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  1. Se expande como una nebulosa en la oscuridad, un supercúmulo de galaxias, de estrellas, de infinitas posibilidades. Todo lo que pudo y no pudo ser.

    Por un instante, acaricio la idea de que en un puñado de polvo puede hallarse la vastedad del universo.

    Con esta misma hoja le voy dando forma, la nebulosa se yergue hasta convertirse en un monte; el Olimpo, el Sinaí, la cumbre sagrada donde moran los dioses y, como el propio Dios, el montículo se fragmenta en tres entidades, tres haces de luz. La providencia que se encarna en tres personas distintas.

    Misteriosamente, las tres líneas frente a mí se asemejan a la garra de un dinosaurio.

    ¿Por qué pensé en un dinosaurio? Vuelve a mí la idea de la trinidad y empiezo a encontrarle sentido: los dinosaurios me han acompañado siempre y cuando era un niño, los dinosaurios eran lo único en que pensaba; mis cuadernos tenían stickers de dinosaurios, mis juguetes eran dinosaurios, la gorra que usaba todos los días hasta que se rompió en pedazos por desgaste tenía el logo de Jurassic Park. Y todo esto parte del recuerdo primordial: cuando alguien me preguntaba qué quería ser de grande, yo respondía que crecería y sería un T-Rex. Así de simple; “yo voy a ser un T-Rex”. Ahora no importa si eso no tenía sentido, mi yo actual no puede burlarse de mi yo incipiente por pensar así y creer de forma tan obstinada que, por algún extraño proceso de involución forzosa, podía convertirse en un lagarto de dos pisos de altura.

    Entonces río en mi soledad. Mi ayer soñaba con un mañana imposible y mi hoy los evoca a ambos a partir de la idea de un dinosaurio. ¡Aleluya! La trinidad está ahí: presente, pasado y futuro. Un solo dinosaurio en tres eras distintas.

    Llaman a la puerta. Aún sin asomarme sé que son dos raptores; rap-tores, una muy mala broma. Todo esto es una muy mala broma y yo me encuentro de muy buen humor. Me gusta cómo me siento y me río pero decido dejarlos afuera. No quiero que esos dos raptores vengan a rapear en mi cabeza. No, gracias, ya estoy colocado. Pero a ellos no les importa y abren la puerta. Jurassic Park de nuevo: los raptores abren la puerta y empiezan a armar un alboroto. Se suben a los muebles, persiguen a los niños, el más listo de ellos toma el teléfono y comienza a llamar a sus amigos.

    Llegan uno tras otro, entran sin avisar, en un instante la sala está llena de ellos; de todos los tamaños, especies, de todos los tiempos y colores. Toda clase de recuerdos e ideas vienen a mí.

    Mis correrías de adolescente, mis travesuras de niño, mis errores de adulto. Todos mis recuerdos saltando y riendo a mi alrededor cubiertos de piel escamosa. Ahí está mi yo de doce años trepando los muros de la escuela para escapar de clase, pero pierde el equilibrio y cae sobre Stella, y se queda ahí, y se empiezan a mover y a mover. Allá estoy yo a los diecisiete fumando un canuto en la azotea del instituto con los fósiles de mis amigos, algunos ya extintos tiempo atrás. Allá está mi yo de dieciocho vomitando en el inodoro, y allá mi yo de veinte, vaciando un frasco de pastillas en su garganta apenas dos días después de salir de la clínica de rehabilitación. Poco a poco va tomando forma una idea, un pensamiento, apenas una leve intuición de que todo esto tiene un significado. Sí, estoy drogado, pero siento que estas visiones tratan de decirme algo, como si todo fuese una alegoría de la cual extraer una enseñanza espiritual. Quiero aferrarme a esa idea pero no puedo ni moverme y los rugidos de mis recuerdos me arrastran de un lado a otro, un concierto de bestias que no me deja pensar en nada. De pronto veo, allá en el fondo, a mi yo futuro. Mi yo T-Rex que soñaba ser, tratando de encender la alarma para incendios, tratando de acallar el ruido para que pueda escucharlo. Es inútil, sus brazos no alcanzan.

    Acontece algo extraño: suena el teléfono y los dinosaurios, atemorizados, comienzan a correr de un lado para otro. Se enfurecen, pelean y se devoran entre ellos. Todos tratando de escapar, todos luchando por sobrevivir. El monstruo de la conciencia se alza en el horizonte y amenaza con borrarlos de la faz de la tierra por segunda vez. Mi yo de 22 años, con tres cuernos, camina hacia la ventana para arrojarse. A diferencia de entonces, ésta vez nada le impide saltar.

    Las tres líneas se vuelven dos: el camino ha sido delimitado y sólo puedo seguir la dirección que marcan.

    Los dinosaurios evolucionan en otras especies, los recuerdos evolucionan en experiencias y esas experiencias en aprendizaje, sea bueno o no. Mis ideas, mis divagaciones, mis delirios se alzan contra mi autopercepción, el teléfono sigue sonando y ellos rugen más fuerte, recuperando el terreno poco a poco. En un último esfuerzo, el yo T-Rex de mi futuro se transmuta en dos policías tratando de poner orden, recriminándome por no ser otra cosa que lo que soy. Su voz es fuerte y agresiva, sus palabras son certeras y yo no tengo cómo defenderme. Me llama fracasado una y otra vez, y tiene razón.

    Se cae la máscara. Estos son simplemente delirios. No hay una enseñanza secreta, no voy a tener una epifanía, no va a descender a mí la mano de Dios para enseñarme a recomponer mi vida. Simplemente estoy drogado.

    ¿Y qué importa?

    Ya nada importa.

    Estoy demasiado agotado como para que me importe.

    Los policías dejan de gritar, los carnívoros los rodean en un instante y al siguiente se arrojan sobre ellos. No les toma más de unos segundos acabar con ellos y ahogar la voz del mundo externo.

    La fiesta sigue.

    La realidad ha perdido otra vez.



    Sé que esto no es el fin, que tarde o temprano estos dinosaurios van a extinguirse también y que, cuando lo hagan, la realidad va a resurgir para devorarme en la oscuridad de sus fauces.

    Queda una sola línea.

    Un solo tiempo, una sola persona. Mi yo presente.

    Pero hasta que el efecto se pase, seguiré siendo la totalidad de las eras. Todos los dinosaurios armando una fiesta dentro de mí.
    A Liv Moore, TaKa y Josshua D les gusta esto.
  2. Ire

    IHe quemado mis propios puentes. He borrado mis huellas. He luchado incansablemente por desaparecer todo lo que soy. Y no lo sabía hasta ahora.
    Creí que estaba perdido. Creí que me necesitaba para salvarme, que encontrando al verdadero yo podría sacarme del desastre en que vivo. Y creo que en verdad me he perdido. He cambiado y he envejecido. He perdido mi lugar en las vidas de los míos. Ya no me reconocen, ya no soy parte de nada. Me he aferrado a ideales falsos y me han pagado con nada. No puedo culpar a nadie más que a mí por aquello en que me he convertido. Soy el único culpable de mi amargura.

    No más lágrimas, no más cenizas.

    Otro día de otro modo. Tal vez, entonces...
  3. El frío me cala hasta los huesos, por la piel, por el frío acero del barandal que se adhiere a mis manos, por los helados escalones, por los escalones abandonados que parecen no tener fin.

    Es la segunda vez que los veo. Me encuentro en la escalera de caracol más grande que he visto en mi vida, más grande que el mundo que llegué a conocer. Siempre a la mitad, ni arriba ni abajo, en el frío y la oscuridad. Hay ventanas en el muro circular, pero están muy lejos. Todo lo que dejan pasar es un poco de luz apagada que me permite encontrarme a mí mismo.

    Sigo bajando, llevo horas bajando estos escalones. No sé a dónde me llevan, pero el frío y la incertidumbre me impiden quedarme quieto. Como si fuera a olvidar quien soy, y como seguir bajando.

    Hace tanto frío...

    Me gustaría subir. Quizás arriba encuentre algo. Si tan solo pudiera subir...

    Es la segunda vez que estoy aquí. Igual que la vez anterior, apenas toqué el barandal de acero olvidé como subir. Olvidé cómo dar la vuelta y volver arriba. Ahora solo puedo seguir bajando, y tengo miedo. Miedo de olvidar.

    La primera vez que estuve aquí tenía quince años. Tuve un sueño extraño en el que bajaba por unos escalones eternos en una infinita espiral hacia la nada, aterido de frío, aterrado en la oscuridad. No podía subir, sólo bajar, como ahora. Grité suplicando por ayuda, me sujeté a los barrotes, lloré y lloré hasta despertar en una cama de hospital, empapado en sudor, con mi padre dormido en una silla junto a mí. Esa noche conocí el miedo a la muerte por primera vez. La certeza de que no había nada más.

    Aprendí a temer a las sombras en los callejones, aprendí a temer a las pequeñas molestias en los músculos, en las rodillas, aprendí a temer a los automóviles que van muy rápido. Todo por no volver a ver estos escalones.

    Tengo miedo...

    He sido un hombre de Dios, un hombre de palabra, un padre y esposo devoto. A mis sesenta años he vivido todo lo que tenía por vivir. Amé, reí, lloré y sufrí. Estoy satisfecho. Puedo irme sin remordimientos, durmiendo en mi lecho de anciano, dejar que mis hijos me lloren mientras me reuno con mi mujer en presencia de Dios.

    ¿Qué son estos escalones?

    Llevó horas y horas bajando desde que cerré los ojos en mi habitación y volví aquí. Tanto tiempo que creo que olvidé cómo abrirlos de nuevo. Igual que olvidé cómo subir, igual que olvidé cómo dar la vuelta. Sólo entiendo que ya no volveré a hacer ninguna de esas cosas. No volveré a hacer nada.

    Tengo miedo...

    Los escalones siguen y siguen, ya no siento frío. También me he acostumbrado a no ver nada en la oscuridad. Poco a poco, hasta la incertidumbre se está desvaneciendo. Sólo queda el miedo. El miedo que trae la certeza.

    Estos escalones son lo último que veré, que sentiré o conoceré. Lo entiendo, lo sé:

    No hay nada más al final de estos escalones.

    Tengo miedo...

    ¡Por favor! ¡Quien sea!

    No quiero morir, no puedo, no estoy listo y nunca lo estaré. Quiero vivir, sólo unos minutos más... sólo la vida...

    No quiero desaparecer, perderme en esta nada. Ya no puedo seguirme engañando: no hay nada después de la muerte, simplemente nada.

    Me aferro con fuerza al barandal de hierro y sigo bajando. Ya no sé hacer otra cosa y no quiero quedarme quieto. Mientras siga bajando seguiré muriendo, no terminaré de morir.

    Siento que amo estos escalones. No estaré muerto hasta que acabe de bajar...


    No me queda mucho tiempo. Llega menos luz, casi no puedo ver los escalones, casi no puedo sentir el barandal. Ya no hay nada para que vean mis ojos. Es el final...

    ¡No, no, por favor! ¡Que no termine! ¡Déjame seguir muriendo, déjame seguir bajando por la eternidad!

    Ya no veo nada. Ya no escucho mi propia voz. Ya no hay nada para mí. Es el final.

    Sólo queda el miedo, que alarga este instante por mi eternidad.
    A Saitama, TaKa y Omega man les gusta esto.
  4. Y viene la segunda parte de esta historia. Como lo prometí, habrá un salto temporal con respecto a la primera. También quiero decir que estas historias están pensadas para ser autoconclusivas, si bien todas juntas narran algo más grande y que, aunque la relación no sea del todo aparente aún, ahí está. Y que las voces van a cambiar. Antes fue en segunda, esta es en primera persona.




    El Primero en Volver.


    Esa cosa no es mi hermano, es un monstruo. Todos lo son.

    Siempre me sentí un poco fuera de lugar, un poco… inferior a la media. Más bajito, más lento, más enfermizo, más vulnerable…

    Entre nosotros las anomalías son normales. Uno de cada diez tiene una extremidad más o una menos. Protuberancias en la cabeza que parecen cuernos, dientes largos, menos dientes, otros nacen sin alas. Los libros dicen que somos una raza naciente, un niño que se tropieza. Existimos desde hace 800 años, según los libros…

    Los libros mienten.

    Los libros hablan del Despertar Interior y la Liberación Corpórea, pero son patrañas, lo sé. Ahora.

    No es que yo sea diferente, es que soy demasiado normal. Normal a una percepción diferente. Todos ellos son tan pálidos, tan delgados, encorvados como... como animales. Sí, yo soy menos animal que ellos.

    Los libros dicen que comenzamos como una mutación a la especie dominante de hace 800 años. Ellos se llamaban a sí mismos “humanos” y eran capaces de lograr grandes prodigios a través de su ingenio: milagros que desafiaban toda lógica, asombrosas criaturas sin vida para transportarse, podían alterar su aspecto, recuperar extremidades perdidas, podían aparecerse y desaparecerse por medio de su magia. Una sociedad de hechiceros.

    Los libros también dicen que eran perversos, que se mataban entre sí, que disputaban posesiones, recursos y territorios como las bestias inferiores. Entristecían a la Naturaleza Interior y ésta les respondió: los eliminó de su faz para salvar el mundo, no con violencia, como ellos, sino a través de la Liberación Corpórea.

    Fue cuando nacieron los primeros de nosotros, los Liberados, aunque en aquel entonces sus rasgos no estaban completamente definidos, y sus deformaciones eran más aleatorias. Según los libros, la Naturaleza Interior buscaba abrirse camino, explorando las posibilidades al mejor camino. En principio los humanos, que aunque eran muy sabios, también eran muy necios, lo consideraron una enfermedad. Un “virus”, porque esa era la palabra que usaban, e intentaron jugar en contra de la Liberación Corpórea. Muchos millones murieron (no estoy seguro de que esta cifra esté bien escrita, “millones” suena muy exagerado para mí) sacrificados cruelmente por los humanos, que no entendían que luchaban contra su salvación. Pero la Naturaleza Interior se impuso, anteponiendo la vida a la muerte y cincuenta años más tarde, el último de esos humanos murió y los liberados ocupábamos el mundo.

    ¡No, no y no! ¡Eso es mentira! ¡La Liberación Corpórea, la Naturaleza Interior, todo!

    Lo sé, los libros mienten. Pero a través de ellos he deducido la verdad.

    ¿Qué tal si no hubo una Liberación Corpórea? ¿Si, como los “humanos” creían, se trataba de una enfermedad, un “virus”? Entonces todo tendría sentido. Quiero decir, una enfermedad que produjera deformidades, errores en la descendencia. Porque ¿De qué sirve tener un brazo de menos, o protuberancias en la cabeza, o seis ojos que sirven menos que dos? ¿Es en verdad obra de una Naturaleza Interior Sabia, o simplemente son defectos de nacimiento?

    ¿Qué tal si la Liberación Corpórea no fue completa? ¿Que no seamos “liberados” sino simplemente humanos enfermos que engendraron más hijos enfermos por siempre? Entonces no seríamos una nueva especie, seríamos una raza enferma.

    Uno de los libros tenía dibujos de humanos. Todos eran iguales entre sí. E iguales a mí.

    Tiene sentido. Pensar que no soy un deforme, que soy el único normal. Que luego de 800 años de enfermedad, ha nacido alguien lo bastante sano para mantener su apariencia humana. También porque he recuperado mi intelecto humano, mi “maldad” como ellos la llaman, es que puedo deducir esto siguiendo las pistas que sólo mis ojos pueden comprender.

    Soy el primero en volver. Soy un hombre, soy un dios que puede hacer magia y milagros ¡Soy Sano!

    Por eso puedo decirlo con seguridad: esa cosa que me ha estado siguiendo no es mi hermano.

    Hemos vivido toda nuestra vida juntos, y es normal que él también se diera cuenta de que soy diferente a ellos. No lo ha comprendido como yo, pero lo ha “entendido”, como se lo permite su mente enferma. Sabe que mi anormalidad va más allá de la suya, pero lo interpreta como maldad. Él, que no ve más allá de su nariz.

    ¿De verdad soy “perverso”? ¿Es la “maldad” una condición innata en mí? A veces siento que puede ser verdad, pero también sé que ellos no pueden entender, sólo sentir. Yo puedo entender y sentir.

    Siento su miedo. Mi propia existencia les amenaza como una promesa de su fin. Soy el primero, y desearían que fuese el último también.

    Sé que mi hermano sigue mis pasos, que ha recorrido el mismo camino que yo. Que estuvo ahí cuando arrojé a ese viejo a las bestias inferiores porque quería conocer su comportamiento, o cuando prendí fuego a los campos mientras ensayaba la magia. Me ha seguido, pero no me ha comprendido. Lo que él llama “maldad” es simplemente progreso.

    Estoy recuperando la magia, poco a poco. Me tomará tiempo, pero traeré de vuelta los milagros de mi humanidad, y la traeré de vuelta también. Si yo soy Sano, mi descendencia será sana igualmente y ¿quién dice que, en otras comunidades, no estarán naciendo más como yo? ¿Más humanos volviendo al mundo?

    Desearía protegerlos, consolarlos, decirles que no son deformes, ni malvados, que son como siempre debimos ser. Antes de que esas cosas nos arrebataran nuestro mundo ¡Antes de que nos exterminaran!

    Me sigue todo el tiempo, como un animal. Su instinto le advierte de mí, pero su intelecto no logra comprender ese miedo. El mío sí. Me persigue para darme casa, para acabar con la amenaza, con la fuente de la “maldad” ¡Necio!

    Hay noches en los que siento su peso sobre el mío, sus manos en torno a mi cuello sin decidirse a cerrar el candado. Hay veces en las que le escucho detrás de mí, respirando pesadamente, con una piedra en sus manos. Entonces la arroja al suelo y echa a correr, lloroso de matar a su hermano y temiendo que mi “maldad” lo esté influyendo. Pero cada vez parece más decidido. Duda menos.

    Creo que volverá hoy en la noche y ésta vez no dudará. Va a estrangularme mientras duermo para no hacer ruido, arrastrará lejos mi cadáver y llorará haberle dado muerte a un hermano por el bien de su especie. Yo no lloraré. Cuando estés encima de mí clavaré esta pluma en tu corazón y morirás por el bien de la mía. Respetaré tu miedo y te dejaré dar el primer paso, porque es lo último que puedo hacer por ti, mi falso hermano de una falsa raza superior. Sentiré tu muerte, pero por mi honor de humano, me aseguraré de que la sientas más tú.

    Despertaremos de este sueño de 800 años.
  5. Bueno, hace mucho tiempo que dejé de escribir aquí... luego de sólo dos publicaciones. Lo curioso es que empecé esto como una forma de acostumbrarme a escribir continuamente tomando plazos fijos... y no lo hice.

    A partir de aquí empezaré con una miniserie en 4 partes. Son relatos cortos, autoconclusivos, pero que siguen un hilo. Ya tengo los primeros tres terminados y los estaré subiendo semanalmente. Críticas, comentarios, pls, todo será bienvenido.



    Alados



    ¡Crash!

    ¡Crash!

    El ruido de los cristales rompiéndose taladra tus oídos mientras tomas distancia de tu propia ventana para que los fragmentos no puedan lastimarte.

    Extiende sus garras hacia el interior, pero no puede alcanzarte. Romper el vidrio de la ventana era una cosa pero carece de la fuerza para abrirse paso entre los barrotes de hierro que lo separan de su presa, de ti.

    Alargas la mano hacia la mesa y tomas el burdo rifle de tu padre, ese pedazo de historia del que tantas veces te burlaste y que tu viejo solía levantar orgulloso, mientras contaba cómo le salvó la vida tantas veces en la guerra. Ahora ese cacharro es tu único compañero y, al mismo tiempo, el único que puede defenderte de la criatura que acecha en tu ventana.

    Lo levantas con la dificultad esperable de tu mala condición atlética y disparas hacia la criatura que reconoció de inmediato el peligro y se apartó. Fallas, como era de esperarse y el retroceso del arma hace que tus manos tiemblen doloridas.

    Pero lograste ahuyentarlo, por ahora.

    Caminas hacia la ventana levantando el rifle, preparado para disparar de nuevo en cuanto la criatura se acerque, pero no lo hace. Ahora te mira desde el edificio de enfrente, una derruida e inhabitada construcción. Permanece ahí, quieto, vigilante, juzgándote detenidamente de la misma forma que tú lo juzgas a él; sin apartar un momento sus enormes ojos amarillos y carentes de pupilas de ti, aferrándose al concreto con sus afiladas garras y con las alas replegadas contra su cuerpo. Mide tus fuerzas, tu resistencia, tu espíritu. Sabe que no puede atravesar la protección que te brinda la herradura, pero también sabe que estás tan vivo como él y que tarde o temprano tendrás que abandonar tu refugio.

    Pasa el tiempo y después de treinta minutos, la criatura abandona su posición y se aleja volando a mitad de la noche. El sonido de sus alas rasgando el aire te eriza la piel.

    Agotado, te dejas caer al suelo. Sientes como algunos vidrios se clavan en las palmas de tus manos pero en este punto eso no podría importarte menos. Suspiras y bendices al rifle que ahora reposa junto a ti mientras tu mente te lleva a recordar cómo fue que terminaste en esta situación.

    Comenzó hace casi ya seis meses. Una calurosa tarde de abril que no aparentaba ser diferente de otra, esas cosas descendieron del cielo, extendiendo esas horripilantes alas y rugiendo con un sonido que no se parece al de ningún animal. En ese mismo momento, sin preliminar alguno, se arrojaron sobre los infortunados que se encontraban al aire libre y los destrozaron con sus colmillos y garras, devorándolos salvajemente. Ese día tu familia había salido de compras y precisamente tú te habías quedado en casa, con lo que fuiste lo bastante afortunado para sobrevivir a ese primer ataque que también sería el último. Pues desde hace seis meses esas criaturas se apoderaron del mundo e hicieron del hombre su presa.

    Te mantuviste aislado del exterior por dos meses sin atreverte siquiera a correr las cortinas, ignorando los gritos de agonía y desesperación de aquellos que eran descuartizados en vida por las criaturas, manteniéndote día y noche saltando de un canal a otro de televisión en busca de una señal de esperanza, por pequeña que fuese. Las primeras semanas todos los noticieros cubrían la noticia pero pasado un tiempo dejaron de mandar gente al frente, ellos estaban siendo devorados también. Pronto toda la programación murió salvo por un solo show infantil cuya presentadora logró encerrarse en el estudio y hacerlo funcionar por su cuenta. Capítulo a capítulo viste como perdía paulatinamente la cordura hasta que, abandonada de sí misma, se puso un revólver en los labios y se voló la cabeza frente a las cámaras, en un último y sangriento espectáculo presentado por televisión.

    El internet vivió un poco más, pero lo único que podía encontrarse en la red eran lamentos, pedidos de auxilio desesperados y mensajes carentes de toda cordura. Nadie se molestaba en grabar a las criaturas aladas porque bastaba con salir a la calle para verlas con los propios ojos… y convertirse en su próxima cena.

    También hubo cultos extraños y demás situaciones producto de la histeria colectiva que estaba sufriendo todo el mundo, pero incluso esos últimos susurros fueron apagándose al mismo ritmo que los gritos de terror en las calles se fueron haciendo más distantes uno de otro. Apenas dos meses después de la televisión y la radio, el internet murió también y con él, diste por muerta igualmente a la civilización.

    Ahora, mirando lo que en otro tiempo fue una ciudad por la ventana vuelve a tus ojos la escena de hace dos meses: cuando las criaturas parecieron entender que habían acabado con sus presas y comenzaron a devorarse entre ellas. Vienen a ti los aullidos de aquellas bestias destrozándose unas a otras como enemigos jurados y arrancando pedazos de carne de sus congéneres aún vivos. Las mismas imágenes que se grabaron con fuego en tu mente y que han convertido tus sueños en una pesadilla constante desde ese entonces.

    Cuatro meses le tomó a la nueva raza acabar con el hombre.

    Sólo dos le tomó acabar consigo misma.

    Asumiendo que las criaturas no hayan descendido sólo sobre poblaciones humanas, sino en cada lugar del mundo, es difícil pensar que alguna otra especie animal pudiese hacerles frente. Pudiste confirmarlo por tu cuenta cuando en televisión pasaban grabaciones de un grupo de dichas criaturas devorando el cadáver de un elefante africano, así como la de otra de ellas destrozando un gallinero. Los perros y gatos callejeros sin duda habían sido presa suya también, y los animales domésticos fueron con toda seguridad sacrificados para prolongar un poco al menos la vida de sus dueños. Sin embargo, esos tuvieron que abandonar su refugio tarde o temprano también o murieron de inanición dejando atrás sus cadáveres para los insectos, únicos sobrevivientes de la invasión y nuevos herederos del mundo.

    Y ahora, la única criatura sobreviviente surca los cielos en busca de una presa, o en espera de que su última presa abandone por fin su refugio, que no es otra sino tú.

    A la distancia, parece increíble que hayas sobrevivido por tanto tiempo, pero eso fue porque aprovechaste todo lo que tenías a la mano y cuando el vecino del piso de abajo, el único otro habitante del edificio, abandonó su seguridad en un vano intento por escapar de la ciudad, pudiste entrar a su departamento y hacer de su despensa la tuya.

    Por supuesto, no podía ser suficiente.

    Te has mantenido seis meses comiendo lo mínimo, permitiéndote tomar bocado sólo cuando el hambre ya es insoportable y extendiendo tanto como sea posible tus periodos de sueño, para permanecer más tiempo lejos de la tentación de la comida. Cuando agotaste todo lo comestible comenzaste con aquello que al menos no parecía tóxico; una a una arrancaste las páginas de los libros en la repisa y te las llevaste a la boca con lágrimas en los ojos, cuando un insecto o una cucaracha era divisada por tus ojos te arrojabas a ella como la más salvaje de las bestias. Una existencia sometida a tal suerte de auto-confinamiento ya no puede considerarse vida, y cuando aceptaste ese hecho como una verdad, entendiste que tu muerte no solo era tuya, sino también el fin de tu propia era. La humanidad moriría contigo.

    La criatura que ronda por la ciudad es la última en su género, de igual forma que tú eres el último ser humano con vida sobre la Tierra. La lucha de desgate entre ambos está por terminar también; él no puede llegar hasta ti y más pronto que tarde morirá de inanición. Por desgracia, eso no significa que tú estés en mejores condiciones. Hace ya cuatro días que no te llevas nada a la boca. Ni tú ni él pueden continuar.

    En la cocina abres la llave del grifo, el cual por suerte no ha dejado de funcionar y pones la cabeza bajo el chorro, logrando despejarte dentro de lo posible. Necesitas tus sentidos al máximo para la cita que te espera. Tomas el rifle del suelo y sales al pasillo. No, no tomas las escaleras hacia abajo, sino las de arriba, las que llevan a la azotea. No estás abandonando tu refugio para buscar otro, estás saliendo a enfrentar al enemigo de tu especie de una vez por todas.

    Si te vence, vagará por algún tiempo hasta caer muerto en otro lugar; si tú le das muerte, puedes buscar tu supervivencia con los conocimientos y raciocinio que te dan tu condición humana. Él es el fin de todas las cosas y tú la esperanza de un nuevo comienzo y aunque parezca improbable, ése solo pensamiento te da la fuerza para encararte con él.

    Por fin llegas a la azotea, el aire frío golpea tu rostro con brusquedad, algo que no habías sentido en toda una vida y que obliga a tus labios a curvarse en una nostálgica sonrisa.

    No tarda en aparecer tu enemigo, dispuesto a determinar de una vez por todas los roles de cazador y presa. Sabes que es más rápido y ágil que tú, sabes que sus reflejos son mejores que los tuyos, sabes que nunca has sido un tirador bueno o tan siquiera decente y sabes también que sólo te queda una bala.

    Pero sabes, que de todo lo que aprendiste en tus seis meses de confinamiento lo más importante es que para morir ningún día es igual a otro.
    A vanii-sempai e-mail, 新神光希 y TaKa les gusta esto.
  6. La verdad está maldita por el tiempo.

    Es de conocimiento común que la memoria nos gasta bromas. omite hechos, exagera otros, tergiversa algunos y a veces se inventa toda la historia. Lo que vimos ayer no es lo que recordamos hoy, y seguramente mañana también sea algo diferente. Pequeños cambios en nuestro estado de ánimo que distorsionan lo que conocimos y conocemos. Y si eso pasa con nuestros propios recuerdos, ¿qué tanto más puede cambiar la verdad con respecto de una persona a otra? Nuestros deseos, nuestro criterio y nuestra disposición son las que determinan nuestra versión de las cosas, y a ello se suma nuestra intención cuando compartimos la verdad a otros, cuando elegimos voluntariamente qué decir y qué no. Mentimos voluntariamente y mentimos involuntariamente, pero mentimos, y un hecho tan simple como una conversación de ayer puede convertirse en algo completamente diferente.

    Si ampliamos un poco la escala, podríamos empezar a preguntarnos qué tanto de lo que creemos es verdad, y es que la propia verdad sigue sobre escribiéndose todo el tiempo. Un día nos dicen que Benito Juárez fue un patriota y alguien con una versión diferente lo convierte en un vende patrias, para que al día siguiente nos digan que eso es una calumnia inventada por los masones. Quince años han pasado desde el atentado a Nueva York y se siguen descubriendo culpables. Villanos, héroes, mártires, genocidas, todos llevaron cada uno de los títulos disponibles.

    ¿Importa? Yo creo que sí. Nuestra vida es un aprendizaje constante y nosotros mismos somos una abrumadora suma de recuerdos uno sobre otro. Somos una crónica de nosotros mismos, una historia que se cuenta sola, pero si no podemos confiar en el autor ¿Qué tanto sabemos de nuestra propia realidad? Nuestro presente y nuestro pasado son las dos manos que se dibujan la una a la otra que se retocan los detalles una y otra vez, intentando al mismo tiempo obtener una perspectiva de nuestro futuro, mucho más endeble y teñido por la incertidumbre.

    ¿En qué pueden apoyarse nuestros criterios si la propia experiencia no es sólida? Las cosas pasaron de una sola forma, hay un solo hecho y una sola verdad, pero esta es invisible a nuestros ojos, tan acostumbrados a alimentarse de mentiras buenas y malas. La verdad de los hechos duerme en el ataúd del tiempo, sepultada bajo incontables recuerdos, muriendo y torciéndose desde el instante en que nace y pasa por nuestros ojos y nuestro entendimiento, y nuestra verdad, individual y colectiva, es una colección de hechos distorsionados, un delirio ininterrumpido

    La verdad está maldita, condenada a la muerte y al olvido. Vivimos en el verdadero mundo de los sueños que queremos recordar. Yo estoy bien con eso. Si la verdad es inasequible, significa que puede ser cualquier cosa. Nuestra falsa realidad tiene un potencial ilimitado: las cosas siempre pueden ser como queramos que sean. Somos libres de mentirnos a nosotros mismos, de hallar un significado y una justificación a cada uno de nuestros errores. Encontrar un motivo para enorgullecernos de cada herida. La verdad se adecua a nuestros deseos, a lo que necesitamos creer, y podemos creer que tiene sentido a pesar de que nada tenga sentido. Nadie va a castigarnos por ello.

    Así que demos la bienvenida a esas visiones falsas, a esa versión de la historia que nos satisface. La verdadera nunca estará al alcance de nuestra mano.
  7. Esta es una historia de hace mucho tiempo, cuando aún no conocía la diferencia entre un concepto y una cosa. Una historia sobre el tiempo.

    Para mí, el tiempo tenía que ser una cosa, porque todo lo que existe es una cosa. Y el tiempo existe. Cuando me decían “ve a dormir para que tengas energía mañana” o “es tu cumpleaños, creciste mucho” o “la carne en la nevera se echó a perder” me desconcertaba. Sabía que era obra del tiempo, pero no me explicaba cómo el tiempo hacía tantas cosas diferentes ¿Qué era el tiempo? ¿De qué está hecho? ¿Cómo funciona? No lograba entenderlo. Sólo sabía lo que me decían: “el tiempo es igual para todos” “el tiempo corre” “el tiempo pasa” ¿Pero a dónde pasa? ¿De dónde viene y a dónde va?

    Un día me enteré de que la tierra giraba, de que todo el mundo estaba girando y que de su movimiento se determinaban las horas del día, que porque giraba alrededor del sol se producían los años, que el tiempo venía de ese movimiento de rotación. Creo que comencé a entenderlo en ese entonces: El tiempo era algo que íbamos recogiendo en el camino. Una especie de polvo invisible, un segundo aire que se aferraba a nosotros y provocaba cambios. Yo era más grande que el año pasado porque había acumulado capa tras capa de tiempo, el tiempo había dañado la carne en la nevera hasta echarla a perder, el tiempo pasaba por la cara de mi abuelo y le dejaba nuevas arrugas en la cara.

    Lo sé, sé que nada de esto tiene sentido. Entiendo que los tejidos se debilitan, que los huesos crecen y que las bacterias descomponen la carne. Que el tiempo es una idea abstracta para dar sentido a nuestros problemas de continuidad. Que como tal no existe.

    Pero últimamente me encuentro a menudo recordando esa lógica infantil, esa idea de “tiempo” y la siento más cercana a mí de lo que era entonces.

    La tierra sigue girando con todos sus habitantes y mientras lo hace, más y más capas de tiempo se adhieren a nuestra piel. Puedo sentirlo y puedo verlo: ese polvo invisible que cubre todas las cosas. Levanto la vista hacia el cielo y me parece un poco más gris, menos nítido, y el sol allá arriba, menos brillante. Los sonidos se me hacen lejanos, apagados, la canción que me llenaba de energía hace seis años ahora se siente como un eco lejano, como una versión inferior de sí misma. El polvo se acumula en mis huesos, en mis brazos, y me siento cada día más cansado que el anterior. Siento cómo mi espíritu se adormece y mi cuerpo le sigue el paso. Ya no sueño, cada vez deseo menos.

    ¿Qué clase de fuerza es el tiempo, que puede apagar los sentimientos? ¿Cómo se las arregla para destruirnos tan eficazmente, para llevarse nuestro brillo, nuestra pasión, nuestra juventud? Incluso el miedo da menos miedo, lo negro se vuelve menos oscuro y el dolor duele menos. Todo se hace gris, apagado, torpe y pesado. Todo se va al carajo. Cada día me siendo menos vivo que el anterior, y los chispazos de emoción se hacen distantes.


    Me siento viejo. Hablo con la vida y me dice que ya me lo ha mostrado todo, que lo único que puede decirme ahora es que a cada segundo estoy muriendo, pero que no me preocupe, que estaré tan apagado cuando pase que no voy a darme cuenta.


    Quiero vivir para siempre. Si eso no es posible, quisiera vivir mucho, quisiera parar el tiempo antes de que siga borrando la realidad. Dejar de girar y contemplar todo lo que me rodea por última vez. Años de agotamiento a cambio de un solo momento de gloria. A cambio de ver al mundo detenerse por una sola vez.
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