Huellas del Hombre Parte 1: Alados

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Bueno, hace mucho tiempo que dejé de escribir aquí... luego de sólo dos publicaciones. Lo curioso es que empecé esto como una forma de acostumbrarme a escribir continuamente tomando plazos fijos... y no lo hice.

A partir de aquí empezaré con una miniserie en 4 partes. Son relatos cortos, autoconclusivos, pero que siguen un hilo. Ya tengo los primeros tres terminados y los estaré subiendo semanalmente. Críticas, comentarios, pls, todo será bienvenido.



Alados



¡Crash!

¡Crash!

El ruido de los cristales rompiéndose taladra tus oídos mientras tomas distancia de tu propia ventana para que los fragmentos no puedan lastimarte.

Extiende sus garras hacia el interior, pero no puede alcanzarte. Romper el vidrio de la ventana era una cosa pero carece de la fuerza para abrirse paso entre los barrotes de hierro que lo separan de su presa, de ti.

Alargas la mano hacia la mesa y tomas el burdo rifle de tu padre, ese pedazo de historia del que tantas veces te burlaste y que tu viejo solía levantar orgulloso, mientras contaba cómo le salvó la vida tantas veces en la guerra. Ahora ese cacharro es tu único compañero y, al mismo tiempo, el único que puede defenderte de la criatura que acecha en tu ventana.

Lo levantas con la dificultad esperable de tu mala condición atlética y disparas hacia la criatura que reconoció de inmediato el peligro y se apartó. Fallas, como era de esperarse y el retroceso del arma hace que tus manos tiemblen doloridas.

Pero lograste ahuyentarlo, por ahora.

Caminas hacia la ventana levantando el rifle, preparado para disparar de nuevo en cuanto la criatura se acerque, pero no lo hace. Ahora te mira desde el edificio de enfrente, una derruida e inhabitada construcción. Permanece ahí, quieto, vigilante, juzgándote detenidamente de la misma forma que tú lo juzgas a él; sin apartar un momento sus enormes ojos amarillos y carentes de pupilas de ti, aferrándose al concreto con sus afiladas garras y con las alas replegadas contra su cuerpo. Mide tus fuerzas, tu resistencia, tu espíritu. Sabe que no puede atravesar la protección que te brinda la herradura, pero también sabe que estás tan vivo como él y que tarde o temprano tendrás que abandonar tu refugio.

Pasa el tiempo y después de treinta minutos, la criatura abandona su posición y se aleja volando a mitad de la noche. El sonido de sus alas rasgando el aire te eriza la piel.

Agotado, te dejas caer al suelo. Sientes como algunos vidrios se clavan en las palmas de tus manos pero en este punto eso no podría importarte menos. Suspiras y bendices al rifle que ahora reposa junto a ti mientras tu mente te lleva a recordar cómo fue que terminaste en esta situación.

Comenzó hace casi ya seis meses. Una calurosa tarde de abril que no aparentaba ser diferente de otra, esas cosas descendieron del cielo, extendiendo esas horripilantes alas y rugiendo con un sonido que no se parece al de ningún animal. En ese mismo momento, sin preliminar alguno, se arrojaron sobre los infortunados que se encontraban al aire libre y los destrozaron con sus colmillos y garras, devorándolos salvajemente. Ese día tu familia había salido de compras y precisamente tú te habías quedado en casa, con lo que fuiste lo bastante afortunado para sobrevivir a ese primer ataque que también sería el último. Pues desde hace seis meses esas criaturas se apoderaron del mundo e hicieron del hombre su presa.

Te mantuviste aislado del exterior por dos meses sin atreverte siquiera a correr las cortinas, ignorando los gritos de agonía y desesperación de aquellos que eran descuartizados en vida por las criaturas, manteniéndote día y noche saltando de un canal a otro de televisión en busca de una señal de esperanza, por pequeña que fuese. Las primeras semanas todos los noticieros cubrían la noticia pero pasado un tiempo dejaron de mandar gente al frente, ellos estaban siendo devorados también. Pronto toda la programación murió salvo por un solo show infantil cuya presentadora logró encerrarse en el estudio y hacerlo funcionar por su cuenta. Capítulo a capítulo viste como perdía paulatinamente la cordura hasta que, abandonada de sí misma, se puso un revólver en los labios y se voló la cabeza frente a las cámaras, en un último y sangriento espectáculo presentado por televisión.

El internet vivió un poco más, pero lo único que podía encontrarse en la red eran lamentos, pedidos de auxilio desesperados y mensajes carentes de toda cordura. Nadie se molestaba en grabar a las criaturas aladas porque bastaba con salir a la calle para verlas con los propios ojos… y convertirse en su próxima cena.

También hubo cultos extraños y demás situaciones producto de la histeria colectiva que estaba sufriendo todo el mundo, pero incluso esos últimos susurros fueron apagándose al mismo ritmo que los gritos de terror en las calles se fueron haciendo más distantes uno de otro. Apenas dos meses después de la televisión y la radio, el internet murió también y con él, diste por muerta igualmente a la civilización.

Ahora, mirando lo que en otro tiempo fue una ciudad por la ventana vuelve a tus ojos la escena de hace dos meses: cuando las criaturas parecieron entender que habían acabado con sus presas y comenzaron a devorarse entre ellas. Vienen a ti los aullidos de aquellas bestias destrozándose unas a otras como enemigos jurados y arrancando pedazos de carne de sus congéneres aún vivos. Las mismas imágenes que se grabaron con fuego en tu mente y que han convertido tus sueños en una pesadilla constante desde ese entonces.

Cuatro meses le tomó a la nueva raza acabar con el hombre.

Sólo dos le tomó acabar consigo misma.

Asumiendo que las criaturas no hayan descendido sólo sobre poblaciones humanas, sino en cada lugar del mundo, es difícil pensar que alguna otra especie animal pudiese hacerles frente. Pudiste confirmarlo por tu cuenta cuando en televisión pasaban grabaciones de un grupo de dichas criaturas devorando el cadáver de un elefante africano, así como la de otra de ellas destrozando un gallinero. Los perros y gatos callejeros sin duda habían sido presa suya también, y los animales domésticos fueron con toda seguridad sacrificados para prolongar un poco al menos la vida de sus dueños. Sin embargo, esos tuvieron que abandonar su refugio tarde o temprano también o murieron de inanición dejando atrás sus cadáveres para los insectos, únicos sobrevivientes de la invasión y nuevos herederos del mundo.

Y ahora, la única criatura sobreviviente surca los cielos en busca de una presa, o en espera de que su última presa abandone por fin su refugio, que no es otra sino tú.

A la distancia, parece increíble que hayas sobrevivido por tanto tiempo, pero eso fue porque aprovechaste todo lo que tenías a la mano y cuando el vecino del piso de abajo, el único otro habitante del edificio, abandonó su seguridad en un vano intento por escapar de la ciudad, pudiste entrar a su departamento y hacer de su despensa la tuya.

Por supuesto, no podía ser suficiente.

Te has mantenido seis meses comiendo lo mínimo, permitiéndote tomar bocado sólo cuando el hambre ya es insoportable y extendiendo tanto como sea posible tus periodos de sueño, para permanecer más tiempo lejos de la tentación de la comida. Cuando agotaste todo lo comestible comenzaste con aquello que al menos no parecía tóxico; una a una arrancaste las páginas de los libros en la repisa y te las llevaste a la boca con lágrimas en los ojos, cuando un insecto o una cucaracha era divisada por tus ojos te arrojabas a ella como la más salvaje de las bestias. Una existencia sometida a tal suerte de auto-confinamiento ya no puede considerarse vida, y cuando aceptaste ese hecho como una verdad, entendiste que tu muerte no solo era tuya, sino también el fin de tu propia era. La humanidad moriría contigo.

La criatura que ronda por la ciudad es la última en su género, de igual forma que tú eres el último ser humano con vida sobre la Tierra. La lucha de desgate entre ambos está por terminar también; él no puede llegar hasta ti y más pronto que tarde morirá de inanición. Por desgracia, eso no significa que tú estés en mejores condiciones. Hace ya cuatro días que no te llevas nada a la boca. Ni tú ni él pueden continuar.

En la cocina abres la llave del grifo, el cual por suerte no ha dejado de funcionar y pones la cabeza bajo el chorro, logrando despejarte dentro de lo posible. Necesitas tus sentidos al máximo para la cita que te espera. Tomas el rifle del suelo y sales al pasillo. No, no tomas las escaleras hacia abajo, sino las de arriba, las que llevan a la azotea. No estás abandonando tu refugio para buscar otro, estás saliendo a enfrentar al enemigo de tu especie de una vez por todas.

Si te vence, vagará por algún tiempo hasta caer muerto en otro lugar; si tú le das muerte, puedes buscar tu supervivencia con los conocimientos y raciocinio que te dan tu condición humana. Él es el fin de todas las cosas y tú la esperanza de un nuevo comienzo y aunque parezca improbable, ése solo pensamiento te da la fuerza para encararte con él.

Por fin llegas a la azotea, el aire frío golpea tu rostro con brusquedad, algo que no habías sentido en toda una vida y que obliga a tus labios a curvarse en una nostálgica sonrisa.

No tarda en aparecer tu enemigo, dispuesto a determinar de una vez por todas los roles de cazador y presa. Sabes que es más rápido y ágil que tú, sabes que sus reflejos son mejores que los tuyos, sabes que nunca has sido un tirador bueno o tan siquiera decente y sabes también que sólo te queda una bala.

Pero sabes, que de todo lo que aprendiste en tus seis meses de confinamiento lo más importante es que para morir ningún día es igual a otro.
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