Original Fic El deseo de Nozomu II: El deseo de la luz

Tema en 'Zona creativa' iniciado por Metzonalli, 4 Ago 2017.

  1. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Buenas o.o^

    Luego de este grande y maravilloso descanso de un mes, declaro oficialmente comenzada la publicación de la segunda parte de El deseo de Nozomu. Si no han leído la primera parte, pueden hacerlo en este tema.

    Según yo (bueno, según el contador de palabras del procesador de texto que uso xD), este arco es más largo que el anterior a pesar de tener la misma cantidad de capítulos (si no es que crece uno más durante el proceso de corrección). Espero que lo disfruten mucho y que llegue a más gente.

    Esta es la (mal lograda) sinopsis:


    Tres meses después de los acontecimientos ocurridos en La misión del rayo, Daichi y Maki vuelven al mundo en ruinas para retomar asuntos pendientes y olvidados, para fortalecer sus enlaces entre sí y con los demás, y para acompañar a un nuevo personaje cuya presencia, aunque será vista por todos como una bendición, podría condenar a su mundo al desastre.

    Como hice con la parte anterior, actualizaré cada viernes (o los jueves por la noche, depende de las circunstancias xD). Nuevamente gracias de antemano por leer y esperaré sus comentarios =D

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    Capítulo 1. Viernes

    Recargado en los barrotes de la reja que marcaba los límites entre su libertad y su deber, escondiendo lentamente las manos en un par de guantes negros, Daichi esperaba en silencio la llegada de alguien. Exhausto, aburrido, en un intento desesperado por no cerrar los ojos y quedarse dormido de pie, echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar de su boca una diminuta nube de vaho que se elevaba hacia el cielo ligeramente nublado y desteñido en aquella tarde fría del segundo viernes de febrero.

    Mirar hacia cualquier punto aparentemente vacío se había convertido en un hábito muy útil para relajarse, despejar la mente y pensar en todo y en nada. En ese momento, por ejemplo, se preguntaba una vez más sobre el orden de sus lecturas pendientes para cubrirlas durante las vacaciones, calculaba de nuevo la cantidad de tiempo que podría invertir en ello y estimaba el número de llamadas e interrupciones que la persona esperada le haría para invitarlo a salir. Pensaba en la estrategia perfecta para establecer un nuevo récord de lectura, uno que pudiera superar al año siguiente y que su madre no desestimara cuando se lo mencionara. Imaginaba su rostro sorprendido, su expresión de incredulidad y su reprimenda segura al ver el desastre que habría en su cuarto o en la habitación que destinaron tras su mudanza para los libros que pertenecieron a su padre, ese sitio que ella quiso desocupar muchas veces y que su hijo limpiaba con dedicación cada vez que la cantidad de polvo acumulado le picaba la nariz. Pensaba entonces en lo que sería de su vida cuando llegara a reunir una cantidad similar de historias en pasta blanda y de reliquias en pasta dura; pero después de varios segundos de arduo esfuerzo mental se dio cuenta de que preocuparse por ello a esas alturas no lo llevaría a nada.

    Fin de la reflexión de la tarde.

    Su momento de mente en blanco fue interrumpido por un par de movimientos que logró percibir de reojo: a su lado, sin decir nada, quizá disfrutando del silencio, su amiga de la infancia había acomodado una vez más su bufanda turquesa alrededor de su cuello y metió sus manos heladas en los bolsillos de su suéter. Luego, en un intento por entretenerse y por entrar en calor mientras llegaba la persona esperada, comenzó a mover los pies mientras los contemplaba: talones, puntas, cuerpo hacia arriba, hacia abajo, adelante, atrás... Y el chico, hipnotizado, sintió nostalgia con la repetición de aquel extraño ritual, de esa vieja costumbre de los días tranquilos y silenciosos en los que él, como siempre, se perdía intencional o accidentalmente en el tiempo y en el espacio.

    Entonces deseó que el silencio desapareciera.

    —¡Maki! ¡Dai-Dai! —llamó a la distancia la persona esperada cuando pudo verlos, y aquel grito alegre, como siempre, lo había sobresaltado.

    Con el brazo en alto, agitando el cuaderno que había olvidado en el salón de clases, Kasumi anunciaba su llegada.

    —¡Lo siento mucho! —dijo mientras inclinaba la cabeza—. ¡Tendré más cuidado la próxima vez!

    —Está bien —contestó la chica de trenzas luego de suspirar aliviada, aún preguntándose si era buena idea perdonarla tan pronto.

    Una mirada fugaz le bastó al chico para entender las circunstancias de aquella conversación: en la esquina inferior derecha del cuaderno, “Maki Hatori” escrito sobre una etiqueta.

    —¿Otra vez? —preguntó, tal vez con sorpresa, tal vez con indignación.

    —¿Cómo que “otra vez”? —respondió la castaña, quien ya había guardado el cuaderno en su maletín—. Es el único modo de tener buenos apuntes, estoy dispuesta a copiarlos todo el fin de semana si es necesario, es algo raro de mi parte, ¿y lo único que se te ocurre decirme es “otra vez”?

    —La última vez dijiste eso y no lo lograste, ¿recuerdas?

    —Espera, ¿estás anticipando que no lo haré? ¡Eres cruel, Dai-Dai! —Una pose dramática—. ¡Y yo que me he preocupado por ti durante tantos años! ¡Yo que te he apoyado incondicionalmente en todo momento y así me pagas!

    —Pero es que...

    —¡No digas más! ¡No empeores las cosas! —Lágrimas falsas—. ¡Yo que te creía un ñoño más amable!

    —¡No me digas ñoño! —exigió.

    —Es cierto —dijo con normalidad mientras cruzaba la salida de la escuela, como si la ofensa nunca hubiera existido—, no lo eres. —Una idea repentina—. ¿O tal vez estás celoso porque Maki no te presta sus apuntes?

    Parpadeó con rapidez y ladeó la cabeza. Aquella respuesta inesperada era tan ingeniosa para él que no podía entenderla: ¿celoso por no recibir apuntes prestados?, ¿qué tenía que ver Maki en el planteamiento del problema?, sabía que sus apuntes eran buenos, pero ¿gustarle tanto que los envidiaba?

    —¡Espera, Kasu! —pidió luego de varios segundos mientras caminaba con rapidez para alcanzarla, para pedirle explicaciones, para reclamarle por dejarlo con la duda, y aquello se convirtió pronto en una discusión larga, confusa, repleta de frases indirectas y sonrisas maliciosas de parte de la castaña que dirigía al grupo hasta el cruce en donde dividirían sus caminos de vuelta a casa.

    Detrás de ellos, Maki escondió su sonrisa bajo su bufanda mientras seguía escuchando la nueva discusión de sus amigos. En otras circunstancias, aquella escena la hubiera inquietado: verlo hablar con demasiada confianza con otra persona que no era ella, sentirse tratada aún como una desconocida, jugar el rol de la reminiscencia de un pasado que no deseaba ser recordado, parecer un agregado en aquella fórmula armónica y alegre entre ambos que podían seguir caminando aún si ella desapareciera. Pero había vertido sus esfuerzos durante esos tres meses en entender y aceptar aquella nueva naturaleza de sus mañanas tranquilas, de sus tardes alegres y de sus viernes comunes. Parecía que al fin había convencido a su corazón nostálgico de que dejara de lamentarse por detalles que, a esas alturas, no deberían angustiarla demasiado. El pasado, después de todo, se estaba convirtiendo en una jaula infinita que le impedía caminar, y así se lo hizo ver su amiga castaña en el descanso del lunes siguiente a su visita al bazar, mientras la mirada azul del chico se perdía en silencio en las páginas viejas del libro que le habían regalado.

    —Creo que se mantendrá ocupado por un buen rato —dijo Kasumi luego de varios minutos de espera—, ¿deberíamos dejarlo?

    —Tal vez sea lo mejor.

    —¡Bien! —exclamó la castaña mientras caminaba hacia el exterior del edificio—. Me muero de hambre, te hubiera abandonado si me hubieras pedido que lo esperáramos hasta que terminara de leer o hasta que nos viera.

    Una risita de parte de su acompañante.

    —No lo haría, podríamos habernos quedado ahí todo el día y él nunca hubiera volteado a vernos.

    —Dai-Dai leyendo es peor que tú pensando en el pasado.

    —¿Eh?

    —Bueno, te pierdes tanto que no lo has notado, es normal. —Hizo una pausa para pensar en lo que iba a decir—. Cuando recuerdas algo, haces gestos muy raros: empiezas sonriendo, luego te pones seria, y en la mayoría de los casos pones cara de tristeza o de preocupación, como si tu recuerdo feliz fuera muy lejano o como si alguien se hubiera encargado de robártelo, y mientras eso pasa, no importa cuánto te hablemos, no nos respondes hasta que tomamos medidas extremas.

    Ese plural no le gustaba.

    —¿Daichi me ha visto así?

    —¿Que si te ha visto? Creo que fue el primero en notarlo. —La vio sonrojarse—. ¡Ah, te lo creíste! —Su sonrojo de vergüenza se convirtió en uno de enojo—, lo siento, tenía que decirlo.

    Un suspiro que salía desde lo más profundo de su ser fue la recompensa de la chica castaña, quien sonrió ampliamente por un momento para luego tener una idea fugaz, reveladora: la pieza que faltaba en ese rompecabezas.

    —Maki —dijo luego de detener sus pasos cerca de la salida del edificio—, ¿será que piensas en...?

    —Kasumi —la interrumpió tajantemente, en un intento por detenerla antes de que entrara en un terreno pantanoso, como si quisiera ocultar las heridas que nunca había demostrado tener, y volvió el rostro hacia atrás para regalarle una sonrisa melancólica—, es el pasado, ¿sabes?, no deberías darle vueltas al asunto, no resolverá nada, son días que no van a volver por más que luche por recuperarlos... —Miró de nuevo hacia afuera para darle la espalda por completo—, aunque no es como que realmente estuviera haciendo algo para lograrlo, solo me quedo mirando a la distancia y busco pistas para seguir soñando o para terminar de entenderlo. Recordar en silencio es lo mejor que puedo hacer.

    —¿Qué hay de hablar de tus recuerdos?

    —No servirá —contestó sin dudar—, el pasado es peligroso para Daichi, sería forzarlo a recordar cosas que él no quiere, y estoy segura de que lo que menos necesita es sufrir otra vez.

    —¿Lo que menos necesita para qué?

    —Para ser como antes.

    Aquella respuesta la había perturbado. Mientras veía salir a la chica de lentes, la de ojos color pasto reflexionaba sobre las pistas que había recogido durante los meses en los que había convivido con ella: miradas desviadas, sonrisas forzadas, pensamientos profundos, alegría anulada en los momentos en los que tenía razón cuando predecía las reacciones de Daichi (“No va a mirarnos”, “Se molestará si lo interrumpes”, “Preferirá quedarse en casa”), doble tristeza en los momentos en los que se equivocaba (“Le encantará que le regales esto”, “Aceptará salir a caminar con nosotras”, “Nos dirá si se siente incómodo”)...

    Se percató entonces de que todo estaba relacionado con el pasado, con cierto niño de cabello negro alborotado y de ojos azules que brillaban cuando soñaba o estaba feliz, ese que nunca conoció y que le parecería un completo extraño si se lo presentaran. Comprendió en ese momento que Maki luchaba por mantener esa imagen de Daichi en su mente aún si eso significaba rechazar al otro, al chico tímido que convivía con ambas, y que ella poco a poco estaba llegando a su límite, al punto en el que no podría regresar de su mundo ilusorio, al momento en el que preferiría encerrarse en su jaula de nostalgia antes que seguir viviendo en la libertad del presente, y para entonces solo tendría dos alternativas: estallar en llanto o alejarse de él. Cualquiera de las dos iba a lastimarla, y en ninguno de los casos habría marcha atrás por más que intentara convencerla de que su postura ante la situación no era la adecuada.

    Tenía que evitarlo.

    —¡Maki! —gritó mientras corría para alcanzarla. Ella se detuvo y giró el cuerpo para verla de frente: angustiada, temerosa, pero convencida de lo que estaba por hacer—. ¿Te das cuenta de lo doloroso que podría ser para Daichi que un día decidas ignorarlo porque él ya no es como lo recuerdas?

    —¡Eso no...!

    —¡No puedes asegurar que no pasará! —la interrumpió luego de adivinar lo que iba a decir—. Tal vez él no lo ha notado aún; pero a mí no puedes engañarme: encerrarte en el pasado solo te está lastimando y te está alejando de él, no te deja ver lo que él es ahora, no puedes averiguar por qué cambió si no lo aceptas primero, no puedes ayudarlo a recuperar lo que perdió si no descubres antes de qué se trata. Yo puedo vivir con eso, lo conocí tímido y así lo acepto; pero sé que tú no podrás perdonarte por quedarte quieta cuando más te necesitaba, ¿aún así estás dispuesta a seguir pensando en lo que ya no es?

    La presión de aquellas palabras comenzaba a arrojarla hacia la desesperación que tanto trabajo le había costado esconder: se negaba a aceptar el presente, confiaba en que sus recuerdos del pasado la salvarían tarde o temprano, que podría ayudar a su amigo de la infancia a recuperar su confianza si permanecía en ese mundo hasta que descubriera la raíz de su timidez; pero Kasumi tenía razón: mientras más se ocultara tras el velo de la nostalgia, más difícil sería para ella hacer algo por él.

    Sus caminos habían sido bloqueados por muros invisibles que no podía destruir.

    —¿Entonces qué quieres que haga? —preguntó por fin con esa angustia que nunca quiso compartir con nadie—, los recuerdos van a lastimarlo, alejarme tendrá el mismo efecto, callar y mirar es terrible, ¡no puedo simplemente aceptarlo!

    —¡Entonces termina con esta farsa de una vez!

    La chica de trenzas no tuvo el coraje para decir otra palabra luego de aquella muestra de ira: la castaña había perdido la paciencia y le había gritado, al fin, lo que muchas veces quiso decirle desde el día en que la conoció.

    —Daichi te aprecia lo suficiente como para haberte prometido algo aún sin tener la certeza de que podría cumplir con su palabra solo para que siguieras sonriendo, estoy segura de que lo volvería a hacer si tuviera que enfrentarse de nuevo a una situación complicada porque sus lazos contigo son fuertes, ¿y así le correspondes? Eres incapaz de aceptar lo que crees que está mal en él ni tienes el valor de decírselo, ¿y aún así te consideras su amiga?, ¿aún tienes el descaro de presumir que él es tu amigo?

    —¡Pero lo conozco desde...!

    —¡No lo conoces! ¡No sabes nada ni quieres saberlo! ¡No voy a aceptarte como su amiga mientras sigas con esa actitud de víctima que ha perdido a su ídolo cuando él ha perdido más que eso!

    Solo pudo callar y verla alejarse. Era la primera vez que la había oído tan molesta, tan fastidiada de todo, y no tardó mucho en comprender que sus motivos estaban justificados: a diferencia de ella, que siempre quiso verlo como el niño perfecto que le mostró una alternativa distinta a la soledad, Kasumi lo había conocido en su peor momento y se dedicó a aceptar su naturaleza aunque fuera muy distinta a la suya.

    Entonces se sintió molesta consigo misma y decidió no cruzar palabras ni miradas con ninguno de ellos hasta ordenar sus ideas: ¿realmente había pasado la mitad de su vida idealizando a quien consideraba su amigo de la infancia? Pero estaba segura de que lo conocía, estaba convencida de que lo había tratado lo suficiente como para aprender sobre sus virtudes y defectos... aunque eso había ocurrido cuando aún era incapaz de discernir entre lo bueno y lo malo, y si un niño malo la hubiera acogido como su amiga, ella probablemente lo hubiera seguido sin dudarlo. Su ingenuidad le molestaba, también su positivismo extremo que la hacía voltear siempre a los tiempos felices y a las bondades de todo, y tal vez, solo tal vez por eso...

    “Daichi te aprecia lo suficiente como para haberte prometido algo aún sin tener la certeza de que podría cumplir con su palabra solo para que siguieras sonriendo.”

    Entendió, una vez más, que todo era su culpa.

    ¿...o no?

    —¡Deme tres más!

    Aquella petición repentina y energética la sacó de sus pensamientos. Sin saber a qué hora se detuvieron frente a una tienda, el entusiasmo incontrolable de Kasumi volvía a hacer de las suyas.

    —Kasu, dudo que esa sea una buena idea, ya llevas cuatro —protestó él mientras se acomodaba los lentes.

    —¡No importa! ¡Estoy segura de que alguna de estas tres debe ser la ganadora!

    Ante Maki, la castaña abría la envoltura de una quinta paleta de hielo a pesar de las palabras de su amigo.

    —Pero te vas a...

    —Uno no gana nada si no se arriesga —respondió antes de darle una mordida a su paleta—, mucho menos cuando se trata de un llavero de edición limitada, ¡no me importa morir con el cerebro congelado si con eso lo consigo!

    Las formas retorcidas de Kasumi para demostrar que hacía lo correcto a veces alteraban los nervios de los chicos. Pero aunque quisieran evitar que tomara riesgos innecesarios por objetos que conservaría por menos de una semana, sabían que sus esfuerzos serían inútiles. Aún así, ambos estaban de acuerdo con que aquella impulsividad era parte de su encanto, algo digno de admirar en la mayoría de los casos, algo que ninguno de ellos tenía.

    Su carácter arriesgado los había librado de la soledad.

    —¿Entonces qué, Maki? ¿Vas con nosotros?

    Se había perdido de algo importante otra vez, pero no podía simplemente admitirlo.

    —¿Eh? ¡S-Sí voy!

    —¡Perfecto! —exclamó la castaña mientras intentaba disimular el dolor de cabeza que le había provocado consumir siete paletas con demasiada rapidez—. Entonces nos vemos mañana a las 11 en donde quedamos la vez pasada. ¡Y más te vale llegar temprano esta vez, Dai-Dai, o tendrás que pagar todo lo que compre!

    —¿¡Todo!?

    —Todo, y no será poco.

    En la cabeza del chico solo cabía una idea: “No permitiré que Kasumi se gaste todos mis ahorros”.
     
  2. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Muy bueno. Mejoraste en modificar el largo de un capitulo y en redacciòn. Se puso interesante, pero intenta dejar en claro las cosas fundamentales de la historia. Apartir de aqui la vara se pondra alta, se que podras lograrlo. Sigue asi
     
  3. Lillianne

    Lillianne Zutto, Kimi wo, Zutto~

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    Kya al fin el segundo arco, lo estaba esperando >3<!!!!, Kasumi es muy molesta a veces, pero no se le puede hacer nada, me imagino que entre Maki y Daichi la relación sería puro silencio por toda la eternidad y la única que puede romperlo es Kasumi, ambos pierden contra su ritmo, bueno, esperaré ansiosa por el otro capitulo el viernes.

    El cap inicio el segundo viernes de febrero, tiene que haber chocolate si o si para le día d esan valentine!, o Daichi nunca perdonaría a esas dos :v.
     
  4. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Sí, señor, me esforzaré o_ó!

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    (No suelo usar memes, pero aquí sí aplica xD)

    Muchas gracias a ambos, es bueno verlos aún por aquí ;_; Me esforzaré mucho con las correcciones del arco para retribuirles (nada más que descanse un rato porque se me está secando el cerebro xDu).

    El capítulo 2 de este arco, titulado "El Libro de los Gobiernos", es un caso especial de publicación porque me animé a darle un formato vistoso tipo libro lleno de garabatos, así que hoy decidí poner los dos formatos.

    Para la versión con diseño, el orden de lectura es primero las imágenes (páginas del libro) y después el texto en spoiler. Para la versión tradicional, denle clic a la pestaña de "Solo texto".

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      —¿Nozomu?
      En todo el texto, en toda la historia de ese mundo ficticio, el único nombre mencionado era ese. Quiso saber por qué, pero había llegado a la última página tan temida, al final de ese libro que tanta felicidad le había otorgado desde que el vendedor le dio permiso de llevárselo sin pagar.
      ¿Nozomu habría logrado cambiar el destino del reino? ¿Existiría una continuación del libro en alguna parte del mundo?
      Se recostó y mantuvo su mirada fija en el techo, como si estuviera buscando una explicación racional, el misterio del universo. Sentía un profundo vacío parecido a la desolación. ¿En verdad era ese el final de la historia?
      Tardó minutos eternos en convencerse de algo que ya sabía: no había modo de encontrar la continuación. Había invertido meses de su vida buscando pistas que le ayudaran a determinar el origen de aquella narración antigua; pero nadie ni nada le indicaba el camino. “Un inédito”, pensó, y supo entonces que su relación con los inéditos siempre sería complicada.
      ¿Qué hubiera hecho su padre ante un caso similar?
      Cabizbajo, el chico de ojos azules dejó el empastado en un librero destinado exclusivamente a las lecturas concluidas, y entonces se percató de un detalle sobre el que no había reparado hasta ese momento: en la portada del libro, apenas visible, la marca de una corona de laurel le parecía familiar.
      —Esto es...
      El sonido del reloj lo obligó a regresar a la realidad. Perturbado y temeroso, miró la hora: once de la mañana.
      En la planta baja, conteniendo la risa detrás de varios documentos de trabajo, la madre de Daichi imaginaba los movimientos del chico: un montón de libros que caían luego de que su hijo torpe tropezara con ellos, una serie de pasos rápidos en una habitación del primer piso, un montón de frases aleatorias, casi inconexas, de una voz alterada: “¡Es muy tarde!”, paso, paso, paso, “¿En dónde puse la cartera?”, paso, paso, sonido de cajones, libro que cae, “¡No! ¡Yo quería comprar la continuación de este libro hoy!”, lloriqueo, libro sobre el escritorio, las once y cinco, “¡Kasumi me va a matar de todas formas! ¡Ya no quiero ir a ninguna parte!”.
      La última línea era digna de una respuesta maquiavélica.
      —¡Daichi! ¿No ibas a comprar chocolate con tus amigas?
      —¡Ah! —gritó desesperado durante varios segundos—. ¡No puedo quedarme en casa! ¡Quiero chocolate!
      La pila de libros que había terminado de recoger caía nuevamente sin remedio. Su madre no pudo seguir conteniéndose y se burló de él mientras recordaba con nostalgia años anteriores en los que fue testigo de escenas similares: Daichi era igual o más torpe que su padre, igual o más aficionado a las historias fantásticas que él, igual o más obsesionado con el chocolate que él mismo cuando aún era un niño (aunque no había dejado de serlo ante sus ojos), ¿cambiaría en diez años o más?
      —¡Ya me voy! —dijo cuando por fin estuvo listo.
      —¡Ve con cuidado! —respondió ella sin despegar la vista de los papeles que revisaba con atención.
      Varios pasos acelerados y una puerta abierta con rapidez que se cerró en dos segundos.
      Un nuevo grito anunciaba la partida del chico y el regreso de la calma a esa casa pequeña que, al igual que la anterior, estaba llena de recuerdos.
      —¡Mis ahorros!

    • Capítulo 2. El Libro de los Gobiernos

      Cuentan nuestros ancestros que desde hace muchos siglos, tantos que nadie puede contarlos, las fuerzas regentes han mantenido el balance del mundo para que todos los seres vivientes coexistan en paz. Pero cierto día, preocupadas por los corazones vulnerables de los hombres, hicieron un convenio con una persona que pudiera protegerlos y ayudarlos a superar sus límites. Esa persona cuidaría de ese poder ajeno a los seres humanos y, varios años después, ese poder sería utilizado para crear nuestro mundo.

      La persona creadora, primera reina del mundo, vivió 170 años, y al final de su vida repartió entre los hombres sus potestades, sus espíritus y sus dones para que las fuerzas regentes siguieran entre ellos: los cuatro talismanes, llamados fulgores, contenedores de las fuerzas naturales que forjan el camino de los hombres; los dos cristales, llamados estrellas, regentes de los enlaces entre los seres con sus semejantes y con el origen; y los tres dones, únicos elementos intangibles con objetos simbólicos, representantes del origen mismo: el tiempo, la creación y el equilibrio.

      Se dice que los fulgores eligen siempre a personas con rasgos similares a los magos de la primera generación: Fulgor Venetus, la gema del agua, obedece a las almas compasivas que procuran la calma y la salud entre los seres, y su poseedor ha sido conocido por muchos como el Mago de la Templanza; Fulgor Fulvus, la gema del fuego, elige a los seres con espíritu inquebrantable que buscan el progreso, y los hombres han llamado Mago de la Mutación a su poseedor; Fulgor Viridis, la gema de la tierra, concede sus poderes a las personas fuertes en cuerpo y alma que se convierten en el pilar del ciclo, pues su elemento representa el principio y el fin, y su poseedor es conocido como el Mago de la Fortaleza; y Fulgor Caeruleus, la gema del aire, adopta como propietario a un ser preocupado por la protección de los otros, y su amo es llamado Mago del Amparo. Y estas cuatro personas son llamadas, en conjunto, magos de los elementos o guardianes elementales.

      Las estrellas, por su parte, se renuevan con cada sucesor: Lucifer, el cristal blanco, nace de la pureza y de lo desconocido, y su poseedor es llamado guardián blanco o Mago del Olvido, pues su poder depende de lo que los seres han dejado atrás para seguir avanzando; Noctifer, el cristal negro, nace de la razón y de lo conocido, y su poseedor es llamado guardián negro o Mago del Recuerdo, pues su poder se alimenta de lo que los seres siempre tienen presente para no detenerse en el camino. A los herederos de las estrellas se les confiere el deber sobre sendos cofres que encierran las mayores manifestaciones de sus poderes: el cofre blanco, que contiene la Nada, y el cofre negro, que encierra el Caos. Y estos vigilantes son llamados, en conjunto, resplandores celestiales o guardianes espirituales.

      Finalmente, los dones se manifiestan de formas distintas: el del tiempo, capaz de ver las promesas y los designios, aparece en los ojos celestiales del niño que nace cuando su predecesor muere; el de la creación, que forja los objetos mágicos de los portadores de los talismanes y de las estrellas, es inculcado al primogénito de cada generación descendiente del primer artesano; y el del equilibrio, encargado de proteger el origen de la magia y el enlace mayor con las fuerzas regentes de todo, despierta sus poderes y asume su responsabilidad al presenciar el objeto de la promesa, el que siempre aparece ante sus ojos cuando está preparado o cuando el destino le pide que actúe. Y el grupo de los herederos de los dones fue nombrado Triada de silencio, pues los tres hicieron un juramento ante el origen: ver el tiempo sin anunciarlo, crear las armas sin predisponerlas, y calibrar la balanza sin revelarlo.

      Se dice que el protector del equilibrio nace bajo la estrella de la reina creadora y que sus actos pueden mover el destino de los hombres y las acciones de los magos, por lo que los habitantes del reino le confirieron el nombre de Astrifer, el que guía a las estrellas y el que tiene un lugar entre ellas; pero el primero de ellos decidió llamarse simplemente Guardián del equilibrio, por lo que el nombre de Astrifer lo usamos solo como un título de respeto. Y este libro que escribo para registrar los hechos más trascendentales de nuestra historia tomará ese nombre para consignar sus actos más memorables.

      Bajo el primer Astrifer, los magos de los elementos y los resplandores celestiales acordaron apoyar y proteger a su nuevo gobernante, y como muestra de ello tomaron un fragmento de sus talismanes y de sus estrellas para que el artesano forjara una espada, símbolo de la unidad de los guardianes, del respeto a la figura del rey, y de su promesa como practicantes de la magia al servicio de los pobladores del reino.

      Y la aldea prosperó y se mantuvo en paz gracias a los elegidos durante el gobierno del primer Astrifer y de los siguientes ocho herederos. Y la expansión de la aldea, al cabo de 270 años, había llegado a tal punto que los magos repartieron a los pobladores en seis regiones distintas, cada una administrada por un guardián: al noroeste, la tierra de Aestus regida por el Mago de la Mutación; al noreste, la de Flamen gobernada por el Mago del Amparo; al suroeste, la de Ferax administrada por el Mago de la Fortaleza; al sureste, la de Lacus bajo el mando del Mago de la Templanza. En el lado del sol que nace, el guardián blanco fundó la región de Nitens; mientras que en el lado del sol que muere, el guardián negro creó la región de Nigrens. A partir de entonces, el rol del Guardián del equilibrio consistiría en tomar decisiones difíciles en los casos de controversia entre las partes que los otros magos no pudieran resolver, y de esta manera los guardianes aligeraron su carga. Y el orden logró que el reino mantuviera su armonía durante el gobierno de ese Astrifer y de los siguientes tres.

      Bajo el decimocuarto Astrifer, los elementales consideraron que sus territorios necesitarían un regente más. De ese modo, con las habilidades que les fueron conferidas desde el origen, crearon cuatro gemas nuevas que eligieron sendos portadores con rasgos distintivos similares a los herederos de los primeros talismanes: Fulgor Niveus, la gema del hielo, tomó como poseedor a un ser que calculaba todas las posibilidades, por lo que fue llamado Mago de la Cautela; Fulgor Rutilus, la gema de la lava, eligió a quien estaba dispuesto a tomar decisiones arriesgadas para obtener los mejores resultados, por lo que fue conocido como Mago de la Revolución; Fulgor Prasinus, la gema de la hierba, buscó a un propietario que se preocupara por proveer a los habitantes de todo lo que necesitaran, y este fue conocido como Mago de la Abundancia; Fulgor Cinereus, la gema de la niebla, tomó como dueño a un partidario del libre albedrío, quien fue bautizado como Mago de la Libertad. Y estas cuatro personas son llamadas, en conjunto, magos de los segundos elementos o guardianes subelementales.

      Y este nuevo reacomodo funcionó durante el gobierno de ese Astrifer y del siguiente, y siguió siendo válido durante y después del reinado del decimosexto, quien fuera el último, pues no se consideraba apto para gobernar. Luego de varios momentos difíciles, en los que cada vez le parecía más complicado, doloroso y erróneo resolver un conflicto entre las partes, pensó que el deber del guardián del equilibrio no consistía en gobernar sobre todos, sino que en realidad debía mantenerse al margen de todo. Así, al cabo de diez años, decidió aislarse del mundo como hiciera el artesano y su familia desde el primer gobierno. Y de este modo terminó la era del Astrifer, y cerró un ciclo de 450 años de prosperidad para el mundo.

      Ante la renuncia del decimosexto Astrifer al trono, los diez magos se reunieron para elegir a un nuevo gobernante supremo, y al comparar el estado de sus territorios y las características de cada uno, consideraron que el más indicado para reinar era el Mago del Recuerdo. Mas él, al haber heredado el conocimiento de las circunstancias del mundo y saber que estaba predispuesto a negarse ante las posibilidades, consideró que el más idóneo para el cargo era el Mago del Olvido, quien sí podía contemplar todas las alternativas con la mente abierta y dispuesta al crecimiento del reino. El Mago del Olvido, por su parte, decidió aceptar la propuesta con una condición que se convertiría en su primer edicto real: el guardián oscuro tendría que convertirse en el tutor de los siguientes guardianes blancos, quienes deberían prepararse para ocupar el trono. Y de esa manera comenzó el gobierno del Lucifer.

      El segundo edicto del primer Lucifer fue un acuerdo entre los diez guardianes, quienes consideraron que la espada debía mantenerse al servicio del gobernante, mas no bajo su posesión, pues esto inclinaría la balanza y alteraría el poder de los talismanes y de las estrellas. Así convinieron que pasara a manos de otro ser humano, quien tuviera la fortaleza y la valentía necesarias para proteger al soberano, y bajo este convenio permitieron que la espada tuviera voluntad de elegir a su propietario. La espada, como objeto respetado por pertenecerle alguna vez al rey y por representar un juramento, recibió el nombre de Asteregius, la estrella real, llamada también la espada del rey. Y el elegido de la espada, como persona fiel al designio de la estrella del origen, sería nombrado Fidestella y sería tratado como un guardián más en el balance de la magia del mundo.

      El tercer convenio de los guardianes durante el primer reinado del Mago del Olvido fue que las estrellas compartieran sus resplandores con otros seres para evitar que la Nada y el Caos se liberaran de sus prisiones en caso de ausencia de alguno de ellos, pues sus deberes en el gobierno podrían distraerlos de su responsabilidad fundamental. Y fue entonces cuando inició la tradición de humanizar seres puros de la naturaleza para que ayudaran con el balance de las fuerzas. El guardián blanco tomó dos: uno que se alimentaba de la luz diurna y otro que regía sobre la luz nocturna. Por su parte, el guardián negro tomó a un solo ser, a quien se le conoció desde entonces como guardián de las sombras. Y estos seres se encargan de velar por sus creadores y por la integridad de los cofres, y se dice que vuelven al ciclo cuando su creador renuncia a su cargo, cuando muere o cuando son creados nuevos guardianes para sustituirlos.

      Y el gobierno del primer rey blanco continuó en paz al igual que los de sus predecesores y los de sus cuatro sucesores, mas en el último fue desterrado el Mago de la Libertad por traición al reino, y el Fulgor Cinereus fue aislado del mundo para que no volviera al ciclo, pues temían que corrompiera a sus nuevos propietarios por ser herencia de un humano con corazón turbio.

      Bajo el sexto Lucifer, un presagio funesto advirtió la peor crisis que el reino presenciaría: un conjuro descontrolado que oscureció los espíritus de los humanos, quienes cayeron en la desesperación absoluta hasta que la sexta reina encontró una manera de contrarrestarlo antes de que la magia destruyera los cofres. Y aunque el equilibrio regresó al reino y los cofres fueron salvados, el control tuvo un sacrificio muy alto sobre los pobladores y sobre los poseedores de los talismanes y de las estrellas, quienes volvieron al ciclo sin que nadie pudiera evitarlo.

      Aún con brillo, la estrella blanca encomendó el reino a la única persona que podía lidiar con la responsabilidad de reunir a los nuevos magos, y ella confiaba en que él podría tomar las riendas de los pueblos y establecer un orden nuevo, en donde todos pudieran refugiarse en la ciudad de Nitens en busca de una nueva esperanza y con el anhelo de que el conflicto no volviera a manifestarse ante ellos.

      Y así fue como el gobierno del Lucifer llegó a su fin luego de 175 años y abrió el camino para que un nuevo resplandor guiara a los sobrevivientes del desastre bajo las palabras de Nozomu.​

      —¿Nozomu?

      En todo el texto, en toda la historia de ese mundo ficticio, el único nombre mencionado era ese. Quiso saber por qué, pero había llegado a la última página tan temida, al final de ese libro que tanta felicidad le había otorgado desde que el vendedor le dio permiso de llevárselo sin pagar.

      ¿Nozomu habría logrado cambiar el destino del reino? ¿Existiría una continuación del libro en alguna parte del mundo?

      Se recostó y mantuvo su mirada fija en el techo, como si estuviera buscando una explicación racional, el misterio del universo. Sentía un profundo vacío parecido a la desolación. ¿En verdad era ese el final de la historia?

      Tardó minutos eternos en convencerse de algo que ya sabía: no había modo de encontrar la continuación. Había invertido meses de su vida buscando pistas que le ayudaran a determinar el origen de aquella narración antigua; pero nadie ni nada le indicaba el camino. “Un inédito”, pensó, y supo entonces que su relación con los inéditos siempre sería complicada.

      ¿Qué hubiera hecho su padre ante un caso similar?

      Cabizbajo, el chico de ojos azules dejó el empastado en un librero destinado exclusivamente a las lecturas concluidas, y entonces se percató de un detalle sobre el que no había reparado hasta ese momento: en la portada del libro, apenas visible, la marca de una corona de laurel le parecía familiar.

      —Esto es...

      El sonido del reloj lo obligó a regresar a la realidad. Perturbado y temeroso, miró la hora: once de la mañana.

      En la planta baja, conteniendo la risa detrás de varios documentos de trabajo, la madre de Daichi imaginaba los movimientos del chico: un montón de libros que caían luego de que su hijo torpe tropezara con ellos, una serie de pasos rápidos en una habitación del primer piso, un montón de frases aleatorias, casi inconexas, de una voz alterada: “¡Es muy tarde!”, paso, paso, paso, “¿En dónde puse la cartera?”, paso, paso, sonido de cajones, libro que cae, “¡No! ¡Yo quería comprar la continuación de este libro hoy!”, lloriqueo, libro sobre el escritorio, las once y cinco, “¡Kasumi me va a matar de todas formas! ¡Ya no quiero ir a ninguna parte!”.

      La última línea era digna de una respuesta maquiavélica.

      —¡Daichi! ¿No ibas a comprar chocolate con tus amigas?

      —¡Ah! —gritó desesperado durante varios segundos—. ¡No puedo quedarme en casa! ¡Quiero chocolate!

      La pila de libros que había terminado de recoger caía nuevamente sin remedio. Su madre no pudo seguir conteniéndose y se burló de él mientras recordaba con nostalgia años anteriores en los que fue testigo de escenas similares: Daichi era igual o más torpe que su padre, igual o más aficionado a las historias fantásticas que él, igual o más obsesionado con el chocolate que él mismo cuando aún era un niño (aunque no había dejado de serlo ante sus ojos), ¿cambiaría en diez años o más?

      —¡Ya me voy! —dijo cuando por fin estuvo listo.

      —¡Ve con cuidado! —respondió ella sin despegar la vista de los papeles que revisaba con atención.

      Varios pasos acelerados y una puerta abierta con rapidez que se cerró en dos segundos.

      Un nuevo grito anunciaba la partida del chico y el regreso de la calma a esa casa pequeña que, al igual que la anterior, estaba llena de recuerdos.

      —¡Mis ahorros!
     
  5. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Bastante interesante ponerlo en este formato, es el primer fic que un capitulo de este modo, me gusta tu originalidad. Ahora, usaste pocos dialogos en este capitulo, pero describiste bien el entorno como para que todo sea claro, igualmente no te descuides. Aprende de tu capitulo anterior que en ese sentido fue muy bueno. Con respecto al desarollo de la historia creo que debes guardar cautela en como actuan los personajes, no los vuelvas impulsivos (no digo que lo sean). Te podria serbir pensar si fueras tu la que estas viviendo esa situacion, que harias?. Lo demas esta bien, sigue asi
     
  6. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Casi siempre lo hago, aunque casi nunca se nota (o al menos eso creo xD). De hecho, en estos días he pensado mucho en ciertas reacciones que condicionan el desarrollo de los acontecimientos de varios capítulos que parecen fluir, pero resulta al final que tienen detallitos que no embonan y pienso corregirlos (por fortuna, creo que ocurre en capítulos posteriores al sexto, no me quiero tomar otro descanso de meses para volver a redactar el desarrollo, así nunca terminaría los siete arcos que pintan a ser ocho t_t). Con la mayoría de los personajes creo que me sale algo relativamente neutro; sin embargo, siento que la impulsividad de Daichi se nota más porque no tiene, hasta ahora, un contexto real en donde se desarrolle y actúe por su cuenta. Quiero creer que más adelante sabremos un poco más de él y que así serán más claros tanto sus motivos como su imagen, no lo aseguro porque aún me quedan partes pendientes de revisión, aunque haré el esfuerzo por que ocurra.

    A todo esto, me gustaría saber exactamente a qué te refieres con que aprenda del capítulo 1, recuerdo haberlo escrito cuando me di cuenta de que no era tan buena idea empezar esta segunda parte con el capítulo 3 (el que viene enseguida) y tengo muy claro que es de mis favoritos, entonces me cuesta un poco entender tu comentario (en resumen, carezco de objetividad para valorarlo a pesar de que ha pasado medio año desde que lo hice xDu).

    Como siempre, muchas gracias por tus comentarios.

    El capítulo a continuación es, hasta ahora, el más largo de todos. Originalmente lo había dividido por extenso, pero el cliffhanger no era muy bueno y decidí juntarlo de nuevo. Este es el resultado (aunque siento que debo cambiar una parte del final del capítulo en algún momento de la vida, antes de imprimirlo y archivarlo o vendérselo a una casa animadora, yo qué sé).


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    Capítulo 3. Chocolate

    Podía contar con los dedos de la mano la cantidad de fechas que su amigo de la infancia disfrutaba con plenitud: su cumpleaños, el último día de clases antes de las vacaciones de invierno y el fin de semana previo al 14 de febrero. Recordaba habérselo contado a Kasumi en algún momento, y también recordaba su gesto confundido al escuchar las razones: siempre recibía libros en su cumpleaños; le encantaban las vacaciones de invierno porque podía quedarse encerrado en su cuarto, envolverse entre varias cobijas y dormir las partes del día que no pasaba leyendo; y el fin de semana previo al 14 de febrero, el aire de la ciudad tenía un aroma específico que le encantaba, que compensaba la existencia de multitudes en las calles, que le hacía creer que esa fecha era maravillosa.

    ¿Era eso amor?

    Sí, amor al chocolate.

    A sus dieciséis años, Maki aún no comprendía la satisfacción de regalar chocolates en esas fechas; seguramente Daichi tampoco, pues él invertía esos días en cazar nuevos sabores y consistencias, en descubrir las nuevas tendencias en envolturas y presentaciones, en regatear y abastecerse por todo el año... si todo lo comprado pudiera durarle tanto tiempo. Pero de cualquier manera estaba emocionada: podría comprender mejor los gustos del chico, podría acercarse al entendimiento absoluto sobre dar y recibir chocolate con ayuda de Kasumi, ella era la más interesada en salir ese día, ¿ya estaría esperándolos en el punto de encuentro?

    Se detuvo un instante. ¿El entendimiento absoluto sobre dar y recibir chocolate? ¿Su amiga era la más interesada en ello? ¿Acaso ella...?

    El timbre de su teléfono móvil interrumpió sus pensamientos. Con rapidez, abrió su bolsa mensajera para buscarlo y contestar la llamada.

    —¿Hola?

    —¡Maki! —dijo una voz nasal seguida por un estornudo.

    —Salud.

    —Gracias. —Se limpió la nariz—. ¡Maki! ¡Me siento muy mal! ¡Me quiero arrancar la nariz! ¡Me duele todo! ¡Me voy a morir!

    Suspiró.

    —Te dijimos que buscar el palito ganador era mala idea.

    —¡Eda un llavedo de edición dimitada! ¡Debo tenedlo!

    Un nuevo estornudo y una sacudida de nariz interrumpieron la charla. Kasumi era el tipo de persona que podía ser seducida fácilmente por una promoción, y aunque Daichi intentó convencerla de que no era buena idea comer más de tres paletas de hielo en un día para encontrar el palito premiado, sus esfuerzos fueron inútiles. Las consecuencias, como ambos esperaban, no tardaron mucho en manifestarse.

    —O sea que no vas a venir.

    —Ya iba en camino, —“¿En serio pensaba venir con ese resfriado?”, pensó Maki sorprendida—, pero me descubrieron y me encerraron, creo que me pusieron en cuarentena. Me tratan como a un zombi. Maaaakiiii, daaaaame tu cereeeeebrooooo.

    —Eh... no, gracias, aún lo necesito.

    —Aguafiestas —refunfuñó, pero pronto volvió a cambiar su tono de voz—. Pero me escaparé, ya verás.

    “¿Aún planea venir?”, pensó de nuevo, esta vez alarmada.

    —Pero tu resfriado...

    —¡No impodta! —Una sacudida más—. Encontraré un modo de...

    —¡No vas a ir a ninguna parte! —gritó molesta una voz a la distancia, al otro lado del teléfono.

    —¡Pero...!

    —¡Pero nada! ¡Tú te quedas aquí el día de hoy a descansar! ¿Entendido?

    —¡Pero...!

    —¡He dicho!

    Un azotón de puerta.

    —Será mejor que le hagas caso a tu mamá.

    —¡Pero quería que Daichi pagara mis chocolates! Porque no ha llegado, ¿verdad?

    Había acertado. Por simple curiosidad, la chica de trenzas miró su reloj de pulso: 10:55 de la mañana.

    —Aún no es la hora.

    —Recuerda: si no llega a las 11:15, él paga todo lo que quieras comprar.

    —¿Eh? ¿Lo mío?

    —¡Claro! Te nombro suplente oficial. ¡Y ni se te ocurra perdonarlo! ¡Ya te conozco!

    La chica de trenzas no estaba preparada para castigarlo y Kasumi lo sabía; pero tenía que ponerla en condiciones incómodas: sus lazos no se fortalecían ni se debilitaban, Daichi era el tipo de chico que no reaccionaba mientras no tuviera un motivo para hacerlo, y Maki no era el tipo de persona dispuesta a abandonar sus hábitos. Alguno de los dos tendría que dar el primer paso, y mientras más alejada estuviera de aquella situación, menos presión sentirían; necesitaban ser francos y armarse de valor para dar el paso definitivo hacia una amistad reformulada o hacia la aceptación total de sus conceptos del pasado. Verlos callados, uno al lado del otro, empezaba a parecerle una escena fastidiosa y aburrida. ¿Qué más podía hacer por ese par de niños distraídos aferrados aún a las cuerdas de sus idealizaciones y atrapados en las redes de sus recuerdos lejanos?

    Comenzaba a dolerle la cabeza.

    —Siento que todo en mi cuarto se mueve.

    —Deberías dormir un rato.

    —¿Me comprarás chocolate?

    —No sé si debería.

    —¿¡Cómo que no sabes si deberías!? —Maki tuvo que alejar el auricular de su oído antes de quedarse sorda—. ¡Soy tu amiga y estoy enferma! ¡Merezco una compensación! ¡Daichi no lo dudaría y me traería uno! ¡Eres un demonio!... ¿De qué te ríes?

    —Estaba bromeando.

    —¿¡Cómo que estabas bromeando!? ¡No es justo! ¡Te burlas de una pobre enferma! Ahora tendrás que comprarme una caja de chocolates rellenos.

    —Está bien.

    —¡Gracias! ¡Qué linda! ¡Por eso te quiero! Ahora voy a dormir. Dile a Dai-Dai que me compre algo bueno.

    —Está bien.

    —Y asegúrate también de comprar algo bueno para él sin que se dé cuenta.

    —¿Eh? ¿Por qué tendría que hacer eso?

    —Porque ese era el plan.

    —¿De qué plan hablas?

    —Ya sabes: proponer que saliéramos los tres, ver qué le gusta... Nunca hubiera imaginado que se me ocurriría un plan tan perfecto.

    —Kasumi, ¿estás segura de que no tienes fiebre?

    Escuchó un suspiro y no entendió por qué, ¿intentaba decirle algo?

    —Olvídalo. Me voy a dormir, buenas noches.

    —Descansa.

    Aquella parte de la conversación le había parecido tan confusa que su mente permaneció en blanco durante varios minutos. Miró nuevamente el reloj: once de la mañana.

    —¿Por qué dijo “buenas noches”?

    Otra vez el sonido del teléfono. Había recibido un mensaje muy breve, mal escrito, quizá producto de un pánico en ascenso: “Ya hoy”. “Tal vez quiso escribir ‘Ya voy’”, pensó, y supo que tendría que buscar en dónde sentarse mientras llegaba.

    Habían acordado reunirse cerca de la fuente ubicada en el centro de una explanada, la cual estaba delimitada por varias jardineras y contaba con bancas de piedra. Quería sentarse en alguna con sombra, pero ni siquiera las que carecían de ella estaban desocupadas; consideró por un instante descansar al pie de la fuente, aunque tampoco parecía una buena opción. Tal vez podría esperar al pie de un árbol, pero Daichi no podría verla ni ella sabría en qué momento llegaría al punto de encuentro.

    Cuando estuvo por tomar una decisión, Maki notó algo extraño: una de las bancas, por alguna razón, solo estaba ocupada por un objeto que no podía apreciar con claridad a esa distancia. Luego de hacer varios intentos por enfocarlo y después de aceptar que sus anteojos necesitarían una nueva graduación lo más pronto posible, caminó para saciar su curiosidad y revelar el misterio. Aquella mancha café cobraba forma conforme se aproximaba a ella: un par de orejas puntiagudas, una cabeza, cuatro patas, algunas rayas oscuras, ojos cosidos, nariz, hocico y bigotes bordados.

    No pudo contener su emoción al verlo.

    —¡Ah, un gato! ¡Qué bonito! —Lo tomó con rapidez para analizarlo—. Es suave, pero no suelta pelusa, ¡su cara es tan simpática!, sus patas pudieron ser mejores, tiene la cantidad necesaria de relleno... —Lo abrazó con fuerza y olvidó por un momento que el resto de la gente podía verla actuando de forma ridícula—. ¡Me encanta! ¡Es muy lindo! ¡Lo quiero! —Entonces se detuvo—. Pero ¿quién olvidaría algo tan lindo aquí?, ¿su dueño estará cerca?

    Y comenzó la búsqueda visual del dueño del muñeco: una pareja a la izquierda, un grupo de jóvenes a la derecha, varias personas caminando y platicando alrededor de la fuente, algunos niños jugando, pero ninguno parecía interesado en ver hacia el sitio en donde el gato esperaba. Al parecer, en aquella plaza no había nadie que quisiera reclamarle por el atrevimiento de estrujarlo.

    —¡Qué raro! —exclamó, y luego de sentarse en aquella banca que había desocupado, colocó el peluche sobre sus piernas mientras revisaba la hora de nuevo e inspeccionaba el lugar. Nada. ¿Cuántas veces repetiría la rutina esa mañana?

    Comenzó a rascar la barbilla del gato como si se tratara de uno real mientras pensaba que, por alguna razón, nunca había considerado tener una mascota; pero tampoco había sentido la necesidad de cuidar más animales después de su experiencia con Shiro nueve años atrás. A esas alturas de su vida, quizá sus padres le permitirían por fin adoptar un perro o un gato, pero ¿realmente podría cuidar de él?

    Su momento de reflexión terminó cuando sintió que el movimiento de sus dedos se veía entorpecido por un agujero en el cuello del peluche. Bajó el rostro para verlo y descubrió que había jalado un hilo suelto sin querer. Sabía que estaría en problemas cuando el propietario apareciera y viera el gato con el cuello rasgado, con parte de su relleno hacia afuera, y por un momento no supo qué hacer. ¿Bastaría con una disculpa? ¿Había algún modo de evitar que siguiera descosiéndose?

    —¿Qué haces?

    La impresión estuvo a punto de tirarla de la banca de piedra. Con el corazón acelerado, levantó la mirada para descubrir un rostro familiar que observaba sus manos.

    —¿Es tuyo?

    —No —respondió luego de reponerse del susto—. Lo encontré abandonado, esperaba que apareciera el dueño pronto, pero ahora no sé si sea buena idea.

    —Ya veo —dijo mientras se enderezaba y miraba hacia todas partes, como si estuviera buscando a alguien con la esperanza de no encontrarlo—. ¿Kasu no ha llegado?

    —Se enfermó luego de su búsqueda intensa del palito premiado, no va a venir.

    El chico tímido suspiró aliviado: se había salvado de la paga de chocolate; pero al mismo tiempo se sentía un poco triste, en primer lugar, porque su amiga entusiasta no los acompañaría en esa ocasión; en segundo, porque había gastado dinero importante para sus golosinas por llevarle algo que quizá se desperdiciaría.

    —¿Qué traes ahí? —preguntó finalmente la chica de ojos verdes al ver que su amigo sostenía una bolsa de plástico con la mano izquierda.

    —Compensación —respondió él mientras metía la mano derecha en la bolsa y le daba a la chica una paleta de hielo del mismo tipo que dejó a Kasumi en cama—. Esta es para ti.

    —Gracias —contestó ella con una sonrisa.

    —Y esta es para ti si la quieres —continuó mientras avanzaba hacia un árbol cercano y ofrecía una segunda paleta.

    La chica de lentes miró hacia ese punto.

    —¿Con quién hablas?

    —Con la dueña del gato.

    —¿Eh?

    Había sido descubierta. Tras el árbol, con lentitud y un poco de molestia, se revelaba la figura de una niña espía solitaria: cabello rubio peinado en coletas atadas con un par de listones guindas, suéter blanco con un lazo amarillo que lo cerraba a la altura de su pecho, blusa anaranjada con cuello, falda roja tableada que se extendía hasta la parte baja de sus rodillas, calcetas blancas largas y zapatos negros. Cuando Maki vio su naturaleza repleta de nudos y listones, tuvo una idea.

    —Tómala en compensación por el descuido de la chica de allá —le dijo él mientras señalaba a su amiga, quien pudo admirar los ojos de la pequeña cuando volvió el rostro hacia ella: una encantadora mirada dorada.

    Rápidamente, la chica de trenzas se levantó de la banca para acercarse a la niña y disculparse.

    —¡Lo siento mucho! No fue a propósito, estaba distraída y no me di cuenta, ¡pero puedo arreglarlo! Dame un minuto.

    Volvió a sentarse, colocó el peluche a su lado y tomó su bolsa para buscar algo: las llaves de su casa, su teléfono, una libretita, un bolígrafo, un dulce de menta, una cartera... y hasta el fondo, un trozo de listón amarillo atado a un cristal transparente y a un cascabel.

    Tanto su amigo de la infancia como la dueña del gato observaban sus movimientos: desató con cuidado el listón para retirar el cristal y conservar el cascabel, cerró la bolsa con rapidez y tomó nuevamente el peluche, en cuyo cuello ató la cinta con un vistoso moño. Al terminar, se acercó una vez más a la niña para entregarle el juguete abandonado.

    —¡Ya está! —exclamó con alegría—. Me gustaría coserlo, pero no tengo aguja e hilo, esto servirá por el momento.

    Los ojos de la pequeña reflejaban una emoción incontenible y una gran sonrisa se dibujó en su rostro mientras abrazaba al gato con cariño.

    —¡Gracias! ¡Así será más fácil encontrarlo!

    Aquella frase logró desconcertar al par de jóvenes amigos, quienes no comprendían su significado.

    —Espera, ¿quieres decir que tú no lo dejaste aquí?

    —No —contestó ella luego de desocupar sus manos para romper la envoltura de su paleta—. Lo puse cerca del árbol y fui por una de estas. —Y le mostró a la chica de lentes un tallo de rabo de gato que había dejado en el suelo al lado del peluche—. Cuando volví, Choco ya no estaba donde lo puse, luego vi que tú lo tenías y quise pedírtelo, pero entonces llegó tu novio y...

    —¡No es mi novio! —corrigió ella rápidamente con un poco de pena.

    —Menos mal.

    —¿Qué quieres decir con eso?

    —Es que parece el tipo de chico que te dejaría plantada por quedarse en casa leyendo. —Ambos guardaron silencio ante el comentario—. Oh, ¿acerté?

    —Bueno... nunca me ha dejado plantada, pero hay alguien...

    —¡Eso no fue intencional! ¡Kasu nunca me dijo en dónde ni a qué hora nos veríamos! —protestó él.

    —¿Kasu es su novia?

    —¡No es mi novia!

    —Menos mal.

    —¡Deja de plantearlo así!

    —Es que sería raro que tuvieras una.

    Daichi sintió una puñalada en el pecho. Cabizbajo, arrastrando los pies, con la lentitud característica de una tortuga, se dirigió a la banca de piedra para sentarse.

    —Ah... estoy destinado a vivir solo por el resto de mi vida.

    —Creo que acaba de deprimirse —concluyó Maki luego de soltar una risita nerviosa.

    La pequeña comprendió entonces que se había excedido con sus comentarios. Buscó algo en los bolsillos de su suéter y, cuando lo hubo encontrado, corrió hacia el chico.

    —Lo siento —dijo, y extendió hacia él la palma abierta de su mano derecha, en donde tenía un chocolate relleno.

    —¿Chocolate?

    La emoción incontenible en la voz del chico impresionó a la pequeña que, después de parpadear un par de veces y confirmar que su regalo era ese, fue testigo de una reacción inesperada: una mirada ansiosa e infantil que nunca hubiera imaginado en una persona de su edad. Lo vio animarse de repente, tomar el chocolate, desenvolverlo con rapidez y colocarlo en su boca para disfrutarlo con alegría.

    —¡Perdonada!

    La chica de trenzas contemplaba la escena a la distancia. Disfrutaba de ver animado a su amigo de la infancia, le aliviaba saber que aún podía volverse cercano a alguien y que no rechazaba el contacto con el resto de la gente. En momentos como esos se aferraba a la idea de que él, muy en el fondo, seguía siendo el mismo que conoció en su infancia y que Kasumi era incapaz de notarlo; pero luego sacudió la cabeza para retirar aquella idea de su mente: le había costado una tarde de reflexión solitaria y un día más de distancia de ambos para comprender que el discurso iracundo de la castaña, aunque había tocado un punto importante, no estaba del todo en lo cierto, y pensar de nuevo que el pasado volvería cuando menos se lo esperara sería un gran retroceso en su camino de aceptación.

    —No es que no lo acepte ahora —le había comentado al tercer día, nuevamente a solas, en un intento por no hacer aquella discusión más larga y escandalosa cuando intentaba solucionar el problema—, es que nunca me pareció un problema tratar con alguien así; además, sus defectos tienen cierto encanto. —Levantó la mirada hacia el cielo y siguió hablándole sobre sus conclusiones—. Pero más que notar sus defectos, lo que realmente me preocupa es que ahora se desanime o se rinda con demasiada facilidad, y eso es algo que definitivamente no puedo dejar pasar... aunque tampoco sé cómo ayudarlo, no es como que empujarlo siempre sea lo más viable; es decir, quiero ser su respaldo, pero entiendo bien que no debo hacer que dependa siempre de mí.

    —Conque eso era... —dijo en voz baja su compañera de almuerzo, quien también levantó su rostro sonriente para demostrar su alivio, aunque Maki no lo viera, y se mantuvo en silencio durante un rato—. ¿Y cuándo vas a decírselo?

    —¿Decirle qué?

    —Lo que acabas de decirme. —Otra vez contemplaba ese rostro confundido—. No tienen que ser esas mismas palabras, siempre puedes pensar en una manera amable de decirle lo que piensas, solo necesitas encontrar el momento adecuado para hacerlo.

    ¿Cuándo llegaría ese momento?

    —Oye —le dijo una voz aguda desde abajo mientras sentía una serie de jalones suaves a su ropa que la hizo despertar de esa obnubilación que ni siquiera le permitió disfrutar el sabor de su paleta—, ¿viste a dónde se fue Choco?

    —¿Choco? —preguntó confundida—. Hace rato lo dejaste... ¡ah!

    En el lugar sólo quedaba el tallo que la niña rubia había llevado minutos antes.

    —¡Se escapó otra vez! ¡Sabía que debía vigilarlo mejor!

    —¿Dijiste que se escapó? ¡Pero es de peluche!

    —Eso parece, pero en realidad es un gato mágico que sale a pasear todos los días cerca del mediodía.

    —Pero... algo así...

    —¡En verdad lo hace! —interrumpió la pequeña a Daichi—. ¿Tú tampoco vas a creerme?

    El chico vio en su rostro frustrado e impotente un reflejo de sus años de soledad, aquel lapso en el que ni Maki ni Kasumi estaban en su vida, aquella etapa en la que la realidad lo golpeó para no permitir que se recuperara jamás. Y supo entonces que no podía permitir que alguien más padeciera lo mismo.

    —Te creo —respondió mientras se levantaba—, y también creo que Choco no debe estar lejos de aquí.

    —¡Ya sé! —dijo con entusiasmo—. Choco ahora tiene un cascabel, será más fácil encontrarlo si lo escuchamos.

    Por un momento, Maki no supo cómo reaccionar ante aquella propuesta. Ciertamente, ella le había atado un cascabel; pero nunca logró que sonara. Desde que lo obtuvo en el bazar de objetos antiguos hizo toda clase de experimentos para arreglar ese defecto: insertaba en él piedras, trozos de metal, balines, incluso escrupulillos de otros cascabeles; pero ninguno funcionaba. Se sintió timada, sobre todo después de que varios de los eslabones de la cadena que lo sostenía se rompieran por la antigüedad del metal, y aún así no quiso tirar ninguno de sus colguijes.

    Luego pensó en las razones para no deshacerse de ellos y no encontró ninguna. ¿No los había tirado alguna vez?

    Un tintineo la obligó a voltear hacia su izquierda.

    —¡Choco! —gritó la niña, y sin pensarlo dos veces corrió hacia el gato de peluche, que dio media vuelta para alejarse del sitio—. ¡Espera, Choco!

    —¡Imposible! —exclamó la chica de lentes— ¿Cómo es que...?

    No terminó la frase: antes de siquiera imaginarlo, Daichi ya estaba persiguiendo a ambos y ella no tuvo más alternativa que hacer lo mismo. Aceleró sus pasos para alcanzarlo y hablar con él.

    —¿Qué estamos haciendo?

    —Cazando al gato, ¿qué más podría ser?

    —¡Pero tú y yo sabemos que los gatos de peluche no pueden correr así! Es más, ¡ni siquiera pueden moverse! Esto es demasiado sospechoso.

    —Junko dijo que era un gato mágico.

    —¿Quién es Junko?

    —¡Ella! ¡Lo dijo en voz alta hace rato! No nos estabas escuchando.

    —Perdón, me distraje.

    —No importa ahora, sólo no la pierdas de vista.

    Aquella situación le parecía inverosímil. Mientras seguían con su carrera por varias cuadras, su mente intentaba ensamblar todas las piezas sueltas en un intento por buscar una razón para lo que estaba ocurriendo. Solamente se le ocurrían dos opciones: o alguien les estaba jugando una broma muy realista o verdaderamente el gato era mágico y su poder logró que el cascabel sonara. A sus dieciséis años, la única opción que consideraba creíble era la primera; pero su amigo de la infancia prefería la segunda. No conocerían la verdad hasta que el gato se detuviera o hasta que alguno de ellos lo alcanzara, y dada la distancia entre el par y el peluche y la condición física de ambos, la única con posibilidades de atraparlo era la niña que acababan de conocer.

    Y así ocurrió después de varios minutos de persecución que los dejó exhaustos: el gato, en una extraña jugada de su parte, se sentó a la mitad de la calle para esperar a Junko, quien lo atrapó sin mayores contratiempos para luego regañarlo mientras sus acompañantes descansaban en el piso y recuperaban el aliento.

    —Corre muy rápido para ser de peluche —dijo el chico casi muerto.

    —¡Ya te dije que ni siquiera debería moverse por su cuenta! —protestó jadeando su amiga.

    —¡Pero Choco hace más cosas! —comentó la niña luego de acercarse a ellos con el gato de peluche entre sus brazos—. Cuando el sol está en lo más alto, maúlla.

    —¿¡Maúlla!? —preguntaron ambos al unísono.

    —¡Maúlla!

    Y lo hizo.

    Estupefactos, Maki y Daichi mantuvieron la vista fija en el gato que por un momento les pareció real: un lengüetazo a su pata, su pata acercándose a su oreja para rascarse con delicadeza, el movimiento de sus orejas cuando sacudió su cabeza, el meneo de cabeza que provocó que el cascabel tintineara, el tintineo hipnótico que al principio parecía suave y dulce y que fue incrementándose, agravándose, expandiéndose por cada parte de los cuerpos de los tres chicos, desde la punta de sus dedos hasta sus cerebros, sus cerebros que de repente les mostraron una serie de imágenes confusas, distintas, olvidadas por años, meses, días, segundos...

    Se vieron perdidos, solos ante sí mismos, en escenarios distintos de sus momentos de pánico. Era tal su confusión que ninguno supo en qué momento se desvaneció el piso ni cuándo desaparecieron las casas a lo largo de la calle, y ninguno se percató de la curiosa mirada verde que se había acercado a la ventana abierta de su cuarto al escuchar un par de voces familiares.

    No supieron en qué momento desaparecieron de su mundo, y ninguno pudo escuchar la frase de la chica castaña que fue testigo de la aparición de un halo bajo el grupo que no pudo distinguir a tiempo:

    —Creo que la fiebre está haciendo que vea cosas.

    Y cerró la ventana para volver a dormir.
     
  7. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Yo senti que en el capitulo anterior tenias mas soltura y confianza al escribir. En este parece algo un tanto guionado, no digo que este mal es solo lo que pense mientras lo leia. Por otra parte te recomiendo que si quieres contar algo importante de un pesonaje cuida que no opaque el momento actual de la trama, intenta acoplarlo a la situación y sacale el mayor probecho posible

    Con respecto a este capitulo me gusto, como recomendacion (y podria ayudarte con eso de contar cosas importantes sin joder la trama) puedes hacer un off al final del capitulo con un careo entre dos o mas personajes y que cuenten un poco el adelanto de la parte escondida de la trama y de paso te ayudara a meter la historia de un personaje que quieras contar para seguir alimentando el misterio 1 o 2 capitulos mas. Este es un recurso muy usado en DxD por ejemplo.

    De nuevo espero seguir leyendote. Sigue asi!
     
  8. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    De hecho, esa era la idea xD

    Suena bien, aunque es de los estilos que menos me gustan ._. Estoy segura de que en algún capítulo lo hice, el problema es si estamos pensando en el mismo recurso narrativo xD Pero estoy segura de que este capítulo no es.

    -----------------------------------------------

    Capítulo 4. Luz tenue

    Vio su mano extendida hacia el cielo, con la palma hacia arriba, como si quisiera atrapar una nube; pero no tenía fuerzas para moverse, solo podía admirar el color azul profundo que parecía cada vez más distante. Y ese azul profundo, tan parecido a los ojos de Daichi, se convirtió después de un parpadeo en un violeta funesto atravesado por una serie de rayos que se reunían hasta formar una esfera alrededor de una pequeña figura borrosa que pudo relacionar con el Daichi del pasado; pero aún no tenía fuerzas para alcanzarlo, solo podía sentir cómo la angustia en su corazón aumentaba conforme seguía alejándose. Y aquella visión tan amada y tan aterradora a la vez, luego de otro parpadeo, se transformó en un espacio oscuro de cuyo fondo emergía una luz tenue, un punto blanco, una figura que parecía acercarse con rapidez: un pájaro albino con ojos cerceta que inevitablemente atravesó su pecho para recordarle la existencia de su potencial, el conocimiento adquirido meses atrás, la voluntad que mueve todo en el mundo y el juramento que hizo por medio de su deseo.

    “Deseo proteger”

    Y después de parpadear por cuarta vez, el escenario volvió a ser invadido por ese azul profundo manchado con nubes que se alejaban a gran velocidad, y a pesar de verse hipnotizada por él, el destello de la gema del aire le hizo recordar que debía recuperar el valor perdido para cumplir su palabra.

    Giró como pudo mientras tomaba su amuleto protector con una mano y sostenía sus anteojos con la otra, y analizó la situación antes de mirar completamente hacia abajo: su amigo de la infancia descendía a su derecha mientras abrazaba a la niña, quien se aferraba a su gato de peluche. El grupo se acercaba al castillo cada vez más rápido, y si no actuaba pronto, no habría nada que los salvara de la caída.

    Un movimiento circular con la mano derecha y la flexión de sus dedos para formar un puño como cuando envolvió a Ayame en una esfera durante su primer ataque al castillo; pero esta vez, al cerrar el puño, extendió el brazo a su costado para conseguir el efecto deseado: una burbuja de aire que los protegiera del viento agresivo que los golpeaba durante la caída. Pero aún faltaba algo y ella lo sabía: estiró sus brazos hacia la tierra, colocó la palma de su mano izquierda sobre el dorso de su mano derecha extendida ahora hacia adelante, y se concentró para formar una serie de barreras invisibles que iban destruyendo conforme descendían. Aquella serie de impactos frenaron la esfera lo suficiente para que su caída, aunque abrupta, provocara la menor cantidad de daño posible; pero no todo podía ser perfecto: a pocos metros de tocar el suelo, la burbuja se desvaneció. No tenía tiempo para crear una nueva, por lo que la elemental de aire hizo un nuevo movimiento para desviar la trayectoria de sus acompañantes y hacerlos caer en un estanque.

    Lo último que pudo ver antes de cerrar los ojos fue a Daichi intentando alcanzar su mano.

    —¡¡Maki!!

    El rostro decidido de la chica fue cambiada de golpe por la oscuridad del agua tras la zambullida.

    Vio su mano dirigida hacia un lugar incierto, como si aún tuviera esperanzas de alcanzar a su amiga de la infancia para salvarla; pero era en vano. Sentía el cuerpo pesado y el corazón adolorido, el terror ante la profundidad del estanque que se volvía cada vez más oscuro, la falta de aire conforme iba descendiendo. Y las tinieblas invadieron todo cuando cerró los ojos por un momento para recuperar la fuerza que creía perdida tras el golpe. Sintió en ese momento una corriente que lo empujaba hacia arriba, pudo abrir los ojos para contemplar cómo se aclaraba cada vez más el estanque, cómo aparecía ante él, en la superficie, una luz tenue que se filtraba, el sol que resplandecía en lo más alto y que anunciaba su pronta emergencia.

    Al sentir su cabeza sobre el agua, abrió la boca para tomar aire e hizo un esfuerzo más para hacer que la cabeza de la niña rubia también saliera del estanque. Un débil tosido le indicó que ambos, de alguna manera, estaban a salvo.

    —¡Vaya forma de caer! —dijo la voz de una niña pelirroja acuclillada a orillas del estanque, y su comentario la hizo acreedora de un golpe en la cabeza—. ¡Auch!

    —¿Qué clase de bienvenida es esa? —preguntó una segunda voz perteneciente a una mujer vestida en escala de azules.

    —Se me escapó… ¡Pero es verdad! ¡Fue algo inesperado e increíble!

    —¡Ya basta de eso! —la regañó—. Ayúdame a sacarlos de ahí.

    —¡Pero sólo necesitas darles un empujoncito más!

    —Eres muy molesta a veces.

    E hizo un movimiento hacia arriba con sus dedos índice y medio. Una corriente de agua rodeó los cuerpos de los visitantes casi ahogados y los colocó en tierra firme. De inmediato, una pequeña fogata apareció cerca de ellos para brindarles calor.

    —¿Están bien? —preguntó una voz amable que se acercaba: una joven de mirada dulce con un gesto de preocupación.

    —Sí… creo que sí —respondió Daichi, quien parecía inquieto—. ¿Qué pasó con Maki?

    —¡Estoy bien!

    —¡Ya lo veremos!

    Un quejido. Varios metros adelante, al otro lado del estanque, la Madre Naturaleza cobraba venganza al desvanecer la red que había creado con lianas para que la salvadora del grupo cayera sin poder evitarlo.

    —¿Por qué hiciste eso? —reclamó.

    —¡Porque lo mereces! ¡Olvidaste de nuevo la primera regla de defensa!

    —¡Pero cumplí la segunda!

    —¡No me importa! ¡Mientras yo esté viva, siempre debes cumplir la primera!

    —¡Maki! —gritaba Sachiko a la distancia— ¡Interpreta eso como un “Me preocupé mucho por ti, no lo vuelvas a hacer”!

    —¡Nu-nunca dije eso!

    El chico suspiró aliviado, más tranquilo, quizá con menos frío por la fogata; pero su calma total no volvería hasta hacer una pregunta más a la pequeña persona que estaba a su lado.

    —¿Y tú cómo estás? ¿Te hiciste daño?

    La vio negar con la cabeza.

    —Choco está mojado, pero está bien, aunque creo que tiene frío. —Y lo acercó un poco más al fuego antes de estornudar y tiritar.

    —Creo que la fogata no es suficiente para secarlos. —Koharu miró a la mujer azul con cierta curiosidad y emoción que intentaban parecer responsabilidad y madurez—. Nana, ellos necesitan cambiarse, ¡deben hacerlo pronto antes de que se enfermen!

    —Podría ayudarte con eso si…

    —¡Entendido! ¡Ven conmigo!

    Antes de que alguien pudiera detenerla, la pelirroja ya había tomado la mano de Junko y la llevaba corriendo hacia una de las tantas habitaciones del castillo. La niña de ojos dorados, por su parte, se vio obligada a seguirla sin poder tomar a su gato de peluche, el cual se quedó al lado de Daichi, quien comenzó a temblar de frío como lo hiciera la niña segundos antes.

    —¿No era más sencillo que le extrajeras el agua de la ropa? —preguntó Sachiko un poco extrañada por el comportamiento de la elemental de fuego.

    —Lo era; pero está bien, parece que al fin alguien podrá usar sus hallazgos.

    —Así que eso era. En ese caso, quizá ellos también puedan usarlos.

    —Yo quería que me extrajeran el agua —susurró el chico de ojos azules.

    —Está bien —contestó complacida la elemental de agua, quien parecía esperar aquella respuesta.

    El chico veía maravillado cómo salían cientos de gotas de agua de su ropa mientras Nanami hacía varios movimientos con sus manos. Las vio flotar por un par de segundos, acumularse en una gran esfera irregular, volver al estanque como si nunca hubieran salido de ahí, y fue tanta su emoción ante el fenómeno que por un momento quiso volver al agua y salir para que lo secaran de nuevo.

    —Koharu no estará feliz con esto, pero al menos no te resfriarás. —Después de sonreírle, se agachó para tomar el gato de peluche—. Y ahora… ¿debería secar a este pequeño?

    —Será mejor que lo dejes secarse por su cuenta —intervino una voz que se acercaba—, ese pequeño no tolerará que la magia afecte su estado.

    El grupo miró hacia donde se encontraban Maki, quien no comprendía el significado de las palabras de Hitomi.

    —Bienvenidos de vuelta —saludó—, ¿qué les parece el estanque que hicimos para ustedes?

    —¡Muy frío! —contestó el chico, quien se había acercado más al fuego.

    —¿Para nosotros? Pero ¿cómo sabían…?

    —Es una larga historia.

    Esa historia comenzaría la misma noche que Daichi y Maki no pudieron ver, la que transcurría como un reencuentro feliz entre las elementales y su madre adoptiva, la misma en la que cayeron rendidas después de una serie de anécdotas interesantes y bromas mutuas.

    Una noche en donde una atípica luna menguante que se oscurecía con rapidez apareció por la ventana abierta del cuarto de Hitomi.

    Sin pedir la compañía de nadie, la guardiana del equilibrio caminó silenciosamente por el jardín del castillo hasta la torre central y subió uno a uno los escalones con calma, con elegancia, quizá con la seriedad de un condenado preparado para encarar su destino. Pensaba durante el trayecto en lo que tendría que hacer cuando estuviera arriba, después de cruzar la habitación que por mucho tiempo fue el hogar de la reina blanca, luego de abrir la segunda puerta y encontrarse frente a frente con uno de los mayores temores que cualquier persona de ese mundo pudiera tener. Pero no pudo seguir pensando ni mantenerse callada cuando apareció ante un par de guardianes preocupados por la situación a la que se enfrentaban: una fisura diminuta, casi invisible, en la parte superior del cofre blanco.

    La severa mirada cobriza de Haruki se posó en la figura de la recién llegada.

    —Él no sabía nada sobre ese día, ¿qué significa esto, Hitomi?

    —Es imposible que lo sepa si no establece un enlace con su predecesor.

    —Más importante que eso —intervino la de cabello plateado—, la visión de Yuki falló, ellos no eran la respuesta.

    —La visión de Yuki nunca falla, aunque siempre encuentra una forma para parecer errónea. Ellos volverán y…

    —¿Cuándo volverán? —interrumpió nuevamente Mitsuki, pero no obtuvo más respuesta que el silencio—. Es posible que lleguen cuando sea demasiado tarde, quizá cuando no podamos hacer nada por el cofre, ¿no crees que ser pacientes en estas circunstancias es la peor alternativa?

    —Nosotros apenas tenemos el poder suficiente para mantener su estado actual, en cualquier momento aparecerá una segunda fisura, repararlo en algún momento podría ser imposible, debe haber otro modo de encontrar al heredero.

    —“La luz caerá sobre nosotros” —contestó la guardiana del equilibrio—. Hasta que eso ocurra, no podemos alterar nuestra rutina: ustedes tendrán que seguir estabilizando el cofre y yo prepararé a las niñas para lo que sea necesario.

    Dio media vuelta para salir de aquella habitación con la misma cautela con la que había entrado, aún sin saber exactamente cómo preparar a las elementales para cualquier evento futuro, aunque más que eso, le preocupaba el hecho de no saber con precisión lo que ocurriría si el cofre se rompiera por completo.

    —Espera —pidió la elemental de hierba cuando su madre adoptiva terminó su relato—, ¿estás diciendo que el estanque era parte de la visión de Yuki? ¿Sabías que iban a volver hoy? ¿Por eso nos pediste que miráramos al cielo?

    —Sí, y así fue como les salvamos la vida —contestó con una sonrisa inocente—. ¿Verdad que las visiones de Yuki son muy útiles?

    En menos de dos segundos, las manos de Hana ya estaban sacudiendo el cuerpo de Hitomi mientras le reclamaba por aquella revelación.

    —¡Pudiste habérnoslo dicho desde el principio! ¡Nos mentiste!

    —No he mentido, les dije que necesitábamos un estanque en el castillo y así fue.

    —¡No dijiste eso! ¡Dijiste que al castillo le faltaban peces y por eso lo hicimos! ¿Qué clase de plan de salvación es ese?

    —De acuerdo, mentí un poquito sobre eso.

    —¡Empieza por decir la verdad la próxima vez!

    Luego de liberarse de las manos de la castaña de ojos verdes, se acercó en silencio a la orilla del estanque para ver el reflejo del sol en su superficie y agacharse por un momento para tocar el agua.

    —Pero si les hubiera dicho la verdad, estoy segura de que hubieran protestado por la forma en la que Maki y Daichi volverían a este mundo, estarían pensando en otra forma para recibirlos, y tal vez esa nueva idea alteraría la secuencia de los hechos. —Se levantó despacio y miró después hacia arriba—. Las visiones de Yuki anuncian situaciones que no deben ser alteradas por alguna razón, y aunque a veces parezca que son falsas, siempre se cumplen. —Volvió el rostro hacia ellos mientras limpiaba algo con un pañuelo—. Además, creo que era el único modo exitoso de forzar el restablecimiento de sus enlaces con este mundo; aunque parece que Maki los recuperó más rápido que Daichi, ¿o me equivoco? —Dirigió su voz hacia él—. Parecías confundido cuando caíste en el estanque.

    La precisión de sus sospechas hizo que Daichi inclinara la cabeza, apenado por haber sentido temor ante la situación inesperada: caer sin poder detenerse, sujetar con fuerza a la niña aterrada que no soltaba al gato de peluche, mirar a su lado y descubrir que su amiga de la infancia mantenía la vista en el cielo, en una especie de trance espeluznante que no la dejó moverse ni reaccionar durante algunos segundos, y después, de la nada, ella había girado con rapidez para protegerlos. Fue hasta que él estuvo dentro de la esfera que logró ver con claridad las ruinas de la ciudad que no pudo explorar la primera vez que estuvo en ese mundo, y solo hasta entonces entró en ese estado hipnótico que había experimentado la chica momentos antes: el enlace restablecido entre ese mundo y su vida.

    —¿Daichi? —llamó Sachiko, quien se había inclinado para ver el rostro del chico perdido en sus pensamientos.

    —¿Eh? —dijo al salir de su embelesamiento, ligeramente desorientado. Quizá por eso vio en la elemental de tierra un rostro que le causaba nostalgia—. Sí, solo pensaba…

    —Tienes razón, se ve mejor así —interrumpió Nanami, quien también se detuvo frente a él para verlo, y el chico no entendía de qué hablaban.

    —¡Yo también quiero ver! —Y Hana se acercó con rapidez atraída por la curiosidad—. No está mal, me recuerda mucho a cierto niño de siete años que…

    —Querrás decir que lo ves más joven y agradable.

    —¡Eso! Tú siempre me entiendes, Sachiko.

    —Basta ya o el chico comenzará a asustarse —pidió la guardiana del equilibrio, quien también avanzó hacia el grupo y extendió la mano derecha para darle algo a Daichi—. Te los devuelvo, aunque parece que no los necesitas.

    En la mano de Hitomi, un par de anteojos redondos con las varillas desajustadas le hicieron comprender que su secreto había sido descubierto. Lo único que pasó por su cabeza en ese momento fue una pregunta cuya respuesta esperaba que fuera negativa: ¿se habría dado cuenta Maki?

    —No los necesita, —Se había dado cuenta—, Kasumi… una amiga de nuestro mundo me había dicho algo sobre eso hace tiempo, pero me pidió que guardara el secreto.

    “Kasu es incapaz de guardar un secreto”, pensó, y quiso reclamarle cuando pudiera verla de nuevo.

    —Si no los necesita, ¿por qué los usa? —preguntó Nanami en un intento por llenar el hueco investigador que había dejado Koharu, quien aún no regresaba.

    —No lo sé, nunca me lo dijo y no podía preguntárselo a Daichi.

    —¿Y los tuyos son iguales?

    —No, yo sí los necesito.

    —Entonces si te los quito…

    —No es buena idea y nunca lo será.

    Sonrió con nerviosismo y alejó sus manos del rostro de Maki, quien le dirigió una mirada intimidatoria al descubrir sus intenciones.

    —Es inútil —dijo el chico después de intentar arreglarlos—, parece que no podré usarlos durante un tiempo. —Y se acercó a la chica de trenzas para dárselos—. ¿Me los guardas?

    —Está bien —contestó para luego tomarlos, abrir su bolsa y guardarlos—, es una lástima, se te veían bien.

    Fue inevitable para él sonrojarse y volver a ser, por unos segundos, el chico extremadamente tímido que no podía hablar.

    —Maki tiene un pésimo gusto —cuchicheó la castaña de ojos verdes, y las dos elementales restantes, quienes pensaban que los anteojos redondos debieron haberse perdido en el estanque para siempre, asintieron para apoyar el comentario.

    Pero fue gracias a eso que la chica de trenzas pudo ver, después de guardar aquel armazón arruinado, una tenue luz blanca en el centro del cristal transparente.

    —¡Ah, brilla! —dijo mientras lo tomaba y lo mostraba al resto del grupo.

    Las elementales, quienes intentaron acercarse para admirar el prodigio, se distrajeron al escuchar una serie de voces provenientes de la zona sur del castillo.
     
  9. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Muy bueno, sigues mejorando conforme pasan los capitulos. Tu redaccion mejoro bastante y estas nabejando bien los ambientes. Me gustaria que explotaras mejor los personajes, siento que tienen mas que decir aparte de lo que dicen. Ojala pueda ver mas de eso adelante. Sigue asi y continua mejorando!
     
  10. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Capítulo 5. Vestido

    La carrera de Koharu con Junko a rastras terminó dos pisos arriba, frente a una puerta blanca con una estrella de dieciséis picos grabada en oro. Maravillada, la niña rubia observó la figura mientras pudo, antes de que la pelirroja la abriera y le dijera, con emoción incontenible, que habían llegado por fin al lugar en donde guardaba sus tesoros.

    Los ojos dorados contemplaron aquel sitio repleto de objetos: trajes de todo tipo, talla, color y estilo; joyería variada para complementar cada una de las prendas; zapatos y otros accesorios que no pudo entender para qué servían. Entre todos ellos, como si estuviera esperándola, un vestido blanco largo con holanes y con listones y moños dorados llamó su atención.

    —¡Ah! ¡Ese es muy bonito! —dijo mientras lo señalaba— ¡Siempre quise uno así!

    —¿Verdad? —exclamó su guía—. Intenté ponérmelo, pero no me quedó, tal vez a ti sí, ¿quieres probártelo?

    —¿No hay problema si lo hago?

    —¡Claro que no! Además, si lo hubiera, tenemos como excusa que tu ropa se mojó. —La vio vacilar—. ¡Anda! ¡Yo te ayudo!

    Comenzó de ese modo su primera ronda de cambios y de conversaciones. Descubrió entonces que la recién llegada se llamaba Junko Tachibana (¡Ella también tenía apellido! ¡Genial!); que era la primera vez que había visto a Daichi y a Maki, pero que le caían bien, aunque con ella no pudo hablar tanto como con él; que vivía con sus padres (¡Qué bonito debe ser conocerlos y vivir con ellos!), aunque no solían estar en casa al mismo tiempo, pero que el día anterior lograron coincidir para celebrar su décimo cumpleaños (“la edad indicada para comenzar su entrenamiento como guardiana espiritual”, pensó la de ojos rojizos, quien había sido advertida, al igual que el resto de los magos, de la llegada del nuevo mago blanco; aunque no esperaba que fuera tan joven).

    Entonces ella quiso saber más sobre el sitio al que había llegado; pero la pelirroja solo pudo explicarle que se trataba de un mundo mágico en donde todos los que llegaban tenían lo necesario para realizar conjuros, que ella podía controlar el fuego, que el resto tenía otras habilidades (¡Sí, también Daichi y Maki! Aunque de Daichi no sabían mucho) y que...

    —¡Ah, es cierto! —dijo mientras ataba el último listón del vestido y enderezaba su cuerpo para presentarse como debía—, me llamo Koharu; pero si te parece muy largo, puedes decirme Haru o Koko o Koru o como se te ocurra... excepto Haha, creo que esa no sería la mejor opción para un apodo.

    —Entonces Haru, me gusta más.

    —¡Haru, entonces! —aceptó con alegría.

    Y volvió a tomarla de la mano para llevarla afuera, nuevamente a rastras, aunque con menos resistencia de parte de Junko, quien parecía emocionarse cada vez más al contemplar el castillo. En el piso inferior, en perpendicular a las habitaciones de invitados, un salón amplio que anteriormente había sido utilizado para varias celebraciones y en cuyo fondo, tras un ventanal cerrado por muchos años, fue condicionada una terraza que permitía la vista completa del patio de entrenamiento y de la entrada en el muro oeste del castillo. En la planta baja, tras una puerta de caoba con adornos de ocre (¿esa puerta siempre estuvo ahí?), el salón del trono en todo su esplendor después de una ardua tarde de limpieza. A la izquierda, la habitación con mesa redonda y once sillas que las elementales habían utilizado como sala de reuniones; y continuaron su paseo hacia la zona sur del castillo, sin detenerse a examinar tres puertas más: la de una sala de descanso que conducía a un pequeño jardín, la del estudio del rey en donde escribía edictos y reflexionaba sobre los casos difíciles, y la de la biblioteca, que ante los ojos dorados parecía recién terminada (el castigo por quemarla era tan notorio que Koharu no quiso hablar sobre el tema con su compañera de recorrido).

    En todos los casos, era inevitable admirar el jardín central: casi siempre rodeado por arcos que separaban los andadores y el pasto, con algunos árboles frutales y otros de maderas finas, con aves dormidas y despiertas en sus ramas, con flores de todos los colores bien cuidadas en zonas dispersas, con un espejo de agua casi en su centro... La pequeña pensó que la vista del jardín desde la torre central, la que delimitaba su extensión hacia el este, debía ser la mejor de todas. Quiso averiguarlo y decirle a su guía que la acompañara para averiguarlo.

    —Haru...

    —¿Qué pasa, Jun-Jun?

    No pudo hacerlo. A la distancia, cerca de entrada de la torre, un par de siluetas le hicieron olvidar su petición.

    —¿Quiénes son ellos?

    La guía inquieta volvió el rostro hacia donde Junko miraba y reconoció de inmediato a los custodios del cofre blanco.

    —¡Ah! Ellos también son magos, pero no sabemos bien qué hacen. De lejos parecen personas frías, pero en realidad son muy agradables. Te los presentaré. —Agitó el brazo para llamar su atención mientras gritaba sus apodos—. ¡Hakki! ¡Mikki! ¡Por aquí!

    Lo que se esperaba que fuera una presentación feliz se convirtió en una avalancha de situaciones inesperadas: al atender el llamado de Koharu, los pajes de la reina blanca notaron a su acompañante y, sin pensarlo dos veces, corrieron hacia ella para observarla con cuidado.

    —Es perfecto —dijo él.

    —Ni muy largo ni muy corto —contestó ella, y comenzó de nuevo ese hábito de intercalar sus comentarios.

    —Y los volantes son bonitos.

    —Aunque ese moño está mal hecho.

    —Este también, arregla ese y yo arreglo este otro.

    Y así lo hicieron.

    —Y las coletas están algo enredadas.

    —Es cierto, y esos listones también están un poco sueltos.

    —Bueno, tú peina esa y yo peino la otra.

    Y sacaron un par de cepillos para arreglar su cabello, aunque Koharu no comprendía por qué los pajes los llevaban consigo ni en dónde los tenían guardados. Hana hacía lo mismo; pero sabía que ella era un bicho raro y no le preocupaba averiguar sus razones a pesar de que Nanami le explicó en cierta ocasión a qué se debía (¿Cómo dijo? Vana... Vani... ¿Qué?).

    —¡Listo! —dijeron los pajes al unísono cuando terminaron su labor, y contemplaron nuevamente a aquella niña que no habían visto jamás, pero que suponían quién era.

    —Si nuestra ama la viera...

    El comentario del chico hizo que su compañera de responsabilidades cambiara su rostro emocionado por uno de nostalgia.

    —Si la viera...

    Un momento de silencio que parecía doloroso y que Koharu no lograba entender, pues era difícil hablar con ellos sobre su pasado.

    —¿Su ama? —se animó a preguntar Junko en un intento por recuperar el sonido de aquel instante sin palabras.

    —Nuestra ama se fue hace mucho —continuó Mitsuki mientras intentaba cambiar su semblante—, una de las últimas cosas que hizo fue arreglar ese vestido, su ilusión que alguien se lo pusiera, estoy segura de que le hubiera encantado verte con él.

    —¿En verdad puedo usarlo? —preguntó nuevamente, aún con la inquietud de alguien que toma prestado un objeto muy valioso sin permiso.

    —¡Por supuesto! Te sienta bien.

    —Muy bien... —murmuró Haruki con la voz entrecortada, con la cabeza inclinada hacia abajo y con los puños cerrados y temblorosos, y las tres creyeron por un instante que estaba molesto—. No puedo resistirlo más, esto es... es...

    —Haruki, ¿estás...?

    Un gran salto hacia adelante y un abrazo fuerte a la niña de ojos dorados desconcertó a las tres.

    —¡Es adorable! —dijo mientras restregaba su mejilla contra la de Junko, quien no entendía lo que estaba pasando—. ¡Es la niña más linda del mundo! ¡Quiero estrujarla! ¡Quiero quedarme así por siempre!

    Y fue ese escándalo el que obligó a los magos a interrumpir su momento de contemplación del cristal que Hitomi le había dado a Maki tres meses antes.

    —¡Suéltala! ¡Suéltala ahora! —insistía una voz femenina que forcejeaba.

    Los guardianes se apresuraron; la repetición de la frase comenzaba a preocuparlos.

    —¡No! ¡No quiero! —se quejaba una voz masculina.

    —¡Te digo que la sueltes! ¡La estás asfixiando!

    Cuando el grupo llegó al lugar de los hechos, nadie podía comprender cómo se había originado esa escena incómoda: frente a ellos, Mitsuki y Koharu jalaban con fuerza los brazos de Haruki, quien se negaba a soltar a Junko.

    —¡Déjenme! ¡Quiero abrazarla por siempre!

    —¡Si sigues así, ella se asustará y no volverá a acercarse a ti!

    —¡Por favor! ¡Cinco minutos más!

    —¿Cinco minutos? ¡Cinco es demasiado!

    —Haaaa-ruuuu-kiiii.

    Al escuchar su nombre, el chico volvió el rostro hacia la derecha, en donde el grupo recién llegado los observaba. En el centro, con una mirada severa y con la mano izquierda lista para chascar los dedos, Hitomi amenazaba con castigarlo.

    —¡Está bien! ¡Me rindo! —Y la soltó.

    —Creí que ya habías aprendido a controlar ese lado tuyo tan... no sé cómo llamarlo.

    —¿Pervertido? —se arriesgó a adivinar Maki, a pesar de que pensaba que un pervertido no podía ser tan inocente.

    —¡No soy un pervertido! —alegó el ofendido con molestia que se convirtió después en un gesto infantil—, es sólo que no puedo contenerme ante cosas tan tiernas y adorables y... ¡Mírala! ¡El vestido le queda muy bonito! ¿No te dan ganas de abrazarla?

    Un golpe en la cabeza de parte de su compañera de años y labores lo hizo callar.

    —Respeta a tus superiores.

    —¡Pero tú y yo tenemos el mismo rango!

    —¡No hablo de mí! ¡Hablo de ella! ¡De ella!

    Los elementales miraron a la niña y su nueva vestimenta a juego con un par de zapatos dorados que también le había prestado la guardiana del fuego.

    —Odio estar de acuerdo con este tipo, pero...

    —Sí, yo también creo que el vestido le queda bien.

    Era una de esas ocasiones milagrosas en las que Hana y Nanami parecían tener más gustos comunes que diferencias. Quizá por eso nadie se tomó la molestia de explicarles a los recién llegados a qué se refería Mitsuki con su última intervención en aquella reprimenda que parecía no tener fin, pero que había pasado a segundo plano. Y todos parecían tan concentrados en admirar cada detalle del vestido modelado que les pareció completamente normal y adorable que la niña, en la primera oportunidad que tuvo de moverse por su cuenta en aquel lugar desconocido, corriera hacia el chico de ojos azules y jalara repetidamente una de las mangas de su sudadera para llamar su atención.

    —Daichi —dijo asustada—, ¿qué es este lugar?, ¿quiénes son ellos?, ¡no entiendo nada!

    Estaban tan ocupados en satisfacer sus respectivas curiosidades que habían olvidado ayudar a Junko en aquella transición de mundos. Meses atrás, cuando Daichi despertó en una habitación desconocida, Nanami se había encargado de explicarle en dónde estaba y él había recibido la noticia con alegría, pues soñar con lugares maravillosos había sido una situación constante en su infancia. Pero Junko se enfrentaba a una situación en la que todos se conocían entre sí, en la que había recibido un cambio de ropa para ser expuesta como una muñeca de porcelana, y en la que estaba siendo guiada por los pasillos de un castillo nunca antes visto sin rendirle explicaciones. Los antiguos pajes de la reina blanca se habían emocionado tanto que jamás se detuvieron a pensar en aligerar sus pasos angustiosos, y Koharu, aunque intentó adelantarle algo sobre su situación, no supo realmente por dónde empezar.

    “El cambio nunca ha sido sencillo”, pensó Daichi, y se vio de nuevo en aquellos tiempos en los que nada a su alrededor parecía tener sentido. Quiso huir al creer que no merecía ser perdonado por olvidar aquellos temores a los que, después de varios años, intentaba restarles importancia; pero la mano delgada de Maki, que por un instante se posó sobre su hombro con suavidad, detuvo la frustración que pretendía obligarlo a retroceder.

    Lentamente, ella inclinó el cuerpo hacia adelante para hablar con la pequeña.

    —Tranquila, son nuestros amigos.

    —¿Amigos?

    Y miró a su alrededor para contarlos: Maki, quien los había salvado minutos antes de una caída terrible; Daichi, con quien había conversado mucho antes de llegar a ese mundo y quien parecía comprenderla; una joven de cabello azul con mirada tranquila como el agua; una castaña de ojos verdes con un perfil que no encajaba con su personalidad; otra castaña con mirada dulce y sonrisa segura que se había mantenido al margen de los acontecimientos; una mujer de ojos grises que actuaba como la madre de todos y que aún le inspiraba desconfianza; una chica de cabello plateado y de ojos lilas que hizo todo lo posible por detener a su acosador; un chico del color del atardecer y el porte majestuoso del sol que en realidad tenía un corazón puro; y Haru, la niña pelirroja hiperactiva que le ayudó a evitar un resfriado seguro al prestarle un vestido que, al parecer, era un tesoro para los siervos sin amo.

    Nueve nuevos amigos, ¿tantos en un solo día?

    —Sí —contestó (¿a cuál de las dos preguntas?)—, y este lugar, aunque parezca extraño, es el mundo mágico en donde nació Choco.

    ¿Quién hubiera imaginado tanta emoción retratada en el rostro de la niña?
     
  11. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Aunque este capitulo fue mas corto no dejo de ser bueno. Metiste al lector en la trama, pero ahora viene lo dificil que es seguir alimentando sus ganas de seguir leyendo. Espero que nos tengas alguna sorpresa para el proximo capitulo. Todo lo demas bien, sigue asi!
     
  12. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Nope, este capítulo no es el de la trama para picarse, lo siento mucho xD

    Capítulo 6. El conjuro de la estrella

    Aquella presentación tradicional de rostros y voces decía más de lo que esperaba.

    Koharu, la niña animada que le había dado ropa para cambiarse, era tres años y siete meses mayor que ella. Le gustaba correr por el campo, trepar árboles, usar su elemento para encender hogueras y leños en momentos variados como aquel mediodía. Inquieta y entusiasta, había pasado aquellos meses investigando hasta el más remoto y empolvado rincón del castillo para conocerlo mejor y encontrar pistas importantes sobre ese mundo deshabitado. Era, a pesar de la brusquedad con la que actuaba en ocasiones, una persona agradable.

    Hana, dos meses mayor que Daichi, le pareció la más extraña de todas no por su habilidad sobre las plantas ni por bajar una fruta del árbol más grande del jardín del castillo en una temporada atípica de producción, sino por su carácter voluble: se había presentado como una persona apacible, cariñosa y delicada; pero explotó ante el primer comentario malintencionado de Koharu. Confundida, Junko miró de reojo a Maki y a Daichi, quienes sonreían con nerviosismo. Supo entonces que aquello era normal y decidió seguir observando la escena en silencio.

    Sachiko tenía dieciocho años y era la segunda, pero por alguna razón había tomado el rol de hermana mayor. Al parecer, ella tenía la habilidad para conciliar a sus tres hermanas adoptivas y pensar con objetividad y lucidez en las crisis. A Junko le intrigaba su naturaleza con toques de masculinidad, desde el cabello corto hasta su postura relajada con las manos ocultas en los bolsillos de su abrigo pardo. Su magia, la relacionada con la tierra, fue demostrada precisamente en un intento por detener una nueva riña entre la Madre Naturaleza y la niña pelirroja: sus rocas castigadoras eran armas dignas de temer.

    Nanami, la mayor en años, estaba a un mes de cumplir veinte y se presentaba mientras intentaba ignorar el escándalo detrás de ella. A pesar de tener la autoridad natural de dar instrucciones y repartir regaños, su carácter blando no le permitía controlar a dos fierecillas conflictivas que discutían hasta por el menor detalle. Perdía la paciencia con facilidad, pero lograba disimular su enojo y solo lo expresaba cuando este la rebasaba; aún así, Junko se dio cuenta de que era la más cariñosa de las cuatro. Su habilidad, el control sobre el agua, fue demostrada con la creación de un ser líquido bailarín como el que había utilizado tiempo atrás para explicarle a Maki los detalles del conjuro de intercambio.

    Y estaban también los pajes de la reina blanca, quienes solo le dijeron sus nombres.

    —¿Y cuántos años tienen? —se animó a preguntar, y ambos se mostraron pensativos.

    —¿Tú sabes, Haruki?

    —No tengo idea, supongo que tú tampoco.

    —Y aún si supiera, ¿cuenta el tiempo que estuvimos congelados en la torre?

    —No lo creo, ¿o sí? —Se rascó la cabeza—. Nosotros no envejecemos, sería difícil determinarlo.

    —Si sumáramos todo, tal vez tendríamos unos 13.

    —No lo sé, no nos vemos de 13, ¿qué tal 21?

    —Quizá 21 sea demasiado, ¿qué tal tres?

    —¡Somos demasiado viejos para tener tres años!

    —No entiendo —les dijo Junko en voz baja a Maki y a Daichi.

    —No te preocupes, no es relevante si no envejecen —respondió la chica con el mismo nivel de voz.

    —Ustedes nacieron con la naturaleza del mundo y se han reincorporado al ciclo múltiples veces, deben tener unos 800 años —intervino entonces Hitomi, quien se había ausentado durante la ronda de presentaciones luego de decir su nombre y su rol en aquel sitio.

    —¡No somos tan viejos! —exclamaron ambos pajes al unísono.

    —En todo caso, lo único que importa es que Junko tiene edad suficiente para participar en el juego de las habilidades mágicas.

    Emocionada, ignorando la curiosidad que le causaba saber más sobre los pajes de la reina, se acercó a la guardiana del equilibrio.

    —¡Eh! ¡Un juego! —exclamó emocionada—. ¿De qué se trata? ¿Haremos magia?

    —Bueno, más bien es como un pequeño examen que servirá para saber qué tipo de magia puedes usar y qué necesitas para hacer conjuros.

    El grupo la vio levantar la mano derecha para descubrir un objeto debajo de un trozo de tela oscura: una esfera de cristal. Intrigada, Maki se acercó con rapidez y la tocó por un instante con el dedo índice para confirmar sus sospechas.

    —¿Esta es...?

    Una delgada fumosidad apareció y desapareció tan pronto como alejó el dedo.

    —Es la original —contestó la de ojos grises—. La línea hereditaria de los artesanos la ha preservado por siglos, la pedí prestada por unos días.

    —Entonces el juego consiste en poner la mano en ella, ¿verdad?

    —Exacto, ¿quieres intentarlo de nuevo?

    —Está bien —dijo, y apoyó toda la palma de la mano sobre la esfera durante varios segundos. Adentro, una serie de líneas amarillas difusas se acumularon hasta crear una nube que daba vueltas.

    —Perfecto, ahora Daichi.

    —Pero ya habíamos demostrado que...

    —¡No seas tímido, Dai-Dai! —reprendió Koharu al chico mientras le daba un golpe en la espalda que casi lo doblaba—. Todos sabemos que quieres intentarlo.

    No estaban equivocados, pero tampoco quería parecer tan obvio al respecto. De cualquier manera, el resultado fue increíble, por no decir extraño: al colocar la palma de la mano sobre el sitio que la de Maki había dejado momentos antes, una nueva serie de líneas de humo se reunieron y formaron una esfera dorada.

    —¿Dorado? —preguntó la mujer azul.

    —Pero en la historia sólo se mencionan tres colores, nunca habíamos sabido nada sobre un cuarto.

    —Tal vez sea un buen momento para pensar que eres el primero y quizá el único con ese color, ¿no lo crees? —le dijo Hitomi al chico de ojos azules, quien no parecía estar conforme con aquella respuesta, pues no le decía nada sobre su capacidad de control sobre su potencial mágico.

    —¡Yo quiero ver el mío! —pidió de repente la niña, y la guardiana del equilibrio se inclinó para que ella pudiera alcanzarla. Adentro, una nube amarilla se tornaba roja, y antes de teñirse completamente de ese color volvía al amarillo original, y así sucesivamente durante varios segundos hasta que la niña retiró su mano—. ¿Y eso qué significa?

    —Significa que aún no estás lista para usar magia, pero que lo harás tarde o temprano.

    —¿Y cuándo será ese día?

    —Cuando logres aprender lo básico.

    —¿Y qué es lo básico?

    —¿Qué será? —se preguntó Hitomi, quien miró por un instante al cielo, luego a la esfera nuevamente, y después a Koharu de reojo, quien por alguna razón parecía emocionada e inquieta, cual niña ansiosa por ver un truco tradicional de magia—. ¡Ya sé! Empecemos por el conjuro de la estrella.

    —¡Sí! ¡El de la estrella! —gritó por fin la niña pelirroja, quien levantó la mano con rapidez—. ¡Yo quiero enseñarle! ¿Puedo? ¿Puedo? ¿Puedo?

    —Está bien.

    —¿El conjuro de la estrella? —preguntó la chica de lentes.

    —¡Sí! El resultado es muy bonito. Sólo tienes que poner tus manos así, —Puso las dos palmas sobre su pecho, una sobre otra—, luego cierras los ojos, —Lo hizo—, respiras profundo, piensa en un punto brillante, y cuando puedas imaginarlo con claridad, despegas las manos lentamente mientras abres los ojos, así.

    Y la vieron seguir sus propias instrucciones: de entre sus dedos se filtraron algunos haces de luz, y pronto fue revelada ante todos una esfera de luz rojiza con centro anaranjado, y varios segundos después observaron cómo se desvanecía lentamente y regresaba a su cuerpo.

    —¡Bien! ¡Que empiece Maki! —propuso la pelirroja luego de palmotear al haberse desvanecido su estrella.

    —¿Eh? ¿Yo? —preguntó con sorpresa—. ¿No se supone que...?

    —Ni tú ni Dai-Dai tuvieron tiempo de aprenderlo cuando estuvieron aquí por primera vez, es justo que lo intenten ahora; además, tú hiciste la prueba de la esfera primero, ahora te toca hacer el conjuro de la estrella para poner el ejemplo. —La vio dudar—. ¡Vamos! ¡No seas tímida!

    No tenía más opción que hacerlo luego de guardar con cuidado el cristal blanco en su bolsa mensajera: palmas sobre el pecho, inhalación profunda, una estrella de luz azul pálida con centro blanco que daba vueltas para luego desvanecerse con lentitud.

    Para entonces, el chico ya tenía la suya formada: una estrella dorada un poco más grande, alrededor de la cual giraban diminutos destellos de colores: rojo, verde, azules claro y oscuro.

    —¿Esto es normal? —preguntó mientras veía desaparecer su creación.

    —Te nombraron Fidestella, el guardián más cercano al centro, debe ser normal —contestó la pelirroja, quien no le dio tiempo al chico para hacer preguntas o decir algo más, pues ya se encontraba frente a Junko para ver su resultado—. ¡Y ahora veremos la estrella más bonita de todas!

    —¿La mía es la más bonita?

    Koharu asintió con la cabeza.

    —Mamá dice que las estrellas blancas son las más bonitas porque brillan más que cualquiera.

    Emocionada y curiosa, la niña de ojos dorados siguió el procedimiento para crear la estrella. El resultado, sin embargo, parecía distar de lo que la elemental de fuego había dicho antes: una estrella blanca más pequeña que la de Maki que titilaba con debilidad y que estalló como una burbuja varios segundos después de que su creadora abriera los ojos.

    —¿En verdad es la más bonita de todas? —cuestionó.

    —Lo es —respondió Hitomi en su defensa—, la tuya podrá mejorar, pero primero tenemos que saber por qué es tan pequeña.

    —Tal vez Jun-Jun tiene hambre o está cansada —supuso inocentemente Koharu.

    —Tal vez aún es muy joven para crear una estrella blanca grande —intuyó Nanami, quien aún no podía creer que Junko tuviera la edad suficiente para comenzar con su entrenamiento mágico.

    —Tal vez nos tiene miedo —concluyó Hana.

    —¿Nos tiene miedo? —preguntó con malicia la menor de las elementales nativas—. ¿No querrás decir que te tiene miedo?

    Una nueva pelea entre ambas había comenzado: la niña casi adolescente sostenía lo dicho e intentaba probarlo, y la elemental de hierba hacía todo lo posible por negar cualquier argumento. Durante la disputa, Sachiko vio a la distancia una bola de pelos echada bajo la sombra, dormitando, ignorando aquel conflicto que parecía normal ante sus ojos, y decidió comunicárselo a su madre adoptiva con señas: “Está ahí”. “Llámalo”, le pidió también con un movimiento discreto de mano, y así lo hizo: un silbido, una cabeza atenta que se levantaba, la bola de pelos que corría hacia el grupo. El orgulloso guardián elemental honorario se sentó al lado de su ama para recibir de ella una caricia en la cabeza.

    —¡Ah! ¡Un perro! —exclamó con alegría la de ojos dorados, y se acercó rápidamente a él.

    —En realidad es un lobo —dijo Sachiko—, se llama Sachi, puedes tocarlo y jugar con él, es manso.

    —¡Un lobo manso! ¡Genial!

    Lo acarició primero con una mano, aún con timidez; después con las dos con un poco más de confianza; luego dejó que le lamiera el rostro, y al final, sin saber cómo, se vio corriendo tras él.

    —Has aprendido bien, Sachi —halagó la guardiana del equilibrio.

    —Sí, Sachi ha aprendido más trucos nuevos.

    —Hablaba de ti.

    Un suspiro. ¿Acaso nadie en ese castillo pensaba respetarlos?

    —En todo caso —continuó en un intento por desviar el tema—, creo que ella no nos tiene miedo; de hecho, parece que toma confianza con rapidez.

    —Eso parece —respondió el chico de cabello negro—. No fue difícil entablar conversación con ella, creo que tampoco le costará trabajo entender cómo funcionan las cosas en este mundo, incluso puede ser que se ponga feliz cuando empiece a utilizar magia.

    —¿Feliz? —preguntó Mitsuki con el tono sospechoso, quizá indignado, de quien conoce la verdad—. ¿Quién te ha dicho que el guardián blanco puede ser feliz después de aprender sobre su magia?

    No supo qué responder, ¿realmente había hecho conclusiones precipitadas?

    —Más que discutir ese tema, deberíamos pensar en lo que haremos a partir de ahora —intervino el otro guardián de la torre—. Hitomi...

    —Sí, lo sé muy bien —interrumpió ella—. En estas condiciones, es imposible que pueda invocar a Milvus.

    —¿Milvus? —preguntó la chica de trenzas, quien recordaba ese nombre de alguna parte, ¿en dónde lo había visto?—. ¿Un ave?

    —El espíritu del primer milano —aclaró la guardiana del equilibrio—. El primer artesano lo usó para forjar el báculo del mago blanco y lo llamó Milvus. Creo que por eso los guardianes espirituales tomaron aves como sus ayudantes. —Y señaló a los pajes de la reina—. Ellos dos son un buen ejemplo.

    —Ser un ave es bonito —opinó Mitsuki.

    —Aunque tener forma humana tampoco está mal —concluyó Haruki—. Pero Milvus, más que un espíritu materializado, es un elemento muy importante para que los guardianes blancos practiquen magia y reparen el cofre.

    —Creí que ustedes también podían hacerlo —había asumido el chico de cabello negro tras recordar El libro de los gobiernos.

    —Si pudiéramos, lo hubiéramos hecho cuando se manifestó la primera fisura —habló de nuevo la de ojos lilas—. Nosotros solo podemos mantenerlo estable para que no siga rompiéndose; pero el único que puede repararlo es su mago protector con el resplandor de su estrella en conjunto con su báculo.

    —Además, tenemos otro problema —retomó el guardián del sol mientras miraba la esfera de los potenciales, aquel objeto mágico bajo la custodia temporal de Hitomi—: el humo rojo.

    —No hay modo de que Junko renueve la estrella blanca mientras no entendamos por qué su voluntad es inestable, y tampoco creo que descubrirlo sea un trabajo tan simple como preguntarle si tiene miedos o preocupaciones.

    —¿Y por qué no? —preguntó la elemental de fuego al escuchar la declaración de la guardiana de la luna—. A mí me preguntaron a qué le tenía miedo y me ayudaron cuando les expliqué mis razones, así encontraron una solución y pude usar magia.

    —Pero son situaciones diferentes —contestó Sachiko—, tú sabías todo lo que implica ser un guardián elemental en este mundo; pero ella no.

    —Entonces hay que contarle la historia.

    —¿Y quién va a...?

    Sachiko detuvo su pregunta a medio formular y, al igual que otras siete miradas, posó la suya en la persona que les había contado la historia de Asteregius en tres minutos.

    En ese momento, Daichi comprendió que tendría que asumir nuevas e inesperadas responsabilidades: “Supongo que es parte del trabajo”, se dijo, y empezó a planear la ruta que tomaría para contarle a Junko todo lo que tenía que saber antes de que anocheciera.

    ------------------------------

    Avance del próximo capítulo: ¡Un recordatorio completo de tooooooooooodo lo que aprendimos en el arco 1!
    No es cierto, sólo quería anticiparles que nadie tendrá que leer esas explicaciones de nuevo (por fortuna).
     
  13. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Interesante, manejaste bien el desarrollo del capitulo aunque me hubiera gustado algo mas de emocion (mi gusto personal solamente) pero de todas formas fue entretenido. Ojala el siguiente puedas empezar a profundisar aun mas la historia de los personajes de a poco. Me parecio buen y sigue asi!
     
  14. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Oh, sí, profundidad :3 A eso voy, a eso voy. Adelantaré un poco la publicación de esta semana.

    Capítulo 7. Predecesores

    Aunque era larga, la historia le pareció tan interesante a Junko que no paraba de hacer preguntas que guiaban la narración, y aquella dinámica fue del agrado de todos. Sin embargo, Daichi no tardó mucho en comprobar algo que sabía de antemano: aunque conociera a grandes rasgos la información sobre el origen del mundo mágico y la elección de los guardianes, existían ciertas particularidades que aún eran un misterio para él y que también le intrigaban. Aquella serie de interrogantes sin respuesta, finalmente, lo convencían cada vez más de que no era momento de hablarle a la niña sobre los sucesos narrados en El libro de los gobiernos, después de todo, ¿cómo podría hacerlo cuando ni siquiera estaba seguro de haberlo comprendido?

    De cualquier manera, el chico hacía todo lo posible por contestar sus dudas:

    —¿Entonces las gemas eligen a los magos por sus cualidades?

    —Así es.

    —¿Y cuándo saben los elegidos que lo son?

    —Cuando la gema que los elige aparece ante ellos.

    Un inocente gesto de sorpresa en el rostro de la niña rubia le dio a entender que el interrogatorio no terminaba ahí.

    —¿Y cuándo saben los predecesores que sus sucesores ya nacieron?

    —No lo saben de antemano; pero creo que brillan y los guían hacia sus sucesores para que los conozcan —contestó mientras pensaba si era correcta su respuesta, ¿tendrían alguna forma de comprobarlo?—. Aunque el caso de Maki fue un poco distinto.

    —¿En serio? ¿Y cómo fue?

    —Bueno... —¿Por dónde debía comenzar? ¿Cómo debía contárselo sin que preguntara más detalles al respecto?—, un día me cayó su dije en la cabeza, lo recogí, me pareció bonito y pensé en regalárselo porque ella me había regalado esto. —Y sacó de la bolsa derecha de su pantalón la corona del pacto: dorada, reluciente, con su listón amarillo firmemente atado en la base.

    Los ojos de Junko resplandecieron al hacer un descubrimiento importante.

    —¡Es igual al listón de Choco!

    Una risita detrás de ella la hizo volver el rostro.

    —¿De qué te ríes, Maki? —preguntó Koharu, quien se sentó luego de haber permanecido acostada sobre el pasto durante toda la narración de Daichi.

    —Me pareció curioso que le sorprendiera más la apariencia del listón que la corona del pacto.

    —Es que son iguales —respondió en su defensa la niña rubia—, aunque el de Daichi parece más viejo.

    —En realidad, los dos son trozos del mismo listón.

    Aquella revelación provocó varias reacciones distintas: las elementales, por un lado, no entendían por qué un trozo de cinta se había convertido en tema de conversación; los guardianes del cofre intentaban comprender su valor, pero su antigua ama nunca se había apegado a algo tan mundano; Junko, por su parte, se sorprendió por lo bien cuidado que estaba el listón atado en el cuello de su gato de peluche en comparación con el que tenía el chico bajo su posesión; y él, cautivado un instante por su mundo de anécdotas de los tiempos felices, quiso decir algo al respecto luego de reflexionar sobre el tema, pero una nueva pregunta le quitó la oportunidad de hacerlo:

    —¿Entonces el dije llegó solo?

    —Supongo que sí —contestó el chico.

    —¡Claro que no! —intervino Hana con cierta molestia—. ¿No se los dije la primera vez? ¡Sayaka lo arrojó a su mundo para restablecer el equilibrio! Era lo suficientemente poderosa para hacerlo sin romper los sellos de Mao y sin traer consecuencias negativas al reino, ¿de qué otra manera iba a llegar un talismán a un mundo sin magia?

    —¿Y qué pasó con Sayaka después? —continuó Junko con su interrogatorio, esta vez mirando a la elemental de hierba—. ¿Maki la conoció cuando llegó a este mundo?

    —No —respondió con tristeza la Madre Naturaleza—, Sayaka hizo algo que ningún mago debe hacer: renunciar a su gema sin un sucesor asegurado.

    —Ah... —dijo la niña decepcionada—, yo creí que sí la conocía... —Entonces tuvo una idea que le dio esperanzas—. Pero ustedes sí conocieron a sus predecesores, ¿verdad?

    Las elementales se vieron entre sí.

    —Yo sí pude —confesó finalmente Nanami, y el resto de los presentes la miró con estupefacción.

    —¿¡Eh!? —Fue el grito colectivo, y la mujer azul se preparó mentalmente para recibir reclamos que no tardaron en surgir.

    —¿Conociste a tu predecesor?

    —¿Y cómo es que eres la más torpe de las cuatro?

    —¿Entrenaste con él?

    —¡Por supuesto que no! —respondió con rapidez—. ¿No lo recuerdan? Los talismanes llegaron a nosotras al mismo tiempo.

    —¿Cómo esperas que lo recuerde? —reclamó la niña pelirroja—. Ni siquiera recuerdo cuándo ni cómo las conocí.

    —Lo que Nana quiere decir es que no sabía que se convertiría en la siguiente guardiana del agua cuando conoció a su predecesor, ¿verdad? —argumentaba Sachiko a favor de su hermana mayor—. Por lo tanto, no pudo entrenar con él y se justifica su torpeza.

    —¡Exacto! —Tardó un par de segundos en asimilar lo que había afirmado—. Espera, ¿me dijiste torpe?

    —¡Y solo Nanami conoció a su predecesor, pero esa es otra historia!

    Aquella forma tan brusca de desviar el tema molestó a la de cabello azul, quien solo pudo mirarla con enojo y seguir escuchando la ronda de preguntas y respuestas de Junko, quien volvió a expresar su desilusión. Pero estaba lejos de rendirse con sus averiguaciones.

    —Pero Hakki y Mikki los conocieron, ¿verdad?

    Los guardianes del cofre intercambiaron miradas antes de ladear la cabeza y pensar al respecto.

    —Conocerlos...

    —¿Conocerlos?

    —¿Eso realmente sería conocerlos?

    —Pues es mejor que nada.

    —Kaori parecía muy hermosa.

    —Atsuko se pasaba todo el día durmiendo.

    —Rina le dedicaba mucho tiempo al jardín.

    —Ayame era muy amable, ¿cómo es que se volvió la mala de la historia?

    —No lo sé. Dicen que Yumi tenía el mismo carácter, aunque desde aquí parecía una persona rara.

    —¿Rara Yumi? Sayaka era más rara.

    —¡No le digan rara! —interrumpió nuevamente Hana, quien no estaba dispuesta a tolerar que hablaran mal de su ídolo—. Ella trajo a esos dos, —Señaló a Maki y a Daichi—, ellos trajeron a su nueva ama, —Cruzó los brazos—, deberían tenerle más respeto a la salvadora del mundo.

    —¿Salvadora...?

    —¿...del mundo?

    Volvieron a mirarse y a ladear la cabeza luego de parpadear repetidas veces.

    —¿Esa Sayaka? —preguntaron al unísono sin dar crédito a lo que habían escuchado.

    La castaña de ojos verdes suspiró luego de colocar los dedos de la mano derecha sobre su frente. ¿Qué clase de aves había adoptado la antigua reina blanca como ayudantes? ¿Chorlitos? ¿Carpinteros? ¿Kakapos?

    —¡Claro! —exclamó Junko al descubrir algo más interesante, ¿por qué no había empezado por ahí?—. ¡Hakki y Mikki conocieron a mi predecesora! —Y se acomodó para verlos de frente sin abandonar su lugar—. ¿Cómo era? ¡Quiero saber!

    Un tercer intercambio de miradas y un par de gestos entre los vigilantes del cofre: ella, un poco decepcionada, agachó la cabeza y le pidió en silencio a él que respondiera. Él, al suponer lo que ella estaba pensando, no tuvo más opción que desviar la atención de la guardiana que intentaba, una vez más, ordenar sus ideas y crear más hipótesis sobre la llegada de su nueva ama.

    —Nuestra ama era una persona muy ocupada —comenzó—, había días enteros en que no podíamos verla; pero cuando nos visitaba en la torre, era muy agradable.

    —Era curioso porque nunca nos vio como a sus siervos —continuó la de cabello gris luego de haber cambiado su expresión por una más amable, ligeramente feliz al recordar a la reina blanca—, nos hablaba de sus sueños y de sus días alegres, nos contaba historias sobre los demás magos, muchas veces sólo iba a la torre para que nadie la perturbara.

    —Gobernar el reino es un trabajo muy pesado, sobre todo cuando además tenía que ver por Nitens.

    —Pero eso se lo dejaba en parte a Hayato, así tenía un poco más de tiempo libre e iba a visitarnos.

    —¿Quién era Hayato? —preguntó por fin la pequeña, y la mención de aquel nombre dio origen a una respuesta caótica, maravillosa, quizá más impresionante que la que dieron sobre su ama anterior.

    —¡Era una persona increíble!

    —¡Un hombre muy bien parecido!

    —Lo amé esa vez que se dejó crecer la barba.

    —¡No me lo recuerdes! ¡Todavía lo sueño con ella! Es una lástima que a él no le gustara.

    —Mitsu, Mitsu, ¿recuerdas? —El chico se inclinó, apoyó una rodilla en el suelo, extendió su mano hacia su compañera de años para tomar la suya, suavizó la mirada y habló con amabilidad—. “Estaré contigo por siempre y te protegeré de cualquier peligro a toda costa”.

    El resto del grupo veía con cierta incomodidad aquel cambio de ambiente: un par de guardianes emocionados, enamorados de una serie de recuerdos, al borde de la locura y de los gritos, ignorando la existencia de todos, incluso la pregunta de Junko que ni siquiera intentaron responder con objetividad.

    —¿Fanatismo? —se atrevió a preguntar Maki.

    —Eso parece —respondió su amigo de la infancia, quien parecía cada vez más confundido por cada frase sin contexto que los pajes de la reina blanca parecían decir al azar.

    —Lo comprenderían si lo hubieran conocido —se defendió Mitsuki—, era el mejor Fidestella de todos: caballeroso, agradable, sabio, fuerte, el más guapo...

    Se le iba el aliento de tan solo recordarlo.

    —Esperen, ¿era mi predecesor? —preguntó Daichi.

    —¡Oh, no! No te confundas —pidió Mitsuki luego de haber superado su ataque de idolatría—. Hayato era el predecesor de tu predecesor, el guardián más cercano a nuestra antigua ama... —Calló por un instante para mirar de nuevo a Haruki—. El galante espadachín Hayato, ¿verdad que suena bien?

    —¡El galante y talentoso espadachín Hayato! —corrigió él para dirigirse nuevamente a Daichi—. Ojalá hubieras visto cómo blandía la espada, era impresionante. Mitsu y yo hubiéramos dado todo por verlo en batalla... aunque tampoco es que deseáramos que existiera alguna; es decir, las batallas siempre terminan mal.

    —Muy mal...

    Y volvieron a su instante de depresión, de nostalgia, de añoranza al recordar algo que jamás podrían recuperar.

    —Es una lástima que la técnica de su sucesor no pudiera acercarse a su gracia.

    La guardiana de la luna suspiró al escuchar el comentario de su compañero de responsabilidades.

    —Ese muchacho jamás lo hubiera conseguido de cualquier manera.

    —Tienes razón, no era el tipo de persona con la habilidad necesaria para cumplir su misión.

    —Y aún si la hubiera tenido, ¿crees en verdad que lo hubiera logrado?

    —Tal vez hubiera sido un gran consejero real; pero también creo que es lo que menos necesita un guardián blanco; es decir, ¿no se supone que ese es el deber del guardián negro?

    —Sí, aunque tampoco es como que el guardián negro haya ayudado mucho a nuestra ama. Es más, ¿cuántas veces lo viste desde que nos crearon?

    —Me pregunto si lo habré visto alguna vez, y nuestra ama tampoco nos contaba de él. Muchas veces pensé que la existencia del guardián negro era un mito; pero justo entonces vino a vernos esa niña... ¿cómo se llamaba?

    —No lo recuerdo, —Mitsuki cruzó los brazos—, pero esa fue la primera y la última vez que la vimos. Dijo que había venido con su maestro, pero él nunca se presentó ante nosotros.

    —Y ella tampoco cumplió con su deber de darle lecciones al heredero.

    —¿Y cómo iba a hacerlo si no había uno entonces?

    El paje diurno calló por un instante para pensar en una respuesta adecuada.

    —Bueno, ahora tendrá la oportunidad de educar a Junko.

    —¿Educarme? ¿Para qué?

    —Para que asumas el trono, por supuesto.

    Esperaba la respuesta de la paje nocturna, pero tenía que asimilarla de nuevo: hasta antes de escuchar la historia del mundo, ella era una niña normal, sin más responsabilidades que ir a la escuela y limpiar su cuarto; pero ese día se había enterado de que tenía dos ayudantes y una especie de guardaespaldas que la protegerían y que le ayudarían con sus deberes como nueva gobernante de ese reino. Todos estaban convencidos de que esa era una conclusión natural, que los roles convenidos por los magos no se cuestionaban, y que Junko, por lo tanto, tendría que recibir educación de una persona que los guardianes del cofre habían visto sólo una vez.

    —¿En verdad puedo hacerlo? ¿No soy muy pequeña para eso? ¿No me verán raro?

    —Nadie podría verte mal por gobernar el reino —contestó Haruki—, sobre todo porque los únicos que viven aquí somos nosotros.

    Le parecía extraño; pero no era el momento para hablar sobre la crisis poblacional en ese mundo:

    —Pero si en este reino solo viven ustedes, ¿aún tengo que hacerlo? No parece que lo necesiten.

    Los guardianes de la torre se vieron entre sí, en silencio, durante varios segundos.

    —Si no hay más gente que nosotros...

    —...no necesitaría asumir el cargo.

    Reflexionaron un momento más en el que Junko, orgullosa de sí misma luego de expresar la conclusión a la que había llegado, asentía con la cabeza y cruzaba los brazos en espera de algún elogio.

    —¡Es libre! ¡Libre al fin!

    Los elementales esperaban gritos jubilosos de parte de Haruki y Mitsuki, mas nunca imaginaron en qué sentido iría su celebración: asumían que ambos se alegrarían al saberse libres de reanudar su vida en el ciclo o con las razones necesarias para deslindarse de su deber como pajes de la reina; pero en realidad parecían felices porque su nueva ama, la sucesora de la reina blanca, no tendría la obligación de ocuparse de cientos de responsabilidades como hicieran sus predecesores. Ellos, por fin, recibirían más atención.

    —Pero si Junko es libre y no va a convertirse en reina, ¿qué haré a partir de hoy?

    La respuesta de los pajes, quienes se habían abalanzado sobre la niña para abrazarla, dejó a Daichi más confundido:

    —Lo que quieras.


     
  15. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Bien, este capitulo estuvo aceptable. Siento que no es lo mejor que has escrito pero te vas superando. Recuerda siempre que los personajes necesitan mostrar contenido nuevo para no parecer aburridos o monotonos, ojala te salgas con alguna cosa interesante para que la trama siga su curso de manera fresca. Espero el siguiente y sigue asi!
     
  16. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Sí, lo sé, el capítulo 7 no es de mis favoritos. Espero que el de esta semana sea un poco mejor. Gracias por seguir leyendo >w< (Ya se me van a terminar los capítulos formados, tengo que apurarme con la revisión para escribir pronto el arco 3, ¡maldito trabajo T_T!).

    Capítulo 8. El dragón legendario de Nitens

    No podía creerlo.

    —¡Mira, Daichi! ¡Ahí está!

    Estaba tan anonadado que olvidó responderle. Arriba, en el cielo, un par de alas majestuosas permitían que aquel ser legendario demostrara sus habilidades innatas sin verse en la necesidad de aterrizar; su hocico, como en toda historia con magia y animales fantásticos, ocasionalmente arrojaba fuego hacia el horizonte; su cola, extensa y gruesa, parecía una serpiente infinita, una a la que sería peligroso acercarse en circunstancias adversas. Muchas veces soñó con conocer uno, pero nunca creyó que lo lograría.

    ¿Qué hubiera hecho Maki si estuviera en su lugar?

    Un estornudo.

    —¿Estás segura de que no quieres una capa? —preguntó preocupada Sachiko, siempre con su mirada dulce.

    —Estoy segura —respondió Maki, esta vez vestida de blanco con cintas celestes.

    —Está bien —Y miró nuevamente hacia el horizonte, en espera de cualquier novedad, mientras las demás vigilaban los movimientos de los exploradores a través de un espejo de agua.

    —¡Vamos a seguirlo! —pidió la niña de ojos dorados, quien insistía en jalar su camisa color humo, préstamo de Koharu, quien se había nombrado heredera de todos los objetos bonitos que encontró en el castillo durante varias tardes de revisión y asombro.

    No puso resistencia, aunque tampoco se apresuró para alcanzar al animal maravilloso. Cauteloso, con un puñado de emociones sin palabras, con sus sueños renovados y su corazón infantil reanimado una vez más, el chico avanzaba siempre con la mirada hacia arriba, sin perderse los detalles del vuelo del dragón que ascendía y descendía en su viaje con destino impredecible.

    Una sonrisa ausente por años hizo que el corazón de la chica de trenzas, quien contemplaba la escena con todas las demás desde el castillo gracias a la magia de Nanami, diera un vuelco.

    “Ah, eso era”, pensó al comprender que lo único que necesitaba Daichi para recuperar su esperanza era algo que lo ayudara a soñar, y que ese podría ser uno de muchos pasos hacia el despertar de su carácter dormido y la reanimación de sus anhelos.

    —¡Maki! ¡Arriba, pronto!

    La llamada de Hana la obligó a respirar profundo para controlarse y detener la caída abrupta del ser maravilloso que estuvo a punto de aplastar a los aventureros del bosque.

    —¡Junko! —gritó el chico mientras corría hacia ella luego de que el dragón pasara muy cerca de sus cabezas—. ¿Estás bien?

    —¡Estoy bien! ¡Estoy bien! —contestó entre risas y saltos—. ¿Lo viste? ¡Es enorme! ¡Tenerlo así de cerca fue genial!

    Y mientras él recuperaba el alma que se le había escapado por el susto, cinco personas más hacían lo mismo a la distancia. Una de ellas, sin embargo, aprovechó el momento para reprimir a su alumna inútil.

    —¿En qué estabas pensando?

    —Lo siento, vi...

    —¡No me importa! —intervino enojada—. Recuerda que...

    —Ya sé —interrumpió—: un error y estaremos acabadas.

    Un suspiro escapó por la boca de Hana. Todas eran conscientes de que aquella misión les exigía un resultado perfecto y una concentración imperturbable, ¿era tan difícil para esa chica mantener sus sentimientos a un lado en esa situación tan crítica que no permitía ni la más mínima equivocación?

    Justo en ese momento no supo si seguir reprendiendo a Maki o reclamarle a Sachiko; después de todo, ella las había metido en aquel problema.

    Aunque los guardianes del cofre le habían insinuado a Daichi la tarde anterior que su misión en el mundo mágico ya no era cuidar de Junko, Hitomi no tardó en desmentirlo.

    —Que Junko no quiera asumir su rol como reina no significa que tú dejes de tener responsabilidades —dijo casi al final de la comida—. Y aunque fueras libre de tu deber como protector del gobernante, aún tienes que cubrir otras misiones mágicas y mundanas.

    —¿Mundanas?

    —Responsabilidades humanas. No olvides que te dimos el título de hermano mayor de Junko.

    —¿Cuándo me lo...?

    —¿No es lógico? —interrumpió—. La naturaleza dicta que hay dos formas de nombrar a los hermanos mayores: por edad y por madurez. En este caso, podrías ser el hermano mayor de Junko en ambos casos, ¿no es cierto?

    —¡Tengo un hermano mayor genial! —contestó la aludida, y sus pajes sintieron aquella respuesta tan tierna que quisieron estrujarla.

    —Exacto —continuó la guardiana del equilibrio—, y como todo hermano mayor responsable, tienes que cumplir con tu deber de cuidarla y de consentirla.

    —Pero nosotros también podemos hacer eso, ¿verdad? —preguntó Mitsuki con inocencia, con los ojos llenos de esperanza.

    —Por supuesto, después de todo, ustedes son sus mascotas.

    —¡Bien! —Y los vigilantes de la torre chocaron sus palmas para celebrar.

    —¿Está bien que se alegren por tener el mismo rango que Sachi? —le cuchicheó Koharu a Nanami.

    —Creo que no hay problema mientras ellos estén felices —le respondió con el mismo volumen.

    —¿Y qué haremos mañana, hermano Daichi? —preguntó la niña rubia desde su asiento, siempre custodiada por su par de aves personificadas.

    —¿Eh? ¿Mañana? —Comenzó a murmurar todo lo que pasaba por su mente—. ¿Qué podría ser? ¿Jugar con Sachi? ¿Dar un paseo? ¿Buscar al dragón?

    —¡Busquemos al dragón!

    La reacción del grupo ante la propuesta fue la caída de un vaso y la de una cuchara, y un silencio repentino sorprendió al chico de cabello negro, quien comprendió todo al sentirse observado: “¿Qué? ¿No hay dragones? ¿He vivido engañado?”.

    —¿Por qué me miran así? —preguntó con nerviosismo—. ¡Sachiko me dijo que existía la primera vez que estuvimos aquí!

    La atención de todos cambió de foco para acusar en silencio a la líder de los elementales: “¡Maldición! ¡No esperaba que aún lo recordara!”.

    —¡Ah, sí, el dragón! —contestó de inmediato, aún sin poder asimilar la situación, en un intento por no decepcionar a la niña y por librar a Daichi del aprieto en el que se habían metido por una mentira piadosa—. Bueno, verás, ese dragón...

    —No es mala idea —intervino la madre de las elementales, y ellas voltearon a verla sin poder disimular su sorpresa—, podrían ir mañana temprano.

    —¡Genial! —celebró Junko, quien comenzó a hacer planes con su nuevo hermano mayor mientras Maki, con discreción, se levantó de su asiento y se acercó al grupo de magas nativas al ver el movimiento de la mano de Hitomi que la llamaba. Y al ver reunidas a todas, las llevó a la cocina.

    —Buen trabajo, Sachi —dijo con alegría la madre adoptiva de las chicas, quien parecía divertirse.

    —¿Buen trabajo? —repitió Hana con cierta molestia—. ¡Acabas de meternos en un problema!

    —Si realmente se tratara de un problema, les hubiera ayudado a encontrar una excusa para que ellos no fueran a buscar algo que no existe —argumentó a su favor la guardiana del equilibrio—. Crear un dragón no es tan complicado, solo necesitan ingeniárselas para hacerlo. Además, tienen un soporte extra para hacerlo volar. —Y dirigió la mirada hacia Maki, quien no supo qué responder ni tuvo tiempo para hacerlo—. ¿No parece esta una gran oportunidad para hacer un examen?

    —¿Examen? —preguntó de repente Koharu como todo joven a su edad ante la prueba más importante de su vida—. ¡Los exámenes son horribles! ¿Acaso hicimos algo mal? ¿Somos malas guardianas? ¡Mamá, ten piedad de nosotras!

    —Junko se mantendrá entretenida con sus guardianes, tendrán mucho tiempo para pensar —continuó mientras se encaminaba de vuelta al comedor luego de ignorar la petición de su hija pelirroja—. Si lo pasan, obtendrán una gran recompensa.

    —¿Qué recompensa? —preguntó un poco más animada Koharu, aunque la respuesta no le aclaró mucho.

    —Se los diré cuando pasen el examen.

    Y ahí estaban: pendientes de cualquier incidente desde una de las torres de vigilancia del castillo, cuidando que su dragón de barro y ramas que escupía fuego se mantuviera en el aire, un poco cansadas luego de trasnochar por construir esa enorme marioneta con todas sus habilidades, aún extrañadas porque aquel plan, a pesar del descuido de Maki, iba bien. Junko no podía estar más contenta.

    —¿Y cuánto tiempo más tendremos que hacer esto? —preguntó la elemental de fuego mientras se estiraba luego de bostezar—. Pensé que media hora sería suficiente.

    —No lo sé —le respondía la castaña de ojos verdes—, Hitomi dijo que nos avisaría cuando considerara que habíamos pasado el examen.

    —¿Y en dónde está ella?

    Las cuatro elementales restantes miraron hacia todas partes luego de escuchar la duda de la más joven. Estuvo con ellas durante el despegue del dragón y su primera vuelta por Nitens, quince minutos después de la salida de la niña y de su hermano mayor. Incluso le pidió al chico que colocara su amuleto perfecto en la hoja de la espada y, tras darle una funda provisional, le exigió que la llevara, pues argumentaba que el carácter del dragón era impredecible y que, en un instante, podría volverse violento. Ellas, por supuesto, no permitirían que ocurriera.

    O al menos eso pensaban hasta que estuvo a punto de caer.

    —¿Y bien? ¿Qué quieren saber ahora? —habló finalmente Hitomi en la torre central, sentada sobre la cama que anteriormente perteneciera a la reina blanca, mientras contemplaba la seriedad de los guardianes del cofre, quienes resguardaban la entrada de la habitación en donde se encontraba el objeto preciado.

    —Necesitamos una pista —dijo Haruki.

    —¿Una pista? —repitió con cierta indiferencia su invitada—. Por un momento pensé que preguntarían por respuestas, supongo que ustedes saben mejor que las niñas que ninguno de nosotros habla con claridad.

    —Más que eso, queremos resolver el misterio por nuestra cuenta.

    La declaración de Mitsuki, aunque era sensata, le pareció inusual.

    —Interesante. —Y se levantó para dirigirse al balcón y recargarse en la barandilla, desde donde pudo ver por un instante, antes de dar media vuelta, a las elementales lidiando con el manejo del dragón—. En estas circunstancias, lo más lógico sería buscar respuestas, ¿en verdad pueden darse el lujo de resolver el misterio por su cuenta? Además, si no me equivoco, tienen más de una duda y muy poco tiempo para juntar las piezas, ¿por cuál decidieron empezar?

    Si había algo que odiaran más que escuchar sus comentarios acertados era esa actitud fría, quizá prepotente, cuando expresaba sus conclusiones. Pero no podían hacer nada para cambiar su carácter insoportable ni podían evitar que los alterara a pesar de que ellos, como seres surgidos de la naturaleza, supieran que las fuerzas regentes tenían una actitud peor que la de Hitomi.

    —Mitsuki y yo decidimos que el misterio más importante por resolver es el más egoísta de todos; pero mientras más discutíamos sobre el tema, más nos convencíamos de que encontrar esa respuesta revelaría lo demás.

    —Tal parece que se han esforzado mucho. —Caminó nuevamente hacia el interior de la habitación, con elegancia y tranquilidad, para detenerse frente a ellos—. ¿Debo repetir mis condiciones?

    —No es necesario —contestó la de cabello plateado—, no hemos olvidado lo que aprendimos de nuestra creadora.

    —Fue una buena guardiana blanca después de todo. —Y comenzó a deambular por la habitación para inspeccionar objetos antiguos y empolvados, para saciar su curiosidad sobre el tipo de vida que había llevado la antigua ama de los pajes—. Bien, los escucho.

    —Dinos, Hitomi, ¿qué clase de estrella es Junko?

    —¿El éxito o el desastre está condicionado por el nacimiento?

    —Entonces dinos qué tan fuerte es su enlace con nuestra antigua ama.

    —Me pregunto si realmente puede llamársele enlace a lo que tiene con ella.

    Nuevamente, los pajes se miraron en silencio, en un intento por comprender y por decidir, y fue Mitsuki quien se armó de valor para utilizar su última oportunidad para conseguir la pista que necesitaban.

    —Entonces dinos si mencionar el nombre de nuestra creadora tendrá el mismo efecto que el de cualquier víctima de ese conjuro.

    La de cabello violeta se detuvo al escuchar aquella pregunta, hecho que coincidió con el hallazgo inesperado de una caja de madera con estrellas talladas que había abierto con discreción para observar su contenido separado por dos tablas pequeñas: sobre un pañuelo bordado, un brazalete de oreja hecho de plata con incrustaciones de amatista; en un saquito de tul, un collar de metales y piedras preciosas de colores, y, sobre una almohadilla de terciopelo, un anillo de oro con el grabado de la corona del pacto y de la estrella de dieciséis picos.

    Eran, con certeza, los tesoros más preciados para una reina maldita con el deber de nunca olvidar.

    —Así que por eso no lo han dicho. —Cerró la caja con lentitud para luego acercarse a ellos por segunda vez—. ¿Cómo llegaron a esa conclusión?

    Habían planteado la duda correcta.

    —Con verla por primera vez fue suficiente.

    —Al principio no podíamos creerlo; pero conforme la veíamos y la escuchábamos nos convencíamos de que aquello, más que un milagro, era una extraña casualidad.

    —Más que una casualidad, nos parece una mala jugada del ciclo, tememos que ayudarle a Junko a establecer sus enlaces con nuestra creadora origine eventos funestos o le cause efectos negativos e irreversibles.

    La mente de Hitomi fue inundada por respuestas, por conexiones entre el pasado y el presente, por más preguntas y por más hipótesis que la obligaron a guardar silencio durante varios segundos, los suficientes para caminar rumbo a la salida de la habitación y detenerse frente a ella. Entre sus pensamientos, un fragmento profético parecía encontrar sentido: “Y será la Luz el principio y el final de la Nada”.

    —No es un conjuro de intercambio, ni algo parecido, ni con los mismos riesgos —dijo mientras se preparaba para abrir la puerta—; de hecho, tienen y no tienen razón en algo: es una jugada del ciclo. De cualquier manera, lo mejor es que sigan callando ese nombre y que acepten que ella no volverá como ustedes desean.

    Salió con tanta lentitud de la habitación que, antes de cerrar y abandonar a quienes la habían interrogado, pudo escuchar una breve discusión:

    —¿Entonces es eso?

    —Parece que sí. ¿Qué haremos ahora?

    Su huida en cámara lenta le dio tiempo de responder.

    —Seguir siendo aves del bosque, por supuesto.

    Él no pudo aguantarlo más y gritó su desesperación:

    —¿Cuánto tiempo más tendremos que seguir actuando como tontos?

    Una mirada cruel le anticipaba la respuesta.

    —El que sea necesario.
     
  17. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    Interesante, de a poco la trama va tomando una forma mas profunda. Tus protas tienen que empezar a tomar desiciones importantes y es espero que tengas ideas nuevas. Cada tanto hay que refrescar la trama, tenlo en cuenta para que no se haga pesada, alguna que otra escena de humor ayudaria pero ten cuidado de no caer en lo cliche. Espero seguir leyendote y sigue asi!
     
  18. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    *Se duerme sobre el teclado*

    Capítulo 9. Armas ocultas y negadas

    La excursión por el bosque terminó satisfactoriamente cuando el dragón se perdió finalmente en el horizonte, a cientos de kilómetros de distancia, en la región de Lacus, según les comentó Nanami cuando volvieron al castillo.

    La marioneta fue desviada hacia ese rincón del mundo cuando la desaparecida Hitomi se reunió de nuevo con las magas para anunciarles que habían pasado su examen. Pero Sachiko, con la intuición que había desarrollado durante tantos años, sentía que ella tramaba algo más y que no estaría satisfecha hasta que pudiera constatar su éxito o su fracaso.

    —¡Lo vi así de cerca! —comentaba emocionada la niña de ojos dorados—. Era enorme, poco más y atrapaba su cola, creo que nos saludó.

    —¿No te dio miedo? —preguntó Koharu.

    —No, sé que es un dragón indefenso mientras no lo molestemos, y aunque eso hubiera pasado, Daichi estaba ahí para protegerme.

    Un rostro apagado.

    Un supuesto tan contundente era lo único que él necesitaba para completar su sufrimiento: primero, una espada que lo había elegido como su nuevo portador sin darle más argumentos que un “Te elegí porque eres Daichi” (¿cómo le iba a bastar esa respuesta?); luego, un par de guardianes mágicos que idolatraban a uno de sus predecesores por ser un Fidestella maravilloso y que menospreciaban a quien había heredado la espada después (¿en verdad era tan malo?); finalmente, su niña protegida, ahora hermana menor por sugerencia de Hitomi, confiaba en que él la hubiera defendido de un dragón temible cuando la verdad era que, en el momento de la verdad, no pudo moverse hasta verlo recuperar la altura perdida durante su vuelo.

    Tenía que aceptar que era un cobarde, un inútil, un ignorante, un...

    —¿Te lamentas por ser un Fidestella sin habilidades?

    El suave comentario de la madre de las guardianas lo obligó a mirarla: ahí, a su lado, sin despegar los ojos de sus hijas, con una discreta sonrisa, en espera de una respuesta.

    —No debería. —Y agachó la cabeza—. Lamentarme no cambiará nada.

    —Entiendo.

    No hubo palabras de aliento ni palmaditas en la espalda para tranquilizarlo, solo silencio y contemplación hacia el sitio en donde las elementales, animadas por saber que su marioneta había emocionado tanto a Junko, seguían escuchando lo que ella tenía que decir. Y el relato siguió cautivando la atención de todas incluso cuando ella lo repitió para los vigilantes del cofre, quienes aparecieron al oír el escándalo cerca de la entrada del castillo.

    —Está bien que no te lamentes —continuó—. La lamentación te llevaría en algún momento a cuestionarte por qué fuiste elegido; pensar demasiado en ello, tarde o temprano, te haría pensar que no eres apto. La espada te rechazaría al sentir que la desprecias y no quieres eso, ¿o me equivoco?

    —Pero yo no...

    —“No es como si hubiera querido que me eligiera en primer lugar” —concluyo la frase que él quería decir—. No eres el único que lo ha pensado, es una preocupación típica de los magos. —No pensaba decirle que hasta ella la había tenido en sus años de juventud al enterarse de la cruel responsabilidad con la que todo heredero de la rosa debía cargar—. Pero ahí los tienes: aceptando sus obligaciones a pesar de las dificultades, empleando sus poderes a pesar del dolor que pudieran ocasionarles, siempre orgullosos de lo que son y del potencial con el que han nacido.

    —Pero todos los guardianes tienen la oportunidad de rechazarlo.

    —Por supuesto que la tienen, aunque la historia no registra ningún caso. Por lo general, los magos piensan que ser elegidos por un talismán los hace únicos e indispensables en el ciclo, ¿crees que alguien rechazaría un halago de esa magnitud?

    El chico se preguntó si la espada realmente lo estaba halagando cuando le dijo que lo había elegido por ser quien era.

    —¿Pensarías de otra manera si hubieras recibido la espada en otras circunstancias?

    —¿Qué clase de circunstancias?

    —Una como la que tuvo que atravesar Maki para pactar con Caeruleus, por ejemplo. —Cruzó los brazos—. ¿Cuánto tiempo te hubiera llevado aceptar su poder? ¿Minutos? ¿Horas? ¿Hasta el momento adecuado para detener una calamidad? ¿Hasta que el daño tras la calamidad fuera irreparable?

    —Tal vez nunca lo hubiera hecho.

    —¿Tan poco confías en tu fuerza?

    —Me pregunto si realmente tendré algo así.

    Era la primera vez que escuchaba a un guardián tan humilde, por no decir inseguro o pesimista: “¿O es que ya lo sabrá? ¿Pero quién podría habérselo dicho?”.

    Estaba pensando demasiado en un tema que no iba a discutir con él, al menos no en esas circunstancias.

    —No estarías aquí si no la tuvieras. Tal vez estás tan preocupado por lo que ocurrirá cuando se manifieste que te empeñas en negar su existencia... o tal vez eres incapaz de reconocerla.

    Y una vez más hubo silencio entre ambos, el ambiente perfecto para que el chico volviera a hundirse en sus pensamientos: ¿una fuerza oculta o negada?, ¿qué tan cierto era eso? Aún si se tratara de un gran talento o de una poderosa habilidad, difícilmente le ayudaría a luchar o a proteger a alguien. Su deber no cazaba con su perfil, su nulo conocimiento sobre el manejo de la espada le traería problemas en algún momento si no hacía algo por mejorar, sabía que necesitaba practicar y aprender más sobre Asteregius, no era tonto, tenía una idea muy clara de su deber, ¿no era ese el primer paso?, ¿qué lo estaba deteniendo?

    Una tras otra, las preguntas surgían y lo atacaban: “Está bien, sé por dónde empezar; ¿pero en verdad es el método adecuado?, ¿estoy preparado para esto?, ¿qué voy a hacer si algo sale mal?, ¿qué pasa si tengo que pedir otro deseo?, ¿y si necesito hacer un sacrificio importante para que se cumpla el que pedí antes?, ¿en verdad estoy dispuesto a perder algo por recuperar otra cosa que ya perdí de todos modos?... ¿en verdad lo vale?”.

    En aquel momento de incertidumbre y de desconfianza, a Hitomi se le ocurrió mirar fijamente el dije de plata que pendía del cuello de la chica de trenzas: en su centro pudo distinguir el resplandor mágico de Fulgor Caeruleus, el mismo que había creído perdido nueve años atrás, el mismo que le revelaba el pacto entre el talismán y su nueva propietaria, el mismo que pudo notar mejor cuando ella, al sentirse observada, giró el cuerpo para ver mejor a su cabizbajo amigo, y aquello coincidió con la mención perpleja de su nombre en voz baja, con la ruptura de la felicidad grupal y con la carrera repentina de Junko, quien quiso acercarse a su hermano mayor para despertarlo de su obnubilación.

    —¿Estás bien? —No hubo respuesta—. ¿Hermano Daichi? —Nada—. Daichi, te estoy hablando. —Le asustaba la idea de que él no atendiera su llamado, ¿reaccionaría si jalara su camisa? —¡Dai...!

    Lo que ocurrió después fue maravilloso: en su intento por obtener una respuesta, su mano rozó accidentalmente la empuñadura de la espada. De inmediato, un halo rodeó el objeto mágico mientras se liberaba de su funda provisional para flotar y colocarse a la altura de la niña, como si la reconociera como su protegida, y se inclinó ligeramente hacia adelante: una reverencia para saludarla.

    Su propietario había despertado a tiempo para verlo todo. Se limitó a contemplar con admiración aquel fenómeno y los siguientes movimientos de Junko: un impulso que la invitaba a acercar la mano hacia el rombo formado por las gemas de colores incrustadas en la guarda, un toque ligero con la punta de sus dedos que simulaba una caricia suave, una sonrisa al verla brillar con mayor intensidad y al sentir la energía que irradiaba.

    —Es cálida.

    La recorrió lentamente con los dedos hasta llegar a la corona del pacto, y por unos segundos pudo ver una serie de imágenes difusas, en desorden, sin principio ni fin. Aquellas visiones, aunque le parecían incomprensibles, le transmitieron varias emociones que no pudo asimilar y que al final se convirtieron en terror puro, en pánico, en una desesperación jamás experimentada.

    El tintineo de un cascabel acompañado por un maullido lejano la obligaron a retirar la mano con rapidez y, de inmediato, la espada perdió su brillo para caer y clavarse en la tierra.

    —¡Junko! —la llamó el de ojos azules, un poco asustado por su última reacción, y se agachó para revisar su mano—. ¿Estás bien? ¿Te cortaste?

    Negó con la cabeza, aún confundida y con un hueco en el estómago, ¿qué había pasado?

    —Creo que me estoy muriendo de hambre.

    ¿Sería eso?

    —¡Ah! ¡El viaje fue largo y agotador! ¡Es normal! —comentó Haruki al escuchar la respuesta de su nueva ama—. Deberíamos ir a comer antes de que te desmayes.

    —Pero aún no hemos preparado nada —alegó Nanami.

    —¡Ya inventaremos algo! ¡Yo les ayudo! —respondió Mitsuki con el brazo en alto, casi saltando para llamar la atención de todos.

    —¿Los pájaros cocinan? —preguntó Koharu inocentemente—. ¡Yo quiero ver eso!

    —No es mala idea, veamos qué podemos hacer para hoy.

    Y con la propuesta de Hana, los magos emprendieron su camino. Antes de partir, el guardián de la luz diurna se acercó a Junko para tomarla de la mano, llevarla con él e integrarse a aquel desfile de personajes, y un pequeño grupo rezagado, conformado por Hitomi, Maki y Sachiko, quedó a la espera de Daichi, quien tomó la espada para enfundarla de nuevo mientras sospechaba que aquella escena podría ser una pista sobre la magia de su espada.

    —Hitomi —se animó a preguntar—, ¿hay algún libro que hable sobre las cualidades de Asteregius?

    —No lo creo —contestó con naturalidad—; los Fidestella sólo transmiten sus conocimientos a otros Fidestella y la forma que han preferido para hacerlo ha sido el entrenamiento físico de sus sucesores. Aún si existiera, tendrías que buscarlo, y esa no parece ser una tarea sencilla por la cantidad de libros que hay en el castillo.

    —¿Y alguna forma de hablar con mi...?

    —Imposible —interrumpió con brusquedad para sorpresa del chico—. Maki pudo hacerlo porque Sayaka selló parte de su existencia en la espada cuando comenzó a sufrir el castigo por renunciar a su talismán antes de encontrar a un sucesor; pero tu caso es distinto.

    —¿Y qué hay de hablar con la espada otra vez?

    Aquella propuesta logró desconcertarla.

    —¿Hablar con la espada, dices?

    —Sí —respondió con seriedad—, lo hice cuando estaba atrapado en el vacío, estoy seguro de que respondería mis preguntas, solo necesito descubrir cómo comunicarme de nuevo con ella.

    La simple mención del vacío la inquietaba, pero no podía externar su sentir. Ciertamente, el conjuro prohibido lo había llevado a un sitio inalcanzable para cualquier ser humano, incluso sus predecesores guardaban con gran celo el método para acceder a ese espacio exclusivo para las fuerzas regentes y para todo aquello que fuera privado de volver al ciclo por traición o pecado. Había una persona más que lo sabía, un guardián que había transmitido ese conocimiento por generaciones, uno que tenía la obligación de condenar a quien infringiera las reglas de las fuerzas regentes; pero estaba segura de que esa persona, dadas las circunstancias, jamás le revelaría ese secreto a Daichi.

    Pero fuera del vacío, ¿la espada tendría intenciones de hablar?

    —No lo sé —concluyó—, tal vez con un potencial desarrollado o con un enlace muy fuerte podrías...

    Calló de repente.

    —¿Pasa algo?

    Desde su posición, aún al pendiente de cualquier movimiento o llamado, la elemental de tierra pudo ver la sonrisa misteriosa de su madre, la señal que esperaba para considerarla satisfecha: la mirada feliz a la chica de lentes seguida de una propuesta inesperada.

    —Maki —dijo Hitomi—, invoca a Caeruleus.

    No entendía. ¿Se habría perdido de algo?

    —No es tan complicado —continuó—, solo necesitas concentrarte, aprender a escuchar las voces de las fuerzas regentes, entender lo que dicen y recordar tu juramento.

    La chica, repitiendo en su mente los pasos a seguir, se preguntó si la guardiana del equilibrio entendía realmente lo que estaba diciendo: “¿Dijo que no era tan complicado? Entonces, ¿qué sí lo es?”.

    Pero tenía que intentarlo, ¿sería como cuando intentó contactar con Sayaka? Tal vez esa era su mejor referencia para lograrlo.

    Con el alma enlazada al mundo, con el mundo unido a las fuerzas regentes, con las fuerzas regentes que le hablaban, cerró los ojos y permaneció en silencio para escucharlas con claridad. Las voces del mundo intentaron confundirla con miles de preguntas, pero lentamente se fueron desvaneciendo hasta que sólo quedó una que pudo entender y cuya respuesta no dudó ni un instante. Porque a esas alturas, luego de comprender su miedo en circunstancias adversas, después de afirmar que su decisión no era motivada por la codicia, estaba segura de que tomaría la espada no para atacar sin un propósito, sino para proteger lo que la rodeaba: el pasado, el presente, el futuro, sus enlaces y los enlaces de los otros, sus deseos y los deseos de los otros, el mundo compartido por todos los seres, el equilibrio de las fuerzas regentes, y así como hizo meses atrás cuando vio en peligro a su amigo de la infancia, ella se aseguraría, bajo cualquier circunstancia, de que protegería también a otros.

    Ese, el acuerdo del aire con el origen, era también su pacto. Y tras abrazar ese pacto una vez más, un conjuro le fue revelado en un susurro del viento.

    Abrió los ojos para descolgar de su cuello el amuleto perfecto y colocarlo sobre la palma de su mano.

    —Espíritu del aire, labra mi espada con tu pacto. ¡Asciende, Caeruleus!

    El conjuro hizo que el dije plateado flotara rodeado por cuatro vientos en dos corrientes circulares: de arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, y los vientos unidos fueron moldeando el dije de ave hasta formar la guarnición con las alas y la empuñadura con la cola, y se unieron los cuatro para crear la hoja de la espada en la parte que se enlazaba con el cordón. Cuando estuvo terminada, la tomó con la mano derecha y la blandió hacia abajo con un movimiento en diagonal, y se sorprendió al ver que la invocación había sido exitosa.

    —¿Ves? No era tan complicado —habló Hitomi luego de aplaudir un par de veces—. Después de esto, la invocación de Caeruleus no necesitará tanto esfuerzo de tu parte, solo recita el conjuro y listo. Ahora transfórmala de nuevo.

    Obediente, Maki hizo un movimiento en diagonal hacia el lado izquierdo simulando enfundar la espada, que se descompuso otra vez en cuatro vientos y adquirió de nuevo aquella representación simbólica de ave plateada con rasgos de ángel guardián. Tomó de nuevo el cordón de tela para regresar la joya a su cuello, el sitio del que no podía mantenerlo lejos por mucho tiempo, pues era cuidadosa y no deseaba perderlo.

    —Entonces las espadas tienen el mismo nombre que los talismanes —concluyó Daichi, sentado en el suelo, con la suya sobre las piernas—. Supongo que cada una tiene su propio conjuro.

    —Exacto —contestó la guardiana del equilibrio.

    —¿Y podemos ver las otras?

    —No aún —respondió Sachiko a su lado—. Nuestra madre nos dijo que primero teníamos que comprender el alcance de nuestras palabras.

    —Pero parecen muy conscientes de ellas.

    —Díselo a ella.

    Aquel comentario despertó el segundo lado más temido de Hitomi: el de madre indignada.

    —¡Ah, no! ¡No me vengas con eso de nuevo! ¿Cuántas veces hemos hablado del tema? ¡Ninguna lo sabe! Vamos a ver: el deseo de Koharu es una montaña de dulces de Hana; el de Hana, regresar el tiempo y luchar al lado de Sayaka; el de Nanami, que Koharu se ponga los suéteres que le teje; y el tuyo...

    —¡Está bien! ¡Está bien! ¡Ya entendí!

    —¿Ves, Daichi? ¿Qué clase de consciencia es esa?

    El par de visitantes de otro mundo entendió que, en efecto, eran deseos interesantes; pero ninguno requería magia, un pacto con un talismán o la ayuda de las fuerzas regentes.

    —¡Pe-pero al menos sabemos cuál es nuestro deber! Las cuatro juramos que velaríamos por el equilibrio del mundo, con eso basta por ahora, ¿verdad?

    Aunque le pesara, Hitomi tenía que admitir que era cierto.

    —En todo caso, ¿por qué me reprochas eso ahora? —preguntó ligeramente molesta.

    —¡Fue culpa de Daichi!

    Él, al sentirse traicionado, miró a Sachiko con rencor: “Ah, ahora entiendo a Hitomi”.

    —Como decía —retomó la de ojos grises luego de aclararse la garganta—, ahora que Maki puede invocar a Caeruleus sin problemas, podrá participar con Daichi en mi entrenamiento intensivo, así podrán reforzar sus enlaces con sus objetos mágicos y tal vez, a largo plazo, en varios años quizá, él pueda hablar con Asteregius de nuevo sin tener que volver al vacío.

    “Varios años”, según ellos, no parecía un plazo factible. Pero quizá sería mejor hacerlo con calma, con la confianza de que su entrenamiento daría frutos y que tendrían tiempo de seguir investigando sobre las posibles causas de la inestabilidad de Junko... a menos de que el régimen de Hitomi fuera más exigente que el de Hana. Pero nada podía ser peor que eso... ¿o sí?
     
  19. Sir Falco

    Sir Falco Ainiku baka ni tsukeru kusuri wa nai yo

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    La verdad bastante bien. Siento como de a poco la historia se vuelva mas compleja y dejas que los personajes se suelten. Mejoraste bastante en la manipulacion de entoros y dialogos. Sigue asi!

    PD: Te agradeceria que votaras por mi en el Funny Awards en las categorias donde me nominaron (son varias) :^//^:
     
  20. Autor
    Metzonalli

    Metzonalli Metzopejalli para los cuates

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    Hoy vengo a adelantarles el capítulo de esta semana. El próximo vendrá el viernes correspondiente (o sea, el 13, wuuu!!).

    Capítulo 10. Lunes

    En el nuevo amanecer que estaba por surgir en el horizonte, el sonido del viento nocturno dibujaba siluetas con su capucha en su trayecto hacia el oeste, en aquella marcha interminable que se había vuelto rutinaria, en un ciclo infinito de silencio en la Ciudad de Nigrens. Hasta sus pasos habían enmudecido, pues el eco de los pasillos abandonados absorbía la única prueba de la existencia de sus pies; pero las sombras se encargaban de recordarle la existencia de la armonía del sonido cuando entonaban el himno de su vida, y sólo él podía comprenderlas y cantar con ellas sin voz y con los labios sellados.

    El desfile de los fantasmas terminó en la sala de audiencias del castillo negro, donde un trono desocupado de plata y terciopelo azul abisal era la prueba de la ausencia de quien necesitaba ver.

    Buscó en otra parte. Nuevamente, en un desfile silencioso, casi lúgubre, la sombra encapuchada caminó por los pasillos deshabitados del castillo hasta encontrarse frente a una escalera que le permitía ascender hasta lo más alto de la construcción, en donde existía un cuarto con la puerta abierta y un cofre negro protegido por un báculo plateado con cristales oscuros. Más allá, cerca de una ventana que filtraba un poco de luz, una mujer que se ocultaba entre los resquicios de la noche le dio la bienvenida.

    La voz de la sombra, similar al movimiento de las hojas mecidas por los seres de la noche, le dio un mensaje: “Llegó hace dos días”.

    —¿Dos días? —preguntó extrañada—. ¿Y por qué nos enteramos hasta ahora?

    Un soplido largo: “Salió a medianoche”.

    —Supongo que tenía que arreglar muchos asuntos antes de moverse. Si ese es el caso, mucho no puede hacerse, es su trabajo. Un emisario hubiera sido una mejor opción; pero para que ella quisiera hablar personalmente contigo, la situación debe ser complicada.

    Otro mensaje encriptado: “¿Qué piensas hacer ahora que lo confirmaste?”.

    —Ir a saludarla, quizá.

    Giró para acercarse él: majestuosa, con los hombros descubiertos y los labios rojos, fijó su profunda mirada oscura en la abertura de la capucha de su mensajero, se detuvo frente a él y coló sus manos pálidas entre la tela para sujetar su cabeza sin descubrir su rostro. Pero la sombra, quizá por un acto reflejo, dio un paso hacia atrás cuando se sintió amenazada.

    Decepcionada, la dama de vestido negro alejó sus manos y continuó su camino. Detrás de ella, la silueta misteriosa avanzaba en silencio, siempre con el sonido de las voces bajo sus pies.

    —¿Las sombras te han traído más información?

    De la manga izquierda del ser silencioso, una voz familiar ambivalente: aguda como un niño, grave como una anciana.

    —“...La Luz caerá sobre nosotros, mas nadie sabrá si se trata de una estrella en agonía o de un resplandor puro del origen. Y durante la confusión despertará La Nada para reclamar lo que le pertenece, y será La Nada la que despierte a la espada y le recuerde su promesa. —La voz de la sombra se perdía entre los sonidos del mundo en una especie de interferencia inexplicable—. Y... La Luz el principio... La Nada, el anuncio... La Tormenta,... La Danza de los Platillos... el Prisionero... su destino”.

    Se detuvo. “¿La Tormenta? ¿La Danza de los Platillos? ¿Qué significa esto?”. Miró hacia atrás.

    —¿Cuál es la promesa de la espada?

    Un nuevo soplo: “Proteger”. Y aquella respuesta parecía no ser de su agrado.

    “Proteger” era una palabra problemática después de todo.

    Pero al otro lado del mundo, en la región de Nitens, “proteger” era, en vez de un conflicto ideológico, una meta común y un motivo para seguir aprendiendo. O al menos eso pensó Maki cuando vio el entrenamiento matutino de las elementales nativas que la había despertado cuando apenas se dibujaban en el horizonte los primeros rayos del sol.

    Por un lado, en el patio de entrenamiento, Koharu desarrollaba el control necesario sobre sus ataques precarios e impulsivos con la molesta ayuda de la persona más impaciente del castillo, quien de alguna manera había aprendido a convivir con ella. Con los ojos vendados y el cuerpo relajado, la pelirroja esperaba alguna semilla atacante, cualquier liana traicionera y todo tipo de frutos espinosos para quemarlos y esquivarlos con la menor cantidad de disparos y movimientos posibles. La chica de lentes notó que las esferas ígneas de la chica se habían vuelto más grandes y que había desarrollado la habilidad de dirigirlas con los dedos, que había aprendido a crear ríos de fuego para protegerse de ataques simultáneos, y vio por primera vez un par de técnicas que la sorprendieron: una lluvia de llamas cuando alzaba su mano y chascaba los dedos, y una serpiente roja que rodeaba al oponente e impedía su avance cuando ella apoyaba la palma en el suelo.

    Hana, por su parte, había aprendido más sobre sus técnicas de ataque: si antes sabía de lo que era capaz, en esos tres meses descubrió nuevas formas de utilizar su magia. Supo que los frutos espinosos podían convertirse en proyectiles de trayectoria certera que tenían la capacidad de tomar rumbos distintos al estallar y descomponerse en varias agujas capaces de herir a distancia; encontró un modo de invocar sus estacas en los lugares precisos para tocar a su contrincante o al menos para atraparlo mientras planeaba su siguiente movimiento; desarrolló su habilidad de crear escudos con hojas y enredaderas y utilizar ambas como distracción para desplazarse sin ser descubierta; supo al fin cómo utilizar las raíces de otra forma que no fuera crear trampas para que Nanami tropezara cuando dijera algo impertinente, y tender trampas bajo tierra le parecía tan satisfactorio que, en un momento de falta de concentración de Koharu, logró que un tallo se enredara en su pie para hacerla caer cuando supuso que perdería la batalla de práctica.

    —¡Eso es trampa! —reclamó mientras se quitaba la venda de los ojos—. ¡Dijiste que no usarías esa técnica!

    —Regla de ataque número 1: nunca te fíes de lo que te diga tu contrincante.

    —¡Pero no podía verla! ¡Y acabas de inventar esa regla! ¿Qué clase de maestra eres?

    —¿Ah? —exclamó con sorna—. ¿De qué estás hablando? ¡Soy la mejor!

    —¡Eso no es cierto! ¡Hasta Sachi haría un mejor trabajo!

    —Por supuesto que Sachi hace un mejor trabajo, me ayudó a mejorar.

    —¡Ajá! —dijo luego de desenredarse y levantarse—. ¡Admites que Sachi es mejor que tú! ¡Lo sabía!

    No había entendido la intención de la frase hasta escuchar aquella respuesta.

    —¡Hablo de Sachiko, maldita mocosa! ¡Sachiko!

    —No, yo escuché claramente que nombraste a Sachi, ahora no puedes retirar lo dicho, tengo testigos.

    —¿Y en dónde están tus testigos?

    —¡Detrás de mí, por sup...!

    Había volteado para señalar la presencia de un espectador, pero este ya se había ido.

    —¿Lo ves? No hay nadie.

    —¡Pero juraría que aquí había alguien! —aseguraba con mayor insistencia—. Tengo que buscarlo, debe seguir cerca.

    —Déjalo para después, aún no terminamos.

    Y lanzó una nueva serie de frutos espinosos para evitar que Koharu buscara y encontrara a Maki, quien se dirigía hacia el estanque para presenciar otra sesión de entrenamiento entre elementos compatibles: la paciencia de Nanami contra la estabilidad de Sachiko. Pero más que una batalla, la chica de trenzas presenciaría un duelo de resistencia: ambas sentadas con los ojos cerrados, una delante de la otra, rodeadas por cinturones del elemento de la otra.

    Las corrientes de agua que rodeaban a la castaña se transformaban constantemente: un aro que giraba, tres en diferentes direcciones, cinco en la misma, la unión de todas para encerrar a la chica en una especie de gota que no tocaba su cuerpo. Después, con una orden precisa de su mano con los dedos extendidos, la mujer azul detenía el movimiento del líquido para crear una burbuja casi sólida que pudo descomponer en muchas más que volvían a desplazarse en todas las direcciones y que se fusionaban de dos en dos hasta volver a crear un río flotante.

    Algo similar ocurría con las piedras que rodeaban a la mujer azul, pero la rutina variaba en algunos aspectos: cinco cinturones de asteroides diminutos que se unían en tres, luego en uno, el cual se detenía en algún momento para juntarse, extenderse y convertirse en un muro que la protegiera de cualquier ataque frontal y que se desplazó alrededor de ella durante dos o tres vueltas lentas, tal vez pesadas, pero lo suficientemente estables y resistentes para detener cualquier golpe por al menos un par de minutos, el tiempo suficiente para contraatacar.

    Entonces sintió la necesidad de imitarlas, pero no tenía con quién practicar.

    —“Quisiera unirme, pero están tan concentradas que no me gustaría interrumpirlas”, ¿no es cierto?

    Asustada por la repentina aparición de la guardiana del equilibrio tras ella y por la tan acertada lectura de sus pensamientos, no supo cómo responder sin trastabillar.

    —Yo... bueno... es que...

    —Me gusta tu entusiasmo —interrumpió—. Quizá sea buena idea que entrenes con ellas en lo que se despierta Daichi, pero tengo un mejor plan para ti. Ven conmigo.

    Obedeció. Caminaron hacia el jardín del castillo, cerca del espejo de agua, en donde se detuvieron para conversar.

    —Las aves de la torre dicen que tu predecesora pasaba mucho tiempo en este sitio.

    Maki sentía que por fin obtendría más información sobre Sayaka; de hecho, pensaba que finalmente tendría fuentes confiables, pues las anécdotas que Hana le contó en varias ocasiones parecían fantasías maquilladas de hechos reales.

    —¿Había alguna razón para ello?

    —Por lo que entendí de lo que intentaron decirme, era su lugar favorito para relajarse; pero por la descripción de su forma de hacerlo, creo que en realidad pasaba sus tardes entrenando y desarrollando sus técnicas.

    Aquella forma de decirlo le parecía tan extraña que tuvo que preguntar:

    —¿Venía a meditar?

    —En ocasiones. Ellos aseguran que la mitad del tiempo dormía bajo las copas de los árboles y que la otra mitad la dividía entre blandir la espada, conversar con el resto de elementales y otros asuntos. Como su heredera, y por la facilidad con la que lograste recuperar tus enlaces con ella, tal vez te sea útil su método.

    —Entonces tengo que sentarme por aquí y liberar mi mente, ¿verdad?

    —No decidas tan pronto —la reprendió, y ella solo pudo guardar silencio—. Por supuesto que meditar es importante, pero eso puedes hacerlo mientras duermes. —“¿En verdad se puede hacer eso?”, se preguntó Maki—. Empecemos por la otra mitad.

    “Blandir la espada, será”, y tomó su dije, lista para invocar a Caeruleus en cualquier momento; pero el gesto de la guardiana del equilibrio la sorprendió tanto que tuvo que detenerse: una sonrisa misteriosa, un plan oculto detrás de su mirada, una alegría cuya razón conoció sólo hasta escuchar sus palabras:

    —¿Sabes bailar?

    Aquella pregunta, más que confundirla, le dio un mal presentimiento.

    Mientras tanto, el exceso de claridad que se filtraba por la ventana de la habitación de Daichi le dio a entender que ya era muy tarde para seguir durmiendo. Acostumbrado a los lunes de clases, el chico se levantó con prisa de la cama y se alistó con rapidez para salir; pero la ausencia de su uniforme y el recuerdo de su situación geográfica le hicieron recordar que no estaba en su mundo. Aliviado por no salir tarde de casa, se acercó a la puerta con lentitud hasta que lo invadió una nueva preocupación: ¿sería el último en despertarse?

    Abrió la puerta y asomó la cabeza para echar un vistazo al pasillo y a las entradas cerradas de las habitaciones contiguas, en espera de algún movimiento. Con cuidado, sacó el resto del cuerpo y cerró tras de sí con sigilo; pero el movimiento repentino de una puerta dos cuartos a la derecha lo asustó tanto que terminó azotándola. Luego siguieron un bostezo, un par de pasos y la aparición de una pequeña figura que anunciaba la presencia adormilada de Junko, quien se tallaba los ojos con una mano mientras intentaba cerrar su cuarto con la otra.

    —Buenos días —dijo con pereza.

    —Buenos días —contestó él con una ligera sonrisa, pues el tono de su voz le recordaba aquellos días en los que saludaba a su padre en el comedor los fines de semana, cuando nadie lo obligaba a levantarse temprano.

    Su reunión matutina era tan amistosa como en otras ocasiones: saludos felices, palabras amables, preguntas sobre sus respectivos descansos (“¿Soñaste algo?”, “Nada, ¿y tú?”, “Yo nunca sueño”), preguntas sobre sus planes (“¿Y hoy qué quieres hacer?”, “No lo sé, pero estoy segura de que alguien jugará conmigo”), preguntas sobre sus vidas y sobre lo que harían de estar en su mundo (“¿Lunes? ¡Odio los lunes!”), más palabras, más conversaciones, mas sus intentos por descubrir alguna pista sobre los miedos de la niña no tenían resultado. Nada, ni una muestra de temores ocultos ni de problemas familiares, ni la mínima evidencia que indicara la existencia de conflictos mayores como la soledad o el aislamiento, ni una pizca de resentimiento contra alguien que la hubiera lastimado. Nada. Ningún resultado, en ese contexto, era peor que tener algo.

    Pensó entonces que debía esforzarse más, que necesitaba encontrar el secreto tras la inestabilidad de Junko de alguna manera. Sabía que preguntar asuntos tan banales sobre su vida no sería suficiente; pero aún no se sentía con el derecho de preguntar más sobre su familia o sus amigos. Aunque era consciente de que ese momento tendría que llegar, le preocupaba cómo abordar el tema, o más que eso, la simple idea de no saber cómo ayudarla lo mortificaba. Quizá ella no necesitaba de tantas palabras como ameritaría el problema de un adulto; ¿pero quién era él para menospreciar la ansiedad de un niño cuando a él le hubiera encantado recibir el respaldo de alguien en sus momentos de tristeza?

    Sus inquietudes callaron por un momento cuando una hoja que flotó frente a su rostro le recordó el primer día que salió del castillo. Y el instinto, que le exigió que volviera el rostro y siguiera el trayecto de la hoja, lo hizo presenciar una escena que jamás hubiera imaginado, una que logró liberar su mente, una que provocó la carrera de la niña rubia hacia la guardiana del equilibrio, quien contemplaba todo desde una zona privilegiada.

    —¿Qué tipo de baile es ese? —preguntó la pequeña con inocencia después de saludarla.

    —Más que un baile, es una manera de demostrar y fortalecer los enlaces entre los magos y sus elementos —contestó Hitomi—. De hecho, esa clase de movimientos se representaban anteriormente durante las ceremonias de presentación de los magos cuando ellos estaban listos para tomar el lugar de sus predecesores.

    —¿Y por qué lo hace ahora?

    —Porque Haruki y Mitsuki lo sugirieron... más bien, porque recordaron que la predecesora de Maki lo hacía con frecuencia: cerrar los ojos, sentir el viento, escucharlo y moverse como él. Es una bonita forma de entrenar, ¿verdad?

    —¡Quiero hacer eso! ¿Puedo? ¿Puedo?

    —No es mala idea, pero me temo que en tu caso no serviría de mucho. —Una decepción más para su lista de desengaños—. Aunque Haruki y Mitsuki deben tener mejores ideas, ¿por qué no los buscas y les preguntas? Deben estar en su ronda de revisión del castillo.

    —¡Voy!

    Y corrió de nuevo en busca de sus guardianes. En su prisa por encontrarlos, olvidó por completo llevar a Daichi con ella, despertarlo de su embelesamiento o distraerlo en su contemplación: hojas caídas que daban vueltas cuando Maki giraba, que se adelantaban o que la seguían cuando se movía hacia adelante, hacia atrás y hacia los lados. De repente, un ave sobre una rama llamaba a otras, y esas otras acudían para posarse en otras ramas y silbar para atraer a varias más, y algunas comenzaron a volar en círculos, guiadas por las corrientes del viento, para acompañar la danza.

    Ver al chico en aquel estado le pareció a Hitomi tan divertido y tan oportuno que quiso jugar con él como solía hacer con sus hijas.

    —¿Quieres bailar tú también?

    Su cuerpo se sacudió al escuchar la voz de la mujer de ojos grises detrás de él.

    —¿Qué? ¿Bailar? ¿Yo? No, es que...

    —Por supuesto que no, Asteregius no te seguiría de cualquier manera.

    Y tras un par de golpecitos sobre su hombro, caminó nuevamente hacia la chica de trenzas para llamarla e interrumpir su entrenamiento.

    Era poco, pero con eso bastaba.

    Un cúmulo de emociones comenzaron a revolverse en el estómago del chico e invadieron rápidamente el resto de su cuerpo: la impotencia al sentirse nuevamente inútil (“Sentirme así solo empeorará las cosas, ¿por qué sigo pensando en ello?”), la tristeza al creerse lejos de comprender las virtudes de su espada (“Pero no es como si pensar de otra manera me ayudara a entenderlas”), el enojo al saberse el único con la responsabilidad mayor y no poder asumirla correctamente (“¿Qué pasaría si algo ocurriera mañana? ¿Qué tal si Junko necesita de mí?”), la esperanza al pensar que por fin podría aprender nuevas técnicas y la frustración al escuchar el comentario de Hitomi (“Es parte de tu trabajo hacer sentir mal a los otros, ¿no es cierto? No te compadeces de nadie, ni siquiera de quienes dices que son tus hijas”).

    A la distancia, en silencio, un par de ojos verdes lo veían con preocupación. Su propietaria, por más que intentaba descifrar el rostro turbado de su amigo de la infancia, no pudo entenderlo ni supo qué decirle para tranquilizarlo. En esos casos, aunque le pesara, solamente le quedaba ser ella, la de siempre: la joven que se acercaba despacio para hablarle con una sonrisa y distraer sus pensamientos hasta que llegara el momento adecuado para hacer preguntas, la que veía con tranquilidad disimulada el cambio repentino de gestos de Daichi, quien siempre negaba todo en espera de que no insistiera en interrogarlo, y Maki, como solía ocurrir a partir de su reencuentro, lo veía alejarse con esa mirada perdida, melancólica, quizá dolorosa, de quien desea callar su corazón inquieto.
     
    Última edición: 5 Oct 2017

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