Original Fic El deseo de Nozomu II: El deseo de la luz

Tema en 'Zona creativa' iniciado por Metzonalli, 4 Ago 2017.

  1. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Vas muy bien, la trama se toma su tiempo pero creo que estas manejando bien el suspenso. Los personajes tienen evolucion, eso tambien es bueno. Este capitulo a sido muy satisfactorio. Sigue asi!
     
  2. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 11. Frustración

    Aún después de convertirse en una víctima más de las palabras hirientes de la guardiana del equilibrio, él no estaba dispuesto a rendirse tan pronto y, luego de calmar sus pensamientos, pensó que debía agotar todos los medios para aprender más sobre Asteregius. Ese día, sin renegar por el maltrato ni quejarse por el cansancio, entrenó todo lo que pudo hasta aprender a blandir la espada con mayor precisión, mas fue imposible arrancarle respuestas a su entrenadora, quien se dedicaba a narrarle anécdotas inútiles y a desviar el tema o a evadir las preguntas del chico. Por la noche, cansado de pensar en otras maneras de conseguir información que le ayudara a aprender más sobre sus habilidades, durmió sin soñar ni bien dejó caer la cabeza sobre la almohada, sin darle tiempo a nadie de preguntarle sobre su éxito o su fracaso en el primer día de entrenamiento.

    A la mañana siguiente, sin embargo, una idea lo despertó más temprano que al resto: si Hitomi evadía sus preguntas y era capaz de mentir para no decirle nada, ¿quién podía asegurarle que decía la verdad cuando quiso saber sobre la existencia de un registro escrito con las habilidades de los Fidestella? Sorprendido por aquel momento de iluminación, se levantó de la cama y corrió hacia la biblioteca del castillo en busca de cualquier pista, de cualquier indicio que confirmara sus sospechas: un título engañoso o fantástico, un grabado, el relieve de la corona del pacto o alguna ilustración de Asteregius, alguna historia sobre el primer Astrifer que le permitiera saber si tras la creación de la espada existía un motivo oculto que solo conocieran los primeros magos, el diario del primer artesano que le revelara sus intenciones tras la creación del objeto mágico. Pero la luz del sol se agotaba al igual que sus esperanzas al notar, después de consultar todos los materiales que pudo, que su búsqueda era en vano. Y desilusionado, tal vez agobiado, volvió a su habitación sin preocuparse por cenar y sin cruzar palabra con nadie.

    Y el tercer día, al parecer, estaba condenado al desastre.

    Sobre la tierra cubierta de pasto, exhausto, pensativo, Daichi apoyaba la hoja de la espada en la palma de su mano izquierda para analizarla una vez más. ¿Cuántas veces lo había hecho ya? Los objetos no cambian por sí mismos en dos días. Su arma mágica no revelaba nuevos grabados, ni frases misteriosas, ni pistas sobre conjuros que le ayudaran en su misión, ni fragmentos de pasado que le permitieran comprender el secreto de sus habilidades. Quizá lo que más le molestaba era la posibilidad de ser nuevamente inútil, un agregado más a la lista de pendientes que el resto del grupo tenía que atender. Y estaba por convencerse de que todo era inútil cuando sintió la presencia de alguien que se sentaba a su lado.

    —¿Quieres hablar?

    El tono amable en la voz de Nanami le hizo entender que no podía seguir callando.

    —Ya no sé qué hacer o en dónde buscar lo que necesito saber.

    —Tal vez primero debas preguntarte qué quieres saber.

    —Sé lo que busco —respondió frustrado—: una lista de técnicas antiguas, las virtudes de la espada, el verdadero rol del Fidestella...

    —Y Hitomi no quiere decirte nada, ¿verdad? —Lo vio asentir con la cabeza—. Bueno, no eres el único al que le pasa. Cuando dijo que lo mejor para nosotras era aprender a controlar nuestro potencial, tampoco quiso hablarnos de nada que no fuera básico para que lo lográramos, y la mayoría de las veces tuvimos que arreglárnoslas para entender lo que intentaba decirnos. No es buena maestra y siempre nos ha dicho que debemos encontrar las respuestas por nuestra cuenta; pero estoy segura de que muchas veces se siente frustrada por no poder hablarnos más sobre la magia porque su deber como guardiana del equilibrio no se lo permite, tal vez esa sea la razón por la que no te ha hablado sobre la espada.

    Un suspiro.

    —Pero ya agoté todos los medios. ¿Cómo voy a luchar con la espada si no sé qué debo hacer con ella? ¿Qué se supone que haga si no tengo bases ni pistas para encontrar una manera de controlar su poder?

    La elemental del agua había escuchado antes una frase similar y su respuesta.

    —Volver a empezar.

    —¿Y cómo se supone que voy a hacer eso si no sé hacia dónde ir?

    —Inventa un camino.

    Y el instinto de hermana mayor la traicionó por un momento: tras levantarse, dirigió la mano derecha a la cabeza del chico para despeinarlo cariñosamente antes de partir y despedirse con una frase más:

    —Lo harás bien, ya lo verás.

    Ahí estaba de nuevo la razón por la que no le contaba nada a nadie: unas cuantas palabras para consolarlo, un gesto amable para que se sintiera mejor y para que recuperara su ánimo, pero nada más. No podía ser de otra manera, las elementales eran demasiado amables para decirle que se rindiera de una vez, era la misma razón por la que evadía el tema con Maki cada vez que le preguntaba si le pasaba algo o cada que intentaba sacarle información, y él, cansado de preocupar a todos con sus dudas, buscaba siempre la forma de ocultarles sus motivos. Y aunque en su mente todo estaba claro, lo que ocurrió media hora después se encargaría de demostrarle que la realidad distaba mucho de sus suposiciones.

    Harta de su silencio, ansiosa por obtener respuestas y dispuesta a todo por hablar con él, Maki lo había vigilado todo el día en espera de una oportunidad para seguir insistiendo. Su iniciativa había sido reforzada por aquella breve conversación que él tuvo con Nanami poco antes, y si bien la dirección que estaba por tomar no era de su agrado, tampoco tenía muchas opciones.

    Entonces, cuando vio que él entraba a su cuarto, decidió arriesgarlo todo: detener la puerta antes de que se cerrara, entrar con rapidez, cerrar a sus espaldas, sentarse en el piso para bloquear la salida en espera, al menos, del máximo nivel de molestia de su amigo de la infancia. Estaba dispuesta a dormir ahí y quedarse con él todo el tiempo que fuera necesario.

    Pero el chico estaba tan ensimismado que no se dio cuenta de que tenía compañía. Suspiró una vez más mientras se acostaba en la cama para mirar el techo en silencio, sin moverse, casi sin respirar durante varios minutos eternos mal aprovechados por su mente traidora que, de un momento a otro, comenzó a agredirlo con pensamientos turbios, recuerdos pesimistas, ideas negativas de quien se da por vencido.

    La falta de movimiento y la ausencia de palabras la obligaron a cambiar sus planes.

    —¿Vas a quedarte así lo que resta del día?

    Sobresaltado, se sentó en la orilla de la cama y giró el cuerpo para ver hacia atrás.

    —¿Cuánto tiempo llevas ahí?

    —Diez minutos, una hora, toda la vida, no lo sé, perdí la cuenta cuando suspiraste por quinta vez.

    —¿Y qué haces en el piso? —le preguntó mientras se sentaba en el lado opuesto de la cama para dejar de torcer su cuello.

    —Te estoy esperando.

    Un nuevo suspiro, ¿cuántos iban ya?

    —Estás perdiendo el tiempo —declaró para luego levantarse una vez más en un intento por caminar hacia la ventana—. No voy a seguir entrenando, es todo, no sirvo para esto, se acabó para mí.

    Tanto pesimismo acumulado le revolvió el estómago.

    —¿Hablas en serio? —dijo indignada—. ¿En verdad vas a rendirte tan pronto?

    Daichi no sabía qué hacer primero: ¿aceptar su pesimismo?, ¿molestarse con ella por entrar a su cuarto únicamente para cuestionar sus decisiones?, ¿sentirse incomprendido?, ¿sorprenderse por aquella reacción inesperada?

    No importaba decidirlo si todo salía al mismo tiempo.

    —¿Tan pronto? —¿Por dónde empezar?—. Me he esforzado por aprender lo básico y no basta, investigué lo que pude y no encuentro nada, hago preguntas y nadie es capaz de responderme, y mientras más me esfuerzo por encontrar algo, más entiendo que estoy equivocado y que no sé nada, ni siquiera si debería seguir con esto. —¿Nada más?— Tengo una espada mágica y no sé qué hacer con ella, tengo mucho por aprender y no sé exactamente qué es ni cómo averiguarlo, estoy tan desesperado por hablar con ella que sería capaz de volver al vacío para hacerlo. —¿Por qué le tenía que pasar eso precisamente a él?— Ya agoté mis recursos y nadie parece entenderlo, y no tienen por qué hacerlo porque las fuerzas regentes les hablan y saben lo que tienen que hacer, pero yo...

    —¿Y qué hay del consejo de Nanami? —lo interrumpió mientras se levantaba del piso.

    —Eso no servirá —contestó más frustrado que antes—. ¿Crees que es fácil? Para empezar de nuevo necesito un punto de partida que no tengo, necesito una idea de hacia dónde ir, necesito al menos saber lo que estoy haciendo, necesito estar seguro de que...

    —¿Necesitas estar seguro de que la espada escogió bien?

    Entonces comprendió todo y recordó la charla del día anterior: "No es como si hubiera querido que me eligiera en primer lugar". Quería decirlo, pero ella no se lo permitió.

    —¿Tanto desconfías de ti mismo? —preguntó con frialdad la chica de trenzas en un extraño momento de ruptura de carácter y desobediencia de su propio protocolo de amistad incondicional y pasiva, lista para tomar por fin el rumbo de la conversación—. ¿Sigues pensando que quienes confían en ti lo hacen sin razón o están equivocados? ¿Crees que arreglarás algo lamentándote y renunciando al rol para el que fuiste escogido? ¿Quién crees que va a permitirte que te rindas ahora? —El momento de hablar había llegado—. Tú al menos sabes que no tienes pistas ni puntos de partida y tienes tiempo para reflexionar sobre ello; pero las demás tienen que buscar y encontrar respuestas por ensayo y error y sin quejarse. —Pero ellas eran más fuertes, necesitaba otro ejemplo—. Yo pasé tres días sin saber lo que estaba haciendo y tres más intentando aprender mientras me veía obligaba a llenar un hueco, y ni siquiera tuve tiempo de asimilarlo porque no podía simplemente esperar hasta que desaparecieras, no quería que pasara. —Le dolió pensar, por un instante, que había luchado por alguien que menospreciaba su esfuerzo—. ¿Crees que lo que hemos hecho hasta ahora es más fácil solo porque tenemos un camino trazado? —Tomó su dije de ave y lo jaló con fuerza en un intento por quitárselo, sin éxito—. ¿Crees que iba a renunciar a esto porque utilizar su poder era imposible para mí? ¿Crees que no tenía miedo? ¿Crees que nunca intenté escapar o convencerme de que estaba en una pesadilla? Tenía una razón para luchar y me aferraba a ella, aguanté todo sólo porque me importas lo suficiente como para saltar sobre mis temores y romper mis promesas, haría lo mismo si ocurriera de nuevo, incluso si a alguna de ellas le pasara algo actuaría de la misma forma, y eso me lo enseñaste tú, ¿o ya lo olvidaste?, ¿lo olvidaste y por eso te rindes?

    ¿De qué estaría hablando?

    —¡No importa! No importa si no lo recuerdas ni cuándo pasó, ni siquiera importa que vuelvas a ser como antes porque todos cambian, —"No se trata de recordar quién eres, no lo has olvidado"—, ya sé que no puedes simplemente olvidar tus heridas y tus miedos y comenzar otra vez; —"No se trata de aceptar por completo tus defectos si quieres y puedes cambiarlos"—; pero quiero que al menos confíes en ti, en lo que eres ahora y en lo que quieras hacer mañana, —"Si lo ves de esa manera, ¿qué quieres ser?"—, y si eso no te basta o te sientes inseguro, puedes hablar conmigo, con Kasu, con los magos, con Sachi si quieres; pero no te calles, no sufras solo, y no te rindas aún, ni con esto ni con las cosas que quieres. Lucha no por Junko, ni por mí, ni por nadie, sino por ti y por lo que quieras lograr, ¡sé egoísta y lucha por tus deseos!

    Necesitaba sentarse, recuperar el aliento, mirar el piso y pensar con claridad después de escupirlo todo: "¿Qué hago ahora? ¿Hablé demasiado? ¿Se habrá enojado? ¿En verdad necesitaba decir esas cosas? ¿Debería levantarme y salir corriendo?", y quiso escaparse, pero sentía las piernas tan débiles que no pudo levantarse de nuevo, al menos no mientras Daichi asimilaba que Asteregius quería que comprendiera eso tres meses atrás.

    Él también necesitaba sentarse: "¿Cuál es mi deseo?", se preguntó nuevamente, y al recordarlo, sintió que era demasiado ambiguo o ambicioso; pero la espada nunca lo cuestionó, simplemente hizo un pacto con él para ayudarlo a cumplirlo porque lo consideró bueno, ¿era eso apoyo incondicional?

    —De acuerdo, no pierdo nada intentándolo.

    Era lo único que ella necesitaba oír. Tan era así que hizo el esfuerzo por levantarse del suelo, girar y salir de la habitación sin esperar más palabras de él, ni siquiera el agradecimiento que estaba preparando; pero sus intenciones le hicieron recordar algo importante, algo que necesitaba contarle antes de olvidarlo para siempre:

    —Por cierto, Haruki y Mitsuki dicen que Asteregius no hace nada.

    Daichi olvidó lo que quería decirle y volvió el rostro para mirarla con estupefacción.

    —¿Eh?

    —Al menos eso dijeron ayer en la cena —continuó Maki mientras jugaba con una de sus trenzas, avergonzada por casi retirarse sin revelarle el secreto—, ya sabes, es imposible para ellos callar cuando hablan del pasado. —Dejó en paz su cabello para ver a Daichi con cierto nerviosismo—. Por cierto, dicen que el rey Hayato amaba las cosas dulces, ¿no es eso raro para alguien descrito como valiente y galante?

    —Espera, espera —pidió con rapidez el chico—, ¿cómo que Asteregius no hace nada? ¡Todos la vimos brillar cuando...!

    —No era magia.

    —¿Y qué hay de la vez que volvimos a nuestro mundo?

    —Esa era magia de Hitomi, tuvo que admitirlo anoche luego de escuchar a Haruki y Mitsuki revelando el misterio.

    No podía entenderlo. ¿Un objeto mágico que no hacía nada? ¿Una serie de reacciones al contacto con ella que no fueron causados propiamente por su poder? ¿Qué era entonces lo que la línea sucesoria de los Fidestella se transmitía por medio de la práctica?, ¿el modo de blandirla?, ¿las instrucciones básicas para utilizarla en los momentos críticos?, ¿la preparación necesaria para cualquier batalla en espera de que nunca llegara? Si todo aquello fuera cierto...

    —...¿me he estado preocupando por nada?

    Ver el desconcierto en su rostro la asustó tanto que pensó que él ignoraría la seriedad de sus palabras.

    —¡Pero todo lo que te dije lo creo y lo siento de verdad! Lo he pensado desde que volvimos a nuestro mundo aunque no recordara nada de lo que hicimos aquí; pero no tenía confianza para decírtelo, y Kasu... bueno... ella me dijo...

    —¿¡Qué más dijeron anoche!?

    Tan ocupada estaba en darle explicaciones nerviosas que no supo en qué momento se acercó a ella para tomar sus hombros y plantearle aquella duda, e impresionada ante semejante cambio de humor, permaneció inmóvil un par de segundos mientras se daba cuenta de que en realidad no sabía por dónde empezar a contarle lo ocurrido durante la cena del martes.
     
  3. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Me gusto mucho este capitulo, vas ampliando mas la trama pero siento que todavia tenes mas que contar. Los personajes de a poco se van haciendo mas interesantes, estas haciendo un buen trabajo. Sigue asi!
     
  4. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 12. Martes

    En la parte más recóndita de la penumbra de aquella escena, una estrella plateada titilaba con debilidad. La llamaba con destellos, con un lenguaje mudo que podía entender sin haberlo aprendido, y caminaba despacio sobre el territorio sin límites, atraída cada vez con más fuerza, cada vez con más luz, y llegó el momento en el que la esfera plateada, antes estrella, mostró la silueta de una cruz que siguió creciendo, poco a poco, sin voces ni cambios bruscos, y hasta que estuvo frente a ella notó la verdadera forma de la oscuridad que de repente se convirtió en un nuevo resplandor: Asteregius con la guarda y el pomo plateados, la empuñadura envuelta con cuero negro, el símbolo de dieciséis picos en el pomo, las aristas de un rombo marcadas por cuatro gemas pequeñas en el centro de la guarnición y dos más en los extremos, la dorada corona de laurel en la hoja. La tierna mano, tan curiosa como su propietaria, la tocó con ligereza para sentir nuevamente su calidez agradable, única y misteriosamente familiar.

    Aquel contacto le permitió escuchar las voces de sus seres queridos a través de los enlaces del mundo: el sonido de la felicidad familiar, el de sus viejos y pequeños amigos de juego, el de sus nuevos amigos y guardianes mágicos, y sintió tanta alegría cerca de ese objeto mágico que no tardó mucho en separar la mano para acercarse más y abrazarlo con cariño, en silencio, con la extraña sensación de que debía protegerlo, de que debía corresponderlo, de que el objeto la amaba.

    Pero fue como abrazar una burbuja: un breve contacto con su diminuto cuerpo bastó para que se descompusiera en finas partículas que la rodearon por un momento para hacerle cosquillas, para transmitirle su calor y para guiarla unos cuantos metros hacia adelante, en donde se detuvo al contemplar una silueta brillante, casi deslumbrante, de una doncella de cabellos dorados vestida de blanco que le daba la espalda. Reanudó su marcha y estiró el brazo para alcanzarla, pero se paró en seco al escuchar un cascabel a la distancia, y tras ese sonido, como si fuera una señal para revelar un misterio, la falda de la dama comenzó a teñirse de rojo, de carmín, de vino, y se fundió con la oscuridad mientras giraba para ver a su visitante y mostrarle su semblante que cada vez se volvía más perturbador, tenebroso, hasta convertirse en el rostro de quien se alegra de la desgracia.

    De repente, en el escenario oscuro aparecieron imágenes inconexas de un pasado que nadie merecía recordar para después convertirse en un futuro no deseado: su entorno con decenas de ausencias, su mundo gris y derrumbado, sin sueños posibles ni esperanzas que lo salvaran, sin más luz que la que le permitía ver los espacios que algunas veces estuvieron llenos y que otras tantas había compartido con otros. Era y no era su mundo, y verlo en esas condiciones terribles le infligía tanto dolor que comenzó a retroceder sin poder desprender la mirada del horizonte confuso, y tal vez por eso no se percató de que la figura tenebrosa señalaba sus pies para crear, detrás de ella, un abismo que amenazaba con devorarla.

    Justo entonces sintió que caía sin remedio en esa penumbra cuyos límites se habían vuelto tangibles, en el suelo frío de una habitación prestada, envuelta en un cobertor con olor a humedad y a tiempo, y cuando abrió los ojos no había nada más que muros de piedra y una ventana por donde se filtraban los primeros rayos del sol.

    Mientras se sentaba y se quejaba por el dolor que le había provocado el golpe, su vecina de habitación entró sin tocar la puerta.

    —¿Pasó algo? ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas que pida ayuda?

    Tanta preocupación en su voz y en sus gestos le parecieron tan curiosos que olvidó su sueño.

    —Estoy bien, solo me caí de la cama.

    —Menos mal —suspiró la chica sin trenzas, con el cabello alborotado, víctima de su nerviosismo—. ¿Necesitas ayuda?

    —No te preocupes, puedo levantarme sola.

    Pero su voluntad no era suficiente: luego de analizar su situación, tras entender que no podría deshacerse del cobertor mientras no pudiera liberar sus brazos apretados, y al notar que Maki seguía en la habitación, reconsideró lo dicho.

    —Pensándolo bien, creo que sí necesitaré un poco de ayuda.

    Para las elementales y el par de chicas de otro mundo, el amanecer del martes parecía tan agradable como cualquier otro: mucha luz, poca humedad, el sol que tocaba sus cuerpos para entibiarlos, el aroma del desayuno listo para ser ingerido, la rutina de los entrenamientos matutinos, el juego de las niñas y el lobo al mediodía, la exploración de los alrededores por la tarde, los interrogatorios interminables sobre la vida de Junko que parecían no tener un camino fijo ni claro, las preguntas de ella que se enfocaban más en el pasado y el presente de los guardianes, la duda más importante que fue aclarada durante la cena por un par de guardianes emocionados al encontrar el momento perfecto para hablar sobre su guardián favorito.

    —Nuestra ama decía que Hayato adoraba la mermelada de zarzamora —comenzó la guardiana de cabello plateado mientras tomaba una cucharada y la untaba en una rebanada de pan—. ¿Quién hizo esta, por cierto?

    —Fue Hana —contestó Sachiko con tranquilidad.

    —Si la hizo Hana, es buena —dijo Koharu mientras imitaba los movimientos de Mitsuki—, es de las pocas cosas que sabe hacer bien.

    La elemental de hierba, halagada e indignada a la vez, decidió tomar un sorbo de té y contener su ira.

    —También amaba las galletas de miel y las frutas endulzadas —continuó Haruki en un intento por ignorar el conflicto en potencia—. Nuestra ama decía que comía dulces cuando ella no lo veía para que no se los quitara ni lo regañara.

    Aquella revelación fue agridulce para Maki: por lo que Daichi le contaba cuando era niño, su padre hacía lo mismo. Recordó aquellas ocasiones en las que su pequeño amigo salía de casa con un par de caramelos que su padre le compartía antes de ser descubierto por su madre, quien reprendía a su esposo por darle golosinas a su hijo antes de la hora de la comida. Se preguntó entonces cuál hubiera sido la reacción del chico de haber escuchado la anécdota de los vigilantes de la torre, ¿debería contársela cuando lo viera? ¿Estaría de mejor humor al día siguiente? Lo único que la tranquilizaba era el hecho de que él, a pesar de mantenerse muy ocupado en su búsqueda de información en la biblioteca del castillo, había desayunado y comido apropiadamente lo que le había llevado; pero le inquietaba el hecho de verlo marcharse cabizbajo a su habitación cuando ella estaba a punto de llamarlo para cenar.

    —Pero los necesitaba —continuó Mitsuki—; es decir, encargarse de los asuntos de Nitens, mejorar sus habilidades como Fidestella, entrenar a su sucesor...

    —Nuestra ama decía que el sucesor de Hayato era bueno y talentoso; pero nosotros creemos que carecía de gracia, sobre todo cuando se trataba de usar la espada.

    —Pero Asteregius nunca se quejó.

    —¡Por supuesto que no! ¡Es una espada después de todo! ¿Cómo esperas que se niegue a obedecer a su portador?

    —Pero Haruki, Asteregius tiene voluntad, ¿no sería lógico que decidiera elegir a alguien más si él no daba el ancho?

    —Ya te lo dije: lo de la voluntad es falso, una vil mentira, Asteregius no sabe hacer nada, hasta dudo que sea un objeto mágico.

    —¿Cómo? ¿La espada de Daichi no tiene magia? ¡Pero si antier estaba flotando!

    La interrupción de su nueva ama los dejó helados, ¿o fue la mirada cruel de la persona que menos quería que hablaran sobre la espada?

    —Verás...

    —Sobre eso...

    Pero ya estaba hecho y no tenía más alternativa que enmendar errores ajenos. Después de tomar un sorbo de té y de suspirar resignada, Hitomi hizo tanto ruido al colocar su taza sobre la mesa que los pajes la miraron con ese temor constante de ser castigados y de convertirse en aves una vez más con el chasquido de los dedos de su mano izquierda.

    —Tienen suerte de que Daichi no esté aquí —dijo molesta—, ¿saben lo terrible que hubiera sido para él escuchar que su espada no hace nada?

    Y las aves personificadas agacharon la cabeza en un intento por evitar la ira de la guardiana del equilibrio.

    —Tal vez sea terrible —respondió Nanami en defensa de los vigilantes de la torre—, ¿pero realmente hacemos bien en negarle esa información a Daichi?, ¿hay alguna razón para no compartírsela?

    —La hay —contestó sin dudar ni un momento ante la mirada sorprendida de las elementales, sobre todo de Maki, quien nunca hubiera imaginado que el misterio tuviera una razón para existir—; pero no voy a hablar de los motivos, no ahora que tengo que aclararlo todo antes de que llegue a oídos de Daichi y lo malinterprete.

    Sus hijas se vieron entre sí: era la primera vez que su madre mostraba su desconfianza o su excesivo cuidado durante el desempeño de su deber, y también era la primera vez que pensaban de la misma forma: si ella no quería que el chico ausente malentendiera todo, si en un principio sus intenciones eran no revelarle nada, tendrían que respetar su deseo y callar aunque les doliera hacerlo. Pero Maki pensaba de otra manera.

    —Hay varios tipos de objetos mágicos. Caeruleus, por ejemplo, es uno especializado porque fue creado para facilitar la práctica de las técnicas de ataque de los magos del aire; Milvus sirve para que su portador realice cualquier tipo de técnica que conozca, pero también es la herramienta de reparación del cofre blanco porque refuerza el enlace entre él y el origen. Asteregius, sin embargo, es un caso especial porque aparentemente no sabe hacer nada ni sirve para nada. —Dio un nuevo sorbo a su taza de té antes de que se enfriara—. En realidad, Asteregius es un enlace artificial con el origen.

    —Espera —intervino Sachiko—, ¿quieres decir que usar la espada es lo mismo que tener la habilidad de controlar el potencial?

    —Puede entenderse así.

    —Pero ¿eso no va en contra de las reglas de Mao? —cuestionó Hana—. Es decir, los únicos que deberían poder usar magia son los elegidos por los talismanes y por las estrellas, y ustedes tres como herederos de los dones; ¿por qué la primera generación crearía algo tan peligroso y por qué otra generación estuvo de acuerdo con dárselo a cualquier persona?

    —Asteregius tiene voluntad, ¿recuerdas?

    —Eso no fue lo que dijo Haruki.

    —Porque nunca ha presenciado la elección de un Fidestella; pero ustedes ya lo hicieron, aunque tal vez no se dieron cuenta de ello en su momento y confundieron la espada con un resplandor muy bonito.

    Por la mente de Koharu resonó una frase que había dicho tres meses atrás: "¿Puedo pedirle un deseo a la estrella fugaz?".

    —¡Ah! —exclamó mientras golpeaba la mesa con las palmas de sus manos y se levantaba rápidamente de su asiento—. ¿Era la estrella fugaz de ese día?

    —Exacto —respondió la de ojos grises luego de terminarse su té—. Asteregius no elige al azar ni es útil para otros seres sin capacidad de practicar magia, tampoco obedece las órdenes de los magos, simplemente funciona como un puente para quien considera adecuado.

    —Entonces cuando volvimos a nuestro mundo...

    —Ese fue el mismo conjuro que los trajo y que pude revertir —interrumpió Hitomi a la chica de trenzas—; pero espero no volver a hacerlo, revertir conjuros me provoca náuseas.

    —¿Y por qué flotó cuando la toqué?

    —Porque quería saludarte —respondió a la duda de la niña, quien había escuchado todo con atención—, tanto ella como su propietario tienen la obligación de protegerte hasta que decidas liberarlos.

    —¿No basta con que les diga que no quiero ser reina?

    Aquella pregunta inocente la hizo callar y enlazar pistas viejas y nuevas.

    —Debería bastar —contestó ligeramente confundida—, pero quizá sea un deseo que aún necesitan cumplir, o puede que se deba a que necesiten desempeñar sus funciones una vez más.

    No fue necesario que los presentes hablaran sobre lo que Hitomi, sin querer, había revelado: si la espada y su elegido debían cumplir con su misión de proteger a Junko, era indudable que algo iba a pasar. Y los vigilantes del cofre, más preocupados que el resto ante aquella revelación accidental, deseaban que no fuera una catástrofe.

    Pero los pensamientos no compartidos nunca llegarían a oídos de Daichi, al menos no por medio de Maki aquella tarde en la que decidió contárselo todo. Y tal vez por eso él no dudó en levantarse una vez más para seguir con el entrenamiento al que estuvo a punto de renunciar por sus inseguridades, porque aquella anécdota le había dejado en claro que la fuerza de su espada, aunque podía estar condicionada por las fuerzas regentes, dependía primordialmente de él.

    Así fue como, finalmente, el chico de los ojos de cielo dejó de cuestionar las decisiones de Asteregius para enfocarse en encontrar una manera de demostrarle que él era la elección adecuada para encarar una nueva misión sin nombre.
     
  5. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Bastante bien, estas explotando un lado interesante de los personajes y me pregunto si te atreverias a forzar todavia mas la trama, aunque esto es bastante arriesgado en ciertos casos. Igualmente creo que vas bien, espero todavia mas emociones de ahora en adelante. Sigue asi!
     
  6. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 13. Choco

    Tiempo atrás, durante la caída de las hojas de los árboles otoñales que recordaba más tristes que nunca, las voces que se alejaban con lentitud insistían en despedirse: "¡Nos vemos mañana!", "¡Juguemos otro día!", "La próxima vez te enseñaré mi colección de hojas, ¡tengo muchas!"; pero nadie cumplía y nunca supo por qué, aunque tampoco le angustiaba averiguarlo: "Está bien, será otro día".

    Poco después, en aquellas mañanas y tardes de lluvia incontrolable, en esos inusuales días grises de verano, una serie de mensajes y notas: "Tuve que irme más temprano, dejé comida en el refrigerador, caliéntala cuando tengas hambre, espero volver temprano", "Mamá fue de compras, volverá cerca de las 3", "Papá tuvo que salir a trabajar, volverá a la noche". La respuesta a todas era, indudablemente, una sonrisa de comprensión, luego un suspiro de resignación, y finalmente una frase: "Está bien, volverán".

    Choco llegó a sus manos cuando ella ya se había acostumbrado a esa clase de situaciones.

    —Junko, te tengo un regalo —le dijo su padre tres meses atrás, al volver a casa luego de una pesada jornada de trabajo, y colocó entre sus manos un pequeño gato de peluche que ella contempló emocionada—. El señor de la tienda dijo que es un gato mágico.

    —¿Un gato mágico? —preguntó ella un poco confundida.

    —Sí, dijo que ahuyentaba las cosas negativas... aunque la verdad es que te lo traje porque pensé que te gustaría.

    —¡Es muy bonito! ¡Gracias!

    Y lo abrazó con fuerza como quien abraza algo que no quiere dejar ir.

    La vida de la niña se mantuvo sin cambios significativos aparentes: sus padres aún se ausentaban con frecuencia, las personas que la rodeaban insistían en hacer promesas que no cumplirían; pero conforme pasaba el tiempo, a pesar de que ya se había acostumbrado a esas decepciones, una extraña tristeza invadía su corazón cada vez con más intensidad, y era entonces cuando Choco tomaba la forma de un gato vivo para entretenerla y distraer sus pensamientos hasta que olvidara sus emociones negativas.

    Durante los primeros días del año, sin embargo, el gato comenzó a salir de casa cerca del mediodía para maullar en lugares aleatorios. Cuando lo veía marchar, la sorpresa y la inquietud motivaban a la pequeña a buscarlo y varias veces terminó persiguiéndolo por las calles de su vecindario; pero por más que intentaba explicarles y demostrarles a sus padres que Choco en verdad era un gato mágico, ninguno le creía.

    Y el ritual parecía repetirse sin novedades aquel segundo sábado de febrero.

    —¡Conque aquí estabas! —dijo la niña de ojos dorados luego de encontrar a Choco al pie de un árbol como siempre debería permanecer: estático, sin vida, de tela y relleno, con ojos de botones cosidos—. Pero que vuelvas a ser un peluche tan pronto no es típico de ti, ¿te cansaste de correr? —No hubo respuesta—. Tal vez estás aburrido... ¡Ah! ¡Ya sé! Quédate aquí, no me tardo.

    Corrió en busca de un tallo de rabo de gato para jugar con él, quizá con eso se animaría y volvería a mostrarse como un animal vivo, ágil, como su compañero inseparable en sus horas de soledad. Pero cuando volvió al sitio lo encontró en manos de una joven turquesa de trenzas largas; después, un chico azul tímido le regaló una paleta; y al final ella, la niña de los colores cálidos, le dio al joven un chocolate como compensación luego de haberlo ofendido sin querer.

    —El chocolate es lo mejor —dijo él con una sonrisa que, ante los ojos dorados de la pequeña, le quedaba mejor que el semblante triste y perdido que mostraba al llegar a la plaza.

    —¿Verdad? El de esa marca en especial es delicioso.

    —Lo sé, a mi papá le gustaba mucho. Un día compró una caja grande para ambos, comíamos uno cada que mi mamá no estaba, pero al final nos descubrió y se molestó con nosotros.

    —Tal vez quería uno.

    —Tal vez —contestó el chico nostálgico. Nunca se le había ocurrido esa posibilidad, ¿debería ofrecerle uno cuando regresara a casa?

    —Ese chocolate fue uno de los que me regaló mi mamá ayer cuando volvió de trabajar —dijo ella con orgullo, quizá con presunción—, fue un buen regalo de cumpleaños.

    —¿Fue tu cumpleaños? —exclamó sorprendido—. ¡Felicidades! ¿Cuántos cumpliste?

    —Diez —respondió nuevamente alegre, con una sonrisa orgullosa y una cantaleta—, ya soy una niña grande.

    —Sí que lo eres; cuando yo tenía diez años, apenas y podía cuidarme solo.

    Si su amiga de la infancia hubiera puesto atención a aquella charla, hubiera encontrado en esa frase una contradicción con lo que ella sabía y una pista muy importante sobre el cambio de carácter del chico.

    —En todo caso, ahora me siento mal por haberme comido parte de tu regalo de cumpleaños.

    —Pero me diste una paleta, es un cambio justo.

    —Aunque te la di por el desperfecto de Choco, en un principio era para Kasu, así ya no es tan justo. —Agachó la cabeza para pensar mientras observaba la envoltura del chocolate: morada, casi azul, color atípico para un chocolate sin semillas ni relleno de frutas o cremoso... ¿cremoso?—. ¡Ya sé! —La miró—. Te compraré una rebanada de pastel o el chocolate que más te guste, ¿quieres venir con nosotros para escogerlo?

    —¿Está bien para ustedes? —preguntó ella un poco desconfiada no por la repentina generosidad del chico, sino por la naturalidad con la que hizo la propuesta, ¿qué había pasado con la timidez que mostró minutos antes?—. No quiero que cambien sus planes por mi culpa.

    —No te preocupes, ayer quedamos en ir por chocolate hoy, Maki estará de acuerdo con que vengas con nosotros... —Señaló hacia donde estaba su amiga distraída—. Por cierto, ella es Maki, yo soy Daichi, ¿y tú?

    —Junko —dijo con rapidez y volteó hacia el árbol donde se había escondido antes—, y ya conoces a Cho... ¿Choco?

    Durante esos minutos de conversación amena, el gato se había ido. Preocupada, la de coletas rubias se levantó de la banca de piedra para buscarlo, pero no pudo encontrarlo. Tal vez lo mejor era preguntarle a Maki lo que había ocurrido, pero ella no supo darle razón sobre el paradero del peluche mágico, luego vendrían la persecución y la magia, el cambio de mundos y el descenso abrupto hacia el estanque. El resto era historia.

    Pero Choco no volvió a maullar a mediodía, o al menos no lo había escuchado, y había pasado tres días sin ver que cobrara vida de nuevo para vagar por el castillo. "Tal vez le tema a Sachi", pensó, y tuvo una idea: si lo convencía de que Sachi era un lobo amigable, quizá Choco volvería a actuar como un gato vivo.

    Y aunque el lobo salvó al peluche de hundirse en el estanque por segunda vez el miércoles por la mañana, luego de que su dueña lo arrojara a propósito, el gato siguió sin reaccionar.

    —Estoy preocupada —dijo por fin en la tarde, y los guardianes del cofre, al escucharla, creyeron que tendrían una pista importante para descubrir por qué ella era incapaz de materializar la estrella blanca.

    —¿Qué pasa, Jun-Jun? —preguntó Koharu—, ¿volviste a caerte de la cama?

    —Sí... —Reaccionó tarde—. ¡No! Es decir, sí me caí; pero no me preocupa eso.

    —¿Entonces?

    —Es que... Choco ya no maúlla.

    Los magos la vieron con sorpresa; aunque sus pajes, más que asombrarse, parecían asustados.

    —Ahora que lo dices, no lo hemos visto correr desde que llegamos —pensó Maki en voz alta.

    —Tal vez lo hacía en nuestro mundo porque quería volver a este —supuso Daichi, aunque esa explicación no parecía convencer a la niña.

    —¿No se supone que debería hacerlo con más frecuencia y libertad ahora que está en casa?

    —Pero los gatos son animales nocturnos, tal vez salga a cazar de noche.

    La conclusión de la chica de trenzas tenía sentido.

    —¿Y qué tal si lo comprobamos? —sugirió Mitsuki—. Vigilemos a Choco por la noche y veamos si se mueve.

    —Pero todos duermen por la noche, no quiero que se desvelen.

    —No te preocupes —le contestó a su pequeña ama—, nosotros podemos hacerlo, una noche de vigilia no nos hará daño, ¿verdad, Haruki?

    El de ojos cobrizos, de repente, tuvo una mejor idea.

    —¿Y si dejamos que duerma en la torre esta noche? Así podríamos ver si se mueve mucho y evitaríamos que se caiga, y hasta podríamos despertarla si Choco sale a pasear, ¿qué les parece?

    Aquella extraña propuesta fue del agrado de los tres, aunque resultó sorpresiva para el resto: a pesar de que los pajes parecían tenerle mucho cariño a la niña, era la primera vez que sugerían que durmiera en la habitación de su creadora.

    En realidad, los vigilantes del cofre no estaban seguros de que alojarla en la habitación real fuera apropiado mientras no supieran las consecuencias que pudiera ocasionar su presencia ahí. Habían pasado casi cinco días vigilando su comportamiento y lo que ocurría a los alrededores para asegurarse de que ella no pudiera recordar los momentos más tristes de su vida pasada, cuidaban hasta el más mínimo detalle para que nadie se atreviera siquiera a recordarle su nombre, deseaban que su ama fuera feliz en su nueva vida y que no se repitiera el dolor que todos sintieron varios años atrás; pero había algo que los inquietaba, algo más poderoso que sus esfuerzos por mantener el secreto, algo que los orilló al extremo peligroso de alojarla por una noche en la torre: el inusual comportamiento del gato mágico.

    Pero debían ser precavidos: cambiaron las sábanas y las almohadas de la cama, reubicaron algunos muebles y tomaron los objetos que más estimaba su ama, hasta los más pequeños, para ocultarlos en la habitación del cofre blanco con la promesa de regresarlos a su lugar al siguiente amanecer, cuando la niña bajara a saludar a todos.

    Así, con el gato de peluche entre sus brazos y con su camisón prestado para dormir, Junko pudo entrar por primera vez a la habitación de la reina y maravillarse por su elegancia: un ropero blanco con líneas doradas en bajorrelieve, un baúl con pañuelos bordados y otros utensilios de costura, un pequeño escritorio cerca de la ventana, una repisa con pergaminos y frascos con tinta inservible, una caja cuadrada en donde había una corona de flores blancas y amarillas secas que no quiso tocar por temor a destruirla, una silla mecedora cerca del balcón, cortinas blancas bordadas con oro, almohadas cómodas, cobijas suaves y, al lado de la cama, un pequeño buró. Fue ahí, a cierta distancia de una vela aromática encendida, donde dejó a su compañero felino tras desearle dulces sueños, y con obediencia y rapidez de niña buena que descansa a sus horas, Junko se trepó a la cama de la reina para que sus pajes la arroparan con cariño.

    Entonces comenzó su plan: mientras Haruki cuidaba a la niña y al gato dentro de la torre, Mitsuki se encargaría de vigilar los alrededores. Ella, lista para cumplir con su parte, salió al balcón con lentitud, tocó su prendedor de estrella con suavidad mientras recitaba un conjuro y recuperó su forma de ruiseñor para emprender el vuelo y merodear el castillo, siempre en busca de pistas o de indicios de peligro. Pero las horas pasaban con tanta calma que los guardianes de la torre comenzaron a pensar que se estaban preocupando sin razón.

    Con los primeros indicios de la mañana, la inquietud del guardián diurno aminoraba al confirmar que no había ocurrido nada que alterara a su pequeña ama ni perturbara sus sueños, y aún así le pesaba darse cuenta de que cada día se alejaban más de la resolución del misterio detrás de su incapacidad por usar magia. A esas alturas habían intentado tantas cosas que no sabían por dónde continuar: la invocación de la estrella, aunque parecía mejorar, no lograba estabilizarse; la memorización del conjuro de llamada de Milvus nunca podía haber ido mejor, pero no serviría de nada si la estrella blanca seguía siendo inestable; el entrenamiento rápido para sentir la energía de la luz tampoco estaba dando los resultados esperados, y el cofre, por más que lo observaran, mantenía su grieta sin cambios.

    En eso pensaba cuando cerró los ojos por unos segundos, los necesarios para humedecerlos y los únicos que podía permitirse para no quedarse dormido. Se sobresaltó al sentirse traicionado por el cansancio y levantó la cabeza con brusquedad para ahuyentarlo; pero ya era tarde: sentado sobre la cama, acariciando la frente de Junko con su mano de sombras, el ser encapuchado se convirtió en humo antes de que Haruki pudiera atacarlo, atraparlo o hacerle preguntas.

    Entonces pasó.

    Un viento misterioso que apagó la vela y formó con el humo una figura familiar que lo dejó estupefacto; la figura que desaparecería a pesar de la insistencia del brazo estirado de la niña rubia que quería alcanzarla mientras seguía dormida; el ser etéreo que se oscureció de repente al recuperar su forma de humo para luego detener su retirada y avanzar de vuelta para devorarla.

    Cuando el vigilante estuvo a punto de invocar su lanza, el sonido de un cascabel lo dejó paralizado. Nuevamente animado y realista, el gato se erizaba ante la presencia del fantasma que amenazaba con tocar a su dueña y se lanzaba hacia él para rasguñarlo y desvanecerlo; pero por más que intentaba destruirlo, el ser de humo recuperaba su forma de nuevo. Harto de aquella situación, el objeto mágico recurrió a su último recurso: un maullido fuerte que resonó por toda la habitación, uno que lastimó los oídos de Haruki al no poder cubrírselos a tiempo, y la sombra se descompuso en finas partículas negras que intentaron colarse por debajo de la puerta de la habitación del cofre.

    Y mientras abrazaba a Junko para evitar su caída y para acomodarla de nuevo en el centro de la cama, su compañera de labores entró por el balcón y recuperó su forma humana al silbar un conjuro.

    —¿Y bien? —preguntó él cuando estuvo cerca de ella.

    —Tenías razón —susurró ella mientras los rayos del sol comenzaban a filtrarse por la ventana del lado opuesto.

    —Tú también —contestó él pensativo, preocupado, quizá dubitativo.

    —¿Y qué haremos ahora?

    Suspiró al sentirse acorralado.

    —Decir algo útil por primera vez.
     
  7. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    La trama ya se puso muy interesante. Como sugerencia te diria que no muestres todas tus cartas, intenta seguir pensando en como avanzar sin dejar mas huecos de los necesarios. Sigue asi y espero leer el proximo!
     
  8. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Lo intentaré o.ó Debo admitir que muchas veces siento que la historia va tan plana que termino metiendo más misterio del que podría ser necesario; pero a veces lo veo y pienso que están muy bien ahí xD En este capítulo seguramente va a salir otro y muy probablemente parezca que la trama no avanza, pero prometo resoluciones a partir de la próxima semana, dejo de llamarme Metzi si no pasa xD.

    Muchas gracias, como siempre, por venir a comentar.

    Advertencia: el capítulo de hoy es cortito.


    -----------------------------------------

    Capítulo 14. Conversaciones en las sombras
    Ninguna mañana le había parecido a Hitomi tan atareada ni tan emocionante como la de ese jueves, y quizá por eso se había levantado poco antes del amanecer para comenzar con sus deberes.

    Detenida en el andador frente al estudio del rey, la guardiana del equilibrio observaba la torre y esperaba un indicio de sus sospechas, una señal que le permitiera seguir con su camino, y así fue: desde el piso más alto, el sonido de un cascabel y el maullido de un gato anunciaron la dispersión de una onda mágica que la obligó a cubrirse con una barrera neutralizadora de magia; aunque estaba consciente de que recibirla no la lastimaría como al par de aves que custodiaba a su nueva ama, al menos no mientras el ciclo no la obligara a convertirse en una de ellos.

    Pero el arribo del ruiseñor a la torre le dio a entender que no tenía mucho tiempo: con pasos rápidos, aunque silenciosos, avanzó hacia la sala de descanso, continuó su marcha más allá de la entrada hasta llegar a un par de ventanales con vidrios de colores que abrió con calma para que la habitación se ventilara, y contempló el exterior que se iluminaba lentamente con los primeros rayos del sol. A diferencia del jardín central, el que estaba detrás de los vitrales era más pequeño y tranquilo, casi exclusivo para dos seres peculiares: un árbol milenario con hojas de distintos tonos y contrastes de verde, y un lobo dormido que levantó la cabeza al sentir la presencia de una visitante que se inclinaba ante él para rascarle la barbilla.

    —Buenos días, Sachi. Siento haberte hecho esperar, ya puedes salir.

    Y lo siguió con la mirada hasta que cruzó la puerta de la sala que se cerraba lentamente para después tocar la corteza del árbol y saludarlo con el alma.

    —No esperaba que encerraras al lobo aquí.

    Había llegado.

    —Es el único lugar seguro para él.

    —Querrás decir, para ti.

    —Mi lugar seguro es mi habitación.

    —Y tal parece que ellos también dormirán tranquilos mientras no lo hagan en los espacios sin restricciones mágicas, ¿o me equivoco?

    Una sonrisa discreta en el rostro de Hitomi demostraba que había sido descubierta.

    —¿Cuánto tardaste en darte cuenta?

    —Una noche —contestó mientras se acomodaba en una zona de la sala que comenzaba a iluminarse—. Pero es muy cruel de tu parte que no me dejes saludarlo, ¿puedo saber por qué?

    Con calma, la guardiana del equilibrio dio media vuelta y, con las manos atrás, avanzó hacia donde la esperaba su invitada.

    —El fantasma me anticipó que vendrías a darle la bienvenida al resplandor blanco, pensé que no querrías ver a otro mago. Además, necesitas enfocarte en una cosa a la vez, no te gustaría presenciar dos crisis simultáneas, mucho menos si son del protector y de su protegida, ¿no es cierto?

    —¿Tan débil es?

    —No lo creo, yo diría que está confundido; pero ayer por la tarde parecía más animado, es muy probable que hoy se esfuerce más que los días anteriores en practicar con Asteregius.

    —Es curioso, de lejos parecía deprimido, ¿qué lo hizo cambiar de humor?

    —Un pájaro imprudente.

    Una risa discreta de la oscuridad que menguaba le dio a entender que su invitada, cuya silueta comenzaba a ver con claridad, se estaba divirtiendo.

    —A veces me pregunto si Fulgor Caeruleus tendrá la regla natural de elegir magos imprudentes.

    —No conozco toda la verdad; pero también empiezo a creerlo.

    —En todo caso, no me sorprende el repentino entusiasmo del chico, los miembros de la línea hereditaria de los espadachines reales siempre han sido problemáticos en ese sentido: primero les angustia saber que tienen un rol en el mundo, luego se animan y se empeñan en saberlo todo, y después...

    —Así que estaba en lo correcto —interrumpió la guardiana del equilibrio—: aún no desistes de tu intento por resolver dos asuntos distintos al mismo tiempo.

    —Sabes que no hay más opción que esa, no hay mejor momento para probarlo.

    —Ya veo, mi palabra no te basta.

    —No en este contexto. —Se levantó de la silla para acercarse a ella con pasos tranquilos y arrastrando su vestido negro—. Dime algo, ¿cómo puedes seguir cumpliendo con tu rol de espectadora a pesar del cariño que les tienes a los magos de los elementos?, ¿cómo puedes vivir ocultándoles todo?

    —"Las fuerzas regentes actúan de formas peculiares, el equilibrio siempre sigue sus designios en silencio". ¿Recuerdas eso?

    Chascó la lengua.

    —¿Por qué tienes que meter a mi maestro en esta conversación?

    —¿Y por qué no? —respondió como si quisiera burlarse—. ¿Qué tiene de malo usar las palabras del mejor resplandor de tu tipo?

    No estaba de humor para responderle. Aquella pregunta, más que halagarla u ofenderla, le dolía profundamente. Y Hitomi supo que su estrategia para callar su boca altanera y para mermar ese tema sin importancia había funcionado.

    —Sigo pensando que hablarle sobre su predecesora sería una mejor opción —opinó ella para retomar el tema más importante en aquel momento.

    —La vía fácil no siempre es la mejor.

    —¡Pero solo estamos retrasando las cosas! No debo decirte lo que pasará con el mundo si no hacemos algo para mejorar la situación, ¿verdad?

    —No me preocupa, por algo estás aquí.

    La sacaba de quicio y quería decírselo; pero el fantasma con voz de viento nocturno apareció en ese momento para anunciarles la pronta llegada de alguien. La invitada, después de agradecerle por el aviso, volvió a mirar a la de ojos grises y se inclinó ante ella en señal de respeto.

    —Sin rencores, como debe ser. —Y caminó al interior de la sala para tocar su hombro por un instante mientras se dirigía a la puerta para recibir a su próxima visita—. Dejaré que esta noche visites a quien quieras, pero no los despiertes.

    —¿No te preocupa que tus invitados corran peligro?

    —No mientras el fantasma esté contigo y mientras él se mantenga imparcial en estas circunstancias. —Calló por unos segundos, volvió nuevamente el rostro y miró al ser de capucha negra que se encontraba al lado de la invitada—. Por cierto, ¿ya escogiste un nombre?

    La respuesta llegó a sus oídos en un susurro de la noche: "Hibiki".

    —Buena elección. —Y movió la mano derecha para abrir una salida más allá del jardín que los conduciría al patio de entrenamiento—. Por favor, sigue cuidándola.

    Y tan pronto como los vio atravesar el acceso que desapareció en un instante, tres golpes en la puerta de la habitación anunciaron la llegada de los guardianes de la torre.

    —¿Qué tal su noche, pequeñas aves encarceladas?

    No era el momento para reclamarle por el atrevimiento de burlarse de ellos.

    —Queremos hablar —dijo Haruki.

    —Adelante, los escucho.

    —No contigo, con ellos.

    "Las fuerzas regentes actúan de formas tan peculiares que ni siquiera yo puedo entenderlas", pensó Hitomi tras escuchar la aclaración de Mitsuki, y percibió en las voces de ambos su advertencia de los tiempos adversos y su necesidad de encararlos.

    —Supongo entonces que su experimento tuvo un resultado que no fue de su agrado.

    —Nos cuesta admitirlo; pero es la única manera de solucionar esto antes de que nuestro experimento dé un giro peligroso.

    —Sobre todo ahora que sabemos que esos seres oscuros están involucrados y que pueden empeorar la situación si nos descuidamos.

    Hitomi cruzó los brazos y reflexionó un momento antes de responder su petición.

    —De acuerdo, díganles lo que consideren necesario, yo cuidaré de Junko mientras lo hacen; pero tienen prohibido mencionar la presencia de nuestros visitantes. Lo que menos necesitamos ahora es que sus palabras descuidadas originen una guerra.

    —¿Y qué pasará si los elementales se enteran de que hay más personas en el castillo? —preguntó la de ojos lilas.

    —Si ocurre, será por su propia negligencia, entonces sus planes se estropearán. —"Aunque sería mejor para todos si ocurriera de esa manera", pensó mientras los pajes le decían que aceptaban sus condiciones y regresaban a la torre antes de que su nueva ama despertara.

    Nuevamente sola, Hitomi se acercó por segunda vez al árbol milenario para tocarlo y despedirse de él, y mientras caminaba de vuelta rumbo a la puerta de la sala, comenzó a recitar palabras misteriosas, crípticas, que había memorizado tras repetirlas cada mañana desde que recibiera, de un ser que no pensaba mostrarse ante nadie más que ella, el cascabel del gato y el cristal transparente.

    —Dentro de tres lunas, la Luz caerá sobre nosotros, mas nadie sabrá si se trata de una estrella en agonía o de un resplandor puro del origen. Y durante la confusión despertará la Nada para reclamar lo que le pertenece, y será la Nada la que despierte a la Espada y le recuerde su promesa. Y será la Luz el principio y el final de la Nada, el anuncio y el despertar de la Tormenta, el recuerdo de la trigésima vuelta, y la Danza de los Platillos empezará a concertarse en torno al Prisionero para dictar su destino. Y su destino, dictado como el de todo por las Fuerzas Regentes, será el que compartirán los seres enlazados con el Origen, y el Origen surgirá una vez más para brillar o para apagarse, y solo hasta entonces escucharemos el deseo de la primera y la última Estrella en nuestro horizonte.

    "Y será entonces cuando termine todo."

    Y tras salir de la habitación, cerró la puerta en silencio.
     
  9. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Bien, fue corto pero no estubo mal. Es cierto que la trama tiene unos altos y bajos un tanto peculiares pero lo tomo mas como tu propio estilo de escritura que un error de narrativa. Igualmente te tomo la palabra, la historia necesita ir tomando una forma aun mas seria y espero que en los siguientes capitulos muestres algunas de tus cartas. Espero leerte pronto, sigue asi!
     
  10. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 15. Revelaciones

    Había llegado el momento de hablarles con la verdad que tantas veces quisieron ocultarles. Tenían que decirles que la situación no estaba marchando bien a pesar de que llevaran días convenciéndolos de lo contrario; necesitaban explicarles que la prueba definitiva de ello era la repentina tranquilidad del gato de peluche, que en realidad se activaba al amanecer, pero que nadie lo había escuchado porque la guardiana del equilibrio había conjurado restricciones en sus habitaciones para protegerlos; debían contarles que los entrenamientos con la niña, aunque parecían ir mejor, no daban los resultados deseados, y que sentían remota la invocación de Milvus.

    Pero mientras más repasaban lo que tenían que decirles, más se convencían de que la mención de su creadora era inminente, y eso les desagradaba no porque aún les doliera haberla perdido; sino porque los obligaba a tomar la palabra de alguien a quien no querían recurrir. Para ellos, dejar que Hitomi cuidara sola de Junko era igual o más arriesgado que permitir que los seres oscuros la forzaran a recuperar sus enlaces con su predecesora; pero era la única alternativa, pues no querían que ella escuchara la verdad.

    Su temor era tanto que ninguno sospechó que su pequeña ama ya se había dado cuenta de que le guardaban al menos un secreto.

    —Hakki y Mikki son buenas personas, pero son malos mentirosos —le dijo la niña a su compañera de paseo mientras acariciaba a Sachi, quien se había echado a pocos metros de la entrada del castillo—. Sé que no quieren decirme nada por alguna razón, y aunque quiero que me cuenten lo que esconden, no se los pregunto para no ponerlos en aprietos. A veces siento que soy una carga para ellos y para los demás, y haría todo lo posible por ayudarlos en lo que sea que estén pensando porque son mis amigos; pero dicen que es su deber cuidarme y que no debo preocuparme por ellos, que siga practicando la creación de la estrella y que intente escuchar voces; pero me cuesta hacerlo y me canso, y cuando me canso, ellos me ven con tristeza y me dicen que vaya a jugar. Entonces me doy cuenta de que las cosas no están yendo bien; pero ellos son demasiado amables para decírmelo.

    "A esos dos se les olvidó que los guardianes espirituales son muy sensibles y perspicaces", pensó Hitomi.

    —¿Y qué piensas hacer ahora que lo confirmaste?

    —Esforzarme más —respondió Junko sin titubeos para luego dibujar una sonrisa en su rostro—. Si logro crear la estrella y mantenerla o puedo escuchar voces, ellos se pondrán felices y se preocuparán menos, y entonces podré hacer magia y cumpliré con lo que tengo que hacer... porque tengo algo que hacer como todos los demás, ¿verdad?

    El optimismo de la pequeña contagió a la mujer, quien solo pudo asegurarle que estaba en lo cierto. Y mientras la veía correr con una varita para que el lobo la persiguiera, recordó los tiempos tranquilos en los que las niñas jugaban en el campo, lejos de cualquier región destruida, en su hogar en las tierras de Origo, la zona olvidada por los hombres que la familia del primer artesano había adoptado como su hogar. Las recordó con la edad de Junko: a Nanami, manteniendo la compostura y alegrando a sus nuevas hermanas a pesar de las circunstancias que vivía en aquel momento; a Sachiko, dirigiendo las excursiones por la región y preocupándose siempre por que sus hermanas no se separaran ni se perdieran en el camino; a Hana, celosa y malhumorada mientras observaba el recién comenzado entrenamiento de su hermana mayor como elemental de agua, ansiosa por empezar pronto con el suyo para asumir el rol de la persona que tanto admiraba, y a Koharu, quien se negaba a veces a usar su magia por miedo a quemarlo todo, quien soñaba con una aldea en llamas y se levantaba a medianoche para ir al cuarto de su madre y pedirle, aunque se considerara una niña grande, que la dejara dormir con ella.

    Le causaba gracia recordar que esperaba muchas cosas de las niñas a esa edad: rodillas raspadas, riñas temporales, travesuras, carcajadas, vivencias comunes de infantes, y muchas veces deseó que ninguna de ellas se viera en la necesidad de aprender a usar magia, pues sabía perfectamente que eso había provocado el desastre que dejó el reino deshabitado. Pero por más que rogó a las fuerzas regentes que la vida tranquila de las niñas continuara por siempre, estas le respondieron a través de alguien a quien no podía aborrecer, pues lo había tratado como a un hermano de sangre: "Los talismanes tendrán que reunirse una vez más para terminar lo que ya ha comenzado".

    El rostro oscurecido de Hitomi le preocupó tanto a Junko que regresó para hablarle, y ella, al entender que estaba sucumbiendo nuevamente ante sus sentimientos, vio la expresión en el rostro de la pequeña y se obligó a tranquilizarse, pues lo que menos quería era contagiar a sus protegidos con su melancolía.

    Tras decirle a la niña que no le pasaba nada y pedirle que no se preocupara, una idea repentina la motivó a preguntarle algo:

    —Han pasado cinco días desde que llegaron, ¿verdad?

    La pequeña tuvo que contarlos con los dedos antes de responderle.

    —Si contamos el sábado, ya pasaron seis días.

    Y Hitomi, en su rol de madre empática, pensó que era demasiado tiempo.

    —¡Seis días! —repitió alarmada—. ¿No extrañas a tus padres?

    Aquella pregunta desconcertó tanto a la niña que no supo qué decir.

    Mientras tanto, Haruki y Mitsuki pedían perdón por quinta vez por ocultar información indispensable para resolver el misterio detrás del fracaso de la invocación del resplandor blanco.

    —¿Es necesario que vuelvan a hacerlo? —preguntó Hana con su amargura típica de persona cansada de escuchar disculpas—. Ya les dijimos que está bien, que no tienen la culpa, que entendemos que callaran por petición de Hitomi, que hay cosas que ni siquiera ustedes pueden prever. ¿Qué quieren escuchar de nosotros ahora?, ¿que es normal que no hablen porque nacieron como pájaros?

    —¡Pero nosotros...!

    —Creo que hablo por todos cuando digo que eso ya no importa —interrumpió a Mitsuki—, mucho menos ahora que decidieron reunirnos para contarnos algo importante. Lo que no entiendo es por qué siguen escondiéndole todo a Junko, ¿no se supone que ella debería saber esto también?

    Los vigilantes de la torre se miraron entre sí y agacharon la cabeza.

    —Bueno, supongo que tienen una razón para no hacerlo y que nos la dirán tarde o temprano; pero por ahora será mejor que nos hablen de lo que les pareció tan grave como para pedir permiso de hablar.

    De inmediato, ambos recuperaron la seriedad y levantaron el rostro.

    —Los espectros susurrantes están aquí.

    Nadie entendía las palabras del guardián del sol.

    —¿Espectros susurrantes? —preguntó Daichi—. ¿Fantasmas que hablan?

    —Algo así —contestó la guardiana de la luna—. Haruki y yo decidimos darles un nombre porque aún no sabemos si todos forman parte de la Nada o si son seres que han sido dominados por ella. Pero estamos seguros de algo: ellos no escaparon del cofre.

    —Aún así, que se hayan manifestado es mala señal —continuó su compañero de deberes—, y peor aún: cada día son más.

    —Espera, ¿cada día? —preguntó alarmada Nanami—. ¿Quiere decir que han estado en el castillo antes? ¿Desde cuándo?

    —Desde hace dos noches; pero ninguno de ustedes ha podido verlos ni sentirlos porque Hitomi tomó las medidas necesarias para que no los detectaran, hasta encerraba al lobo en una habitación especial para que no aullara ni le pasara nada.

    "Conque por eso no se ha subido a mi cama de noche", pensó Sachiko al escuchar la declaración de Mitsuki; pero saberlo, en vez de tranquilizarla, la intrigó más.

    —Pero si se preocupaba de encerrar a Sachi en un cuarto protegido de los espectros susurrantes, ¿por qué la habitación de Junko no tenía un conjuro de restricción también?

    —Hay dos razones —continuó el de ojos rojizos—. Primero, porque los guardianes espirituales nacieron con enlaces especiales para detectar y atraer las irregularidades del mundo para encargarse de ellas con mayor facilidad, por eso los conjuros de restricción no sirven para ellos. Segundo, por esto.

    Su mano colocó sobre la mesa al nuevo protagonista de la historia: el gato de peluche con su cascabel mudo, el que pronto tocó la de ojos lilas para seguir con la explicación.

    —Esto en realidad no suena, —"¡Lo sabía!", pensó Maki—, o más bien, no suena en circunstancias normales; para hacerlo, el cascabel necesita percibir una cantidad considerable de energía de objetos o seres mágicos o de potenciales adecuados para practicar magia. Pero cuando hay demasiados elementos mágicos disponibles, como aquí en el castillo, solo suena cuando detecta entes que puedan poner en riesgo a su protegido.

    —El gato también es un objeto mágico y, por lo que entiendo, en su mundo funcionaba como un repelente de emociones negativas; pero además tiene la capacidad de reaccionar ante el sonido del cascabel para dispersar a los espectros. Hasta ahora ha cuidado a Junko mientras duerme; pero, aunque ha sido un objeto muy útil hasta ahora, tememos que en algún momento sea incapaz de hacerlo. Cuando el momento llegue, ayúdennos a proteger a nuestra ama y a resguardar la torre, por favor.

    —Lo haremos, pero ¿están seguros de que ese momento puede llegar? —preguntó Maki, quien aún tenía esperanzas de que los protectores del cofre estuvieran preocupándose demasiado.

    —Al principio creíamos que era una posibilidad remota, que mientras ella mantuviera cerca al gato y el cascabel funcionara adecuadamente, todo estaría bien. Teníamos la certeza de que estaríamos a su lado para protegerla si algo fallaba, pero... anoche nos dimos cuenta de que las cosas no son tan sencillas.

    Y se levantaron de sus asientos para mostrarles las pruebas que los hicieron percatarse de ello: ante los elementales, un par de lanzas desgastadas, casi rotas, y los prendedores de oro y de plata con sus gemas opacas.

    —Como creaciones del guardián blanco, tanto nuestros objetos mágicos como la estabilidad de nuestras formas dependen de su resplandor.

    —La energía que nos dejó nuestra creadora antes de que fuéramos sellados se está agotando. Anoche nos fue imposible hacer algo para defender a Junko, si no fuera por el gato, quién sabe lo que hubiera ocurrido.

    —No sabemos cuánto tiempo podremos seguir manteniendo el estado actual del cofre, y aún si recuperáramos todo nuestro poder y lográramos reforzar su barrera, ella no podrá repararlo hasta que las condiciones naturales sean propicias para realizar el ritual de los resplandores absolutos.

    —De cualquier manera, para recuperar nuestro poder necesitamos saber por qué ella no puede estabilizar el resplandor blanco, es la única forma de resolver este problema.

    —Pero ya le preguntamos de todo —protestó Koharu con medio cuerpo acostado sobre la mesa—: no tiene recuerdos tristes, ni momentos dolorosos, ni arrepentimientos, ni experiencias traumáticas; nadie la trata mal, conoce a su familia...

    —¡Lo sentimos! —se disculparon los pajes por sexta vez.

    —Ahí vamos de nuevo —se quejó Hana—. ¿Qué les puedo decir ahora? ¿Que queríamos ayudar y que no deben ofrecernos disculpas por eso?

    —No es eso, es que...

    —Junko no es el problema...

    —Y lo sabíamos...

    —Desde el principio.

    La conmoción en el salón de reuniones fue tal que los pajes quisieron convertirse en aves y escapar por una de las ventanas; pero pronto entendieron que su plan no funcionaría porque estaban cerradas.

    —¿Que Junko no es el problema?

    —¿Qué se supone que significa eso?

    —¿Cómo es que lo sabían desde el principio y nunca nos lo dijeron?

    —¿No son ustedes los que están sufriendo ahora porque no encontramos respuestas?

    —¡Esperen! Debe haber una razón para que no nos lo dijeran antes —dijo Daichi a las elementales nativas en defensa de los pajes, a quienes miró cuando volvió la calma a la sala de juntas—, y es la misma por la que no querían que Junko estuviera aquí, ¿verdad?

    Todos los vieron asentir con la cabeza.

    —Mitsu y yo les agradecemos su esfuerzo y queremos que sepan que no ha sido en vano.

    —Toda la información que conseguimos gracias a ustedes nos ha ayudado a entender que ella no tendrá dificultades para utilizar su magia ni para reparar el cofre cuando logre estabilizar el resplandor blanco e invocar a Milvus.

    —Pero saber que el problema no viene de ella nos hizo reforzar más la sospecha de que el enlace de Junko con nuestra antigua ama es un caso muy especial; de hecho, cuando se lo preguntamos a Hitomi, nos dio muchas razones para no descartar la idea de que la existencia de nuestra nueva ama es una extraña jugada del ciclo. Aún así... que las cosas resultaran de este modo...

    El breve silencio del guardián hizo que su compañera de deberes viera su rostro atormentado antes de revelar el secreto que habían guardado por tanto tiempo.

    —Nuestra creadora está evitando la invocación del resplandor blanco.
     
  11. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 16. Espectros susurrantes

    Varias veces, durante el tiempo que permanecieron sellados en el arco protector del cofre blanco, los guardianes recordaron cierto tarareo dulce proveniente de una torre, de un balcón con ventanales abiertos, de una silla mecedora, de una silueta blanca con amplia cabellera dorada que casi tocaba el suelo. Atraídos por la misteriosa felicidad de su creadora, aquellos seres interrumpieron su revisión aérea de las inmediaciones del castillo para posarse en la barandilla del balcón para verla, y volvieron a su forma humana para hablarle al notar que no podía despegar la mirada de su labor.

    —¿Qué es eso? —preguntó Haruki con inocencia.

    —Un viejo vestido —respondió ella mientras bordaba las orillas de los holanes con hilos dorados—. Lo encontré en la mañana mientras revisaba un baúl, fue el que usé en mi ceremonia de presentación y decidí arreglarlo.

    —Pero es muy pequeño, no podrá lucirlo —comentó Mitsuki, y su vieja ama dejó escapar de su boca una risita.

    —Lo sé; pero aún así quería rescatarlo. —Cortó el hilo con una tijera, clavó la aguja en una almohadilla y tomó la prenda de los hombros para mostrárselos—. ¡Listo!

    Ante ellos, el vestido considerado viejo parecía recién confeccionado, y ambos, maravillados por las habilidades de su ama, le aplaudieron y la alabaron.

    —Ya, ya, no es para tanto —respondía ella a sus palabras amables mientras volteaba el traje para verlo con detenimiento, orgullosa por el resultado; pero varios segundos después cambió el brillo feliz de sus ojos por una opacidad melancólica que sus pajes notaron de inmediato.

    —¿Pasa algo?

    —¿Está cansada?

    —Estoy bien —respondió de inmediato mientras colocaba el vestido sobre su regazo—, solo pensaba que, si tuviera una hija, me gustaría que usara este vestido en algún momento.

    —Una princesa...

    —Una pequeña ama...

    Y la mirada de los tres se perdió con tristeza entre los holanes bordados mientras pensaban que el castillo se volvería más colorido si aquello ocurriera: una niña inquieta dando vueltas por el jardín, alegrando la mañana de todos sus habitantes, con las facciones y la delicadeza de su madre, con la mirada y la gracia de su padre, con un par de coletas graciosas y listones por todas partes.

    Ver a Junko con ese vestido cuando llegó al castillo les hizo sentir tanta felicidad y tanta amargura que no supieron qué más hacer después de observarla con cuidado, y siguieron pensando mientras arreglaban su peinado, mientras halagaban el resultado, mientras Daichi le contaba la historia del mundo, mientras comían y cenaban, mientras la abrazaban... Pero más que imaginar lo que su creadora hubiera sentido al ver su deseo realizado, reflexionaban sobre el resultado obtenido por la pequeña cuando tocó la esfera de cristal que Hitomi les había mostrado.

    —Sé que tú también tienes curiosidad sobre ella, pero debemos enfocarnos en el humo rojo —le dijo Mitsuki a su compañero por la noche, a solas, en la habitación de la torre.

    —Lo sé —contestó él mientras echaba un vistazo al cofre blanco, cuya situación no había mejorado ni empeorado—; pero no puedo dejar de pensar que ella tiene alguna relación con nuestra creadora. ¿No te parece extraño que se parezcan tanto?

    —Me asusta más que se parezca a lo que nosotros imaginábamos, como si nuestro deseo...

    —Su deseo —interrumpió con voz tajante—. Nosotros no tenemos derecho a tener un deseo propio, nunca lo olvides.

    —Nunca lo haría —contestó ligeramente molesta mientras se sentaba en la cama que perteneció a la reina—. Aún así, que fuera el deseo de nuestra ama...

    —Eso tendría más sentido que asumirla como una vuelta del ciclo.

    —Una mala jugada del ciclo, querrás decir. Demasiadas coincidencias vuelven todo más aterrador.

    —Tienes razón... —Y dudó por un momento—. Pero si fuera una vuelta del ciclo...

    —¿Y si su inestabilidad en realidad se debe a que el ciclo ha dejado algo de su existencia anterior en su nuevo ser?

    Y fijaron la vista hacia la pared durante un rato largo, silencioso, mientras compartían pensamientos propios de seres que han estado juntos por mucho tiempo: si el ciclo les estuviera jugando una mala pasada, si su nueva ama en realidad fuera la existencia renovada de la antigua guardiana del resplandor blanco, ¿aún podía considerarse pura?

    Más que averiguar si la niña recién llegada podía ser digna heredera del legado de su creadora, les preocupaba la idea de establecer el puente entre ambas. Recordaron entonces los últimos días que pudieron ver a la última reina de Nitens antes de ser sellados en el arco que rodeaba el cofre blanco: las penas reflejadas en su rostro, la mirada apagada por una tristeza con la que ninguno de ellos podía empatizar. No lograban entender cómo la persona más serena del reino se había convertido, en un abrir y cerrar de ojos, en un ser perdido y altamente vulnerable, y aunque tenían sus sospechas, nunca lograron corroborarlas. La recordaban distante, perdida, en una agonía silenciosa que fue dibujando sombras bajo sus ojos, y lo último que pudieron escuchar de ella, antes de ser inducidos a un sueño largo que terminaría tres meses antes de la llegada de Junko, fue una disculpa con voz apagada: "Perdónenme por dejarlos solos".

    ¿Y si aquella tristeza infinita del pasado se hubiera fundido con los enlaces que heredaría su sucesor? ¿Y si el dolor de su creadora despertara en el corazón de su nueva ama cuando le revelaran más sobre ella o cuando mencionaran su nombre? ¿Podrían soportarlo? ¿Podrían cargar con la culpa de originar otra desgracia?

    —No podremos dejar de pensar en ella, ¿verdad?

    —No mientras no tengamos respuestas.

    Y acordaron hablar con la guardiana del equilibrio a la mañana siguiente. Necesitaban saber si la presencia de su nueva ama traería la salvación anhelada o la devastación de lo que quedaba del reino; pero ella aseguraba, en su eterno lenguaje críptico, que su rol no había sido condicionado por el origen. Querían saber si Junko tenía una relación mayor con su creadora que ser simplemente la nueva guardiana del resplandor blanco, y su respuesta afirmativa, aunque indirecta, les hizo suponer lo que más temían: darle una pista de su antigua existencia podría ocasionar un desastre.

    —No es un conjuro de intercambio, ni algo parecido, ni con los mismos riesgos; —La respuesta de Hitomi luego de que le explicaran por qué habían decidido no hablarle a Junko sobre su creadora los alivió por un momento—; de hecho, tienen y no tienen razón en algo: es una jugada del ciclo. —"Las fuerzas regentes son impredecibles", pensaron—. De cualquier manera, lo mejor es que sigan callando ese nombre y que acepten que ella no volverá como ustedes desean.

    La situación era peor de lo que esperaban. Habían pasado tantas cosas inexplicables que no parecía tan descabellado suponer que la existencia de Junko respondía a la combinación de dos seres: la hija deseada y la madre destrozada que volvía al ciclo para una segunda oportunidad en la que, con suerte, podría ser más feliz, y ambos quisieron asegurarse de que así ocurriera. Entonces decidieron callarlo todo como la mujer de ojos grises les había ordenado, y dispusieron que lo que le enseñarían a su nueva ama sería el conocimiento que su creadora había compartido con ellos durante su tiempo de preparación: la materialización del resplandor blanco, la invocación de Milvus, la técnica para sentir los resquicios de la Nada que vagaban cerca de ella, el método para localizar las irregularidades del mundo y repararlas. Pero el tiempo pasaba, Junko no podía lograrlo y ellos no sabían qué más hacer para obtener resultados.

    Y tenían razones para desesperarse.

    El maullido de un gato intrigó tanto a Haruki la mañana del martes que se asomó pronto por el balcón de la torre para verlo todo: una onda mágica que se expandía por el castillo y que mostraba las barreras que Hitomi había levantado en las habitaciones de los elementales, el intento de escape de unas siluetas oscuras que se arrastraban con rapidez y la destrucción de las que el maullido pudo alcanzar.

    —Esto no es normal, Mitsu —le dijo cuando ella hubo despertado—. Nunca habíamos visto esas sombras ni habíamos escuchado sobre ellas, y parece que querían ir por Junko.

    —¿Sombras sin forma, dices?

    —No estoy seguro, no las vi bien, pero algunas decían palabras extrañas, frases sin sentido, era... como si sintieran miedo y rencor.

    —¿Algo como... espectros susurrantes?

    —Creo que es el mejor nombre que podemos darles mientras averiguamos qué son y por qué activaron la magia del gato.

    —¿Crees que Junko las atraiga a pesar de que sea incapaz de materializar el resplandor blanco?

    Una sospecha.

    —Tal vez sea por eso que se acercan a ella.

    Convencidos de que no podrían resolver el misterio mientras no supieran la gravedad del asunto, los vigilantes de la torre tomaron medidas: despiertos poco antes del amanecer, ambos se asomaron discretamente por el ventanal semiabierto del balcón para no levantar sospechas ni alterar el desarrollo de los acontecimientos a menos que fuera necesario.

    El tintineo de un cascabel en la tranquilidad de la aurora hizo que asomaran sus cuerpos por el balcón y dirigieran la mirada hacia la habitación de su nueva ama para contemplar lo que ocurría: la presencia de siluetas oscuras que se arrastraban por el jardín mientras susurraban frases inconexas: "Se apaga", "Desaparece", "No te vayas", "Tengo miedo", "Hace frío", "No me dejes"; más siluetas en los pasillos cercanos que murmuraban blasfemias: "Tú tienes la culpa", "Debes pagar por lo que hiciste", "No te perdonaré", "No te acerques", "No vuelvas"; una frase incompleta, una amenaza de muerte interrumpida por el maullido de un gato que creaba una onda mágica por segundo día consecutivo que destruía a las sombras cercanas y que ahuyentaba a otras que no querían ser purificadas, y una de ellas, antes de que fuera alcanzada por la técnica de defensa, se apoderó de una flor que se convirtió en polvo en cuestión de segundos.

    —¿Lo viste? —preguntó él cuando todo hubo pasado.

    —Me hubiera gustado no hacerlo —contestó ella aún con las frases de los espíritus taladrando su cabeza.

    —Al menos descubrimos que el gato es realmente útil.

    —Pero hay algo raro —continuó la de cabello plateado mientras volvía al interior de la habitación, luego de ver que el amanecer se encargaba de alejar al resto de espectros atacantes—: ¿por qué el cascabel se activó apenas ayer?, ¿no debería haberlo hecho desde que llegaron?, ¿no se supone que los espectros han vagado por el mundo desde el origen? El tiempo del cofre empezó a correr hace meses, ¿por qué no nos atacaron antes?

    —Tal vez sienten que Junko está mejorando, temen que logre materializar pronto el resplandor blanco y los encierre en el cofre.

    —Pero entonces la atacarían en cualquier momento de la noche, ¿no? ¿Por qué esperar precisamente al alba?

    —¿En qué piensas, Mitsu?

    No podía ser de otra manera.

    —Pienso que alguien los está llamando.

    La simple idea de tener un enemigo molestaba al de ojos cobrizos.

    —¿Pero quién y qué pretende?

    —Creo que eso es lo que necesitamos averiguar ahora.

    Su plan era descubrir qué había detrás de la repentina aparición de los espectros susurrantes y si su presencia podría darles pistas sobre la inestabilidad en la voluntad mágica de Junko. Necesitaban una oportunidad para encontrar las piezas perdidas y disponerlas en el gran enigma que quizá los llevaría a la materialización exitosa del resplandor blanco; aunque ninguno esperaba que su oportunidad llegara tan pronto, y eso los asustaba. Pero estaban preparados y acordaron que uno comprobaría la hipótesis del otro, y así ocurrió.

    Sorprendido momentos antes del nuevo amanecer, Haruki no podía desprender la mirada del humo blanco que liberó la vela al apagarse y que formó la silueta de su antigua ama, quien felizmente contempló a la niña dormida antes de descomponerse lentamente en hilos que Junko intentó asir entre sueños. La sonrisa de la nube, sin embargo, se transformó de repente en el gesto desquiciado, hambriento de poder, maligno y misterioso de un ser oscuro cuya mano intentó formarse hasta que el sonido del cascabel lo detuvo y congeló al velador, quien observaba todo con impotencia.

    Más allá de las murallas del castillo, Mitsuki intentaba destruir o capturar a las sombras que buscaban traspasarlas, pero no demoró mucho en comprender que sus esfuerzos no tenían el éxito esperado: barreras de luz destrozadas, ataques esquivados o anulados, el intento más fallido y doloroso de proteger el castillo que nunca antes había experimentado.

    Así fue como se declararon incompetentes y como entendieron, por fin, que la situación se les saldría de las manos en poco tiempo. Y tras volverse conscientes de la necesidad de compartir sus pesares con el resto de los guardianes, después de solicitarle a Hitomi que les permitiera hablar con ellos, volvieron cabizbajos a la torre para encontrarse nuevamente con la niña que abría los ojos.

    —Buenos días —saludó ella aún adormilada después de sentarse sobre la cama y bostezar.

    —Buenos días —respondieron ambos con sonrisas que intentaban ocultar sus preocupaciones.

    —Esta vez no me caí, ¿verdad?

    —No, esta vez dormiste muy tranquila.

    Las palabras de Mitsuki aliviaron a Junko, quien parecía estar de muy buen humor.

    —Soñaste algo lindo, ¿verdad? —se animó a preguntar Haruki con curiosidad inocente, aunque falsa, y tanto él como su compañera pudieron verla asentir y dibujar en su rostro la alegría plena de quien ignora el peligro en el que se encuentra.

    —Soñé a mi mamá.
     
  12. Autor
    Metzonalli

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    Capítulo 17. Insomnio

    Aquella tarde, tras volver de su paseo con Hitomi y el lobo, la pequeña se dio cuenta de que la actitud de los magos había cambiado: en lugar de descansar u ocuparse de sus labores cotidianas, se esforzaban tanto en sus respectivos entrenamientos que era raro verlos descansar. Observaba a las elementales turnándose en arduas prácticas de magia, cambiando de pares de vez en cuando, hablando sobre sus técnicas para mejorarlas e incluso para desarrollar algunas en conjunto. Más allá, concentrados en buscar entre pergaminos y encuadernados, Maki y Daichi seguían la pista de algo que no quiso preguntar por temor a interrumpirlos, pero que quizá después le explicarían. Los guardianes de la torre, por su parte, realizaban una inspección de rutina en horas extraordinarias: dos vueltas alrededor del castillo, dos a las habitaciones de la torre, una ojeada al cofre blanco y, al final, una inspección rápida y discreta sobre el estado de su nueva ama: igual que siempre, tal vez un milímetro más alta, y muy confundida por lo que estaba pasando.

    Pero sus pajes (¿qué era un paje, en todo caso?) insistían en transmitirle optimismo: decían que todo estaba bien, que los magos decidieron esforzarse para mejorar al ver que ella también se esmeraba por estabilizar su estrella, que su ímpetu por lograr sus fines era tan contagioso que había movido el ánimo de todos por fin. Y ella, aunque sabía que ambos le ocultaban algo, decidió que lo mejor era creerles y comenzar su práctica de la tarde: un par de invocaciones fallidas, un respiro profundo para escuchar voces, un par de consuelos rutinarios, ninguna mejora.

    Esa noche no le extrañó que Koharu se quedara dormida durante la cena, ni que a Hana le fuera imposible reclamarle por aquella falta de educación, ni que Nanami le pidiera ayuda a Sachiko para llevar a su hermana menor a su cuarto. Tampoco hizo preguntas cuando escuchó que la puerta de la habitación de Daichi se abría y se cerraba con cuidado, simplemente se asomó con discreción para verlo desaparecer por el pasillo y lo siguió con cautela hasta que lo vio detenerse en el patio de entrenamiento, nuevamente con su espada en la mano, para reanudar su entrenamiento. Ver sus movimientos, por alguna razón, le pareció tan nostálgico que no pudo pensar en otra cosa durante varios minutos, los necesarios para volver a su habitación, acostarse, cerrar los ojos y, minutos más tarde, darse cuenta de que no podía dormir.

    Entonces pudo decidirse: si ellos se esforzaban porque ella les daba el ejemplo, lo ideal sería ofrecer resultados pronto. Convencida de que no podía esperar a la mañana siguiente para retomar la práctica, se sentó de golpe sobre la cama e intentó conjurar la estrella una, dos, varias veces, las mismas que provocaron ciertos destellos en el cuarto aledaño que obligaron a su ocupante a levantarse para descubrir la fuente de aquel suceso: en el fondo de su bolsa, el cristal cuya existencia había olvidado resplandecía con tanta fuerza que quiso mostrárselo a Hitomi; pero su objetivo fue frustrado por un haz de luz que se filtraba por la puerta de la habitación contigua, y la aparición de ambos resplandores estaba tan sincronizado que no tardó mucho en saber de qué se trataba.

    —¿Sigues despierta? —preguntó mientras asomaba medio cuerpo por la entrada, y la niña, sobresaltada, perdió su estrella y giró el cuerpo para ver quién le hablaba—. Siento haberte asustado, pero me preocupé al ver la luz y la puerta abierta.

    Junko estaba tan perdida en su nostalgia irrazonable que olvidó cerrarla y quiso justificarse, pero el resplandor tenue del cristal en la mano de Maki hizo que cambiara el tema.

    —¿Ese es el cristal del otro día? ¿El del cascabel de Choco? —preguntó mientras lo señalaba.

    —Sí, este es —contestó mientras lo levantaba entre sus dedos—. Parece que también es mágico y que brilla cuando invocas tu estrella.

    —¿En serio? —exclamó emocionada—. ¡Quiero ver!

    No tuvo más opción que complacerla. En silencio, la chica de cabello negro cerró la puerta para evitar que entrara el frío y caminó hacia la cama para sentarse al lado de la niña, quien invocó una vez más la estrella blanca para comprobar lo que su visitante le había asegurado. Y fue tal la luz que emanaba de ambos objetos que un observador más, atraído por semejante fenómeno, se acercó a la entrada de la habitación con curiosidad.

    Aunque pretendía tocar la puerta, el nuevo visitante se detuvo cuando reconoció cierta voz amonestadora al otro lado.

    —Entiendo que quieras mejorar, pero no es bueno que te desveles.

    "Esto va para largo", pensó el recién llegado al escuchar el principio de una reprimenda, y convencido de que no debía interrumpirla, se sentó con la espalda hacia la puerta para escuchar e intervenir si lo consideraba necesario.

    —No podía dormir —se justificó Junko tras desvanecer su estrella y recibir de Maki el cristal olvidado—. Además, Daichi también estaba despierto.

    —Ya habrá tiempo de regañarlo mañana.

    "No, por favor", pensó él mientras dibujaba en su rostro el nerviosismo que le provocaba la simple idea de escuchar el sermón de su amiga a la mañana siguiente.

    —¡No lo regañes, por favor! —pidió la pequeña para sorpresa de ambos—. Él se está esforzando para mejorar, si lo regañas mañana, se desanimará y no querrá hacerlo de nuevo, y le costó mucho trabajo animarse a practicar.

    Tenía un buen argumento a su favor.

    —Está bien, no lo haré —le prometió—, pero tú deberías dormir antes de que se haga más tarde.

    —No puedo.

    —¿Y por qué no?

    —Porque nada cambiará mientras duermo —confesó irritada, fastidiada de aquella rutina—. Mañana despertaré, intentaré crear la estrella varias veces y no podré mantenerla por mucho tiempo, entonces me dirán que no me desespere, que es normal y que no me esfuerce demasiado, entonces Hakki y Mikki me dirán que vaya a jugar o a descansar mientras piensan en algo que no quieren decirme, y luego veré practicar a todos una y otra vez, entonces pensaré de nuevo que no debo rendirme porque todos mejoran mientras yo me quedo atrás, y cuando les diga eso a Hakki y a Mikki, ellos me dirán que no debo preocuparme porque todos están aquí para cuidarme; pero si ustedes van a cuidarme, ¿quién va a cuidarlos a ustedes? ¿Y de qué van a cuidarme si en el castillo no pasa nada?

    "Ni una palabra sobre los espectros susurrantes con Junko", recordó Maki la amenaza de los vigilantes de la torre.

    —Si yo no estuviera aquí...

    —¡No digas eso! —la interrumpió la de ojos verdes al escuchar una de las frases que más detestaba—. Nunca pienses que sería mejor que no estuvieras, nunca asumas que no existir haría todo más fácil para nosotros o para los demás. Nosotros nos esforzamos porque estás aquí y porque trabajas muy duro para estabilizar tu estrella. Tal vez llevemos poco tiempo de conocerte, pero te has ganado nuestra simpatía no porque tengas magia o porque tu rol en este mundo sea muy importante, sino porque has demostrado que eres valiosa, y si estamos aquí para protegerte es porque así lo decidimos, porque te queremos, porque nos gusta verte feliz.

    —Yo también los quiero —contestó luego de asimilar el mensaje en silencio por un instante para luego reprocharle lo que estuvo guardándose durante esa semana—, pero yo también quiero hacer algo por ustedes, no quiero ser nada más la princesa protegida, por eso me esfuerzo. —La miró a los ojos—. Si puedo ayudarlos, lo haré, pero quiero que me lo digan, ¿está bien?

    Su semblante le hizo recordar un gesto pasado, decidido, aunque más impotente; un rostro berrinchudo que le decía sin palabras que quería ayudar. Junko se parecía a Daichi durante su semana de segunda niñez, y no pudo evitar reírse.

    —Lo haremos, no te preocupes.

    Aliviado por no haber tenido que intervenir, el chico sentado al otro lado de la puerta creyó que era momento de volver a su habitación para descansar; pero un movimiento al fondo del pasillo lo puso en alerta: en una zona aún iluminada por la escasa luz de la luna menguante, un par de sombras retrocedieron antes de ser notadas por completo. Advertido por los pajes durante la junta de la mañana, la situación condujo a Daichi a una conclusión única: los espectros susurrantes podrían aparecer en cualquier momento para atacar, podría ser esa la noche que tanto temían, la noche en la que el gato sería incapaz de detenerlas, y en esas circunstancias, por más que quisiera retirarse, pensó que lo más conveniente sería quedarse para cuidar que nada ni nadie se acercara a la puerta. Nada ni nadie tendría derecho a interrumpir el descanso de sus protegidas.

    De repente, el tarareo de una melodía tranquila sorprendió al vigilante y a la niña rubia.

    —Esa canción...

    —Es una canción para dormir —contestó Maki—, mi mamá solía cantármela cuando no tenía sueño.

    —¡Mi mamá hace lo mismo! —comentó Junko emocionada—. Mi papá lo intentó una vez que mi mamá no estaba. —Se rió con suavidad al recordarlo—. Fue un desastre.

    —Bueno, al menos lo intentó.

    —No lo ha vuelto a hacer desde entonces. —"Hasta para él debió ser una experiencia horrible", pensó la chica de ojos verdes, y la incomodidad que sentía al imaginarlo se vio reflejada en su rostro con tanta claridad que Junko sintió la necesidad de defender a su padre—. ¡Pero es muy bueno en otras cosas! Sabe cocinar y cuida del jardín. Es estricto, aunque mi mamá lo es más, ambos son buenos.

    Percibió en sus palabras un cariño profundo, alegre, aunque ligeramente melancólico. A pesar de ser empática en muchos sentidos, Maki se encontró una vez más ante una situación que no podía comprender del todo: perder a un padre o saberlo ausente por temporadas largas. Durante mucho tiempo creyó que podría decir o hacer algo para consolar a las víctimas de aquella mala jugada del destino; pero durante sus años de infancia supo que era incapaz de lograrlo en todas las circunstancias. Era esa la brecha que más la distanciaba de Daichi, la misma que en ese momento no supo cómo saltar ni evitar con Junko.

    —¿Y qué más hace cuando no puedes dormir?

    —¿Qué más? —pensó en voz alta mientras recordaba—. Me acaricia la cabeza mientras me acuesto así.

    Con rapidez, la pequeña se recostó sobre el regazo de su visitante, quien sonrió con ternura para después comenzar una vez más la canción.

    En la oscuridad, con los ojos cerrados, transportada a un lugar lejano, la niña recordaba los días lejanos de un cálido invierno en los que le era imposible conciliar el sueño: su cuarto con una lámpara encendida, la suavidad de su almohada temporal, el aroma dulce de su madre, la melodía tranquila que ahuyentaba las pesadillas, la habitación que por momentos parecía tan infinita como el tiempo que duraba aquella muestra gentil de quien desea un feliz descanso a una persona preciada. Y la visión de sus noches de insomnio la llevó, de repente, a las memorias perdidas de sus días coloridos, a los momentos grises que no quería recordar, a entender que nada importaba mientras tuviera consigo el calor y el tarareo de aquella canción que tantas veces había escuchado hasta perderse, una vez más, en una calma absoluta que solo desaparecería cuando en su rostro golpearan los primeros rayos del sol.

    "¿No extrañas a tus padres?"

    Perturbada al recordar la voz asustada de la madre de las elementales, la niña abrió los ojos de golpe para notar que sus deseos no se cumplirían de esa manera. Y ahí estaba de nuevo: la habitación austera y triste, la calidez de una mano y de un regazo diferentes a los que le permitían conciliar el sueño, la voz distinta de quien intenta suplantar recuerdos amados, el sonido que se alejaba con cada nota que enmudecía cada vez más hasta perderse en un zumbido originado por la presión de sus dientes y por un intento fallido de contener sus emociones para no preocupar a nadie.

    La repentina humedad sobre las piernas de Maki le hizo entender muy tarde que aquella no era la mejor idea para ayudarla a dormir.

    Las manos temblorosas de la pequeña que se aferraba al camisón de la joven fueron sucedidas por un débil clamor que entristeció a quien intentaba consolarla, a un par de plumíferos espectadores posados en la ventana del cuarto, y a quien escuchaba todo al otro lado de la puerta. La pregunta de Hitomi por fin tenía una respuesta entre sollozos, y el dolor que atraía a los primeros espectros de la noche obligó a la chica de ojos verdes a hacerle una promesa:

    —Tranquila, volveremos a casa.

    Aquellas palabras inquietaron al protector de la puerta, pero al mismo tiempo lo tranquilizaron: frente a él, las acechantes siluetas irregulares se alejaban conforme a su presa la derrotaba el sueño.

    Y aunque hizo todo lo posible por mantenerse alerta durante horas, siempre con la espada enfundada sobre el pecho, el cansancio pudo más que su deber.

    Una de las sombras al fondo del pasillo supo que era la oportunidad perfecta y comenzó a moverse.

    La segunda, sin embargo, extendió el brazo para obstruir su avance.

    —¿Por qué me detienes?

    Un mensaje a través de un susurro de la noche la molestó.

    —¿Aún insistes con eso? ¿No entiendes en qué situación nos encontramos? Es nuestra última oportunidad.

    La primera sombra esquivó el brazo de la segunda para abrirse paso, pero la mano amenazante de ésta sujetó su muñeca con la misma fuerza que la garra de una bestia hasta intimidar a la voz retadora de la penumbra, quien logró liberarse para luego dar media vuelta y regresar por donde vino mientras le susurraba una amenaza.

    —Nuestro pacto tiene límites, Hibiki. Que te quede claro que no toleraré otra afrenta como esta.

    Un nuevo mensaje cifrado la hizo chascar la lengua y tragarse su cólera hasta encontrar un sitio ideal para desahogar la frustración que le causaba haber perdido su última oportunidad para detener la tormenta.

    El vigilante exhausto, mientras tanto, se vio de repente en un lugar más oscuro que el pasillo, en aquel vacío que conocía a la perfección.

    Lejos, muy lejos, la estrella blanca titilaba para llamarlo.

    Más y más grande, más y más cerca, más y más clara con cada paso incierto sobre el abismo sin final posible.

    Más y más triste, arrodillada sobre una laguna creada con sus lágrimas incontenibles, sin posibilidad de enjugarse el rostro, la estrella blanca con el rostro cubierto por los aladares de su cabellera de doradas olas infinitas, con el vestido empapado y frío, con los brazos encadenados a dos árboles muertos a sus costados.

    Más y más cerca, el espectador de la penumbra se encontró de repente ante una escena espeluznante: en cada árbol había un hombre aprisionado por las mismas cadenas que sujetaban a la dama inconsolable, y ellos, poco después, se convirtieron en el alimento perfecto para los espectros susurrantes que emergían del vacío. Indefensos, aunque sin quejarse, los hombres eran seducidos y devorados por las sombras, quienes los hacían sangrar con cada una de sus palabras: "No te vayas", "Tengo miedo", "Hace frío", "No me dejes". La savia de los árboles formaba riachuelos sangrientos que se mezclaban con la laguna de lágrimas y teñían de carmesí la pureza de la estrella blanca, quien forcejeaba para liberarse a pesar del daño que les causaba a todos el movimiento de las cadenas, y alrededor de ella, con desdén, nuevas siluetas bailaban mientras entonaban la melodía del resentimiento: "Tú tienes la culpa", "Debes pagar", "No te perdonaremos", "No te acerques", "No vuelvas", "Debes morir".

    El sonido de un cascabel que pendía de la muñeca izquierda de la prisionera mantenía alejados a los espectros; mas había un espectro con rostro, una versión de ella vestida de negro, que logró acercarse para arrancarle el amuleto y destrozarlo tras susurrar una frase que le destrozó el alma: "Tú los mataste".

    El espectador onírico abrió los ojos aterrados en aquella realidad donde el movimiento repentino de una puerta lo hizo caer de espaldas ante dos miradas sorprendidas.

    —¿Hermano Daichi? ¿Qué hacías ahí? —preguntó Junko mientras se bajaba de la cama para acercarse a la entrada de la habitación.

    Confundido, se sentó en el piso una vez más mientras intentaba comprender su situación y trastabillaba una excusa:

    —Bueno, yo... —La niña ladeó la cabeza en espera de sus motivos—. Es que... la verdad... —Con la mano en la manija de la puerta, Maki lo juzgaba en silencio—. Yo... yo...

    La mano libre de su amiga tomó con firmeza la parte posterior de su ropa y lo arrastró hacia la salida.

    —Nos vemos al rato, Junko —dijo la chica de trenzas—, necesito tener una conversación larga con nuestro espía.

    Cerró la puerta.

    Pero la niña estaba tranquila: Maki le había prometido que no lo regañaría por desvelarse y confiaba en su palabra. Situación distinta era que lo sermoneara por dormir en el pasillo; ella hubiera hecho lo mismo.
     
  13. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 18. Progreso
    Nuevamente de pie en el centro del jardín, con los ojos cerrados y el corazón tranquilo, la niña comenzaba a escuchar las voces del mundo. Por fin era capaz de percibir el tarareo constante de los árboles que mecían las ramas al ritmo del viento, podía descifrar la paz de las aves que vivían en ellos y la armonía de los seres en un radio de cinco metros, un área lo suficientemente amplia para que sus pajes se emocionaran por el resultado.

    Decidieron hacer un experimento más: con cuidado, Haruki puso en las manos de Mitsuki su prendedor luego de que ella se quitara el suyo. Tras presentárselos y pedirle que sintiera su energía, la de ojos lilas se apresuró a esconderlos, y volvió al lugar de partida para pedirle a su nueva ama que los encontrara. Poco tiempo después, a la distancia, los pajes notaron el éxito de la misión: un par de resplandores entre las manos de Junko que se acercaba con alegría para devolver las pertenencias al par de aves personificadas que le sonreían como siempre.

    Y aunque Junko pensaba que su mejora repentina se debía al cristal blanco que le había entregado Maki la noche anterior, los guardianes del cofre sabían que se trataba de su cambio de humor. No era difícil para ellos entender que su postura ante el entrenamiento era distinta, que sus motivaciones se habían consolidado por razones que habían comprendido la noche anterior mientras la veían al otro lado de la ventana de su alcoba. Aún así, estaban confundidos: si ella comenzaba a escuchar las voces del mundo y podía percibir la energía de sus gemas celestiales después de calmar sus emociones, si todo dependía de ella, ¿se habían equivocado al pensar que su creadora estaba frustrando sus conjuros?

    Tal vez era un buen momento para concentrarse en el presente.

    —¿Y cómo está hoy la estrella más bonita de todas? —preguntó Mitsuki con dulzura.

    Segura de sí misma y de que su práctica nocturna tendría resultados positivos, la de mirada de oro realizó el conjuro que Koharu le había enseñado una semana antes: las palmas de las manos sobre su pecho, los ojos cerrados, la inhalación profunda, la imaginación inquieta que se apaciguaba por un momento para visualizar un punto blanco brillante, el movimiento lento de sus manos por donde se filtraban varios rayos de luz, una esfera blanca más grande que la que había intentado invocar el primer día que se mantuvo estable por más tiempo, el suficiente para contemplarla con alegría y para apreciar cómo se descomponía en partículas diminutas que se reincorporaban a su cuerpo.

    El día anhelado parecía haber llegado por fin.

    —¡Lo lograste! —celebraron los pajes mientras la abrazaban.

    La alegría incontenible de Haruki y Mitsuki se reflejaba en sus ojos con el brillo peculiar, inesperado y hermoso de quienes recuperan la esperanza perdida al notar que sus temores se alejan, y para la pequeña, que se había preocupado demasiado por fallar, esa era la mejor recompensa que podía obtener: con todos felices y en paz en el mundo mágico, ella podría volver pronto con sus padres. Dos pasos más y su misión habría terminado.

    —Ahora podremos practicar la conjuración de Milvus —afirmó Haruki, y la sonrisa de Junko se mostró ante ellos más amplia que nunca—. Pero primero, el pacto.

    —¿Recuerdas los conjuros que te enseñamos? —preguntó Mitsuki, y la niña, sin perder más tiempo después de asentir con la cabeza, invocó nuevamente su estrella para luego recitar el primero de ellos:

    —Resplandor albino guardián de la Nada... —Interferencia. "Empecemos de nuevo", pensó—. Resplandor albino... —Más ruido seguido por murmullos que se acercaban—... guardián de la...

    Un pitido breve la obligó a desvanecer su estrella y a cubrirse los oídos con ambas manos hasta que volvió el silencio.

    —¿Qué pasó? —preguntaron sus guardianes asustados.

    —Era ruido, pero estoy bien. Lo intentaré de nuevo.

    Pero su segundo intento fue imposible: la estrella, más brillante que antes, absorbió sus sentidos y la transportó a un mundo de ensueño, armónico, con las risas de sus seres queridos, con la tranquilidad de las visiones que se desean en los tiempos de crisis. El resplandor traicionero había atrapado su mente en un mundo engañoso.

    —¡Junko! —llamaron sus guardianes una vez más mientras sacudían sus hombros para despertarla de esa obnubilación que parecía peligrosa, y al sentir la brusquedad del movimiento, su estrella se desvaneció una vez más mientras ella volvía en sí.

    —¿Eh? ¿Qué pasó ahora?

    —Te llamamos muchas veces, pero no nos respondías —contestó él un poco más aliviado.

    —Tal vez debamos tomarnos un descanso.

    Las palabras de la guardiana de la luna la entristecieron y ambos lo notaron.

    —Pero podríamos aprovechar el tiempo para mostrarle eso, ¿no crees, Mitsu?

    —¿Eso? —Tardó en comprender de qué se trataba—. ¡Ah! ¡Eso! ¡Qué buena idea!

    Y la llevaron a la torre con alegría para ahuyentar su pena mientras le explicaban lo que tenían en mente.

    El plan, visto desde la entrada de la sala de descanso, parecía haberle regresado la felicidad a Junko.

    —Los niños son más lindos cuando están felices, ¿no lo crees?

    La voz de viento nocturno en el interior de la sala llegó a los oídos de Hitomi: "Los niños deberían ser felices en todo momento".

    —Las fuerzas regentes siempre han dicho eso; pero casi nunca mantienen las condiciones para que eso ocurra... aunque creo que eso lo sabes mejor que yo.

    No hubo respuesta. "Parece que es mala idea hablar de eso con él", pensó la guardiana del equilibrio, y decidió cambiar el tema tan pronto como lo había abordado.

    —¿Tu ama sigue molesta?

    Un movimiento afirmativo debajo de la capucha oscura le confirmó que había hecho bien en pedirle que cuidara de ella.

    —Espero que su humor mejore pronto.

    Más que un anhelo, aquello era el anuncio velado de un presentimiento, de una sensación de agujas en el abdomen que se desplazaban hacia su corazón, de una visión lejana que estaba por cumplirse. Pero sabía perfectamente que evitarlo no estaba en manos de nadie, que llegaría el momento en el que se revelarían ante Junko las imágenes terribles que residían en la luz tenue del cristal que Maki había guardado por tanto tiempo, que los pajes no podrían frenar el avance silencioso de los enlaces que aprovechaban todos los medios posibles para alcanzar a quien había heredado el resplandor blanco del olvido.

    —¿Encontraste algo interesante en sus sueños?

    Un soplido melancólico: "Ella no tuvo la culpa".

    —Nadie tiene la culpa nunca, ni siquiera él; pero ella aún no puede entenderlo —contestó con el mismo tono mientras daba un vistazo hacia los alrededores: a lo lejos, las elementales conversaban tranquilamente mientras regresaban de la cocina tras su segundo descanso de la tarde, rumbo al patio de entrenamiento; en la torre, las voces alegres de los guardianes del cofre empeoraban su ánimo—. Tus movimientos son interesantes y dignos de alguien de tu tipo, pero has sido tan descuidado que ahora ellos creen que ustedes quieren lastimar a su ama. Necesitas aprender a ser más discreto y a medir tu distancia. Tu siguiente misión requiere de mucho cuidado, revelarte ante ellos con tu forma actual podría arruinarlo todo.

    Y tras disculparse con un nuevo susurro de penumbras, el fantasma se escabulló por el jardín secreto al escuchar pasos que se acercaban, pues no podía ser descubierto por nadie.

    —¿Y bien? —le preguntaba la de ojos grises a su nuevo visitante—. ¿Qué te trae por aquí?

    —He venido por respuestas.

    Aquel planteamiento le hacía mucha gracia, pero no estaba en posición de reír tanto como quisiera.

    —Respuestas... —repitió con sorna.

    La mirada seria de Daichi finalmente se dirigía a ella sin dudar, y el sentimiento que le causaba recorrió su espalda de abajo hacia arriba: "Ah, la fuerza oculta en sus ojos es mejor de lo que imaginaba", pensó. Pero no era el momento para disfrutarlo.

    —Pero lo sabes mejor que nadie, incluso mejor que los pájaros de la torre, ¿o me equivoco? —continuó ella mientras entraba a la habitación, quizá para que nadie escuchara lo que iba a decirle—. Te di un libro para advertirte sobre las reglas del mundo, ¿eres consciente de lo que me estás pidiendo?, ¿recuerdas lo que soy?

    —Lo sé —contestó con rapidez—. El mundo se sostiene sobre tres pilares: el material, representado y protegido por los magos de los fulgores; el espiritual, custodiado y controlado por los magos de los resplandores, y el puente entre ambos vigilado por los dones: el tiempo que no puede ser anunciado, la creación que no puede predisponer lo creado y el equilibrio que nivela la balanza en la penumbra. Los tres conocen los enlaces del mundo que el resto no puede ver y viven sin revelar sus secretos, por eso los nombraron Triada de silencio.

    —Entonces comprendes por qué no podrás obtener respuestas de mí.

    —No vine a pedirlas, solo vine a confirmarlas.

    La declaración del chico la sorprendió. Esperaba que tuviera preguntas, que quisiera planteárselas en algún momento y que ella, como digna guardiana del equilibrio, se viera en la necesidad de callarlo todo para seguir manteniendo el juramento que sus antepasados habían establecido con las fuerzas regentes desde el origen; pero verlo tan tranquilo la asustaba un poco y hasta la hizo dudar.

    ¿Qué tanto habría descubierto el día anterior?

    —¿En qué estás pensando? —le preguntó finalmente al chico, quien temía tanto como ella que sus sospechas, aunque distintas, fueran correctas.

    —Aunque Junko lograra reparar el cofre, no podría volver a su hogar sin alterar la existencia de este mundo, ¿verdad?

    "Aún no resolvemos el problema y él ya está pensando en que puede volver a su mundo como si nada", pensó ella, y le dio la espalda por un momento para contemplar los haces de colores que se filtraban por los vitrales.

    —Las fuerzas regentes pueden encargarse de los elementos faltantes, la ausencia de un fulgor no es tan peligrosa para este mundo; pero la ausencia de un resplandor o un mal control sobre su magia puede ser catastrófico.

    —Porque el contenido de cada cofre es más peligroso que la inestabilidad de un elemental, ¿no es así? —preguntó él—. Por eso Haruki y Mitsuki se esfuerzan por ayudar a Junko para que estabilice su estrella, por eso les preocupa que no pueda invocar a Milvus y por eso son tan cuidadosos con todo lo que tenga que ver con su predecesora. Pero ¿callar en verdad es lo correcto?, ¿no sería mejor que le habláramos sobre la reina anterior?

    Le parecía curioso, por no decir irónico, que él pensara de la misma forma que la soberana de Nigrens. Si ella lo escuchara, ¿cambiaría su percepción de los espadachines reales?

    —Tal vez contarle sobre ella no tendría el mismo efecto que hubiera tenido contigo la revelación de tu pasado durante el conjuro de intercambio; pero tampoco veo necesario hablarle sobre el tema.

    —Pero tampoco puedes negarle por siempre el conocimiento de su pasado.

    —¿Crees que se trata de un capricho mío? —preguntó con frialdad—. En este mundo sólo existe una persona que conoce el pasado, el resto sólo conoce una de sus versiones. Haruki y Mitsuki creen que saben todo sobre su creadora; pero si les preguntas, por ejemplo, por qué murió, no sabrán responderte porque nunca supieron las verdaderas razones; si les preguntas qué pasó con su amado rey Hayato, podrán darte versiones similares o diferentes, pero nunca tendrás la certeza de que alguna sea verdadera. ¿Aún así crees que contarle a Junko una versión del pasado es lo mejor para ella? Los seres humanos suelen asumir ciertas versiones como verdades, ¿qué pasaría si sus enlaces con el pasado se restablecieran y descubriera que todo lo que alguna vez creyó en realidad es falso? Los guardianes espirituales son fuertes en muchos aspectos; pero también son muy sensibles ante las revelaciones, ¿estás dispuesto a someterla a ese dolor?

    "Y aún así, sus enlaces también son solo una versión del pasado del mundo", pensó ella con tristeza mientras esperaba la reacción del chico, quien solo pudo agachar la cabeza al comprender que el problema era más complejo de lo que imaginaba.

    —La destrucción es terrible —continuó Hitomi mientras caminaba hacia una silla para sentarse—: el mundo puede colapsar y los seres humanos se lamentarán durante meses, años, incluso durante siglos; pero suelen encontrar una manera de recuperarse. Sin embargo, olvidar y recordar puede tener peores consecuencias porque ambos hechos conviven en una balanza cuyo desequilibrio puede acarrear efectos nefastos. La primera enseñanza de los guardianes espirituales lo aclara de una forma muy simple: "Lo que se olvida, no existe; lo que se recuerda, no se perdona": la alegría que el hombre olvida deja de existir, el dolor que recuerda y mezcla con otras emociones es incurable.

    Aquella larga respuesta le confirmó lo que temía.

    —Pero hay una manera de volver que seguramente conoces —dijo ella después de contemplar su rostro apesadumbrado, sombrío, temeroso de romper las esperanzas de alguien que había confiado en él y en el resto de los habitantes del castillo—; aunque debes pensarlo bien: si logras convencerlos de que es lo mejor y algo sale mal después de eso, tendrás que lidiar con las consecuencias, ¿estás dispuesto a arriesgarte aún sabiéndolo?

    —Estoy dispuesto —respondió de inmediato—. Sé que soy débil y que no me he enfrentado al peligro; pero no permitiré que Junko sea prisionera de este mundo, sería terrible para ella y devastador para todos, podría tener peores efectos que dejar que el cofre se rompa. Si debo protegerla en mi mundo, lo haré sin dudarlo.

    —¿Aunque ella te haya liberado? ¿Aunque cuidarla ya no sea tu responsabilidad?

    —No necesito un pacto para cuidar a las personas que quiero.

    Escucharlo tan seguro y dispuesto a todo calmó las inquietudes que había guardado en su corazón cuando predominaba en el chico cierta naturaleza temerosa y dubitativa que no quería que siguiera arrastrando mientras desempeñaba su rol en el equilibrio. Asteregius debió haber percibido esa otra faceta del chico cuando lo adoptó como su propietario, y ver ese cambio de actitud la complació tanto que pensó, por un momento, que debería respetar cualquiera de sus decisiones porque todas serían acertadas.

    Con elegancia, se levantó de su asiento para darle a Daichi una palmadita en el hombro.

    —Si consideras que es lo mejor, adelante; pero no te arrepientas después.

    No pensaba hacerlo, y así se lo dijo.

    Luego de que la guardiana del equilibrio bajara su mano, Daichi dio media vuelta para salir y continuar su entrenamiento, más consciente que antes de que debía mejorar mucho en poco tiempo para cuidar de su nueva hermana menor y permitir que las palabras de su amiga de la infancia se cumplieran: "Volveremos a casa", pensó.

    —Una pregunta más —habló nuevamente él justo cuando abría la puerta de la sala de descanso—: la cobija de anoche...

    —No quería despertarte, así que me pareció mejor taparte para que no te resfriaras.

    —Gracias —dijo aliviado—. Les pregunté a todos sobre el tema y nadie sabía de lo que estaba hablando, comenzaba a asustarme la idea de no recordar que me la había llevado.

    —Entiendo que te preocupes mucho en ocasiones, pero procura no volver a dormir fuera de tu habitación, por las noches hace mucho frío.

    —Está bien —respondió con una sonrisa apenada, y luego de anunciar su retirada, salió del cuarto.

    Nuevamente de pie, con la soledad absoluta de quien se limita a mirar las acciones de los seres vivos, la madre de las elementales volvía a dibujar en su rostro aquella sonrisa cómplice de quien está satisfecho con el desarrollo de los acontecimientos. Y tras recordar la mirada penetrante del cielo liberado de turbaciones, se esforzó por volver a la seriedad que la caracterizaba, no sin antes pensar que, una vez más, había comprobado que era muy fácil engañar a un humano.
     
  14. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 19. El cristal blanco
    Rumbo al jardín pacífico y libre de ocupaciones humanas, el portador de la espada caminaba mientras repasaba en silencio sus argumentos para convencer a los guardianes de que su propuesta era la mejor alternativa, por no decir la única, para evitar una catástrofe. Era consciente de que, mientras Junko no pudiera al menos invocar a Milvus, sería muy difícil convencerlos, y por más que intentó ser optimista y concentrarse para descubrir la forma adecuada de abordar el tema con los habitantes del castillo, pronto se dio cuenta de que no sabía cómo hacerlo.

    ¿Cuándo sería conveniente decírselos, en primer lugar?

    —¡Hermano Daichi!

    La voz aguda que lo llamaba desde la entrada de la torre lo obligó a levantar la mirada y contemplar la aparición de su hermana menor: un nuevo vestido blanco con tres capas de tela traslúcida con amarillos degradados que formaba varios holanes sobre la parte de la falda, un grueso listón dorado que rodeaba su cintura, dos trozos de tela plegada en cada uno de sus hombros descubiertos, y sobre su pecho, en el borde de la tela, un prendedor en forma de estrella dorada sostenía una chalina que se convertía en las frágiles alas de un pájaro mágico. Para complementar su nueva apariencia, sus pajes habían peinado su cabello en media cola con hebras trenzadas como las alas de un ave.

    Una hada blanca.

    —¡Mira! ¡Mira! —dijo emocionada—. Hakki y Mikki encontraron un vestido muy bonito en el armario de la reina, ¿verdad que me queda bien? —No le dio oportunidad de responder—. Dicen que es para mí porque ya puedo crear bien mi estrella, pronto podré invocar el báculo, ¿qué te parece?

    —¡Muy bien! ¡Felicidades! —exclamó él con esa extraña sonrisa que en los últimos días se había vuelto más constante—. Te daré un premio cuando volvamos a casa, tú podrás escogerlo.

    —¡Sí! ¡Más chocolate! ¿Puede ser relleno?

    —Por supuesto.

    Y mientras la veía celebrar su segundo premio en espera, el hermano mayor notó algo en su vestimenta que le parecía extrañamente familiar.

    —¿Y eso?

    —¿Esto? —preguntó mientras levantaba un cordón negro con el cristal blanco que pendía de su cuello—. Me lo prestó Maki para que no perdiera el cristal, pero se lo regresaré cuando Hakki y Mikki encuentren otra cosa para colgarlo, me dijeron que iban a buscar en el cuarto de la torre, por eso no vienen conmigo.

    —Ya veo —contestó mientras pensaba que su amiga de la infancia se había encariñado tanto con Junko que no dudó en prestarle el cordón de su amuleto protector a pesar de su temor constante de perderlo.

    La chica de ojos verdes, mientras tanto, permanecía en la cocina. Pensaba regresar al patio de entrenamiento con las demás elementales y esperar ahí a Daichi; pero sus piernas se negaban a moverse y su cuerpo, un poco adolorido por la práctica intensiva, sintió que la mesa era el mejor sitio de descanso. Se prometió no quedarse dormida mientras apoyaba la cabeza entre sus brazos cruzados, insistía en que solo cerraría los ojos por cinco minutos o hasta que alguien la llamara, pensó que nadie interrumpiría aquella calma y que era mejor quedarse ahí en lugar de subir a su cuarto a descansar como hiciera su amigo momentos antes. "No pasará nada si me quedo aquí un poco más", pensó.

    La presencia de una silueta blanca que pasó detrás de ella la sorprendió tanto que abrió los ojos, se levantó de su asiento y giró el cuerpo para observarla y confirmar que realmente seguía despierta.

    —Tú eres...

    —Una ilusión —interrumpió su interlocutora.

    —Pero me estás respondiendo, ¿cómo es que...?

    —No puedo explicártelo ahora; pero llegará el momento en el que todas tus preguntas serán respondidas.

    Maki solo pudo ver sinceridad en la profundidad de sus ojos cerceta.

    —¿Al menos podrías decirme qué haces aquí?

    Tras afirmar con la cabeza, extendió su mano izquierda hacia su sucesora para mostrarle una cadena de plata.

    —Es un viejo regalo de una persona preciada, me dijo que me protegería de lo que no puede ser tocado. Ahora es tuyo, úsalo para portar a Caeruleus, te será muy útil ante lo que va a ocurrir.

    Desconfió por un momento.

    —¿Va a ocurrir algo?

    —Ocurrirá —contestó—, las fuerzas regentes lo han dispuesto de esa manera, no hay manera de evitarlo.

    Tanta sinceridad misteriosa le provocaba angustia, y ese sentimiento la obligó a colocar su dije de ave en la cadena y colgarla en su cuello mientras la silueta blanca seguía hablando:

    —Con eso, tu espada podrá cortar y destruir lo que no se puede tocar, así podrás ayudar al Fidestella. —La vio nuevamente con las manos libres y extendió el brazo derecho para entregarle algo más—. A él dale esto, también va a necesitarlo.

    Lo recibió mientras preguntaba:

    —Pero ¿qué va a pasar?

    Para cuando levantó la mirada nuevamente, aquella ilusión ya había desaparecido. Confundida, analizó el objeto que le había entregado mientras se preguntaba si realmente le sería útil a su amigo de la infancia, quien seguía conversando con la niña de ojos dorados al lado opuesto del castillo.

    —¿Sabes qué descubrimos anoche?

    —¿Qué cosa?

    —Que el cristal brilla más cuando creo mi estrella, ¿quieres ver?

    —Está bien.

    Nuevamente la invocación exitosa de la estrella. Al sentirla entre sus manos, las bajó un poco para que él pudiera ver sin problemas el resplandor más intenso del cristal, el que se mantuvo durante varios segundos que maravillaron a ambos, el que los distrajo lo suficiente como para no percibir el sonido de un chasquido a la distancia que provocó la explosión muda de aquel dije que la niña portaba con orgullo. El brillo del estallido alcanzó a los pajes para mostrarles una serie de acontecimientos que nunca experimentaron para luego apagarse en un instante después de lograr su cometido.

    El cristal pulverizado en las manos de Junko desapareció con un soplido del viento.

    —¿Estás bien?

    —Sí —contestó ella inocentemente, aunque con un dejo de tristeza—, pero el cristal se rompió.

    —No te preocupes, lo importante es que estás bien y que has mejorado.

    —Sí...

    —Entonces podrás invocar el báculo pronto, —La vio asentir—, después podrás reparar el cofre y entonces...

    Ella no pudo escuchar el resto. Aturdida, quizá perdida en el tiempo, miró los arcos de los corredores y las puertas de las habitaciones cerradas, distintas, quizá desconocidas. Caminó con lentitud y sin palabras hacia la torre, con los ojos nublados, y aquella reacción injustificada asustó tanto al chico que corrió hacia ella para alcanzar su brazo y detenerla.

    —Daichi —dijo en voz baja, al borde del llanto—, este poder es malo.

    Le extrañaba aquella afirmación de la pequeña que se alegraba por tener magia y que se esforzaba por despertar su potencial.

    —¿Por qué dices eso?

    —¡Porque lo es! —respondió con brusquedad, con sus lágrimas contenidas al girar el cuerpo para verlo de frente—. ¡Porque tenerlo no le traerá nada bueno a nadie! ¡Porque es una maldición! ¡Por eso nadie quería decirme nada!

    Le asustaba tanto aquella respuesta tan desesperada que no supo cómo desmentirla.

    —¡Yo lo vi! —continuaba ella aún más alterada—. Vi lo que pasará cuando repare el cofre, vi que no puedo volver a casa, vi que todos se irán cuando cierre los ojos, los vi salir del castillo y nunca volver, vi... vi...

    Tuvo que arrodillarse y colocar sus manos, una sobre otra, sobre el prendedor en forma de estrella. Quería tomar su corazón entre sus manos, quería arrancárselo del pecho para dejar de sentir aquella presión que comenzaba a ahogarla, intentaba convencerse de que su magia no era mala aunque ya lo sabía, quería defender la imagen del mundo pacífico aunque eso tampoco lo veía necesario. Estaba segura de todo, no había motivos para dudar, ¿de dónde venía ese dolor tan insoportable que la obligaba a llorar un montón de sentimientos que jamás había experimentado?, ¿por qué no podía simplemente escuchar la voz de Daichi que intentaba tranquilizarla?

    Él estaba tan confundido y desesperado que solo pudo abrazarla mientras le seguía repitiendo que aquello no ocurriría.

    —Va a ocurrir —dijo ella después de varios segundos con una voz mezclada, distinta, que era y no era suya—. Todos caerán de nuevo ante mis ojos. Todos, con los cuerpos destrozados y los rostros aterrados, en ríos de tristeza y mares de atardeceres eternos, intensos, infinitos... por eso nadie me dijo nada, callaron para mantenerme a salvo. Todos caerán por mi culpa, porque no me di cuenta antes de que esto iba a ocurrir, porque antes no pude con la verdad y ahora... ahora...

    Un cascabel resonó con tanta fuerza que aturdió a todos los magos. El maullido del gato, más intenso que nunca, los obligó a cubrirse los oídos hasta que quedó mudo, destrozado en la habitación de su dueña por un prisma de cuarzo opaco que le arrancó la cabeza y que partió a la mitad su collar mágico. Y cuando los magos pudieron reaccionar tras escuchar aquella alarma que los había paralizado por varios segundos, comprendieron que el momento temido había llegado: cientos de golpes en la entrada del castillo, miles de voces de una muchedumbre en pánico, una turba de espectros susurrantes que lograron desvanecer la puerta para entrar e invadirlo todo, una situación que los pajes pudieron contemplar desde la torre y que los puso en alerta.

    —Debes ir —ordenó Haruki a su compañera de deberes.

    —No lo haré.

    —¡Pero no podemos dejarla sola!

    —¡Lo sé! ¡Pero es imposible! —contestó angustiada—. Sabes bien que no puedo ir en estas circunstancias, y seguramente tú dirías lo mismo si invirtiéramos papeles.

    Refunfuñó. Ciertamente, ninguno de ellos tenía la energía suficiente para proteger el cofre y acudir al rescate de su nueva ama al mismo tiempo, y aunque ambos deseaban hacerlo, eran conscientes de que separarse y ocuparse de tareas distintas solo empeoraría las cosas. Para su corazón encariñado, Junko era su prioridad; pero los hechos y la orden del fantasma encapuchado que apareció nuevamente por su balcón les decían que debían encargarse de que los espectros no tocaran el cofre. Y eso los molestaba.

    —¿Piensas darnos órdenes después de lo que hiciste? —le reclamó Mítsuki a la sombra—. ¿Crees que te haremos caso?

    Un soplido: "No tienen otra alternativa".

    —Lo sabemos, ¡lo sabemos! —respondió con dolor el de cabello encrespado tras golpear una pared con su puño derecho—. Ir en su ayuda sería abandonar el cofre a su suerte; pero ya la dejamos sola una vez, esa pesadilla nos ha perseguido durante años y casi nos seca el corazón, revivir la experiencia ahora que estamos despiertos es tan frustrante, tan cruel...

    —Pero no van a tocarla —sentenció la de cabello plateado mientras invocaba su lanza y se disponía a atacar a la sombra—, ¡no voy a permitirlo!

    Rápidamente, la sombra levantó la mano derecha para mostrarle su dorso y detener las intenciones de su atacante: un anillo encadenado a una pulsera con incrustaciones de colores pretendía demostrarles que él sería incapaz de lastimar a la niña.

    —¿Qué eres tú?

    El visitante dio media vuelta para escaparse sin responder la pregunta; pero dijo algo más antes de convertirse nuevamente en una sombra sigilosa: "Cuiden del cofre y cuídense entre ustedes, háganlo por ellas".

    Ligeramente aliviada, aunque todavía inquieta, la de ojos lilas vio junto con su colega la retirada veloz del fantasma oscuro para luego comenzar la estrategia. Sin perder ni un segundo más, ambos clavaron sus lanzas en dos puntos clave: una en el balcón, al oeste, y otra entre el par de ventanas del este. Al hacerlo se formó un círculo dorado y plateado sobre la tierra para ahuyentar cualquier espectro susurrante y evitar que llegaran a la habitación en donde yacía el cofre, cuya barrera de tiempo fue reforzada por ambos para que la grieta en su superficie no creciera durante el ataque de los espíritus.

    Mientras tanto, las elementales recuperaban su movilidad. Ante ellas, la aparición de los espectros devoradores de puertas y muros era mala señal.

    —¿Esos son...?

    —Deben serlo —contestó Nanami la pregunta de Koharu antes de que terminara de plantearla—. Por lo que dijeron Haruki y Mitsuki, imaginaba que su existencia no era agradable, pero no esperaba que fueran tantos.

    Las sombras avanzaban, se arremolinaban en la entrada del castillo con el deseo de conseguir lo que deseaban, y las cuatro sabían de qué se trataba.

    —¡No pasarán! —retó Hana a los espectros, y creó un muro de lianas gruesas cerca de la puerta para cerrarles el paso. Pero un par de minutos después, para sorpresa de todas, aquellos seres lo desvanecieron por completo.

    —Esto no es bueno —opinó la mujer azul para después hacer un experimento más: un ataque de agua contra un grupo que retrocedió algunos pasos, pero que no pudo destruir.

    Aún optimista, Sachiko creó una pared de rocas gruesas que frenó el paso de los espectros susurrantes, aunque no por mucho tiempo. Frente al muro a punto de colapsar por la presión de las siluetas, una serpiente de fuego intentó quemarlas sin resultado; una red de hierbas quiso atraparlas, pero no pudo siquiera tocarlas; tres cúpulas de agua rodearon a todas mientras se reunían y pensaban en un plan más efectivo para hacerlas desaparecer o al menos obligarlas a salir del castillo.

    —¿Acaso no podemos tocar a ninguna de esas cosas? —preguntó Hana con cierta desesperación.

    —Debería ser posible —le contestó Nanami—, Hitomi no nos hubiera pedido que entrenáramos y mejoráramos nuestras habilidades de haber sabido que nuestra magia era inútil contra la Nada.

    —Intentemos un ataque conjunto —propuso Sachiko, y las otras tres obedecieron sin dudar: una nueva serpiente de elementos mezclados que formaba un semicírculo protector a varios metros de distancia del grupo y que pudo detener por un momento a los espectros que se acercaban peligrosamente a la que alguna vez fue una sala de audiencias.

    Pero la situación a sus espaldas tampoco era alentadora: los muros corroídos abrían paso a los espectros que buscaban a la dueña de la estrella blanca para devorar su alma pura. Muchos de ellos ya estaban en el corredor, bloqueando la escalera hacia las habitaciones, y para Daichi, esa era la peor de las situaciones: ¿cómo podría defenderse y cuidar de Junko si había olvidado su espada en su cuarto?, ¿cómo pudo ser tan descuidado? Nuevamente, la frustración que lo había abandonado días antes invadía su mente con frases terribles e injustas, ¿o eran las incontables voces que no podía entender y que los rodeaban lentamente para capturarlos?

    La mirada azul del chico se perdía entre la oscuridad de los seres de la Nada que seguían empujándose, pisoteándose, carcomiendo plantas y árboles cercanos con su toque; y aunque no podía ver a las elementales, escuchar sus voces cada vez más cerca le permitía imaginar su situación en la parte frontal del castillo: aquellos fantasmas se encargaban de derribar las barreras que ellas creaban para protegerse mientras se esforzaban por encontrar una manera de derrotarlos. La situación solo podía asegurarle que las magas no llegarían a tiempo para ayudarlos, y eso aumentaba su preocupación.

    Agachó la cabeza mientras pensaba que no debía rendirse, no después de haber comprendido que abandonar sus responsabilidades no era la respuesta, mucho menos después de jurarse a sí mismo que haría hasta lo imposible por llevar a la pequeña de vuelta con su familia. Si pudiera encontrar una manera de abrirse paso...

    —¡Daichi! —gritó una voz lejana que lo obligó a levantar la mirada.

    Con rapidez, con una agilidad que ni siquiera ella hubiera imaginado, Maki esquivaba espectros y blandía a Caeruleus frente a los que pretendían atraparla. Sin dudar ni temer a las circunstancias en aquel momento de crisis, la vio abrirse paso entre un grupo de sombras que se encontraban en su camino y que desaparecían cuando las partía con movimientos rápidos y casi certeros.

    Luego de aquella carrera aún con el cuerpo adolorido, se detuvo cerca de Daichi y Junko para clavar su espada en el suelo y crear una cúpula protectora de aproximadamente cinco metros de radio.

    —¿Están bien? —le preguntó.

    —Yo lo estoy, pero ella...

    Fue hasta entonces que pudo notarlo: los gemidos de Junko se habían detenido; pero su mirada y sus pensamientos aún era incapaces de volver al presente. A la distancia, en un mundo al que ninguno de ellos podía acceder, un temor profundo aprisionaba su alma.

    Maki la tomó con cuidado por atrás para recargarla sobre su cuerpo mientras la llamaba; pero no hubo respuesta. Su vista nublada y vacía la asustó tanto que actuó por instinto: con rapidez, como si eso bastara para que dejara de mirar lo que la perturbaba, cubrió sus ojos con la mano derecha mientras la abrazaba con el brazo izquierdo, no sin antes entregarle a Daichi lo que llevaba en esa mano.

    —Toma —le dijo—, Sayaka dijo que ibas a necesitarla.

    La situación era tan delicada que no quiso ahondar en el tema y decidió limitarse a recibir el objeto: una vaina de cuero oscura, casi negra, decorada con la corona del pacto y la estrella de dieciséis picos. Pero la vaina no portaba su espada, ¿no era eso seguir desarmado?

    —¿Cómo se supone que debo arreglármelas con esto? —preguntó con una mezcla de angustia e indignación mientras la tomaba para luego seguir quejándose en voz baja—. Como si fuera posible defendernos con esto.

    —No se trata de asumir las posibilidades, sino de conocerlas para acceder a las imposibilidades —respondió una voz frente a él.

    Sorprendido, alzó la cabeza en aquel mundo repentinamente vacío para descubrir, entre la oscuridad, la amable mirada de un galante hombre desconocido.
     
  15. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 20. Las promesas de la espada

    En aquella situación, lo que menos esperaba era encontrarse finalmente con alguien que pudiera ayudarlo.

    —Tienes la certeza de que Asteregius te ha elegido —le dijo el aparecido mientras el chico se levantaba—. Sabes ahora que Asteregius tiene la cualidad de ser un enlace físico con el origen. Todo lo que hagas con ella a partir de ese conocimiento depende de ti; pero recuerda: naciste con cierta afinidad para controlarla, mas no tienes el potencial de un mago, las fuerzas regentes te indicarán hasta dónde puedes acercarte a sus habilidades.

    El hombre se alejó unos cuantos pasos y siguió hablando con Daichi mientras le enseñaba lo que él consideraba urgente: una funda intangible de donde desenvainaba una espada imaginaria que se volvió tangible y transparente, una danza misteriosa con el arma en constante movimiento. La gracia que habían mencionado los pajes alguna vez lo había encantado a tal grado que fue imposible para él despegar la vista de la ilusión de Hayato.

    —La creación de Asteregius representa dos promesas: una con las fuerzas regentes de no permitir que los magos transgredan las leyes del mundo y otra con los guardianes de evitar que su poder dañe al resto de los seres humanos. Somos vigilantes del orden, herramientas del equilibrio; pero los magos nos impusieron el deber de proteger al soberano con la esperanza de que nosotros lo cuidaríamos en su nombre, que así se mantendría seguro y que no alteraríamos el orden del mundo. Los fulgores confiaban en que el rey siempre sería justo y tomaría las decisiones correctas, por eso los Fidestella olvidamos nuestro pacto original con Asteregius, olvidamos la verdadera razón de nuestra existencia.

    Se detuvo.

    —Dos objetivos contrapuestos solo podían conducirnos al desastre.

    Confundido, Daichi intentó ordenar sus ideas para hacer preguntas; pero su mente saturada de información y de movimientos con la espada no pudo responder con la velocidad que quería. Quizá por eso sus ojos seguían fijos en la mano derecha de Hayato, quizá por eso no reaccionó cuando lo vio soltar su espada transparente ni dijo nada cuando el espacio vacío se hubo transformado en un lugar conocido, aunque más iluminado y hermoso: el jardín central en donde una dama de blanco con ondulada cabellera miraba a un par de aves posadas en la rama de un árbol.

    Cuando ella dio la vuelta y mostró su rostro, el chico pensó por un instante que la escena pertenecía al futuro de Junko; pero los ojos alegres y azules de aquella persona le hicieron comprender que no se trataba de ella.

    —¡Hayato! —dijo con alegría—, ¿cuándo llegaste?

    —Hace poco —respondió él mientras se le acercaba—, parecía que estabas en medio de algo importante, no quería interrumpirte.

    —Aún no llego a eso, pero es bueno que estés aquí, serás el primero en enterarte.

    Y ella volvió a mirar hacia la rama, en donde las aves parecían no haberse movido. Él no tuvo que preguntarle de qué se trataba; pero le intrigaba su decisión.

    —Creo que eres la primera que prefiere aves pequeñas.

    —Los pajes de mi padre eran demasiado serios —dijo con cierto reproche, aunque también con tristeza por recordar a los tres—, ellos son más amables y su canto es muy lindo. Además, son diferentes para que puedan complementarse.

    —¿Y ambos pertenecen a este lado del mundo?

    —Quién sabe.

    Una sonrisa inocente en los labios de la dama le hizo comprender que jamás se lo diría; pero no le preocupaba: aquellos seres aún no eran humanos, y mientras no viajaran entre mundos para llevar las noticias de la magia otorgada por Mao, no estarían transgrediendo las reglas.

    La mujer de blanco tomó un báculo que había apoyado contra el tronco del árbol y, tras ordenarles a los pájaros que bajaran de la rama, apuntó hacia uno de ellos mientras recitaba un conjuro:

    —Petirrojo de la mañana, tú serás la felicidad de los seres, cuidarás de todos los peligros invisibles a quienes te necesiten y ayudarás a abrir los ojos de quienes no quieren ver. Tu nombre será Haruki, te levantarás majestuoso en la adversidad y recibirás la bendición de la luz diurna.

    El petirrojo tomó la forma de un hombre que se inclinó ante su nueva ama y permaneció en esa posición mientras ella, con solemnidad, dirigió su báculo hacia la segunda ave:

    —Ruiseñor de la noche, tú serás el consuelo de los seres, mostrarás los riesgos invisibles a quienes te necesiten y alumbrarás el camino de quienes sean incapaces de ver en la oscuridad. Tu nombre será Mitsuki, cazarás en silencio los peligros del mundo y recibirás la bendición de la luz nocturna.

    El ruiseñor tomó la forma de una mujer y le juró fidelidad a su ama junto con su nuevo compañero:

    —Seguiremos por siempre a nuestra ama y obedeceremos sus órdenes.

    —¿Es todo? —dijo Hayato para sorpresa de los nuevos pajes—. Déjenme enseñarles cómo se hace.

    Y observaron en silencio cómo apoyaba una rodilla en el suelo húmedo, cómo estiraba el brazo para tomar la mano derecha de la reina, cómo suavizaba la mirada para expresar sus sentimientos más profundos, cómo repetía su promesa con amabilidad:

    —Estaré contigo por siempre y te protegeré de cualquier peligro a toda costa.

    El beso que la reina sintió en el dorso de la mano estremeció su cuerpo.

    —¿Cómo? ¿Así?

    Los pajes querían tomar su mano izquierda para imitar a Hayato; pero ella los detuvo.

    —¡Esperen! ¡No es necesario! ¡Lo que hicieron antes estuvo bien!

    —Pero él dijo que iba a enseñarnos.

    —Es nuestra primera lección y orden, ¿no es cierto?

    Negó con la cabeza.

    —Su primera orden es que aprendan a sonreír.

    Aquella escena graciosa en donde los pajes intentaban cumplir su primera orden comenzaba a desvanecerse ante los ojos de Daichi.

    —Parecía una reina amable.

    —Es una reina amable —comentó Hayato con nostalgia—. También es justa y se preocupa por todos, los magos la quieren mucho, nosotros hicimos todo lo que pudimos para ayudarla y mantenerla feliz. Aún así, aunque deseábamos protegerla, en realidad solo estábamos ignorando los hechos... y al final no pude mantener mis promesas.

    —¿Qué ocurrió?

    —Pero tú ya no estás encadenado, no estás obligado a cumplir tu deber como guardián de la reina, enfócate en desempeñarte como un buen Fidestella y recupera tus funciones originales, así podrás incluso proteger a tus amigos y comenzar una nueva etapa en el reino. No importa cuál meta elijas, cuida que haya paz en el reino.

    ¿Había ignorado su pregunta?

    —Entiendo, pero quisiera saber...

    —El mundo sufre ahora porque él y yo cerramos los ojos ante la verdad —interrumpió nuevamente—. Lo correcto hubiera sido anteponer nuestro deber, nuestros predecesores nos exigían volvernos inhumanos, pero nuestros corazones eran débiles: él lo intentó y su final fue terrible; yo no pude y corrí con la misma suerte. Estábamos destinados a terminar así, las fuerzas regentes nos estaban probando y nuestra respuesta fue arrastrar con los errores de nuestros antepasados y caminar sin comprenderlos. Al final, ella tuvo que cargar con los errores de todos.

    Supo entonces que interrogarlo era inútil porque no estaba hablando con él. El monólogo de Hayato, en realidad, era una despedida.

    —Quisiera decirte más sobre nuestra vida, quisiera contarte el origen de nuestra ruina y todo lo que ocurrió antes de que nacieras; pero hay personas que pueden hacerlo mejor que yo y que lo harán cuando llegue el momento, mi versión no es válida ni siquiera para mí. Mientras llega el momento, lucha por nosotros y cuídala en nuestro nombre. Mientras llega el momento, busca tu respuesta; pero no tomes decisiones precipitadas ni las impongas sin pensar en sus consecuencias, y...

    —¡Daichi!

    Sobresaltado, el chico levantó la mirada nuevamente para encontrarse con la mirada asustada de su amiga de la infancia.

    —¿Estás bien? —preguntó ella, y un movimiento de cabeza de su parte la tranquilizó—. Me alegra que hayas vuelto, nos asustaba la idea de perderte a ti también.

    Todavía aturdido, miró hacia todas partes: adentro de la cúpula, en cada punto cardinal, las elementales habían llegado para reforzar la defensa.

    —¿Qué hay de Junko?

    La chica de trenzas negó con la cabeza. Con lentitud y temor levantó la mano de su rostro para mostrarle que su alma seguía perdida, vagando en un lugar desconocido, en un sitio donde escuchar sus voces parecía imposible. Pero ocurrió algo mientras él la observaba: un cambio fugaz en el color de sus iris, una batalla entre el cielo infinito y el ocaso sangriento más allá de su inocencia dorada.

    —Sé fuerte, Junko —susurró—, encuentra el camino y vuelve con nosotros.

    El horizonte de los temores en los pensamientos de Junko le mostraba un sueño, ese que tantas veces había tenido desde su llegada al castillo: decenas de promesas rotas y ausencias inesperadas, gente que amaba y que se alejaba de ella sin decir palabra, personas que salían de su casa tras jurarle que volverían pronto y que jamás regresaban, muros grises de habitaciones infinitas cerradas, ventanas diminutas que le mostraban mares de atardeceres, una voz desde el rincón más lejano que suplicaba:

    —¡No puedo seguir viendo esto! —se decía con las manos temblorosas sosteniendo su cabeza mientras las ventanas desaparecían—. ¡Ya basta! ¡Es insoportable! ¡No quiero quedarme sola otra vez! —continuaba mientras se abrazaba con fuerza. "Hace frío", pensó—. La soledad es terrible: las personas que más quieres se alejan de ti sin decirte nada, las que crees que estarán contigo por siempre son las primeras en irse, las que siempre juran que estarán a tu lado suelen romper sus promesas. ¡No quiero que pase! ¡No otra vez!

    Entendía su miedo. Varias veces, luego de que su padre le regalara a Choco, había sentido ese miedo y temía que en algún momento se volviera real. Le dolía la idea de quedarse sola, de esperar por días el retorno de alguien sin éxito ni descanso; pero en aquellas situaciones recordaba las palabras cariñosas y los abrazos amorosos de sus progenitores, tenía también las palabras de sus nuevos amigos que alimentaban su esperanza de volver a su mundo, tenía sus recuerdos felices que le daban fuerza y la certeza de que nadie la abandonaría a propósito.

    ¿Cómo podría transmitirle todo?

    —No llores.

    Lentamente, la pequeña acercó las manos a su rostro para levantar su cabeza, enjugar sus lágrimas y verla mejor: una dama blanca con cabellera ondulada que en otro de sus sueños, por alguna razón, había llamado mamá.

    —No estás sola, yo estoy aquí.

    Y abrazó con cuidado su cabeza para que no percibiera lo que la rodeaba: muros absorbidos por sombras que se acercaban, voces amenazantes que intentaban alcanzar sus oídos, escenas de la ciudad azotada por la devastación de hechos que no deseaba recordar y que la niña, por más que intentaba descifrar en sus sueños, no podía comprender.

    Si pudiera saber su historia, si pudiera compartir sus pensamientos y ensamblarlos para saber lo que había detrás de las paredes de su encierro, si pudiera ver lo mismo que ella...

    Con el deseo de entender su dolor para saber cómo ayudarla, cerró los ojos.
     
  16. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 21. El sexto resplandor blanco

    Cansada de la oscuridad que la invadía, abrió los ojos.

    La sonrisa amplia de una persona amada la recibió con cariño.

    —Buenos días, es hora de levantarse.

    Un beso en la frente le hizo comprender que estaba viendo a su madre: una mujer castaña de ojos azules que la ayudó a sentarse antes de abrazarla, vestirla, ponerle una pulsera con el cascabel protector y empezar su rutina.

    Otra vez, como cada mañana, la vio perderse entre las habitaciones del castillo para resolver cientos de pendientes. En aquel entonces era frecuente encontrarla acompañada por una de sus siervas, a quien le daba instrucciones sobre los preparativos necesarios para la ceremonia que se realizaría al cabo de dos semanas, cuando su única hija cumpliría la edad suficiente para ser presentada ante los pobladores de Nitens como la sexta heredera del resplandor blanco y, por lo tanto, como la digna sucesora del trono.

    Entraba y salía entonces más gente de la que normalmente se veía por el castillo: comerciantes de víveres de todas las regiones para la cena en honor a la princesa, vendedores de flores y telas finas para embellecer la terraza sobre la sala de audiencias, sastres y costureras que interrumpían a la familia real en sus labores habituales para tomar medidas para sus trajes nuevos. A lo lejos, desde el balcón de la torre, la pequeña podía apreciar la vida cotidiana de cientos de habitantes en todos los rincones de su región natal.

    La reprimenda de los pajes del rey, seres gemelos creados con espíritus de halcones, la obligó a jugar en otro lado.

    Luego de aprender más sobre las actividades diarias de los jardineros y de recibir un pan recién horneado en la cocina, la pequeña, como acostumbraba hacer cuando todos estaban ocupados, se dirigió al corredor abierto de las habitaciones reales para sentarse en la balaustrada y contemplar el ajetreo desde otra perspectiva mientras balanceaba las piernas: abajo, moviéndose como hormigas antes del invierno, la población entregada a los preparativos de la ceremonia; arriba, con trinos alegres, algunas aves pequeñas surcaban el viento.

    De repente, una punzada fría por la espalda atravesó su cuerpo y congeló su sangre. Asustada por primera vez de encontrarse en un lugar peligroso, fue incapaz de detener la mano cruel de la traición del mundo que la impulsó hacia un abismo verde, hermoso, que la atraía con el aroma de las flores que se convertirían en su lecho de agonía.

    Un grito.

    —¡No puede ser! —clamaba la reina en una habitación cerrada, siempre con la pequeña mano fría de su hija entre las suyas tras aquella desgracia—. ¡No puede morir así! ¡No es su tiempo! ¡Debe haber algún modo de salvarla!

    Lágrimas de una madre que no era capaz de aceptar la crueldad de la vida, la misma crueldad que ejecutó la orden de decapitar al transgresor antes de consolar a su amada esposa, la misma que nubló los pensamientos del rey, quien tuvo una idea fugaz que no supo callar.

    —Si pudiéramos ofrecerle la vida de alguien...

    Si hubiera sabido callar...

    —¡Usa la mía! —rogó ella mientras se aferraba con fuerza de sus ropajes, aún entre lágrimas—. No tengo un rol fundamental en este mundo, nadie sufriría si yo desapareciera, ella podrá superarlo; pero yo no podría seguir viviendo sin mi hija, mucho menos ahora que sé que puedo cambiar mi destino por el suyo. Tú que tienes el poder sobre el olvido, hazlo por ambas, te lo suplico.

    Ceder le parecía un error inconcebible, sobre todo porque era consciente de que la solicitud de la reina transgredía las leyes del ciclo. Pero el rey era débil y debía reconocer que, muy en el fondo, compartía ese deseo: "No quiero hacerlo a ese precio, pero ella seguirá insistiendo hasta que cumpla su petición", pensó, y fue de ese modo como, aunque dolido, tomó el cascabel de su hija para conjurarlo y cambiar los hechos y los destinos de sus dos seres más amados.

    Un conjuro de intercambio con consecuencias terribles.

    Incólume, ante la población que aparentaba regocijo, la niña era presentada dos semanas después como la sucesora de un rey con la mirada de quien estaba cansado de vivir. Y ella, con el resplandor blanco de su estrella que invocaba con orgullo, era incapaz de ver los espectros devorados por su sombra.

    El juicio del guardián negro al soberano abatido llegó al día siguiente.

    —Lo que has hecho es imperdonable. Eras consciente de que el conjuro atentaba contra el ciclo y aún así lo hiciste, los pobladores han comenzado a especular sobre el origen de tu hija, nadie sabe cuál es la verdad entre tantos rumores y mentiras, incluso hay quienes se cuestionan si ella en realidad existe o si es una creación tuya para conservar el poder.

    Se detuvo un momento para observarlo: perdido entre las piedras de colores de su esposa inexistente, avergonzado de sí mismo, molesto con su persona; pero su cuerpo reflejaba una emoción que el guardián negro no esperaba ver en él jamás: la angustia de un padre que sospechaba sobre la existencia de un problema causado por sus errores; un daño profundo, doloroso e invisible detrás de la sonrisa de su hija.

    —No me importa lo que digan sobre mí, sólo quiero saber tu opinión sobre el caso.

    —El deseo de la reina no era puro. Aunque aceptó sacrificarse para que la princesa viviera, muy en el fondo temía que el conjuro no funcionara: "Si ella no vuelve, moriré de soledad". La sombra de la princesa es el temor a la soledad de su madre, y eso la acompañará por toda la vida mientras devora los espectros que ella debería destruir.

    El rey se cubrió el rostro al comprenderlo: el corazón de su hija, el único en el mundo que debían fortalecer para que permaneciera puro, había sido tocado por la Nada. Quizá por eso las palabras que su visitante y maestro pronunció después no lo sorprendieron.

    —La princesa está condenada a vivir sola, tu descendencia ha terminado, su existencia debió volver al ciclo cuando fue estipulado por el destino. Ella no puede cambiarlo ni tú tampoco, y aún si yo quisiera contrarrestar el efecto de ese conjuro prohibido, el resultado sería terrible. Lo único que puedo hacer ahora es aplacar tu martirio, porque tu mirada me dice que los efectos de esta maldición no han terminado. Deja que yo me encargue de ti y confía el destino de tu hija a las fuerzas regentes.

    Sería un error negarse a recibir su ayuda: las pesadillas del rey se volvían recurrentes, las voces iracundas le reprochaban sus errores cada vez con más fuerza, las sombras de la noche le hablaban con crueldad para recordarle su inminente castigo, la Nada se acercaba peligrosamente a su alma cada vez más frágil, y todas las noches despertaba al escuchar los murmullos de desconfianza y rencor de los habitantes del mundo mezclados con el dolor de los testigos que había borrado: "La niña ya estaba muerta", "El rey sacrificó a la reina para mantener el poder", "El poder es tan preciado para él que sería capaz de crear un fantasma para manipularlo después de muerto", "El corazón del rey siempre estuvo podrido, cegado por los resquicios de la niebla que alguna vez se retiraba ante sus ojos", "El rey ha pecado, el rey debe morir".

    Su única salvación era ese conjuro del guardián negro que endurecería su corazón.

    Pero la esperada partida de la princesa con rumbo a la ciudad opuesta del mundo no permitió que notara la ausencia de sentimientos de su padre. Y con la aceptación de quien sabe que su único familiar no podía despedirse de ella debido a sus ocupaciones, subió un mes después a la carreta negra de su nuevo tutor para recibir la preparación necesaria para encargarse del trono cuando fuera el momento.

    Con la certeza de que su partida era temporal, cerró los ojos.

    • • •

    Cansada de escuchar que alguien la llamaba, abrió los ojos.

    El gesto sorprendido de un desconocido la recibió con alivio.

    —¡Menos mal! Me alegra que haya despertado por fin, estaba por pedir ayuda.

    Con cuidado, la princesa de doce años se talló los ojos antes de responder.

    —Mi maestro tardaba tanto en llegar que decidí dormirme —dijo con pereza para luego liberar un delicado bostezo—. ¿Has venido a verlo? Siento decirte que está retrasado, puede que hasta se haya perdido en su propio castillo. No me extrañaría que así fuera, a veces olvida hacia dónde va o qué está diciendo. Cada día lo veo más exhausto, debería retirarse y dejarle el trabajo duro a su sucesor. —Un segundo bostezo y un par de lagrimitas que se limpió despacio—. Aunque tampoco me extrañaría que su sucesor fuera igual de aburrido o que fuera incapaz de enseñarme algo. —Volvió a acurrucarse sobre su pequeño escritorio, apoyó la cabeza sobre sus brazos y se preparó para dormir de nuevo—. Sigo pensando que aprender sobre la historia del mundo es una pérdida de tiempo, todo se resume a que Mao creó la magia y que nos la dio para irse tranquila, y con eso debería poder aprobar mi examen y volver a casa o jugar con el primero que encuentre, estudiar todo el tiempo es muy aburrido.

    —Así que por eso está durmiendo aquí —concluyó tranquilamente el joven de alborotada cabellera cobriza que seguía observándola—. Entonces, si la invitara a jugar...

    —¡Sí! ¡Juguemos! —pidió ella, y se levantó con rapidez de su asiento para seguir a su nuevo compañero de juegos.

    Sin darle más pistas, él la condujo a uno de los tantos jardines del castillo de Nigrens, en donde encontró un arbusto de moras, tomó algunas y las compartió con la niña vestida de blanco.

    —¿Y esto? —preguntó.

    —No son comestibles, así que nos servirán para el juego. —Le mostró entonces que ambos tenían cinco—. Es muy simple: el que sea tocado por más moras, pierde.

    —¿Eso es todo?

    —No, hay condiciones —continuó—: puede usar sus habilidades mágicas para lograrlo, pero bajo ninguna circunstancia podrá tomar más moras de este arbusto ni de cualquier otro, ni yo podré darle más. El ganador podrá reclamarle un premio al perdedor, ¿le parece justo?

    Asintió con la cabeza mientras pensaba en qué tipo de premio podría pedirle.

    —¡Bien! —dijo él después de hacer malabares con sus moras—. Le daré un minuto para esconderse o para pensar en un plan, y entonces comenzaremos.

    Y lo vio cerrar los ojos y darle la espalda para contar los sesenta segundos previos al inicio del juego. Emocionada, la princesa optó por buscar un escondite perfecto para atraparlo desprevenido, y lo encontró en el primer piso, cerca de la entrada de la penúltima habitación, antes de llegar a un callejón sin salida.

    Abajo, cuando terminó de contar, el trino de un cardenal atrajo la mirada del chico hacia la copa de un árbol

    —¿Quieres jugar? —preguntó, y el ave afirmó a su manera—. De acuerdo, ya sabes qué hacer.

    Y así lo hizo: unos cuantos saltos por el árbol, un par de picotazos a una bola de pelos y el uso de su trino para comunicarle su estrategia al tercer jugador: una ardilla que aceptó con gusto formar parte del plan. El mamífero avanzaba por todos los rincones, se escabullía entre las habitaciones cuando estaban abiertas o cuando alguien entraba o salía, saltaba por las ventanas en otros casos posibles, se cuidaba de no ser pisado ni descubierto hasta que encontró a la futura guardiana blanca, quien vio con curiosidad y ternura su manera tan graciosa de pedir comida.

    "Solo le daré una", pensó mientras le ofrecía una de sus mora que el pequeño animal devoró en un instante. "Creo que tiene mucha hambre, le daré otra, pero será la última", pensó otras tres veces.

    —Suficiente, conservaré esta —se dijo en voz baja mientras la ardilla, encantada ante la idea de que la princesa tuviera una mora más, intentara quitársela—. No puedo dártela, es la única que me queda —insistía mientras levantaba un brazo con la fruta entre los dedos y lo ahuyentaba con la mano libre.

    El chillido molesto de la ardilla era la señal esperada: con rapidez, el cardenal aprovechó aquella pelea para imitar a un halcón y tomar con sus patas el último proyectil de la niña, quien se acercó con indignación a la balaustrada del corredor para reclamarle.

    —¡Devuélveme eso! —le gritó mientras veía huir al ave de la escena del crimen.

    —Buen trabajo —dijo su contrincante, y corrió hacia el lugar para realizar la segunda parte del plan.

    Al notar que su escondite había sido descubierto y que el joven la acorralaría si permanecía ahí por más tiempo, la princesa se apresuró para llegar a una escalera al final del pasillo. Con nulas probabilidades de obtener su premio, solo le quedaba esquivar o protegerse de las moras del chico: detrás de un pilar en la planta baja, cerca del almacén de legumbres, al lado de un comerciante ("¡Lo siento mucho!", se disculpó él mientras se apresuraba para no perderla de vista), al final de un pasillo en el segundo piso en donde ella finalmente encontró un cuarto vacío mientras ideaba una estrategia para que aquel juego, que antes asumía ganado, terminara en un empate.

    Entonces supo que tendría que usar sus escasas habilidades de alguna manera: en un arriesgado plan de ataque, la princesa salió de su escondite para disparar una serie de balines de energía blanca y aprovechar la confusión para escapar; pero en lugar de distraerse, su contrincante hizo un ataque similar con espinas negras que destruían todos los proyectiles sin fallar. Asustada, la niña no esperó más tiempo y corrió por el pasillo de la planta alta solo para percatarse de una situación inesperada: una red de hiedras condicionaban su trayecto y la obligaban a tomar otras rutas. En aquellas condiciones, era imposible para ella idear un plan de emergencia, y, cuando al fin pudo hacerlo, se vio perseguida por un chorro de agua que la hizo desesperarse. "¿Qué es esto? ¿Una rebelión de elementales? ¿Cuándo entraron al juego?", pensó, pero no tenía tiempo de localizarlos, mucho menos cuando había caído en una trampa: un muro de piedras que cortaba el paso, un chorro de agua que cambió para convertirse en una pared firme de ramas, el límite exterior de una de las habitaciones del castillo, y en el lado libre, con pasos lentos y luego con un movimiento veloz de brazo derecho, el joven de cabello cobrizo le arrojaba su última mora.

    Ella sólo pudo cubrirse el rostro y saborear la desesperación y el coraje al saberse derrotada; pero un elemento inesperado cambió el rumbo del juego: una figura gris con chaleco largo y negro al igual que su cabello, un movimiento firme y certero de espada que cortó la fruta voladora, una mirada desafiante que se suavizaba mientras volvía la cabeza hacia ella, quien bajó los brazos para ver mejor a su benefactor: un niño espadachín a la mitad de su adolescencia.

    —¿Se encuentra bien? —preguntó, y ella no supo qué responder, o más bien no tuvo tiempo.

    —¡Excelente! —intervino el de cabellera alborotada mientras aplaudía—. Has pasado la prueba de velocidad de respuesta ante emergencias.

    —¿De qué estás hablando? —preguntó molesto el recién llegado—. ¡Estabas a punto de golpearla! ¿Qué te has creído? ¡Tus métodos son horribles! ¿Qué le hiciste ver?

    "¿Que qué me hizo ver?", pensó la niña, y miró a su alrededor: los muros, más que haberse desvanecido sin dejar rastro, nunca habían existido.

    —Le hice creer que estaba en medio de una rebelión de elementales.

    —¿Una rebelión de qué? —gritó indignado—. ¡Es injusto! ¿Sabes qué significa eso?

    —Sólo quería saber si ya era capaz de distinguir las ilusiones de la magia real, a estas alturas debería hacerlo sin equivocarse, pero tal parece que ni siquiera sabe sobre sus enlaces con el mundo.

    —¡Por supuesto que lo sabe! ¿Verdad?

    Y ambos la miraron nuevamente sólo para descubrirla con los ojos y los puños cerrados, temblando de ira, de impotencia al saberse inexperta, con el orgullo pisoteado por sí misma, confundida por verse en una situación cuyo origen verdadero desconocía: dos extraños de su generación discutiendo sobre lo que debería o no saber a esas alturas era peor que escuchar por horas los regaños de su tutor por negarse a ponerle atención cuando estaba aburrida.

    Una mano suave sobre su cabeza la tranquilizó.

    —No debe culparse por ignorarlo, los seres humanos estamos lejos de saberlo todo; pero sí debe tomar esos sentimientos como una razón para descubrir el mundo y sus puntos fuertes.

    Levantó la cabeza: ante ella, el joven de cabello cobrizo sonrió de repente.

    —Ganó.

    —¿Gané?

    —Sí. —Y alejó su mano para señalar al de chaleco negro—. Hizo que este chico pasara su examen.

    —¿Examen? —preguntó él con sorpresa mientras enfundaba su espada—, ¿de qué examen hablas?

    —¡Ah! Debí empezar por ahí. —Caminó hacia él para abrazarlo del cuello y jalarlo con fuerza—. Este pequeño defensor de los desamparados se llama Hayato, es mi amigo, un aprendiz, y en algunos años se convertirá en un Fidestella digno de portar a Asteregius; es decir, en unos cuantos años será su acosador.

    —¿A quién estás llamando acosador? ¿Desde cuándo proteger al rey significa ser una molestia? Y no has respondido mi primera pregunta, ¿de qué examen hablas?

    —Tu maestra le pidió a mi maestro que evaluara tu estado actual y él me dijo que buscara una forma de medir tus habilidades ante una situación de emergencia —contestó mientras lo soltaba—: velocidad de respuesta, cálculo de distancia de objetos, fuerza del corte... Aún no encontraba un modo de hacerlo sin condicionar tu reacción, pero jugar con la princesa resultó ser más productivo de lo que esperaba.

    Emocionado, Hayato celebraba su éxito inesperado.

    —¿Tu maestro? —murmuró la princesa, quien aún no lograba entender por completo lo que estaba pasando.

    —¡Es cierto! Olvidé presentarme. —Y se acercó nuevamente a ella para luego reverenciarla—. Mi nombre es Kazuma, soy el aburrido e inepto aprendiz del guardián negro. —Lo vio erguirse y sonreír—. Desde hoy seré el profesor de la princesa.

    Se sintió tonta, absurda, ridícula por primera vez en mucho tiempo, y sólo pudo reírse de sí misma.

    —¿Qué le pasa a la princesa? —preguntó inocentemente Hayato.

    —No lo sé con precisión —respondió Kazuma—, pero creo que acaba de descubrir algo importante.

    El único pensamiento en la cabeza de la niña era, precisamente, un descubrimiento: "No había forma de ganar este juego después de todo".
     
  17. Lillianne

    Lillianne Zutto, Kimi wo, Zutto~

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    Al fin termine!!!, lamento no haberme pasado antes pero ya sabes que mantengo ocupada en época de estudios, pero no dejo de lado la historia *-*!! y más si apareció uno de mis personajes favoritos, Junko ♥♥♥.
    Hubo muchas partes donde me sorprendi ( como cuando Maki dijo que la espada no hacia nada, me senti trolleada, ¿sabes?), pero me alegro que Maki y Daichi se esten acercando más, ya que en el primer arco su relación era muy incomoda (en especial con Daichi siendo un niño), pero aqui ambos confian en el otro, y Maki le ayuda en lo que puede, ojala Daichi logré mejorar.

    Espero al actualización pronto.
     
  18. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    LillianneLillianne, qué bueno que te actualizaste antes del final del arco, ojalá el tiempo te permita terminarlo antes de que salga el tercero (o más bien, espero tener tiempo de terminar el tercero y comenzar a publicarlo antes de tus próximas vacaciones xD). Muchas gracias por comentar ;w;

    Capítulo 22. (In)humano

    La primera vez que su predecesor le informó sobre la tradición de instruir a los magos blancos fue dos días después de la presentación de la princesa al reino, durante su regreso a Nigrens.

    —Los guardianes negros siempre hemos servido a los gobernantes —dijo Yuuto, su maestro, tras aclararse la garganta—. Durante cinco generaciones hemos educado a los guardianes blancos para que sean reyes dignos y sabios, nuestra misión consiste en evitar que cometan errores que pongan en riesgo tanto a su territorio regente como al resto del mundo. Esta vez no será la excepción, llegará el día en el que debas asumir mi rol como instructor de esa niña y tarde o temprano deberás ocupar mi lugar como gobernante de Nigrens. De hecho, podría asegurarte en este momento que los guardianes más importantes en la preservación del equilibrio somos nosotros, los que tenemos el conocimiento de las circunstancias del mundo y la responsabilidad de vigilar que el Caos no se libere del cofre negro.

    El maestro y su aprendiz de catorce años bajaron de la carreta que los había transportado hasta la entrada del castillo negro y continuaron platicando mientras recorrían todos los pasillos rumbo a la habitación más alta y aislada.

    —Kazuma, es indispensable para los guardianes espirituales mantener sus emociones estables. Saber manejar nuestros sentimientos es más importante incluso que aprender técnicas de ataque y de defensa. —Se humedeció los labios antes de continuar—. ¿Recuerdas por qué fue importante para Mao crear las estrellas?

    —Porque así podemos devolverle la armonía perdida a cualquier mago y evitar que sus debilidades lo dominen antes de que sus técnicas se descontrolen.

    —Muy bien, Kazuma. Los guardianes elementales pueden perder el control de sus emociones y dar lugar a casos excepcionales si no los detenemos a tiempo, pero su potencial sólo les permitiría destruir un poblado pequeño, como el que se encuentra por las montañas de la región de Ferax, o como la aldea que está en la frontera de nuestro territorio con Aestus, ahí donde vivía tu amigo Hayato.

    "¿Cómo estará ese muchacho? Yuki anunció que él será el siguiente. ¿Cuándo lo buscará su predecesora?", pensó él con la mirada perdida, y su pupilo, extrañado por tan largo silencio, decidió hablarle.

    —¿Maestro?

    —¡Ah! ¡Lo siento! Estaba pensando en la partida de Hayato. A él tendrás que instruirlo cuando vuelva, aunque partirá hasta dentro de algunos meses, cuando tenga la edad debida. Asegúrate de enseñarle bien cuando llegue el momento.

    Si a Yuuto le alegraba la idea de que el nuevo Fidestella fuera originario de Nigrens, a Kazuma le divertía imaginar las sesiones teóricas que le impartiría: "Haré que se convierta en el mejor Fidestella de todos los tiempos", pensó.

    —¿En qué estaba? —se preguntó el mago negro en voz alta—. ¡Ah, sí! ¡Los casos excepcionales! Un caso excepcional surgido de un guardián espiritual es inconcebible, inaceptable y mucho más poderoso... aunque es solo una suposición, nunca lo hemos visto y espero que nunca nos encontremos en la necesidad de comprobar las teorías de nuestros antepasados.

    El guardián negro se detuvo frente a una ventana en el segundo piso para contemplar su territorio: árboles frondosos, plantas y flores silvestres, animales indomables y ocultos que vivían en armonía lejos de las aldeas; personas amables, familias completas y felices, una población que vivía en paz porque confiaba en él; un cielo azul salpicado por algunas nubes blancas que se desplazaban con calma.

    Su mundo era hermoso, y tanta belleza le causaba pesar.

    —Los guardianes espirituales también somos humanos —dijo con voz tan suave que sorprendió a su aprendiz—. No podemos evitar actuar como humanos, pensar como humanos, sentir y vivir como humanos; pero también estamos condenados a volvernos inhumanos y a aprender a controlar e incluso negar nuestros sentimientos, sobre todo los más peligrosos, los que Mao encerró en esos cofres.

    Era la primera vez que Kazuma escuchaba esa información: todos los pobladores sabían por leyendas que dos entes peligrosos podían ser liberados de ellos si no eran manejados con cuidado; pero nadie sabía con precisión de qué entes se trataba.

    —Maestro —dijo al fin después de un breve silencio, el mismo que aprovechó para decidir y atreverse a preguntar—, ¿qué hay en los cofres?

    —Los aldeanos creen que en ellos habitan los espíritus de dos seres monstruosos, y pienso que no están equivocados. Nuestros predecesores les dieron buenos nombres: la Nada y el Caos, el olvido y el conocimiento absolutos; pero en realidad van más allá de eso y creo que ya es tiempo de que lo sepas.

    Tras satisfacer y torturar su alma con tan hermosa vista a través de la ventana, el viejo guardián giró el cuerpo para ver de frente a su pupilo e indicarle que reanudarían su marcha.

    —Los cofres son extremos negativos: la Nada surgió a partir del dolor que sentía Mao por la impotencia de no conocer lo que necesitaba saber; mientras que el Caos fue originado por conocer lo que no debía saber. La Nada, para muchos, sería un cúmulo de sentimientos experimentados sin intención, el estado de una víctima de los ciclos y de las fuerzas regentes; el Caos sería otro puñado de emociones surgidas porque la intención era más fuerte que las posibilidades, el estado de quien pretende atentar contra los ciclos y las fuerzas regentes. Todo surge a partir del deseo: olvidar lo que no se desea recordar, recordar lo que no se desea olvidar; y para controlar a la Nada y al Caos, los magos de los resplandores deben ser y estar preparados para la posibilidad dominante: el guardián blanco tiene que aprender a ser inmune ante el dolor de saber lo que el resto debe olvidar; mientras que el guardián negro debe ser educado para comportarse ante quienes desconocen lo que podría hacerles daño. Ese, mi querido sucesor, es el destino inhumano de los vigilantes de las prisiones de los espíritus.

    Su lección terminó justo frente a la puerta cerrada de una habitación silenciosa, casi lúgubre, en donde él se encontraría con el guardián de las sombras que había creado. Con su mano apoyada en la manija, la sensación que recorría su palma lo indujo nuevamente a un pensamiento que no lo dejaba tranquilo: metal frío, duro, insensible como el rey de Nitens tras el conjuro que arrojó sobre su corazón para ahuyentar sus pesadillas antes de que ellas acabaran con su vida.

    Tenía que decírselo.

    —Has sido un discípulo estupendo, Kazuma, uno que no cambiaría si tuviera la oportunidad de reencarnar como un guardián oscuro, y confío plenamente en que harás lo correcto en todo momento. Pero debo darte un consejo ahora, uno que más bien es una maldición: la maldición de saber lo que el resto ha olvidado, la maldición que el rey ha originado por su transgresión a las leyes del mundo.

    Tras despegar la mano de la puerta, y mientras levantaba ligeramente su brazo, giró una vez más para ver a su discípulo. Su dedo afilado apuntó hacia el pecho de Kazuma y su mirada seria, casi dolorosa, le confirmó al joven que aquella larga lección no le había sido impartida sin motivo.

    —Vive como humano, aprende como humano, siente como humano, ama como humano; pero ante la princesa vuélvete inhumano. Mientras los corazones de los pobladores se inclinan ante ella, el tuyo y el mío deben mantenerse firmes hasta el final de los tiempos. Hazme caso y mantén tu corazón cerrado para que puedas salvarte de la mayor creación de la Nada.

    —¿La mayor creación de la Nada? ¿Qué tiene que ver eso con la princesa?

    La respuesta de su maestro lo perseguiría durante el resto de su vida:

    —Todo lo que ama la Nada muere por su dolor.

    La sentencia lo atemorizaba aunque no pudiera entenderla por completo. Aún así, estaba tan consciente de su deber como heredero del resplandor negro que hizo hasta lo imposible por mantenerse inconmovible, siempre dentro de aquella dinámica de profesor y alumnos cuando tuvo que velar por la formación de su viejo amigo y de la princesa de Nitens cuando llegó el momento que su viejo maestro le había anunciado. Pero era imposible para él dejar de ser amable con ellos y combinar sus sesiones de enseñanza-aprendizaje con paseos por su región y con visitas al resto de los territorios para observarlos, analizarlos, reflexionar sobre ellos y, de paso, para relajarse un poco.

    Así transcurrió su ciclo de enseñanza de seis años, al cabo de los cuales sus estudiantes debían partir rumbo a Nitens para asumir los roles que sus predecesores les habían asignado durante generaciones. Y el día esperado, en cierto punto donde nadie podía descubrir su presencia, Kazuma contemplaba sus últimos movimientos en el castillo de Nigrens.

    Para él, era inevitable ver a la princesa en ese momento y recordar los tiempos felices: la niña arrogante y perezosa que odiaba sus clases se había convertido en una mujer que comprendía por fin la gran responsabilidad que recaería sobre sus hombros en cualquier momento. Orgulloso, recordó que ella y Hayato habían aprendido todo lo que necesitaban saber sobre los guardianes blancos y que no sería difícil para ellos seguir creciendo lejos de él. Tenía que aceptar, de cualquier manera, que los extrañaría mucho.

    —¿Vendrás con nosotros? —le preguntó ella a la mañana siguiente, frente a la carroza que la llevaría de vuelta al castillo blanco.

    La atención de Kazuma estaba tan enfocada en el hormigueo de sus manos que no entendió la pregunta.

    —Perdón, ¿qué dijiste?

    —Que si vendrás con nosotros —repitió ella—. Tu maestro fue a Nitens para saludar a mi padre e informarle que era tiempo de comenzar con mi educación como guardiana blanca, esta vez irá para decirle que estoy lista; pero estoy segura de que al rey le gustaría escucharlo de mi tutor.

    No era mala idea. Quería hablar con el rey y decirle que había tenido alumnos excelentes, que Hayato cumpliría bien con su deber y que la protegería bajo cualquier circunstancia, con toda su energía, y que estaría a su lado hasta que su vida se agotara.

    Cierta inquietud sin nombre le dijo que la idea en realidad sí era mala.

    —Lo siento —contestó con una sonrisa forzada—, debo quedarme y atender varios asuntos durante la ausencia de mi maestro.

    —Entiendo. —Fue imposible para ella ocultar su decepción; pero una idea repentina le devolvió su optimismo—. Pero irás a visitarnos pronto, ¿verdad?

    Nunca se le había ocurrido. Era consciente de que, en algún momento, tendría que viajar a la región del amanecer por asuntos gubernamentales y que llegaría el tiempo en el que ella lo llamara para pedirle un consejo. Serían visitas breves, importantes, en las que únicamente podrían hablar sobre el estado del reino.

    —Lo haré —respondió sin pensar que su primer visita tardaría mucho tiempo, quizá años, hasta que su maestro lo considerara listo para cederle su puesto.

    La simple certeza de que eso ocurriría bastaba para ella. Más esperanzada, aunque triste por su partida, la princesa lo abrazó con suavidad y subió a la carroza con la mirada llena de expectativas, de futuro, de un consuelo que la hacía feliz y que acompañaría su rutina diurna durante varias semanas: un destello alegre, una esperanza que la levantaba de la cama para abrir la ventana de su habitación que daba hacia el lugar del ocaso, un vistazo por los alrededores y un conjuro para sentirlo, para descubrir su arribo antes que cualquiera, incluso antes de que su padre fuera notificado de la visita. Y esa misma esperanza consolaba su alma cuando descubría que él no estaba cerca.

    "Está bien, tal vez venga mañana, no me molesta esperarlo un día más", pensaba siempre mientras cerraba la ventana.

    Pasaron varios meses sin que su espera terminara.

    Él, mientras tanto, tenía que resistir el pesar que no cedía aunque quisiera endurecer su corazón.

    En la soledad de quien se niega a compartir sus inquietudes, su maestro lo veía caminar en silencio por los pasillos: la mirada perdida en el cielo sin prestarle atención, el olvido inusual de las cosas importantes cuando la mente del futuro guardián negro se sumergía en los momentos felices en que podía convivir con sus alumnos y amigos sin pensar demasiado en el futuro. No tardó mucho en percatarse del mensaje oculto detrás de sus pasos lentos y nostálgicos, y menos demoró en concluir que no le gustaba.

    Poco a poco, la vida comenzó a parecerle vacía a Kazuma: sin emociones, sin aventuras ni desventuras, sin más compañía en ocasiones que la de los muros de su habitación. Solo hasta entonces pudo aceptar finalmente que algo le faltaba y, por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo: temía verse encerrado en un cuarto oscuro por siempre, sin sonidos que lo perturbaran, sin voces que lo llamaran, sin escenarios afortunados y sin imágenes bellas del mundo, sin aromas alegres o amargos, sin ser liberado de ese ambiente de paz infinita en donde su alma podría descansar por siempre en soledad absoluta.

    Si ese era el estilo de vida inhumano que debía adoptar a partir de ese momento, si tenía que elegir entre mantenerse firme y recuperar su felicidad aunque le costara hasta la última gota de su sangre, él prefería morir como humano.

    Pero era tan consciente de su responsabilidad como amo del Noctifer que guardó su anhelo en lo más profundo de su alma con la certeza de que reprimirlo era su deber, y se juró a sí mismo no tocar más aquel rincón preciado para no alimentarlo, para matarlo de inanición, y deseó en silencio que ella jamás lo llamara.

    Pero su pensamiento constante, transformado entonces en una oración nocturna con palabras torcidas que se contradecían con sus sentimientos, lo traicionó al final de esa vida suya que ya estaba condenada.
     
    Última edición: 1 Ene 2018
  19. Lillianne

    Lillianne Zutto, Kimi wo, Zutto~

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    No te demores Metzi!!, entró en febrero :v

    sobre el cap, excelente como siempre, es un punto de vista diferente sobre los deberes de los guardianes, en especial sobre los que menos sabemos, los negros, aunque creo que en una parte de confundiste con el deber de los blancos y los negros o la que no entendio fui yo, se supone que el blanco es el que olvida y el negro el que recuerda, ¿cierto?
     
  20. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    No es tanto que el blanco olvide y el negro recuerde; sino que el deber de ambos es el mismo con métodos distintos: ambos vigilan que los seres vivos (especialmente los humanos que tienen magia, o sea los poseedores de talismanes) mantengan su estabilidad espiritual, en específico sus emociones. Para ello, el blanco recurre al olvido o al aminoramiento (en cristiano, a restarle importancia a los problemas) de lo que considera negativo o lo que originó la pena del ser en cuestión; mientras que el negro busca que el ser inestable comprenda su pena para superarla o aceptarla. En consecuencia, el mago blanco recuerda lo que el resto olvida; mientras que el mago negro conoce los pros y los contras, pero los calla porque cualquier ser que los llegara a conocer sin estar preparado sería víctima de la confusión.

    Espero que con eso haya quedado claro o.o De cualquier manera, buscaré el tiempo y el modo de revisar esa parte para que en la versión más que corregida sea más claro. Gracias por la observación :3

    P. D.: Termino de publicar el 9 de febrero, eso siempre que no encuentre algún error que afecte al arco 3 y/o que me mande a un descanso de una semana xD
     

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