Prólogo

Publicado por Vedalsar en el blog Blog de Vedalsar. Vistas: 291

Un hombre sostiene en brazos a su primer y único hijo. Su esposa lo acompaña mientras suda, respirando la alegría de haber concebido la vida en su vientre. Ambos ríen, intercambian miradas y se besaban, olvidando por instantes que están solos, en medio de la nada, adentrados en la selva.
A su alrededor, al ras de la mirada, sólo se pueden ver ramales y troncos húmedos. La luz es escasa, el frondoso follaje de los árboles oculta la claridad, salvo por algunos girones que se cuelan por entre las hojas; escasos y contados luceros. La tierra es basta y fértil. Los pasos se hunden en la naturaleza muerta, nación de incontables bichitos que se esparcen con cada cambio inesperado. La humedad se mantiene por todos lados, es imposible no verla y sentirla. Es el alma de la selva, y su soplo es agotador hasta para el más fuerte, incluso los bichitos.
Aquí han huido los dos amantes, a una tierra que goza y se estremece con o sin ellos. Han huido de las típicas concentraciones, solidificación de corazones humanos. Han huido estimulados por el miedo, ánimo envalentonado que se sobrepuso a su temor al desconcierto. Sus mentes y corazones se motivaron al entender la vida que yacía presente desde su sangre. Nada más valdría el riesgo, nada más valdría el valor, que el amor a su primogénito.
En el mundo existe una idea inmutable: la jerarquía de las opiniones, una evolución del derecho que poco a poco consumió la cultura, la educación y el humanismo. Un régimen totalitario, pacificador de idealistas anónimos y emancipador de mártires.
En este lugar, la voz del padre se hizo presente con un tono paz:
- Aquí será nuestro hogar- decía el padre a su esposa mientras la acariciaba y sostenía a su hijo en brazos. - El cielo ha querido que nuestro hijo se forme del amor y a pesar del mundo caótico del que formamos parte, el ha nacido en paz. –
El padre le entregó el recién nacido a la exhausta madre y dijo:
- Amada mía, has sufrido y pagado con tu sangre para que nuestro hijo vea a los ojos del rey sol, ahora te ruego lo tomes en tus brazos y nuevamente lo protejas; ahora me toca a mí, no podré en una vida pagarte el dolor que llevaste en ti para que hoy nuestro hijo exista, pero en cambio, daré hasta el último aliento de mi existencia a complacerte y a darte la vida amorosa que en este mundo se ha perdido. Comenzaré ahora, la alegría que gobierna mi alma en este momento me hace sentir la fuerza de mil hombres. No te prometo construir un templo digno de un dios, pero para ti mi reina, haré lo que mi cuerpo pueda soportar, te prometo que serás feliz y de eso me encargaré yo. –
El padre tomó sus prendas, las arrancó de su cuerpo y con ellas hizo una cuna. Casi desnudo y con su cuerpo bañado en lodo y suciedad, comenzó a derribar un árbol tras otro con las pocas herramientas que llevaba consigo. Sus manos en ocasiones sangraban para sostener los troncos inmensos que derribaba, y con una pasión más fuerte que la tempestad de un huracán, cortaba y levantaba, frente a los ojos de su amada, la morada en la que su hijo crecería rodeado de esperanza y paz.
- Solo espero que dios le conceda a mi bebé no conocer la esencia de las personas de aquel mundo, que lo guíe por la verdad. - Dijo la madre mientras levantaba con fe la mirada al cielo. - Que sepa vivir y continuar, sin adentrarse dentro de aquella errónea existencia que en muchas personas gobierna. –
Y así, a inicios de un futuro tan lejano como el mañana, nació un ser, un hombre, una persona, tan frágil e indefenso que no da pie a pensar de lo que sería capaz. Sus ojos reflejan serenidad, no existe mirada más deslumbrante que la de un recién nacido observando por primera vez el mundo, revelando su inocencia y su despertar a la nueva vida, para existir, para vivir y para elegir el camino que seguirá su alma cuando su cuerpo no encuentre fuerzas para continuar.
Lo primeros años de su existencia rebozaban de cariño, su padre le enseñaba cada día como convertirse en hombre, estaba junto a él mientras araba la tierra de la que obtenían alimento; y mientras desgranaba el maíz le contaba de sus peligrosos recorridos por la selva para conseguir carne.
Su madre estaba con el cuándo su padre se ausentaba. Le enseñaba a tejer y a cocinar, le mostraba como curarse las heridas que, por el simple hecho de ser niño, se ocasionaba de vez en cuando. En ciertas ocasiones, también le platicaba de su fe en dios y de lo poco que conocía sobre su historia con los hombres en la tierra.
Todos los días son una bendición, es lo que la madre soñó, el niño vive con una sonrisa en el rostro y no conoce la cruel realidad que es aquel mundo.
La ciudad más cercana se encuentra muy lejos de allí, a días y noches de distancia. Nadie se aparecería en este lugar. Nadie puede, todos son obligados a existir aprisionados, a no rebelarse contra la idea de libertad de sus más poderosos líderes, obligados a una soledad en multitud y a creer en las más infames mentiras que rigen sus vidas como leyes escritas en tinta y papel. Haber escapado de aquella multitud fue un milagro que pocos han podido recibir.
Es de noche. Es hora de dormir para el pequeño. La madre le contará una historia, como cada día que termina. Todas ellas son de autoría de la imaginación de la madre, formadas con la esperanza que en ella latía durante su vida en la ciudad. Por ello me atrevo a decir que eran su refugio al terror, todo lo que no era lo narra en forma de cuento para su hijo, una historia de amor.
Por desgracia su mente es aun un laberinto entre el presente y el pasado, de vez en cuando pasa la línea de su imaginación y comienza a hablar de la realidad; a contar más de lo que su mente puede soportar: detalla el cruel mundo del que ahora no forman parte, cada vez más, adentrándose poco a poco en algún recuerdo, hasta que su mirada queda perdida visualizando en silencio las atrocidades que había presenciado.
– ¡Mamá!, ¡Mamá! – Le decía el niño moviendo su mano para despertarla del trance. –Después, ¿qué pasó? –.
La mujer sonríe, fingiendo que nada ha pasado. Recupera el aliento y el sentido de la realidad continuando con su cuento; y para que su hijo no se dé cuanta que lo que dijo era más que una historia, termina como terminan casi todas sus historias: con el mismo final y el mismo personaje.
– Fue entonces que la esperanza se volvió humana, tomó el amor que quedaba en el corazón de un pequeño niño, lo volvió arco y flecha y ciegamente apuntó al odio y la avaricia mientras eleva su mirada a dios. Soltó su mano, dejó al amor llevarse hacia su destino atravesando una inmensa multitud de hombres de ciencia, convirtiendo la razón en polvo y llegando a lo más profundo del alma del odio. Mientras este saborea su muerte lentamente, la avaricia llora a sus pies desvaneciéndose en el aire. – La madre sonríe observando al niño mientras queda recostado en su cama de mimbre y paja.
Ya cuando el niño está a punto de quedar profundamente dormido, pregunta:
– ¿Quién era ese niño mamá? –
– Eras tu hijo, recuerda que mientras haya amor, habrá esperanza y siempre se podrá acabar con el odio, que es el sentimiento que más consume a los hombres cuando creen tenerlo todo.
Para cuando la madre acaba la frase el niño está completamente dormido. La mujer entonces se levanta de la orilla de la cama, toma la vela que ilumina la habitación y sale silenciosamente.
– Dios te bendiga hijo, que solo él conoce la verdad de tu camino. –
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