Sobre la revolución de los cuerpos terrestres

Publicado por Wiki en el blog Wiki must be Here. Vistas: 624

Esta es una historia de hace mucho tiempo, cuando aún no conocía la diferencia entre un concepto y una cosa. Una historia sobre el tiempo.

Para mí, el tiempo tenía que ser una cosa, porque todo lo que existe es una cosa. Y el tiempo existe. Cuando me decían “ve a dormir para que tengas energía mañana” o “es tu cumpleaños, creciste mucho” o “la carne en la nevera se echó a perder” me desconcertaba. Sabía que era obra del tiempo, pero no me explicaba cómo el tiempo hacía tantas cosas diferentes ¿Qué era el tiempo? ¿De qué está hecho? ¿Cómo funciona? No lograba entenderlo. Sólo sabía lo que me decían: “el tiempo es igual para todos” “el tiempo corre” “el tiempo pasa” ¿Pero a dónde pasa? ¿De dónde viene y a dónde va?

Un día me enteré de que la tierra giraba, de que todo el mundo estaba girando y que de su movimiento se determinaban las horas del día, que porque giraba alrededor del sol se producían los años, que el tiempo venía de ese movimiento de rotación. Creo que comencé a entenderlo en ese entonces: El tiempo era algo que íbamos recogiendo en el camino. Una especie de polvo invisible, un segundo aire que se aferraba a nosotros y provocaba cambios. Yo era más grande que el año pasado porque había acumulado capa tras capa de tiempo, el tiempo había dañado la carne en la nevera hasta echarla a perder, el tiempo pasaba por la cara de mi abuelo y le dejaba nuevas arrugas en la cara.

Lo sé, sé que nada de esto tiene sentido. Entiendo que los tejidos se debilitan, que los huesos crecen y que las bacterias descomponen la carne. Que el tiempo es una idea abstracta para dar sentido a nuestros problemas de continuidad. Que como tal no existe.

Pero últimamente me encuentro a menudo recordando esa lógica infantil, esa idea de “tiempo” y la siento más cercana a mí de lo que era entonces.

La tierra sigue girando con todos sus habitantes y mientras lo hace, más y más capas de tiempo se adhieren a nuestra piel. Puedo sentirlo y puedo verlo: ese polvo invisible que cubre todas las cosas. Levanto la vista hacia el cielo y me parece un poco más gris, menos nítido, y el sol allá arriba, menos brillante. Los sonidos se me hacen lejanos, apagados, la canción que me llenaba de energía hace seis años ahora se siente como un eco lejano, como una versión inferior de sí misma. El polvo se acumula en mis huesos, en mis brazos, y me siento cada día más cansado que el anterior. Siento cómo mi espíritu se adormece y mi cuerpo le sigue el paso. Ya no sueño, cada vez deseo menos.

¿Qué clase de fuerza es el tiempo, que puede apagar los sentimientos? ¿Cómo se las arregla para destruirnos tan eficazmente, para llevarse nuestro brillo, nuestra pasión, nuestra juventud? Incluso el miedo da menos miedo, lo negro se vuelve menos oscuro y el dolor duele menos. Todo se hace gris, apagado, torpe y pesado. Todo se va al carajo. Cada día me siendo menos vivo que el anterior, y los chispazos de emoción se hacen distantes.


Me siento viejo. Hablo con la vida y me dice que ya me lo ha mostrado todo, que lo único que puede decirme ahora es que a cada segundo estoy muriendo, pero que no me preocupe, que estaré tan apagado cuando pase que no voy a darme cuenta.


Quiero vivir para siempre. Si eso no es posible, quisiera vivir mucho, quisiera parar el tiempo antes de que siga borrando la realidad. Dejar de girar y contemplar todo lo que me rodea por última vez. Años de agotamiento a cambio de un solo momento de gloria. A cambio de ver al mundo detenerse por una sola vez.
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