« Actividad. Segundo Reto Oneshot»

Tema en 'Vampiros' iniciado por Creampie, 8 Nov 2014.

  1. Autor
    Creampie

    Creampie My name is Billy Kaplan

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    Autor: Blowjob
    Personajes: Viktor Kahler, Stevie, Eyeless Jack
    Rating: M
    Género: Alternative Universe (AU)
    Sinopsis: Alguien entró en la casa de Viktor mientras dormía, tomando sólo las vísceras que había guardado para hacer el almuerzo aquella semana. ¿Qué medidas tomará al respecto cuando se encuentre con el intruso la noche siguiente?
    Aviso: Este OS participa en el Concurso Creepylloween de la categoría Writelloween.

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    Con violines de fondo y una vista que permitía observar a la ciudad entera encendida, Kahler disfrutaba de su platillo vegano —o cruelty free, como le llamaba—, mientras que su cita engullía costillas de cerdo como si tuviese días sin comer; pero claro, sin manchar el costosísimo abrigo de piel de zorro que vestía, ni sus delicados guantes de encaje blanco. La mujer era otra diseñadora aficionada, siendo su especialidad las pieles. Era regordeta y de piel oscura, con el cabello enrollado y atado en un moño sobre su cabeza, que aumentaban pocos centímetros a su escaza estatura de un metro cincuenta y uno. No dejaba de hablar de su hijo menor y lo mucho que le gustaba el pelaje de los conejos, sobre todo en botas, además de halagar que aunque tuviesen la misma edad, él se mantenía muy bien. Viktor se limitaba a responderle con sonrisas y hacer comentarios cortos, hasta que llegó el tema de lo pésima que fue la colección primavera-verano de Givenchy, lo que a él, personalmente, le causó harta decepción.

    Ella se veía encantada de lo masculino y galante que era. Le había comentado lo mucho que buscó un diseñador que no fuese ni marica ni jactancioso, que eran una plaga en el club de alta costura, y lo afortunada que había sido al dar con él. Pidieron la cuenta y partieron en el Lamboghini descapotado color cerceta del albino. Para la mujer, entrar en los terrenos de la casa fue una experiencia encantadora por lo bonito que se mantenían los jardines. Dando pasitos cortos por lo ceñido que tenía el vestido se adentró en el recinto y le pareció todo de sumo buen gusto, desde la puerta de madera pulida y la aldaba de latón con forma de lobo, hasta la hermosa diferencia entre los tonos cítricos de las paredes y los blancos de los muebles. Y mientras ella oteaba con detalle, él le fue a buscar una copa de vino.

    ¿Te gustaría ver en dónde confecciono?
    ¡Me encantaría!

    Se la llevó hasta la puerta que daba al sótano, haciéndola bajar por una estrecha y empinada escalera. Era de techo amplio, con un mesón de granito, el suelo cubierto con porcelanato y pulcras paredes blancas. Se veían los típicos instrumentos y un maniquí, que vestía un atuendo verde limón a medio hacer. Ella sonreía de oreja a oreja, como si estuviese en un sitio sagrado. Quizás consideraba que dejarla pasar a un lugar tan privado había sido para coquetearle, aunque lo que en verdad quería era que le mostrase el dormitorio.

    ¿Te gustaría ver en dónde hago los muebles ahora? —Al verla asentir, se acercó a la pared zurda meneando la copa y colocó el pie en la baldosa de la esquina, abriéndose una especie de pasadizo. —Deme un minuto, miladi, me he olvidado de algo arriba.

    La mujer le picó la curiosidad, ¡qué grande era el sótano de aquella casa! Pensó que no le molestaría a su agradable anfitrión si echaba un vistazo. Caminó por el pasillo de pulcras paredes blancas y odiosa luz ecológica que le recordaba a los hospitales. De pronto, se topó con dos puertas, una que daba a la derecha y otra a la izquierda; se decidió por la de la derecha. Al entrar, tuvo una imagen digna de película de horror: encerrados en jaulas mínimas, con la boca y los ojos cosidos, y varias partes del cuerpo mutiladas, había un sinfín de personas. Parecía un pasillo angosto y largo, y a pesar de lo poco que pudo ver, pudo percatarse de la presencia de niños también. El nudo en la garganta no dejó que escapase el grito. Se dio la vuelta con la intención de huir, pero sufrió un respingo; él estaba detrás.

    Vaya, vaya —comenzó—. La verdad tenía planeado disfrutar de su presencia otro rato. Es una pena. Ah, y por cierto, la piel de conejo siempre me ha parecido vulgar; la piel de mulata sí va perfecta para mis botas.

    Y le dio un golpe en la cabeza con la manopla que fue a buscar, aunque no quedó del todo inconsciente, sólo atolondrada. Él la cargó hasta la puerta de la izquierda, en donde había una mesa de metal y otros artefactos. La tumbó allí, le colocó una máscara que exhalaba fármacos para terminarla de dopar, vistió una bata y guantes de látex, y puso manos a la obra.

    Para un par de horas después ya tenía metro y medio de piel oscura, ya recortadas las partes arrugadas. La guardó junto al resto completando la colección, necesaria para confeccionar un conjunto de prendas cuyo diseño lo había mantenido ocupado desde hacía meses. Cogió los órganos y los introdujo en una caja; al siguiente día haría lengua guisada, y luego podría cocinar un estofado con las vísceras. Algo se le ocurriría. Silbando, metió el cuerpo en un horno y subió cargando su comida.

    Al dirigirse a la cama le dio un beso a Stevie, que dormía plácidamente sobre un cojín, se colocó su pijamas favorita —hecha del todo con piel de mamas, por la suavidad— y abrió la ventana de par en par, aprovechando el frío de temporada.

    A las siete en punto de la mañana la zarigüeya despertó a Viktor lamiéndole la cara, como de costumbre. Él le rascó detrás de las orejas y se levantó, para luego posarla sobre su hombro. Siguieron su rutina de aseo diaria y se dirigieron a la cocina, topándose con una singular sorpresa: al abrir el refrigerador, los órganos que había cogido del día anterior brillaban por su ausencia, notándose sólo una mancha negra en el fondo.




    Esa noche una figura extraña se adentró en la habitación, pues habían dejado la ventana abierta de nuevo. Se posicionó junto al joven que orbitaba apaciguadamente, produciéndole mucha más viscosidad del color del ébano en la boca: imaginaba el jugoso interior (sobre todo los riñones). Cogió el bisturí y deslizó delicadamente, pero como en la noche anterior, se le hizo imposible atravesarlo debido a que estaba tan duro como la roca. Sin querer insistir para no despertarlo, bufó y pensó en el animalito que tenía al lado, pero las tripas de las bestias no le provocaban mínimo apetito. Sin más, indignado a nueva cuenta, se dirigió hacia la cocina, pero estaba igual de vacía a como la dejó el día anterior.

    Buscó y buscó, hasta dar con la puerta que daba a las escaleras del sótano. Bajó los peldaños con asombro, cogiendo el bisturí con fuerza por si se encontraba con alguna amenaza. Súbitamente, sintió un olor que le era muy familiar. Se quitó la máscara azul que vestía y pegó la nariz a la pared. Olfateó hasta llegar a la esquina, en donde, después de pisotear fortuitamente una baldosa y abrirse un pasadizo, ya todo estaba muy claro.




    Se prendieron entonces las luces de su habitación y sonó con alto volumen la última canción de Justin Bieber. Se levantó algo desconcertado y la apagó; no había otra cosa que lo alertase y sacase del sueño de forma más efectiva que una canción cutre y genérica. Aquello sucedía sólo cuando se abría la puerta de su granja. No era más que un sistema de seguridad que instaló, de modo que, si alguien escapaba o algún ladrón descubría la guarida, sólo él se enteraba. También sucedía con la puerta de entrada.

    Se puso sus pantuflas, dejó durmiendo a Stevie y salió como un disparo hasta el recibo, pero todo estaba en orden. De allí se dirigió al sótano, observando con el ceño fruncido las manchas negruzcas en la pared blanca y, en efecto, el pasadizo abierto de par en par. Pasó y lo encontró: había un hombre de cabello café, sudadera y pantalones negros de cuclillas sobre uno de sus mejores hombres barrigones, el que engordaba para navidad. Al tener la boca cocida, sólo emitía un terrorífico sonido gutural, horroroso de escuchar. Las demás personas temblaban, rogando porque las próximas no sean ellas, o quizás, porque lo sean. Raudo, Viktor tomó la forma de un colosal gorila de pelaje níveo y cogió por la espalda al sujeto, provocando que dejase inerte a la víctima y soltase un saco a medio llenar manchado de sangre junto a ella.

    Lo llevó por el pasillo y, sin cerrar ninguna de las puertas tras sí, lo lanzó contra la pared del sótano. Por el impacto, la máscara azul había cedido, y ante él, Viktor tenía a una criatura horripilante; no tenía ojos, y de la cuenca de éstos y la boca vertía un líquido negro y espeso como la brea. Y a pesar de que lo último que esperaba era un ente así, al ser un cambiaformas con la capacidad de moldear la tierra y comunicarse con las bestias, comprendía perfectamente que lo paranormal existía, por lo que aquello no fue suficiente como para que bajase la guardia.

    El de cabellera castaña se lanzó sobre él empuñando el bisturí, pero éste hizo uso de sus reflejos y pudo evadirlo. Lo tomó del brazo y apretó, obligándole a soltar el utensilio. Cogió el otro y le golpeó contra la pared; el intruso le escupió de lleno en la cara, llenándole de aquella singular sustancia oscura. Los gruñidos quejicas y dolorosos retumbaron, cubriéndose el rostro simiesco con ambas patas y restregándose los ojos. Sentía que le habían echado vinagre. No dejaba de moverse para evitar cualquier arremetida. Cuando por fin pudo abrirlos, después de unos segundos, se topó con que el sujeto ya se había ido.

    Al revisar la granja confirmó que sólo hubo un muerto, al que le sacó las vísceras nomás. Allí donde estaba se puso a pensar: ¿Por qué el día anterior no buscó la granja? ¿Por qué se fue sin seguir atacándolo? Entonces, cayó en la conclusión de que sólo quería los órganos para alimentarse, y quería humanos, pues sino, Stevie hubiese sido su primera víctima. Así como él, comía carne de hombre y no de bestia.

    Después de esa noche, en un plato sobre la mesa de su comedor, Viktor adoptó la costumbre de dejar una montaña de órganos y un vaso de sangre tibia sobre la mesa del comedor. Y para su regocijo, el Sin Ojos —como lo bautizó— le visitaba a diario y cogía su ofrenda.
     
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    Última edición: 9 Nov 2014
  2. Big Show

    Big Show ( ͡° ͜ʖ ͡°)

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    De lo mejor que he leído por éstos rumbos... me hace pensar en que todos somos como el, porque comemos carne de animal en vez de humano, pero eso esmotra historia. Muy buen oneshot... ganaste?
     
  3. Autor
    Creampie

    Creampie My name is Billy Kaplan

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    Ayame AckermanAyame Ackerman muchas gracias, justo esa era la idea. Y sí, gané el primer puesto :'). Me alegro que te haya gustado.

    Saludos!
     

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