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  1. Todo lo contenido en este artículo hace referencia a lo ocurrido dentro del territorio nacional de Colombia.

    Solitarios, abandonados y con el frío rasgándoles los huesos. Ese es el sentir de miles de niños abusados, acosados y violados en una patria que se desangra en el desconocimiento y el silencio. Las cifras aberrantes demuestran rupturas profundas en la ética impartida por el territorio nacional, pues según el ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar) y Medicina Legal alrededor de 48 niños y niñas son violados al día. Todo esto brindado de la mano de un estado que no da las garantías necesarias ni castiga con la fuerza que debería a los autores de tal cifra, convirtiéndose entonces en un cómplice para la maldad. La falta de educación y comunicación también juegan un papel importante en esta situación que sotierra la verdad.

    Por ejemplo, y tomando en cuenta la débil justicia que hoy premia a delincuentes y abusadores, las penas se convierten en un chiste de mal gusto. Pues estamos hablando de un tope de treinta años y un temible mínimo de dieciséis años por abusar a una menor de catorce años, y si la victima fuera mayor, las penas se ridiculizan por sí mismas; asimismo, la justicia que busca castigar a estos delincuentes no toma en cuenta el daño real que tales abusos le causan al individuo y a la sociedad que le acompaña.

    En esa misma línea, como espectadores de tal barbarie, no podemos olvidar el dolor emocional que se contagia por el alma del abusado. Aquellos niños que hoy mantenemos ocultos sufrirán al recordar tal acto inhumano y, dependiendo de la situación, ese terror infundido les impedirá el desarrollarse como seres sociales en un ambiente que no parece darles libertades ni seguridades. ¿Realmente nos quedaremos de brazos cruzados, dejando que el tiempo se llevé el rastro de humanidad al que aún nos aferramos?

    Por otra parte, y como ya se ha evidenciado con las cifras arrojadas sobre la mesa, este tipo de abusos tan impactantes ocurren a diario y a la vista de todos, pero nadie habla, nadie se indigna lo suficiente para que su alma lastimada haga un verdadero cambio en nuestra distópica sociedad. ¿Y qué dignidad podemos pedir si, en gran parte de los casos denunciados, el victimario es un miembro activo de la familia de la víctima? Padrastros, padres, tíos, primos y abuelos ocupan el podio en acosar y dañar a los menores de edad.

    ¿Por qué? Es la pregunta que yo hoy me realizo sobre la cruda y sensible historia diaria de nuestro país; la respuesta se enlaza a la falta de presión del estado sobre estos despreciables criminales, la ignorancia de las familias afectadas y penas judiciales que no afectan, ni asustan, ni castigan al acusado. La solución entonces parece lógica, viable y útil en casi todos los casos: cadena perpetua.

    Primero, y antes de proponer esta solución como la mejor, debemos entender que es realmente la pena por cadena perpetua. Esta pena consiste en la privación de la libertad de forma indefinida y, generalmente, por vida. Su naturaleza ruda y su intimidación frente a este tipo de acciones delictivas es la mejor herramienta que actualmente podemos tener para controlar la situación crónica puesto que el estado, entonces, estará realmente proponiendo castigos acordes al delito y evitando su repetición a lo largo del tiempo por reincidencia.

    Ahora bien, aunque la medida pueda parecer desacorde con nuestro modelo social y carcelario, realmente es un paso necesario y que podemos observar en muchos otros países con un nivel de desarrollo mucho más alto que el que Colombia tiene actualmente; tales como España, Reino Unido o Estados Unidos. Estos países y su proceso político son un referente de avance en el debate para con este castigo penitenciario y lo pone como una necesidad ética para el país.

    Ahora bien, además de todo lo expuesto anteriormente, la medida solo traería efectos positivos generales en el país; como ya se ha mencionado, el poder jurídico nacional se vería engrandecido y nos alejaríamos de la impunidad o las penas ridículas que hoy espantan al colombiano promedio. Sin embargo, no podemos santificar esta medida, pues el coste monetario sería extremadamente elevado si no se toman medidas para que los reclusos bajo esta medida (cadena perpetua) beneficien a la sociedad, al estado y al sistema carcelario en el cual se encuentren. Un justificado y bien formado sistema de contribución social es la solución factible para la problemática hipotética.

    Resumiendo, y teniendo en cuenta las cifras de alarma y las ventajas de una medida del calibre propuesto, se tiene a la cadena perpetua para los abusadores de menores de edad como la solución más efectiva pero que además traerá consigo una rebaja en el nivel de reincidencia, un sentimiento de justicia que el estado debe garantizar y un castigo real ante acciones tan despreciables como las narradas a lo largo de este artículo. Empero, no debemos olvidar el correcto modo de aplicar tal sentencia, teniendo mucho en cuenta el nivel de retribución social esperado y el espectro económico frente al ético.
    A Broly Van Hellsing y SlyCooper les gusta esto.
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