.

    "A esos dos se les olvidó que los guardianes espirituales son muy sensibles y perspicaces", pensó Hitomi.

    —¿Y qué piensas hacer ahora que lo confirmaste?

    —Esforzarme más —respondió Junko sin titubeos para luego dibujar una sonrisa en su rostro—. Si logro crear la estrella y mantenerla o puedo escuchar voces, ellos se pondrán felices y se preocuparán menos, y entonces podré hacer magia y cumpliré con lo que tengo que hacer... porque tengo algo que hacer como todos los demás, ¿verdad?

    El optimismo de la pequeña contagió a la mujer, quien solo pudo asegurarle que estaba en lo cierto. Y mientras la veía correr con una varita para que el lobo la persiguiera, recordó los tiempos tranquilos en los que las niñas jugaban en el campo, lejos de cualquier región destruida, en su hogar en las tierras de Origo, la zona olvidada por los hombres que la familia del primer artesano había adoptado como su hogar. Las recordó con la edad de Junko: a Nanami, manteniendo la compostura y alegrando a sus nuevas hermanas a pesar de las circunstancias que vivía en aquel momento; a Sachiko, dirigiendo las excursiones por la región y preocupándose siempre por que sus hermanas no se separaran ni se perdieran en el camino; a Hana, celosa y malhumorada mientras observaba el recién comenzado entrenamiento de su hermana mayor como elemental de agua, ansiosa por empezar pronto con el suyo para asumir el rol de la persona que tanto admiraba, y a Koharu, quien se negaba a veces a usar su magia por miedo a quemarlo todo, quien soñaba con una aldea en llamas y se levantaba a medianoche para ir al cuarto de su madre y pedirle, aunque se considerara una niña grande, que la dejara dormir con ella.

    Le causaba gracia recordar que esperaba muchas cosas de las niñas a esa edad: rodillas raspadas, riñas temporales, travesuras, carcajadas, vivencias comunes de infantes, y muchas veces deseó que ninguna de ellas se viera en la necesidad de aprender a usar magia, pues sabía perfectamente que eso había provocado el desastre que dejó el reino deshabitado. Pero por más que rogó a las fuerzas regentes que la vida tranquila de las niñas continuara por siempre, estas le respondieron a través de alguien a quien no podía aborrecer, pues lo había tratado como a un hermano de sangre: "Los talismanes tendrán que reunirse una vez más para terminar lo que ya ha comenzado".

    El rostro oscurecido de Hitomi le preocupó tanto a Junko que regresó para hablarle, y ella, al entender que estaba sucumbiendo nuevamente ante sus sentimientos, vio la expresión en el rostro de la pequeña y se obligó a tranquilizarse, pues lo que menos quería era contagiar a sus protegidos con su melancolía.

    Tras decirle a la niña que no le pasaba nada y pedirle que no se preocupara, una idea repentina la motivó a preguntarle algo:

    —Han pasado cinco días desde que llegaron, ¿verdad?

    La pequeña tuvo que contarlos con los dedos antes de responderle.

    —Si contamos el sábado, ya pasaron seis días.

    Y Hitomi, en su rol de madre empática, pensó que era demasiado tiempo.

    —¡Seis días! —repitió alarmada—. ¿No extrañas a tus padres?

    Aquella pregunta desconcertó tanto a la niña que no supo qué decir.

    Mientras tanto, Haruki y Mitsuki pedían perdón por quinta vez por ocultar información indispensable para resolver el misterio detrás del fracaso de la invocación del resplandor blanco.

    —¿Es necesario que vuelvan a hacerlo? —preguntó Hana con su amargura típica de persona cansada de escuchar disculpas—. Ya les dijimos que está bien, que no tienen la culpa, que entendemos que callaran por petición de Hitomi, que hay cosas que ni siquiera ustedes pueden prever. ¿Qué quieren escuchar de nosotros ahora?, ¿que es normal que no hablen porque nacieron como pájaros?

    —¡Pero nosotros...!

    —Creo que hablo por todos cuando digo que eso ya no importa —interrumpió a Mitsuki—, mucho menos ahora que decidieron reunirnos para contarnos algo importante. Lo que no entiendo es por qué siguen escondiéndole todo a Junko, ¿no se supone que ella debería saber esto también?

    Los vigilantes de la torre se miraron entre sí y agacharon la cabeza.

    —Bueno, supongo que tienen una razón para no hacerlo y que nos la dirán tarde o temprano; pero por ahora será mejor que nos hablen de lo que les pareció tan grave como para pedir permiso de hablar.

    De inmediato, ambos recuperaron la seriedad y levantaron el rostro.

    —Los espectros susurrantes están aquí.

    Nadie entendía las palabras del guardián del sol.

    —¿Espectros susurrantes? —preguntó Daichi—. ¿Fantasmas que hablan?

    —Algo así —contestó la guardiana de la luna—. Haruki y yo decidimos darles un nombre porque aún no sabemos si todos forman parte de la Nada o si son seres que han sido dominados por ella. Pero estamos seguros de algo: ellos no escaparon del cofre.

    —Aún así, que se hayan manifestado es mala señal —continuó su compañero de deberes—, y peor aún: cada día son más.

    —Espera, ¿cada día? —preguntó alarmada Nanami—. ¿Quiere decir que han estado en el castillo antes? ¿Desde cuándo?

    —Desde hace dos noches; pero ninguno de ustedes ha podido verlos ni sentirlos porque Hitomi tomó las medidas necesarias para que no los detectaran, hasta encerraba al lobo en una habitación especial para que no aullara ni le pasara nada.

    "Conque por eso no se ha subido a mi cama de noche", pensó Sachiko al escuchar la declaración de Mitsuki; pero saberlo, en vez de tranquilizarla, la intrigó más.

    —Pero si se preocupaba de encerrar a Sachi en un cuarto protegido de los espectros susurrantes, ¿por qué la habitación de Junko no tenía un conjuro de restricción también?

    —Hay dos razones —continuó el de ojos rojizos—. Primero, porque los guardianes espirituales nacieron con enlaces especiales para detectar y atraer las irregularidades del mundo para encargarse de ellas con mayor facilidad, por eso los conjuros de restricción no sirven para ellos. Segundo, por esto.

    Su mano colocó sobre la mesa al nuevo protagonista de la historia: el gato de peluche con su cascabel mudo, el que pronto tocó la de ojos lilas para seguir con la explicación.

    —Esto en realidad no suena, —"¡Lo sabía!", pensó Maki—, o más bien, no suena en circunstancias normales; para hacerlo, el cascabel necesita percibir una cantidad considerable de energía de objetos o seres mágicos o de potenciales adecuados para practicar magia. Pero cuando hay demasiados elementos mágicos disponibles, como aquí en el castillo, solo suena cuando detecta entes que puedan poner en riesgo a su protegido.

    —El gato también es un objeto mágico y, por lo que entiendo, en su mundo funcionaba como un repelente de emociones negativas; pero además tiene la capacidad de reaccionar ante el sonido del cascabel para dispersar a los espectros. Hasta ahora ha cuidado a Junko mientras duerme; pero, aunque ha sido un objeto muy útil hasta ahora, tememos que en algún momento sea incapaz de hacerlo. Cuando el momento llegue, ayúdennos a proteger a nuestra ama y a resguardar la torre, por favor.

    —Lo haremos, pero ¿están seguros de que ese momento puede llegar? —preguntó Maki, quien aún tenía esperanzas de que los protectores del cofre estuvieran preocupándose demasiado.

    —Al principio creíamos que era una posibilidad remota, que mientras ella mantuviera cerca al gato y el cascabel funcionara adecuadamente, todo estaría bien. Teníamos la certeza de que estaríamos a su lado para protegerla si algo fallaba, pero... anoche nos dimos cuenta de que las cosas no son tan sencillas.

    Y se levantaron de sus asientos para mostrarles las pruebas que los hicieron percatarse de ello: ante los elementales, un par de lanzas desgastadas, casi rotas, y los prendedores de oro y de plata con sus gemas opacas.

    —Como creaciones del guardián blanco, tanto nuestros objetos mágicos como la estabilidad de nuestras formas dependen de su resplandor.

    —La energía que nos dejó nuestra creadora antes de que fuéramos sellados se está agotando. Anoche nos fue imposible hacer algo para defender a Junko, si no fuera por el gato, quién sabe lo que hubiera ocurrido.

    —No sabemos cuánto tiempo podremos seguir manteniendo el estado actual del cofre, y aún si recuperáramos todo nuestro poder y lográramos reforzar su barrera, ella no podrá repararlo hasta que las condiciones naturales sean propicias para realizar el ritual de los resplandores absolutos.

    —De cualquier manera, para recuperar nuestro poder necesitamos saber por qué ella no puede estabilizar el resplandor blanco, es la única forma de resolver este problema.

    —Pero ya le preguntamos de todo —protestó Koharu con medio cuerpo acostado sobre la mesa—: no tiene recuerdos tristes, ni momentos dolorosos, ni arrepentimientos, ni experiencias traumáticas; nadie la trata mal, conoce a su familia...

    —¡Lo sentimos! —se disculparon los pajes por sexta vez.

    —Ahí vamos de nuevo —se quejó Hana—. ¿Qué les puedo decir ahora? ¿Que queríamos ayudar y que no deben ofrecernos disculpas por eso?

    —No es eso, es que...

    —Junko no es el problema...

    —Y lo sabíamos...

    —Desde el principio.

    La conmoción en el salón de reuniones fue tal que los pajes quisieron convertirse en aves y escapar por una de las ventanas; pero pronto entendieron que su plan no funcionaría porque estaban cerradas.

    —¿Que Junko no es el problema?

    —¿Qué se supone que significa eso?

    —¿Cómo es que lo sabían desde el principio y nunca nos lo dijeron?

    —¿No son ustedes los que están sufriendo ahora porque no encontramos respuestas?

    —¡Esperen! Debe haber una razón para que no nos lo dijeran antes —dijo Daichi a las elementales nativas en defensa de los pajes, a quienes miró cuando volvió la calma a la sala de juntas—, y es la misma por la que no querían que Junko estuviera aquí, ¿verdad?

    Todos los vieron asentir con la cabeza.

    —Mitsu y yo les agradecemos su esfuerzo y queremos que sepan que no ha sido en vano.

    —Toda la información que conseguimos gracias a ustedes nos ha ayudado a entender que ella no tendrá dificultades para utilizar su magia ni para reparar el cofre cuando logre estabilizar el resplandor blanco e invocar a Milvus.

    —Pero saber que el problema no viene de ella nos hizo reforzar más la sospecha de que el enlace de Junko con nuestra antigua ama es un caso muy especial; de hecho, cuando se lo preguntamos a Hitomi, nos dio muchas razones para no descartar la idea de que la existencia de nuestra nueva ama es una extraña jugada del ciclo. Aún así... que las cosas resultaran de este modo...

    El breve silencio del guardián hizo que su compañera de deberes viera su rostro atormentado antes de revelar el secreto que habían guardado por tanto tiempo.

    —Nuestra creadora está evitando la invocación del resplandor blanco.
     
  11. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 16. Espectros susurrantes

    Varias veces, durante el tiempo que permanecieron sellados en el arco protector del cofre blanco, los guardianes recordaron cierto tarareo dulce proveniente de una torre, de un balcón con ventanales abiertos, de una silla mecedora, de una silueta blanca con amplia cabellera dorada que casi tocaba el suelo. Atraídos por la misteriosa felicidad de su creadora, aquellos seres interrumpieron su revisión aérea de las inmediaciones del castillo para posarse en la barandilla del balcón para verla, y volvieron a su forma humana para hablarle al notar que no podía despegar la mirada de su labor.

    —¿Qué es eso? —preguntó Haruki con inocencia.

    —Un viejo vestido —respondió ella mientras bordaba las orillas de los holanes con hilos dorados—. Lo encontré en la mañana mientras revisaba un baúl, fue el que usé en mi ceremonia de presentación y decidí arreglarlo.

    —Pero es muy pequeño, no podrá lucirlo —comentó Mitsuki, y su vieja ama dejó escapar de su boca una risita.

    —Lo sé; pero aún así quería rescatarlo. —Cortó el hilo con una tijera, clavó la aguja en una almohadilla y tomó la prenda de los hombros para mostrárselos—. ¡Listo!

    Ante ellos, el vestido considerado viejo parecía recién confeccionado, y ambos, maravillados por las habilidades de su ama, le aplaudieron y la alabaron.

    —Ya, ya, no es para tanto —respondía ella a sus palabras amables mientras volteaba el traje para verlo con detenimiento, orgullosa por el resultado; pero varios segundos después cambió el brillo feliz de sus ojos por una opacidad melancólica que sus pajes notaron de inmediato.

    —¿Pasa algo?

    —¿Está cansada?

    —Estoy bien —respondió de inmediato mientras colocaba el vestido sobre su regazo—, solo pensaba que, si tuviera una hija, me gustaría que usara este vestido en algún momento.

    —Una princesa...

    —Una pequeña ama...

    Y la mirada de los tres se perdió con tristeza entre los holanes bordados mientras pensaban que el castillo se volvería más colorido si aquello ocurriera: una niña inquieta dando vueltas por el jardín, alegrando la mañana de todos sus habitantes, con las facciones y la delicadeza de su madre, con la mirada y la gracia de su padre, con un par de coletas graciosas y listones por todas partes.

    Ver a Junko con ese vestido cuando llegó al castillo les hizo sentir tanta felicidad y tanta amargura que no supieron qué más hacer después de observarla con cuidado, y siguieron pensando mientras arreglaban su peinado, mientras halagaban el resultado, mientras Daichi le contaba la historia del mundo, mientras comían y cenaban, mientras la abrazaban... Pero más que imaginar lo que su creadora hubiera sentido al ver su deseo realizado, reflexionaban sobre el resultado obtenido por la pequeña cuando tocó la esfera de cristal que Hitomi les había mostrado.

    —Sé que tú también tienes curiosidad sobre ella, pero debemos enfocarnos en el humo rojo —le dijo Mitsuki a su compañero por la noche, a solas, en la habitación de la torre.

    —Lo sé —contestó él mientras echaba un vistazo al cofre blanco, cuya situación no había mejorado ni empeorado—; pero no puedo dejar de pensar que ella tiene alguna relación con nuestra creadora. ¿No te parece extraño que se parezcan tanto?

    —Me asusta más que se parezca a lo que nosotros imaginábamos, como si nuestro deseo...

    —Su deseo —interrumpió con voz tajante—. Nosotros no tenemos derecho a tener un deseo propio, nunca lo olvides.

    —Nunca lo haría —contestó ligeramente molesta mientras se sentaba en la cama que perteneció a la reina—. Aún así, que fuera el deseo de nuestra ama...

    —Eso tendría más sentido que asumirla como una vuelta del ciclo.

    —Una mala jugada del ciclo, querrás decir. Demasiadas coincidencias vuelven todo más aterrador.

    —Tienes razón... —Y dudó por un momento—. Pero si fuera una vuelta del ciclo...

    —¿Y si su inestabilidad en realidad se debe a que el ciclo ha dejado algo de su existencia anterior en su nuevo ser?

    Y fijaron la vista hacia la pared durante un rato largo, silencioso, mientras compartían pensamientos propios de seres que han estado juntos por mucho tiempo: si el ciclo les estuviera jugando una mala pasada, si su nueva ama en realidad fuera la existencia renovada de la antigua guardiana del resplandor blanco, ¿aún podía considerarse pura?

    Más que averiguar si la niña recién llegada podía ser digna heredera del legado de su creadora, les preocupaba la idea de establecer el puente entre ambas. Recordaron entonces los últimos días que pudieron ver a la última reina de Nitens antes de ser sellados en el arco que rodeaba el cofre blanco: las penas reflejadas en su rostro, la mirada apagada por una tristeza con la que ninguno de ellos podía empatizar. No lograban entender cómo la persona más serena del reino se había convertido, en un abrir y cerrar de ojos, en un ser perdido y altamente vulnerable, y aunque tenían sus sospechas, nunca lograron corroborarlas. La recordaban distante, perdida, en una agonía silenciosa que fue dibujando sombras bajo sus ojos, y lo último que pudieron escuchar de ella, antes de ser inducidos a un sueño largo que terminaría tres meses antes de la llegada de Junko, fue una disculpa con voz apagada: "Perdónenme por dejarlos solos".

    ¿Y si aquella tristeza infinita del pasado se hubiera fundido con los enlaces que heredaría su sucesor? ¿Y si el dolor de su creadora despertara en el corazón de su nueva ama cuando le revelaran más sobre ella o cuando mencionaran su nombre? ¿Podrían soportarlo? ¿Podrían cargar con la culpa de originar otra desgracia?

    —No podremos dejar de pensar en ella, ¿verdad?

    —No mientras no tengamos respuestas.

    Y acordaron hablar con la guardiana del equilibrio a la mañana siguiente. Necesitaban saber si la presencia de su nueva ama traería la salvación anhelada o la devastación de lo que quedaba del reino; pero ella aseguraba, en su eterno lenguaje críptico, que su rol no había sido condicionado por el origen. Querían saber si Junko tenía una relación mayor con su creadora que ser simplemente la nueva guardiana del resplandor blanco, y su respuesta afirmativa, aunque indirecta, les hizo suponer lo que más temían: darle una pista de su antigua existencia podría ocasionar un desastre.

    —No es un conjuro de intercambio, ni algo parecido, ni con los mismos riesgos; —La respuesta de Hitomi luego de que le explicaran por qué habían decidido no hablarle a Junko sobre su creadora los alivió por un momento—; de hecho, tienen y no tienen razón en algo: es una jugada del ciclo. —"Las fuerzas regentes son impredecibles", pensaron—. De cualquier manera, lo mejor es que sigan callando ese nombre y que acepten que ella no volverá como ustedes desean.

    La situación era peor de lo que esperaban. Habían pasado tantas cosas inexplicables que no parecía tan descabellado suponer que la existencia de Junko respondía a la combinación de dos seres: la hija deseada y la madre destrozada que volvía al ciclo para una segunda oportunidad en la que, con suerte, podría ser más feliz, y ambos quisieron asegurarse de que así ocurriera. Entonces decidieron callarlo todo como la mujer de ojos grises les había ordenado, y dispusieron que lo que le enseñarían a su nueva ama sería el conocimiento que su creadora había compartido con ellos durante su tiempo de preparación: la materialización del resplandor blanco, la invocación de Milvus, la técnica para sentir los resquicios de la Nada que vagaban cerca de ella, el método para localizar las irregularidades del mundo y repararlas. Pero el tiempo pasaba, Junko no podía lograrlo y ellos no sabían qué más hacer para obtener resultados.

    Y tenían razones para desesperarse.

    El maullido de un gato intrigó tanto a Haruki la mañana del martes que se asomó pronto por el balcón de la torre para verlo todo: una onda mágica que se expandía por el castillo y que mostraba las barreras que Hitomi había levantado en las habitaciones de los elementales, el intento de escape de unas siluetas oscuras que se arrastraban con rapidez y la destrucción de las que el maullido pudo alcanzar.

    —Esto no es normal, Mitsu —le dijo cuando ella hubo despertado—. Nunca habíamos visto esas sombras ni habíamos escuchado sobre ellas, y parece que querían ir por Junko.

    —¿Sombras sin forma, dices?

    —No estoy seguro, no las vi bien, pero algunas decían palabras extrañas, frases sin sentido, era... como si sintieran miedo y rencor.

    —¿Algo como... espectros susurrantes?

    —Creo que es el mejor nombre que podemos darles mientras averiguamos qué son y por qué activaron la magia del gato.

    —¿Crees que Junko las atraiga a pesar de que sea incapaz de materializar el resplandor blanco?

    Una sospecha.

    —Tal vez sea por eso que se acercan a ella.

    Convencidos de que no podrían resolver el misterio mientras no supieran la gravedad del asunto, los vigilantes de la torre tomaron medidas: despiertos poco antes del amanecer, ambos se asomaron discretamente por el ventanal semiabierto del balcón para no levantar sospechas ni alterar el desarrollo de los acontecimientos a menos que fuera necesario.

    El tintineo de un cascabel en la tranquilidad de la aurora hizo que asomaran sus cuerpos por el balcón y dirigieran la mirada hacia la habitación de su nueva ama para contemplar lo que ocurría: la presencia de siluetas oscuras que se arrastraban por el jardín mientras susurraban frases inconexas: "Se apaga", "Desaparece", "No te vayas", "Tengo miedo", "Hace frío", "No me dejes"; más siluetas en los pasillos cercanos que murmuraban blasfemias: "Tú tienes la culpa", "Debes pagar por lo que hiciste", "No te perdonaré", "No te acerques", "No vuelvas"; una frase incompleta, una amenaza de muerte interrumpida por el maullido de un gato que creaba una onda mágica por segundo día consecutivo que destruía a las sombras cercanas y que ahuyentaba a otras que no querían ser purificadas, y una de ellas, antes de que fuera alcanzada por la técnica de defensa, se apoderó de una flor que se convirtió en polvo en cuestión de segundos.

    —¿Lo viste? —preguntó él cuando todo hubo pasado.

    —Me hubiera gustado no hacerlo —contestó ella aún con las frases de los espíritus taladrando su cabeza.

    —Al menos descubrimos que el gato es realmente útil.

    —Pero hay algo raro —continuó la de cabello plateado mientras volvía al interior de la habitación, luego de ver que el amanecer se encargaba de alejar al resto de espectros atacantes—: ¿por qué el cascabel se activó apenas ayer?, ¿no debería haberlo hecho desde que llegaron?, ¿no se supone que los espectros han vagado por el mundo desde el origen? El tiempo del cofre empezó a correr hace meses, ¿por qué no nos atacaron antes?

    —Tal vez sienten que Junko está mejorando, temen que logre materializar pronto el resplandor blanco y los encierre en el cofre.

    —Pero entonces la atacarían en cualquier momento de la noche, ¿no? ¿Por qué esperar precisamente al alba?

    —¿En qué piensas, Mitsu?

    No podía ser de otra manera.

    —Pienso que alguien los está llamando.

    La simple idea de tener un enemigo molestaba al de ojos cobrizos.

    —¿Pero quién y qué pretende?

    —Creo que eso es lo que necesitamos averiguar ahora.

    Su plan era descubrir qué había detrás de la repentina aparición de los espectros susurrantes y si su presencia podría darles pistas sobre la inestabilidad en la voluntad mágica de Junko. Necesitaban una oportunidad para encontrar las piezas perdidas y disponerlas en el gran enigma que quizá los llevaría a la materialización exitosa del resplandor blanco; aunque ninguno esperaba que su oportunidad llegara tan pronto, y eso los asustaba. Pero estaban preparados y acordaron que uno comprobaría la hipótesis del otro, y así ocurrió.

    Sorprendido momentos antes del nuevo amanecer, Haruki no podía desprender la mirada del humo blanco que liberó la vela al apagarse y que formó la silueta de su antigua ama, quien felizmente contempló a la niña dormida antes de descomponerse lentamente en hilos que Junko intentó asir entre sueños. La sonrisa de la nube, sin embargo, se transformó de repente en el gesto desquiciado, hambriento de poder, maligno y misterioso de un ser oscuro cuya mano intentó formarse hasta que el sonido del cascabel lo detuvo y congeló al velador, quien observaba todo con impotencia.

    Más allá de las murallas del castillo, Mitsuki intentaba destruir o capturar a las sombras que buscaban traspasarlas, pero no demoró mucho en comprender que sus esfuerzos no tenían el éxito esperado: barreras de luz destrozadas, ataques esquivados o anulados, el intento más fallido y doloroso de proteger el castillo que nunca antes había experimentado.

    Así fue como se declararon incompetentes y como entendieron, por fin, que la situación se les saldría de las manos en poco tiempo. Y tras volverse conscientes de la necesidad de compartir sus pesares con el resto de los guardianes, después de solicitarle a Hitomi que les permitiera hablar con ellos, volvieron cabizbajos a la torre para encontrarse nuevamente con la niña que abría los ojos.

    —Buenos días —saludó ella aún adormilada después de sentarse sobre la cama y bostezar.

    —Buenos días —respondieron ambos con sonrisas que intentaban ocultar sus preocupaciones.

    —Esta vez no me caí, ¿verdad?

    —No, esta vez dormiste muy tranquila.

    Las palabras de Mitsuki aliviaron a Junko, quien parecía estar de muy buen humor.

    —Soñaste algo lindo, ¿verdad? —se animó a preguntar Haruki con curiosidad inocente, aunque falsa, y tanto él como su compañera pudieron verla asentir y dibujar en su rostro la alegría plena de quien ignora el peligro en el que se encuentra.

    —Soñé a mi mamá.
     

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